Tuesday, November 14, 2017

Cosecha Aleatoria

Sí, la película vale la pena. Historia absurda, mucha niebla simbólica, pero se quedará imborrable en tu memoria y es lo que cuenta.

No tengo tiempo para escribir. No sé cuándo lo tendré. Tal vez nunca. Y por eso escribo ahora, porque para mí haber escrito algo es haber vivido algo, y últimamente me harto de tantos ensayos virtuales, que no sobrepasan de fugaces excitaciones neuronales y no dejan huella ni en papel ni en pantalla ni en el recuerdo - cuando quiero poder recordar, de aquí seis meses, que hasta en estos días difíciles, algo fui capaz de pensar. Lo que difícilmente habrá es ton, y peor todavía, son. No me pidan tanto. Son cinco minutos máxime que puedo dedicar a esto.

Tema 1: El Telégrafo. Hace tiempo decidí dejar de leerlo: lo mío con ese pasquín gobiernista siempre fue malsano. Pero echo un tímido vistazo, y ahí está, de nuevo, la Sylva Charvet, como para sacarle de quicio a uno. Habría esperado que la retaguardia correísta se quedaría estos días en silencio, por elemental sentido de vergüenza, pero no. Naturalmente no hace mención al establo de Augías descubierto bajo la nueva administración, a la corrupción, a los sobornos, a los millones desaparecidos, a los sobreprecios, a las obras inconclusas y abandonados, a la política de vista gorda practicada por el Ministerio de Educación hacia los abusos en los colegios, a la mentira oficial, al inabarcable cinismo que parece definir la anterior administración y gran parte de la actual. No le preocupa nada de esto. Lo que sí le interesa es que el actual Presidente en algún momento haya dicho "no me reclamen lealtad": eso, según ella, es revelador "de una doble moral", es "traición", y convierte en el jefe de estado en "antiheroe". Vayamos por partes.

Primero, el contexto. "Fui leal, pero el momento en que me quieren quebrar un principio, por favor, que no me reclamen lealtad". Es decir, en caso de conflicto entre lealtad y otros principios, los otros principios, o algunos de ellos, tendrán prioridad. Lo cual, evidentemente, le parecerá bueno o malo a uno según su propia jerarquía de valores y cuál será el principio en cuestión: y aquí, para mayor precisión, resulta que se trata de aquellos principios que le prohíben a uno "proteger a gente corrupta", o "quebrar la alternancia" en el poder.

Ahora, no creo que ni una mente tan virginal como la de Sylva Charvet sea capaz de argumentar que en la vida real nunca se dará conflicto entre principios: si así fuera, no harían falta las clases de ética, y la palabra "dilema" estuviera exiliada del campo filosófico. Entonces, aceptando que puede darse un conflicto, y que para resolver tales conflictos se necesita jerarquizar los valores, lo único que dice Moreno es que en su propia escala de valores es más importante la honestidad y la rectitud y transparencia en el cargo público que la amistad personal (fuente de la reclamada "lealtad", se supone), lo cual a mí me parece muy correcto, suponiendo que sea cierto. A la vez, lo único que consigue transmitir la Charvet con su oposición a estas expresiones es que, para ella, la amistad personal, con las "lealtades" que de ahí se derivan, es mucho más importante que la honradez, que la rectitud, que la responsabilidad hacia el público que debe caracterizar al servidor público. "Como eres mi pana, no le diré nada a nadie: hoy por ti, mañana por mí, ¿entendidos?" Con lo cual, sin quererlo la Charvet resume la praxis de toda una década de correísmo. Es triste constatarlo.

Y es triste, más que triste pensar que si fuera por la Charvet, el antiguo rey Juan Carlos de España, por "lealtad" al difunto Caudillo, no hubiera permitido la transición a la democracia en España, país que habría quedado lógicamente atada y bien atada a la muerte de éste, tal como el viejo enano quería y con bendición de los adeptos de la lealtad por encima de todo y en contra de todos. Ojo: tampoco tendríamos los libros de Kafka, si la lealtad personal fuera ganadora en toda lid, pero ahí me inclino más hace el argumento charvetesco. La honestidad importa más que la lealtad, pero el acervo literario, decididamente menos, si quieres saber mi opinión. No sé si con eso por lo menos puedo extenderle un ramo de olivo a la Charvet: hice lo que pude.

Ya ven: no dije, cuando pude haberlo dicho, "ya les avisé". Llevo años escribiendo en contra del correísmo, en la oscuridad, sin pena ni gloria, pero cuando llegó el momento del destape, cuando salió a luz toda la podredumbre, no dije nada, y es porque, realmente, a mí mismo me sorprendió el alcance de esa corrupción. Ni yo hubiera imaginado a tanta gente implicada, ni las sumas involucradas, ni la gravedad del tema. Una cosa es lo que yo imaginé, un gobierno mayormente compuesto de gente idealista, con algún corrupto de por medio y una política económica ingenua, y otra lo que ha resultado ser el caso, una gran juerga de cinismo y saqueo justificada apenas por algún tonto útil en el Telégrafo y una pesada maquinaria de propaganda enraizada en el más absoluto cinismo. Así que: vivir para aprender. Por el momento, no me queda más que decir al respecto.

Pero ojalá alguien le diera algunas clases de literatura a la Charvet para que aprenda por lo menos lo que significa "antihéroe", que no es lo mismo que villano. Aquí Google:

Personaje de una obra de ficción que desempeña el mismo papel de importancia y protagonismo que el héroe tradicional, pero que carece de sus características de perfección por tener las virtudes y defectos de una persona normal.

Intencionadamente o no (parece que no), la Charvet estaría acusando a Moreno, entonces, de ser "una persona normal" que equivocadamente ocupa el lugar que en derecho le correspondería a "un héroe". Y de nuevo, sin querer y a pesar suyo, mete el dedo en la llaga. He aquí el problema nacional, tal como yo lo veo: el ecuatoriano quiere tener un presidente héroe. Quiere un líder, un "pastor de pueblos", una persona de virtudes extraordinarias, de preclara inteligencia, un superhombre. Y como esas personas en estricto apego a la verdad no existen, está condenado a la reiterada decepción, hasta que aprenda la lección de que en política, la persona normal es un bien preciado, pues casi nadie con una pizca de normalidad quiere meterse en esas cloacas, y que el hecho de ser normal (con defectos y todo) no es del todo malo, aunque a mí personalmente, si digo la verdad me cuesta un poquito. Pero eso es otra historia aparte.

Se me van los cinco minutos. Un tema más. Me voy al Guardian, que últimamente leo mucho, pues se resiste hasta el momento al paywall y, dentro de todo, no es mala fuente de ciertas informaciones, de ciertas noticias. El problema es que, al igual que el Telégrafo, la sección de opinión se parece a un parque temático infantil poblado por chifladuras y vistosos trastornos de personalidad, que desde el momento que los tomas en serio, estás perdido. De momento me resisto a comentar esas "opiniones": pero ahora resulta que ni la sección de noticias está a salvo de la chifladura. Veamos.

El acoso sexual es un hecho, es uno de esos inconvenientes que pueblan la vida real. Que se practique en Hollywood más que en cualquier otro lado no sería de extrañar, puesto que el actor promedio de Hollywood, precisamente para serlo, necesita tener una personalidad algo torcida hacia el lado teatral, gestual, histriónico, con todo lo que ello implica, incluidas quizás ciertas deficiencias en el autodominio, cierta carencia de responsabilidad personal, cierta incapacidad para razonar la propia conducta, cierta necesidad fatal de aprobación ajena. En fin. Por no tener esas cualidades, yo no podría ser actor ni acosador, ni el actor y acosador podría ser yo. Eso no me inspira ningún deseo de juzgar, ni condenar, ni vanagloriarme: todos tenemos nuestros defectos, y asunto mío no es: para condenar están las leyes. Pero ahí está la cuestión: todas esas mujeres que dicen haber sufrido acoso, en lugar de ir a la policía y servirse de las leyes existentes, ahora prefieren ir a los diarios: y el editor del diario, en lugar de hacer lo correcto que sería decir "vuelva cuando tengas un juicio ganado", acepta las anécdotas, las acusaciones sin fundamento jurídico, las habladurías en fin y el bandwagon de la afectación moral puritana, como moneda de curso legal, al parecer por un tema de sexismo (o doble rasero, como quieras llamarlo), y así, se nos llena la portada del diario de basura, de #metoo, de mala leche y ridículas y frívolas persecuciones, y ya no se distingue el acosador de verdad (un Harvey Weinstein, verbigracia) de un pobre hijo de puta que hace treinta años, por ser galés y tipo dicharachero, equivocadamente posó su mano sobre el hombro de una chica en prácticas laborales, durante tal vez dos segundos, en medio de una animada conversación sobre la dificultad de combinar trabajo y estudios y crianza de conejos angora. Ni cuando éste se suicida. Esto, de trasfondo.

Pero cuando el título de un artículo resulta ser "Yo almorcé con (nombre de celebridad cualquiera) y no me sorprenden las últimas acusaciones", como que ahí algo explota. No sé que pensarán. ¿Qué está sucediendo cuando el simple hecho de que a una mujer "no le sorprende" una acusación contra un tipo con quien una sola vez almorzó - a pesar que durante el almuerzo no sucedió nada de nada - se procesa como evidencia condenatoria y se publica como noticia de portada? ¿Y si digo que alguna vez compartí un ascensor con Jorge Glas, y que "no me sorprende" que fueran verdaderas todas las acusaciones contra él, ¿merezco un lugar en las portadas también, basado en ese íntimo conocimiento que la momentánea proximidad física otorga? ¿Qué chucha está pasando aquí? Respuestas en un postal, por favor: pienso tomarme unas vacaciones en normalilandia, en cuanto averigüe en qué lado recóndito del planeta se encuentra.

Saturday, July 29, 2017

Diosito versus 19 páginas

El otro día, un vecino cristiano me hizo obsequio de un libro (librito, aclaremos) de su autoría. Le contesté mediante carta. Contenido sigue. (Por si acaso el hipotético lector se ha topado con argumentos similares)

*****


Estimado Camilo:

Quisiera de nuevo agradecerle el regalo del libro de su autoría, el cual he leído con interés. Puedo equivocarme, pero tengo la sensación de que parte de su intención fue entablar un diálogo con sus lectores sobre los temas que abarca. Con este mismo espíritu de diálogo y amistad me permito ofrecerle a continuación mi propio punto de vista sobre las cuestiones que trata. Lo que presento no es más que el punto de vista personal, forjado a través de muchos años de reflexión, de una persona que pese a haber dedicado tiempo y esfuerzo a indagar en estas cuestiones, no se considera para nada poseedor de la verdad última y final, y por lo tanto siempre está dispuesto a dialogar y a escuchar ideas nuevas, y a aceptar críticas fundadas en todo momento sobre aquello que se expone a continuación.

En primer lugar, quisiera referirme de paso a la dedicatoria del libro, que menciona a aquellas personas “que en los centros de estudio han experimentado ofensas y burlas por sus creencias.” No sé a qué personas se refiere, pero comparto – con matices – su rechazo a la burla y la ofensa, siempre que estén dirigidas a personas y no a ideas. Para un humanista, ninguna persona merece escarnio ni rechazo, pero hay actos y también ideas que sí lo merecen. De hecho, si me pongo a repasar mentalmente mi propia evolución a lo largo de la vida, en lo que a ideas, ideologías y creencias se refiere, llego enseguida a la conclusión de que sin una dosis saludable de crítica, burla, sátira, mofa o como quiera llamarlo, de parte de los demás, difícilmente hubiera podido evolucionar hacia mi actual postura. Sin el estímulo de la crítica, uno a veces no tiene incentivo para cuestionar sus propias creencias, requisito indispensable para avanzar en entendimiento. Dirá que hay un mundo de diferencia entre la crítica constructiva y la burla inmisericorde. Tal vez sí: pero hay personas, entre las que por infortunio me encuentro, para quienes un golpe a la autoestima a través de un comentario hiriente resulta mucho más fructífero, a lo largo, que una decena de razones expuestas con exquisita cortesía. Cuestión de flaqueza humana, diría yo. Pero aun agradeciéndoles, retroactivamente, a aquellas personas que burlándose de mí consiguieron que cuestionara mis principios - para afianzarme en ellas o modificarlas según el caso - , no es ése mi propio estilo. Hay que tener cierto talento y gracia para la burla, y yo carezco de esos dones.

Relativo a la introducción del ensayo, comentaré solamente una cosa. Arranca con dos preguntas: ¿Por qué estamos aquí? Y ¿Para qué vivimos? A continuación, habla de “este tema”, dando a entender, quizás, que las dos preguntas son una sola, o que la respuesta a ambas va a ser básicamente la misma. Por ello, me permito precisar que para mí son dos preguntas completamente diferentes y, cabe decir, inconexas entre sí. Una cosa es el por qué, o sea, la explicación causal de nuestra existencia como especie o como individuos en la Tierra: otro tema muy diferente es el para qué, o sea, el fin o los fines que nuestra existencia cumple, o puede o debe cumplir. Para mí, la respuesta a la primera pregunta ha de buscarse en el campo de la biología evolucionaria, mientras para la segunda, es más apropiada la filosofía. Es algo en que pienso profundizar un poco más adelante.

Tres pilares de análisis

Pasemos ahora a los tres pilares de análisis propuestos. Resumiendo: la argumentación racional, el rechazo a la contradicción, y la aceptación de “la verdad” como categoría. Así resumidos, estos “pilares” no parecen temas de controversia, pero encuentro que en la justificación que proporciona para cada uno, se introducen conceptos y afirmaciones cuestionables, así que conviene examinar este apartado un poco más de cerca.

Por ejemplo, pregunta si existe o no “lo absoluto”. Lo dice de la manera más directa y natural, como si la pregunta en sí fuese clara, cuando para mí dista mucho de serlo. No sé realmente qué quiere decir “lo absoluto”, a menos que se contextualice más la pregunta, y por tanto la respuesta más honesta que le puedo hacer a esa pregunta es “no sé, si no me lo explica mejor”. Ahora bien, unas líneas más abajo le encuentro hablando de afirmaciones absolutas, que desde una perspectiva lingüística vendrían a ser afirmaciones categóricas, y es obvio que ese tipo de afirmación sí existe, y se encuentra frecuentemente enmarcado en el discurso cotidiano, con independencia de su veracidad. Conviene, entonces, señalar que si bien la afirmación “todos los Presidentes de Ecuador han sido reptiles” es una afirmación categórica o si se quiere absoluta, esa categorización lingüística no nos obliga a aceptar como verdadera la tal afirmación truculenta, y mucho menos nos obliga a trasladar esa dudosa categoría de “lo absoluto” a otros ámbitos filosóficos, afirmando (por ejemplo) que la existencia de “lo absoluto” en el campo del discurso conlleva la existencia de “lo absoluto” en el campo filosófico o teológico o físico o cualquier otra de su elección. Eso aún queda por ver.

Sobre el rechazo a la contradicción, estoy de acuerdo donde dice que dos afirmaciones que se contradicen mutuamente no pueden ser simultáneamente ciertas, por lo menos en el campo de la lógica formal. Por ejemplo, no puede ser cierto que una manifestación de protesta en Alemania se haya desarrollado “sin violencia” y que a la vez la misma manifestación se haya desarrollado “con violencia”. Las dos afirmaciones se excluyen mutuamente. Sin embargo, no comparto enteramente su rechazo a esas personas que dicen “yo tengo mi verdad y tú tienes tu verdad”. Es posible que, como señala, la tal afirmación nace a veces de “una mente orgullosa que no desea ser contradecida”, pero creo que no siempre es así. Es posible que esa misma afirmación sea expresión, no de orgullo, sino de una actitud pacífica, de un deseo de no alterar ni ofender a una persona que se haya manifestado como sensible a la crítica. Es una manera de decir “tranquilo, no vale la pena discutir si te vas a poner así”. Y en parte eso de “mi verdad” puede ser una expresión legítima y certera, si por “mi verdad” se entiende “mi baúl de recuerdos, de experiencias vividas, que conforman aquella base de datos interior sobre el cual construyo un modelo provisional y parcial de la realidad”.

Por otra parte, y esto para mí es importante, creo firmemente que gran parte de las controversias que se generan en campos como la política, la religión, la ética y otros derivan de una actitud excesivamente contestataria, que busca discrepancias antes de reconocer similitudes y la posibilidad de llegar a un acuerdo o entendimiento. Muchas veces esa actitud contestataria, según la cual se debate no para entender o aprender sino para vencer y humillar el otro, se ceba en contradicciones que son más aparentes que reales. Contra tal manera de cerrar prematuramente el diálogo apelando a una supuesta incompatibilidad de “verdades” opuestas entre sí, se alza el principio de buena fe, comúnmente recordado en las ciencias sociales, según el cual en caso de duda o falta de definición de conceptos, se debe siempre preferir la interpretación de las palabras del otro que resulte más caritativa, más acorde con lo que uno mismo piensa o con lo que nos resulte sensato. Decir esto no es decir que pueden coexistir pacíficamente dos verdades que se contradicen entre sí, sino que puede haber dos verdades que son contradictorias en apariencia pero que resulten no serlo cuando se han aclarado convenientemente los términos, o cuando se han resuelto todas las confusiones y malentendidos que a menudo resultan del esfuerzo de expresar ideas complejas y difíciles. Y es notorio que los malentendidos no suelen resolverse cuando se adopta una actitud prematuramente púgil.

Sobre “la verdad”, comparto solamente en parte y hasta cierto límite sus palabras respecto a ese término. Coincido en que la búsqueda de la verdad es una actividad noble y encomiable. Discrepo sin embargo sobre que esa verdad “se revela” con la facilidad que nos sugiere, a quien la busca. A mí me resulta fácil creer que una persona puede pasar toda una larga vida buscando la verdad sobre una cuestión, con la mayor sinceridad y honradez y valentía, sin encontrarla: ejemplos sobran en la historia de la ciencia, aunque suelen relegarse a pequeñas notas de pie de página. Y también insisto en que no tiene sentido hablar de “la verdad”, sin más, porque cualquier verdad tiene que ser necesariamente la verdad sobre algo: si no, estamos hablando de una abstracción sin valor alguno. La búsqueda de la verdad es siempre la búsqueda de respuestas certeras a determinadas preguntas: y como cada respuesta puede traer consigo más preguntas, es dudoso que esa búsqueda pueda alguna vez tener un final definitivo. A “la verdad” nunca se llega definitivamente, aunque sí puede acercarse uno.

Antes de seguir, conviene aclarar que mis propias “pilares de análisis” se basan en lo que hoy se conoce como pensamiento crítico, que se fundamenta en el escepticismo. Ser escéptico, conviene recordarlo, no es negarse a creer cualquier cosa, sino partir de la base de que ninguna afirmación merece tomarse en serio a menos que se sustente con argumentos lógicos partiendo de premisas consensuadas, o con evidencias comprobables o reproducibles mediante una metodología consensuada, según el caso. Supongo que usted convendrá en esto: si yo afirmo que hay un mono en el Parque Histórico que es la reencarnación de Simón Bolívar, usted me preguntará (educadamente o no, según su estado de humor) en qué me baso para aventurar semejante hipótesis: por lo menos, no lo aceptará como verdadero solamente porque yo lo diga. Si lo que acabo de decir es cierto, usted mismo es escéptico, por lo menos hasta ese punto.

Pero el pensamiento crítico añade al escepticismo elemental otro elemento más difícil, o que requiere mayor disciplina, y a ese otro elemento consiste en la persistencia de la duda, que tiene para mí dos aspectos. Primero, que uno debe admitir que hay preguntas que por el momento no tienen respuestas, o tal vez sí las tienen pero son respuestas que uno todavía no conoce, por lo que conviene saber reconocer su propia ignorancia cuando sea necesario, lo que se contrasta con la actitud de aquellas personas que, antes de tener que reconocer su ignorancia en cualquier tema, se aferran a un “sistema” (ideología o religión) que promete proporcionarles respuestas instantáneas para todo, asentadas quizás en la autoridad de un libro sagrado. En segundo lugar: muchas de las respuestas que sí tenemos, posiblemente todas ellas, son respuestas provisionales, en el sentido que se basan en simples probabilidades o en evidencias y argumentos que no son concluyentes, de modo que todo lo que uno afirma como verdadero o mejor dicho “altamente probable” puede resultar falso en el momento que se presente alguna evidencia que lo contradice. De nuevo, eso se contrasta con la actitud de aquel que afirma disponer de certezas absolutas. Si digo que hay cosas que sé con absoluta certeza, estoy diciendo que no puedo siquiera imaginarme la posibilidad de un descubrimiento posterior que haría tambalear esa certeza, y si digo esto usted podrá legítimamente sacar la conclusión de que no vale la pena discutir conmigo, pues he preferido aferrarme a ese dogmatismo terco que no quiere escuchar argumentos.

Conviene aclarar que aquí estoy hablando de una actitud emocional más que de una postura epistemológica. Pienso, sobre todo, en cierto período de mi adolescencia en que llegué a interesarme en la filosofía: recuerdo todavía aquel sentimiento de angustia ante lo desconocido o mejor dicho, lo indefinido, que me indujo a pasar una eternidad de horas leyendo y rumiando sobre cuestiones trascendentales, siempre con la esperanza de dar con alguna certeza absoluta, o dos ó tres de ellas, con las que luego sabría, a través de la argumentación silogística, construir “un sistema” que me permitiera enfrentarme a la vida con la absoluta seguridad de tener siempre la razón en todo. Pienso en esa época, ahora, con algo de tristeza y algo de asombro ante la absurda arrogancia que tal empeño demuestra por parte mía, como si de la mente febril de un adolescente con acné pudieran surgir las respuestas que durante milenios han eludido a los filósofos más brillantes. Si la búsqueda de la verdad es una actividad noble, como usted insiste, no es menos cierto que la intolerancia ante la duda, o la exigencia de certezas últimas, blindadas contra cualquier tipo de duda, no tiene nada de noble y en cambio sí mucho de inmadurez. No hay nada más espantoso ni más dañino en el mundo que una persona que niegue la posibilidad de que esté equivocada.

Es por ello que aunque carezca de definición y claridad, su insistencia en hablar de “lo absoluto”, me provoca rechazo, porque me da la sensación de que lo que usted realmente persigue es una certeza emocional, la sensación de haber descubierto una “verdad” que no requiere medirse contra ninguna evidencia, por quedar suficientemente comprobada o revelada, cuando según mi modo de ver, ese tipo de certeza en el mundo que habitamos no existe o no debe de existir.

 

Origen del Universo

En el apartado “Origen del Universo”, se trae a colación el argumento, frecuentemente escuchado en boca de predicadores de diversa índole, según el cual el universo tuvo que tener un Creador porque “de la nada, nada procede”. Para mí, este argumento resulta claramente falaz, por la sencilla razón de que si se postula que cualquier cosa que existe deba de tener, necesariamente, un creador, entonces lo mismo, por elemental coherencia, debe de aplicarse a ese creador, es decir la propia ley invocada insiste en buscar para ese creador otro creador anterior, y así sucesivamente. Si se afirma que ese creador “no fue creado por nadie, ni por sí mismo”, entonces está admitiendo que la regla aquélla de “todo necesita un creador” no aplica en este caso, por lo que deja de tener fuerza vinculante ni persuasiva, sobre todo porque no existe argumento lógico que justifique aplicar la salvedad en este caso y negar su aplicabilidad en cualquier otro caso. (Aquello de que el Creador es “absoluto” y lo demás “relativo”, lo justificaría, a lo mejor, si tan sólo aquello de “absoluto” y “relativo” tuviera un significado claro en este contexto, que para mí no lo tiene, y si usted nos proporcionaras las necesarias pruebas, que tampoco lo hace). El argumento brindado hace mucho que los filósofos lo rechazan por su incoherencia lógica, y pocos ahora, fuera del púlpito, se atreven a usarlo.

Para mí resulta mucho más intuitivo situar el origen del universo en esa singularidad que postulan los físicos teóricos, que en la existencia de un ente que, contra todo pronóstico y en contradicción con todo lo que sabemos de la evolución de la materia, resulta ser poseedor de rasgos humanos aun cuando todavía no había células vivas: tan humanos que incluso se le atribuye capacidad para tomar “decisiones” (“decidió crear el universo”).

Según la visión alternativa que propongo, en consonancia con lo poco que sé sobre las teorías más aceptadas hoy en día por los expertos en la materia, no hubo propiamente dicho un  “inicio” del universo, en el sentido “antes no hubo nada y después, de repente, hubo algo”. Y ello es así porque la misma palabra “antes” sólo tiene sentido usarla en un universo que ya posee la dimensión del tiempo, y desde Einstein sabemos que el tiempo es simplemente otra dimensión más de ese universo físico que arrancó, según dicen, con el Big Bang o Gran Explosión. Es precisamente esta consideración la que me obliga a rechazar como incoherente su afirmación “antes de la creación del universo (…) no existía el tiempo”: donde no existe el tiempo, no tiene sentido usar la palabra “antes”: la misma afirmación se autocontradice. Entonces, ¿cómo hemos de entender aquello del “inicio” del Universo? Usemos como metáfora aclaratoria la Tierra: sabemos que nuestro planeta es, aproximadamente, una esfera, y que tiene polo norte y polo sur. Ello significa que si decido viajar en línea recta hacia el polo norte, algún día llegaré (el viaje no será eterno): sin embargo, si insisto continuar mi viaje, sin desviarme de mi camino trazado y sin lanzarme al espacio, en lugar de llegar a una zona desconocida de la Tierra “todavía más al norte que el polo norte” (la cual no existe, ni puede existir), lo que haré será simplemente alejarme cada vez más de ese polo, esta vez por el hemisferio opuesto. Siguiendo esta analogía, si consiguiera viajar atrás en el tiempo hasta llegar al Big Bang, no podría contemplar “desde fuera” la aparición de esa Singularidad, ni contemplar esa “nada” que la precedía: siguiendo resueltamente mi camino “hacia atrás”, me encontraría, simplemente, viajando otra vez hacia adelante en el tiempo. Lo que equivale a decir que el tiempo no es eterno, como el área de superficie de la Tierra tampoco lo es, pero sí es posible, en teoría, darle vueltas y más vueltas eternamente, porque al ser de forma circular no tiene ningún borde exterior que lo separe de un supuesto más allá que en realidad no existe. No sé si consigo explicarme bien. Resumiendo: para mí el decir “antes del inicio del universo” es tanto como decir “un poco más al norte que el polo norte”. Es decir, estamos invocando a un lugar en el espacio o el tiempo que por lógica elemental no puede existir, para situar en él un ente imaginario y contradictorio en su esencia.

Siguiendo con mi lectura, encuentro más adelante palabras duras para con aquellos científicos que, supuestamente, insisten en que el universo “fue creado de la nada”. Creo que aquí cae en el error lógico del petitio principii, pues un científico, o cualquier otro, si no acepta su hipótesis de un Creador, difícilmente va a usar el término crear, sobre todo viendo que no es necesario postular ningún acto de creación, ni (como hemos visto) ningún “más al norte que el polo norte”. Usted supone que el universo fue “creado”, yo no: y como hemos visto, el postulado de la curvatura no implica que haya existido “eternamente”, sino que no tiene sentido buscarle un “más allá” a aquello que aparentemente no lo tiene. El universo se supone completo en sí mismo de acuerdo con su propia definición y etimología. ¿Qué puede haber de más sencillo e intelectualmente satisfactorio?

Dicho de otro modo: la hipótesis de un creador no soluciona nada, no nos da respuesta a ninguna de nuestras preguntas existenciales. Podemos preguntar “de dónde viene el universo”, pero si nos dicen “del Creador”, hasta a un niño se le ocurre la pregunta inevitable “entonces, ¿de dónde viene el Creador?” (a mi propio hijo en una ocasión se le ocurrió espontáneamente esa misma pregunta). En realidad, no hemos solucionado el problema de la existencia: sólo hemos introducido un término adicional, innecesario y especulativo. Es como si a un matemático le preguntas qué valor tiene la letra y en determinada ecuación, a fin de poder solucionarla, y te contesta que y = x + z. Seguimos sin saber el valor real de ninguna de estas variables, por ende, sin solucionar la ecuación. Seguimos donde estábamos, sólo con más letras. (Este mismo reproche lo utiliza usted mismo, más adelante, cuando habla de teorías extraterrestres.)

Hablemos, sin embargo, un poco más de ese supuesto acto de creación. En primer lugar, usted admite que para el ser humano, “crear” significa normalmente construir con materiales preexistentes, pues no podemos hacer que las cosas aparezcan de la nada por arte de magia. Un poeta “crea” un poema, pero lo que hace realmente es tan sólo transferir algunas partículas de grafito del lápiz al papel, o si prefieres, transferir algunas palabras del diccionario al documento de Word. Grafito, papel, palabras, letras, todo ya existe: el poeta toma lo que ya existe y lo dispone de acuerdo con sus intenciones. Como mucho, podemos provocar transformaciones de energía, de potencial a térmica, verbigracia, pero siempre partiendo de materiales y fuentes de energía que ya existen.  En realidad no “creamos” nada, si crear significa, por ejemplo, conseguir que donde antes había un espacio en la mesa ahora hay una pizza, mediante pura fuerza de voluntad o de deseo. Y lo interesante para mí es que, si bien la mayoría de teólogos no tienen reparo en decir que lo que nosotros no podemos hacer Dios sí lo hace, usted parece dudar de eso, o sea, parece que le produce cierto remilgo la idea de un Creador que construye con materiales que no existen previamente.

Contra esa concepción, propone la alternativa de que Dios “pudo haber hablado, pudo haber dado la respectiva instrucción”, como el ser humano que da “una orden para que algo se haga”. Es decir, Dios mandó a pedir un universo como quien manda a pedir una pizza, tras comprobar que no tiene los ingredientes para hacerlo él mismo en casa. El problema con eso es que en el mundo humano, si yo doy la orden alguien ajeno a mí la tiene que cumplir. La pizza igualmente tiene que prepararse en algún lado. Alguien tiene que tener los ingredientes. Con lo que seguimos con el problema de que, en su concepción, “el creador”, o algún otro, realizó la hazaña de hacer que algo existiera donde antes no había nada, o si prefieres, de construir algo con materiales que no existían, cosa que en otro lado rechaza como posibilidad.

Volvamos a un tema que ya fue tratado implícitamente, el de la “aparición espontánea”. Hemos dicho que no es cierto que el universo, o esa singularidad de energía en que buscamos su origen, “apareció” en algún momento, porque ello implicaría un “antes”, un tiempo previo a esa “aparición”, la existencia previa de “momentos”, cosa que la ciencia niega al postular que la dimensión del tiempo no es ajeno al universo físico, sino que forma parte de él. Lo que me llama la atención, sin embargo, es que al tratar esa posibilidad apela a una supuesta “fe”, lo que define como “la confianza que se deposita sobre algo cuando a nosotros no nos consta”. Y lo más curioso es que se muestra crítico respecto a esa “fe” cuando lo percibe en el pensamiento ajeno, pero no cuando forma parte del propio.

Mi propia postura ya la indiqué arriba, pero no está de más recordarlo. Estoy en contra de la “fe” siempre cuando se erige en certeza absoluta, es decir cuando el portador de esa fe, subjetivamente, considera que tiene la suficiente certeza como para dejar de seguir investigando, dejar de seguir pensando, dejar de seguir escuchando o formando interrogantes sobre la realidad. Estoy en contra de cualquier “fe”, sea religiosa, científica o de otra índole, cuando nos cierra ante la posibilidad de que estemos equivocados o que tengamos algo más que aprender. Y esa oposición mía se basa, primero, en la observación empírica de que todos los que han dado muestras de esa certeza absoluta han resultado, tarde o temprano, estar terriblemente equivocados, y segundo, que ese tipo de certeza dogmática es el que siempre ha servido a la humanidad para emprender guerras, conversiones forzosas, torturas, masacres y barbaridades de toda índole.

Y es por ello mismo que prefiero el método científico, que insiste en que todo aquello que creemos esté permanentemente sujeto a verificación o a falsificación empírica. Es lo que no entiende el vendedor de productos milagrosos en el autobús cuando nos espeta su “¡científicamente probado, señores!” El término “científicamente probado” es una contradicción en sí, pues la ciencia insiste en que nada se “prueba” en el sentido de convertirse en certeza absoluta: todo lo que afirmamos tenemos que aceptar que puede ser falsificado más adelante, y por ello nunca hay que dejar de seguir poniendo a prueba nuestras creencias, sea mediante experimentos, sea mediante la argumentación racional.

Por ello, me resisto a hablar de “fe” cuando se trata de simples conjeturas o de hipótesis que tienen su origen en la investigación, y son presentadas por personas pertenecientes al gremio científico y por tanto (se supone) dispuestas a rendirse ante las evidencias en todo momento. Por otra parte, creo que hay que guardarse contra el error de pensar que si a alguien se le ocurre una idea que va contra mis creencias, debe ser porque a esa persona le interesa atacar dichas creencias. Nada más lejos de la verdad. La teoría del Big Bang no deriva del deseo de contradecir a los creyentes en el libro de Génesis, sino de la investigación en campos como los rayos cósmicos, la radiación de fondo o la traslación del espectro de luz en los objetos estelares distantes que indica una expansión continua.

Ahora, hablemos brevemente del argumento de la supuesta “belleza”, “orden” y “perfección” de la creación, cosa que en su opinión induce a postular un creador “inteligente”. Esto me parece a mí un despropósito mucho mayor que el que atribuye a los físicos que critica, pues debe ser evidente que todos esos conceptos “belleza”, “orden” etcétera son meras apreciaciones subjetivas que, además, encierran una comparación implícita. El lado subjetivo de tales apreciaciones se manifiesta en la imposibilidad de “demostrar” la belleza de algo (o de alguien) ante quien se niega a verla. Si quieres considerar el universo, o la vida, como algo hermoso, me parece muy bien, pero hay quienes prefieren pensar que el universo es feo y deprimente, y que la vida es un error, y no existe argumento lógico que demuestre su equivocación. Por mi lado, creo que no tiene sentido hablar de lo bello si no existe también lo feo, ni tiene significado el orden si no existe también el desorden. En otras palabras, sólo quien ha visto muchos cuartos desordenados sabe reconocer y apreciar un cuarto ordenado. Entonces surge la pregunta: si dices que el universo entero es hermoso, ¿con qué lo estás comparando? Y  ahí está el problema: sólo tenemos un universo, no tenemos otros con los que compararlo, por lo que decir que el universo es hermoso queda tan vacío de significado como decir lo opuesto.

Hablemos un poco más de ese “creador” que usted describe, para sorpresa mía, como un ser dotado de “poder, imaginación, inteligencia”, como “alguien” que además de todo lo mencionado puede “decidir” y que tiene “sentimientos”. Lo primero que cabe observar es que todos esos atributos son humanos, aunque no específicamente humanos (un perro puede tener sentimientos, talvez). Cuanto más se insiste en el “poder”, en la “decisión” y en esos “sentimientos”, no obstante, más parece que estamos hablando de una persona y no, pongamos por caso, un escarabajo o un árbol, ni tampoco de una supercomputadora, de una singularidad de energía,... o de un ente metafísico. La reflexión que eso me provoca, si he de ser sincero, es que el cristiano, aun cuando su intención es alabar y magnificar a su Dios, inconscientemente lo empequeñece, lo reduce y lo ridiculiza. Si realmente existiera un creador del universo, dudo mucho de que tuviera “sentimientos”, pues no tendría por qué tenerlos: los sentimientos son producto de una evolución biológica, y ese creador no es fruto de ninguna evolución, según usted gentilmente nos informa. ¿De qué le sirve a Dios tener sentimientos, si no hay (o antes de la Creación, no había) nada externo a Él que pudiera provocar una reacción sentimental? De la misma manera, no entiendo cómo ese creador pudiera “decidir” algo (por ejemplo, “decidir crear el Universo”), pues el acto de decidir es algo que provoca las circunstancias ajenas a uno mismo, y en el caso del creador no había en el momento de la creación nada ajeno a Él. Y así sucesivamente. Mi punto es que en caso de existir un creador, o por lo menos un creador eterno, omnipotente y omnisciente, no tiene sentido atribuirle características que sólo pueden entenderse como producto de la evolución de un ser biológico, gregario y tribal, que evolucionó dentro de un entorno que no controla. Estoy seguro que usted no caerá en la ridiculez de afirmar que Dios es un señor viejo, algo calvo, con barba blanca y ceño adusto, que está sentado en un trono físico encima de las nubes, tal como algunos pintores antiguos lo representan. Sin embargo, atribuirle al creador características como voluntad, sentimientos, imaginación o toma de decisiones le lleva peligrosamente cerca de ese tipo de primitivo antropomorfismo.

De hecho, ese rechazo que experimento frente un excesivo antropomorfismo teológico parece que lo comparto con varios autores del Nuevo Testamento, e incluso con su protagonista, que no dudó en reemplazar al Yahweh caprichoso, cruel y legalista del Torah con un nuevo Dios más accesible y misericordioso, no tan aficionado a los masacres y los golpes de efecto. Por ese mismo camino, pero mucho más lejos, transitan el Juan del evangelio, que identificó a Dios con el logos, o sea, con la razón discursiva (y valga el simplismo), y ese otro Juan de la epístola, que lo identificó con el ágape o amor. Que el producto, tras esas diversas campañas de marketing proselitista, siga siendo el mismo, tal como afirma el cristiano devoto, es algo que no me pondré a discutir: serán tantas maneras de hablar de un mismo personaje, talvez: mi punto es que se trata de un ser demasiado humano, cuya descripción habla con demasiada elocuencia de nuestra propia arrogancia y de nuestros propios defectos como especie. Hemos cargado al supuesto creador del universo atributos indignos de un creador: inclusive, de atributos (como una pasmosa crueldad, un espíritu vengativo, una necesidad infantil y narcisista de escuchar alabanzas y loas, unos prejucios morales cuasi medievales, entre otros) que gran número de simples seres humanos han sabido superar y rechazar como indignos de ellos mismos, sin siquiera llegar a santos y menos todavía a dioses.

 

¿Hay necesidad de un Creador?

Pasaré tan rápidamente como puedo por esta sección, pues en parte los argumentos que nos propone son los mismos que ya hemos comentado: sin embargo, merece citarse lo siguiente, que usted mismo destaca en cursiva:

(...) no puedo encontrar un argumento para afirmar la no existencia del Creador, ni creo que alguien pueda.

No sé si con lo dicho basta para que usted intuya cuál va a ser mi respuesta a esto, pero por si acaso: lo que dice aquí cae dentro de una falacia lógica informal que se conoce como argumentum ad ignorantiam. Es decir, tiene toda la razón al afirmar que no existe un argumento simple y demoledor que demuestre más allá de toda duda la inexistencia del Creador (difícilmente va a haber cuando las definiciones de ese mismo Creador son tan diversas entre sí). Pero donde no tiene razón es al dar a entender, como aparentemente lo hace, que esa carencia es en sí una buena razón por creer en Él. Imaginemos que algún conocido suyo, tal vez un vecino, le propone que juntos él y usted excaven un hoyo de siete metros de profundidad en el patio de su casa (la de usted), alegando que ahí se encuentra enterrado un tesoro, y cuando usted le pregunta en qué se basa para creer eso, le contesta: “bueno, no puedo encontrar un argumento para afirmar la no existencia de ese tesoro, ni creo que alguien pueda”. ¿A usted le satisface eso? ¿Traería el día siguente la máquina excavadora? Me imagino que no, por la sencilla razón de que el peso de la prueba le corresponde a quien afirma algo, no a quien se permite dudar de ello.

Del argumentum ad ignorantiam luego pasa enseguida al argumentum ad hominem, es decir la falacia de creer que poniendo en tela de juicio la sinceridad o el temple moral de sus adversarios – en este caso, los ateos – también está destruyendo sus argumentos. En este apartado, me llama la atención bastante la siguiente afirmación: “otro grupo están conscientes de la existencia del Creador pero están en contra de Él”. Como estamos hablando de ateos, es decir, de personas que dicen no creer en Dios, deduzco de sus palabras que usted se adjudica la facultad de leerles el pensamiento, puesto que afirma que aun negando la existencia de ese Dios, secretamente “están conscientes” de ella. Sobra decir que un argumento construido sobre la base de un supuesto don de telepatía deja algo que desear, ya de entrada. Por mi parte, no tengo interés ni en afirmar ni en negar la posible existencia de tales personas, pues ello me parece tan irrelevante para el caso como esa sospecha, digamos, “paralela” que en alguna ocasión se ha introducido en mi mente, que me susurra la posibilidad de que algunos pastores cristianos “secretamente” no creen en Dios: sospecha provocada por su manifiesto afán de enriquecerse a costa de la credulidad ajena, actitud que desde mi posición conservadora y un tantico ingenua me parece poco evangélica además de poco previsora, dado el castigo divino que se espera para tales comportamientos. En fin.

Lo que sí le puedo decir es que ateos hay muchos (aunque vivimos ambos en un país donde confesarse ateo sigue siendo una postura arriesgada, y es visto como una excentricidad si no algo mucho peor), así que no sería de extrañar que entre sus rangos haya algún fanático, lo mismo que se encuentra también en cualquier religión teísta. Sin embargo, visto que usted aparentemente se extraña de que algunos ateos (no todos, ni siquiera la mayoría) gastan “toda su energía” en “luchar contra alguien que dicen no existe”, permítame sugerirle que, al igual que el cristiano evangelizador y proselitista que considera que cualquier converso a su religión es un alma salvado de las garras del Demonio, puede haber ateos que consideran que ganar adeptos para su particular forma de pensar significa realizar una obra benéfica en pro de la humanidad. Y ello es así porque, primero, es notorio que las religiones teístas son los causantes de infinidad de guerras, matanzas, torturas y otras atrocidades a lo largo de la historia, sin exceptuar nuestros días, y segundo, muchos ateos, con o sin razón, piensan que la creencia en Dios es un obstáculo para la felicidad del individuo. En esta última categoría me sitúo yo, basándome en mi propia historia como ex creyente católico, pues de mi época de creyente guardo todavía el vivo recuerdo de esa angustia permanente y acaparadora que me provocaba el saberme prisionero en un universo absurdo, gobernado por un ente cruel y malvado, tan malvado que creó deliberadamente una raza de criaturas que Él mismo sabía (no por nada se es omnisciente) que iban a “pecar” (es decir, comer alguna manzana sujeta a prohibición, vaya maldad) y por tanto merecer el castigo eterno, que los mejores teólogos cristianos pintan como una tortura física sin fin, al lado de la cual hasta las cárceles de Pinochet quedarían en moneda pequeña.

Lo peor, según recuerdo, de ese Dios cruel y caprichoso que es el de los cristianos, por lo menos de los más ortodoxos, es que el compromiso que exige a sus devotos no abarca solamente las formas externas, sino también lo interno, de modo que uno puede pecar contra él solamente dando expresión a sus instintos y sentimientos más humanos, por ejemplo, cuestionando la bondad de un individuo que tortura eternamente a incontables millones de sus criaturas, con el único pretexto de que dos de los remotos antepasados de éstas comieron algo que no debían. Es decir, Dios nos da a cada uno una personalidad, unas facultades racionales, un anhelo de libertad, una capacidad para compadecernos de nuestros semejantes, para a continuación prohibirnos hacer uso de todo eso, y exigir que nos transformemos en clones, en entes serviles y miserables, en robots. Mayor crueldad que ése no puedo siquiera concebir. Como dijo una vez el teólogo Tertuliano: “en el paraíso, una madre gozará y dará gracias a Dios al contemplar a su hijo pecador retorciéndose en las llamas del infierno”. Tal parece, ni siquiera conservar instintos de madre le es permitido al ser humano bajo el yugo del tirano Jehová.

Claro que usted me dirá que me equivoco en considerar cruel a su Dios, y me hablará de su justicia y su bondad y su capacidad para perdonar, siguiendo el guión habitual. Pero creo que si algún día usted leyera en un diario sobre un padre humano que a algunos de sus propios hijos los tuviera encerrado en un sótano, a la merced de las ratas y sufriendo castigos y privaciones terribles, durante años, y al ser descubierto explicara que “no podía” perdonarles a éstos porque a más de haberle desobedecido de pequeños, no habían satisfecho su vanidad de padre dirigiéndole las palabras de disculpa que él consideraba necesarias, creo que en lo que menos pensaría sería en la “justicia” y “bondad” de ese monstruo, y celebraría, como yo, su pronto ingreso a la institución penitenciaria.

Con estas palabras, conviene aclarar, me estoy refiriendo a la teleología cristiana, a la idea ortodoxa, tanto entre católicos como entre evangélicos, de que cuando el mundo se haya acabado y el Juicio Final se haya celebrado, quedará una eternidad de excelsa felicidad para algunos, y de sufrimiento y tortura sin fin para otros, en proporción aun sin determinar, todo ello basado, reconozcámoslo, en unos versos bíblicos de inusitada claridad. No me estoy refiriendo, entonces, a la “maldad” que conocemos en esta vida, la que usted menciona, directamente atribuible a los actos de otros seres humanos - o a la pérfida naturaleza - y sólo indirectamente al Creador de todos ellos. Esta es otra cuestión aparte, y como ateo sería absurdo si yo reprochara a un Dios, inexistente para mí, la autoría de todos los sufrimientos que padecemos en esta vida sobre la tierra. El problema de cómo o por qué ese Dios “permite” tanto sufrimiento (esa especialidad de los teólogos conocida como teodicea) es algo que pienso dejar de lado, pues a mí me basta con saber que el Dios que se me propone como Creador del universo es un ser tan maléfico que no solamente le niega al infiel esa eternidad de gozo que a los fieles les hace merecedores su condición de tal, sino que ni siquiera le permite a aquél la opción misericordiosa de dar fin a su miserable existencia mediante la aniquilación última y final de su conciencia. Y digo que me basta, no porque quiero apuntarme un tanto dialéctico o polémico, sino porque la existencia de un Creador así, a la vez tan claramente humano en sus instintos como inhumano en su inabarcable crueldad, es lo que me sirvió principalmente para darme cuenta del absurdo y deleznable de la religión que entonces profesaba: sobre todo al leer que a ese Creador monstruoso alguno de sus seguidores había bautizado con el nombre de ágape, amor, en un ejercicio de sarcasmo inconsciente que deja boquiabierto a cualquiera que sea capaz de pensar con claridad.

Ahora, usted puede tal vez imaginarse que “en secreto” reconozco, o por lo menos sospecho, la existencia de ese ser cuya manifiesta “crueldad” denuncio: en tal caso se equivocaría, pero le puedo decir que aunque sí creyera en su existencia, mi actitud de rechazo instintivo sería la misma, aunque la prudencia o el miedo tal vez me recomendara mantenerla callada y, en la medida de lo posible, enterrada en el subconsciente. Aun así, lo que no podría hacer, por mucho que quisiera, es disfrutar sin remordimientos de esa alegría despreocupada - ese gozo sonriente de reconocerme “salvo”, que los predicadores nos exhortan a sentir y expresar - a sabiendas de que uno solo, aunque fuese, de mis semejantes no iba a tener la misma suerte que yo.

De hecho, cuando veo a un predicador cualquiera incitando a su congregación a loar y alabar a ese Dios creador del “infierno para los demás”, a regocijarse y a sonreir y a dar gracias por ser ellos mismos “salvos”, sólo se me ocurre preguntar, con tristeza, qué tipo de psicópata sería capaz de suponer que las demás personas fuéramos tan egoistas como para poder sentirnos felices y risueños sabiendo que otras personas quedarán excluidos de nuestro paraíso privado y exclusivo. Excluídos, además, no por ser ellos asesinos ni terroristas ni violadores ni nada por el estilo, sino por el simple hecho de que su dignidad de seres humanos les impide doblar la rodilla ante un tirano.

En fin. Pasemos ahora al argumento que usted nos propone sobre “la maldad”. Aunque no comparto enteramente su opinión al aseverar que la maldad es “relativa” (según el contexto, lo interpreto como “subjetiva”), podemos convenir en que el término requiere ciertas precisiones: la “maldad” de un terremoto que deja docenas o centenares de muertos es una cosa, la maldad humana que aniquila a millones es bien otra. A este respecto, nos entretiene con una analogía extensa, según la cual la bondad de Dios sería algo así como una corriente eléctrica, y la maldad (si le entiendo bien) algo así como un interruptor de corriente, que deja la habitación a oscuras. Todo esto está muy bien, pero a fin de cuentas, según mi lectura usted no está diciendo nada diferente a lo que dicen la mayoría de teólogos cristianos, es decir, que la maldad humana es consecuencia del libre albedrío, la facultad de decidir libremente, que el Creador nos hubiera otorgado para que, según su versión, fuéramos realmente “inteligentes” y no simples autómatas.

Respecto a esto, mi respuesta es sencilla. Si el Creador es, como sus partidarios insisten, omnisciente, es decir si sabe todo lo que va a pasar, entonces por lógica tenemos que aceptar que cuando decidió crear nuestra especie, ya sabía que iba a producirse esa “desconexión”. Y si lo sabía, y aun siguió en su empeño de crear el ser humano, entonces tiene la plena responsabilidad de todo lo que pasó en consecuencia. Si Él mismo era libre, pudo haber interrumpido en cualquier momento ese proceso de creación, en vistas de lo que iba a suceder, y no quiso. Piénselo. Si yo vendo un programa informático, digamos, a un hospital, a sabiendas de que algún día no va a funcionar bien y va a haber pérdida de vidas por culpa de ello, difícilmente me van a aceptar como defensa legítima ese grito de  “yo no fui, fue el programa mismo: miren, ¡es un programa inteligente!” Se puede cuestionar, desde un ángulo filosófico, si el programa era realmente “libre” cuando dejó de funcionar correctamente, si yo lo programé: pero lo único que el jurado va a querer saber es si, en el momento de venderlo, yo sabía o no sabía lo que iba a pasar. Esa es la cuestión, y no otra. Y el Dios que usted postula sí sabía lo que hacía.

 

Aparición del Humano

Tiene razón: las teorías sobre extraterrestres terminan siendo aburridas. Así me siento yo, además, discurriendo sobre un ser (su “creador”) que, al igual que ese supuesto extraterrestre que vino a la tierra para dejar ahí su descendencia, me parece muy poco probable y, más que nada, redundante. Así que intentaré ser conciso al dirigirme sólo contra aquellos puntos en que no estamos de acuerdo.

 Usted dice, aparentemente de paso y sin concederle mayor importancia al tema, que el ser humano “no necesita el cerebro para pensar”. Le invito a demostrarlo, y aceptaré como prueba cualquier caso donde un ser humano a quien se le haya extirpado previamente el cerebro (iba a decir “un ser humano sin cerebro”, pero no quiero que me venga hablando de Donald Trump) manifieste la capacidad de pensar, sea hablando o escribiendo o haciendo señas con las manos o de cualquier otra forma. Claro que no puede. Entonces me atrevo a preguntar de dónde saca esa conclusión peregrina, aparentemente desprovista de evidencias. Por mi parte, recuerdo todavía que en mi más tierna juventud aún me resultaba seductora la idea de un alma o espíritu, algo que formaba la base de mi conciencia y que era inmaterial, de modo que esa conciencia, o lo que fuese, pudiera persistir incluso en ausencia de un cuerpo o de un cerebro físico. Si no creo ahora en ese tipo de dualismo cartesiano, me apena reconocerlo, no es por haber resuelto la cuestión de modo brillante y original en el plano filosófico, sino simplemente por haberme hecho viejo. Me explico:

El dualismo, o la creencia en un “mundo espiritual”, según yo, es señal de que uno es joven, bien alimentado, duerme las horas necesarias y toma sus vitaminas. Es síntoma de un cuerpo sano y de una mente sana. Cuando nuestro cerebro funciona como es debido, cuando no le aqueja ninguna dolencia, cuando las neuronas nos obedecen y los neurotransmisores regulan convenientemente nuestras respuestas, es fácil dar por sentado que nuestro pensamiento no depende de ese sustrato físico y biológico que, al parecer, se limita a seguir fielmente sus órdenes. Sin embargo, a medida que uno envejece y se enferma – en mi caso, cuando uno padece una enfermedad crónica que le dificulta la respiración y le interrumpe el sueño – entonces poco a poco se da cuenta de que, en realidad, tanto su pensamiento como su estado emocional dependen ineluctablemente de su estado físico. No le invito a hacer la prueba, pero puedo aseverar desde la experiencia propia que cuando uno no ha dormido lo suficiente, el pensamiento se vuelve impredecible, aleatorio y onírico. De igual modo, en la vejez se nota más la enorme diferencia entre el estado de alerta y el nerviosismo que se inmiscuye en la vida diaria y constituye nuestro “estado por defecto” como hombres, y ese otro estado, relajado y plácido y a veces triste, en que se consigue entrar únicamente mediante la vía del clímax sexual, que convendrá en que es un fenómeno puramente corporal y dolorosamente fugaz. Si fuese verdad que “se puede pensar hasta sin cerebro”, no sabría cómo justificar ni explicar ese modo insistente en que nuestro cuerpo toma las riendas de nuestra conciencia, de manera ruda, insistente, exasperante según el caso. Cuando mi cuerpo decide dormir, mi mente se apaga. Cuando mi cuerpo se fatiga, mi mente se confunde. Cuando mi cabeza recibe un choque fuerte, mi pensamiento se interrumpe. Cuando mi cuerpo se estimula con café, mi mente realiza proezas. ¿Quién depende de quién allí?

Pero dejemos esto de lado. Lo que me sorprende no es que rechace la hipótesis de panspermia, que actualmente carece de evidencia, sino que rechaza la de la evolución de las especies, para la cual hay una abundancia de evidencia, yo diría que tan persuasiva que negarlo es como negar la teoría heliocéntrica, según la cual la Tierra gira alrededor del sol, y no al revés (teoría que en su día fue considerado como herejía por la Iglesia cristiana, recordémoslo). Si por lo menos esto último a usted le consta como algo evidente, vale la pena recordarle que tanto la teoría de la evolución como la teoría heliocéntrica se conocen como teorías, es decir que son simples modelos de la realidad, que si nos aferramos al método científico antes referido quedan permanentemente sujetas a refutación, es decir no son certezas “absolutas” (ese tipo de certeza que, según mi modo de ver, no necesitamos). No son certezas absolutas demostrables más allá de toda duda posible (nada lo es), pero su aceptación provisional se basa en que son acordes con nuestra experiencia, que toda la evidencia científica de que disponemos apunta a su veracidad, y (esto es un punto importante) son “falsificables” en el sentido de que uno puede fácilmente idear un posible futuro descubrimiento que nos obligaría a rechazarlas y buscar teorías alternativas. Pero además de todo esto, lo que tiene de bueno las teorías científicas es que nos permiten realizar predicciones y desarrollar soluciones a problemas. Soluciones que, si nos ponemos en plan creacionista, seríamos incapaces de crear, siquiera de imaginar.

Con un ejemplo basta: el virus del SIDA. Este virus tiene la peculiaridad de que se reproduce a una velocidad pasmosa (un sólo virus puede producir billones de copias de sí mismo en un solo día), por lo que esa evolución por selección natural darwiniana que en otros especies puede tomar millones de años, en el caso de ese virus ocurre delante de nuestros ojos, en tiempo real (sí, la evolución en este caso se puede observar en un laboratorio). Y resulta que ahí está el reto para los que quieren desarrollar una cura: ante cada nuevo medicamento que en pruebas de laboratorio se demuestra eficaz contra el virus, se produce posteriormente una mutación genética que demuestra resistencia contra ese medicamento, y la selección natural se encarga de que esa mutación predomina, y vuelto a empezar. El investigador en ese campo, cuando le dices que la evolución darwiniana no existe, probablemente te miraría con ojos tristes y te contestaria: ojalá fuese cierto. Todo este proceso no es otro, en el fondo, que el proceso de selección natural que se supone dio origen a la especie humana: en ambos casos hay un proceso de mutación genética, y un entorno que favorece algunas mutaciones mientras condena a otras a la extinción.

Sin embargo, no pienso extenderme más en esto, puesto que si con tanta abundancia de todo tipo de evidencia alrededor suyo, usted se resiste a aceptar la teoría como altamente probable, no voy a convencerle en unas pocas líneas. Sin embargo, le diré que los argumentos respectivos de creacionistas y evolucionistas y sus respectivas evidencias o pretendidas refutaciones están en el dominio público a través del Internet, y la honradez intelectual obliga a uno a familiarizarse con los argumentos de ambos lados antes de emitir algún juicio al respecto. En su caso, no tengo la impresión de que usted haya realizado muchas pesquisas en este campo, si en un lugar reprocha a los evolucionistas el no poder enseñarnos un elefante “saliendo” de una mosca en tiempo real, cosa que la teoría de la evolución explícitamente rechaza como posibilidad (el elefante no es descendiente de la mosca, aunque tienen un antepasado común y comparten, sorprendentemente, bastante materia genética).  Por lo demás, cuando dice que la teoría de la evolución “no puede explicar el origen de la vida sobre la tierra”, pues bien, eso es como decirle a un cristiano, en tono de reproche, que el evangelio de Lucas no puede explicarme como arreglar el motor de mi carro. Usted dirá que la intención de San Lucas no era de proporcionarnos un manual de mecánica automovilística: pues bien, la intención de la teoría darwinista no era de explicar el origen de la vida, sino explicar un mecanismo según el cual una especie de ser vivo aparentemente más complejo puede derivarse de otro aparentemente más simple. Es cierto que no nos dice en qué tiempo y lugar y circunstancias se formó la primera molécula de ADN, requisito indispensable para la vida: lo que sí nos dice es que partiendo de una base sencilla de microorganismos, y en presencia de ciertos factores externos, y en un tiempo considerable, la vida humana puede desarrollarse. (En cuanto al debatido origen de la molécula de ADN, basta con reconocer que ya se ha conseguido sintetizar ADN artificial en un laboratorio, y es más, con esa ADN se ha podido sintetizar organismos vivos artificiales, tipo bacteria o levadura. No se requiere de ninguna metafísica para ello, sólo ciertos elementos químicos y mucha paciencia.)

Lo que llama la atención, partiendo de esta teoría, es que las circunstancias que favorecen ese desarrollo no parecen darse con demasiada frecuencia en nuestro universo, es decir, que no vivimos en un universo que parezca diseñado para fomentar y proteger y acolitar la supervivencia de los seres vivos de ninguna especie. La mayoría de planetas no pueden albergar vida inteligente, por su temperatura, por su composición química y por la radiación mortífera que les llega del espacio exterior. Hasta nuestro planeta, que parece oasis en un desierto inmenso, está condenado a perecer en un futuro no tan lejano, si no por otro motivo, por el cataclismo que se dará cuando la galaxia de Andrómeda, que actualmente se nos acerca a una velocidad pasmosa, choca con nuestra galaxia, la Vía Láctea. Conviene recordar que entre la primera aparición de vida en la Tierra y la destrucción final de la misma, habrá pasado un tiempo que a nosotros nos pareciera inmenso, pero en la historia del Universo no deja de ser apenas un guiño de ojo, un instante insignificante. Cuando uno se da debida cuenta de todo esto, más le extraña esa arrogancia y egocentrismo de los teólogos que imaginan que el Creador debe ser como nosotros, una especie destructiva y caótica entre millones de especies en un planeta insignificante destinado a desaparecer mucho antes de que el Universo grande haya llegado siquiera a su máximo esplendor y plenitud.

Cambiando un poco de tema, mención especial se merece su comentario sobre las “razas” que reproduzco a continuación:

“Pero no implica que una determinada raza sea más humana que otra, aceptar la creencia de la evolución es rayar en la discriminación. La evolución empuja a eso, al hacer niveles de clasificaciones del humano.”

Esto es netamente falso. En primer lugar, la mayoría de biólogos evolucionarios hoy en día no reconocen distintas “razas” del ser humano: el propio término “raza” se considera inaplicable a nuestra especie, pues lo que se observa como diferencias son simples rasgos fenotípicos, y ya en el año 1951 un consenso de científicos auspiciados por la ONU recomendaba abandonar el término “raza” a favor de “etnia”. Dejando eso de lado, ha sido la investigación genética, impulsada por las “creencias” evolucionarias, la que ha conseguido determinar que la variación genética entre individuos de la especie humana, de la “raza” o etnia que sea, es extremadamente pequeña si se compara con las enormes diferencias que el ojo nos parece revelar (estadísticamente, es probable que usted comparta el 99.5% de su secuencia de ADN con cualquier otro ser humano que encuentre, con independencia de su sexo, color de piel u otras características superficiales). Más allá de eso, el campo de la psicología evolucionaria, si bien tiene todavía gran dosis de especulación, partiendo de los descubrimientos darwinistas nos proporciona pistas y guías para entender mejor esa tendencia humana a dividirse en tribus, en grupos y naciones y hasta civilizaciones enfrentados entre sí, a veces basándose en pretextos y clasificaciones “raciales”: y considero que si queremos superar nuestra historia fratricida como especie, y nuestra tendencia a juzgar (léase: clasificar) al prójimo, es necesario indagar en el origen de esta tendencia para comprenderlo mejor, de la misma manera que si queremos defendernos contra una enfermedad, es necesario primero estudiarlo en sus diversas mutaciones y manifestaciones.

De modo que, si bien celebro que el cristiano corriente de hoy en día predique que todos somos hijos de Dios, de igual dignidad y valor ante Él, no puedo dejar de recordar que tal doctrina paulina, históricamente, no ha impedido que algunos humanos creyentes y devotos hayan esclavizado a otros, o hayan practicado todo tipo de discriminación, muchas veces acolitados por sus propios pastores y predicadores. Es sabido que la Biblia, y en especial el Nuevo Testamento, condona la esclavitud (ver por ejemplo Efesios 6:5-8), y que el cristianismo a lo largo de su historia ha distinguido entre fieles e infieles a efectos de discriminar contra estos últimas, por ejemplo, torturándolos y matándolos. Si usted considera que el pretexto de la clasificación racial, o cualquier otro, no justifica el maltrato y la inhumanidad, que igualmente serían pecado, es un buen comienzo, pero si realmente desea luchar contra ese maltrato y esa inhumanidad, necesita algo más que buenas intenciones y palabras piadosas: necesita entender el por qué de estos fenómenos, lo que a su vez requiere un nivel de introspección que la fe cristiana no permite, y también una objetividad científica y apertura ante las evidencias que usted mismo demuestra en sus escritos no son compatibles con esa fe. Uno tiene que entender que la realidad, incluida la realidad de la naturaleza humana, no obedece a nuestros deseos piadosos. Si no hay objetividad y capacidad para reconocer nuestras propias flaquezas, no hay progreso.

Volvamos al tema del espíritu, que usted da en llamar “energía”. Después de pasar por un ejercicio de retórica geométrica en que no pienso detenerme, afirma que el ser humano “es energía” y que la energía “no desaparece”. Con ello, aparentemente, quiere sostener la creencia de que puede existir algo de vida humana, en forma de conciencia o pensamiento o algo por el estilo, después de la muerte. Parece olvidar que la energía, sin desaparecer, puede transformarse: por ejemplo, de potencial en hidroeléctrica y de ésta en kinética. Es evidente que la conciencia humana y el pensamiento se sostienen sobre la base de una serie de reacciones químicas y eléctricas en nuestro cerebro, y que cuando el cerebro deja de recibir energía en forma de sangre y oxígeno, no pueden seguirse produciendo estas reacciones. No es que la energía haya “desaparecido”, sino simplemente han dejado de producirse aquellas transformaciones que para nosotros como seres conscientes son necesarias.

A continuación habla de “purificación”, como requisito indispensable para conocer de más cerca al Creador. Pues bien: recordando las palabras de Tertuliano anteriormente citadas, debe ser claro que como ser humano no me interesa “purificarme” en ese sentido, si tal “purificación” significa aniquilar en mí mismo todos esos instintos, deseos y anhelos que me caracterizan como ser humano, al igual que esa madre que para poder acceder al paraíso tiene que aniquilar su instinto de tal, y aprender a “disfrutar” de la contemplación de la tortura eterna de su propio hijo. Lo interesante es que como “solución” a este rechazo que cualquier ser decente siente ante la vileza de tal propuesta, nos propone una sola cosa: el temor, o en lenguaje más coloquial, el miedo. Al parecer, si lo interpreto bien, su mensaje se resume en que debemos acercarnos a Dios por simple miedo a lo que nos puede suceder si no lo hacemos, y obedecerlo por simple miedo a las consecuencias de no hacerlo. Si cumplimos con esto, con el tiempo nos adaptaremos a ese tipo de existencia servil, y aprenderemos a “amarlo”.

Es llamativo que en una nota a pie de página insiste en el que ateo “no entiende” el amor como virtud. Yo diría lo contrario: quien piense que el ser humano únicamente es capaz de actuar por miedo egoista, por el deseo de salvar el propio pellejo, y que su única vocación consiste en la obediencia ciega inculcada a través de la amenaza (y usted mismo admite que esto es la base de la virtud cristiana), poco sabe de lo que significa amor, pues esta palabra, si bien resulta semánticamente difusa, en la mayoría de sus acepciones descansa sobre el supuesto de que somos (en nuestros mejores momentos) seres empáticos, capaces de compadecernos con el sufrimiento ajeno y hasta de sacrificarnos por el otro. Además, en otros apartados usted mismo habla de lo noble que le resulta la búsqueda desinteresada de la verdad, la cual, a mi modo de ver, tiene gran semejanza con la empatía en el sentido que, en ambos casos, la persona se esfuerza en superarse, en hacerse más grande, en asimilar la realidad circundante, sea la realidad de los sentimientos de otras personas o la de los fenómenos más misteriosos de la naturaleza. En esto consiste, para mí, lo verdaderamente humano: y sus palabras lo único que hacen es fortalecer en mí el sentimiento de rechazo ante una religión que explícitamente nos prohibe ahondar en lo humano, para convertirnos en perros falderos y serviles discípulos de un déspota, por fortuna, imaginario.

 

Un último comentario

“La maldad está en nosotros mismos.” Celebro encontrar, por fin, una afirmación con la que puedo estar completamente de acuerdo. A partir de esta constatación, empero, partimos en direcciones opuestas. Para usted, la solución a esa maldad es la obediencia ciega a un ser superior que se nos antoja perfecto, es decir, desprovisto de maldad. Según esta óptica, la libertad humana no es más que un obstáculo, una tentación que nos lleva por el camino de una rebeldía inapropiada. La bondad ya está definida y resumida en una sola persona, y sólo nos corresponde seguir a esa persona, deshaciéndonos de todas nuestras particularidades personales, de nuestro carácter, de nuestra curiosidad intelectual, de nuestros anhelos y deseos, hasta de aquellos hondos principios morales que se erigen en nuestra conciencia y resultan no estar acordes con lo revelado en el Libro Sagrado.

Mi posición es algo más compleja. Antes dije que el por qué de nuestra existencia es algo que tenemos que buscar en la biología evolucionaria, y que el para qué quedaba por ver. Precisemos: lo que nos enseña la evolución y más propiamente la genética, es que nosotros, las criaturas vivas, somos simples máquinas al servicio del gen egoista, ese ente primitivo que tiene un solo y único fin que es reproducirse. Somos, ante todo, máquinas reproductoras. Hasta el instinto de supervivencia es algo que favorece la selección natural únicamente porque un individuo que sobrevive más tiempo es capaz de dejar atrás más copias de su materia genética. Y nuestros instintos tribales se desarrollaron en la medida en que la vida tribal nos facilita también la supervivencia y, por tanto, la reproducción. La maldad humana aparece cuando ese instinto tribal se cruza con la capacidad de utilizar herramientas e instrumentos que aumentan peligrosamente nuestras capacidades para avasallar, esclavizar, matar y destruir.

Obviamente, saber todo eso no nos sirve directamente para proponernos metas en la vida. El ser inteligente es precisamente aquel que tiene la capacidad de crearse sus propios fines, en rebeldía contra esa naturaleza que ha heredado, que quiere que se dedique únicamente a comer, procrear y pelear contra rivales peligrosos. Podemos decidir hacer más y ser más que lo que actualmente somos. Podemos aspirar a esa transformación a la que usted hace referencia, proponiéndonos metas más nobles. Pero para eso hay que hacer uso de la razón y de la libertad, y buscar cada uno su propio camino, intentando ser todo lo que puede ser, de acuerdo con sus metas y convicciones y sus propias características personales, siguiendo la luz de su conciencia. Lo que demuestra en su libro, creo que contra sus propias intenciones, es que las creencias religiosas no son más que un estorbo para la razón, un veneno para la inteligencia y un réquiem para la libertad. Aceptando esa creencias, de ningún modo llegaré a ser más de lo que soy, y con casi total seguridad seré menos, puesto que desde ese momento el pensar con independencia y claridad se convertirá para mí en el peor pecado, y la repetición solemne de frases hechas y versículos aprendidos, en la mayor virtud. Quiero pensar que hay más posibilidades en la vida, hasta para un enfermo en el otoño de su vida, que ésas.

 

Friday, April 28, 2017

El adjetivizador



Es cierto, se me da por escuchar a un personaje público con ínfulas de intelectual, y soy capaz de seguir la pista de migas de pan un buen rato por los vericuetos de YT, sobre todo, hasta aburrirme o desengañarme. Tal me sucedió con el Scruton ése. Me sigue cayendo bien. Me gusta su manera entrecortada de hablar, su acento resueltamente sub-RP (insiste en no ser del todo posh, para entendernos: de memoria, puede que esa resonancia sea del Oxfordshire rural, o del West Country, o hasta un alambicado Cockney, no recuerdo bien), su disposición a musitar la pregunta sin decir nada (es decir, se piensa las cosas), y hasta su modo de parecerse a Johnny Lydon (eso de no tener cejas, v.gr.). Bien por todo eso. También siento una especie de servil agradecimiento por el hecho de poder escuchar la palabra "belleza" de boca de alguien que no sea periodista. Cuando ¡un filósofo! dice beauty, como que se te derrite algo adentro. En algún lugar entre Kant y Kardashian, el concepto se ha convertido en tabú, salvo en su acepción seudoerótica. Se necesita es huevos para hablar de lo bello actualmente. (Sobre todo después de confesar ser cazador ocasional de zorros.)

Pero no es menos cierto que el tipo es un adjetivizador empedernido. No hablo de análisis lingüístico, aunque tal vez un poco también, habría que ver. Me refiero a que hay quien busca aislar fenómenos y cosas reales y probar de relacionarlos de modo estable (sustantivizadores), guardando en ello una cautelosa distancia para con los meros significantes, y hay quien se deja arrastrar por cualidades y efectos y connotaciones y subjetividades (adjetivizadores). Uno de los cambios notables en la universidad de este último cuarto de siglo es la purga cuasi estalinista de los adjetivizadores que se ha llevado a cabo a nivel casi mundial, y su posterior exilio al desierto, lo cual es una pena, porque discutir con ellos resulta tan fácil a la vez que tan deliciosamente inútil. Y entre todos esos adjetivos a veces se hallan auténticas perlas. Nunca se sabe con ellos.

Otro tal, ese propio Eagleton de quien hablé enantes. Para alguien así, lo insoportable de Dawkins no es aquello que afirma sino la cuestionable credibilidad (ethos) de quien lo afirma: la pasmosa ingenuidad de su fe en "la Ciencia", su falta de perspectiva histórica, su absurdo optimismo, el reduccionismo extremo con que engloba toda subjetividad religiosa bajo la rúbrica de "consuelo infantil", esa manera de hablar desecada y pedante, esa forma de reducir toda la experiencia sensual y estética de la humanidad a"una puesta de sol, una sinfonía de Mozart (sic)" antes de conceder a todo ello su soberbio nihil obstat. Ese smugness. Lo que Eagleton parece ignorar es que se puede ser smug y a la vez tener razón, quizás no en todo pero sí en lo principal. Se puede ser miserable bastardo y no obstante acertar: esto no es culpa ni defecto de Dawkins, es defecto en todo caso del universo en que nos situamos. Yo que él, lo devolvería a la tienda, ese universo, si tan de quicio le saca.

En el fondo, se trata de ese querer encontrarse con un héroe, con un gurú que no defraude. Pasas tiempo en YT y empiezas a notar el vaivén de esa eterna búsqueda, el oleaje de seekers of the truth que se arrastra allá y acullá, siempre tras la última revelación. Ahora, por ejemplo, entre cierto sector de pretendidos librepensadores está de moda ese tal Jordan B. Peterson, psicólogo canadiense de voz ranina y tendencia conservadora, que se alzó a la fama por su resistencia absolutamente sensata a cierto autoritarismo políticamente correcto rampante en ese país. La presteza con que el tipo aceptó el rol impuesto de gurú polivalente en campos que no son de su especialidad (sociología, política, crítica literaria) debe de haber hecho sonar alguna campana de alarma, tratándose de un académico, pero hasta ahora ha podido más esa nostalgia pública de certezas ocultas, las cuales él dispensa a granel (enseñame esa universidad, ¡quiero trabajar ahí!), y algunos hasta le perdonan aún el exabrupto ése de llamar "pathetic weasels" a cuantos hayan asumido conscientemente la soltería permanente como proyecto de vida. Mi predicción: los eternos acólitos le irán dando más y más cancha, hasta que llegue un Henry Williamson Moment (me refiero a esa matanza de gallinas llevada a cabo por el demente fascista Stephen Taylor en la novela de Frederic Raphael). Ya veremos.

Yo no soy pensador. Quisiera serlo, y tengo la inquietud permanente de pensarme las cosas, pero mi estado de salud impide que llegue hasta donde tendría que llegar para dejar atrás al pueblo de las ideas recibidas y adentrarme en el wilderness de lo aún no descubierto. Me falta tiempo, energía, olfato de sabueso, sobre todo oxígeno. Me ahogo, ahora, a marchas forzadas, y mi cuerpo se está convirtiendo en un vertedero de grasas inservibles, listo para el infarto final. Mientras, los adjetivizadores me caen bien, porque yo también tengo cierto instinto y nostalgia de tal, y mi carrera de polemista en Internet arrancó entre adjetivos, algunos hasta ingeniosos, pero llega el momento que te decantas, y yo lo he hecho por los sustantivos, por lo falsificable, es decir por lo medianamente sólido y depurado. Tendencia que sería más prometedor si tuviera tiempo, presa definida, y por lo menos algunas nociones de estadística elemental.

Con lo que me queda sólo observar (y si hay tiempo, glosar) esa brecha, a mi ver innecesaria y contraproducente, entre los productores de ideas (adjetivizadores en muchos casos) y los encargados de someterlas a prueba (sea empírica, lógica, lo que haga falta). Los operacionalizadores, en suma (Pteh, Pteh, Pteh). Eso, y también esa otra brecha que existe entre el discurso público y el léxico depurado, fuente de tanta polémica innecesaria, de tanta discusión infructuosa, de tanta ideología ectoplásmica. Si de algo todavía soy capaz de derivar placer, es de detectar polisemia donde otros sólo ven semia. Es decir, lo mio será un lento e inglorioso Haarspalterdämmerung, Está escrito.


Thursday, April 27, 2017

Pasión

Lo que nunca fui: apasionado. Nadie, ni mi mejor amigo ni mi peor enemigo, me acusaría de ser apasionado. Uno tiene que reconocer sus límites.

O tal vez no. Tal vez mi error últimamente ha sido ése. Reconocer mis límites. Tal vez fue cuando los reconocí, creyéndolo deber insoslayable, que empecé a morir. Este pantanal de muerte adagio ma non troppo en que ahora me ahogo poco a poco, silenciosamente. Quizás sea deber de toda res probar a diario el cerco eléctrico, en lugar de interiorizarlo y darse por cercado.

Fue ella (ella, ya sabes) quien me los impuso. Me dijo, hace 16 años: "Yo soy apasionada... tú eres cariñoso." Me dio tal estocada tan cariñosamente como pudo. Quise contradecirle, quise animarla a romper el embrujo. Si no lo hice, habrá sido por la misma razón que me impidió desvelar ante ella mi secreta pasión: hay leyes. Mejor dicho: hay decoro. El embrujo fue demasiado fuerte, y ella no tuvo fe. No besó rana. No liberó a la bestia.

Nadie lo ha hecho, ni lo hará. Triste consuelo: moriré sin haber transgredido. *

Para los ingleses, el decoro, es decir la ley no escrita oculta tras el inquebrantable tabú, el malvado titiritero de nuestros gestos, la almidonada estética del comportamiento, lo es todo. Por lo mismo es porque el inglés se emborracha y se vuelve neandertal tras el partido: su cultura no permite ningún desahogo siquiera simbólico ni ritual estando sereno. El inglés, verbigracia, no baila, ni se le permite ser sincero cuando abre la boca. Tiene que situarse, entonces, por fuera del savoir-faire y de todas las leyes para tener la sensación fugaz de dejar de ser títere. Para él, entonces, la única manera de dejar de hacer el ridículo es haciendo el ridículo.

La ley. Ella, naturalmente, hace mueca de desaprobación cuando escucha eso. Cree, como toda mujer (casi; este casi es acto de fe), que el hombre que vale puede y debe vencerle a esta ley en singular combate, cogerla por el cuello cual serpiente y arrojarla lejos, creando así el deseable espacio de intimidad. Lo que no quiere saber ni quiere ver es su propio papel en esto: dicha ley es creación de ella, de sus miedos, y ella por eso mismo es la llamada a romper el encanto proporcionando la contraseña, el código de desactivación. Al no querer saber nada de eso, muere de frío alzada en su pedestal de pasividad: la mujer moderna.

No, en serio: la sociedad es un invento femenino. Yo, para sobrevivir, por los pasillos del boulot todavía (¡a mi edad!) silbo suavemente algún tema de la suite de Robinson Crusoe. No quiero problemas, pero la sociedad no es para mi. Con Crusoe es cuando descubrí mi género, y esa tranquila desesperación diariamente renovada por encontrar una huella en la playa que resulte no ser mía.

Entra la señora Pallaksch, stage left, llevando la bandeja del té. A la izquierda de esa puerta que se cierra sola, en el reloj de caja se divisa el señor Pallaksch versión enano, cuyas piernas marcan la hora y cuyo tronco los minutos. Son las seis y diez, La ventana entreabierta deja pasar un viento cargado de bacilos: los diversos señores Pallaksch, de diversos tamaños y telas, ondean suavemente. Ella se sienta y se sirve el té, que fluye humeante de la boca de ese señor Pallaksch que decora la bandeja, envuelto en un tea-cosy tricotada por ella misma. La silla donde se siente es otro señor Pallaksch. Por si acaso, la escena se llama Codependencia. Las voces son pequeñas y se pierden en esa distancia entre escenario y butacas.



* Salvo que la muerte sea en sí una transgresión, cosa que en primera persona asumo como cierta. Tengo el deber moral de no morir todavía; cuestiones familiares.

A la carte

"Can I help you?"
"Yes, I'd like one religion, please."
"Certainly. Monotheistic, polytheistic or atheistic?"
"Erm... I dunno. Atheistic I suppose. I wouldn't like to to spoil my Big Bang."
"One atheistic religion. Sense of community with that?"
"Community?"
"Belonging."
"Ooh, yes. Lots of belonging. I like belonging."
"Morality?"
"I beg your pardon."
"How deontological would you like your religion? Rare, medium or sharia?"
"Oh, rare please. I already have my own morality."
"So that's one atheistic religion, with belonging, rare... Side order?"
"What have you got?"
"Ritual, dogma, oppressive sense of guilt, self-righteousness, patriarchy, steeple hats, mystical visions, Sistine chapel. slaughter of innocents.... no, slaughter of innocents is off the menu today. Fresh out of innocents until next week."
"Oh, I think I'll have some oppressive sense of guilt. I always fancied myself as a Graham Greene character."
"Can I tempt you with some ritual?" (lowers voice) "...Incense?" (looks round conspiratorially) "Organ music?"
"Well, I shouldn't really, doctor's order you know, but you talked me into it.  After all, you only live once."
"You're sure about that?"
"What?"
"You don't want an afterlife?"
"Hell, no. One life's enough for me. More would be greedy."
"Fine. One religion, no afterlife, no gods, lots of belonging, rare... Would you like an extra helping of incense, only 79 cents more?"
"Go on then."
"Cash or credit card?"

 ... If only it were that easy.

Sunday, April 23, 2017

Last Chance Gulch

En mi faceta de siervo de la LOES, tengo el deber, muy de vez en cuando, de solicitar respuestas a la pregunta "cómo se diferencian los hechos de las opiniones". Mi propia manera de responder, me doy cuenta, ha cambiado bastante desde mi juventud. En aquel entonces, habitaba un jardín lleno de opiniones. Sobre un cielo indiscutiblemente azul se desfilaba el interminable cumulonimbus de opinión, traido por el viento del oeste; allá, en los árboles, las opiniones cantaban alegremente; más abajo, en el fondo del jardín, en un rincón rocoso se divisaba el murmullo opinionoso de un babbling brook; y alrededor, a cada lado las variopintas opiniones florecían entre las mariposas y el sopor del zumbido de algunos insectos. Así era entonces: yo me acuerdo. Ahora, en cambio, me encuentro aprisionado en el lóbrego manicomio de los hechos. Ahora sólo queda planificar la excursión nocturna, la liberación secreta, intermitente, para lo cual hay que tener bien marcada la ruta de salida.

Empecemos distinguiendo entre la persona y sus palabras y otras expresiones. Mi manera de perder siempre en ajedrez dice algo sobre mí. Algo. Habla, con cierta elocuencia, de mi pereza mental, mi falta de espíritu competitivo o combativo. Susurra algo confuso sobre el anquilosamiento del aparato calculador y postergador de mi cerebro, mi estratega interior. Todo eso es cierto, y además, te permite formular ciertas predicciones sobre mi comportamiento en otros ámbitos. Viendo con qué ingenua ceguera expongo mi reina al peligro, sacarás la conclusión (acertada) de que mis opiniones sobre la geopolítica del Medio Oriente probablemente valdrán verga. Pero, insisto, ese juego fallido, esa pérdida ignominiosa, no soy yo. Quiero decir que en el hipotético caso de que yo hiciera el esfuerzo para aprender a jugar decentemente, si estudiara y practicara, si lo tomara en serio, entonces, y sólo entonces, mi juego revelaría plenamente mi personalidad. Tendría entonces (aunque siguiera perdiendo) un estilo. De cómo sería ese estilo, si les soy franco no tengo ni idea. (Me imagino que bastante neurótico.)

Dicho de otra manera: la mediocridad es genérica, es uniforme. La excelencia individualiza. Como lingüista, lo observo a diario en el discurso público de las redes. El comentarista mediocre es un simple imitador. Ha aprendido algo de retórica mediante la observación, y no es capaz sino de reproducir los trillados efectos y los manidos insultos que a él, en algún momento, le impresionaron y le dejaron tal vez con los deditos quemados. Su discurso es papilla de quejumbre al servicio de un ego lisiado. Es nomás plagio inconsciente. Nos permite saber sólo dos cosas de él: su identidad - en ese yermo sentido taxonómico que hoy se estila, o sea, su abarrotada trinchera sociopolítica - y su desprecio por el arte de expresarse. Sobre su persona, su individualidad, no sabemos nada. Quizás él tampoco.

Será perogrullada, pero voy a decirlo: tu personalidad, término en que quiero englobar tu visión del mundo, no te viene dada, formada, hecha. Es un rompecabezas que tendrás que solucionar para saber cuáles piezas te faltan y cuáles te sobran. Pueden ser varias rompecabezas mezcladas, y sólo cerca del final tendrás hecho lo suficiente para decidir cuál imagen es la que predomina, y cuáles son las intrusas e incompletas. Deseo para ti lo que ya no puedo para mí, que esa imagen tuya se perfile en todo su esplendor antes de que mueras. El individuo, inicialmente, es más potencialidad que otra cosa. Esa potencialidad te viene inscrita en tus genes y en los accidentes de tu experiencia, que espero sea caótica, es decir, rica. Las combinaciones y permutaciones, las soluciones posibles e imposibles, son tan legión que tan sólo un loco se propusiera dirigir teleológicamente el proceso. Por eso, damn braces, bless relaxes. Y al carajo con la misión institucional y con la LOES; pues hay - tengo fe - en alguna parte un carajo especial para ellas.

Entonces, quedemos en que no eres, ni en el mejor de los casos, la gramática de tus oraciones. Lo que pasa es que esa gramática es lo único que tenemos para comunicarnos, para compartir, para construir consensos y movimientos y proyectos, acaso para salvar la humanidad. Por todo lo cual, tiene su importancia relativa. Será por eso que la escojo como profesión.

Hablaba en otro post del radical, de ese mamarracho sin nombre que alguna vez, fugaz y parcialmente, he llegado a ser. Me doy cuenta de que el radicalismo, otramente fundamentalismo, tiene raiz psíquica y ramas lingüísticas. (Esto último, discutible,) La raíz psíquica se fundamenta en una identificación prematura del yo con algo indigno de un yo, es decir con una postura, una trinchera, una visión compartida, lo cual siempre quiere decir simplificada y distorsionada. Cubista si quieres. De que vales más que eso, no tengo duda, pero si tú si lo dudas, serás radical, defenderás a ultranza, a uñas y dientes, un credo que implícitamente niega una parte importante de ti, de tu experiencia. En aras de pertenecer, negarás tu derecho a discrepar de ti mismo. (Ese derecho que en nuestro Occidente, se relega a la intimidad. ¿A ti nunca te ha pasado eso de soñar intimidades públicas, fluidos, senos al descubierto en el comedor de un hotel?)

Como especie tribal, como comunidad, necesitamos la gramática. Como individuo (en construcción, pero individuo) necesitas la paragramática. Ya sabes. La gramática impone esquemas. Divide la experiencia en sujetos y predicados. Distingue géneros y números. Adjetiviza y desadjetiviza en función de preceptos, en último término, constitucionales. Y (volviendo a la pregunta) distingue ferozmente entre hechos y opiniones. La opinión, hoy día, ese triste linsey-woolsey que se teje con warp de observaciones pretendidamente inocentes y weft de valores, o sea, de ética o de estética (lo Bueno, lo Malo y lo Feo, únicas modalidades de discurso no sujetas a falsificación empírica). Algunos pretenden que tu opinión expresa sea el Last Chance Gulch de tu individualidad. Lo dicen con sonrisa siniestra, relamiéndose. Saben que ese reducto está destinado a empequeñecerse hasta, quizás, desvanecer (de momento, le conceden una página, una nomás, y con tal de que haga sonar su triste campana de preaviso, cual leproso: ¡unobjective! ¡unobjective!). Más adelante: te comen.

La paragramática se vuelve posible desde el momento en que te das cuenta de la diferencia entre ese universo de discurso accesible mediante el signo, en el que cabe - de momento y con las censuras y restricciones de rigor - opinar, y ese otro a que tan sólo puedes acceder mediante el símbolo. No, no estoy vendiendo metafísica aquí, tranquilízate. Estoy diciendo simplemente que parte de tu experiencia, gran parte, es irreductible al discurso (siquiera opinionoso), por lo menos al discurso verbal. Hay cosas en tu experiencia, tanto sensual como intelectual como emocional, que puedes intentar expresar (nada te lo impide), pero probablemente con sensación de fracaso, y con la total seguridad de que nadie lo entenderá. Te lo dice un experto en eso de no encontrar ni las palabras adecuadas (tal vez sea síntoma de mi cercanía al espectro autista, largamente sospechada) ni el acorde preciso. Hay experiencias, precisemos, con sujeto pero sin predicado, o viceversa: hay centenares de emociones importantes que el diccionario ignora y que reducirían al balbuceo al más insigne poeta. Hay visiones inefables. Hay momentos que se niegan a circunscribirse temporalmente. Hay fenómenos climáticos interiores. Hay erecciones líricas. Y entre las propias fronteras de tu subjetividad. hay diastola a más de sistola.

Aquello que llamo paragramática, entonces, sería la gramática de la telepatía, si tal fenómeno existiera. Sería el protocolo preferido de transmisión, no de datos, sino directamente de experiencias, con todo incluido: emociones, recuerdos, supuestos, vivencias. Sería, también, el jardín de esa libertad primordial que antecede a la imposición de esquemas temporales y sociales. Como sabemos que la telepatía es imposible (y si fuera posible sería indeseable), el papel que le queda a la paragramática es el de servir de medio para el auto conocimiento, el atesoramiento de la cordura, para reivindicar y defender tu castillo interior, y para ayudar a comprender el mundo en otros términos que los maniqueos prescritos por nuestros amos y señores.

Acabo de ver, casi seguido, un debate del ya mencionado Scruton, filósofo con mención en estética, con un tal Eagleton, y luego un discurso de éste, a quien sólo conocí en Oxford por su reputación de voraz seductor de tiernas undergraduettes (merecida o no, no llego a tanto, pudieran haber sido sólo fantasías húmedas incubadas bajo una corta dinastía de falditas sub fusc) y de frecuentador empedernido de cierto Irish Pub (se me fue el nombre), a más de la leve excentricidad intelectual (en aquel entonces) que ostentaba, que consistía en ser marxista en una universidad todavía mayormente humanista. El tal Eagleton, en el discurso más que el debate, me dejó una impresión desagradable, una sensación de asco y suciedad y veneno, pues su sermón sobre la religión no es apenas más que una denigración larga, mezquina y bastante incoherente de los ateos Dawkins y Hitchens - a quienes él se permite poner el apodo colectivo de Ditchkins - salpicada de patéticos intentos de arrancar risas con malos chistes de dinosaurio aúlico (nunca he visto tantas jocisidades seguidas recibidas con tan absoluto silencio). Hay varios puntos, del debate y del discurso, que anoté mentalmente (me olvidaré de casi todos, seguramente) para tratar posteriormente: quedemos de momento con su tesis de que el cristianismo se merece mejores oponentes que los mencionados Hitchens y Dawkins, cuyo mayor error, aparentemente, consiste en equiparar la existencia de (un) Dios con la de un Bigfoot o un Yeti.

Digamos primero que depende de qué cristianismo hablas. El mismo Eagleton admite, sin titubear, que el Christian Right estadounidense tiene los Dawkins que se merece. Creo que exagera (espero que sí) pero Chomsky gusta de recordarnos siempre que en la administración republicana actual (y alguna anterior) hay nombres de peso que creen que viene la parousia, en cuestión de meses o de pocos años, por lo que hacer planes de futuro es insensato, así que carpe diem o carpe pecuniam. Ése cristianismo, desde luego, no es el de Terry. ¿Cuál es el suyo, entonces? Pocas pistas tengo (no he leido sus libros, ni voy a hacerlo) pero algunita: es católico (fuente: ficha biográfica), es utópico (fuente: el debate), admira a San Pablo (fuente: el discurso), es capaz de utilizar las palabras "God" y "love" en la misma oración (fuente: Wikipedia), y cree (fuente: Wikipedia) que hay una manera no sólo de practicar la religión, sino de entenderla, que está muy alejada de cualquier fundamentalismo y es la de la gran mayoría. Tambien cree (fuente: el debate) que la religión ofrece un modo de pertenecer que otras (digamos) ideologías rivales, entre ellas la de "la cultura", han fracasado al querer suplantar.

Frente a esta última afirmación mi respuesta sería un sí, tal vez, pero con diversas precisiones que no caben en este artículo (será otro día). Frente a la penúltima, pues también, qué quieres que diga. Una crítica a mi ver legítima que se le puede hacer a Dawkins, por ejemplo, es la de que aparenta suponer en la mente del creyente mayor coherencia que la que realmente cabe en una subjetividad no académica. El simple hecho de repetir el Credo en la iglesia cada domingo no permite suponer una adhesión intelectual a cada artículo. El católico puede creer en Dios siempre, o puede creer temporalmente, lo que dura la misa, sin que esa creencia perdure hasta la ronda de cervezas. Y aunque diga creer, puede que para él creer signifique aceptar a Jesús como su personal soporte verbal para maldiciones e imprecaciones diversas (en Escocia, un amigo mío me avisó hace muchos años., "Christ is an adverb of degree"), o bien como un elemento gramatical sin contenido, como ese "to" que nos viene pegado a los infinitivos, es decir como simple elemento de discurso, un significante desprovisto de significado. Algunos llamarán Dios a alguna parte de su cerebro, o al síndrome premenstrual de su pareja, o a ciertos fenómenos climáticos, o a la sincronicidad, o a algún producto del ensueño de dificultosa clasificación, o a un necesario interlocutor imaginario que posibilite una conciencia crítica y moral. Dawkins, tal parece, proyecta sobre otros su propia esquema de dualismo cartesiano en que hay un mundo material, por un lado, y por el otro, una vistosa ausencia. Cabe decir que no todo el mundo maneja el mismo esquema, por lo que es arriesgado suponer en la mente de otro idéntica mapa con presencia en lugar de ausencia. Puede haber eso como puede haber otras muchas topografías.

Imprecisión que con mi invento de la paragramática se dilucidaría maravillosamente, pero, ay. Etapa beta.

Lo de San Pablo: bien. El tópico más escuchado es que se trata de un misógino, lo que (en el empobrecido discurso políticamente correcto) significa que todo lo que fue y escribió carece de valor. Bien por Eagleton por rescatar lo que tiene el tal Pablo (o Seudopablo) de sorprendente, de perspicaz y de magníficamente humano. No sé si Pablo fue misógino, puede que sí, pero yo lo tomo como simple masturbador verbal acomplejado, como a veces yo. Pasa que hay gente que no sabe leer mucho entre líneas.

Pero lo que más le veo a nuestro Eagleton es un contrarian, es decir un necesitado de llevar la contraria siempre, y por tanto preso de la moda intelectual, contra la que ineluctablemente se alzará de manera predecible. Un poco al estilo del Yiannopoulos (otro cuya pretendida fe religiosa tiene todas las señas de haberse urdido para épater le bourgeois.) Ser marxista y católico a la vez queda la mar de chic o de hipster.  Cuando se le interroga, sin embargo, sobre sus creencias exactas, se refugia en "ésa no es la pregunta", o en que el catolicismo es "una cultura", o en que "doctores ha la iglesia" (en serio, eso dice). Es por esta falta pasmosa de argumentos que mi atribución de motivo no creo que sea simple Bulverismo. No quiero desacreditar nada de lo que dice. Simplemente pasa que no dice nada, hecho que talvez merece explicación.

Pero a mí me parece que hay lugar para una religión (un cristianismo, inclusive) que reniegue de caducas esquemas cartesianos, y de cualquier metafísica que vaya más allá de la que he intentado esbozar aquí, es decir, que se base en una defensa (necesaria, en mi opinión) de la interioridad inefable, de lo que voy a llamar la conciencia preverbal y pre-esquemática, y en la irreductibilidad de lo humano.

PD Siguiéndole la pista en YT, me topo con que, en una entrevista, el tal Eagleton defiende su postura anti-Yeti aseverando que: "Hay que distinguir entre la gramática de la oración 'creo en el Yeti' y la de 'creo en Dios'. En el segundo caso, el verbo "creo" es performative." Por fin. Entiendo lo que quiere decir, pero se equivoca, por una simple razón: el verbo en su uso performative (I promise, I hereby pronounce you, I sentence you, I swear by almighty God) es por su naturaleza infalsificable, puesto que el simple acto de usarlo garantiza su veracidad; su único significado estriba en el acto discursivo de pronunciarlo. En cambio, es posible decir falsamente "creo en ... (la divinidad que sea)", puesto que la historia está repleta de ejemplos de falsos conversos. Insistir en que ese "creo en" sea performative equivale a decir que no se puede mentir sobre el propio credo, cosa demostrablemente incierta. Ahí lo jodió, pues.