Thursday, December 31, 2009

Peticiones

Creo que fue en Buenos Aires. El embajador inglés recibió una llamada unos días antes de Navidad de una emisora de radio local.

- Disculpe, Embajador, pero estamos llamando a los representantes de diferentes países para saber qué regalo les gustaría recibir en Navidad.

- Qué gesto más exquisito - contestó el inglés, pensando que protocolariamente sería comprometedor pedir cualquier extravagancia, pero que sería de mala educación rechazar la oferta. -Veamos... la verdad, si todas las embajadas estamos incluídas en la oferta, de más sería estirar su presupuesto, pero de parte nuestra, si tal fuese su generoso deseo, nos encantaría disfrutar de una pequeña caja de bombones y una botella de algún licor típico de este maravilloso país.

La representante de la emisora le agradeció el dato y colgó. El inglés se olvidó del tema hasta que, el día de Navidad, encendió la radio y escuchó lo siguiente.

- Para estas fiestas, hemos preguntado a los representantes de diversos países qué regalo pedirían. El embajador francés expresó el deseo de que en el año entrante todos los seres humanos viviéramos en amistad y fraternidad. El de Estados Unidos, que la prosperidad se extendiera por todo el mundo. El alemán pidió el fin de la injusticia y de las guerras. El inglés pidió algo de chocolate y una botella de licor.

Saturday, December 26, 2009

Sanctify my Batman, punk

El problema de la apuesta pascaliana es que las loterías religiosas son mutuamente exclusivas. Si compro un billete para El Gordo islámico, me quedo fuera de consideración para el Navideño catohólico, y si me decanto por éste, ya no puedo participar en el Gran Sorteo (¡144,000 premios!) de los Ículos de Hováh. Mi esposa no entiende esto. Ella va de religión en religión según las ofertas de la temporada. Esta navidad, decidió que como hemos tenido un annus horribilis de los que bíblicamente no se sanan ni en siete, habría que dividir los esfuerzos. Ella cubriría el ángulo evangélico por si caía alguna bendición por ese lado, mientras mi misión era ir a la misa católica por si alguna brizna de prosperidad se nos contagiara a través de los efluvios de incienso que a veces merodean por ahí.

Así que fui solo a la iglesia, con un claro acometido: llevar "el niño" para que le caiga la bendición al final, y a través de él, a nosotros. Sólo había un problema: no teníamos ese "niño Jesús" que la tradición manda usar como receptáculo de bendiciones. Tenemos todo el resto del Belén, eso sí, hasta el consabido Tyrannosaurus de vinilo que en la versión ecuatoriana del pesebre suele reemplazar al caganer catalán, pero al bebé Jesús, en opinión de mi esposa, lo robaron los mismos albañiles que a lo largo de este año se llevaron todas nuestras herramientas, hasta el último desarmador. Es una buena teoría: llevando al bebé, se llevaron las bendiciones de la Navidad pasada, y así nos va. En lugar del niño Jesús, y por falta de calés para comprar otro nuevo, este año nos hemos visto obligados a suplirlo en el pesebre con un juguete de Batman, el Hombre Murciélago, que aparentemente fue diseñado para ir en moto, por eso lleva las piernas flexionadas y los brazos en posición de manejar, lo cual si le tumbas de espalda puede sugerir la posición de un bebé acostado (con pañal gris paloma y culo aplanado). Fue este juguete que mi esposa me mandó hacer bendecir.

Pero ha sido por el camino, allá sobre las ocho menos cuarto de la Nochebuena, cuando empecé a pensar que realmente, la Navidad en Ecuador es otra cosa.



Sobre la costumbre de colgar en la puerta de tu casa una muñeca sin brazos ni cabeza, nadie me había dicho nada. Supongo que como todo tiene su historia, sus pintorescos orígenes nativos. Pero en ese momento me pareció una perfecta metáfora para lo que está viviendo el país ahora: el socialismo feral y feroz que nos quiere a todos descabezados y mancos, es decir, sin la posibilidad ni de expresarnos, ni de pensar, ni de hacer nada por nosotros mismos, sino a través de Mamá Estado. Y así, me quedé pensando en el simbolismo de la muñeca degollada en esta época de cierre de emisoras televisivas, hasta llegar a la iglesia.

Para los que nunca lo han probado, una misa católica es como el apoteosis del aburrimiento. Diría incluso que hasta que no vayas a misa, no sabes lo que es el aburrimiento en estado químicamente puro. La liturgia postridentina es el resultado de siglos de investigaciones en el tema de cómo aburrir a un ser humano indefenso.

Como ya apunté en otro lugar, lo único que se puede hacer cuando vas a la iglesia es dedicarse a mirar culos. No queda otra. (En Durán, las fieles católicas vienen con gran variedad de formas y dimensiones.) En cuanto a las oraciones, si no las sabes de memoria (yo las sabía en inglés y en latín, pero hace siglos, y parece que las respectivas neuronas han fallecido: no puedo terminar el credo niceno y menos el atanasiano, lo cual a pesar de todo es motivo de congoja), lo mejor para no desentonar es simplemente murmullar cualquier cosa que sí sabes de memoria. Al principio probé rellenando el Confiteor con algunos versos de The Waste Land, pero al final descubrí que lo más fácil para seguir el ritmo sin esfuerzo eran rimas de Lewis Carroll y Edward Lear. Así que cuando los demás recitaban el Credo, yo estaba recordando en voz alta The Owl And The Pussycat:

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, the Owl and the Pussycat went to sea
Creador del cielo y de la tierra, in a beautiful pea-green boat.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, they took some honey, and plenty of money,
Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, wrapped up in a five pound note,
nació de Santa María Virgen. The Owl looked up to the stars above,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato, and sang to a small guitar,
fue crucificado, muerto y sepultado, O, lovely pussy, O Pussy my love, etc.

Al cabo de unos cuantos siglos, llegó el momento de la bendición de los niños, superhéroes y Tyrannosaurus. Respecto a eso debo decir que la tradición ecuatoriana me parece mucho más higiénica que la española, donde al final de la misa del gallo el cura saca una muñeca tipo Travelina pero en niño y los fieles hacen cola para besarla, con el único atenuante de un pañuelo con el que limpia la baba sobre el bebé tras cada ósculo. Acá, en cambio, como no existe la tradición de hacer cola para nada (siempre me olvido de eso: en las farmacias a veces me aburro tanto viendo a la gente colocarse delante de mí que me pregunto si tengo aspecto de dispensar bolitas de chicle a diez centavos), entonces lo que se ve es una especie de melé donde todos se empujan salvajemente para colocar a su muñequito lo más cerca posible de esos invisibles rayos de bendición que el cura (se supone que tras ser mordido por un apóstol radioactivo) sabe dispersar desde la punta de los dedos, o mejor todavía, en el camino de ese espectacular lanzainciensos que maneja combativamente al estilo Harry Potter. La verdad, no sé si a mi Hombre Murciélago le tocó algún rayo de bendición: pero hice lo que pude.

Camino a casa con el trofeo, me quedé pensando: ¿para qué les sirve a esta gente religiosa la Navidad? Tal vez sólo para una cosa: para lamentar cada año la progresiva "paganización" de una fiesta que en su origen, desde mucho antes del cristianismo fue pagana (vide: solsticio de invierno, Yule, Dies Natalis Solis Invicti, &c) y que nunca dejó realmente de serlo. Lo interesante de esta navidad para mí, sin embargo, había ocurrido esa misma mañana, cuando la habitual desesperación por conseguir regalos a última hora me había llevado al Riocentro de La Puntilla. Llegué sobre las 10.45 de la mañana, dispuesto a pelearme cada palmo de terreno en la lucha por entrar en alguna tienda atestada, y cuál fue mi sorpresa al ver al centro comercial en funcionamiento (los locales estaban abiertos) pero prácticamente desierto. En serio: al entrar conté a 7 personas en todo el pasillo central. Extraordinario, sobre todo cuando me lo comparaba mentalmente con una experiencia de años atrás, una visita a un supermercado inglés el mismo día de Nochebuena, que me recordó un hilarante episodio de Star Trek sobre un planeta sobrepoblado donde la gente no podía moverse (hilarante por lo anticientífico: los experimentos con ratones han demostrado que la sobrepoblación se corrige automáticamente mediante el mecanismo de la alza de la tasa de homosexualidad en la comunidad afectada). ¿Cómo "puede ser posible" (ecuatorianismo a más no poder posible) que en la víspera de Navidad las tiendas de regalos estén casi vacías?

Entre muchas soluciones discutibles, se me ocurre ésta: que en verdad, y pesar de los pesares, el papá Disney tenía razón, los sueños están para ser cumplidos. Hace muchos años, un joven tuvo un bonito sueño: cargarse a toda una clase social (los pelucones) y empobrecer aun más a su país, que ya era llamativamente pobre. Lo que para muchos sería un sueño imposible, él tuvo la constancia y la audacia para cumplir. La extinción de los pelucones, a juzgar por la evidencia de esa mañana ha sido tan fulminante como la de los mismos Tyrannosaurus, y sobre el aumento de pobreza las estadísticas de criminalidad son elocuentes. Lo cual demuestra, y quiero dejarlo como pensamiento para el año nuevo, que no hay nada imposible: simplemente tienes que seguir tus sueños hasta donde te llevan. Suerte en el intento.

Tuesday, December 22, 2009

El clima tiene sentido de humor

Si quieres ir a Copenhagen ahora para seguir hablando de calentamiento global, te recomiendo lleves bufanda.

Sunday, December 20, 2009

Los anti-Areopagiticas: there should be a Law

Un par de acontecimientos de los últimos días:

Un rector de una universidad quiteña ha sido agredido por unos energúmenos, aparentemente estudiantes.

Una mujer guayaquileña, aparentemente vendedora informal, fue perseguida por un agente de la policía metropolitana, persecución que terminó cuando fue atropellada por un taxi amarillo.

A todas luces las dos noticias son de un valor, si no igual, equiparable. En ambas, una persona fue agredida, sufriendo golpes "de diversa consideración" como se suele decir (suelo interpretar: de gravedad desconocida; el el caso de la mujer, se habla de un brazo que chorreaba sangre). En ambas, la agresión está relacionada con la actualidad política del país, y por eso trasciende la mera anécdota. Sin embargo, la primera noticia fue difundida en diarios y telediarios (hasta motivó alguna que otra columna de opinión), mientras que de la segunda el único testimonio que he visto es el de un solitario blogger.

Si se tiene en cuenta que el diario de mayor difusión en Guayaquil, El Universo, tiene una línea editorial de claro (y aparentemente incondicional) apoyo a todas las actuaciones del Municipio de esta ciudad, entre ellas su esfuerzo por combatir la venta informal en ciertas zonas mediante el uso de la fuerza casi siempre desproporcionada, no es sorprendente que no haya difundido la segunda noticia (es probable que ni se hayan enterado los periodistas de ese medio). Es una noticia que no tiene por qué interesarles. Hay ciertos hechos que exigen cobertura pese a quien le pese, pues un diario que esconde información de alto perfil noticioso corre el riesgo de quedarse en una situación de ridículo, de escarnio y de descrédito cuando otros medios sí lo cubren y la cosa deviene de dominio público; en cambio, hay otros hechos de perfil más discreto que en la medida en que molestan, se ignoran con parnasiana tranquilidad, sobre todo si existe la seguridad de que nadie más (es decir, nadie importante) los va a mencionar. En el caso de la mujer perseguida por el robaburros, no había ahí reporteros "profesionales", con carnet y cámara: el bloguero que lo presenció se puede desestimar como fuente poco fiable (¿desde cuándo los blogs transmiten información?). Y así, todos tranquilos y aquí no ha pasado nada.

De este modo, lo que recibimos a través de El Universo y otros diarios de similar laya es una visión muy sesgada y parcial de la actualidad del país. Ahora mismo, por ejemplo, cualquier noticia que deje en evidencia al gobierno será de primera plana: en cambio, cualquier logro del mismo gobierno (alguno tiene que haber, más allá de la bonanza acaecida a los fabricantes de velas), o cualquier escándalo que involucre a sus opositores más conspicuos, o bien no aparecerá o bien será sujeto a un tratamiento destinado a minimizar el hecho de alguna manera.

Estos hechos son notorios, y supongo que los únicos capaces de ignorarlos son aquellas personas que estén de acuerdo al cien por cien con la línea editorial de ese diario. Es un fenómeno tristemente universal, que el sesgo que coincida con el punto de vista que uno tiene, se le presentará no como sesgo sino como la más pura y escrupulosa objetividad.

Evidentemente, lo mismo sucede por el lado contrario. Quien esté a favor del gobierno tiene la posibilidad de leer un diario (El Telégrafo) que se limita prácticamente a presentar hechos que sirvan para reforzar tal adhesión, y a presentar opiniones de columnistas seleccionados, al parecer, únicamente por su ideología socialista.

Ahora, tal situación es la que supuestamente ha motivado lo que se ha dado en llamar "la futura Ley de Comunicación": sus promotores argumentan que en la medida en que los medios actuales son sesgados y parciales, se está violentando un supuesto derecho de la ciudadanía a recibir información objetiva, completa, honrada, "veraz", información que no haya pasado por los filtros de ningún prejuicio personal ni ceguera corporativa. Es decir, se propone que mediante una regulación adecuada de los medios, la ciudadanía será mejor informada, y además, tendrá más libertad para expresarse y hacerse escuchar.

Sobra decir que si se pudiera conseguir eso sin violentar los derechos de nadie, valdría la pena. ¿Quién no quisiera ser mejor informado? ¿Quién no quisiera tener más posibilidades para expresarse, o acceso a una mayor audiencia? De hecho, vivimos en una sociedad en que para muchas personas el summum bonum se traduce en esos quince minutos de fama delante de alguna cámara de televisión: ninguna humillación, ninguna degradación es demasiada para lograr ese soñado premio. Así que si la Futura Ley favorece a cualquier fenómeno que se pueda dignar con el nombre de "producción nacional", eso por sí solo debería de asegurar su popularidad. Con salvedad de unos cuantos elementos foráneos de difícil asimilación (mea culpa, mea culpa) "todos somos producción nacional".

Entonces ¿cual es el problema?

En primer lugar, el que realmente haya un problema asociado con la propuesta Solución Legislativa no es invento de los malvados MCP (Medios de Comunicación Privados, según Xaflag: yo antes tenía una chapa con estas iniciales, pero significaba otra cosa). Si realmente fuera tan fácil legislar una Arcadia de libertad, riqueza y armonía mediáticas, se supone que en algún país del mundo ya se habría hecho; sin embargo, es notable que lo único remotamente parecido a esta Futura Ley que en todos los debates hasta ahora se haya sacado a relucir ha sido la legislación de comunicación venezolana, es decir, la legislación de un regimen corrupto y autocrático, lo cual es apenas una recomendación. Es cierto que hace unas semanas una asambleista incauta se atrevió a asegurar delante de los micrófonos que en "muchos países" había leyes parecidas, mencionando el caso de Inglaterra, donde en realidad no hay nada remotamente semejante, y donde la única organización reguladora de la prensa es un órgano de autorregulación. También, para más inri, mencionó el caso de EEUU, aparentemente ignorando que allí hay toda una enmienda constitucional que impide legislar en contra de la libertad de prensa. En todo caso, sería bueno que en este debate se recogiera más lecciones de otras partes del mundo. Uno tiene a veces la impresión de que en Ecuador la gente piensa que, tratándose de cualquier asunto, la situación en otras partes forzosamente tiene que ser mejor que aquí, y que todo cambio que implique acercarse a esos "otros países" será bueno. En tal caso, vale la pena señalar que aparte de que no hay nada semejante a esta Futura Ley en los mencionados países, la misma problemática que se identifica aquí como requiriendo urgente solución legal existe en muchos países del Primer Mundo, en igual o peor medida, sin que nadie esté sopesando medidas legislativas al respecto. Si se habla de oligopolio, ¿qué decir de la situación en Gran Bretaña, donde el News International de Murdoch domina los quioscos con media docena larga de títulos diarios? Si se habla de sesgo, ¿qué decir de la prensa del mismo país que celebró abiertamente la muerte de 323 argentinos a bordo del General Belgrano durante la Guerra de las Malvinas? O ¿qué decir de la prensa norteamericana, que apoyó mayoritariamente la insostenible línea gubernamental según la cual la invasión de Iraq tenía justificación militar? En realidad, el sesgo, la mediocridad, el parti pris político, no es que sean frecuentes en la prensa y la televisión de otros países, sino que forman un monótono paisaje mediático dondequiera que uno vaya. Entre diarios de cierta difusión, la única excepción que he encontrado personalmente hasta ahora ha sido El País, de España, que si bien tiene una línea editorial de izquierdas, que se refleja en cierto sesgo en los reportajes, por lo menos presenta una palpable diversidad de puntos de vista en las columnas de opinión. (Un mismo día, con algo de suerte uno puede leer a Noam Chomsky y a Pedro Schwarz). Y es evidente que los medios que demuestran una excepcional pluralidad no lo hacen por obligación impuesta por gobierno alguno sino porque han identificado un público que se lo agradece. Es decir, si lo que queremos son medios plurales, hagámonos merecedores de ellos: demostremos que podemos debatir y contrastar opiniones de manera civilizada. Si no podemos hacer eso (echen una mirada a las secciones de réplicas a las columnas de opinión en el diario El Comercio para tomarle la temperatura al "debate civilizado" en este país, donde "disputar" parece que se entiende como "sacarle la puta"), difícilmente saldrán diarios para satisfacer una necesidad, al parecer, inexistente. (O si salen, serán diarios "públicos", es decir, que apenas nadie lee, como El Telégrafo). Es difícil evitar que las tendencias ideológicas enfrentadas se balcanizen, en los medios como en todo: lo mismo pasa en el mundo bloguero, donde es raro que un socialista se cruce con un liberal, y menos todavía que le trate con algo de civismo. Al final, tal vez sea cierto que cuando los socialistas hablan de pluralismo, se refieren a una gama de tendencias que abarca desde Castro hasta Chávez, "con toda la diversidad de posiciones intermedias posibles".

Olvidémonos, entonces, del canto de sirena del Primer Mundo, donde aparentemente el problema que hemos identificado no ha sido solucionado. Aceptemos como posibilidad que donde otros han fracasado, el Congresillo de Ecuador está a punto de triunfar. Echemos un vistazo a lo que se plantea.

En primer lugar, aunque haya diferencia de criterios sobre la manera de imponer tal exigencia, el texto de la Futura Ley (con inspiración constitucional, evidentemente) hace hincapié en que la información transmitida por los medios debe ser "veraz" y "contrastada". En el caso citado arriba, de una anécdota callejera reportada por un bloguero, es evidente que un diario como El Universo tendría entonces la excusa perfecta para hacer lo que ya hace, es decir no informar sobre el suceso: pues el dato no ha sido verificado. Del mismo modo, podría escoger no informar sobre atropellos más graves, alegando que no existen pruebas contundentes. Cualquier acontecimiento que sea molestoso para su prejuicio editorial se podrá desestimar de tal forma, pues es raro que para una noticia fresca exista la posibilidad de verificarla y contrastarla más allá de cualquier duda (ello es especialmente cierto en el caso de las noticias internacionales, que suelen venir a través de agencias cuya fiabilidad estaría siempre abierta a impugnación interesada). De tal modo, el diario o el canal que silencie ciertos hechos lo podrá hacer "a lo patriota", alegando que no hace más que satisfacer los escrupulosos requisitos legales y gubernamentales al respecto, y que aquella competencia que sí publica tal o cual escándalo, lo hace de modo irresponsable y hasta sancionable. Posible resultado: unos medios castrados, y un público tal vez menos víctima de mentiras, exageraciones y distorsiones, pero también radicalmente menos informado.

En segundo lugar, la propuesta central de la Futura Ley es de que el Estado controle la actividad mediática a través del mecanismo de la "responsabilidad ulterior", es decir, a través de la amenaza de cierre del medio en caso de que la información no sea del agrado de los gobernantes, lo que en la práctica equivale a una censura mucho más eficaz que la tradicional, pues cualquier medio estará obligado a autocensurarse antes de publicar cualquier noticia u opinión, por si ésta incurriese en "atentado contra el orden constitucional" (frase cuya exquisita imprecisión la convierte en arma gubernamental idónea para el caso). Ahora, es evidente que dondequiera el Estado se haya hecho con el control de la información, allí no ha habido pluralismo, ni riqueza informativa, ni justicia hacia los más oprimidos, ni objetividad, ni iniciativa periodística, sino todo lo contrario. Hablemos de Cuba, de la España del Franquismo, de la antigua Unión Soviética, de la China. La nula libertad de expresión (y por ende, la ausencia de democracia) que ha habido en esos países es directamente imputable al control estatal sobre la actividad mediática. Lo primero que hacen todos los dictadores es deshacerse de la oposición; y esta Futura Ley ofrece un mecanismo inmejorable para aniquilar a la oposición mediática. De hecho, habría que ser muy ingenuo para buscarle cualquier otra razón de ser.

En señal de esto último, la extraordinaria confusión que resulta cuando los promotores de esta Ley intentan defenderla más allá de la burda retórica - incluso cuando un escritor a veces persuasivo como Xaflag toca el tema (curiosamente, los opinadores de El Telégrafo apenas hablan de otra cosa últimamente, y es excusado decir que siempre para promocionar el dichoso proyecto). En el artículo de hoy, por ejemplo, arranca con un párrafo introductorio en que indica de manera lapidaria que lo que dicen los MCP (ver nota arriba) al respecto de la Futura Ley y sobre la libertad de expresión "es falso". Muy bien, piensa el lector, ahora vienen los argumentos fundamentados que sostendrán tal discrepancia. El párrafo siguiente comienza también de modo ejemplar, proponiendo un ejercicio de definición de términos en aras de la claridad: "Empecemos por definir la libertad de expresión." Luego discurre:

Para los MCP, la libertad de expresión se reduce a su derecho de expresar la información que consideren pertinente y su opinión. Este concepto de libertad de expresión es diminuto y sesgado. Para refutarlo, nadie mejor que esa entidad que los propios MCP invocan, a ratos, en su auxilio: la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En la misma Opinión Consultiva OC/5 tantas veces citada para criticar (con razón) la exigibilidad de título para ejercer el periodismo, la Corte estableció que la libertad de expresión tiene una dimensión social que implica “un derecho colectivo a recibir cualquier información y a conocer la expresión del pensamiento ajeno”. Este “derecho colectivo” no se satisface cuando solamente las leyes del mercado regulan la libertad de expresión ...

¿Me habré perdido algo? ¿No decía que iba a definir la libertad de expresión? En lugar de eso, lo que hace es definir "un concepto de libertad de expresión diminuto y sesgado" que atribuye a los MCP (a mi parecer de modo deshonesto: creo que tendría bastante dificultad en proporcionar una sola cita de algún medio importante del país que asevere que la libertad de expresión atañe únicamente a los medios privados). A continuación, cita a la Corte Interamericana (entidad al parecer infalible, pues no opina sino "establece") en el sentido de que la libertad de expresión "tiene una dimensión social". Muy bien, pero decir que tiene una "dimensión" de cualquier índole no equivale a una "definición", a pesar de la similitud de las palabras. Si yo, por ejemplo, digo que la religión tiene una dimensión social, ¿acabo de definir lo que significa para mí la palabra religión? Evidentemente, no; y así, nos quedamos sin saber lo que entiende XF por "libertad de expresión": sólo sabemos, esto sí, que para él, tal libertad está de algún modo inextricablemente ligada con un correspondiente "derecho colectivo" a "recibir información". Ahora bien, yo tengo serias dificultades filosóficas con cualquier concepto de derecho cuyo disfrute por parte de unos presuponga una obligación activa por parte de otros (en este caso, la obligación de informar), pero no nos hace falta ahondar tanto, pues aunque aceptemos tal "derecho colectivo", veremos que no le ayuda en absoluto a demostrar lo que quiere demostrar:

Este “derecho colectivo” no se satisface cuando solamente las leyes del mercado regulan la libertad de expresión porque, para decirlo con palabras de Luigi Ferrajoli, en esa circunstancia “el pensamiento, la opinión, la información, se convierten en ‘mercancías’ cuya producción se vincula a la propiedad del medio de información y a las inserciones publicitarias: por lo tanto son bienes patrimoniales, en vez de derechos fundamentales”. Ferrajoli denomina a este hecho, “la confusión conceptual entre libertad de información y propiedad privada de los medios de información”.

En primer lugar, no se ha establecido la necesidad de "regulación" alguna de la libertad de expresión; el hecho, en que todos podemos coincidir, de que no hay actualmente suficiente libertad no conlleva la necesidad de "regularla"; algunos diríamos que más bien ese hecho sugiere todo lo contrario, que habría que suprimir las regulaciones y limitaciones existentes. Pero en fin, quedémonos con el falso dilema: "regulación" por cuál sistema, ¿leyes de mercado o Ley del Estado? Para ayudarnos a decidir, otro concepto falaz, pero esta vez clave: el mercado "puro", sin intervención estatal, es lo que convierte a las opiniones y a la información en "mercancías"; en cambio, con esa benigna intervención legal, dejan de serlo y se convierten en "derechos fundamentales".

En realidad, más allá de las etiquetas, ¿cambia algo?

¿Realmente es la ausencia de regulación estatal lo que hace que las informaciones y opiniones sean mercancía, en el sentido de que haya algunas personas que (por ejemplo) cobran por la expresión de su pensamiento en una columna de opinión, lo cual a veces conlleva etiqueta de precio en la portada del diario? Y si es así, ¿cómo explicar que precisamente en los países donde menos se regula la comunicación desde el Estado, hay más personas que difunden noticias y opiniones a través del Internet sin ánimo de lucro? Serán tan ingenuas estas personas, que no se han dado cuenta de que sus opiniones son "bienes de patrimonio" y que tienen un precio? O hagamos otra pregunta: ¿será tal vez verdad que a mayor regulación estatal de la comunicación, mejor protección de ese supuesto derecho colectivo a recibir información? Los habitantes de países con regimen de dictadura, ¿tienen más acceso a la información? Sólo hace falta formular tales preguntas para ver el absurdo de la posición que sostiene XF. Una cosa es elevar un desideratum retóricamente a la categoría de "derecho", colectivo o no, por lo que tiene de bonita la palabra, y muy distinta cosa es hacer extenso el disfrute de ese supuesto derecho mediante un mecanismo adecuado, sobre todo cuando uno ha excluido de entrada como inadecuado el laissez faire del mercado. Y desafortunadamente, a falta de ese mecanismo alternativo, arremeter contra el mercado es un poco como arremeter contra la Ley de la Gravedad, y prometer nuevos derechos es prometer pastel celestial. Pues al fin y al cabo, ese "mercado" tan denostado, en el campo de la comunicación es lo único que impulsa el libre acceso a la información. Decir eso no es quedarse ciego ante los abusos y las falencias de la situación actual, ni resignarse ante ellos; es un simple reconocimiento de lo obvio, es decir, de que cualquier actividad humana, incluída la difusión de información y opiniones, requiere de incentivos, y de que hasta la fecha no se ha descubierto mejor incentivo que la remuneración. Por ende, si queremos ser informados y tener acceso a diversidad de opiniones, hay que aceptar que todo esto tiene un precio. (Se supone que el mismo Xaflag acepta esto, si es que cobra por sus colaboraciones en El Telégrafo.)

Ahora, ¿es cierto que todo lo que tiene un precio se puede llamar "mercancía", y deviene en "bienes patrimoniales"? En absoluto, pues mercancía es aquello que aparte de tener precio, es sujeto a apropiación; y existe toda una categoría de productos que se "venden", pero no son propiedad de nadie: tradicionalmente se llaman "servicios". Por ejemplo, si voy al médico y me diagnostica un cáncer, ¿tal diagnóstico es una mercancía que me acaba de vender? (Se supone que en caso afirmativo, el mercado para este tipo de mercancía no se vería muy pujante.) En realidad, lo que le estoy pagando es un servicio: antes y después de tal transacción, mi patrimonio de bienes no ha registrado cambio alguno. Ahora, si bien es cierto que las producciones periodísticas y mediáticas están sujetas a ese nefasto concepto legal de "propiedad intelectual" (entelequía innecesaria y altamente dañina: piense en todos los medicamentos salvavidas que no se comercializan a un precio competitivo de libre mercado por el hecho de que se ha registrado la patente), en la práctica esto tiene poca relevancia para nuestro argumento; el tema es que las informaciones y las opiniones no son un "bien patrimonial" sino un servicio que ahora mismo se incentiva mediante retribuciones a los periodistas de los diferentes medios. Ahora, si se aprueba una Ley que regule los medios, ¿cambia ese hecho? En absoluto. La Futura Ley no propone que los periodistas dejen de cobrar por su labor; por tanto, decir que lo que antes era "mercancía" dejará de serlo es ridículo. Si soy vendedor de pollos (esa actividad tan innoble según valiosas indicaciones del Presidente), y aprueban una Ley que especifique que los pollos vendidos deben de pasar por algún tipo de control sanitario, ¿el pollo que vendo ya no es mercancía? Y si viene alguien y asegura que todo el mundo tiene derecho a comer pollo, y no cualquier pollo sino el mejor de lo mejor, el pollo veraz y contrastado (no se rían: acá en Durán anuncian Pollo Vigoroso), ¿deja entonces de ser mercancía por ese simple hecho? El lector dirá.

En realidad, es evidente que ni Xaflag ni los propulsores de esta Ley han descubierto ningún mecanismo que pueda sustituir a las "leyes del mercado": lo que realmente quieren no es sustituirlas sino controlarlas. Por tanto, dejémonos de grandilocuencias. Controlar un mercado de servicios no es transformar "bienes patrimoniales" en "derecho colectivo". Es simplemente eso, controlar: ponerse a observar algo, sin necesariamente entender su funcionamiento, y reservarse el derecho de intervenir y "corregir" cualquier cosa que no nos parezca bien.

Las garantías que debe contener esta adecuada regulación incluye la prohibición de monopolios y oligopolios, la distribución equitativa del espacio radioeléctrico, la creación de medios públicos y comunitarios, la protección a la libertad y la independencia de los periodistas (reserva de fuente, cláusula de conciencia), la promoción de mecanismos de autorregulación, el establecimiento del defensor del público y de mecanismos de rectificación o respuesta.

En esta curiosa letanía, que cuidadosamente evita lo central de la Ley propuesta, es decir la "garantía" de que el Estado puede multar o clausurar los medios que le resulten incómodos, se aprecia tanto un genuino deseo de mejorar la calidad de los medios nacionales, como una llamativa excentricidad respecto a los mecanismos más apropiados para conseguir tal fin. Por ejemplo, si el Estado "promociona mecanismos de autorregulación" mediante una Ley como la propuesta, ¿podrá llamarse el resultado autorregulación en realidad? En cuanto al defensor del público, bienvenido sea, pero de lo que he visto en diarios que sí lo tienen (por ejemplo, El País), su papel no es demasiado relevante; es apenas más que un adorno (y que sea el Estado precisamente quien impusiera "defensores" del público lector no dejaría de ser una atroz ironía). Ahora bien, convengamos en que con la mejor voluntad del mundo, dentro de lo enumerado está prácticamente todo lo que teóricamente se podría hacer desde el gobierno, desde la legalidad, en cuanto a mejorar la calidad de los medios. Eso no significa que sea lo único que se puede hacer, ni que realmente, de implementarse tales reformas, se vería alguna diferencia: significa que lo que sí se puede hacer, que es mucho, no pasa por ninguna legislación, sino que depende de nosotros, de la gente, que somos no solamente consumidores de información y de opiniones, sino también, en mayor o menor medida, productores de las mismas. Cualquier mejora en la calidad del producto que se ofrece pasa por una combinación del agudizado criterio del consumidor (lo que derivaría en un debate sobre la educación) y la libre competencia: como ya hemos visto, lo único que impulsa a los diarios como El Universo a publicar noticias que no favorezcan su línea política es la consideración de la credibilidad, y eso depende de que exista libertad para otros medios competidores, para que la noticia rechazada por unos sea recogida por otros, en detrimento de la credibilidad de los primeros. Por eso es llamativo que entre sus recomendaciones Xaflag incluya la "prohibición de monopolios y oligopolios", aparentemente sin darse cuenta de que tanto el texto constitucional vigente como los pronunciamentos de los impulsores de la Futura Ley otorgan un monopolio efectivo al Estado: monopolio, para empezar, de "la verdad", por no hablar de el de la fuerza y del poder de decisión respecto a la continuidad de cualquier medio. De tal manera que, al amparo de una Ley como la propuesta, el estímulo de la competencia en ciertos ámbitos dejará de existir, y es fácil ver adónde eso nos lleva: cualquier gobierno en el futuro, y no necesariamente uno socialista, podrá aprovechar esta Ley para definir el marco del discurso "aceptable", fuera del cual simplemente no existirá la posibilidad de comunicar nada sin incurrir en peligrosas ilegalidades.

En resumen, lo que veo en el citado artículo es lo mismo que lo que el artículo critica: una peligrosa confusión conceptual. Primero, referente a la libertad de expresión, que se propone definir y no define excepto en términos de lo que no es; segundo, entre tal libertad, que se supone consustancial a la naturaleza humana, y un "derecho" dadivosamente concedido por el Estado, el cual realmente no tiene nada que ver: es decir el "derecho a recibir información" (que sí lo tenemos, pero consiste esencialmente en el derecho a no sufrir censura por parte de los "sospechosos habituales", es decir, del mismo Estado; por tanto, lo único que puede y tiene que hacer el Estado en pro de ese derecho es no interferir en el proceso de comunicación). Tercero, referente al tema de lo que es en sí la comunicación bajo un regimen de libre mercado: el uso de términos como "mercancía" (eso sí, prestados a otro autor) tiene la pinta de ser una hábil maniobra retórica destinada a desacreditar el liberalismo del mercado sugiriendo que bajo tal sistema "todo tiene precio y nada tiene valor", lo cual como hemos visto es falso, pues paradójicamente los países donde más se acerca a un libre mercado son los que más pueden hacer alarde de la generosidad "sin ánimo de lucro" de sus habitantes a todo nivel, sin exceptuar el de la comunicación; y en todo caso, sugerir que un simple acto de regulación transforma las "mercancías" en otro cosa es descabellado en extremo. Pero lo esencial que hay que señalar es esa creencia, que más parece instinto, de que la solución a todo problema humano pasa por crear mejores leyes, prohibiciones, restricciones y sanciones cada vez más exquisitas, hasta que por fin las demás personas empiecen a comportarse como yo prefiero. Es el instinto de quien, cuando tropieza en un hueco en la calle, en lugar de maldecir su propia torpeza, maldice el Municipio local por no haber pavimentado mejor las calles. O si prefieren, es el instinto de quien siempre tiene a flor de labios esa frase tan manida, debería haber una ley contra esto.

Thursday, December 17, 2009

Municipio de Guayaquil versus el género humano

Los conflictos raramente son tan simples. Éste, sí: por un lado, cualquier elemental decencia humana, por el otro, el Alcalde Nebot y su ejército de robaburros. Detalles, acá.

Wednesday, December 16, 2009

Cansa

Sabor a Vinicio, inconfundible. Estupidez tras estupidez. Por el despliegue de imágenes, lo de +respeto lo tiene ahora entre ceja y ceja.

Pero la prensa ha abusado de esa libertad, y ha caído en el libertinaje.

1. m. Desenfreno en las obras o en las palabras.

2. m. Falta de respeto a la religión.

(RAE)

En realidad, el término viene (como señala la RAE) de libertino, palabra que remite a connotaciones sexuales, donjuanescas. Pero quedémonos con desenfreno y con falta de respeto a la religión. Excusado decir que la prensa de este país lleva el respeto a la religión a extremos tan vistosos como tener a un prelado como editorialista de opinión (tanto El Universo como El Telégrafo tienen a su curita domesticado: el del Universo es más esperpéntico, por ende más gracioso); se supone que por ahí no van los tiros. Ahora, ¿es desenfrenada la prensa nacional? Ojalá lo fuese. Ojalá hubiera algún elemento dionisiaco, rabelaisiano o swiftiano en los diarios del país; ojalá hubiera derroche de inteligencia, de estilo, de humor, de ingenio, de frustración, de sarcasmo, de lirismo; pero desde luego no hay nada de eso. Ni siquiera las mentiras son desenfrenadas, como pueden serlo las del National Enquirer o de The Sun (Freddy Starr Ate My Hamster!): son mentiras escuálidas, aburridas, carentes de imaginación. No hay de qué sorprenderse: estamos en el país del Caballo Garañón y del Cholito. No pidamos peras al olmo.

¿Entonces?

Entonces estamos obligados a hacer un ejercicio de interpretación semántica: por desenfreno entendamos literalmente "falta de freno", es decir, la queja viene a ser porque a los diarios no hay nadie "por encima" que los "controle", que frene sus excesos. Es decir, estamos ante una mentalidad autoritaria, para la cual toda libertad debe de restringirse a un marco de comportamiento impuesto por alguna autoridad inapelable, que tal vez remita a la autoridad de las urnas, o tal vez más directamente a la de mamá (estamos en plena cultura matriarcal, no lo olvidemos). Escuchemos:

La prensa de este país habla de libertad de expresión, pero a un editorialista de La Hora le relevaron de su puesto por expresar ideas que chocaban con la línea editorial del diario. ¿Es esto libertad de expresión? No: es censura. La futura Ley de Comunicación es necesaria para combatir estos abusos. Lo que pretende no es amordazar a la prensa, sino que los medios ejerzan responsabilidad hacia sus lectores.

Primero, es un tema perfectamente irrelevante el que la prensa hable o deje de hablar de la libertad de expresión, aunque ello signifique ser o dejar de ser hipócritas (no hay leyes contra la hipocresía: who shall 'scape whipping?). Segundo, si bien el editorialista es libre de escribir lo que le dé la real gana, de igual modo el diario que le paga es libre de no aceptar publicar cualquier cosa que no concuerde con su línea editorial, y desde luego cualquier empleador es libre de emplear o dejar de emplear a un trabajador en función del rendimiento de éste. (En realidad, a veces el empleador no tiene tanta libertad, por la existencia de leyes laborales restrictivas: si el tal editorialista cree que tiene un argumento a este respecto, desde luego lo más digno sería perseguirlo en las correspondientes instancias legales, en lugar de ofrecerse de poster boy para la propaganda rastrera del gobierno). Tercero, como ya argumenté en otros lugares el concepto de censura sólo se puede aplicar a una acción del estado, por ser éste el único ente con extensos poderes coercitivos capaces de suprimir ideas de forma generalizada. Mientras no haya censura del Estado, en la práctica cualquiera puede expresar sus opiniones (evidentemente, fuera del horario laboral), y si algunas personas encuentran que sus opiniones no son publicables en diarios de gran tirada (ha sido mi propio caso) esto no es óbice para que las exprese a través de otros medios de menor influencia y difusión: eso de llegar a un gran público no es ni puede ser un derecho de todos, sino que tiene que ver con el mercado de las ideas, que como todo mercado premia la calidad y castiga la falta de originalidad, lo que a la larga redunda en beneficio de los lectores. Y por último, hablando de estos mismos lectores, eso de que una ley pueda ayudar a la prensa a responsabilizarse con ellos demuestra una pasmosa falta de comprensión de cómo funciona el mercado periodístico en la realidad: pues cualquier diario tiene que ganarse a sus lectores y conservarlos, y allí estriba precisamente la única responsabilidad que tiene con ellos, ésa que en la práctica sirve de mecanismo autorregulador muy superior a cualquier ley.

No, la prensa no tiene por qué decirnos siempre la verdad. Usted no dice siempre la verdad: ¿por qué los medios tienen que someterse a criterios éticos que el resto de la población no observa?

Tampoco tiene por qué ser imparcial ni objetivo. El lector raramente lo es. Quien quiere ir más allá del sesgo sólo tiene que aplicar esas lecciones de pensamiento crítico que aprendió en el colegio. La prensa no tiene por qué hacer para nosotros ese labor de contraste que cualquier lector puede hacer. En todo caso, el día que haya un mercado para información veraz, contrastada, plural e imparcial, saldrán los diarios para satisfacerlo. Eso no es problema, y no es algo que una ley pueda solucionar, aun en el caso de que sus promotores realmente visaran a ello.

Sí tienen que ser respetuosos con sus lectores, y darles lo que ellos piden y pagan. Si de ese proceso no sale literatura inmortal a diario, la culpa no es en "los medios" sino, amigos, en nosotros mismos.

En fin, cansa, no sólo lo endeble de los argumentos, el trillado analfabetismo de ese "libertinaje" en que supuestamente cae el que ejerza cualquier "libertad" sin primero pedirle permiso a Mamá Estado: lo que más cansa es el tono, esa voz chillona llena de odio gubernamental, de rencor, de suspicacia, de pequeñez de espíritu: esa rabieta, esa pataleta, esa furia hacia todo lo que es realmente plural, diverso y radicalmente insumiso. Cansa tanta estupidez. Buenas noches.

Tuesday, December 15, 2009

La timidez de Lennon y el mito del artista de izquierdas

Sucedió durante ese lie-in “para la paz” que nos encuadra los sesenta casi tan bien como un Antonioni. Un viñetista sabihondo, Al Capp, le increpa a Lennon por haberse descrito como “tímido”: una persona tímida, insiste, no saca un disco en cuya cubierta sale desnudo. Una persona tímida no se acuesta con su mujer y luego invita a todo el mundo a venir a verlos. Lennon intenta defenderse, pero pierde tanto el argumento como los estribos. Y es que en parte el viñetista sabihondo (al que admiro incluso más que a Lennon, pues en términos humanitarios, vale más una visita solidaria a un hospital de veteranos que cien canciones) tenía razón. Yo mismo he observado varias veces que a algunas personas extrovertidas el epíteto de tímido les resulta codiciable, por razones difíciles de aclarar (a los realmente tímidos nos sorprende que alguien pueda codiciar nuestra debilidad), y se lo guindan con aplomo, para sorpresa de muchos: luego al ver cuestionado tal autorretrato, insisten en que su talante sociable es una simple máscara, y detrás de ella hay esa persona sensible y vulnerable que ahora quieren vendernos. Lo cual sin duda será verdad (en ese amorfo mundo subjetivo en que verdad y mentira entierran el hacha), pero de ahí a la timidez hay todavía frontera: la timidez no está en los sentimientos sino en las interacciones, de modo que “pero me siento tímido” es una simple irrelevancia. Sentado eso, no obstante, creo que la cuestión en el caso de Lennon puede no ser tan sencilla.

Hamburgo, 1960: un tímido no hubiera podido ser Beatle. Empezaron en una zona de luces rojas (¿dieta de hamburguesas?), donde quien no caía bien caía mal, debajo de un aluvión de sillas convertidas en misiles. Había que meterle chutzpah incluso a puñetazo limpia (Lennon lo hizo, está en las crónicas.)

Komm gib mir deine Haaaaand (¡tome!)

A Harrison le deportaron nomás por su edad: 17 en ese entonces. Esa edad nos recuerda la nuestra: esa otra maravillosa disfunción que todavía los estadounidenses se autoatribuyen descaradamente, incluso defienden, esa “familia” que “en el 96% de los casos” sale mal, nos bota del nido y a los más soñadores, de su país. Familia que en el caso de Lennon era una tía oceánica y para de contar.

Aparecido Epstein (en Hamburgo el manager era Kaempfert, autor de "Strangers in the Night": dato útil si juegas a los siete grados de afinidad), esos inicios tan duros (insisto: para un tímido, infranqueables) dieron lugar a la frenética época Mop Tops (en la jerga de las 80-90, serían un Boy Band en toda la regla, o incluso en toda la fase luteal: los chillidos en Shea Stadium, progesterona hecha decibelios), donde simplemente tenían que lucir melena y hacer mímica, por lo que en lugar de ensayar podían concentrarse en componer. Fue cuando se descubrió que ahí había algo más que talento. No sé si hay palabra para denotar esa extraordinaria confluencia de circunstancias, de melodías todavía no aprovechadas y que se impacientaban por realizarse, de apertura sicológica (muy necesaria) para captarlas y no torcerlas, y lo más extraordinario, un disciplinado engranaje de egos, eso que más tarde se daría en llamar sinergía (casi nunca se justifica el término, aquí sí) que hace que la marca Lennon-McCartney era (la historia de los respectivos solistas en los 70 lo demuestra) mucho más que la suma de sus partes.

Y al respecto, cabe sentar también que no es que hicieran las canciones “juntos”: Lennon/McCartney casi siempre significa uno de los dos, habitualmente el que canta. Componer música entre dos (o más) es tan impráctico que escribir una obra literaria entre dos. Fernando de Rojas y esa anónima, vale: ¿quién más? Ahí está. Cualquier arte, salvando el séptimo (ese bastardo), es casi por definición un acometido solitario, o en todo caso piramidal. En ello reside gran parte de la atracción de ser, por ejemplo, escritor: es una excusa para encerrarse, para mandar el mundo a freir espárragos (y luego, que entre a cuatro patas y en tanga por la puerta de la cocina, ahí sí). Entonces, ¿qué hacían juntos si no era componer? Pues compartir, pelotear ideas, servirse de público anticipado y tal vez de embudo. Lennon/McCartney, bajo esta óptica, era casi como decir Contenido/McForma: donde el primero arrancaba habitualmente con un mensaje (Socorro, necesito a alguien), el otro arrancaba con una melodía a veces requetebuena y una letra como ésta:

Scrambled eggs… ooh, my baby, how I love your legs.

Esta letra original de la canción "Yesterday" (McCartney lo dejó caer en una entrevista) se parece bastante a toda letra original eructada por compositor alguno, improvisada como simple piola para colgar las notas de una brizna de melodía que puede tener o no tener potencial. Todo músico tiene de ésas unas centenares: McCartney, en cambio, disponía de quien le dijera: algo hay, desarróllala. El resultado, otra canción realmente sudada, con letra a la vez deprimentemente perfecta y curiosamente sin vida, como un ruiseñor disecado o un arreglo de flores apto para tías solteras. Un matrimonio como ésos, cuando termina lo hace en estallido.

The only thing you did was yesterday…
Why don’t we do it in the road?
Steel and glass…
Let me roll it to you.

Demos el salto al Maharishi y a Sgt Pepper, pues no pretendo resumen biográfico. Se despertó Lennon (él lo dice) del sueño de ser más populares que Jesús (y bastante más que ese otro Jesús, protagonista de A Spaniard in the Works) para ver cómo esa mujer que era “como él pero en falda” era tratada de mona por la prensa inglesa (¡y aquí todavía piensan que lo suyo es prensa corrupta y mediocre!) y que un cohorte de internamente tullidos pretendían dirigir esa vida y ese talento que según ellos él todavía no estaba en edad de usar responsablemente. Entonces, en lugar de lo que hiciera cualquier otro, es decir, intentar demostrar que sí, que ahora había madurado, y quedarse en el carrusel, Lennon hizo algo insólito: les dejó plantados, a ellos y a nosotros. Entre silencios, sacaba discos, pero eran discos que decían cosas como

Oh, Yoko, my love will turn you on

o

Beautiful boy… darling, darling Sean

o

Woman, please let me explain…

Y cuando no decía esas cosas, que tienen su propia melodía interna, sacaba excusas de canciones con melodías que parecían sirenas de ambulancias (manierismo que ya se afianzaba con "I am The Walrus") y riffs de guitarras truculentos, inacabados. Podríamos aseverar que se dedicó a ser auténtico (quiero decir honest, ver post al respecto), y como todo aquel que llegue a profundizar en esta tarea, descubrió que la dificultad se compone en capas: cuanto más sincero, más sinceridad queda en el tintero: cuanto más dices, más queda por decir.

Ahora, ser sincero no es el único requisito para ser artista; pero de lejos es el más difícil, el más jodido (para mí, francamente inasequible, pero tengo excusa). Lo demás, casi se podría resumir en craft, métier, aquello que uno aprende en Hamburgo o no aprende nunca. Dedicarse a ser honesto entonces no es un mal comienzo en cualquier empeño artístico. De hecho, en el arte uno se acostumbra a apercibir una aristocracia de honestidades: leer a Orwell, a Lawrence o a Larkin es (para mí) redescubrir todo lo que de subversivo y revolucionario puede ser decir las cosas como uno las ve, sin insistir en que tengan que ser vistas así. “Subversivo” suena atractivo, pero hay un pero: la percepción soltada está siempre desamparada entre fuertes campos magnéticos que intentan arrastrarla hacia sí; y entre estos campos están, fuertemente posicionados, los ideológicos. Por eso está la dificultad, el constante esfuerzo, el cansancio de la autenticidad.

Hace tiempo en algún post, el “amigo” Xaflag dejó caer casi en plan obviedad algo así como que “los artistas casi siempre son de izquierdas” (o sin casi, no recuerdo). Boutade que me valió un spit check, pues yo hubiera dicho exactamente lo opuesto, si bien con algo menos de complacencia: ojalá algo de izquierdismo se le hubiera contagiado a Wagner (aparte de lo de la cara, que no sé si es todavía hipótesis sostenible) para contrarrestar ese atroz antisemitismo; ojalá TS Eliot, el más grande poeta en lengua inglesa del s.XX, hubiera sido un poquitín menos reaccionario (lo suyo con la religión anglocatólica, de esperpento), por no hablar de su rival más cercano en el ranking, el fascista Ezra Pound. De hecho, me pongo a buscar un artista, en cualquier medio, mínimamente fumable en mi patria chica anglosajona y que haya sido también de izquierdas con carta de patente, y no encuentro nada para el caso. Auden flirteó con las izquierdas para dejarlas atrás. Orwell, otro tanto, si bien menos ostentosamente. ¿Stephen Spender? Claro que si cambiamos de idioma o de patria chica, ejemplos sobran. En la Francia de la posguerra era prácticamente de rigueur ser socialista, igual que lo era en la Latinoamérica de tiempos de las dictaduras. Pero tal vez precisamente ahí, y más allá de los juegos de salón (yo veo a tu García Márquez y te subo un Vargas Llosa), con estos datos, encontramos un patrón interesante.

Yo sostengo que si todos los artistas rezaran en una misma iglesia, tuviera ésta el nombre que tuviera (“socialismo”, “conservadurismo”), mal día para todos; pero eso no llega a ser más que un sueño húmedo de fanáticos de una u otra banda. Afortunadamente, lo que distingue al auténtico artista más que cualquier otra cosa es su gran egoísmo (en el mejor sentido de la palabra), y por eso, la posibilidad de que su percepción, aquélla que se quiere originariamente honesta, es decir apolítica, sin más ideología que la impuesta por el propio arte (la búsqueda de la perfección expresiva) se tuerce hacia uno u otro lado, se tiña de sesgo, eso se verá en gran medida determinado por las circunstancias, y en especial la circunstancia aquélla de dónde se encuentra en tal o cual momento la mayor esperanza de libertad. Pues aparte de esas cualidades personales mentadas (autenticidad, terquedad, métier), condición necesaria para cualquier artista es la libertad para experimentar, para transgredir las fronteras de lo consagrado, de lo dicho y hecho. Si no hay esa libertad, no hay nada (en realidad, no funciona así. Tal libertad se crea, te peleas tu espacio; pero no lo digamos delante de los niños, peor los robaburros del telediario de hoy.) Pongamos como ejemplo la Guerra Civil española: en el lado republicano, de modo activo o pasivo, un verdadero Who’s Who de la inteligencia europea y norteamericana; los nacionalistas de Franco tenían a, veamos, pues a Paul Claudel, a D’Annunzio, a Salvador Dalí y a Pound. Poca cosa (Dalí, para mi gusto siempre fue más showman que artista, Claudel, genial pero enfermizo y recontradeprimente, estilo Á Kempis). Y por razones obvias: el proyecto nacionalista fue un proyecto de esclavitud. Su desprecio hacia toda manifestación artística se demuestra en el asesinato de Lorca, para quien el lector de su ensayo sobre el Duende fácilmente predice una edad madura nacionalista-conservadora, que le fue arrebatada por una banda de gorilas, permitiendo que la izquierda le canonizara con el oportunismo irrespetuoso que le caracteriza. Que entre los proyectos contrarios había unos cuantos hasta más aterradoramente totalitarios, lo descubrieron algunos por esas fechas (Orwell entre ellos), pero el dato en aquel momento parecía secundario, pues aunque fuese coyunturalmente, sus portadores defendían algo que valía la pena defender. Ahora, donde el proyecto socialista llegó a florecer, en la URSS, ahí sí hubo éxodo de artistas (hacia la libertad o hacia los gulags) y luego hubo Shostakovich, el superviviente, el camaleón. No hace falta insistir en ello: tanto “la izquierda” como “la derecha” pueden erigirse en enemigos de la libertad artística, y así fabrican adhesiones improvisadas de rebote, que muchas veces cambian con los años. Por eso, categorizar a artistas según adhesión ideológica es como hacerlo por flora intestinal. Es apearse del bus antes siquiera de comenzar el verdadero viaje, es quedarse con lo anecdótico, con lo mutable y trivial.

Pregunten mejor por el artista que a sabiendas apoye regímenes dictatoriales. Ahí sí podríamos esperar hallar correlación con esa senil mediocridad que deriva directamente del abandono de la autenticidad, con la victoria de qué dirán o simplemente de crepusculares consideraciones financieras. Es un fenómeno conocido, patético, pero no es como para poner el grito en el cielo. Al fin y al cabo, de los artistas no esperamos directrices políticas (tonto el que lo hace, en todo caso):

DAVID: "But do you feel that growing your hair and lying in bed is a positive enough reaction. Don't you think it'd be better if people went out and did something more positive."
JOHN: "That is a positive thing. (To Yoko) You tell him."
YOKO: "It's very very positive. I mean, the fact that it stimulated other people to say that, like you said that, you know, this is the result of us doing it. You know, in other words, well, alright, let's do something positive for peace. So we started that, you see. So in that sense it's very very..."

Que unos músicos sean siempre coherentes tal vez sea mucho pedir. Lennon no será recordado por la claridad de sus planteamientos políticos, ni visaba a ello. (Aunque para socializantes irredentos, sirve: “you say you’ll change the constitution, well, you know… we all want to change your head”. Mordaz es poco.) Se le recuerda, ya, como fenómeno, algo inexplicable, imposible de asimilar ni de categorizar. Yo diría que como hombre inusualmente honesto y de paso extraordinariamente (para un británico, hasta milagrosamente) espontáneo. Su arte maduro no se basaba, como tantos otros en ese mundo de la música popular, en definir a su público y luego cortejarlo a través del cliché resultón, sino en salpicarnos de sus vivencias, a través de muy pocos filtros, para que nosotros descubramos lo que nos sirve y desechemos lo que no. A mí me sirvió Walls & Bridges, hace ya un cuarto de siglo, para darle un sentido a mi primera experiencia de rechazo. Era joven para entenderlo, pero ese álbum tiene una dinámica, una progresión que huele a algo oscuramente universal. Luego tiene la canción "Number 9 Dream", que te apunta la salida al laberinto más claramente que una señal luminosa.

Pero ¿fue tímido?

Para contestarlo, su viuda: no se me ocurre nadie más. De otro de mis ídolos, Nathaniel Hawthorne, la esposa fue tajante: “de ese océano sólo tuvimos una gota”. Es la impresión que tengo de Lennon, pero nunca lo conocí. ¿Nos dio todo él, o quedó el 90% en el intento? Que lo podamos preguntar ya sugiere cierto grado de éxito perdurable.

Monday, December 14, 2009

Socialismo, Muerte o Pilsener

Pobreza: todos lo hemos vivido en algún momento. De niño, en Inglaterra, siempre me preguntaba por qué había tantas suelas de zapatos botadas en las calles. “Si a alguien se le desprende la suela del zapato, ¿qué hace? ¿Sigue caminando descalzo?” Esa pregunta que me hice de niño ahora tiene respuesta: pues claro que sí, ¿qué remedio? Y no es que me haya pasado todavía, pero la cosa está por pasar: tengo un solo par de zapatos, se me está desprendiendo la suela que da gusto (la que no da gusto, de momento todavía aguanta), así que esta semana, probablemente, me tocará dar clase o bien descalzo o (lo que se me antoja más práctico) con la suela atada al resto del zapato con un cordón. Comprar nuevos zapatos está muy por encima de mis posibilidades pos-fiasco-emprendedor.

Claro que en Inglaterra con el pasar de los años y de la Thatcher ya no se veían tantas suelas botadas. Y es que las suelas abandonadas por personas que no tienen más de un par de zapatos (y posteriormente, menos), eso se me antoja característico inconfundible de un paisaje socialista. En Ecuador, cuando llegué hace cinco años, lo que más se notaba eran pares de zapatos deportivos guindados de los alambres telefónicos: hasta tuve la tentación de abrir un blog para coleccionar fotos de ese curioso fenómeno. Supuse que ello constituía una especie de himno a la afluencia económica del país en ese momento: la gente tenía tanta plata y tantos zapatos que de puro gozo se dedicaban a lanzar los Adidas que les sobraban al aire. Ahora, en cambio, lo que más se ve son destartalados pedazos de zapatos abandonados a medio camino entre casa y oficina, y gente que anda coja y descalza. Espectáculo deprimente como pocos.

Por eso, cuando estoy de visita en casa de algún guayaquileño y éste por ser hospitalario me brinda la tradicional oferta local “¿Socialismo, Muerte o Pilsener?”, siempre me decanto por este último, a pesar de que no me guste especialmente esa marca de cerveza, pues las otras dos opciones me parecen francamente descartables. La primera, por ser el modo más seguro de conseguir que nadie nunca tenga un segundo par de zapatos, para que pueda dar entierro cristiano a las suelas desprendidas, y la segunda porque de eso ya nos sobra por estos lares desde hace tiempo.

Greeneland

El tiempo apremia. El viejo liquido mata insectos voladores y rastreros rescatado del fondo de un armario es de una hediondez indescriptible, aparte de pertenecer a la Clase II "ligeramente tóxicos": ya cuesta demasiado el Raid, y estoy como en la pos-posguerra de mi infancia, cuando teníamos tele por qué blanco y negro si los demás tienen color, eso sí, pero no refrigeradora; ritual de cada mañana sacar las botellas de leche del peldaño del portal, que mi fantasiosa madre llamaba "el porche", y meterlas en un balde de agua para intentar protegerlas contra las subidas de temperatura. La leche gratis de la escuela, que venía en botellas de un cuarto de pinta, o sea, pequeñitas, casi siempre estaba agria (venía de vacas protestantes): la Thatcher hizo una buena obra quitándola del currículum. A veces una de las maestras vigilaba para que la tomaras, otras, podías botarla por el desagüe del patio de recreo sin problemas. Casi todos los días paso en bus al lado de un graffiti que reza: QUE NADIE EN ECUADOR DUERMA TRANQUILO MIENTRAS HAYA ENFERMOS SIN CURAR, NIÑOS SIN ESCUELA, GENTE DURMIENDO EN LA CALLE, O LUGARES QUE SIRVAN ENCEBOLLADO PERO DONDE NO HAYA CHIFLES. Id est (puesto que los niños hacen campana y los borrachos dichosos roncan de preferencia al fresco): QUE NADIE EN ECUADOR DUERMA TRANQUILO NUNCA JAMÁS (ESTAMOS EN ELLO). ¿Es a mí? Yo no duermo "tranquilo" casi nunca: para empezar, tengo que esperar que se duerma mi mujer y mijastra para meterme en un rincón de la cama en catimini, y luego, volver a asombrarme de la alteza de mis costillas, que cuando me estiro parecen una cordillera asiática, de donde mis manos, si las dejo descansar encima, resbalan cual medusas en pastel de boda; luego, ensayar algún tipo de armisticio imaginario con los evangélicos de en frente, que como se acerca la Navidad lógicamente se han puesto frenéticos: lo último, ese maravilloso himno "O Come O Come Emmanuel" han conseguido traducirlo a su esquelético dialecto garage-band para menos inri y más aplausos de beatas superculonas domingueras. Lo más decepcionante es que tampoco sueño. Es un decir: si un árbol cae en tu sueño y no lo recuerdas al despertar, ¿combustible la leña? Creo que no. Los últimos sueños que recuerdo bien fueron los de mi época de psicoanálisis, que lo único que me dio fueron precisamente esos sueños, de un robusto y fértil surrealismo y probablemente de pronta aparición en el blog negro. Mi mujer, eso sí, sueña cada noche, normalmente sueños premonitorios de ésos cuyo cumplimiento depende únicamente del de las leyes de la termodinámica (“alguien va a morir”, “habrá un accidente”). Y tal vez sea por eso, porque no sueño, que lo que se supone que hace el cerebro en fase REM, es decir, una especie de desfragmentación rutinaria de tu disco duro cerebral, destrucción de ficheros TMP, etcétera, todo eso me está pasando de día, con el consiguiente desgaste mental que se refleja en la creciente mediocridad de este blog, entre otras cosas, entre otras cosas. Me encuentro, por ejemplo, en desesperada búsqueda de categorías mentales que hagan más llevadera, o pintoresca, esta miseria que me ha tocado vivir (lo cual no es gran cosa, la pobreza siempre me ha parecido algo anecdótico, un tanto entrañable y hasta aprovechable; lo que mata es la parte sico, es el estribillo "no conseguirás nunca un trabajo, eres viejo y enfermo, ya no quedan esperanzas, nada de lo que se rompe se podrá reemplazar, tu hijo nunca sabrá hablar bien, no hay segundas oportunidades", etcétera, que te sigue por todas partes como un asambleista con una idea), y que hace unas ¿semanas? me indujo a mandarle un artículo a ese Emilio Palacio de El Universo, pensando que igual a los que publican artículos de opinión en ese diario les pagan algo, quién sabe, tal vez $5 o $10 por artículo, y que últimamente lo único que me queda son eso, opiniones, que parece que a pesar de todo, cual parásitos intestinales nunca me faltan, hasta alguna vez quisiera tener menos opiniones (en serio), y puesto que el Roland Sound Module siquiera por diez dólares no consiguió encontrar comprador en mercadolibre, ni el código fuente de mi magnum opus por cincuenta (estoy por rebajarlo a diez, pero ya sé que ni así, la gente no compra código fuente, pero por decir que no he escatimado esfuerzos para encontrar de dónde costearme dos ó tres cigarrillos Líder que si los compras por unidad ahora nadie vende por menos de quince centavos), pero nada, ni una contestación, ni un “gracias, pero usted escribe horrible” conseguí sacar de ese Editor de Opinión que últimamente me parece cada vez menos persona y más fenómeno climático, como esos premonitores cielos nublados en los videos que a España me mandaban. (Ayer, por ejemplo: “la gente está perdiendo el miedo”: al tipo le conviene hacer yoga, ejercicios de respiración profunda, o simplemente salir a pasear más).

Y así, he dado en Greeneland, esa etiqueta que hace tiempo idearon para referirse al paisaje típico de una novela de Graham Greene, donde siempre es cuestión de un país tercermundista, con mucha corrupción, muchas moscas, algo de güisqui, y un inglés de mediana edad, es decir un infeliz, posiblemente borracho, vistosamente chiro, y preso de absurdas cargas de conciencia que parecen importaciones de contrabando. Proliferan las cacas, las dispepsias, el polvo, los dictadores de pacotilla, las manillas que se te quedan en la mano, las malas excusas. Aquí resido. Todo está a punto para que arranque la trama, la historia que obligue a enfrentarnos con alguna dilema metafísica, pero esta historia demora en llegar. Mientras tanto, seguiré pensando que esto es un confuso posdata de algo que terminó (con un afectuoso abrazo, y un gato muerto) hace ocho años.

Friday, December 11, 2009

Teorías de conspiración

Siempre supe (es una especie de instinto que tengo) que había una organización internacional, protegida por el secretismo más absoluto, responsable de fabricar todas las teorías de conspiración que hoy conocemos. El otro día, tras largos años de investigación, que me llevaron de paso a muchas ciudades con buenos restaurantes, por fin di con la identidad de un miembro de este hermético cabal. Naturalmente, no la voy a revelar aquí: mi vida está en juego. Lo que sigue es parte de la entrevista que le hice allá en el museo del Louvre, con los ojos vendados y tapones de cera en los oídos (por aquello de no poder reconocerle la voz posteriormente, y por no tener que reconocer, asimismo, la presencia de diversos alienígenos en mi derredor).

ER: ¿Por qué se dedican ustedes a fabricar teorías de conspiración?

MR X: ¿Por qué no? Es un producto como cualquier otro. Hay un mercado. Nos dedicamos a satisfacer las necesidades de la gente, en este caso sus necesidades sicológicas, y de paso nos divertimos un buen rato con la credulidad de nuestros clientes.

ER: ¿Por qué la gente tiene necesidad de creer en conspiraciones?

MR X: Bueno, creo que aquí entran en juego dos temas. Primero, la teoría de conspiración puede ser una forma de resolver lo que los sicólogos llaman una disonancia cognitiva, es decir, una contradicción entre lo que uno quiere creer y la realidad que observa. Por ejemplo, algunos partidos políticos prometen libertad y bienestar universales a través de un determinado sistema de gobierno. Cuando estas promesas no se cumplen (porque ningún gobierno por sí solo puede cumplirlas), es más fácil, en lugar de modificar las adhesiones y creencias originales, inventar, sin ninguna evidencia, una conspiración de oscuras y poderosas personas dedicadas a frustar tales deseos. Llamémoslas oligarquía, grandes intereses económicos o capitalistas o empresariales, poderes fácticos, "los de siempre", o cualquier etiqueta que quede bien según la moda actual. Para el dictador Franco y sus seguidores, se trataba de la Conspiración Judeo-Masónica, así, con todas las letras. Para algunos países sudamericanos en los años 60, era la CIA.

ER: ¿Y en segundo lugar?

MR X: En segundo lugar, es evidente que la teoría de conspiración sirve para fortalecer el ego, la autoestima y la paz espiritual. Creer en una conspiración es sentirse privilegiado, sabiendo cosas que el vulgo ignora. También simplifica tu visión del mundo. Las complejidades de la política, de la historia, de todas las interacciones humanas desaparecen frente a esa Gran Verdad que uno sabe y el resto no: ¿para qué sopesar las verdades parciales dentro de una supuesta Gran Mentira? Por ejemplo, confieso que fuimos gratamente sorprendidos por el éxito de nuestra teoría sobre el ocultamiento de las evidencias de contactos con extraterrestres. Cuando inventamos esa teoría fue un poco a la maldita sea, porque no había ninguna teoría nueva ese año y nos faltaba algo rápido, pero el éxito sobrepasó todas nuestras predicciones. Te sorprenderías del número de personas de baja autoestima por todo el planeta que hoy se consuelan pensando que hay una conspiración entre gobiernos para que no sepamos nada de los hombrecillos verdes de Alpha Centauri. ¿De qué les sirve pensar eso? ¿De qué modo cambiarían sus tristes vidas si de repente fuera revelado públicamente que nuestra planeta haya sido visitada por alienígenos con antenas en la cabeza? Como que esos seres extraterrestres no van a ir regalando vacaciones en Hawaii a las personas de escasos recursos, probablemente de muy poco: por eso es mejor para ellos que la cosa quede en conspiración, para que por lo menos ellos puedan tener la cotidiana satisfacción de llevar por todas partes esa secreta Verdad No Revelada. A veces creo que nosotros deberíamos registrarnos como fundación caritativa: ¡traemos felicidad a tanta gente!

ER: Me da a entender que ustedes lanzan al mercado una teoría de conspiración nueva cada año...

MR X: Bueno, maticemos. A veces es imposible dar con algo realmente nuevo. Muchas veces lo que hacemos es simplemente reciclar teorías viejas, quitarles el polvo y lanzarlas como nuevas. Por ejemplo, la conspiración judía es una teoría antiquísima, pero todavía va dando de sí, y más ahora que muchas personas jóvenes no saben nada del nazismo.

ER: ¿Por qué judíos?

MR X: Fue una elección aleatoria. Como quien dijera: conspiración de budistas tibetanos, o de mujeres menopáusicas, o de adolescentes cejijuntos. Pero una vez lanzado el meme, es mejor quedarse siempre con lo mismo: así, la gente tiene esa sensación de familiaridad que ayuda a digerir mejor el absurdo. Fíjese que todavía hay quien cree en esos Protocolos de Sion. Fue de las falsificaciones más burdas que jamás hicimos, pero la gente sigue cayendo en tropel.

ER: Lo que he notado es que se combina bastante bien con otras teorías. Como dice usted, para un dictador español los judíos estaban en contubernio con los Masones...

MR X: Y ahora, forman ese cabal internacional ultra secreto que planeó el derribo de las Torres Gemelas, jaja. Esa fue inspiración personal mía. No creía que algo así colaría tanto, pero se ve que como dicen los mismos americanos, cada minuto nace uno.

ER: Y ¿qué me dice de la teoría según el cual Neil Armstrong nunca puso pie en la luna?

MR X: Ésa la inventó un colega. Bueno, tuvo su auge, pero ya tiene pocos seguidores. Los más son estudiantes de letras en universidades provinciales. Pero ha sido divertido ver a tanta gente tragarse el cuento de que la dichosa bandera "ondeaba en el viento", cuando siempre ha sido de dominio público que la tal bandera estaba estirada entre barras horizontales en previsión de una situación de poca gravedad y nulo viento.

ER: ¿Cual teoría es su favorita personal?

MR X: Sin duda, la conspiración internacional entre los científicos para hacernos creer en la evolución de las especies en lugar de rendirse ante la evidencia de que el mundo fue creado con todas las especies actuales en seis días.

ER: Hay que reconocer que tiene su atractivo.

MR X: Es que para muchas personas en el mundo de hoy, los científicos forman una especie de nuevo sacerdocio. Con sus batas blancas que simbolizan la pureza de su inviolable objetividad, son una casta privilegiada de personas que supuestamente lo saben todo, por lo que si te recomiendan una determinada marca de detergente porque "es biológico", pues esa marca hay que comprarla. Ese tipo de reverencia supersticiosa, casi tribal, por la ciencia evidentemente va a entrañar reacciones de diversa índole. Secretamente, muchas personas ven en "los científicos" a sus peores enemigos. Son los que quebrantan todas nuestras ilusiones, sobre todo las religiosas.

ER: Eso me recuerda algo que quería preguntar. ¿Qué pasa cuando dos grupos enfrentados acusan cada uno al otro de ser víctima de una teoría de conspiración? Por ejemplo, en esto del Climategate. Los que quieren creer en el calentamiento global antropogénico acusan a sus oponentes de fabricar una absurda conspiración entre científicos. Por el otro lado, los no creyentes dicen que la tal conspiración, hasta donde alcanza, ahora está demostrada, pero que en todo caso la teoría más absurda es la que sostiene que los escépticos estén dirigidos por intereses petroleros y demás...

MR X: Mire, para saber cuál es la verdad detrás de cualquier teoría de conspiración hay una regla muy sencilla que tienes que aplicar: de todo evento no natural, la explicación más plausible siempre será la estupidez humana. ¿Por qué los aviones que derribaron las Torres Gemelas no fueron interceptados por las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos? Hay muchas explicaciones posibles, pero siempre es preferible pensar en el error humano, en la incompetencia y la estupidez, porque la experiencia demuestra a diario que de eso nunca hay carestía en ningún lugar del mundo. Las personas víctimas de teorías de conspiración quieren verse a sí mismas como menos crédulos que los demás, pero se retratan siempre en el momento de descartar explicaciones obvias que requieren que alguien haya cometido un simple error: ahí demuestran su creencia supersticiosa en la infalibilidad de, digamos, el aparato militar, o de los gobiernos. Su estribillo: ¿Cómo vamos a creer que tal o cual persona u organización poderosa pueda haberse equivocado? En el caso que nos ocupa, el hecho de que algunos gobiernos se creyeron lo que decían algunos científicos que luego se ha demostrado falsificaron sus evidencias, no requiere de ningún complot ingenioso. Simplemente requiere suponer que los políticos en general son extremadamente crédulos. ¿Eso le causa alguna dificultad?

ER: Ninguna, la verdad.

MR X: Bien. Y aquí termina nuestra conversación. Ahora, me toca volver a asumir la forma de un autorretrato de Albrecht Durer, para proteger mi anonimato. Buenas tardes. Ya se puede quitar los tapones.

Cuando lo hice, de repente volví a descubrir ese maravilloso mundo de los sonidos, de los ruidos, de las palabras y de la música, un mundo consoladoramente lleno de estupidez y sin rastro de ingeniosas conspiraciones en ninguna parte. Salvo, obviamente, la que yo acababa de descubrir.

Saturday, December 5, 2009

Defensa del meón irredento

En otro blog se ha sacado a relucir recientemente esa trillada polémica feminista en torno a la posición por defecto de la tapa del wáter.

Escenario 1: el Hombre Cagón (HC) deja la tapa del wáter en posición bajada (B), al igual que la Mujer (M). El Hombre Meón (HM) deja la tapa del wáter en posición subida (S).

Resultado:

El número de ajustes de posición de la tapa anteriores al uso es una función (f1) de la frecuencia según la cual a un HM le sigue un HC o una M. El número de ajustes de posición de la tapa inmediatamente posteriores al uso del inodoro es 0, ya que cada usuario deja la tapa en la posición que corresponde al último uso.

Escenario 2: el Hombre Cagón (HC) deja la tapa del wáter en posición bajada (B), al igual que la Mujer (M). El Hombre Meón (HM) después de orinar cambia la posición de la tapa de subida (S) a bajada (B).

Resultado: El número de ajustes de posición de la tapa anteriores al uso es una función (f2) de la frecuencia según la cual a un HC o a una M le sigue un HM. El número de ajustes de posición de la tapa inmediatamente posteriores al uso del inodoro es igual al número de usos del mismo HM.

Si cada día el HM usa el inodoro n veces, entonces el total de ajustes de posición diarios T en el primer escenario será dado por la fórmula:

T (1) = f1(n) + 0

Y en el segundo escenario:

T(2) =f2(n) + n

Ahora, como vemos que ambas funciones f1 y f2 dan siempre un resultado menor o igual que n (es decir, devuelven una fracción de las veces que el HM ocupa el wáter), entonces es claramente imposible que T(1) sea mayor que T(2), y muy probable que sea menor. Dicho de otra manera, sólo hace falta que alguna vez a un HM le siga otro HM (o el mismo, si ha estado bebiendo Brahma) para que se produzca un desperdicio de esfuerzo, es decir una bajada de la tapa seguida por una subida de la misma, cosa que en el primer escenario no sucede. Por tanto, desde el punto de vista de la conservación de energía el primer escenario es obviamente preferible.

Pero ¿hay otro punto de vista posible? Propongamos una situación similar, imaginaria, con un libro que descansa sobre la mesilla de la sala de estar. Tanto yo como mi novia/esposa estamos leyendo ese libro: yo ando por la página 90, y ella por la 352. Cuando yo leo un poco, antes de dejar el libro en la mesilla lomos al aire, lo abro otra vez en la página 352. ¿Por qué motivo? Puede ser porque el libro es suyo; puede ser porque no quiero que ella se entere de que lo estoy leyendo también (igual es una novela de ésas que son sólo para mujeres), puede ser porque sé que ella tiene mala memoria y no se acordará de en qué página lo dejó, o puede ser simplemente manifestación espontánea de un carácter generoso. Ahora, aplicando estas posibilidades a la cuestión del wáter, tenemos como posibles justificantes de la postura feminista:

(1) El wáter, por el simple hecho de ser wáter, es propiedad de la mujer (de cualquiera, en fin). Es decir, el wáter es un accesorio femenino.

(2) El uso que el hombre hace del wáter es de naturaleza furtiva: hay que intentar dar la impresión de que no lo usamos nunca. “Un hombre de verdad nunca va al baño.”

(3) La mujer (cualquier mujer), a diferencia del hombre, es incapaz de fijarse en la posición de la tapa y corregirla según sus necesidades. Por tanto, los hombres debemos ser comprensivos ante tal debilidad.

(4) El hombre tiene el deber de manifestar siempre un carácter generoso, aunque no sea el suyo auténtico, deber que no se extiende naturalmente al otro sexo.

Ahora, yo no veo el punto de intersección entre ninguno de estos razonamientos y la tradicional reivindicación feminista de igualdad de género. Pero tal vez me estoy perdiendo algo. Como siempre, respuestas abajo.

Wednesday, December 2, 2009

Cultura

Mi escuela se llamaba St Peter's Roman Catholic Primary. Una vez llevé allí a una amiga: la escuela había dejado de ser tal, pero la iglesia de al lado seguía en su lugar. El antiguo edificio de la escuela, el único que no era Terrapin, seguía todavía sin demolir: me asombró su pequeñez, parecía hecho para enanos. El primer día de la escuela, recuerdo (es lo único) que otro niño llamado Adrián se desmayó (desde entonces, doy un poco por supuesto que cualquier nuevo conocido llamado Adrián estará siempre a punto de desmayarse): entendí que su reacción fue provocada por la grandeza de la sala de actos, que ahora calculo habrá sido apenas más extensa que mi actual cocina.

Lo traumático de esa escuela lo reservo para otro blog: lo asombroso, nada, hace poco a través de friendsreunited.co.uk hice contacto con una mujer que asegura que yo le di en esa escuela su primer beso: podrán creer que ni me acuerdo de ese primero beso suyo, que con los datos que me suministra tiene toda la pinta de haber sido el primero mío también. Lo ridículo y cómico, eso tal vez llenaría un centenar de páginas, pero me quedo con ese último día, y el discurso de Miss Phillips:

"Ahora, ustedes todos se irán de aquí y se incorporarán en otros colegios. Entonces la mayoría de ustedes descubrirán que en ese gran mundo fuera de estos muros no todo el mundo es creyente, no todo el mundo entiende las cosas que aquí han aprendido, o las entienden de otra manera, de manera equivocada. Esas personas que tienen creencias equivocadas se llaman protestantes. Si ustedes les hablan, podrán pensar que ellos son sinceros en lo que piensan. Yo no digo que no haya protestantes sinceros, puede que alguno sí haya... pero ése no es el punto. El punto es que están equivocados y creen en algunas cosas que hasta son muy peligrosas para ustedes, para la salud de su alma inmortal. Por eso les digo que aunque parezca buena gente y en algún caso pueda ser así, no les hablen. No les tienen que hablar. Cuando se les acercan, ustedes simplemente dirán, "no gracias, soy católico". ¿Han entendido?"

A esta necesaria comprensión tal vez ayudaron algo las excursiones que habíamos hecho ese año, y el anterior, a la Torre de Londres, al lugar del cadalso de Tyburn, y a otros lugares asociados con la persecución de los fieles católicos en Inglaterra a manos de esa diabólica reina Isabel I (del reino de la Bloody Mary no nos enseñaron nada). Supimos de esas casas señoriales donde los sacerdotes tenían que esconderse en ingeniosos pero incomodísimos escondrijos. Supimos de todos los métodos de tortura de la época: nos describieron con lujo de detalle cómo se descuartizaba a las personas medio ahorcadas pero aun vivas. Reverenciamos a Edmund Campion y a Margaret Clitherow (a la que mataron aplastándola debajo de una puerta), con el resto de los Cuarenta Mártires (los católicos, digo: de los centenares de mártires protestantes no nos enteramos).

(Lo que no ayudó tanto era la confusión que en mi mente juvenil todavía reinaba entre esas palabras tan parecidas, protestant y prostitute, que la experiencia no se encargaba todavía de aclarar.)

En lo que podría habernos ayudado la Miss Phillips, pero no lo hizo, era en la cuestión de los rezos. Cuando recién me había incorporado en el colegio secundario (un Grammar School, es decir un colegio para sólo chicos, pues no hay nada más masculino que la gramática) descubrí que en la Asamblea de cada mañana teníamos que farfullar el Half-Arthur, aquí conocido como Padre Nuestro, pero resulta que la versión prostituta de esa oración era distinta, ya no se hablaba de trespasses sino de debts, y además ellos al final de la oración agregaban una frase larga y sinuosa que contenía una referencia a una novela de Graham Greene. La verdad, se me ocurrió que como católico tenía el deber de no pronunciar esa última frase, so pena de mil años más en el Purgatorio. Sería alguna herejía, sin duda.

Esa Asamblea, por otra parte, era una especie de pasarela de traidores, donde aquellos chicos dispuestos a ganar puntos a cualquier precio podían salir a leer un texto edificante, generalmente algo de David Kossoff. (Tal vez haría falta agregar que la BBC en ese tiempo estaba dando la serie de Colditz: para mí, el colegio era un campo de concentración nazi, las autoridades del plantel, el Enemigo, y el fin de todos mis esfuerzos, idear una nueva forma de evasión. Esos que salían a leer platitudes atlético-cristianas a las 9 de la mañana eran colaboradores de la peor ralea.)

Y así, incluso después de llegar a esa fatídica decisión, a los 15 años, de abandonar el catolicismo a favor de la Iglesia Onanista de las Siete Veces al Día, el hecho de haber crecido en ese gueto católico, con mayoría de niños irlandeses, creo que me predispuso en contra del patriotismo, de esa creencia de que la "cultura británica" ésa de los Morning Assembly era de alguna forma mía. Cuando llegué a la universidad, a pesar de mi ateismo, como una especie de acto reflejo, instintivo, me fui directo a la Capellanía Católica, donde me encontré con dos cosas: cerveza gratis, y de la buena (la "cultura católica" en Inglaterra se centra largamente en la cerveza, vide GK Chesterton), y en segundo lugar, una chica irlandesa llamada Yvonne que terminaría (después de mucho) siendo mi primera novia.

No hay que ser demasiado fundamentalistas. Hasta de algo tan malo como una religión algo bueno se ha de poder sacar. El catolicismo inglés tiene un toque internacionalista, impaciente con el Class System (pues su acometido es buscar una convivencia fértil entre inmigrantes irlandeses y polacos y vieja aristocracia pre-Reformación), con matices dionisiacas, afición a la polémica, respeto a la erudición y a la originalidad. Hay peores inicios en la vida posibles. Hasta los pecados de un católico (aunque aquí puede haber prejuicio Greeneiano) son más ricos y lujuriosos que los que cometen la otra banda. Fíjense que lo único por lo que tienen que pedir perdón es por sus deudas. Increíble pero cierto.

Monday, November 30, 2009

Patas al revés

Tenía en ese lejano entonces una gata llamada Trotsky. Tenía también con qué costearme sus caprichos alimenticios (esas latitas Cordon-Bleu: no recuerdo cómo se llamaban, era como Nouvelle Cuisine felina) pero no me llegaba la plata para ligaduras de trompas ni nada por el estilo, aparte de que el evidente sufrimiento de la gata en celo no estaba convencido de que se podía aliviar de esa forma, o de cualquier otra forma que dejando que la espinilla de mi pierna le sirviera de gato-sustituto las veces que fuera necesario. En fin, encontró a un gato no-sustituto y dio a luz. Los dos primeros, absolutamente sin esfuerzo, en cuestión de pocos segundos, sin que ella siquiera haya asistido a clases ni que nadie le dijera que empujara, que empujara, en fin, se ve que ser de raza felina y por lo tanto no tener ninguna maldición bíblica macrocefálica pesando encima no deja de ser una bárbara suerte. Pero el último retoño era otra cosa. La Comandante del Ejército Rojo se puso a gritar y a dar vueltas, y al final tuve que asistir en el parto, si no ese desdichado se quedaba ahí a medias. Cuando salió se veía enseguida cuál era el problema: tenía las patas al revés. El gatito miraba palante, pero sus piernas patrás. Pensé que igual La Trot habría bebido de ese charco de agua después de las lluvias ésas procedentes de las estepas: "Ni qué Chernobyl ni qué niño muerto", habría dicho, "yo tengo sed."

A los pocos minutos la fundadora del Cuarto Internacional tenía a sus dos gatitos limpios y calentitos, como en salita de recuperación al lado de esos consoladores pezones. Pero al tercero, al feo, al pativirado, ni le hacía caso. Como si no estuviera. Y cuando yo se lo acerqué, ella lo apartó de nuevo. Me miró. "¿Por qué me traes esa basura?"

El animalito se murió a la media hora. Repito: no había manera de convencer a la madre de que tuviera ese "instinto" de cuidar del más débil.

¿Será porque lo había tocado? ¿Olía diferente por eso? Posiblemente, pero creo que la autora de La Revolución Permanente simplemente no estaba dispuesta a criar a un gato tan llamativamente perdedor.

Convengamos, pues, en que si las gatas no abortan es porque no pueden. La "naturaleza" poco sabe de ternura y menos de compasión. (Y eso de seguir las directrices de "la naturaleza", en todo caso... me viene a la mente la imagen deliciosa de un hombre que, camino al trabajo, se agacha a husmear los genitales de todas las hembras de su especie que encuentra por el camino. "¿Qué les pasa, señoras? ¿Les asusta la Naturaleza?"). Y convengamos también en que las mujeres que abortan lo suelen hacer, si se quiere "por egoismo", pero por ese egoismo que consiste en adecuar tus fuerzas a tus posibilidades de éxito, es decir, ése que en otros ámbitos se dignifica con el nombre de autoconservación, o de no darle latigazos a caballos muertos. Que el feto no presente señales de pativirado, de deforme, de predestinado a perdedor sólo sería relevante en la medida en que la fisiología sea el destino, cosa que se me antoja bastante no demostrado. El destino de un bebé está escrito, no tanto en sus genes (salvo casos minoritarios: hola) sino en la actitud de su madre a más de sus circunstancias personales y económicas. Y puedo dar fe de que a veces, desear cambiar nuestra actitud y poder hacerlo son cosas bien distintas.

Mientras, hay obispos para que, faltándonos hasta leche en polvo, no nos falten nunca sermones.

Wednesday, November 25, 2009

Estupefacientes

¿Qué es una sustancia estupefaciente?

¿Algo que produce estupidez?

No, dice la RAE. Estupidez, no. Estupefacción.

Ah. Y ¿estupefacción?

Pasmo, estupor.

Estupor, acepción 1: pasmo, asombro. Acepción 2: "Disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia", digamos: transitoria estupidez.

Bien. Una sustancia estupefaciente es cualquier cosa que me produce pasmo, asombro, o que disminuya la actividad de mis funciones intelectuales, al tiempo que me induce a poner cara de indiferencia.

Sería difícil encontrar una descripción más exacta de la sustancia de la propaganda televisiva del gobierno.

Por eso encuentro interesante la propuesta en el proyecto de Ley Mordaza:

Se propone que los medios de comunicación privados estén obligados a “destinar una hora diaria, no acumulable, de lunes a sábado, para programas oficiales con carácter educativo que fortalezcan los valores democráticos, la promoción de los DD.HH., la prevención de consumo de sustancias estupefacientes...”.

Niños, ¡digan NO a los programas oficiales con carácter educativo!

Ecuador, 2009


La moda del insulto gratuito arrasa.
"Somos gente amable."

Sunday, November 22, 2009

De crucifijos

En el blog de la María Paula Romo, se celebra como "interesante" el que el Tribunal de DDHH de Estrasburgo haya fallado a favor de una demandante italiana que se quejaba de que en el aula de clase de sus hijos había un crucifijo. Sentenció el tribunal:

"El Estado debía de abstenerse de imponer creencias en lugares de los que dependen las personas."

Sólo cabe aplaudir estas palabras. Ciertamente, el Estado debe de abstenerse de imponer creencias en cualquier lugar. El único problema es que esto no tiene nada que ver con el caso que fue presentado ante el Tribunal. No se trataba de que el Estado impusiera creencias: se trataba de que había un crucifijo en una aula. Y colocar un crucifijo sólo puede significar imponer una creencia en el supuesto de que la persona que viera el crucifijo, o que lo tuviera cerca, se hallara forzada a creer en el crucifijo, o en algo representado por él. Para poner a prueba dicho supuesto, acabo de exponerme, no sin cierto recelo, a la visión de un crucifijo (una amiga de mi esposa me mandó uno en un fichero PowerPoint, con musiquilla y todo). ...Cero. La presencia de esa imagen delante de mis ojos no me indujo a creer absolutamente en nada. Con lo cual, el fallo del Tribunal de Estrasburgo se revela como candidato al non sequitur del año. Lo que da auténtico pavor es pensar que los jueces que emiten esas gilipolleces de fallos cobran por ello.

Con lo cual, propongo: Que el Estado debería de abstenerse de pagar cuantiosas sumas a personas que se han demostrado incapaces de seguir una línea de razonamiento coherente, o de contestar una pregunta con una respuesta que tenga algo que ver con ella.

¿Tiene importancia el caso, o la multitud de casos similares que con regularidad destaca cierta prensa sensacionalista? Al fin y al cabo, colocar un símbolo de tortura en una aula de clase es de innegable mal gusto; fuera de la secta de los cristianos (que eso sí, en Italia se entiende numerosa), nadie va a lamentar la ausencia de ese objeto en ese lugar. Pero detrás de ello hay un principio en cuestión, nada menos que el de la racionalidad: pues con tan peregrino fallo, el Tribunal de Estrasburgo está legitimando una vez más la creencia supersticiosa de que los símbolos tienen poderes más allá de los que nosotros, como individuos, voluntariamente les concedemos. Es decir, si un objeto de madera puede "imponer una creencia", entonces todos debemos andar con cuidado con lo que vestimos y con lo que decimos, no vaya a ser (por ejemplo) que mi camiseta contenga un mensaje cifrado que a otro le perturbe su personalísimo Weltanschauung; no vaya a ser que un gesto involuntario de rascarme las nalgas se interprete en determinada circunstancia como una ofensa a la dignidad de algún presidente que incautamente ande cerca en ese momento. En el ensayo Culture of Complaint, Robert Hughes destaca el caso de una camarera (mesera) en California, que en el 91 se negó a servir a un cliente con el pretexto de que él estaba leyendo la revista Playboy, hecho que según su modo de ver las cosas, era un atentado contra la autoestima de "la mujer". Tanto ella como el gerente le pidieron abandonar el local: al poco tiempo el lugar se llenó de protestantes con sendas copias de Playboy, lo cual fue seguido por una contra-manifestación de feministas. Todos ellos se supone que no se olvidaron de pedir algún tentempié del menú: se ve que en EEUU, ser intolerante realmente puede ser muy buen negocio. En todo caso, antes de que este país se deje arrastrar por semejante corriente de locura, fuera bueno dejar sentado un principio básico, a mi modo de ver impepinable: que lo que yo hago o digo o escribo o visto o leo o cuelgo en la pared no tiene por qué importarte, y si te sientes ofendido por algo de todo eso, es tu problema, no el mío. Y eso no deja de ser así aunque yo llegue a ser columnista o reportero en un medio de ésos que los teóricos del regimen dicen "sociales": en tal caso, lo único que cambia es que quienes se sientan ofendidos tienen la opción de castigarme dejando de consumir mi producto, lo cual sirve como mecanismo de regulación de demostrada eficacia, obviando la necesidad de cualquier otro.

Así que la próxima vez que te sientas tentado a protestar contra un crucifijo en una aula, acúerdate de los que tenemos que aguantar en un sinfin de lugares públicos la imagen del nuevo Redentor, con su blusa bordada, que con su sonrisita intenta inducirnos a creer que cuando se vaya la electricidad, seguirá brillando con luz propia. De tales ofensas a la libertad de creencia, María Paula Romo no nos dice ni pío: ¿por qué será?

Cinta roja y tinta verde

La frase “tinta verde” ha tenido que salir en este blog como cinco veces para que me dé cuenta de que se trata de un símbolo privado, de resistente opacidad. Pues bien, aclaremos: la MayTe era una jovencita delgada y de carácter algo reservada; su hermana menor Maribel, más dicharachera, rolliza y embarazable (yo no fui); había dos hermanos también. A la mamá el hueco de un incisivo ausente le daba un aire entrañablemente defectuosa cuando sonreía, que era casi siempre; el papá, de aspecto barriobajeramente hitleriano, regentaba el bar, situado frente a un campo de fútbol en desuso, donde trabajaban todos menos él, que tenía su hamaca allá fuera, y también su negocio de máquinas tragaperras (ésas que últimamente han dado lugar en este país a una orgía de moralizantes discursos y a una Pierina Correa la mar de huraña). Ese bar fue mi segundo hogar durante casi un año. La MayTe me servía esos interminables sol y sombra, Farias y botellines del tiempo, con cara de esfinge. Cuando ya me había ido a otro país, y escribíamos, ella lo hacía con tinta verde, y flores dibujadas al margen del papel. Fue entonces cuando me di cuenta de que ser estudiante de psicología no significaba en absoluto serlo de la mente humana, y menos de las ricas variantes de la conducta que vuelven divertidas y curiosas las relaciones. Ella, por su discurso epistolar, parecía un robot programado de acuerdo con los manuales de etiqueta de ama de casa de los años cincuenta (ya recién estrenados los ochenta): su letra parecía ostentar cintura de avispa. Desde entonces, esa tinta verde me sirve para identificar a las estudiantes modelo, las que como buenas secretarias agarran al vuelo todas las resacosas incoherencias del profesor, para reproducirlos en el examen con respetuosa fidelidad y redondeadita letra. Ésas que, según el texto de la nueva Ley Mordaza, son las únicas que a partir de cierto momento podrán ejercer ciertas modalidades estratégicas del periodismo, pues la tenencia del título, en vistas de lo que se nos viene encima en cuestión de pensum teledirigido carondeletiano, se supone que demostrará alentadora capacidad de obediencia y sumisión a las grandes directrices revolucionarias. Por eso digo: hay que corromperlas a todas.

No será difícil con la necesaria inversión: el quid, quieren ser corrompidas. Lo sabrás si alguna vez asististe a un desfile de ésos de Semana Santa en algún ex reino de Taifas de la vieja Península. Viene la cruz, vienen unas cuantas toneladas de Virgen, sostenidas por pepudos notables barriales, y luego ahí está, medio manípulo de doncellas con, ay, peineta y mantilla, todas de negra, sosteniendo con indecible reverencia sendas vergas blancas chisporroteantes de cera. Pasan de cerca, y tus plexos irrumpen en vivas: eso es sumisión femenina, y lo demás cuento. Y es que la que de soslayo te miró y se acercó la vela al labio con gesto triunfalmente inconsciente las delató a todas. Ellas, las tintas verdes, escogen siempre lo más barroco, lo más enemistado con la razón y la sobriedad, lo más gótico, aquello que más altares y almohadas y cabrones exige. Por ello, en todas las facultades de periodismo del país como cuestión de máxima urgencia hay que identificar el lugar preciso donde tendrán lugar las misas negras, y hay que empezar a recaudar fondos para los necesarias gastos: yardas de terciopelo morado, pintura dorada, velas de distintos tamaños (hay que pensar en todo), incienso (en la ruta del Sol hay palosanto a buen precio), chivos, pergamino, rebenques de diferentes grados, cadenas (tiendas de repuestos automovilísticos, lo más práctico), pizzas napolitanas, cola, asistencia de la Cruz Roja, etcétera. Esas alumnas de periodismo, cuando ya se hayan dado cuenta del valor de canje de sus lealtades, no nos van a salir nada baratas: hasta podrán pedir alitas de pollo y doble queso.

Y todo porque un día, un humilde psicópata tuvo Un Sueño: soñó con un mundo en el que nadie estaría marginado, todas y todos tendrían la posibilidad de comunicar su visión, y todos y todas tendrían acceso a un periodismo de calidad, veraz, contrastado y con responsabilidad ulterior. O quizás no soñó eso: tal vez soñó con un mundo en que toda la gente anduviera con un membrillo bajo el sobaco izquierdo. En fin, poco importa lo que soñó: la cuestión es que cometió el error, propio de psicópatas, de soñar cosas que involucraban de alguna manera a los demás. Cuando alguien tiene un sueño así, siempre terminamos pagando de alguna manera.