Thursday, July 2, 2009

Eufemismos y pies de plomo

Y es cierto: desde cualquier lado los eufemismos nos acechan (tengo la casa llena de cucarachas últimamente, mis verbos se adaptan silenciosamente a este hecho), sobre todo desde que ese “poco de gente” (mucha gente, en ecuatoriano) “ejercieron su derecho al voto” (acudieron obligados) para elegir a los nuevos ocupantes del “inodoro” (aproximadamente: Palacio del Gobierno) antes de sentarse a comer un “rico” (pobre) “seco de pollo” (pollo mojado, para los de fuera, con salsa). Como es lógico, el discurso de los que están en el poder, aquí como en cualquier lado, es el primer lugar donde hay que buscarlos a esos perfumados bichos. La “redistribución de la riqueza” (robo), los “derechos laborales” (normas que impiden que la gente trabaje), la “regeneración urbana” (sistema feudal light), la “justicia nativa” (linchamientos), la “revolución ciudadana” (la paulatina destrucción de los derechos de los ciudadanos) son ejemplos de rabiosa actualidad. Ante esto, se vuelve cada vez más atractivo llamar las cosas por su nombre, aunque sólo sea para llamar la atención.

Pero eso de llamar la atención a veces te sale por la culata, y si no, allí está el niño que gritó lobo. Hay gente (me incluyo, a veces, sin querer) que por no pecar de almibarados caen en el feísmo (mi excusa siempre fue: soy británico, no es que intente ser feo, desarreglado y mal vestido, simplemente así me sale, es un don nacional), y por evitar, en el discurso político, la impotente exquisitez, caen en la exageración, en la torpeza, en el aspaviento, y hasta algunos, incautos, se salen de la vía y se estrellan contra la Ley de Godwin, En este continente, aquellos ancianos, o no tanto, que recuerdan las dictaduras militares de los setenta, cuánto deben sonreírse o sonrojarse al ver a algún inmoderado hablar de “dictadura” desde las páginas de opinión de un diario de tirada nacional, confiado en que mañana no tiene por qué amanecer en alguna celda con paredes manchadas de sangre por el simple hecho de decirlo. Y el problema con eso de ir blandiendo palabrotas como “dictadura”, “totalitarismo”, “neonazi”, etcétera, es que a quien haya gastado todos sus cartuchos cuando el enemigo aún está lejos no le queda nada cuando éste está ya bordeando la trinchera. Si ya dijiste “dictadura” al primer mandato que salió de aquella asamblea, los que te tildaron de exagerado no tendrían por qué revisar esa opinión cuando los subversivos ya tengan el pelotón de ejecución delante, pues ya no te quedarán palabras más acusadoras y tendrás que repetir las mismas de antes, que ya habrán quedado con sabor a Güitig destapada de dos días.

Todo y así, hay que decir las cosas como uno las ve: cuántos Titanics se hubieran salvado si los indecisos, en vez de callarse para no quedar en ridículo, hubiesen gritado iceberg ante el incierto espectáculo de esa sombra grisácea que aun, a esta distancia, podía ser cualquier otra cosa, por ejemplo, una simple neblina.