Monday, August 31, 2009

Fascinante

La sicomancia (aka sicología), es decir, el supersticioso intento de reducir el comportamiento humano a esquemas bobalicones capaces de garabatearse en tinta verde al margen de un cuaderno lleno de figuras estilizadas de niñas Barbie con corsé y tiara a juego, no tiene nada que ver con la huevomancia, ese saber ancestral, celosamente transmitido de madre a hija, que consiste en adivinar el futuro de un hombre tocándole los testículos. Descubrí sobre la huevomancia al azar, hace años, leyendo en no sé qué grupo de Usenet un cuento de ésos que te hacen pensar que en la literatura pasa lo mismo que en la música, es decir que los que tienen más éxito comercial no son los de más talento sino aquellos que tienen los más vistosos peinados, y que para calidad está el Internet, no las librerías. En ese cuento, un tipo español acude cada día a una vieja que vive en su edificio, que le palpa cuidadosamente el escroto para a continuación pronosticarle su destino en amor, dinero, salud y lotería, todo por el módico precio de tres euros. La cual tampoco debe confundirse con la ovomancia ecuatoriana, que en lugar de testículos trabaja con huevos de gallina y padrenuestros a fin de neutralizar los males de ojo y enfermedades similares. Lo que tienen en común las dos últimas es que se trata de artes de cierta solvencia y respetabilidad, lo que no se puede decir, evidentemente, de la primera. La sicología de arte nada tiene, y de ciencia, lo que yo de atleta. (Si no, pregúntele a cualquier sicólogo: cuál es la unidad de medición de la autoestima, y cuáles son sus valores máximo y mínimo).

Sin embargo, esa reina de las seudociencias a veces te sale con algún que otro hallazgo digno de admiración, por ejemplo, el descubrimiento de que a veces un habano no es más que un habano. Dentro de esa categoría de hallazgos pintorescos, tal vez podemos meter esa proteica lista de trastornos mentales que cada cierto tiempo nos regala la APA, eso sí, siempre rodeado de efluvios de humores medievales, susurros de homúnculos y un cierto tufo a phlogiston. Y dentro de esa lista, el American Idol de las dolencias por cuarto lustro consecutivo habría de ser ese fascinante trastorno de personalidad narcisista, del que tan vistosamente hace alarde el actual Presidente de Todos los Ecuatorianos Menos Unos Cuantos Millones De Mediocres. Veamos:

“grandioso”: la palabra reaparece como cucaracha impisable en absolutamente todos los checklists. No exactamente en el sentido de “¿has conseguido sacar a otro locutor impertinente de las ondas? Grandioso, chico, grandioso” sino en esa otra acepción de la grandiosidad, palabra de por sí grandiosa como pocas. Esa grandiosidad es, según los expertos, lo que más define al trastornado narcisista en su verbo y en su cotidiano quehacer. Mientras otro niño se conforma con jugar a médicos y enfermeras, o a ginecólogos y pacientes (en versión pos-Woodstock), el niño narcisista ya desde la infancia sueña con ser Presidente, y a los de su séquito (no tiene precisamente “amigos”, sino discípulos) suele colocar, según el humor del día, en tal o cual cargo mini-ministerial de patio de recreo. De igual forma, aunque el narcisista ve a Dios como un simple contador de pecados, carente de originalidad y de verdadera inteligencia, sus brumosas pretensiones inmortales a veces hallan cobijo en una religiosidad improvisada, llena de misteriosas palancas de santurrón que permiten saltarse las jerarquías eclesiásticas a la vez que las metafísicas (“¿Principalidades? ¿Tronos? Por favor. A otro arcángel con ésas…”). Majestuoso en ademán y porte, desprecia la modernidad utilitaria a favor de un añejo costumbrismo del que sólo él conoce las reglas; su vestimenta suele ser tan llamativa como su afectada modestia (“no, en serio, yo no me considero el mejor: que otros, incontables, digan que yo lo sea, bueno, allá ellos…”), y va de perdonavidas por el mundo: tanto, que se le suele encontrar exculpando a quien todavía no ha dado con su yerro. Domina, claro, todos los idiomas, sin rebajarse a hablarlos; de toda ciencia sabe aquel detalle pedante que permite apuntarse un tanto sorpresivo en la conversación: es hombre de todos los renacimientos. Desdeñoso de la mediocridad, tiene un auténtico terror hacia los realmente expertos y portadores de criterio propio: tanto, que se rodea de yes-men pasmados, de acólitos con tapacuellos y de hembras dóciles y devotas, a fin de sentirse monarca en su propio reino.

Todo lo cual sería mero chisme, si no fuera porque, según la acepción generalmente admitida de trastorno en la jerga sicomántica, esas personas hacen daño.

A sí mismas, pero no es grave, pues el daño ya estuvo hecho tiempo atrás. El perfil del narcisista es el de un niño que aprendió a odiarse, tal vez por circunstancias familiares, y que encontró la solución creando una segunda personalidad, con la que se quiere identificar: esa segunda personalidad es como un vampiro que le chupa la energía a diario, pues exige todas las atenciones, todas las alabanzas, todas las pleitesías, todos los honores, dejando para ese ser mísero, para el niño herido que se esconde dentro, sólo los huesos y los desechos de ese festín de adulación. Con lo cual se explica la curiosa susceptibilidad tan característica de esa especie: ese talento para sentirse ofendido ante la más leve insinuación de que son menos que Dios, menos que quien sea, o de que hoy, los elogios serán para otro. El que otrora fuera el ser más modesto de la tierra, con el poder de repente se torna majestad, merecedor de protocolos decimonónicos, de fastos dignos de dictadores africanos, de genuflexiones y hasta de comités de defensa a su servicio; y ante la reincidencia en el menosprecio de sus atributos, el ceño adusto del emperador con el pulgar apuntando hacia abajo: a ése, a ese tal, le entreví algún gesto burlón en su morituri: acaben con él. Sos cuatrocientos, contra sus cincuenta: ¿qué esperan?

Así que el daño, el verdadero daño queda para los demás. Para todos los que se encuentran en su órbita. Para todos los que tardan demasiado en entender que sí, efectivamente, ese hombre está clínicamente loco, y si dice que él sabe mejor que tú lo que debes de ver en la tele y lo que no, es porque realmente lo siente así. Por lo que sería menester, en un sistema arcaicamente presidencial como éste, por lo menos un cuestionario precautelar previo:

¿Es usted, o alguna vez ha sido usted, o se ha sentido alguna vez, majestad?

A lo que el narcisista responderá, ineluctablemente:

¿Si me he sentido qué cosa?

(Pues lo de “majestad” lo interpretó como vocativo: vaya y siéntese en ese rincón. Eso se llama shibboleth, y sirve lo mismo para distinguir, a temprana edad, un tipo de letras de uno de ciencias: simplemente pídele pronunciar la palabra unionized).

Pero como no hay cuestionario, y como las personas normalmente no disponen del manual de instrucciones antinarcisista, y en cambio sí demuestran una enorme curiosidad para ver hasta dónde puede llegar la locura ajena, tendrán que soportarle un tiempito más. Diarios caros, adiós Teleamazonas (aquí se huele concurso: veinte de los grandes dicen que yo cierro Globovisión antes que tú Teleamazonas, qué, ¿te apuntas?), fuga de capitales y niños llorones pasando por el Mar Rojo, con el faraón en los talones; un país que se inclina majuestuosamente hacia un lado, como una chimenea de central eléctrico un segundo después de estallarse la dinamita, ese increíble slow motion del derrumbe masivo de una economía que ya no toca el suelo; esa telenovela diaria de un ego mortalmente herido incendiario de una Roma demasiado barriobajero para ya soportarse sus olores, hay algo pintoresco en todo esto, no digan que no, algo fascinante, algo tan alentadoramente humano como un trasero elefantiásico enfundado en una licra, algo digno de mejores poemas.

Thursday, August 20, 2009

De Profundis (1)

He evitado referirme al tema de Honduras, por varias razones bien sencillas. Primero, esto no es un blog político. Miren bien el subtítulo. Las referencias a temas de política se han de tomar en plan “demonios personales”: bastante tengo con los míos propios. En segundo lugar, no conozco el país en cuestión, y entre las pocas referencias que tengo respecto a ese, sin duda, hermoso territorio (el epíteto, tengo de buena fuente que calza al menos para la población femenina) es el nombre, que siempre me pareció extremadamente poético. Honduras, profundidades: tierra profunda, entonces, como una mirada precolombina en un mercado de víveres, o como una sentencia de un antiguo escritor clásico. Honda como esto:

Homo sum, et nihil humanum a me alienum puto

que algunos toman como pretexto para interferir en lo que no les concierne (nihil honduram, &c): siempre hay quien no sabe leer bien. Ante las honduras conviene mantener el equilibrio, poniendo a prueba aquellos sentidos que ni los dignamos con un nombre, pero que nos impiden tambalearnos constantemente.

Que el Zelaya ése sea un pobre desgraciado, sin solvencia ideológica y con un patético afán de agarrarse al poder a como dé lugar, se me antoja demostrable; que los que le echaron para hacerse con el poder sean de la misma calaña, o peores, quizás también. La lección, que el maniqueísmo político y el reduccionismo son pobres consejeros, ojalá se aprenda acá antes de que, por ejemplo, un triunvirato de miserables (pongamos por caso: Alvarito, Lucio y el Espíritu Santo) se hagan con unos cuantos tanques y pretendan, ante las evidentes falencias del gobierno actual y aprovechando alguna fabriciada de aquéllas, instaurar algún remedo de Salvación Nacional, con botas lustradas y clausuras de medios incluidos. Hay muchos remedios que son peores que la enfermedad: casi osaría decir que cualquier remedio, si se sobrepasa en mucho la dosis recomendada. En el caso de los gobiernos, lo recomendado (por los clásicos, por quienquiera con dos dedos de frente) es dosificar el poder, concediéndole al aspirante lo suficiente para que su mujer e hijos se sientan orgullosos de él, y sea un tigre en el catre, y nada más. Nadie, por muy mesiánico que se vista, se merece un trato de Padre de la Nación o de Guardián Sagrado de las Llaves de la Moral Pública. Y por si acaso, nadie, salvo que tenga tutela de menores de edad, tiene el deber de velar por la salubridad de lo que otros ven o leen.

O sea que, ante la duda, a plague o' both your houses! (Digamos en plan revolucionario: ¡una plaga en cada barrio y en cada casa!) Postura con la que mis fieles lectores ambos estarán ya familiarizados.

No considero ajeno a mí nada que sea realmente humano.

Pero tal vez lo humano empieza a verme a mí como bicho raro. Que yo no puto no significa que el otro no pueda putar, o de hecho que no pute.

No sé. Algo ha pasado desde que vine a este país y me sentí durante unos breves meses libre, libre de posesiones (¡imagine!), de religiones, de clases sociales, de países y de toda esa basura. Entonces, mi mundo se reducía a unos recuerdos, no del pasado sino de un presente continuo a otro lado del océano, picante por lo distante; a un balcón (siempre ha habido), a unos jugos, a una mujer, a una bicicleta (no mía, sino vista desde el balcón), a una guitarra arisca y rencorosa, a unas calles agrietadas y llenas de huecos alegres y peligrosos, por lo que había que caminar cabizbajo como monja. A una flota de autobuses destartalados todos conducidos por Stirling Moss. A una sorprendente falta de complicaciones metafísicas y de tabúes seculares.

Ahora empiezo a tener nostalgia de esos tabúes. No puedo evitar de ser complicado.

La otra noche se fue la luz (vivo en Durán) y encendí una vela para acostarme. En el momento de querer apagar la vela, soplé como diez veces, a una distancia mínima de la llama, y no conseguí apagarla. Eso se llama enfisema: no tener ya pulmones. Lo de la vela significa que estoy a pocos meses de morir. Es un milagro que haya seguido con vida hasta ahora: no sé de dónde mi cuerpo todavía saca oxígeno. Por lo que respecta a la muerte, la veo como un merecido descanso. Nunca he tenido mucho apego a la vida: la mía ha sido una miseria por lo general, eso sí, con algún que otro momento de maravillosa claridad por el camino. Me gustaría terminar recordando esos momentos, saboreándolos. Pero veo que terminaré, hasta el último día, luchando para sacar adelante a la familia, para dejarles algo: el último día de mi vida me lo pasaré maldiciendo de nuevo, por alguna nueva razón que cada día las trae, al Municidio de Guayaquil, pues mi lucha hasta estos momentos ha sido contra la estupidez, contra ese ejército de estúpidos.

Aquella noche, conciliado el sueño (para quien no lo haya tenido en alguna vida anterior, el enfisema se revela en un ensanchamiento progresivo del pecho, pues ante la degeneración de los pulmones el cuerpo responde abriendo las costillas, buscando hacerse más grande, por lo tanto uno al acostarse se siente como si tuviera un barril metido en el cuerpo, que se pelea dolorosamente por salir, lo que con la constante sensación de ahogo dificulta el sueño), soñé que estaba recién casado con una chica joven, inocente y fresca, y que la madre de ésta, una señora bigotuda, se empeñaba en vivir en nuestra casa de recién casados. Cuando me iba a acostar con esa chica, en la noche nupcial, la terrible suegra insistió en estar presente, en nuestra misma cama, pues decía que como ella le había dado de comer a su hija todos esos años, tenía derecho a estar presente y a velar para que a su hija no le pasara nada malo. Cuando empezaba a tocar, tímidamente, a esa chica, la madre interrumpió: “No, eso no se lo permito, señor, eso sí que no. Su matrimonio ha de ser incorpóreo.” Y ante mi negativa a cumplir con esa exigencia, la suegra se puso a gritar que necesitaba que yo le trajera una cola de la cocina. Fue cuando me desperté, a tiempo para darme cuenta del significado demasiado evidente del sueño. Y es que el Municidio de Guayaquil, ese ratero de corruptos, no contento con exigir un sinfín de “permisos” con nombres ridículos, y coimas para que las respectivas carpetas “no se pierdan entre los papeles”, hace tiempo nos comunicó que el letrero, en que gastamos $800, no sirve, pues en zona regenerada los letreros han de ser con “letras corpóreas” (a menos que uno se llame Banco de Pichincha o Burger King, evidentemente). El chiste es que para sacar un permiso de letrero, hay que enseñar una fotografía del mismo: evidentemente no colocado en su sitio (no hay permiso para eso todavía), pero sí en taller, con lo cual uno tiene que hacer el letrero y pagarlo antes de saber si hay permiso o no. En este caso no hubo suerte. Hemos vendido el carro para poder seguir comiendo, y de eso ya tampoco queda apenas nada. En ésas estoy.

Claro que cualquiera que se encuentre en las profundidades del sufrimiento, tiene derecho a esperar que aparezca un hada madrina, o un genio en una botella, o un deus ex machina, o un aardvark con pata de palo, o algo por el estilo. En mi caso, generalmente aparecen sicólogas, de aquéllas que escriben con tinta verde, y que creen a pies juntillas en el Feng Shui, en las Flores de Bach, en las soluciones ganar-ganar, en la autoestima, en los sesos de garza, en los derechos sociales, o en las pulseras de cobre para el reumatismo.

Y es que mi mujer insiste en tener la tele puesta cuando se acuesta. (Did you have anything on? - I had the radio on.)

Así que, en medio de un programa de esos en que siempre sale un tipo rollizo medio amariconado con pelo de graduado en antropología, o una tipa con nalgas postizas que cada cinco segundos apuntan hacia el oeste (hay dos vedettes de ésas, una flaca y otra primorosa, y creo que comparten las mismas nalgas, sólo que la más gordita cuando llega su turno las coloca al revés, estilo “llevo cuatro meses flotando en una estación espacial, y qué”), o un enorme cantante bobo que ama la naturaleza, sale una sicóloga aniñada que a todo contesta que eso también es muy importante. El tema, por lo visto, era “la mentira”. Ajá.

“Pues yo…”

“¡Mentira!”

“…creo…”

“¡Mentira!”

“… que no deberíamos…”

“¡Mentira!”

“…juzgar…”

“¡MENTIRA!”

“.. de forma…”

“¡Cuánta mentira!”

“…apresurada…”

“¡Mentiroso!”

“… lo que el otro intenta comunicar…”

“¡Y no para de mentir!”

(Seguro que también has tenido conversaciones así.)

“… mediante tamaño alarde de inocente mitomanía.”

Es decir, no odio la mentira, por lo menos desde que me leí el Quixote. Me parece exagerado odiar algo tan inofensivo y tan entrañable como la simple mentira, que por lo general no es más que simple protocolo de poligamia (men+tira, somos así) escoltado de cobardes y bonachonas intenciones, botellas de cerveza medio vacías y flores baudelairianas. Lo que sí se me da a veces por odiar es esa confusión tan latina entre mentira, locuaz ignorancia e inocencia, esa exigencia pedante de que el otro diga siempre “la verdad” aunque nada sepa de ella, como si toda palabra no encerrara su verdad así sea por via negationis. Esa actitud tan de barbero, que tarde o temprano deriva en autodafé de Amadises y Palmerines, creo que lo lleváis arrastrando desde los tiempos romanos, y todo viene de ese rencor tan imperial por parte de las legiones del César por no haber sido ellos los que descubrieron el cero. Como dicen los catalanes, Elis Elis. Relájense y disfruten de la ficción, que para eso está.

Los odiadores de la mentira, ¿serán simples cojudos que han vuelto a creer lo mismo cuando ya cantaba? Como dijo el sabio G.W.Bush: fool me once - shame on you. Fool me twice – hey guys, was that an awesome drive or what?

Actualmente, la obsesión de los ecuatorianos por el polígrafo se ha vuelto hilarante.

Wednesday, August 19, 2009

El cuco

A este entrañable personaje lo mencioné hace días. Ahora, ¡zas! otra vez el lobo.

Según este autor, "El principal factor para la descomposición económica en el gobierno de Allende fue la ahora muy conocida estrategia capitalista: la huelga de inversiones." Sigue una explicación de lo que quiere decir huelga de inversiones en lenguaje seudomarxista:

Como explicaba en un post anterior, esta es una arma particularmente formidable porque no requiere poner en marcha ningún plan o coordinación previa, solo se ponen en marcha automáticamente si llega al poder un gobierno considerado poco amistosos hacia los “intereses empresariales”.

"Se ponen en marcha automáticamente..." ¿qué o quiénes? Me falta ver el sustantivo plural que pueda servir como sujeto implícito aquí, a menos que sea el plan junto con la coordinación previa los que se ponen en marcha, a la vez que no son requeridos para nada. Creo que aquí hay una notable confusión de ideas, pues parece dar a entender que la huida de capitales sucede como resultado de las decisiones más o menos simultáneas de una serie de individuos que actúan según sus propios intereses, o en todo caso según los intereses de su propia empresa, sin "ningún plan" ni "coordinación previa", pero que de algún modo de esta serie de decisiones individuales carentes de ningún tipo de organización se puede sacar (algunos párrafos más abajo) una "jugada capitalista", una "confabulada fórmula de los dueños del poder", y para más inri, una "huelga".

¿Pedante el que objeta que una serie de decisiones individuales, que siguen el mejor y más sabio criterio disponible para cualquier individuo, es decir, el interés egoista, no puede transformarse por arte de magia en confabulación, o en todo caso para practicar tal magia es mejor tapar los resortes (no decir tan en voz alta eso de que no hay plan ni organización previa, dejar soñar)?, o tal vez no tan pedante, en vistas de que el mismo cuco anda hoy en día tan campante, con sus prensas corruptas manejadas desde Washington, o desde Bogotá, y cuyos largos y esqueléticos dedos llegan hasta a este teclado (a la vista está).

¿Por favor, una gota, tan sólo una gota de sentido común?

Tuesday, August 18, 2009

“Lying in the corner of an overgrown garden…”

Mi hermana menor, la de los salarios de epopeya, a quien nunca conocí demasiado bien, una vez dijo: “como Directora de Recursos Humanos tuve que entrevistar a mucha gente. Te sorprendería saber cuántas personas-basura (rubbish people) hay por el mundo.”

Entré hace algunos años en una papelería. Pedí siete fotocopias. Al final, la vendedora me informó que las copias estaban a diez pesetas la unidad. A continuación, imperturbablemente ufana, cogió una calculadora para multiplicar siete por diez y así saber cuánto me tenía que cobrar. (Pasó en España.) Supongo que a eso se refería mi hermana con lo de las personas-basura. Para ella, licenciada en matemáticas, ser una persona-basura es tener que usar calculadora para realizar una multiplicación por diez.

¿Seré persona-basura, o recurso humano aprovechable? Esto

x = 7 * 10

está a mi alcance, sin tecnología, pero esto

x = (347.8 * 28.3) – 17.9

aun después de tantos años de programador, me inspira una especie de pereza mental, o rechazo instintivo, más o menos del mismo tipo que uno siente al tener que meterse debajo de la cama para rescatar la pelota de su hijo: sabe que puede, pero primero busca a ver si hay una escoba o algo para no tener que gastar tanto esfuerzo. Para mi hermana, usar calculadora para esto sería como usar cuchillo y tenedor para comerse una barrita de chocolate Nestlé.

Cuando uno es joven, se trata de músculos atrofiados que siempre están a tiempo de rescatar y poner en forma. Los músculos relevantes se encuentran en determinada parte del cerebro, que en mi caso, por falta de espacio (soy muy limitado) he ido llenando de trastos viejos: cuando quiero sacar la solución para unas ecuaciones simultáneas, me sale en su lugar un monopatín con una rueda de menos. A mi edad, difícilmente se puede hablar de rescatar cualquier músculo. Hay que aprender a aprovechar mejor aquellos que tiene, eso es todo.

Hace poco me dijeron que la solución para todo en general, hasta para la eyaculación precoz y los conflictos bélicos, estaba en la aritmética matricial.

Para mi hermana, las matrices son como tubos de colores para el pintor: uno las mezcla ya sabiendo por instinto qué es lo que va a sacar.

Para mí, el hecho de que con apenas 16 valorcitos, así:

cos(a) 0 sin(a) 0
0 1 0 0
-sin(a) 0 cos(a) 0
0 0 0 1

se puede hacer girar como bailarina de ballet en caja musical a toda una figura femenina de 61,000 vértices (le faltará hemoglobina, pero sus vértices, de vértigo) me parece simplemente vudú, y desde luego mucho más mágico que esos Merchandiziamus! del bueno de Harry Potter. Por eso fue que el otro día, cuando fui a entrevistarme con un tal Pitágoras, a ver si me ofrecía el puesto de ser humano, me miró severamente por encima de las hipotenusas de sus triangulares lentes, y dijo con voz sepulcral:

- Persona-basura.

Pues en su inmensa sabiduría se había percatado de que en mí todavía mandan más los hemisferios clonados que los triángulos, a pesar de que éstos, por común acuerdo entre Euclides y Dixon And The Masons, rigen nuestro universo.

Poco a poco, a lo largo de los años, me he visto arrinconado en la posición de defender a mis hermanos basura, triangularmente ineptos todos, y obligado a hacer las paces con mi propio vertedero. Aunque éste esté lleno de detestables gusanos, que dirigen bancos, explotan a niños, colaboran con la CIA, usan fijador para el pelo, o tienen opiniones sin verificar. La pureza de la basura circundante se puede ver comprometida con tal fauna, pero yo sigo siendo yo.

“Y a veces en la basura hay cosas” (Robin Williams, sacando de un abrazacorchos de champán una silla Louis Seize).

Friday, August 14, 2009

Comités de Defensa de la Estupidez

No es por nada, pero yo fui votado por dos años consecutivos el profesor más feo de la Unidad Educativa Las y Los Pequeñas y Pequeños Ornitorrincos y Ornitorrincas del Saber, así que bien puedo afirmar que mi autoridad en estas materias ha sido avalada en las urnas. Y cuando digo “en estas materias”, es obvio que me refiero a cualquier materia, sea o no de mi incumbencia, pues ya ha sido suficientemente establecido el principio según el cual una persona que haya tenido votación preferencial en cualquier tipo de elecciones, digamos por ejemplo, como asambleísta para redactar una constitución, a partir de ese momento goza de un poder absoluto, que no tiene por qué limitarse a las atribuciones propias del cargo en cuestión, sino que puede abarcar hasta (por ejemplo) la redacción de “mandatos” de obligatorio cumplimiento por parte del resto de la población. Y desde luego, tiene toda la razón nuestro Presidente al afirmar que quien no haya ganado nunca una elección debería de abstenerse de opinar públicamente sobre ningún tema, pues es obvio que quien no haya sido elegido, como mínimo, asambleísta, harto favor se le hace al categorizarlo como simple ser humano. Al seguir este sabio criterio, para empezar nos ahorraríamos mucho gasto en materia electoral, pues es evidente que, siendo el derecho de opinar atribución exclusiva de los que están en el poder, no sería apenas necesario seguir con esa misma aburrida rutina de las elecciones, la cual requiere la posibilidad de airear ideas y opiniones que difieran cobarde y traicioneramente de la línea oficial de los Más Votados. De modo que el país, por el simple trámite de abolir las elecciones y decretar a Su Majestad Rafael I Gran Jefe en perpetuidad de todo lo habido y por haber, se ahorraría una cantidad ingente de plata, que como es lógico se dedicaría a obras de bienestar social, por ejemplo, viajes a Nicaragua para ministros, nuevos aviones presidenciales, cadenas gubernamentales televisivas de mayor duración, o incrementos salariales para los trabajadores de El Telégrafo, algunos de los cuales últimamente, por razones ignotas, se han visto en la necesidad de realizar el trabajo de dos personas.

Sin embargo, y pese a que no pertenezco al círculo rosado del poder, sí me creo con derecho de opinar sobre algún que otro tema, humildemente desde luego, pues como voy diciendo, gané unas elecciones hace un par de años.

En esta línea, y como muestra de lealtad hacia nuestro Caudillo, propongo la creación, en cada barrio y en cada casa, de Comités Revolucionarios de Defensa de la Estupidez.

Estos organismos serían los encargados de asegurarse de que las inspiraciones y las sagradas palabras de nuestro Gran Líder tengan la amplia difusión que se merecen, aun más allá de la influencia del televisor, hasta hoy fiel aliado del glorioso Régimen. Nuestra primera tarea sería velar por que los sabios dichos y valiosas perlas del Gran Hermano de los ecuatorianos, convenientemente recopilados en un libro tamaño bolsillo (el Pequeño Libro Verde de Rafael) estuvieran en todas las casas del barrio, en toda mesilla de noche, y en toda guantera de carro. De tal guisa que, faltándole a uno la necesaria inspiración o habilidad dialéctica para rebatir los argumentos del opositor, de ese traicionero espía de Uribe que hay en cada barrio, uno podría simplemente sacar el libro y así proveerse de argumentos tan lapidarios como irrebatibles, como “¡gordita horrorosa!” o “¡pitufo!” o “¡bestia salvaje!”, adecuados para iniciar al otro en el camino de la recta conducta. Claro que habrá casos en que ese tipo de sabia amonestación caerá en saco roto: como bien dijo hace algunos siglos Santo Domingo de Guzmán, en trance similar frente a los albigenses, a veces donde falla una oración, lo más indicado es un palo grande y ancho; lo cual, en nuestras circunstancias, se podría traducir en un bate de béisbol o un machete, a falta de otros armamentos que con el tiempo y la necesaria organización seguramente nos irán suministrando. La cuestión es evitar, de cualquier manera, que se extiendan en los barrios y en las casas, actitudes y comportamientos poco revolucionarios.

Como muestra y ejemplo de lo que tenemos que combatir, el otro día yo estaba conversando con un vecino sobre los perros. Después de que yo le felicité sobre la elección de la raza de su mascota (hace tiempo se demostró que los Rottweiler y los Pit Bull son agentes de Uribe; mi vecino lucía, en cambio, un revolucionario Fox Terrier), ese hombre se expresó en los siguientes términos:

“Ya, pero si ese Correa llega un día a pisarle la caca, dirá que esa caca la puso ahí la CIA y la prensa para desestabilizar el régimen, tenlo por seguro.”

Lo que me chocó, más que la actitud poco respetuosa de ese vil sujeto frente a la majestad presidencial, fue esa sugerencia de que el Presidente de Todos los Ecuatorianos pudiera decir algo que no fuera la pura verdad. Así que le contesté:

“Idiota, ¿todavía no te has enterado de que los yanquis y la prensa corrupta cada día por la madrugada sacan a sus agentes a la calle para colocar mierda en los caminos donde sus espías les dicen que va a pasar el Presidente? Pero no hace falta ir tan lejos. Mira esas goteras que tengo en mi techo. Mira esos baches que hay en la carretera. Mira ese montón de basura sin recoger que hay en la esquina. Todo eso es responsabilidad directa de la prensa corrupta. Mira esa anciana que vive allá al fondo, que no para de toser. Ella se enfermó por escuchar a Jorge Ortiz. Mira esa niña que va por ahí descalza, con los pies cubiertos de rasguños. Son los grandes intereses capitalistas que la tienen así. Mira ese acné que tiene en la cara tu hijo. La culpa de ese acné la tiene Emilio Palacio, Bill Gates, el Bush ése, y por supuesto Álvaro Uribe. Ya es hora de que te enteres, hermano. Hay enemigos por todas partes, y el Presidente Correa es el único que nos puede salvar de ellos.”

El vecino se me quedó mirando un buen rato, como fascinado. Al final dijo: “Ésas son estupideces, ¿verdad?”

“Claro que sí,” le contesté, halagado. “Exactamente, hermano. Eso es lo que se llama ser revolucionario. Hay que superar esas viejas esquemas del neoliberalismo, como por ejemplo eso de que la competencia es buena, cuando todos sabemos que lo bueno es colaborar. Por eso, nuestro líder ahora nos propone colaborar con los colombianos declarándoles la guerra, ya que evidentemente la mejor manera de colaborar con alguien es matándolo. Por eso hemos creado este Comité, para que todos colaboremos espiándonos los unos a los otros, insultándonos mutuamente, linchándonos si hace falta, para así olvidarnos de que no tenemos nada. A propósito, el otro día alguien me dijo que usted había comprado una nueva refrigeradora. ¿Es cierto eso?”

El pobre tuvo que reconocer que sí, era cierto.

“Pues mal hecho, amigo. En primer lugar, no hay refrigeradoras hechas en este país que yo sepa. Usted es entonces culpable de comprar un producto no ecuatoriano. Número uno. Número dos. Usted es pobre, y los pobres no tenemos derecho a poseer nada que termine en –dora. Así que también, muy mal hecho. Tercero. Las refrigeradoras contaminan el medio ambiente y destruyen la capa de hosoño. Cuarto. La Constitución dice que hay que vivir en el sumak kawsay, o sea, hablando en cristiano, en la puta miseria, siendo ésta la tradición más antigua y noble de la gran masa de nuestra población, tradición que usted ahora está vulnerando cobardemente al intentar progresar en el plano material. Quinto y sexto. Seguramente usted pensaba disfrutar en solitario de esa refrigeradora, utilizándola únicamente para guardar su propia comida, ¿no es cierto?”

“Sí…” llegó a balbucear. “Es que yo llevo meses levantándome a las cinco para salir a trabajar y así ganarme algo para ahorrar y comprarme esa refrigeradora. Ustedes, mientras tanto, dormían plácidamente…”

“No importa,” le espeté furioso, “Esa refrigeradora es y será de todos, de toda nuestra comunidad. Basta de egoísmo capitalista y de actitudes neoliberales. Dime, ¿qué pensaba guardar en esa refrigeradora?”

“Pues… mi mujer pensaba hacer helados y venderlos…”

“¿A qué precio?”

“Pensábamos en quince centavos por helado.”

“Pues muy mal, muy mal. Usted tiene que venderlos al precio revolucionario de dos centavos por unidad, según decreto del mismo Presidente. Cualquier otra cosa sería extorsión capitalista. Y ¿qué mano de obra pensabas explotar inmisericordemente en la elaboración de dichos helados?”

“Mi mujer los hace muy ricos. No necesitamos a nadie más.”

“Así que explotación familiar. Es evidente que en su casa falta un Comité Revolucionario. Eso se puede arreglar. A partir de ahora, yo me mudaré a su casa y me alojaré en su cocina. Hasta que vea que su actitud frente a la Revolución Ciudadana haya mejorado. No, no hace falta que me dé las gracias. Cualquier sacrificio es bueno para la causa de la Revolución. Téngame listo a las dos y media un arroz con menestra. Y dos helados, que traeré a un amigo. Buenos días.”

Y con eso me marché, feliz de haber colaborado con la gran causa de la defensa de la estupidez. Seguro que si todos actuáramos de esa manera tan consciente, nuestro país sería otro.

Saturday, August 8, 2009

Hazlo tú mismo

Si lo sabré yo, que poner "un negocio" es difícil. Desde que puse éste,

hemos vendido el carro (el reemplazo, un San Remo de la edad de mi esposa, sustituye el aburrido utilitarismo japonés del otro con un despliegue de latinidad, que va desde la boya del combustible, que no funciona, hasta el velocímetro, que tampoco, hasta las puertas, que no se pueden cerrar, hasta la caja de cambios, que rechaza la segunda, hasta la tapicería, que parece haber servido para transportar chanchos al matadero, hasta las manillas elevalunas, que a uno se le quedan en la mano, hasta la dirección, que tiene marcado sesgo izquierdista. A mi esposa no le gusta nada, pero un carro así se encomienda a mi perversidad característica, pues cuando en Roma, hay que conducir como los italianos, y es lo que me faltaba, experimentar en primera persona tanta latinidad chatarrera; además, da una sensación de poder en la carretera no tener que preocuparse por los choques, pues este carro si se choca seguramente queda con mejor aspecto que antes, al igual que el conductor. Así que apártese usted.)

hemos discutido (cosa habitual en los matrimonios. En mi caso, tales discusiones me resultan saludables, pues obligan a enfrentarse a cosas como la muerte solitaria (ya quedó claro que ella se queda con la casa, con el negocio y con todo; a pesar de todo, soy caballero); cada uno verá la muerte como quiere, tendrá su propia relación con ella, así que no voy a generalizar, sólo decir que en mi caso verla de cerca, digamos, a una distancia de días, o de horas, o como mucho de semanas, me trae a la mente dos cosas; primero, que mi deber en la vida no era trabajar, tampoco dar de comer a la familia (un momento de reflexión me convence que sin mí, mi esposa podría hacer todo eso seguramente mucho mejor que yo), tampoco era programar bases de datos, tampoco disfrutar, sino simplemente plasmar una particularidad. Me explico. El instinto de supervivencia no es otra cosa que el afán de autoreproducción programado en el gen, sin el cual no existiríamos; en mi caso, los genes que llevo son de muy mala calidad, pero eso no importa: el quid está en que como subproducto de la reproducción sexual, de las leyes evolutivas y de la incertidumbre heisenbergiana está (a la vista) esta maravillosa diversidad que hace que todo valga la pena a nivel personal: es decir, el hecho de que el universo de cada uno es distinto del de los demás. Esa progresiva simplificación de la personalidad que cada persona sufre a lo largo de los años, en parte obedece (de modo seguramente inconsciente) a ese mismo criterio: como seres vivos, nos esforzamos en no parecernos demasiado a los demás, descartando las semblanzas y favoreciendo la idiosincrasia, pues solamente así podemos garantizar no ser un simple clon de otro ser vivo, un ente prescindible, una redundancia andante. Hasta que, a estas alturas o bajezas (la última palabra me parece más descriptiva del síndrome de la mediana edad que ya se despide; "maleza", tal vez mejor todavía) por fin tenemos claro qué es lo que nos hace únicos. En mi caso, el problema no es el saberlo, sino el plasmarlo, y eso porque mi particular conjunto de perversiones difícilmente admite de un tratamiento literario de alto vuelo. Si tuviera tiempo, me inclinaría hacia la poesía formal simbolista (antes lo hacía) pero falta tiempo, falta tiempo. Además adolezco de cierta dosis de gandulería. Lo segundo que me hacer recordar ese pana tan del alma que es la muerte para mí: las carreteras hacia ninguna parte que atraviesan el finito campo, el sudor que a uno se le cae en los ojos al champear las paredes de la casa en medio de la maleza sumergida de invierno y de los amigos mosquitos, los momentos de sicotropia debajo de setos vivos al faltarle a uno la comida, todo aquello que intentaron plasmar los Beat, fallando principalmente en la trama argumental y en las distancias afectadas que tomaron respecto a nuestros primos carnívoros.)

hemos puesto la casa en venta...

"y etcétera": hay escualideces que no vienen al caso (the Girl With Colitis goes by). Hace meses me decían: cuidado no explotes a tus empleados, haciéndote empresaurio. Como todo saurio sabe, primero hay que comer. Ojalá tuviera ingresos de donde sacar plusvalía marxista, de donde egoistamente robar. Ojalá tuviera la opción de ser desalmado, para descubrir si lo soy o no lo soy. Ojalá tuviera clientes. Ojalá algo me funcionara en la vida. Ser egoista se me antoja un lujo inalcanzable en estas malezas.

Antes sólo lo sospechaba, ahora lo sé en carne propia: ser un mandado es fácil. Ser víctima (de otro, no de uno mismo) es fácil. Ser empleado es fácil. (Desempleado también, con un poco de práctica y un poco de maña. He conocido a desempleados profesionales que viven magníficamente: alguno hasta tiene hamaca y bebe Pilsener.) Tener reglas y leyes es fácil. Anoche, se nos acabó el gas y voy a comprar, en el susodicho jalopy: el vendedor me dice que no me puede vender, pues el Gobierno (bendito sea su nombre) recientemente ha prohibido que se venda gas a personas que se desplacen en automóvil. ¿Ven qué fácil? Ahora, como vivimos en la maleza y no estoy para trotes en bicicleta (que tampoco tenemos), no podemos cocinar con gas, pero bien mirado, eso no deja de ser una nueva facilidad que se nos ofrece, de parte del Gobierno (alabado sea su nombre) pues significa que ahora en vez de cocinar, mi esposa puede dedicarse a tareas más amenas, como leer el Telégrafo, cultivar bonsais, o intentar colgar bolitas de ají en sus orejas (los ladrones ya se llevaron todos sus aretes). En fin, lo más difícil del mundo es poner una empresa que funcione, y peor todavía, que funcione tan bien como para permitir la desalmada explotación de los trabajadores (es decir, que permita que uno hasta tenga empleados y todo). Lo normal, supongo, cuando uno intenta poner algo así, es que vaya directamente a la mierda (Do not pass Go. Do not collect $200.) pero no sin antes proporcionar una valiosa lección al empresario, que en mi caso habrá ejercido de secretario, contable, cartero, abogado, publicista, diseñador, programador, concerje, profesor, director, negociador, electricista, chófer, auxiliar de limpieza, cocinero, entre otras atribuciones pasajeras de las que prefiero no acordarme. Quiero decir que lo único que no he hecho para que prospere este negocio, es colocarme sombrero de copa. Es decir, ser "empresario" según la acepción digamos que popular. Y eso, porque lo popular apesta.

De ahí, que mucha gente, hasta algún que otro comentarista, prefiera que otros lo hagan. De ahí que cuando, después de lo que parece meses que no he podido ni escribir ni leer nada en línea, me acerco a los blogs, veo que dichos comentaristas, clonándose frenéticamente a sí mismos, no se han mudado ni un centímetro de esa gilipollez de la dimensión social de los medios de comunicación, es decir, del deber de esos medios de hacer por mí lo que no tengo la real gana de hacer yo mismo: informarme, contrastar, destilar alguna verdad servicial de la maraña de subjetividades, omisiones y partis pris que encontraré, sempiterna y forzosamente, en el discurso ajeno. Y que, además, dale que dale al cuco de los poderes fácticos, de la banca, de los intereses económicos y la larga noche neo. Veamos:

"A partir de ahora los banqueros no podrán ser dueños de medios. Tendrán que decidir a qué nomás se quieren dedicar." (El Gobierno (alabados sean sus hijos, sus nietos y casi todos sus hermanos))
"Defendemos la propiedad privada" (La Constitución olvidada, que ahora asume con dignidad su papel de resignada cachuda ante los flirteos de su marido con el neototalitarismo privador de gas doméstico)

Se me ocurre:

“Está prohibido que un vendedor de dentífricos sea también dueño de una camioneta roja.”
“Está prohibido que un taxista sea también dueño de una muela podrida.”
“Está prohibido que un turista escocés sea dueño de unos prismáticos más nuevos que los míos.”
“Está prohibido que una profesora de universidad sea dueña de un grueso jersei de lana”

"Todos ellos tendrán que decidir a qué nomás se quieren dedicar."

El Gobierno (canturreado sea su excelso nombre) está en ello, no se preocupen.

El poeta, que ya murió, lo decía a menudo: “si ellos fueran obedecidos, no lo sobrevivirían.”

Faltaba más, pero se me acaba el tiempo. Que el Zelaya sea un miserable, concedido: que lo que le reemplaza ha sido peor, evidente (creo, a estas alturas). La importancia del elemento cherchez-le-narco, discutible: la falta de frontalidad del Gobierno (alabado sea su calientacuellos rojo) y su mendacidad al respecto, demostrados. A mí, simplemente, que no me callen quienes, a diferencia de mi pana muerte y mi enemigo trabajo, no tienen atribuciones para ello. Lo demás, últimamente, como quien oye llover. Tengo que concentrarme en lo mío.