Wednesday, October 28, 2009

Reinos de Taifas





Como perdedor nato, siempre me han interesado los idiomas de los perdedores. Muchas veces, conocer su idioma te da la sensación de conocer al perdedor en persona. Cuando vivía en Gales, por ejemplo, me puse a estudiar galés, por lo menos lo suficiente para saber que una mutación nasal no era solamente algo que le pasaba a Pinocho; allí fue que me enteré de que el celta de cepa no tenía un verbo equivalente a tener, pues la posesión en esos idiomas se ve forzada a insinuarse mediante una circunlocución tipo “hay una casa conmigo” (mae ty gen i, o mae gen i dy), lo cual deja poca cabida para precisiones tipo “conmigo, pero no mía”, frase que resume por otra parte una sensación muchas veces experimentada por mí en esa época: digamos que no pude, hasta mucho más tarde, hacer el salto intercultural y empezar a sentir en galés. Algo parecido me pasó con el árabe, que me irritaba constantemente por su determinación de prescindir del verbo ser; y qué decir del catalán, idioma que conocí más o menos por la misma época en que algunas de las que estaban conmigo empezaron, a contrapelo tal vez, a ser mías: con toda la buena voluntad del mundo, no podía con ese t’estimo con que el catalán se revela a su amada: ¿te estimo? Lo único que se me ocurría a modo de analogía era ese I rate ya de andar por casa, muy británico (aproximadamente: “te taso”, o “te avalúo”), elemento del trainspotterese de mis conciudadanos norteños tirados a románticos en pleno auge thatcheriano: hay que decirlo con lentes de National Health, flequillo de masturbador y cara de pasmado, si no, no vale. Por ello, por mis experiencias catalanas y mi vergonzosa tendencia por decantar hacia lo xarnego registrable en esa época, me interesó la columna de Leonardo Valencia en El Universo de ayer, a pesar de la vergüenza que sentí al no reconocer siquiera algunos de los nombres de escritores catalanes que él tiene por familiares. Como todos saben, Cataluña es “el único país” (lo dudo, pero se precia de serlo y lo predica a los cuatro vientos, Tramontana incluida) que celebra como día nacional “una derrota”. Es decir, se me asemeja en eso de aferrarse a la pérdida como raíz y señal de identidad; donde yo siempre discrepaba con mis conocidos catalanistas, sin embargo, era en esa mentalidad retaguardista, esa atrincherada defensa a ultranza del atribulado fet diferencial. Y veo que Valencia está conmigo en eso:

“…se está abriendo espacio – gracias a los inmigrantes de todos los países y a nuevas generaciones de catalanes – una posibilidad de vida mucho más creativa, independiente, que hace contrapeso a la institucionalización corrupta y poco innovadora y a las aberraciones en la convivencia social.”

En Cataluña se comprueba lo muchas veces observado por Marx, constatable también en la actualidad ecuatoriana, que el nacionalismo (léase en registro local: patriotismo) es vicio predilecto de la pequeñoburguesía: una especie de sensación de angustiosa vulnerabilidad frente a los grandes y feroces competidores de ultramar (o de ultramontaña), el cual busca refugio en el misticismo soñador de la patria chica y el Small Is Beautiful schumacheriano en lugar de asumir el reto de la competencia o del combate cara a cara. Es el temor a perder por parte de perdedores empedernidos que rehúyen del implacable espejo.

Mi último día en ese país lo pasé felizmente junto a Santa Jacinta (nhrn), amiga colombiana tortillera oriunda de Barrancabermeja que, en los meses previos, me había hecho partícipe de esa “posibilidad de vida mucho más creativa”, en persona de su amiga fotógrafa profesional de platos de comida, otra amiga payasa (también profesional) y modelo para pintores, otra escultora especializada en reproducciones de aparatos genitales humanos, y un corto etcétera de imposibles personalidades, casi todas ellas emigrantes de distintos países sudamericanos , simpapeles y con sede precaria en la metrópolis. Recuerdo como si fuera ayer esa velada en la plaza de la Chimenea (Terrassa, mi ciudad de residencia, está llena de antiguas chimeneas de fábricas demolidas: las chimeneas se conservan como vacas sagradas, y la que tenía cerca de casa estaba permanentemente adornada de luces, amén de una escalera de caracol, que entre sí conseguían dar el efecto de un falo gigantesco debidamente recubierto de látex en colores festivos y placenteramente estriado) donde, tras una visita al supermercado colindante, nos pusimos a escuchar jazz y blues al fresco y en directo, mientras consumíamos con avidez algún licor empalagoso de reciente hallazgo. Cerquita, en los árboles, estaban esos bulliciosos pericos provenientes de Argentina que recién habían empezado a corromper la pureza de la avifauna barcelonense; más lejos, a unos diez minutos caminando, en una misma arteria estaban las residencias de una y otra ex, las dos con desafiante apellido ibérico y objeto de diferente especie de nostalgia; todas esas calles circundantes, por tanto, impregnadas de esa mezcla de frustración, deseo y oscuro miedo que resume todo ese veranillo de San Martín de cuarentón que había vivido allí.

Yo, como el idioma catalán, como la sardana, era (soy) destinado, por inservible, a desaparecer pronto: hecho que, según algún autor de venerable recuerdo, “concentra maravillosamente la mente”. Lo mismo se puede decir de todos nosotros, de toda nuestra especie y nuestro efímero folklore planetario: pero hay quien prefiere mirar por el otro lado, imaginarse un futuro e instalar allí toda su mueblería. Hay quien también pierde preciosos segundos maldiciendo o poniendo en entredicho a la causa de su muerte. Esos sudacas que conocía en aquella época, no. Esos pericos, tampoco. Y precisamente por no mirar más allá de ese día que terminaba, por silbarle en la cara a ese monstruoso y devorador enemigo que responde por El Tiempo pero acepta gentilmente todo tipo de sobrenombres, quedaron hasta el final concentrados, con la extraña pureza y robustez que viene de la mezcolanza creativa que los americanos de otra generación decían (con cara de limón) miscegenation. La creatividad, según Koestler, estriba en la yuxtaposición de lo nunca yuxtapuesto: coloca juntos a un inglés, una colombiana, una uruguaya, un argentino y un catalán, y ya la tienes – suponiendo que todos ellos quieren jugar. Lo criticable, y criticado por Valencia, tal como le entiendo, es ese yo no juego con que el catalán independentista propone conservar lo suyo libre de toda impureza y de todo peligro.

Hace años yo decía: el cristianismo es liposoluble, el islam hidrosoluble. El cristiano puede seguir siéndolo hasta encontrarse con un pozo de petróleo, en cuyo momento ya de sopetón deja de importarle lo que haría Jesús y sólo importa lo que hará él con los beneficios. De igual manera, al musulmán histórico una fuente de agua pura le hipnotiza tanto como para que se le olvide por dónde cae la Meca. Es una de tantas lecciones que nos deja la historia de la Reconquista ibérica, pues al igual que en el día de hoy, lo que quieren todos esos revolucionarios soñadores de nuevas sociedades no es solamente el poder sino la uniformidad: el enemigo del Cid no era tanto el moro devoto, el infiel por convicción, sino el moro tolerante, el que permitía que floreciese en sus Reinos de Taifas una sociedad insultantemente promiscua y liberal, con comunidades judías, cristianas e islámicas que vivían en relativa armonía, y que alcanzaban prodigiosas hazañas artísticas y poéticas fruto de la convivencia fértil y catalizadora. Tanto era así que antes del fin del fin, de la caída de Granada, nada menos que dos oleadas de ortodoxos evangelizadores provenientes del Magreb habían sucumbido cómicamente ante los encantos de las cristalinas fuentes de Al-Andalus: los almorávides y los almohades, estos segundos permisiblemente retratables en lujuriosa reclinación sobre sus almohadas (de insondables ojos negros), meditando la carta de dimisión que tarde o temprano tendrían que enviar a H.Q. en respuesta a la sempiterna petición de resultados medibles. Sus reinos de Taifas, desprovistos de la sobriedad y de la disciplina provenientes de aquella Verdad Única de borroso recuerdo, presa fácil (aunque no siempre) para las hordas de la cruz y de la intolerancia. Como unos fuegos artificiales, condenados a quemarse, pero no por eso menos brillantes y menos impetuosos.

Y ya en esta época de la vejez, cada uno llevamos nuestro propio reino de Taifas dentro, en forma de recuerdos. (Mi cama las duras peñas, mi dormir siempre es velar, mis vestidos son pesares que no se pueden rasgar.)

Tuesday, October 27, 2009

El ingenioso Plan, usw



“I have a cunning plan”
(Blackadder, passim)

Ecuador es un país pobre, pero rico en valores. Por lo menos es lo que trasciende cuando uno se pone a buscar colegio para algún retoño o retoñastro: cada colegio privado invariablemente promete una completísima “educación en valores”, y algunos hasta especifican cuáles son aquellos valores que a ellos más les interesan (amén de los derivados de las pensiones, claro). De tal manera que los papás pueden escoger con inteligencia y criterio y diseñar su descendencia a medida:

Papá: Mira, aquí en los Ornitorrincos Del Saber forman al niño en valores cívicos. ¿Qué te parece, te gustaría tener un hijo cívico?

Mamá: bueno, pero acá en los Piojitos de Cristo ofrecen valores cristianos. ¿No te parece mejor eso?

Papá: no sé, un niño curuchupa no me parece tan buena idea. ¿Qué tal si quedamos en un 30% de valores cristianos y un 70% de valores cívicos? Mira, acá en La Unidad Educativa EcoColón ofrecen valores como aseo, disciplina, iniciativa y conciencia ecológica.

Mamá: Iniciativa, eso ya no está de moda. Mejor le formamos en solidaridad. ¿No te gustaría que tu hijo sea solidario?

Papá: bueno, pues pongámosle un 18% de cristiano, un 60% de civismo y el resto lo llenamos con solidaridad. ¿Qué tal la Escuela Naval Cristiana Ecológica Bilingüe Charlas Dagüin?

Mamá: Y que sepa tocar el violoncelo.

Lastimosamente, por razones difíciles de aclarar, la mayoría de los graduados de esos centros de programación humana conductista en lugar de salir como ingeniosos híbridos de Albert Schweitzer, Mahatma Gandhi, Bill Gates, Johnny Appleseed y Teresa de Calcutta, salen copiones, relajosos, alegres, falderos, chismosos y vagos, es decir, salen más o menos como sus papás, o en el mejor y más alentador de los casos, como proyectos en construcción de ellos mismos. Por lo cual, queda demostrado que hasta en el aventajado caso de disponer de un ser humano “en edad formativa” durante nada menos que diez años, por siete horas diarias, dedicándole las atenciones de una batería de expertos en “formación”, y bombardeándolo constantemente de valores ionizados, los resultados muy poco tienen que ver con los eslóganes publicitarios.

De lo que se podría concluir que igual que en otros ámbitos, las atribuciones publicitarias de los colegios se tendrían que interpretar como un código susceptible de traducción:

“ Valores Cristianos” = “Creemos que la incidencia de embarazos en quinto y sexto se podrá reducir haciendo que las niñas lleven un uniforme todavía más ridículo que el del año pasado.”

“Entre nuestros valores destaca el aseo y la pulcritud” = “Tenemos un baño por 300 alumnos. Por favor, lávenle al angelito antes de traerlo aquí.”

Otra conclusión sería simplemente que los seres humanos somos un caso perdido. No somos tan maleables como parecemos. En especial, cuando se trata de cambiarnos para mejor. Si alguna vez hubo una sociedad modelo, con ciudadanos tolerantes, solidarios, igualitarios, rebosantes de no violencia y de no discriminación y de no libertad, rebosantes de valores, en fin, ésa fue la Yugoslavia de Tito: ¿qué pasó después? ¿Se acuerdan? Crear sociedades modelo no significa cambiar a las personas, sino simplemente tapar sus válvulas de escape y esperar la explosión. Siempre lo he dicho, y pace BF Skinner: si intentas cambiar el mundo mediante acondicionamiento operativo, lo que tendrás al final no es una gloriosa sociedad nueva, sino un montón de ratas apoyándose en barras.

Y hablando de periodistas…

Ya se sabe que El Telégrafo, siendo órgano del Estado no tiene por qué esmerarse en cuestiones de redacción, de sintaxis, de puntuación, ni de claridad. Cualquier cosa sirve, total, los lectores apenas suman unos cuantos miles de resignados que esperan su turno en las instalaciones de la SRI. Pero lo último de Von Schoettler está en una categoría aparte, y hace pensar. Veamos:

Título: “Un gobierno de izquierda y el pueblo”

Así, entrecomillado, pues esta frase la ha cogido de un artículo, como él se apresura en decirnos, de un tal Eric Toussaint (perdón, soy columnista intelectual, yo sí leo cosas): la sorprendente banalidad de la cita no parece preocuparle en lo más mínimo. Y así arranca:

Esa es la relación que plantea, Eric Toussaint, en un reciente artículo.

La coma después de “plantea” sólo se puede justificar si se trata de un vocativo, es decir, si lo que dice Von Schoettler va dirigido al propio Eric. Uno tiene la sensación de estar sapeando una conversación privada. Sigamos.

¿Cuál es la relación entre un gobierno, que se autodefine de izquierda, el ejercicio de la administración pública y sus relaciones/vínculos con el pueblo? La fricción entre esos dos momentos es clara cuando “los movimientos de izquierda pueden llegar al gobierno, sin embargo, no consiguen el poder”, afirma Toussaint. Esa problemática se manifiesta en los gobiernos de Correa, Chávez, Evo, Lula, etc.

Otra coma que sobra, y punto y coma que se echa de menos en la cita, pero no seamos exquisitos. Lo magnífico aquí es eso de “los gobiernos de Correa, Chávez, Evo, Lula, etc”. ¿Cómo que etc? Si hay más gobiernos en que “esa problemática se manifiesta”, ¿no valdría la pena incluirlos en la lista en aras de una buena análisis? Nada: a Von Schoettler se le ocurre que cuanto más especifica y delimita, más se expone a fundadas acusaciones de simplismo: la vaguedad es una herramienta poderosa en el discurso de izquierda (me remito a Dave Spart). En cuanto al hecho de que a cada jefe de Estado se le nombra por su apellido, menos a ese “Evo”, me imagino que el autor y Morales serán panas del alma, o tal vez simplemente se le olvidó cómo se llamaba ese tipo boliviano. Estamos leyendo El Telégrafo: no seamos tiquismiquis.

No porque los movimientos sociales lleguen a gobernar ya ejercen el poder.

Así que gobernar no implica ejercer el poder. ¿Dónde he escuchado eso antes?

Ah, sí. La canción de cuna electoral de toda la vida:

Todo lo bueno que ha pasado en los últimos 4 años ha sido por nosotros, por nuestra gestión.
Todo lo malo ha sido por ellos, por lo que heredamos, por lo que hubo antes.
Todo lo que se ha solucionado ha sido gracias al poder que ustedes nos concedió.
Todo lo que no se ha solucionado ha sido porque no tenemos todavía suficiente poder.
Duérmete, niño, vótame, ya. Que viene el cuco…

Es realmente interesante escuchar de boca de nuestros gobernantes, o de sus voceros autorizados, la explicación de por qué todavía no tienen suficiente poder, de por qué necesitan todavía más. Atentos:

El problema de fondo radica en que una cosa es la administración de lo estatal y otra el ejercicio del poder político. Para un ejercicio de este poder es requerimiento tener poder económico.

¿Ven qué tierno y qué simpático? Esos congresillistas y ministros ya están percibiendo sueldos exorbitantes, pero no les alcanza la plata: NECESITAN MÁS DINERO (nuestro). Si no, tienen la sensación de no ejercer suficiente “poder”.

Y en ese punto las bases sociales de los movimientos se enfrentan a una debilidad estructural, pues el poder económico “está en manos de la clase capitalista”. Y esta clase, si no toda, su mayoría mira con malos ojos cualquier proyecto de corte progresista […]. Esta clase es reactiva cuando una izquierda radical o “populista”, como la denominan otros, pretende disputarle/abrir/romper el monopolio-oligopolio del control y beneficios del poder económico.

Hasta el mismísimo Don Perogrullo se queda callado frente a un mago de las palabras como este Schoettler. Si capital=dinero capaz de destinarse a fines productivos (o sea, y traduciendo para mentes enfermizas, que confiere “poder económico”), entonces no es de sorprender que el poder económico esté en manos de la clase capitalista, o sea, de aquellas personas que tengan capital, o sea, poder económico. Y tal vez tampoco es de extrañar que cuando alguien tiene algo, y otro viene a “disputarle/abrir/romper el monopolio-oligopolio” de ese algo, o sea, robárselo, ese alguien se ponga reactivo, o sea, reacciona de alguna manera, tal vez diciendo “lo siento, pero prefiero que no me roben”, por ejemplo (fíjense, sin embargo, en el recurso de la enumeración de pretendidos sinónimos separados por barras o guiones: esto, junto al “etc”, se vuelve compulsivo en Schoettler: la extrema vaguedad de su pensamiento se queda retratada en este artículo). Nótese también que los capitalistas son una “clase”, mientras que los que vienen a “disputarles” el “poder económico” son “movimientos sociales”. Ya lo dijo Correa en una entrevista reciente: para el nuevo socialista, la “lucha de clases” marxista se le ha vuelto embarazosa, y es fácil ver el porqué: si esos nuevos gobernantes logran su pretendido objetivo de hacerse con el “poder económico”, entonces ellos se transforman ineluctablemente en la nueva “clase capitalista”: el dinero según esta narrativa no ha hecho más que cambiar de manos. Lo que sucede es que las otras manos eran sucias, y éstas nuevas son limpias: esto se desprende de la denominación de “movimientos sociales”. Que en este país cualquier agrupación, por pequeña que sea, que logre combinar envidia y ambición se autoconfiera la denominación de “movimiento”, sin ruborizarse, es uno de los muchos atractivos cómicos para el visitante.

La gama económica de esta clase se sitúa en los sectores estratégicos de las finanzas, el comercio, la industria, la banca, los medios, etc.

Vaya con el etc. El tipo nos pudiera haber ahorrado esa horrísona “gama económica” tan vacía de significado: lo único que se desprende de esta frase es que Von S. cree que entre los sectores mencionados, y algún otro que de momento no se le ocurre, debe de haber hartísima plata.

Además, le es vital el control, sea como clase, casta o estamento, de las funciones del Estado: Función Judicial, Función Legislativa.

Se le olvidó la Función Ejecutiva: al parecer, ya que está en manos de un tal Correa, no está demostrado que para la clase capitalista sea tan vital. Lo simpático aquí es este “sea como clase, casta o estamento”. Es decir, ante la crítica de que en Ecuador es bastante conspicuo el que los sectores de etc. no tienen el control de las funciones judicial y legislativa, el autor se defiende: “bueno, puede que no lo tengan como clase… pero como casta sí. Y si no, como estamento. Claro que no estamos hablando del Antiguo Estamento, sino del Nuevo Estamento.” O si no…

O instituciones como el Banco Central, ministerios, etc.

Es decir, en los países gobernados por gente como, por ejemplo, etc., los sectores como, por ejemplo, etc tienen el control de instituciones como, por ejemplo, etc.

De tal manera que cuando un gobierno de izquierda, entiéndase movimientos sociales de base, toma el mando del gobierno, entra a disputar, y debe y deberá hacerlo, constitucionalmente los órganos del Estado.

Así que cuando alguien dice “gobierno de izquierda” o “gobierno de etc”, se debe entender “movimientos sociales de base”. Para “entenderse” esto, es conveniente olvidar que cuando Correa se postuló para Presidente por primera vez, no tenía siquiera un partido político para respaldarlo, sino que tal partido/Alianza/movimiento social/etc. tuvo que improvisarse posteriormente de forma atropellada. Lo dicho: en Ecuador, un “movimiento social de base” se puede conseguir prácticamente de la nada, mediante esa extraordinaria alquimia en que las malas lenguas dicen que entran como catalizador los narcofondos y las Patiespeculaciones.

De ahí lo vital de una nueva Constitución, para romper con la lógica del neoliberalismo. Sin embargo, toma tiempo el disputar, en términos reales, los medios de producción. “Venezuela, que es el país donde los cambios están más avanzados, sigue siendo claramente un país capitalista”, dice Toussaint. Queda claro que las revoluciones nunca se las hace por decreto, ni con funcionarios camaleónicos que usufructúan, no siempre económicamente, sin importar el gobierno que sea, del poder.

Otro blog lo dice más claramente: si en Venezuela, después de tanto tiempo, no hay un paraíso socialista, la culpa no es del gobierno, sino de “la gente” (los mismos venezolanos lo dicen en una encuesta reciente): es decir, todo es porque “you suck”.

Los movimientos deben, progresivamente, incrementar su poder político, desde el gobierno y fuera de él, de tal manera que se emprendan las transformaciones estructurales de la sociedad. Ya la democratización de los medios de la producción que consagra la Constitución es la vía legítima y legal, sin excluir otras, para la inflexión social por parte del pueblo. “Este debe reforzar su nivel de autoorganización y construir desde la base estructuras de poder popular”. No es la idea centrar el poder en el Estado o en un nuevo Estado. Así no existe transformación. Paulatinamente, los movimientos y los gobiernos de izquierdas deben transferir las formas del poder estatal al poder popular o como se llame.

¿Han entendido? El problema al que nos enfrentamos es que los “movimientos sociales” no tienen suficiente poder económico. La solución: que “disputen” ese poder a la clase capitalista actual (y si no la encuentran, pregunten por la casta o el estamento) y cuando consigan hacerse con toda esa plata, no se olviden de buscar un nuevo nombre que legitime esas ganancias mal habidas. Pueden llamarse “poder popular”, pero seguro que hay otro nombre mejor. Piénsenlo un poco: puede ser importante.

En serio, ese “o como se llame” me sorprendió, pues es la confesión más candorosa, después de todos esos etcéteras, de que al autor le importa un rábano el producto final de ese proceso descrito: es “vital” que los “movimientos sociales” le quiten el poder a la clase capitalista, pero cuando lo hayan hecho poco importa lo que sucede después, puede que haya “poder popular”, puede que se llame de otra manera (en tal caso, presumiblemente por ser otra cosa, tal vez anarquía delincuencial o dictadura “benévola”).

Y volvemos a esos colegios tan fecundos en “valores”. Ellos “forman” al alumno: si ése sale vago, autoritario, mentiroso, hipócrita, no es culpa de ellos, a pesar de que plausiblemente dichos “valores” son los que ha podido absorber e imitar de su entorno, de parte de las autoridades del plantel. Ellos han cumplido con el guión y han predicado lo correcto, las consignas de moda y hasta los Siete Hábitos de Covey. La culpa es de esa natureza humana con la que nosotros, los gobernantes, nada tenemos que ver. Pero lo pagado no es retornable. Somos condescendientes, pero no tanto.

Entonces, es vital y urgente una alianza ideológica entre el movimiento indígena-afro y los verdes ciudadanos.

Que a los indígenas y a los "afro" se les permita sólo un "movimiento" llama la atención: evidentemente, para el nada racista Von S., todos ellos son tan igualitos que la posibilidad de que puedan militar en diversos "movimientos" no se concibe. Bochornoso, la verdad.

En cuanto a los ciudadanos, desde el fondo de su freudiana alma nos pinta de verdes. Verde (11) (según la RAE): Dicho de una persona: Inexperta y poco preparada.

Ahí está. Usted, querido lector, ha sido el primo de los veinte duros sueltos. Tenga un buen día.

Y no, lo bailado no es retornable.

Friday, October 23, 2009

¿Trabajas o diseñas?





El editorial de El Telégrafo de hoy: "La ‘alegre violencia’ universitaria no se corresponde con el análisis y la crítica académica que merece la inocultable crisis de la educación superior."

Nada que objetar, salvo quizás la etiqueta de "crisis". La educación superior en este país parece adolecer de una mediocridad campante, por lo menos si se juzga (como lo hizo Correa en una de sus intervenciones hace poco) por las tablas comparativas a nivel de continente. Queda por demostrar que tal problema sea reciente o que se haya agravado recientemente (eso se podría demostrar comparando los resultados bibliométricos de ahora con algunos anteriores), o que algunos factores externos hayan dotado de mayor relevancia este déficit. En ausencia de tal demostración, tal vez la palabra "crisis" se tendría que sustituir por otra más exacta. Yo me quedo con "mediocridad".

Es comprensible que tal mediocridad les cause dolor a quienes comulguen con nociones anticuadas de patriotismo, de "autoestima del pueblo", etcétera, más o menos por las mismas razones que duele cuando la Selección Nacional no clasifica para los mundiales del fútbol (en tal caso, siempre queda el recurso de echarle la culpa al árbitro, es decir, sostener que lo valioso de las universidades de aquí estriba en elementos que no se han tenido en cuenta al compilar esos league tables). Para quienes valoren la educación como un bien personal, puede que no les duela tanto el déficit de calidad en las universidades locales, con tal de gozar de la posibilidad económica de ir a estudiar en instituciones de mayor solvencia fuera del país, como lo hizo el propio Presidente. Donde llega a ser un problema para todo el mundo, empero, es en la escasez, a nivel nacional, de profesionales cualificados en aquellos campos laborales y profesionales que tradicionalmente dependan de las universidades como fuente de recursos humanos formados. Según wikipedia, el brain drain normalmente consiste en la emigración de personas cualificadas; en el caso ecuatoriano abarcaría tal vez tres tipos de "cerebros desaprovechados": el que estudia y luego se marcha, el que se marcha para estudiar y luego no vuelve, y el que por no poder marcharse nunca tiene la oportunidad de recibir una educación de calidad, y cuya potencial se frustra y se desperdicia de modo diríamos que criminal.

Las cifras al respecto son elocuentes: un estudio citado en el mismo artículo de wikipedia, realizado en el año 2000, señala que en el caso de México existe un brain drain preocupante, ya que el 2.9% de sus graduados universitarios viven actualmente fuera del país. Si eso es preocupante, ¿qué decir del caso ecuatoriano, donde el mismo estudio nos da la cifra del 10.9%? (Quizás se tendría que revisar esta cifra al alza. En unas elecciones recientes, de un total de once, al menos tres candidatos a Presidente habían cursado educación superior en el extranjero, y dos de ellos estaban prácticamente aquí de visita. Hasta el Alvarito, según su biografía, estuvo estudiando un tiempito en una tal American Management Association de Nueva York, aunque se desconoce el título que puede haber recibido allí).


Y el mismo artículo nos señala las causas: "Brain drains are common amongst developing nations, such as the former colonies of Africa, the island nations of the Caribbean, and particularly in centralized economies such as former East Germany and the Soviet Union, where marketable skills were not financially rewarded." Supongo que no hay que insistir en eso. Si para el ejercicio de tus conocimientos y habilidades no hay una recompensa adecuada en un lugar, lo sensato es ir a otro lugar donde la recompensa sea mejor: todos los eslóganes nacionalistas y patrióticos del mundo no van a cambiar este fenómeno.

Yo sostendría que dicha falta de oportunidades profesionales bien remuneradas es una de las causas indirectas de la mediocridad de la oferta universitaria nacional. Si una universidad de calidad se concibe como una fábrica de profesionales altamente competentes, y el mercado local no quiere o no puede comprar ese producto, entonces la empresa productora, la institución educativa, tiene tres opciones de supervivencia: diversificar su oferta, dedicarse al comercio exterior (¡amplio surtido en pasantías en EEUU!) o visar a otro segmento de mercado de menor capacidad adquisitiva, abaratando costos y ofreciendo un producto netamente inferior. De las tres opciones, la más barata y sencilla es la última. Formar a estudiantes menos competentes para rellenar puestos de trabajo que no requieran competencias.

Claro que la metáfora es criticable: el empleador no "compra" directamente al recién licenciado de la institución educativa en cuestión. Pero sí lo hace, hasta cierto punto, indirectamente a través de sus impuestos, en el caso de la educación estatal, lo cual redunda en una serie de cálculos políticos y económicos. En todo caso, no recuerdo a ningún país que haya conseguido combinar la falta de una clase profesional bien remunerada con instituciones de enseñanza superior de primera categoría. Las evidencias empíricas aquí son bastante persuasivas.

Evidentemente, no hay que ser simplistas. Entre otros factores que torpedean la calidad de la enseñanza en este país, según lo que he podido observar yo mismo, es la ubicuidad de la corrupción, que para el profesor universitario se manifiesta en un deprimente pantano de trabajos plagiados y exámenes copiados. (Dicho sea de paso, para algún rectorado universitario, según decir de alguna amiga, la misma cultura se hace manifiesta de otro modo, en forma de ropa interior femenina desparramada en el piso del señorial despacho fuera del horario de clase.)

No obstante todo esto, el gobierno tiene su propio criterio al respecto, el cual se puede deducir del contenido de las nuevas propuestas legislativas, así como de sus esfuerzos propagandísticos en torno a este tema. El citado artículo de El Telégrafo nos sugiere que la "crisis" se debe en parte a los cuantiosos salarios de los profesores y demás autoridades unversitarias, que son tan bien pagados que no pueden resistirse a la tentación de trabajar en dos o tres universidades al día (hace tiempo Correa nos sugirió que algún profesor de la ESPOL ganaba un auténtico sueldazo; si alguien sabe quién es, agradecería el dato, pues pienso pedirle un préstamo hasta fin de mes). Por su parte, ante la posibilidad de mejorar la calidad de la educación de modo indirecto ofreciendo mayores recompensas a la clase profesional del país, el gobierno ha tomado el paso importante de colmarles de insultos a los miembros de dicha clase, para a continuación tomar una serie de medidas encaminadas a evitar de cualquier manera que una persona con conocimientos especializadas pueda sobrevivir económicamente sin dedicarse a la venta de pollo, actividad que por otro lado tampoco recibe ningún incentivo moral por parte de los mismos gobernantes. Finalmente, para atajar la corrupción reinante se ha decantado por el paradójico método de It takes a thief to catch a thief, o sea, llenar los ministerios de gente corrupta. Y por si acaso nada de esto funcione, se piensa legislar para que las autoridades de cada universidad sean escogidas a dedo por un comité donde estén representadas las autoridades de la competencia: algo asó como que los integrantes de la Selección Nacional de fútbol ecuatoriano sean escogidos por los jugadores de Colombia y de Argentina: una receta segura para el éxito, sin duda alguna. Además, se piensa imponer el pénsum único y la planificación estatal, para que los futuros biólogos marinos, ingenieros de telecomunicaciones y cirujanos cardíacos, sean cuales sean sus deficiencias, por lo menos salgan todos igualitos canturreando el Patria, Tierra Sagrada.

De veras, la brillantez y la originalidad de este gobierno dejan a uno sin aliento.

Hace unos años en Barcelona, España, cuando conocías a alguien en un bar*, la pregunta típica era: ¿trabajas o diseñas? Se supone que la retroalimentación del mercado de trabajo ya ha corregido el exceso coyuntural de diseñadores catalanes, como hizo una generación antes con la superfluidad de abogados; lo notable, en cambio, de esa especie de retroalimentación artificial que se pretende imponer aquí mediante planificación central, en todas sus manifestaciones históricas hasta la fecha, es que se mueve con toda la oportuna ligereza de un tanque de guerra en un almacén de cerámicas. De tal guisa que de aquí pocos años, la pregunta podrá ser algo así como: ¿trabajas, o por el contrario aprendiste, junto a otros 14.000, a medir emisiones de gases invernaderos producidos por frigoríficos antiguos? Prefiero la primera pregunta: es algo más cortita y fácil de recordar.


* bar: lugar donde, en algunos países, la gente acude para tomar café o cerveza o leer el diario en un entorno tranquilo.

Thursday, October 22, 2009

Ojo colectivo para el tipo individual

El título no es que rutile, precisamente. No importa. Para quien guste de capítulo y verso, es un calco fallido de esta serie de TV estadounidense y más tarde británica. Ayer, como dije, estuve viendo a Correa, experiencia que intento evitar en la medida de lo posible, pero cuando alguien se mete en tu dormitorio a la hora de acostarse, se supone que ha de ser algo muy importante que viene a decirte. Lo que dijo fue (entre otras cosas) que el Estado tiene un papel importante que cumplir, como representación de la Colectividad. No le hubiera dado mayor importancia (ya he conocido a muchos vendedores de esquemas piramidales, siempre armados de cintas de audio evangélicas encarecedoras del Éxito) si no fuera por este artículo, que en otro momento salió de la refrigeradora para anunciarme más o menos lo mismo.

El artículo vierte sobre el alarmante aumento del índice de criminalidad, y sostiene que "sólo un mentecato o un charlatán puede aspirar a controlar una patología social con soluciones individuales". Es decir: el crimen es un problema colectivo: busquemos, pues, una solución colectiva.

Disiento. El crimen no es en absoluto un problema colectivo, salvo en el sentido trivial de que afecta a muchas personas (según estadísticas recientes, el 49% de los ecuatorianos o han sufrido o tienen en su familia a alguien que ha sufrido un acto de delincuencia en el último año). Un problema colectivo es un problema que sólo lo es cuando se mira desde una perspectiva de conjunto (y no me refiero al electoralismo, pues eso sólo mueve a los políticos, no a las personas). Por ejemplo, la sobrepoblación del mundo sería un problema colectivo, pues si bien a nivel individual no hay nada de malo en reproducirse y "llenarse de hijos" (según pintoresca frase local), a nivel global, de conjunto, puede desembocar en escasez de recursos. Un problema colectivo también podría ser uno que, si bien nos afecta a nivel individual, lo hace de manera distinta pero también grave a nivel de conjunto. En el caso del crimen, de la delincuencia, este fenómeno simplemente no se da.

Lo digo por experiencia. Fui víctima de la delincuencia hace unos meses: entraron en mi casa y me robaron todo lo que había de valor allí. El "problema" a nivel individual, acuciante. Mi hijastra nunca más ha vuelto a dormir sola; al perder un trabajo de programación que me había costado años montar, perdí también una importante fuente de ingresos; mi vida y la de mi familia desde aquel día ha ido "de tumbo en tumbo", en parte tal vez porque desde aquel día mi mente se llenó de odio, y quieras o no, eso es destructivo. Pero a nivel de cualquier "colectivo", nación, ciudad, barrio, gremio: ¿pasó algo? Claro que no; salvo que, como gusta de señalar mi mujer, "la gente de la desgracia ajena siempre se alegra". Es decir, fuimos pábulo de complacientes y gozosas miradas por parte de los vecinos durante un tiempo. El llanto de mi esposa fue meloso néctar para ellos. Así es con todo crimen (y con toda desgracia): su relevancia a nivel de conjunto no pasa de ser la de suministrar entretenimiento y diversión. Y eso seguirá siendo verdad aunque la estadística mencionada suba de 49% a 99%.

Por eso, diría que la mentecatez estriba más bien en identificar como "patología social" lo que claramente no lo es. Ni en sus efectos ni en sus causas, pues el ladrón no lo es por culpa del "colectivo", sino por culpa de sí mismo. El articulista, con notable torpeza, intenta evitar esta constatación con un falso dilema: si no se cree en la etiología "social" del crimen, dice, uno se encuentra reducido a sostener teorías ridículas sobre "criminales natos" y demás decimononicismos. Es cierto que si lo que intentas hacer es librar al ladrón de toda responsabilidad por sus actos, es más cómodo hoy en día hacerlo a través de argumentos "sociales" que genéticos. Pero existe una tercera opción: responsabilizarlo. El libre albedrío, a pesar de que sigue causándoles migrañas a los filósofos, forma la base de todo patrón social sostenible. Está implícito en las leyes de contratación que últimamente me tienen a mí ahorcado: a mi propia ejecución firmé consentimiento, y el acto nacido de libre voluntad, según afirmación de la mejor abogada que pude encontrar, es sagrado. Sólo hace falta que venga alguien a decir que, ahí donde yo tengo que robarle leche a mi hijo durante cinco años, o los que viviere, para pagar una legítima deuda, a los criminales se les exime de toda responsabilidad de pagar por sus crímenes pues la deuda suya le corresponde a "la sociedad" que (pobrecillos) les educó mal o se olvidó de aumentarles a tiempo el Bono de Desarrollo. Eso sí sería una clara y desvergonzada invitación a la delincuencia. Además, todo criminal sabe, en su fuero interior, que el crimen implica un acto de libre consentimiento a una serie de posibles consecuencias, que incluyen la muerte violenta: si juega a esta ruleta rusa, lo peor que podemos hacer es quitarle la última bala a la cámara, la del reconocimiento de responsabilidad en el asunto.

Sin embargo, si en una cosa tiene razón el articulista es en que la solución no pasa por imponerles penas más graves a los reos en el Código Penal, y no solamente porque el índice de solución de casos criminales por la policía de este país se sitúa alrededor del 0.01% (es decir, si la policía coge a un ladrón es por accidente, porque lo han confundido con un camello), sino porque el Estado, a diferencia de lo que cree Correa, es el menos indicado para proporcionar soluciones de cualquier índole a este tipo de problema (o a cualquier otro). La solución, como siempre, es dejar que los individuos busquen su propia solución, pues el individuo es el más capacitado para hacerlo. Legalicen la venta de armas a los ciudadanos honrados (los otros, lo vemos cada día, ya están bien equipados) jubilen a los jueces, y verán que ese supuesto "problema social" deja de serlo en poco tiempo, a medida que los cadáveres apilados al lado de la carretera empiecen a ser de aquéllos a quienes la muerte realmente les sienta bien. Claro que no lo harán: no está comprobado que los cristales antibalas del carro presidencial sean todavía lo suficientemente robustos.

Wednesday, October 21, 2009

1065




A mi hijastra hoy la encontré llorando. El motivo: “me he dado cuenta de que mi hermano es tonto, que nunca será normal”.

¿Qué se le puede decir? Tal vez no exista escuela en el mundo donde se enseñe la verdad, que ser normal es ser muerto en vida, que el quid del ser humano es cultivar la anormalidad a como dé lugar, entre los intersticios del horario laboral y de las obligaciones familiares, entre las paradas del autobús, entre el despertar y el café, incluso entre estribo y tierra. Y eso tampoco se puede decir, así en voz alta, porque nadie tiene potestad para asumir un dolor en representación de otra persona. No por ella ni por él puedo decir eso.

Una hora más tarde, llama la Sra Betty. Católica de la vieja escuela, ella tiene un marido violento y reza por la gente. “Con esa fuerza interior que tienes,” dice, “vencerás”. No es fuerza, es algo que se le parece a veces, según la luz y la hora de la tarde: anormalidad.

No sé cómo, me puse a pensar en el tema de los celos. Será porque, durante un período limitado, el cometa se ha vuelto visible, con su carga de resplandeciente hielo extraterrestre. Las cometas acumulan en su haber momentos históricos gloriosamente inconexos. La última vez que la tuve cerca, ella pensaba, visiblemente, en su marroquí, en su jardinero municipal. Tener celos (especulé, en aquel entonces) sería desear descartar a ese sujeto de sus pensamientos, y meterme yo en su lugar: algo así como arrogancia, pues. En verdad, con el tema de los celos sólo me caben especulaciones, porque nunca los he sentido. Me inclino a suponer que tienen algo que ver con el catolicismo, con eso de creer en las vírgenes y los pecados. Permiten que los ecuatorianos vivan una continua y emocionante telenovela. Prefiero las películas francesas.

(Ignoro cómo la cultura británica se deshizo de los cuernos, y cuánto tardó el proceso. Hasta verbos como “two-time” y “cheat” hoy tienen un inconfundible sabor norteamericano. En el inglés británico ya no existe siquiera una forma autóctona de expresar el concepto de infidelidad conyugal sin echar mano de pomposidades legales. Es, simplemente, “not an issue”. Go thou and do likewise.)

Me acuesto, y allí en la tele está Correa, en una entrevista. Me irrita la anchura y la sedosidad de su corbata. Hoy consulté telefónicamente con una abogada, que me informó que no hay escapatoria, que todo contrato se ha de respetar y cumplir, así esté fundado en un engaño. Por mis propias investigaciones en Internet, había puesto alguna esperanza en eso de que el consentimiento (la firma mía del contrato) puede ser “viciado”, dando cabida a la nulidad del contrato. El consentimiento puede ser viciado por error, fuerza o dolo; y además, el objeto de un contrato tiene que ser lícito. El contrato de alquiler que firmé especifica una actividad que resultó ser prohibida por las ordenanzas municipales, y a estas alturas es evidente que fue un engaño deliberado, una trampa. No obstante, dice la abogada, tiene que respetarse: el contrato leonino en Ecuador no es ilegal. Así que, suponiendo que consigo un trabajo a tiempo completo de 40 horas de clase semanales a $2 la hora, estaré durante aproximadamente un año y dos meses trabajando exclusivamente para costear la sibarítica vida de mi ex landlord, que vive con su mamá, se levanta a las 11.00 y no sabe lo que es trabajar. Y todo porque fui tan gil como para firmar un contrato que especifica que al abandonar el local antes de tiempo debo pagar “indemnización” de 6 meses de alquiler. Mi propio instinto está de acuerdo con la abogada: el gil es quien debe pagar, siempre. Lo mismo con Correa. Los giles que lo votaron tienen la obligación de aguantar y de costear con sudor esas corbatas de seda. El mundo es así. Le salva el momento cómico, como cuando el tipo habló de “justicia”. Hasta yo me reí.

Así que no habrá viaje a EEUU. Puede que allá hubiera encontrado trabajo, pero los deudores no emigran, a menos que sean sinvergüenzas.

Y todavía hay quien te quiere endilgar “neoliberal” por el pecado de querer tener “un espacio privado”. Compañerito: trabajo para otro, vivo para otros, actúo para otros, cuento los chistes mejor pagados, como tú y todo el mundo. Estos cinco minutos que arranco al sueño, una vez dormido el bebé, estos únicos que pueden ser míos, lo serán, lo siento, guste o no te guste. Si no quieres tener vida propia, no reclames la de los demás. Para ti precisamente están hechas las telenovelas.

Tuesday, October 20, 2009

Face(less)book



A algún órgano interno de los que me han sido temporalmente cedidos le está pasando lo que a la cumpleañera de Christina Rossetti. Contra todo buen instinto, le escribí, y recibí contestación.

Han transcurrido casi 9 años: lo suficiente para que "tu amiga" ya no suene como furioso sarcasmo. Seamos mundanos. La gente cambia, se casa, tiene hijos, etc. Las células se regeneran, incluídas aquéllas. Además, si nos esforzamos, ella y yo seguro que encontraremos algún recuerdo salubre para compartir hasta con los respectivos: una historia apta para menores, en que la sospechosa ausencia de collision detection se podrá minimizar risueñamente como "oh, aquello". Las mujeres son buenas en eso, en civilizar el pasado, encontrar el difícil decoro y el registro sostenible. "La vida sigue," dicen ellas con entrañable convencimiento.

Además, soy mayorcito como para ignorar que hasta al que rescatan muerto de sed de un ardiente desierto tiene que hacer cola con los demás para pedir su té con galleta, y usar servilleta.

No voy a repetir su nombre aquí porque de hacerlo me saldría con el mismo tono que aquella vez y nadie quiere oir eso.

Se me ocurre que podremos decir, sin faltar a la verdad, "una vez bailamos juntos".

Dijo Bertrand Russell: sugiero que una emoción que puede ser destruída con un poco de matemáticas no es muy profunda ni muy valiosa. Yo siempre tuve presente esa demostración algebráica que empezaba conmigo y se reducía ineluctablemente a ella. Por su parte, ella es ecuación de múltiples soluciones, entre las que dudo haber figurado siquiera como valor intermedio. Holgada multiplicidad que permite que sea condescendiente, entre otras sorpresas. "Una gran alegría," dijo.

No soy importante. Al lado de mi hijo, que cada día topa con la importancia de manera renovada, todavía menos.

Las cortinas a veces con el viento de repente se vuelven caras o fantasmas. El grávido florero mantiene su actitud y su lugar.

One for Anon


Por si acaso estés pensando en Photoshop, el original, acá.
"FREEDOM CAN GO TO HELL". Lo que a Panchana le cuesta 29 páginas y 64 artículos, esta gente consigue decir en sólo cinco palabras. Eso se llama concisión. Sí, señor.

Monday, October 19, 2009

Village gits



A los ingleses se les enseña francés a partir de los 11 años. Eso, desde que se descubrió el mecanismo de la vacuna, es decir, que con una pequeña dosis controlada se podía desarrollar una resistencia a la enfermedad que evitara drásticas consecuencias posteriores. Todo inglés, desde siglos ha, queda vacunado contra el afrancesamiento de por vida, la plume de ma tante mediante. Es cierto que cuando se construía el Chunnel, algunos lectores de The Daily Hurleygraph expresaron su sospecha de que, en el lado francés, los perros rabiosos ya estaban haciendo cola para entrar en el país por esa traicionera vía: no sucedió, pero curiosamente, desde hace algunos años se aprecia cierto movimiento en sentido contrario. Es decir, por primera vez en la historia, algunos ingleses empiezan a sentir curiosidad por el estilo de vida francés, y los más aventurados entre ellos hasta se toman el barco para verlo por sí mismos.

Yo lo atribuyo a la publicación de A Year In Provence. Leyendo ese libro, los ingleses se dieron cuenta por primera vez de que a los franceses se les podía patronise, es decir, tratar colonialmente como miembros de una tribu primitiva y cómica, con tal de hacerlo sotto voce, en catimini que diríamos, y siempre limitándose a los habitantes de esa remota y aromática provincia de sol, jazmín, antipapas y finas matices albigenses.

De ahí que, cuando me siento masoquista y quiero comparar mi vida de tercermundista pasajero sin asiento con la de mis ex compañeros de clase, me encuentro con que casi todos han cogido una jubilación temprana y ahora están cómodamente instalados en Provenza, degustando el vino local y escribiendo ocurrentes relatos sobre las dificultades de comunicación con el dicharachero electricista del pueblo.

Es lo que me deprime del género humano: que en los bandwagons siempre caben muchos más que en los carros de la ESPOL.

En fin. Lo de Provenza, esa arrolladora moda de hace algunos años, quedó finamente plasmado en un recorte de la prensa inglesa, de la sección clasificados, que reprodujeron en el libro de Private Eye. No recuerdo el texto exacto, pero era cuestión de vender unas vacaciones en Francia, y como no podía ser menos, se hace referencia a esos gîtes (albergues, casas de huéspedes) que el aburguesado sajón se jacta de conocer y de pronunciar bien; sólo que, esta vez, por obra de algún gremlin salió, en lugar de village gîtes, una invitación a disfrutar de esos encantadores pueblos gavachos y de sus village gits.

Me resulta difícil resaltar la carga cómica de este gazapo sin entrar en onerosas precisiones. Digamos que el inglés, al igual que el ecuatoriano, para insultar acostumbra poner en tela de juicio algún rasgo personal de su adversario, sea la inteligencia, sea la orientación sexual, sea la educación social, sea esos 2% de genes que supuestamente le separan de otros miembros del género primate. (Eso de cuestionar la fidelidad sexual del cónyuge del aludido creo que ha quedado relegado a la latinidad, aunque Shakespeare todavía echaba mano de los cuernos de cuando en cuando, y por otra parte, en esas latitudes se suele dejar en paz a los tatarabuelos de los enemigos, aunque no siempre.) Ahora, es por eso mismo que siempre me ha llamado la atención esa acepción tan británica, desconocida para los norteamericanos, de git (o get, en su versión norteña), pues es el único insulto que se me ocurre que no significa absolutamente nada. Si a una persona que me cae mal le digo git, no lo estoy llamando tonto, ni feo, ni desviado, ni maloliente, ni nada que se pueda tomar como crítica: simplemente estoy diciendo que me cae mal, y punto. Es decir, es un insulto casi cómico por lo que dirige la atención del oyente a la frustración o la envidia del que lo maneja, y deja al insultado libre de toda imputación a su honra. Tal vez por eso siempre hay la tentación de acoplarle un adjetivo:

Although I'm so tired, I'll have another cigarette
And curse Sir Walter Raleigh:
He was such a stupid get.

(John Lennon)

Por tanto, la invitación a viajar a Francia para ver esos "village gits" queda literalmente intraducible, pero no por ello menos atractiva. Es como decir: ¡ven a Provenza, observa la gente de pueblo y disfruta de un delicioso sentimiento de misantropia sin motivo! Ahora, si ensanchamos un poco el significado de "village" veremos que no es en absoluto necesario viajar para experimentar esa preciada sensación. Como todos sabemos, desde hace algunos años vivimos en un global village, en consecuencia de lo cual cualquiera puede ejercer sus dotes de pueblerino, de chismoso, lenguaraz, o simplemente fungir de tonto del pueblo sin levantarse de su incómodo asiento giratorio delante de la pixelada pantalla.

En demostración de ello, el blog de Jonathan M, hace cuatro días. Él mismo señala que la historia de ese guardia de London Transport que insulta a un viajero, llamándolo "git" y terminando su perorata con la sugerencia de que alguien debe de echarlo a la vía delante del tren, todo porque el viajero en cuestión cometió la imprudencia de dejar que su brazo quedara atrapado en la puerta del wagón, se ha erigido en cuestión de pocas horas en un nuevo paradigma para estudiosos de los medios de comunicación en la actualidad. Lo novedoso o interesante del caso es que la "noticia" empezó como un simple post en un blog cualquiera, con apoyo audiovisual cortesía de YouTube; el autor, empero, como corresponde a un tipo evidentemente technosavvy y con ciertas pretensiones de lumbrera en el campo de las Nuevas Comunicaciones, no contento con eso, hizo uso de la red Twitter y de algún que otro conocido estratégico en los medios, con el resultado de que el día siguiente la prensa inglesa le dio espacio de portada a la anécdota, que así se transformó en talking point en tanto se podían sacar conclusiones sobre el pésimo servicio de London Transport, lo insoportables que son los empleados de empresas públicas, el deterioro de la civilización, etcétera. En realidad, el video no muestra nada que no sea el pan de cada día en países como Ecuador, y la actitud del dichoso guardia comunica menos prepotencia que simple falta de autocontrol, es decir, esas patéticas amenazas de no dejar que el tren se vaya hasta que salga el "little git" se escuchan como esas ridículas amenazas chantajistas que un ex profesor de los Ornitorrincos del Saber pudiera haber blandido en contra de una clase algún día con la intención de amedrentar a un alumno; los demás, como quien oye llover, pues se trata de un evidente "quiero y no puedo". Por todo lo cual, encuentro correcto que al tipejo se le separe de su puesto (se trata de una conducta claramente inaceptable en un "empleado público"; si se ha "arruinado su vida", como lamenta algún comentarista, pues qué quieres, de nuestros actos somos los únicos responsables) pero a decir verdad, sin caerme bien el tipo me cae menos mal que ese tal Jonathan M., el filmador del evento, y eso sin perjuicio de que tal vez nos acaba de demostrar el poder del bloguismo en manos de los más profesionales o los más sabidos. Lo difícil es explicar por qué me cae tan mal. Tal vez sea porque padezco el síndrome de los Village Gits: todo lo que sea de ese pueblo imitador, copión, consensuado, biempensante, escandalizante, chismoso, equipado con celular y con cámara siempre a mano para transformar cualquier evento jugoso en puntos de currículum, me cae chancho, sin que pueda destilar la postura moral subyacente en otra exclamación más cargada de significado que ese "git".

Digamos que ahí donde EM Forster nos intenta redescubrir el profundo significado de la vida humana con su "only connect", allí es donde a veces me da ganas de dejar a modo de grafiti obsceno: Only Disconnect. Nunca se volverá comercial, pero por eso mismo. Hoy, en el autobus de la ESPOL, las niñas, las que sí tenían asiento, esos dedos rápidos como chispas, esos celulares talismanes contra el pensamiento, contra la soledad, contra la vista al otro lado de la ventana: lo mismo me pasaba por la cabeza. Para algunas personas, la verdadera vida empezará, si alguna vez empieza, al otro lado de la desconexión. Desconectémonos todos en la lucha final. Sí, suena bien. No creo que gane nunca unas elecciones, pero qué quieren, siempre estuve del lado de los Cátaros más que de los Guzmán.

Sunday, October 18, 2009

Sobra la gratitud

Esta vez, discrepo, tanto con ese amigo que, hace unos meses, nos señaló que el voto por Nebot en Guayaquil se puede considerar un gesto de cortesía de “bien nacidos” en agradecimiento por esa supuesta transformación de la ciudad que habría propulsado, como con ese rector de la U. Caótica que se hace cruces ante la falta de agradecimiento del Primer Mandatario por la educación que recibió en dicha Universidad. Mi razón de fondo es muy sencilla: no se agradece a la gente por cumplir con su trabajo, aun en el supuesto de que lo hayan hecho a cabalidad. Diría que ese tipo de gratitud mal concebida es hasta peligrosa.

Según la versión extendida, que no consensual, el Alcalde Nebot hubiera hecho lo que no hicieron apenas ninguno de sus predecesores, es decir, echarle imaginación, creatividad, ganas, dedicación y esfuerzo a la tarea de transformar Guayaquil en una ciudad moderna, siendo la Perla del Pacífico algunos años antes un escuálido vertedero. ¿Será cierto? No tengo nada que comentar al respecto: no estaba aquí. Lo que sí sé es que esta “ciudad moderna” en algunos aspectos funciona bajo un régimen feudal, anacrónico, y que para cualquier persona inteligente, no sería difícil enumerar una serie de medidas que ayudarían realmente a modernizar esta ciudad, medidas que no se toman por una aparente inercia institucional que se parece remarcablemente a un desabrido conservadurismo de perro del hortelano. Lo que quiero decir con esto es que se le puede reconocer a esa administración una serie de hitos y aciertos, sin por ello caer en la trampa de reconocerse “con deuda” a los actores de esa administración, o peor todavía, fundarse en esa historia de logros para concederles una inusitada carta blanca de beneficio de la duda permanente. Pues al fin y al cabo, si a uno le votan porque promete transformar la ciudad, entonces ése es su deber, por lo que se supone que recibe amplia remuneración: si cumple con su deber, no merece más gratitud que aquella persona que, siendo cartero de profesión, entrega puntualmente las cartas a su destino. Y si, habiendo cumplido con ese deber durante el tiempo, el cartero reivindicara el derecho a eternizarse en el puesto sin necesariamente tener que seguir mostrando la misma asiduidad en el desempeño de sus funciones, lo que mejor le correspondería es una patada en el trasero. Por lo menos, así ha sido la filosofía reinante en todas las empresas por las que he laborado hasta ahora. Así funciona el mundo laboral fuera del disneificado reino encantado de la politiquería.

Así se entiende, por ejemplo, la decisión de los británicos, allá en 1945, de no premiar con su voto al hombre que acababa de liderarlos hasta la victoria en toda una Guerra Mundial. El tal Churchill se había mostrado como un Primer Ministro decidido e inspirador, es decir justo lo que hacía falta allá en 1940. Pero no era tan claro que esas cualidades de guerrero fueran a servir en el nuevo mundo de la posguerra: ínfulas de dictador se le notaba, de antiguo admirador de Mussolini. Así que gracias, pero no gracias. Hizo bien su trabajo: ¿qué quiere, pues, una medalla?

Cosa que, por otra parte, no creo que se pueda decir de la U. Caótica. Yo todavía conservo el recuerdo surrealista de una clase que me invitaron a hacer allá, “de prueba”, en el curso de Traducción. Preparé la clase a conciencia, con la idea de que mis alumnos serían gente muy preparada, que fácilmente podrían ponerme a prueba con sus conocimientos teóricos. La realidad que encontré fue la siguiente: (1) en una clase de una hora, los alumnos iban llegando cada 10 ó 15 minutos, es decir como si de un restaurante de fast-food se tratara, con la evidente idea de que sólo era cuestión de asomar la cabeza en algún momento para que los conocimientos, o lo que fuera que esperaban encontrar allí, les picaran como mosquitos hambrientos nada más entrar por la puerta; (2) el nivel de inglés de esos futuros Traductores se situaba, en el mejor de los casos, alrededor del B1 del CEF, es decir, si el Chavo del Ocho se presentara a un curso de medicina en la U. Caótica, basándome en lo que presencié no se le vería en absoluto fuera de lugar; (3) el ejercicio de las habilidades analíticas, por no hablar del método socrático, para esos alumnos eran mundos desconocidos. Claro que no se puede generalizar: pero cuando leo otros testimonios sobre la misma institución, y cuando observo a qué clase de personas, según apesadumbrada confesión del propio rector, ayuda a “formar”, me quedo con ese agrio sabor de boca a prejuicio anecdotalmente fundamentado que no quita ni el Halls de eucalipto.

Y en todo caso, aunque el Sr. Correa hubiera recibido allí una excelente formación en economía, que luego hubiera olvidado por circunstancias fuera del control del Sr. Doumet, ¿le correspondería por ello una deuda de agradecimiento por lo mismo? No lo creo. A mí me “formaron” (es un decir, o más propiamente una mentira piadosa) en la U. de Oxford, en Inglaterra, de la que recuerdo, más que nada, sus excelentes cervezas, entre ellas la divina 6X de Wadworths y alguna de la cervecería Morrells. De tanto en tanto yo asistí a clases, leía libros, aprobé exámenes, y por obra y milagro de algún oscuro duende, saqué una licenciatura de primera clase, después de una terrorífica viva voce. Es decir, hubo una organización, una formación, a cargo de personas más o menos capaces que cumplieron con su trabajo, cosa que me permitió sacar un título que, durante los siguientes veinte años, oculté al mundo con alguna oscura e inexplicable sensación de vergüenza, pues para mí era un símbolo de mi poca adaptación al mundo real, a ese mundo desalentadoramente práctico que nada sabe de dreaming spires. No obstante, me resulta imposible, a estas alturas, sentir agradecimiento hacia ninguna de esas personas, a pesar de que algunas eran autoridades mundiales en su materia. Si el título me hubiera servido para algo, tal vez, pero no lo creo. Más le agradezco a quien me lleve en carro a algún lluvioso destino, o me preste cinco pavos hasta el lunes, que a una persona que se limite a cumplir con lo contratado y lo remunerado, por muy conscientemente que lo haga. Repito: por hacer, bien o mal o incluso excelentemente, su trabajo no se le debe gratitud a nadie.

Seamos claros. Lo de Correa no fue falta de gratitud: fue, como siempre sucede en su caso, otra mala excusa para la prepotencia, el esnobismo maloliente y el oportunismo populista. Si hubiera un plan gubernamental para mejorar la calidad de las universidades, le correspondería, tal vez, justificarlo con fundadas críticas hacia el status quo, que me imagino no serían difíciles de armar, con datos estadísticos en la mano. Como el único plan que existe es el de intentar someter a todo lo que huele a foco de resistencia, centros educativos incluidos, entonces las críticas fundamentadas sobran, y basta con las historias de vendedores de pollos. Lo demás, caviar para el poblacho. En algún lugar el tipo habrá aprendido que a veces, el mínimo cumplimiento con un deber etéreo y mal definido es más que suficiente para el caso.


PD. Claro que siempre hay otro punto de vista. Según Paulo Coelho, citado por Sagnay en La Alharaca, "un guerrero de la luz" nunca olvida la gratitud. Será que me falta conocer a más guerreros de la luz, al igual que más leprechauns y más hadas madrinas.

Thursday, October 15, 2009

El estado de mis muelas

Estaba escuchando el discurso presidencial anual sobre el Estado de las Muelas. “Señores, las muelas están pasando por tiempos difíciles. Las caries han aumentado en un 15%. Del dentista anterior hemos recibido el pesado legado de una guerra que ha durado años y le ha costado la vida a algunos de nuestros mejores dientes. Y no debemos ni podemos bajar la guardia. Todavía, en cualquier rincón de la boca hay miles de bacterias que sólo esperan aprovechar algún error nuestro. Señores, el mensaje que nos corresponde enviar al mundo es de resolución, firmeza, halitosis y atún Real. Por eso les digo, con las palabras de Doris Day: Have lips. (We´re in the Tunnel…) Will kiss. (The Tunnel. The Tunnel.) Have love. (We´re in the Tunnel…) Will share. With you, in the Tunnel of Love. ”

Lo que inevitablemente me trajo a la mente, de forma incómodamente simultánea, como dos abogados gordinflones que intentan a la vez pasar por una puerta giratoria, a Doris Day y a Gabriela Calderón. La primera, por haber grabado la versión definitiva de "Sentimental Journey" (nunca entendí qué es lo que la gente le encuentra a Sinatra. Su voz no está mal, pero sus arreglos son casi siempre menopáusicos); y la otra, por ser la futura presidenta de Ecuador (yo lo vi primero). Lo tiene todo: Instituto Cato, razón, argumentos, rebenque (puedo esperar), largas botas de cuero (ídem) y un peinado unificador como pocos (los intentos de la Cynthia de asemejarse furtivamente a un helado de ron-pasas, mejor olvidados). Además, es mujer, y eso (pace la mencionada) está muy pero muy a la moda ahora. Cuando tenga más años y menos estadísticas, arrasará.

De mi relación con Doris Day, y en especial con sus dientes… Yo la suelo ver como una especie de Juana Bautista, predicando en el desierto sobre las ventajas de la irrigación de colon y de las caras de yo no fui, décadas antes de la aparición de Santa Diana de Northants, por no hablar de la que sí fue, de la mía benemérita. Fue una santísima uruguaya quien me hizo conocer esa expresión, hablando de una foto de la Carmen precisamente: “Es exactamente como me la imaginaba. Esa cara de yo no fui”, lo que me dejó extasiado durante días, pues en inglés no tenemos nada para ese tipo de cara, excepto la discutible figura de no derretir mantequilla, que conspicuamente no sirve para el caso. Day sí derretía mantequilla, pero entre bastidores: se pasó la década de los 60 frente al enroperado Rock Hudson haciendo de virgen oficial de Hollywood, de Embajadora de la Pureza para la ONU, pero su vida off set, obra de caridad para chismólogos en paro y a muchísima honra. Además, y eso me enternece y me llena de una admiración inenarrable, ella odiaba la canción “Che Será, Será” tanto como yo, o como cualquier persona normal, y sin embargo, aguantó con esa canción toda una serie televisiva de cinco temporadas, como gesto de tierna solidaridad para la gente musicalmente poco adepta.

En resumen, vestía pulcra (visón, cuando podía) pero no demasiado limpia. De hecho, hoy en la ESPOL, mirando fijamente un galápagos en mi hora libre decidí que nadie viste demasiado limpio. Lo que pasa es que, si vas a un restaurante y te fijas en lo limpio que está la mantelería cuando estás comiendo, algo pasa con esa comida. Lo mismo las personas. Si al ver a una mujer se te ocurre pensar que le convendría ir un poco más sucia y más manchada de ají y a ser posible de salsa al pesto, no es la ropa que hay que repensar, es el porte, la figura. algo. Algo ahí no funciona.

Últimamente voy mucho en bus, así que me estoy transformando en experto en el tema de uniformes de colegio femenino. Encuentro que los mejores uniformes son los más ridículos, es decir, aquellos que parecen sábanas de algodón blanco transformadas en improvisados disfraces de ángel de Navidad, con caprichosos cuellos navales de doble raya azul y complementados con zapatos blancos y con un pequeño y totalmente impráctico bolso (cartera) de cuero también blanco con asas doradas, como remate kitsch a más no poder. A primera vista, uno supone que las directoras de esos colegios padecen una especie de odio enfermizo hacia las jóvenes, tal vez motivado por envidia, lo que les impulsa a castigarlas con llevar ese atuendo absurdo durante todo el día (hay algunas, allá por la Tanca Marengo, que hasta les obligan a llevar alas, pobrecitas). A segunda vista, uno se pone a pensar: bueno, pero bien mirado, casi toda lo que lleva una mujer tiene un punto de absurdo, y además, de una especie de absurdo intencionado e insinuante. Esos alambicados sostenes. Esas calzones tan cuidadosamente infradimensionados. Esos tacones tan estrictamente innecesarios. Esas faldas tan (a veces) antilibertarias. Esos cabellos tan exigentes en lavados y cuidados. Si las tendencias seculares en arreglo e indumentaria femeninos vinieran (como creen algunas feministas) impuestas por obra de conspiración masculina, entonces uno supondría que un extracto de los Protocolos de Sion de tal conspiración rezaría algo así:


15. Resuelto, que durante los siglos venideros haremos todo lo posible para

(a) Convencer a las mujeres para que lleven ropa que dificulte el libre movimiento, a fin de que terminen creyéndose más débiles y menos capaces de cuidar de sí mismas de lo que realmente son;
(b) Convencerlas, asimismo, para que lleven prendas que realcen sus atributos femeninos de manera vistosa, para que terminen creyendo que su deber permanente es estimular el deseo masculino a como dé lugar, y marimacha la última;
(c) Fomentar el uso de vestimentas a todas luces ridículas e indignantes, mediante un ingenioso artífice que llamaremos “la moda”; con el científico objetivo de observar hasta qué apabullantes extremos de auto-humillación puede llegar el instinto de emulación que si bien es universal en los seres humanos, tenemos razones por pensar que es especialmente desarrollado en las féminas. Y si no, haremos que lo sea.
(…)


Firmado este día 1 de abril de 6.002 a. de J.C.


LOS PATRIARCAS DE SIEMPRE

En realidad, no creo que haya sucedido exactamente así, en parte porque creer que un género puede perpetrar sobre el otro género una broma tan mala presupone que el otro género padezca de una ingenuidad y una pasividad rayanas en estupidez, es decir, resulta ser una creencia algo denigrante para con el género en cuestión; y también en parte porque algunos sutiles experimentos míos a lo largo de los años me han convencido de que casi todo lo que hacen las mujeres lo hacen queriendo, al igual que los hombres. Además, mi imaginación me sugiere con fuerza que eso de ir fomentando bajos instintos en los autobuses a diestra y siniestra debe de ser algo divertido. Por no hablar de lo delicioso de la circulación del aire por abajo (una amiga inglesa una vez me confesó que había ido a una reunión de trabajo con vestido cortito y sin calzón, simplemente porque le divertía, en medio de la protocolaria monotonía, compartir consigo misma ese “secreto”). Todo ello induce a pensar que tal vez la conspiración haya sido en sentido inverso: ellas nos han convencido que nos hagamos los feos y aburridos para no hacerles la competencia.

En todo caso, la cuestión es que toda ropa, por mucho Deja que le eches sale oliendo a simbolismo. Los tacones, según las disoñadoras niñas de quinta de empresariales, “estilizan la figura”: en (nuestra) realidad, son un guiño hacia el moderado dimorfismo sexual humano en cuestión de estatura: “mira, ni así les alcanzo…” Los accesorios navales o militares son pura coquetería de musical de Hollywood de los 40. El largo etcétera, un himno a la vanidad masculina, pues lo más fácil del mundo es convencernos de que todo es para nosotros. A mí, personalmente, me encanta creer eso, a pesar de que a duras penas quepo en ese nosotros.

Así que, por eso mismo, los uniformes ridículos me enternecen, pues su ridiculez radica precisamente en la descompuesta diversidad de los símbolos, que no deja de intrigar al espectador. La obsesiva blancura: pureza llevada al estatus de enfermiza preocupación permanente, de estado de sitio sexual. El patético bolso con cadena de oro: lo naval está muy bien, pero no vayamos a crear tortilleras con pretensiones marítimas: las niñas tienen que lucir femeninas. Lo agresivamente grotesco del conjunto: ¡mira que disciplinadas son, que hasta en la calle van así, de espaldas a la moda y no intentan esconderse en fundas para la basura de celofán teñido! Y si visten así para nosotras, las directivas del colegio, ¡cómo no vestirán, llegado el momento, para ustedes!

A mí, especialmente, lo que me fascina son las costuras.

En resumen, no me preocuparía tanto, si no fuera porque la odontóloga, la otra vez que fui, me hizo una radiografía bucal, panorámica, de la cual trascendió que por debajo de una de mis muelas superiores, a la izquierda, en lugar de lo que acostumbra haber debajo de una muela (raíces) hay los siguientes personajes famosos:

Carson McCullers
Leonard Cohen
El profeta Jeremías.

Según decir de todo el mundo, la extracción de un profeta del Antiguo Testamento es muy dolorosa por mucha anestesia que le eches. Por eso no estoy encantado con la idea de volver al dentista. Tal vez, subconscientemente, esto es lo que impide que encuentre un buen trabajo en cualquier parte.

Wednesday, October 14, 2009

Cabra e Iguana

Fue una amiga mía en Barcelona, Pauline, dour Yorkshirewoman con sensibilidad hacia los animales, quien fundó aquel refugio metropolitano que, a pesar de ser concebido para albergar a gatos y perros extraviados, tuvo como primeros huéspedes a una cabra y una iguana, que a decir de mi amiga ocupaban el mismo recinto y se llevaron como excelentes compañeros. El lado cómico del asunto tal vez no sea tan evidente por aquí, donde esos reptiles salen hasta en el wan ton; en Europa, donde las iguanas son tan exóticas como, digamos, los heterosexuales en el Municipio de Durán, “cabra e iguana” podría servir fácilmente como nombre de un grupo de rock avant-garde, o como título de álbum, o como apelativo de pub inglés, o como inspiración para una obra de arte discretamente surrealista. En cambio, aquí me valgo de la combinación para, sencillamente, recordarle al lector que tiene tres cabezas; o sea, que aquello de ser Santísima Trinidad ya es de todos.

El meme en cuestión me lo contagió primero Koestler (the Ghost in the Machine), pero lo he vuelto a encontrar en Julian Barnes y un sinfín de sitios más. Parece un lugar común; por tanto, probablemente no tenga mucho que ver con ninguna realidad. Pero a mí me consuela y me alienta. En su versión primitiva, la teoría sostiene que la evolución del cerebro humano, en lugar de ser paulatina, cumulativa y armoniosa adaptación de un solo órgano, como si de la lenta construcción de una casino Art Deco se tratase, procedió de una manera improvisada y oportunista, algo parecido a aquellos edificios guayaquileños donde, cuando el dueño quiere añadir otro piso más, resulta que los pilares no dan para tanto, y entonces, se alzan nuevos pilares alrededor de los primeros y se construye una planta separada de las otras, con escalera externa, a la vez que lo que antes fue el patio se convierte en tienda, con tejado de zinc, paredes de gypsum y dificultoso acceso al resto del solar. De tal manera que lo que tenemos en nuestros cráneos es un cerebro de reptil, que cuando ya no daba más de sí fue complementado con otro de mamífero, burdamente estirado encima, que se comunica con el primero de una forma vistosamente ineficaz, y para otra copa de inri, tenemos esa monstruosa excrecencia del neocórtex de primate, que se lleva con los otros dos cerebros más o menos como perro y gato, o CONAIE y gobierno.

En otras palabras: que si la evolución del cerebro humano hubiera sido a cargo de Bill Gates, apenas hubiera salido peor de lo que nos salió.

Según Barnes, entonces, cada noche te acuestas con un lagarto y un caballo, o (según yo) con un chivo y una iguana, siendo tú, despojado de tu ropa y de tus entrañables arrogancias, el hombre o la mujer del bosque, Dios orangután. Y todo eso, sin tener siquiera que casarte.

Lo cual me parecería apenas una aburrida obviedad (que el ser humano lleve una relación problemática consigo mismo no es precisamente noticia fresca), si no fuera por la interesante manera en que tal cliché se presta para elucubraciones fantasiosas y distorsiones popularizantes estilo pop psychology best-seller: por si acaso, y ya que estoy en crisis financiera y la cosa está entre ponerme a limpiar botas en la entrada del World Trade Center, vender pollos o escribir manuales de éxito y liderazgo, yo lo vi primero. Prosigamos.

A todo el mundo (sospecho que hasta a la mismísima Aminta Buenaño, en algún rato no confesado) le interesa el sexo, de alguna manera. Pero no todo el mundo tiene la clave secreta de nuestros instintos sexuales, la cual, en este modesto libro de 212 páginas (note to self: get fake doctorate, invent some patient histories) le será progresivamente revelada. Con estos conocimientos y un poco de NLP (el próximo libro, paciencia), usted se transformará en arrollador chick magnet o en celebérrima y envidiadísima Mata Hari, según preferencia.

Primero: todos tenemos dentro a una iguana escondida (o medio digerida, si recién fue a comer en un chifa). Si usted requiere una demostración de este hecho, haga lo siguiente: trasládese a algún terreno herboso que tenga cerca, agáchese en el suelo, y comience a decir que sí con la cabeza, de manera enérgica y decidida, durante unos tres minutos. ¿Se da cuenta de lo bien que se siente? Además, lo más seguro es que al cabo de esos tres minutos una pareja jubilada de origen noruega le estarán haciendo fotos con una cámara Sony de 5,2 megapíxeles. QED.

Segundo: usted también lleva dentro a un recóndito chivo. En demonstración de lo cual, prueba ir durante tres días sin bañarse, sin usar desodorante y comiendo basura a cada rato (bueno, esto último puede que ya lo haga). Le prometo que al tercer día, ni el mismo David Attenborough podrá distinguir entre usted y una cabra, por lo menos vía interrogatorio olfativo. QED.

Tercero: usted también es primate. Se compró este libro, ¿no es cierto?

Ahora viene la parte interesante.

Si dentro de nosotros tenemos a esos tres animales, entonces el gran reto para los seres humanos es conseguir que todos tres se realicen, de forma simultánea, cada uno a su manera. Las pocas personas que, a lo largo de la historia, han ahondado en esto han descubierto un poder, una felicidad y una serenidad que trascienden el tiempo y el lugar para convertirlos en seres universales, auténticas lumbreras para el resto de la humanidad. (Con residencia en Miami y harta plata.)

Pues resulta que donde mejor podemos aplacar y complacer a nuestros cabra e iguana interiores, es en el sexo.

En serio. De los científicos es sabido, que el cerebro primitivo se encarga del sistema nervioso parasimpático, y que a la iguana que llevamos dentro le interesa sobre todo la temperatura ambiental, a ser posible gozar de un entorno caliente y soleado; le interesa también bastante la comida y la armoniosa digestión; y sobre todo, le chifla estar ahí sin hacer prácticamente nada, sapeando el panorama, y moviéndose sólo de vez en cuando, con una mesurada lentitud. De tal modo, que a veces en el sexo uno tiene ganas de ser pasivo, de cerrar los ojos y quedarse medio adormilado, de dejar que la otra persona te arrulle y apapache y te caliente el cuerpo, y limitarse a disfrutar sobre todo de las sensaciones. Es el reptil que llevamos dentro, y es totalmente respetable. Merece ser escuchado más veces de lo que lo hacemos.

Más adelante en nuestra evolución, fuimos cabrones y chivas: aprendimos lo importante que era usar la vista y el oído para no equivocarnos de pareja, y a la vez, la necesidad de embestir fuerte, y de pelearnos con Raimundo y todo el mundo para conseguir la mejor pareja posible. Aprendimos a llevar cuernos, y a otorgarlos. Todo lo cual, desde luego, es el modo más corriente que tenemos de entender el sexo en la actualidad: como algo gozosamente físico, cabril, montañoso y escarpado, triatlón de arduo emprendimiento atlético, en el que el papel de cada uno y de cada una está predeterminado biológicamente y lo que cuenta es el sudor derrochado y las cicatrices acumuladas en pos de la dorada cima del orgasmo (u otros inconfesables fines).

Todo lo cual, al chivo de vocación le basta y le sobra para entenderse con el sexo. Desgraciadamente, la evolución de nuestra especie no se quedó allí. Luego, y sobre la precaria base de esos 64K de puro instinto, sobrevino el desarrollo de ese gran centro de computación clandestino que, para caber en nuestro cráneo, tuvo que hacer malabares y contorsiones de lo más inverosímiles. Ese cerebro de primate a la fuerza tuvo que prescindir, por falta de espacio, de un motor de comportamiento sexual propio: en todo caso eso apenas se veía necesario. Máxime, unas cuantas adaptaciones, como por ejemplo el desarrollo de un rito de apareamiento que prescindiera del husmeo genital recíproco preliminar, algo que en un animal bípedo resulta un tantico embarazoso. Nuestro corto paseo por el accidentado terreno de las eras de hielo y las ciudadelas cavernícolas apenas nos infundió unas costumbres y unos dudosos gustos en materia sexual que, en opinión de algun@s, ya quedaron bien desfasados, aunque yo personalmente no veo nada de malo en arrastrar a la mujer por el cabello hasta la cueva, si ella se deja, y si en esa cueva aceptan pagar las compras suyas con tarjeta.

En fin, la cuestión es que por mucho que quisiéramos no podemos prescindir, ni en el sexo, de nuestro tercer cerebro: la cuestión es qué hacer con él, ya que hasta la fecha no ha demostrado marcada vocación de Casanova.

A lo que algunos contestan: duérmelo. A esa aburrida fábrica de polinomiales y remilgos teológicos, invítale a unas copas y pásale un Mickey Finn. Por experiencia, yo diría que a veces eso funciona a la perfección, pero ¿quién no ha tenido la experiencia de estar dale que dale, y de repente escuchar una desorientada voz en su cabeza que dice “Hola, ¿hola? ¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? ¿No nos habremos perdido aquel programa sobre el uso de la perspectiva en el arte flamenco del s.XV? Y ¿qué está haciendo con esta chica?”? Lo cual, así sea solamente por lo stevemartinesco, le deja a uno con un amargo sabor en la boca.

Otros dicen: resígnate, llega a un modus vivendi. Si para algo sirve el tercer cerebro, es para reemplazar lentos cursores en procedimientos almacenados de SQL con complejas instrucciones UPDATE que por tener agregados en la lista de SET no funcionan en la versión 2005 de Transact-SQL. Esta actividad puede que no tenga una fuerte carga erótica, pero por eso mismo es ideal para distraer la mente y así prolongar la etapa preorgásmica del coito. Usa el tercer cerebro como freno de motor, o si quieres como bucle retardatorio: es para lo único que sirve.

El problema es que, si bien ganará cierta fama de largo recorrido, no se transformará en Hugh Hefner de esta manera. Ni siquiera en Hedy Lamarr.

Así que, a modo convenientemente apocalíptico y analfabetamente hiperbólico, llegamos a la gran clave del éxito en este tema.

La cuestión, como decíamos antes, es descubrir de qué manera pueden convivir mejor la iguana, el chivo y el chimpancé. Hemos visto que el sexo promete por lo que es algo que le entusiasma tanto a la iguana como al chivo, cada uno a su manera, pero que el chimpancé se demuestra en este tema capcioso y remilgado. Diríamos que todo le parece demasiado evidente, demasiado crudo. No tiene con qué entretenerse. Le ofende tener que cederle tanto protagonismo al chivo, y quedarse en segundo plano.

Pongámosle, pues, un desafío.

(Turn to p. 96)

Monday, October 12, 2009

Salazón



Hace unos meses, mi esposa invitó a su hermano, el pastor evangélico, a “bendecir la casa”. El tipo se puso en medio del pasillo, cerró los ojos y farfulló algunas frases beatas de las que prefiero no acordarme. Ella lo invitó convencida de algún ente maléfico se había instalado en nuestra casa y en nuestras vidas. Sólo así podía explicarse que al poco tiempo de venir yo aquí, tras morirse mi madre, el hijo mayor de ella se convirtió en borracho, se metió en el negocio de los billetes falsos (Durán está lleno de ellos. Cuando aquí alguien encuentra un billete auténtico, se arma toda una fiesta de pueblo), y un día, en medio de una discusión en que no estuve presente, la empujó contra un mueble, provocándole un mal de cuello de que no consigue reponerse del todo; luego, un médico me diagnosticó una enfermedad incurable; después, ella salió con un zumbido en el oído casi permanente con el cual los médicos se declaran igualmente impotentes; a continuación, la hija de nuestra antigua empleada de hogar (recién nos enteramos: no hay pruebas), con unos amigos se metió en nuestra casa y nos robó casi todo lo que teníamos; y luego tuvimos la mala ocurrencia de poner un negocio que resultó un rotundo fracaso, se ha comido todos nuestros ahorros y nos ha dejado en la ruina. El final del chiste es que el mismo que nos bendijo la casa, luego se las ingenió para vendernos en $2.200 un viejo San Remo que, cuando quisimos deshacernos de él dos meses más tarde, resulta que apenas valía la mitad de lo que pagamos.

Y luego, claro, la cuestión del bebé. Prefiero no hablar demasiado del mal genético que le pasé: esas cosas son una lotería, y si en algún momento pensé que algún hijo mío hipotético se pudiera librar de él, habrá sido por lo mismo de lo que últimamente más me aqueja, exceso de optimismo. Cuando, allá en España, alguna novia me propuso tener un bebé y me negué, eso demuestra que en algún tiempo pasado pensaba con la cabeza; en la vejez, empero, los hombres nos ponemos ridículos, tontos, obstinados. Mi obstinación es en creer, contra toda evidencia, que algo en la vida habrá que vale la pena, aunque ese algo no se acerque demasiado a casa. Es esa creencia tozuda que probablemente será lo único que me llevaré a EEUU.

Al bebé, hace seis meses, le cayó un televisor en la cabeza. La narrativa del hecho lo dejé plasmada en otro blog. En las semanas posteriores, pensábamos que igual, por milagro, la cosa se quedaría en anécdota: poco a poco nos hemos dado cuenta de que no existen los milagros. El niño se ha quedado afásico, como medio autista, diría que tonto. Uno lo quiere igual, o más: su inocencia es más radical. A los hijos tontos, igual que a las mujeres tontas, es hasta más fácil quererlos. (De Bebemundo recuerdo esos libros y juegos de la serie “Pequeño Einstein”: ¿habrá a quien no le suene repulsivo ese nombre? Aparte de que sus biógrafos permiten albergar bastantes dudas sobre la cuestión de si el mismo Einstein, de pequeño, haya sido un pequeño Einstein.) Nos hace daño, esto sí, ver que ahora se pasaría el tiempo, si se le dejara, golpeándose la cabeza de manera compulsiva contra la pared. Es desolador ver a los eventos vencer a las personas. En un mundo que no fuera de cabo a rabo una puta mierda, pasara al revés.

Sin embargo, a través de las brumas del ensimismamiento él me regala a diario cosas que nadie más en la vida jamás me ha dado: confianza, sonrisas, afecto, ganas de compartir. Es aleccionador y conmovedor ver que a él no le importa nada de lo que soy, sólo lo que soy para él. Cuando ve por centésima vez el video de Barney, se ríe solo, pero de vez en cuando, me echa una mirada para cerciorarse de que a mí también me entusiasma. Es la primera persona que conozco que quiere compartir lo que está viendo mientras lo ve. Es también la primera persona que me deja abrazarlo sin que se le note ningún cálculo de inversión y ganancias. Los niños son increíbles (los propios, claro: los niños de los demás, para cualquier persona mínimamente sana, siempre serán horribles monstruos; eso pertenece a la categoría de hechos impepinables). Por eso es porque no quiero ir a EEUU a buscar trabajo. Si voy, él me extrañará, y luego más tarde me desconocerá. Aparte, EEUU nunca me ha llamado la atención como país. Desde luego que tiene el mejor sistema político del mundo, la mejor economía, los mejores salarios, lo mejor de todo. Por eso mismo no me llama la atención. Yo no me merezco lo mejor de nada. No pertenezco allí. Reclamo con tristeza mi lodo.

Resulta irónico cuando eso de “go native” (según alguna voz acusadora del pasado, lo que siempre he hecho en todos los sitios) conlleva “go somewhere else”. Es decir, para ser un perfecto ecuatoriano, sólo me quedaba eso, marcharme del Ecuador como todos hacen. Y con las mismas penas.

Lo único que no echaré de menos será el maduro con queso.

Entre las cosas que sí extrañaré: ese espectáculo, todavía fresca en la memoria, de ese chamán o quien fuera, ese cómico amazónico que invitaron hace tiempo al estadio de Barcelona para que con sus energuménicas danzas y sus humeantes plantas echara fuera todos esos malos espíritus que causaron que perdieran tantos partidos seguidos. Es decir, ese apoteosis de la irresponsabilidad que consiste en no reconocer que la salazón la llevamos dentro, tan dentro que termina siendo la mismísima definición de lo que somos.

Wednesday, October 7, 2009

A postman’s diary




¨How can you have any pudding if you don’t eat yer meat?”
(R. Waters)

“Estoy pensando en dejar esta universidad,” le dije un día a mi tutor, hace cosa de 30 años.


¨Pamplinas. ¿Qué piensas que vas a hacer allá fuera?”

“Quiero ser cartero.”

No lo cogió, y eso que hablábamos en inglés. Unos meses más adelante, me encontraba en una cama de hospital, con una mancha de sangre seca en la almohada, la visión borrosa y una nueva faceta de tartamudo. Había querido, pero sin éxito, convertirme en postman, o sea, en aquello que una vez fue hombre, pero ya no lo es.

Sucede (digamos, con Neruda) que me cansé. Pero la vida es eso, es cansancio. Uno no se escaquea tan fácilmente.

Hoy, a los niños y las niñas les encanta eso de ser pos-lo que sea. Digamos que desde la adolescencia meridional van en pos de poses. Quieren ser posmodernos, sin pasar por la modernidad; comer postre sin tocar la carne; y en algunos casos, ser posfeministas sin haber tenido que pasar primero por la guillotina de la Dworkin.

Tal el caso de la simpática bloguera Princesa Quil, que se pregunta quién es, en realidad, Mery Zamora, aparte (claro) de ser la desgreñada vocifera de la UNE, en respuesta a lo cual, nos propone:

“una mujer de humildes orígenes y sin mucha educación (no ha cursado estudios universitarios), que ha vivido luchando, y tengo la impresión que esta lucha siempre ha sido contra hombres.”

Alzan la voz, casi al unísono, Simone de Beauvoir, Andrea Dworkin, y Betty Friedan(1): “BINGO!” Pero tal vez habría que precisar que tal eureka tuviera menos que ver con el descubrimiento de la “verdadera” Mery Zamora, a través de poquísimos datos y una nube de prejuicios, sino con el descubrimiento de que la “verdadera” posfeminista en cuestión es en realidad una apasionada prefeminista. Y claro, a lo ingenuo de la presunción (en la que no caería ningún estudiante de noveno en EEUU) de que una mujer se pueda definir en función de su relación con “los hombres”, tendríamos que culpar, seguramente, aquel mismo sistema educativo que defiende la Zamora: es decir, un sistema en el que priman la mediocridad y el borrego consenso. Que el consenso aquí tenga una fuerte cariz machista, al lado de ese dato, es secundario, cuasi anecdótico. Mañana habrán aprendido los nuevos buzzwords, las nuevas consignas y los nuevos tabúes; pero del consenso no saldrán, por lo menos, sin muchas manchas de avena seculares en las solapas.

Claro que, como va siendo costumbre en esta blogosfera, la tal Quil guinda el pastel. No contenta con definir la verdadera Mery Zamora como carente de mucha educación (por la falta de título universitario, lo que la coloca en compañía de gente maleducada como Abraham Lincoln, Bill Gates, Stephen Spielberg, Paul McCartney, y un tal Jesus H. Christ, si la memoria me sirve), y como alguien que lucha (¿quién no?), pero, espera, “contra los hombres” (¡!), nos regala esto:

En su lucha contra los hombres, Zamora ha tenido que despojarse de su femeneidad y convertirse en un hombre mismo.

Este dato (¿?) sí me intrigó. Recuerdo haber visto, hace tiempo, en Channel Four, un documental que relataba un estudio seudocientífico encaminado a demostrar que las mujeres son más hábiles que los hombres en el reconocimiento de las emociones a través de la expresión facial. El prefijo “seudo” parece indicado en vistas de que la población de la muestra experimental constaba de una (1) sola persona, pero lo interesante fue el método. Se trataba de una mujer, de que conservo en la memoria el único y paupérrimo dato de que le gustaba mucho el deporte; esa mujer decidió un buen día que quería ser hombre, en la medida de lo posible, y ni corta ni perezosa se puso a tomar dosis progresivas de testosterona, mientras un equipo de televisión la seguía por todas partes con sus cámaras. En las entrevistas subsiguientes, se le preguntaba cómo se sentía, con la esperanza de que dijera algo así como: “saben ustedes, no tengo la más mínima idea de si cuando me preguntan eso, están deseando agredirme con un cuchillo, hacerme el amor, o concederme el Premio Nobel. Sus expresiones faciales no me dicen nada al respecto.” En realidad, no dijo exactamente eso, aunque en algún momento soltó algo lo bastante similar para que los investigadores se sintieran ufanos; lo que sí dijo es que sentía algo como una pesadez mental, una extraña y brumosa impaciencia, una especie de progresivo enlodamiento cerebral. Los escaneos cerebrales fueron elocuentes al respecto: donde antes, expuesta a una fotografía de una cara de aquéllas de yo no fui, los diferentes focos cerebrales se iluminaban como un árbol navideño de lado a lado, ahora sólo relampagueaba un pequeño segmento del cerebro, como anguila abandonada en un estuario al bajar la marea. Me sentí, en ese momento, feliz testigo del proceso descrito por Peter Gabriel:

Feel your body melt: (1)mum to (2)mud to (3)mad to (4)dad…

Según lo que se pudo apreciar en el documental, el mencionado hombre-en-construcción nunca pasó de la segunda fase del proceso, la del lodo. ¿No será la tal Mery Zamora, entonces, preciosa y única ejemplar del Encuentro en la Tercera Fase? ¿Su aparente locura no sería el último coletazo de la femineidad ahogada en una mar de testosterona sintética de inyección matutina?


No tengo datos fehacientes que apoyen tal hipótesis, pero me parece interesante. Ahora, esto, ya no tanto:

"(...) la única esperanza para la humanidad es la suavidad de la mujer, no la dureza del hombre. Hemos sufrido ya suficiente a causa de la dureza del hombre. Lo que se necesita es que el hombre se haga más como la mujer, en vez de que la mujer se haga más como el hombre"

La cita es de una tal Osho, con quien la Quil tiene trato de estudiada benevolencia: no sé quién será, pero me siento como ante uno de esos verborréicos decretos gubernamentales, donde nos explica que como hace unos días el amigo del hijo de uno de nuestros gobernantes se curó de un sospechado cáncer de uñas tomando solo noni, a partir de ahora los saberes ancestrales han de ocupar el 37% del espacio televisivo disponible, y que todos deberíamos intentar ser más ancestrales, es decir, ir más pintados y con menos ropa, so pena de quedarnos en la Larga Noche Neo de infeliz recuerdo. Fíjense, sin embargo, en esta espléndida colisión de autoritarismos de la más diversa índole: “se necesita” que “el hombre” “se haga”, “más”, “como” “la mujer”. Cada entrecomillado es un nuevo latigazo de estupidez: ni queriendo, querido lector, usted pudiera aparentar este nivel de soberbio y místico descerebramiento. Veamos.

Primero, ni “el hombre” ni “la mujer”, salvo en los textos escolares de biología. Fuero de ellos, sólo hay hombres y mujeres, inmunes a todo intento de adjetivación y estereotipo. Y a pesar de lo sensacionalista de cada nuevo descubrimiento de alguna liviana, supuesta y rápidamente desmentida diferenciación entre los adultos “broken down by sex” (I know the feeling) en cuanto a capacidades y destrezas cognitivas, intelectuales, emocionales, lo que las revistas callan es que, aun cuando se pongan de acuerdo los investigadores, siempre hay y habrá una diferencia abismalmente mayor entre dos individuos cualesquiera, con independencia de género, en todos esos aspectos. Para la Quil, Mery Zamora se manifiesta “como un hombre” en tanto que demuestra “carácter fuerte”, “actitud de gallito de pelea siempre a la defensiva”, “tono gritón” y mejor todavía, “fija expresión de odio en su cara”. Si los hombres a la que conoce la Quil todos son así, tal vez tendría que extender su círculo de conocidos. Hubiera acertado más diciendo que la pobre de Zamora se había hecho “como un político”; pero que los políticos sean hombres, o alguna vez lo haya sido alguno de ellos, es un supuesto no consentido. El político, lo sabemos, pertenece a un género aparte.

Segundo, ¿qué es eso de que “se necesita”? Una vez más, el recurso de la pasivización disfraza, pero del modo más infantil, las veleidades dictatoriales de sillón. Es decir, cierro los ojos y me pongo a pensar en, bueno, pues, en el mundo, en la vida, ese tipo de cosas, y me doy cuenta de que el mundo no es como yo quisiera, y entonces, pues, me pongo a imaginar cómo podría ser mejor, y se me ocurre que si los hombres fueran más, no sé, más… corteses, si se fijaran más en mi ropa y en mi peinado, y si hubiera menos delincuencia, es decir si los hombres dejaran de robar y de matar, y se dedicaran nomás a llevar al niño a pasear, y ese tipo de cosas, entonces, no sé, tal vez el mundo iría mejor. Así que (abriendo los ojos) la culpa de todo es de los hombres, y es absolutamente imperativo que cambien todos y cada uno de ellos para transformarse en personas que a mí, personalmente, me gusten más.

Claro que si el tal Osho es hombre, entonces no hace falta tanta gramática para interpretar las citadas idioteces: son simple piropo arrancabragas. Enhorabuena, chico, te salió redondo.

Pero sí que a veces pienso que lo mío, que a estas alturas ya se ha vuelto instinto, para algunos otros debe parecerles una disciplina oriental de lo más arduo: eso de suponer que cada persona, sin ayuda de ningún tipo de religión ni ideología ni ismo ni gobierno ni consenso, es perfectamente capaz de saber en cualquier momento lo que “necesita” y de buscarlo, sin perjuicio del derecho de los demás a hacer lo propio, y siempre ajustándose a las leyes de la física, la química y la bélica que son las únicas que merecen nuestro respeto. Es decir, no hace falta ni que “el hombre” ni que “la mujer” haga nada ni sea nada, excepto lo que a cada uno le da la gana de ser y de hacer. La masculinidad y la femineidad, no son más que datos estadísticos de dudosa fiabilidad y aplicación, que proponen presentarnos el agregado de lo que los hombres y las mujeres en una determinada región han decidido ser y hacer en los últimos diez años: convertirlos en normativas o someterlos a cualquier tipo de crítica es de una ridiculez apabullante, como lo sería argumentar que la gente de ojos azules deberían cambiar para ser más como la gente de ojos pardos.

Lo que la Quil ignora (no conoció a la “suavidad femenina” de la Thatcher) es que lo que embrutece, lo que da pie a “guerra y confrontación” no es la testosterona, sino el poder. Deja que una persona se erija en gobernante de los destinos de otras personas, y, tenga el equipo reproductivo que sea, se aprovechará de ello en beneficio propio y en perjuicio de los demás. Se llama egoismo, es universal y no tiene género.


(1)
It is easier to live through someone else than to become complete yourself.
Betty Friedan, The Feminine Mystique, 1963
(cinco estrellas)


(Continuará, pero no sé cuándo. Hoy se acabó el Internet de la oficina. En casa, nada. Ya nos veremos.)