Monday, November 30, 2009

Patas al revés

Tenía en ese lejano entonces una gata llamada Trotsky. Tenía también con qué costearme sus caprichos alimenticios (esas latitas Cordon-Bleu: no recuerdo cómo se llamaban, era como Nouvelle Cuisine felina) pero no me llegaba la plata para ligaduras de trompas ni nada por el estilo, aparte de que el evidente sufrimiento de la gata en celo no estaba convencido de que se podía aliviar de esa forma, o de cualquier otra forma que dejando que la espinilla de mi pierna le sirviera de gato-sustituto las veces que fuera necesario. En fin, encontró a un gato no-sustituto y dio a luz. Los dos primeros, absolutamente sin esfuerzo, en cuestión de pocos segundos, sin que ella siquiera haya asistido a clases ni que nadie le dijera que empujara, que empujara, en fin, se ve que ser de raza felina y por lo tanto no tener ninguna maldición bíblica macrocefálica pesando encima no deja de ser una bárbara suerte. Pero el último retoño era otra cosa. La Comandante del Ejército Rojo se puso a gritar y a dar vueltas, y al final tuve que asistir en el parto, si no ese desdichado se quedaba ahí a medias. Cuando salió se veía enseguida cuál era el problema: tenía las patas al revés. El gatito miraba palante, pero sus piernas patrás. Pensé que igual La Trot habría bebido de ese charco de agua después de las lluvias ésas procedentes de las estepas: "Ni qué Chernobyl ni qué niño muerto", habría dicho, "yo tengo sed."

A los pocos minutos la fundadora del Cuarto Internacional tenía a sus dos gatitos limpios y calentitos, como en salita de recuperación al lado de esos consoladores pezones. Pero al tercero, al feo, al pativirado, ni le hacía caso. Como si no estuviera. Y cuando yo se lo acerqué, ella lo apartó de nuevo. Me miró. "¿Por qué me traes esa basura?"

El animalito se murió a la media hora. Repito: no había manera de convencer a la madre de que tuviera ese "instinto" de cuidar del más débil.

¿Será porque lo había tocado? ¿Olía diferente por eso? Posiblemente, pero creo que la autora de La Revolución Permanente simplemente no estaba dispuesta a criar a un gato tan llamativamente perdedor.

Convengamos, pues, en que si las gatas no abortan es porque no pueden. La "naturaleza" poco sabe de ternura y menos de compasión. (Y eso de seguir las directrices de "la naturaleza", en todo caso... me viene a la mente la imagen deliciosa de un hombre que, camino al trabajo, se agacha a husmear los genitales de todas las hembras de su especie que encuentra por el camino. "¿Qué les pasa, señoras? ¿Les asusta la Naturaleza?"). Y convengamos también en que las mujeres que abortan lo suelen hacer, si se quiere "por egoismo", pero por ese egoismo que consiste en adecuar tus fuerzas a tus posibilidades de éxito, es decir, ése que en otros ámbitos se dignifica con el nombre de autoconservación, o de no darle latigazos a caballos muertos. Que el feto no presente señales de pativirado, de deforme, de predestinado a perdedor sólo sería relevante en la medida en que la fisiología sea el destino, cosa que se me antoja bastante no demostrado. El destino de un bebé está escrito, no tanto en sus genes (salvo casos minoritarios: hola) sino en la actitud de su madre a más de sus circunstancias personales y económicas. Y puedo dar fe de que a veces, desear cambiar nuestra actitud y poder hacerlo son cosas bien distintas.

Mientras, hay obispos para que, faltándonos hasta leche en polvo, no nos falten nunca sermones.

Wednesday, November 25, 2009

Estupefacientes

¿Qué es una sustancia estupefaciente?

¿Algo que produce estupidez?

No, dice la RAE. Estupidez, no. Estupefacción.

Ah. Y ¿estupefacción?

Pasmo, estupor.

Estupor, acepción 1: pasmo, asombro. Acepción 2: "Disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia", digamos: transitoria estupidez.

Bien. Una sustancia estupefaciente es cualquier cosa que me produce pasmo, asombro, o que disminuya la actividad de mis funciones intelectuales, al tiempo que me induce a poner cara de indiferencia.

Sería difícil encontrar una descripción más exacta de la sustancia de la propaganda televisiva del gobierno.

Por eso encuentro interesante la propuesta en el proyecto de Ley Mordaza:

Se propone que los medios de comunicación privados estén obligados a “destinar una hora diaria, no acumulable, de lunes a sábado, para programas oficiales con carácter educativo que fortalezcan los valores democráticos, la promoción de los DD.HH., la prevención de consumo de sustancias estupefacientes...”.

Niños, ¡digan NO a los programas oficiales con carácter educativo!

Ecuador, 2009


La moda del insulto gratuito arrasa.
"Somos gente amable."

Sunday, November 22, 2009

De crucifijos

En el blog de la María Paula Romo, se celebra como "interesante" el que el Tribunal de DDHH de Estrasburgo haya fallado a favor de una demandante italiana que se quejaba de que en el aula de clase de sus hijos había un crucifijo. Sentenció el tribunal:

"El Estado debía de abstenerse de imponer creencias en lugares de los que dependen las personas."

Sólo cabe aplaudir estas palabras. Ciertamente, el Estado debe de abstenerse de imponer creencias en cualquier lugar. El único problema es que esto no tiene nada que ver con el caso que fue presentado ante el Tribunal. No se trataba de que el Estado impusiera creencias: se trataba de que había un crucifijo en una aula. Y colocar un crucifijo sólo puede significar imponer una creencia en el supuesto de que la persona que viera el crucifijo, o que lo tuviera cerca, se hallara forzada a creer en el crucifijo, o en algo representado por él. Para poner a prueba dicho supuesto, acabo de exponerme, no sin cierto recelo, a la visión de un crucifijo (una amiga de mi esposa me mandó uno en un fichero PowerPoint, con musiquilla y todo). ...Cero. La presencia de esa imagen delante de mis ojos no me indujo a creer absolutamente en nada. Con lo cual, el fallo del Tribunal de Estrasburgo se revela como candidato al non sequitur del año. Lo que da auténtico pavor es pensar que los jueces que emiten esas gilipolleces de fallos cobran por ello.

Con lo cual, propongo: Que el Estado debería de abstenerse de pagar cuantiosas sumas a personas que se han demostrado incapaces de seguir una línea de razonamiento coherente, o de contestar una pregunta con una respuesta que tenga algo que ver con ella.

¿Tiene importancia el caso, o la multitud de casos similares que con regularidad destaca cierta prensa sensacionalista? Al fin y al cabo, colocar un símbolo de tortura en una aula de clase es de innegable mal gusto; fuera de la secta de los cristianos (que eso sí, en Italia se entiende numerosa), nadie va a lamentar la ausencia de ese objeto en ese lugar. Pero detrás de ello hay un principio en cuestión, nada menos que el de la racionalidad: pues con tan peregrino fallo, el Tribunal de Estrasburgo está legitimando una vez más la creencia supersticiosa de que los símbolos tienen poderes más allá de los que nosotros, como individuos, voluntariamente les concedemos. Es decir, si un objeto de madera puede "imponer una creencia", entonces todos debemos andar con cuidado con lo que vestimos y con lo que decimos, no vaya a ser (por ejemplo) que mi camiseta contenga un mensaje cifrado que a otro le perturbe su personalísimo Weltanschauung; no vaya a ser que un gesto involuntario de rascarme las nalgas se interprete en determinada circunstancia como una ofensa a la dignidad de algún presidente que incautamente ande cerca en ese momento. En el ensayo Culture of Complaint, Robert Hughes destaca el caso de una camarera (mesera) en California, que en el 91 se negó a servir a un cliente con el pretexto de que él estaba leyendo la revista Playboy, hecho que según su modo de ver las cosas, era un atentado contra la autoestima de "la mujer". Tanto ella como el gerente le pidieron abandonar el local: al poco tiempo el lugar se llenó de protestantes con sendas copias de Playboy, lo cual fue seguido por una contra-manifestación de feministas. Todos ellos se supone que no se olvidaron de pedir algún tentempié del menú: se ve que en EEUU, ser intolerante realmente puede ser muy buen negocio. En todo caso, antes de que este país se deje arrastrar por semejante corriente de locura, fuera bueno dejar sentado un principio básico, a mi modo de ver impepinable: que lo que yo hago o digo o escribo o visto o leo o cuelgo en la pared no tiene por qué importarte, y si te sientes ofendido por algo de todo eso, es tu problema, no el mío. Y eso no deja de ser así aunque yo llegue a ser columnista o reportero en un medio de ésos que los teóricos del regimen dicen "sociales": en tal caso, lo único que cambia es que quienes se sientan ofendidos tienen la opción de castigarme dejando de consumir mi producto, lo cual sirve como mecanismo de regulación de demostrada eficacia, obviando la necesidad de cualquier otro.

Así que la próxima vez que te sientas tentado a protestar contra un crucifijo en una aula, acúerdate de los que tenemos que aguantar en un sinfin de lugares públicos la imagen del nuevo Redentor, con su blusa bordada, que con su sonrisita intenta inducirnos a creer que cuando se vaya la electricidad, seguirá brillando con luz propia. De tales ofensas a la libertad de creencia, María Paula Romo no nos dice ni pío: ¿por qué será?

Cinta roja y tinta verde

La frase “tinta verde” ha tenido que salir en este blog como cinco veces para que me dé cuenta de que se trata de un símbolo privado, de resistente opacidad. Pues bien, aclaremos: la MayTe era una jovencita delgada y de carácter algo reservada; su hermana menor Maribel, más dicharachera, rolliza y embarazable (yo no fui); había dos hermanos también. A la mamá el hueco de un incisivo ausente le daba un aire entrañablemente defectuosa cuando sonreía, que era casi siempre; el papá, de aspecto barriobajeramente hitleriano, regentaba el bar, situado frente a un campo de fútbol en desuso, donde trabajaban todos menos él, que tenía su hamaca allá fuera, y también su negocio de máquinas tragaperras (ésas que últimamente han dado lugar en este país a una orgía de moralizantes discursos y a una Pierina Correa la mar de huraña). Ese bar fue mi segundo hogar durante casi un año. La MayTe me servía esos interminables sol y sombra, Farias y botellines del tiempo, con cara de esfinge. Cuando ya me había ido a otro país, y escribíamos, ella lo hacía con tinta verde, y flores dibujadas al margen del papel. Fue entonces cuando me di cuenta de que ser estudiante de psicología no significaba en absoluto serlo de la mente humana, y menos de las ricas variantes de la conducta que vuelven divertidas y curiosas las relaciones. Ella, por su discurso epistolar, parecía un robot programado de acuerdo con los manuales de etiqueta de ama de casa de los años cincuenta (ya recién estrenados los ochenta): su letra parecía ostentar cintura de avispa. Desde entonces, esa tinta verde me sirve para identificar a las estudiantes modelo, las que como buenas secretarias agarran al vuelo todas las resacosas incoherencias del profesor, para reproducirlos en el examen con respetuosa fidelidad y redondeadita letra. Ésas que, según el texto de la nueva Ley Mordaza, son las únicas que a partir de cierto momento podrán ejercer ciertas modalidades estratégicas del periodismo, pues la tenencia del título, en vistas de lo que se nos viene encima en cuestión de pensum teledirigido carondeletiano, se supone que demostrará alentadora capacidad de obediencia y sumisión a las grandes directrices revolucionarias. Por eso digo: hay que corromperlas a todas.

No será difícil con la necesaria inversión: el quid, quieren ser corrompidas. Lo sabrás si alguna vez asististe a un desfile de ésos de Semana Santa en algún ex reino de Taifas de la vieja Península. Viene la cruz, vienen unas cuantas toneladas de Virgen, sostenidas por pepudos notables barriales, y luego ahí está, medio manípulo de doncellas con, ay, peineta y mantilla, todas de negra, sosteniendo con indecible reverencia sendas vergas blancas chisporroteantes de cera. Pasan de cerca, y tus plexos irrumpen en vivas: eso es sumisión femenina, y lo demás cuento. Y es que la que de soslayo te miró y se acercó la vela al labio con gesto triunfalmente inconsciente las delató a todas. Ellas, las tintas verdes, escogen siempre lo más barroco, lo más enemistado con la razón y la sobriedad, lo más gótico, aquello que más altares y almohadas y cabrones exige. Por ello, en todas las facultades de periodismo del país como cuestión de máxima urgencia hay que identificar el lugar preciso donde tendrán lugar las misas negras, y hay que empezar a recaudar fondos para los necesarias gastos: yardas de terciopelo morado, pintura dorada, velas de distintos tamaños (hay que pensar en todo), incienso (en la ruta del Sol hay palosanto a buen precio), chivos, pergamino, rebenques de diferentes grados, cadenas (tiendas de repuestos automovilísticos, lo más práctico), pizzas napolitanas, cola, asistencia de la Cruz Roja, etcétera. Esas alumnas de periodismo, cuando ya se hayan dado cuenta del valor de canje de sus lealtades, no nos van a salir nada baratas: hasta podrán pedir alitas de pollo y doble queso.

Y todo porque un día, un humilde psicópata tuvo Un Sueño: soñó con un mundo en el que nadie estaría marginado, todas y todos tendrían la posibilidad de comunicar su visión, y todos y todas tendrían acceso a un periodismo de calidad, veraz, contrastado y con responsabilidad ulterior. O quizás no soñó eso: tal vez soñó con un mundo en que toda la gente anduviera con un membrillo bajo el sobaco izquierdo. En fin, poco importa lo que soñó: la cuestión es que cometió el error, propio de psicópatas, de soñar cosas que involucraban de alguna manera a los demás. Cuando alguien tiene un sueño así, siempre terminamos pagando de alguna manera.

Saturday, November 21, 2009

Gay marriage, drugs and rock ‘n’ roll

En este blog es frecuente que los pocos que se asoman por la caja de comentarios se olviden de limpiarse las botas antes de entrar, con lo cual uno después tiene que agacharse y repasar la alfombra, tarea ingrata pero que bien merece el privilegio de tener lectores. No me quejo. Ni siquiera cuando entre esos restos de naturaleza campestre que quedan adheridos al suelo (barro, hojas secas, briznas de paja, coleópteros difuntos de diversos tamaños) se encuentra, y esto sucede con sorprendente regularidad, un xaflag. No sé por qué será que tantos de mis visitantes andan con un xaflag pegado al tobillo, sólo sé que cuando ya han venido a ver el post y se han servido el té en la caja de comentarios y ya se han marchado, repaso los comentarios y ¡zas! otro xaflag que alguien ha dejado ahí, como incrustado. Pues bien, se me ocurre que igual se trata de alguna arcana costumbre local, y que hay que pegarse un xaflag de vez en cuando, aunque sea sólo por tres minutos (para ahorrar agua). Así que ahí va el mío.

Después de una somerísima visita, me convenzo de que todo en la tierra de los xaflag sigue igual, es decir que el bueno de Flores sigue hablando de los mismos temas de siempre: de fútbol, de la legalización de las drogas y del matrimonio gay, de lo sesgada que es la línea editorial de El Universo, de lo equivocados que son todos los que critican al gobierno (lo que no significa que no sea criticable, ojo), y de sus cosas (viajes, música preferida, y se supone que chicas aunque no las alcancé a ver esta vez, evidentemente fue una visita rapidita). Entre todos estos temas, los últimos me parecen harto respetables (echo de menos que algunos blogueros hablen más de sus cosas). En cuanto a lo demás, y en orden aleatorio:

Fútbol: soy un perfecto ignorante en el tema. Estoy dispuesto a conceder que el tal Flores sea un entendido en la materia. Lo parece.

La línea editorial de El Universo: ¿es sesgada? ¿Los osos son católicos? ¿El Papa caga en los bosques? Vamos, hasta las más suculentas obviedades sólo son exprimibles hasta tal punto. Ya sé que soy el primero en ponerme pesado con mis bêtes noires, pero todo un ejemplo para la juventud como es Flores se supone que podría dar el salto de vez en cuando y hablar de aquellas líneas editoriales que no son sesgadas, dondequiera que se escondan, así nomás sea para esbozar una justificación para esa extraña indignación suya que siempre me recuerda a ese borracho que conocí que daba cabezazos contra un muro en señal de frustración por el hecho de que, como él lo expresaba, la ciudad de Madrid no habían pensado en colocarla unos cuantos centímetros más hacia la izquierda. Claro que todo el mundo puede imaginarse un diario más elegante, más plural y menos predecible que El Universo, pero si no hay, será porque nadie lo ha pedido o lo ha sabido reconocer en su embrionario paso por los quioscos o porque no nos lo merecemos o porque cuesta demasiado o yo qué sé. Todo y así, mejor un Universo que mil Telégrafos, a mi modo de ver, o sea, mejor un plasta borracho, repetitivo, malhablado e intermitentemente incoherente, que un coro de piadosos eunucos perfectamente entrenados para cantar las alabanzas del autócrata en cada parada. Y ya que estamos, otro diálogo de borrachos que atesoro (en parte porque uno de ellos, siendo ancianitos los dos, había traído hasta dentro del bar su bicicleta, detalle que llamaba más la atención en vista de que él sólo tenía una pierna):

- Franco es mejor que el Rey. (estábamos en España, año 1989)
- Hombre, no: el Rey es mejor que Franco.
- Yo digo que Franco es mejor que el Rey.
- Nada, el Rey es mejor que Franco.
- Insisto: Franco es mejor que el Rey.
- Pero si Franco está muerto.


(una pausa)

- Ahí sí, tiene usted mucha razón.

(Sobrevino un silencio permanente.)

En cuanto a que los críticos más visibles del gobierno, o por lo menos algunos, se obsesionan demasiado con las formas y se olviden del fondo, supongo que será porque intuyen que en el momento que su frágil oposición desciende al nivel de propuestas alternativas concretas, sobreviene el caos, pues entre ellos hay conservadores, neocones, liberales, libertarios, hasta algún que otro socialdemócrata égaré y no me extrañaría si alguna bota de cuero pulido. Que esa táctica de esconder las diferencias para “darle duro” al enemigo sea contraproducente no creo que admita duda a estas alturas. Con Lluis Llach:

Si tu l' estires fort per aquí
I jo l' estiro fort per alla,
Segur que tomba, tomba, tomba,
I ens podrem alliberar.

Claro que el Flores, siendo del campo enemigo, no tiene por qué lamentarse de esa oposición de estelar incompetencia: más le conviene celebrarlo, y así lo hace.

Ahora, si nos ponemos a hablar de drogas, en este plan:

Dos personas a las que mucho admiro (…) están muy mal: han dejado las drogas.

pues qué quieren que diga, yo también estoy muy, pero que muy mal y es porque no las dejé a tiempo, o tal vez mejor dicho, me equivoqué al dejar la que me convenía y seguir con la que no. Con lo cual, concluyo que cada quien es cada quien para decidir (con más atino que yo, se espera) lo que le conviene arrojar fuera de su esfera vital y cuándo. Lamentarse por el descubrimiento de que los héroes tienen pies de barro, o peor, té de boldo, queda como muy Holden Caulfield para el caso: no lo hubiera esperado de este tipo. Supongo que todos tenemos nuestros infantilismos pasajeros. Ahora, ¿vale la pena reivindicar la legalización de las drogas, por muy recomendable que sea (en eso no hay discusión), a sabiendas de que no va a ocurrir? El problema es que quien lo reivindique queda como muy frívolo, con todas las cosas ultra serias que están pasando y me vienes a hablar de drogas, vamos, ¿eres hippie o qué te pasa? Pero si le sirve para ufanarse contra los libertarios del barrio (¿habrá alguno?) por la poca o nula devoción de éstos por el tema, entonces su utilidad habrá encontrado.

Queda el matrimonio gay. Claro que se entiende gay en el sentido de homosexual, y no de “alegre”, pues un matrimonio alegre eso sí sería algo que nadie que tuviera un mínimo de conciencia cristiana y de decencia humana podría permitir. Ahora, que no deba de haber impedimento para que los homosexuales se casen es una exigencia que todo liberal tendría que hacer suya, en la misma línea de reivindicar la libertad de eutanasia, de la que el matrimonio, entre dos personas quienesquiera, se entiende que es una variante especializada. Si cualquier persona, con independencia de orientación sexual, tiene derecho a terminar su vida inyectándose veneno, ¿por qué no lo tendría de hacer lo mismo de otra manera más vistosa, haciendo que le echen la sentencia de muerte desde el púlpito, el despacho del juez o el puente del barco? Lo engorroso del tema, claro, es que pasa lo mismo que con el aborto, que cuando defiendes la libertad de la gente para decidir, se interpreta que estás “a favor”, tout court, del aborto, del matrimonio, o incluso, en el caso de la libertad para portar armas, de la matanza de Columbine. Dicho sea de paso, el mismo Flores no es ajeno a este tipo de argumentación: si le propones que la gente debe de ser libre para comprar el diario que quieren, sin totalitarias Leyes de Comunicación de por medio, te contestará (haz la prueba) que estás defendiendo la caprichosa línea editorial de El Universo, como si las malas elecciones que hacen las personas en libertad son achacables a quienes defienden tal libertad en primer lugar. En realidad, el matrimonio es un ejemplo perfecto de algo regulable por el Estado, algo más que nuestros Amos y Señores nos pueden administrar por nuestro bien, ora permitiendo que se case un hombre con una mujer a partir de cierta edad, ora con dos, ora con otro hombre, o con todo un equipo de rugby, ora con una botella de Pilsener, ora obviando edades, siempre entendiéndose una maraña de reglas suplementarias concerniente la duración mínima del contrato, los requisitos de su anulación, los deberes contractuales sobreentendidas, etcétera. Por todo lo cual, un elemental sentido de responsabilidad hace que el liberal se sienta obligado a dirigir su esfuerzo propagandístico por otro lado: Niños, ¡digan NO a los acordes mendelssohnianos! Mensaje que tiene la ventaja de no discriminar entre ninguna orientación, pues los peligros se entienden que son los mismos para todos. Con esto quiero dar a entender que quien defiende el matrimonio, sea gay, hetero, metro o de cualquier otro tipo, está defendiendo la segunda amenaza más grave para la libertad individual que la especie humana ha inventando hasta la fecha.

Lo cual es menos escandaloso, cuando de la primera demuestra ni haberse dado cuenta de su existencia, quizás porque tiene un título en ella.

Y con esto se acaban mis tres minutos. En un futuro, por favor, WIPE YOU FEET.

Friday, November 20, 2009

El Placer de Ser Too Ombré

Sentimiento y pasión, razones locas
que me juntan contigo, amándonos
sensaciones que me levantan el deseo
de ser uno del otro....y para siempre ..

Sería difícil concebir cuatro versos más execrables que éstos, ¿verdad? Lo único que les falta es algún error ortográfico (“pación”, tentador) para que sirvan como paradigma inmejorable de ese género tan de nuestros días, el Internet Poetry, ese reino del analfabetismo funcional, de la autosuficiencia microcefálica, y del mal gusto de marras. Todo lo demás está aquí: puntuación aleatoria, con los puntos suspensivos de rigor, clichés verbales (”razones locas”) y conceptuales (“ser uno del otro”), sorprendente torpeza expresiva (“me levantan el deseo”, “me juntan contigo”), vaguedad (“amándonos”), infantilismo (“y para siempre”), altivo desprecio por el arte de la versificación, y por último, esa actitud de boba autocomplacencia tan codiciada por cualquiera que haya intentado alguna vez parodiar el género.

El engendro completo se encuentra aquí (no recuerdo qué es lo que estaba buscando cuando Google me lo escupió), y hay que decir que tu billete de entrada se amortiza con los comentarios. Mi favorito, la mujer chilena que sentencia que el “poema” hace un “excelente uso del lenguaje poético” (¡!%$(•@¿), para a continuación señalar el “ERROR”, así, en mayúsculas, del escritor:

“Las mujeres de verdad y que se precian por sus cualidades, NUNCA son sumisas. Si tu encuentran (sic) una así....no te conviene.”

Curioso comentario dado que “sumisa”, “sumisión”, “someter” son algunas palabras que se encuentran ausentes en el “poema”: será que tal sumisión se puede deducir de la referencia a cierta mustia “entrega incondicional de mujer amada” en la penúltima estrofa, en cuyo caso tal vez por lo de “entrega” se podría apuntar el mismo ERROR en Neruda, cuyo excelso recuerdo sobrevuela esta banalidad. En fin, el comentario me dio nostalgia en tanto me recordó una ex mía, uruguaya, que tenía la misma enternecedora costumbre de convertir toda preferencia no compartida por ella en error, y no sólo en eso, sino en ERROR, así dándole la razón a Jung, donde sostiene (notablemente en Aion) que en la mujer el animus (elemento inconsciente masculino) suele traducirse en dogmatismos basados en “consensos convencionales” en permanente busca de ese enfrentamiento que promete permitir saborear la elixir del poder. El recurso de las mayúsculas se entiende de esta manera como el equivalente textual de esas hilarantes sillas giratorias en El Gran Dictador de Chaplin (me refiero a la entrevista entre Hitler y Mussolini) donde cada uno intenta sobreponerse al otro mediante la elevación física. “Declárate vencido, mis letras son más altas que las tuyas.”

Ahora, por “enternecedor” no quisiera quitarle hierro al asunto, pues los vientos del dichoso animus ése, ora canalizados por mujeres de verdad, ora por otras de mentira (léase círculos rosas), últimamente en este país alcanzan extremos en la escala de Beaufort realmente preocupantes. Me refiero a que de repente estamos inundados no sólo, o no tanto, por mujeres de verdad (las que no son sumisas) sino por maestros de verdad (que sí lo son), empresas de verdad (que pagan sus impuestos), medios de comunicación de verdad (que defienden el socialismo), estudiantes universitarios de verdad (que no participan en manifestaciones), indígenas de verdad (que no hacen oposición al gobierno) y hasta democracias de verdad (donde no hay elecciones). Asimismo, al igual que aquella inefable comentarista que desde Valdivia, Chile, presume dictar lo que “le conviene” y lo que no a cualquier desconocido en base a su incuestionable autoridad de “mujer de verdad”, de la misma manera vemos a diario en las páginas de El Telégrafo, que en el Ecuador de hoy, si no eres “de verdad” en alguno de los sentidos expuestos, no eres nada, y tus anhelos más íntimos se pueden resumir adecuadamente en ERROR. Por tanto, se hace acuciante la necesidad de que aquella gente que disponga de tanto ocio como para participar en debates, asambleístas incluidos, aprendan a distinguir entre conceptos, y no confundan preferencias personales con imperativos ideológicos, ni subjetividad con veracidad. Es decir, que aprendan las verdaderas “leyes de la comunicación” antes de pretender dictarlas. Lastimosamente, estamos ante un gobierno que piensa que todo con mayúsculas se vence: las mayúsculas del “yo ordeno”. Y algunas de cuyas adalides femeninas creen, al igual que la chilena, que “no nos conviene” tener siquiera relaciones que no se ajusten a su concepto de la igualdad de LA MUJERR, así, en latín vulgar, concepto que por lo visto sufre cual crucifijo milagroso por cada pecado que se comete en su contra.

Sobre el mal gusto, tema de análisis en el que este “poema” (por no hablar de la web en que se encuentra, "quieroquemeleas.com") nos arrastra nolens volens, discurriré en otro post: los Teletubbies me llaman. Empiezo a reconocer esa hambre característica fruto de la malsana adicción. En cuanto a las sombras referidas en el título, ya hay un blog aparte para ellas. Absténganse las mujeres de verdad so pena de trauma psíquica permanente.


Wednesday, November 18, 2009

Barney vs. Teletubbies


Ayer en mi clase de la ESPOL nos enzarzamos en una discusión sobre las respectivas virtudes de Barney y los Teletubbies. Debo decir que me decanto por estos últimos. No tanto en lo referente a su utilidad como entretenimiento infantil (nada desdeñable, desde luego, en ambos casos) sino en cuanto a sus premisas ideológicas.

Barney, para empezar, es un dinosaurio. Eso equivale a decir que tiene un cerebro pequeño, una reducida capacidad de empatía, y un acentuado afán de protagonismo. (El hecho taxonómico podría acarrear también ciertas creencias jurásicas, como la lucha de clases o la teoría marxista de la plusvalía, aunque eso en su caso no está aún demostrado.) Ese afán de protagonismo es lo que más le distingue en la práctica. A pesar de ser en realidad un pequeño muñeco de felpa, su maquinaria propagandística, aprovechándose de la gran capacidad imaginativa de los niños, insiste en sobredimensionarlo, retratándole como un ser de verbo fácil y ocurrente, de legendaria sapiencia, de prodigiosa inteligencia, y capaz de todo tipo de hazañas mágicas. En todas partes es el centro de atención, y reclama para sí la distinción de ser para todos persona grata. Sin rastro de pudor, se le ve abrazando a niños, a esos mismos niños que sin duda su naturaleza de carnívoro reptil le induciría a engullir rapidito si no fuera por la presencia de las cámaras.

De modo que con Barney nos encontramos con la apología del culto al Líder, en cuya presencia sólo cabe la sumisión, la forzada complacencia, la sonriente celebración de sus peores chistes. Lo que es peor, ese Líder se pasa el tiempo predicando: no hay que dar saltos en la cama, si no tienes algo hay que imaginar que sí lo tienes, hay que compartirlo todo. Pero tal vez lo que más irrita de sus programas propagandísticos autoensalzadores es ese extraordinario empeño oportunista de reescribir todas las canciones infantiles habidas y por haber, producción intelectual de mejores épocas, para agregarles ese toque ideológico tan característico del biempensantismo norteamericano de los años ochenta y noventa. Una canción tan tradicional, tan verídica y costumbrista como "This Old Man", que alerta a los niños sobre la posibilidad de que un viejo irlandés llegue a casa algún día rodando por el suelo (evidentemente, por efectos del whiskey añejo) es reinventada como himno de culto al régimen ("I love you, you love me") (italics mine) y sirve de estribillo para cada uno de esos bochornosos y exquisitamente hiperproducidos programas de lavado de cerebro infantil.

En cambio, de los Teletubbies lo más destacado es la ausencia de moralismos impuestos, y sus nobles planteamientos sobre la posibilidad de una convivencia pacífica y creativa entre seres dispares pero complementarios, sin falsos protagonismos ni heroismos de ninguna clase. Es notable que ninguno de los Teletubbies intenta ejercer funciones tutelares sobre los demás; también es loable la ausencia de estereotipos sexuales en esa serie (hasta tal punto que realmente, el sexo de cada Tubby es un enigma al menos para mí. Tinky Winky tiene voz de hombre con graves retrasos mentales, pero lleva bolso de mujer; en un episodio, todos ellos/as menos uno/a disfruta probándose un tutú; el único que no parece tan interesado en esa propuesta, Dipsy, termina aceptándolo; quiero pensar que los guionistas querían ensalzar las virtudes del travestismo creativo y de la libertad indumentaria radical, que yo también canté en otro lugar de este blog). Pero lo más interesante es el hecho de que, si bien la presencia de un Estado con atribuciones coercitivas se revela de vez en cuando mediante un siniestro y orwelliano cabezal de ducha que emerge del suelo y emite órdenes con voz de Gran Hermano, en la república de los Tubbies está claro que todavía disfrutan de un alto nivel de libertad de expresión, especialmente notable en el principal medio de comunicación televisivo, que en cada episodio enfoca un estilo de vida diferente y variopintamente atractivo. A mi hijo de dos años (cumplidores mañana, se aceptan felicitaciones) le encanta sobre todo esa transmisión, recibida por no recuerdo cuál barriga convenientemente sintonizada, de una niña británica, es decir, fea como ella sola, que hace alarde de sus zapa'os de claqué en un baile de que mi hijo ya sabe de antemano todos los movimientos, exquisitamente torpes todos ellos. Esa entrañable torpeza y fealdad no tendrían cabida en una serie como Barney, donde todos los niños son pequeñas estrellas de Broadway, con su cuota completa de precoces aspavientos y amanerados gestos propios de una nación donde hasta las niñas de 7 añitos ya saben lo que es to roll your eyes. Es más, los Tubbies tienen su propia música, original donde Barney sólo sabe interpretar versiones masacradas, y en que se aprecia cierto esmero expresivo, con esos ribetes folclórico-panteístas que vienen impuestos por una respetable tradición televisiva británica. Por todo esto y muchas cosas más prefiero a los Teletubbies.

Para terminar con la comparación, podríamos citar ese episodio de Barney donde una niña con pinta de futura actriz porno de alto vuelo se viste de Alicia y presencia aquella Carrolliana fiesta con el Sombrerero Loco y el Lirón, sólo para que interrumpa el ubicuo Barney quien a todos los presentes les larga un sermón en forma de canción sobre las conveniencias de Compartir, tras lo cual el Sombrerero Loco se vuelve personaje reformado, destacado miembro de su PTA local y pilar del Partido Demócrata. Bah. Ahora, miren esto:

Tinky Winky, un día, está ocupado con sus cosas cuando de repente una nube cae del cielo encima de su cabeza. Tras examinar la nube, él decide quedársela como sombrero. Corre apresurado para enseñársela a Lala y a Po. Los dos consideran de que "la nube especial de Tinky Winky" es "preciosa". Tinky Winky se aprecia visiblemente complacido con tal veredicto. Por último va a enseñar su nuevo fashion statement a Dipsy, quien emite idéntico criterio, sólo que en esta ocasión la maldita nube decide emprender el vuelo, y en pocos segundos desaparece. Tinky Winky queda desolado por tal pérdida. Dipsy, con alarde de generosidad, le presta su sombrero de copa. Tinky Winky con ese sombrero se repone enseguida de su insondable tristeza, y los dos se marchan del lugar, turnándose para recordarle el uno al otro que lo que hay en la cabeza de Tinky Winky es "el sombrero de Dipsy".

En los dos casos hay un mensaje en torno al valor de compartir. Sin embargo, es notable que los Teletubbies lo presentan sin evidente afán didáctico: Dipsy comparte no porque "debe", ni porque se lo dice un dinosaurio morado, sino porque es una solución al evidente problema de la tristeza de Tinky Winky. No se da a entender que sea la única solución ni la mejor: es la que se le ocurre, con lo cual el sous-texte más tiene que ver con el valor de la empatía como guía moral que con cualquier imperativo categórico. El acto se inscribe dentro del realismo de los personajes establecidos: nadie actúa fuera de papel. Tampoco se agrede a ningún autor, vivo o muerto, en la elaboración del episodio en cuestión. Por último, la segunda historia está llena de sugerente simbolismo y de inolvidables toques de humor, como por ejemplo la escenificación de lo que significa "tener la cabeza en las nubes", o el hecho de que el tal Tinky Winky realmente luce la mar de ridículo con la nube puesta (¿pelucón avant la lettre?), por no hablar del desternillante diálogo cómico beckettiano de Tinky Winky con los otros Tubbies, donde siempre alguien finge no escuchar al otro (¿Perdón?).

Además, se alerta sobre la diferencia entre regalar y prestar (el sombrero no cambia de dueño, sólo de cabeza) y de modo más sub spaecie, sobre lo transitorio que es la felicidad y en especial la que deriva de la posesión de lo intrínsecamente mutable, como puede ser una nube o una mujer. Ojalá hubiera habido Teletubbies cuando yo era niño. (Y eso, viniendo de alguien que conoció a los Clangers, es todo un elogio.)

Saturday, November 7, 2009

De juguete y de verdad




Uno anda por la calle, y de repente se le aparece delante un niño con una pistola de juguete. “Manos arriba,” grita el niño, “esto es un asalto”. Como la pistola ostenta tanto realismo como una muñeca Barbie, uno sonríe, finge recibir una bala en el pecho, o hace ademán de desenfundar al estilo John Wayne, en fin, le sigue la corriente al niño, y andando. Esto, a menos que uno se llame Orlando Pérez, o Hugo Chávez. En el primer caso, hay que volver corriendo a casa, para acto seguido escribir un artículo denunciando al niño como “patriarcal y elitista”, y especulando sobre la terrible posibilidad futura de que estos niños, o los “elites” que representan, “también decidan cómo vestir, qué comer, dónde divertirse, con quién salir, etc”. En el segundo caso, hay que emitir un decreto que prohíba que los niños en todo el país jueguen a ser pistoleros: o sea, prohibiéndoles que jueguen. En ambos casos, lo importante es conservar como precioso bien comunitario la confusión originaria entre lo que es de verdad y lo que es de juguete o de mentirijilla. La demagogia, entonces, está servida.

Pregunta Orlando, furioso: “¿Por qué se toma el nombre de toda la ciudad un grupo de ciudadanos?” Pues aun sin conocerlos, creo que sé la respuesta. Porque son jóvenes de clase media, rebosantes de ideales y de ardientes convicciones, que como muchas veces suele suceder, al encontrarse rodeados de compañeros de similar ideología, empiezan a delirar, a creerse seres elegidos, de vanguardia, capaces de hablar en nombre de todo un pueblo o de una comunidad a partir de su educación privilegiada y su compromiso personal. En eso, desde luego, se equivocan: hasta se les puede considerar “ridículos”: ¡presumir de hablar en nombre de toda una ciudad, cuánta desfachatez! Pero si lo de “Guayaquil declara…” es ridículo, ¿qué decir de alguien que, instalado "a dedo" en un empleo periodístico que le calza muy grande, se declara "formador" de opinión pública? O ¿qué decir de aquellos honorables asambleístas que fueron elegidos para redactar una constitución, pero luego se olvidaron de lo circunscrito de su acometido y se pusieron, ufanos, a dictar caprichosos “mandatos” en supuesta representación de un “pueblo” que nunca los eligió para ese fin?

Pero la pregunta de fondo, muy aparte de todo esto, es: ¿qué importa? Uno sólo tiene que pasear por Quito para ver docenas de grafitis de la mano de ardorosos jóvenes “revolucionarios”, todos más o menos explícitamente convencidos de que representan al subyugado pueblo, aunque ese pueblo tal vez no se haya todavía dado cuenta de ello. Es un error frecuente en la juventud, eso de creerse portavoz de otras personas desconocidas: los psicólogos hasta se pondrían a hablar de la nostalgia adolescente de peer groups que puedan sustituir a la superada y despedida familia. Cuando se vuelve ridículo es cuando esa fase propia de los años mozos se perpetúa en la edad adulta, cuando un simple periodista o columnista se cree formador de opinión pública (“hacemos opinión”: textual), o cuando un supuesto estadista revela, veinte veces al día y de las más variopintas maneras, su convicción de que los que lo votaron son “los buenos”, “los patrióticos”, “el pueblo”, vaya, y los que no, muy lejos de ser simples equivocados, son la escoria de la humanidad, que no merecen siquiera un simulacro de inclusión o de diálogo.

Por ello, uno termina por dudar sinceramente si Orlando Pérez sabe distinguir entre un revólver de juguete de fabricación china, y uno de verdad.

Quisiera ayudarle en esta tarea. En primer lugar, los revólveres de mentira no hacen daño. Por ejemplo, si un joven cuelga una pancarta, hallar a las “víctimas” de semejante acto no resulta nada fácil. (A menos que sea el propio Correa la víctima, en cuyo caso habría que preguntar qué es lo que le hizo pensar que para todo el mundo su presencia era “grata”, antes de empezar con la terapia de superación de la trauma.) En cambio, cuando un gobierno hace lo mismo, cuelga una ridícula pancarta con no sé qué inmadura y revanchista consigna, suele hacerlo de otra manera, emitiendo un decreto, una ley o hasta una constitución: entonces sí, estamos fregados, pues si no acatamos esas consignas, nos arrestan. Y cuando uno es arrestado y se va a la cárcel, aunque sea por sólo un mes, entonces sí se puede hablar de daño, pues es sabido que la cárcel a las personas las convierte rapidito en criminales y les arruina el futuro laboral y la vida en sociedad a partir de ese momento.

Pero para Orlando Pérez, es comprensible por varias razones que no le importe tal suerte. Lo curioso, sin embargo, es que a pesar de su nueva vocación de perro faldero del Presidente, bien retratada en este artículo, encuentre tiempo para lamentar el encarcelamiento de los dos jóvenes en cuestión, no porque eso les vaya a arruinar la vida, ni porque sean inocentes de esa ridícula acusación de “separatismo” que se le ocurrió a un subalterno leguleyo desprovisto, como el propio Pérez, de elementales facultades analíticas, sino porque tal apresamiento los convierte en “víctimas”, y para él, eso de ser “víctimas” es patente y marca registrada de la izquierda. En serio.

Así que puede que nos espere mucho, mucho más de lo mismo: mientras el gobierno nos sigue esclavizando a decretazo limpio, siempre habrá un rincón para los simpáticos y soñadores “formadores de opinión”, para que nos expliquen que más que todas esas armas de verdad de que dispone el Estado, lo que deberíamos temer son las ocultas intenciones de esos niños que andan por la calle blandiendo sus espadas de poliuretano y sus revólveres de Wild Bill Hickok.



P.D. "Lo que revelan los carteles y la actitud de la llamada Nueva Junta Cívica de Guayaquil es su condición de intolerancia e irrespeto al que piensa diferente."

¿Qué será lo que nos revela la calificación de Carlos Vera, en el mismo artículo, como "ex periodista"? ¿Será que las columnas que sigue escribiendo para El Comercio no son periodismo, en tanto demuestran que el autor "piensa diferente" respecto a quien firma el artículo? Lo dejo como adivinanza.

Friday, November 6, 2009

Otro país

La cámara termina por rebelarse contra su esclavitud antropocéntrica: ahora, desde hace un rato, está filmando maleza.

Estamos viendo unas ortigas, montes, ay, la verdolaga. Un ciempiés, nuestro posible protagonista. Un gato que se pasea y se va. Cucarachas. Unas piernas humanas, algo inestables, empantalonadas, que se detienen en el lugar un minuto: cae algo de ceniza, luego una colilla que el ser humano no se molesta en pisar. Se fue. Si pensaste que la cámara lo seguiría, que por fin arrancaba la trama, es que te equivocaste de historia. Nos quedamos con el lugar, para siempre: verdoso con muchas sombras, algo de humedad (lluvias recientes), moscas en abundancia. Basura también, bastante. Hasta un fósil de zapato deportivo. Cerquita, una sombra de ciprés.

Este país es el que prefiero. De vez en cuando hay que mirar por la ventana. Aquí dentro sólo hay prejuicios. Aquí dentro sólo importan las historias humanas, que reducidas a simples argumentos atemporales y sin mirar el paisaje, son predecibles y desechables. Cansan como la vejez misma.

Ese lugar en que no caben los juicios morales, excepto como tontos y torpes invitados, es mi hogar. La dignidad del desecho es sabia e inquebrantable. Toda basura auténtica tiene un elemento aleatorio que la distingue de nuestros triviales artefactos. Somos incapaces de ser plenamente basura, sólo la podemos ir imitando hasta que al final nos llame a ser absorbidos en ella.

Si la cámara se moviera un poco (no lo hará, está decidida a quedarse aquí), nos revelaría un hombre acostado entre la maleza. Está acurrucado por el frío incierto de la madrugada: sus ropas son viejas y sus arrugas, profundas. No parece ser protagonista de nada. No dispone, obviamente, de un futuro; o si le espera uno, no le interesa. Ha caminado mucho, sin ir a ninguna parte. Los insectos del lugar no lo quieren, pero él tampoco los molesta. Su cara es un rechazo a toda sociedad. Ha venido a refugiarse de una presencia depredadora que le acecha por los caminos.

Cerca, casi al lado suyo, hay otro igual, en la misma posición fetal, también dormido. Y después otro, y otro. Ninguno sabe de la existencia de su vecino, ni quiere saber. Todos dormidos o drogados.

Empieza a caer la lluvia, y a inundarse el lugar.

Ellos no se despiertan. Paulatinamente, el agua los arrulla y al final los cubre. Se supone que se ahogan, sin despertarse. O tal vez ya estaban muertos antes.

Nuestro ciempiés se refugia en la grieta de una pared. La colilla flota.

Wednesday, November 4, 2009

No, no non

Y el meme se propaga de artículo en artículo: ahora uno puede irse al Hotel por un mes simplemente por no considerarle "agradable" a Rafael Correa. Me puse suspicaz: ¿no se trataría de un equívoco intencionado?, pues la locución "persona non grata", así, en latín, tiene un significado muy preciso, que no es exactamente el que los comentaristas destacan. Así que fui a YouTube para comprobarlo. El video permite apreciar que, al contrario, los pancartistas habían escrito "no grata", así, en castellano. Con lo cual, simplemente no hay cabida para argumentar que los dos encarcelados fomentaban de alguna manera el separatismo (su organización, la Nueva Junta Cívica, reivindica el concepto de Autonomía, muy otra cosa, como lo recordarán quienes se tomaron la molestia de escuchar a Jordi Pujol en su paso por esta ciudad hace unos años), pues si bien la frase en latín sí podría interpretarse como una arrogación implícita de las funciones de un Estado, hasta nuestro amigo wikipedia comenta que a ese preciso sentido jurídico derivado de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas le complementa el "uso no diplomático" de la misma frase, bastante extendido, y si a eso le añadimos que los autores de las pancartas ni siquiera usaban esa frase exacta sino un calco en lengua vernacular, donde el significado de "grata" tendría que interpretarse lógicamente según definición de la RAE, entonces el argumento de que ellos desafiaban al Estado ecuatoriano no se tiene en pie: al contrario, demuestra una siniestra, supersticiosa y desde luego anticonstitucional creencia de que el Jefe del Ejecutivo "es" el Estado (l'État, cést lui!). Más aun, el video nos proporciona el detalle de que las pancartas se referían a Correa como "el Presidente": un trato protocolariamente correcto, sin atisbo de rebeldía política formal. Así que, esta vez, nuestros columnistas tienen toda la razón. El encarcelamiento de los señores Pilco y Zunino carece por completo de fundamento legal. Y eso, sin mencionar el hecho de que el artículo del Código Penal utilizado es triste legado de una dictadura que se suponía superada. Con lo cual las conclusiones derivadas son igualmente insoslayables: estamos viviendo en un estado que puede ser de derechos, pero evidentemente no es de derecho. La maquinaria policial y legal al servicio de la represión política. Como en los buenos viejos tiempos. Plus ça change...


P.S. Es medianoche, y un borracho deambula por la ciudad gritando "¡El Presidente es un hijo de puta! ¡El Presidente es un hijo de puta!" Pronto aparecen unos policías que le anuncian que está detenido. El borracho protesta: "¡Pero si me refería al Presidente de Estados Unidos!" Uno de los agentes le responde: "A otro con ese cuento, viejo. Todos sabemos cuál presidente es un hijo de puta." (Viejo chiste uruguayo)

Enfermedad y remedio

Norton Internet Security es un sistema de protección contra todo tipo de virus. Ayer lo instalé en la computadora de casa. Acto seguido, me informó de la presencia de 40 amenazas y las eliminó. O eso dijo. Sin embargo, a partir de entonces había una ventana emergente permanentemente en pantalla, que decía que acababa de eliminar un archivo infectado en el directorio Windows/TEMP/, de nombre “tmp*.tmp”, donde el asterisco representa un número hexadecimal de dos ó tres dígitos. Al cabo de una media hora, más o menos, me harté de pulsar Aceptar en esa ventana de “alerta” para verla inmediatamente reemplazada por otra que decía lo mismo, sólo que el número hexadecimal había aumentado en uno. Las opciones de configuración de Norton resulta que no incluyen la posibilidad de suprimir las alertas. A veces, para variar, la ventana de alerta decía que no se había podido eliminar el archivo (lo más curioso, el propio Windows Explorer juraba y perjuraba que no había ningún archivo de ese nombre en ese directorio). En todo caso, no había modo de quitar ese aviso, siquiera reiniciando varias veces. Además, la velocidad del sistema se redujo a paso de velador en entierro de caracol, y para cada acción que quise realizar, hasta para conectarme a Google, me pedía confirmación. Al final el sistema se quedó bloqueado, y ni siquiera en modo diagnóstico fue posible conseguir que Windows respondiera durante más de dos minutos. Al final conseguí desinstalar el dichoso programa y reemplazarlo por AVG. Desde entonces ningún problema.

Me hizo pensar en lo tontos que somos los seres humanos. Para “protegernos” contra un virus, instalamos un sistema que actúa exactamente como un virus: monopolizando la pantalla y los recursos, bloqueando las acciones del usuario, fregando de todas las maneras posibles. Si no fuera por el nombre que le han puesto, y la manera ingeniosa que han ideado para convencerle al usuario de infectar voluntariamente su propia máquina, el Norton seguramente figuraría en todas las enciclopedias de virus como Programa Non Grato número uno.

Lo cual, inevitablemente, me hace pensar que el gobierno de Rafael Correa se tendría que llamar Norton Ecuador Security.

Sunday, November 1, 2009

Soy una bellísima persona





A las pocas semanas de llegar a Ecuador, me llamó la atención un anuncio de trabajo que solicitaba gente para vender seguros de puerta en puerta. El anuncio precisaba que se daba preferencia a “cristianos evangélicos”. En mi inocencia de recién apeado en el país, pensé que seguramente la empresa quería así asegurarse de la honradez de sus empleados. Solamente ahora me doy cuenta de que era todo lo contrario: sabían que el cristiano evangélico era profesional en el arte de mentir y que no tendría escrúpulos para cumplir con ningún dudoso requerimiento del oficio.

Claro que no hay estadísticas que demuestren que el cristiano evangélico es más deshonesto que el grueso de sus congéneres. En esto me dejo guiar por la experiencia acumulada. Ella puede ser tan buena tutora que, por ejemplo, cuando tuve que vender el San Remo, escuchar de boca del comprador , después de cerrado el trato, ese “yo no le iba a mentir, soy cristiano, temeroso del Señor” me empañó el día: así que el carro valía mucho más que eso, entonces. Aunque evidentemente no tanto como yo había pagado al vendedor, cuñado mío amén de pastor evangélico. En el poco tiempo que he vivido aquí, los que siguen El Camino del Señor me han ensayado todo tipo de estafas a cuál más astuta. Una hasta me quería arrastrar al oscuro infierno del Forex. Cabría preguntarse, lógicamente, si es que toda esa gente simplemente se escuda tras la Biblia porque da resultado, porque hace caer a los cojudos, sin realmente creer en nada de eso de la Resurrección y de la Santa Trinidad y por tanto sin adolecer de apego notable a la tradicional Regla de Oro. No creo que sea tan sencillo como eso. Por lo que he podido comprobar o intuir, el cristiano evangélico de puertas afuera también lo es, por regla general, de puertas adentro. Cree en su Dios a pies juntillas. Lo que pasa es que no ve ninguna contradicción entre alabar a Jesús los domingos, amén de los sábados y los demás días si hace falta, y pasar el resto de su tiempo mintiendo, engañando y estafando. Y si no ve contradicción, quizás sea porque realmente no la hay.

La verdad, no estoy muy seguro sobre ese punto. Mi experiencia religiosa se limita a una educación católica en la niñez y más tarde una corta “fase religiosa” de ésas que son típicas en la adolescencia de los que somos, además de introvertidos, algo limitados intelectualmente. Lo interesante es que tal fase probablemente hubiera durado más si no fuera por la apremiante necesidad que tenía en aquel entonces de masturbarme (tenía catorce ó quince años); digo interesante porque parece indicar que el cristianismo, por lo menos en su variante católico, a pesar de todo no es fácilmente compatible, al menos para algunos, con cualquier estilo de vida. Tenía que escoger entre el Camino de la Cruz y azotarle al mono 6 ó 7 veces al día. Intentar una combinación creativa de ambas cosas hubiera sido ridículo, según la humilde opinión de aquel catorceañero que fui. Tuve que escoger entre un tipejo de barba y pelo largo ensangrentado por un lado, y por otro la rubia con tripa grapada que salía (en pose algo similar a ese último) en las páginas centrales de Mayfair. Me gustaría poder decir que la elección haya sido extremadamente difícil.

En todo caso, aparte de eso, y de los más recientes desvaríos budistas de mi hermana mayor, no he tenido mucho trato con la religión. Está aquella historia con los Children of God, pero merece otro post aparte. Tuve un amigo evangélico durante un corto período en el colegio: como todos los evangélicos ingleses, llevaba lentes, tenía el pelo graso y una sonrisa boba permanente (si quieren, lo pueden ver cantando “Stand By Your Man” en la película Cuatro Bodas y Un Funeral). Y por supuesto tocaba “acordes” en la guitarra. Creo que es la característica más infalible del evangélico, eso de tocar “acordes” en la guitarra. Normalmente, evitan los séptimos mayores y los disminuidos, por ser aquéllos peligrosamente panteístas, y éstos, vagamente satánicos. Pero hasta en Ecuador tocan “acordes”. Los tengo en frente de mi casa. Son despiadados.

Por todo esto, por mi poca familiaridad con esa variante de esa religión, no estoy seguro de si el cristianismo evangélico ecuatoriano permite o incluso impone la estafa y la mentira. Pero no me extrañaría en absoluto de que así sea. El argumento de que la Biblia prohíbe mentir me parece ingenuo: la Biblia, si uno se pone a buscar, prohíbe casi todo y a la vez permite casi todo. Por eso hay predicadores, para “interpretarla”. Según vemos en este país, un buen intérprete hasta puede conseguir que la Biblia prohíba tomar alcohol, a pesar de que San Pablo lo recomienda expresamente. (Ah, pero lo que se traduce como “vino” realmente era la forma de referirse en esos tiempos a la Pepsi Cola.) La cuestión para mí central es que si uno es cristiano evangélico, su fe le obliga a dividir a la humanidad en dos grupos, los salvados y los condenados al infierno. Se entiende que cualquier condenado al infierno puede dejar de serlo mediante la simple estratagema de aceptar a Jesús como Señor y Salvador; se supone, asimismo, que si las cosas le van muy mal, tendrá más ganas de hacer eso que si la vida en todo momento le sonríe. Por tanto, que el cristiano piadoso se pase la vida intentando joder a sus semejantes, induciéndolos a arruinarse para que luego se arrepientan y consagren su vida a Dios, y de paso le proporcione a él pingües ganancias, me parece perfectamente coherente. Aunque, y esto también es un punto importante, no hay que buscar necesariamente motivos altruistas. La cuestión de fondo es ésa, que para el cristiano siempre hay la excusa de que tal o cual persona no merece un trato especialmente divino pues no es más que un infiel, un no creyente, un seguidor de Satanás. Alguien así se merece todo lo que le pueda pasar. Si se queja de que la música no le deja dormir, pongámosle más fuerte. Esa gentuza impía no merece dormir.



Lo mismo vemos en esa religión del socialismo, por lo menos en sus sectas más evangélicas (nota para Anon: metáfora) como la del actual gobierno. Para comprender en su praxis lo que a primera vista puede parecer hipocresía y falta de coherencia, es importante entender que para el socialista, hay dos tipos de persona: el “merecedor” y el “no merecedor”. Para el socialista tradicional, merecedores son todas aquellas personas pertenecientes al proletariado. Para ellos, el reino de los cielos. (Y si resultaban ser gente realmente antisocial, se les etiquetaba como lumpen y listos.) No merecedores: los burgueses y afines, que no ameritan la más mínima consideración. (Todo burgués es egoísta, explotador, desalmado.) Para el nuevo socialista del S.XI, en cambio, la cosa se complica. Según el nuevo catequismo, merecedor es tod@ aquel(la) que puede afianzar de alguna manera su condición de víctima. “Estamos con las y los históricamente oprimidas y os”. Eso obliga, antes de insultar a alguien o intentar robarle, a revisar una especie de checklist mental, que ya no vierte simplemente sobre la condición económica de la persona sino que asigna puntos según las diversas maneras en que la persona puede reivindicar membresía de una categoría especial de víctima. Esos malabarismos mentales llegan a tal grado de refinamiento y rapidez que un Correa, por ejemplo, puede calcular casi instantáneamente que una persona, a pesar de ser mujer (víctima del patriarcado, marquémosle 5 a favor) pierde tantos puntos por su apellido pelucón que representa un blanco legítimo para el sarcasmo presidencial. Esta forma de dividir a las personas descansa sobre una base chismológica, pues muchas veces el status de víctima no es evidente a primera vista. En cualquier momento una persona puede pasar de ser no merecedor a merecedor simplemente mediante la revelación de que pertenece a “la comunidad GLBT”. Así que el don de juzgar por las apariencias y mantenerse al día con el qu'en dira-t-on se vuelve altamente preciado.

Claro que aquí hay un pequeño problema: como suele pasar en todas las revoluciones, las personas que terminan estando arriba, dirigiendo, no son las favorecidas según su propia ideología, no son aquellas “históricas víctimas”. El presidente, por ejemplo, no tiene ningún punto sociológico a su favor, aparte del hecho de no haber nacido extremadamente rico. Para solventar esta aparente incoherencia, está la doctrina de la Bellísima Persona (una puesta al día del vanguardismo de los 60, para estudiosos). Una Bellísima Persona es aquélla que, a pesar de no ser ni del proletariado, ni pobre, ni mujer, ni indígena, ni siquiera cejijunto (la comunidad cejijunta ha sido históricamente objeto de una discriminación atroz: doy fe de ello) sin embargo se preocupa por los demás. Si te preocupas por los demás sin siquiera ser parte de ellos, eres realmente una linda persona. Y yo diría que si quieres ser una linda persona, el socialismo ofrece una manera inmejorable de serlo, pues a diferencia de otras disciplinas, religiosas algunas pero no todas, que exigen que traduzcas tal preocupación en sacrificios personales, el socialismo acepta como evidencia una simple subscripción ideológica, y premia tu tendencia con una cornucopia de ventajas políticas y sociales. Declararse socialista ya de por si implica ser altruista, de la misma manera que ser liberal o conservador implica ser egoísta. (No es concebible que alguien se haya decantado por el liberalismo precisamente por motivos altruistas o en todo caso bonachones. Tener que aceptar tal posibilidad conllevaría demasiadas migrañas.)

Escoger entre ser una bellísima persona, que como digo no cuesta nada, y requiere simplemente la repetición formulaica de las palabras “acepto a Fidel Castro como Señor y Salvador personal”, para a continuación vivir en un mundo de sonrisas, palmaditas en la espalda e interesantes discusiones sobre la urgente necesidad de una alianza entre el movimiento afro y la comunidad gay, por un lado, y por otro ser un corrupto capitalista pagado por la oligarquía, paria e inmerecedor universal, sin padre y sin gloria y sin ti, debe de ser también una elección fácil: ¿qué es lo que aun te hace dudar?