Monday, March 29, 2010

The Strawman Cometh

There's a straw man waiting in the sky...
(David Bowie, en versión Talking Books for the Deaf)

Son recuerdos remotos de una juventud que se ha vuelto microscópica, acolmenada, como un cuadro de Richard Dadd.

Estaba en Segovia, y era aquel período en que se había acabado mi contrato de siete meses de Farsante Educativo y el tema del dinero se había vuelto complicado. Trabajé en una discoteca como DJ, pero no bastaba. Empecé a darle clases de inglés a Crucita, una muchacha de 15 años yerma en neuronas y pletórica en acolchado delantero, que adolecía de una madre astuta y alcahueta. No recuerdo quién me presentó entonces a la Wholia (Julia, pero la grafié así para mis adentros), pintora inglesa de oscuros antecedentes, bastante mayor que yo, que hacía honor a su nacionalidad exhibiendo un soberbio desaliño indumentario y un aire de permanente égarée, de artista inocente perdida en un mundo tan perverso que hasta esperaba que las mujeres artistas fueran algo bonitas. Ella tenía ese don, que algunos ingleses poseen ya prácticamente al nacer, de plasmar caballos y perros al óleo de una forma manierista y polvorienta, ideal para decorar pubs campestres; la catedral de Segovia, como no podía ser menos, la entusiasmó, pero ella se declaró falta de iluminación idónea y sólo le daba vueltas y vueltas, día tras dia, como un dinosaurio esperando la eclosión de un huevo obstinadamente tardío. Yo estaba entonces en mi fase autosacrificadora: le cedí ese maravilloso apartamento de maderas barnizadas al lado de la Catedral, el que yo codiciaba hacía meses, y que recién había sido desocupado; ella lo necesitaba más, era hasta más pobre que yo, había venido desde Madrid tras romper con un novio y no tenía ni para el café. Unos días más adelante le cedí también la clase de la Crucita: ella no había sido nunca profesora, pero con algo tenía que pagar el alquiler. Cuando ya había hecho su primera clase, fui a verla para cerciorarme de la magnitud del desastre.

- Ya entiendo por qué me dio esa clase, - me dijo al verme, con cara de circunstancias - Pobre hombre. No habrá sabido qué hacer con sus manos toda esa hora. Y la chica encima lleva jersei apretado de lana mohair y con el ángulo de esa luz tenue del atardecer que viene de esa ventanita alta, habrá sido imposible seguir estrujándose los puños vacíos.

Comentario que me pareció de una asombrosa perspicuidad, además de revelador de una gran simpatía (ese "you poor man" me encantó). Tal vez por eso fue que no me percaté instantáneamente de que estaba como una chota. Tuve que esperar hasta esa conversación que tuvimos en la Plaza Mayor, cervezas en mano, unos días o semanas más adelante, que fue cuando ella me confesó que su ex novio era de la misma "raza" que Fidel Castro.

Ingenuamente, pensé: ah, entonces habrá sido comunista, o tal vez dictatorial. O incluso (quién sabe) cubano.

Pero resultó que para la Wholia, la raza a la que pertenecía Fidel Castro era una subespecie humana de origen misterioso, una suerte de proto-arios dotados de una fuerza casi sobrehumana, de una estatura descomunal, de una dureza de huesos que remitía hasta a un posible abolengo extraterrestre. Lo que me hacía gracia era esa manera suya, de la Wholia, de piropear mi supuesta inteligencia y sagacidad dando por descontado que yo ya me habia percatado, por cuenta propia, del hecho de que los Castro no eran estríctamente humanos.

- Entonces, decía, yo hace tiempo que me di cuenta de que por mucho que lo quería esconder ante la sociedad hispánica, mi novio pertenecía a esa raza.

-Ah-ha.

Hay veces que uno lamenta haber pasado toda su vida escuchando burradas y diciendo ah-ha.

Pero había más. Aquella mañana, el novio se la había aparecido, milagrosamente según ella, en la misma Plaza Mayor. Tímidamente, proferí la explicación racionalista que se me ocurría en ese momento, de que el supuesto milagro podía haberse producido mediante el uso de un billete de tren de Cercanías comprado en la estación de Atocha o Chamartín. No, decía ella. El tema era que ella enseguida, al verlo, se había dado cuenta de que no era él.

- Así que apareció inexplicablemente en la Plaza Mayor un tipo que no era tu novio - le murmuré a modo de recapitulación. - Ah-ha.

- ¿No ves lo que ha pasado? Es evidente. Le han robado el cuerpo y han puesto a otro en su lugar. Otro hombre que tiene exactamente el mismo aspecto, pero no es él. Me di cuenta enseguida cuando le hablé. Es el mismo cuerpo, pero otra mente lo habita.

- ¿Quiénes harían una cosa tan ... tan... vil? - le pregunté entre sorbos de San Miguel, intentando dar con el tono escandalizado adecuado.

- Exacto. Son ellos mismos, me dijo, de nuevo piropeando mi privilegiada inteligencia. - Ni qué decirlo hay, ha dado en el clavo. Son ellos.

- Ellos - repetí, pensativamente, diez años más tarde, superada mi inicial incredulidad. - Claro, ellos, los mismos que sustituyeron a Paul McCartney, o que nos convencieron traicioneramente de que Bill Clinton no era, a pesar de las evidencias, un lagarto vampiro.

Ustedes, lectores, ya sabrán a quiénes me refiero. Ustedes no son tontos.

Pues tengo, ahora, pasada otra década, una noticia dolorosa. Ellos han vuelto a las andadas. Ahora, se han hecho con el cuerpo de nuestro querido Xavier Flores, le han sacado la mente y han puesto, en su lugar, esto. Ahora, que nadie me diga que lo que escribe aquí es lo mismo que escribe siempre. Eso es precisamente el punto. Tenemos las mismas frases, la misma dimensión social, el mismo derecho a informarse, el mismo debate político robusto con las mismas comillas, las mismas voces privilegiadas y silenciadas, la misma Comisión Interamericana de DDHH, todo exactamente igualito que antes y en su lugar correcto. Es precisamente esto lo que levanta, en primer lugar, suspicacia. Si un compañero de trabajo sale de la oficina el viernes por la noche con la camisa azul clarito levemente manchada de ceniza por la solapa izquierda, y con la corbata descansando por encima del hombro derecho tras una pelea con la fotocopiadora, uno no espera que el lunes a primera hora entre por la misma puerta con la misma camisa, las mismas manchas de ceniza, y la corbata en la misma milimétrica posición. Ni que británico fuera. Ante tal fenómeno, cualquiera prácticamente se halla obligado a pensar en raptos llevados a cabo por seres extraterrestes con forma de salamanquesa agrandada, y en sustituciones de mentes llevadas a cabo por seres malévolos de otra dimensión. Es todo demasiado obvio.

A lo que más me recuerda el artículo en cuestión es a las escenas climácticas de la película The Stepford Wives, cuando la protagonista, sospechando que su amiga ha sido reemplazada por un robot, le clava un cuchillo de ésos grandes de cocina. La amiga, en lugar de manar sangre, de gritar y de retorcerse, se pone a hablar de prisa, a abrir y a cerrar armarios, a ensayar movimientos de preparar té y de llevar carrito de compra por el supermercado cuando tal carrito, dolorosamente, a la vista no está: es decir, se muestra alcanzada en sus circuitos más íntimos, los cuales sin embargo no le permiten salir de la pequeña rutina de expresiones rituales para la que ha sido programada.

Y uno recuerda que ese tal Flores antaño tenía a Emilio Palacio de compañero de página de opinión de El Universo, claro que con otras opiniones: juntos, pero no revueltos.

Hay que decirlo con todas las letras: una persona que, tras ganarse un pleito que servirá para meter en la cárcel durante tres años a un padre de familia convertido circunstancialmente en enemigo verbal, se dispone ir a por una sentencia todavía más larga, es una pena de ser humano, un pobre desgraciado a quien el epíteto de matón le queda demasiado holgado para la pequeñez y mezquindad de su espíritu.

Por eso, si no le hubieran raptado la mente, sustituyéndola por un bodrío de sistema redactor de pedánticas parrafadas que ni siquiera le engaña al clásico Turing Test, de buen seguro que Flores, el de antes, el de la simpatía e inteligencia a flor de piel, sería el primero en protestar ante tal abuso de añeja leguleyada.

Y que no me digan que no entiendo lo importante que es la honra. Claro que hay algunas especies de honra que son y siempre serán demasiado caras para mí. Pero uno que trabaja entiende que hoy en día, el mundo está interconectado y todo lo que se dice de ti en según qué medios queda listo para ser excavado por cualquier empleador en perspectiva que tenga el capricho de investigar tu nombre.

Hace pocos años en un foro online de poesía me dirigí a un tipo que no hacía más que burlarse de las producciones de otros poetas. Critiqué su actitud, y sus versos. Su forma de contestar era llamarme racista. Debo precisar que el tipo en cuestión era un estadounidense de aspecto caucásico, subespecie "políticamente correcto", sub-subespecie fantoche: eso del supuesto racismo mío venía, al parecer, por vía asociativa, pues según él, me llevaba demasiado bien en ese grupo con otro tipo que en su opinión sí era racista manifiesto (y por casualidad también despiadado para con la endeble producción literaria del poestastro). Le contesté que admirar los versos de otra persona no significa precisamente "llevarse bien" con esa persona, y que si él podía encontrar en todo lo escrito por mí una sola frase que pudiese considerarse manifestación de racismo, que la citara. No pudo. Sin embargo, no tuvo inconveniente en repetir la acusación, unas cuantas docenas de veces, cuidándose mucho de que apareciera en los títulos de los mensajes junto con mi nombre. Evidentemente, se había dado cuenta de que el futuro empleador no iba a molestarse en seguir todo el argumento, pues basta con que salga en Google el nombre del esperanzado candidato al puesto con la palabra "racista" en la misma línea para que el curriculum vaya rapidito a la papelera.

Es decir, torpedear la "honra" de alguien es dañar sus perspectivas laborales y sacarles la comida de la boca de sus hijos. Eso sí lo entiendo, créanme.

Si hubiéramos sido residentes del mismo barrio, de buen seguro que yo habría ido a pelearme con él, ganando o perdiendo en función del peso y de la destreza pugilística de ambos. Es lo que se hace.

Nunca, ni en un millón de años, se me ocurriría llevarlo a juicio, y menos en un país con leyes tan ridículas como éste. Y menos si yo fuera funcionario del Estado, por supuesto, eso ya es el colmo de la desvergüenza. El político tiene su segunda piel de político para encajar cualquier golpe. Lo de dentro a nadie le interesa. Ergo, estríctamente el político no tiene honra por la que preocuparse.

Y claro, si uno encima tiene la conciencia mala, pues ni en vengarse piensa. Si el tipo me hubiera llamado sexista, pues qué se le va a hacer, lo soy. Que me haga daño, en un hipotético mercado laboral, la publicación de mis defectos más notorios es mi problema, tengo que cargar con las consecuencias de lo que decido ser. Lo injusto, eso, es que te acusen de lo que no eres y lo publiquen. Y, repito, de ser éste el caso en el embrollo Palacio/Samán, es decir si éste no tuvo nada que ver con la maldita manifestación de asalariados fuera de El Universo, pues entonces, repito, allí hay motivo, capaz, para una buena sacada de millones a cuenta de los Caimanes, para una exigencia de disculpas, para un par de puñetazos limpios incluso. Pero no para el chou que se está dando. Es una simple asquerosidad indigna de seres humanos adultos.

Lo que a su vez hace pensar: ¿qué nos pasa?

Cedo la palabra al excelente Dr. Fleder Mausmann, Catedrático en Muñecos de Paja de la Universidad de Schinkelhabenstadt, Alemania. Es un buen tipo: pueden confiar en su criterio.

"En la Europa preromana y ezpezialmente en la Sífilisazión zelta, en muchas Regionen la Munjeca de Paha o "Korn Dolly" era un rekonnozido Zímbolo de Vertilidaden. En nuestra Sífilisationen, en kambio, ha zido zuztituíden por der Straw Man, es dezir Hombre de Paha, que en wez de kolgarse enzima de la Puerta rezide en unseren Mente, y vunziona como adwerzario interior, para que tengamos la Zenzación de estar gananden una Dizkuzión con alguien, kuando en Realidadheit eztamos diskutienden nomás mit eine parodien creadisch por Nozotros mizmos, y regalándonosch lo ke wulgarmentisch se dizen una Paha mental. De Modo ke en wez de zimvollizar la Vertilidadheit, der Straw Mensch hat das Invertilidad von unseren ridikulen Prejudischien llegado nomás a Zimbolizar. Kapaz."


Sunday, March 28, 2010

Emilio Palacio: gato encerrado

A veces uno echa de menos algo de claridad en el reportaje de los sucesos. Las preguntas más obvias no encuentran respuesta en la atropellada redacción del bienintencionado periodista. A la larga, se empieza a escuchar jauría de gatos encerrados.

Ejemplo: se sanciona a Teleamazonas por, entre otras cosas, haber emitido un reportaje acerca de un "supuesto centro de cómputo clandestino". Yo recuerdo haber visto un reportaje ese día en que un grupo de representantes de la oposición, entre ellos Cynthia Viteri, se adentraban en dicho centro en busca de evidencias. Ella aseguraba que no se le habían informado sobre la existencia del centro, y que era deber de las autoridades informarla en su calidad de representante de un grupo electoral. Si el centro no era clandestino, ¿ella mentía o se equivocaba, y en cuál de dichas afirmaciones? Y ¿de veras el rumor le llegó de Teleamazonas? O bien ¿dicho canal se limitó a informar sobre el "descubrimiento" de tal centro por parte de terceras personas? El hecho de que no se ha dado a conocer en la prensa ninguna defensa por parte de Teleamazonas induce a creer que dicho medio anda con la conciencia intranquila, o sea que se inventó la historia con deliberada malicia y la comunicó a la Viteri y a otros para crear escándalo. Es lo único que, para mí, daría algún sentido a tal sanción e imposibilitaría cualquier defensa basada en la práctica periodística habitual consagrada. Entonces, si Teleamazonas se inventó de cabo a rabo la historia, ¿qué era en realidad ese centro que se veía en el reportaje? ¿Un ciber? Lo pregunto porque si uno se limita a leer lo difundido por la prensa oficial, se lleva la impresión de que ni siquiera había ningún centro en ningín momento. ¿O resultará que el centro de cómputo que se veía en las imágenes era un local que había sido alquilado por Teleamazonas y llenado de computadoras para dar credibilidad a su mentira?

Lastimosamente, el que se haya tomado en serio en algún momento tal acusación (recordemos que la sanción luego fue revertida) les ha dado alas a los descerebrados partidarios de la "prensa veraz", es decir aquella prensa mítica que es incapaz de comunicar de buena fe informaciones inexactas, vengan de donde vengan, pues todo lo que comunica, hasta lo más cautelarmente entrecomillado, habría sido sujeto a una exhaustiva investigación. Tal prensa veraz, por ejemplo, ante ciertas dudas sobre la autoría del ataque a las Torres Gemelas (dudas muy respetables, desde luego, pues todo un X. Flores es capaz de propagarlas), evitaría cuidadosamente toda referencia a la controvertida teoría de que el ataque fuera acción de una organización terrorista enemistada con Estados Unidos, Al Qaeda, pues es imposible demostrar que no haya sido, por el contrario, una demolición controlada realizada por el propio gobierno de GW Bush. Y para no dar espacio a informaciones posiblemente inexactas, entonces tal prensa veraz se cuidaría muy mucho de difundir las declaraciones de Bush sobre tal ataque, por no hablar de otras posteriores sobre la supuesta presencia en Iraq de armas de destrucción masiva, con las que justificaba la invasión de tal país. Claro que, ante la imposibilidad de explicar, sin inducir a posibles errores entre el crédulo público, los motivos públicos y declarados de tal invasión, la prensa veraz tal vez optaría por no informar sobre el suceso de la invasión, y asunto arreglado.

Por si acaso, yo prefiero creer que los lectores de diarios y los televidentes tienen, por lo general y en medida, eso sí, variable, cerebro. El caso citado de la invasión de Iraq es testimonio elocuente de tal hecho. Todas y cada una de las declaraciones de Bush acerca de esas armas de destrucción masiva fueron difundidas por las bestias feroces (ya que no veraces) de la prensa internacional. Sin embargo, una investigación reciente ha revelado que la única persona en todo el planeta que se creyó, de buena fe, que existían tales armas en el territorio Iraqí, fue un tal Jezebiel F. Lugg, oriundo del pueblo de Fremont Hills, Missouri y de profesión vulcanizador de llantas (el hecho de que el crédulo haya sido de Missouri, precisamente, encierra cierta ironía, pero dejémoslo pasar). En cuanto al resto de la humanidad, según el mismo estudio, la incredulidad respecto a tales afirmaciones gubernamentales se fundamentaba, por lo general, en la universal percepción de que el tal George W. Bush era "un reverendo hijueputa". Es decir, el público en general es capaz de distinguir entre una afirmación hecha por una persona cabal y otra realizada por un reverendo hijueputa, lo que hace innecesario que el propio medio se entretenga con tales detalles. Que informen, simplemente, sobre lo dicho: del discernimiento de las verdades y mentiras se encarga el propio lector. (A propósito, que usted haya dudado, con razón, sobre la veracidad del estudio citado, si lo piensa bien, me da la razón en lo dicho: el lector sí tiene criterio, carajo.)

Lo que pasa es que los informadores a veces no informan.

Ejemplo de lo cual, el proceso legal que ayer dio lugar a una sentencia de tres años de cárcel contro Emilio Palacio, editor de opinión de El Universo. Se ha informado de que la sentencia se basa en un solo artículo de Palacio, y que ha sido por "injurias". Es obvio que tal artículo contiene insultos. Se le acusa al tal Samán de ser "matón", término oprobioso que el propio artículo justifica mediante la aseveración de que Samán hubiera enviado a un grupo de personas a protestar en las inmediaciones del diario El Universo, sin personarse él mismo, pues "él, como buen pelucón, permaneció a buen recaudo, esperando a que le reportaran por teléfono". Que la defensa de Palacio haya aducido, posteriormente, que "matón" se decía con el sentido de "alumno magistral" (¡¿?!) es patético, sin duda. Obviamente, el término aquí tiene que ver con una percepción de cobardía, pues es sabido que el arquetípico matón del colegio (bully, en versión inglesa) es una persona que abusa de su superioridad física, o de algún poder que se le haya concedido, pero que rehúye cualquier enfrentamiento de igual a igual con personas de su propio peso y estatura. Es decir, el argumento central del artículo se puede resumir de la siguiente manera:

1, Ha ocurrido una manifestación de personas que protestaban en las inmediaciones de El Universo. (El autor no abunda en los motivos de tal protesta.)

2. Tales personas fueron enviadas por Samán.

3. El propio Samán no acudió a la manifestación.

4. Tal proceder de parte de Samán es propio de una persona cobarde.

Hasta allí, nada que llame demasiado la atención en un artículo de opinión. Muchas veces, los periodistas que escriben opiniones son despiadados en sus interpretaciones de las acciones de personajes públicos, sobre todo si tales personajes son funcionarios del estado. Lo importante, por lo menos en la jurisprudencia de otros países como EEUU, Canada o el Reino hUnDido, es que los hechos sobre los cuales se erige la interpretación sean ciertos, por un lado (lo que en la práctica quiere decir demostrables), y por otro, que no se mezclen hechos e interpretaciones subjetivas de modo que el lector no los pueda distinguir. Quiero decir que si lo expuesto por Palacio se limitara al argumento citado, y si se pudiera demostrar los hechos relatados en los puntos 1-3 (el 1 es obvio, el 3 no he visto que se haya desmentido en ningún lugar, pero el 2 es tal vez más espinoso), entonces, y siempre en el supuesto de que la Ley en este país se asemeje a la estadounidense (con su famoso fallo en el NY Times vs Sullivan) o la británica (con su consuetudinaria defensa de Fair Comment), entonces el fallo de la jueza ayer sería claramente injustificable.

Y aun en el caso en que la defensa de Palacio no haya podido demostrar que los manifestantes fueran enviados por Samán (eso sí, uno echa en falta que el propio Samán desmienta algo tan fácilmente desmentible), en los mencionados sistemas legales bastaría con que no hubiera indicios de malicia en la atribución de tal hecho, o sea, que los hechos conocidos daban pie a que el articulista supusiera razonablemente que Samán estuviera detrás de ellos.

Ahora, el artículo no se limita a exponer el argumento detallado arriba, sino que lo bordea con comentarios maliciosos acerca de la supuesta pertenencia de Samán a la clase de los pelucones de Samborondón, y acerca de su prosperidad revolucionaria. Aquí, se podría encontrar material adicional de pleito, pues aquella desafortunada frase que dice que "de la noche a la mañana se convirtió en un revolucionario próspero" podría interpretarse como una acusación de peculado, aunque debo precisar que cuando leí el artículo original no se me ocurrió tal interpretación, y de hecho la considero un poco forzada, pues el contexto vierte no sobre supuestos crímenes sino sobre la hipocresía y falta de coherencia de un movimiento dizque socialista e igualitaria que sin embargo se compone sustancialmente de gente adinerada cuya cercanía al poder evidentemente les produce pingües ganancias adicionales, aunque sea "legalmente", es decir, en concepto de salarios gubernamentales y otros beneficios. (De Correa, expresa lo siguiente en idéntico tono: "Que no se diga nada de sus vacaciones en Cuba, ... de su jet privado, de su chef belga, de su jacuzzi en el Ministerio del Litoral. ") En todo caso, es notable que el artículo no se centra en las críticas a Samán, sino que el tema de la manifestación aquella y el proceder supuestamente cobarde de Samán lo usa como argumento para presentar una tesis más general, que involucra principalmente al Jefe de Estado y que tiene que ver con las divisiones sociales creadas por el actual regimen y la posibilidad de que éstas generen cada vez más violencia. Es decir, el artículo en sí, a pesar de sus múltiples defectos por lo menos no se puede resumir adecuadamente como un simple brote de malicia, sino que vierte sobre temas de legítimo interés público, eso sí, de manera muy personal y sesgada como cualquier lector de las columnas de Palacio ya da por supuesto.

A partir de lo dicho es tentador solicitar de parte de la prensa, o de la coñoscenti de este feliz país, aclaraciones sobre lo siguiente:

¿Las leyes de Ecuador permiten a los periodistas defenderse con un argumento parecido al del Fair Comment o al famoso Sullivan? En caso contrario, estamos ante un sistema legal que restringe el ejercicio del periodismo de opinión mucho más que en otros países, y que se podría argumentar incluso debilita de manera peligrosa el proceso democrático en éste. Si por el contrario existe tal defensa, ¿qué es lo que lo hace inaplicable en el presente caso? ¿Sobre qué elementos del texto del artículo se basó la decisión de la jueza para concluir que, más que una interpretación subjetiva de hechos conocidos o inferibles, se trata de una deliberada y deshonesta expresión de malicia?

Y, sobre todo, ¿qué sistema legal en sus cabales sanciona con privación de libertad a un delito (¿?) de injurias? ¿De veras se cree que una persona que insulta a través de un artículo es un peligro para el público? Y en caso afirmativo, ¿qué es lo que hace que el mismo insulto, cuando se expresa a través de una cadena sabatina presidencial, ya no sea indicio de peligrosidad, ni siquiera de falta de idoneidad para el cargo presidencial, sino que se debe de proteger mediante un pintoresco y decimonónico privilegio de inmunidad?

(A propósito de lo cual, ha sido hilarante ver a Correa esta semana exigir a sus asambleistas rebeldes despojarse de su inmunidad, sin en ningún momento plantearse dar el ejemplo en tal materia despojándose de la suya. La hipocresía de ese hombre parece no tener límites).

En fin, lo que me molesta es ver que la defensa de Palacio no parece tener argumentos (el propio Palacio, en El Universo de hoy, reacciona con un extenso tu quoque dirigido a Correa, pero no con argumentos de peso), sin saber si tal falta de argumentos legales se puede achacar a una legislación deficiente, que no recoge el derecho a criticar a personajes públicos en términos robustos, necesario en cualquier democracia, o si por el contrario lo expresado por Palacio acerca de ese tal Samán realmente no tiene fundamento alguno y es sólo el producto de una terrible malicia.

Yo, personalmente, de ese personaje de Camilo Samán no sé absolutamente nada. Sólo sé que es un hombre de estatura descomunal, pues el propio Correa, que no miente ni exagera nunca, ha comentado en público que el tal Palacio no le llega ni a la cintura. Deduzco que Camilo Samán debe de medir algo así como 2m80. Nada más sé sobre él, sobre ese gigante. Pero eso sí, por si acaso él sea en secreto fiel lector mío, me gustaría recomendarle algo para futuras ocasiones, algo que sirve mucho mejor que los pleitos y las leyes arcaicas: la violencia física.

Hace muchos años, tenía un compañero de trabajo al que todos conocían con el apodo de Physical Violence Pete. El tipo tenía unos 30 años, lucía una espectacular calvicie prematura, y cuando se emborrachaba en el Reina Victoria, que era algo frecuente, empezaba a disertar sobre esa teoría suya, que sostenía que, y parafraseando a Hal David,

What the World Needs Now is Violence, Physical Violence:
It's the only thing that there's just too little of.

Según ese hombre, casi todos los problemas del mundo se podrían solucionar si tan sólo nos acostumbráramos a lanzar por los aires sillas y mesas de madera, a romper espejos, y a darnos puñetazos más o menos al azar en toda ocasión que se presentara. En honor a la verdad hay que decir que nunca vi a ese tipo llevar sus teorías a la práctica. Sin embargo, con el tiempo empiezo a pensar que tal vez tenía razón, hasta cierto punto.





La imagen es del ex viceprimer ministro británico, John Prescott, dándole un buen puñetazo a un tipo que le había lanzado un artículo comestible no solicitado. Los diarios que trataron el hecho enfatizan que, al poco tiempo de producirse tal altercado, el golpeado se deshacía en expresiones de cordial amistad hacia el político, al que llegó a considerar "un gran tipo". Es decir, se hicieron buenos amigos. Claro, pues el político se comportó con entereza y rectitud, devolviendo hostia por hostia (hay que añadir que su popularidad en el Reino hUnDido se disparó a partir de este incidente). A mí se me antoja evidente que un desenlace así es con mucho preferible a un pleito, pues los procesos legales tienen desagradables consecuencias secundarias: producen rencor, y además en el presente caso puede que el propio Samán se vea pronto encombrado por la cantidad no desdeñable de tres millones de dólares sacadas del fondo de emergencia de El Universo, dinero que a un sacrificado servidor de la Patria como él evidentemente no le va a servir de nada, y que se verá obligado a donar a alguna causa benéfica. Pero lo peor del caso es que si se sigue un juicio a sabiendas de que un arcaico sistema legal condena al supuesto injurioso a pasar años en la cárcel, uno podría ver expuesta su reputación, me refiero a que algunos podrían incluso llegar a susurrar que aquello de intentar meter en la cárcel a quien hable mal de ti es algo propio de, digamos, un cobarde y, cómo se diría, un matón. Extraña manera de proteger su honra y su buen nombre, dándole la razón a quien los haya puesto en entredicho. Así que, a ver si en el futuro estas disputas se arreglan de la manera tradicional, para que al final en lugar de tanta mala leche veamos a los dos contrincantes, con sendos ojos morados, abrazados y tomando una biela juntos como buenos amigos.

Thursday, March 25, 2010

De peces y bicicletas

Hace unas semanas un lector me dijo, textuosa si no textualmente: maestro, háblenos de la islamización de Europa. Ahora otro me conmina, con cara de aguantarse tremenda risotada: reverendo santón, háblenos de la experiencia ecuatoriana. Con lo cual me permito ser Kehlog Albran (el divino Kehlog) durante cinco minutos (tras lo cual tengo que corregir 55 redacciones atiborradas de run-ons). Eso sí, sobre la islamización no tengo nada que decir, salvo que estuve sorprendido al leer otro día que de nuevo han publicado en no sé qué diario sueco una caricatura de Mahoma. Mi pregunta es: ¿cómo se puede caricaturizar a un personaje si el público no tiene referencias sobre el aspecto físico de tal personaje, es decir faltando el necesario estereotipo visual? Yo, siendo dibujante, con la mejor o la peor voluntad del mundo no sabría dónde empezar para hacer reconocible tal personaje en una viñeta, excluyendo el torpe recurso de etiquetarlo. Pero en todo caso la buena intención, por lo menos, se agradece. Toda religión merece alguna caricatura ocasional. (Algunas más que otras.)



En fin, sobre lo que quería sabia y místicamente discurrir era de lo otro, de la experiencia ecuatoriana, es decir sobre peces y bicicletas.

Para empezar, cuando digo "la experiencia ecuatoriana", me refiero a mi experiencia ecuatoriana. De la experiencia ecuatoriana del vecino le corresponde a él sacar sus propias conclusiones, por supuesto.

Mi experiencia ecuatoriana sucedió hace cinco años, y se resume así: recién llegado al país, una mañana sobre las 6.30, me levanté y salí al balcón de ese segundo piso alquilado que habitábamos. Allí, miré hacia abajo y vi a un viejo montado en una bicicleta. Del manillar de esa bicicleta colgaba un pez muy, pero muy grande. (Yo no lo pesqué, así que puede decir "muy, pero muy grande"). Ese pez estaba muerto. El viejo pasó por debajo del balcón y prosiguió su camino pasando el cruce entre Loja y Sibambe. Fin de la historia.

Que tal experiencia fue para mí una epifanía queda demostrado en tantas menciones que posteriormente recibió. Para entender el por qué me conmovió tanto, tal vez basta citar un reglamento de entre los miles que salen a diario de algún despacho de Bruselas, de aplicación inmediata en toda la extensión del Vierte Reich, digo, de la Unión Europea:

Reglamento 104.682.603.194 del Subdepartamento de Transporte de Bienes Alimenticios por Vía Pública

Protocolo para la obtención del Certificado de Aptitud para el Transporte Terrestre de Especies Marinas (extracto)

12(j): Para el transporte terrestre de especies marinas mediante vehículo de dos ruedas, en una distancia corta (menos de 14,4 km), se precisa la obtención previa de los siguientes documentos:

(i) En el caso de pescados de carne azul (menos el atún), ostras, y conchas de diámetro menor de 1,6cm, se precisa certificado de salubridad expedido por el respectivo Ministerio y ratificado por el Departamento Europeo de Control Higiénico de Especies Marinas. En el caso del atún, además de la tilapia, el besugo y la anguila, certificado de Defunción Natural expedido por el Departamento de Especies Semi-Protegidas en Bruselas, salvo en los meses de agosto y noviembre, cuando la tramitación respectiva se debe hacer a través del Departamento de Control de Objetos Resbaladizos en Bruay-en-Artois, Francia.
(ii) Se precisa obtención del Permiso Especial para Transporte Frontal de Comestibles en Vehículos Livianos, o el correspondiente permiso Dorsal, según la posición y orientación en que se necesita llevar la especie en cuestión (ver diagramas ilustrativas). La concesión de tal permiso será sujeto a ratificacíón por las autoridades de Seguridad Vial del territorio suscriptor, y deberá constar en la solicitud un historial detallado, avalado por testimonios independientes, de las ocasiones en que el solicitante haya transportado pescados, por cualquier medio incluido el peatonal, sobre una distancia de más de 1,2 m en línea recta.
(iii) Será necesario presentar una declaración, de redacción autorizada, en que conste que el pescado o especie marina en cuestión no será utilizado con fines de apología al terrorismo, ni participará en ningún evento público cuya finalidad tenga que ver con el terrorismo, y que el uso del pescado o especie marina no incitará a discriminar en contra de ninguna comunidad étnica, ni en contra de nadie que tenga piernas inusualmente cortas o que lleve vistosos parches de cuero en los codos de su chaqueta.
(iv) Sin menoscabo de cualquier reglamento adicional requerido por las autoridades del territorio suscriptor, será necesario obtener el permiso de transporte de materia comestible perecedera por Vía Pública, a través de solicitud presentada con 16 meses de anticipación por el Bureau de Tramitación Ordinaria de la Oficina de Permisos Especiales del Departamento de Piscicultura con sede en Bonn. En la concesión de dicho permiso se tendrá en cuenta la disponibilidad de vías alternativas de transporte que favorezcan más al medio ambiente, y la existencia de medios alternativos para la consecución de los fines propuestos, por ejemplo, la posibilidad de sustituir la carne del pescado con productos vegetales de cultivo orgánico en el lugar de destino, además de tener en consideración los factores macroeconómicos que puedan considerarse relevantes en el caso particular presentado.

Con todo lo cual, se entenderá que en Europa, no se ve apenas que alguien vaya en bicicleta con un pescado guindado.

Y es que da que pensar. Evidentemente, viniendo de Europa, uno supone que si alguien imprudentemente se pone a bicicletear en público con un pescado debajo del manillar, sin los necesarios permisos y precauciones por parte de las autoridades, en cuestión de minutos se armará un motín, se dispararán los índices de robo agravado, de muertes por asfixia y por anorexia, de partos prematuros, de familias monoparentales, se desplomará la Bolsa de Nueva York, se acabarán las reservas mundiales de aceite de linaza y de titanio, se producirá un tsunami, se partirá en dos la Capilla Sistina y será imposible conseguir bolsas de té Lapsang Souchoung en ninguna tienda. Se terminará, en resumen, la civilización. Y sin embargo, vi con mis propios ojos en aquella ocasión que en Ecuador uno podía ir por la calle con un pez y una bicicleta y no pasaba absolutamente nada.

De ahí, era un corto paso hasta cuestionar si, realmente, era necesario tener cualquier ley ni cualquier reglamento a propósito de cualquier cosa. ¿Tal vez se puede vivir tranquilamente sin tener ni jueces, ni policías, ni políticos, ni ejército, ni reglamentos de cualquier tipo, en paz y armonía con nuestros prójimos? Entonces me puse a observar con más atención y me di cuenta que en Ecuador, así vivía la gente, más o menos. Había leyes, pero nadie las observaba. Había policías, pero sólo se dedicaban a extorsionar, y la simple idea de combatir el crimen, cualquier crimen, les parecía chistosa. Había políticos, pero en vez de expedir leyes o de intentar gobernar el país, se dedicaban nomás a operarse la nariz y a armar orgías en hoteles peruanos. Es decir, estaban las mismas plagas, pero sólo de adorno, y el mito de que eran males necesarias para el funcionamiento de la civilización quedaba definitivamente destruido; por el resto todo era una Arcadia, todo era maravilloso en este maravilloso país.

Claro que tal paraíso poco duró. Accedió al trono Alfredo I Cunctator, luego Correa y se jodió todo. Pero fue bonito, mientras duró. Fue bonito ver a la gente llevar peces colgados de su bicicleta, sin siquiera preocuparse por la constitucionalidad de semejante proceder.

Claro que cuando uno habla de peces y bicicletas, se vuelve obligatorio mencionar también el tema del feminismo, por aquello de que la mujer necesita al hombre como un pez necesita una bicicleta. Yo, personalmente, creo que el dicho popular encierra una gran verdad. La mujer y el hombre son especies tan cómicamente dispares que su yuxtaposición o conjunción es siempre un evento surreal, digno del mejor surrealismo francés, de Breton o Eluard o Desnos, de los Poissons Solubles en fin. Quien intente disfrazar tales relaciones como algo normal, flaco favor le hace a la espiritualidad occidental, tan manchada últimamente de mayonesa y trocitos de cebollino quemado. Hay que celebrar, si no la diversidad, por lo menos la incongruencia. Las parejas casadas somos todos sacerdotes y sacerdotisas del absurdo.

Lo que no justifica en absoluto las asimetrías producto de la mezquindad y del descerebro institucionales. Llevo tres días con esto y no me deja de producir desazón y aborrecimiento:

"De todos los hombres que haya en mi vida, ninguno será más que yo." (cara sonriente de joven graduada en ciencias de la nutrición)
"De todas las mujeres que haya en mi vida, ninguna será menos que yo." (cara sonriente de joven pelucón subespecie Mi Comisariato)

(de los carteles de no sé qué campaña gubernamental)

Se supone que la intención es combatir el machismo, cuando en realidad lo que hace esto es ejemplificarlo, consagrarlo, embadurnarnos de él en plena Metrovía. El primer mensaje, intachable, sano, orgullosa autoafirmación: el segundo, solemne gilipollez que sobrepasa la credulidad más generosa. Ni siquiera ese medio gringo tirado a medio lorenzo que escogieron de poster boy sería capaz de farfullar semejante grosería como que ninguna será menos que él. Y con lo fácil que hubiera sido que ambos dijeran lo mismo, dejar que él y ella fueran igualmente sanos a pesar de los pesares. Pero ¿qué sabrán de salud ni de generosidad esos mezquinos que se nos erigen continuamente en perdonavidas y gobernadores?

Sunday, March 21, 2010

Picores íntimos

En la novela Delirio, de Laura Restrepo (recomendada: me he prometido una tercera lectura para saquear vocabulario) hay un personaje secundario osadamente tedesco que, a diferencia de su hermano, nunca consigue escaparse de su nativa Alemania para instalarse en Colombia, sino que se atonta progresivamente, encerrada bajo órdenes de su familia, hasta aparecer un día ahogada en un río en plan Ofelia (no se indica si cara abajo, como manda la escuela naturalista, o cara parriba á la Liz Siddal): todo, al parecer, por la condena social y el ostracismo generados a raíz de una pintoresca dolencia suya. Tal dolencia consiste en un picazón que le afecta la zona genital y le obliga a estarse rascando contínuamente, según su familia desvergonzadamente, incluso en situaciones donde el decoro manda aguantarse, por ejemplo en un velorio.

Estaría agradecido si alguno de mis lectores doctos en medicina me pudieran ilustrar sobre la (para mí) importante cuestión de la verosimilitud de tal aflicción. ¿De veras hay mujeres que no pueden dejar de frotarse el conejo todo el día? Me interesaría una respuesta por varios motivos, entre ellos, para poder afinar criterios sobre si la tal Restrepo es o no es una escritora cercana a la escuela del realismo mágico (o digamos por lo menos que algo exagerada). Asimismo, para satisfacer cierta curiosidad sobre aquella aflicción que padece el actual Presidente de la República y que le obliga a exhibir y a restregarse sus íntimas vergüenzas en público cada sábado, cual carcomida doncella en prusiano velorio; y también para poder catalogar correctamente una experiencia que tuve en una tienda de Soho, Londres, a la edad de 16 años, cuando una inocente búsqueda de pornografía me trajo hasta ese local en cuyos apretadísimos confines resultó haber una chica medio sentada en el suelo en un rincón, con aire de títere desatendido, que no hacía más que tocarse el chocho todo el rato. También, porque todo lo que sea picazones o prurito es un tema que me conmueve por razones biográficas. Actualmente, el picazón que más me desquicia es el de los oídos, que tengo desde hace varios años en escala creciente, y que creo ser un castigo divino por no haber atendido con suficiente dedicación similar aflicción que padeció una gata de mi incumbencia hace unos diez años. Como sea que tengo que estarme rascando el interior del oído con frecuencia, sirviéndome de cualquier objeto puntiagudo que tenga a mano, y que tal objeto normalmente resulta ser un bolígrafo, un escrutinio atento de mis orejas suele dar la sorpresa de un aparente maquillaje eustaquiano donde predomina el rojo vivo, el azul notario y ese indescriptible color que genera la mezcla de sangre, pus, cera y trocitos de piel muerta. Sin embargo, recuerdo que hace unos quince años predominaba en mí el prurito anal, causado por un mal que fue diagnosticado sucesivamente como: hemorroide, fisura con pólipo gratis (medicina española), y (en Ecuador) "algo similar a un hemorroide pero más feo, que conviene extirpar" (y así se dio, con lo cual me hice merecedor de un epidural ¡sin dar a luz!). Ese mal, lo recuerdo bien, me convirtió en íntimo amigo de rincones, aseos públicos, cabinas, armarios, banderas de la Unión Europea, bosques, en fin, me volví experto en huir del mundanal ruido para poder rascarme el ojete, que me tiranizaba más que un dictador caribeño. Curiosamente, una especie de foreshadowing de ese cruel destino se dio cuando aun estaba ridículamente joven, en una manifestación en Londres, donde iba acompañado de un grupo de personas algo apresuradas, a las que no podía abandonar so pena de perderlas de vista, entre ellas una novia de reciente y costosa adquisición, y recuerdo bien que el tener que aguantar las ganas de rascarme se volvió tortura, con todas las letras, hasta que por fin, al cabo de dos horas que parecieron una eternidad, pude entrar en el aseo de un pub, donde me esperó la notable sorpresa de que cuando uno se rasca después de aguantarse las ganas durante bastante tiempo, la sensación resultante se parece asombrosamente a un orgasmo. No se rían: el británico medio tiene con su cuerpo una relación distante, y como me gusta exagerar en todo, conseguí llegar a los cuarenta años sin haber descubierto que incluso en los varones las articulaciones a nivel de caderas posibilitan un limitado movimiento giratorio lateral, que si se desarrolla desde temprana edad permite bailar cumbia amén de otras notables hazañas. No solamente eso, sino que hasta los 43 creí que ese rollo de que el cuerpo masculino tenga zonas erógenas allende del área genital era un mito, ciertamente simpático, como el de la Atlántida en la versión platónica, pero mito en fin, hasta que la Pilar me hizo descubrir una de esas zonas en el lugar más insospechado, verbigracia, en la espalda justo por debajo del hombro izquierdo, más arriba del omoplato, una zona cuadrada de unos tres ó cuatro centímetros nomás, donde una estimulación táctil leve pero insistente me hacía, en cuestión de pocos segundos:

  • respirar mejor y más hondo
  • sentirme en paz con la humanidad
  • reir desmesuradamente
  • relajarme
  • tener una erección de sorprendentes dimensiones
  • recordar lo que hasta entonces había sido mi experiencia no erótica más erótica, es decir:

ir a la peluquería. Para lectores ecuatorianos, una peluquería es un antro algo parecido a un gabinete, pero regentada por jóvenes muchachas del mismo género wanton hussies sólo que sin aparente urticaria genital que llevan bata blanca desabrochada hasta la séptima costilla, y equipado con una especie de lavabos donde uno se sienta y echa la cabeza hacia atrás con el fin de que le laven el cabello. En realidad, uno no echa la cabeza hacia atrás con ese fin, sino para que le mojen la cabeza y la cubran de champú y luego pasen las manos por todo ese cuero cabelludo de una manera absolutamente inmoral e indecente, con una lentitud y sensualidad merecedoras de normas constitucionales y de campañas preventivas (Peluquería Es Violencia). Todo lo cual, más el haber visto y disfrutado como un enano de la película Le Mari de la Coiffeuse, tendría que haberme puesto sobre la pista de que la cabeza era la zona erógena más poderosa que hay, sólo que uno no es muy detective a veces y algunas verdades biológicas le pueden parecer desagradablemente posmedievales.

En todo caso, lo mío ha llegado al punto, conocido sin duda por los médicos, de la definitiva ruptura entre el cuerpo vil, entendido como colección de miembros, extremidades, piel, pintadas en bolígrafo, dedo martillo, etcétera, y el alma, es decir, la glándula pineal cartesiana y environs. Cuando digo ruptura, no me refiero a ninguna reyerta, ni violento desacuerdo sobre temas de religión o política, pues que yo sepa todos mis órganos tienen un mutuo aprecio bastante sólido y a prueba de desavenencias, sino que, por aquellas cosas de la edad, de las fechas de caducidad, de la acción de los microbios, las bombas de relojería genéticas, los malos hábitos y un corto etcétera de razones, últimamente se me cae todo. Llevo semanas, meses, perdiendo brazos, piernas y cabeza a razón de tres ó cuatro por día, como leproso en fast forward. Lo más novedoso es ese picor que me ataca la espalda cada vez que me siento, que parece agresión de múltiples aguijones y que me hace pensar que algún departamento burocrático de mi sistema nervioso ha decidido que ante la escasez de oxígeno en el riego sanguíneo lo más sensato es prescindir de la espalda, que al fin y al cabo para poco sirve si uno no es camello. Nunca he visto lo que le pasa a alguien cuando la espalda se le cae al piso, evento que parece requeteanunciado en el presente caso. Pero ése no es el punto.

Para cuando algo así pasa, y en general al contemplar la cesantía paulatina de funciones vitales, hay un género de nostalgia que a uno le sorprende. Uno lamenta tener que despedirse de su espalda justo en el momento en que empezaba a conocerla bien. Por eso digo, O mis hermanos y hermanas: cuídense las espaldas antes que sea demasiado tarde.

Sunday, March 7, 2010

If you like a lot of chocolate on your biscuit

Al poco tiempo de llegar a este país alguien me dijo que había un "club" de británicos en Guayaquil. Mi esposa, entusiasmada ("contactos" para posibles trabajos), yo no. Cuando uno atraviesa los campos en Inglaterra, el cuidado por evitar los cowpats viene por acondicionamiento skinneriano; al atravesar el mundo, lo mismo le pasa a uno con los autodenominados expats. Simplemente, evitas pisarlos. Si lo haces, por muy ex que se precien de ser, emiten un característico tufo a colonialismo rancio (y se te pegan en los zapatos). Se creen con derecho a llamar a todo camarero Manuel, a repartir Christmas Puddings como si fueran damas consulares, a organizar partidas de bridge, a hallar en los lugares más insospechados señales de falta de voluntad para perseguir el lavado de activos, y a condescender en escarpado por doquier. Pero bueno, uno también tiene curiosidad. Acudimos un día a ese amplio apartamento convertido en Gentlemen's Club, con vistas al río. Como manda el cliché, un camarero "nativo" (de aquí), obsecuente a más no poder, nos informó con los reglamentarios 36,8 grados de afectada pesadumbre que a las damas no se les permitía ser miembros del Club (obviamente el nombre de Phoenix Club hubiera sido una corrupción de Penis Club en los seculares albores de esta institución), sino sólo visitantes y en determinados días (tuvimos suerte). A mi esposa, dicho sea en su pro, le encantó visiblemente ese detalle. (Lo entendí perfectamente: a mí también me halaga que me excluyan. A uno le hace sentirse importante, peligroso, selvático en fin. Aaúu.). Luego me explicó que la membresía del Club costaba algo así como cincuenta dólares mensuales, a más del espantoso ritual de iniciación que consiste en acudir un lunes, hacer sonar una especie de campanilla que tienen allí en la barra, e invitar a todo el mundo a un "trago", que previsiblemente en muchos casos derivaría en costosísimas subvenciones de caprichos o de adicciones de añeja etiqueta. Lo comenté con mi esposa. Ella, más que dispuesta a sacrificar una parte importante de nuestros ingresos por saberme cada lunes por la noche en un lugar lleno de prometedores "contactos" y sin damas; además, cuando ingresas como miembro te hacen una caricatura y la cuelgan en la pared con las otras: más halagüeño imposible, pues sólo a las personas importantes las caricaturizan. Pero en esas cosas hay que seguir su estómago, y el mío ya estaba en el ascensor dos plantas más abajo.

Hace muchos años, con otra compañía femenina salía de la estación de Liverpool Street, en el centro-norte de Londres. Acabábamos de volver de unas vacaciones en la costa de East Anglia, donde habíamos hecho camping durante diez días, pero en algunos de esos sitios de campamento había buenas duchas y no apestábamos demasiado. Vinimos, eso sí, sedientos. Cruzamos la calle y entramos en el primer pub que se presentó. Unos treinta segundos más tarde, salimos apresurados del pub, pues resulta que en esa taberna no servían a clientes que iban vestidos de jeans. No había señales ni avisos sobre ese curioso reglamento: era una especie de tradición del local nomás.

Se me agotan los recuerdos. ¿Dónde más? Pues en la escuela, claro. "Tomasito me ha dicho que acaba de formar un nuevo club y que no te va a aceptar como miembro: Elis Elis." (Debo precisar que no fui a una escuela catalana, sólo que me gusta decir Elis Elis. Lo aprendí a partir de una canción de Pau Riba.) Si algún día tuviera la intención de ir a Galápagos, tengo entendido que también sería objeto de discriminación por no disponer de pasaporte ecuatoriano: se me colocaría en la fila de los que pagan todo más caro, por cojudos.

No es que sólo se me haya discriminado por estas cosas. Seguramente, en tantos años de vida y de miserias, por muchas más: pero uno no recuerda, a menos que quiere, es decir que hay que tener una sensibilidad especial para juzgarse o sentirse discriminado. Hay que cargar por doquier con el peso del entitlement, creerse con derechos, tener desarrollado el sentido de justicia en lo que a uno mismo se refiere. Hay cosas que duelen: no haber nunca ingresado, por ejemplo, en el extenso y dicharachero club de los que se habían acostado con la Mayte. En aquellos años, empecé a creer que era el único hombre en toda la Península Ibérica que no se había acostado con la Mayte. Pero bueno, ahí está: en esos temas hay tantos artículos constitucionales posibles que uno no sabría dónde empezar a buscar motivos de peso. Me place creer que no se acostó conmigo porque critiqué su manera de conducir, y le sugerí que hasta los Citroen "dos caballos" se podían manejar de otra manera que dando siempre marcha atrás. En fin. La cuestión es que hasta estos modestos recuerdos me revelan que se me ha discriminado por, inter alia, llevar el Pantalón Equivocado, no ser compinche de Tomasito, creer que los Citroen deben ir hacia adelante, o no disponer mensualmente de cincuenta pavos muertos de risa.

Pero me faltó el genio del Telégrafo para saber que botar a alguien de tu club, o encontrarse botado de alguno, era una cuestión constitucional y de derechos fundamentales en las relaciones entre particulares.

Claro que en tan larga vida uno se ha topado alguna vez con esa iglesia y todas las demás. De estudiante por la noche entre borracheras uno escuchaba fascinado historias de terror acerca de siniestros planes gubernamentales para prohibir los Gentlemen´s Clubs londinenses (aquellos que albergan sueños inquietos acerca de la mujer de la ventana, maravillosa película, hay que tener un Edward G. Robinson siempre en tu vida), basándose en que discriminaban contra "la mujer" (de la ventana o alguna otra). Pero a medida que te haces viejo uno supone que el mundo te hace compañía, envejece a la par y al mismo ritmo que uno, se cura de las mismas tonterías en los mismos momentos, y se vuelve tan necio y antipático como uno es o aspira a ser. Es cierto que cuando vine a Ecuador todo el mundo decía: esos países llevan exactamente 50 años de subdesarrollo. Te encontrarás con los errores de hace 5o años, en el mismo orden. Y hasta ahora ha sido más o menos cierto. Pero escuchar aún palabras con sabor tan retro como discriminación, hasta arranca sonrisas: las mismas que cuando ves a alguien trapeando con una escoba y un trapo agujereado por en medio (qué fuegos artificiales no se dispararán, qué gozosas plantas hidroeléctricas no se inaugurarán, qué nuevas y pletóricas constituciones no se redactarán, cuando llegue aquí el evangelio de La Mery). Así - y ya que este mes no eres nadie en el mundo bloguero si no has comentado el caso Carlos Víctor Morales, auténtica affaire Dreyfus de nos jours, vaya por delante que lo que diga la Constitución me la suda, y lo que diga un tal Pablo Slonimsqui, a pesar de lo sonoro del nombre, tres cuartos de lo mismo, pues lo que aquí carece de poderosa racionalidad, lo que no se ve estrictamente necesaria y lo que no cumple ningún fin legítimo es esa misma constitución; y en todo caso, no está para mí muy claro que los clubs, la mayoría de ellos en todo caso, existan para otra cosa que no sea discriminar: es lo que tienen, precisamente, de encantador y de pintoresco. Las gradas de un estadio de fútbol, por ejemplo, suelen estar repletas de personas que discriminan abiertamente a favor de uno o de otro equipo; el tal Morales al parecer seguía un poco la misma línea de discriminación en contra de los directivos del club; y si éstos no se hubieran unido a tal alegre fiesta de discriminación, se les podría achacar hasta cierta carestía de espíritu deportivo. En todo caso, desde la escuela sabemos que si Tomasito no te deja ingresar en su club, lo mejor que puedes hacer es formar tu propio club y no dejarle ingresar tampoco a Tomasito: Elis Elis, y asunto solucionado. Pero no deja de ser reconfortante el saber que en algún lugar del mundo hay alguien dispuesto a calentarse los sesos analizando si el no llevar jeans en un pub, o el no tener pene en un antro de viejos babosos expatriados, o el ir a Galápagos encombrado de rasgos gringos, o tener prejuicios acerca del funcionamiento de ciertos automóviles, puede erigirse en falta de poderosa racionalidad y por tanto hacerle a alguien merecedor de sermón y de ser enviado al rincón del aula para "reflexionar sobre sus actos".

Aunque, si me pongo a reflexionar sobre los míos, se me vuelve evidente que sigo leyendo demasiado Telégrafo. Esto debería terminar. Lo que no sé es si está indicada la hipnosis o el uso de algún sucedáneo más bajo en calorías.

Saturday, March 6, 2010

Para los atentos e insomnios

Y pues que tengo 34 páginas de traducciones y se aleja a paso cucaracha la ventana de posibilidad para crear nuevo blog con nuevo estilo en un futuro previsible (soy miope), ho-hum, de vuelta a lo apestoso a sábanas dormidas en. Y porque hasta ahora no lo he hecho, para ver si sé cómo, y porque todo el mundo conoce a YouTube desde mocedades (yo lo descubrí lo que es descubrir hace dos días), aquí van dos cosas que me gustan, el uno porque con los Mael Bros siempre compartí sentido de humor (también recuerdo con algún perverso frisson los anuncios de Martini de los setenta) y el otro porque nadie lo entenderá que no vivió los setenta, y me pico de anciano.





Inserción desactivada por solicitud