Tuesday, November 30, 2010

Gone for a leak

Shock! Horror! La embajada estadounidense en Honduras envió un cable secreto al Departamento de Estado sobre el putsch de Micheletti. He aquí, primero, la versión que algunos esperaban encontrar:

CONFIDENCIAL  TEGUCIGALPA 000645

Finalmente nuestro aliado Micheletti ha conseguido sacar del poder a esa rata de Zelaya. Es posible que algunas personas se quejen por lo inconstitucional de nuestro actuar, así que creemos conveniente seguir con el juego de las protestaciones y las condenas rituales por el momento, hasta que la situación se calme un poco. Micheletti nos ha prometido elecciones en un corto período; mientras tanto, para evitar cualquier repunte de apoyo al ex presidente, le hemos aconsejado a nuestro aliado que mantenga el control sobre los medios y sobre las manifestaciones, incluso si se produce alguna baja fortuita. Es vital, a nuestro modo de ver, que ese comunista se quede fuera del país hasta que consigamos armar un gobierno que sea a la vez democrático en las formas y amistoso hacia nuestros legítimos intereses en la región.

Ahora, lo que realmente se escribió. Sigue un pequeño extracto:

19. (C) The analysis of the Constitution sheds some interesting light on the events of June 28. The Honduran establishment confronted a dilemma: near unanimity among the institutions of the state and the political class that Zelaya had abused his powers in violation of the Constitution, but with some ambiguity what to do about it. Faced with that lack of clarity, the military and/or whoever ordered the coup fell back on what they knew -- the way Honduran presidents were removed in the past: a bogus resignation letter and a one-way ticket to a neighboring country. No matter what the merits of the case against Zelaya, his forced removal by the military was clearly illegal, and Micheletti's ascendance as "interim president" was totally illegitimate.

A Wikileaks hay mucho que agradecerle. Entre las frases más interesantes del cable, este lamento que sale entre paréntesis, que me hizo sonreir:

one cannot find a fully unbiased professional legal opinion in Honduras in the current politically charged atmosphere

Suena algo familiar el caso, ¿no?

Claro que siempre habrá quien condene las filtraciones a la vez que se lanza a la busca y captura de jugosos y suculentos mordisquitos. Happy hunting!

Sunday, November 28, 2010

De plantones y gnomos

Tampoco fui al plantón. Ni me enteré de que había, hasta después del evento (no estoy adherido a ninguna "red social"). Por lo visto, no me perdí nada. Digamos que si el objetivo de cualquier plantón es fortalecer el ego y el patrimonio mediático de algún político oportunista a través de intervenciones demagógicas de tarima y micrófono, ese plantón fue un rotundo fracaso, pues ninguno de los diversos protomesías llamados a participar consiguió sacar gran ventaja del evento, ni el Nebot haciéndose el duro negociador, ni el Cuero que quedó (aparentemente) en cueros, ni ningún otro. Pero sí sirvió como punto de arranque para un curioso artículo de JMLC, el cual me da la excusa para agregar estas reflexiones, las que esperemos te llenarán de frustración ante mi dureza de mollera, para que te sientas obligado a decir lo tuyo, y así. Todo esto, por supuesto, no cambiará en nada las realidades referidas, ni el mundo en que vivimos, pues como voy a demostrar más adelante, tal realidad sólo puede ser cambiada por los gnomos.

Según JMLC (y le creo), el lema del plantón fue: "exigimos seguridad". Las reflexiones que este lema sugiere para él, que se caen de maduras, al parecer, no son las mismas que para mí. De hecho, ni en un millón de años se me hubiera ocurrido preguntarme: ¿hemos construido una sociedad segura? Y ello, por una sencilla razón, porque no soy de su religión. No creo en la sociedad, si con tal palabra se refiere a un ser superior a que hay que propiciar, una esencia metafísica con que zanjar disputas filosófico-jurídicas, un protagonista histórico dotado de inteligencia propia, un sujeto de novedosos y atractivos "derechos", o un sueño pastoral en que Amaryllis y Syllibychis debaten epistemología en medio del verdoso prado antaño conocido como Bastión Popular. Dicho de otra manera, no soy consciente de haber construido ni ayudado a construir ninguna sociedad, segura o insegura; ni me interesa hacerlo, ni conozco a nadie que confiese haber realizado la hazaña. Eso no tendría que ser óbice para que los que quieran construyan la sociedad que más les plazca, siempre y cuando a los demás nos dejen en paz. Como veremos, eso es precisamente lo que JMLC no quiere hacer.

Para mi, el mencionado lema me parece a la vez formalmente justificado e inmensamente ingenuo. Justificado, en el sentido en que hay una constitución y un gobierno comprometidos a dar seguridad, o por lo menos eso dicen. Con frecuencia, se defiende el saqueo del Estado de nuestras estados de cuenta con el argumento de que sin su benigna y costosa intervención, no tendríamos seguridad (entre otros componentes del Buen Vivir), y subsistiríamos en zozobra permanente. Como sea que últimamente eso es exactamente lo que vivimos, parece razonable cuestionar tales astucias de cuentista: incluso, tal vez, exigir algún reembolso de cliente insatisfecho. Pero por otro lado, habría que preguntar primero si es sustentable esa pretensión de que el Estado, a través del oportuno despliegue de las "fuerzas del orden", puede por sí solo garantizar nuestra seguridad. Y la respuesta viene del oráculo: tal vez, pero solamente si le concedemos a ese Estado un poder inmenso. Podemos vivir con esa impresionante seguridad que brinda el Estado saudita, iraní, norcoreano o chino, siempre y cuando no nos importa que las mujeres anden con burqa, que los homosexuales estén encarcelados, que nuestra correspondencia privada sea escudriñada por funcionarios, o que para reunirse con cinco amigos haya que pedir permiso primero a la policía. Si al Estado le entregamos toda la responsabilidad de nuestra seguridad, más vale que también le entreguemos las llaves de nuestra casa, porque tarde o temprano las va a "necesitar". A quienes gusten de acusar a los mismos de siempre de ser neoliberales, les sugiero que se fijen bien en quiénes entre ellos acudieron prestos a ese plantón, pues quien se disponga a atajar el problema del crimen "endureciendo" leyes y llenando las calles de más chapas y de más milicos, de liberal, neo o no, poco tiene. El término correcto para estos señores es "conservadores". Para que sepan, y esto va aparte.

Existe otra alternativa, pero antes de entrar en ello, veamos hasta qué punto el lema "exigimos seguridad" es, como digo, una ingenuidad. Constatemos primero que entre las reivindicaciones que al parecer acompañaban a tal "exigencia" figuraba el cierre de las fronteras (para impedir la entrada en el país de más colombianos o peruanos), la extensión del período de "prisión preventiva", mayor dureza en las sentencias, y sorpresa sorpresa, más chapas. Como observó algún comentarista, el cierre de las fronteras es un sinsentido, pues no hay ninguna evidencia fehaciente de que la criminalidad en este país se esté nutriendo especialmente de inmigrantes. En cuanto a lo de la prisión preventiva, al escuchar lo que se farfulla a tal respecto me he caído de la silla dos veces en lo que va de la semana. Que una persona esté esperando seis meses, encarcelado, sin tener la posibilidad de un juicio que determine su supuesta culpabilidad, ya de por sí es un escándalo, pues vulnera el principio de presunción de inocencia: y cabe suponer que en muchos de estos casos la inocencia del imputado del delito es un hecho notorio y por ello mismo los juicios se postergan hasta la caducidad de la medida, para evitar que nadie importante se manche las solapas. De modo que al reclamar mayor duración de prisión preventiva, se contribuye, primero al hacinamiento de las cárceles ecuatorianos con esa mezcla de criminales y víctimas inocentes tan peculiar del país, y segundo, a alejar aun más la posibilidad de un juicio justo para los presos políticos, que ya empiezan a multiplicarse a raiz del 30-S. Por otro lado, que el público esté "exigiendo" más dureza en las sentencias debe de sentirse como bendición en las filas gubernamentales, pues constituye el pretexto perfecto para tomar medidas represivas y coercitivas hacia la población en general. Thank you, suckers.

Por otro lado, la exigencia de "más policías" sólo se puede entender como una especie de acción reflejo de mimetismo derivado de la observación de otros países donde la policía funciona como una fuerza del orden, y no del desorden como aquí. La noción de que un incremento de la policía proporcionaría más "seguridad" en un país como éste es simplemente chistosa. Supongo que nadie necesitará una refutación detallada de tamaño despropósito.

¿Qué nos queda, entonces? Mi respuesta: nos quedamos nosotros. No como "sociedad", sino como individuos.¿Por qué lo digo? Vamos a ver.

Según JMLC, tenemos que llegar a un gran consenso ("pero todos") sobre qué tipo de sociedad queremos construir. Luego, construirla. Eso suena bonito. Como todo lo que suena bonito, es irreal. Nunca existirá tal consenso. En ningún país, que yo sepa, en ningún momento histórico, ha existido un consenso entre la población sobre qué tipo de sociedad querían (if you know different, ahí está la caja de comentarios). Lo que sí ha habido siempre, son iluminados que creen que saben mejor que nadie en qué dirección debe caminar "la sociedad" en que vivían: seres de vanguardia, vaya. Algunos de ellos todavía siguen dando clases en los colegios fiscales, ante la evidente consternación de JMLC, que se hace cruces ante el exigüo afán de autoilustración que lucen esos señores del MPD. De lo que parece no darse cuenta es de que ellos y él, pese a las protestaciones, son de una sola especie. Si abogamos por "la educación" como medio para llegar a la ansiada sociedad ilustrada, tolerante, regulada a la vez que consensuada, y con vistosos logros en materia de seguridad, estamos haciendo lo mismo que esos emepedistas, sólo que, como cabría esperar de un escritor como JMLC, más modosa y exquisitamente. Es decir, estamos instrumentalizando a las personas en aras de una visión personal. La educación, para el humanista, no puede ser máquina salchichera al servicio de ninguna sociedad, por muy "segura" que ésta sea. Las personas valen más que eso. Educar es ayudar a que se realice la potencialidad individual, no a que ésta se doblegue a las exigencias colectivistas de los filósofo-reyes platónicos más elegantes del momento.

Y la cosa se pone peor cuando resulta que "los valores deben partir desde la sociedad hacia el núcleo familiar". Pues si ésa es su receta, no se entiende muy bien de qué se queja, pues él mismo reconoce que "núcleos familiares" a la usanza tradicional, capaces de levantar diques contra la sociedad y moldear seres a su antojo, últimamente escasean en este país de fallidos emigrantes, y que aquellos jóvenes que van por ahí matando por celulares son el producto del mismo proceso que él subscribe, es decir, la absorpción de "valores" a través de aquellos medios de comunicación denominados "sociales", sobre todo, a través de la publicidad. Son el perfecto reflejo de la sociedad en la que viven, sin haber sufrido ninguna distorsión paternal ni familiar: los resultados a la vista están. Ah, dice JMLC, pero esos valores, ese "consumismo rampante" son falaces. Los valores correctos, en pro de los cuales urge una refundición de la sociedad entera, son los que él nos propone, y que cada núcleo familiar está en deber de asumir: los de la progresía ilustrada europea, con una ramita de cristianismo coqueto para dar el toque de distinción.

Puede ser. Pero lo que salta a la vista aquí es que aparte de padecer de un ataque de deslumbrante iluminación, este señor, este tal JMLC, es muy raro. No le gusta apenas nada de la sociedad en la que vive: lamenta amargamente su consumismo, su materialismo, su hipocresía, su afición a la crónica roja, a la farándula y al escándalo, su arribismo, regionalismo y homofobia. Pero cuando se trata de buscar una solución para el problema de la inseguridad, él apuesta sin titubear por... la misma tan denostada sociedad. A condición, claro está, de que todas esas taras, todos esos defectos y fallos y sinsabores y falacias y pecados y desrrregularizaciones y demás se conviertan instantáneamente en su contrario. Y eso sucederá en cuanto "nos sentemos todos, pero no a exigir nada, sino a enseñarnos nuestras miserias los unos a los otros y perdonárnosla y empezar desde cero", es decir, que nos colemos todos en el desenlace de alguna película de Mike Leigh. Ah, y Correa y Nebot también tienen que "deponer los egos". Poquita cosa pide este man.

Estoy dispuesto a pensar que JMLC escribe dentro de alguna tradición de revivalism cristiano, en donde la gracia del Espíritu Santo desciende del cielo hasta el individuo postrado en el suelo de la capilla, que a continuación se levanta y dice: ¿saben ustedes? Acabo de ver la luz del Señor. Antes era un horrible Presidente que cada sábado se dedicaba a insultar a todo aquel que no estaba de acuerdo conmigo. A partir de ahora, en cambio, voy a cederle un espacio cada sábado a ese hombre bueno, santo y bello, al excelentísimo alcalde Jaime Nebot, para que él exponga sus lúcidas y preclaras ideas al país a través de mi cadena. Es lo menos que puedo hacer para borrar mi aborrecido pasado pecaminoso.

Y el pueblo entero levantará los ojos al cielo, dará gracias a Dios, y sostendrá una sandía imaginaria entre las manos un buen rato.

No lo veo.

Por eso apuesto al individuo.

En materia de seguridad, es muy sencillo. Yo tengo la primera responsabilidad por mi propia seguridad y la de mi familia. No la policía, no el Estado. Yo. Tal afirmación, no sé si tendría que defenderla o no; puedo asegurarles que hasta bien entrado el último siglo, a cualquier persona le hubiera parecido una perfecta obviedad. Sobre todo, para aquellas personas en aquellas partes del mundo donde hay tigres, y lobos, y osos. La humanidad durante la mayor parte de su historia ha convivido con peligros de todo tipo, ante los cuales, se suponía y se esperaba que cada individuo tomara las necesarias precauciones, procurando tener armas adecuadas de acuerdo a la naturaleza del peligro. Ahora, si en lugar de un tigre hay un tipo con un Glock cargado, apuntando a ti y a tu hijo, para mí las protestas de JMLC de que ése "no es ningún animal, sino una persona", son estrictamente académicas e irrelevantes. La cuestión es que él tiene de caer, y no tú. No porque tú seas mejor persona, sino porque si no reaccionaras así no serías siquiera una persona. Y Darwin cuida de los suyos.

Y si en ese momento, resulta que por un capricho de los gobernantes (o mejor dicho, por ese miedo inconfesable que tienen hacia el rudo populacho o hoi polloi), el tipo sí tiene arma y tú no, ya será tarde para que protestes y levantes el grito de que has sido traicionado. Aunque, en efecto, eso es exactamente lo que ha pasado. Te traicionaron. Te quitaron el arma, a sabiendas de que al otro no se lo podían quitar, porque la criminalística no da para tanto. Prefirieron que viva el ladrón y no tú. Así son.

Tanto JMLC como alguno de sus comentaristas dan por entendido que la petición de legalizar la tenencia de armas es un "absurdo" (textual), una excentricidad, una muestra de peligroso extremismo o de ideología cavernaria. En realidad, lo que se pide es simplemente que se respete un derecho básico, primordial, el de la propiedad privada: el mismo que, cuando es violada, y siempre según quien sea la víctima, si es alguien importante o no, provoca todo este batibarullo de lamentos sobre la inseguridad. Si no queremos que nos roben, empecemos por el gobierno, que es el mayor ladrón de todos, y quien no es capaz de reconocer eso, es que vive en un estado de disonancia cognitiva aguda, harto peligroso. También se pide que se reconozca algo tan esencial a nuestra condición humana como la responsabilidad individual. No se afirma que legalizar la tenencia de armas vaya a resolver el problema de la inseguridad, podría ser que incluso, a corto plazo, empeore en algo el problema (recordemos que tener arma no ayuda para nada si no se tiene destreza en el uso de la misma, lo que incluye cierto grado de disciplina mental). Pero representa un paso sano y salubre en la dirección propuesta, que a diferencia de lo que comento en el artículo referido, no es hacia una visión propia, privilegiada, de la "sociedad", sino simplemente hacia el reconocimiento de la responsabilidad individual de cada persona, que se puede demostrar es condición sine qua non de cualquier sociedad sustentable, y por tanto, ahí sí, materia idónea de consenso. (También podemos consensuar, si queremos, que es mejor tener dientes que no tenerlos, y que nos den papilla.)

Por otra parte, el problema del crimen se tendría que aislar quitando los elementos superfluos, que complican el tema, por ejemplo la letanía de falsos crímenes sin víctima que inútilmente quitan tiempo a jueces y a fuerzas "del orden", y también llenan innecesariamente las cárceles, Me refiero, sobre todo, a la ilegalización de las drogas, que es una de los mayores escándalos de nuestros tiempos, y forma gran parte de ese subconjunto de la inseguridad que se llama crimen organizado. Hay que legalizar todas las drogas, pero ya: y cuando el cultivo de coca se transforme en negocio lícito, y otros países sigan la pauta, y las drogas de mayor consumo encuentren su auténtico precio de mercado, las espectaculares ganancias que se pueden derivar del tráfico ilícito desaparecerán, pues vender marihuana será lo mismo que vender tabaco, y comprar cocaina lo mismo que comprar una cerveza. Ahí desaparece todo un sector del crimen organizado. Es una solución parcial, pero perfectamente factible y barato de implementar (aunque espérense líos con la DEA y con la administración yanqui en general).

Y hablando de los yanquis, no viene al caso pero no puedo resistirlo: viene una niña a censarnos esta mañana, y pregunta si somos montubios, blancos, mestizos, afroecuatorianos o qué. Como sea que prácticamente los únicos del mundo occidental que siguen compartmentalizando a las poblaciones por "razas" son los de la CIA (en su World Factbook), me hace pensar que la INEC debe ser un nido de infiltrados de las fuerzas secretas estadounidenses. Someone should be told.



Ah, los gnomos. Pues la cuestión es ésta. Cuando yo era niño y vivía en Inglaterra, había crimen pero muy poca cosa. La gente era extremadamente apegada a las leyes y todo el mundo conocía su lugar. Me he puesto a pensar a qué se debería esa suerte, y por qué el país ya no es así, y me acordé que entonces, en los jardines de muchas casas, había gnomos de cerámica pintada, o tal vez de plástico en algunos casos, gnomos que a veces pescaban, u orinaban, o se balanceaban, hacían gnomerías, en fin. Y me di cuenta de un hecho muy significativo: el auge del crimen (que ahora en Inglaterra como acá es imparable) coincidió exactamente con la caida en desgracia de esos gnomos. A medida que la población de gnomos escaseaba, el crimen aumentaba. De lo que se deduce que la tasa de criminalidad lleva proporción inversa con la población de gnomos de un país. Si quieren reducir la criminalidad, hablen con el antiguo primer ministro británico John Major. Él los fabricaba, de joven. Supongo que lo encontrarán en Facebook, si buscan.

Wednesday, November 24, 2010

El coronel no tiene quien le lleve a término

Los tigres (los de la ira, no confundibles con los caballos de la instrucción) no reconocen nuestro derecho a la vida (si lo dudas, ponlos a prueba. Darwin estaría encantado contigo). Nosotros, tampoco el derecho de ellos (según recientes premoniciones, están destinados a desaparecer como especie en los próximos veinte años. Lamento que no estaré para celebrarlo). Los derechos nacen cuando un magnífico, como en la película, levanta el dedo y dice "uno" (luego vienen otros, pero ese uno es imprescindible, así como su rifle y su puntería). A falta de ese magnífico, estamos como aquellos futuros humanos descritos por HG Wells, que contemplan impávidos el ahogamiento de una bella mujer en el río. No conocen otra cosa. Derechos les queda grande. Humanos, quizás incluso también. Ahí está.

En la discusión en torno al aborto, todos están con el dedito levantado coquetamente en referencia a algún que otro derecho, pero entre nosotros, simios aventajados, hay mucho de emulación, mucho oportunismo, mucha arriére-pensée. Uno está en contra del aborto legal porque ese miedo a concebir de parte de alguna mujer hace buena pareja con sus propios miedos, y la vuelve a aquélla más humana, tal vez más controlable. Otro está a favor por la misma razón (porque desconfiar del prejuicio propio es de sabios, escuchó, escuché). Otro no, porque ha parido una muela. A favor del aborto legal están, necesariamente, los loros biempensantes a tiempo completo. Hay mucho campo para el pose, la postura y el yo también. Por eso conviene ser desapasionado, cosa que normalmente queda fuera de mi repertorio. Ensayemos.

En el rincón azul: no al aborto pagado por el contribuyente. Un rotundo fuck off al "derecho a que no me miren mal". Una patada donde duele para los novios que abusan de sus armas de persuasión a conveniencia propia. Prescindamos también del innecesario atropello a la conciencia del médico que no se convence. Aboguemos piadosamente por el látex, por la abstinencia y por la zoofilia profiláctica, todo lo que quieras. Aun así, nos quedamos con un posible negocio de médicos que sí se convencen, frente a un mercado inagotable de clientes que por una u otra (posiblemente, para salvar su vida) también. Negocio, como otros muchos, tan sucio como milenario (lean La Celestina). Lo que se defiende es, pues, lo sacrosanto de la transacción entre vendedor y comprador, en ausencia de consideraciones de mayor envergadura. Nada más. En el otro rincón, el que dice traer al ring esa precisa consideración, de índole ética, codificada de la siguiente manera: no matarás. Suena la campana.

- ¿No matar a quién? ¿Al tigre que nos tiene acorralados?

- A esa inocente vida humana.

- ¿Que empezó cuándo?

- No importa. Empezó.

- Sí importa. De disponer todo conato de vida de reclamos mosaicos, estamos comiendo arena. De tenerlos todo proyecto de vida humana, estamos en territorio de los Monty Python (Every Sperm is Sacred).

- Cigoto, pues. Persona.

- ¿Por?

- Viable.

- Un quizás no es un ser. Miren a Lucio. Y persona significa máscara. Yo no soy una persona. Tú tampoco, en lo íntimo.

- ¿Entonces? ¿SNC? ¿Uñitas? ¿Álgebra?

- No sé. Eso que quiere ser humano. Que realmente quiere.

- ¿Cuándo?

- Te digo que no sé. No recuerdo. Hace mucho que me cansé de esto, de ser hombre.

- No sabes, pero impones...

- No. Eso haces tú.

- ¿Qué cosa?

- Agujas de tricotar. Infecciones. Baños de ginebra. Carnicerías.

- Utilitarismo.

- Realismo. ¿Crees en la familia?

- Claro.

- Seamos familias, pues. No cárceles de indeseados.

- El mal comienzo cambia, supera. Mire a Beethoven.

- Mire al parvulito Schicklgruber. No supongamos.

- No supongo. Otorgo beneficio de duda.

- No te corresponde. Corresponde a la interesada.

- Por encima de ella están los derechos ajenos.

- Metafísica.

- Sociedad.

- Suciedad.

- Estiércol.

Campana (¡Dunng!). Aprestan toallas. Me retiro.

La coincidencia final, sin embargo, me parece interesante. Mi hijo, estando en el vientre de la mamá, siendo éste bien cubierto de vaselina y con aquella pantalla en funcionamiento, se tapaba la cara. Fue el momento de la identificación. Ése era yo, el gesto lo demostraba; pero un yo todavía con unas misteriosas ganas de llegar a ser algo: todo aquello que yo he olvidado y que se tiene por vida. Quería ser algo: pero fuera lo que fuera ese algo, no era nada de lo que en la vida le espera. Se tapaba los ojos. Yo también lo hago.

Sus derechos hace mucho le fueron concedidos, entre nosotros, los padres, y aquellos vigilantes de la CTG que nos escoltaron por el puente hacia el Roberto Gilbert. Eso es puro trámite, bautismo, folclorismo. A los tres años, ya el diagnóstico (espectro autista, NOS) planea como buitre permanente, decorado de cuna. Leí sobre el asesinato del hijo de Barcos con aquellos sentimientos encontrados que todo progenitor tiene y sólo ellos. Deseamos tanto que vivan... y que no vivan, que no vivan lo que les toca vivir, esto. Hay que empezar en este punto, en este lugar, no en la defensa de ideologías de taberna. Hay que arrancar con el conocimiento certero de que esta vida es una puta mierda, y que lo único que hay es intentar soportarla, anestesiarla, amenizarla, apoyarnos mutuamente a través de este valle de lágrimas. Toda postura que nace de este conocimiento, por contradictorio que parezcan en conjunto, va por buen camino. Lean La Peste. No tengo nada más que decir al respecto.

Monday, November 22, 2010

Luna llena

Debe ser por influencia y efecto de los rayos lunares. Sólo así se puede explicar que, de repente, en estos últimos dos días, se está observando sorprendentes brotes de sensatez en los lugares menos sospechados.

Por un lado, el Papa reconoce (por fin, pero qué son dos mil años de estupidez y terquedad entre amigos) que los preservativos sí pueden servir para algo bueno.

Por otro lado, y salvando las distancias, el Fiscal distrital de Guayas, Antonio Gagliardo, por fin reconoce que la cruzada estatal ecuatoriano en contra del derecho humano básico a portar armas "no ha funcionado porque siguen habiendo los crímenes, los asaltos, lo robos"... y aboga por que cierto grupo de personas "tienen derecho a estar armados". Este grupo incluiría a quienes "manejan dinero", o sea, a sus amigos y compinches en diversas profesiones de pingües ganancias, y excluye, de momento, al resto de nosotros, a los pobres, que tendremos que seguir muriendo inútilmente, o viendo morir a nuestros hijos, al no poder defendernos. Pero aun así, es un avance significativo.

Sigan así, y empiezo a creer en Santa Claus.

"Movimientos"

Son una de las sorpresas del léxico político ecuatoriano.

En el gárrulo mundo de la angloparlantería tenemos movimientos. Y tanto. El "Women's Movement" (smorgasbord del feminismo en sus distintas tendencias). El "Peace Movement" (pacifismo), el "Green Movement" (ecologismo, tanto el clásico como el ecologismo "sandía", verde por fuera y rojo por dentro). El "Civil Rights Movement" (créanlo o no, se trata de un movimiento a favor de los derechos de los ciudadanos. Menudas excentricidades que nos inventamos). ¿Qué tienen en común todos estos fenómenos? Primero, la ausencia de una estructura jerárquica y homogeneizadora. Segundo, consecuencia de lo anterior, la ausencia de dirigentes de alto relieve que impongan su criterio y su estrategia. Tercero, la difusa, a veces nula, identificación entre los objetivos del movimiento y un partido político determinado. Es decir, hasta que el movimiento tenga éxito propagandístico, ningún partido ve la necesidad de identificarse plenamente con sus postulados. En cambio, desde que el movimiento alcanza cierto grado de fuerza numérica, todos los partidos - a menos que su "core ideology" lo impida rotundamente, como es el caso del conservadurismo frente al pacifismo - intenta ganarse puntos electorales asociándose al movimiento en cuestión, repitiendo sus consignas, adoptando su vocabulario, etcétera. Pero si los actores más relevantes del movimiento cometen la equivocación de endosar a un determinado partido, a partir de entonces el movimiento agoniza. El proceso se puede observar en el R. hUnDido, con el movimiento antinuclear, tan arrollador en los años 70 y 80: la incauta identificación de tal movimiento con el partido laborista le asestó el golpe de gracia, y ese movimiento ya prácticamente no existe, mientras que las armas nucleares, sí. Los laboristas engulleron el movimiento, les dio náusea, lo escupieron. Ya nadie más lo quiere ni tocar. Fin de la historia.

En Ecuador es distinto. Se podría decir que si en otros lugares "movimiento" significa una masa de personas con una agenda precisa y limitada, derivada de algún valor universal, que buscan influir en los líderes políticos en determinado sentido, en Ecuador un "movimiento" es un líder político sin agenda precisa ni valores detectables pero con ambiciones ilimitadas que busca influir en las masas, en el sentido de captar su voto. De modo que tenemos el ridículo Movimiento Madera de Guerrero, creación de un puñado de políticos opositores que intentan reinventar el agonizante y desacreditado PSC cambiándolo de nombre y poniendo su ideario en remojo. El nombre lo dice todo. No están a favor de nada (por el momento), ni en contra de nada, pero se sienten "guerreros": rebeldes sin causa, vaya. Otro tanto pasa con el Movimiento PAIS, que sin duda, más allá de las conveniencias electorales y legales, quiso seguir como "movimiento" en coherencia con su pretensión propagandística de encarnar las aspiraciones de la ciudadanía a favor del "cambio". Desde el punto de vista de la acepción más general del término, no reunen apenas ninguna condición por ser considerados un "movimiento". Su política está permanentemente sujeta a los caprichos de una sola persona; demuestran una fuerte y férrea jerarquización; al estar en el poder no tienen a quién persuadir ni influir, excepto al ciudadano que dice representar; su relación con la ciudadanía no responde, empero, a una dinámica de dar respuesta a las reclamaciones de ésta, sino que se basa en una estrategia de manipulación y lavado de cerebro (un gobierno representativo, a diferencia de uno autoritario, no tiene por qué gastar ni un centavo en "cadenas", "publicidad", "campañas", pues su rol es escuchar, no convencer). Si es un movimiento, lo es en el mismo sentido que el "movimiento fascista" de los años 30, con el que demuestra muchas similitudes.

Para movimiento, en cambio, el Tea Party estadounidense. Como acertadamente comenta Reece en El Universo de hoy, tienen una agenda definida - "responsabilidad fiscal, libre mercado y gobierno limitado" - pero no tienen una estructura partidaria, ni dirigentes consagrados, ni un manifiesto consensuado más allá de esos puntos básicos. Tienen ciertas debilidades. Una, la más evidente para mí, la de haberse identificado con demasiada alacridad con el Partido Republicano, del cual aparentan ser una simple "ala" o tendencia, lo cual significa que los republicanos mainstream no tienen que realizar ningún esfuerzo de proselitismo ni de acercamiento ni de negociación para contar con sus votos (y eso, a pesar de que muchos fiesteros dicen estar asqueados con la política republicana habitual, la del business as usual). La otra debilidad, más aparente que real, consiste en un supuesto talento para atraer a todo tipo de elementos indeseables: "supremacistas blancos", paleoconservadores, la Derecha Religiosa, Christine O'Donnell, etcétera. En realidad, el tratamiento que han recibido en los medios estadounidenses demuestra que aun si no tuvieran a estas personas en sus filas, no sería óbice para que se les intente desacreditar con tales asociaciones, que tienen poco que ver con el movimiento en sí y mucho, muchísimo que ver con su errada adhesión incondicional al Partido Republicano.

¿La falta de dirigentes consagrados es una debilidad? En mi opinión, no. Si Christine O'Donnell hubiera sido "algo" en el Tea Party, sus sorprendentes y cándidas muestras de excentricidad hubieran significado un golpe considerable para las expectativas electorales de los demás candidatos. Pero ella, todo el mundo lo sabía, sólo representaba a sí misma. Hablemos de la situación local. Los medios gubernamentales aquí se regodean en la tarea de desacreditar cuanto supuesto "líder" opositor asome la cabeza por encima del parapeto. Evidentemente, no hablan de las ideas políticas de éstos (en el supuesto de que tengan alguna), sino de su vida privada, donde se intenta descalificar con bizarras imputaciones de promiscuidad sexual (especialista en este campo, cierto columnista fariseo de El Telégrafo que se identifica como director de una web de noticias de tránsito, y se complace en evocar, con mal disimulada envidia, lo transitado de la cama de un Lucio o de un Carlos Vera, por citar sólo dos ejemplos recientes). Los pies de barro, su permanente fijación. Así que parece claro: la estrategia opositora más fructífera en tales circunstancias tendrá que ser forzosamente la de ser hidra de innumerables cabezas, la de no tener líderes: es la única manera de que se escuche el mensaje, y no el farandulerismo concomitante. Esperemos que tal necesaria adaptación a las nuevas realidades del juego ayude a conjurar el fantasma del mesianismo y del culto personal, grande y secular mal de la política regional y local.

Sunday, November 21, 2010

Nueve hombres y un agujero

(Nine Men and a Hole, oil on canvas, 1989, 128x97.)

Fue cuando yo recién había aterrizado en una triste ciudad catalana llena de antiguas fábricas textiles en desuso, con los vidrios rotos, y chimeneas que se conservaban en sendas plazuelas como vacas sagradas. El municipio o Ayuntamiento (todavía sin fembra plazentera, a ésa la conocí años después), de tendencia socialista, uno de los más espectacularmente endeudados de la época, se acercaba peligrosamente a unas elecciones, por lo que iban apareciendo flamantes Centros Cívicos en cada barrio, y se alistaba a una redefinición faraónica de la modesta plaza central de la ciudad, con aparcamiento subterráneo incluido.

Un compañero mío de trabajo, un escocés muy propenso al alcoholismo, salvo en la época de la cuaresma, se acercó un día con su prematuramente envejecida cara (tenía veintipico años, aparentaba cincuenta) radiante, y la frente radiosa, para decir:

- Lo he vuelto a ver, señores. Un agujero en el suelo. Nueve hombres alrededor, nueve, mirando dentro con cara de fascinación. Obreros. Ninguno hace nada. Dirán lo que quieren los catalanistas: ¡estamos en España!

Y es que su teoría era que esto era parte de la cultura ibérica. Cuando se trata de hacer una obra, lo importante es contratar el triple (minimo) de los obreros que realmente hacen falta. Sobre todo cuando queda evidente que por simples razones logísticas, de falta de herramientas o de materiales, o de estrechez de tubos o de agujeros, la gran mayoría de los obreros no pueden hacer nada aunque quisieran, aunque fueran stakhanovites empedernidos e irredentos. Lo único para él incierto o desconocido, era si en el propio contrato laboral la descripción del obrero figuraba como Técnico en Contemplación Pasmada de Agujeros a Tiempo Completo, u otro tipo de cargo. Ahí estaba el misterio.

Teoría, para mí, bastante persuasivo, aunque de mi propia experiencia acotaría lo siguiente: que la gran fascinación que ejercen los agujeros no se limita a los obreros contratados. En España, basta que se abra un aguero de cualquier índole en cualquier medio (carreteras, medias de nailon, finanzas públicas), para que se congreguen alrededor una gran cantidad de señores, muchos de ellos mayores, en edad de jubilación, con boinas en la cabeza y medio paquete de Ducados (antes, Habanos o Kaiser) en el bolsillo de la camisa. Estos filósofos ancianos pueden pasar horas sin apenas inmutarse, absorbiendo las hondas lecciones existenciales que los agujeros pueden dar de sí. Por otra parte, el tema de la sobrecontratación en las obras públicas se me ha hecho familiar desde que se inició la construcción del nuevo puente La Puntilla-Durán, donde cada mañana se ve a un módico número de trabajadores que se dedican, al parecer, a menesteres de naturaleza marcadamente contemplativa (¿será cierto que va a haber otra prórroga?). Hoy domingo, delante de mi casa, a algún vecino se le ha ocurrido glorificar a Dios excavando un hoyo en el suelo rocoso en medio del camino por donde pasamos para acceder a la tienda del barrio: mientras escribo, se van uniendo más y más vecinos varones, en una especie de minga admirativa y solidaria. Sólo hay una pala.

Sin perjuicio de la teoría de mi ex compañero, yo empiezo a creer que es un tema no tanto cultural sino "de género". Algo en la genética masculina nos induce a los hombres a derivar placer (a) de la contemplación del espectáculo de otras personas que trabajan, y (b) de la extasiada y pasiva admiración de agujeros, hoyos, hendiduras o fisuras de cualquier especie(1). Como siempre, se aceptan observaciones al respecto.



(1) La escritora británica Jeanette Winterson, en su novela Sexing the Cherry, presenta la hipótesis de que a los hombres les atraen los agujeros únicamente por la posibilidad de introducir el pene en ellos (sin explicar con qué finalidad), y aduce algunas observaciones aleatorias respecto a "agujeros en las paredes de los retretes", entre otras. Respecto a éstos últimos, no he conseguido aun corroborar dichas teorías.

Wednesday, November 17, 2010

Padre Pierre (El Verdadero)

La entrada de anoche fue escrito en menos de cinco minutos y con esa impaciencia con la que a veces uno intenta vaciar el recto más de prisa de lo que el esfínter aconseja. Vuelvo al tema del artículo del Padre Pierre, porque el tipo se lo merece.

Refresquémonos la memoria:

"Querer ser millonario es quitar a los demás lo que les pertenece para vivir y sobrevivir."

Nótese bien: los culpables no son sólo los millonarios. Son todos los que quieren ser millonarios. Con sólo quererlo, ya estás cometiendo un robo, de la misma manera que con sólo ver Ecuavisa a las siete de la mañana, ya estás cometiendo adulterio en tu corazón (confiteor...). Este detalle es significativo, pues nos advierte que al Padre Pierre no es que le mueva una justa indignación ante la suerte de las putativas víctimas, pues tanto en el caso del robo metafísico como en el del adulterio metafísico en rigor no hay víctimas. Es posible que eso de quedarse anonadado ante los encantos de la espléndida presentadora de Contacto Directo antes de tomar el primer café me haga daño a mí, pero a ella y a los demás, incluida la propia familia de uno, nada de nada. Del mismo modo, no soy consciente de que con desear ser millonario uno esté haciendo daño objetivamente a nadie salvo, de nuevo, y según la óptica con que lo miras, a sí mismo. Además, es mucho más probable que la lujuria pase del terreno del pensamiento al de la acción (no en el caso relatado, pero en algún otro y tratándose de sujetos mejor acoplados) que la codicia desenfrenada, pues las crueles leyes de la física dictan, salvo paradisíacas y escasísimas excepciones, que para ser millonario hace falta trabajar duro varios años, y no sólo aquellas pocas semanas (u horas) que suelen dar batalla las mujeres.

Hecha esta aclaración, lo que bien parece es que el cura nos está sermoneando, es decir, está haciendo su cosa, exhortándonos a ser mejores personas, según los criterios de su religión. De hecho, sería raro si de vez en cuando al asistir a misa los fieles no se encontraran con algún que otro elogio de aquella "pobreza" que voluntariamente asumen los monjes, u orientaciones sobre la necesidad de no caer en la codicia de bienes materiales. Yo asistí a una escuela católica de niño, y pasé por una fase religiosa corta e intensa en la temprana adolescencia: recuerdo bien todavía la importancia que la Iglesia da al desapego, digámoslo así, respecto a los bienes materiales, las "riquezas", los "lujos". Aunque los altos cargos de la propia Iglesia no parecen practicarlo con demasiado entusiasmo, la tradición cristiana tiene su lado austero y asceta. Pero también es cierto que el enfoque tradicional solía ser muy diferente. Si uno se desembarazaba de bienes materiales, era porque éstos socavaban la vida espiritual, interferían con la comunión con Dios. No era bajo la premisa de que todo lo que uno tenía, a partir de cierto mínimo necesario, era "robado" de "los demás", o que pertenecía por derecho a "los pobres". El Evangelio insta repetidamente a "dar a los pobres", incluso "dar todo", pero en ningún momento sugiere que tales limosnas constituyan una restitución. Si esa novedosa concepción forma parte de lo que se ha dado en llamar la "doctrina social de la Iglesia", aupada por el actual Presidente, realmente no lo sé. Lo que sí se puede demostrar si hace falta es que, como mucho, tales conceptos pertenecerán a una tendencia del catolicismo, no al mainstream.

Entre docentes y religiosos, siempre habrá quien guste de disertar sobre sus propias teorías, pero una norma no escrita requiere a quien tenga vocación pedagógica contrastar y aclarar diferencias, hacerle cierta justicia a la diversidad de criterio existente. No así nuestro Padre Pierre, que si consigue convencerte de que lo suyo, dentro de la fe católica, va a misa, mejor para él.

Así que el Padre Pierre nos quiere convencer, primero, de que el millonario es siempre y necesariamente un ladrón, responsable de la miseria y del hambre de otros; y segundo, que el simple deseo de ser millonario también constituye una suerte de robo.

Lo que primero llama la atención es que el artículo demuestra un grado de analfabetismo económico que hasta en algún colegial de tercero sorprenderia un poco. Esto se hace patente desde el primer párrafo:

"Pero, ¿señalamos que la causa de la pobreza y de la miseria es la desigualdad? Los ricos se enriquecen a costa del empobrecimiento de los demás."

Recemos a la Gran Ardilla que está en los Cielos para que este cura algún día se inscriba en un curso de economía 101. Así descubrirá que lo que le aqueja es la llamada fixed wealth fallacy, es decir la creencia supersticiosa de que la riqueza es una cantidad fija, como una pizza en medio de la mesa de la cocina. Si se reparte de manera que hay un trozo para cada uno, y mi asquerosa hermana insiste en llevarse dos trozos, alguien va a quedarse sin... probablemente yo. Hace falta cierta sutileza de pensamiento, o tal vez no tanto, para darse cuenta de que si la riqueza fuera así, hace mucho que ya estuviéramos sin pizza, y todos muertos de hambre, hasta la hermana chancha. Si la riqueza se puede consumir, es decir, destruir (y seguro que alguna vez nuestro Padre Pierre habrá lamentado la maldad de nuestra "sociedad consumista", así que parece que sí, las cosas se consumen) entonces se supone que en algún lugar discreto y escondido, alguien debe de estar creando más riqueza, para sustituir a todo aquello que nos zampamos. Es decir, alguien, allá fuera, en las tinieblas de la noche, debe de estar cocinando más pizzas.

Claro que es comprensible que un cura no entienda muy bien eso de la creación de la riqueza. Su oficio le permite permanecer maravillosamente ignorante respecto al hecho de que la mayoría de los seres humanos trabajamos.

Pero después de sobreponerse de este primer descubrimiento, nuestro entrañable Padre dirá: está bien, la riqueza se crea y se destruye. Pero mi punto es que los que la consumen son unos pocos privilegiados. La mayoría no tienen acceso a esa riqueza. Están excluidos.

Es en este punto donde hay que insistir un poco. Si la riqueza (y no estamos hablando del dinero, sino de lo que se puede comprar con él) se crea y se destruye constantemente, entonces se supone que tanto la creación como la destrucción pueden proceder a diferentes ritmos, en los cuales los seres humanos podemos influir, pues somos nosotros quienes creamos todas estas cosas, o les agregamos valor de una u otra manera. Y si es así, lo interesante fuera maximizar la creación de esta riqueza, y tal vez, también, retardar el ritmo de su destrucción. Ahora entramos en el terreno de la economía propiamente dicha. Es a estas cuestiones que se han dedicado siglos de estudio y de teorías. Y sin entrar en sectarismos, el consenso es que el lado maximizar es mucho más fructífero, pues las cosas que no usas tienen tendencia a pudrirse de todas maneras. (Esto, sin menoscabo de algunos oradores cristianos o ambientalistas que nos aconsejan no ser derrochadores.) De modo que, de repente, ya tenemos no una sino dos posibles soluciones al problema de la pobreza: la primera, la recomendada por el Padre Pierre y sus maestros socialistas, la de la redistribución, y la segunda que consiste en simplemente crear más riqueza. Ninguna de las dos parece excluir a la otra; sin embargo, es notable que los proponentes de cada una miran con recelo a la otra. Los socialistas (para muestra este mismo botón, el de la sotana del buen Padre) habitualmente se niegan a reconocer hasta algo tan evidente como que la riqueza "se crea"; por el otro lado, sus adversarios habitualmente menosprecian las soluciones redistributivas. ¿Por qué será?

La respuesta habitual de los economistas clásicos es la siguiente. Si tú estás cultivando nabos, y un día llega a tu granja un señor uniformado, o varios, con escopetas, y proceden a llevarse la mitad de lo que acabas de producir, y esto se repite una y otra vez, lo más probable es que empieces a maldecir de los uniformados y a esconder nabos. También es posible que, con el tiempo, te resignes a esta nueva realidad, pero se te irán un poco las ganas de extender tus cultivos y a maximizar tu cosecha... sobre todo si a cada aumento de la misma, la codicia del uniformado aumenta en la misma proporción. A lo que el uniformado probablemente reaccionará, cuando se da cuenta de tu falta de asiduidad, acusándote de traicionar a la Patria, pues según él, esos nabos no son ni nunca fueron tuyos: "pertenecen" a algún necesitado por ahí, tal vez a la esposa del uniformado (estos datos interesantes suelen estar rodeados de una densa nube de misterio). Es decir: se niega la creación de la riqueza porque el hecho de crear, con el trabajo que implica, parece sugerir algún derecho de propiedad sobre la misma, y los derechos de propiedad derivados de tal concepto difícilmente se conjugan con esquemas redistributivas a ultranza. Por otro lado, los proponentes de la creación de riqueza argumentan que el derecho de propiedad sobre la misma es, como parece sugerir el ejemplo, un necesario incentivo para maximizar dicho proceso.

En términos sencillos, si impones "igualdad" en la posesión de la riqueza, el resultado previsible, al margen de las consideraciones morales y los sermones piadosos, será menos riqueza, en términos globales.

Para saber si esto funciona así en la vida real o no, lo que suelo recomendar es un repaso a la historia de la Rusia comunista entre los años veinte y cuarenta, sobre todo con referencia a la colectivización de la agricultura. Allí descubriremos que no es cuestión de tener "un poco menos, pero todos contentos y bien alimentados". El resultado de los experimentos redistributivos radicales suele traducirse, con mayor o menor celeridad, en hambre y muerte a escala masiva.

Y constatemos que no hay nada en el artículo de Padre Pierre, ninguna precisión, ninguna matización, que distinga su propia propuesta ("una tierra de fe convertida en igualdad") de la de Josef Stalin. Aquí Wikipedia:

Estimates of the deaths from starvation or disease directly caused by collectivization have been estimated (sic) as between 4 and 10 million. According to official Soviet figures, some 24 million peasants disappeared from rural areas but only 12.6 million moved to state jobs. The implication is that the total death toll (both direct and indirect) for Stalin's collectivization program was on the order of 12 million people.

Curiosa manera de dar "contratestimonio de Cristo y del proyecto del Reino de Dios".

Y curioso contraste con lo que recomendamos los liberales, es decir, una profundización y generalización de aquel proceso histórico que permitió que la riqueza global de la humanidad, la esperanza de vida y la calidad de la misma, hayan aumentado considerablemente para prácticamente todos desde la época preindustrial. Es decir, el camino de la libertad, que pasa a través del derrocamiento de tiranos de todas las especies, la conquista de la libertad y responsabilidad individuales, y la consiguiente explosión de productividad, que beneficia a todo el mundo aunque no por partes iguales. La igualdad no tiene sentido, y sólo les preocupa a los mediocres y envidiosos, en una situación donde las necesidades de todos están cubiertas y las potenciales de todos tienen cómo desarrollarse; situación que ya existiera desde hace mucho a nivel global si no fuera por la corrupción y la avaricia de los gobiernos.

Claro que se puede objetar, como sin duda lo haría el propio Correa, que el comunismo igualitario y el capitalismo laissez-faire son posiciones "extremas", entre las que caben un sinnúmero de posturas intermedias. Y es cierto. Pero de cualquier discusión sobre este punto, sobre el supuesto justo equilibro entre equidad e incentivos, el Padre Pierre queda excluido, pues su radicalismo no conoce límites. Por eso, en su afán de predicar la absoluta "igualdad", hasta se permite alguna mentirijilla piadosa:

"En la Biblia, los profetas denuncian esta actitud como “crimen” porque se quita el pan de la boca al que tiene hambre y necesita comer para vivir: es un “asesino”, dicen."

...

"Moisés retomó este sueño para no recaer en la esclavitud, al buscar vivir en la igualdad."


En realidad, "esta actitud", la de "querer ser un millonario", no fue denunciada por ningún profeta bíblico por la sencilla razón de que éstos vivían en una sociedad preindustrial, donde no existía siquiera el concepto de "millonario". Por otra parte, la imagen de Moisés como revolucionario socialista enemigo de cualquier jerarquía, privilegio o trato especial es sencillamente delirante. (Quizás el papel que protagonizó Charlton Heston hubiera quedado mejor plasmado por James Dean.)

Pero lo que más llama la atención en todo esto no es tanto el simplismo en los conceptos, sino la actitud de hostilidad y desprecio hacia todas aquellas personas (que en su conjunto los escritores de El Telégrafo suelen denominar "el pueblo") que no comulguen con sus ideas radicales. En algún momento se escuda tras "nuestros obispos latinoamericanos", pero formulaciones como esa espectacular frase sobre el pecado de querer ser millonario van mucho más allá de lo dicho por los obispos. Recordemos que lo que denuncia aquí con tanta saña y tanto desdén no es un acto, o una situación de inequidad real, sino un supuesto crimen de pensamiento. El simple deseo de ser millonario (deseo sobre cuya incidencia en la población, pregunten a los organizadores de loterías y a los productores de concursos televisivos) es un pecado, y no uno cualquiera, venial, sino un robo y un asesinato. (El histerismo creciente a lo largo del artículo, a partir de ahí, le lleva hasta a sospechar que las personas "mueren... por falta de dignidad".) De veras, sorprende que un putativo seguidor de Cristo se encuentre tan, tan a gusto juzgando a los demás por supuestos crímenes que ni ellos serían capaces de reconocer, siquiera en el confesional y con las avemarías a precio de oferta. Y si no reconocen lo pecaminiso de tal deseo, quizás sea, como ya sugerí ayer, porque al fin y al cabo, el ser millonario no significa privar a nadie.

No está siquiera dicho que uno quiera ser millonario para acumular o gastar egoistamente. Hace apenas una semana salió en el diario la noticia de una pareja canadiense de la tercera edad que, tras ganar el premio gordo de la lotería, resolvieron donar la práctica totalidad del premio a una extensa lista de organizaciones caritativas. Ellos sí querían ser millonarios... para poder decidir ellos mismos a quién ayudar, a quién apoyar. En mi experiencia, algo de eso hay en casi todas las aspiraciones similares. Raro el que, cuando especula sobre lo que haría con tan generosa suma, no incluye las obras de caridad, dentro y fuera del ámbito familiar y amistoso. De lo que hay que concluir que tal vez, lo que ofende tanto al Padre Pierre (el Verdadero) es que la gente pueda decidir ellos mismos, utilizando su criterio y sus propias cualidades de generosidad y grandeza de alma, qué hacer con aquella riqueza que, en la mayoría de los casos, ellos mismos han creado. ¿La alternativa preferida? Las "bolsas comunes", que la historia y la simple observación nos demuestra ser siempre, por muy comunes que parezcan a simple vista, controlados por algún gurú, algún curita revolucionario (el propio Stalin fue seminarista, no olvidemos) o algún oportunista desaprensivo portador de medallas o de blusitas bordadas.



NB Sobre esa desigualdad, y mucho más, enlace recomendado. Money quote: "Jobs and Wozniak didn't have to make us poor to make themselves rich.")

Tuesday, November 16, 2010

¿Quién quiere ser totalmente incoherente?

Me apunto. Lo que sigue será puro stream of consciousness. No me da la gana, hoy, de seguir una línea argumental.

Por fin, el enigma se resolvió. Todo este tiempo preguntándonos por qué eran tan raros los socialistas, y resulta que es porque creen esto:

"Querer ser millonario es quitar a los demás lo que les pertenece para vivir y sobrevivir."

Ahora, la cosa tiene perfecto sentido. Si yo creyera eso también iría con la mirada furtiva, perdida, con espuma en los labios y ladrando como un perro. Es lógico.

Pero soy vago. Es mi problema. Podría escribirle una larga carta al Padre Pierrot, explicándole las verdades del asunto, pero me costaría tiempo que mejor empleado me parece fuera en preparar los regalos navideños para las salamanquesas. Sobre todo en vistas de que últimamente me he vuelto invisible.

Pero... vaya, vaya, vaya. Uno tiene la sensación de que para el Padre P. (el verdadero), ese papel del banco que dice que tengo $340 en mi cuenta significará que en algún rincón del Banco Guayaquil hay un cajón polvoriento con $340 en billetes guardaditos, con la etiqueta encima "de Endivio R., no toquen" Alguien le debe de explicar qué significa fractional reserve banking. Podría cambiar su vida, quién sabe, el saber que si uno es millonario, eso no obvia que la única manera de quitar ese dinero a los demás sería sacándolo todo del banco y usándolo para forrar colchones. Porque de otra manera, ese dinero nocionalmente "de uno", mientras te quedas indeciso el propio banco lo usa para ganarse más plata (los bancos son así, quieren ganarse más plata). Y ¿cómo hacen esa monstruosidad? Pues prestándolo, sin tu consentimiento, a otros, que también lo prestan, y así unas cuantísimas veces, hasta que, si sigues la cadena hasta el final, resulta que esa plata que ilusamente crees que es tuya, porque el banco te lo dice (los bancos son así, te dicen lo que sea), en el otro lado del mundo lo está gastando un alabañil griego en papas y olivas, tras haber cobrado su primer sueldo en un sitio de construcción atenense. Es decir, el dinero (eso que tienen los millonarios) tiene una natural tendencia, si no lo tocas y no lo espantas, a ir caminando por ahí creando empleo y llenando barrigas. Es su naturaleza. De hecho, el dinero es tan adicto a hacer eso que a veces nos da serios problemas, llamados crisis financieros, cuando resulta que la misma plata se ha prestado a demasiadas personas a la vez, y el ateniense quiere sacarlo de la cuenta al mismo tiempo que el chicagüense. De modo que, imaginemos que soy un neoliberal y odio a la humanidad y no quiero que nadie más toque MI PLATA, pues si no me fío mucho de la vieja solución de los colchones lo mejor, aparentemente, fuera que me lo gaste todo egoïstamente en ropa, zapatos, relojes Cartier, carros Mercedes, orgías en hoteles peruanos, etc, es decir en todas esas cosas que a Jesucristo no le gustan. Pero aun así, fallo en el intento de ser realmente malvado, pues al comprar todas esas cosas estoy dando empleo a los fabricantes de todos esos productos. Mal asunto. A tal paso, para quien realmente tenga vocación de meapapas lo único de verdad rentable es hacerse político, para así intentar lanzar unas cuantas llaves en los engranajes de la economía, para que los inversores no puedan seguir invirtiendo todos esos billetes porque, sencillamente, ya no saben de quién nomás son.

Pregunten si no a Carlos Slim, que hace poco le contestó con yuca a la petición de Bill Gates de darle el 50% de su plata a "la caridad". No, dijo, no voy a hacer eso porque mi plata es más lista que la tuya, ella ya sabe cómo mejor emplearse para crear puestos de trabajo, remito a los hechos. Tu plata, en cambio, anda coja porque mientras un montón de gente todavía no aprende a pescar, se te la comen los malditos peces. Y tenía toda la razón. De grande quiero ser tan hijueputa como él.

Mientras, en otras noticias, un estudio demuestra que las lesbianas son hembras.

Monday, November 15, 2010

Not in Front of the Children

(Título de una serie televisiva británica de los 60, de la especie comedia doméstica. Lo único que recuerdo de dicha serie es que el título infundía ganas de verla, siendo uno niño en ese entonces, y que la serie no era para tanto.)

"A manera de anotación final hay que destacar que la totalidad de los miembros de la comisión se evidencio (sic) a lo largo del debate una actitud comprometida con los derechos e intereses de las personas con capacidades especiales, así como el encontrar las mejores condiciones necesarias para salvaguardar los derechos de las niñas, niños y adolescentes en la comunicación."

(del informe de mayoría de la Ley Mordaza)

Así se hace. Los de PAIS aprenden rápidos. Se forma una "comisión", se estudia las debilidades tanto ideológicas como psicológicas de los respetables señores comisionistas "opositores" (es un decir), y en base a eso se prepara la estrategia, que como candorosamente dan a entender aquí, consistió finalmente en una mezcla de chantaje y lisonjas. Es decir: (ACT I) cuídese bien, señor honorable comisionista opositor, de ir diciendo que no hace falta ninguna ley, pues eso al gran público votante les prometemos (y sabes que cumplimos) que sonará igualito que "no nos preocupa que corrompan a nuestros niños con pornografía perversa y apologías de la drogodependencia". A continuación, y lo más rapidito posible (ACT II) finges dar por descontado que al respetable opositor le interesa tanto como a ti que se haga esta Ley. Te muestras abierto a sus sugerencias, y hábilmente le induces a pronunciarse largo y distendido sobre cuestiones secundarias, como la composición del proyectado Consejo de Comunicación, así dando a entender que sobre cuestiones mayores ya hay consenso. A continuación (ACT III) te deshaces en hipócritas elogios sobre el encomiable "sentido de responsabilidad" que ha demostrado a lo largo del "debate". Y los pobres cojudos abajofirmantes se van a su casa creyendo que han ejercido de excelentes opositores.

El truco de "los derechos de las niñas, etcétera" es especialmente inspirado.

En realidad, la frase es una vaciedad. El niño o la niña, a fin de cuentas, ¿a qué tiene derecho según este proyecto? Pues a la "protección integral en relación a la programación", es decir, tiene derecho a no poder ver ciertos programas que los mayorcitos piensan no son adecuados para él o ella. Explíquenme eso, señores comisionistas cojudos, eso de que se puede tener el derecho a no poder hacer algo. Hasta un niño se da cuenta de que hay algo aquí que huele a pescado. Yo, de niño, no lo voto. Sobre todo porque se supone que lo realmente bacán, para el hipotético niñ@ que tanto tierno consenso ha sabido inspirar aquí, habría sido poder escuchar a los Jonas Brothers todos los días por la mañana en Radio Mocoso antes de ir al cole, legítima aspiración que ya se jodió con lo de la Producción Nacional: si comes primero todo tu Tikotiko y tu Jenny Rosales, tal vez te damos un poquito de Jonas Bros de postre, pero ojo, sin abusar.

Hablemos claritos, señores. Lo que se propone aquí es que el Estado se haga papá y mamá, decidiendo lo que conviene que los peques vean y lo que no, olvidando que por lo general, esas necesarias decisiones las hacen sus progenitores todos los días, con criterios que en la medida en que versen sobre las necesidades individuales, palpables, de los enanitos en cuestión, serán por lo general inmensamente más acertados. Para cualquiera que sea o haya sido padre, es un insulto y un sarcasmo que el Estado se meta en esas cuestiones, usurpando la función paterna. En suma, eso de los derechos de los niños en una Ley de Comunicación es una ridiculez. Lo que pasa es que no hay propuesta en todo el documento que no lo sea.

Lo divertido aquí es que los gestores del maldito proyecto - los Betty la Fea, los Panchana - en algún momento parece que se deprimieron a tal medida de tanta insulsa perogrullada y tendenciosa palabrería, que se vieron necesitados de ayuda exterior para dar apariencia de solidez ideológica y jurídica a lo que es, a fin de cuentas, un proyecto mezquino, revanchista y democráticamente impresentable. De modo que ¡zas! entra en escena el Colorín Colorado de Xavier Flores, que encantado de graduarse por fin al club de los legisladores, no tiene empacho en copiar y pegar todas sus propias elucubraciones, con citas viudas de fuente y todo, a guisa de preámbulo. Así de repente nos topamos con su hilarante "debate público robusto" y todo el andamiaje de reflexiones de académico europeo de medio pelo, "dimensiones sociales" y demás sinsabores.

El problema es que todo ese pedante y alambicado argumento se viene abajo en el momento en que no le consientas el capricho del supuesto "derecho universal a la información" (tiene más defectos lógicos, pero empecemos por lo principal). ¿A cuál información? La información es infinita (lean a Borges), y además hay informaciones a las que ni el propio Flores nos concede el derecho de acceder (por ejemplo, los comentarios censurados de su blog); por tanto, se colige que esa información a la que todos tenemos derecho de acceder es aquélla que nos conviene, a criterio de... adivinen quién, tienen diez segundos. Lo que pasa es que nuestros asambleistas opositores son tan inexpertos que cualquiera les vende el Reloj del Malecón con el argumento de que tenemos nuestros derechos, pues todo lo que suena a derecho les embelesa, y no pueden hacer nada al respecto.

Sunday, November 14, 2010

Discurso de odio (2)

A veces me pierdo en largas elucubraciones. He aquí la versión simplificada.

. Las leyes contra el "discurso del odio" constituyen un atentado a la libertad de expresión, no importa si se aprueban en Bolivia, en Alemania o en otro país. Eso debe ser evidente. Atentado por otro lado injustificable, pues no es demostrado que tales leyes sirvan para algo (y es llamativo que en EEUU no existen, pues hay una enmienda constitucional para guardar contra eso; sin embargo, tal país no demuestra sufrir de una tasa de crímenes de odio peor que otros países). Así que la SIP está en todo su derecho al denunciar tales proyectos.

Pero si tiene que haber leyes, por lo menos seamos consecuentes y prohibamos a los políticos sembrar odio contra segmentos de la población como ("corruptos") periodistas, ("corruptos") dueños de medios, ("corruptos") banqueros, ("mediocres") profesores, ("terroristas") indígenas, o ("pelucones") miembros de la clase media. Claro que ya sabemos que tal prohibición sería imposible de implementar. Los dueños del discurso de odio son, y siempre han sido, los propios políticos y sus layacos en los medios serviles o secuestrados. Sin el arma del odio manejado y manipulado desde arriba, el actual gobierno ecuatoriano no duraría ni un solo día. EL odio es su hábitat natural, y el discurso del odio, prácticamente el único que conocen.

Pero (se me ocurre) lo peor no son las leyes contra discursos, por ejemplo, supuestamente racistas, sino las que (como en el R. hUnDido) buscan sancionar hasta a los que no muestran el debido respeto hacia otras tradiciones, otras culturas, etcétera. Es decir, las leyes multi-culti. Ésas sí son extremadamente peligrosas, pues introducen un doble estándar según el cual el imám de turno puede maldecir la infiel y endemoniada civilización occidental (qué quieres, es su cultura), mientras que el que ataca a la religión de ese imám de repente es acusado de intolerante.

En el futuro, según muchos indicios, va a ser cada vez más necesario denunciar las barbaridades religiosas dondequiera que afloren, pues estamos descendiendo en una nueva era de supersticiones, de intolerancia y de tiranías de diversa índole: en resumen, una nueva Oscuridad. Allí ya no sirven para nada las leyes. Sirven solamente las mentes abiertas, críticas y libres.

Saturday, November 13, 2010

Murió Berlanga

el grande, el fino, el observador arrollador, el burlacensuras, el verdugo de la santa incomprensión, el defensor del espectador que también quiere pensar y gozar, el que me susurró hasta mi nombre de cuenta de correo. Si sale algo suyo en la tele estos días en concepto de tributo, pásenme el dato con antelación, o grábenmelo. Se agradece.

Discurso de odio

Tengo que confesarlo. Nunca, desde que Correa llegó a la Presidencia, he escuchado uno de esos monólogos que emite cada sábado desde diferentes rincones del país. Alguna vez, por curiosidad, he leído el informe que ha dado algún diario el día siguiente, destacando alguna que otra afirmación polémica; alguna vez he podido ver un extracto de pocos segundos emitido por un telediario. Pero lo que es ponerme a escuchar el evento en su majestuosa totalidad, el curro me lo impide, aunque tuviera esa morbosidad. Los sábados por la mañana tengo clase de cinco horas. Eso sí, me dan un descanso de veinte minutos sobre las 10.30, que aprovecho para hacer fotocopias y tal vez para comer algo. En esos descansos, alguna vez al acercarme al puesto de hamburguesas puedo escuchar unos segundos del discurso; hoy, por ejemplo, mientras estaba dudando entre un Cifrut y un Pepsi, escuché esto, pronunciado en esa inconfundible voz ronca, plañidera y sarcástica:

"... Alemania... en Alemania, tienen una ley (no, de naranja no, de mora)... está prohibido (¿no hay de mora?)... lo que ellos dicen libertad de expresión (¿Tampico tampoco?)... nuestro compañero Evo Morales (pues entonces dame Pepsi)..."

Con estos fragmentos voy a intentar un trabajo de detective, de atar cabos, de magnífica deducción al estilo de Sherlock Holmes, Hercule Poirot o el padre Brown. Adivino que de lo que estaba hablando Correa en ese momento era de la ley contra el discurso del odio recién propuesta en Bolivia, que ha suscitado cierta polémica, e incluso protestas de la SIP. A lo que el mensaje de Correa sería (sigo adivinando): ¿cómo pueden protestar estos señores contra ese tipo de ley, si hasta en un país tan desarrollado y democrático como Alemania hay leyes de este tipo? En cuanto al por qué de esta intervención, mi deducción sería que a Correa le interesa en este momento desacreditar a la SIP, en la línea de lo ya estrenado esta semana por sus subalternos (es sólo una sociedad de "dueños" de medios, no de periodistas), y eso, porque a partir de las críticas versadas en torno a la Ley de Comunicación y a la mordaza del 30-S, el gobierno ha de considerar a la SIP como enemigo.

Ahora bien, no sé, ni intentaré adivinar, si la incoherencia del discurso de Correa llegó al extremo de acusar a la SIP de estar "a favor" del discurso de odio. Pero no me extrañaría. Lo que sí parece es que Correa no tiene reparo en caer en la conocida falacia lógica del argumentum ad Germanicum (variante del ad crumenam), según el cual si algo se hace en Alemania (o en Francia, o en Inglaterra, o en Canadá), bien hecho ha de ser, pues ésos (se supone, aunque hay que cuidarse de decirlo con todos los fonemas) son países modelo. Yo mismo empleo ese argumento a veces, pero en sentido adversarial, es decir, si tan modélicos son esos países, cómo es que no sirven de modelo en otras cuestiones, como en tolerancia o en no injerencia estatal en el mercado mediático. En todo caso, llama la atención que Correa haya escogido el caso de Alemania (caso que se supone algo especial y sui generis, por el tema del nazismo) y no otro más socorrido como el Reino hUnDido, que también tiene leyes contra el discurso del odio, todas las que quieras, a pesar de no tener historial de masacre de judíos que sobrellevar. Tal vez fue fallo de sus asesores. En todo caso, no importa demasiado: con decir que en tal país existe tal o cual ley no se demuestra absolutamente nada respecto a la necesidad o idoneidad de esa ley. Lo único que sí pueden hacer tales referencias es ayudar a entender el por qué de su adopción. Veamos.

El discurso del odio es, sin duda, tan viejo como la humanidad. La Biblia está llena de él, hasta el punto de que casi casi se podría etiquetar como el Manual de Odio (no por excelencia, pues tal galardón se llevaría quizás con mayor derecho el Corán). Allí encontramos el odio y la intolerancia en todas sus manifestaciones, desde fulminantes condenas a los homosexuales (a los que Yahveh recomienda asesinar), hasta prohibiciones en torno a las personas discapacitadas (a quienes no se les debería permitir que se acerquen al altar, pues así "profanarían" el santuario del supercapacitado Yahveh: por cierto, si tienes la nariz "plana" o sufres de escoliosis ya eres discapacitado a tal efecto. En serio). No tendríamos que sorprendernos de tal derroche de odio e intolerancia, pues las partes más relevantes del Antiguo Testamento tienen toda la apariencia de ser documentos políticos, es decir que representan un intento de justificar los privilegios de una casta o clase social, en este caso la de los levitas o sacerdotes, que esperan conseguir la sumisión de un pueblo y el acceso a las mejores viandas y riquezas mediante tres estrategias bastante trilladas: primero, apelar a la Voluntad de un caprichoso e impredecible Dios con el que ellos tienen una cercanía privilegiada; en segundo lugar, unir al pueblo en contra de algún enemigo satanizado (los pueblos gentiles), y en tercer lugar, el viejo divide y vencerás (técnica que se basa en sembrar suspicacia, envidia y desunión entre la población para evitar que se organicen en contra del tirano). Tales técnicas han sido utilizadas a lo largo de la historia por prácticamente todos los reyes y reyezuelos y clases gobernantes o sacerdotales que en el mundo han sido, con mayor o menor fortuna según el caso. Sin olvidar que la historia humana es grandemente una historia de guerras y de conquistas, fenómenos que dependen en mayor o menor medida de la manipulación emocional en contra de tribus, razas, nacionalidades, y acaso clases sociales. Los seres humanos somos así de hijueputas y así de tontos y manipulables.

Pero si bien es cierto que las condenas de ciertos Libros Sagrados contra infieles, brujas, herejes, personas desnaturalizadas, etcétera, han sido ampliamente aprovechadas a lo largo de la historia (la mayoría de los que emplean el símil de caza de brujas probablemente no tienen idea del horrendo historial de ese término y del sufrimiento humano que yace detrás) para engrosar las estadísticas del odio humano, aún hicieron falta fenómenos como el nazismo para que un gran número de personas, a escala mundial, se definieran en contra del discurso del odio per se y a favor de la tolerancia (entiéndase por este término lo que se quiera) como principio innegociable. De ahí la relevancia de la referencia a Alemania, país adoptivo de ese austríaco cuyo nombre ahora es prácticamente sinónimo del odio destructivo. Los legisladores de ese país, sin duda, con prohibir el discurso de odio, entendido como cualquier discurso que incite al odio o a la violencia contra un segmento de la población, han querido conjurar el fantasma del nazismo y mostrar su repudio a los crímenes cometidos por ese regimen antecesor suyo. Muchos países, evidentemente, han seguido el mismo ejemplo, probablemente por motivos parecidos. Recordemos que los políticos son como los prelados, que como por lo general demuestran psicopatología aguda, están condenados a observar e imitar los descubrimientos morales de la sociedad civil con algo de retraso, es decir, cuando el mundo entero está horrorizado por lo sucedido, a los cinco, diez, veinte años los políticos se percatarán de la enormidad del "problema" y para no ser menos que las personas sentientes, querrán legislar contra lo que ya no necesita legislación: no para impedir nada, sino para demostrar que "they care".

Por lo cual, no tengo duda, por lo menos en el caso de Alemania y en otros muchos casos, de las nobles intenciones de esos legisladores. (No soy conocedor de la sociedad boliviana ni de la situación política de tal país como para presumir de juzgar los posibles motivos del nuevo proyecto de Morales.) Pero sabemos que ninguna ley se justifica por buenas intenciones, y que lo que rige en muchos países no por eso ha de ser lo correcto, ni para todos, ni tal vez para esos mismos países. Si se propone una ley, tiene que haber mejores justificaciones que las mentadas.

En el caso de cualquier ley contra el discurso del odio, creo sinceramente que esa justificación falta. A los que ilusamente creen, por ejemplo, que tal prohibición, de haber existido en la Alemania de los años 20 y 30, le habría parado los pies a Hitler, sólo puedo decirles: lean la historia de ese personaje. Tal vez de ese modo se darán cuenta de que los inicios políticos de Hitler fueron una historia de encarcelamiento (9 meses, por golpista, donde aprovechó para gestar Mein Kampf) seguido al poco tiempo de varias prohibiciones de dar discursos por parte del gobierno de Baviera, más un juicio en contra de algunos oficiales precisamente por promover la ideología nazi en el ejército, juicio en donde Hitler intervino para ganarse muchísimos más adeptos jugando la carta del denostado patriota. Es decir, leyes, prohibiciones y sanciones contra su movimiento aún en ese entonces no faltaron: lo que hizo Hitler fue aprovecharse hábilmente de su condición de forajido para fortalecer un discurso victimista y paranoico que, auxiliado por sus dones de orador, caló hondo en ciertos sectores estratégicos. Generalizando: muchas veces el simple hecho de prohibir alguna actividad les sirve a los practicantes de esa actividad a presentarse como perseguidos, mártires, o valientes luchadores por la libertad. Ejemplos no faltan: la historia de la mayoría de los grupos terroristas que hoy operan en el mundo (Hamás, IRA, ETA, Al Qaeda, etc) es una historia de injusticias grandes o pequeñas, reales o imaginarias, aprovechadas por hábiles propagandistas para afianzar su condición de víctimas y ganarse incondicionales.

Tampoco olvidemos que, mientras entre humildes ciudadanos o viles sujetos el discurso de odio puede ser eficientemente sancionado, entre políticos tal discurso seguirá campando a sus anchas, impunemente por supuesto, pues es su mayor aliado en muchas circunstancias, como tristemente demuestra a diario el actual gobierno ecuatoriano. De modo que, si prohibimos que se exprese cualquier odio a nivel de simple comentario, donde mejor aprenderemos a despreciarlo y a rebatirlo, nos quedamos indefensos ante las manipulaciones más sofisticados de los políticos, como ya argumenté en otro lugar.

No está demostrado, pues, que una ley contra el discurso del odio impida o siquiera dificulta que se produzcan crímenes de odio. (Ni, por otro lado, que se pueda reducir el índice de asaltos prohibiendo que la gente hable a favor del asalto.) Es posible que en determinados casos, tales leyes incluso sirven a los odiadores con vocación política a granjearse popularidad y simpatías irreflexivas: es decir, que su efecto sea netamente contraproducente. Sin embargo, supongamos, en pro del argumento, que por lo menos existe la posibilidad de que haya gente que, de no disponer de la opción de comunicar "legalmente" sus odios y rencores, no ejerciera la influencia nefasta que ahora ejerce. Para algunas personas, esa simple posibilidad ya justifica la legislación propuesta. Para mí, no. Siguen mis razones.

La definición de "discurso del odio" más aceptada es, como ya vimos, aquel discurso que incite al odio o a la violencia contra un segmento de la población, definido éste en términos de raza, o de otras características (según el país). En la interpretación más generalizada de dichas leyes, no hace falta poder demostrar que tal discurso haya resultado en odio o violencia de facto, pues tal demostración podría ser difícil en cuanto la defensa podría imputar falsa causalidad. ¿Cómo podremos saber, en un caso determinado, si el crimen del Sr X se debe al odio que le inspiró la lectura del sitio web antisemita del acusado Y, y no a otras causas anteriores? Por tanto, lo que se sanciona con dichas leyes no es el crimen de violencia física posterior supuestamente derivado del discurso, tampoco ninguna causalidad demostrada entre discurso y violencia, sino el propio discurso, cuya propiedad "incitador de odio" le compete al juez determinar según su propio criterio subjetivo. Este elemento subjetivo ya presenta ciertos problemas: hemos visto que según el criterio de alguna gente racional, la propia Biblia podría ser considerada documento incitador al odio, y por tanto, con tales leyes en la mano se podría intentar impedir su difusión, efecto que convengamos sería contraproducente hasta niveles inimaginables. (Además, reconozcamos que en los países democráticos los antojos de los jueces revisten menor gravedad que en los países como Bolivia o Ecuador, donde todos sabemos que los jueces en sus fallos obedecen consignas políticas.) Pero lo que importa aquí es una cuestión de principios: ¿puede ser criminal, en términos éticos (que no legales) un discurso cualquiera? Y si no, ¿es justificable la creación de leyes que carezcan de fundamento ético?

La respuesta liberal a estas preguntas tiene que ser: no y no. En primer lugar, porque crimen se define como atentado contra un derecho básico, y ningún discurso de por sí es atentatorio contra ningún derecho, pues incluso para causar ofensa o molestia, tal discurso tiene primero que ser escuchado y luego tomado en serio, lo cual implica un acto de voluntad ajeno al supuesto ofensor y fuera de todo control suyo. Si yo voy predicando en los autobuses guayaquileños que las personas con pelos en las orejas son emisarios de Satanás y deben ser pintados de amarillo para no engañar a la gente, es poco probable que tal discurso provoque algo más que risas, desprecio o compasión; no me parece que se pudiera razonablemente catalogarlo como un acto inherentemente criminal. La diferencia entre éste y el discurso de odio contra (pongamos por caso) inmigrantes, o judíos, u homosexuales, en realidad reside solamente en el hecho de que, por razones misteriosas, éste es a veces tomado más en serio por algunas personas. Pero ni siquiera cuando consigo que alguien me tome en serio habré atentado (todavía) contra ningún derecho de nadie. Eso es lo que se llama crimen sin víctimas, concepto contra el cual el liberalismo siempre se ha opuesto férreamente. Pareciera que lo que se intenta es seguir una supuesta cadena de causalidad que termine en crimen bastante hacia atrás, hasta el terreno de la vaga y posible intencionalidad, o de la simple irresponsabilidad, para plantar allí la prohibición. No sirve. La irresponsabilidad es sin duda condenable, pero no es un acto opresor: por tanto, es una carencia moral, no ética.

Y donde no hay una cuestión ética, no debe de existir leyes, ni prohibiciones, ni sanciones. De las cuestiones morales la sociedad bien puede encargarse a solas, sin ayuda, mil gracias, de pelucas empolvadas.

Claro que nada de esto será evidente para los que creen que para cada problema social tiene que existir una solución legal (lo que equivale a decir que para cada problema de aprendizaje en los niños hay una vara de mimbre que se le adecúa perfectamente). Con tales personas es difícil dialogar, pues ellos, en la yerma e inhóspita rectitud de su corazón, no ven ningún inconveniente en crear, si hace falta, miles de nuevas leyes que controlen hasta nuestros más insignificantes gestos y pensamientos, convencidos como están de que entre el manual de Buen Vivir más inmisericorde y su intachable conducta no existe roce posible, y que los que no se comportan exactamente como ellos bien merecido se lo tienen. (La mayoría ni siquiera se han parado a calcular lo que cuesta construir cien o doscientas cárceles de alta seguridad.) Para ellos, ese difícil equilibrio entre crimen (sancionable) y conducta meramente antisocial o antipática (no sancionable), cuya línea divisoria para algunos teóricos se sitúa en el umbral de los actos iniciales coercitivos, no existe: para ellos, toda conducta indeseable se tendría que sancionar, pues retarda dolosamente el advento de la soñada utopía social. A esa gente, entre la que está incluido el propio Correa, el argumento de la libertad, de expresión o de cualquier otra índole, les suena a burla y sarcasmo, pues no saben sencillamente lo que tal palabra significa.

En fin, dado su grado de inmadurez no tienen por qué saberlo; y si solamente fuera cuestión de justificar una ley innecesaria en otro país con argumentos viciados como el de las buenas intenciones, no nos tendría que llamar demasiado la atención. Pero como hemos visto, el verdadero meollo de la cuestión, cuando se trata de discursos de odio, es su utilidad para las castas gobernantes, lo cual explica en gran medida el origen de todos esos discursos. (Muéstrame un discurso de odio, y te mostraré, o un miembro de la clase gobernante, o un aspirante a tal posición.) De nuevo, lo que se nos quiere vender desde las tarimas politiqueros resulta ser una inversión total, apabullante, de la realidad: el cuento de hadas de los benignos, pacíficos y tolerantes gobernantes que mediante progresivas leyes nos protegen de los malvados profetas del odio, cede ante el curioso espectáculo de un Correa que, en el mismo momento en que intenta justificar medidas contra el discurso del odio, ejemplifica tal discurso, siguiendo invariable costumbre, a través de sus muecas y cansinos reclamos contra "ellos", "los de siempre", "esa gente", "los dueños", los "cómo es posible", "que nos mienten", etcétera. Es decir, contra cualquiera que ose blandir el discurso, no del odio, sino de la libertad; la que, llevada a la práctica, sería nuestro mejor argumento y vacuna contra todo tipo de odio imaginable.

Friday, November 12, 2010

Cnut

Así se llamaba, aunque para evitar rubores disléxicos se ha dado en llamarle Knut, o más comúnmente Canute. Fue rey de Dinamarca, Noruega, parte de Suecia e Inglaterra, allá por el s. X-XI. La historia que todos los niños ingleses aprenden en la escuela va así:

Érase un buen rey llamado Canute. Ese rey vivía rodeado de cortesanos aduladores. Él los soportaba de mala manera. Un día, esos aduladores empezaron a decirle que su amado Rey era tan, tan grande y poderoso, que si él quería, podía hasta comandar a las olas del mar. A lo que el Rey decidió darles una lección. Ordenó el traslado de su trono a la orilla del mar más cercano. Allí, con la marea baja, se sentó y empezó a clamar: Olas, el Rey Canute os ordena que os quedéis quietas, que dejéis de avanzar hacia nuestra Majestad. Por supuesto, las olas no le hicieron caso y con el avance de la marea, a la media hora su trono ya estaba rodeado de agua. A lo que se quitó los zapatos, se bajó del trono y dijo: Que sepan ustedes que los reyes terrestres no tenemos ningún poder, y que el único Rey que puede comandar la natura es Aquel que está en los Cielos.

Es probable que toda esta historia fue invención de algún cronista piadoso. Pero no es seguro. Al fin y al cabo, Cnut era buen dato (tenía dos esposas, qué más pruebas quieren) y excelente guerrero. Podía haber sucedido. Pero lo incontrovertible, tal como canta Peter Gabriel en alguna entrega del temprano Genesis:

Though his story's often told, you can tell he's dead.

Lamentablemente, así es. Ya no están los tiempos para que ningún monarca menosprecie a sus aduladores. Al fin y al cabo, hoy en día son lo único que tienen.

Thursday, November 11, 2010

Correa, tras el ramo de flores



Parece que nadie se sorprende ante la noticia de que Venezuela se acaba de convertir en dictadura militar en toda la regla. Ahora ya sí saben los venezolanos, hasta los más despistados: si la oposición gana las próximas elecciones, golpe militar y gobierno de Unidad Nacional (dicho por un alto mando del ejército, a quien le faltó tiempo a Chávez para subirle de rango a General en Jefe). Los votos están bien, eso sí, mientras van a parar en el montón correcto.

Espero con interés la reacción de condena del gobierno del antigolpista Correa. Pero no aguanto la respiración.

Wednesday, November 10, 2010

Don't Cry for Mr. Patiño

(The truth is, he never left you.)

De El Universo:

El ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Patiño, rechazó hoy las críticas de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) a la política de medios de comunicación de su Gobierno y le pidió que “se ponga del otro lado y analice la presión a la que estos lo someten”.

El Canciller dijo que “quisiera que en algún momento la SIP se ponga del otro lado y se pregunte cuánta presión tiene alguna prensa sobre el Gobierno del Ecuador. La presión es inmensa, la mentira, los sesgos en la información, el acoso que algunos sectores de la prensa tiene contra el Gobierno, el ocultamiento de información es impresionante. De eso la SIP no dice nada”.

Agregó que “no se espere la SIP que este Gobierno se quede callado ante el permanente sesgo informativo y mentiras que se dicen en relación a nuestro Gobierno, no nos vamos a quedar callados, vamos a seguir respondiendo porque tenemos derecho, así como los dueños de información tienen derecho a distorsionar, nosotros tenemos derecho a decir la verdad y si a ellos les molesta, que le siga molestando pero nosotros no nos vamos a quedar callados”.

Si un perro muerde a un hombre, no es noticia. Si un hombre muerde a un perro, sí. Siguiendo este criterio consagrado, evidentemente estamos ante una noticia muy grande. Por primera vez en la historia mundial, según Patiño, estamos viendo una prensa que censura al gobierno, en lugar de lo habitual, que es el gobierno que censura a la prensa. Y en consonancia con la enormidad de este hecho, el ministro Patiño pide a la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que se ponga revolucionariamente de lado del gobierno, es decir que una organización dedicada a defender los intereses de la prensa contra su adversario habitual, deponga las armas y se dedique a solazar a este maltrecho enemigo. Valiente petición, sin duda. Pero antes de felicitarle al ministro por la originalidad de su pensamiento, veamos un poco de qué se trata en realidad.

¿Cuánta presión ejercen los medios sobre el gobierno en Ecuador? En primer lugar, recordemos que, si bien se ha puesto de moda entre algunos ministros hablar de un pueblo alfabetizado al 100%, lo evidente es que Ecuador es un país que no lee. Comparado con otros países, donde misteriosamente los gobiernos no se sienten en absoluto hostigados por la prensa, a todas luces muchísimo más poderosa, el número de lectores que tiene la prensa de este país sería ínfimo según los pocos datos disponibles, sobre todo si sustraemos de este conjunto los que se limitan a hojear la prensa sensacionalista ("El Extra" e imitadores) en busca de crímenes sangrientos y chicas curvilíneas, sin dejarse influir por la (generalmente floja) línea editorial que tal prensa puede ostentar. Si a esto sumamos el hecho de que el gobierno tiene en su haber dos periódicos y varias revistas, y que sus diarios parecen disponer de una cantidad ilimitada de fondos, no se entiende muy bien de qué se queja, sobre todo teniendo en cuenta que en los países más prósperos y desarrollados lo normal es que el gobierno no tenga ningún diario a su disposición (de hecho, el concepto de un "diario del gobierno" parece remitir irresistiblemente a las dictaduras más rancias).

Ahora, en un país donde pocas personas leen la prensa, ¿de dónde sacan su información y sus apreciaciones sobre el quehacer del gobierno? Evidentemente, de la tele. Allí, el repaso somero resulta aun más revelador. El gobierno tiene cuatro canales - TC televisión, GamaTV, ECTV y Cablenoticias - a su entera disposición, sin que exista ningún obstáculo aparente de índole legal o reglamentaria, siquiera a nivel de escrúpulos morales, que le impida llenar estos canales de propaganda a favor suyo. Y de nuevo, a esto le tenemos que sumar otro dato crucial: hasta los canales supuestamente "libres", "independientes" o si se quiere "opositores" del gobierno, obligatoriamente tienen que emitir propaganda del gobierno en forma de "cadenas", lo que significa que si son mentirosos, en el mejor de los casos lo serán a tiempo parcial (a menos que se quiera dar a entender que las mentiras vienen a través de dichas cadenas gubernamentales... ¡Vade retro!) Y de nuevo, valdría precisar que esta situación, en que el gobierno secuestra rutinariamente a las emisoras independientes para fines partidistas, es desconocida en los países de tradición democrática (en muchos de ellos hay "cadenas" de propaganda electoral en tiempo de elecciones, pero en tales casos se controla rigurosamente el tiempo destinado a cada partido, y se visa a una equidad escrupulosa.)

En cuanto al radio, no sé cuántas emisoras tiene el gobierno ("una buena cantidad", según Ecuador En Vivo), pero de nuevo, no se trata solamente de las emisoras propias del Estado sino del secuestro habitual de las ondas por parte del gobierno. Todo ello da lugar a una situación en que resulta prácticamente imposible, en este país, sintonizar un canal televisivo o una emisora radial durante más de 15 minutos sin estar expuesto a propaganda gubernamental de uno u otro tipo. Y para guinda del pastel, a esto podemos sumar los esfuerzos de los empleados del gobierno en el Internet, donde cualquier artículo de opinión o que verse sobre temas controversiales, en los diarios en línea o en los blogs de mayor difusión que no estén acordes con la línea gubernamental, inevitablemente tendrá un retahila de comentarios de parte de acólitos del gobierno de Correa, habitualmente llenos de insultos e incoherencias al propio estilo de su máximo líder.

Resumiendo: el paisaje mediático en este país es un panorama de propaganda oficial casi ubicuo, donde las voces críticas o simplemente independientes son escasas, y llaman la atención precisamente por este hecho, porque contrastan con el servilismo reinante. Tanto es así, que si se pide a cualquier persona de la calle nombrar a alguna personalidad en los medios que esté inconforme con la línea gubernamental, la respuesta será, a más de corta, altamente predecible. Hasta hace poco los nombres inevitables hubieran sido los de Emilio Palacio, Jorge Ortiz y Carlos Vera. Ahora, estos dos últimos ya no salen en la tele, y en cambio se ha dado a conocer otro nombre en la línea de los enemigos mediáticos del gobierno, el de María Josefa Coronel, de Teleamazonas. El hecho de que se trate de una lectora de noticias que apenas puede expresar ninguna opinión de otro modo que mediante la expresión facial, da cierto aire de comicidad a esta elección, pero es significativo por eso mismo. La lista de los opositores del gobierno en los medios, hay que admitirlo, es paupérrima, patética. De nuevo, conviene contrastar esta situación con otros países. Yo leo la prensa inglesa con cierta regularidad, y entre unos treinta o cuarenta periodistas de cierto renombre que expresan sus opiniones a través de la prensa y que me son familiares, sólo se me ocurre uno que podría definirse como afín al gobierno actual, y aun así, tal afinidad se conjuga con tantos elementos críticos que en el contexto ecuatoriano se tendría que clasificar como enemigo (estoy hablando del ex ministro conservador Norman Tebbit, copartidario del actual Primer Ministro, actualmente elevado a los rangos de la nobleza y dueño de una soporífera columna en un diario ultra).

Sería bueno un estudio serio, objetivo, para determinar la proporcionalidad entre mensajes de propaganda del gobierno y espacios independientes y críticos en los medios audiovisuales (los más influyentes), en términos de minutos y segundos. No conozco ninguno, pero estimo que la proporción sería algo así como un 90%, o más, a favor del gobierno. Al fin y al cabo, los medios independientes tienen que ganarse el pan de cada día, por lo que ineluctablemente, y por mucho ánimo de opositores políticos que tengan, la mayor parte del tiempo están condenados a emitir telenovelas mexicanas o las últimas novedades tecnocumbieras, mientras los medios estatales, que disponen de una línea crediticia permanente que termina en el bolsillo del contribuyente, pueden darse el lujo de dedicarse a tiempo completo a cantar las loas de las blusas de Correa.

Es llamativa, en el discurso de Patiño, la manera de equiparar prensa y gobierno como si fueran dos equipos de fútbol, o dos boxeadores, cada uno asistido por su "derecho", enfrentados en una pelea de igual a igual, con la única diferencia de que los medios se arman de "mentiras" y "sesgo", mientras el gobierno blande "la verdad", y con una supuesta ventaja de aquéllos en términos de fuerza muscular... que en otras ocasiones se ha querido pintar casi en plan David y Goliath, con el gobierno en el papel del diminuto tirador de piedras. Como hemos visto, la realidad es exactamente lo contrario: el poder de los medios independientes es, en términos cuantitativos y usando cualquier medidor, irrisorio al lado del imperio mediático oficialista. Si el gobierno es Goliath, la prensa independiente es un David que, a más de disponer solamente de su viejo tirapiedras, tiene los dos brazos inyesados, una pierna ídem, y la otra atada a una inmensa bola de hierro, hecha de leyes y reglamentos, que le impide prácticamente moverse. En este contexto, que el gobierno se atreva a hablar de su supuesto "derecho" a comunicar "su" verdad a través de medios incautados y espacios secuestrados, es un sarcasmo. En primer lugar, es ridículo hablar de "los derechos" de los gobiernos, tanto como lo sería hablar de los derechos de los terroristas o de los torturadores. Se supone que todos tenemos derechos en tanto que seres humanos; pero concederle derechos a colectivos no tiene sentido, y menos todavía cuando son colectivos de opresores que nos tiranizan a través de leyes caprichosas hechas a su antojo. Lo que aquí reivindica Patiño no es ningún derecho, sino simple y llano privilegio: el privilegio, desconocido en los países desarrollados, de secuestrar el público de cualquier medio sin preaviso, sin justificación y sin compensación, el privilegio de usar el dinero del contribuyente para fines netamente partidistas que en la mayoría de los casos no tienen nada que ver con el bien común y mucho con el ego del gobernante de turno. Y, claro, el privilegio de usar la fuerza de la metralleta, siempre que se estime conveniente, para callar a los medios y obligarlos a transmitir las paranoias gubernamentales en cadena perpetua.

Y en cuanto a esa "verdad" tan preciada que el gobierno tiene el deber de comunicar... ¿será aquella verdad de que el auge del crimen es simple percepción? ¿Será la verdad de que hoy en día, los golpes de estado se hacen basándose en revelaciones a través de bolas de cristal, que permiten predecir los movimientos del Jefe de Estado antes de que él mismo haya decidido su itinerario? ¿Será la verdad de esa nueva arma mortífera disfrazada de cámara fotográfica que Fidel Araujo iba ofreciendo al primer policía encontrado, eso sí, entre sorpresivas desapariciones y reapariciones de su elusiva barba? Será la verdad de que el Partido Popular español es una organización de "extrema derecha"? ´¿Será la verdad de que Cuba es una democracia? ¿Será la verdad de que la crisis monetaria global no tiene por qué afectar a este país? Será la verdad de que todo aquél que discrepe con las opiniones del Jefe de Estado es terrorista, empleado de la CIA, oligarca, apátrida y neoliberal a la vez? Será la verdad de que la palabra "matón" sólo tiene un significado, el de asesino? ¿O tal vez la verdad de que, pese a las declaraciones de testigos, la esposa del Fiscal General nunca atropelló a ninguna niña, y de que el Presidente nada sabía de las operaciones ilícitas de un tal Fabricio, destinadas a aumentar el patrimonio familiar de los Correa?

Lo que el buen ministro no parece entender es que en un país democrático, el gobierno no tiene ninguna verdad que diseminar, pues se supone que el gobierno es mero representante de la ciudadanía, que tiene encomendada la tarea de poner en práctica la voluntad de ésta, mientras tal voluntad no implique el menoscabo de ningún derecho individual. Como representante de la ciudadanía, un gobierno democrático no tiene que comunicar absolutamente nada: tiene que callarse y escuchar. Y si los medios de comunicación existentes no sirven, en este sentido, como conducto de las reivindicaciones ciudadanas hacia los gobernantes, entonces se vuelve urgente la tarea de remediar este fallo: no creando periódicos de propaganda estatal, sino facilitando la creación de nuevos órganos que representen a la ciudadanía; y la mejor manera de hacer esto es derogar todo reglamento, toda ley, que dificulte este proceso, para que el mercado se encargue de satisfacer los anhelos ciudadanos de canales que representen sus intereses. En lugar de ello, ¿qué hemos visto? Alza en los precios del papel periódico por imposición del IVA, nuevos leyes y reglamentos de todo tipo, prohibiciones sobre titularidad de medios, constante interferencia del difunto CONARTEL y del flamante CONATEL: todo destinado a disuadir a cualquiera que contemple la posibilidad de invertir en este campo.

En fin, el discurso del gobierno en torno a los medios es tan diamétricamente opuesto a la realidad, que uno se pregunta qué droga se estarán tomando los ideólogos del régimen. A mí me convendría algo de eso: para poder, pongamos por caso, ir a reivindicar al director del Banco Guayaquil que los números rojos de mi cuenta se vuelvan negros; para poder ponerme debajo de un árbol y esperar que el viento me levante hasta el mango, en lugar de que caiga éste hacia mí; para poder coger el puente que va por debajo del río Guayas en lugar de dirigirme a ese pálido reflejo que parece atravesarlo por encima; o para poder ponerme cómodamente aquí a esperar que el trabajo venga a mi casa, en lugar de tener que ir, ahora, al trabajo.