Monday, January 31, 2011

Murió JB



¿Y qué? Pues simplemente, nunc dimittis, ya podré hacer yo también las maletas, pues ya no hay temor de perderme un nuevo tema del que fue grandemente mi inspiración musical de joven, junto con Bacharach, Bach, Beethoven, Berlioz, los Beatles, Bela Bartok y en general todos los compositores empezados en B (hasta Bimsky-Borskakov, si me apuran). No me malentiendan. Puedo vivir sin Out of Africa y nada de ganas de volver a escuchar Dances with Wolves desde que robaron la melodía para publicidad televisiva en España no recuerdo de qué empresa estatal tipo Telefónica (asterisco) o algo por el estilo. Pero pienso pasar mis últimos días volviendo a ver a las primeras Bond, las de Connery, de las que la música es elemento tan importante o más que las piernas de la Andress y sus avatares... y no concibo la vida sin melodías tan eclosionadoras como Midnight Cowboy o Doll's House o Lolita o los Persuaders o incluso esa melodía que hizo para el anuncio de Sunsilk Shampoo, que yo antes tocaba devotamente en la guitarra. De él se dice desabridamente que "experimentó con instrumentos modernos y poco ortodoxos" como si eso fuera gran cosa. Fue arreglador competente pero tal vez no tan destacado (Dances with Wolves revela una caja de herramientas más bien convencional), para eso prefiero a Morricone o Herrmann o hasta David Raksin, el de Laura, el descubridor de un sonido de piano que no decae con el tiempo sino que queda suspendido en el aire, no recuerdo cómo hizo eso, dejé el libro en España. En fin, de Barry tengo cintas con un sinfín de arreglos diferentes, algunos suyos y otros no. Los arreglos no son lo importante. Son esas melodías. En eso fue único, en hacer melodías que respiran una especie de desengaño lírico, elegiaco, que te dan vueltas en la cabeza y tiñen tu día de un color borgoña intensa. Hay peores cosas que salir de aquí al son de Midnight Cowboy.

asterisco (asterisco asterisco): Telebleedingfónica. Movifrigginstar. Yo sencillamente no lo entiendo. OK, una empresa grande, importante, española nada menos, quiere abrirse mercado acá en Ecuador. Lo único que hay entre ellos y el superlativo de pingüe al cuadrado es Carlos Slim. Entonces ¿qué hacen? Se montan la campaña de publicidad más descerebradamente ridícula de toda la historia. Ya me dirán ustedes. Unos jovencitos que van por el país en camioneta colocando tachuelas grandes de plástico donde sea. Y ya está. Claro que allá en España eso funciona, pues los jóvenes allá son identificables según la tipología local: son de la especie kumbaya, con una pizca de JASP y un je ne sais quoi de progres, es decir, representan al mercado de allá de grandes consumidores de telefonía móvil, no tanto el mercado real sino el aspiracional. Bien. Pero acá los jóvenes así no llegan ni a seres de ciencia ficción. En este país ni siquiera existen los "jóvenes", desde el punto de vista de la segmentación de mercado. Aquí uno nace, va a la escuela, copia en los exámenes, luego es vomitado a la calle, se monta una tiendita o compra una bici de segunda mano o se consigue un trabajo de calientasillas en la SRI, y ya: adulto. Si quieres vender telefonía móvil, olvídate de prometer eterna juventud: promete mejor a la Erika Vélez en pelotas. Se intuye que los Moviestrellas ésos, tan rubiecitos y modositos y dedicados a la gran causa progresista de la Comunicación no saben ni bailar bachata. Por lo menos el Slim, cuando nos presenta alienígenas, nos da unas de verdad, de todos los colores y que saben bailar. Telefónica, la cagaron. ¿Qué les costaba buscar asesores locales? ¿Será que las empresas de fuera piensan que aquí no hay cultura o qué?

asterisco asterisco: Can't be friggin arsed to find the sodding thing on this keyboard.

Friday, January 28, 2011

Lousy violins

Me queda, creo, cuestión de meses. Las navidades pasadas supe, con efímera clarividencia, que eran mis últimas. Solamente por eso decidí gastar lo que no teníamos en una botella de vino barato calimochero. Unas navidades sin alcohol, cuando no puedes esperar otras, demasiado triste.

La muerte se hace anunciar, ya sé que hay gente a las que pilla desprevenida, pero no es mi caso. Hasta da un poco de vergüenza ir andando allá cerquita del Luis Vernaza con ese encapuchado detrás de ti, pellizcándote el hombro con la mano libre la que no porta esa simbólica hoz, la que a veces arrastra deliberadamente en el suelo mientras camina, será que le gusta ese infernal ruido que hace y esas chispas. Y hablando de ruido, supongo que alguien ya lo habrá constatado en la literatura que hay sobre la muerte, pero yo no lo he visto en ningún libro: resulta que hay una melodía que es la de la muerte, vaya, toda una musiquilla, que como la de las Esferas resulta imposible de escuchar a menos que tengas con qué contrastarla, o que en algún momento te haya faltado. La música de la muerte cuando primero la escuchas la confundes con cualquier cosa, con el tráfico en la hora melancólica, y sólo a medida que tu fecha se te va acercando la empiezas a oir con algo más de nitidez, hasta el punto en que estoy yo, que no sabría transcribir la melodía todavía, sólo decir que son ocho notas, repetidas eternamente, y que la armonía detrás parece un acorde de do menor seguido por si menor, y se escucha como borroso.

Cuando te estás muriendo empiezas a cambiar de opinión sobre ciertas cosas. Por ejemplo, los seres humanos. Esta noche estaba comiendo empanadas de harina (especialidad de la casa) y salió en la tele una cadena de ésas, donde era cuestión de unas imágenes cuidadosamente monocromatizadas, ennegrecidas, para que parecieran sacadas de un sucio y vergonzoso pasado "que ya es historia", donde todo era llanto y desesperación: luego, por supuesto, como en el Mago de Oz, el color aparece cuando estamos en el País de los enanitos asambleístas todos felices y cantando, y sale ese Correa con su varita y su sonrisita y que sigamos ese camino que sale en espiral y pasa por el sí a todas las preguntas. Se me ocurrió pensar que tal vez en un pasado mi cinismo respecto a la inteligencia de los televidentes (aka "el pueblo") podía haber sido como el que manifestaba el guionista de esa cadena, pero ya no podía ser así. Uno descubre, viviéndolo, que ese considerable número de gente que, como tú, sufre una enfermedad incurable y espera la cercana muerte, lo hace con un heroismo y una altura que asombran. Yo no sé si podré ser digno de ellos, de su especie. El heroismo no entra en mis cualidades. Pero lo que está claro es que si la gente no muestra inteligencia en lo político es en gran medida porque la política, para ellos, no merece ese esfuerzo, habiendo asuntos más graves por los que preocuparse: y por supuesto tienen toda la razón. Enmendando a Sandburg: algún día harán elecciones y nadie vendrá. Ese día, la humanidad se habrá graduado cum laude.

Lo que hace la emfisemia: el pulmón, como un viejo dictador, se vuelve acaparador a medida que se debilita. La vida cotidiana se transforma en cierta medida en una lucha por abrirte las costillas un poco más: los hombros terminan quejándose, pues las articulaciones quedan desplazados por esa desesperada expansión: chirrían, envián mensajes de dolor. Lo curioso es que te sientes tan grotesco que el hecho que la gente no te dice "artrópodo repulsivo" te inspira un sentimiento de tierna gratitud: deben de notar que tus huesos se están descomponiendo, pero no dicen nada. Por otra parte, en las clases inconscientemente limito las frases que pronuncio, suprimo las oraciones subordinadas, y planifico maquiavélicamente las pausas para tomar aire, para que "no se note" demasiado mi perpetuo ahogo. Y la parte tal vez más sorprendente: el sueño te acecha y te acosa como arimaspo. No hay momento en que estés a salvo de él. Aparece incrustado en tus pensamientos como una salamanquesa en un sánduche tostado. La cordura se vuelve cuerda floja onírica.

En el bus, en el 17, me entretengo imaginando los peces que nadan entre las cabezas de los pasajeros, y me congratulo por haber tenido la previsión de brotar agallas, para así poder participar en este extraño mundo submarino.

En realidad, la cuestión es entretenerse con cualquier cosa. La pesadilla, la pérdida de control, el sofocado grito, nunca está lejos.

¿Podré terminar el proyecto para entregarlo a la Gaviota? Es dudoso. Tantas cosas en las que voluntariamente perdemos el tiempo. Antes, cuando empecé este blog, estuve más centrado: llegar, decía, llegar a ese hipotético joven que cojeaba del mismo pie que yo, y hacerle sentir acompañado. Porque el quid es eso: dar de lo que tienes, aunque sólo tengas disfunciones y una original manera de sobrellevarlas.

Tuesday, January 25, 2011

Gabriela, tajante

Como casi siempre.

"Es necesario que recuperemos un sano temor a la democracia sin límites." Los populistas se reirán o harán muecas: ¿cómo puede haber demasiada democracia? Si la democracia es buena, más democracia es mejor... a menos que uno tenga algo que esconder, algún privilegio inconfeso que teme perder. Bien: se puede responder con oscuras referencias a la digitalis (ya saben, un poquito y te salvas, un poquito más y te matas, etc). Se puede preguntar, respetuosamente, por qué los adalides de que "el pueblo se pronuncie" gastan tanta plata en explicarle a ese pueblo en qué sentido tiene que pronunciarse (¿será que no se fían de ese gran pozo de sabiduría?); pero es más sencillo preguntar, como ya hice en un post anterior: ¿y si el pueblo elige democráticamente aniquilar la democracia, como quiso hacer allá en Argelia hace unos años? Si la decisión es de abolir las elecciones para siempre, ¿hay que acatarla? Y si no, ¿en base a qué principio desobedecemos tan manifiesta voluntad popular? Y otra pregunta, esta vez para los introvertidos: ¿cuál es el secreto del coño? Eso de volver al útero, a instalarse quiero decir, ¿qué se espera encontrar allá? ¿Puestos de hamburguesas? Pero no hay que suponer tanto: no creo que el apego a la "voluntad popular" necesariamente derive de un Thanatos freudiano, de un deseo más o menos consciente de aniquilarse dentro del colectivo, del Heimat, ni de proyectarse en esos mentones cuadrados y esa entrañable brutalidad de los afiches de propaganda (somos buenos, no tontos). Sucede, simplemente, que nos cansamos de ser hombres de tanto pensar, de tanto diferenciarnos, de tanto defender territorio palmo a palmo. Además, en el colegio, y esto se hizo a propósito, no nos dieron armas conceptuales para defendernos contra las reivindicaciones y las exigencias de la chusma. No hay nadie, pero nadie, que ose ponerle peros a la "democracia", que hasta a Yahvéh le tiene comiendo de su mano. Tan sólo podemos mostrarnos tiquismiquis en las definiciones y en los protocolos, y esperar que esa poca cosa que me diferencie del vecino nunca llegue a figurar en el boletín de los nuevos pecados sociales. Al final, hasta se envalentonaron a susurrar que "derecho" era algo "colectivo", o no era: y sucumbimos como tontos. Nos ganaron la partida.

Lo que nos queda (lo he ido intuyendo estos días) es la simple dignidad (y por eso tanta febril impaciencia de parte de los amos por apropiarse también de esta palabra). ¿Quieren mi plata? Tomen: nunca tuve mucha de todas maneras. ¿Quieren nuestra "cultura"? Tomen, llévensela a su Ministerio: de todas maneras, nunca tuvimos mucha, tampoco. ¿Quieren el vino que antaño animaba nuestras tertulias los domingos? Tengan: siempre nos queda la gaseosa. ¿Quieren mi equipo de fútbol? Llévenselo: de todas maneras nunca ganaba nada. ¿Quieren hacerse con la educación de mis hijos? Bueno, los colegios de aquí de todas maneras no eran ninguna maravilla. ¿Quieren mi reputación? Enlódenla: de todas maneras, nunca tuve tantos amigos. Y así, y así, pero a la mente del tirano*, nunca llega la tranquilidad: siempre le irrita el pensamiento de que tal vez, en algún rincón del país, quedará algún ser con dignidad, con aquélla que no se reparte desde el ministerio, sino que nace de dentro. Y se le irá poco a poco la mano. Trazos más gruesos, letra más grande y paranoica, exigencias más histéricas: habrá un referéndum con 10 preguntas que se resumen en una sola: ¿soy el más bello? ¿Soy el único a quien se le puede confiar la justicia? ¿soy el más bello? Y mientras que casi todos dirán que sí, esas voces sin nombre que lo estropean todo dirán que no.

Y nunca sabrá, como Absalóm, qué fue lo que le dio en la cabeza. Porque mi teoría es que todos tienen un límite, y un punto de ebullición.


* Acabo de leer este interesante artículo en que el autor expresa algo similar, respecto a la hipótesis de que los tiranos sí tienen cabeza, y además, resienten. Recomendable.

Monday, January 24, 2011

Gay Maths

Creo que hace falta una guerra. A falta de eso, los británicos no van a entender el significado del ahorro, de hacer economías en lujos y superfluidades, de comer más zanahoria y menos tocino: ya no más. Fíjense: su país está al borde de la quiebra, tiene una deuda nacional que aumenta a razón de unos 800 libras por segundo, y así, en esas circunstancias, a alguien se le ocurrió gastar 35,000 libras del contribuyente en una campaña para que los colegios y las escuelas estatales “celebren las vidas y los logros de la comunidad LGBT”. La campaña, basada en el ya existente “Mes de Historia LGBT”, está organizada por la organización Schools Out, que recibe grants (“donaciones” del contribuyente) a través de un “quango” gubernamental; consiste en difundir planes de clase en diferentes asignaturas, como matemáticas, geografía, diseño e idiomas, que de alguna manera incluyen personajes reales o imaginarios que tengan orientación sexual “diferente”. La utilización de esos planes de clase queda a discreción de las propias escuelas.

Con estupideces así es difícil saber dónde empezar.

En primer lugar: ¿existe una comunidad LGBT? ¿En qué sentido es una comunidad? La persona Transexual, digamos, el hombre que se opera para transformarse en mujer, cuando ya lo hizo, ¿qué tiene en común con el resto de ese grupo de tendencias? Se supone que como mujer su orientación sexual será la más corriente (es decir, uno intuye que una vez convertida en mujer no se va a declarar lesbiana): entonces ¿qué pinta en esa supuesta comunidad de “gente no heterosexual”? Es como si habláramos, en un país mayormente católico, de la “comunidad evangélica, musulmana, sincretista y católica conversa”. Pero la pregunta va más allá: si decidimos que existe una “comunidad de expatriados británicos” en Guayaquil, tal comunidad se puede definir de dos maneras distintas: o engloba automáticamente a todos los que tengan pasaporte británico y vivan aquí, es decir, la “comunidad nocional”, o alternativamente podemos estar hablando de una comunidad “real”, o social, que en honor a ese rasgo supuestamente unificador construye una red social a base de coffee mornings, de river-widening clubs o spanking weekends. En el primer caso, conviene preguntar si esta noción abstracta de comunidad realmente sirve para algo; en el segundo, es obvio que aunque algunos puedan estar interesados en crear o en mantener esa red social, otros, probablemente una amplia y silenciosa mayoría, preferirán quedarse fuera. Lo que entonces sucede en muchos casos es que de cara al exterior, a los medios y a las instancias políticas repartidoras de fondos, una amplia “comunidad nocional” quedará representada por un pequeño número de activistas desmelenados que distan mucho de ser representativos de la mayoría. Todavía recuerdo en los años 80 cuando hubo tantos motines en Inglaterra, y los medios entrevistaban con alacridad a autodenominados “community leaders”; yo me dije: falta que haya algún disturbio en mi pueblo, me pongo turbante y bigote postizo y sin conocer a nadie más que al periodista hambriento de entrevistas, ya soy “community leader”, y a mucha honra. El problema es que cuando hay que conocer la reacción, digamos, de los colombianos en Cataluña ante tal o cual evento noticioso, ese tipo que viene al despacho diciendo ser Presidente de la Asociación de Colombianos de Barcelona es como maná caído del cielo: no íbamos a ser tan groseros como para preguntar si su Asociación consta de más de tres o cuatro afiliados y si se dedica a algo más que comer arepas, contarse chistes antiuribistas e intercambiar CDs de cumbias.

Pero, si no estamos hablando de una comunidad social, sino de una nocional, ¿qué sentido tiene definirla en términos negativos, es decir, “la comunidad de todos los que no sean heteros al 100%”? Para sus defensores, supongo que la utilidad de tal noción estriba en que los no heteros sufren discriminación social e incluso laboral por su orientación sexual, por tanto, tienen un común interés en luchar contra esa injusticia. En tal caso, sin embargo, conviene preguntar si “comunidad” es palabra que sirve a tal propósito, o si al contrario lo obstaculiza. Yo creo que más bien lo último. Si la idea es fomentar la (correcta) noción de que ser gay es simplemente una opción sexual, que no conlleva forzosamente ninguna mal adaptación laboral ni social, ni reduce a la persona en amanerado estereotipo, difícilmente ayudará a tal causa dar a entender, con un lenguaje ambiguo, que los gays forman parte de una minoría tan reducida que todos sus miembros se conocen entre ellos, y que además comparten muchos rasgos más allá de la simple preferencia sexual. Creo que tiene mucho más sentido hablar más asépticamente del “movimiento contra el prejuicio sexual” o algo así. Pero esto sólo son mis opiniones. Lo que no es simple opinión, sino hecho verificable, es que de una comunidad nocional, sobre todo si se basa en un rasgo negativo, casi nada se puede afirmar sin violentar o menospreciar el criterio independiente de alguno de sus miembros. Puede que muchos gays, por ejemplo, estén a favor de que su condición sea objeto de discusión y divulgación en las clases de estudios sociales en el colegio; pero estoy seguro de que otros muchos no lo estarán; por tanto, promocionar tales iniciativas en nombre de toda esa “comunidad” demuestra, a la postre, una dosis algo alarmante de mala fe.

Aparte de todo esto, tampoco me convence el supuesto implícito a todo esto de que en contraposición a esta “comunidad” de discriminados, existe otra, triunfante y monolítica, de los no discriminados, de los privilegiados heterosexuales, quienes, a diferencia de los gays, puede “celebrar” abiertamente su sexualidad, hablar libremente de ella sin ser cuestionados, practicarla deportivamente al aire libre en cualquier momento, y vivir sin conocer en ningún momento el peso de la estigmatización social. Esta imagen digamos que no corresponde con mi experiencia. Para empezar, cualquier feminista medianamente leída acudirá presta a recordarnos que el ejercicio libre de la sexualidad por parte de una mujer hetero obliga también a lidiar con un sinnúmero de prejuicios sociales de desolador abolengo. Además, creo que hay que ser, con indiferencia de género, algo soso y saborío en lo sexual para no suscitar por lo menos cierta maledicencia esporádica. Para muchas feministas hoy en día, la combinación de sexo masculino y orientación hetero es ya de por sí algo censurable, hasta tal punto que uno se pregunta si haría falta promocionar en las escuelas un Mes de Historia Chanchomachista, para celebrar las vidas y los logros de gente como Casanova, el Marqués de Sade, Hugh Hefner, Norman Mailer o Bill Clinton, y así fomentar la tolerancia hacia la Comunidad Priápica, últimamente tan denostada en nuestra sociedad. Quiero decir que, siendo heterosexual, no me reconozco parte de ninguna comunidad por ese hecho, ni soy consciente de ninguna ventaja, ni social ni laboral, que tal condición me otorga, si no es la de poder casarse sin salir en los diarios, o la de poder adoptar un niño una vez casado sin volver apopléjico a algún cura (solución: privatizar el matrimonio, y ponerle al curita orejas de burro).

Total: todos somos, de una u otra manera, socialmente discriminados. Get over it, already. La discriminación que no sea legal o institucional, sino simplemente "social", no puede ser materia de injerencia estatal, más que nada porque los gobiernos, por definición, no forman parte de la sociedad, ni tienen por lo general la mínima noción de cómo funciona tal cosa.

Pero todo esto es secundario al lado de lo que cuenta en la noticia: que hay toda una organización, con el odioso nombre de Schools Out, que se dedica a promocionar, en las escuelas y colegios, la “opción” homosexual. (Lo del nombre: es un juego de palabras basado en la asociación entre “out” y el “come out”, o sea, revelarse públicamente como homosexual, práctica que tan sólo a un exhibicionista con patología narcisista le puede interesar, pues entre adultos la sexualidad no se “revela” ni se comenta, simplemente se practica.) Eso es una traición bastarda al significado de la educación, pues tal palabra si algo significa es ayudar a que el individuo desarrolle su potencial, y en ningún caso intentar predisponer el resultado de tal desarrollo mediante adoctrinamiento políticamente correcto. ¡Cuánta presunción la que subyace a los decretos que nos dicen lo que Hay Que Celebrar! Si nos parece ofensivo que se celebre el Escudo Nacional (tú celebra tu escudo, yo celebraré mi olla arrocera) de modo institucional, cuánto más la imposición de "celebrar" un grupo de personas definidas por su no adhesión a una simplistamente definida tendencia en lo sexual. Una institución educativa no tiene por qué "celebrar" nada, que para eso son las familias.

Es evidente que en ninguna escuela seria se “promociona” adrede la heterosexualidad: ¿por qué habría que hacerlo con su contrario? La “educación sexual” es algo que pertenece a la esfera de la vida privada, no a la educación formal escolar, entre otras razones porque en el sexo como en la música no sirve ningún conocimiento que no haya sido afianzado en la práctica, y también porque, chucha, los niños se merecen que se les deje en paz su infancia, y los adolescentes, que se les deje en paz también para superar y relativizar solitos sus fases, no que se les vaya diciendo que en esta precisa fase de sentir “algo” por el profe de química, hay que subirse al escritorio y gritar a los cuatro vientos “soy gay”, por razones dizque “políticas”, sin darse siquiera la opción de cambiar de idea el mes siguiente, cuando aparece Eunice en la fila de delante. No se trata de ocultar nada ni de parcializar: el programa de lo que hay que estudiar en matemáticas, en lenguas, en geografía, etcétera, si la institución educativa hace bien su trabajo no deja ni un segundo para temas irrelevantes como la sexualidad, sea hetero u homo, y si hay tiempo para eso, de buen seguro que el traicionado alumno no llegará ni a internalizar la fórmula cuadrática o la lista de los emperadores romanos. Algo tiene que ceder.

Pero más que todo eso, la constatación de que en estas tonterías se está despilfarrando dinero público es la evidencia final de que estamos viviendo en una especie de manicomio colectivo. Esperemos que haya otra solución que no sea la preferida de Big Nurse. Seguramente que con unos cuantos miles de voltios las Matemáticas Gays nos parecerán bien a todos. Pero me gustan mis cejas, y no las quisiera perder todavía.

Sunday, January 23, 2011

Wossamarrawivit?

Ernest Hemingway solía decir que el requisito más importante para ser escritor era tener un bullshit detector de maciza factura. Probablemente es verdad; pero no es el único requisito. Imprescindible también es el rechazo a todo lo adecuado, a lo que más o menos funciona. Le mieux est l'ennemi du bien, y no sólo para escritores.

De mis tres lectores, fieles, ninguno últimamente se ha molestado en señalar los múltiples errores, excesos, estridencias y tropiezos estilísticos de mis últimos posts. Mal asunto. Será que ya no tengo esos lectores, o que se contentan desde hace mucho en ver algún reflejo, así sea algo grotesco, de sus propios prejuicios. Whatever. O será que mi mentira más entrañable, que consiste en dar a entender que mis ideas son fijas, robustas y autosuficientes ha funcionado demasiado bien. Deben de saber que a veces el dogmatismo esconde la incertidumbre; no la esconde, la revela de manera indirecta, pues en este medio las discusiones que tenemos son principalmente con nosotros mismos. Aseveramos, con la esperanza de que nos contradigan con buenas razones. Por eso nuestra mal disimulada impaciencia con las razones que no lo son.

En el fondo, esperar que alguien te ayude a aclarar tus ideas es síntoma de la misma patología que nos hace esperar que alguien (el Estado, p.ej.) te "eche una mano". El maestro oriental está harto de corregirla. "No me pregunte a mí. Pregunte a ti mismo". Seguimos esperando.

Leo un artículo, me apresuro a "responder". No hay nada más efímero que la caja de comentarios de un artículo de un blog. "No vale la pena" pulir la respuesta, total, son siete gatos. Pero sucede que me canso, últimamente, de ser mediocre. Me canso de ser mejor lector que escritor, lo que significa que lo que escribo adolece en mi propia estimación (aplicando el consabido bullshit detector) de casi todos los defectos de lo que critico. Leo mis palabras, y pienso: a esta persona no quisiera conocerlo. Es manifiestamente un tipo muy inseguro que intenta, con poco éxito, esconder su inseguridad tras una fachada un tantico pretenciosa... pero que no llega siquiera a ese nivel de pretenciosidad que entretiene. Ajj. Para inseguridad, me basto yo.

Saturday, January 22, 2011

Modelo de economista sin mentón

Krugman se ha cabreado. Es fácil: después de la matanza de Tucson, él estuvo entre los primeros a guardar columna para culpar a los Partidarios del Té, a “la derecha”, a la Palin, a la “cultura de las armas”, a los sospechosos habituales. Luego trascendió que el tipo en cuestión (Loughner) era chifladote tirando a izquierdosito, su arma no era “legalmente obtenida”, y guardaba rencor contra la Giffords desde mucho antes de que Palin o Tea Party fueran vocablos conocidos para quienes no fueran historiadores o adictos a los Python. Menudo chasco. Quedó, de nuevo (ya debe de conocer bien la sensación) en ridículo. Así que su columna, que en alarde de pluralismo el Universo nos traduce junto a los devaneos de la Calderón y otros peligrosos extremistas, se convierte desde mañana (promesa solemne) en lanzagranadas de la izquierda peleona y rencorosa, la que no contenta con disentir o con pavonearse, ataca, insulta y enloda. Claro que todo ello en aras de la paz, de la armonía y de la buena convivencia. Él lo explica así.

Un lado de la política estadounidense considera que el estado moderno de asistencia social –una economía de empresa privada, pero en la cual se cobran impuestos a los ganadores de la sociedad para que cubran el costo de una red de seguridad social– es moralmente superior al violento y descarnado capitalismo que teníamos antes del New Deal. Tan solo es correcto, cree esta parte, que los ricos ayuden a los menos afortunados.

La otra parte cree que la gente tiene derecho a quedarse con lo que ganan, y que cobrarles impuestos para mantener a otros, sin consideración a cuánto lo necesiten, equivale a robo. Eso es lo que está detrás de la predilección del derecho moderno por la retórica violenta: muchos activistas de la derecha realmente consideran que los impuestos y la normatividad son imposiciones tiránicas sobre su libertad.
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…)Los lectores asiduos saben de qué lado del cisma estoy. En columnas subsiguientes no dudaré en pasar mucho tiempo destacando la hipocresía y falacias lógicas del grupo de “Yo lo gané y tengo el derecho a conservarlo”. Y también tendré mucho que decir con respecto a cuán lejos estamos verdaderamente de ser una sociedad de oportunidades iguales, en la cual el éxito dependa exclusivamente de los propios esfuerzos.

Bueno. Antes de empezar a comentar esto, dejar claro que el título me vino por un anuncio que cada vez que subo en el Metrovía camino a casa me siento obligado a mirar atentamente, para asegurarme de que sigue exactamente tan irritante como ayer, ni más ni menos. En este anuncio, es cuestión de una tipa que empieza siendo modelo de estudiante, lo cual se manifiesta únicamente en una serie de poses coquetos de vedette (será que estudia en el Espíritu Santo). Luego se toma un líquido que parece que tiene las mismas propiedades que las espinacas de Popeye. Se le inflan los airbags, se convierte en modelo de ejecutiva: para ser ejecutiva, claro, el truco está en saber menear las caderas y el dedo índice al mismo tiempo, maniobra que le sale a la perfección, con la ayuda del Líquido. A continuación, la vemos descargando compras del carro y admirándose en el retrovisor: es modelo de madre. Después de darle un beso al niño, se convierte en modelo de mujer, lo cual conlleva compartir su Líquido con un repentino macho, cuya notable capacidad para manejar varonilmente la Botella le arranca un admirativo suspiro. Corte misericordioso.

La verdad sea sustituida, cada vez que veo ese anuncio pienso en Krugman. No tanto por el parecido físico (no me consta que a Krugman le luzca un vestido de satén largo en azul cobalto: tendría que convencerme) sino por esa extraordinaria pluralidad de vocaciones. Modelo de economista de la escuela de los sin mentón (ósea, compañerito del Stiglitz), a continuación modelo de premio Nobel (triunfal, le abre fila una muchedumbre sueca, algunos se desmayan: escribió sobre el Comercio Internacional), modelo luego de periodista del NYT, con pajarita y chaleco, y ahora modelo de polemista escrupulosamente libre de violenta retórica, por si las moscas. Todo un fenómeno, el tipo. Pero no por lo citado, que parece más bien un panfleto al estilo El Telégrafo: por lo menos, dejémoslo en eso para no tener que cambiar la etiqueta de este blog (el Antitelégrafo). Veamos.

Primero, lo positivo. Krugman ensaya el paternalismo (“realmente consideran”: ustedes, lectores inteligentes, no habrán encontrado a esa extraña fauna política, pero en serio, ¡dicen eso!) pero no puede evitar de constatar que hay, por increíble que parezca, quienes no están de acuerdo con él. Para su analista, seguro que se tratará de todo un hito en su historial. Además, y no es moco de pavo, en el artículo no insiste sobremanera en “derecha” e “izquierda” como etiquetas fundamentalistas. ¿Por qué es tan de agradecer eso? Porque en EEUU, esos términos vienen sobrecargados de connotaciones a cuál más desorientadora. Ya hemos visto como al Tea Party le han intentado por todos los medios colgarle el sambenito de derecha social, de ser una agrupación de Creacionistas, xenófobos, homófobos y todos los ófobos que se hayan inventado últimamente sin que nosotros lo sepamos. Puede que algo de eso exista, pero Krugman sabe que por ahí no van los tiros… digo, los respetuosos intercambios de plumas de edredón. El debate es, como aquí consta, en torno al modelo del estado. (Modelo de estado… hum. Tómate tu botella de referendorade con Menos Calorías, y ¡serás imparable, nena!)

A partir de ahí, la cosa va de mal en Guatepeor. Fíjense en esto: “Tan solo es correcto, cree esta parte, que los ricos ayuden a los menos afortunados.” Es decir, los otros, los que creen que “la gente tiene derecho a quedarse con lo que ganan” no pueden creer también, al mismo tiempo, que ayudar a los menos afortunados sea lo correcto; es decir, Krugman no reconoce que tener derecho a quedarse algo no es óbice para ejercer la generosidad regalándolo. No puedo, según Krugman, ser partidario de que los ricos ayuden a los pobres, y al mismo tiempo creer, por una serie de razones, que el Estado no debe mezclarse en ese tema o en ese proceso necesario. No puedo… pero a pesar de tan mosaica prohibición, yo sí lo creo. Algo misterioso, por decir lo menos.

Krugman sólo reconoce dos posturas: la estatista, supuestamente motivada por un alto sentido del deber moral, propia de gente culta, responsable y compasiva, y por otro lado la egoísta, infantil e insolidaria, la de los “ricos” que sólo quieren acaparar sus (¿mal habidas?) ganancias y que los demás se jodan o coman pastel: digamos, la Tendencia Marie Antoinette. Y es revelador lo que dice acerca del origen de esta “cisma”:

Este profundo cisma en la moralidad política de los estadounidenses –ya que a eso equivale– es un progreso relativo en fechas recientes. Comentaristas que anhelan con nostalgia los días de civilidad y bipartidismo, se den cuenta de ello o no, anhelan los tiempos en que el Partido Republicano aceptaba la legitimidad del Estado asistencialista, e incluso estaba dispuesto a contemplar su expansión.


Ahí se queda. No se le ocurre indagar más en el creciente fenómeno del antiestatismo libertario más o menos radical, pues sería molestoso reconocer que, por un lado, una libertad relativa engendra, con el tiempo, deseos de libertad absoluta, y que por otra parte, esta libertad relativa está siendo amenazada a nivel global, y que la elección está entre transigir o aceptar un futuro siniestramente orwelliano. Pero eso es otra historia y otro post.

El error más básico de Krugman, creo, es confundir la ética con la moralidad. Para él, si ese “estado de asistencia social” actúa de una manera “moralmente superior” a ese otro que él caricaturiza (ese “violento y descarnado capitalismo” que había antes de que descendiera del cielo FDR), eso de por sí es motivo por defenderlo: no hay más discusión. Lo que no parece entender es que la moralidad es cosa de uno. Yo tengo mis valores morales, él los suyos, tú los tuyos. Puede que todos tres coincidamos en que haya que ayudar a los necesitados, o en que fuera bueno que “los ricos” lo hagan; puede incluso (aunque no es el caso) que todos estemos de acuerdo en que quien más eficazmente puede cumplir ese rol es el Estado; pero aun en ese supuesto, no queda justificada la coerción estatal, por la simple razón de que ni yo ni él ni tú somos el centro del universo: no somos, ni que fuéramos trescientos millones menos uno, árbitros privilegiados del Bien y del Mal, como para imponerles a otros nuestras creencias. Lo de “moralmente superior” es sólo su criterio. ¿Según qué razonamiento se justifica que el criterio moral de un economista tirado a columnista, por muchos amigos y seguidores que tenga, deba servir para determinar el modelo de un estado de trescientos millones de habitantes? Lo que observamos aquí es, a fin de cuentas, una “moralidad” infantil, penosamente subdesarrollada: se predica, con enorme autosuficiencia y cierto aire de haber descubierto América, que hay que “ayudar” a los que “menos tienen”, pero se rechaza algo tan básico, en las esquemas morales de un adulto formado, como que los derechos de un individuo (hasta el supuesto derecho de ir imponiendo su “moralidad”) terminan donde empiezan los ajenos. Esta doctrina, que hace tiempo que no se enseña en las escuelas, no es un simple enunciado moral: tiene que ver con la ética, bony, la ciencia de la convivencia, o dicho de otro modo, el álgebra de las relaciones humanas.

Si realmente un estado respeta el derecho de todos por igual, se llama Estado de Derecho: cosa que Krugman nombra al final de su artículo, sin aparentemente saber lo que significa. Para él, parece significar que los de la Otra Tendencia no deban usar violencia ni amenazas de violencia. Tal exigencia, sin embargo, no se extiende a su propia secta, pues él está más que satisfecho con la situación actual, en que el Estado usa sistemáticamente las amenazas de violencia para percibir esos tributos que supuestamente sirven para realizar ese labor “moralmente superior” que él ensalza (el cual, no lo olvidemos, incluye esa violencia algo más cruda que se practica en Iraq y Afganistán: todo eso y más lo soporta el tan excelsamente moral Federal Tax Dollar). De modo que, según Krugman, si me niego a pagar mis impuestos al Estado con la intención de destinar esa cantidad a Amnistia Internacional en lugar de destinarla a la compra de armas para matar más afganos, la violencia y el encarcelamiento están totalmente justificados para combatir mi egoísmo e inmoralidad; en cambio, si hablo de sacar a la fuerza a los parásitos de Washington, tal lenguaje violento es altamente censurable. Será.

Sabemos que otra concepción del estado es posible. Ese estado tiene el deber de ajustarse a la ética, que es universal, y en ningún caso a la moralidad, que es personal. No exigirá donaciones a la fuerza a nadie: sin embargo, no hay nada que impida que ejerce labor social, en base a donaciones voluntarias. En tal caso, tendrá que convencer a sus potenciales clientes de que su dólar será mejor gastado que si se donara a la competencia, es decir a la beneficencia privada; por tanto, tendría que demostrar eficiencia, cosa que en la actualidad nadie, ni el más acérrimo estatista, acusaría a cualquier estado de manifestar. Y si un Krugman, en su inmensa bondad, tiene inquietudes morales que viertan sobre la ayuda a los necesitados, lo único que tiene que hacer es persuadir a los demás para que adopten esa moralidad como suya. Persuadir: no exigir con rabietas, y menos imponer sus creencias a punta de metralleta, que es, como queda demostrado, el camino Krugmaniano.

Tuesday, January 18, 2011

Preguntocracia

Deja que te agredan los años. Hasta tus dientes se te volverán sensibles. La brutalidad es, siempre fue, cosa de jóvenes. Y lo que los dientes, también algunas neuronas, que antes bien aisladas quedaban y ahora, con la mielina desgastada, empiezan a sentir lo que no deben, a volverse promiscuas, polutas. Lo que más las hace rechinar, la falta de originalidad, el llover sobre mojado, la vulgaridad, en suma.

Lo mismo que ahora estamos viviendo la telenovela plebiscitaria, la preguntocracia de marras.

Hubo un caballo en una aula de clase (a veces pasa). El maestro escribe en la pizarra: 6 – 5. El caballo se lo piensa un ratito: luego levanta el pie derecho delantero y da una coz. Estallido de aplausos. El saltimbanquí sigue: 3 + 2. El caballo piensa de nuevo. Golpea el suelo. Una. Otra. Otra. Cuando llega al cinco, el auditorio, con la respiración contenida, vuelva a estallar en bravos y vítores. A nadie se le ocurre que al caballo no le hace falta saber contar, sólo saber cuándo dejar de dar coces, que es cuando el amo sonríe y la gente aplaude. Así el pueblo, el electorado: nunca le hizo falta saber elegir bien: cumple simplemente eligiendo, el bozal lleno viene después y se acabó para él, claro que no para el kommentariat, que tiene sus apuestas hechas y las tiene que cobrar como sea.

Es tierno ver lo fácil que es no sólo al pueblo, sino hasta a los diabólicos medios corruptos fijarles los límites del discurso. Hoy en el Universo: “Ni sicariato ni secuestro express”, como si se tratara de una bofetada, de un calculado insulto, el no haber invitado a la fiesta a sus dos preciosas sobrinas casaderas. Así que ¿en ese referéndum tiene que entrar todo lo que nos preocupa, y si no, lo convertiré en asunto personal? ¿Es eso? Por otros lados, los correistas de tropa se deshacen de gozo: ¡eso sí que es una democracia: no contentos con representarnos, hasta nos preguntan por nuestro parecer! (Te jodiste, amigo: ahora ni a ellos los podrás culpar, sólo a ti mismo, por eso es todo.) Y en los próximos días, espérense a ver a la gente de nuevo convertida, como antaño, en repentinos expertos constitucionales, discutiéndose el sí o el no, sin que salga ningún Toto que aparte la cortina para revelar al vejete con sus ruedas, sus máquinas de humo y su engrandecedor de voz.

En un país no demasiado lejano una vez hubo un referéndum, pero de los buenos, de los de antes.

“¿Cree usted que el Generalísimo tiene suficiente poder?”

Los diarios ya tenían hechas sus primeras páginas alternativas:

“El pueblo, satisfecho con su Caudillo, devuelve un rotundo SÍ!”


“El pueblo le pide a su Caudillo retomar las riendas del estado. ¡NO a los traidores de la patria!”

No quiero decir nada con esto: tan sólo que el quid está en formar la pregunta, no en contestarla.

¿Algún día esta gente nos dejará hacer las preguntas?

Hasta a mí se me ocurre una: ¿cree usted que todos debemos ser iguales ante la ley?

La ventaja de esta pregunta es su brevedad. Si se contesta que sí, entonces adiós la mitad de la Constitución, adiós a las preguntas capciosas sobre toros y banqueros, no afiliadores y autoenriquecedores privados. Adiós, asambleístas, adiós, Alianza País, hola, razón y salubridad mental. Pues si todos somos iguales ante la ley, no puede haber algunos que decidan bajo cuál régimen legal vivirán otros. Si yo no soy rico, no tengo derecho a poner leyes especiales para los que se hagan ricos; si no soy amante de las corridas, no tengo derecho a opinar qué espectáculos pueden o no pueden ver los que sí lo son. Es llamativo que los que tanto ensalzan a la sociedad, demuestran no tener ni ramera idea de lo que tal palabra significa: sociedad, señores, sorpresaaa, significa el arte de saber convivir con gente que no es como ustedes. Algunos tendrán una amplia cartera de negocios, entre ellos algún medio de comunicación; otros recibirán fondos del exterior, sin que nadie sepa de qué negocio se derivan. No hay razón alguna para que te tengan que caer bien; pero tampoco la hay para que tú te metas en sus asuntos. Cuando todos entendamos esto, es posible una sociedad; mientras tanto, sólo hay lo que supo diagnosticar la Thatcher: individuos, familias, y en medio hartísima mala leche.

Envidia, odio, rencores, suspicacia, pequeñez de espíritu: no hay apenas que leer entre líneas, eso es lo único que tan plebiscitariamente nos proponen, y por Dios que no van a dejarnos en paz hasta que no estén todos bailando el mismo vals. Orwell lo vio con característica precisión: el fin del poder no es otra cosa que el poder mismo, y poder es eso, el humillar, el quebrar mentes humanas y reconstruirlas en formas caprichosas, el hacer tragar cualquier sinsentido y que te digan gracias, y sobre todo, que no falte, la bota en la cara por toda eternidad.

El truco es muy simple: para todo, búscate primero una mayoría. Una mayoría que no sea, según tu capricho del día, banquero, amante de corridas, mentalista, seguidor de Los Simpsons, periodista, comerciante, judío, sindicalista, o vendedor de loterías. Y lo bonito, lo maravilloso, y el arma secreta del socialismo desde luego, es que hay mayorías rencorosas para todo propósito. A la vista está.


(Bonil, como casi siempre, genial)

Sunday, January 16, 2011

Dignidad redux

Me persigue como un vendedor de helados en una pesadilla.

El Ministerio dice que los antiguos invasores tendrán Soluciones Habitacionales con luz, agua y dignidad, cortesía del mismo Santa Claus, quien es sabido que antes de la apropiación de la Cocacola vestía de verde. Además, el precio mensual, la planilla de la dignidad, será módico, dentro de las posibilidades de cualquiera. Lo que hay que combatir son los traficantes de dignidad que te la ofrecen con sobreprecio. A veces me pregunto si hay cómo salirse del Espejo, volver a esa tierra donde las palabras tenían un significado más o menos estable, donde podías agarrar una taza sin que en tu mano se te transformara en erizo.

Una dignidad, según algunas definiciones, es algo que consigues, o en que te transformas, mediante pancartas en que apareces con algunos deditos levantados en plan auxiliar de jardin de infancia (vote a éste número) o levantando el puño en son de desafío: mi mamá puede dictarme cualquier cosa pero no mi orientación sexual, chucha. Cuando eres dignidad, te corresponderá una silla de tribuna y un aparcamiento privado. Bien. Pero no estamos hablando de eso.

La DRAE se acerca, pero como tantas veces, termina encogiéndose de hombros y con referencias circulares. Veamos: si queremos que se nos achaque dignidad, la gravedad y el decoro en el porte son buenos aliados, pero en el fondo (véase digno) persiste la problemática cuestión del merecimiento. Es por ello que puedo afirmar que durante gran parte de mi vida he buscado perderme la dignidad como sea. Uno se hace digno en la adolescencia vistiendo gabardinas largas e imitando un porte militar, pecho afuera. Más adelante, empero, esa falsa dignidad, tan fácilmente aceptada y homologada por los demás, se te vuelve corrosiva. En el fondo, uno se sabe no tan merecedor. No hay como sacarse de encima, sin embargo, tanta quitina incrustada. A pesar tuyo, empiezas a soñar con el amor, con ser descubierto, revalorizado. Quieres que alguien descubra cómo hacerte llorar, cómo aniquilar tus defensas, cariñosa e inmisericordemente. A partir de ello, renacerás.

No fue.

Pero algo queda de todo eso: la visión del ser humano prístino, destorcido, inocente y universalmente merecedor. Dejemos de intentar merecer eso y aquello: merecemos todo. Al lado de las alternativas conocidas, ser humano es algo así como ser un dios, aunque eso sólo se puede ver en los demás, difícilmente en uno mismo. Por ello, se puede afirmar que la dignidad, como la belleza, está en el ojo de quien la contempla. Y la viga en ese ojo es nuestro orgullo y nuestra presunción. Así de sencillo.

No sé quién habrá inventado esa dignidad que puede ser repartida, medida, solicitada o gravada. Lo único que sé es que nunca cumpliré con los requisitos para acceder a ella.

Friday, January 14, 2011

Odio = Ignorancia (tuitéalo!)

La teoría:

Érase una vez, en una distante galaxia, un lugar donde los niños iban a la escuela, no para que se les reforzara la autoestima (es decir, la capacidad para estimar cuál auto ay q tener), sino para aprender. El método abarcaba dos fases: primero, aprender a leer, y segundo, utilizar la lectura para aprender más cosas. A medida que los alumnos seguían este método, descubrían algunos hechos interesantes: primero, que leer un libro entero tomaba tiempo, lo cual suponía algo de sacrificio; segundo, que a veces no era sólo cuestión de leer, sino de pensar, pues algunos libros, tal vez por su mala calidad de redacción, tal vez por otros motivos, no ilustraban instantáneamente, sino que exigían bastante reflexión, lo que a veces cansaba.

Al final de este proceso, cada cual sabía que era imposible leer todo lo que había, sino que uno tenía que especializarse; que la educación era un proceso que nunca terminaba; que las personas más leídas merecían respeto y admiración, por eso mismo, por el sacrificio que habían hecho, y que tal respeto no dependía de que uno estuviera de acuerdo con ellos, ni de que uno les encontrara en lo general dignos "modelos de rol". También empezaban a notar que las personas leídas, entre ellas sus antiguos profesores, se caracterizaban por cierta humildad, derivada de la conciencia de sus propias limitaciones, de cuánto todavía quedaba por aprender; y junto con esta humildad, la voluntad de diálogo, el deseo de aprender y de ilustrarse más.

Y de rebote, intuían que quienes se vanagloriaban de tener todas las respuestas, quienes condenaban sin escuchar, quienes juzgaban por etiquetas y prejuicios y no se esforzaban en dirigirse hacia la particularidad de pensamiento de cada adversario por separado, casi siempre resultaban ser personas ignorantes, que en algunos casos se las habían ingeniado para sacarse un título sin haber leído ni un solo libro por completo en toda su vida.

Sus lemas:

Soy de izquierdas, por tanto pro Fidel. Mis razones ya las consultaré cuando tenga más tiempo.
Doctores tiene la iglesia.
¿Para qué leerme a Friedman (o a Gramsci) si ya sé que no estoy de acuerdo con lo que dice?
Los que leen son los peones. Yo soy de la aristocracia. Ellos hacen el trabajo, yo me apropio de sus conclusiones y de sus citas. Soy el más listo.
Las enciclopedias, oro puro.

Eso de que los lectores se reconocen entre ellos, y de la supuesta solidaridad de los que usan el cerebro, puro cuento, masonería. Nada de eso he visto. Lo único real son mis prejuicios.

En ese mundo, bastaba con preguntar "¿has leido a...?" para callar a los necios. En ese mundo también, bastaba con vencer, en singular batalla, a un prejuicio propio, para descubrir, como en la novela de Bradbury, toda una comunidad secreta de personas que también habían vencido ese prejuicio, y que te daban una gozosa bienvenida.

Mientras tanto, más cerca de casa, alguien inventó el Twitter.

Wednesday, January 12, 2011

Buen vivir

El excelente y envidiable blog de Quark me sopla el dato de que el Buen Vivir (nota para no ecuatorianos: no vas a entender nada de esto, sugiero que cambies de canal, en la 2 hay una sueca que ya está en sostén, no te la pierdas) se define como la búsqueda de "un estilo de vida sencillo y solidario en que se cubran las necesidades, pero no se tenga como modelo lograr aquello que tienen las potencias más ricas." Esta cita, al parecer, está extraída del Nuevo Bachillerato Ecuatoriano. No me he propuesto entrar en una crítica detallada e inmisericorde de este concepto, en parte porque si he de decir la verdad, define con bastante exactitud mi propio estilo de vida a lo largo de los años, y no me da la gana autoflagelarme hoy. Lo único que sí diré es que no entiendo qué chucha hace este excelente, respetable y recomendable concepto en una constitución, o llegados a eso, en un bachillerato. Es como si viéramos al venerable pastor de la iglesia de enfrente entrar en un burdel de barrio. Shocking! Bueno, ya soy viejo para escandalizarme de cualquier cosa, pero lo que quiero decir es que si de lo que se trata es de un "estilo de vida", y si vivimos en un regimen que no sea totalitario, entonces este "estilo de vida", por muy entrañable que nos resulte, es solamente uno entre los decenas de miles de estilos de vida entre los cuales cada ciudadano podría libremente escoger para sí, y si digo decenas de miles es por un censurable brote de cinismo que me impide decir millones, dando a entender que lamentablemente hay personas con tan poca imaginación que preferirán reproducir un estilo de vida ajeno y usado antes de molestarse en crear uno propio. Pero bueno, allí está, rodeado de artículos constitucionales como Danaë con su oro, los ojos piadosamente cerrados, con esa expresión entre boba y lujuriosa propia de las que se saben privilegiadas más por el atractivo superficial de su elevación pectoral que por otras cualidades. ¿Qué le vamos a hacer?

Pero es que la cosa da de sí. Es raro encontrar tanta mala leche, tanta uva agria, destilada en tan pocas palabras. Ecuatorianos, olvídense de "tener" "aquello" que tienen "los más ricos". Confórmense con menos. Para ustedes los Nokia, para ellos los Blackberry. Si tienen hijos inusualmente tontos, podrán incluso meterles el cuento de que su relativa pobreza no es tal, pues lo importante no es tener sino ser, y hay una especie de ley espiritual que establece el tener y el ser en proporción inversa ineluctable. ¡No se rían, niños! Es verdad: quien más tiene, menos es, y quien menos tiene, es más. Claro que después de cubrir las necesidades. No me acuerdo de los detalles de esta ley ni de su demostración; consulta al párroco más cercano. Él sabrá orientarte.

En cuanto a la sencillez de ese estilo de vida, no sé cómo me trae a flor de labios el nombre de Pánfilo. O de Amarílis. Desde siempre, los burgueses ociosos se han entretenido imaginando un idilio pastoril en que un igualmente ocioso campesinato se entretiene componiendo sonetos amorosos a su amada, arrullados por el dulce fluir del bucólico arroyuelo y el alegre cantar de los inspectores del SRI. Si solamente dejáramos de lado nuestra malsana obsesión con tener, ¡cuán sencilla la vida y cuán pintoresca! Y de rebote, ¡cuán apta para figurar fugazmente en un spot televisivo del Ministerio de Inclusión Social en horario de sobremesa!

Ya está: ya me estoy autocaricaturizando. Porque, como ya dije, y como ya habrá quedado evidente desde hace mucho, soy un sucker de la peor especie, soy de aquellos que de niños pasmados pasaron a adolescentes confusos, neuróticos e intermitentemente contestatarios, y de ahí a adultos acomplejados y básicamente disfuncionales. Siempre me vanaglorié de no tener siquiera celular. Siempre vestí ropa vieja, arrugada y agujereada. Siempre viajé en autobus o en tren. Siempre busqué la manera de disociarme de aquella ostentosa afluencia que algo en mi crianza o en mis tempranas lecturas me había convencido era vulgar, superficial, materialista. Una vez escuché a una compañera de trabajos voluntarios hablar de Dave Stewart, ese guitarrista cojudote de los Eurythmics que insistía en tocar guitarra para una ex que le había dado pasaporte hacia mucho, como un "magnificent wreck", y sentí envidia indecible. Quería ser eso, un "magnificent wreck". Sólo en la segunda parte he tenido algo de éxito.

Ferozmente antimaterialista: este tópico inerme me define más de lo que quisiera. Y ahora lo material, el cuerpo vil, se está vengando que da gusto.

Cuando empecé a cuestionar mi postura fue cuando la Carmen me dio pasaporte por el pecado de, en sus palabras, "tener agujeritos en los zapatos taladraditos por las uñas de tus gatos". Lo peor, según ella, es que esos agujeritos ni siquiera eran, para mí, motivo de angustia ni de congoja. Los aceptaba taoistamente como consecuencia lógica de los instintos felinos. Eso para ella, para la Carmen, fue intolerable.

Nunca se me había ocurrido que uno podría perderse el amor de su vida por tener agujeritos gatunos en sus zapatos.

Pero no quería hablar de eso.

Hoy es miércoles, el día de desasnarse ritualmente en economía mediante lecturas en Internet, con referencia especial a la crisis desatada por la burbuja de derivados de préstamos hipotecarios. Siempre, desde que se desató la crisis, y este blog lo atestigua, mi actitud ha sido algo fundamentalista y poco solidaria, lo reconozco. Siempre me pareció que había dos opciones: el realismo y la fantasía. El realismo dicta que uno pague sus deudas y viva dentro de sus medios, eso sí, intentando superarse en cuestión de poder adquisitivo (soy converso tardío a la religión del enriquecimiento insensato: los conversos somos plastas, no nos salvamos ni uno). La opción fantasía, en cambio, toma como punto de partida cualquier cosa menos la fea realidad. Empieza con derechos, sean constitucionales o adquiridos. No importa que no pueda pagar lo que tengo: la cuestión es que lo tengo y no lo quiero perder. ¿Cómo...?

Y se me ocurre, en ésas, que los Buenos Vividores podríamos tener algo que decir al respecto.

Por un lado, ellos van bajando la montaña. Les asusta el paisaje acá abajo. Nosotros, los Buenos Vividores, que nunca la escalamos, estamos para ayudarlos. Sólo hace falta que no lo estropeemos. Sólo hace falta dejar que trabaje la magia del silencio. Que no se escuche ninguna voz de político diciendo "saben, lo nuestro es lo correcto, ustedes los equivocados". Ni que saquen la lengua. Sólo hace falta un poco de cortesía, de solidaridad de la buena.

Y recordarles que no todo es fealdad aquí abajo, en el lodo. Yo todavía sueño con mi menú del día, con mi sepia a la plancha, con las patatas bravas y el manchego de la casa. Eso sí era buen vivir, y lo demás, cuento. Sólo que para descubrirlo, más que constituciones sirve tener paladar.

Tuesday, January 11, 2011

Hagan columna: ¡están entregando dignidad!

En serio.

"La amenaza crea una respuesta. Claro que algunos están amenazados, eso no tiene vueltas, sino cómo se abate la pobreza, cómo se entrega algo de dignidad a tanta gente que solo ha sido excluida."

Mucho me temo que Xavier Lasso es sencillamente incapaz de captar la suprema ironía de una "dignidad" "entregada": su desarrollo cerebral no alcanza para la tarea. Pero no es sólo eso. Deténte a imaginar qué visión tendrá este escritor de la "gente", para que piense que antes de que lleguen los bonos, y los sonrientes funcionarios, ninguna "dignidad" pueden tener, pues tal "dignidad" se mide únicamente en términos de cuánto conseguimos parecernos a esos pueblerinos humildes y agradecidos que se ven en los spots del Movimiento. Imagina y vomita.

En otras noticias, Ecuavisa:

En pantalla: Colombianos (plural) Detenidos. En el reportaje: una (1) mexicana y un (1) colombiano fueron detenidos por tráfico de niños.

Será que me acerco al final, que me falta pulmón y aguante... pero este país (el de los medios ecuatorianos) apesta, da asco, da naúseas.

Hace mucho que ni pasaba por El Telégrafo, pero veo que nada cambia ni cambiará.

No soy tan masoquista. Ya paso. Que decoren su infierno como quieran.

Sunday, January 9, 2011

Robinson Crusoe

Pueden encontrar la música aquí. Supongo que la serie nunca llegó a este lado del Atlántico. Un poco de explicación, entonces: salió en la tele cuando yo tenía cuatro años, siendo repetida numerosas veces desde entonces. Una curiosidad, se filmó sin diálogo, el cual fue añadido posteriormente, en varios idiomas europeos. Discutiblemente, fue la producción televisiva pan-europea más exitosa, más querida, de todos los tiempos. Esta noche tuve el capricho de buscar esa musica, la de los primeros títulos de la serie, en línea, confiado en que a otras personas esa maldita melodía les habrá resultado tan inolvidable que para mí. Parece que así es. Y ahora, escuchándola después de cuarenta y tantos años, me doy cuenta de que esa música no tiene nada. Pero nada. Es un tema que cualquier colegial con seis meses de solfeo podría garabatear en cinco minutos. Pero aun y así, es de esas melodías que se dicen "haunting". No sé. Que alguien que no se crió y destetó con esa música me diga si tiene algo o no.

Me ha gustado ver al actor principal, Robert Hoffman, de nuevo en esas páginas. Me había olvidado por completo de su aspecto. Es un actor, como todo en la serie, cuidadosamente pan-europeo. Alemán, un poco rubio para los gustos actuales, con un toque escandinavo aunque se supone británico. Mirada fría y penetrante. Lo que cautivaba, embelesaba a ese niño estirado delante de la tele, era un todo difícil de analizar. Entraba esa música, pero también entraba la historia, la situación, y sobre todo, los silencios, que en esa serie eran largos, hasta tal punto que para un joven espectador en la actualidad serían insoportables. No eran silencios de espera, o de incompetencia guionística. Al contrario, eran parte de la música incidental. Eran silencios protagonistas. Cuando no había narración, seguían contando.

Me imagino que todo niño sueña con ser naufragado en una isla desierta, con poder reinventar la civilización y los horarios a su gusto. La combinación de casa de caña con la cueva añadida era de un picante atroz. Queda, de todo eso, un sentimiento: el de la soledad, interpretada por esos lacónicos compases de melodía, es decir, no era una soledad heroica, tampoco trágica. La música lo que transmite es una mezcla de lírica nostalgia con dignidad y una extraña tranquilidad colindante con tristeza. Cuando Crusoe se encuentra con Friday, uno, siendo niño, no pensaba: ah, ahora viene el imperialismo y el racismo. Al contrario, uno sentía el goce de un hombre solitario que por fin encuentra compañía humana, y quiere bailar, quiere reir, antes de asimilar el hecho de que, realmente, hay muy poca comunicación posible entre ellos. Poca, pero ese poco era de incalculable valor. Como en la vida real.

Francamente, no recuerdo si en esa libre adaptación de Defoe entraba algún aliciente femenino (insisto, yo tenía 4 añitos). Creo que no: eran otros tiempos. Es interesante que para Joyce, la leyenda (pues tal ha llegado a ser) de Crusoe es el vivo retrato del imperialismo inglés: "de una crueldad inconsciente, de una inteligencia lenta pero eficaz, y sexualmente apática" (la cita no es exacta, mi memoria no es lo que era). A diferencia de los castaways modernos, Crusoe no se pasa todas las noches recorriendo las playas por si acaso llegue una copia de Hustler en una botella. Y no creo que ese detalle fuera porque la serie se emitía por las mañanas y otra vez a las cuatro de la tarde. El tipo, con su Biblia y su hedor a superioridad moral, era así. Lo tomas o lo dejas.

Claro que cuando uno es niño, todo, sin que te dés cuenta, huele a sexo, o mejor dicho, todo huele a aventura, a posibilidades de goce ilimitadas, habitantes en países fronterizos con tu imaginación. Si te faltan amazonas, están en la isla de al lado.

Mientras tanto (mejor dicho, una década más tarde, pero estamos en una vórtice temporal de todos modos, el Tercer Mundo eso tiene) mi esposa veía, al parecer, Daniel Boone. Otra serie que tampoco cruzó el Atlántico, que yo sepa. Interesante paralelismo, ambos tipos son actores medianamente guapos para su época (el Parker ése lucía hasta estatura), ambos son aventureros en un mundo salvaje y hóstil (en el caso de la serie Boone, tal hostilidad era pura retórica, pero bueno), ambos ostentan a su inevitable sidekick, de raza conquistada, servicial y leal. Ella quiso (me lo ha confesado) ser la esposa de Boone, que según veo en las retransmisiones se limita prácticamente a ser bonachona y un poco sosa y a lucir espléndidos vestidos largos en colores pastel, sin nada de décolletage. Pongamos que todos queremos ser lo que vimos en la tele con cuatro años: hay, entonces, una generación de europeos, la mía, que queremos vivir en una cueva en una isla cerca de la boca del Orinoco. Algunos han extrapolado desde Crusoe hasta la economía austríaca y el neoliberalismo: sea verdad o no, creo que ayuda a comprender a ciertas personas, tal vez yo entre ellas, si te paras a pensar que la televisión, a esa edad, ya nos estaba diciendo que no hacen falta gobiernos, sólo hace falta saber pescar.

Y la maldita melodía ésa viene y me da la razón.

Friday, January 7, 2011

Desafinado

En el 17 pasando por el puente esta mañana me puse a reir histéricamente.

El trovador manejaba guitarra y antara. Bien. Yo hacía eso hace un cuarto de siglo pero con armónica, y no cantaba. El recursivo trovador en medio del pasillo del autobus cantaba y rellenaba los fines de frase con tres notas de antara, descendientes. La cuestión es que las tres notas pertenecían a una escala totalmente ajena a la de la canción. No conseguí localizarlas, eso fue lo curioso, no conseguí trigonometrizar las notas de antara con las cantadas, para poder decir que tocaba en do y tenía antara en mi, o para poder decir que la antara tenía una desafinación equivalente a un cuarto de tono. No lo sabría decir. Sólo que la canción estaba en un universo, y la antara en otra, y que el empeño del trovador por casarlas rítmicamente daba risa histérica. Al final de cada sentida frase de la canción, venían esas tres notas que ni comentaban la frase, ni la adornaban, ni la contrastaban, ni la estropeaban, ni la interrumpían, simplemente no tenían nada que ver. Y fue ese magistral falta de nada que ver, esa yuxtaposición de dos universos ni siquiera paralelos, que daba gozo y algo de tristeza al mismo tiempo.

Toda la vida he tenido una especie de neurastenia, a lo Roderick Usher, con respecto a las esferas de las personas. Enciendo la tele, Ecuavisa, Contacto Directo (una belleza diaria, órdenes del médico), y veo a un tipo que dice ser alguien en la esfera de la judicatura. Es un animal acuático, sacado de The Wind in the Willows, tiene la cara medio anfibiosa, cara de haber desayunado lagartos y anguilas, tiene un discurso pausado, lento, hinchado de pretendido gravitas, pero que recuerda a un borracho intentado dárselas de sereno. Con ese trazo de artista que dibuja un círculo perfecto como quien no quiere la cosa, él nos delinea en pocas palabras su esfera. Es un lugar protegido por cristales oscuros: desde fuera parece lleno de corrupción, de podredumbre, de mediocridad, de autosuficiencia, de inmundicia. Desde dentro, con esas luces suaves y ese murmullo de bar coctelero, parece muy otra cosa. Allá todo el mundo, como en las finanzas, tiene centenares de años: los propios y aquellos adicionales que confieren el privilegiado saber, el abolengo de la secular jurisprudencia. Eso produce una actitud de paternalismo feroz. Quien se atreva a criticar una actuación jurídica cualquiera lo hace desde la dicharachera y pintoresca ignorancia del lego. Además, el "político populista" "miente". ¿Será? Se supone: "político" y "mentir" son seno y coseno; pero ¿y? Me quedé esperando, en vano, la frase importante, la humana, la que casaría su universo de algún modo con el mío. A ese gremio, empero, no le interesa demasiado confraternizarse con la especie humana. Complicaría demasiado la cosa.

JMLC tiene un post (recomendable) sobre los médicos: ¿son buenas o malas personas? Creo que la pregunta necesaria es otra: ¿son seres humanos? (Ser bueno o malo, eso son nimiedades si habitamos un mismo universo. Se puede llegar de uno a otro en avión en apenas tres horas.) Lo mismo pregunté, hace tiempo, sobre los banqueros. ¿Son seres humanos? Aparentemente, esa duda es compartida por el actual gobierno, pues no se atreve a concederles el derecho humano universal de comprarse un diario. Tal vez no lo son. Eso vuelve más llevable la tarea de ser humano, evidentemente, pues deja fuera del conjunto a los que no se pintan con nuestras marcas, y por tanto todos nuestros shibboleths de seres bien pensantes se vuelven más importantes, más entrañables. Pero en eso precisamente estriba el peligro. ¿Hasta qué punto, querido lector, tienes que ser como yo para calificar de persona con idénticos derechos o (mejor obviemos el vulgarismo) idénticas necesidades? ¿Hasta dónde la homogeneidad social? Si vamos descalificando, echando fuera de nuestro universo, a los gremios y a las subespecies más repugnantes, al final lo único que nos abriga contra el solipsismo es el uniforme de la estupidez, que nos permite todavía tener aliados o amigos.

(Me quedé pensando, en ese autobus, sobre las ganas que tenía de volver a ser busker, y por ende en el Comissar Nebot, ese perfecto hitleriano, que en el Malecón hasta tiene prohibida la música, y quién sabe si la sonrisa.)

En cambio, si haces un esfuerzo moral y aceptas como seres humanos hasta a los médicos y a los banqueros y a Jaime Nebot, entonces de repente la especie humana ya no parece tanto un hogar, y te das de bruces con la cuestión de las esferas.

Ellos viven en su mundo. Tú en el tuyo. Never the twain. Puedes, eso sí, ir a ver al médico, soportar los minutos que sea el consabido paternalismo oficioso. Somos buenos en eso de soportar: básicamente, como en el trabajo, te vuelves menos tú durante el tiempo estipulado, ahogas las particularidades, haces el papel. Pero a la avispa que te espía por la ventana, ese papel no le engaña en absoluto.

Nací y crecí en un país donde todavía había clases sociales opacas y estancas. Al conservador le interesaba cazar perdices o zorros, especular en la Bolsa, manejar un Range Roger, tener un aga en la cocina, hacerse flagelar los jueves por una discreta Madame. Con quitar el gorro delante suyo, cumplías. Ahora, algunos de sus gustos se han democratizado, otros, prohibido; además, la clase obrera es la que maneja plata, y la media, no. En España, la clase obrera simplemente desapareció (por eso se dice pesóe, con algo de prisas en la o), al ser reemplazada por técnicos o por sudacas, según el caso. A Copérnico todo eso le hubiera encantado. El baile de las esferas. Parecía que todo tenía un centro, y ahora de repente ese centro da vueltas alrededor de otra cosa. Nuestra necedad, creo, consiste en seguir buscando un centro.

Todos somos diferentes, todos tenemos nuestra esfera. Yo al valiente asambleísta le entiendo, a mi manera, claro, echándole a sus frases menos depuradas un personal adobo hecho de experiencias y de recuerdos: a veces "sí, una vez yo fui tan ingenuo como para pensar eso". Pero entenderlo, eso es la parte fácil. Su mística no depende de eso, sino de que reconozcamos a esa esfera que él habita como de alguna manera el centro de nuestra órbita, como algo de categoría superior. Reconociendo y rechazando ese instinto, nos quedamos con que él y yo somos distintos, así coincidamos en todo o en nada.  Sólo que yo lo reconozco, esa incompatibilidad de universos, y él no. Él cree tener algún reclamo sobre el mío. El presume de englobar.

En Inglaterra (the Guardian) un tal Moonbat ha escrito un artículo que "propone" que los que tengan dormitorios en su casa sin usar estén obligados a alquilarlos a los "necesitados". No se hicieron esperar los predictable howls of protest de parte de... claro, de parte de los dudosamente humanos, de los eternamente prescindibles, de los que por ser como son se autodescalifican. Uno esperaría que, en algún momento, le pase lo que a cualquier colegial, algún día, cuando su afán de impresionar le lleva a dar un paso en falso: ese silencio de reproche. Es algo que construye carácter. Lastimosamente, él como yo nunca salimos de nuestra tonta, elíptica y perfectamente mecánica órbita, y estamos en una época en que la definición de lo que calificara como tontería ha quedado en insondable misterio.