Tuesday, February 22, 2011

Con la mano en las masas

Algunos dicen que falta la vulva. Para mí que falta la hormiga.


Recibí una crítica de un reciente post. No de lector humano, ya que de ésos ya no quedan, sino de un simpático insecto que conocí hace poco. Se trata de una hormiga, de nombre Ranulph Emmet, que el otro día encontré en la pantalla de mi computadora. Entablamos amistad enseguida, a pesar de la diferencia de culturas y de idiomas (la mayor parte de la comunicación hubo de ser por señas), y tuve que reconocer que teníamos bastante cosa en común. Como yo, él había abandonado el nido a temprana edad, y se había dedicado a explorar y a ver mundo, pero cierta languidez impidió que viera más que la parte basura del mismo, aunque puede que no haya sido sólo pereza, pues tanto en su caso como en el mío es preciso reconocer una inenarrable y fatal atracción a todo lo que es desecho, trasto, desperdicio e inmundicia. En todo caso, él había venido a parar a Durán con la idea de vivir aquí una discreta jubilación. Me contó que poco después de llegar a esta casa se había perdido durante varios días en una pila de ropa sucia, y otros tantos había vivido aprisionado en uno de mis zapatos, demasiado afectado por las tóxicas exhalaciones que emanaban de las paredes interiores del calzado como para buscar la salida. Supe que tenía opiniones formadas sobre muchos temas, por ejemplo el calentamiento global (está a favor) o la caída del muro de Berlín (la considera una tragedia, pues ese muro al parecer era el hogar de varias comunidades de hormigas que tuvieron que ser desplazadas a la fuerza: exige justicia). Pues bien: esta hormiga me echó en cara el haber criticado el uso del término "las masas" en la obra del insigne poetastro, sin especificar lo que me molestaba de esa palabra. Aquí va la aclaración necesaria.

Existen muchas idealizaciones del ser humano. De cara al exterior, somos una raza de seres desnudos, pacíficos, sin nada que ocultar, a los que sólo nos preocupa corregir nuestra defectuosa medición de las distancias galácticas. Una raza de científicos habitantes de un acogedor Edén. Para los cristianos, somos tan importantes, a pesar de nuestras amontonadas culpas, como para que un dios se hubiera molestado en venir a saludarnos y a pasar por uno de nuestros rituales de la muerte. Para la comunidad pornográfica (la más simpática de todas las comunidades conocidas por mí hasta la fecha), somos cornucopia de carne y de permanente deseo, siempre listos, a toda hora hambrientos. Para los publicistas, somos los siete pecados capitales en configuración estable y altamente aprovechable: somos neuróticos consumistas aparcados delante de la tele, conectados a nuestro suero de mentiras, anhelantes de validación en el yermo vacío de nuestra patética existencia. Para los ecologistas, somos un cáncer, que pone en riesgo a una tierra otramente paradisíaca. Y para los políticos, o por lo menos para algunos, somos "las masas". ¿Qué se puede decir de las masas? Ah, thereby hangs a tale. Las masas son gente trabajadora, que sólo quieren ganarse el pan de cada día para vivir en paz con su familia. Son gente inculta, "humilde", sin ninguna pretensión de cambiar de estatus, de ser otra cosa que componente de ese gran colectivo homogeneo. Pero son seres nobles, dignos de figurar en afiches propagandísticos, sean de signo nazi, estalinista, o correísta. Sus rasgos son idénticos: buena dentadura, mentón cuadrado, mirada franca y honesta. Hombres musculosos, mujeres pulcras. Siempre están consagrados a labores que ocupan sus manos pero dejan libres sus lenguas. Y si bien pueden sostener diferencias de opinión sobre temas secundarios, intrascendentes, cuando su natural perspicacia da lugar a una confluencia de opinión, o de "interés", respecto a algún tema político, pues temblad, tiranos, llegó su hora. Así que en política, por pura cuestión de supervivencia, hay que aplacar como sea a las masas. Es excusado decir que las masas siempre tienen razón, es incluso una redundancia, pues la razón es eso, precisamente, es lo abrumadoramente mayoritario, es lo masivo.

Ahora viene la cuestión: ¿alguna vez conociste a un miembro tarjetahabiente de tal colectivo? Digámosle: un masículo. ¿Conociste a algún masículo alguna vez? Yo no. Y no es por falta de buscar. He conocido a gente "del pueblo", de cualquier pueblo, campesinos, obreros de fábrica, lustrabotas, de lo más auténticamente humilde... pero siempre resulta que la tal humildad es más ilusión óptica que otra cosa. Nadie quiere ser de las masas. Apenas nadie se reconoce como de las masas. Si se organizara una gran convención colectiva a nivel nacional, e invitáramos a todo el que sea "de las masas" a asistir, vendrían cuatro gatos. (Es un decir: algo más enemistado que el colectivismo y la naturaleza felina, imposible concebir). Por eso, supongo, la tal palabra ya no se encuentra tan a menudo en los escritos de los izquierdistas, que prefieren al "pueblo", con sus simpáticas connotaciones de patria chica. Lo mismo pasa con los obreros: todavía recuerdo, allá en los 80, a una amiga española diciendo que el PSOE tendría que cambiar de nombre, pues ya nadie en España se reconoce con la descripción "obrero": ahora todos son técnicos, y a mucha honra. (Hasta el lustrabotas es técnico en limpieza de calzado. Hay que reconocer que el oficio no es para cualquiera. A mí me fascinan los movimientos solidarios del brazo ocioso: debe de haber una explicación isométrica de eso).

Pero el mito persiste. Según su versión actualmente favorecida, las masas (o "el pueblo") puede "decidir" cosas. Y un cuerno. Si algo decide una masa, siempre será mal decidido. Mejor que decidan las personas. Cada día me asombro de que la gente no se da cuenta de eso.

Mi próximo post tendrá algo que ver con el impetuoso Orinoco.

Parerga al pimentón

astard?

¿Soy un miserable bastard? Es posible. Casi todo lo que escribo acá desde hace tiempo parece reflejar un arisco permanente. Pero por otro lado, todo lo que toco en la guitarra son insípidas baladas que a mí mismo me aburren. Uno toca lo que ha aprendido y ensayado, no lo que quisiera. Felices los que no tienen embolia entre dedos y alma.

Egipto, Túnez, ahora Libia y Marruecos. El norte de África en llamas. Puede que las diversas hermandades musulmanes secuestren esta revolución, pero no conseguirán borrar, para muchos, el recuerdo de haber salido a las calles, de haber tenido poder. O tal vez esto es una simpleza. Los recuerdos no se borran por completo, pero los aprovechados bien saben cómo reinterpretarlas, con musiquilla y todo. Aquí, lo del Lucio es gesta heroica, y lo otro, vergüenza nacional. En todo caso, da cierto morbo ver como el Telégrafo se deshacía en feroces condenas al dictador Mubarak, mientras que ahora las palabras del "presidente de Libia" (sic) son la única fuente de interpretación ofrecida para la última y más feroz matanza. No durará esto más tiempo de lo que tarda destruir todas las fotos en que Gadafi sale con un sonriente Chávez, un risueño Correa, un embelesado Morales. Ortega, menos discreto, ha salido a la defensa del criminal, pero ya nadie lo toma en serio: es fauna de alcantarillado nomás. Correa de repente se ha acordado de que callado está más guapo. There´s no business like show business.

La bonita radiógrafa de la IESS cree que tengo paquipleuritis y un proceso exudativo bronquial. Con eso conseguí sentirme importante durante unos segundos. No todo el mundo tiene un proceso exudativo. Ni siquiera Cervecería Nacional en estos momentos, creo. El lunes que viene sabré lo que eso significa. Creo que es lo mismo que lo que ya sabemos.

Intento interesarme por las preguntas del referendo, pero no lo consigo. Otros, en especial Gómez Lecaro en El Universo, han dicho todo lo que hay que decir. Obviamente se votará que sí (lo que quiere decir no a todo), y el país se hará un poquito más pequeño, que es lo que más sabe hacer. En algunos logotipos de Alianza País sale la silueta de una mano con el pulgar apuntando hacia abajo. Sólo con el tiempo me he dado cuenta de que es la silueta de Ecuador.

Friday, February 18, 2011

La estupidez del relativismo cultural

"Nasty, brutish and short", according to his friends... but at least he was fond of his dram.


El artículo tiene un espacio para comentarios, pero ya van cinco veces que me falla la conexión al intentar postear el mío. Así que acá va.

Imaginen que, de aquí un año, el gobierno de Correa declara que la democracia ha resultado ser "una etapa superada", que en lugar de elecciones, y de una constitución, a partir de ahora Ecuador será una monarquía absolutista, con S.M. el rey Rafael I como jefe de estado vitalicio, y sus hijos como herederos del trono, iniciando así una dinastía perpetua. Imaginen también que se publican datos que revelan que en todos estos años de Revolución Ciudadana, la economía del país se ha mantenido a flote solamente gracias a cuantiosos subsidios provenientes de Venezuela, y que tal dependencia acaba de ser formalizada mediante un tratado en que el Reino de Ecuador se compromete a favorecer al hermano reino chavista con el control exclusivo de sus recursos hídricos y petroleros, a más del control de su política de defensa y de relaciones exteriores. Imaginen también que el primer decreto de SM Rafael I en su nuevo avatar de Rey de los Ecuatorianos consiste en una serie de bizarras prohibiciones, entre ellas una expresa prohibición de ver televisión. A partir del año 2012, cualquier ciudadano a quien se le encuentra un aparato televisor en su casa irá directamente a la cárcel. Encima, todo ecuatoriano tendrá que llevar obligatoriamente la ropa preferida del nuevo Monarca: en el caso de los hombres, blusas bordadas, y para las mujeres, faldas largas estilo Testiga de Jehová.

Creo sinceramente que si tal cosa sucediera el año que viene, habría repercusiones. (En cinco ó diez años, tal vez no tantas... quién sabe). Entre estas repercusiones, creo que cierto bloguero de nombre Carlos Suasnavas, de Sentado frente al Mundo, se pondría a protestar. Y no sería el único. De hecho, me imagino un rechazo rotundo de parte de toda la ecuablogosfera, con excepción de Rafael Méndez Meneses, a quien seguramente le parecería una sabia y acertada decisión del actual Jefe de Estado asumir el cetro real. Y eso es así porque, en general, a la gente no le gusta que le quiten cosas. A quien se ha vuelto adicto a las vicisitudes de la Topacio (la dan por las mañanas: doy fe de que es inmensamente comestible: el peinado del galán, insuperable homenaje a la topiaria) sería duro tener que renunciar a ella, y lo mismo va para los seguidores del Caballo Garañón. Eso significa en la práctica que, si uno tiene ambiciones reales, imperiales o simplemente dictatoriales, el quid está en saber calcular el número de afectados por cada acto de sustracción, cerciorándose de que en cualquier caso se trate de una minoría fácilmente ninguneable. Por ejemplo, quitar los toros y los casinos aquí y ahora es pan comido, por lo que estas diversiones son no sólo minoritarios sino hasta un tantico elitistas. Es lamentable que pocas personas sean capaces de pensar más allá, y formar preguntas como "y si se tratara de mi diversión preferida, como p.ej. ojear a las modelos colombianas del Extra en versión electrónica que posan con sendas jarras de cerveza Brahma, ¿vería con buenos ojos que se pusiera a votación popular la prohibición de la misma, por simple capricho presidencial?" Lamentable, pero realidad. Ahora, que prohiban ver televisión en este país, no lo veo factible. La tele tiene demasiados fans. La gente saldría a las calles, y SM tendría que hacer un Lucio, con helicóptero y todo. Eso también es realidad. Tan real como para basar acertados cálculos políticos en ello.

Ahora, salgamos de bruces del terreno de la realidad y entremos en el de la moralidad (dos cuadras más abajo, pasando el semáforo, a mano izquierda).

Aquí, nos encontramos de repente con que no importa lo que la gente quiere o no, o cuántos adictos hay a las series mexicanas. Lo que importa ahora es si la tele es buena o mala. Ídem, los toros, los casinos, y un poco lo que quieras. Todo, si te empeñas, puede teñirse de uno de esos dos colores. Y lo bonito del reino de la Moralidad es que, cuando has pasado un tiempito aquí, poco a poco te vas dando cuenta de que tú eres el mismo rey, es decir que tú mismo decides lo que te parece bueno o malo. Claro que el resto no tiene por qué estar de acuerdo contigo, pero eso no importa. La cuestión es que puedes ir con tu varita mágica de Harry Potter e ir apuntando cosas y convirtiéndolas en Buenas o Malas, a tu libre albedrío. "¡Pesimissimus!", exclamas, apuntando a los Simpsons o a Walter Mercado. "¡Sanctissimus!" esta vez a Paco Velasco: y él aparece con aureola y todo, aunque solamente tú lo ves. Repito: es divertidísimo ser moralista, mientras no te olvidas de que tu moralidad es sólo eso, tu moralidad, única e intransferible.  En este espíritu, les diré sinceramente: a mí me parece que la tele es mala. Por lo menos la tele ecuatoriana. Malísima. Ahora, el problema es que hay gente que no entiende que la moralidad es un subconjunto de la estética: es decir, que el reino ése glorioso de la moralidad se sitúa al otro lado de ese semáforo que el filósofo Hobbes denominó "el problema del ser versus el debe ser" (the Is-Ought problem): lo que equivale a decir que como no existe manera de "demostrar" mi propia moralidad, de traerla acá al terreno de la realidad y así asentar su superioridad frente a la tuya, la única consecuencia legítima de mi aversión a la tele sería que yo mismo deje de verla, pues no tengo manera lícita de conseguir que mi moralidad atañe a más acciones que las mías propias. No puedo imponer a otros mi criterio, aunque haya habido referendo de por medio.

Claro que, volviendo a la realidad, ese "no puedo" lo contradice el quehacer de casi todos los políticos y gobernantes que en el mundo hay, que no dudan en imponer sus criterios morales al resto de la población, con o sin estratagemas plebiscitarios. A esas personas, cuando cruzan el umbral de la discreción, cuando ya nos han quitado demasiada cosa, se les suele llamar dictadores. Un ejemplo especialmente infame de esa especie lo constituye un tal Jigme Wangchuck, que durante veinticinco años (1974-1999) reinó sobre un país, Bhutan, donde estaba prohibida la tele - ¡en serio! Además, consideró bien que la ley prohibiera mirar directamente a los ojos al rey, y que fuera obligatorio en todo el reino llevar ropa del siglo catorce. También su reino ha sido marcado por eventos más siniestros, como la deportación masiva de trabajadores nepalíes supuestamente indocumentados, que ha dado lugar a una crisis de refugiados más allá de sus fronteras. Y como dato curioso y un tanto irónico, mencionar que él ha sido paladín de una novedosa forma de medir el progreso del país, en términos de un risible Índice de la "Felicidad" que pretende sustituir al PIB (dato que en su caso resulta algo embarazoso), y que indudablemente, sea como sea la forma de medición, notablemente excluye a la despreciable subjetividad de los trabajadores migrantes. Ahora, como parece ser que las presiones de la modernidad llegaron a ser demasiadas, su último acto fue "liberalizar" al país, permitir la televisión y la ropa moderna, y luego abdicar. Como estuvo 25 años en el trono, que no es moco de pavo, sin hacer nada de eso, es difícil ver en esos gestos tardíos el alma puro y noble de un monarca benévolo, y mucho más fácil detectar el reflejo autodefensor de una monarquía que ve peligrar su continuidad y sus privilegios. Es un poco el caso de la Reina Isabel de Inglaterra, cuando accedió allá por la época thatcheriana a pagar impuestos: para ver en ello cualquier cosa que la astucia de un carnívoro acorralado hace falta buena dosis de romanticismo, por decir lo menos.

Ahora bien, mi queja es con las personas, como el mencionado Suasnavas y alguno de sus comentaristas, que son capaces de decir cosas así:

Pero como les contaba, en 1999 el rey decidió regalar a su pueblo una nueva ventana al mundo, la televisión, pero nunca se imaginó los dramáticos cambios sociales que podrían producirse en gente que ni siquiera estaba acostumbrada a ver turistas.


Ahora, después de más de una década parece no haber sido tan buena idea abrirle de golpe los ojos al mundo a un pueblo inocente y sano como el de Bután.

El énfasis es mío. Pero por Dios: "regalar"? Un tirano que bajo la presión de la coyuntura política por fin permite que empresas televisivas operen en su país realmente está "regalando" algo? Y ¿de dónde se saca que un pueblo que vive en condiciones medievales, la mayoría en extrema pobreza, bajo una dictadura más caprichosa que la de Mussolini o Pinochet, mantenida en una forzosa y vergonzosa ignorancia por una casta privilegiada, merece el calificativo de "inocente y sano"? Y sobre todo, ¿desde cuándo es mala idea permitir que la gente se informe y se entretenga?

La respuesta a todas estas preguntas me parece que es la misma: relativismo cultural. Es decir, la doctrina de que no se puede "juzgar" lo que sucede en otro país, que tiene su religión y sus costumbres, pues todo lo que pasa allí forma parte de "su cultura", que en ningún caso podrá ser considerada inferior a la "nuestra", so pena de quedar como "imperialista cultural".

Al parecer, el propósito de esta doctrina, loable en un principio, es poner a todas las "culturas" en condiciones de igualdad. El relativista cultural en principio era aquella persona que, al ejercer de turista y viajar por el mundo, se deprimía al hallar al mismo ratoncito Mickey en los cines de los países del hemisferio sur, la misma muñeca Barbie, insultantemente rubia, en las tiendas de Lima o de Mumbai. En cambio, si ese turista encontraba que en un país los hombres llevaban turbante, en otro las mujeres se adornaban el cuello con aros, en otro la gente se emborrachaba rutinariamente en los funerales, en otro se lanzaba asnos desde la torre de una iglesia, en otro la gente no comía carne, y en otro los autobuses no se detenían, sino que tenías que entretenarte como atleta para agarrarlos al vuelo... entonces eso era bueno, esa diversidad demostraba que cada país protegía y transmitía sus costumbres y sus valores, en contra de la dominación hegemónica del aburrido Occidente (léase EEUU). Es decir, lo que se empezó defendiendo era la libertad: libertad para seguir uno, como individuo o como pueblo, sus propias costumbres. A partir de ahí, no fue un gran paso sentar el principio de la igualdad de culturas, basado en una analogía con la igualdad de las personas que forma la base del Estado de Derecho, conquista del liberalismo occidental como ya sabemos. Y aquí es donde la teoría empieza a hacer aguas.

¿Qué significa en teoría la igualdad de los ciudadanos en un Estado de Derecho? Simplemente, que nadie tiene derecho a coartar la libertad de otras personas. Si todos somos iguales, no puedo erigirme en juez de los demás, dictarles mis criterios morales y hacer que obedezca mis propios consignas en lo tocante a un putativo Buen Vivir. Del mismo modo, y supuestamente por las mismas razones, los relativistas culturales dicen que una cultura no puede juzgar a otra cultura. Ahora, ¿qué pasa cuando la realidad contradice estos principios? En el Estado de Derecho, si pasa eso, invocamos el derecho a defendernos contra la opresión. Los relativistas, de igual manera, suelen ver con buenos ojos cualquier manifestación de una cultura que "se defiende" contra un intento de una supuesta cultura "hegemónica" de imponerse. Les encanta que las tribus amazónicas se rebelen contra las petroleras. Son devotos de películas como Bailando con Lobos, en que esos "inocentes y sanos" nativos se pelean contra las sucias huestes invasoras. Lo que no quieren ver, y su condición de turistas culturales se lo impide, es que muchas de estas "culturas" inocentes y sanos se basan, en variable medida, en la opresión del individuo. Es decir: hemos arrancado desde una posición liberal de defensa del individuo, y terminamos defendiendo la opresión del individuo, por razones dizque "culturales". En nuestro Occidente, prácticas como la ablación del clítoris serían vistas como barbaridades que hacen merecedor de cárcel a quien las perpetre; pero si eso se hace en Yemen o en Nigeria, no hay problema, pues es "su cultura", y lejos sea de mí criticar la cultura de otro pueblo.

Tal posición es, francamente, cojudez al cuadrado. Da lugar a situaciones, ya frecuentes en Europa, en que un musulmán puede declarar abiertamente, sin temor a represalias ni a consecuencias legales, su odio a Occidente, a EEUU, a Israel, a los judíos, a las mujeres, a los homosexuales; en cambio, el mismo discurso, mutatis mutandis, te llevará a la cárcel si no perteneces a una de esas culturas "a las que no hay que oprimir". Aclaremos: si la propensión para juzgar a los demás, y para traducir esos juicios en actos coercitivos, puede considerarse parte de una cultura, y todo lo que sea parte de una cultura está fuera de toda crítica, entonces llegamos a la paradoja de que sólo tengo que ponerme el sombrero de "es mi cultura" para dedicarme en cuerpo y mente a aniquilar a la tuya. En cambio, si lo que realmente cuenta, y lo que nos proponemos defender, es la libertad individual, entonces no hay contradicción, pero sí en cambio hay que aceptar, o bien que la coerción está excluida de la definición de lo que es una cultura, o bien que no todas las "culturas" son iguales: algunas culturas privilegian la tal libertad y falta de coerción, otras la desestiman. Mi cultura, si me permite hacer lo que quiera mientras no perjudico a otros, es netamente y demostrablemente superior a la tuya, que te encombra de insensatas prohibiciones. Eso no significa que puedo "imponerte" mi cultura contra tu voluntad: pero sí significa que puedo emitir juicios de valor al respecto, y defender a aquellos individuos que tu cultura pretende esclavizar, dondequiera que vivan.

El problema final del relativismo cultural es que fracasa según sus propios postulados. Si "no hay que juzgar" a los demás culturas, por muy salvajes e inhumanas que sean, entonces estarían descartados no sólo los juicios negativos sino también los positivos. Nada de pueblos "inocentes y sanos", digamos. Lo que pasa es que los relativistas, bajo el disfraz de una pretendida ecuanimidad, no pueden resistirse a vender sus propios prejuicios culturales, que normalmente tienen que ver con una tonta idealización de lo primitivo, de lo "auténtico", de lo "étnico". Para ellos, los turistas, es encantador ver a un pueblo que vive "en paz" con su ausencia de tele y de publicidad, y que esa ausencia sea producto de un sistema de gobierno autoritario y hasta totalitario, que impone un conformismo salvaje y borrego, y que los habitantes de ese pueblo vivan en la miseria más absoluta, les importa un comino. Total, ellos no piensan quedarse a vivir allí. Las culturas alternativas son maravillosas... para los demás. Que un bloguero premiado pueda expresar el criterio de que la llegada del Internet en una determinada comunidad sea "un problema" me parece el colmo de los sarcasmos. A este paso, no es descartado que en Ecuador empiecen a verse cadenas del gobierno que nos venden un Ecuador mítico, lleno de pintorescos "indígenas" todos sonrientes (¿no sabías? la Sonrisa Ecuatoriana tiene fama mundial) dedicados a tareas artesanales en medio de una Arcadia rural... con la idea de imponer eso como "nuestra cultura", para que cualquier crítica hacia la misma sea vista como manifestación del Imperialismo Pitiyanqui, contra el cual, que la Pacha Mama nos proteja.

Thursday, February 17, 2011

Sucede que se cansan de ser mujer

¿Y quién les podría culpar de eso? Nosotros también nos cansamos. No con mucha frecuencia, es verdad, pero sí pasa. Yo me canso de ser hombre, en el momento adecuado, y me duermo: es lo más indicado. No sin antes fumar un cigarrillo, tomar tal vez una copita de aguardiente, mover un poquito la olla que se supone recoge la lluvia que gotea por el techo, cerrar y guardar la revista en su sitio, recoger el kleenex. Luego viene la gata a fastidiar. No sólo con el culo, sino con eso de ser gata, de tener solamente doce días de hormonas, de llanto, de enamorarse de las patas de las sillas, para luego gozar del largo verano de la indiferencia, de la salud mental, de la placidez, todo eso que ni podemos imaginar.

Muy pocas veces (pero sí pasa) uno consigue cansarse de ser hombre justo antes de salir a trabajar. Puede pasar en la ducha.

Luego, según como tienes el día, te vuelves poeta, sociólogo, humanista, matemático, santo, suicidio, mudo espectador de la tragedia humana, manifiesta en calvicies, barrigas, cintas de cabello, biblias, cicatrices, tintes, emisoras de radio. Schopenhauer tenía razón: cuando deseas, no tienes ni idea. Pones el deseo en pausa, y de repente, "he aquí". Todo se te vuelve cercano, pues ya no eres consciente de ningún espacio vedado. Y el ser humano, ese primate que se ve multiplicado en el autobús, se torna patético, inconsciente, feo (pero ¡tan valiente!), patán. Quieres olvidar por un momento tu historial de miembro de esta especie: eso fue sólo tu época de celo. Acabas de renacer a la sobriedad: acabas de descubrir tu cerebro, y tiene muchos menús. En algún submenú entre ellos podrías encontrar la sabiduría: no hay, pues, tiempo que perder. Luego sube al bus una oficinista de falda apretada y todo se jodió. Fin del descanso: a trabajar. Tu cabeza se vuelve a llenar de la aburrida salsa chillona de la lujuria, de los motivos y los propósitos. De nuevo, eres condenado a saber por qué estás aquí, y por qué no quisieras estar.


Thursday, February 10, 2011

Momento Cívico

Forma parte de la cultura escolar. En el R. hUnDido, había un tipo llamado David Kossoff que se ganaba la vida siendo leído en los assemblies a las 9 de la mañana, antes de la primera clase, ante un auditorio uniformado y resignado, entrenado para sonreir sumisamente cuando tocaba dosis de ese fofo "humor" que hacía las delicias de directores y adláteres. Siempre habrá autores piadosos "aptos para colegios". Acá supongo que Coelho y Galeano. (Y luego dicen que no practican la indoctrinación.)

Soy partidario de que en los colegios, si ha de haber literatura, que sea de la más sucia y la más auténtica. (En mi breve paso por el Colegio Ornitorrincos del Saber, opté por 1984 y Catcher in the Rye para el programa del BI). Que en cierta medida poner algo en un examen es envenenarlo, de acuerdo, pero los recuerdos de la obra perduran cuando el veneno ya perdió su fuerza. Y algunos no leerán en su vida nada más de lo que tú escoges. Atroz responsabilidad.

En este país hay un tipo, Jaime Galarza Zavala, que aparte de tener la distinción de ser quizás el único escritor premiado en el mundo que no tenga biografía en Wikipedia, parece ambicionar para sí ese niche especializado de ser autor momentocíviqueable. Lo suyo, al igual que con Galeano y Cía, son los clichés izquierdosos más rancios disfrazados de apercues. El problema, en el caso de Galarza, es que no es muy buen escritor:

Tampoco es únicamente la cercanía geográfica lo único que ha dado lugar a la voracidad imperial de los Estados Unidos, sino su propia estructura de dinosaurio universal, que no  puede vivir sin devorar pueblos y continentes. El caso de Irán, la antigua y deslumbrante Persia, es parte notable de esta historia.

Sumado a los tropiezos estilísticos (Tampoco es únicamente... lo único...), y a la confusión de metáforas y vaguedades (¿qué se entiende por una "estructura de dinosaurio", peor de "dinosaurio universal", peor todavía de uno que "devora continentes"? ¿Será que Galarza ignora que entre los dinosaurios había pocos carnívoros, y que el ecosistema de que formaron parte fue inmensamente más estable y más longevo que lo que podemos esperar del nuestro?) lo que más se nota en este artículo es un maniqueísmo rutinario, tan ensayado que degenera en un vistoso y desabrido infantilismo. Para Galarza, los países, como protagonistas en los viejos Westerns, llevan sombrero blanco o negro, y no caben más colores. Así, EEUU es el "Imperio del Dólar", la "gran potencia asaltante de naciones", y hoy, "un barco gigantesco que hace agua por todos lados". Israel, la única democracia de Oriente Medio, su "perro de presa más importante". El caso de Irán es interesante. Cuando cayó debajo del yugo yanqui, tuvo un "gobierno tiránico y corrupto", pero "bajo el liderazgo del Ayatola Khoimeni", las "masas" iraníes "iniciaron la construcción de un país soberano e independiente, que establece relaciones de cooperación y trato igual con diversos gobiernos del mundo". Que ese "trato igual" no se extiende a los propios ciudadanos de tal nación no parece preocuparle, tampoco el hecho de que "tiránico y corrupto" siga siendo una descripción perfectamente acertada de su gobierno, que se sustenta en un sistema donde los candidatos electorales que no sean del gusto de los teócratas tienen solamente la opción de retirarse o de terminar en la cárcel... un poco como si, digamos, en Ecuador para ser candidato electoral primero tuvieras que gozar del nihil obstat de Fidel Egas, Jaime Nebot y Carlos Vera. Formidable soberanía la que nos propone este escritorcillo.

Pero lo que más llama la atención es esto:

Por fortuna para Irán y la humanidad toda, Estados Unidos es hoy un barco gigantesco que hace agua por todo lado. (...) Hosni Mubarak (...) ha desatado un real genocidio para sofocar las protestas populares que exigen su renuncia y continuar disfrutando de los setenta mil millones de dólares robados al pueblo egipcio con la complicidad de Washington y el abrazo fraterno de Israel, que constituye una amenaza, no sólo para Irán y el mundo árabe, sino para toda la humanidad.

Ya me dirán ustedes. ¿Qué es lo que constituye una amenaza aquí? ¿Mubarak? la gramática lo descarta. ¿El genocidio (que no es tal: ojalá los periodistas revisaran el significado de esta palabra antes de usarla)? No alcanzamos a ver por qué la matanza de egipcios por las fuerzas de seguridad leales al dictador se erija en amenaza "para toda la humanidad", y el artículo no da pistas al respecto. Entonces: ¿Israel (o su "abrazo fraterno")? Si lo leemos así, creo que llegamos al corazón de ese infantilismo que es incapaz, por razones ideológicas, de adaptarse a la sucia y matizada realidad y de medir sus palabras en consecuencia. Si no tuviéramos la evidencia de escritores como Galarza, diríamos que es imposible ignorar que el gobierno teócrata iraní es un elemento desestabilizador y peligroso, máxime cuando su Presidente niega el Holocausto y hace alarde de sus deseos de borrar el Estado de Israel de la página de la Historia. Aliarse con alguien como Ahmadinejad significa, ineluctablemente, legitimar una visión según el cual la destrucción de Israel con sus siete millones y medio de habitantes a través de un plausible ataque nuclear sería un acto de higiene. Pero al fin y al cabo, esto es solamente una interpretación de una frase sintácticamente ambigua. Y aquí llego al punto principal:

Galarza dice ser poeta. En serio. Googléalo. Que el autor de un panfleto como el mencionado tenga tales pretensiones sorprende bastante, pues por lo menos en las tradiciones que yo conozco, el poeta se suponía un virtuoso de la palabra, mientras el periodista que escribe para El Telégrafo con ese nombre más bien desconcierta por su ineptitud lingüística, por no hablar de su podredumbre moral e intelectual. A mí me cuesta creer que un poeta, dondequiera que viva, pueda escribir sin sentir vergüenza acerca de "las masas", pueda confundir nombres de países con gobiernos, o pueda usar frases trilladas como "perro de presa" y quedarse tan pancho. Tanto me sorprendió que fui a buscar algún poema suyo. Aquí encontré uno. Cito:

Esta es la guerra de los pueblos míseros
contra el imperio de la panza llena.

Da tristeza, ¿verdad? Pero debo reconocer que existe una tradición según la cual la poesía es eso: es pretenciosidad, pose, verborrea, cualquier cosa menos inteligencia. En los colegios, en los momentos cívicos ceremoniales, siempre hay una niña que sube nerviosa al estrado para leer unos versos heroico-patriotas, en que parece ser cuestión, mayormente, de hacer unos exagerados gestos con las manos para reforzar el ritmo (apártense todos los jarros de agua antes de empezar). Consigue desembuchar todo sin equivocarse: abanderada segura. Bueno, supongo que esto es poesía de abanderadas. Da tristeza, da mucha tristeza.

Wednesday, February 9, 2011

Anhedonia

I need a fix cause I'm going down
Down to the bits that I left uptown
I need a fix cause I'm going down


El cocodrilo ("el lagarto") al final se hartó de espantar a las mamitas de los niños traviesos, o de compartir protagonismo en Ecuador Insolvente con la Gallina de Las Dos Cabezas, el Hombre de Las Tres Nalgas, la Mujer Poco Femenina, el Presentador de la Cara de Circunstancias Fotocopiada, etcétera. Se alzó en sus dos patas traseras, se salió de su bastión popular y se fue de paseo por el centro de la ciudad. En algún momento le llamó la atención un anuncio en un escaparate: cerebros humanos a $14.50 la unidad, apenas usados, ideales para estudiantes de medicina. Pero al meter mano en su bolso (de piel de cocodrilo) encontró que no llevaba ni un centavo. Así que ideó el robo. Le salió bien, y hasta tuvo tiempo para colocarse el cerebro, un poco a la maldita sea, digamos que a guisa de poke bonnet. Con el cerebro puesto, nadie hubiera dicho que era un reptil. Para los guayaquileños de a pie, era uno más: entonaba perfectamente. Hasta tuvo acceso al Malecón y todo, y las vendedoras de papitas furtivas, resignadas, ni se molestaban en protestar el hecho de que ellos todavía no y ahora incluso los reptiles carnívoros sí.

Pero...

¿Alguna vez no te ha pasado que después de cometer el robo del siglo, hayas querido simplemente dejar de huir, dejar de correr, tener dónde sentarte, abrir la funda y gozar de la vista de todas esas ganancias?

Aquí no... demasiado peligroso. Te están pisando los talones. Sigue. Sigue.

Y se te va la vida en eso.

¿O no? ¿Acaso por rumor, en cuneiforma así sea, te ha llegado a los oidos el caso Insólito de alguien que haya podido disfrutar de su cerebro mientras vivía, sin tener que esconderlo por temor de perder el empleo, o de ser reportado a las Autoridades?

La naturaleza es cruel: nos da eso, y luego no nos da tiempo. Jódanse.

Cuando tienes 12 años, el orgasmo es cosa tan nueva que hasta sabe a limón, tiene algo como astringente, como un graznido de uñas sobre pizarra, algo que se te antoja de laboratorio, peligroso. Los cuerpos normales, sanos, no hacen eso. Cuando eres viejo, en cambio, los orgasmos son como Testigos de Jehovah: tienes que esconderte para que se vayan. Y no dejan de preguntarte a través de cualquier reja qué opinión te merece la situación del mundo actual.

¡El puto mundo actual!
¡El puto mundo actual!

Hoy faltó un ilustrador japonés en las riberas del Guayas para esbozar esos pescadores, los últimos, los que todavía intentan sacar de ahí para comer, mientras el segundo puente sigue intentando unir a dos signos de exclamación sacados mediante tortura del diario Extra (¡...está en marcha!). Vi a esos pescadores y ya no me emocionaron como antes. En la Metrovía entre cabezas aprensivas salió en pantalla una foto de un conejo con la leyenda: Extinción. Me lo puedo creer. Ya todo se extingue, para hacerme compañía supongo, aunque todavía no, para hacerme menos compañía. Creo que algún conejo aún defecará sobre mi tumba: cuento con ello. Pero ya no habrá más Coney Islands. Y todo porque nadie se dio cuenta a tiempo (ni algunos libertarios, de los chifladotes quiero decir) que la alternativa a regular no es desregular sino privatizar. Es decir: los pescados escasean porque los peces escasean, y a los adictos al bacalao sólo se les ocurre decir que el dueño de esas aguas tiene que poner más reglas, en vez de decir ya está bien que el Estado deje que cualquier desaprensivo dinamite las existencias de corvina, lo que tiene que hacer es poner esas aguas y esos recursos en manos humanas, de esas manos que cuidan cosas por ser suyas, preferente manos adobadas con Oil of Olay (antes Ulay), y evidentemente manos así no salen en las hojas electorales. (Mi hermana dice que llevó a cabo un estudio científico: a todas sus amigas que tenían la piel más juvenil sapeó en su cuarto de baño, y nada de supercherías francesas de alto vuelo, todas tenían eso, el humilde Olay, olé).

La cuestión es que ya nada me emociona como antes. O tal vez sí... pero repaso la lista de los consuelos habituales y encuentro allí mucho relleno, mucha paja. Lao Tze, por ejemplo, hallo que tiene un espantoso tic facial. Todas las canciones del mundo aburren con viejos chistes de sobremesa. La política apesta. Quien vota "sí a..." lo que sea, ya no me inspira ternura ni irritación, sino sólo asco. Los votos no son para "contestar" que sí, esto no es una charlita maldita sea: son para contratar sirvientes, y si dejas que inviertan los papeles y te contraten a ti, entonces te falta embadurnarte de mocos, desnivelar tus hombros, poner cara de top model con diarrea e ir chocando con postes y diciendo "uuc, uuc". Realmente.

Busco lo fuerte, lo que todavía es capaz...
 
Hay un Jesús pero no es de los más conocidos. Es atrozmente mal hablado y en vez de dejarse crucificar, segó a medio centenar de commanipulares diversos con una metralladora al estilo Rambo. Ahora se le ve gigante, al atardecer, flotando encima de los árboles del horizonte. No habla, ni se interesa...
 
Nada, lo único son los recuerdos.
 
Mi hijo, últimamente, parece empeñado en seguirme la pauta en todo. Algunas ganitas de hablar tuvo pero se le pasaron. Ahora se ha dedicado por completo a desarrollar sentido de humor, es decir ojo para la incongruencia. Como yo, siempre estará a años luz de las zonas seguras de la aceptación social; vestirá por dondequiera la inconsciente soledad.
 
El pescado se retuerce; la basura se amontona alrededor.

Friday, February 4, 2011

Confessions of a BBC Liberal

Lo siguiente son extractos de un artículo que me pareció harto interesante y hasta sinuosamente relevante. El hecho de que ya apenas nadie se cree el cuento de una BBC "neutral" y "de calidad" se podría relacionar con anteriores discusiones sobre los medios públicos, pero no es lo principal. Lo encantador aquí es la manera franca y desenfadada en que el autor diseca sus propias aberraciones juveniles. (Been there, borrowed the T shirt, threw up in it.)


We belonged instead to a dispersed ”metropolitan-media-arts-graduate” tribe. We met over coffee, lunch, drinks and dinner to reinforce our views on the evils of apartheid, nuclear deterrence, capital punishment, the British Empire, big business, advertising, public relations, the Royal Family, the defence budget… it’s a wonder we ever got home. We so rarely encountered any coherent opposing arguments that we took our group-think as the views of all right-thinking people.

The second factor which shaped our media liberal attitudes was a sense of exclusion. We saw ourselves as part of the intellectual élite, full of ideas about how the country should be run, and yet with no involvement in the process or power to do anything about it. Being naïve in the way institutions actually work, yet having good arts degrees from reputable universities, we were convinced that Britain’s problems were the result of the stupidity of the people in charge. We ignored the tedious practicalities of getting institutions to adopt and implement ideas.


This ignorance of the realities of government and management enabled us to occupy the moral high ground. We saw ourselves as clever people in a stupid world, upright people in a corrupt world, compassionate people in a brutal world, libertarian people in an authoritarian world. We were not Marxists but accepted a lot of Marxist social analysis. Some people called us arrogant; looking back, I am afraid I cannot dispute the epithet.


We also had an almost complete ignorance of market economics. That ignorance is still there. Say ”Tesco” to a media liberal and the patellar reflex says, “Exploiting African farmers and driving out small shopkeepers”. The achievement of providing the range of goods, the competitive prices, the food quality, the speed of service and the ease of parking that attract millions of shoppers every day does not show up on the media liberal radar.


The third factor arises from the nature of mass media. The Tonight programme had a nightly audience of about eight million. It was much easier to keep their attention by telling them they were being deceived or exploited by big institutions than by saying what a good job the government and the banks and the oil companies were doing.

Our knowledge of public events and political arguments come direct from the media rather than from a face-to-face group. We still have some local, territorial group memberships, but their importance is now much diminished and their influence weakened.


These four factors have significantly accelerated, and indeed intensified, the spread of media liberalism since I ceased to be a BBC employee 40 years ago. It still champions the individual against the institution. The BBC’s 2007 impartiality report reflects widespread support for the idea that there is “some sort of BBC liberal consensus”. Its commissioning editor for documentaries, Richard Klein, has said: “By and large, people who work in the BBC think the same, and it’s not the way the audience thinks.” The former BBC political editor Andrew Marr says: “There is an innate liberal bias within the BBC”.


For a time it puzzled me that after 50 years of tumultuous change the media liberal attitudes could remain almost identical to those I shared in the 1950s. Then it gradually dawned on me: my BBC media liberalism was not a political philosophy, even less a political programme. It was an ideology based not on observation and deduction but on faith and doctrine. We were rather weak on facts and figures, on causes and consequences, and shied away from arguments about practicalities. If defeated on one point we just retreated to another; we did not change our beliefs. We were, of course, believers in democracy. The trouble was that our understanding of it was structurally simplistic and politically naïve. It did not go much further than one-adult-one-vote.


We ignored the whole truth, namely that modern Western civilisation stands on four pillars, and elected governments is only one of them. Equally important is the rule of law. The other two are economic: the right to own private property and the right to buy and sell your property, goods, services and labour. (Freedom of speech, worship, and association derive from them; with an elected government and the rule of law a nation can choose how much it wants of each). We never got this far with our analysis. The two economic freedoms led straight to the heresy of free enterprise capitalism – and yet without them any meaningful freedom is impossible.


But analysis was irrelevant to us. Ultimately, it was not a question of whether a policy worked but whether it was right or wrong when judged by our media liberal moral standards. There was no argument about whether, say, capital punishment worked. If retentionists came up with statistics showing that abolition increased the number of murders we simply rejected them.

*****


I do not think the same is true today. The four mitigating factors above have faded into insignificance, but the media liberal ideology is stronger than ever. Today, we see our old heresy becoming the new orthodoxy: media liberalism has now been adopted by the leaders of all three political parties, by the police, the courts and the Churches. It is enshrined in law – in the human rights act, in much health and safety legislation, in equal opportunities, in employment protections, in race relations and in a whole stream of edicts from Brussels.


It is not so much that their ideas and arguments are harebrained and impracticable: some of their causes are in fact admirable. The trouble – you might even say the tragedy – is that their implementation by governments eager for media approval has progressively damaged our institutions. Media liberal pressure has prompted a stream of laws, regulations and directives to champion the criminal against the police, the child against the school, the patient against the hospital, the employee against the company, the soldier against the army, the borrower against the bank, the convict against the prison – there is a new case in the papers almost every day, and each victory is a small erosion of the efficiency and effectiveness of the institution.