Thursday, June 30, 2011

Porque sí



"Love is a great force in private life; it is indeed the greatest of all things; but love in public affairs does not work. " (EM Forster)

Donde sí funciona el amor es en, verbigracia, la producción de esta canción. Pocas son las que cada vez que escuchas, son otras.

Tuesday, June 28, 2011

Más Cisnexualidad

Entendido este término como refiriéndose a sexo con cisnes. Primero, claro, el aviso de rigor:

LAS SIGUIENTES IMAGENES HAN SIDO CLASIFICADAS COMO "PG". SI USTED ES MENOR DE 18 MESES, MAYOR DE 98 AÑOS O ES DIRECTOR CULTURAL DEL MUNICIPIO DE GUAYAQUIL, DEBE VERLAS ACOMPAÑADO POR UN ADULTO RESPONSABLE.

[  ]  Soy mayor de 18 meses. ¡Déjame ver!
[  ] Soy tierno infante o viejo chocho. Pero creo que aguantaré.
[  ] Soy Melvin Hoyos. Lléveme a Disneylandia.

Bien. Procedamos.











Lindas ¿verdad? Pues ni una entraría en el Salón de Julio. Sexo explícito: nanay. Con animales: vade retro. Y aberrante: ¿cómo más se puede calificar a Rubens, a Géricault o a Bartolomeo Ammannati?

Dimes y disparates

Werner Vásquez Von Schoettler se levantó hoy de malas pulgas.

Se dice ["Disparates"] de las obras o pronunciamientos que no tienen razón ni sentido. Por ejemplo, cuesta creer que bajo la solapa de un discurso argumentado y seudo académico, algunos de los llamados críticos a la intervención del Estado en la vida social, afirmen que son los medios periodísticos privados los llamados a ser los ejes morales de la sociedad. Estos medios de pronto han sido garantes de la democracia, de la libertad y expresión fiel de la anticorrupción.

Sí, cuesta creerlo. Por eso es que apreciaríamos una cita que demuestre que algunos de esos llamados críticos realmente afirman eso. Ya sé que en El Telégrafo, sección Opinión, no se acostumbra citar al adversario, siendo más cómoda la "libre interpretación", pero en un caso así realmente ayudaría a la credibilidad del articulista. Por mi parte, nunca he escuchado a nadie afirmar nada remotamente semejante a lo que se postula aquí. Que los medios hayan sido garantes de la democracia, según latitud tal vez haya quien lo afirme: pero ¿que sean "ejes morales de la sociedad"? Este tipo de disparate suele delatar el artífice del llamado hombre de paja.

(Hombre de paja: ese adversario dialéctico convenientemente torpe y exagerado, contra quien los ociosos ganan sus más sonadas victorias.)

Claro que el liberal defiende la existencia de medios privados. Tal defensa no implica ningún juicio de valor acerca del contenido o de la calidad de éstos. Defender la libertad de expresión de un sujeto no implica estar de acuerdo con lo que dice, ni siquiera con cómo lo dice. Esto es básico.

En todo caso, si el articulista quiere dar a entender que puede existir una democracia sin medios privados, no tiene más que citar un ejemplo. Sólo uno. La idea es interesante. Somos todo oídos.

Bien sabemos que existen intereses económicos determinantes en el quehacer de los dueños de esos medios que, a su vez, determinan el quehacer periodístico de sus empleados.

Hace poco salió una cadena del gobierno (glosada aquí) en que un tal Xavier Lasso comenta, con cierta amargura, que después de quince años escribiendo para El Comercio, un día "la señora no quiso" publicar uno de sus artículos, con el llamativamente mentiroso título "Yo Soy Palestino". Con lo que se colige que el tal Lasso estuvo quince años escribiendo para El Comercio sin que su "quehacer periodístico" fuese "determinado" por nadie. Dato significativo, sin duda. Quince años son muchos años.

No vayamos a negar que los intereses económicos de los dueños de un medio puedan incidir en la selección y la presentación de la información. Pero también es cierto, primero, que pasa exactamente lo mismo, sólo que aparentemente a escala mucho mayor, en la prensa dizque "pública" (botón de muestra: El Telégrafo) respecto a los intereses no solamente económicos sino políticos y electorales del gobierno; segundo, que las lagunas informativas y el sesgo resultantes de este fenómeno se combaten mejor, no con menos medios privados, sino con más (a menos que se quiera argumentar que los "intereses económicos" de todos los medios privados siempre serán los mismos); y tercero, que donde existe una situación de competencia entre diferentes medios privados (es decir, donde el consumidor tiene libertad de elección), el nivel de sinvergüencería que un medio puede permitirse sin lanzarse al suicidio comercial será inversamente proporcional al nivel de educación de su público. Dicho de otra manera: ceteris paribus, una población determinada tenderá a gozar de los medios que se merece.

Pero todo esto es muy básico. Lo que llama la atención en todos estos debates es la curiosa inversión de los papeles respecto a los países europeos o del pérfido Norte. El liberal, en EEUU o en Europa, es una Casandra que no hace más que maldecir a los MSM (mainstream media, o principales medios privados) por su sesgo ideológico antiliberal. Es el primero en arremeter contra la mediocridad, la ligereza, la mentira, la falta de pluralidad; por lo que a veces el discurso hóstil de Correa parece un calco, o una parodia, del discurso crítico liberal en esos países. Donde se aprecia la diferencia, obviamente, es en las soluciones propuestas. El liberal propone debate, educación, pluralidad de voces, nuevas iniciativas privadas para romper la hegemonía de los medios mercantiles, de la ascendente Murdocracia. El socialista propone cierre de medios, censura, una verdad única, propaganda e indoctrinación. Luego dice que es muy moderno.

Ahora, esos determinantes no son simples actos mecánicos, sino que se adornan con el discurso definido ideológicamente de ser empleados de medios que luchan por la libertad de expresión. Estas empresas productoras de noticias ponen en circulación la información que corresponda a su agenda informativa.

Terrible, ¿verdad? Cuando la agenda informativa que tendrían que seguir es la del gobierno.

Entonces estos defensores de la libertad de opinión son los mismos que defienden a raja tabla la libertad de mercado.Por eso, cuando se trastoca esa fábula del libre mercado, consideran que se atenta a la libertad de los individuos.

Fuera bueno que nos explicara cómo se puede agredir al mercado sin agredir a los individuos que lo conforman. Eso suena como esas maravillosas bombas inteligentes de los gringos, que derriban edificios sin tocar a las personas que están dentro. Si estabas en el quinto piso, tranquilo, el edificio se cayó alrededor tuyo pero sigues flotando en el aire, conversando con tu compañero como si nada, o como si Roadrunner. Impresionante, siempre lo pensé.

En esas fantasiosas imágenes de lo social, son ellos los seguidores de pensadores neoliberales como Friedman e incluso hacen decir cosas a Adam Smith que nunca dijo. Afirma que éste definió un sistema económico fundamentado en una mano invisible y que el mercado se autorregula, casi mágicamente.


No sé quién afirmará esto (el sujeto tácito singular parece salido de la nada), pero no importa. Lo que importa es que Werner Vásquez Von Schoettler (respetemos la mayúscula telegrafista) cree que el mercado no se autorregula, casi mágicamente, sino que necesita que alguien, preferentemente un cabal de economistas jóvenes, sonrientes, comprometidos en lo social, y exquisitamente progresistas, regule al mercado para que nos provea no solamente de laptops y de Blackberries sino también de justicia social, de salud universal, de igualdad y trabajo y soluciones carbon friendly, y todo esto sin magia alguna. Y entonces, cuando se levanta y ve un artículo de la Calderón y por curiosidad pincha en eso del Cato Institute y ve que en algún lugar hay gente que no cree en nada de eso, se cabrea.

Está bien que se cabree. Nosotros nos cabreamos cuando nos levantamos y vemos otro artículo defendiendo el robo, la pillería, la esclavitud y el odio. Algún día nos tendríamos que sentar y comparar cabreos. Podría ser instructivo.

De momento, y sin que el bueno de Vásquez logre explicarse un poco mejor, tendré que suponer que este cabreo suyo es algo así como el Five Minute Hate de Orwell, el aullido colectivo contra un esperpento llevado a categoría intelectual, el Enemigo Universal Plurivalente de tan larga vida, ese malvado y pérfido capitalista con sombrero de copa, frac y vistoso embonpoint, apoteosis del egoismo mezquino, de la sobreexplotación, de la apropiación de lo ajeno. Ese ser, en la imaginación de Vásquez, está "detrás" de todo ese "discurso argumentado y seudo académico" que tanto le ofende. Todo ese edificio ideológico está solamente para servirle de coartada al desalmado explotador. Está bien, está bien. Cálmese un momento.

En realidad, y esto es fácilmente investigable y comprobable, los mayores productores de artículos seudo académicos liberales son hombres divorciados de mediana edad, de escasos recursos, reducidas destrezas sociales e incipiente calvicie, que andan en bicicleta o en un destartalado Honda Civic, manifiestan relativamente poca preparación académica, pero lo compensan todo con una gran pasión y una tenaz curiosidad intelectual que data de aquella fecha en que, por accidente, descubrieron que la economía era algo que les afectaba y que era, además, un tema susceptible de discutirse racionalmente, partiendo de principios sencillos y transparentes. A veces, sí, son aburridos, como cualquier viajante por el Camino a Damasco: tienden a repetir fórmulas y eslóganes con aire de evangelistas pasmados. Son susceptibles a crítica desde infinidad de ángulos: pero lo que no son, es vendidos. Creerse otra cosa es demostrar poca habilidad de lectura y nulos dotes intuitivos.

Para vendidos, para congregados en torno al sagrado abrevadero lleno de billetes ajenos, El Telégrafo. ¿O ya se olvidaron de la purísima virginidad de los aromas espirituosos?

En cuanto a ese mercado "regulado" desde fuera, por los sonrientes economistas, los Krugman y Stiglitz y Correa, convengamos en que conforma una bonita y tranquilizadora visión. Y no, no seamos tan malcriados como para devolverle al articulista su calificativo de "fábula". Simplemente constatemos que los agentes en el mercado que quieren entregar su libertad a cambio de - hasta la fecha - nada, son muy suyos para hacerlo, y los que no queremos, por ese prejuicio que tenemos a tenor de que no existen hoy iluminados ni pastores de pueblos que valgan, pues también.

Toman a autores como Gwartney o Lawson para decir que donde hay mayor “libertad económica se percibe menos corrupción”, semejantes disparates llevan a creer que si hay más empresa y menos Estado la gente es más honesta.

Galimatías. El nivel de corrupción no depende de la honestidad de la gente, pues ésta se toma como una constante independiente del sistema en que opera; cualquier otra cosa sería ingenuidad rayana en cojudez. La corrupción, según Klitgaard, se puede determinar por una simple fórmula: corrupción = monopolio + discreción - fiscalización (o transparencia: estoy intentando traducir "accountability"). Evidentemente, la mayor libertad económica incide en la corrupción en tanto se destruyen los monopolios, se diversifican las opciones para el consumidor, se agudiza la competencia, de modo que la empresa corrupta pierde clientela a la que no lo es, o no lo es tanto. Un ejemplo práctico: cuando hicieron los bordillos de mi calle, como antes comenté, tuve que desembolsar $70 para que el empleado del Municipio (que en esto de los bordillos ostenta monopolio) me practicara una bajada que me permitiera sacar del garaje al carro que entonces tenía. Como no había ni competencia, ni reglas claras, ni por supuesto nada de fiscalización, no había más remedio. Pero en una sociedad libre, donde la comunidad puede escoger al contratista para este tipo de obras, evidentemente se acordarían precios y bajadas de antemano. Está claro que la liberalización ataca la corrupción, sin tener que postular ningún mejoramiento en la "honestidad" de la gente.

Disparates que bien se pueden confrontar empíricamente en las llamadas economías abiertas, las cuales, por cierto, andan hace varios años creciendo poco, casi en la quiebra, favoreciendo a las grandes corporaciones y dando como producto el que existan más ricos a costa de empobrecer a sus propias poblaciones.

Se ve claramente que la visita del autor a El Cato fue breve y las conclusiones, superficiales. Evidentemente, Vásquez cree que el liberalismo tiene algo que ver con nacionalismos, con adhesiones a países que se supone son "de los nuestros", a partir de lo cual se libran batallas de estadísticas para demostrar que los nuestros son mejores, que crecen más, etcétera. Ojalá por lo menos profundice en sus lecturas heterodoxas al menos hasta comprobar que si esas "llamadas economías abiertas" se están acercando al abismo, para el liberal eso demuestra que no son tan abiertas como pregonan. De hecho, a estas alturas eso debe ser evidente. ¿Cómo puede acercarse un país a la quiebra? Pues gastando más de lo que se tiene. ¿Cuál es la receta liberal? Dejar de gastar. ¿Y la socialista, la propugnada por Krugman y todos los demás progresistas iluminados? Gastar todavía más. Si se me escapa un "¡D'oh!", sean comprensivos.

Por otro lado, ese zero-sum game en el que sólo puede haber ricos a costa de empobrecer a otros demuestra que de economía el Sr Vázquez no tiene más idea que yo de cocina esmeraldeña.

Y no digamos las formas de extracción de riqueza que sistémicamente obtienen de los países del tercer mundo. Estos dizque defensores del liberalismo -como ahora se denominan- terminan repitiendo los discursos economicistas y políticos de hace cuarenta años. Algunos de estos son aupados en organizaciones como El Cato, que tiene como eslogan: “libertad individual, gobierno limitado, mercados libres y paz”.

Aunque no se dé cuenta, el Sr Vásquez tiene una gran ventaja, al residir en un genuino y auténtico "país del tercer mundo", pues este hecho le permite acercarse y ver de cerca todo ese proceso "sistémico" de extracción de riqueza por parte de las grandes corporaciones. Por ejemplo, puede observar cómo, en el Ecuador, se exporta materia prima, sea cacao, petróleo, flores, sin agregarle valor a estos productos vía procesamiento posterior. Ni siquiera una refinería de petróleo; ni una puta industria de chocolate. Ahora, ante una situación así, hay al menos dos reacciones posibles. Una, galeanista, la de ponerse a llorar y a culpar al malvado Norte, al capitalismo, al imperialismo, al "sistema" de la falta de emprendimiento que en esto se demuestra. Otra sería elevar a estatus de urgencia la necesidad de cambiar el rumbo del país, creando un entorno que favorezca el emprendimiento, donde haya estabilidad, perspectiva de ganancias a largo plazo, garantías institucionales a la propiedad privada y al estado de derecho, y respeto a los derechos individuales, de tal manera que pueda florecer una economía que no se base solamente en extracción y exportación sino en añadirle valor propio a las exportaciones. El problema con este segundo planteamiento es que quien lo haga puede ser acusado de liberalismo. Por tanto, tal vez el hueco eslógan antiimperialista sea solución más prudente.

Y bueno, vemos que su gran modelo es la sociedad estadounidense. Su modelo se centra en que solo los grandes empresarios son el llamado “sector productivo”, son ellos quienes solamente tienen iniciativa, todos los demás son ciudadanos de segunda clase que por naturaleza deben ser gobernados, dirigidos, administrados. Ya es hora de desacralizar el viejo ideario liberal el cual a fuerza de balas se nos impuso como ejemplo de sociedad moderna.

Yo soy liberal, y no considero que la sociedad estadounidense sea en la actualidad modelo para nada. Pero en todo caso, esto es secundario. Lo que llama la atención aquí es que el autor aquí distorsiona al liberalismo hasta tal punto que queda completamente irreconocible. ¿Por qué lo hace? No sé, pero es llamativo que acuse al liberalismo de precisamente lo mismo de que acusamos a los neopopulistas y al socialismo: de crear ciudadanos de primera y segunda clase, de querer "dirigir" desde arriba e imponer por la fuerza. Fuera bueno si por lo menos en eso nos pudiéramos poner de acuerdo: que ni la sociedad, ni el mercado, necesita que nadie la "regule" ni la "gobierne". Entonces sí habríamos progresado.

Los foros sociales mundiales claman “otro mundo es posible”, incluso “otro Dios es posible”. Frente a tanto desquicio religioso es posible, también, otro mundo moderno.

Estaría interesado en conocer más sobre ese otro mundo posible, oh grande y profundo pensador telegrafista. Sobre todo, si en él por lo menos se me permitirá fumar un cigarrillo en la calle a una distancia de 20m del ser humano más cercano, o si me será permitido comprarme una cervecita en la tienda de la esquina los domingos. Empecemos, ¿por qué no? aplacando cabreos, que últimamente y a decir verdad se me están acumulando a marchas forzadas (sí, Werner, usted no es el único). Luego hábrá tiempo para lo espinoso. ¿Qué le parece?

Sunday, June 26, 2011

Identidad sexual

Cuando eras bebé, tu mamá recogía mechitas de ese escaso cabello que poblaba tu cráneo en pequeños copetes, como promesa de que más adelante aquí habría cabellera de niña como Astarté manda. O bien no lo hacía, porque según su parecer no eras niña. En cualquier caso, no te consultó tu opinión o preferencia, en parte porque aun no sabías hablar, y en parte porque en esas generaciones pasadas la gente era todavía tan bruta que pensaba que el género (niño o niña) era algo que venía determinado por el sexo (o sea, por los órganos genitales). De modo que creciste con la idea de que, si bien eras libre de decidir si te gustaban los Jonas Bros o si preferías a Justin Bieber, el hecho de ser niña (o niño) era algo que no dependía de ti, y que no era posible cambiar; de modo que lo sensato era aceptar lo inevitable e intentar sacar el mayor provecho posible de las posibilidades del género que te había sido asignado, sin perder tiempo con el ojalá. Eso fue ayer.

Hoy descubriste que la cosa no es, realmente, tan sencilla. En primer lugar, existe la posibilidad de cambiar de sexo (o por lo menos de aparentar garbosamente tal cambio) mediante cirugía. En segundo lugar, resulta que todas esas cosas que según los papás, los profes y los curas tenías que hacer, o que tenían que gustarte en función de tu género, en último término son sujetas a tu propia voluntad. Puedes estar de acuerdo con todas ellas, con algunas, o con ninguna. Lo que no deja de ser una muy buena noticia, pues a nadie nos gustan las cosas impuestas, las obligaciones porque sí. Tu identidad sexual la construyes tú, según tus propias preferencias, al igual que cualquier otro aspecto de tu vida personal. He dicho preferencias. A la edad que tienes, se supone que ya sabrás qué es mismamente lo que flota tu barco. Y no me refiero solamente a que te puede hacer tilín un cuerpo masculino, o uno femenino, o ambos, o ninguno. Aparte de esas tendencias, digamos, mayores o directrices, seguramente soñarás con algo un poquito más específico y coloreado. Juventud, madurez, tal vez, cabellera larga y ondulada o pecho rocoso e hirsuto, caderas anchas o estrechas, caras inocentes o viciosas, ternura, violencia, inteligencia, convencionalismo plácido, todas son opciones, tanto en la construcción de tu propia identidad como en la construcción de ese filtro que aplicas para aceptar o rechazar posibles parejas. De modo que lo primordial es saber lo que uno quiere. Lo que quiere ser, y lo que quiere encontrar.

Pero luego, para muchos de nosotros, sobrevienen una serie de decepciones, fruto del encuentro con el mundo real y con sus necesarias limitaciones. Yo, por ejemplo, con apenas siete años decidí que no me gustaba el fútbol. Sabía que tenía que gustarme, por aquello de mi corporalidad varónica (vide infra), pero no había manera. Me parecía (y me sigue pareciendo, aunque menos) una manera frívola de pasar esos preciosos minutos de libertad en el recreo. Además, recelaba de esas caras de intenso sufrimiento y ese afán de liderar y de enviar a "posiciones" que ya manifestaba Andrew C., el hincha de Manchester de mi clase. Sin embargo, ¿cuántas veces en lo posterior hubiera deseado poder conversar sobre ese deporte de idiotas, simplemente para no dar la nota? En un grupo de hombres, el que no se interesa por el fútbol es, inevitablemente, el que camina en el bordillo de la acera, descendiendo a pisar alcantarilla para evitar los postes. Es el que sólo está ahí, satélite de la mesa del bar, para hacer bulto; y el que, de puro aburrimiento, escribe un cuento mental por cada hembra que aparece bañada de luz en la puerta del baño. La ciencia del fútbol es una disciplina como cualquier otro: requiere un sacrificio, y no estuviste dispuesto a tanto. Tienes que cargar con las consecuencias de tus propias decisiones. Si no te aprendes por lo menos algunos nombres de jugadores y de estadios y algunos sonados marcadores, ¿cómo quieres llegar a macho siquiera beta? Hay que ser también, oh pequeño saltamontes, un poquito coherente.

Del mismo modo, si la mujer de tus sueños no se conforma con menos de un Dolph Lundgren, o renuncias a ella o renuncias a la lectura de las obras completas de Dickens. Una ley elemental dicta que no se puede ser a la vez repepudo y resesudo, por aquello de que el día sólo contiene 24 horas. El hombre renacentista no sobrevivió a la especialización. Somos, primero, prisioneros de nuestros gustos, y en esto del mercado sexual, luego siervos de los gustos de nuestros gustos. Y como en todo mercado, hay buenos compradores, hay derrochadores, hay cuenteros de Muisnes con sus respectivos cojudos, y hay quien no vende por fantasioso e intransigente.

Y no es para que siempre estés vendiendo, tampoco, joé.

El narcisismo es, a estas alturas, una opción consagrada dentro de la riquísima gama de opciones sexuales: o mejor dicho, es una variable más que conviene sepas graduar según preferencia. Para saber lo que sería una sexualidad con cero narcisismo (lo que quiere decir, en este contexto, automanoseo), pregúntaselo a Proud Mary, personaje antaño bien conocido en Internet. Era una mujer norteamericana (con floribunda página web incluída) con la singular pretensión de casarse con un hombre que en su vida se hubiera hecho una paja, y que compartiera con ella la creencia de que la masturbación era una Abominación ante el Señor. Supongo que ella quería ser para ese hombre fuente de todo goce, de todo alivio, puerta del paraíso con opción al infierno. En su juventud se habría entretenido paseando suculentos trozos de carne delante de las babeantes fauces de un perrito enjaulado y muerto de hambre. Por el otro extremo, entramos en el territorio de Buffalo Bill, el de la película, ése que quería volver obsoleta a la mujer reemplazándola por un traje de piel y un espejo. En medio de estos extremos estamos el resto, los que cabalgamos a diario sobre nuestras pasiones y sus improvisados sucedáneos, los que negociamos entre múltiples prioridades, que sopesamos goces y servidumbres y nos endeudamos con fantasías para pagar la planilla de la triste realidad.

Porque ya se sabe: post coitum omne animal, &c.

En el nuevo blog de xaflag, Gkillcity, una escritora invitada nos propone estas hilarantes reflexiones:

En todo caso, ensayando la aplicación de cis en materia de género, una mujer cis vendría a ser alguien que, asignada mujer al nacer, a partir de la constatación de una corporalidad hémbrica, no rechaza esa asignación genérica sino que la acepta y mujer se queda. Y un hombre cis sería lo mismo, pero al revés: alguien que fue asignado hombre por la sociedad a partir de la constatación de una biología de macho, y que abraza esa identidad de hombre con gusto, entiendo, o por lo menos, con conformidad. No tengo muy claro qué pasa con las personas que abrazan su asignación genérica sin particular agrado, o incluso con resignación. ¿Seguirán siendo cis? ¿O serán trans de clóset? Confieso que hasta ahí no llegan mis conocimientos sobre cisexualidad.

Lo que me choca de esto, aparte de la saña con que agrede al idioma ("corporalidad hémbrica", ¡chucha!), es la pedante simpleza de las opciones brindadas. Resulta que fui "asignado hombre" (en mi caso, con matices, digamos: esta historia la reservo para el lecho de muerte, que no tarde): a ver, a ver, ¿qué mismamente se me ofrece? "Abrazar esa identidad... con gusto", "con conformidad", "sin particular agrado", "con resignación", o netamente no abrazarla, sino rechazarla con épico desdén, lo que me convertiría en trans. Un momento. Pero un momento.

Nadie, salvo que en su cabeza tenga un ZX80, es hombre o mujer todo el tiempo, y con las mismas ganas. Yo fui hombre agradecidamente, entusiasmadamente, enteramente y con ganas, durante unos cuantos meses en el año 2001. Esos meses bien valieron una vida de incertidumbre y espera. El resto de mi vida digamos que fui hombre en construcción (o, últimamente, en retiro), pero incluso esto es una constatación superficial, post hoc, pues durante gran parte de este tiempo la etiqueta de hombre me resumía tanto como una etiqueta en una galería de arte puede resumir un cuadro. "Altote Patosote, 188x30x50cm, semen sobre tela, 1961": un simple token para la sociedad, que en mi caso es un ente que consiste mayormente en conductores de autobus y vendedores de cigarrillos. Que la mirada de esas personas, por el simple hecho de ser Otros, me defina, es un supuesto en este imperio enérgicamente no consentido. Pero resulta que hacia dentro, uno no se preocupa tanto por definirse como por indagar en las cualidades de la Amada y en cómo rendirle pertinente homenaje. He sido hombre siempre en la medida y con la frecuencia que Ella ha querido; y cuando Ella no ha querido, he sido cualquier cosa.

La infancia, sobre todo, es la patria de esa "cualquier cosa". Todavía recuerdo ese baúl de mi hermana mayor, siempre tan inglesa ella y tan asexuada (valga la redundancia), con ese insospechado tesoro, el traje de Sheherazade, todo velos y lentejuelas, con ese imposible panty, cola incluida, toda una invitación al travestismo infantil. Pero lo que fui, durante aquellos furtivos minutos, no me consta que era algo tan desarrollado y consciente como lo que puede sugerir la palabra mujer. Quedemos en que quise probar atributos, disfraces, sensaciones. Quise, confusamente, sentirme blanco, diana, caza, presa. ¿Tiene esto algo que ver con querer ser mujer? Sólo si de la palabra mujer extraes una alambicada, cuestionable y hedionda esencia subjetiva, con fuertes notas masoquistas, y la elevas a categoría. No me atrevo a tanto. Muchos años más tarde, la Pilar quiso vestirme y maquillarme "de mujer", allá encima de su excelente y acaparadora cama. Accedí gustoso. Me parecía un juego interesante. Pero todo el juego dependía de ella, de su mirada, de su señorial voluntad, que es lo que le daba sentido. Sin ella, tan sólo quedaba una confusa y adormitada sensualidad de lagartija, una nostalgia de seda y satén.

Poca cosa.

Poca, pero que sirve para afirmar: tenemos todas las opciones. Encerramos cada uno todas las tendencias. Y a veces, las que triunfan de cara al exterior no son las que más preciamos por dentro, ni las que decidimos desarrollar, "quedándonos", son las que hubiéramos escogido de haber podido vivir otra vida, con menos responsabilidades laborales y más tiempo de ocio para la experimentación y el acicalamiento. Ni es tan claro que lo que identificamos con ser hombre o ser mujer sea reconocible como tal desde la perspectiva de un exponente consagrado del género en cuestión. Pocos hombres, por muy "clóset trans" que sean, sueñan con tener la regla, y menos con el encuentro cercano con la Candida albicans. En fin, para mí "hombre" o "mujer" son simples aproximaciones descriptivas, superficiales, producto de una malsana obsesión burocrática por etiquetar y controlar. Llegará el día, seguramente, y bienvenido será, cuando en la cédula de identidad ya no se especifique sexo, pues alguien se habrá dado cuenta, por fin, de que a nadie le tiene que importar de qué sexo eres, a menos que quiera algo contigo, en cuyo caso se supone siempre le queda la opción de preguntártelo. (Sí, a veces es necesario. Yo una vez tuve una alumna a quien más de una vez me dirigí con "Cynthia, ¿cuál es tu opinión...?". En realidad se llamaba Marco.)

Yo a los trans, los trans-lo-que-sea, les admiro. Ponerse unas medias de nailon y un liguero, eso hace cualquiera, pero ¿afeitarme las cejas? Sólo pensar en eso me aterra. Creo que sin cejas, sin estos arbustos, me pasaría cualquier cosa. Un volcán se me caería encima. Quiero decir que la cobardía también influye, entra en la definición siempre fugaz de lo que eres, de lo que eres dispuesto a ser o a probar de ser. Pero, de nuevo, me impaciento con la simpleza de esa rúbrica de "clóset", de esa malsana obsesión con lo out, triste manifestación de una alma farandulera. Como si "la sociedad", esa odiosa cage aux folles, tuviera derecho a conocer tus preferencias sexuales, o incluso capacidad para ello. Como si la discreción fuera bofetada, y la desvergüenza generosidad.

La verdadera sexualidad empieza allí donde terminan las etiquetas.

Por eso llama la atención que se nos quiera encombrar de todavía más etiquetas. Aquí, de nuevo, la propulsora del cis:

La reducción lingüística no sólo ahorra tiempo y espacio sino que condensa significado y esto, a su vez, permite niveles mayores de abstracción y la creación de nuevas categorías a partir del significado condensado. Por ejemplo, una vez acordado lo que es cis, podemos hablar de cisexismo. Con esta nueva palabra compuesta, estaremos refiriéndonos a aquel aspecto del sexismo que, más allá de naturalizar una relación jerárquica de hombre sobre mujer (machismo), y de heterosexualidad sobre homosexualidad (heterosexismo), naturaliza una relación jerárquica de cis sobre trans y concede privilegios a los sujetos que ocupan el lugar naturalizado como jerárquicamente superior; privilegios de la gente cis de los que no goza la gente trans. En definitiva, la palabra cisexismo nos permite, gracias a la existencia previa de la palabra cis, nombrar una tiranía más del orden patriarcal; lo que contribuye a seguir avanzando en la reflexión filosófica, sociológica y política del género.

Es decir: vengan sambenitos, vengan reivindicaciones inventadas sobre la base de un enorme y enfermizo resentimiento social. Vengan denuncias de "privilegios" y de "discriminación" que encubren solamente el deseo de controlar el mercado, de dictar precios y preferencias y encarecer productos mediocres mediante proteccionismo ideológico. Lo de siempre. Así que desde acá, en acostumbrada respuesta al juego de las etiquetas, de la ingeniería social, del chantaje de la culpabilidad, de la censura políticamente correcta y todo ese lastre del feminismo sembrador de conformismos, de suspicacias y marchitos estereotipos, un grande y sonoro fuck off. A perro viejo no hay cis cis.

Wednesday, June 22, 2011

El cliché como salida

Parece que a Xavier Lasso, del Telégrafo, le tocó el otro día presentar una denuncia, cuyo contenido exacto no especifica pero que aparentemente tiene que ver con redimir a la humanidad, conseguir un mundo justo y solidario donde no exista la miseria, y de paso arreglar el tema de la "exclusión", se supone que en lo referente al hecho de que algunitos todavía no tienen rango ministerial y carro con chófer. Estoy seguro que todos mis lectores querrán desearle suerte en este noble empeño.

Lo que orinó sobre sus papas fritas, según las crónicas, en esa ocasión, fue la presencia en la misma sala de  tres, dos hombres y una muy mediática mujer, la Sarah Palin de nuestro país... . Y yo digo que no está mal la analogía, aunque la Viteri a mí últimamente me recuerda cada día más a Lynda Carter, without the Lasso, y con eso no quiero decir nada de nada. Una fugaz pero electrificante mirada cruzó la sala. Aturdido, él se distrajo recitando para sí un pasaje favorito de Alturas de Macchu Picchu, en versión de Shakira. Esos ojos, ese cuerpo, esa hipnótica cabellera dispuesta en forma de vertiginoso espiral que tanto recuerda aquella peli de Itchcock, cómo se llama... Por su parte, ella no hacía más que repetirse, confusamente: no puede ser, no puede ser. A mi edad, y ¿de un socialista? Pero por otro lado: esas delicadas verborreas, esos infinitos y embriagadores hilos centelleantes de multifarias memeces, esa mente tan simple y tan náufraga, exiliada de cualquier realidad y cualquier sensatez... ¿Quién no se siente atraída como por una fuerza oscura, devoradora? Y para ocultar su íntima confusión, se ocupó con la tarea de probar si un reloj Cartier puede ser usado como accesorio para el cabello.

Sus miradas volvieron a cruzarse. Se produjo un pequeño silencio, casi nada...

Pero no había remedio, es que la presencia de los canales de televisión, que también habían tomado partido, como que hizo su parte en el desenlace. Y ella nada pudo contra la justicia, esa cruel justicia a que nada le importaba el buen vivir de las personas, empleó contra el héroe su mirada fulminante, obligándolo a salir raudo por la puerta del Exilio, caminando hacia atrás, con gesto suplicatorio y pisando un recipiente de plástico con media ración de encebollado dentro, perteneciente al concerje. - A Ver -, bramó el Juez - tarifas eléctricas, ¿es eso? - La puerta giratoria se cerró, imperturbable.

Ya fuera, Sir Lasso se sentó en un banco, y tristemente encendió una luz de esperanza para toda la humanidad.  - ¡Igualdad! - exclamó. - ¡Seguramente de eso están hablando de eso, allá dentro, ahora. ¡Igualdad! Como si hubiera en todo el país un dolor como este mío. ¡Como si la planilla de luz que sirve para bañar de hermosura esos suntuarios pies sin gravamen pudiera ser igual que la de un pobre y miserable juntaletras gubernamental!

Recordando la prohibición de fumar en espacios públicos, lanzó la colilla, que fue diestramente recogida por un oportunista garrapatero, y convertido en noticia de primera plana por la prensa corrupta. Otra burla - se dijo amargamente - se nos espeta siempre con tal de mantener este capitalismo salvaje, depredador, que no admite - y volvió a pensar en las espléndidas caderas de aquella fugaz visión de la otra orilla - redistribución alguna. La voracidad ilimitada sigue empujando a la misma naturaleza, la intrínseca y la que nos rodea, al despeñadero, como que si el caos fuera la única salida.

Tuesday, June 21, 2011

Querétaro

No me convence. En Google, "querétaro significado" es una búsqueda ya consagrada, no fui el único inculto por lo visto, y soy tan anticuado como para no poder enjuiciar las palabras sin saber su significado, o falta de. Aunque por otra parte, el vicio de atenerse al significado y tal vez las connotaciones y hacer caso omiso de todo lo demás es lo único que explicaría el que algunos aberrantes hayan propuesto, en el mismo concurso de "la palabra más hermosa en castellano", cosas como Jesús (si alguna vez hubo un estornudo fonetizado, helo aquí), libertad, gracias, y sueño. Bueno, ésta última tal vez se entiende, pues hay por lo menos plena armonía entre sonido y significado. Pero me parece que el castellano tiene mayores tesoros. Les propongo unos cuantos.

Mariposa. Todavía recuerdo cuando yo tenía 12 años y tuve que escoger, en el colegio, entre el castellano y el alemán como segundo idioma extranjero después del francés. Mi hermana mayor, que ya había empezado con el español, me convenció citando las dos palabras "estrella" y "mariposa" como ejemplos evidentes de la superioridad del castellano sobre cualquier idioma germánica en cuestión de riqueza sonora. Cuando oralmente confrontas "estrella" con la horrible, fea y malsonante voz "star", hasta te da vergüenza hablar un idioma tan cavernícola como el que engendró ese monosílabo. Me quedo con mariposa porque a diferencia de "estrella" (que los gavachos versionan competentemente, con étoile) ningún otro idioma que conozco comprime tanta belleza en tan pocas letras. La versión inglesa es tan chistosa que ni me atrevo a nombrarla: digamos simplemente que evoca una mosca en la mantequilla (?!). Mariposa, en cambio, nos recuerda que esas frágiles criaturas son capaces de atravesar mares para posarse en tu balcón. Maravillosa palabra, como para enamorarse de un idioma.

Albornoz. Se resistió a implantarse en mi memoria: durante años, con cierta novia que tuve de ésas de largo recorrido, era chiste de la casa que alguna vez yo hubiera buscado furiosamente cierta prenda que sólo supe identificar como "el bochorniz o como se llame". Se le quedó ese infeliz nombre, pero poco importa: toda palabra trisilábica terminada en z me parece en principio seductora: albornoz, codorniz, meretriz, orozuz, regaliz, dejadez. Infeliz no sirve, por el prefijo. No tengo explicación por esta debilidad. Pero albornoz además cuenta con ese pedigrí árabe que ahuyenta a los otros idiomas europeos, siempre tan copiones. Y lo más importante, la prenda cobra vida con la palabra. Otros idiomas lo identifican como adaptación de otra cosa ("dressing gown", etc). Un albornoz tiene identidad propia. Para los que hayan visto Al Filo de la Navaja, con Clifton Webb, sabrán cómo debe de ser: los tassels son aditamento sine qua non.

Zorra. Esto es muy personal. Basta apuntar que cierta persona insistía en que le llamara con ese nombre, eso sí, solamente en cierta situación íntima. Para intentar justificar mi preferencia, empero, podría citar su origen onomatopéyico, o el hecho de que, de todas las palabras que convergen alrededor del mismo núcleo semántico de puta, ésta es la más seductora y menos moralista. Una es meretriz por el dinero, ramera por el negocio, puta por las lenguas ociosas, furcia por las envidiosas, etcétera, pero para ser zorra, hay que haber nacido con ese gen. Se es zorra en la sangre, y la auténtica zorra no suelta presa. Doy fe.

Bichicome (sólo en Uruguay). Aparentemente, viene de "beachcomber", es decir, un vulgar anglicismo. Pero en su paso al castellano uruguayo, se empezó a rumorear que esa gente que revolvía la arena al anochecer realmente buscaba bichos para comer, de ahí su actual significado de indigente (también se da: pichicome, o pichi a secas). Como yo siempre he tenido no sé qué oscuro prejuicio en contra de ese ejército de fantasmas siniestros que en cualquier playa inglesa aparecer al oscurecer con sus detectores de metales y se ponen a peinar la playa en busca de aretes (caravanas para uruguayos, pendientes para ibéricos) u otras joyas perdidas, esta palabra insultante me resulta simpática. Eso sí, fonéticamente es una atrocidad. Se le perdona.

Atolondrada. Si le pongo en femenino, es porque me cuesta imaginar a un atolondrado. Atolondradas, sin embargo, vemos a diario en las telenovelas. De alguna manera, asocio la palabra con golondrina, de ahí que para mí la auténtica atolondrada tiene que tener cabellera que vuela, que ondea confusamente en el viento. Por tanto, es más fácil ser atolondrada en un convertible. He dicho.

Comfle. ¿Ecuatorianismo? (no lo reconoce la DRAE.) De todas maneras, entre los anglicismos a cuál más simpático que pululan aquí (gafitero, chompa, "key" (por cake, visto en diversas pastelerías), etc.) ésta destaca por su inmensa comodidad: no solamente se le ha limado sonidos innecesarios, sino que hasta sugiere "comfy" (comodito, en inglés), y la terminación -fle tiene la peculiaridad de provocar sonrisas en todos los idiomas (cf. chifle). ¿Qué mejor sitio para ponerse a esperar la furgoneta que sentado en un comfle? Y ya que estamos con los anglicismos, admiro intensamente tutumpote (R. Dominicana), y me rompen el corazón tanto la música ye-ye como la (visto en un póster en el metro de Madrid) duduá. En serio: "somos los mejores exponentes de la música duduá". Palabra.

Duji. Bueno, esto ya es de coña. Cuando fui a Segovia por un año en medio de mis estudios universitarios, y tuve que hacer de lector de inglés (es decir, seudoprofesor pasmado, despistado e inútil), mis "alumnos" pronto dieron en burlarse de mis "zapatos duji". Pasé meses intentando averiguar el significado de esta misteriosa palabra duji, proponiéndolo como tema de animada conversación en muchos bares de la ciudad, pero sin éxito. Hasta que un día, uno de mis alumnos se me acercó en un bar y señaló el paquete de cigarrillos del beodo vecino. Ahí estaba: Dunhill, conocida marca de cigarrillos, posiblemente inglés. Queda por saber qué aspecto de mis zapatos podría haber sugerido con tanta fuerza una determinada marca de cigarrillos. Hasta hoy no lo sé. Pero sigo llevando zapatos duji, y el tema no deja de entristecerme, pues lo que no sabían mis alumnos de entonces es que el nombre "Dunhill" para un inglés remite irresistiblemente a dunghill, montículo de estiércol, e incluso durante bastante tiempo el nombre popular de esos cigarrillos era éste (hasta que dejaron de fabricarse, por razones ignotas). Y es que la apariencia habitual de mis zapatos sí sugiere una vida llevada entre múltiples dunghills, hecho atribuible a la desidia del Municipio de Durán, que no quiere saber nada de asfaltar las calles de nuestro sector.

Ornitorrinco. Durante años cuando vivía en España dudaba entre pedir cita con el otorrino o el ornitorrinco, palabras que siempre se me confundían, hasta que me di cuenta de que "ornito-" remitía a aves (ornitología), de ahí el nombre de un animalito con pico de ave y cuerpo de mamífero (más o menos). La palabra, en sí, tiene algo de especial. A mí me hace pensar en esos sonidos que hace una mujer medio dormida cuando la quieres despertar por alguna razón en altas horas de la madrugada. Si en esa circunstancia no dice algo así como "ooorni. to. rrrrrinnnco" es que no es mujer de verdad.

Me quedo sin tiempo, pero para cuando tenga: esperpento, carmesí, bochorno, birlibirloque, limosna, y tuco. Ya basta.

Friday, June 17, 2011

Letras corpóreas

En el fondo, uno es jardinero, así sea de su metro cuadrado ("personal space"), y a veces de algo más que eso. Si no eres duque de Burlington, es probable que tu jardín no llegue al horizonte, y que a medida que avanza el terreno delante de ti, a medida que huyen en tropel las huestes herbóreas hacia el bosque, tu influencia quede cada vez más diluida, espacial y temporalmente, cada vez más sujeta a las imprevistas de la colaboración, del consenso, del viento y de la voluntad de las raices.

Algunos no entienden esto. Exigen que el paisaje que les rodea se ajuste llanamente a sus preferencias. Quieren que todo, hasta donde alcanza la mirada, sea "bonito". Les ofende que en su cercanía haya gente masturbándose, o pigmentaciones groseras, o mercaderes de moldes para empanada, o manifestaciones de cierto apego vulgar y censurable al placer de la nicotina. Muchos protestan enérgicamente ante la risa no justificada, otros ante la exuberancia pectoral. Se nos ha querido proteger contra las faldas informales y los vendedores cortos. Lo que sorprende en tales exigencias, más que nada, es su falta de ambición. Puestos a exigir obediencia cósmica, ¿por qué conformarse con menos que Arcadia?

En las clases de historia de la escuela aprendimos que la historia es mayormente historia de jardinería. El jardin à la française apuntalaba a la monarquía absolutista, con Versailles como paradigma: los árboles, como las toallas en Durmiendo con el Enemigo, tenían que ser minuciosamente espaciados, simétricos y sobre todo, igualitos, o alguien pagaba con la cabeza. Como en las monarquías actuales, las fuentes de agua se encendían al paso del monarca, para que el Rey Sol, Kim Il o Rafael pudiera comprobar que cualquier rumor de escasez era pura percepción. Y se tenía (evidentemente) que poder verlo todito desde un lugar alzado, una terraza o el balcón de un palacio. El ojo privilegiado y sabatino del rey era el justificante final de toda esa imperturbable simetría e igualdad.

Siguió el Landscape Garden inglés, que abjuraba de la simetría como vicio galo y predicaba una especie de entente cordiale con la naturaleza, entendida ésta como una confusa y limitada democracia, o un inmenso querer ser pintado. Adios, parterres. Queremos vivir permanentemente en un cuadro de Claude. Aceptamos hasta el desorden con tal de que sea pintoresco, es decir, secretamente ordenado. Queremos grandes espacios, grandes vistas, cielos, lagos, inspiración para odas y elegías. El monarca o terrateniente, con sus galgos, una figura más, casi perdida en la inmensidad, y el espectador, el que quisiere. (Con tal de que tuviera asuntos legítimos que proseguir allí.) Este estilo, como es sabido, lo heredaron la mayoría de grandes parques públicos de los capitales europeos, quedando el afrancesamiento como vulgaridad provinciana de apoplécticos burgomaestres.

Se sucedierion estilos y sociedades. Una ex mía, la R_, fue suscriptora de una revista extraordinaria, supongo que difunta, Victoria Magazine, una americanada que entremezclaba poemas románticas y pastoriles de los Lake Poets e imitadores con lujosas fotografías de paisajes idealizados en los que siempre era cuestión de una joven esbelta ataviada al estilo de Laura Ashley, con un sombrero que aventajaba a la cadera en anchura, con aire de haber decidido pasar la tarde husmeando una azalea. Para cualquier habitante de Maryland, esa Inglaterra mítica, libre tanto de sindicatos como de aftosa, era una especie de religión, garantía de un mundo secreto más romántico, o por lo menos más Beatrix Potter, que el visible. En eso me baso para afirmar que todavía seguimos presos de tales potentes arquetipos. Todavía se libran batallas paisajistas entre orden impuesto y desorden disciplinado. Aunque, mientras tanto, el jardín republicano se haya encogido hasta lo que da de sí un modesto solar.

De esto último, hay algunos que tampoco se dan cuenta.

En Guayaquil hay un extraordinario personaje, de nombre Jaime Nebot, que tipifica ese obsesivo deseo de controlar y regenerar el paisaje circundante a la vista, mucho más allá de ese pequeño espacio (tengo entendido que en Barrio Centenario) del cual es legítimo e indisputado dueño. Se dirá que eso de remodelar fachada y regenerar metrópolis es su función, que por algo se es alcalde eternamente reelecto. A mí no me consta que ser alcalde implique ser dueño de la ciudad, no más que el ser presidente signifique ser dueño del país. Se supondría que en una ciudad de dos millones largos, hasta en cuestiones estéticas existirían otros criterios menos inmisericordemente bigotudos que el suyo.

Hace dos años y medio, quise abrir una escuela de idiomas, en el barrio de Urdesa, en Guayaquil. Hubo que cumplir una serie de requisitos que abarcaban desde lo racional y bien pensado (el Cuerpo de Bomberos exigía luces automáticas con pilas que se encienden cuando se corta la electricidad, para alumbrar el camino de salida) hasta lo absurdo y delirante (resulta que en este país, el ser inglés nativo te descalifica para ser dueño o director de una escuela de inglés: tuve que poner como dueño a un amigo que del idioma apenas sabe dos palabras, y quedarme con el papel de Director Académico). Eso, supongo que cortesía de la Revolución Ciudadana y su patrioterismo enfermizo. Pero el premio en rampante surrealismo burocrático al final se lo tuvo que llevar, con méritos, la Muy Ijadesulustre Municipalidad del Nebot, y por la siguiente razón. El local que habíamos alquilado resulta que estaba dentro de una "zona regenerada", que en vernacular guayaco significa una zona donde el municipio realmente se ha molestado en hacer algún trabajo de los que son de su competencia y obligación (para entendernos, es un poco como si yo, como profesor, por el hecho de haber escrito algo en la pizarra declare "aula regenerada"). La tal regeneración, por supuesto, se cobra a través de los altos predios vigentes en la zona y que se nos trasladaban a través del alquiler. No pensábamos nada más del asunto hasta que, luego de haber gastado $800 en un letrero de fachada principal, se nos comunicó que el letrero no satisfacía los criterios municipales para tales zonas pues no estaba hecho con letras corpóreas.

Para mayor ilustración del lector, habría que precisar que las mencionadas letras corpóreas son letras que sobresalen de la superficie donde son colgadas, siguiendo una pauta que, si uno se pone a buscar, seguramente viene definido en centímetros y milímetros en alguna disposición municipal. Letras 3D, para entendernos. Y, cierto, si uno se pone a flanear Avenida Emilio Palacio Estrada abajo por el mediodía, y se fija en los letreros en lugar de en las esculturales piernas del personal administrativo de los numerosos bancos circundantes en hora de almuerzo, descubrirá que la mayoría de ellos sí manifiestan esa pretensión tridimensional tan poco propia de la escritura occidental. Las excepciones (una mañana en afán de protesta simbólica fotografíé a una veintena de ellas) en su mayoría pertenecen a importantes instituciones como bancos cuya sagrada identidad corporativa difícilmente se congenia con caprichos estéticos provincianos. Es decir, una ley para los fuertes, otra para los débiles. Con eso está dicho todo.

Bueno, casi todo. Si bien no sorprende que el Municipio haya preferido ayudar a hundir un negocio (repito: perdimos $800 por la broma, sin contar lo que tuvimos que gastar en el nuevo letrero, cuya imponente tridimensionalidad salía considerablemente más caro) antes de transigir en un capricho puramente estético, lo que sí sorprende es la enorme y vistosa vulgaridad de la propuesta nebotista ("propuesta", es un decir. El concepto de propiedad privada es ajeno al Weltanschauung municipal). Y es que, vamos, eso de que las letras 3D sean más bacanes que las normales, yo creía que ya habíamos salido de esa época. Cierto que hace tan sólo 12 ó 13 años, la popularidad de sitios de hosting grateches como Geocities (QEPD) significaba que de cada 3 búsquedas que hacías en la Web, 1 te llevaba a una página donde algún iluminado enamorado de los animated GIFs te explicaba su vida y milagros en una prosa fracturada, todo (todo) centrado en la página, con derroche de tipos, tamaños y colores de letra, con fondo de seda arrugada o de madera o ambos materiales (todo es poco para dificultar la lectura de lo que no vale la pena leerse), e infinidad de imagencitas donde oficiosa y eternamente se cerraban y volaban sobres, cavaban hombrecillos ("¡En Construcción!"), posaban y se meneaban animales domésticos, y bailaban corazones. Felizmente esa época ya pasó, y con el auge de la profesionalidad y la derrota de los entusiastas artesanos, el Internet se ha vuelto casi casi respetable: ahora sólo nos queda a los profesores avisar a algunos alumnos rezagados que no es buena idea entregar redacciones justificadas en ambos márgenes, que eso puede ser chévere pero es una falta de consideración al lector bastante grave. El problema se da cuando alguien que en un cuarto de siglo no ha estudiado nada se erige en árbitro estético de toda una ciudad; y cuando esa persona resulta tener unas nociones de diseño heredadas de la versión 1.0 de WordArt, perdón,
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o bien de alguna película de Superman, y eso sin hablar de esa curiosa predilección por el Art Meco* aparente en detalles como el incalificable monumento a Bolívar y San Martín ("Huy, querida, hay veces que de libertar una s'queda hasta las mismísimas"), entonces poco se puede esperar en el lado jardinerístico del paisaje urbano. Capability Brown el tipo se puede creer, pero no es: y hasta ese mítico ayudante de plantacebollas cuyo ojo le convirtió en celebridad a más de protagonista histórico tuvo que acordar presupuestos y limar criterios con los diversos (wiki dice más de 170) propietarios (sí) de esos vastos terruños, cuyo beneplácito era terminante e inapelable. Cuando este país descubra esa explosiva fuente de energía y creatividad que yace dentro de la garantía de la propiedad privada (tan desconocida por supuesto en la actual Constitución como en el Town Hall guayaco), ahí sí, habrá regeneración de que hablar. La actual Alcaldía se ha demostrado ser enemiga implacable de ese ideal y de ese proceso.
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Está dicho pero no está de más repetirlo: si fuera sufragante guayaquileño antes daría mi voto a cualquier esbirro de Correa que a ese esperpéntico personaje. Ojalá los guayacos, que entiendo que son recursivos, saquen al electorado de este horrible dilema.


* El nombre local de esta escuela tengo entendido que es algo así como Vénpame Arte. Se aceptan correcciones.

Wednesday, June 15, 2011

No Jets Construction



Anoche me cogió fiebre. Lo he dicho antes: soy repetitivo. Par mí la fiebre es algo sensual, y lo mejor de todo, promete al menos durante un día dejarte acceder a esa dimensión tan buscada de la vida, la Pura Irresponsabilidad, en este caso manifiesta en no ir a las dos clases que tengo hoy. Y es que no ir a clase cuando no tienes, eso no mola. No ir a clase cuando sí tienes, en cambio, es delicioso (claro que llamando y avisando antes). Te hace sentirte náufrago solitario en un océano de gente trabajadora. Y cuando tienes fiebre, encima, y tienes a fembra plazentera para hacerte caldos, es casi perfecto. Lo único malo es que dicha fiebre suele ir acompañada de diarreas, o como en este caso de huesos dolidos y alteraciones de sueño. Acabo de intentar pegar ojo durante varias horas, pero el mismo sueño tonto y limitadito me perseguía, y me harté de medio soñar y siempre con lo mismo, con mujeres presidiarias filmadas en YouTube. Luego se me ocurrió esto. Última vez escuchada: 1983. Veredicto: aprobada. Efectivamente, es música para vender moldes de empanadas; o si prefieren, música para tener fiebre to.

Tuesday, June 14, 2011

Ballade



Lo siento. Una vez tenía a Daniel Adni tocando esto y era otra cosa. Este Gieseking lo despacha como una cajera de supermercado a quien llega tarde el relevo. Repito, lo siento.

Me hice una idea de esta pieza de niño basándome en los sleeve notes del disco de Adni, que decía que data de cuando Debussy fue a Rusia con Nadezhda von Meck, dando clases de piano, y se complacía en evocar un posible flechazo no declarado por la ¿hija de ésta? (Años más tarde me devoré a Lockspeiser, pero no recuerdo si le da crédito a esa historia.) No puedo escucharlo sin pensar en nieve, mucha nieve, y en un tren que se lleva al tímido enamorado de vuelta a Paris. De acuerdo, es una obra juvenil, con evidentes fallos debidos a la impaciencia que le lleva al compositor a tomar el camino fácil de la repetición, estancándose la melodía en muchos lugares por este motivo. Pero tiene eso que uno aprecia en las producciones juveniles, la ingenua sinceridad. (Los viejos también tenemos nuestra forma de ser sinceros, pero lo malo es que ya no tenemos sobre qué). La pieza es una serie de tempranos hallazgos, algunos triviales, otros no tanto, compartidos sin ceremonia. Y habría que tener oídos de trapo para no darse cuenta de que hay mujer en esto. Probablemente muy joven, con cara de yo no fui, de ésas con las que no pasa nada, ni siquiera apenas en la pasmada imaginación, que se queda prendida en encajes y sortijas y mechas y perfumes. Los relojes del estudio tictaqueaban lentamente. Fuera de la ventana, la nieve se perdía en brumas lejanas. Él se permitía cogerle las manos para enseñarle cómo enfrentarse a las manazas de Beethoven sin romperse el meñique. Tendría que esperar la llegada a Bayreuth para olvidarse este asunto, para despreciar esas inocentes emociones, si alguna vez lo hizo.

Cuando yo me fui a Houdain, pequeña aldea en el norte de Francia (Bruay-en-Artois) pasando por Lille, todavía tenía esa inocencia. Llegué a su casa, ella me escondió, me reprendió, y al enterarse de que no había comido en tres días, me ofreció una manzana. En el segundo viaje ni la vi: dejé una nota debajo de su examen en la U. de Lille, y me alejé, lentamente, de esa juventud que tanto pide creyendo no pedir nada.

De eso ya nada queda, sólo esta pieza y algunas más, mías, que ya no toco porque perdí la técnica.

De Lille recuerdo el ignífero monstruo de nueve cabezas que ocupaba el cielo por encima de esa plaza donde me senté, fatigado, por debajo del Edificio Flammarion, rodeado de palomas.

Sunday, June 12, 2011

Limitado

Cuando yo era niño, allá por el s. XVIII, había pocos supermercados y de difícil acceso. Lo más normal, al ir de compras, era llevar consigo una funda de tela. Lo que cabía en esta funda era lo que daba de sí una visita a la verdulería, o a la panadería, o a la carnicería. A veces se combinaban las visitas, y a veces por eso se llevaban dos fundas. No conozco caso alguno de alguien que haya llevado 10 ó 18 fundas de tela. No creo que nadie tuviera tantas. Lo que sí recuerdo, y muy bien, es que comprar cada día era normal. También recuerdo haber escuchado infinidad de veces: no cabe, pesa demasiado, ya volveremos después, otro día. La gente compraba no sólo según su poder adquisitivo, sino también según su capacidad de carga. Por ello los supermercados pronto tuvieron la maquiavélica ocurrencia de quitarles a los clientes la excusa ésa de "lo compraría, pero no puedo cargar con tanto". Lo hicieron de dos formas: construyendo enormes aparcamentos para animar a la gente a traer su carro (para lo cual, en muchos casos, había que convencer a papi, dueño del carro, que ir de compras los sábados no era una ofensa a su masculinidad: nunca se reconocerá lo suficiente la contribución de las cadenas de supermercado en la domesticación del Homo troglodytus agresti), y proporcionando fundas de plástico. Digo de plástico: al principio, muchos supermercados lo que daban eran fundas de papel grueso, y lo normal era venderlas. Luego vinieron las fundas de plástico pesado y reforzado, que también se cobraban. Al final se hizo el experimento de las fundas ultraligeras grateches, y se vio que dio resultado. Los supermercados vendían más, las compras se hacían una sola vez a la semana, papá descubrió su lado femenino, y todos contentos. Y el séptimo día, Diosita descansó.

Ahora resulta que tenemos a un Dictadorzuelo que, como su homólogo en Bhutan, quedó enamorado del pasado y quiere volver a él. Quiere que la gente (digo la gente: "alguna" gente) deje de acudir al supermercado en carros híbridos de lujo y se lleve, de una, más de cien dólares en compras, envueltas en una decena o más de fundas de plástico biodegradable. Su visión es que la gente vaya en bus a Mi Comisariato, con una funda de lienzo de rayas rojas y negras, otra de macramé de la abuelita, y la vieja mochila escolar de Jesús, que ya no usa porque los Jonas Bros apestan al año pasado. Y que con eso se cargue lo que pueda de arroz, azúcar y focos ahorradores, antes de emprender el arduo regreso en el mismo bus atestado de gente, para llegar a casa y botar enseguida los dos ó tres huevos que se rompieron contra la barra de agarre vertical del bus, y el foco que quedó inhabilitado tras chocar contra la rodilla de una anciana que iba diciendo pestes de la empresa eléctrica. Y que mañana sea lo mismo, y pasado mañana la misma historia.

¿Que exagero? Tengo motivos, y no solamente los que da el haber escuchado ya demasiadas idioteces y sermones pastorales sobre el Buen Vivir, o sobre la importancia del Ser ante el traicionero Tener. Primero, porque esa modalidad de ir de compras ya es la mía, la nuestra. No es ciencia ficción. Ir de compras en bus es algo perfectamente normal. Y segundo, porque en eso de ser resentido ni el Presi me gana. Hace tan sólo dos años y medio yo también tenía carro, aunque eso sí, no precisamente de lujo. Era un San Remo del año 1970, de color rojo, que no tenía seguro en las puertas, con una ventana (la del conductor) imposible de cerrar, y los limpiaparabrisas inhabilitadas, que se tenía que encender con desarmador. Aun así, me hacía sentir deliciosamente de clase media. Por fin, y por primera vez en mi vida, podía ir a comprar a Riocentro, coger espacio entre todos esos Terracán y Fortuner, y comandar a uno de esos chicos que por 50c te llevan las múltiples fundas al mismo maletero. ¡Si mis ex me pudieran ver ahora! murmullaba, enmimismado. ¡Ese inútil soñador, el de los zapatos aruñados, la biblioteca rebosante y las goteras en el dormitorio, convertido en paterfamilias con carro y todo! Y no sólo eso, sino ¡en empresario! Pues la locura de ese irrepetible año (el del accidente del niño, el de la ira de Dios) había sido poner una escuela de idiomas en la misma boca del león, en plena Urdesa. Como el lector sabe, el experimento duró poco. Y no es que culpe de ello, del fracaso, ni al Presi ni a Rita la Cantaora (aunque ésta última, blanco siempre interesante) pues ninguno de los dos inventaron la corrupta burocracia que durante dos meses cruciales me ahogó y me obligó a desembolsar ingentes cantidades en coimas y palacolas sólo para poder abrir puertas. Ni creo que el mismo Nebot sepa qué nivel de corrupción campea tras esas ventanillas suyas entre Museo Nahim y Malecón. Yo mismo no sé cuántas salamanquesas, cuántos alacranes y cuántas ranas tengo en mi casa. No es nada de eso.

Es que ese año descubrí (por fin) que era un Limitado. Que el hecho de haber sido profesor durante décadas, de tener todos los títulos y requisitos que el ministerio más tiquismiquis pudiera exigir, de haber creado yo mismito un sistema informático de administración de escuela de idiomas, de tener ideas revolucionarias acerca de la metodología de aprendizaje, hasta el hecho de estar dispuesto a malvivir con $400 mensuales mientras mis empleados profesores ganaran el doble o el triple, durante los primeros dos años o lo que tardara en arrancar, todo eso y más no quitaba que no tenía ni puta idea de publicidad. La primera página web que hicimos fue chistosa. La segunda, nos la hicieron: no estuvo mal, pero apenas tuvo tres visitas en dos meses. Ya no nos quedaba plata para esos anuncios caros en el suplemento de El Universo. Teníamos de todo, un bonito local, equipos, libros, sillas, pero no teníamos cómo darnos a conocer. Y todavía faltaban meses para la época de bonanza garantizada, el enero salvador en que todos los papás buscan academia para sus lingüísticamente poco adeptos retoños. Al final, vendido el carro, no había cómo pagar arriendo. Fin del experimento, y todavía estamos pagando las deudas.

Lo que me llevé de esta experiencia es que entre el fracaso y el éxito a veces hay muy poca diferencia. Con tres ó cuatro mil más, podríamos haber triunfado: no en el sentido de andar en Toyota Pious, sino en el de poder pagarles un salario digno a dos profesores más y aun así conservar el mismo San Remo y poder tener esperanza en el futuro. Esos tres ó cuatro mil que se perdieron en los dos meses que fuimos impedidos de abrir por cuestiones de burocracia. Y concluyo que por ello, ser Limitado no es cosa del otro mundo. Está demostrado que soy Limitado en todo lo que atañe a la publicidad y al márqueting. Tal vez también en contabilidad y planificación empresariales. Lo asumo. Tengo un hijo también Limitado. Tiene tres años y medio, diagnóstico de autismo, y no sabe hablar más de tres ó cuatro palabras sueltas, sin contar los números del uno al diez, que sí los cuenta. No tenemos cómo saber si algún día superará estas limitaciones. Mi esposa no sabe ni una palabra de inglés (frente a las cuatro palabras que, con acento atroz, sí sabe farfullar el Presidente): será también Limitada. En fin, creo sinceramente que eso de los Límites, es de sabios aprender a convivir con ellos, con los propios y los ajenos, pues todos los tenemos. Pero no todo el mundo tiene esta sabidúría.

Sinceramente, no creo que si los supermercados cobran dos centavos por funda, eso vaya a incidir mucho en las costumbres de la clase media. No creo que veamos todavía esa Revolución Cultural en que florecerán mil fundas de tela de colores, y se desterrarán los alacranes de mil escuelas con todo lo recaudado. Es por ello que este último paquetazo me deja algo perplejo. Para cambiar costumbres, para, por ejemplo, volverles más verdes a la gente, hacen falta medidas más drásticas. Para recaudar más sin crear focos adicionales de resentimiento electoral, haría falta una distribución bastante más extensa y difuminada de la carga tributaria. En todo caso, Correa dice que no quiere ni necesita recaudar más. Lo que quiere, según él, es "disminuir el consumo suntuario y proteger al medio ambiente". Ajá. Cree que si por las quince fundas que el pelucón medio se lleva al carro tiene que pagar 30c más, el mismo pelucón en lugar de restarlo del pago al mozo del carrito buscará ahorrárselo trayendo desde casa fundas de tela. ¿En serio cree eso? ¿Alguna vez hizo curso de sicología, como para darse cuenta de que hay algo llamado ostentación de riqueza, y que el pelucón medio se muere antes de que puedan decir de él: pobrecito, míralo, no tiene ni con qué pagar fundas? Y si a eso se suma el sorprendente anuncio de que "no se atacará a la producción, sino al consumo" (que alguien le pague a este señor un curso de economía 101: en el mundo real, no se produce aquello que nadie consume) tenemos delante al vivo retrato de un Limitado, pero un Limitado que, por desventura de todos, se cree ilimitado. No hay más que escucharle:

Añadió que un consumo suntuario también se da cuando el dueño de una empresa adquiere un carro para uso personal con los recursos de esta. Indicó que en este caso no solo se perjudica a los trabajadores en las utilidades, sino al Estado en el pago de impuestos.

“El uso privado no tiene que ser cargado a la empresa. Con eso se evade tributos y utilidades”, manifestó el Jefe de Estado.

Es difícil saber dónde empezar. Primero constatemos que negarle a una persona algo que no le pertenece no es "perjudicarle", y como las utilidades de una empresa, por definición, no pertenecen al trabajador sino al empresario, y que sólo una mente pervertida puede pretender que el trabajador que nada ha arriesgado en la empresa tenga "derecho" a percibir las utilidades de ésta, pues el primer argumento no tiene sentido. En cuanto al Estado, pues es de gente sensata impedir que el ladrón te lleve todo, por tanto, si consigues esconder tu tarjeta de crédito en tu zapato, pues bien por ti. Es decir, practicar evasión tributaria es mínimamente un ejercicio de sentido común, y cuando uno ve en qué barbaridades el Estado se gasta la plata robada del "contribuyente", pues hasta se puede decir que evadir el pago de impuestos es un acto eminentemente moral, un acto generoso. Pero no es sólo eso. Lo que más choca aquí es que el pobrecito del Limitado éste ni se da cuenta que despotricando contra el supuesto empresario que con fondos de la empresa (es decir, suyos a fin de cuentas) compra un carro "para su uso personal", nos lleva irresistiblemente a pensar en ciertos Presidentes que con fondos robados de la población trabajadora se compra un avión para su uso personal, con tanto espacio como para llevar de vacaciones a toda la familia del freeloadin' amigo que tiene por presidente de Asamblea. De veras, inauditas las limitaciones de este pobre sujeto.

Las medidas, según el Mandatario, buscan no solo para ayudar al medio ambiente sino a la salud de los ecuatorianos, porque se revisa el consumo de cigarrillos y licores.

Y lo dice tan fresco. Podría traer a colación aquí los numerosos estudios, los experimentos ya realizados en muchos países que demuestran que para cambiar hábitos de consumo de tabaco y licores la vía impositiva simplemente no funciona (en Irlanda el año pasado, una subida espantosa en el precio del cigarrillo dio por resultado que la gente fumara más). Pero todo eso es realmente irrelevante. De lo que se trata aquí es de lo siguiente: el Presidente quiere hacernos creer que la salud del medio ambiente depende, no de la buena voluntad de la gente, sino del gobierno. Que la salud de la población depende, no de su propio autocuidado, de las medidas que cada uno toma en pro de su propio cuerpo, sino del gobierno. Que el progreso del país depende no de la gente, sino del gobierno. Que para todos los problemas que puede tener el país, hay una solución que pasa por el gobierno. Y que para que el gobierno lo arregle todo, lo único que hace falta es que la gente se someta, se despida de su dignidad y de su orgullo, que acepte y repita que "yo no soy quién para saber lo que necesito, el único que sabe eso es el Caudillo ungido por Dios", que por esas consideraciones acepte pagar más por eso y por lo otro, sabiendo que ese plus que está pagando se gastará en burocracia, en corrupción y en cadenas anti-Lourdes-Tibán, pero convencida de que de alguna manera todo esto nos llevará por fin a la tierra prometida del Sumak Kawsay. Y que si, sorprendentemente, todavía se le permite fumar, tomar y usar fundas de plástico, eso sí, con sobrecarga y arañando el presupuesto familiar de frutas y verduras, es por generosidad y condescendencia del Jefe de Estado, que con sus increíbles dotes matemáticos y mediante los más alambicados cálculos ha dado en el precio justo que maximizará el impacto medioambiental, la comodidad del consumidor y la recaudación tributaria, todo a la vez. Y que en esos cálculos no ha entrado para nada un resentimiento feroz, sobrellevado durante décadas, en contra de buena parte de la población ecuatoriana, aquella parte que vivió una infancia menos traumada que la suya, y que todavía insiste en depender de su propio trabajo para vivir, y no de los bonos que él en su magnificencia distribuye a los pobres y Limitados, que son todos los que no tienen avión particular y se visten de majestad.

De modo que, ustedes mismos. O bien volvemos al medioevo, a la Vida Sencilla, Rupestre pero Sobre Todo Feliz, del que Poco Tiene pero vive la Descansada Vida del que Huye el Mundanal Ruido mediante la ingeniosa estrategia de pasar dos horas diarias en el bus no. 17, entre carameleros y vendedores de moldes para empanadas; o bien redescubrimos la dignidad, dejamos de acomodarnos a cada nuevo Límite impuesto con excusas cada vez más ridículas y transparentes, a este supuesto economista que aun disponiendo de cuatro veces los ingresos de otros gobiernos aun no consigue cuadrar cuentas, y botamos a este grotesco, mezquino y trastornado narcisista de su autoblindado trono, antes que sea demasiado tarde.

Saturday, June 11, 2011

Terror



Esta canción salió cuandi yo tenía 8 años. Mucho más tarde creí que era un plagio de una de los Beatles, hasta hace pocos minutos cuando comparé los dos y me di cuenta, primero de que no había tal plagio aunque sí influencia, y segundo, que la influencia era en sentido inverso pues Sun King salió después de Albatross y no antes (gracias, wiki).

Todo esto es irrelevante. La cuestión es que esta canción, cuando yo tenía esos ocho añitos, me inspiraba auténtico terror. En toda mi niñez no hubo nada que me llegara a aterrar tanto. Recuerdo que cuando salía en Top of the Pops (creo que llegó al número uno) iba corriendo a mi habitación y me estiraba en el suelo, tapándome los oídos para no escucharla. Cuando mis padres me preguntaron por qué me daba miedo, si total era una canción apacible y soñadora, dije: es música de pesadilla. Muchos años más tarde, tuve un sueño en que yo volaba muy alto en el cielo, por encima de un océano que no tenía fin. Al cabo de unos minutos vislumbré una pequeña isla. Me fui acercando a la isla, bajando, bajando, hasta quedarme flotando en el aire muy cerca. En la diminuta isla había una sola persona, que parecía estar cavando. Esa persona estaba de espaldas, y no era consciente de mi presencia; una especie de miedo supersticioso me invadió: no quise que me viera. De repente, se incorporó y giró la cabeza. Ese hombre que entonces me vio tenía mi propia cara, y lo que cavaba supe que era su propia tumba. En ese momento sonaron dos acordes. No sé si eran los Fmaj7-Emaj7 de esta canción, pero algo así sonó. Me desperté con un sudor frío en todo el cuerpo.

Lo menciono por una cosa. Los niños son muy susceptibles, está demostrado. Cualquier tontería que a los adultos nos resbala, a ellos les puede afectar profundamente. Como el lector habitual sabe, tengo un hijo autista de tres años y medio. El niño no puede ver violencia en la tele. Cualquier pelea, cualquier golpe aunque sea de broma y entre peluches y con fines educacionales, le desespera y se pone a llorar. Tenemos que vigilar que sólo vea escenas de diversión, juegos y sonrisas. Son responsabilidades que uno tiene, y son definidas en último término por las idiosincrasias del propio infante.

Ahora se ha puesto de moda - y no sólo aquí - reclamar que el Estado "regule" los contenidos que salen en la tele, es decir, que asuma aquella responsabilidad que tradicionalmente era de los padres del niño. Anoche vi parte de un programa dedicado a este tema, aunque más que programa parecía cadena propagandística. Entre sus argumentos más memorables: según expertos, la mentira, la prepotencia y el insulto "dañan la sociedad". Si eso fuera cierto, lo primero que habría que hacer en materia regulatoria sería amordazarle al Presidente, pues si bien la responsabilidad de las mentiras necesarias más gordas la suele delegar a subalternos, personaje más abiertamente prepotente y más fecundo en insultos sería difícil imaginar (uno le imagina a altas horas de la noche, con lápiz y cuaderno en mano, ensayando nueva tanda de descalificaciones para el sábado que viene: hoy estrenó "limitado" tras el éxito de "limitadito". Atentos al primer "limitadote"). En fin. El lector habitual ya sabe por qué estoy en contra de cualquier regulación en este campo, pero ya que el argumento desborda lo estríctamente mediático, no está de más repetirlo. Sobre todo porque un bloguero acólito del Dictador hace poco presentó un nuevo, reluciente y esplendoroso argumento, que consiste en observar que a veces no hay tiempo para hacerse con el mando a distancia antes de que salga la imagen dañina. En serio, eso decía.

Primero, para que no haya malentendidos, diré que no creo que la tele sea necesaria, ni que sea un derecho ni una obligación verla, ni que sea un "bien público", ni que tenga ninguna obligación de informar, ni de entretener, ni de decir la verdad, ni de hacer absolutamente nada. Todo esto son falsos supuestos con que los adalides de la censura suelen adobar su discurso, y todos ellos para ser tomados en serio requerirían una demostración lógica y contundente que ni siquiera se ensaya. La verdad es que hay mucha gente que apenas no ve tele (la mayoría de #misalumnos, para empezar). Mi hermana mayor, poeta premiada y una de las personas más lúcidas, inteligentes e informadas que conozco, no tiene televisor en su casa y confiesa no haber visto un solo programa de tele, siquiera de noticias, en los últimos 20 años. Y la verdad es que no creo que se haya perdido nada. Hoy en día, la televisión es un simple entretenimiento tonto para gente tonta, fácilmente prescindible, y no creo que tenga, al lado del Internet, un gran futuro, sea o no "regulada". Es una moda huidiza del siglo pasado. Su día, como el de la radio hace décadas, ya pasó.

Es cierto que la mayoría de los canales más populares intentan informarnos diariamente de las noticias (o de lo que sus atribulados editores consideran noticias) pero eso no implica que tengan ninguna obligación moral, ni ética, ni "social" de hacerlo. Lo hacen porque les resulta, en términos de audiencias. Hay un mercado para la información. Y toda cosa que uno hace porque quiere, o porque le resulta, uno es igualmente libre de hacerlo bien o de hacerlo mal. Si yo como profesor decido algún día ofrecer un servicio a mis compañeros que consiste en pasarles extractos de artículos relacionados con la enseñanza, y si al cabo de un tiempo alguien me reclama de modo acusatorio que mis sinopsis no son exactas o que mi selección es parcial y poco objetiva, mi respuesta sería reírsele en la cara y decir: bueno, pues busca tú mismo los artículos que quieres. (He dicho "de modo acusatorio". Si me lo reclamara de otra manera, igual tendríamos una interesante e inspiradora discusión sobre el tema.) Claro que hacer las cosas mal, en un negocio, trae consecuencias. Por ello, la única "responsabilidad" que tienen los emisores televisivos es aquélla que asumen libremente de cara a sus clientes por motivos comerciales, definiéndose "bien" y "mal" en términos que éstos comprendan, y el Estado en todo esto no tiene nada que decir, pues el Estado de negocios demostrablemente no entiende (Alegro, el Telégrafo). Ésa es mi opinión, y si quieres convencerme de que estoy equivocado, debes presentar argumentos que demuestren la supuesta "responsabilidad social" de los medios, no intentar meterla subrepticiamente como supuesto consentido, como piadoso artículo de fe, como algo "obvio". No lo es.

(No entraré en la posible obligación legal de asumir "responsabilidad social": lo legal no es mi especialidad y lo dejo para autores como xaflag que seguramente desenterraría instrumentos supranacionales que supuestamente obliguen al Estado a hacer lo que su gobierno ya quiere hacer. Es excusado decir que cuando no quiere hacer algo, no hay instrumento supranacional que valga. Sobre la Ley Internacional, me quedo con lo que dijo una vez al respecto un profesor mío, experto y autoridad en el tema: "realmente no existe".)

En contra de esto, el programa de anoche insistía: la tele tiene mucho poder. La ve mucha gente. Tiene grandes posibilidades de obrar para bien, posibilidades que se están desperdiciando bajo el avalancha de programas basura. De acuerdo. Pero este reclamo deben de hacérselo a los creativos, a los escritores y guionistas, y no en plan acusadora y amenazante, como si lo único que les impidiera educar, informar cabalmente, "obrar para bien" fuese su propio egoismo y desidia, o su postración ante los protervos "intereses" de los dueños de los canales. Todos sabemos que no es así. Y lo sabemos en parte por la propia experiencia de los medios estatales, regulados y controlados por los propios políticos, tanto aquí como en otras partes. Ninguno de esos canales, ni aquí ni en ninguna parte del mundo, ha conseguido educar a nadie, ni transformar la sociedad en un sentido positivo, salvo en la medida en que han dispuesto (como antaño la BBC, por poner un ejemplo más que discutible) de la colaboración voluntaria de personas altamente creativas que han sabido educar, no con sermones, sino con el ejemplo, con respeto y en connivencia con el público. La alternativa, mucho más corriente desde luego, y obviamente preferida por este gobierno, es el lavado de cerebro puro y duro, desde una actitud altiva y paternalista. Esta estrategia, lanzándole grandes sumas de dinero, sí puede lograr una población sumisa y borrega, pero no una educada, que es lo que se precisa en aras del desarrollo.

De todo esto se desprende una respuesta al argumento del mando a distancia perdido: si sabes que tu tele no es regulada y puede salir cualquier barbaridad en cualquier momento, y no tienes estómago para ciertas cosas, pues chucha, no la enciendas. Bótala. Nadie te obliga a tenerla ni a verla. Fin del problema y de la discusión.

A lo que me contestaría predeciblemente: ¿siempre botas a la primera lo que no te sirve? ¿No lo intentas arreglar primero?

Ahí está el meollo de la cuestión. Si todos lo canales fueran míos, si las emisoras fueran míos, si los actores y actrices y presentadores fueran míos, si los guionistas fueran míos, si todo esto y más fuera mío, hasta el público entero del país, entonces tendría sentido que yo lo "arregle" a mi gusto y conveniencia. Pero soy un mísero durandeño adoptivo que no tiene apenas nada que sea suyo, ni siquiera moldes para hacer empanadas. Lo único que si tengo, y a esto me aferro, es cierta inteligencia que dice que no está bien ni tiene sentido que intente disponer de lo que no es mío. Que mis criterios sobre lo que se debe y lo que no se debe poder ver en la tele sólo son eso, mis criterios, y como tal no son demostrablemente más fiables que los de cualquier otro, y en todo caso con casi total seguridad inferiores a los de los profesionales del medio, que para algo son profesionales. Esta inteligencia es tal vez lo único que me distingue de los odiosos y despreciables mini-dictadores que, a guisa de "opinión ciudadana", en el programa de anoche opinaban que el gobierno debe intervenir para que los contenidos televisivos se ajustaran precisamente a alguna cosa que a ellos no les "diera vergüenza", y que se vayan a la mierda los que tuvieran gustos o preferencias distintos de los suyos. Eso sí, da la casualidad - y no es más que eso - que en lo que nos "da vergüenza" estamos de acuerdo. Yo también repudio de la basura que se ve en la tele. Pero de ahí a reclamar que el gobierno tome cartas en el asunto - a sabiendas de que al gobierno le importe un comino nuestra "opinión ciudadana" excepto en tanto les da excusa para hacerse con el control de los medios, con fines que pocos todavía se imaginan - hay un gran trecho. Pedir que sea el gobierno quien "regule" los medios no tiene apenas más sentido que pedir que lo haga la actual población presidiaria del país. Al fin y al cabo, los ladronzuelos de celulares son sólo ministros de gobierno en estado larval.

En último término: puede que lo que a mí no me guste a otro sí. Puede que yo sufra viendo asesinatos en tiempo real (como el que todos vimos el 30-S: ¿para cuándo la disculpa correspondiente por parte de Canal Sur por esa "pornografía de la violencia"?) pero a otro le encante. A ese otro puede que yo le encuentre despreciable, pero eso no es ni nunca ha sido una excusa para legislar. Las leyes no deben formularse a base de prejuicios. Si a suficientes personas les repugna lo que se ve en la tele, el propio mercado (los ratings) se encargará de poner las cosas en su lugar. El mercado es lo más democrático que existe. No hace falta nada más.

Tampoco, realmente, es necesario ningún otro argumento, pero quisiera insistir en un par de cosas. Primero, que si eres de los que creen que lo que a ti te causó un profundo disgusto no debe ser visto por ninguna otra persona, te espera un largo viaje hacia la madurez. Toma tu tiempo, disfruta del camino y no te olvides de ducharte con frecuencia. Desde acá, todavía apestas.

Y segundo, que vamos a escuchar mucho más, aunque nos duela la cabeza, sobre "responsabilidad social", "bienes públicos" y "el bien público". Los dictadores necesitan estas idioteces: su discurso, sobre todo el de los actuales rufianes, no funciona en su ausencia. Realmente necesitan crear en nuestra imaginación un ente abstracto, etéreo, de categoría superior, "el pueblo", "el público" que no es ni tú ni yo ni ninguna persona o conjunto identificable, pero que es más importante que tú y yo y todas las personas juntas, y cuya existencia depende de que todos y todas nos creamos el cuento de que el Otro es propiedad nuestro, es de cierta manera nuestro esclavo, y que nuestro criterio, mientras estamos con el Líder, siempre prevalecerá sobre el suyo. Necesita que creamos en el divino e infalible Colectivo, dueño de la Verdad y depositario del Bien. Para justificar su criminal injerencia en los asuntos de los medios privados, necesita que éstos sean vistos como algo "público", con extrañas "responsabilidades" que ninguna persona a solas tiene, y que su carácter privado sea visto como una injusticia secular, y que todos crean en el mito de los protervos Intereses manejados por los malvados Dueños de los mismos. En fin, tienes que creer en cucos. El día que no creas, todo el castillo de naipes se desmorona, y descubres, de repente, que puedes vivir sin la tele pero ésta no puede vivir sin ti, y que la mejor manera de regular cualquier cosa es estar en control de tu propia vida.

Friday, June 10, 2011

Viagra: todo lo que usted está debiendo saber



También sabe cantar. Y aquí, siendo inglesa, imita a una actriz americana que a su vez intenta un papel de británica. Chucha pero sí hay talento en el mundo. Y luego hay "Proyecto Diva", y vendedores de moldes para empanadas.

¿Se sorprenderá alguien si digo que en mi clase de las 6.00 ni un solo alumno había escuchado el nombre de Burt Bacharach?

Felicidades

"Ya no hay plata (ni agua, ni comida). No nos queda más remedio: tendremos que ser felices".

No, es en serio:

Nos daremos cuenta, pronostica, que el modelo de crecimiento fundamentado en el consumidor ya no funciona y que tenemos que pasar a un modelo más fundamentado en la felicidad, que se fundamente en personas trabajando menos y teniendo menos.

Estas babeantes imbecilidades les llegan cortesía de un tal Paul Gil(ding!), "veterano empresario y ambientalista de Australia" en palabras de Thomas L. Friedman (cuyo traductor nos regala la interesante palabra "llenath"). Inevitablemente, nos invita a explorar todas las posibilidades que la vida nos brinda de ser más felices "teniendo menos". Yo, lo primero en que pienso es en la refrigeradora. Y es que acá, en Durán, la empresa eléctrica lleva años ya en una especie de guerra de guerrilla contra el consumidor: cortes de energía no anunciados a cualquier momento del día, que por estos lares siempre provocan el enérgico grito, desde algún lugar de la casa: "rápido: desconecta la nevera", pues la Ley de Murphy asegura que la primera y única vez que no se desconecta será aquella vez que al reanudar el suministro se dará sobrecarga y explosión. Por decirlo de algún modo: nuestra aparatos domésticos andan más estresados que el cuñado de Lorena Bobbit. Entonces, cuando por fin llega la hecatombe y la nevera pasa a ocupar su bien merecido puesto en el hogar de electrodomésticos jubilados, indudablemente se nos habrá quitado un gran peso de encima. Nunca más tendremos que acordarnos de desconectar la nevera cuando hay cortes de suministro eléctrico. Aunque tal vez por ese entonces ya no haya suministro eléctrico de todas maneras.

Pero de ser así la cosa, ¿qué nos impide adelantarnos al destino y ya, voluntariamente, deshacernos de esa cargosa máquina que nos impide disfrutar como otras personas de la calma, el sosiego, el placer y los pies triturados de no tener electricidad durante una hora? ¿Esa nevera realmente es el cerbero que guarda las puertas de nuestro infierno consumista y nos impide escaparnos a los soleados páramos de la felicidad? Tal vez. Claro que sin ella, tendríamos que multiplicar varias veces el tiempo dedicado a las compras, pues no se podrían guardar de un día para otro una larga lista de productos perecederos. De hecho, se me ocurre que tal vez por eso mismo se inventaron las neveras. Alguien, algún día, habría tenido la peregrina ocurrencia de que a lo mejor la gente apreciaría poder guardar el queso durante toda una semana, y que al no tener que ir tantas veces a la tienda, dispondría de más tiempo para hacer cosas más amenas, más proclives a proporcionar felicidad. Incluso puede haber pensado en la diabólica posibilidad de guardar cerveza fresca para el domingo y así burlar a los puritanos y caras de no que en algún futuro aparecerían prestos a imponer sus prejuicios antietílicos a una población sumisa y borrega. En todo caso, lo evidente es que ese inventor, a su manera, a lo que visaba era hacer feliz a los demás.

"¡Tonterías! ¿Cómo puedes sostener semejante burrada? ¡Los únicos que quieren la felicidad ajena somos nosotros, los gobernantes socialistas! Los demás: inventores, empresarios, vendedores, son personas egoistas que sólo miran sus intereses. Bill Gates no te quiere hacer feliz: quiere vender más sistemas operativos. Eso es todo lo que hay."

Veamos.

Yo no digo que el inventor de la nevera (que se llamaba William Cullen, Oliver Evans, Jacob Perkins, John Gorrie o Carl Von Linden, según preferencia) haya sido émulo de la Madre Teresa de Calgonit. Digo que, en una situación de mercado libre, tanto el proceso de la invención como el de la comercialización están sujetos a la voluntad del consumidor final, cuya satisfacción con el producto constituye la única justificación por el esfuerzo, tiempo y dinero invertidos (eso, a diferencia de la Madre Teresa, que por lo visto le daba más importancia a la satisfacción del viejo barbudo celeste: en auténtico altruismo, hasta el más humilde empresario le gana a esa man). No se puede ser exitoso en el negocio sin preocuparse por la felicidad del cliente, o si prefiere, por su bienestar o su satisfacción. No me importa cómo lo llamas. La cuestión es que el consumidor decide qué es lo que quiere y cuánto lo quiere. En algún momento, mi mujer habrá decidido que prefiere tener una nevera a tener esos dólares guardados, o gastarlos en otra cosa. Si el consumidor cree que los bienes materiales no importan tanto, que puede ser feliz sin ellos, tiene la opción, como yo con mi nevera, de practicar el Luddism personal, el ahorro o la caridad: no hay problema. La cuestión es que, en la medida de sus posibilidades, puede decidir. Y sus posibilidades él mismo se las crea (suponiendo la existencia de un estado de derecho). Está en control de su vida.

No así en el nuevo Mundo Feliz de Gil(ding!), Stiglitz, el Rey Khesar, y, casualmente, el aceitoso columnista del Telégrafo Sebastián Vallejo, que hoy nos sorprende con un alarde de lordosis gatuno por el siguiente estilo:

Asumamos, para comenzar, en buena fe el impuesto. Cualquiera que sea nuestra reacción, igual tendremos que pagar. (...) Maldeciremos. Iremos con la misma funda (antes gratuita) para nosotros mismos proporcionarla, o cualquier sustituto de tela; comentaremos cómo antes este atropello no sucedía; le echaremos la culpa a este Presidente que castiga siempre al más pobre. Sus compras llegarán a la casa. La naturaleza se lo agradecerá.

Cambiaremos nuestros hábitos de consumo. Buscaremos la alternativa “verde”, que no paga impuesto y resulta más barata. El mercado (de los carros, de los plásticos, etc.) tendrá que evolucionar, sumarse a la causa. Deberemos asumir nuestro rol en el cuidado del medio ambiente. En fin, de a poco nos acercaremos íntegramente al Sumak Kawsay.

Todos ellos en una cosa están de acuerdo: que el consumidor, si bien sabe lo que quiere, no sabe lo que le conviene, lo que le haría "verdaderamente feliz" (uno se pregunta si a tal conclusión llegaron por la vía de la introspección, y también, si esa felicidad tendría algo que ver con la adquisición de moldes para hacer empanadas). Los más hábiles, claro está, disfrazan esta creencia con reclamos a asuntos de fuerza mayor o a causas superiores, sean éstas de índole teológica, ecológica u otra. Pero para hacer eso, igualmente tienen que asumir el papel de privilegiados sacerdotes o chamanes del Nuevo Orden Mundial, o asignárselo a su politicastro favorito. Bueno fuera que al humilde ciudadano se le permitiera, de manera individual, decidir hasta qué punto Yahveh o el Cambio Climático es cuento o si al gobierno realmente le conviene gastar tanta cantidad de plata robada en cadenas anti-Lourdes Tibán. Esas cuestiones no son para hoi polloi. Para ellas necesitas las habilidades numéricas de un Santiago Pérez, o la mente privilegiada de un Ricardo Patiño. Faltaría más.
 
De modo que el asunto se reduce a esto. Hay gente que cree saber cómo hacerte más feliz ofreciéndote un producto, sea un nuevo celular, una cámara, una nevera, unos zapatos, un corte de pelo o un helado de coco. A lo mejor se equivocan, pero si no te convences, no lo compras: no ha pasado nada. Luego hay otra gente que también cree saber cómo hacerte más feliz, pero en este caso es quitándote algo de lo que tienes, pues según ellos, no está bien tener demasiadas cosas. Curiosamente, en este segundo caso, no te pagan nada a cambio de lo que les das, ni te lo devuelve si resulta que se han equivocado. Además, no parecen muy dispuestos a dejarte decidir, de manera individual, qué cosas son para ti superfluas y reñidas con tu paz interior. Ahora, que digan: no hay plata, tengo la abuelita enferma, tenemos que robarte ese anillo, es una cosa. Pero que vengan los mismos ladrones diciendo que te roban por tu bien, en aras de tu propia felicidad, tu propio Buen Vivir, es otra. Ni los carameleros de la 17 han caído todavía en ese truco. Sólo un político podría idear algo así de perverso.

Pero en una cosa sí tienen razón, y llevan consigo a los grandes, a WC Fields y a Phineas T. Barnum: cada minuto nace uno. La prosperidad electoral, de todas las prosperidades posibles, está asegurada. Y con ésa, las otras ya no importan. Los mundos posibles, dejémoslos a los escritores.