Friday, July 22, 2011

Ironía

Ya está. Blogger.com me acaba de comer otra entrada más, algo extensa, sobre el tema El Universo. Como sea que hace tiempo ya me da demasiado asco todo esto, con esta nueva putada me rindo. Ya ni me apetece seguir escribiendo. Ese odio, esa saña enfermiza que se ha adueñado de la vida pública de este país no es bueno para el alma. Como decía en esa entrada desaparecida: si te encuentras con un marido violento que dice "pero ella se lo mereció porque me dijo..." ¿qué haces? ¿ponerte a discutir sobre lo que ella habrá o no habrá dicho? Si el monstruo no es capaz siquiera de entender que ha abusado de una fuerza desigual, en este caso descomunal, no cabe nada que no sea el mudo desprecio. Correa es ese gorila a quien el abuso de la fuerza, y la servilidad de un juez vendido, le parecen voluntad de Dios, y para quien mandar a inocentes a la cárcel le resulta un juego divertido. Su violencia, claro, como no podía ser menos tratándose de un cobarde, es violencia vicaria. Para cualquier dictador moderno, ensuciarse las manos no es dable mientras existan las cárceles, que se encargan, ellas sí, de "rehabilitar" al hombre honesto e íntegro mediante el acoso, la violación, la violencia y el terror cotidianos. No hay nada que hacer. El político no entenderá nunca que hay gente capacitada para vivir de mil maneras mucho más civilizadas de lo que él siquiera puede soñar. El violento y el acosador no entenderán nunca la naturaleza del diálogo. Intentarlo con ellos es perder el tiempo. Para Correa, el único diálogo que existe es el de la turba alquilada, armada con huevos, consignas y amenazas. Vayamos, pues, a vivir y a discurrir en otra parte.

La ironía que decía es bien sencilla. Se ha comentado hasta la saciedad que es un absurdo jurídico eso de culpar a los directivos de un diario de lo que opina un columnista. Más aun si se tiene en cuenta que en El Universo, con frecuencia aparecen columnas de opiniones directamente enfrentadas entre sí (Krugman y Calderón, por ejemplo, imposible que dos escritores estén tan radicalmente en desacuerdo: si los Pérez se las ingenian para "compartir" la opinión de ambos, chapeau). Pero lo que no se ha dicho es que esa novedad jurídica de Correa destruye su propio caso. Si efectivamente, a pesar de que no existe ningún estatuto del medio, ninguna interpretación legal relevante que lo justifique, a los "jefes" de un diario se les puede responsabilizar de lo dicho por un simple empleado, ¿con cuánta más razón al Jefe de Estado, que según la Constitución es también máxima autoridad de las Fuerzas Armadas, se le puede responsabilizar de lo acometido por sus fuerzas leales? ¿No que en el Ejército existe, ahí sí, cadena de mando, que termina en el Blackberry presidencial? Y sin embargo, todo el caso de Correa se base en que la afirmación de Palacio de que al Presidente se le puede presumir una "orden" que hubiera dado lugar a los disparos de sus fuerzas en los exteriores del hospital el 30S, es no sólo falso sino calumnioso... ¿calumnioso presumir que lo que sí hicieron los soldados suyos respondía a una orden suyo, pero nada calumnioso suponer que lo que escriben los columnistas obedece a la voluntad de los directivos?

Sunday, July 17, 2011

Olivia, la mujer 220

Ya escribí sobre ella. Me imagino que todo el que viaje diariamente en la Metrovía le tendrá dedicado un poema. Es esa mujer que en todo es modelo. Por la mañana incluso trabaja de modelo profesional, ante un aluvión de fotógrafos, haciendo alarde de esa técnica de apoyar el mentón sobre una mano coquetamente virada que le ha valido elogios y premios internacionales; luego va a la oficina, donde se dedica a su otro empleo, el de "modelo de ejecutiva", oficio que consiste en balancear vertiginosamente las caderas al caminar, al tiempo que menea un dedo índice reprobatorio, de vanidad y presunción suculentas, hacia cualquier caminante en sentido contrario, donde la verdadera habilidad se muestra en coordinar balanceo con meneo, reto que ella supera de modo ejemplar, de ahí ese alto salario que a continuación se muestra en el contenido de las múltiples fundas de supermercado que ella saca del interior de su lujoso 4x4, después de hacer las compras camino a casa y de contemplarse amorosamente en el retrovisor. En una de esas fundas hay un niño, o varios, en fin, ese punto no me ha quedado muy claro, pues en general en esta parte de la epopeya es donde el conductor de la Metrovía hace una frenada brusca, dando lugar a diversos coitos accidentales entre los atribulados pasajeros (me han dicho que los avatares y frenadas de la Metrovía de Guayaquil ha inspirado hasta un baile, "el Choque", que ahora hace furor entre los alumnos del Vicente Rocafuerte y alguna que otra veintiochedemayonesa). Es más, se nos informa que por el hecho de sacar las fundas del carro ella es también "modelo de madre", pues ya se sabe que las madres normales, las que no son modelo, siempre dejan las fundas en el maletero hasta que todo se pudra. Claro que lo mejor todavía está por venir: después de guardar los hijos en la nevera, ella se pone el vestido azul, y se transforma en "modelo de mujer". Y como es modelo de mujer, aparece de la nada un hombre (que puede ser también modelo de hombre, o tal vez no, no hay información al respecto). A éste, como para demostrar que ahora es mujer, ella le brinda una botella de 220, la misma bebida que antes ella misma se tragoneaba con vistosa desesperación. El hombre, como todo hombre, al verse cara a cara con una botella se olvida instantáneamente de la mujer y se dedica de lleno a engullirse el contenido, de perfil, para que se pueda apreciar mejor el ángulo que hacen botella y cuello. La mujer modelo a este dechado de masculinidad le mira complacida y con ternura. Fin del anuncio.

Sobre que ella se llame Olivia, no tengo nada fehaciente. Me gustaría creerlo. Como que esto hace que el mundo sea más comodito y calentito. Sigue la canción de Olivia, la que a mi hijo le chifla, y a mí me reconcilia con la raza humana y la porcina, y que creo que a la mujer modelo le va como anillo al dedo, sobre todo por la profundidad de la letra.



Además, se me hace que si se bailara esto en las fiestas de fin de curso en lugar del reguetón, y se cantara esto en todas las iglesias evangélicas en lugar de esos tétricos himnos (mutatus mutandis: en lugar de Olivia, tal vez Jehovia), viviríamos en una sociedad con mejores articulaciones de rodillas. Una cosa es el perreo, otra la genuflexión, y otra el Charleston o el Lindy Hop. Guardemos sentido de proporción.

Ahora viene el "quisiera escribir". Siempre desconfié de los quisiera. Si quisieras hacer algo ¿por qué chucha no lo haces en lugar de expresarlo? A ver:

Quisiera escribir los versos más remunerativos esta noche.

Quisiera desglosar en un pergamino impregnado de nardo y mirra las mil y una delicias irrepetibles de tu más fugaz pestañeo.

Quisiera otro adverbio de lugar. Éste me ha salido turro.

Quisiera remar en una mar de café, soñando con en final de las correcciones de exámenes y redacciones de última hora, y repasando mentalmente con vistas a una publicación en temporada navideña todos y cada uno de los entrañables y estúpidos modelos de rol que a las mujeres metroviajeras, televidentes, revisteras y reguetoneras se les propone como premio de consuelo ante la evidente falta de hombres interesantes en este hemisferio (y parte del otro). Quisiera traspasar el escaparate de aquella sospechosa pasividad y ver qué hay al otro lado, enumerando los resultados en una hoja de cálculo adornado con violetas, ibuprofeno y carmesí.

Wednesday, July 6, 2011

Ninepence ha'penny

Night journey home

I was in a large travelling dormitory attached to a train. Most of the other travellers were absent, probably in the buffet car. So I wandered up to this woman's bed and borrowed her book. It was called "Stockbroker Racing" and was about stockbroker racing at weekends. I returned to my bed, settled down and started reading. The book was OK and had a lot of pictures in it of lean stockbrokers in kennels but wasn't anything that special. So I returned it and picked up another book from this absent woman's bedside collection. This one had a bookmark in it about half way through. I opened it and found it was set in epic Roman times. All the main characters had the same Christian name, 'Tis: for example, 'Tis Brown, 'Tis Smith, 'Tis Blair, etc. This made reading the dialogues a bit difficult:

"Who goes there?" roared 'Tis.
'''Tis," shot back 'Tis.
"'Tis who?" bellowed 'Tis.
"There are two parthenons and an eleven-hundredths symbol inscribed on your watch," evinced 'Tis.
"That'll do nicely," adumbrated 'Tis.
"I require a hotch-potch of ancient Roman comestibles to appease my barbarous German hunger" chimed in 'Tis.
"What?" barked 'Tis Suspiciously, steaming the lentils.

As I carried on reading I started to think "this is a really good book. It has everything. It's hysterical, it's historical, it has people who use laptops, and it even has a secondary character called (not 'Tis, but) Leticious. I wish I had written this book". Then I woke up. Even after waking up I was still jealous of the writer of this book, before gradually realising that if I had dreamed the book it didn't therefore actually exist yet, so I could actually write it and lay claim to it as my own. This seemed a bit of a low-down trick at first. So I wandered off to the train buffet to wrestle over the morality of it.

But not before hopping out of the bunk and landing on the wrong foot.

Part of the bar was being hogged by a big roly-poly young man who was doing something odd with two music manuscript books. He would look at the music written in the first one, then take a sip of coffee, appear to be thinking hard for about five minutes, then write a note in the second book. The barmaid was wearing one of those skirts. She also had impossibly pale blue eyes: I waited till she was side on and checked for contact lenses, but couldn't see any so I suppose you can actually have eyes like that. They are perfect eyes for a train cafeteria barmaid as even when they are looking at you they appear to be looking in the opposite direction.

After a coffee, a sandwich, a bottle of wine and a beer, I went back to my compartment. One of the blokes occupying another litera was snoring. For some reason I remembered how in NLP they say that if you mimic another person's body language and idiolect you can create a good impression, and idly wondered if I could make this bloke feel a profound admiration for me (when he woke up, or perhaps even before) by copying his snoring. It wouldn't have been difficult. But I didn't want to be admired, I just wanted my left leg to be about a foot shorter. It gets tiresome trying to look out of the window from the head of the bed when every single view contains the silhouette of a foot in plaster as its chief feature.

Not that there was all that much to see. It was too dark mostly.

Postscript: if you are travelling with two aluminium crutches, a heavy leather suitcase, a guitar embraced by a towel in one of those naff kumbaya-type fake tartan cases, and a jacket which it's far too hot to wear, then when stepping on an escalator do NOT place the heavy leather suitcase two steps in front of you. If you do, the following will happen:

When you get near the top of the escalator, you start to wonder whether the suitcase will just slide neatly off at the top. You start to hope that it will. When it gets to the top and doesn't slide off, but instead just sits and surfs the steps, you try to push it forwards with an aluminium crutch. When it refuses to move forwards, you have time to think: "I wish this suitcase wasn't in front of me. I wish I wasn't about to fall over." Then the escalator will gently push your feet under the suitcase. An aluminium crutch will fly into the air, describing an impressive parabola, while you are tipped over into a horizontal position. The guitar will hit something hard and then fall underneath you. After that a Moroccan will pìck up your crutch, come up to you and offer to help. I've noticed that about Moroccans - they always offer to help. I wonder if it's a religious thing.

Post-postscript: I am now listening to a song by Peruvian singer Carmencita Lara called "Cemetery, cemetery, give me back my mother". It's much better than Simon and Garfunkel. There is a line in it about "blancas azucenas". Azucena can be a girl's name. It sounds nice doesn't it? Sort of like a mixture of Cena (supper) and Azúcar (sugar). MY BAG OF SUGAR IS CRAWLING WITH ANTS. According to the dictionary Azucena means "Madonna lily, Annunciation lily". What's one of those when it's at home? When I'm at home I check things in dictionaries. Fibula.

(24 June 2002)

Friday, July 1, 2011

Aprendices

Mi hermana estudió música en el Conservatorio (es un decir: el nombre se me fu) hace fu, en esa ciudad grande que teníamos al lado, a vuelo de paloma. Cuando me tocó clarinete, también pude entrar. Lo que recuerdo es poco: polvo, mucho polvo, y retratos por todos lados, se supone de los grandes. Beethoven, ubicuo. Él, príncipe entre modelos de rol, resumía lo que era aquello de ser músico: cabello indomable, ojos de oscuro y temible transporte, bototas, juventud incombustible disfrazada de años. También, por supuesto, había manuscritos apilados por doquier: aquello parecía gabinete de abogados dickensiano. Al iniciarte, no tardabas en descubrir que la música era una corriente alternativa dentro de la civilización. O tal vez, simplemente, era la civilización. (Aunque en aquellos años todavía existían otras corrientes aparentes, ya casi estancas.) Para participar en ella, imprescindible interiorizar un centenar largo de palabras italianas de lo más floribundo (todavía me persigue: voy a comprarme una cola y veo flotando encima del vendedor una partitura donde pone en una cursiva exquisita: descartabile, ma non troppo), y cultivar la dolorosa ciencia de los corchetes, con todos sus enrevesados algoritmos, y esa machacona insistencia en despertar a reglazos al zurdo que llevas dentro. Y como prueba de que todo eso era serio, muy serio, y que la civilización dependía de ello: al profesor de piano de mi hermana una vez le pillaron caminando por la ciudad en pijama, sonámbulo. Está claro que quien sale de casa en pijama lleva el peso de la civilización en sus espaldas.No hay otra explicación.

El Conservatorio, ya se sabe, dejó de conservar allá por la época de la Thatcher. Y ahora el mundo, esófago ma non troppo, está nostálgico de saberes ancestrales, de grados de perfección comestibles: hasta tal punto que por poco me pongo a vender rosacruces y paracelsos por la avenida Quito. Quiere que se le transmita cosas desde ese remoto pasado en que había quien se sabía algo, ese anhelado país en donde la gente todavía no era ridícula y grandemente intercambiable. Sólo pasa que se empeña en equivocarse de siglos.

La pista: ese polvo, esas hectáreas de madera barnizada, ese olor noble a tabaco.

Lo ancestral remonta, en realidad, limpiamente a una época muy reciente de valses y de coffee houses y de aburridas guerras de independencia; luego, como un riachuelo selvático, se pierde, de pronto, en un extraño foisonnement de ilegitimidades, que provoca suspicacia. Flores de bosque demasiado grandes, que con sus pétalos parecen querer tapar algo. Abriendo camino a machetazos, avanzas apresurada y atropelladamente hasta el centro de un claro repentino. En cada tronco de árbol en tu alrededor está colgado un cuadro. Cada uno representa una infancia diferente. Una de ellas es la tuya, pero no tienes memoria, ni modo de saber cuál es. A guisa de ironía, debajo de cada cuadro está la etiqueta con las fechas de nacimiento y de muerte de su protagonista (hay fechas desgarradoras). Si quieres reunirte con tu vida, tienes que escoger. Y para hacerlo, sólo hay una regla: aquel cuadro que representa tu infancia resumirá, de algún modo, todo lo que ves de todos los demás cuadros. ¿Cómo así? Porque te creó los filtros a través de los cuales estás condenado a apercibir todo lo demás. Creó tu universo. Te puso límites. Condicíonó tu mirada.

De modo que sólo volviendo a él puedes aprender a ver de otra manera.

Yo he conocido a dos ó tres hombres-conservatorio: de aquéllos que quieren resumir en su cerebro toda la historia de la raza; que se aferran a alguna excentricidad sintáctica e indumentaria menor; que pueden decirte en qué año se estancó la ciencia (falta de aether o de phlogiston), y hasta dónde remontan los usurpadores, explicación suficiente de todos nuestros males; que cortejan lo grotesco, lo fin-de-siecle, lo dendrítico, lo petri. Aquéllos que, justo cuando los tienes etiquetados y sicoanalizados, te salen con un apercu arrollador, terrible en su inhumana sencillez. Esos enemigos de la modernidad suelen provocar feroces venganzas literarias. Vean lo que hizo de ellos Frederic Raphael (en Glittering Prizes) o Thomas Harris. A mí no me consta que todos sean asesinos de pollos. Tampoco me importa, la verdad. Puedo compartir mundo con ellos. Me place (tras mi picket fence de cómoda ignorancia) hacerlo.

(Al son de Mantovani Plays Bacharach): tengo a un nuevo vecino, Adolfo Hitler se llama (sólo a los Julian Barnes les toca Gene Tierney, parece), que hace una semana invitó a mi esposa a comer crepes en su bien porcheada casita "Dunmassmurderin". Ella cortésmente hizo sus excusas: el man, para ella, traía demasiado aire de extranjero, de bohemio. Tendrías que verlo cortando el césped: revuelo de hierba segada, que parece saña de algún recuerdo. Original el tipo.

Porque #todossomos jubilados ahora. Es la triste realidad. Ni la memoria de la raza nos preparó para esto. Con lo cual se vuelve urgente la fabricación de nuevos niños, de esos que no se quedan, sino que corren y conquistan laderas de valles, de estos valles en que nos acurrucamos miedosos y vencidos.

El fin del mundo es historia vieja, amigo. ¿Que cambió el clima? Los climas siempre cambian, son como mujeres cuando el taxi ya está esperando. ¿Que se aprestan jinetes? Es posible (aunque el shale parece ponerlos nerviosos. Quiero verle la cara a los putos wahabitas cuando Israel esté en plena producción). ¿Que en algún momento habrá pánico mundial, caras dignas de Chick Tracts, en blanco y negro, arrebatamiento, parusia, averías de Movistar? Esperemos. Me encantaría que se vaciara la iglesia de enfrente, poder dormir tranquilo algún sábado. En fin, trabajo tendrás si quieres que para mí calentamiento global llegue a significar otra cosa que lo que siempre ha significado, una buena tunda erótica. (Los jubilados aun tenemos nuestros sueños y recuerdos oscuros e indescifrables. Es propio de ancianos: sean comprensivos.) De modo que si quieres ser absolutamente moderno, dalo por hecho y concéntrate en el futuro. Hay que ponerles nombres supersticiosos a tantos y tantos wind farms en desuso. Hay que reinventar la taberna campestre. Hay que enseñar a las ballenas a volar, y a los elefantes a olvidar. Hay que escribir los poemas que venerarán como escrituras sagradas las sociedades fragmentadas del futuro. Y hay que comprar el mar.

Sí. El mar necesita comprarse.



Nota: Rachel Flowers es una niña ciega que demuestra que la gente dizquepacitada son unos pobres diablos que necesitan de nuestra compasión amén de campañas televisivas a su favor a cargo de vicepresidentes estudiadamente bonachones. Aquí la ves masacrando a Keith Emerson. (Yo crecí con esta música. Tarkus a mí me trae ineluctablemente sabor a ginebra, a habitación mugrienta, a catorce años. A esta niña, parece que otra cosa.)