Monday, August 29, 2011

Degenerado

Mi otro lector, que por su silencio me da la sensación de ser muy inteligente, se habrá quedado perplejo ante el comentario de Anónimo en la última entrada. Debo precisar que Anónimo es como una rata que visita la celda de un solitario condenado: no es la compañía que uno quisiera, pero es compañía, es lo que hay, y por eso le tengo una suerte de aprecio. Por supuesto que está como una chota; pero tal vez también lo estoy yo. ("Si la locura fuese dolor", dice sabiamente la Celestina, "en toda casa dieran voces".) Desde luego que tengo talento para atraer a este tipo de parásito, por eso creo que debo de tener algo, algún olor a podredumbre de que estoy inconsciente, para que estos hongos proliferen en mi alrededor. Hace años, cuando frecuentaba Usenet, hubo un tipo que por alguna extraña razón, y contra toda la profusa evidencia autobiográfica que yo habitualmente proporcionaba, logró convencerse de que yo era "en realidad" un joven actor, protagonista de una serie de ciencia ficción (Stargate creo que se llamaba) que yo ni siquiera he visto. Como ese actor era objeto de una malsana obsesión homosexual por parte del tipo, me perseguía virtualmente hasta que tuve que desistir de escribir públicamente un buen rato para perderle la pista. De esa experiencia aprendí que hay gente que se convencerá de lo que sea, hasta el punto de que ya no importan las evidencias: su necesidad de creer triunfa sobre todo raciocinio.

De tal manera, en una extraña mezcla de lectura superficial y delirante fantasía, parece que Anónimo cree que soy alguien importante, alguien cuya opinión cuenta en el mundo real, como para que valga la pena pasar tiempo acumulando citas y enlaces con artículos de diarios para convertirme a su actitud de beligerante hostilidad y violento rechazo al islamismo y al flujo migratorio que él entiende pone en peligro la continuidad de la civilización europea, amenazada por las hordas de la media luna. Claro que para autoconvencerse de la necesidad de tal conversión, o de tal victoria dialéctica, ha tenido que crear un adversario de esperpento, una especie de peligroso comunistoïde disfrazado dedicado a socavar las bases de la civilización con propaganda anticristiano y proislámico. La cosa llega a tal extremo de absurdo que una entrada de blog que no menciona para nada el cristianismo, ni para bien ni para mal (el lector inteligente lo puede comprobar en dos minutos) pero sí en cambio a Dickens, Ortega y Gasset, Judge Jeffries, Genghis Khan, Doctor Who, Tutankamún y Baltasar Garzón, atrae acusaciones de "anticristianismo", siendo definido como anticristianos aquellos blogueros que mencionan el cristianismo "por lo menos 3 veces por post". Es decir, Anónimo necesita que yo sea un anticristiano obsesivo y militante. Él lee lo que necesita leer, no lo que hay en la página. La enfermedad es bastante frecuente, pero pocas veces llega a estos extremos tan vistosos. Claro que la cosa tiene su lado cómico:

Lo que tú ignoras, o pretendes ocultar, es que el gobierno de Ecuador es ferozmente nacionalista y el de Inglaterra en cambio prohibe la bandera nacional para no "ofender" a los extranjeros...

No sé cómo decirlo: si visito el blog de un aficionado a los trenes modelo, dedicado exclusivamente a este tema, y le acuso de "ignorar, o pretender ocultar" que la manzanilla es buena para los trastornos digestivos, pues me merezco por lo menos un WTF. Lo que el bueno de Anónimo ni ignora, ni pretende ocultar, porque para ambas cosas hay que tener cierta mínima potencialidad cognitiva, es que no estaba hablando ni de nacionalismos ni de banderas nacionales, aunque sí en otra ocasión hace tiempo habré tocado el tema, aclarando en ese entonces que las banderas no me interesan en absoluto, no más que los remedios caseros al devoto de los mini-locomotores. Por tanto, lo que parecería evidente es que para tener una buena discusión sobre esos temas, hasta para ganarse un converso, lo mejor sería buscarse un blog de alguien a quien realmente eso le interese. Y no es que escaseen precisamente. Blogs sobre religión hay decenas de miles, de todas las tendencias (el otro día estuve leyendo con cierta fruición un blog ultracatólico), sobre nacionalismos y banderas ídem. Si Anónimo quiere que alguien se escandalice por que en Inglaterra (no lo dudo) haya autoridades que prohiben el uso de la bandera, pues nada más sencillo que buscarse a alguien a quien esa bandera represente algo serio. Aunque por supuesto la tal prohibición me parece cosa execrable, se me antoja una nadería al lado de otras asuntos mucho más graves, como la prohibición de fumar en los pubs. La verdad es que cuando me enteré de que los ingleses habían aceptado esa ley, la del tabaco, prácticamente sin rechistar, en ese momento me di cuenta de que yo ya no era inglés, pues ya no tenía evidentemente nada en común con el resto de la gente de ese país. Tal impresión se intensificó el otro día, cuando vi las imágenes de un grupo de jóvenes londinenses, que se acercaban a un tipo que tenía la mandíbula rota, aparentemente para socorrerlo, en realidad para robarle el contenido de su mochila. Cuando vi eso, supe a ciencia cierta que lo que yo recordaba como Inglaterra ya era algo muerto: ni siquiera "historia", simplemente alguna estúpida nostalgia de un viejo sonámbulo y moribundo. En la Inglaterra que yo conocía, o que falsamente me parece recordar, tales cosas no sucedían. Así que ya nada me une a ese país, más que un molesto y delatador acento.

O dicho de otra manera: no tengo tribu.

Tal vez valga la pena (no para Anónimo, desde luego) insistir sobre eso. En parte porque creo que sirve de explicación al fenómeno apuntado arriba, el por qué atraigo a gente rara, trastornada y obsesiva. Es porque me ven, simplemente, solo. A las enfermedades como a los depredadores la soledad se lee como señal de presa fácil. Por lo menos, a los más tontos les parece así. Y lo cierto es que no tengo bandera, ni busco una. No tengo ni partido, ni ideología, ni religión, ni me siento identificado con ninguna clase social, ni con ninguna "raza" (para quienes todavía creen en esas cosas), ni desde luego con ninguna patria. Ni siquiera estoy muy cómodo con mi supuesto género, y hace mucho dejé de "identificarme" con él. Soy como mi hijo: solo en el mundo, y buscando entretenerse con cualquier niñería inocente mientras el huracán espera tras la puerta.

O si insisten en buscarme afiliación: homo sum, etc.

Se es humanista como se es hincha del Barcelona: sabes que tu equipo siempre va a perder, pero simplemente sigues por lealtad, o por pereza. No espero gran cosa de los seres humanos, no después de ver ese video de los ladrones de Londres (a propósito, lo que se ve actuando ahí es "la sociedad". Pasen el dato). Pero parece que tengo más de humano que de otra cosa, y a mi edad entrenarse para microbio supone demasiado esfuerzo. Así que con esta especie me quedo. Pero realmente, poco importa. Me espera poco tiempo en este cuerpo, y pronto seré un confuso pulular de gusanos subterráneos, y nadie apenas se dará cuenta, pues no cambié el mundo, ni puedo hacerlo, ni de poder hacerlo me lo permitiría (no suelo tocar lo que no es mío). Y eso me lleva naturalmente a la siguiente reflexión:

Soy degenerado, sí, tal como creo que alguna vez me acusó Anónimo, pero sólo en potencia. Soy antisocial, también (la última acusación) pero de nuevo, sólo en potencia. Para realizarme plenamente como degenerado necesitaría conocer a algún otro de la misma especie. Es falso que "vivo entre antisociales". Ojalá fuese verdad. Ojalá conociera a alguien más que no tuviera tribu, que oyera como quien oye llover a los cantos a la Patria, a los discursos de Partido, a las zalamerías de los publicistas de Blackberries y del peinado del Justin. O sea, a otro hedonista perverso, despreocupado, caprichoso e irresponsable como yo.

Limando un poco: me siento solo. Lonely es la palabra.

Wednesday, August 24, 2011

De jueces y mamadas

La identificación de un juez antes era sencilla: sólo tenías que mirarle la cabeza. Si ésta llevaba pegada encima una peluca con rulos que parecía excrecencia del mismo cráneo, ése era tu hombre. Claro que eran todos hombres, faltaría más. Pero no importaba que lo fueran, porque eran hombres sólo en ese sentido minimalista que se solaza y se consume en no ser mujeres. Por lo demás, eran seres asexuados. La edad lo garantizaba. Sólo se podía ser juez si llevaba en este planeta, o algún otro, unos cuantos centenares de años, los suficientes como para haberte desprendido de toda pasión corporal, si alguna hubiera padecido en su momento, y para que la modernidad, con sus automóviles, sus faldas cortas y sus pulgares oponibles le pareciera nimia e irrelevante. Prueba de esa falta de apego a los apetitos terrenales era una complexión desnutrida, digna de una película de Hammer: esqueleto vestido de toga, el juez modelo dudosamente gozaba de facultades locomotoras, las cuales en todo caso no le hubieran servido, pues todo el mundo sabía que con el lento transcurrir de los siglos su cuerpo se había fusionado con el de la silla de madera maciza que le servía de soporte y pedestal. En cuestión de movimiento, la Justicia sólo requiere la rotación del cuello sobre el eje Y, para poder escudriñar a los asistentes a la Sala, lentamente, con mirada de cañón, y un poco también en sentido X, para poder bajar la mirada hacia el infeliz que temblaba allá abajo, mil leguas abajo; y aparte, evidentemente, tenía que saber manejar el martillo de su oficio, ése que daba punto final a los pronunciamentos ex cathedra de la Justicia terrenal, que hacía las veces de la divina: tanto, que se rumoreaba que el mismo Yahweh había sido, en su día, simple alumno aventajado de alguno de esos terribles monstruos.

Obviamente, los pronunciamientos de un juez no se cuestionaban. Según me explicaron mis padres, ello era así no tanto porque ellos nunca se equivocaran, que bien podían hacerlo de vez en cuando, en temas intrascendentes por supuesto, como la hora o el día o el año o la galaxia en que se encontraban, sino porque cuestionar a un juez equivalía a poner en peligro toda la civilización occidental, y abrir las puertas a las huestes de Alarico y a las hordas del temible Khan. Era una irresponsabilidad como ninguna otra, pues las consecuencias de tal acto eran imprevisibles. El único que podía cuestionar a un juez era otro juez: para eso existían las apelaciones, que si querías apurar el proceso, llevaban hasta las puertas de la Cámara de los Lores, y no de todos ellos sino que aquellos seres omniscientes y omnipotentes que se conocían como Law Lords, dando a entender con ese nombre que su existencia era anterior y superior a la de todas las leyes habidas y por haber, que ellos mismos eran los creadores de todas las ocultas fuerzas morales que rigen el universo, los cuales ellos podían hacer y deshacer a su antojo. (Eran, en ese sentido, un poco como los Time Lords de la serie Doctor Who.)

Estas inocentes apreciaciones juveniles tardaron en ceder ante la observación y la reflexión. Recuerdo una conversación con un antiguo compañero de trabajo en un bar en España, sobre el extraño caso de un tal Baltasar Garzón, a quien los medios insistían en llamar "juez" a pesar de que el tipo difícilmente podía tener más de cuarenta y cinco años, es decir, apenas la quinta parte de los que en Inglaterra se precisaban para acceder a tal dignidad. Convenimos que esto de tener jueces insultantemente jóvenes, con pelo engominado peinado hacia atrás y aspecto de actores de Hollywood, era una novelería típica de aquella España pos-transición, dominada en aquel entonces por una pujante progresía rosamonterina regada por acaudalados ríos, nacidos en Alemania, de liquidez "europea". Pero indagando indagando, nos dimos cuenta que ninguno de los dos teníamos la más remota idea de cómo una persona se hacía juez, en nuestro país o en cualquier parte. Con esa facilidad especulativa que concede la cerveza, al final decidimos que seguramente era por vocación genética. Es decir, cierta configuración cromosómica daba lugar a que alguien naciera con Síndrome de Juez, lo cual en la temprana juventud se revelaría en cierta marcada tendencia a dar martillazos y a condenar a los compañeritos, en el patio de recreo, a X años de cárcel o a la silla eléctrica: un poco, digamos, como esos inocentes juegos infantiles en que al decir de sus amigos participaba Rafael Correa, de niño, donde él se reservaba el papel de presidente y conminaba a algún compañero a ser durante quince minutos dueño de un periódico, para poder enviarle a la cárcel, que era un espacio que había detrás del destartalado quiosco donde se vendían sánduches y colas. Claro que no bastaba con haber nacido juez: uno tendría todavía que aprender el oficio, y demostrar ese rechazo extremo ante el alcohol que da lugar a que en inglés el magistrado es proverbialmente sereno. Y así, tras cumplir los obligatorios doscientos años de intenso estudio en, pongamos por caso, el difícil arte de fingir estar despierto sin estarlo de verdad, uno se presentaba a los ritos de iniciación, en alguna oscura capilla entre telarañas, murciélagos, terciopelo y largas velas.

De ahí que nunca caí en la estafa que representa aquella Judge Judy y sus innumerables imitadoras. Primero, porque una mujer no puede ser juez, cosa evidente de por sí: impensable que los fallos de la justicia dependan de un ciclo de 28 días en lugar de sendos siglos. Segundo, porque si bien pueden llevar peluca, no se alcanza a ver ningún rulo. Tercero, y esto es lo más grave, porque trivializan el oficio. En lugar de emitir sentencias sibilinas cuya falta de conexión con los hechos del caso inspira un reverencial silencio, emiten comentarios chismosos, moralizantes y llenos de una vistosa autosuficiencia. Si aquello es un juez, yo soy el rey Tutankhamun.

Faltó que viniera a este país para darme cuenta de que jueces podía haber de todos tipos, en realidad. El tercer o el cuarto día de mi estancia aquí, a mi esposa se le ocurrió enseñarme un diario, de nombre El Universo. Ahí había una entrevista con alguna dignidad de las Cortes, realizado por un joven periodista (no me fijé, podía haber sido Xavier Flores) que con sarcasmo musitaba sobre un comentario del entrevistado, donde declaraba que tal o cual otra dignidad de la Judicatura era "un excelente juez", pues era capaz de "chupar cuatro días seguidos sin caerse". Más que el comentario del entrevistador, lo que me resultó interesante fue la desfachatez con que el entrevistado soltaba ese criterio, como suponiendo que la lógica era evidente: capacidad de aguante alcohólico = excelencia en el oficio judicial. Aquello me hizo pensar, y todavía lo hace. Más tarde vino ese gozoso interludio, después de lo de la Pichicorte que creí no entender porque "debe ser algo más complicado que lo que parece" (error intelectual en que caigo repetidamente), cuando ante cierta carencia de jueces de rango superior los canales de tele quisieron colocar su granito de arena emitiendo programas con espléndidos títulos como "Buscando al Juez Ideal" donde se proponía hacer concurso de jueces supremos, una vez en traje de gala y otra en bañador. Entonces me di cuenta de que en este país faltaba algo. No eran jueces lo que faltaban, era otra cosa. Era aquella mística, aquel carisma de elefantes sustentores de la civilización que requiere de siglos de historia además de los esfuerzos de un Dickens (en Bleak House), de un Judge Jeffries y no sé cuántos más ejemplos y contraejemplos. El dato (proferido por familiares políticos, conocidos y desconocidos, en fin, una de las pocas cosas en que todo Ecuador parecía y parece estar de acuerdo) de que en el sistema judicial reinaba la corrupción más desvergonzada, era interesante pero secundario. La corrupción reina dondequiera, hasta en mis intestinos si me apuras. (Aun así, me chocó un poco escuchar por aquel entonces el testimonio de una mujer presuntamente violada que explicó que al médico que la había examinado le sustituyeron otro médico, a quien no había visto nunca, ´para que declarara que "no había encontrado indicios" de nada). Lo interesante del caso no era la falta de probidad en la justicia, sino la falta de aquella fe en el sistema judicial que me habían enseñado era uno de los pilares de la sociedad. En lo posterior, cuántas veces ante un evidente atropello que parecía exigir resarcimiento legal, he escuchado "a juicio ¿para qué? si los jueces sólo miran por dónde se pueda sacar plata". Ante el evidente hecho de que en Ecuador, la justicia era mercancía que se compraba con contante y sonante, la gente simplemente se desentendía de la justicia, y nadie era tan iluso o tan cojudo como para confundirla con la moralidad. Y aun así, no llegaba Genghis. Todo una refutación a la teoría de Ortega y Gasset (en España Invertebrada) de que para "vertebrar" a un país se necesita de esa credulidad de "las masas", encarnada en ilusos arquetipos proyectados hacia líderes y otros referentes tribales. Nada de eso. "¿Así que se puede, colectivamente, no creer en la justicia y aun así no reina la anarquía?" musitaba entonces, con aquella sorpresa con que un cristiano descubre que se puede ser ateo sin ser un borracho, un violador y un asesino en serie los fines de semana.

***

Yo tenía entonces veintisiete años. La Mercé me había cortado el pelo - era peluquera, a su manera - y en eso se basaba para reivindicar cierto derecho a acostarse conmigo. El corte de pelo se había realizado en un incómodo ambiente de sonrisitas cómplices por parte de una elefantina celestina, hija de los dueños del bar Los Arcos, de nombre Griselda. Accedí ante la demanda, sin preocuparme de su sustentación legal. Eso de acostarse con la Mercé, luego, con el tiempo, se convirtió en hábito, o en vicio. Ella era fea como ella sola, pero yo también lo era. Así que. En fin, la cuestión es que más tarde trascendió que todo esto era parte de una estrategia política. Ella odiaba a muerte a sus padres, con los que sin embargo era condenada a vivir, por falta de calés. Yo, con mi resplandeciente y frontal cojudez, era la solución. Oportunamente, al mes y pico se montó un chou de estar embarazada. El kit de embarazo (el de la farmacia, no el mío) dijo otra cosa, pero por ese entonces ya tenía su piso alquilado. Cuando nos despedimos, a los dos meses, se me ocurrió exigirle la devolución de los dos meses de alquiler que yo había pagado como fianza, pero me parecía poco caballeroso. "Se aprende perdiendo", me dije. En fin, la cuestión es que en cierto momento de aquella relación de relámpago, a la Mercé se le ocurrió hacerme una mamada delante de la casa de sus papás. Sí, como lo oyes. En plena calle, delante de la casa. Si su padre hubiese mirado por la ventana (era muy de noche, pero el tipo tenía aspecto de lechuza) nos hubiera visto. A mí me daba cierto morbo ser mamado en plena calle, bajo un toulouselautrequiano faro, pero a ella lo que le daba.... no sé, nunca lo entendí muy bien. A eso voy, me interesa, pero quedará para otra entrada. Todos sabemos que la mujer lo que más la distingue, más que tetas y demás atributos, es el don imitativo, el conformismo social, la falta de originalidad y de individualismo. Pero cuando ella se vuelve rebelde... no sé, hasta la bragueta de un feo no está a salvo. También hace pensar.

Tuesday, August 9, 2011

Demonios

He estado ausente de Twitter (lo que se dice ausente, ni sapear siquiera) y de este blog, y se perfila más ausencia y más ausencias. El por qué pertenece al blog negro. Mis enemigos, si es que tengo alguno (no soy consciente de ello) se alegrarán al saber que la columna de mis demonios ya da vuelta y media de la manzana. Son muy pacientes: simplemente esperan, día y noche, conversando intermitentemente, como quien espera las rebajas de enero en algún almacén de Londres. La mayoría visten estilo Mormón, con terno y corbata, y algunos el consabido macuto de donde sobresalen unas enormes tenazas. Tal vistosa columna como que da un poco de colorido al vecindario: por lo menos eso dicen los vecinos. Tantísima pezuña hendida junta creo que ni en la Asamblea, vaya.

Las noticias de las últimas semanas, tal como me han sido filtradas a través de las fuentes no contrastadas de rigor, como mi esposa por ejemplo:

Lourdes Tibán ha hablado de ladillas. Me parece correcto.

Se ha descubierto que en uno de sus antiguos artículos Emilio Palacio llegó a decir una verdad, verbigracia, que Correa ordenó que lo rescaten usando armamento también muy de verdad, o séase, letal, "ese día". En su defensa alega que cuando lo decía, no sabía que era verdad, si no hubiera puesto otra cosa.

Se ha descubierto también que todo el mundo es responsable de lo que hace todo el mundo. Por ejemplo, si el primo de tu barbero no le pasa la mensualidad a la vecina del chófer que lleva a tu nuera al mismo colegio que alguien cuyo abuelo una vez comió fritada en el mismo restaurante que el dueño de El Universo, entonces ese mismo dueño de El Universo es responsable de pagar esa mensualidad, so pena de ir a un centro de reeducación donde a los reclusos se les obliga a escuchar diez cadenas sabatinas de Correa cada semana (exagero, ya, pero pronto llegamos). Ese novedoso concepto se llama "responsabilidad social", y está haciendo furor en todas las escuelas de negocios del país, desde que sus directivos se enteraron que el pirámide de Maslow ya era historia vieja hace dos décadas. Claro que el quid está en que uno sea dueño de EL Universo, o sea, de algo codiciado por los fracasados malcasados del gobierno. Si no, no vale.

Se ha vuelto a desplomar Wall Street. A mí me parece que esa Wall Street se desploma mucho últimamente. Para mí que ni una casa en el Estero Salado se desploma tanto. Será que la construyeron en el lugar equivocado.

Chenifelope estrena nuevo novio. No sé por qué esta noticia no me emociona tanto como debiera.

Un tipo que vive en un palacio, tiene avión particular y chef belga llama "aniñados" a la gente que protesta en la calle. Gozosa esta noticia.

Se ha descubierto que la partidocracia no fue tan mala como parecía. Entre sus cosas buenas destacaba la sana costumbre de comprar conciencias con cargos. Pero ya es tarde para lamentarlo: la partidocracia ha muerto. Ahora hay es otra cosa.

El plan PUTEO (Pronto Usted También Escuchará Ofensas) del gobierno nacional ha entrado en su última fase, con el lema "Ningún ciudadano sin su merecido insulto". El Presidente, para dar el ejemplo, ha creado nueva cuenta en Tuíter con el objetivo de insultar a 100 personas diarias. La respuesta ha sido tremenda, con miles de seguidores esperando fervorosamente su insulto personalizado. "Cuando el Presidente me llamó pitufa majadera horrorosa y limitadita, fue el día más feliz de mi vida", comentó entusiasmada una seguidora del Presidente, "Sólo pensar que ahora tengo algo en común con el Vargas Llosa ése". Igual entusiasmo mostró el Presidente. "Esto de las redes sociales es un gran invento," comentó. "Mi lema siempre ha sido 'siembra un poco de odio dondequiera que vayas', y ahora esto resulta mucho más fácil con el interné, excétera".

Finalmente, el Colegio 28 de Mayo, ante el aluvión de críticas por el mal estilo de sus chicas bailando perreo, ha decidido introducir el Perreo en el currículum como asignatura obligatoria. La nueva profesora de Perreo, Miss Nelsa Cúrvelo, se mostró locuaz ante los reporteros. "En el primer trimestre vamos a estudiar los orígenes del perreo en los bailes dionisíacos de los antiguos templos griegos," dijo con entusiasmo, "y a continuación haremos un repaso de su evolución a través de los siglos, aparte tendremos que echarle un vistazo al aspecto sicomotor, es decir estudiaremos detenidamente las destrezas anatómicas y el aspecto muscular, la coordinación física necesaria, que practicaremos con ayuda de sillas y pesas." La directora del colegio se limitó a comentar: "si esto no les quita todas las ganas, nada lo hará." Otros colegios ahora estudian reemplazar la opción de chirlider por la de perreo ante la insistencia de padres y alumnos. "Después de todo, eso de chirlider es muy norteamericano. Por lo menos que hagan algo autóctono," dijo un padre de familia que pidió la reserva. La Ministra de Culturas, Erika Sylva, felicitó la iniciativa. "Tenemos que recuperar nuestra identidad tradicional," acotó. "Antes de evolucionar en seres humanos socialistas, todas y todos hemos sido perras y perros. Arf Arf."

Hasta ahí las noticias. Espero que hayan sido lo suficientemente veraces y contextualizadas como para no me halen ante ningún Comité de la Verdad. Si tienen que hacerlo, me encontrarán donde el signo del Perro Negro.

Esperen...