Thursday, February 9, 2012

Mountains or morons?

In and around the Lake, morons come out of the Sky,
and they Stand There...
          - Jon Anderson (as heard by me and big sis)

La música popular de los años cincuenta se hizo para ser escuchada en un Cadillac, con el cabello ondeando al viento, y se diseño para reducir distancias estratégicas entre mano y muslo. La de los sesenta también se hizo para la radio (¡la radio! ese bufón, ese mendigo haraposo: y pensar que una vez dirimió guerras, eligió a políticos, abdicó a reyes, creó modas, e incluso dio al mundo Gardeners' Question Time, hasta que a la radio star dizque la mataron, alevosamente, los de siempre) pero ésa era una radio ya transistorizada, moderna como una película de Antonioni, con un audífono que parecía un ovni de color rosado, que podías escuchar con un solo oido mientras comías un huevo frito de desayuno, mientras con el otro oido te enterabas a través de las paredes de cartón de la interminable pugilística entre sindicatos y gobierno (los sindicatos, como Mohammed Ali, como Erroll Flynn, como el detergente Omo, siempre ganaban). Esa música era tan serpiente y tan sapa como aquella pujante clase media, que se metía en todo: ascensores, supermercados, carros, helicópteros de guerra. Era una música que pretendía cambiar el mundo, aunque fuera por la vía fácil del benigno atontamiento (All You Need Is Love). Luego se separaron los Beatles, y acudieron, leprosos y sonando campanas, los años setenta.

Ver Top of the Pops en los primeros setenta era un ejercicio jesuítico de progresivo desengaño y de lírica y matizada decepción. La música, pero sobre todo los intérpretes, eran tan horteras que fascinaban como fascina ver un aparatoso accidente de carros. En aquellos inocentes años, no nos dábamos aún cuenta de que esas producciones chinnichap luego se transformarían en clásicos del kitsch, capaces de entusiasmar a catedráticos nostálgicos por la depurada sencillez de su vulgaridad. La consigna era: "Sé Estrafalario, And Do What Thou Wilt". Siempre en playback, mis neuronas faltas de hierro y fósforo se corrompieron un tiempo con Suzy Quatro (y pensar que eso, entonces, esas bonachonas patadas al aire, era feminismo cutting edge), con Slade, con Wizzard (de día eran albañiles de carretera, de noche, unas pelucas y unas lentejuelas y listas), con Marc Bolan, con Mudd y Gary Glitter y el resto de la charada, hasta que no podía más, me arrojé al suelo y pedí al Señor de las Huestes que antaño escuchara a David y a Salomón, por favor, concédeme una música que no gire en torno a I, V, IV y un VII abemolado todos en inversión raíz.Y mi plegaria fue escuchada, pues el día siguiente viene mi mamá y me dice, mira, tengo un disco para ti, igual te gusta, es el Sheherazade de Rimsky-Korsakov. Y efectivamente me gustó, pues en la portada del disco salía en blanco y negro una foto de una mujer palidísima vestida de hurí, demacrada, con un velo semitransparente tapándole la boca, y un maquillaje exagerado, lo que puso a trabajar mi mente sobre la cuestión de si una mujer entradita en años como aquélla y con unos rasgos sencillamente de profesora de ballet centroeuropea pudiera ser considerada de alguna manera atractiva, a pesar de todo, y en caso afirmativo, de qué manera pues. Y mientras tanto, en algún otro lugar de mi mente se iban acumulando vivencias musicales: con Sheherazade yo era pirata, con Dvorak era cultivador de caña de azúcar en Florida, con Beethoven era cartero en el East End de Londres, etcétera, y descubrí cómo mezclar la lectura de una novela con música, de modo que la una ilustra la otra, simbióticamente. Perdí todo mi interés, entonces, en la música popular: la BBC seguía valiendo la pena, pero ahora solamente por Doctor Who y alguna cosita más. TOTP me había traicionado. No había vuelta atrás.

Pero entonces sucedió que mi hermana mayor, que me gana con año y medio y tendría entonces como unos catorce, quince, entró de bruces en su fase romántica. Mis amigos mocosos se burlaban de ese tal Colin Blunstone que salía por debajo de una puerta cerrada, pero cuando empezaba a sonar Cat Stevens (y oler todo un poquito a incienso), la burla se estropeó, pues esa música griega nos tocaba donde no queríamos reconocer dónde. Luego, ya desaparecidos los mocosos (nos mudamos), viene un día la tal ñaña mayor después del colegio y me dice: escucha esto. Entré en su habitación. Sacó un disco de una misteriosa cubierta verde, lo puso, y empecé a escuchar algo así como una mezcla de cantares de pájaros con una suerte de white noise: algo bastante raro. El ruido, y los pájaros, iban aumentando de volumen, de una manera portentosa y un poquito siniestra. De repente, irrumpió una guitarra eléctrica enloquecida, con un baterista enamorado de los toms y un bajo despiadadamente ascendente, como en atropellado anhelo, y me di cuenta de que mi hermana se había metido en un mundo musical para mí desconocido. No había tonalidad fija, no había melodía, sólo una especie de exaltada confusión sonora, con un par de "Aah"s en medio que no se sabía qué demonios venían a pintar allá. Empecé a ensayar, para mis adentros, la excusa que le daría por no entusiasmarme con esto: lo siento, es un poco... moderno, para mí. Y en ésas, los instrumentos parecen ponerse de acuerdo en una cadencia, y se inaugura la melodía: sencilla, naïf, con extraño aire de familiaridad, pero capaz de soportar inesperadas modulaciones, y sobre todo, expresiva: pues es una brizna de melodía, nomás, que dice: estoy en el campo, al lado de un río, estoy solo y esto es el paraiso.

Me quedé hipnotizado.

Al poco tiempo, entre mi hermana y yo teníamos todos los discos de Yes que había hasta ese entonces (Close to the Edge era el más reciente). Y sigo diciendo que fue mi mala suerte tener que escuchar primero ese arranque, esos paradisiacos primeros 4 minutos del mencionado álbum, pues en todo su carrera los integrantes de Yes nunca superaron esa epifanía, de hecho, ni consiguieron siquiera acercarse a ella, salvo en dos ó tres ocasiones discutibles (the Gates of Delirium, si descontamos el torpe inicio y la cursilonería del final, tal vez; aquellos momentos sublimes de Starship Trooper). Poco nos importaba, entonces, que Close to the Edge era demasiado largo, y en su primera cara contenía trozos francamente aburridos. Y mi teoría al respecto (siempre tengo una teoría al respecto) es la siguiente: que en aquellos setenta la música se volvió a desplazar. Ya no se hacía para los carros ni para los desayunos con huevos fritos, sino para los dormitorios de los adolescentes: esos tugurios de medias sucias, camisas desparramadas, revistas porno mal escondidas, novelas victorianas, pósters, y sobre todo, diarios íntimos. En los setenta el mundo era tan, tan horrible que cualquier adolescente mínimamente sensible se refugiaba en su dormitorio el tiempo que podía. Allí le tenía que acompañar algo, aparte de la botella de ginebra barata de rigor: ese algo eran los discos, que se hacían para servirle de fondo a ese Weltschmerz autista que le inspiraba el haber nacido en un mundo donde, con toda probabilidad, unos políticos idiotas iniciarán pronto una guerra atómica que acabaría con la vida en el planeta. Bueno, eso es lo que evidentemente pensaban algunos (King Crimson entonces arrasaba). Los de Yes pensaban distinto, si es que pensaban. Con las letras de Jon Anderson nunca podías estar seguro.

A seasoned witch could call you from the depths of your disgrace
and rearrange your liver to the solid mental grace...

A esa edad, uno quiere creer que con esto el tipo quería decir algo. Años más tarde, ya desengañado, sabes que lo único que quería era ser algo: un gurú, quién sabe, un "mago de las palabras", algo por el estilo. Y es que con los años y los discos el tal Anderson se va dejando en evidencia: al final, se le ve aferrado patéticamente a una media docena larga de palabras tan semánticamente difusas como supuestamente evocadoras (season, touch, sun, time, tender, call, movement) enlazadas sin ton ni son y bastante a la maldita sea, pues ya para él lo importante no es la letra sino los ovnis, las ballenas y los chakras. Y es que el tipo nunca parece darse cuenta que para dejar de tener sentido (y ¿quién no quisiera dejar de tener sentido?) primero hay que tenerlo. Y sin embargo, todo hay que decirlo, hay momentos en que, aparentemente por accidente, por serendipity, algo pasa y de repente brota alguna línea realmente hermosa (en sí tal vez no, pero en conjunción con la melodía, indiscutiblemente):

He controlled the horses with a handclap or a whisper...

Speak to me of summer...

Love comes to you, and you follow... (toda esa canción, un homenaje a cierta noción adolescente de la poesía, como inquebrantable pose romántico desprovisto de trama argumental)

En fin, es como para tener fe en la técnica de la escritura automática, pues el temprano Anderson le saca bastante más jugo que André Breton ni que Paul Eluard, hasta que se refugia en la pereza, la vistosa tontería de mentón salido y la repetición cansina de muletillas.

La música, bueno, para mi entender, si dejamos de lado la sorprendente eficacia y el exquisito oido de Bill Bruford, el baterista que luego será reemplazado por el maquinal Alan White, el genio y el corazón del grupo era siempre Howe, ese guitarrista que demuestra que para ser guitarrista de verdad tienes que lucir demacrado, esquelético, dentudo, con marcado aspecto de zombie, y sobre todo - sobre todo - tener entradas y un cabello largo que parece inocente de champú. De hecho, si dudas de la brillantez de Howe sólo tienes que verle la cara de viejo para convencerte: es hasta más Paco de Lucía que el mismo Paco. Es un monje de las escalas y de los trastes. Squire es meramente ocurrente, y Wakeman es y siempre fue sencillamente asqueroso. Es el típico niño vago obligado por sus padres a practicar escalas y a tocar lo más asequible de Scarlatti, y a hacer el examen de Grade 6, hasta que un día descubre que con lo ya aprendido puede ya impresionar a gente ignorante en aquellos bares de universidad donde hay piano, con dos ó tres truquitos facilones, con lo que para destacar decide abandonar por completo la ardua búsqueda de la perfección expresiva y dedicarse a dejar crecer el cabello y ponerse capas con lentejuelas, a lo Liberace, o adoptar insufribles poses de maestro del teclado a lo Richard Clayderman: la vida se la pasa perseguido por la pesadilla de topar, algún día, con un verdadero pianista. Si lo aguantaban en ese grupo, creo que sólo habrá sido porque el tipo sabía lidiar con el Mellotron, instrumento en ese entonces caprichoso y peligroso como pocos: salir al escenario con uno de esos mastodontes era como sacar un elefante recién almorzado en medio de una pantomima infantil; y sin embargo ¿cómo podías conseguir un sonido sinfónico sin un Mellotron? Ahí estaba.

Claro que todo eso era lo que sabía pero no quería o no me importaba ver en ese entonces. Parte de la atracción del grupo para mí era esa emoción que los viejos imaginamos hoy en día muerta y enterrada, el admiratio, aquí conocido como asombro: eso que sientes cuando algo se sale de tus esquemas, tal vez porque no tenías esquemas ya formadas para el propósito. Es algo, es tal vez lo único, que a partir de los cuarenta difícilmente puedes sentir: algunos matarían (y matan) por volver a sentirlo; otros en su búsqueda sacrifican deliberadamente la racionalidad, a lo Conan Doyle, y se casan con la otoñal ridiculez, pensando que la culpable de todo, de ese hastío ante lo predecible y lo comprensible de todo, es la lógica y no el prejuicio.

Y no, ese asombro no me producía entonces la música pura, el jazz, por ejemplo. Yo he sido siempre de los que ven cuadros a través de la música y oyen música a través de los cuadros. Si no hay cuadro, las notas me enervan como muchedumbres apresuradas. Con Yes, sabía enseguida cuál era el cuadro, porque era algo que yo entonces vivía. The Yes Album, aparentemente, se grabó en una casa de granja de Devonshire; yo lo hubiera ubicado más al noreste, pero no importa. En esa música se vivía y se respiraba el campo inglés, más auténticamente dibujado con todo su misticismo y sus sensuales peligros que en el mismo Delius. Close to the Edge era el Támesis más o menos a la altura de Marlow, donde crecí de niño; Starship Trooper era ese triángulo de campo accidentado que se encuentra hacia el oeste de Lane End, y al norte de Henley. Allí, desde los diez años de edad, yo iba cada domingo, a caminar 25 millas con mi bocadillo en la mochila, oficialmente "a ver pájaros", y en realidad a vivir aventuras, que desde luego no sucedieron sino en mi imaginación, pero que dependían de cada seto vivo, de cada bosque, de cada nube, de cada curva en el camino para su puesta en escena. Y será higiene conceptual, necesidad de explicarlo todo, o será auténtica perspicacia, no lo sé, lo que me convence ahora de que tras todas esas curvas, tras cada árbol, lo que acechaba era el sexo, desconocido para mí en ese entonces como para cualquier británico de esa edad, o de cualquier edad. Porque es otro síntoma de la decrepitud pos-cuarenta: ya no eres capaz de concebir aventura sin chica, o éxtasis místico sin tetas: hasta ese punto tus esquemas se han cerrado. Y ahora, pobre de mí, sólo me queda la música (en su sentido más amplio, que incluye la pintura), única capaz de convencerme de que no siempre pensaba así y de que no es estrictamente necesario pensar así.

En cuanto a los morons (imbéciles) que vienen flotando desde el cielo y se instalan en la media distancia, para quedarse ahí parados, tanto mi hermana mayor como yo gozábamos de esa imagen, y nos resistimos a creer que pudieran ser simples montañas. Pero ya les habré dicho en algún sitio que los dos compartimos un rasgo levemente chiflado. Recuerdo todavia el Silver Jubilee de la Reina, cuando a mi hermana se le ocurrió decir que para ella, la palabra Jubilee "sonaba a caramelos pegajosos", y yo no pude sino darle toda la razón, frente a la incredulidad de un padre en quien el gen de apercibir la envoltura sonora de las palabras se había mostrado recesivo. Ella ahora es poeta de renombre, y yo sigo buscando aquella aventura que consiste en no saber lo que hay detrás de ese árbol, o de esa montaña, o más allá de esa curva, o de esos imbéciles. Y en ésas estamos.