Wednesday, March 28, 2012

Tuesday, March 27, 2012

Sacred Poles in Ancient Near Eastern City States (4)

"All of the leaves come down every time babies cry"
 - Chrissie Hynde, "Lovers of Today"

Mi año 1985.

Me despierto debajo de esa ventana practicada en el techo, y al lado de mis cuarenta botellas de cerveza de fabricación casera. En la noche soñé con disparos confusos, con jadeos y con caras demasiado cercanas: una de las botellas luce degollada, hay un charco de espuma, y vidrio por toda la habitación, incluída mi improvisada cama en el piso. Fermentación secundaria. El cristal, que obliga a ser cuidadoso, benévolo con los bártulos, describe mi nueva vida. Frente a mí, pegados en la madera de la pared, mis últimos dibujos: uno, una copia de una foto descubierta en una revista dominical, de dos mujeres que llevan entre ellas un cántaro, tomada durante la Guerra Civil Española. El otro, una representación de la Santísima Trinidad, donde la cara de Dios Padre es la de Marx, y Jesucristo es Lev Davidovich, con hacha de hielo enterrada en la cabeza. El Espíritu Santo tiene barbilla de Lenin.

Mis ojos empiezan a enfocarse. Muchas de las botellas, ahora, lucen vacías, salvo los inevitables restos de levadura: claro, ayer hubo fiesta, una fiesta para muy pocos. Un tal Keith, el sempiterno Organizador de Conciertos de Rock Benéficos para Causas Perdidas, con esa novia muda y retrasada que siempre le acompañaba como sombra: también había venido, durante un rato, ese anciano que semanas atrás conocí en Rhyl.

Porque cualquiera puede sentarse en un banco frente al mar.

El anciano galés, cuyo nombre ya no recuerdo, cuando yo le vi estaba envuelto en una gabardina vieja y descosida. Miré mi propia gabardina, también a la moda Charity Shop, de cuadros galeses gris oscuro con esos botones amarillos que yo mismo le había cosido, y decidí que podríamos ser hermanos a pesar de la diferencia de edad. Me senté al lado suyo y dije:

 - porque cualquiera puede sentarse en un banco frente al mar.

- Yo estuve en la Guerra de Corea - , me contestó - Mira.

Y arremangó la pata derecha de su pantalón, revelando una espinilla torcida, de color iracundo.

 - No hay modo de dormir - , continuó. - Hace demasiado frío. No tengo mantas.

 - ¿Has probado el Citizens Advice Bureau - ? le dije. - Yo trabajo ahí, quiero decir el de allá, de Connah's Quay. Tal vez le consigan algo.

En ésas, la pierna derecha de este hombre se ha vuelto enorme, como en un cuadro de Dalí. Llega un grupo de niños y empiezan a bailar tous en rond alrededor de esa espinilla torcida. El mar va y viene en la distancia como un mayordomo olvidadizo.

Estaba yo muy afectado porque en la Campaña Contra los Recortes en la Seguridad Social de Clwyd, había conocido a una mujer, de la que recién me decidía enamorado.

 - Estoy enamorado de una mujer - , le conté al viejo, ya que tenía la casi total seguridad de que él no escuchaba nada de lo que decía, debido a los gritos de las gaviotas - pero resulta casada y no creo interesarle. En cambio hay otra que dice estar enamorada de mí, pero yo de ella no. Es de Caergwrle y está casada con un taxista. Lleva pieles de animales ridículos, tales zorros y conejos. La única vez que pudimos estar juntos, resultó tener un coño del tamaño del Canal de Bristol. Ha parido cinco veces, ya sabes.

El viejo hizo un leve gesto de contrariedad, como si le decepcionara pensar que alguien pudiera tener un coño tan grande.

 - De todas maneras, si vienes aquí a diario, otro día le traigo una botella de cerveza. La hago yo mismo. No está mal. Quizás le sobra algo de levadura, pero el truco está en no apurar la botella.

Con eso, el viejo se entusiasmó un poco. Pronto me estaba enseñando la habitación donde vivía. Había una ventana completamente ausente, donde habitaba un trozo de cartón nomás. Pensé que quizás los veteranos de Corea, al ir a pelearse allá, se habían perdido las clases de arreglos domésticos.

Esa mujer de la que me había enamorado creo que una vez celebró conmigo mi cumpleaños: conmigo y con un montón de gente más, que por lo general era gordísima y se llamaba Tracey. Estoy casi seguro de ello. Nunca perdí esa fea costumbre de intentar aprovechar mi cumpleaños para maquinarme una cita con alguna diosa suplente.

Ahora, quedaba el cristal. Eso, y el recuerdo molesto de la semana pasada.

Había intentado aprovecharme de la simpleza mental de la hermana gemela de la novia de Keith, que recién había soltado el interesante dato de que los papás de ellas se pasaban en el pub, sin dirigirse la palabra, pues se odiaban mutuamente. ÉL había ido a casa de ellos, para pedirles la mano de su hija: había encontrado una especie de antro, lleno de excrementos.

Esa chica al final de la velada me dejó acompañarla a casa. A medio camino se quitó el zapato y me lo dio para llevar. Yo iba borracho perdido. Cuando llegamos a su casa, los dos nos acostamos juntos, sin mediar palabra. Me dormí instantáneamente. Cuando me desperté, noté la cama empapada. Pensé que probablemente el incontinente había sido yo, a pesar de que nunca antes me había pasado algo así. Me levanté preso de vergüenza y chuchaqui y me fui. Nunca más volví a hablar con ella.

Ahora, a levantarse, a arreglarse, a ir a hacer horas en el Citizens. Hoy probablemente tocará otra visita de esa señora infatigable que lleva ya tres años intentanto sacar del Municipio una indemnización por los daños causados por una grieta en el pavimento a su "bootee". Y yo que ni siquiera sé a ciencia cierta lo que es un "bootee". Siempre me pasan esos casos.

(continuará)

Sunday, March 25, 2012

Sacred Poles in Ancient Near Eastern City States (3)

Dr Samuel Johnson, in his A Dictionary of the English Language (1755), defined honour as having several senses, the first of which was "nobility of soul, magnanimity, and a scorn of meanness." This sort of honour derives from the perceived virtuous conduct and personal integrity of the person endowed with it.

(wikipedia)

¿Lo vieron? El escribano de wikipedia cita a un autor (y no es cualquier autor) que define "honour" como un conjunto de cualidades interiores, atributos de la misma persona. A continuación, esta definición es glosada como algo que tiene que ser "perceived". ¿Apercibido por quién, o quiénes? El resto del artículo no deja lugar a dudas: el honor, según esta fuente infalible, es una virtud social, cuya presencia o ausencia se mide colectivamente según el grado de cumplimiento de un código social basado en la imitación. Es decir, el concepto casi nos resulta sinónimo de reputación o credibilidad. Si lo que buscamos es una virtud individual, nos sugiere, prueben con "dignity".

Y un cuerno. Johnson fue consciente, y lo demuestra con claridad en sus definiciones, que hay dos maneras de entender el honor: el interior y el exterior. Son variables que hasta demuestran un limitado grado de independencia. Hay personas muy honradas que son socialmente repudiadas, y otras que gozan de gran prestigio social pero que en su propia conciencia no pueden evitar de saberse unos miserables. Es algo que siempre se ha sabido y que siempre ha generado literatura, desde Aristóteles (propulsor del "honor social") pasando por Montesqueieu o el autor del Lazarillo, hasta el admirable Dietrich Bonhoeffer. Lo curioso es que existe una wikicultura que quiere confundirnos sobre eso. Lo in: tu autoevaluación, tu "honor personal" no cuenta. Lo que cuenta es la evaluación de los demás. Ellos sabrán decirte si eres una persona respetable o no. Guíate por ellos. La esencia del colectivismo borrego, en suma. Y, por supuesto, dicho sea de paso, el fundamento de la ecuatorianísima cultura del "Magister en el Uso Indetectable de Poyas en Exámenes".

A uno le dan ganas de llorar cuando lee la primera definición citada de Johnson, o cualquier similar de Kipling, de Voltaire, de TE Lawrence, hasta de Chaucer (search string: gentilesse), conscientes todos ellos de la realidad y de la importancia de aquella nobleza interior que se yergue muy por encima del nihil obstat social, y la compara con esa mezquina obsesión por la burbuja (Shakespeare dixit) de la reputación, por parte de nuestros sensibles, litigiosos e infantiles gobernantes. Y no tardas en darte cuenta: aquí hay corrupción, pero no de ese tipo de que tanto se nos habla, y que coloca a Ecuador en algún índice internacional en compañía de Paraguay. La corrupción es del espíritu, que ha querido crecer y no ha encontrado el cómo ni el dónde, y se ha quedado estancado hediondamente en una temprana adolescencia eternamente reinventada y redecorada, donde el yo es un barquito de papel que se mantiene recursivamente a flote sobre las vastas corrientes del qué dirán, del omnipotente peer group. Nuestros actuales médicos de su honra nos han salido esclavos de los Likes de Facebook, de los RTs de Twitter, o en algunos casos, de las encuestas de popularidad de las agencias "de siempre".  Honor es popularidad. Es hacia eso adonde vamos.

Buscaba una cita sobre esto y me salió el teólogo:

“Unless we have the courage to fight for a revival of wholesome reserve between man and man, we shall perish in an anarchy of human values… . Socially it means the renunciation of all place-hunting, a break with the cult of the “star,” an open eye both upwards and downwards, especially in the choice of one’s more intimate friends, and pleasure in private life as well as courage to enter public life. Culturally it means a return from the newspaper and the radio to the book, from feverish activity to unhurried leisure, from dispersion to concentration, from sensationalism to reflection, from virtuosity to art, from snobbery to modesty, from extravagance to moderation.”


No está nada mal. También hay esto:
 
"Jesus Christ lived in the midst of his enemies. At the end all his disciples deserted him. On the Cross he was utterly alone, surrounded by evildoers and mockers. For this cause he had come, to bring peace to the enemies of God. So the Christian, too, belongs not in the seclusion of a cloistered life but in the thick of foes. There is his commission, his work. 'The kingdom is to be in the midst of your enemies. "
 
Y esto:
 
"Costly grace is the gospel which must be sought again and again and again, the gift which must be asked for, the door at which a man must knock. "
 
No quiero predicar. No creo en el Dios de Bonhoeffer. Sí creo, en cambio, que el tipo sabía del tema de este post un buen rato, bastante más que yo por supuesto. Me limitaré a quitarle al "costly grace" el (para mí, sobrante) barbudo celestial, e intentar indicar qué tiene que ver el resultado con lo contado en los demás posts de esta serie.
 
Dije en un tuit que "los celos son síntoma de una enfermedad mental". Luego pensé que debía explicar esto. Allá va. Sentir celos es sentir nuestra dependencia emocional para con otra persona. La dependencia emocional es, si no una enfermedad, indudablemente una síntoma de inmadurez (y la inmadurez prolongada á outrance sí es enfermedad). Madurar es, prácticamente por definición, independizarse. Y contra la madurez tenemos, en general, dispuestos en fila a los siguientes enemigos: los papás y la familia; los amigos; la pareja (aquella "persona especial"), la "sociedad", en el sentido de una representación interna, muy parcial y sesgada, de "los demás" (una especie de peer group de inciertas fronteras). Todas esas personas, o mejor dicho nuestra representación interna de ellas, son tantas muletas en las que nos apoyamos emocionalmente para no caernos. Donde alguno te traiciona, buscas a otro para llenar el vacío. La cuestión es no caerse. No sentirse, nunca, completamente solo. Porque donde te sientes solo puede pasar que tengas que enfrentarte a tí mismo (Bonhoeffer hubiera dicho: a Dios).
 
Bien. En la historia contada, mi novia prometió salvarme de eso mismo. Dijo que llegaría sobre las 7. A la 1, todavía no había llegado. Que una persona demore en llegar a casa es lo más trivial del mundo, pero en esas circunstancias, para mí, fue lo más significativo que me pudo haber pasado. Tuve que darme cuenta de esa patética dependencia emocional que me mantenía unido con una persona que hacía tiempo que ni siquiera me gustaba, y con quien no tenía (empecé a pensar) nada en común. Fue el inicio de un proceso de liberación interior. Y fue, para mí, en ese entonces, una experiencia muy difícil. Fue duro tener que reconocer que ella no me quería y que nunca me había querido y que todos esos años habían sido una superchería y una pérdida de tiempo.
 
No tenía a quién más recurrir para sentirme de alguna manera acompañado. Las amistades que tenía eran todas compartidas con ella, y no estaba seguro de poder comandar la lealtad preferencial de ninguna de ellas. (Después de escuchar la mentira contada por Yvonne a alguna de ellas, no me quedé esperando para comprobarlo.) Con mi familia me llevaba distantemente, salvo con mi madre, que estaba como una chota en esa época. Mi representación interior de "la sociedad" me informaba que a nadie le interesaría la situación en que me encontraba, que realmente era muy anecdótica e intrascendente. Sí: estaba solo. Es lo que me salvó. Porque desde entonces (bueno, en realidad, desde bien antes, pues no fue la primera experiencia similar) he creido que vivir es llegar al fondo del abismo y poder contarlo. A lo largo de mi vida se han abierto varios abismos. No todos han sido necesarios o fructíferos, pero todos vienen con el mismo mensaje: crecer es profundizar.
 
Y que es bueno vivir rodeado de enemigos. Sin esos enemigos, nunca llegarás ni a conocerte a ti mismo.
 
(continuará)

Saturday, March 24, 2012

Sacred Poles in Ancient Near Eastern City States (2)

Nos graduamos. Ella se fue al norte a estudiar Derecho (pues ser licenciada en Teología como que no abre demasiadas puertas ni ensancha demasiados horizontes), y yo durante un tiempo me quedé en Oxford, ensayando con mi grupo, con la idea de convertirme en estrella de rock o por lo menos en éminence grise composicional detrás de alguna estrella, pues lo mío era componer y no tanto ensayar aspavientos en el escenario. (Mucho más adelante, el grupo, ya dedicado exclusivamente al ska, sí tuvo un modicum de éxito - googleen Maroon Town - e incluso volví a tocar con ellos un par de veces, en el festival de Tárrega y en un concierto en la Costa Brava). Para seguir viéndonos, echamos mano del hitch-hiking o autostop, medio de transporte que llegamos a dominar. Si íbamos juntos, yo me escondía tras algún poste y ella colocaba su toalla enrollada debajo del jersei, para simular un embarazo de varios meses. El carro se paraba y los dos caíamos encima como avispas sobre una jarra de cerveza. Una vez dentro del carro ella tanteaba las simpatías políticas del conductor, y si resultaba ser de izquierdas, con la labia de ella normalmente conseguimos que nos llevaran hasta la puerta de destino o muy cerca. Si no, a Holmes Chapel Service Station como mínimo, y de ahí, la ruta camionera (lo que se consigue con un simple disco de taquímetro). Fue por esa época que empezó a aflorar esa enfermedad mental suya que recuerdo bajo la etiqueta de The Helen De Witt Incident. Punto y aparte.

La tal De Witt, quien ahora es novelista consagrada y también googleable, había sido vecina de Yvonne en el colegio mayor donde ésta última (supuestamente) estudiaba. (Yo nunca la llegué siquiera a conocer.) Resulta que algún día, Yvonne se cruzó con ella en el pasillo. Iba ensimismada, y al saludo de DW (si es que la saludó: hay confusión al respecto) no contestó. Fin. Eso es todo. Así fue el incidente. Se resume en un no saludo. Ahora, lo extraño, por decir lo menos, es que durante por lo menos seis meses, tal vez un año, después de este incidente, Yvonne se atormentaba día y noche por ese supuesto agravio que había consistido en no saludar a una persona a la que apenas conocía. Incluso me decía que esa preocupación, esa obsesión por un saludo no hecho, le impedía dormir. A todo esto, se supone que mi papel era el de un psicólogo o consejero. No estaba yo muy preparado para eso, pero hice lo que pude. Le repetí y recalqué que era poco probable que DW recordara esa falta de saludo, y menos todavía que se haya sentido ofendida, y que aunque fuera así, realmente no importaba, pues nunca habían sido siquiera amigas. Intenté también distraerla como podía. En todo este proceso, que duró meses, recuerdo principalmente tres cosas. Primero, lo terrible que resulta ser el no poder dormir; es decir, el estar muerto de sueño y tener que seguir escuchando las neurosis de tu pareja, acostada al lado tuyo, y tener que buscar contestaciones y consejos coherentes cuando hace tiempo que tu mente dejó de funcionar. En segundo lugar, lo eficaz que es el chantaje emocional cuando se practica con un joven ingenuo y bienintencionado como el que yo entonces era. Recuerdo que si bien ella aceptaba algunas de mis observaciones respecto al Incidente HdeW, aprendí rapidito a no usar palabras como "tontería", pues según ella, llamar tontería a esa terrible preocupación y ese terrible sufrimiento que ella experimentaba demostraba, primero que "yo no entendía nada", y segundo, que no la quería, sino que era un ser frío y brutal y despiadado, casi un nazi, vaya. A veces estuve tentado de decirle que tal vez yo sería menos nazi si por lo menos tuviéramos una relación sexual, pues esa parte de la relación llegó a estar off the menu durante interminables meses también, por la misma culpa del no saludo a HdeW (a quien por cierto no le deseo ningún tipo de mal, pues según sus biógrafos parece que también ha sufrido, por otras causas, y culpa no es que alguien en tu ausencia consiga desarrollar una sicopatología por el hecho casual de no haberte saludado.) Pero no dije nada. Como siempre y en todas partes, no dije nada.

Lo tercero que recuerdo son los custard pies. Ella estudiaba en Chester, pero vivía across the border en Gales, y resulta que esos pastelitos de crema son especialidad de la zona. Llegué a desarrollar cierta debilidad por ellos. Una vez, paseando cerca de su casa, vi un custard pie botado en el suelo, roto, derramando custard. No sé por qué, esa imagen me quedó grabado en la mente como si fuera el objective correlative (vide Eliot) de todo ese período y de toda esa relación.

Al final, ella abandonó esos estudios de Derecho sin graduarse, quedándose con una enorme deuda, que llegó con el tiempo a desplazar a HdeW como fuente de angustia. Mientras tanto, yo me mudé para estar con ella, dejando atrás a la banda musical como uno de tantos proyectos fracasados, y empezó un período de febril actividad política izquierdosa a lo ancho y largo del país, que ella como yo intentábamos enlazar como podíamos con una serie de trabajos temporales, en hoteles, restaurantes, etc, quedándome finalmente como principal sustento económico el busking, o sea, tocar guitarra y armónica en las calles de Chester, ciudad turística que tiene unos by-laws bien simpáticos al respecto, debido a no sé qué batalla histórica que fue ganada con auxilio de los músicos. No corresponde entrar en detalles ahora sobre ese período: entenderán que poco tiene que ver con los Tótems Sagrados en las Antiguas Ciudades-Estado del Oriente Próximo. Estamos hablando de tal vez dos años, que dieron paso a un período que recuerdo como la fase espectacularmente liberada de Yvonne, cuando empezó a acostarse con tantos hombres como podía, entre ellos un bombero estalinista, un taxista londinense trotsquista y uno de esos oscuros personajes que frecuentan los bares nocturnos de los hoteles baratos donde cuentan, entre ginebra y ginebra, que son pilotos de alguna conocida línea aérea. Aparte del taxista, a esos hallazgos los traía habitualmente a casa, y a mí me correspondía ocupar el dormitorio de al lado e intentar conciliar el sueño al son de los acostumbrados jadeos y quejidos de muelles. Lo cual sospecho que para algún lector ecuatoriano sonará un poco raro, pues se supone que Yvonne era mi novia, o algo por el estilo. Debo explicar, entonces, que allá en Inglaterra por lo menos, el feminismo se considera incompatible con la posesividad implícita en toda relación exclusiva (o tal vez la palabra sería excluyente). En general, los celos, esa enfermedad ecuatoriana por excelencia, de Europa fueron desterrados hace siglos, y más aun de los círculos izquierdistas, donde el open relationship está estríctamente de rigor. Así que hubiera sido una terrible e imperdonable metedura de pata política quejarme por esas aventuras suyas. Pero lo cierto, debo confesarlo, es que sí sentí celos, por primera y última vez en mi vida. Tanto, que un día le pedí una audiencia: le dije que "teníamos que hablar" sobre el tema de su nueva relación, que era con un hombre algo torpe y apocado que era la pareja gay (se supone) de un amigo nuestro, un concejal izquierdoso en el norte de Gales. Ella aceptó la propuesta, notándome algo angustiado, y me aseguró que ese día no saldría con su nueva conquista, sino que vendría a casa directamente desde el hotel donde entonces trabajaba, llegando antes de las 7. La espera, durante esa noche, cuando vi el reloj dar las 8, las 9, las 10, las 11, las 12, la 1, sin que ella apareciera, resume para mí desde entonces lo terrible que son los celos, y quedará en la lista de los 5 peores noches de mi vida. Cuando por fin apareció, fue con el tipo, a la que metió sin más en su dormitorio. El día siguiente, decidí que lo sucedido era una suerte de constructive dismissal, y me alisté para abandonar la casa y buscar alojamiento nuevo.

El nuevo hogar fue una especie de desván convertido en bedsit, donde la única ventana se encontraba en el techo diagonal: si yo me alzaba en una silla, podría sacar la cabeza y ver el estuario del río Dee, con toda esa maravillosa y hermosa contaminación que llevaba, esa espuma que parecía de jabón, bajo una noche estrellada. Allí me dediqué a mi nueva vocación, la fabricación de cerveza casera al son de Walls & Bridges, de John Lennon. Una sola vez recibí la visita de Yvonne, quien vino a decirme, primero que quería que yo volviera a vivir con ella, que todo había sido un malentendido, y cuando vio que eso no funcionó, a pedirme que la entendiera pues "todo el mundo tiene derecho a ser feliz". Le dije que con esto último estaba de acuerdo, y que para mí, la felicidad en ese momento consistía en no tener que aguantar más su presencia, así que adiós. Se fue brava. Los dos seguimos coincidiendo durante un corto tiempo en alguna de las reuniones de las innumerables organizaciones politicas a las que estábamos adscritos: al final, en una especie de fiesta que se dio en casa de alguien después de una de esas reuniones, fui a buscar un vaso y llegué a escucharle a Yvonne contar, en tono de confidencia, a alguna de las presentes, que se había tenido que separar de mí por lo "violento" que yo había sido. La sensación de asco que me produjo tamaña mentira (persona menos violenta que yo en ese entonces hubiera sido imposible siquiera de imaginar) terminó por propagarse a todas esas simpatías y todas esas prioridades políticas facticias que todavía, por inercia, seguía manteniendo en mi cabeza y en mi agenda. Empecé a dudar sobre si era realmente tan, tan importante seguir apoyando a "los mineros", cuando ya hacía tiempo que la huelga había terminado y que los fondos de la NUM ya se habían liberado de las garras del Official Receiver. Empecé a buscar nuevas adhesiones, y como en ese entonces el mencionado concejal gay, ya sin esa pareja de 11 años que le había robado mi ex, se había convertido en amigo mío, pues era natural que yo accediera a su sugerencia de ponerme a trabajar para la Citizens Advice Bureau, donde él prestaba sus servicios los sábados, yo yo terminé prestando los míos de lunes a viernes. Y así empezó para mí un nuevo período, que de nuevo nada tiene que ver con los Palos Sagrados en las Antiguas Ciudades del Oriente Próximo. Yvonne, por su parte, terminó casándose con el tipo, lo cual le sirvió para liquidar de una vez sus deudas, pues ese tal Graham lo que sí tenía era una buena cuenta bancaria.

(continuará)

Friday, March 23, 2012

Sacred Poles in Ancient Near Eastern City States (1)

Mi primera novia, Yvonne, cuando la conocí era estudiante de Teología, católica practicante, tesorera del Partido Conservador en aquella zona del oeste de Londres donde vivía su irlandesísima familia, y también (abonando a mi inmensa mortificación, inri y congoja) creyente en la santidad del matrimonio. El sexo fuera del matrimonio para ella era pecado, el cual para acceder a cometerlo, primero tenías que demostrar una conveniente capacidad para sufrir grandes remordimientos de conciencia, y una rica vida interior, compatible con cierta estética greeniana. De esta manera, se me ocurre, ella ya afianzaba cierta actitud protofeminista, que le llevaba a insistir en que si la copulación para la mujer acarreaba riesgos (debido a esa mala broma de la fertilidad junto con el efecto corrosivo que el catolicismo a ultranza demostraba tener sobre la impermeabilidad del látex) y por tanto, ocasionales sustos y preocupaciones, entonces no era dable que para un hombre fuera algo sencillo, fácil, espontáneo y netamente gozoso: eso sería simplemente injusto. En aquella fase de nuestra relación, por mucho que lo intentaba no conseguí lucir aquella personalidad trágica y atormentada que ella exigía como condición sine qua non de cierta intimidad física. Atormentado sí estaba (y no era su culpa: ver blog negro al respecto), pero creo que lo que me faltaba era cierto matiz épico, cierta manera de enseñar al mundo un mentón cuadrado y saliente y unos dientes apretados en heroica resignación. En fin. Fue una relación que, entre otras cosas, dio al traste con mi estabilidad financiera, pues como estudiante becado no estaba apenas en condiciones de permitirme aquel gasto ingente en ramos de flores y cajas de bombones que ella también exigía como tributo.

Todo eso cambió cuando, después de nuestra ruptura (que ella me comunicó por teléfono), me tocó pasar, unos meses más tarde, un año en España como parte de mi formación lingüística universitaria. Me acordaré siempre de esas cartas que yo solía leer en el bar Alhambra, sobre las 11.30 de la noche, después de despedirme de mi compañero de piso, Rufino, que a esa hora empezaba su jornada de trabajo como panadero. No ahondaré en el contenido: de todas maneras puedes leer algo parecido en las cartas de la Minsky en la novela de Toole. La cuestión es que ella ahora se había vuelto tan atea como antes era católica, tan revolucionaria como antes era conservadora, y tan feminista como antes había sido irlandesa. Me contó que en mi ausencia ella se había buscado dos "amantes" que realmente no eran tal, pues eran gay, y que hacían honor a los impagables nombres de James y Charles. Su manera de referirse a todo este tema era algo confusa, y no fue hasta más tarde que entendí que lo que ella pretendía era corromperlos, o sea, convertirlos a heterosexuales mediante el poder de sus encantos, comunicados en unas interminables veladas que ella se limitaba a describir como "intensas" (ella era, o por lo menos ambicionaba ser, intensa en todos los sentidos posibles). No sé si lo habría conseguido. Tuvieron que pasar tres años más antes de que, en la estela de nuestra segunda ruptura, un amigo mutuo, también gay, me confesó que a esas alturas era vox populi que Yvonne era fag hag, o sea, de esas mujeres que sistemáticamente buscan a hombres homosexuales con la intención de convertirles en heterosexuales, por razones que probablemente haría falta llenar tres pipas de tabaco para escuchar completitas.

Cuando volví de España, ella me esperaba. Para mi propia sorpresa, demoré algo así como cuarenta segundos en darme cuenta de que yo también era revolucionario, marxista, leninista, trotskista, y todos los demás istas que ella pudiera razonablemente exigir a cambio de dejarse desabrochar la blusa (yo, con esos veintiún años a cuestas, seguía siendo virgen) por lo menos hasta el cuarto botón. Entonces me quedaba un año más para terminar la carrera, y a ella, que había empezado un año después que yo, lo mismo: ese año lo pasamos, básicamente, en la cama (fuera de ese cuerpo, no estudié apenas nada. Todavía sigo sin entender cómo habré conseguido un First; no me lo merecía. Tal vez habrá sido un error de parte de alguien). De ese año datan mis profundos conocimientos sobre la cistitis y el Candida albicans, con sus correspondientes remedios caseros (no me van a creer si les cuento que ella en una ocasión robó un orinal de cerámica victoriano del baño de un médico, que luego guardó debajo de mi cama y usaba de noche cada vez que la cistitis le aquejaba, y que en una ocasión estuve comiendo cheesecake cuando ella soltó el dato de que ese mismo orinal le había servido de molde para preparar dicho manjar. Si no has comido cheesecake con cistitis, pruébalo, es delicioso). En fin. Casi lo único capaz de sacarla de mi cama, aparte del hambre, era la perspectiva de reunirse con esas amigas que ella entonces había empezado a coleccionar, que eran todas feministas y la mayoría lesbianas. Algunas veces me llevó a mí a esas reuniones, creo que para presumir, pues según su modo de ver yo era una viva y llamativa excepción a la regla de que todos los hombres eran unos cerdos perros, machistas, trogloditas, violentos y violadores en potencia. Aquellas amigas, algunas de las cuales se autocalificaban de "separatistas" (en el sentido de querer vivir sin tener ningún contacto con ningún hombre, siquiera a la hora de comprarse una onza de Old Holborn), después de estudiarme, y de intentar provocarme algunas veces, al final quedaron en etiquetarme como "honorary woman", título que me hizo algo de gracia en aquel tiempo. (Tal vez debo explicar que siempre he encontrado más grata la compañía femenina, con independencia de que se conforme de lesbianas, feministas, separatistas o de cualquier otra modalidad. La explicación suficiente de tal hecho es mi absoluto desinterés por el fútbol.)

El único ista izquierdoso que no llegué a ser en aquel tiempo era feminista. Y no era por falta de ganas, sino simplemente porque, siempre según esa ideología radical con la que comulgaba tanto la Yvonne como todas sus amigas, era simple y llanamente imposible, y sumamente contradictorio, que alguien que no fuera mujer pudiera ser catalogado como feminista. Ni siquiera mi estatus de mujer honoraria me permitía, según ellas, llegar a ostentar tal distinción. Intentaron consolarme diciendo que en todo caso, si quería, podría describirme como "pro feminista". Me pareció una solución adecuada.

(A este respecto, por curiosidad acabo de consultar el tema en Wiki y otros documentos online: parece que dentro del feminismo hay controversia sobre si un hombre puede llamarse feminista o no. Yo no tengo opinión formada al respecto, del mismo modo que no tengo opinión sobre si un converso al judaismo puede o no llamarse con corrección "judío". Asunto mío desde luego no es. Cada uno es libre de admitir en su club, o de rechazar, a quién le dé la gana.)

Pasó el tiempo, nos graduamos. Poco a poco Yvonne se fue desprendiendo de alguna de esas amistades lesbianas, a medida que se enteraba que muchas eran herederas de familias adineradas (ministros, nobles y demás chusma) y, salvando el tema sexual, de ideología profundamente conservadora, hasta reaccionaria. En otras palabras: ella se hizo más marxista. Iba a decir "y menos feminista", pero no me consta. Llegó a parecerle una ridiculez el "separatismo" (ella de mí se separaba bien poco por aquel entonces), y las reivindicaciones feministas universitarias (por ejemplo, querian prohibir que un hombre pudiera caminar por las calles de la ciudad sin camisa, argumentando con mucha razón que no era justo que los miembros de un género pudieran hacer tal cosa y las otras no: no sé cómo no se les ocurrió la solución idónea, la de eliminar las medievales disposiciones legales sobre indecent exposure) pasaron en su mente a un segundo plano, pues lo que ahora le apasionaba era liberar países enteros del yugo imperialista y capitalista, mediante el vociferante apoyo a toda organización subversiva de ultramar que gozaba del beneplácito de no sé cuál facción escindida de la Cuarta Internacional. Hasta dejó de colaborar con la revista universitaria feminista que ella había ayudado a fundar, aquélla que en la única edición que llegué a hojear, publicó una caricatura que mostraba un paisaje urbano, donde casi todos los objetos (un rascacielos, un cohete, un avión) tenía forma fálica (es bien curiosa esa obsesión que muchas feministas radicales parecen tener por las vergas y sucedáneos. Daría lo que fuera por poder leer, a modo de viaje nostálgico, la interpretación que Yvonne hizo en sus exámenes finales de Teología sobre la obligatoria pregunta en torno a los Sacred Poles In Ancient Near Eastern City States). Pero a todo esto, diría que su feminismo ahora era, simplemente, una materia aprendida. Consistía mayormente en un repertorio de insultos, donde el arte se suponía residía no tanto en el insulto mismo (ahí había muy poca imaginación) como en la inmensa creatividad con que se llegaba a buscar materia de ofensa e indignación en los lugares más insospechados.

Bastará con un ejemplo. En una de esas grandes conferencias de la izquierda loony del Partido Laborista de aquel entonces, un conocido mío se levantó a dar un corto discurso acerca de no me acuerdo qué cosa, algo seguramente tan emocionante como la necesidad de buscar una unidad estratégica entre las diferentes corrientes de izquierda frente a los ataques del Thatcherismo a la clase obrera. La cuestión es que en algún momento, se le ocurrió usar la expresión coloquial Aunt Sally, que viene a significar algo así como una táctica de ofuscación consistente en crear un escándalo menor para distraer la atención pública de uno mayor, por ejemplo, llenar valijas diplomáticas de cocaina para que la gente hable de eso en lugar de los ataques a la libertad de expresión. En ésas, se levantó una feminista londinense, con cara ortográfica.

- El compañero serviría mejor a la causa que profesa si se abstuviera de utilizar expresiones degradantes y sexistas.

Hubo un leve murmullo de perplejidad en la sala. ¿Cuál expresión sexista? La feminista se relamió los labios antes de proseguir:

- La expresión Aunt Sally la utilizó el compañero para referirse a algo o alguien a quien se le echa la culpa de algo y se le agrede. Es obvio que valiéndose así de una hipotética tía, o sea, alguien de sexo femenino, se da a entender que siempre que hay que culpar o atacar a alguien, lo indicado es que ese alguien sea una mujer. Es una expresión, por tanto, violenta, sexista, degradante y ofensiva, y se agradecería de parte de todas nuestras hermanas aquí que el compañero que la utilizó se disculpe ante el auditorio y cese de usar dicho término.

El compañero en cuestión resultó ser tan poco inglés que en lugar de proferir caballerosamente las disculpas requeridas, se puso a discutir sobre la cuestión, señalando que lo medular de la frase en cuestión era que la tal pariente femenina servía para distraer la atención de lo importante, que es lo mismo que lo que hacía ahora esa compañera. Llegó a decir: "si usted no quiere siquiera hacerle caso al eje central de mi argumento..." La palabra utilizada fue en realidad thrust, que también significa empuje o embiste. La sacerdotisa de la corrección política se volvió a levantar, algo apresurada, con una sonrisa si no triunfal, triunfálica, y después de tantear al público con un largo y confuso discurso dworkinesco, cayó sobre la presa:

- Además, el compañero está tan ciego a su propio machismo que ni siquiera se da cuenta de que acaba de usar la palabra thrust, que es altamente ofensiva en tanto prioriza el rol masculino en el sexo, minimizando al femenino...

No pudo llegar más lejos con sus explicaciones antes de que se empezara a escuchar unas risas sofocadas un poco por doquier. Lo digo en honor a la verdad, y mal que me pese: en la izquierda londinense de aquellos tiempos todavía pervivía algo como un sentido del ridículo. Excusado decir que hoy en día, nadie se reiría.

(continuará)

Monday, March 19, 2012

Putas y poetas

Hace unos veinte años, en España, escuché brotar al padre de mi entonces novia la siguiente inolvidable interyección:

"Me cago en la Gran Puta de Oros."

No me acuerdo del contexto, aunque se me hace que el tipo entonces andaba algo frustrado. La cuestión es que la frase me pareció excelente. Ese mismo año, se la conté a mi hermana (la poetisa) y ella estuvo de acuerdo: tal expresión, efectivamente, encierra una enorme belleza y expresividad y será siempre motivo de legítimo gozo y jolgorio de parte de quienquiera la escuche, sobre todo si se la compara con lo que se le escaparía a un inglés en similares circunstancias, inevitablemente una miserable monosílaba de cuatro letras repetida tantas veces como abarca el cenit del enojo. La belleza de la expresión reside en su dramatismo, evidentemente, pero también en su misterio. Los españoles son muy proclives a cagarse en una impresionante variedad de objetos y sustancias, entre ellos la leche, la hostia, Dios, el número diez, por no hablar de la madre que a cualquier artilugio (carro, refrigeradora, llave de agua, presidente del gobierno, rallador de queso) supuestamente le habría parido; la mayoría de tales improvisados recipientes de atropellados excrementos verbales son fácilmente identificables, pero hasta la fecha no he podido dar con el nombre ni con el historial de susodicha Gran Puta de Oros, y no ha sido por falta de ganas. Sospecho que su origen puede remontar hasta aquella diosa supernumerariamente tetuda cuyo templo estuvo en Efeso, aunque sus mayores devotas pudieron ubicarse en Corinto, y que provocó la ira tanto de ese anónimo epistolero misógino que tuvo a bien disfrazarse del apóstol Pablo, como del loco de Juan, que en su más famoso acid trip la veía fundida con la ciudad de Babilonia, que algunos han querido identificar con la Roma de Nerón. De todas maneras, esa Gran Puta ocupa un lugar singular en el folclor castizo, apareciendo en diversas expresiones de habla coloquial, y provoca un sinnúmero de reflexiones, la mayoría vertientes forzosamente sobre esa terrible y maldita religión monoteista que en nuestro Occidente se ha ocupado durante dos milenios de cagarse en cuantas Grandes Putas ha podido, de infinidad de maneras, sin el mínimo respeto por lo antiguo y lo sagrado del oficio que ellas desempeñan. Y lo de sagrado no es un decir: en diversas civilizaciones a lo largo y ancho del mundo se ha identificado en diferentes épocas la vocación de puta con la consagración a alguna que otra divinidad, o con el ritual místico que une los opuestos y abre la puerta al goce sobrenatural. Y es evidente que la perversa ocurrencia de menospreciar, perseguir y estigmatizar al oficio más antiguo y más venerable del mundo sólo pudo haber nacido en la mente de un miserable representante del clero, o de un político, como lo demuestra en la actualidad el afán regulador e inquisitorial de ambas deshonrosas castas. De modo que estuve contento al enterarme (entre mudanza de casa y aparatoso accidente de carro) de que iba a haber una Marcha de las Putas. Qué bien, me dije, que a algunas se les ha ocurrido reivindicar su vocación, su importante labor, su imprescindible contribución a la estabilidad social. Pero se me fue el gozo al piso cuando los diarios dejaron claro que la tal marcha no había sido de putas, sino que era la misma marcha de siempre, que en Ecuador se repite casi todos los meses del año, es decir, la Marcha de las (y los) Todosomosistas.

Tanto la definición del término como mi rechazo a la actitud que encierra quedan registrados en este blog, pero resumimos: el Todosomosismo es un triste, pálido y cobarde reflejo de esa identificación con El Otro que a algunas personas en la historia les ha arrancado heroicas hazañas de autosacrificio. Es el deseo de identificarse con alguna cualidad o algún atributo envidiado y codiciado (aunque sólo sea ese atributo que se resume en ser víctima de moda), sin cargarse con ninguna de las responsabilidades ni de los sacrificios ni de los necesarios aprendizajes que ello normalmente supone. Así, si la atención mediática por algún motivo se enfoca en los problemas de los emigrantes, a alguien de buen seguro se le ocurrirá el lema de Todos Somos Emigrantes, aunque ese alguien no haya salido nunca de su parroquia de nacimiento. Lo que provoca bostezos, en todo caso, no es el confuso afán de solidarizarse durante unas cuantas horas con quienquiera que sea, sino la colérica estridencia y la patética actitud contestataria con que se pregona la innecesaria e infantil mentira.

Claro que, sin conocer personalmente a ninguna de las (y los) asistentes a la tal Marcha, no puedo asegurar que no hayan sido, efectivamente, todas putas (y putos). Pero lo dudo mucho, y esa duda se justifica con las declaraciones publicadas de las organizadoras y simpatizantes. Resulta, primero, que ellas piensan que "puta" es un insulto. Luego, que las personas a quienes supuestamente se les insulta con este término son mujeres "que visten como les da la gana". Así que lo que se reivindica no es más que eso, el vestirse como a una le da la gana (¿todavía habrá alguna que, fuera del trabajo, no lo hace?). Posiblemente, también, el llevar una vida sexual de ésas que mi esposa gusta de llamar "desordenadas"... aunque los medios han preferido no indagar demasiado en esa posible reivindicación secundaria. Ah, y había algunas que pensaban que la violencia y el estupro son cosas malas, y querían informar al público en general de tan original punto de vista. Y yendo más atrás en el tiempo (pues lo de las Marchas de Putas, como todo lo que se hace en Ecuador, es una interpretación a lo divino y con órgano Casio de algo de ultramar) resulta que había alguna que otra intención de protesta contra un jefe de policía canadiense que en un discurso habría recomendado, para evitar agresiones, que las mujeres se vistan como monjas. (Lo cual revela muy escaso conocimiento de la mentalidad del violador, de acuerdo, pero decir que con eso se disculpaba al agresor es una sorprendente estupidez. Si digo que para evitar robos mejor cierres las ventanas del carro antes de bajarte a comprar cigarrillos, ¿estoy justificando el robo? me cago en mis pequeñas medias de algodón.)

Nada de esto, desde luego, suena ni huele mucho a putas, y se lo dice uno que nunca consiguió ser puto (máxime hijo de, en todo caso) pero que tuvo la suerte, buena o mala según marca de cerveza, de conocer a una puta auténtica, allá en España hace cosa de once años. Fueron cuatro meses que ahora recuerdo como mi único viaje espacial jamás ensayado. Y fue ella quien me puso sobre la pista (con sus habituales requerimientos de que la llame, o "puta" o "zorra", en ciertos momentos) de que, pese a los etimólogos de sangre de donut, "puta" es en realidad una forma de decir "poeta": Y creo que con remarcarlo es casi suficiente, porque las similitudes son obvias. Entre ellas: que para serlo, siquiera soñar con serlo, tienes que tener muy pero muy superada esa infantil obsesión con la reputación, con los supuestos "insultos", con el qué dirán y qué pensarán, pues es una vocación que te aleja definitivamente de la multitud pluri-solidarizable. Segundo, que son muchas las llamadas y pocas las escogidas: no toda la que quiere ser puta lo consigue, pues en esto como en todo lo que vale la pena hay arte y esfuerzo. En especial: para ser puta hay que conseguir, a nivel espiritual, algo que hoy en día se ha puesto fuera del alcance de la mayoría, verbigracia, sentir un gusto especial por los hombres (me place pensar que antes, previo al apogeo de la política y de los medios y de la manufactura de "modelos de rol", eso era más asequible: casi diría que me consta). Y en eso las putas (las que son por vocación, no hablo de simples cumplidoras a sueldo) requieren de una disciplina mental muy parecida a la de un poeta que tiene que entrenarse a ver, donde sus instintos le están prefiriendo ciego.

Y más allá de todo esto: hay que saber atormentar.

Ella sí supo, y sabe, y todavía no me suelta. Por eso, esto. "Ni" (que diría Marlowe) "estoy fuera de ello."

Saturday, March 10, 2012

"La profesionalización de la comunicación"

Digamos que entraña los mismos riesgos que la profesionalización del sexo. Exactamente los mismos. Por lo visto, hay quienes piensan que en el mundo sobra creatividad.

COMUNICADORA, 21a., iniciada, rasurada, licenciada, busca gobiernos solventes. Sí a todo.

Algún día, a alguien se le ocurrirá preguntar qué hizo Hemingway antes de chochear corridas, o Orwell antes de ponerse a delirar en un Patmos improvisado de las Hébrides.

Equilibrio de peces

Quisimos entrevistar a don Tímido Loor Sánchez, el más relevante equilibrista de peces del país: pero cuando la nieve se había derretido, y pudimos entrar en su cocina, vimos una especie de pirámide sucia puntiaguda hecha de carne, gelatina y ambiciones frustradas. Lo que sigue es la entrevista que hicimos, a falta de sangre, con la pirámide.

EL BLOG SIN NOMBRE: Hola, Pirámide.

PIRÁMIDE: Estoy muy ocupado. Por favor, coloque el cielo un poco más a la izquierda. Me molesta.

EBSN: Dicho y hecho. Ahora, tenga a bien iniciarnos en los secretos del equilibrio de peces. Si no, le advierto que pondremos gafas oscuras y engordaremos instantáneamente algunos kilos.

P: Eso son palabras mayores.

EBSN: Nuestros espectadores no son para menos. Algunos hasta viven en Samanes, si eso se puede llamar vivir. Se merecen grandes cantidades de glicerina, y una trama que contenga un secuestro, dos o tres criadas uniformadas con el cabello tinturado, un cura, una vieja sabelotodo y un duelo de viejos verdes con peinados bouffant. Todo eso y más se merecen nuestros espectadores.

P: ¿Por qué han venido?

EBSN: Porque la lluvia aún agoniza sobre el pecaminoso asfalto. Porque los únicos que soportan con elegancia el crepúsculo de nuestra civilización resultan ser todos gatos, y la mayoría manifiestan limpieza y languidez. Porque no hay descuento en el cine. Porque no hay caridad en los ojos de las chicas que se consideran a sí mismas "actuales". Porque las risas enlatadas en las comedias parecen ráfagas de mal tiempo. Porque está rabiosamente de moda ofenderse. Porque en las estaciones espaciales aun no hay carameleros. Porque el nombre del que se agarró el firmamento, lo rasgó, y usó la mitad para limpiarse las ventanas, está escondido en los libros de historia. No hay, estrictamente, nadie que se llame "John", y si lo hubiera, poco tendría de ferruginoso. Porque el despiece del cuerpo de un anciano es distinto al de un jóven: a más dolores, más necesidad de nombrar partes. Porque siempre hay una excusa para endeudarse más. Porque el matrimonio es un error de redondeo. Porque no disponemos de suficientes vidas. Todo esto, y otras consideraciones que no vienen al caso, nos coloca en la embarazosa situación de ansiar equilibrar peces.

P: Equilibremos peces.

EBSN: Equilibremos peces.

(largo silencio)

EBSN: Y ¿cómo se hace eso?

P: Sssshhhh.

La correspondencia con Carmen se está pareciendo cada vez más a un hombre muy gordo que insiste en subir a bordo de la metrovía cuando hay varios pasajeros intentando bajar al mismo tiempo. No ella: la correspondencia. Es como el choque de una barriga enorme y obstinada contra varios cuerpos en movimiento, sin identificar, de rumbo incierto. No sé de dónde vino esa enorme y obstinada barriga. Pero jode. No te deja ir a ninguna parte.

Todo lo que le digo le ofende.

Al parecer, no quería cartearse con alguien como yo. Quería un dechado. No conozco a ningún dechado. Ella tendría que probar suerte en "Dechados Anónimos".

Como diría Nerval: acá lo que hay es bien desdechado. Se me abole la torre al pensarlo.

Viene la enfermera para retirar algunos órganos caidos al piso de los que ya no me hacen falta. - Vaya -, dice, - estamos bien ocurrentes esta mañana - . Echa un furtivo vistazo alrededor, y luego saca de los pliegues de su uniforme un juego de naipes. Todos ellos tienen un versículo de la Biblia escrito encima. - Toma, la que quieras - dice. - Son mensajes de Dios para ti. A tu edad, deberías pensar en el más allá. A fin de cuentas, para ti sólo queda la religión, o el feminismo.

- Ni lo uno ni lo otro -, le digo, y se retira molesta. (Hoy en día, todo el mundo se retira molesto. Es un truco que el mundo recién ha aprendido.)

¿Qué por qué no soy feminista? Pues entre otras, porque no soy ningún ista. Es decir, no creo que sirva ni que interese etiquetar a las personas más que pasajeramente por sus adhesiones, que siempre serán más hipócritas, y cundirán menos, que sus intereses. También, porque no soy fémina. Ya en la universidad, con veintiún años, me enteré, de parte de unas amigas que sí eran feministas de verdad, de las que llevan dungarees, que un hombre no puede ser feminista, por simple propiedad lingüística, de la misma manera que no puede ser poetisa ni sacerdotisa. Como mucho puede ser "pro feminista", decían, pero con ese encogimiento de hombros que daba a entender que de todas maneras poco importaba cómo ellos querían etiquetarse. Y me pareció cierto, y correcto. Si el ser mujer implica en tu universo alguna desventaja respecto a los hombres, lo que menos vas a querer es que venga un tipo almibarado sonriente de media boca para decirte que "se solidariza" con "tu lucha". Y un cuerno: apártate, mamón. Lo más piadoso que puedes hacer en tal situación es escupir en esa solidaridad de media mierda. En todas las solidaridades escupo yo, y orino, como ritual diario. Solidaridad shmolidaridad, ya basta de educadas y encantadoras ignorancias. Métete, o quédate fuera, pero no te solidarices ni te pongas medallas de lata de sardinas para ganarte puntos sociales en tu cafetería burguesa de Quito para arriba. Dedícate a lo tuyo, a lo que entiendes. Y nunca vas a entender a un par de cromosomas gemelos que no tienes (which you have not got). Sé razonable. Las mujeres es otro mundo.

(En una cosa sí estoy de acuerdo con las feministas: que el tío Disney se pasa. A quien se le ocurrió inaugurar el culto a la princesita sosita me place llenarle el pijama de alacranes.)

¿Mis intereses? ya que lo preguntas. Las mujeres. Es doloroso pero cierto. Tenía otros, pero como que confluyen en eso, en unas curvas que me tienen tan sojuzgado que ni me entero. Mi amiga canadiense decía: el problema de los hombres es que sus mamás les enseñan desde la infancia un lenguaje femenino. Aprenden a hablar y a pensar en feminés (inglés, español, chino, todo es feminés). Nunca han desarrollado su propio lenguaje. Por eso las mujeres ganan siempre con la lengua, que es algo suyo: intuyen que les pertenece*, y tienen la razón. Si eso es cierto o no, pues haz la prueba: ponte delante de algo calipígico, algo sinuoso y ondulante, e intenta hablar. Verás lo que sucede: hay fuertes campos gravitacionales a ambos lados de tu cara: para escaparse de esa prisión, el deseo tiene que volar recto y rápido como flecha, como cohete, sin encombrarse de palabras. En cuanto intentas colgarle palabras a tu deseo verás cómo ralentiza, y cómo empieza a decaerse su trayectoria, cómo empieza a torcerse hacia uno de los dos lados, o el banal/soez, o el místico/romántico: se imanta de palabrería, y ya no es lo mismo. Se corrompe, se vuelve emboscable. De manera que no hay estrictamente palabras para decir lo que sentimos, ni para atribuirle a nuestro maravilloso deseo carnal ese grado de relevancia universal que lo hiciera rivalizar con los sonoros y bien expresados reclamos de nuestras eternas carceleras.

Somos provincianos, cuellirojos, distantes e irrelevantes. Es una pena.

Es una pena estar caminando apresurado de A a B, mientras esas piernas cortas y fundamentadas cruzan camino a Ñ, y tener que recordar que no sólo estás en el trabajo, no sólo que no la conoces, no sólo que hay tortugas mirando (¿por qué los galápagos parecen tan jueces?), no sólo que tienes 122 años, no sólo que no eres su tipo (en realidad, nunca fuiste tipo de nadie), no sólo que no es el momento ni el lugar (nunca lo fue), sino que encima, encima, ya no construyen catedrales, ni siquiera al gran Pendejo, y mucho menos a alguien interesante como fue la supernumerariamente tetona de Efeso. Quiero decir: lo tuyo ni siquiera es respetable, hoy en día, ni mucho menos te dejarán urdir tragedia ni epopeya en su alrededor. El deseo está en cuarentena, en nuestro mundo. El feminismo casi lo ha conseguido todo: ahora sólo falta que vayamos (los no mujeres) con campanas en mano, gritando "unclean, unclean! The Man From U.N.C.L.E.A.N!" Somos polifacéticamente sucios. Y no voy a ponerme a mentir y a alardearme de tener un lado limpio. No lo tengo. Soy de una sola pieza, y de malos materiales hasta el tuétano.

Por eso no soy feminista. Pero lo peor es que tampoco soy hombre.

Esta afirmación, al igual que la anterior, tiene múltiples asideros (ver blog negro), pero quedémonos con Kipling. Ahora, a diferencia del estereotípico ex soldado con que te pones a hablar en cualquier pub y te saca a Kipling de debajo de la gabardina como si de unos naipes pornográficos se tratara, yo no sé citar de memoria ese poema, pero más o menos va así:

If you can do something rather impressive,
If you can do something else even more impressive and somewhat at odds with contemporary trends in psychology,
If you can do something extremely improbable, painfully old school and pointlessly heroic, such as keeping your no claims bonus while all around are losing theirs,
And if you can also lick your elbow with your tongue while dancing a hornpipe and reciting Schiller's "Ode to Joy" backwards,
And if you can piss 400 yards against a gale force wind,
Then you will (subject to demand) be a Man, my son.

El tipo no te lo pone nada fácil. Yo ya renuncié al intento. (Tampoco tuve mejor suerte con el Cubo de Rubik.)

Queda esto: ser, en palabras inmortales de Morrissey, Nothing In Particular. Eso, y el equilibrio de peces. Para acostumbrarse.



* Una anécdota graciosa: el otro día, la compañera de trabajo que me llevaba a casa en su carro (el mío sufrió un estrepitoso accidente) me pregunta, con absoluta inocencia: "¿En qué idioma sueñas?" De lo que deduzco que las mujeres son tan amigas de la palabra, que hasta en sus sueños dialogan. No sé por qué, este detalle me hizo sonreir. Es como cuando un estadounidense te pregunta cúal tipo de munición usas en tu rifle de caza.

Wednesday, March 7, 2012

Hasta que despierta

"Estuve en un lugar que en algo se parecía a HW, la ciudad inglesa donde pasé mi adolescencia. Venía de un viaje a Londres, y viajaba solo, a pesar de que había salido con mi esposa y quién sabe si toda la familia. De alguna manera había conseguido dejarla atrás, aunque tenía la extraña sensación, desconocida por mí en mucho tiempo, de que estaba bien con ella, es decir que había armonía y comprensión. Me di cuenta de que llevaba su bolso, el cual parecía no tener mucha cosa dentro. Como suele pasar en tales casos, eché un rápido vistazo alrededor a ver si había alguien riéndose, y luego aplasté el bolso debajo de la axila, como si fuera un extremo de una gran alfombra enrollada que estaba llevando entre dos ó tres personas, lo cual es la única manera medio respetable de que un hombre puede llevar un bolso de mujer, pues como usted sabe si lo llevara en la mano provocaría un escándalo de dimensiones internacionales, aunque nunca entendí muy bien por qué. Bueno. El caso es que, al estar solo, naturalmente quería llegar a casa lo antes posible, para poder disfrutar allí de la soledad y hacer algo útil. Al igual que en HW, la casa estaba al otro lado del valle. Pasando por el centro de la ciudad, se me ocurrió que podría aprovechar para comprar algo de pornografía, y al pensar en eso, todo el lugar se vistió de Navidad, había luces, bolitas colgando, regalos en todos los escaparates. Pero luego recordé que tenía cincuenta años, y que eso de emocionarse por la posibilidad de comprarse un Hustler era algo que no iba con mi edad. En cambio, a continuación recordé que había una tienda dedicada a pornografía especializada, volcada enteramente hacia mi propia perversión, y volví a sonreir. Pero luego recordé que llevaba debajo del brazo un bolso de mujer, y pensé que tal vez sería mejor deshacerme de eso antes de ir a cualquier sitio de ésos. Es decir, tendría que ir primero a casa. Aunque eso sí, sería bueno comprarme algo de comida por el camino. A continuación recordé que estaba en un país donde no se vendía ninguna comida medianamente apetecible para comer en casa... es decir, esa Inglaterra de alguna manera se estaba convirtiendo en Ecuador. En fin. Por el camino, me prometí volver al centro y emprender una orgía de compras lúbricas más adelante... pero justo cuando pensaba eso, estaba pasando por medio de un bar, que había que atravesar para salir al otro lado del valle, y el camarero leyó mi pensamiento, y me dijo cordial y risueño: tendrá que darse prisa, señor, pues esa tienda de pornografía especializada está a punto de cerrar. ¿En serio? le dije. ¿Para siempre, o solamente para las navidades? Para siempre, me dijo, es que no tiene mucha clientela. Qué pena, le contesté, y salí del bar, repasando en mi mente las características de esa tienda, que era como una librería especializada en antigüedades, todo oscuro, polvoriento, minuciosamente clasificado, y con mucho material que era misteriosamente aburrido pero que de alguna manera no desentonaba. Por ejemplo, había una sección de pornografía musical, llena de partituras, para los que se excitan viendo corchetes y semicorchetes y mezzofortes y "prosciutto ma non troppo" y toda la vaina. Bueno, salí de ese bar y seguí caminando y llegué a una especie de precipicio que interrumpía el camino, y vi que había una manera de bajar, aprovechándose de una bizarra construcción con muchas tuberías que habían hecho allí contra el precipicio, tal vez un acueducto muy Art Deco, inspirado en el Centro Pompidou, que llevaba incorporada una escalera metálica, aunque faltaban los primeros escalones y tenías que hacer una maniobra medio peligrosa para bajarla. Esa escalera tenía una extraña construcción, medio municipal, medio suicidal..."

"¿Conoce usted alguna construcción así?"

"Bueno, ya que usted lo dice, sí: el puente peatonal que separa el Terminal Terrestre de la Metrovía. Siempre pensé que tenía todo el aspecto de estar a punto de caerse estrepitosamente. De hecho, llegué a investigar la empresa constructora en el Internet, y descubrí que ese puente fue construido por tres hermanos rumanos que hasta ese momento sólo se habían dedicado a la comercialización de pelucas multicolores para payasos. La mayoría de los albañiles que participaron en la construcción, de hecho, fueron artistas de circo traidos de Europa Oriental. El grueso del trabajo lo hizo un hombre fuerte vestido de piel de leopardo. Pero creo que no viene al caso."

"Efectivamente. Sigue."

"Bueno, la cuestión es que decidí que sí podía bajar esa escalera medio peligrosa, al igual que otras muchas personas que veía haciendo lo mismo, pero no con las manos tan llenas como traía. Así que decidí lanzar al vació todo lo que tenía en las manos, bajar la escalera, y luego ir recogiendo mis cosas del suelo cuando llegaba. Y así lo hice. Algunas de las cosas, sobre todo el bolso de mi mujer, volaron un poco lejos, pero eché un vistazo y decidí que no sería difícil recoger todo eso despúes de bajar, eso sí, con tal de que a nadie se le ocurriese llevarse esas cosas antes de que yo llegara abajo. Pero mientras bajaba, vi con algo de decepción que alguno de mis objetos personales fue recogido por algún peatón de los que ya habían bajado. En fin. Me apresuré por bajar, y al llegar al suelo, fui a buscar el bolso de mi mujer, que estaba entre las pocas cosas que quedaban. Cuando lo encontré, ahí cerca había como una especie de nido entre los arbustos. Había un libro y la chaqueta de un niño."

"Describe el libro."

"Era un vademécum de los pájaros de las Islas Británicas. En la portada había un Rey Pescador."

"¿Qué significado tiene el Rey Pescador para usted?"

"Ah, eso es fácil. Es que hace dos días estaba viendo la película Frenesí, de Hitchcock, y ese ave se menciona en el discurso que da el político en la primera escena. Maravillosa escena, por cierto. La ironía es deliciosa."

"¿Algo más?"

"Bueno, la película El Rey Pescador, de Gilliam, siempre ha estado entre mis favoritas. Y de paso, la historia medieval en que se basa también me inspira algo de nostalgia. Es que... me da como vergüenza decirlo, suena muy cursi, pero la cuestión es que esa historia se centra en una persona que se da cuenta del sufrimiento de otro, y le ofrece algo tan maravilloso como es la comprensión. Ahora, yo pasé mi adolescencia convencido, no sé por qué, de que a pesar de mi absoluta soledad, algún día mi vocación sería ofrecer a otras personas ese mismo regalo, la comprensión. Luego uno se hace adulto y se da cuenta de que nadie quiere eso. Nadie quiere ser comprendido. Lo único que yo tenía para ofrecer a los demás era algo absolutamente inservible."

"Jum," dijo el psicoanalista enfurruñado, "Se podría decir que aquí y ahora, lo único que a usted le estoy brindando es una especie de comprensión. ¿Estoy perdiendo el tiempo, según usted?"

"A usted le corresponde decidir eso, doctor, no yo. Esperemos en todo caso hasta el final."

"Está bien. Siga."

"Bueno. Al principio creía que esa especie de nido era donde alguien había pasado la noche, y que estaba vacío. Recogí la chaqueta y me puse a pensar en lo raro que era que un niño hubiera pasado la noche solo entre los arbustos, y más raro todavía, que se haya olvidado la chaqueta. Pero luego me di cuenta de que había en ese nido una manta, con un bulto debajo. Toqué ese bulto con un dedo y salió la cabeza de un niño, a quien yo había despertado. Me sentí avergonzado, y le dije: tenga, esto es tuyo, y le di el libro. Él no me dijo nada, simplemente cogió el libro y se volvió a dormir."

"¿Y entonces?"

"Es lo último que recuerdo. Entonces me habré despertado, supongo."

"Ya. Bueno, mi primera pregunta sería: ¿qué significa para usted ese bolso?"

"Nada. No creo que tenga ninguna importancia en el sueño."

"Y sin embargo, a mí me parece que desempeña un papel estelar."

"Allá usted. Bueno, podría ser un útero, si estamos con las adivinanzas, ya que toda mujer lleva eso, y siempre esconde una agenda, y de ahí puede salirse la cosa menos esperada, por ejemplo, una armónica afinada en clave de Fa. Yo qué sé."

"Pero en el sueño usted lo llevaba, no ninguna mujer. Hablemos en todo caso del precipicio, eso que separa su vida anterior de la que lleva ahora, acá en Ecuador. ¿Se le ocurre qué cosa sería aquello que otra persona recogió y se llevó cuando usted vino aquí?"

"A mi ex, por supuesto. Se la llevó un jardinero municipal oriundo del Magreb. Eso es trivial."

"Las ex suelen ser cualquier cosa menos eso."

"Lo dije en el sentido de que hasta un bachiller sabría interpretar eso."

"Otra cosa, entonces. ¿Por qué le habrían dicho que se diera prisa, porque la tienda de pornografía se iba a cerrar?"

"Déjame pensar. Bueno, eso puede tener relación con una especie de hormigueo que sentí el otro día, en el trabajo. Sonará ridículo, pero me puse a pensar en que posiblemente sin saberlo me estaba brotando un cáncer testicular. Eso le otorgaría sentido al aviso del barman."

"Ciertamente. Aunque puede que el aviso sea algo exagerado. Al fin y al cabo, a muchos hombres de su edad le extirpan un testículo y siguen tan campantes. Con uno es suficiente."

"Pero es que sólo tengo uno. Siempre, desde la niñez..."

"Ajá. ¡Ajá! Pues entonces, todo el sueño tiene un sentido meridianamente claro."

"No veo por qué..."

"Piensa en ese bolso que, según usted, llevaba poca cosa dentro, pero que sin embargo, le llevó hasta donde había un niño..."

"Puaf. Ustedes los sicoanalistas a veces me resultan algo decepcionantes. Cómo lo digo... ese empeño en buscar significado en los sueños será noble, pero eso de quedarse con la primera interpretación con tal de que tenga relación con el sexo resulta muy simplón. Hasta soez si me apura. Puede que el sueño tenga dos interpretaciones. De hecho, creo que el subconsciente es lo bastante listo como para proveer una para satisfacer a los sicoanalistas, y otra, más profunda , que sería la verdadera."

"¿Relacionada con qué cosa, si no con el sexo?"

"No sé. Tal vez con la cocina mediterránea, el arte del arreglo floral, o las evidencias de cambios climáticos en el Bajo Ordovicio. Hay muchas cosas más importantes que el sexo."

"Su sueño parece sugerir otra cosa. Hablemos de esa tienda que tiene poca clientela. ¿Usted es fiel a su mujer?"

"En todo lo que no sea pensamiento, por supuesto. A mi edad, ya sabe, a menos que uno tenga harta plata no queda más remedio."

"Ya veo. Cuéntame más sobre ese monorquismo que padece. ¿En qué se originó? ¿Una operación quirúrgica, acaso?"

"Repito: no creo que eso tenga ninguna importancia en mi sueño," respondí tajante.

Pero mientras arrancaba el cuchillo del cuello del psicoanalista, donde lo había clavado un momento antes, y me dediqué a limpiarlo con el antimacassar de su diván y a pensar qué haría con el cadáver, se me ocurrió que tal vez mi reacción algo exagerada desmentía esa última afirmación mía. ¿No sería que cuando uno asesina brutalmente a un psicoanalista, podría ser porque había dado, de alguna manera, en el clavo? ¿Rem acu tetigisti, y todo eso?

A continuación, me desperté. Me quedé pensando en lo que sería la interpretación real de todo eso. Al final, decidí que era una especie de reclamo contra la pedantería. Al fin y al cabo, había utilizado deliberadamente la palabra "bizarra" en el sentido de "estrambótica", a sabiendas de que hay ciertas personas a quienes ese supuesto error les saca de quicio, pues el diccionario insiste en definir "bizarro" como "valiente". A lo que yo digo: las palabras significan, no lo que dice el diccionario, sino lo que las personas entienden por ellas. Me parece que coger prestados significados de otros idiomas, en este caso del inglés, enriquece una lengua, y que las personas que buscan la pureza de un idioma son unos pobres diablos por muchas genialidades que canalicen. Pureza lleva a endogamia lleva a imbecilidad, decía mi abuela, y si hay algún idioma realmente puro, será un idioma extremadamente pobre, lo mismo que con las razas, los géneros musicales o cualquier otra cosa. De hecho, se me ocurre que ese error de convertir el diccionario en fetiche (rodeándolo de "Academias de la Lengua" y demás pretenciosas horteradas) y olvidar que es la gente la que dicta el significado y el diccionario el que lo recoge, y no al revés, es equiparable a ese otro error que consiste en atribuirle autoridad y hasta majestad a los políticos, olvidando que son meros representantes y siervos de la gente que los vota, y no al revés. Pero así es la latinidad: todo arse about face, y quedémonos con eso.

Por lo menos hasta que me despierta. (O hasta que el niño lo haga.)