Monday, April 16, 2012

Jack-in-the-Box

Antes que nada, explicarle al lector, aunque no sea el lugar (no hay lugar) que soy un ser en plena descomposición. Me estoy derritiendo, como la bruja malvada del Este, como el pastel de Richard Harris, como los postulados dogmáticos de la Iglesia Anglicana, como un archipiélago que ya no se habla. Y esto es, de todas las etapas de la vejez, solamente la que recién estoy atravesando. He pasado ya por algunas, y habrá otras por venir. No sé, la verdad, hasta qué punto el tema puede ser de interés general, pues si bien es cierto que usted también, querido lector, algún día se hará viejo o vieja, lo más probable es que la cosa no se produzca con esta extraordinaria rapidez, a menos que sea también fumador empedernido con opción preferencial para enfermedades de degeneración pulmonar; y sospecho que algo también tiene que ver en mi caso esa fractura, esa hendidura existencial basado en circunstancias insalvables que atraviesa mi vida y hace que mis múltiples pasados se marchiten nada más vividos, lo cual de cierta manera te obliga a vivir un eterno presente bañado en una falsa sensación de eterna juventud, pues esos años acumulados de poco o nada te han servido y ya difícilmente te identificas en todos ellos. Esa fractura no es, por suerte, algo común. De modo que intentaré ser breve y esquemático.

La primera señal de que te acecha la vejez será la archiconocida crisis de los cuarenta, que en mi caso se distinguió por el descubrimiento del sexo (revelación que elude a muchos británicos hasta su lecho de muerte, pero tuve suerte, léase a la Carmen), seguido naturalmente por una corta época de intensa experimentación. A eso le sucedió, con pasmosa rapidez, la crisis de la invisibilidad, también conocida como womenopausia, cuando te das cuenta de que para las mujeres ya no eres un hombre, sino acaso, y con suerte, una especie de mueble rodante, o simplemente un teorema de dudosa validez que flota en el aire a ratos. Tal descubrimiento abre un período digamos que de duelo, cuando a pesar de toda tu educación sientes la lejana pero insistente canto de sirena de la autocompasión. Tal etapa, contra todo pronóstico, fue superada con éxito y sin trauma en mi caso, hecho a lo que habrá contribuido en su justa medida el haber sido desde siempre feo como gárgola, y por tanto de visibilidad muy reducida hasta en la mejor época: la sociedad también ayuda, en cuanto existe un consenso férreo acerca de que la pérdida de la identidad sexual no puede ser en ningún caso motivo de queja ni objeto de atención por parte de terceros, so pena de perder por completo la dignidad. De modo que saltemos a la siguiente etapa, que es la que me motivó a abrir este blog (ver primer post), verbigracia,  el encogimiento del canario (lease: del miembro viril), con la consiguiente sensación de sorpresa, decepción y leve preocupación que tal fenómeno lógicamente entraña. Lo que más sorpresa produce, aun, es que la siguiente etapa, y tratándose del mismo órgano, es de expansión: a partir de cierto momento tu verga se te vuelve cada día más grande y más pesada, y eso a pesar de que su actividad se reduce al cumplimiento del llamado deber conyugal, actividad que mantiene para con el sexo "de verdad" más o menos la misma relación que hay entre un deber plagiado al vuelo de un estudiante de Literatura a partir de Brodie's Notes, y la obra inmortal original a la que supuestamente hace referencia. Cuando por primera vez me di cuenta de este fenómeno, me acordé de una visita que hice de niño al Planetario de Londres, de donde había sacado la errónea noción de que las estrellas pasan por una fase de encogimiento antes de hacerse muy grandes. Una rápida consulta en wikipedia me ha corregido sobre este punto: no obstante, se me hace que la metáfora del Gigante Rojo aún mantiene cierta validez, al tratarse de un fenómeno tardío en el ciclo de vida del ente en cuestión, a más de espectacular y, digamos, acaparador. A usted, estimado lector masculino, no le puedo pronosticar si le pasará, como a mí, sobre los cincuenta años, o más tarde. Pero le ha de pasar, digo yo, que un día encontrará que su pene, sin que se haya preocupado en valerse de ninguno de los dudosos artilugios que habitan su buzón de Spam, de repente habrá adquirido dimensiones francamente obscenas, obligándote a adoptar una serie de medidas para disimularlo; peor aun, dicha expansión física irá acompañada por un correspondiente aumento del peso del órgano, que empezará a sentirse como si por debajo de ti llevaras arrastrando un animal muerto o en todo caso moribundo, tipo oveja o capibara. De tal suerte que, con el pasar de los meses, empezarás a sentir dolores de espalda, y andarás encorvado. (Llámenme ingenuo, pero nunca antes me había dado cuenta de la razón de esta característica curvatura de la espalda de los viejos.) Peor aun: a todo esto hay que sumar una correspondiente expansión llamémosla conceptual, que da por resultado que esa sensación física de tener una picha grande, pesada e inerte se trasladará a un incierto terreno mental, medio sensorial, medio intuitivo o intelectual, y de ahí se propagará a todos tus procesos mentales, cual plaga mental, obligándote a reconocer, así sea de mala gana, que todos tus procesos mentales de cierto modo son macrofálicos o dicho de otra manera valen verga. Y a partir de ahí, de un modo algo misterioso, nace la siguiente etapa, ya mencionada, la de la disgregación psíquica.

Somos, como cuenta la película Sostiene Pereira, una comunidad de almas, o si se prefiere, una orquesta de deseos y de visiones de distintos timbres, dentro de la cual cada instrumento tiene la capacidad de destacar, en algún momento, como solista. Estos seres que nos habitan no llegan a ser personalidades definidas, pero esconden en su interior el potencial de ser tal, de dar un paso hacia adelante y coger la batuta. Pero sucede que en una vida como la mía, y probablemente como la suya, no ha habido oportunidad ni necesidad de cambiar de director más de una sola vez o como mucho, dos veces. Ahora bien, cuando se llega a las puertas de la vejez, el director ya se encuentra cansado, ensimismado, desengañado y sumido en la melancolía. Con lo cual, ya no hay esa disciplina interior que se traduce en la descarnada persecución de un único objetivo, o como mucho de una gama de objetivos cuidadosamente priorizados, a los cuales todos tus procesos mentales y emocionales están subordinados. Esto da lugar a que cada elemento de tu psique tome su propio camino. Ya no hay concierto dentro de tu cabeza. En un momento estás llorando de nostalgia, en otro te estás sintiendo arrastrado por alguna de las diversas modalidades de la lujuria, en otro te vuelves mecánico de tus infaustas circunstancias y te obsesiona el pago de la planilla, en otro eres el hedonista todoterreno de siempre.

Y digo esto porque se va a notar en lo que sale a continuación. Ya no se espanten.

Tuesday, April 10, 2012

Tu fe: sorpréndeme

Mis padres fueron católicos practicantes durante mi infancia. Me enviaron a una escuela primaria católica, donde recibí una enseñanza no del todo mala pero sí estrambótica en algunos detalles. Allí aprendimos a recitar en coro varias oraciones, entre ellas el Half Arthur (who Art in Heaven), el Hail Mary (que revistió cierto interés pasajero por contener la palabra "women", vedada en nuestra casa a favor de "ladies"), el Glory Be, y varios Acts. Nos contaron historias bíblicas, y participamos en diversos ritos. De éstos, el que mejor recuerdo requería que nos vistiéramos de gala, casi de novios y novias, y que los chicos paseáramos por el cementerio al lado de la iglesia con cestas llenas de pétalos de flores, entonando "one, two, kiss and strew" (uno, dos, besa y desecha) al tiempo que besábamos los pétalos y los lanzábamos al aire. Nunca me enteré del significado de esta bizarra ceremonia (sospecho Mariolatría): tan sólo me acuerdo de la sensación de vergüenza que producía tamaña mariconada practicada al aire libre. En las clases de religión aprendimos que el alma era algo así como una sábana blanca, que con el tiempo y los inevitables pecados se iba manchando, por lo que era necesario de vez en cuando lavarla, en un rito llamado "confesión", que era algo así como el detergente Omo Biológico, a que ninguna mancha podía resistirse. (Esto no es licencia poética, por si acaso: mi hermana mayor recuerda las mismas enseñanzas y la misma sábana.) Cuando era cuestión de celebrar el Sagrado Corazón, toda la clase recibimos gozosos la tarea de dibujar un corazón, según los protocolos de San Valentín, del cual salían unas gotas de sangre. Cuantas más gotas dibujábamos, y cuanto más rojas eran, más alta la calificación.

Ir a la iglesia era un ritual de obligado cumplimiento semanal: de niño, nunca supe demasiado bien el por qué de tanto atroz aburrimiento, de tanto ponerse de pie y luego de rodillas y luego sentado y otra vez de pie, de tanto farfullar palabras sin ningún sentido inteligible. Eso sí, en la iglesia uno empezaba a discernir diferentes tipos y rangos de fieles. Los más mayores, cada vez que se llegaba al evangelio se hacían unos signos medio masónicos en la frente y en otras partes, que a nosotros nadie nos había enseñado: tal vez eso era cosa de adultos, pues a nosotros sólo nos habían enseñado el santiguarse corriente. Los veteranos hasta se sabían de memoria el "Hail, Holy Queen", y el Credo en Latín (yo sólo me acuerdo de los primeros compases: la música, eso sí, era soberbia). Las mujeres iban con la cabeza tapada, siguiendo las enseñanzas de San Pablo, y las que no lo hacían eran escudriñadas un poco de reojo. Una vez al mes aparecía un grupo de hombres con trajes oscuros, que se situaban atrás, apartados del resto: con el tiempo mi madre me informó que éstos eran reos, criminales, cosa que no estuve dispuesto a creer sin más, pues se supone que los reos van con camiseta de rayas, o con flechitas pintadas. Lo que más me gustaba era la Misa del Gallo, pues antecedía a los regalos, y además, era emocionante levantarse a las once de la noche para salir en la nieve. Los himnos de Navidad eran buenos, y los himnos a la Virgen, todavía mejores (hasta la fecha algunos, de factura francesa, me producen una indecible nostalgia, como también me seduce cierto olor a incienso). Pero todo ese ritual, y todas esas confusas creencias, no tenían para mí demasiado sentido. Eso sí, absorbí convenientemente la noción del "pecado", es decir llegué a entender que hasta mis errores más triviales y menos trascendentes merecían horribles y atroces castigos de parte de un Dios que los profesores y curas nos pintaban como una especie de ogro celestial, permanentemente de mal humor, lo cual era en parte explicable pues los humanos habíamos sido tan malos como para torturar y condenar a muerte a su Hijo. También tuvieron mucho empeño en hacernos entender, sin entenderlo, que la mayoría de los seres humanos (o sea, todos los que no eran católicos, y una parte considerable de los que sí lo eran) eran destinados al infierno, por el hecho de no morir en un Estado de Gracia, recién confesados y con la sábana limpia. El infierno, nos decían, era un lugar donde las personas que no agradaban a Dios pasaban la eternidad sufriendo los tormentos más atroces. Es importante entender - nos decían - que esos tormentos, esos horribles dolores, ese fuego, esos aullidos, no cesarán jamás, jamás, jamás. Si quieres evitar aquello, no hay otra: tienes que seguir a la letra todas las enseñanzas de la Iglesia, y evitar sobre todo los pecados mortales.

No sé cómo, pero conseguí hasta cierto punto, aun sin dejar de creer, no tomar todo esto demasiado en serio. A veces me pregunto si siempre había algo en mí que desde el primer momento se había resistido a creer unas fábulas tan mórbidas. Si era así, esa parte de mí guardó silencio mientras tanto.

Llegó la adolescencia. Un día, descubrí por accidente otra religión, la secta de los Hijos de Dios, que en aquella época (los setenta) había inaugurado su fase de Flirty Fishing (es decir, procurar fondos para su Lider mediante la prostitución). La tal religión consistía básicamente en los devaneos de un tal Mo David, hippy estadounidense, a quien ellos consideraban como un profeta con estatus canónico. Esos devaneos, recogidos e impresos en cómodos folletos de tamaño A5, se centraban en la política internacional ("The End of Allende?") y en el sexo ("Holy Holes!"). Yo no sabía mucho de política, pero me encantaba el que un profeta, nada menos, me diera licencia para menospreciar a Henry Kissinger (a quien mi padre consideraba un hombre extraordinario, casi un santo), y me encantaba todavía más la forma en que nuestro "contacto", Ezequiel, pronunciaba su propio nombre, con ese exótico acento californiano, y más aun, el descubrimiento de esa guarida de los Children of God allá en Southall, en el oeste de Londres, donde se amontonaban casi hasta el techo los platos sin lavar, se fumaba hierba de la buena, y donde se produjo una discusión entre el tal Ezequiel y una mujer, creo que se llamaba Rachel, acerca de si era conveniente o no que ella me sedujera ("Flirty Fishing") a pesar de mi tierna edad (14? 15? años). La verdad, no entendí en ese momento exactamente qué se discutía, y solamente con los años he llegado a entender (o a fantasear) que estuve a un tris de acostarme con esa hurí californiana en aras de la Extensión del Reino de Dios en la Tierra. Al final, tuve una acalorada discusión con el tal Ezequiel sobre el supuesto significado oculto de una canción de los Osmonds ("Crazy Horses"), a raiz de lo cual concluí que los Hijos de Dios eran unos fanáticos idiotas de mierda. Nunca más volví a Southall.

Luego, para mi gran desgracia, aprendí a tocar la guitarra.

Digo para mi desgracia, pues ese interés fue la causa de que empezara a frecuentar a los Holy Rollers del colegio secundario (supuestamente laico, pero en realidad anglicano) donde entonces asistía. Éstos me convencieron de que si tocabas la guitarra, lo más indicado era que Aceptaras A Jesús Como Señor y Salvador, operación que se podía realizar en cinco minutos y que no dolía nada, para poder luego pasar el tiempo aprendiendo y tocando himnos y recibiendo como continuos aplausos unas sonrisas Colgate medio beatos y medio lorenzos de parte de personas torpes con pelo graso. No me acuerdo cuánto duró esa fase. Corramos mejor un estúpido velo. (Como dato tal vez relevante, no obstante, cabe agregar que fue cuando me leí la serie de libros de un tal Richard Wurmbrand, que pretendían narrar en primera persona y con lujo de horripilantes detalles la persecución atroz a la que eran sometidos los cristianos en la URSS. El título emblemático: "Tortured for Christ". La verdad, no me gustaba tanto haber entrado en una religión que exigía a sus adeptos someterse, in extremis, a tal especie de martirio como se describía allí.)

Mayores desgracias siguieron. Un día, buscando algo en el desván de la casa, encontré unos libros que parecían gruesos listines de teléfono, y que tenían por título "Radio Replies". Esos libros contenían respuestas a todas las dudas posibles e imposibles sobre la Iglesia Católica, de la autoría de dos cañones gruesos de la apologética jesuítica: supongo que habían servido a mis padres en los albores de su conversión al catolicismo. Me impresionó su vistosa y carnívora erudición: esos curas demolían en un párrafo argumentos anticatólicos que ni siquiera se me habían ocurrido. Decidí dejar de lado a los evangélicos, que total sólo sabían tocar cuatro o cinco acordes, y "volver" al catolicismo, el del canto gregoriano. que ahora para mí había asumido el estatus de una religión intelectualmente respetable (a esa edad uno tiene hambre de intelectualidad, casi como de sexo).

Como ejemplo de la confianza intelectual que me traía esa religión recién redescubierta, recuerdo esa clase de Biología en la que Ma Brown se permitió un comentario despectivo sobre las creencias católicas. (Ma Brown era de las pocas mujeres que enseñaban en nuestro colegio masculino: se le recuerda principalmente por ese perfume demasiado fuerte que se ponía, que era capaz de aturdir a un hipopótamo a cien metros.) En una clase sobre reproducción humana, ella dijo algo como "así que chicos, la gente como los católicos que dicen que puede haber una Concepción Inmaculada te están vendiendo cuento. No puede haber concepción sin semen, y punto". Al finalizar esa clase, me acerqué a su mesa, y le dije: "Señora, tengo dos quejas. Primero, acaba de repetir una falacia muy corriente que consiste en confundir la Concepción Inmaculada con la Maternidad Virginal. La Concepción Inmaculada se refiere a la ausencia de Pecado Original en la madre de Cristo y por tanto es un tema metafísico, completamente fuera de su campo. En segundo lugar, la misma Iglesia Católica define la Maternidad Virginal como un milagro, es decir, y según las mismas definiciones catequísticas, una suspensión temporal de las Leyes de la Naturaleza, sean éstas físicas, químicas o biológicas. Es decir, la Iglesia reconoce implícitamente que, tal como dice usted, no puede haber concepción sin semen según las leyes de la biología. En lo único que difiere la Iglesia con usted es en sostener que hay un Dios que está por encima de estas leyes y que, por tanto, puede anularlas temporalmente. Si quiere argumentar contra esa proposición, sería mejor que se hiciera profesora de Filosofía, pues es a ese campo que pertenecen tales disquisiciones." Y salí a paso acompasado, dejándola boquiabierta.

(Como para demostrar que incluso entonces tenía medio desarrollado este instinto carnívoro de polemista que consiste en saber reconocer falacias y flaquezas y sacar provecho de ellas.)

Me leí no sé cuántas veces La Imitación de Cristo, de Á Kempis, y otros libros devocionales (la Biblia ya me la sabía de memoria, como consecuencia de mi época Holy Roller). Hacia ese nuevo Dios, que ya no era un ogro sino una misteriosa e inescrutable Presencia, le hice regalo de todo mi juvenil entusiasmo, energía y simplicidad. Con el tiempo, entablé amistad con un cura irlandés, Fr McDermott, hombre bajito y prematuramente calvo, que escuchaba con cierta impaciencia mis patéticas "confesiones", que siempre se centraba en mi inquebrantable adicción a la masturbación, para a continuación aconsejarme que dejara de tomarme (y por extensión, a mis supuestos "pecados") tan en serio. El Dios de ese cura no era el que yo conocía: era un Dios irlandés, tolerante con los pecados carnales, un Dios bonachón y algo incoherente que chupaba como el que más y que apreciaba una buena silueta femenina. Al final, mi familia recibimos la noticia escandalosa de que el tal Fr McDermott había dejado la Iglesia para ir a vivir en pareja con una de sus feligresas, llevando con él ese Mini destartalado que era su marca de identificación. De tal modo que yo ya no tenía quién me acolitara con mis herejías sobre el estatus dudosamente pecaminoso del onanismo. Al final, me planteé la disyuntiva: o dejas de masturbarte y de realizar dibujos solapadamente pornográficos en hojas de papel, o pasas la eternidad en el infierno sufriendo indecibles tormentas. Obviamente, puestas las cosas así, escogí la segunda opción. (Y eso que no había leido los recientes estudios que sugieren que la masturbación es una práctica sana que reduce en algo las posibilidades de contraer cáncer de próstata, amén de tener un efecto positivo sobre la autoestima.)

Dejé de ser católico, esta vez, para pasar a no ser nada.

Quien sí me ayudó en esa etapa, si recuerdo bien, fue un tal René Descartes. Recién había leído Discours sur la Méthode, y  si bien no comulgaba con todas las ruedas de molino que el tal libro proponía, me impresionaba una cosa: la repentina respetabilidad de la Duda. Para un católico de tropa, dudar es ser débil, es abrir las puertas al demonio. Par Descartes, dudar era un prerrequisito para alcanzar el conocimiento. Esta proposición me parecía plenamente convincente. Después de todo, hasta un apologista católico como Leslie Rumble se dedicaba a sembrar dudas con la esperanza de recoger frutos de ahí más adelante. Era mejor una duda honesta y corroedora que una convicción de fachada, sin sustento, por muy cómoda que te volviese la existencia.

Iniciado así en la filosofía, empecé a explorar sus diversas ramas, lo cual inevitablemente me alejaba cada vez más de la fe y de la doctrina. Me devoré a Platón, Kant, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Sartre, Wittgenstein, el Bhagavad Gita, y Penthouse. (No necesariamente en ese orden.)

Al final decidí prescindir de (casi) todos ellos y desarrollar mi propia filosofía. No recuerdo mucho de ella, sólo que cabía en una sola página de mi cuaderno, el cual perdí un día por debajo de un paso a desnivel de la autopista M40. Es una lástima, pues podría haber salvado a la humanidad de todos sus errores y ayudado a propagar la paz y la armonía universales sobre la tierra.

Y así termina mi historia con la religión. O casi. Es cierto que me he vuelto católico por momentos, cuando las circunstancias lo aconsejaban. El poder recitar el Credo Niceno en Latín me valió, una vez, alojamiento por una noche en un seminario en Segovia, cuando no tenía plata para pagar un hotel. Asimismo, asistí a suficientes misas en la universidad como para poder aprovecharme de esas magnificas fiestas de la capellanía católica, donde había cerveza de la buena y gratis para los fieles. Allí, en una de esas fiestas, fue donde conocí a Yvonne, mi primera novia. (Hay que aclarar que en Inglaterra el catolicismo, al ser religión minoritaria, tiene distintas tradiciones. Debido quizás a la fuerte influencia irlandesa, el catolicismo inglés es muy amigo de la cerveza y el católico practicante suele lucir un embonpoint espectacular. Por lo demás, tiene una vertiente intelectual aguerrida y radical desconocida en Europa: consulten al respecto autores como David Lodge, Chesterton, Belloc, etc. Es un catolicismo que se marquetea con fuertes colores primarias llenos de exotismo, a lo El Greco, para contrastar con los tonos pasteles y grises del elegíaco anglicanismo.)

¿He probado otras religiones distintas del cristianismo? No. Mi hermana mayor se hizo budista y he leido un poco por compromiso la literatura proselitista de rigor, lo suficiente para convencerme de que si el Islam es una religión para infantes (hablando del nivel de desarrollo emocional y de madurez espiritual de sus máximos exponentes literarios) y el Cristianismo pertenece a una etapa emocional de temprana adolescencia (con ciertos retrasos), el budismo es una religión concebida para adultos. Tiene una sofisticación intelectual y una madurez moral que lo colocan en un nivel muy superior al cristianismo. El budismo y el taoismo poseen la virtud (que hablando de religiones, no es poca cosa) de ser hasta interesantes. Pero no he llegado a explorarlos más a fondo, y el Hinduismo, todavía menos. Tiempo no me ha dado, con las otras preocupaciones e intereses que han llenado mi vida.

Entonces, no puedo decir que he vivido desde dentro todas las tradiciones religiosas, lo cual en todo caso me convertiría en un ser hediondamente decrépito. Pero la precedente narración espero que aclare una cosa: que lo que rechazo, con mayor ahinco, no lo rechazo desde el desconocimiento y la facilidad de la burla superficial y elegante. He obviado la narración de todas esas dudas, de esas angustias morales, de esos dilemas espirituales y esos interminables raciocinios sobre los misterios de la Fe, por considerarlos inapropiados y carentes de lado pintoresco. Pero están ahí, en la definición de lo que llegué a ser y a entender. Sé, eso sí, lo reconfortante que puede ser sostener en la mano un libro algo pesado que promete resolver todas las dudas posibles sobre la vida y sobre el universo, del cual has aprendido a citar capítulo y verso como vaquero que desenfunda. Conozco el estúpido éxtasis de la glosolalia, y el bovino placer de los himnos con guitarra, el sentirse importante por saber que el próximo acorde es un La menor, y la capacidad humana de confundir acordes con espiritualidad. Conozco algo de los sinuosos gozos de la retórica metafísica bien practicada. He vivido lo que vivió el Stephen Dedalus de Joyce, en lo concerniente a escuchar enloquecedores sermones sobre el infierno y desear ofrecer a Dios la incomodidad de un gélido invierno aguantado deliberadamente sin ropa protectora. He creido amar a Dios, después de apartar de mi mente todo lo que pudiera amenazar la pureza de tal amor y la sencillez de tal postración, para encontrarme trepidante al borde de la celestial imbecilidad. He gozado de esa extraña y alambicada sensación de difusa simpatía hacia el género humano, carente de foco egocéntrico, que responde al nombre de caridad o ágape, y se traduce en tazas de té con pasteles después de una adormecedora misa heroicamente sobrellevada, o en regalos de ropa y fundas de comida entregados a simplificados e idealizados pobres de catálogo. Todo eso ya lo viví, gracias. Muéstrame algo nuevo, algo que quizás me olvidé de tener en cuenta, algo que me haga recapacitar.

Y ese algo nuevo no hace falta que sea siquiera un argumento intelectual. La religión carga con la enorme y terrible desventaja - de la cual siempre pelea por librarse - del onus de la prueba. El propio Ockham no lo sabía, pero su prestobarba no sólo le quita el vello, sino que le deja sin pies. Ninguna religión ha demostrado ser intelectualmente sostenible. Pero no es sólo eso. Pido - ¿exijo? - que una religión me sorprenda con la nobleza de sus valores y posturas morales, y con la sensibilidad y sabiduría de su enfoque psicológico. O por lo menos, que impresione por su honestidad. El cristianismo en todo esto falla estrepitosamente. Los curas y los pastores llevan, en cuestiones de sensibilidad moral, un atraso de siglos respecto al grueso de la humanidad. Algunos hay que ni siquiera entienden que son incompatibles - si no intelectualmente, por lo menos moralmente - un Dios del Amor con la doctrina del infierno, que el catolicismo insiste en traducir como una tortura eterna tanto espiritual como corporal. Otros hay que, vislumbrando esta contradicción, fabrican un doble discurso hecho de "misterios", de "quizás", de "no seamos tan literales". Su deshonestidad les impide enfrentarse al hecho de que el más mísero de los seres humanos, al ser incapaz de colmar de sufrimiento continuo a una rata durante un solo día, supera moralmente con creces a ese miserable Dios torturador, pinochetista, repugnante y merecedor, por su ruindad, del siempre renovado Non Serviam. Breve: que el verdadero héroe de la historia bíblica, como correctamente intuyeron tanto Milton como Blake, resulta ser, no Yahvé, sino ese simpático de Satanás.

Y luego vienen los cristianos (algunos) y piden que se les respete. En nombre, para más inri, de la tolerancia. Ellos, que no sólo predican un Dios que por el mínimo amago de desobediencia condena alegremente a la tortura eterna, sino que apoyan y sostienen a una iglesia capaz de impulsar episodios como la cruzada contra los albigenses o la caza de brujas en Alemania e Inglaterra, o de propagar la SIDA en el continente de África prohibiendo el uso del condón. El que un cristiano pueda pedir tolerancia no será un inmenso sarcasmo para quienes carezcan de memoria histórica y de conciencia política, pero para el resto bien puede hablar Marlowe (1564-1593):

I count religion but a childish toy,
And hold there is no sin but ignorance.

El cristiano no merece escarnio: sus creencias, indudablemente sí. Y las inevitables burlas que reciben por algunos lados tienen, seguramente, algo que ver con que esas creencias son indignas de un ser humano adulto y supuestamente racional: creer en Dios, a estas alturas y con el Hubble en el punto de mira, es como creer en Santa Claus o en esas hadas que habitan el fondo del jardín. Son un lastre que impide crecer emocionalmente y moralmente: hasta se enorgullecen de ello, de proveer el "consuelo" del pañal a quienes no quieren aceptar siquiera un hecho tan calvo como la mortalidad. Pero más que eso: al burlarse de ellas, nos estamos burlando de nosotros mismos, que todos hemos sido (a nuestras diversas maneras) adolescentes, hambrientos de certezas trascendentales, de libros sagrados todoterreno, de talismanes contra la muerte y la decepción, de muletas "espirituales". Y contra el derecho de burlarse uno de uno mismo no hay ley ni código que prevalezca. Lo siento, pero estoy con Pat Condell en esto.