Friday, May 18, 2012

Simples

Simples

A crone, she croons and crows a newborn mite
into ataxia, worries it with dill,
spits small deft prayers at horrid eyes. The sight
of so much skin not grown yet into still
unsettles; is there time to reunite,
in burgeoning child, what demons stoop to kill?
A young girl’s next – an eye, imagined spite,
requires, she says, the herbal woman’s skill
applied ab ovo in a simple rite.
As hen’s egg stencils her, I note the spill
of pleistocene Nativity to my right
(Three Wise Men meet Triceratops) and will
her better; past the garden garage light
a sudden flock of doves, disturbed, takes flight.

Saturday, May 12, 2012

El deseo es messy

Cumpli la fatídica edad de veinte años y dos meses detrás de un par de platos giratorios, que recién había aprendido a manejar. En realidad el ser DJ de discoteca no tiene mucho misterio, o no tenía en ese entonces. Te hallabas con el disco puesto. Te buscabas otro. Aprovechando el detalle anatómico de tener dos orejas (a veces sospecho que me dieron el trabajo por esa peculiaridad: no tenía nada más a mi favor), usabas los cascos para comparar ritmos entre las dos canciones. Basándote en la similitud o diferencia de ritmos y, hasta cierto punto, de claves, decidías si era mejor un cambio brusco o uno paulatino (yo, en general, me decantaba por los primeros). Con el dedo índice, girabas el segundo elepé o estendeplé (que cabalgaba sobre un disco de cartón encima del plato) hasta encontrar el momento donde tenía que irrumpir. Lo guardabas ahí, inmóvil, con el mismo dedo. Cuando era el momento, lo soltabas y al mismo tiempo, ajustabas los potenciómetros de volumen. Y dal capo. Con un poco de práctica, conseguías el propósito, que era que los ocupantes de la pista de baile no se dieran cuenta apenas del cambio de canción, y seguían bailando. El fracaso era ver cómo todos abandonaban en tropel aquella pista, tras una transición torpe. Pero no era tanto fracaso: a lo mejor rellenarían el vaso. Les dabas tiempo para eso y luego los sacabas otra vez a la pista con Boys Town Gang. Ese EP nunca fallaba.

Fue en esa discoteca donde conocí a la Susi. Pero eso fue algo más tarde. Primero me tocó colitis. Todavía recuerdo lo difícil que resultaba cambiar los discos desde una posición agachada, doblada por el acaparador dolor de entrañas. Lo vistoso del dolor, de ese retorcerme y esas muecas, no atraía la atención de muchos, pues estaba escondido en un cubículo de cristal perdido en la oscuridad. Casi el único que se interesó fue El Solitario. Ese hombre era camarero de un bar de la Plaza Mayor (antes Plaza de Franco) y asistía casi todas las noches a la discoteca donde yo trabajaba. Tenía una edad absolutamente inconclusa: podía haber sido razonablemente joven, siendo la suya de esa especie de fealdades vistosas que hacen pensar que nació ya anciano y decrépito. Tipo enjuto, con la cara chupada, arrugas que sugerían un permanente hastío sobrellevado con condescendencia, y la cabeza engominada. Su aspecto de intelectual introvertido no casaba muy bien con su profesión. No bailaba: se instalaba a un extremo de la barra y miraba, a veces al vacío. No hablaba con nadie. Incluso, con el tiempo, empecé a notar que alrededor de ese hombre había como una zona muerta, que ningún cuerpo humano franqueaba. Llegué hasta a especular sobre una presunta halitosis galopante.

Fue él quien me preguntó qué me pasaba. No recuerdo mi respuesta. Unos días después, cuando lo peor ya se me había pasado, volvió a aparecer cerca de la entrada de mi caja de cristal, esta vez para iniciar una extraña conversación sobre el posible hecho de que, mientras a algunas personas les gusta el ladrillo, a otras les podría gustar más la madera. Asentí, tanto a esa hipótesis de que a diferentes personas les pueden gustar diferentes materiales de construcción, como a la conclusión de que realmente, no había nada de malo en no coincidir con el gusto mayoritario. Para mis adentros, supuse que el tipo estaba decorando su sala de estar y que ese día había recibido alguna punzante crítica estética al respecto. Se fue contento.

No recuerdo cuántos días o semanas pasaron antes de que me quedé un día, como resultado de otra historia picaresca que no viene al caso, sin hogar. Se me ocurrió preguntar a un par de compañeros si conocían de alguna casa de huéspedes barata donde me pudiera alojar antes de encontrar un apartamento. La noticia le llegó al Solitario, quien acudió presto para ofrecerme alojamiento "en su casa". Acepté con todos los signos de agradecimiento de rigor, pues mi horario laboral se extendía hasta las tres y media de la madrugada y a esa hora difícilmente iba a encontrar alojamiento alternativo. Además, a esa edad uno ya ha dormido en muchas alfombras y en muchas baldosas. Sin embargo, cuando salimos del antro resultó que "su casa" era en realidad una casa de huéspedes situada casi en frente del local, en una callejuela estrecha, y tardé tal vez años en llegar a la conclusión irresistible de que aquella habitación donde me llevó era alquilada por una sola noche, o sea que en rigor el tipo no "vivía" allí.

No voy a puntualizar en qué momento preciso, dentro de esa escueta habitación de cama simple, silla y mesita, caí en la cuenta de que el tipo era maricón (según la terminología ibérica de mayor usanza), y que se había propuesto seducirme. Sólo diré que a mí mismo, al recordar esa escena, me sorprende mi propia ingenuidad, que a estas alturas me parece que se debe a las siguientes causas:

Primero, la doctrina políticamente correcta de la época, según la cual, el peor pecado era el "prejuicio"; doctrina que, como el lector habrá notado, tengo muy interiorizada, o sea, no se trata en mi caso de simple pose o postura argumentativa. Ello significa que cada vez que se me ocurría, con cierta insistencia, la posibilidad de que El Solitario era gay, rechazaba ese pensamiento como producto de un estereotipo o de acondicionamiento social, indigno de una persona adulta y educada. Al fin y al cabo, estábamos en las postrimerías del siglo veinte: si el tipo era homosexual, no tenía por qué no decirlo, con toda naturalidad, en el momento en que el dato se volviera relevante.

Segundo, esa incredulidad que me ha acompañado toda la vida, cuyas raíces no vienen al caso, frente a la posibilidad de que cualquier persona, con independencia de sexo o de orientación, podría proponerse una relación física conmigo, aunque fuese de corta duración.

Sea como sea, el caso es que cuando ya no había equivocación posible, abandoné el lugar con cierta brusquedad, disculpándome por el  malentendido y dejando al tipo con la factura de una habitación vacía por pagar. Por fortuna, aquella noche no hacía tanto frío, y además, dio la casualidad de que por la Plaza Mayor rondaba un grupo de jóvenes turistas italianos, molto allegro, equipados con cerveza de botellón y una guitarra. En poco tiempo les estaba entreteniendo con mis versiones de los Beatles. Les conté, en nuestra lingua franca improvisada que era una especie de inglés macarrónico plagado de dudosos italianismos, la historia del malentendido de esa noche y les pareció la mar de graciosa. Y así, hasta las cinco/cinco y media, cuando abrían las churrerías. En las noches posteriores, llegué a frecuentar bastante esos benditos comercios, dedicados a la venta de chocolate y aguardiente a los trabajadores nocturnos, por ejemplo, los encargados de regar con agua purificadora la calle Juan Bravo de arriba abajo. Benditos negocios, y maldita la neblina de sueño impenetrable con que se solían rodear.

La noche siguiente, El Solitario no apareció en esa discoteca. No recuerdo cuánto tardó en volver a aparecer. Predeciblemente, nunca más volvió a mirarme ni a dirigirme la palabra. Cuando conocí a la Susi, y le conté esa historia, ella me sorprendió con la fuerza de su reacción condenatoria hacia el tipo, a quien al parecer conocía (ella conocía a todo el mundo en esa ciudad). Años más tarde, me volvió a dejar perplejo la reacción de otra mujer, esta vez una amiga canadiense, que al conocer la anécdota dijo que el tipo era "un desalmado", "peligroso", o algo por el estilo. Ello contrasta llamativamente con la reacción de cualquier oyente masculino, que invariablemente toma esta historia por el lado humorístico. Y así, me deja pensando. Parece que aquí hay pauta.

Todos estamos de acuerdo, supongo, en que el sexo forzado es un acto criminal, mientras que el sexo consensuado entre adultos en posesión de sus facultades carece de categoría o de relevancia moral ni legal, y que ello es así con independencia del género o de la orientación de los participantes.  Hasta ahí bien. Siguiendo estas líneas directrices, en la conducta del Solitario no hay absolutamente nada de reprobable, pues no hubo sexo, y tampoco ninguna tentativa de coacción. La reacción fuertemente moralista de la Susi y otras parece basarse, pues, en otra cosa: presumiblemente, en un supuesto engaño. Tal vez no les convencería el argumento de que esa conversación simbólica sobre ladrillos y madera podría haberle hecho creer al Solitario que había topado con una alma gemela, y no con un simple ingenuo. Para ellas, el tipo era un depredador que abusaba de la confianza de sus jóvenes víctimas. O sea, un estereotipo. Percepción que, se me ocurre, sólo puede justificarse si se argumenta que, para que no haya engaño, es necesario que cualquier tentativa de seducción vaya precedida por una especie de Advertencia Miranda que detalle lo que se propone y avise sobre derechos y opciones. Con eso sólo tengo un problema: no es lo que sucede en la vida real. (Sí, ya lo sé, category error. Sean condescendientes por esta vez.)

Lo que a su vez nos lleva a otro aspecto de la cuestión: el problema del sí desganado. Imaginemos que El Solitario hubiese sido La Solitaria, es decir una mujer anciana, fea, rara, tal vez deforme o en todo caso absolutamente falta de atractivo. Lo más probable (aunque no me parece muy seguro; me cuesta ponerme en los zapatos de mi avatar más joven; los años confunden) es que en tal caso, hubiera accedido a tener sexo con ella, aunque sin ganas, simplemente "por compasión", como se suele decir, o en plan paga del alquiler de la habitación, o para disimular la propia ingenuidad. (Y en tal caso, no hubiera sido la única vez en la vida que ocurría algo así.) Es decir, lo único que impidió la realización del deseo del Solitario fue esa indomable e innegociable repugnancia que me produce la simple idea del contacto íntimo con otro hombre. Se trata de un rechazo instintivo, cuya fuerza a mí mismo a veces me sorprende. Ahora, la vida nos enseña que no todo veintañero siente exactamente eso. Entre ser hetero a ultranza y homo convencido (con o sin clóset), hay toda una gama de actitudes y orientaciones intermedias, lo que en la práctica significa que el Solitario, de seguir con la misma práctica de tantear a cuanto jovenzuelo despistado se le presente, probablemente alguna vez se encontrará con eso, con un sí desganado, es decir con alguien que prefiere colmar los deseos del otro antes de armar una escena, a pesar de que no siente él mismo el correspondiente deseo, y a pesar de que no existe propiamente dicho coerción (por lo menos, no coerción física).

Alrededor de este fenómeno creo que existe una densa nube hecha en parte de tabúes y en parte de prejuicios.

Por un lado, hay quien sostiene que para un hombre, es llanamente imposible el sexo sin deseo. Si no hay deseo, dicen, no hay erección. Eso es una simpleza de monjita, en tanto que confunde diferentes facultades, en último término diferentes partes del cerebro. La parte reptil, más primitiva, es la que controla el riego sanguíneo, es decir el aspecto hidráulico. A veces, por ejemplo durante el sueño, actua con absoluta independencia de la voluntad. Otras veces, basta la simple voluntad, unida con algunos trucos imaginativos de fácil aprendizaje, para accionarla. Pero aun así, no tiene necesariamente nada que ver con esa otra parte del cerebro primate que es la encargada de decidir si lo que está pasando realmente nos gusta. Es decir, una cosa es lo que hemos decidido hacer, otra la respuesta física que podemos (aunque no siempre) sobornar para la consecución de tal fin, y muy otra, lo que preferiríamos ("deseamos") hacer en ausencia de ciertas circunstancias que pueden resultarnos determinantes.

Por otro lado, hay quien ve implícita en la definición de "hombre" la imposibilidad de cualquier tipo de sí desganado. El hombre, según ellos, sólo hace lo que realmente quiere. Si no quiere sexo, dice que no y punto. Su deseo es egoista y por lo tanto, insobornable. Y si la simple observación nos reporta que apenas nunca dice que no, pues será porque casi siempre quiere. La conclusión es lógica, pero la premisa errónea, o por lo menos, vistosamente no demostrada. Mi propia experiencia la desmiente. Es perfectamente posible que un ser dotado de pene a veces acceda a tener sexo por motivos, buenos o equivocados, que no tengan nada (o no mucho) que ver con el deseo. Incluso, que "haga el amor". E inclusive (pero no nos pongamos demasiado autobiográficos) que se comprometa en una relación de larga duración a sabiendas de que no es lo que realmente hubiese querido, por un erróneo concepto de "lealtad". Todo eso y más, es posible. Doy fe.

Y por otro lado más (pues muchos lados tiene esto), los mismos que sostienen eso, que el hombre siempre hace lo que quiere dentro de la Ley, y que si no lo hace merece todo tipo de repudio, burla y desprecio, suelen dar por descontado que la mujer es otra cosa. Ella, "por naturaleza", será experta en fingir. Tanto, que si decidimos ponernos moralistas al respecto, estamos perdiendo el tiempo. Las mujeres fingen orgasmos porque pueden; más allá de eso, fingen desear lo que no desean, o más que lo que realmente desean, porque son así: son sensibles, empáticas, compasivas, influenciables, un tanto caprichosas, y además, interesadas. De modo que, si El Solitario hubiera sido un simple viejo verde de andar por casa, y yo una tierna doncella, pues tan respetable hubiera sido la decisión de quedarme con él y "darle lo que quiere", por cualquiera de esos insondables motivos femeninos que señalaban la Via Crucis de Freud, como la de no seguir con la comedia y largarme. Lo que no sería respetable, en todo caso, sería el proceder cínico y carnívoro del propio Solitario. A él, si bien la Ley no lo puede tocar, le colmaremos (¿quieres? ¿te apuntas?) de epítetos. (Si eres hombre cincuentón, cállate, tu opinión staëliana no interesa.) Es un viejo verde baboso, un aprovechado, sin escrúpulos, repugnante, repulsivo, cínico, corrupto y corruptor... y si es gay, pues todo eso with brass knobs on, o sea, elevado al cuadrado ¿Estamos?

Por mi parte, propongo un punto de vista alternativo: el deseo es messy.

No encuentro traducción para messy. Desordenado: viscoso, manchasábanas: asimétrico: problemático: misterioso: caprichoso: difícilmente legislable. Hubo alguna generación pasada (en esto estoy de acuerdo con Vargas Llosa) que entendió esto mejor que nosotros, porque leía novelas, y tal vez en parte porque no había tanta propaganda bienintencionada y políticamente correcta al respecto. El deseo no conoce de leyes, ni siquiera, en alguna de sus vertientes, de modas y de normas sociales. Es un fenómeno biológico y psíquico que abarca, como un imperio decimonónico, diversos territorios cerebrales, algunos leales y sumisos, otros no tanto. Tiene que ver con nuestro lado más bestial, pero también involucra nuestra más exquisita sensibilidad estética. Con la imagen social civilizada que como individuos queremos proyectar, negocia con cautela, como con una potencia enemiga secular. Si bien necesita ser domado y subyugado por razones sociales, eso no significa que carezca de su propio componente altruista y empático, que cuando se le da cancha, suele sorprender. Además, en realidad no se deja subyugar, pues lo que le negamos en la "vida real" nos lo cobra en la imaginativa. Es condenadamente creativo. Y es la esencia de lo que somos.

Por todo ello, al humanista le produce, habitualmente, cierta sensación de desazón cuando encuentra que la opinión más vociferante se limita a juicios y prescripciones legalistas, condenando sin ambajes al que presuntamente traspase la línea que separa lo consensuado de lo que no lo es, mientras que a este lado de la línea impera el guiño indulgente, el prejuicio y el frívolo estereotipo sexista, que dejan desamparadas a las "sí quería, pero no eso, pero no así". ¡Tanto terror que produce la simple posibilidad de que, por alguna peligrosa equivocación, justifiquemos o alentemos o traicionemos a esa fuerza aterradora que ya tanto nos complica la vida! Ni modo que reconozcamos que el Solitario que permanece solitario, luchando interiormente con ese deseo que la sociedad, por su declarada preferencia por los ladrillos, no entiende, intuitivamente es héroe, y que el lápsus, la equivocación, el intento frustrado, no cancela ni aniquila por completo tal heroicidad, que en alguna medida todos compartimos. Ni modo que nos enteremos de que nadie es altruista ni todo el día ni al cien por cien, y que el ser oportunista y aprovechado es de todos, hasta cierto punto, el cual varía según el individuo y las circunstancias de una manera imposible de regular, ni vía leyes, ni vía habladuría biempensante. Y terminemos con la oración del mismo humanista acobardado y acomplejado: por favor, que no me toquen, que no manchen con sus corrosivos prejuicios, la sagrada legitimidad de la mirada compasiva. Que no digan que quien lo hace "por" el otro es enferma y víctima, ni quien se esfuerza por entender el deseo que no comparte es tonta e ingenua.

¿Estoy deuaneando? Probablemente.

Unos veinte años más tarde, estuve en una discoteca, esta vez en calidad de cliente, y acompañado. La Trish, excelente mujer, ahora perturbadoramente cristiana, por aquella época amiga y algo más. No me acuerdo de qué hablábamos: yo estaba mirando fijamente, a través de cincuenta metros de pista vacía, el perfil trasero de otra mujer, considerablemente más joven que yo o que ella. De repente la Trish me dijo:

- Espectacular, ¿verdad?

Volví la cabeza. Lo que encontré en la cara de Trish no era sarcasmo, ni decepción, ni nada por el estilo. Era una sonrisa plácida, cariñosa e indulgente. Decía: te entiendo.

Estas dos últimas palabras, hace mucho que las considero las más maravillosas y al mismo tiempo las más provocadoras que existen, en cualquier idioma.

Léete alguna novela, pero de las buenas.

Thursday, May 10, 2012

Nunca escuchaste nada igual



Ambas canciones me parecen soberbias. La segunda es algo más que eso.

Burt Bacharach podría haber reinventado la música popular, si el público hubiera tenido un poco más de criterio. Tal como le fue, en vez de ser influyente tuvo que conformarse con ser rabiosamente comercial. Pero aquí tenemos la evidencia de que detrás de esos números eternamente reciclados había todo un master plan para revolucionar las ondas y acostumbrarnos a la sorpresa.

Homúnculo

El púlpito no entrena muy bien para el debate.

Cada lugar tiene sus protocolos, y en la iglesia, se supone que al feligrés no le luce el papel de interlocutor. Si no estás de acuerdo con lo que dice el cura en el sermón, te lo callas, por lo menos hasta que tengas un momento en privado con él, y si tal momento se produce, lo más probable es que entre tantos pecados que hay que confesar, el posible tanto dialéctico parecerá irrelevancia y frivolidad. De modo que lo único que llegará a escuchar el cura sobre su sermón, en que acaba de demostrar a su propia satisfacción el estatus privilegiado de la "familia tradicional", es ese borboteo entusiasmado de la viejita de 84 años que siempre viene a felicitarte al final de la misa, pero que a veces te da un poco la sensación de que cuando está sola en casa va felicitando a la olla arrocera y a alguna que otra salamanquesa que esté ahí de paso, también.

De modo que el hacendoso curita cae en malos hábitos. Se permite, de vez en cuando, referirse a "especialistas", palabra que cada vez que la saca a relucir le parece un hallazgo, ya que luce menos pasmado que "expertos" sin dejar de cumplir la misma función, la de conjurar a esas autoridades imaginarias (pero que deben de existir en alguna parte) que están de acuerdo con uno pero, a diferencia de uno, tienen razones convincentes para estarlo. Doctores tiene la iglesia, eh. Asimismo, se ve incapaz de matar ese tic que le acompaña desde sus días de seminario, ese "todo el mundo sabe", que una vez leyó que no era precisamente un topos retórico brillante, aunque ya no se acuerda por qué lo decían. A él le sigue pareciendo un recurso infalible, como para enmudecer a cualquiera.

Así que seamos indulgentes con esos detalles. Al fin y al cabo, el cura, si tiene cierta edad, puede que haya nacido en un mundo en que cada pueblo tenía su cura, su médico, su notario, y el resto analfabeta. En muchos lugares está acostumbrado todavía a ser recibido con cierta deferencia, y no le importa atribuir esto a su carisma personal y a su gran sabiduría acumulada más que a los distintivos de su oficio. De modo que, si toca escribir una carta de protesta a una revista, el instinto le aconsejará que con abultarse un poco el plumaje, habrá suficiente:

Todo el mundo sabe (sobre todo, los especialistas) que la ideología de género tiene como estrategia la manipulación del lenguaje y la Prensa, para así corromper hábilmente las conciencias.

(...)

La Ideología de género se ha propuesto el final de la familia natural para lograr la corrupción de los niños y adolescentes. Hay que acabar con la familia - dice esta ideología - porque es en ella donde los niños y los adolescentes captan como algo natural la diferenciación entre varón y mujer; el sentido de Dios, el valor de la religión, la necesidad del matrimonio; el aprecio a la familia misma; comprende a través de los ojos el rol del varón y la mujer, establecido por Dios y la naturaleza. La distinción entre varón y mujer es simplemente un esquema judeo-cristiano, bíblico, que debe ser abandonado como fruto de una cultura trasnochada. Quien defiende la distinción entre varón y mujer es un "sexista". La idea de sexo debe ser sustituida por la de "género", según la cual, uno puede libremente optar por la "orientación sexual" que se le ocurra, sin ningún límite. Con este artículo, usted se ubica claramente a favor de esta reingeniería social atea e inhumana. Lamentable.

(Epístola de San Paulino a los Vistacenses, cap. 1, v. 5, 25-28)

Y firma: "con todo mi respeto y mi dolor". A lo que uno - un servidor, digamos - piensa: sí, un poco doloroso es todo esto. Por varias razones, entre las cuales: que el curita éste, en el fondo, parece buen tipo. Digo "en el fondo": a mí se me antoja que de esta materia cruda se podría, con el tiempo, fabricar un buen compañero para ir de putas, pues tiene el principal ingrediente, es decir tiene clara "la diferenciación entre varón y mujer", cuestión a la que retorna más adelante, con cierto resquicio de simpática babosidad en el labio inferior:

que Dios le dé muchos y maravillosos hijos y nietos y nietas: varones bien varones, y mujeres, bien mujeres...

Versículo que me incita irresistiblemente a imaginarme a este Paulino a la una de la madru, en El Imperio, con cuatro botellas vacías en la mesa, ojeando a la pole dancer de turno: ¡Dios mío, qué mujer bien mujer! No es tan poca cosa, tampoco: uno está hoy en día más acostumbrado a leer sobre curas a quienes les llaman más la atención los niños bien niños. Al lado de aquéllos, este Padre Paulino me tiene ganado el corazón.

Claro que dentro de la Iglesia Universal Pentecostal de la Mujer Bien Mujer, de la que yo mismo soy adepto, históricamente ha habido bastante desacuerdo, con su séquito de escismas, anatemas, excomulgaciones, etcétera, sobre nada menos que la definición ortodoxa y dogmática de la Mujer Bien Mujer. La cosa llegó a tal punto que en 1996 se produjo la escisión definitiva de la Tradición Mujer, Mujer, con José María Aznar en el rol de Supremo Antipontífice. Pues bien, les confieso francamente, no sé todavía si me atrae más la Mujer Bien Mujer o la Mujer, Mujer: lo único que sí sé es que ésta es una cuestión personal, que tiene que ver con la espiritualidad íntima de cada uno. Si a mí me induce mística éxtasis una larga cabellera de negro azabache que coquetea con el cóccix, no es para que intente imponer el corte Mélisande por la vía de la Ley, o de la Constitución, ni tampoco es para que escriba furibundas denuncias a las revistas que dedican todo un artículo a la Marilyn Monroe sin contrastarla (en aras de la objetividad y del equilibrio) con Raquel Welch, o que se olvidan de mencionar las desventajas de aquélla (por ejemplo, el intrigante dato, proporcionado por Tony Curtis si bien recuerdo, que besarla era "como besar a Hitler") frente a cualquier rival suya. Porque la verdad es (y éste es el punto que parece eludirle al Padre Paulino) que vivimos en un mundo tan grande y maravilloso que dentro de él, cabe todo - hasta caben los artículos de revista monotemáticos y con evidente sesgo, ¡sí! Incluso se me ocurre que si todas las mujeres fuesen clones de Welch, o de Rigg, o de la Tierney, o de quién sea, nos quedaría un planeta bien empobrecido y, sin los estimulantes de la diversidad y de la competencia por bienes escasos, unos cerebros bastante desaprovechados. Ahora, de sobras sé que el lector que esto admite no necesariamente me va a conceder con tanta facilidad que, al igual que en el mundo caben todas las cabelleras, en Ecuador caben todas las configuraciones imaginables de "matrimonio" o de "familia". Y no es mi intención argumentar este punto en detalle: en lugar de eso, mi idea es simplemente piropearle al lector, es decir, suponerle lo suficientemente desarrollado intelectualmente y con la suficiente honestidad como para hacerse a sí mismo las siguientes preguntas:

¿Soy capaz de desaprobar algo - de encontrarlo feo, repugnante, estúpido, de mal gusto, netamente asqueroso - sin dejar de reconocer la libertad que otras personas tienen de no coincidir con mi criterio? (Si te tienta decir que sí, prueba a encontrar un ejemplo concreto.) ¿O en cambio, tengo tendencia a querer prohibir, desterrar o aniquilar todo aquello que a mí no me gusta, simplemente porque no me gusta (sea por razones descaradamente estéticas o pretendidamente "morales" o, peor, "políticas")?

¿En qué me baso para creer que esas nociones morales que me incitan a limitar la libertad de otras personas son superiores a las nociones morales de esas mismas personas, con las que ellas ya regulan y limitan su propio comportamiento sin mi ayuda? Y si es porque mi moralidad la comparto con Dios, ¿tengo suficientes motivos para creer que mi Dios, cuyos prejuicios coinciden con tan misteriosa exactitud con los míos propios, merece mayor respeto que el Dios alternativo que presumiblemente guía la conducta de aquellas otras personas?

Podría seguir, pero me parece que estas preguntas serían suficientes, en el hipotético caso de que el lector esté en el mismo nivel de desarrollo y de madurez que el propio Padre Paulino, quien, repito, me parece una persona perfectamente rescatable por lo menos en cuanto a sus instintos "bien varoniles", pero muy retardado en lo que se refiere al desarrollo de esa virtud básica para la convivencia humana que es la tolerancia. Porque no se trata aquí de que "cada uno quiera imponer lo suyo": no estamos viendo una guerra a muerte entre La Familia Tradicional y la Perversa Familia Alternativa, que la experiencia demuestra pueden convivir en perfecta armonía si se les permite. El desacuerdo es entre los adalides de la filosofía del "todo cabe" y los del "no, aquí sólo cabe lo que yo apruebo". Es absolutamente indiferente, por lo menos para mí, el hecho de que el buen sacerdote esté a favor del matrimonio heterosexual; si él quisiera imponer el matrimonio homosexual en exclusión de cualquier otra modalidad, el problema sería exactamente el mismo. Y este problema, en el fondo, nace de la inmadurez psicológica: es decir, de sobredimensionar el propio ego: de tener por tontos o inmorales a todos aquéllos que demuestren tener gustos o preferencias que difieren de los propios.

Dicho todo esto, en una cosa sí tiene razón, a mi entender, el Padre Paulino, y eso es en señalar la existencia de una "ideología", o tal vez mejor dicho, un núcleo de prejuicios, jergas, ideas estrambóticas y alambicados puritanismos, cuyos propulsores suelen identificarse como "feministas", y que suelen demostrarle bastante cariño a esa palabra que al parecer tanta furia le inspira al curita, el dichoso "género", y cuyo amuleto es el signo de la arroba. Ese es otro aspecto de ese mínimo y tenue dolor que la carta del buen Padre inspira a este lector: después de casi casi identificar un tema que merece seria discusión, lo estropea todo, primero olvidándose de incluir siquiera un argumento coherente en todo su discurso, y segundo, reemplazando la observación desapasionada por paranoias y fantasías. Pero no es descartable que en algún futuro me encuentre acá de nuevo defendiendo la tolerancia ante los embistes de los (y las) del otro lado, que sí existen: aquellos legisladorcillos (e illas) que no toleran que a la Mujer Bien Mujer, o a su contraparte masculino, se le rinda homenaje de cualquiera de esas numerosas maneras que los fieles en libertad hemos desarrollado para tan sagrado propósito. Y si dudas de que esto pueda suceder, hagan una búsqueda en este blog con la palabra "Buenaño", que a mí ya se me acaba el tiempo para hacerlo. La progresía, ella también, tiene sus propias Madres Maulinas. Otro día será.









Sunday, May 6, 2012

La familia no-comfle y sus adversarios

Es cierto, tal como dice Esteban Noboa Carrión: el Código Civil de este país privilegia a la familia comfle ("Kellogg's Cornflake family", en frase de una ex ministra británica, es decir aquella familia mítica que suele aparecer en la publicidad de copos de maíz, desayunando junta, compuesta por hombre, mujer y 2.2 hijos). No es de extrañar: los Códigos Civiles, en cualquier lugar, suelen ser tan carcas como cortos de entendimiento.

Art. 81.- Matrimonio es un contrato solemne por el cual un hombre y una mujer se unen con el fin de vivir juntos, procrear y auxiliarse mutuamente.

Sólo hay un problema con esta definición: no corresponde con la realidad. Dejemos de lado las múltiples configuraciones alternativas del matrimonio, reconocidas en diversos países, v.gr. un hombre y un hombre, una mujer y una mujer, un hombre y cuatro mujeres, etcétera; se supone que en ningún momento un matrimonio así será legalmente reconocido como tal en este territorio, así que no vienen al caso. No, lo que no corresponde con la realidad local es aquello de "con el fin de ... procrear", pues todos conocemos casos de personas que se han casado legalmente y sin impedimento, a pesar de que no tenían la más remota intención de procrear (lo que fue mi propio caso, dicho sea de paso), ni tal vez siquiera la posibilidad de hacerlo, sea por razones de infertilidad, sea por la edad u otros impedimentos biológicos, algunos de los cuales difícilmente podrían ocultarse aunque existiera la intención de cometer un fraude. Es más: la definición no concuerda con la misma redacción de los votos del matrimonio, pues yo me casé en este país por lo civil y estoy segurísimo de que en ningún momento me hicieron firmar documento alguno que diera fe de mi intención de engendrar hijos, ni nada por el estilo. Como el sentido común nos informa que mucha gente, por las razones que sea (buenas o malas, no importa) querrá casarse a pesar de no querer o de no poder procrear, si realmente esta finalidad fuese requerimiento sine qua non, se supone que por lo menos estaría estipulada en el mismo "contrato solemne" que se le obliga a los contrayentes firmar para legalizar el asunto. Pero ni rastro. De modo que, como dije, la redacción de este artículo del Código Civil simplemente no concuerda con la realidad. Lo cual, evidentemente, no es óbice para que los pedantes lo saquen a pasear... pero afortunadamente, si ellos sacan al Código Civil en plan "tengo un hermano grande que te hará pedazos", nosotros podemos contraatacar con ese primo todavía más fornido que estuvo en la Marina y tiene cinturón negro, me refiero a la Constitución, que si bien no deja de ser un feo y un plasta, en este tipo de discusiones resulta la mar de socorrida, ya que de común acuerdo tiene mayor rango que cualquier Código Civil habido y por haber, así que up yours. ¿Qué dice el bendito mamotreto?

"Nadie podrá ser discriminado por razones de (...) orientación sexual" (Art. 2)

"Se reconoce la familia en sus diversos tipos" (Art. 67)

"El matrimonio es la unión entre hombre y mujer" (Art. 67)

"La unión estable y monogámica entre dos personas libres de vínculo matrimonial que formen un hogar de hecho, por el lapso y bajo las condiciones y circunstancias que señale la ley, generará los mismos derechos y obligaciones que tienen las familias constituidas mediante matrimonio.

La adopción corresponderá sólo a parejas de distinto sexo." (Art. 68)


Clarito, ¿verdad? Según el mamotreto, sólo puede haber matrimonio entre hombre y mujer (lo cual es una ridiculez, pero así dice), pero puede haber unión libre entre parejas sin importar el sexo, y las familias así constituídas tendran "los mismos derechos y obligaciones" que las constituidas mediante el ritual de compartir cereales Kellogg's por la mañana. O sea, que lo único que distingue, frente a la Ley, a una pareja hetero de otro tipo de pareja es ese bizarro privilegio de llamarse "matrimonio". Eso, y aquella otra estipulación absurda, de que la pareja no-comfle no podrá adoptar. (No quiero ni pensar en qué cabeza mezquina, ignorante y ultra nació esa última acotación.)

Bueno. Volvamos a lo que dice Noboa Carrión:

Ahora bien, de acuerdo a una interpretación concordante de las normas, esto no puede de ninguna manera significar que dos personas del mismo sexo, que califiquen como unión de hecho, tengan derecho a inscribir un hijo como suyo amparándose en el art. 68, siendo ellas madre y madre. Veamos por qué. Para que una madre no biológica obtenga derechos de filiación sobre un niño, es necesario que recurra a la vía de la adopción. La Constitución ordena expresamente que la adopción corresponderá solo a personas de distinto sexo, prohibiéndola a contrario sensu para homosexuales.

Lo único que se me ocurre es que la frase señalada es una afirmación algo temeraria, incluso tal vez un petitio principii, ya que ni la Constitución ni el Código Civil lo dicen tan claramente, si bien se podría argumentar que éste en cierto modo lo da por supuesto. Una "interpretación concordante de las normas" podría derivar, a mi entender, en una afirmación directamente contraria a la señalada: es decir, para que "la unión... entre dos personas que formen un hogar de hecho" realmente genere "los mismos derechos y obligaciones" que la unión-comfle, y teniendo en cuenta aquella estipulación del Art. 68 sobre la adopción, es necesario - por lo menos en el caso que nos ocupa, el famoso #casoSatya - que se posibilite la concesión del derecho de filiación a una madre "no biológica" sin recurrir a la vía de la adopción, dado que esta vía, como vemos, se nos ha quedado caprichosamente bloqueada. Si no se le concede tal derecho, entonces nos encontraríamos ante una situación flagrante de no igualdad de derechos y obligaciones entre los dos tipos de unión, que dejaría el Artículo 68, primer párrafo, en letra muerta.

Y dado que existe, como acabamos de ver, por lo menos un posible conflicto de interpretación sobre la aplicación de estas normas, y sobre la concurrencia de estas con el Art. 2, recordemos que el Art. 427 nos promete que "se interpretarán en el sentido que más favorezca a la plena vigencia de los derechos", lo cual a su turno nos remite al propio artículo 2, que nos promete la no discriminación por orientación sexual de parte del Estado, sin ambajes ni peros.

Conclusión: a mi parecer, existe una manera de recurrir, todavía, a la Ley para defender el derecho - que nadie de buena voluntad podrá cuestionar - de la segunda madre de Satya de constar como tal en la inscripción de la niña, cosa que, a diferencia de lo que da a entender Noboa Carrión al final de su artículo, no se reduce a simple capricho o ganas de joder, puesto que de ello depende la continuidad de la relación maternal frente a los organismos de estado en caso del fallecimiento de la "primera" madre, la biológica. Y mientras exista esa posibilidad, pues para mí que sigan intentado valerse de ella, pero siempre sin olvidarse de ciertas grandes verdades subyacentes y, éstas sí, incuestionables:

1) La Ley es un burro.

2) En este país, la interpretación de cualquier ley siempre estará, en último término, a cargo de burros más burros que la propia Ley.

3) Si la Ley te concede algún derecho realmente valioso será por mera casualidad, pues los derechos en principio se concibieron para los gobernantes, no para gente como Uds o como yo.

4.) Nada de esto les hubiera pasado en Chipping Norton.

Suerte. La necesitarán.



Saturday, May 5, 2012

Note how I rub my enchanted hammer.

Es imposible ser educador hoy en día sin ser consciente del poder de atracción que ejercen los comics sobre las mentes juveniles. De modo que tengo asignatura pendiente con el manga, género sobre el cual no sé absolutamente nada, pero que muchos alumnos míos listan entre sus aficiones. En cambio, sin ser experto en el tema, sí puedo atribuirme cierta familiaridad superficial con el mundo de Marvel, pues pasé por una fase, no recuerdo a qué edad, tal vez sobre los 10 años (estaríamos hablando entonces de los tempranos 70) cuando los cómics de Spider Man, del Hulk, y de los Avengers disputaban con las golosinas y las canicas la prioridad sobre ese pocket money que solía aparecer en la época de las vacaciones (largas, gloriosas) de verano. Por eso, y a pesar de que mi primera lealtad sigue siendo hacia esa vengadora gloriosa que fue Diana Rigg, cuando salió esa película ya la pude ubicar fácilmente dentro de un universo de conceptos, que la revisión de la cinta (bajada del Internet en versión pirata, ya que la economía familiar no da para peregrinajes al cine) apenas ha modificado. La peli cumple a rajatabla con todas las expectativas razonables: espectacular, vistosa, efectista, rabiosamente taquillera... incluso, en cierto modo, inteligente. No, en serio. El guión lucha, con impresionante habilidad diría yo, para que nuestra supensión de incredulidad sortee todos los escollos implícitos en el planteamiento, que no son moco de pavo. Si no, ponte en el lugar del guionista un momento:

¿Señor Whedon? Necesitamos un guión donde un dios escandinavo, un ridículo personaje de propaganda de hace medio siglo, un neandertal verdoso que no sabe hablar y apenas distingue amigos y enemigos, y un millonario aficionado a la alta tecnología, formen un equipo y salven la Tierra de la amenaza de su elección. ...Sí. Y necesitamos que esto sea entretenimiento familiar, apto para todo público, no solamente para los ya iniciados en el género: pero al mismo tiempo no debe de haber nada en la historia que contradiga los enrevesados postulados de los cómics originales, so pena de atraer la furia de los cognoscenti, por no hablar de los productores. Por ende, es preciso que el guión tenga algo de diálogo, de desarrollo de los personajes, de conflicto personal. ¿Sexo? No, lo sentimos pero queremos conseguir certificado apto para niños. ¿Humor? Claro, lo que pueda, pero recuerde que no queremos una parodia del género. No, no puede matar a ninguno de los personajes. Los necesitamos todos para la secuela...

El arma principal utilizado en el guión, como otros ya han notado, es el humor irónico, que si bien no dejaría impresionado a Woody Allen, cumple eficazmente con el propósito de anticiparse a nuestras propias dudas y desactivar puntualmente nuestro siempre amenazante sentido del ridículo. Así, cuando de repente se nos ocurre que el uniforme del Capitán América (por no hablar del propio nombre) es el no va más del anacronismo y de la cursilonería, resulta que el problema ya ha sido comentado por los propios personajes. Cuando se nos ocurre que la presencia de "dioses" paganos en una cinta piadosamente yanquicéntrica amenaza con suscitar la furia de la Bible Belt, resulta que ya se nos administró la vacuna:

CAP. AM.: Señora, sólo hay un Dios - y no viste de esa manera.

(A Whedon evidentemente le preocupó el nihil obstat del cristiano militante de tropa. En otra escena posterior, la pretensión expresa de Loki de ser "un dios" es literalmente vapuleada por el monstruo verde, que hasta se permite un momento de lucidez suficiente para emitir, al respecto, su único pronunciamiento coherente en todo el guión.)

Evidentemente, el postulado inicial es tan arriesgado que se espera para un futuro próximo toda una industria de sabihondas críticas al universo necesariamente imposible que se nos presenta, en que (por citar un ejemplo al azar) las máximas autoridades gubernamentales de EEUU se proponen lanzar un misil nuclear contra la ciudad de Nueva York, simplemente para "contener" una amenaza extraterrestre de dimensiones inciertas; o donde un portaaviones puede volar y hasta volverse invisible, pero un ser dotado de numerosos superpoderes no encuentra a quién le enseñe el uso correcto de las contracciones en el idioma inglés. Dejémoslo para los criticones. La película, ya lo dije, cumple, me entretuvo durante sus dos horas y pico, aunque no la volvería a ver. No, no creo. La caducidad viene inscrita en el género, en el planteamiento: es chicle para los ojos y para la mente, y el sabor se disuelve rapidito, dejando sólo una sustancia inerte de problemática digestión.

Lo que me induce a reflexionar sobre la siguiente pregunta: ¿cuál es el atractivo de fondo de este género al parecer tan perenne como desvergonzadamente escapista, el de los superhéroes uniformados defensores del inigualable yogur estadounidense, o sea del llamado American Whey?

Pregunta a la cual contestaré, como de costumbre, haciendo caso omiso de todos los estudios y estadísticas relevantes y centrándome únicamente en mi experiencia personal. Divide ésta entre el número total de lectores de cómic o de espectadores de películas Marvel o DC y podrás cuantificar con exactitud la validez y relevancia de todo lo que sigue, con la alta precisión decimal necesaria para distinguirlo del vecinísimo cero.

Primer punto: dibujar es divertido. Yo empecé, a los tres años creo, dibujando seres humanos con cabeza de pato. (A mi parecer, la estética del rostro humano mejoraba sustancialmente con la añadidura de un pico triangular, que hacía las veces de nariz y de boca.) De ahí pasé a los pájaros, tema que me tuvo ocupado durante mucho tiempo, hasta que saqué de la biblioteca pública dos volúmenes, con los títulos How to Draw Cars y How to Draw Planes. Aprendí a reproducir, con perspectiva y foreshortening, las curvas sinuosas del Rolls Royce Silver Shadow, y las legendarias líneas del Spitfire y del Hurricane. Tanto mis carros como mis aviones empezaron a desarrollar rasgos cada vez más de ciencia ficción, y flirteé con la estética algo sui generis de los creadores de Star Trek: recuerdo haber pasado toda una hora de almuerzo en la escuela entretenido con sucesivas aproximaciones al Enterprise. Pero no fue hasta que empecé a leer los cómics de Marvel que me di cuenta de las posibilidades pictóricas del cuerpo humano. No hay nada extraño en ello. Allá en los años sesenta, un hombre era simplemente un traje acartonado con un cráneo superpuesto, y la anatomía era una rama especializada de la medicina. En cuanto a la mujer, uno no podía pensar en el cuerpo femenino sin que le atormentara una mezcla de atracción, morbo, sensación del ridículo y de oscura culpabilidad, producto de las enseñanzas jesuíticas de la escuela. O tal vez la verdad era que no era muy observador, y temía equivocarme risiblemente en algún detalle importante.

En cambio, leer una tira de Stan Lee era inscribirse en un curso rápido de musculatura masculina. Pecs, abs, deltoids, todo ahí está en su lugar, todo convenientemente resaltado. Y el personaje del Hulk resulta ser un experimento formal en cómo exagerar al máximo el tamaño de cada músculo sin perder por completo las formas y proporciones proto-humanoides. Es el ideal platónico al que todo bodybuilder vanamente aspira (el color es sólo para despistar). Al mismo tiempo, en las tiras originales, la alterada proporción entre estatura y anchura de esta figura permitía reducir la altura de cada frame, permitiendo más frames por página y así un mayor desarrollo argumental (creo).

Marvel me enseñó que exagerando un poquito la musculatura, y usando las peleas como pretexto para ampliar el repertorio de posturas, puedes transformar el cuerpo masculino en algo estéticamente interesante, algo digno de ser delineado e incluso sombreado y coloreado. (Puede que Miguel Ángel haya descubierto eso primero.)

¿Sólo estéticamente? Hm. Vaya tema. Admitamos como hipótesis (ya que los psicólogos suelen coincidir en ello) que el caos hormonal del adolescente, incluso del preadolescente, da para fases homosexuales incluso en sujetos destinados a una adultez clínicamente hetero; y que ello bien podría expresarse en una pasajera fascinación por héroes vestidos de látex, caucho o similar, es decir, ataviados según convenciones abiertamente fetichistas (si Thor no apareció entre los Village People, fue por accidente), donde la temática bélica y pugilística, o sea, "varonil", sirve para enmascarar la verdadera naturaleza de la atracción ejercida por el género. Dicho así, parece plausible; pero no armoniza con mi propia experiencia, pues mis recuerdos todavía son lo suficientemente claros como para poder distinguir entre la satisfacción que generaba el poder dibujarle a Spider Man de modo que se pareciera al original, y aquella satisfacción, muy otra, que resultaba de dibujar a un personaje singular, The Wasp, que era de sexo femenino y constituía, si bien recuerdo, el atractivo principal de la serie de los Avengers (no entiendo muy bien porque no aparece en la película); en este segundo caso, que se pareciera a la original no era tan importante, por lo visto, ya que tengo el vivo recuerdo de haberla dibujado con el torso desnudo, evidentemente como resultado de una pelea heroica con un malvado arrancapecheras. Es más: diré que confundir la contemplación estética del cuerpo masculino con tendencias homosexuales es de mentes simples, y el rechazo a esa natural (a mi entender) admiración es un elemento distorsionador en nuestra cultura judeocristiana. Me parece mucho más sano y salubre el universo de prejuicos de la antigua Grecia, y hasta cierto punto el romano también, el que quiso resucitar Nietzsche y no pudo, dentro del cual tanto la apreciación estética de la forma humana como las tendencias bisexuales eran atributos, juntos o por separado, de la nobleza, y la exclusiva devoción al cuerpo femenino como objeto de deseo se consideraba un tantico plebeyo. Y puedo sostener esto a pesar de tener yo mismo alma plebeyo, y no me importa si en este punto tú me crees o no.

Resumiendo: las superheroinas no necesitan más explicación que cualquier otro subgénero de soft-soft-porn; los superhéroes, en cambio, cumplen la función, valiosa para ambos sexos, de recordarnos que, al margen de tu orientación sexual, el cuerpo de un hombre puede llegar a ser, sí, bello, a pesar de toda nuestra indoctrinación. Un hombre no es, necesariamente, una mujer con todas las partes interesantes removidas, dejando solamente como legítimo objeto de atención el cerebro o la cartera. Tiene su propia estética corporal y su propia potencial como foco de todo tipo de entretenidos y sugerentes fetichismos. Si no me crees a mí, pregunta a cualquier hembra menor de 84 años.

Segundo punto: el elitismo es tentador. Y más ahora que se ha vuelto políticamente incorrecto. En la película esos guerreros se califican como "remarkable people": el adjetivo es llamativo, suena a eufemismo cauto. En la batalla final, se nos pinta mejor en qué consiste la diferencia entre ser un "remarkable person" y no serlo: es la diferencia entre saber defenderse con aplomo y ser, en circunstancias extremas, una simple e indefensa gallina histérica. El guionista, consciente de esta dicotomía, nos pinta al malvado Loki arrodillando a una muchedumbre, y proponiendo la teoría de que a los humanos les va muy bien, en realidad, la esclavitud (sí, Loki es correista hasta la médula). Cuando, en otro momento, a un incauto policía neoyorquino se le ocurre preguntar por qué tendría que seguir las órdenes de un tipo enmascarado que blande un ridículo escudo multicolor, la respuesta de éste es simplemente demostrar sus destrezas de luchador: argumento en último término irrefutable. A pesar de esto, el guión llega a tantear el belicismo proliferacionista y devuelve un veredicto negativo al respecto. No se trata de convertir aros en espadas, o cubos mágicos en misiles: se trata, simplemente, de dejar ser y de dejar hacer a los seres realmente "remarkable". Y a este respecto, el género del cómic americano siempre ha mantenido cierta tensión entre el elitismo del superhombre (recordemos al Übermensch nietzscheano, lenguaraz bisabuelo del soso y aburrido Superman de DC) y la desconfianza de un público de simples extras a que no le gusta tanto que se le recuerde su inferioridad. Muchas películas, incluso las burlescas tipo Los Increíbles, han profundizado en esta tensión: si se proclama como ideal la igualdad, ¿qué hacer con esos seres que en vez de caminar o de arrastrarse, prefieren volar? A "los diferentes" hay que asimilarlos: ¿y si no quieren o no pueden ser asimilados? Aunque la pregunta se plantea en registro de fantasía, por lo menos se plantea: punto a favor del género. Y aunque los superpoderes facilones abundan, en la peli no eclipsan (y esto es algo bastante notable) los talentos y las destrezas meramente humanas y fruto del arduo entrenamiento y de la indomable voluntad (Black Widow y Hawkeye). No toda riqueza es heredada. Tú también puedes ser remarkable. Basta con que te lo propongas... y que el conformismo mediocre y el colectivismo envidioso no lleguen a ti primero.

Y sí, esto es ideología. Recordemos que los primeros cómics, los de DC, cobraron popularidad y relevancia social por su disposición a servir de canales de propaganda durante la segunda guerra mundial, y el Capitán América si no me equivoco nació como figura de propaganda, concebida como azote de hordas de uniformados nazis con esvásticas y monóculos, al igual que (¿?) la aventurera Mujer Maravilla. Hasta en la película hay una curiosa escena que parece ambientada, muy a diferencia del resto de la película, en plena Guerra Fría, con una Viuda Negra interrogada por militares rusos de vodevil; y el guionista se permite una excursión a Stuttgart, al parecer sólo como pretexto para mencionar a Hitler (siniestro personaje cuya derrota, por si el joven espectador no lo sabía, fue hazaña del Capitán América, prácticamente sin ayuda). De modo que las tensiones de los personajes en último término se pueden interpretar como tensiones políticas, o de ideales políticos, y el Kryptonite que amenaza permanentemente a Superman es esa verdad no contada sobre el American Way que él defiende acríticamente y con una ingenuidad, como todo lo demás en él, heroica.

Claro que los personajes de la película ya no defienden Lo Estadounidense. Defienden La Humanidad. Pero es una humanidad, como no podía ser de otra manera, globalizada, lobotomizada, de tebeo. Es un New York universalizado. Si resulta tan fácil proponer la destrucción nuclear de esa ciudad, es porque se supone, se sobreentiende, que como ésa hay más ciudades, todas las que quieras, en fin, lo que nos sobra en este planeta son ciudades, y todas son exactamente iguales, con los mismos McDonalds, los mismos shawarma joints, y el mismo ganado humano colectivizado, atontado e indefenso, que los héroes proponen defender con sentimentalismos y prácticamente sin razones, porque son buenos. Bueno, es una película.

Mucho se ha escrito sobre las semejanzas entre el universo Marvel o el universo DC y los de la mitología griega y romana. Efectivamente, todos carecen de ese punto grotesco que distingue las narrativas de las religiones judeocristianos y derivadas, ese "tiene que ser verdad, es demasiado horrible para ser inventado". Todos tienen una lógica humana, demasiado humana: se supone que los romanos, si se les interrogaba, hubieran admitido sin problemas que todo lo suyo era ficción, y ficción barata, pero entretenida y a veces aleccionadora. Lo único que no se les ocurrió a los antiguos era ponerles a sus dioses máscaras y darles una segunda identidad, como ciudadanos de pro o no tanto. Ahí reside la fuerza del mito en su encarnación moderna, y el único aspecto que la película no aprovecha, al conformarse con héroes sin secretos. Si el cómic del superhéroe todavía a veces le saca de quicio al ultraconservador o al socialista viscerales, es porque propone, bastante abierta y desvergonzadamente, que el lector también se construya su doble vida: que de día sea contribuyente y elector, y de noche sea talentoso y aventurero evasor de impuestos, posiblemente vistiéndose de látex para el propósito. Sí: el cómic, si le apuras un poco, es antisocial, es desestabilizador. Lo que pasa es que el género ya chirria. Necesitamos nuevos personajes, nuevos paradigmas, nuevas narrativas. Para empezar, necesitamos más sexo, más fetichismo, más profundidad, más trama, más chiaroscuro, más líneas argumentales entrelazadas con la realidad cotidiana. Esto no lo veremos ni con Vengadores II ni con Spiderman XII. Pero puede que tú sí lo consigas. Ponte a soñar, inténtalo.


Tuesday, May 1, 2012

Glicina, buganvilia

Es el sueño de todo inglés de las generaciones de la posguerra (este gene pool empobrecido, el mío, heredero de ortodoncias Stonehenge y otros horrores, y eso, niños, es lo malo de las guerras, que suelen diezmar a los sanos y burocratizar la fealdad), cuando ya quedó claro que la isla, lo que quedaba de ella, sin la catedral de Coventry y la pluma de Auden valía verga y media, pues eso, el sueño desde entonces consistía en encontrar aquel lugar donde, sin grandes aspavientos y dosificando muy estrictamente a esa Barbara Pym que todos llevamos dentro, uno pudiera congratularse continuamente por haber descubierto un sol sostenido, un sol discreto, un sol fiable y un tanto elegíaco, que no tiene apenas otra cosa que hacer que bañar contínuamente un jardín de acuarela y tomarse el té con algún antropólogo alicaído de paso. Símbolo de ello, la glicina (wisteria), esa planta que comandaba el destino tanto del personaje de la Tierney en Que el Cielo la Juzgue como de las protagonistas de Enchanted April. Lo que tiene la glicina de especial no es tanto su aspecto marcadamente nipón, ni siquiera sus pintorescas coloraciones, sino el hecho de que no puede sobrevivir a la primavera inglesa, lo cual ya de por sí es carta de recomendación decisiva. En la misma línea, los inglesitos de la generación de los años setenta, la generación Torremolinos, descubrieron o creyeron descubrir la buganvilia, fogosa y exótica trepadora conocida por resistir todos los inviernos, menos el inglés. De modo que si uno volvía de sus vacaciones en cualquier parte del mundo y decía "buganvilia", de buen seguro que todos los amigos y vecinos el año siguiente irían a ese mismo lugar. Era uno de tantos shibboleths de la clase media-media-alta, upwardly o mejor dicho asymptotically mobile. Que yo sepa, lo sigue siendo. Los ganadores de la nueva Lotería (tristeza de país que tenga una Lotería, casi tan desolador que tener un Ministerio de Cultura) ineluctablemente compran casa en Provenza (malditos colonialistas) y llevan en la guantera del carro un vademécum de vinos para camarones en la materia, y envejecen intentando vanamente recordar alguna brizna de su O level French. (El embudo de la enseñanza olvidada al final a todos nos mata de sed.)

Ninguno de nosotros llegamos siquiera a sospechar que las plantas, lo que son las plantas, no trabajan. En este respecto son todas absolutamente francesas. Para ellas, la huelga es más que reivindicación: es estilo de vida. Las azaleas no asisten a cursos de recliclaje. Las rosas no atienden al público. Las burócratas ecuatorianas (Petulantia superba) no siembran ni cosechan: se limitan a lucir, a florecer, a perfumar el aire. ¿Para qué más? La hermosura siempre ha sido su propia justificación, y su Padre Celestial les proveerá.

Entonces, cuando el inglés se acerca cada vez más a su sueño, a ese jardín mediterráneo o tropical que ha proporcionado justificación a toda una vida de esfuerzo, humillación y resignación, se produce un fenómeno bastante singular. De reojo, y de paso, alguna noche cree vislumbrar allá en el patio provisional una flor que no lleva maletín ni tiene sudor y suciedad por debajo del cuello de la camisa. Empieza a sospechar que sus Gardenia no han dado golpe en todo el día. Y de ahí es un paso a darse cuenta de que esas plantas, a lo largo de esas interminables horas cuando él está currando, siguen ahí, hablando entre ellas, adueñándose del lugar, pasando olímpicamente de él y de sus pretensiones de terrateniente. Está excluido de la conversación de sus propias rosas. Y de ahí, poco a poco, empieza a temer la fruición de su sueño, que conlleva la fulminante demostración de su propia irrelevancia. A partir de ahí, no cultiva el jardín, sino negocia con él. Se aplazan ciertas plantas "hasta que tenga tiempo para disfrutarlas". Se rodea de lo provisional, de lo barato y de lo baladí, para entonar con su paisaje interior, para no anticiparse.

Hasta que un día, el médico le informa que debido al estado de sus pulmones, no llegará ni a la edad de jubilación. Es decir, no existirá ese día cuando por fin podrá empezar a "disfrutar".

¿Qué hacer?

La solución es oscura y poco respetable, y tiene que ver con una especie de bifurcación vital, donde su vida, desde fuera enteramente dedicada al trabajo como de costumbre, se empieza a llenar de pequeños entresijos de un furtivo ocio mental, y se pasa el tiempo escondiéndose tras el seto, tras la puerta, tras el libro, tras los lentes, para buscar la flor más cercana, sea ésta buganvilia o no, con mirada de colibrí y una culpa que le carcome el estómago.

"Trata a tus semejantes como si no tuvieras empleo," murmulla para sí, "Ésa es el principio y el fin del buen gusto y de la desesperación gentilmente llevada".