Sunday, December 8, 2013

Dignidades

El público imaginario, el que no tengo, ya se está quejando. "Últimamente, sólo escribes tonterías". El dato que se les escapa: este fin de semana tenía que calificar 160 exámenes (120 hechos, 40 casi hechos) y 200 redacciones (80 hechas, 120 sin empezar todavía), además de intentar salvar mi nuevo laptop, cual desamparada doncella, de las mortíferas garras de Windows 8. Así es el pluriempleo. Cuando a otros sólo les toca demostrar que no son tontos, al pluriempleado, con el cerebro estrujado, sólo queda, en estos escasos momentos de locuacidad disfrazada de lucidez, fingir que no lo es. A veces, cuando salgo al patio a fumar, se me ocurre que debe de haber una lección filosófica en esto, o mejor dicho, una carta de queja. ¿Dirigida a quién? Ahí está la cuestión. En un mundo perfecto siempre hay un culpable. Venezuela, por ejemplo, es un país perfecto. Todo lo malo ahí sucede por culpa de la burguesía. Así que, si estuviera en Venezuela, podría achacar mis enfermedades, mi falta de tiempo, la injusticia de mi aplastante carga laboral, la extraña artrosis del dedo anular de mi mano derecha, el desmoronamiento de mis dientes, el anquilosamiento de mi cerebro, todo eso y más, a la siempre socorrida burguesía, y quedarme con esa enorme satisfacción que consiste en sentirse víctima de unos malvados desalmados, y por eso mismo, digno de que Raquel Welch, la de 1967, se incline sobre mi cara para ofrecerme un té y unas tostadas con miel. Pero no estamos en ese país. Aquí, es posible que mi problema de dedo se deba a los editores de El Universo (aunque no veo cómo) y que el desastre de mis muelas sea fruto de una conspiración urdida en Miami, pero creo que ni el más acérrimo correista llevaría demasiado lejos esas conclusiones. Así que tengo que quedarme con ser, como siempre he sido y en todo país, autor de mis propias desgracias... no, esperen. Ya está. La culpa de todo lo tiene El Matrimonio. Ya saben: esa institución, esa cosa inmunda que nos seduce con falsas promesas antes de devorarnos y arruinarnos la vida, uniendo al vago con la hacendosa, al soñoliento con la cínica, al vegetariano con la carnívora, con cadenas de terribles responsabilidades. El problemático hecho de que yo lo escogí... bueno, dejémoslo estar. Sí: el Matrimonio de todo tiene la culpa. Sin él, viviríamos en un paraíso. Ya. Me siento inspirado. Si fuera más joven, esto podría ser hasta el inicio de una Fase.

Pero no quería hablar de eso.

Me he enterado (ni sé cómo, no tengo tiempo para hojear nada) de que el otro día, llegaron al Municipio de Guayaquil unos jóvenes vestidos con máscaras de Nebot (probablemente las encargaron a alguno de esos fabricantes callejeros de Años Viejos) y equipos de música, para manifestarse en contra de la política de garrote largamente favorecida por dicha Institución. Por supuesto, como no podía ser de otra manera, la respuesta de los matones de Nebot fue de llevar a cabo con estos mismos jóvenes la política de garrote contra la cual ellos protestaban. Mamporros, toletazos, chuchas de tu madre, sangre. Hasta ahí, normal. Lo interesante: primero, El Universo, al principio, ni pío (ya sé, sorprenderse de ello demuestra cierta ingenuidad, pero soy ingenuo, qué pasa) y segundo, el Municipio sale con una cadena que si reinara la economía verbal tendría por único acompañamiento verbal: tu quoque. "Si a Correa le trataran así, él haría lo mismo con sus fuerzas de seguridad, todos lo sabemos. Los violentos son ellos. Nosotros nomás les emulamos, golpe por golpe, chucha por chucha, hasta donde podemos, para demostrar lo malos que son ellos y lo buenos que somos nosotros."

Más claro todavía: "el alcalde Jaime Nebot señaló que nadie le va a faltar el respeto". (Ojalá Guayaquil nunca se convierta en potencia nuclear.)

Se me vienen a la mente mis felices días de profesor en la Unidad Educativa Pequeños Ornitorrincos del Saber, donde la falta de respeto era pizza mugrienta de cada día. No se ponían máscaras porque los viejeros no me tienen vista la cara, pero si podían imitar mi caminar, mi forma de hablar, silbar canciones alusivas a la pobreza de mi vestimenta, etcétera, en buena hora, porque como ecuatorianos de pro, para ellos la cuestión era de fregar. Ahora bien, lo curioso es que no llamé a unos gorilas vestidos con uniformes nazi para quebrarles la nariz a esos alumnos míos. Y creo, sinceramente, que no lo habría hecho aunque esos gorilas hubieran existido y estado a mi entera disposición. ¿Por qué no? Pues tal vez porque la cosa no era para tanto. Soy viejo, pero todavía conservo suficientes recuerdos de juventud y escolaridad para saber que los profesores existimos para ser parodiados, para ser objeto de burla. Apenas no tenemos más finalidad que eso: y desde luego, en ese detalle es donde más nos parecemos a los políticos.

Nebot a veces aparenta ser un político: hasta pone cara de estadista delante de las cámaras. Pero la inmadurez le traiciona a cada rato. Y nunca más que en esta ocasión.

Él sabía (porque ni dos dedos de frente se necesitan) que los jóvenes eran agents provocateurs preelectorales: el timing es demasiado elocuente. Así que lo que tocaba era magnanimidad, invitaciones "a discutir, a intercambiar pareceres", gala de dignidad: el juego electoral lo dicta imperiosamente. Pero para eso, el pobre Nebot tiene un problema. Él sufre de dignidad.

No pudo actuar dignamente por ser él demasiado digno. Parece paradoja, pero no lo es. Es simple polisemia. Me explico:

Para algunos (los del gobierno), la dignidad es algo que se "regala". En serio. Si eres militante de AP, algún fin de semana te tocará irte al campo en una vieja furgoneta Toyota cubierta de pegatinas y "regalar" unas cuantas libras de dignidad a algunos campesinos, a cambio de agradecimiento eterno e intención de voto. No, pero en serio. La frase "regalar dignidad" no la inventé yo: la copié de El Telégrafo, palabra. Antes se regalaban camisetas, ahorita se regala es dignidad. No me preguntes en qué consiste esa dignidad, porque no lo sé. Sospecho que no sirve para mezclar con el café o amasar arepas, pero igual me equivoco.

Luego, y muy aparte, viene esa dignidad, la tradicional, que se fundamenta en el esfuerzo y el mérito propio, que no se puede "regalar" porque la misma definición lo impide. Los viejos a veces se nos pilla echándolo de menos en "la sociedad actual". No nos hagan demasiado caso. Siempre pecamos de agoreros y de folclóricos.

Y luego está la dignidad del político preso de ese ruidoso narcisismo crónico que parece que va con el oficio. De hecho, en este continente, ser político es ser Dignidad. Casi casi podría servirnos como sustantivo colectivo a la inglesa: "an unkindness of ravens", "a pride of lions", "a dignity of Latin American politicians". Y es esa dignidad la que lleva a uno a convertirse una y otra vez en triste espectáculo, en furibundo homúnculo, en ridículo ofendido... en fin, en indignado. Es el tipo de dignidad "a mí nadie me falta el respeto", porque tengo gorilas uniformados en mi haber. Ese tipo.

No sé. Tal vez es algo que se necesita, algo "normal", tal vez soy tonto por no percatarme de ello. Repito: entre viejo, enfermo, casado y sobreexplotado no me queda mucho tiempo para pensar ni aclararme las ideas ni peor ilustrarme como se debe. En estas tristes épocas de la vida, ¿qué les puedo decir?, uno se infantiliza bastante, en el sentido de suplir su borrosa y defectuosa visión del mundo con recuerdos de niñez, reales o confabulados. Yo creo recordar un tiempo, lejano supongo, en que los políticos (algunos) reconocían, siquiera tácitamente, la relación subalterna y parasitaria que tenían respecto a sus votantes, a quienes igualmente reconocían, faltaba más, el derecho a mofarse de ellos de todas las maneras posibles porque ésos eran gajes del oficio (y de todas maneras la dulce venganza llegaba en el momento de contemplar su cuenta bancaria). No sé si es recuerdo de todo beibibuma vomitado de entre las fauces del Imperio, o si lo soñé alguna noche hace tiempo, hace mucho tiempo. Pero de sueños tan dulces uno no tiene ganas de deshacerse, despertarse es inevitable, pero deshacerse...

Les dejo con esto.

Friday, December 6, 2013

Windows 8 vs. shit: a comparative analysis

Like, presumably, most anyone else who has recently acquired a new laptop or desktop computer and isn't a Mac user, this afternoon I found myself typing the words "Windows 8 is shit" hopefully into Google. I say hopefully: I suppose I just wanted confirmation that I wasn't suffering from some sort of odd cognitive malfunction. As it turned out, a little over 38 million people have so far agreed with me, and that's counting only the ones who were able to express their views publicly on the Net by the cunning stratagem of using their old computer to get a connection and open a browser. Because if you have just acquired a computer with Windows 8 installed, you won't be able to do either of those things on that new computer. In fact, you won't be able to do anything at all on it, other than stare impotently at a screen filled with rectangles ("tiles") allegedly depicting "apps", and all of them carefully selected on the basis of their utter uselessness to you as a human being (unless you are fleetingly fascinated by the temperature and climate conditions in a city in another hemisphere, or are naïve enough to suppose that Mah Jong is something that can be played on a computer screen). After, say, an hour or so, you may have discovered by accident that dragging the mouse pointer to the top right of the screen makes some shadowy icons appear, one or two of which might be considered mildly (if indirectly) relevant to the situation, if only they would stay visible long enough for you to actually use them. I will not tell you the name by which Microsoft wishes these shadowy and elusive icons to be known, simply because I do not wish you to spend the next ten minutes stamping around your living room in circles with legs akimbo, one finger shoved up your left nostril and the other tracing cabbalistic signs in the air, while your throat emits low, guttural, choking cries of anguish. This is not my intention. Rather, it is to question whether the phrase "Windows 8 is shit" is fair to shit. Personally, I'm beginning to think it isn't. The more I reflect on the question, the more it seems to me that, given the straight choice between Windows 8 and shit, any sensible person would be bound to prefer the latter. The following are some of the reasons why I believe this to be the case.

1) Shit does not ask or expect you to tap, stroke, pinch or "swipe" it. Windows 8 does. In fact, Windows 8 reminds me of nothing so much as a female cat on heat. You know the way it sort of rubs up against your leg or tries to stick its arse in your face or wants you to calm it down with the toe of your shoe. Windows 8 is like that. All that useless stuff on the screen that you didn't want is just there begging to be tapped or stroked. It responds to "stroking" by a kind of ecstatic shiver that accomplishes nothing at all. Which is fine if you're a tappy, strokey sort of person and you have a touch screen and lots of free time and a generous disposition. I do and I don't and I'm not. I'm the sort of person touch screens were designed to vex and frustrate. By now I suppose it's common knowledge that touch screens were the invention of a group of women who had been forced to practise Beethoven sonatas on the piano as children (and who knew the fable of the fox and the stork). As revenge for being expected to have hands that could play major tenths, they decided to invent a user interface that required exquisitely thin fingers with fine, tapered tips. An interface no Beethoven (and very few adult males in fact) could possibly navigate with any degree of success. Well, Windows 8 is designed with that demographic in mind: the thin-fingered community. You can use a mouse with it, but if you do, it sulks. Shit is far more tolerant and grown-up in at least this regard.

2)

Wednesday, December 4, 2013

Saturday, November 30, 2013

Male Privilege

El feminismo (ya que preguntas) es una religion como cualquiera, del que para liberarse basta el simple escepticismo racional. Naturalmente, eso les huele a ajo y habrá aspavientos, amenazas y berrinches. Pero es así. Simplemente pon tus dedos en forma de cruz ante la amenazante sombra y repite: no creo en el patriarcado, no creo en la cultura de violación, no creo en el femicidio (sí en el asesinato), no creo en el privilegio masculino, no creo en las utopias estatistas. No comulgo con ruedas de molino, gracias. Ni siquiera con las de Moulinex.

Pero a veces (para reirte, para sorprenderte, para aprender sobre la triste condición humana) conviene echar un vistazo a todo aquello que, como buen Mormón o buen Musulmán o buena Feminista, según el caso, te quieren meter como dogma con categoría de fides ecclesiastica. Bajo la rúbrica de privilegio masculino, por ejemplo, yo siempre suponía que se escondía un simple cuco metafísico, tipo Satanás, pues si las feministas están de acuerdo en una cosa es sobre aquello de que el privilegio no es susceptible de análisis racional: es una cualidad del sujeto que permanece invisible al propio sujeto por mucho empeño que pone en descubrirla: algo como la halitosis, o los cachos, que si lo tienes, te tienen que informar de ello. De esta manera hasta la más modesta feminista se vuelve sacerdotisa con licencia para practicar confesiones y exorcismos. Y tal vez precisamente con ese fin, para poder conceder la absolución caso de hallarse dentro de un determinado sujeto masculino un arrepentimiento genuino, resulta que han desarrollado una declaración de culpabilidad apta para los efectos, una especie de Confiteor:

This list is based on Peggy McIntosh’s article on white privilege. These dynamics are but a few examples of the privilege which male people have.
On a daily basis as a male person…
1. My odds of being hired for a job,

Ya ven. Por si acaso ninguno de estos ejemplos te convence, "oh, pero tenemos muchos más", y de todas maneras, privilegio se escribe en singular: no se trata de "privilegios" específicos, susceptibles tal vez de sopesar y corregir de modo puntual, sino de simples manifestaciones de una verdad inmutable que hasta que termine el mundo justificará odios, suspicacias, desencuentros, rencores, menosprecios, rivalidades y discriminaciones ("acciones afirmativas", sorry). Puede que no te reconozcas en ninguno de los supuestos enumerados, pero de todas maneras eres privilegiado, lo siento, eso está fuera de toda discusión. Nosotras sí te vemos los cachos. Lo único raro es que no escuchas los golpes cuando pasas por aquella puerta.

De todos modos, me parece interesante indagar en esta lista de manifestaciones de privilegio masculino, por lo que nos revela sobre la mentalidad básicamente paranoica de la feminista de tropa. Así, en el apartado 1, ya nos están informando de que a diferencia de una persona feminina, que probablemente tendrá que buscar empleo, como mucho, un par de veces al año, y como poco, una media docena de veces en su vida, la persona masculina, el muy cabrón, está siendo tomado en cuenta para un posible trabajo "on a daily basis", es decir, aunque él no haya llenado ningún formulario ni enviado ningún curriculum últimamente, está en esa base de datos del Patriarcado, que le revisa los datos a diario, y le informará puntualmente cuando salga ese chollo de trabajo para el cual el tener pene es si no requisito indispensable, por lo menos valor altamente apreciado. Claro que todo esto tiene que funcionar un poco en la sombra y a puerta cerrada, pues prácticamente todos los paises desarrollados tienen leyes que sancionan la discriminación laboral por razón de género. Y así, nos hallamos en ese mundo de conspiración tan amado por las feministas, en que más allá de las leyes y de las sanciones, más allá de la conveniencia de contratar a la persona más adecuada para el empleo, y a pesar del efecto destructivo que tiene el ejercicio del prejuicio sobre la competitividad empresarial, está el gran Complot, están las reuniones secretas, están los illuminati, están los hombres que en sus despachos llenos de humo de cigarro se confabulan para asegurar el predominio del cromosoma Y dentro del mundo laboral, aun a riesgo de arruinar sus propios negocios.

 Esta vision paranoica/conspiracionista se desarrolla algo más en los puntos 7 y ocho, a saber:

7. My elected representatives are mostly people of my own sex. The more prestigious and powerful the elected position, the more this is true.
8. When I ask to see “the person in charge,” odds are I will face a person of my own sex. The higher-up in the organization the person is, the surer I can be.

Resulta algo misterioso cómo un electorado mayoritariamente femenino haya dispuesto libremente, mediante el voto, la perpetuación de un "privilegio" (predominio de representantes masculinos) que, supuestamente, excluye y perjudica a ese mismo electorado. ¿Será, acaso, porque una persona que no está presa de paranoia reconoce que el sexo del "representante elegido" es perfectamente irrelevante, tan irrelevante como el color de sus ojos o su grupo sanguíneo? Y si es así, difícilmente se puede conjugar en "privilegio" el posible hecho de que la mayoría de mis "representantes" tengan el mismo grupo O+ que yo tengo. Lo mismo sucede con "la persona a cargo", aunque no la haya votado: si tengo que quejarme con el director del hotel donde me hospedo, tan sólo una feminista puede imaginar que el dato de que éste sea hombre asegurará que mi queja sea bien recibida ("Ah, I see you have a penis, like me. So, what can I help you with? A full refund? Of course, sir, your wish is my command").

Tal vez éste sea el lugar para mencionar, sólo mencionar, que si bien soy en realidad un extraterrestre, proveniente del lejano planeta Bakel (no, no voy a proporcionarles ningún dato sobre esa sustancia que anula todos mis poderes, sería demasiado peligroso), donde no existen realmente "hombres", sino una aproximación muy tímida y parcial al género, el hecho es que en este planeta, por razones de supervivencia (y de rutina) acostumbro pasar por hombre, sin demasiada dificultad (salvo en close-up), y aun así, no consigo encontrar en toda esta larga lista ni un solo punto acorde con mi propia experiencia de hombre putativo. En el tema mencionado, el del trabajo y de los "cargos", toda la vida he trabajado con jefas, salvo en esos 5 años cuando era programador, y ni una sola vez me he encontrado suspirando "ojalá tuviera jefe masculino: ¡qué fáciles serían entonces las cosas!" Simplemente, en un lugar de trabajo serio (lo que excluye, supongo, agencias gubernamentales y otros esperpentos por el estilo) la naturaleza del trabajo, de las responsabilidades, los criterios de empeño y éxito, vienen dictados por las necesidades de la dura competitividad: no hay lugar para algo tan infantil como las simpatías o adhesiones por razón de sexo. Supongo que es por eso que el feminismo, como ideología o religion, florece en la academia y entre las chattering classes; métete en el mundo empresarial y rápidamente verás lo absurdo de tu enfoque, en un mundo despiadado y básicamente asexuado donde lo único que cuenta es el bottom line.

En fin. Sigamos con las demás paranoias, esto es divertido.

2. If I fail in my job or career, I can feel sure this won’t be seen as a black mark against my entire sex’s capabilities.
(...)
11. If I’m careless with my financial affairs it won’t be attributed to my sex.
12. If I’m careless with my driving it won’t be attributed to my sex.
Es difícil saber dónde empezar con esto. Al parecer, a la feminista le importa, y mucho, la imagen pública de "su sexo", tanto, que aun cuando fracasa "en su trabajo o profesión", y tiene que cargar con las terribles consecuencias que esto acarrea, y aun cuando acaba de sufrir un aparatoso accidente de carro, permanece atenta y lacrimosamente sensible a aquella vocecita de aquel baboso imbécil que desde la muchedumbre de la vereda sentencia: "¿Qué quieres? Es mujer al fin." Y la naturaleza de la paranoia se revela, primero, en que toma este comentario descerebrado por vox populi. y segundo, en que se imagina en su inocencia que la persona masculina, el muy privilegiado, nunca tiene que escuchar vocecita igual o parecida. "Bueno, ha quemado su camisa con la plancha, qué quieres, es hombre al fin", "Bueno, ha hecho caer media pared al intentar colocar un cuadro, qué quieres, es hombre al fin", "Bueno, no ha entendido el desenlace de la película, qué quieres, es hombre al fin", "Bueno, no sabe hablar por teléfono y saltear los garbanzos al mismo tiempo, sin que la mitad de éstos queden en el suelo, qué quieres, es hombre al fin", etcetera, la feminista se supone que se tapa los oídos por no escuchar nada de esto, y Dios nos libre de imaginar que alguna vez ella misma se dedique a sembrar comentarios por el estilo, pues eso no sería nada correcto, eso de emitir generalizaciones por razón de sexo, por supuesto que no.

Pero lo que me interesa sobre todo en esto es la construcción de esta atronadora vox populi que en el imaginario feminista tiene tanto poder e infunde esa extraña mezcla de reverencia y furia, propio, dirían los malhablados, de todo un animus jungiano: ese ser abstracto hecho de creencias, actitudes, prejuicios, comentarios, rumores, chismes, todos ellos generales, populares, poco menos que ubicuos si nos atenemos a la literatura de rigor. En este tema, tal vez por deformación profesional mi enfoque ha de ser forzosamente lingüístico. Hace tiempo creí identificar un giro gramatical que me place denominar "la pasiva feminista": en ingles consiste en el empleo de la voz pasiva con un conjunto ampliado de reporting verbs (say, think, believe, expect, see, etc), como en la frase citada "this won't be seen as a black mark..." sin atribución de agente gramatical (es decir, no nos enteramos por quién o quiénes eso "será visto como punto negativo"). Pues bien, el giro en cuestión ha sido desde siempre un recurso de periodistas por evitar revelar sus fuentes de información (o de chismes), equivalente al "se dice", "se cree", "se rumorea", etcetera. Lo novedoso con el feminismo es que la misma estructura gramatical ahora se usa para referirse a creencias supuestamente importantes "en la sociedad", usualmente dañinas, discriminatorias, insultantes: el uso de la voz pasiva permite insinuar que dichas creencias son generales, pero en caso de necesidad, bastaría con una sola cita de un autor insignificante para demostrar que, efectivamente, la tal barbaridad "se dice" o "se cree" (en alguna parte), o "es visto como..." (por alguien, por quien sea). De tal forma que, por razones propagandísticas, en la literatura feminista continuamente se pavonea lo más absurdo, lo más aberrante, lo más indecente que cerebro humano puede concebir, vestido de creencia o prejuicio general, y para muestra de ello, la cita de más arriba.

De ello creo que se puede deducir, si bien de forma algo temeraria, lo siguiente. La feminista es una persona que tiene tan poca fe en sus cualidades como individuo, que se ve inducida a "identificarse" con su sexo, de una manera exagerada e infantil, creyendo que de tal forma podrá conseguir respeto, consideración, deferencia, admiración. Pero para ello, necesita que se elimine, de ese misterioso y temido psique colectivo donde habita el prejuicio social, cualquier mancha sobre la honra y la pureza de la mujer. Ella necesita que la mujer, así en abstracto, sea "vista" como un ser prácticamente divino, libre de cualquier imperfección moral, omnicompetente, infalible en sus juicios, motivada siempre por nobleza y nunca por egoismo... y sobre todo, y esto es un punto importante, siempre, donde sea que exista un conflicto, víctima. De poder conseguir que "la gente" crea eso (y naturalmente, su privilegio femenino le impide apreciar hasta qué punto el objetivo ya está conseguido en muchas latitudes), ella cosechará todos los beneficios en su vida diaria: sonrisas, trabajos, ascensos, últimas palabras, primer lugar en el bote de rescate, alfombras rojas por doquier. Ahora, no estoy diciendo que un prejuicio social arraigado, con consecuencias negativas, no debe de importarle: simplemente, que un ser adulto no "se identifica" con un sexo en su interior, si bien otras personas pueden identificarle así, de modo que en esa carrera de ratas en que todos estamos condenados a participar tendrá un punto muy importante a su favor, verbigracia, la confianza en sí misma basada en sus propias virtudes y no en la pertenencia a una categoría cualquiera, con el consiguiente vaivén de emociones basadas en prejuicios y comentarios babosos al respecto. Y hay que reconocer que los prejuicios babosos son importantes sólo en esa zona restringida del infierno que se llama babósfera. De momento, digo, hasta que Suckerberg tome alguna determinación al respecto.

(Ay, esa vox populi, ese prejuicio social, qué duro es tener que enfrentarse a él cuando va contra ti, y qué dulce y satisfactorio resulta cuando obra a tu favor, y puedes apelar a prejuicios y estereotipos y vaciedades para aplastar a tu adversario, tipo "si no estás de acuerdo conmigo eres sexista, misógino, violador al menos en potencia, además de tener el pene pequeño y pasar el día masturbándote en el sótano de tu mamá." Noticia: la babósfera, ella, no practica exclusiones de género.)

Continuemos.

13. Even if I sleep with a lot of women, there is no chance that I will be seriously labeled a  “slut,” nor is there any male counterpart to “slut-bashing.”


Ajá: el famoso double standard (además de otra voz pasiva feminista). Bueno, las mujeres tienen en su poder remediar esto en un tris: simplemente aumenten su disponibilidad sexual al mismo nivel que el de los hombres, y asunto resuelto. Quiero decir que si yo durmiera con a lot of women, no es que yo no dejara de ser un slut en toda la regla, simplemente sucede que hay palabras más aptas para referirse a tal hazaña, que vienen antes a la mente, entre ellas:  asombroso, increíble, inexplicable, siniestro, perturbador, etcetera, todo ello derivado el hecho notorio y observable de que un hombre, o hasta un bakeliano, promedio, para dormir hasta con una solita mujer tiene que invertir incontables horas de esfuerzo, y muchos dólares, y ejercer su ingenio hasta que el humo le salga de las orejas, y someterse a todo tipo de pruebas a cuál más humillante, mientras que para la mujer, tal como una vez comentó una amiga canadiense que tengo, la cosa es tan fácil como abrir la puerta de la casa, asomar la cara a la calle y gritar: "¿sexo, alguien?" Por tanto, en el hombre tener mucho sexo requiere de muchísimo talento y muchísima técnica, lo cual naturalmente llama la atención, mientras que en la mujer solo requiere desabrocharse un par de botones y ya. Es decir, double standard sí habrá, pero la causa de ello no es el prejuicio o privilegio masculino (tener que suplicar por migajas de sexo, vaya privilegio) sino en el hecho de que por alguna razón el elenco complete del último Miss Universe no está haciendo fila delante de la puerta de mi casa en este momento. Y conste que no me gustan tanto las flacuchitas.

Si fuera mujer, llevaría la denominación slut como medalla de honor. Pero veo que otras ya tuvieron la misma idea. Bien por ellas. A propósito, en mi escuela primaria enseñaban que slut era la desinencia femenina de sloven y significaba una mujer vaga y dejada. Me place todavía interpretarlo así, tiene más gracia, sobre todo cuando estás viendo porno, lugar donde la slut no es precisamente shamed, sino celebrated.

3. I am far less likely to face sexual harassment at work than my female co-workers are.
Esta afirmación, como todas las demás no se cumple en mi propia experiencia, donde yo sí he experimentado acoso sexual (si bien en un pasado remote: a los viejos moribundos no se les acosa, punto a favor de ser viejo moribundo, supongo) y en cambio no me consta que ninguna colega femenina mía haya pasado por lo mismo. Excepto, tal vez, si se incluye en la categoría de "acoso" cosas como miradas intencionadas, comentarios picantes, calendarios de chicas en la pared, en fin, todos esos fenómenos que requieren de una enorme sensibilidad para interpretar como otra cosa que disfunciones conductuales menores y fácilmente llevables fruto del cruel enjaulamiento laboral. Para mí la línea se situa en la inviolabilidad del cuerpo, en el toqueteo. Al otro lado de eso se sitúa la libertad individual, que creo demasiado importante para cuestionar aunque sus practicantes sean babosos imbéciles. Tal vez en esto soy duro de mollera: convénceme de ello.

4. If I do the same task as a woman, and if the measurement is at all subjective, chances are people will think I did a better job.

Así que sorprende más que un hombre haga las cosas bien hechas. Ya lo decía Margaret Thatcher: "if you want anything done, ask a woman". ¿Y eso de pertenecer al sexo incompetente (vox populi dixit), es privilegio?

5. If I choose not to have children, my masculinity will not be called into question.

But it will be if I choose to wear a skirt, to hold hands with another man (except in Italy and the Maghreb), to dislike soccer (except in Canada), to watch a chick flick, to stay at home while the wife goes out to work, etc etc. La lista de motivos por cuestionar la masculinidad de un sujeto es, como cualquiera sabe, prácticamente inacabable: el autor de este documento nos haría creer que todos esos prejuicios se traducen en tantos "privilegios femeninos" (solo que, afortunadamente, el privilegio femenino es una contradicción en sí). Ojalá la cosa ésa de la masculinidad se redujera a tener hijos o no. De todas maneras, creo que eso de cuestionar la feminidad de las mujeres sin hijos es algo decimonónico. Estamos realmente desesperadas si echamos mano de argumentos así: y solo vamos por la 5.

6. If I have children and a career, no one will think I’m selfish for not staying at home.

De hecho, nadie cree eso de las mujeres, que yo sepa, siquiera en Ecuador: a estas alturas, todo el mundo entiende que trabajar es mejor que vivir bajo un puente. Y estamos siempre con lo mismo: necesito, aparentemente, que nadie crea que soy "egoista", porque, que alguien, quien sea, piense algo malo de mí, ay, me muero del disgusto. ¡Sucios hombres, a quienes nunca nadie los tiene por egoistas, hagan lo que hagan!

9. As a child, chances are I was encouraged to be more active and outgoing than my sisters.
10. As a child, chances are I got more teacher attention than girls who raised their hands just as often.


Tal vez sea por eso que las niñas tienen más éxito y mejores notas que los niños en todos los niveles de la enseñanza primaria, secundaria y universitaria, en casi todas las asignaturas. De mi propia niñez lo que más recuerdo es que tanto progenitores como profesores se pasaron el tiempo pegándome, con variedad de instrumentos, mientras que entre mis 3 hermanas, ninguna recibió ni un solo castigo corporal en toda su infancia. Tal vez eso se considera como forma de "encouragement". No sé si se puede contar, sin embargo, como privilegio. Quién sabe.

 14. I do not have to worry about the message my wardrobe sends about my sexual availability or my gender conformity.
15. My clothing is typically less expensive and better-constructed than women’s clothing for the same social status. While I have fewer options, my clothes will probably fit better than a woman’s without tailoring.
16. The grooming regimen expected of me is relatively cheap and consumes little time.


14: mentira. De joven, continuamente me preocupaba que mi ropa enviaba un mensaje de "no disponibilidad sexual", por lo arrugado y llena de agujeros, entre otros detalles. Además, yo toda la vida he deseado con secreta pasión poder vestir una falda (ver post anterior al respecto). Ahora, por la edad y el embonpoint resultante de mi estilo de vida, la tal posibilidad se ha apartado definitivamente de mi existencia. ¿Por qué no lo hice de más joven, cuando todavía tenía cintura para ello? ¿Los hombres (y bakelianos) somos más cobardes que las mujeres? ¿O no será que las consecuencias de los fallos indumentarios son mucho más severas para el hombre (ostracismo, despido, etcetera)?

15. De nuevo con la conspiración. Los fabricantes de ropa se esmeran en crear prendas para hombres que se ajustan perfectamente al cuerpo, mientras que para las mujeres, deliberadamente crean ropa fea y mal ajustada, para fregar. No importa lo que ven tus ojos: no importa que a diario ves mujeres que llevan prendas que se ajustan tan estrictamente al cuerpo que parecen una segunda piel. Esa ropa no se vende así: las pobres han invertido incontables horas de "tailoring" para conseguir ese fit tan perfecto. Te lo dice nada menos que Peggy McIntosh (o su oráculo). En serio, esto ya es scraping the barrel.

16. De nuevo, estamos con lo expected. ¿Quién o quiénes "espera" que la autora del documento se gaste un dineral en maquillajes, cremas, acondicionadores de pelo con avena, cerveza y peanut butter como ingredientes estrella? Estoy más o menos seguro que ningún hombre, ya que (lo digo de confianza, no lo esparrames) en esas conversaciones de altas horas de la madrugada entre botellas de cerveza, absolutamente todos los hombres (y algún bakeliano) coincidimos en que el mundo sería mucho más feliz sin maquillajes ni potingues. Tambien sería más feliz si no nos tuviéramos que afeitar, y coger el carro con media docena de trocitos de papel higiénico pegados al cuello y al mentón, pero eso es, quizás, otra historia. (¿O no? El hombre que no se masacra es un neckbeard, la mujer que no se maquilla es simplemente una mujer sana y limpia.)

17. If I’m not conventionally attractive, the disadvantages are relatively small and easy to ignore.

La prueba final, definitiva, de que la autora de este documento en su vida ha hablado con ningún hombre. Al leer esto, no sé si reir o llorar. Esto también:

27. In general, I am under much less pressure to be thin than my female counterparts are. If I am fat, I probably suffer fewer social and economic consequences for being fat than fat women do.

Me pregunto si un infarto miocardiaco es una "consecuencia social o económica". Miren las estadísticas. El corazón del hombre gordo aguanta bastante menos que el de la mujer idem. Pero ¿qué importan unas cuantas muertes entre amigas? La cuestión es que el gordo es un maldito privilegiado. Basta con saber eso, y para lo demás, hablen con mi sombrero de hojalata. La verdad, empiezo a perder la paciencia con esto. Así que saltemos unos cuantos puntos (pregúntenme si quieren) y detengámonos en esto:

26. Magazines, billboards, television, movies, pornography, and virtually all of
media are filled with images of scantily-clad women intended to appeal to me
sexually. Such images of men exist, but are rarer.

Empiezo a creer que mi vocación perdida habrá sido la de defensor de la pornografía contra los embistes de las feministas y demás puritanas. ¿Qué podemos alegar contra tanta estupidez como se demuestra aquí? Soy "privilegiado" porque se me tortura constantemente (y con mi propio y entusiasta beneplácito, porque soy cojudo) con imágenes de diosas inalcanzables? ¿Eso es privilegio? Tal vez lo sería si el mercado femenino para imágenes de scantily-clad men (o hamsters, o lo que fuera) fuera un mercado desabastecido, digamos, si fuera sujeto a los caprichos de un Nicolás Maduro, pero resulta no ser ése el caso. Con bombos y platillos se han lanzado revistas para mujeres en la línea de Playgirl, para verlas fracasar y languidecer en los estantes de los quioscos. ¿Por qué? Porque la mujer, si quiere un scantily-clad man, simplemente agarra el teléfono y en cinco minutos tiene uno en su  dormitorio, uno de carne y hueso y absolutamente gratis (en el peor de los casos), así que para qué iba a comprar revistas? Y en todo caso, lo visual es tan, tan superficial comparado con el poder de la palabra (Arlequin/Mills and Boon) y ésa, que no falte nunca, como el mismo documento bajo análisis demuestra.

Hay una alternativa a todo esto. (Y al progresismo, y todas las demás estupideces pretendidamente morales que han caido alguna vez bajo la lupa de este blog).

Se llama decencia.

Yo no creo en el sexismo (porque tampoco creo en la igualdad: querer igualarse a alguien es en mi universo el colmo del patetismo; antes, mil veces, libertad), y creo que la misoginia es un fenómeno muy raro, casi exclusivamente literario (si quiero misoginia, voy a Strindberg o a Schopenhauer, ambos menos asquerosos y algo más decidores que sus contrapartes vlogueros en YouTube). Sí creo que no todos actuamos con decencia todo el tiempo, ni saben algunas personas lo que aquella palabra significa, en parte debido a ideologías que para con el feminismo tienen una relación de Gran Hermano, que en su día decidieron que no convenía que la gente fuera demasiado decente todo el tiempo, por aquello del huevo y la tortilla, y por ello reemplazaron la decencia por la lucha de clases, que permite hacer caso omiso de la humanidad de media humanidad. Ahora, voy a aventurar una teoría: fuera de este sucio y envenenado submundo lleno de odios y suspicacias ficticias en el que tenemos que pasar valioso tiempo a veces, donde las feministas son las que se han desnudado en la página bajo discusión, seres tristes, envidiosas, paranoicas, mezquinas, puritanas, obsesionadas con las pequeñeces de su aburrida existencia primermundial, rebeccawatsonianas en fin, hay otro tipo de feminista, a la que me place construir aquí un monumento, al estilo del Unknown Soldier:

Tomb of the Unknown Feminist

Ella se preocupa, o se preocupaba, por cosas reales. Actúa o actuaba contra la mutilación genital (sin importarle el sexo del mutilado), contra el matrimonio forzado, contra el totalitarismo wahabita, y en general, islamista, contra los intentos de reprogramación de orientación sexual, contra el tráfico de personas, contra la esterilización forzada, contra las pruebas de virginidad como requisito migratorio, y combina todo esto (milagrosamente, no sé cómo lo hace) con una mentalidad abierta, capaz de razonar y reconocer la verdadera naturaleza del enemigo. Lástima que nunca la conocí: pudiéramos haber sido amigos, y me hubiera enseñado algo. Yo a ella, probablemente nada: soy demasiado enfermo y egoista, y soy el primero en reconocerlo. Es mi triste privilegio.

Sunday, November 24, 2013

Sabiduría

Sabido: el que sabe que otros no saben.
Sabio: el que sabe que no sabe.

Me pregunto a veces qué pensará el televangelista provincial cuando recibe en su mail: antes, yo era un pecador, vivía feliz con mis seis gatos y mis tres mujeres y mis botellas de vino recio y adoraba a los desniveles en los tejados de las casas. Ahora he visto la luz. Ahora me he vuelto a nacer en Cristo. Ahora vivo solo y limpio, en el temor del infierno, y siento un ilimitado desprecio hacia los demás, los condenados y pecadores, que tengo entendido que se llama amor. No puedo agradecerle lo suficiento. Dios le bendiga. Reciba un cheque por $27. Le mandaré más cuando consiga vender mi bicicleta.

¿Qué pensará? (1) Otro día de duro trabajo premiado. Esto da resultado. Mejor que vender enciclopedias de todos modos. (2) Juas juas, pobre hijo de perra, otro cojudo que se ha tragado el cuento de la salvación. De veras, la gente es simple. (3) ¿Seré desalmado? Odio este trabajo. Pero no hay otra. A ver, dónde dejé la botella...

No lo sé. Creo que hay de los tres tipos. Los insensibles, los sádicos y los compungidos y pusilánimes. Yo soy de los terceros. Por lo menos eso creo, porque muchas veces afirmo lo que no sé, o por lo menos defiendo fronteras que no veo. No sé por qué lo hago. Tal vez por cansancio. En la eterna huida ante la duda, hay que plantarse en alguna parte: si no, te devora. Es demasiado esperar 50 años para saber quién carajo eres. Obviamente, busco fronteras inofensivas, y me fijo (aunque no parezca) en quiénes caen a ambos lados.

Lo que sí sé es que el día que alguien me diga: pensaba de otro modo, pero me convenciste, me sentiré una mierda. Una mierda halagada y agradecida, pero mierda. Que el otro me crea al 100% lo que yo, al escribirlo, sólo le pude conceder un 89% de probabilidad - suficiente, habitualmente, para dogmatizar dejando de matizar - me haría sentir un vulgar prestidigitador. Ahora sí, creo que esa duda, esa incertidumbre es cosa de cultivarse. El buen profesor la cultiva en sus alumnos (yo no soy buen profesor... aunque enseñar idiomas tampoco te da mucha cancha. Son de las pocas cosas cuya gramática no elude nuestra comprensión. A cualquiera unos años de inglés le vuelve rotundo y pagado de sí. Todo es tan endiabladamente sencillo y explicable). Entre otras cosas, el saber que no sabes te proporciona aquello que Ernest Hemingway llamaba el requisito más importante de cualquier escritor: el detector de excremento taurino.  Observándote a ti mismo, sobretodo en tus insolentes mocedades, fácilmente te aprendes todos los trucos, todos los tics y los reflejos del que empapela con falsa seguridad las húmedas manchas de sus múltiples ignorancias. Reconoces la falsa racionalización de un prejuicio, la estadística espontánea, el tecnicismo consultado o la anécdota despistadora con la misma facilidad que el músico reconoce un acorde de séptimo disminuido. Sólo que a veces haces caso omiso de tu propio instinto, y pierdes el tiempo discutiendo con evidentes fantoches, por si acaso.

Si nos limitáramos a hablar con quienes nuestro instinto infalible hubiera identificado como fértiles dialogantes, ¡cuán poco hablaríamos!

Aut tace aut loquere meliora silentio, dicen. Hay veces que todo lo todavía alcanzable por tu abaleado cerebro te parece niñería, y el único consuelo es que otros parecen padecer de las mismas limitaciones que tú. (Reconocerse deficiente es cada vez más costoso en estos tiempos de economía.)

El silencio espera cerca, como un amigo demasiado gigante que tal vez al querer abrazarte, te aniquila.

Tuesday, November 19, 2013

"Not blithering, the mountain roe..."

El asilo de ancianos es el sueño erótico de este vetusto. Insisto.

La silla de ruedas es la silla del capitán minutos antes de ser proyectados a través de las galaxias y de los tiempos (toutes les étoiles tombent): por eso te agarras tanto a los brazos, todo miedo y expectativa.

La enfermera, portavoz del clima, relojera de orgasmos, embajadora de talco, desparasita tus defectos personales en una habitación contigua.

Hoy, a las 9 en punto, toca ser victoriano. Empieza a llover, y Londres se llena de putas.

Tú siempre pensabas que hacíamos el amor con música de fondo; ahora empiezas a entender (¡por fin!) que la música hacía el amor consigo mismo a través de nosotros, cómplices fugaces, y que la mascara de juventud y belleza que llevabas puesta era sólo bandera blanca, "no me mates antes de que te dé este mensaje..." Por dentro siempre éramos estos ancianos tontos, imposibilitados, ahora sin mascaras y sin técnicas, desnudos por esta sola y única vez. "Este mensaje..." y ponías el disco, con la cara repentinamente perdida en una sombra.

La música empezó a sonar. (Ésta, por ejemplo, 13:15.)

Y pensabas: ¿cómo es posible que una mujer, entre todos los unicornios, entienda esto? Y observabas esa cara desoladoramente hermosa en busca de señales de química cerebral.

Ahora pocas esperanzas quedan (ella dejó atrás una prometedora carrera de ser otra cosa para convertirse en foto) pero aun así, sigues buscando.


Tuesday, November 12, 2013

Todos tuvimos un diente

Este disco me ratifica lo que siempre pensé: los jóvenes, si se lo permiten, lo saben todo, y el gran misterio es cómo consiguen después olvidarlo. Yo una vez sabía todo, excepto tal vez eso de alegrarte el ánimo, cosa que nunca conseguí hacer, pero estos sí te lo harán. (Creo que se llama talento.)



Cerebricidio

Es mi modesta propuesta para el nuevo Código Pendejo, al cual por lo visto todo el mundo quisiera aportar su granito de arena, sugiriendo nuevos delitos por los que se podría encarcelar a muchísima más gente, o la misma gente pero por más tiempo, en fin, cuando se trata de hacer minga de tipificación ahí es donde aflora lo más noble y generoso del ser humano. Allá va uno pidiendo que se tipifique el delito de tener carro del año sin pedirle permiso al barrio, otro, que se multe a quien por vocación de albañil o simplemente por exuberancia carnal se le sale un poquito de nalga encima del pantalón (perdón, eso fue en la Florida, donde según parece ya no se debe florecer demasiado), otro, que a los estafadores, ya tipificados como delincuentes, se les agregue la pena de tener que sumergirse el cuerpo en aceite hirviendo mientras escuchen un discurso de Ricardo Patiño con fondo de Justin Bieber... y la lista sigue y sigue, crece y crece, pues ¿quién no quisiera que el Estado tipifique como delito el no ser exactamente como uno mismo es? Así se crea sociedad, sí, señor.

Apartado especial merecen los icidios, moda que arrancó con la tontería del femicidio, nuevo delito que consiste en "matar a una mujer por ser mujer", ignorando el dato de que casi siempre que se mata a alguien es por ser lo que es, y muy pocas veces por ser lo que no es, y que en fin, el motivo al cadaver bien poco le importa, y la falta de él, bien poco le consuela. Quienes predijimos que pronto se solicitaría inclusion del tuerticidio, del vecinicidio, del hediondicidio, del bienvestidicidio, del estupidicidio, del asambleísticidio, etcetera, no íbamos muy errados, pues al parecer ya se ha hecho petición formal para que se considere como delito el glbticidio (en serio), delito que consiste en matar a alguien que a la vez sea homosexual, lesbiano, bisexual, transexual e intersexual, presumiblemente por considerar que tal alarde de características deja muy en evidencia a quienes apenas nos quedan ánimos para tener una sexualidad de las más grises, tristes y monótonas que existen. Pero lo curioso de esta nueva petición es que con ella se está cometiendo, con aparente alevosía, el delito de silabicidio, que consiste en crear palabrejas imposibles de pronunciar sin que acudan prestos algunos oyentes dispuestos a practicar la maniobra Heimlich al afectado. En serio, intenta decir "glbticidio" en un restaurante y sabras en un segundo cuántos allá hicieron curso de primeros auxilios.

Por todo lo cual, pues lo dicho: a quien ataque alevosamente a un cerebro humano, sea con ridículas exigencias de nuevos delitos, sea con impresentables defensas de los ya existentes ("crear pánico financiero", "ofrecer servicio Internet sin grabar a los usuarios como si fueran ladrones", etcetera, en fin, vengan totalitarismos, que ya soy viejo y con un pie en el otro barrio), pena maxima: que tengan que asistir en persona, con escolta armada, a todas y cada una de las sabatinas de Correa, hasta que éste muera por vejez y deje el puestito libre, o caiga un asteroide, lo que primero suceda.

Sunday, November 10, 2013

Se busca: genio disléxico

Es dura a veces la vocación de misántropo: siempre enfrentado al riesgo de que por alguna razón, por cualquier tontería, alguien te va a caer bien. Ante lo cual, a veces hay que incurrir en flagrante contradicción para que la mala leche siga llegando (como en Inglaterra en la época prethatcheriana) a todos toditos sin distinguir razas, ni credos, ni "orientaciones", ni talla de zapatos. Yo, por ejemplo, soy pedante por naturaleza, así que siempre me fue fácil odiar a los pedantes. La simple introspección me asegura que el pedante es en realidad un ser infeliz, con baja "autoestima" (reservo un desprecio especial por la gente que habla de "autoestima", pero hace mucho me olvidé de la demostración de que la tal cosa no existe, así que finjamos que sí, que hay gente con "autoestima" y sin ella): tan patético es, que se pondrá a criticar tu gramática, tu ortografía, tu imperfecto dominio de la frase hecha, y todo porque en el fondo sabe que su apego a estos nimios detalles es su única manera de distinguirse. El pedante dice: no tengo ideas, no tengo nada que dar al mundo, soy un ser miserable, irrelevante, pero por lo menos sé lo que significa "bizarro", y sé cuándo "aun" se escribe con tilde y cuándo no... así que, por increíble que parezca, no soy el ser más aborrecible del universe, y mi meta sera encontrar a esos desgraciados que no saben esas reglas, dondequiera que se escondan, y señalarlos con el dedo, para sentirme yo por lo menos mejor que ellos. (Algo similar sucede en el campo moral: quien hace grandes aspavientos acerca de la maldad de los violadores, de las madres abandonabebés, como que quiere ganarse puntos en una carrera moral que ya sabe perdida, cuestión en todo caso de no llegar el ultimo).

Una vez fui a comer con la Núria en un restaurante al fresco, creo que en Sitges. Viendo la carta, mi naturaleza de pedante me obligó a hacer un comentario idiota: "Elado sin h, empezamos bien". La Núria arrancó la carta de mi mano. Buscó la palabra con ojos golosos. Evidentemente, encontrar un Elado era para ella mejor que comerse un helado. Insistió en llamar al camarero para hacerle participe de su descubrimiento. Le largó un sermon sobre "la imagen" que da el error ortográfico en una carta de restaurante. "Yo no la escribí" repuso el camarero, con cara de fachada de hospital en día lluvioso, y se fue. Sentí lástima por la Núria: se había quedado sin humillar a otro ser humano ese día. La verdad, enterarme de que la Núria sabía que helado iba con h fue un descubrimiento para mí: en ese año y media que salí con ella, nunca la vi leer nada más que las etiquetas de precio en las tiendas de ropa. Pero su padre coleccionaba Sorollas, así que ella había ido a esa escuela especial en que las niñas bien aprenden lo justo para no desentonar. Me imagino que la clase sobre la h en helado habría durado una hora bien larga. Hasta la experiencia de verme desnudo no la borró de su mente.

Me pregunto si en algún país del mundo, en alguna época histórica, habrá existido un código de comportamiento decoroso según el cual llamarle la atención a un camarero sobre algo que él no escribió es peor pecado social que olvidarse la primera letra de una palabra. Voy buscando ese país, pero sin encontrarlo.

Repito: soy pedante, así que sé lo que alberga el pedante en su interior. Pero para ser buen misántropo, tengo que sentir la misma mala leche hacia el infractor, hacia el alevoso asesino de aches. Para mí eso me resulta más difícil. Pero algo de eso me nace cuando repaso la lista de los nombres de mis alumnos en mis clases. Ya saben: esas "Esthefannies", esos "Geancarlos", esos "Edinson", esas "Cinthya", esos "Cristhian", esos ubicuos "Jhon" o "Jhonny". Hasta cuando encuentras un John bien escrito, o un Stalin sin e y sin h, es difícil no caer en la herejía de una baja autoestima colectiva, una autoinfligida limpieza étnica, un querer renegarse de las propias raíces, como única explicación del por qué hay padres que prefieren ponerle a sus hijos John antes de Juan, o un nombre de tirano asesino de entre doce y veinte millones de seres humanos antes de uno de algún santo medio olvidado y asesino, como mucho, de un puñado de hediondos saracenos o amariconados albigenses. ¿Por qué, sobre todo, ponerle a tu hijo un nombre que, según las reglas de fonética de tu propio idioma, nadie va a saber pronunciar correctamente? Y quedas pensando que quizás para esos padres tener un hijo es algo así como tener un carro: mejor no tenga nombre que huela a fabricación o ensamblado nacional, eso sólo trae problemas. Los mejores carros tienen nombre italiano, alemán o japonés: los mejores bebés, nombre norteamericano (hasta la fecha, aunque esos Jhonatán tienen destino de hiel y de amargo llanto, viendo en qué está quedando el Imperio últimamente). Parece que nadie piensa, ni por un momento, en hacerle un verdadero bien, un bonito regalo, al hijo de sus entrañas concediéndole un nombre que todo el mundo sabrá pronunciar bien y que no pregone el analfabetismo paterno a los cuatro vientos.

Por lo menos, como contrapartida, está la magnífica facilidad con que el latinoamericano pone apodos. Me enamoré diez veces más de mi mujer al saber que tiene un hermano allá en Naranjal al que todo el mundo, desde la familia hasta el alcalde, conoce como Culito. También sentí una ternura especial al escucharla nombrar con cierta frecuencia a un tal Nego-Nego, oriundo de Durán y conocido suyo, al que le auspicio una prometedora vocación de filósofo de la escuela cartesiana. Aunque por otro lado, nadie ha sabido igualar, en mi experiencia, a ese antiguo conocido mío en Inglaterra, en mi época de músico callejero, conocido universalmente por Dross. Dross es, en sí, una magnífica palabra, evocadora como pocas, y tenerla como legítimo apodo debe ser fuente de permanente orgullo. Por desgracia, nunca me enteré de qué hazañas hay que realizar en la vida para quedarte como Dross. El misterio ése nunca se resolvió,

En fin. La cuestión es que, aunque no consigas sentir ninguna repugnancia especial hacia los gráficamente pecaminosos (entre los cuales supongo que me debo incluir al tener una configuración de blog que insiste en que lo que escribo es inglés y debe corregirse como tal), lo que sí decepciona de ellos es que no te dan asas para reivindicarlos como seres originales y creativos. Vete a YouTube, al apartado de los videos de opiniones fáciles, y ponte a leer los comentarios. Hay una relación directa, geométrica, entre el recuento de gazapos y el cómputo de clichés. Cuanto más errores de ortografía, menos originalidad en el pensamiento. Deprimente pero cierto. Y eso no cambiará hasta que algún ser excepcional, algún escritor de verdadera altura, adopte, reivindique y defienda la mala ortografía, creando moda. Razones no le faltarán: la mala ortografía obliga a leer con más cuidado, abre la puerta a polisemias y confusiones a veces hermosas, marca la individualidad, y sobre todo, frustra a pedantes y a Grandes Hermanos automatizados. Y tiene pedigrí. Shakespeare escribía su propio nombre de cinco maneras distintas. La ortografía es conformismo de borrego sin imaginación y sin futuro. Otra afirmación que sería verdadera en ese imaginario y añorado país que uno nunca consigue del todo encontrar.

Tuesday, November 5, 2013

La sopa

La película Random Harvest, apoteosis de cierto sentimentalismo de lágrima fácil, también es una magnífica película aunque sea por el título, y por aquella pegadiza niebla que representa tan bien como puede aquella extraña enfermedad que, según el novelista, le puede pasar a una memoria en sí excelente (quiero decir que pasada la enfermedad, funciona a la perfección, recordando lo que hay que recordar, no como las memorias reales. The Cartoon Laws of Physics, recuerden). Lo absurdo del argumento no consigue estropearnos esa niebla, que es lo que queda de la película cuando vuelves a la vida. Y te encuentras, como yo ahora, usando la misma niebla para representarte otra cosa: no la pérdida temporal de fichas mentales de datos herméticamente ordenadas, cosa que al fin y al cabo solo sucede en las películas, sino esa sopa, esa pea-souper moral en la que intentas no vivir aunque, por momentos, te rodea.

Y tal vez esos olvidos de los que nunca, nunca te recuperas, que como todo olvido real, nunca son completos y sin su correspondiente cicatriz y misterioso y relamido hueco.

Otra película, The Fisher King, te enseña algo, solamente algo, de lo que piensa un mendigo en una estación de trenes.

"Para no tener que mirarme, es por lo que me pagan." (Como profesor, lo ratifico.)

"Un día piensas: podría coger esas tijeras y clavármelas en el brazo de mi jefe."

El hombre tiene cara de no haber clavado nada en el brazo de nadie.

No hay misterio. Yo soy grandemente creación póstuma de un autor inglés, TH White, que con su Once And Future King me formó en virtud y vicios más o menos a los 10 años. Tras leerlo 30 veces, perdí el libro, así que muy resumiendo: el caballero que se pasa la vida rescatando doncellas, el Lancelot ése, es lógicamente en su interior un hombre cruel, un sádico. "Como todos los crueles, es el más inofensivo, el más suave, el más cortés". (Diría: gentle, pero en castellano la gentillesse nunca se inventó.) Vamos: lo leí con 10 años y a mí me pareció evidente. Pero a los devotos de la extegridad (q.v.) no les parece. Necesitan una cosa u otra. O un inofensivo, o un cruel. No puedes ser ambas cosas a la vez. Descartado. Y si guardas una (cualquiera) de esas facetas para tus adentros, horror de horrores: hipócrita, porque nosotros, o sea la Sociedad, la Cosa Pública, la bienpensanterie, la Twittosphere, en fin, tenemos derecho a eso que nos ocultas, necesitamos saber la verdad.

¿Cuál verdad prefieres? Su Majestad escoja.

No les gusta escuchar eso. Diosecillos en su interior, no quieren ni escoger ni cojear. Quieren toda la tienda.

"Ajá. En el interior él es así. Eso es lo que cuenta, lo que define. Lo de fuera es solo comedia."

¿En serio? ¿Ahora resulta que te importa lo interior? Pues prueba alguna vez de tener uno.

Resulté ser yo ese sádico que se cuida muy mucho de serlo, porque lo es. Tampoco hay misterio: uno crece sabiéndose mendigo, por accidentes que no vienen al caso, y los mendigos tenemos esas cosas, esas fantasias un punto tremendistas. La esperpéntica idea que tiene un mendigo de lo que fuera no ser mendigo ¿te escandaliza? Me parece muy bien. Pero entonces deja de solidarizarte con lo que en el fondo no te gusta, con lo que es ajeno a ti y a tu mundo. Los pobres no somos buena gente. No somos ese "pueblo". Ubícate: el pueblo es un puñado de actores profesionales, eso es todo. Lo demás, ese gran himno patriotiquero hecho de votos imantados y Colgate, es una idea tuya que tuviste antes de desayunar.

(¿Lo de mendigo te parece exagerado? Será porque eres mujer, y de las suertudas. El día que ellas entienden, simplemente entienden, lo que somos todos de mendigos, en este denostado interior, el feminismo se disuelve. Fundar un movimiento social sobre un malentendido: vaya tiempo de sobra que algunas personas tienen. Pero la cosa sigue teniendo cierta gracia. Por muy católico que me criaron, a estas alturas no creo que nadie, por muchos pecados que haya cometido, esté condenado a pasar la eternidad en un ascensor con Rebecca Watson.)

La gente se revela bastante en sus castigos y en sus violencias. Un obseso sexual va por tus testículos. Un narcisista va por tu imagen, por tu honra, por tu credibilidad, que él procesa como amenaza a la suya. Luego escudriña ese paisaje devastado, yermo de bondades, de talentos, de buena onda, de dignidad, y dice: nosotros no somos violentos. Nosotros no desaparecemos a nadie.

Un principio: no hacer el mal. En tu caso, no tocar a nadie. Guarda las composturas, haz el buen papel, y si tienes que ser tú, sélo a solas. No hagas daño, y pásate la vida riéndote tristemente de quienes piensan que no podrías, que no sabrías. Empieza siendo un principio según el cual vives, y termina siendo tú, o no, según para quién y según cómo quieren verlo. En tu mente, por lo menos, funciona. El mandamiento, el imperativo categórico, parece claro.

Luego sobreviene, otra vez, la niebla.

Wednesday, October 23, 2013

Thank you, Zuckers

Hace muchos años (lo cual, en mi sistema de cómputo alzheimerizado, significa "más de dos semanas, por lo menos", o sea, se trata de una fecha remotísima en la historia del universo) una amiga canadiense me contó que tenía un perfil en "Facebook". Hice una búsqueda y di con la guarida de ese tal "Facebook". Recuerdo haber pensado entonces que con un nombre tan ridículo, un diseño tan cutre y unas prestaciones tan mediocres, ese sitio Web era predestinado a gozar de una breve vida útil de fulgurante irrelevancia. Seguramente, el tal "Facebook" no albergaba los datos de más de un puñado de despistados, sobrados de tiempo y con cero conocimientos informáticos. Típico de mi amiga, pensé, buscar una red de amistades tan minoritaria y patética, habiendo muchas opciones más mainstream de hacer vida social cibernética. Sin embargo, me apunté en el acto, simplemente para hacerle compañía y porque pensé "bueno, si cambio de parecer luego me doy de baja en un tris y asunto resuelto".

Qué días inocentes eran ésos. Cuánto los añoro.

Desde entonces, si en algún momento se me hubiese ocurrido especular sobre el perfil psicológico del creador de esa red social, con toda seguridad habría dicho que se trataba de un perturbado mental, eso sí, de pronóstico inofensivo. El trastorno mental quedaba patente en el hecho de que aquel espacio donde el usuario podia publicar mensajes sin destinatario era denominado "Wall". No sé si esta terminología seguirá siendo usada o si Facebook ya se habrá hecho compatible con la cordura lexica, pero sostengo que es imposible ver eso y no pensar en un niño de meses, posiblemente, o de pocos años, que escribe o garabatea en las paredes de su casa en lugar de usar para tales arranques de creatividad un medio tan adulto como el papel, y que quien sigue escribiendo en la pared habiendo ya alcanzado la mayoría de edad probablemente tendrá una familiaridad más que pasajera con el paisaje interior de algún centro de rehabilitación psicológica, aunque sea en horario exclusivamente matutino. Algo más desconcertante era aquel "feature", que el diseñador presentaba con aparente orgullo y sin ninguna explicación, consistente en poder "poke" (hurgar o pinchar con el dedo) a cualquier usuario en cualquier momento, lo que invita a especular sobre una patología sexual bastante exótica, que de hecho figura entre las pocas parafilias o perversiones que yo personalmente no soy consciente de compartir.  En los escasísimos casos en que la comunicación a través de una red social me puede haber llegado a entusiasmar hasta tal punto que haya deseado "hacerle algo" a mi interlocutor, algo físico, propasando aquellos límites impuestos por la cortesía y el decoro y dando vía libre al cariño o al deseo o a la mala hostia, el verbo "poke" dista mucho de figurar entre la lista de las 100 acciones más anheladas (salvo en una de sus aceptaciones coloquiales y poco frecuentes). Pero tal vez en esto el raro soy yo. No puedo descartar completamente esa posibilidad.

(En relación a esto, puede que mi rechazo irracional hacia esa idea de darle fuertes pinchazos con un dedo índice a las costillas de otro ser humano haya nacido de un trauma infantil, concretamente de haber tenido como primero libro de lectura en la escuela una antología de cuentos folclóricos, "Careful Hans and Other Stories", donde relataba sobre una raza de duendes llamados Hobyahs, que se dedicaban a cazar señoras ancianas y decrépitas, meterlas en sacos de lienzo, y luego divertirse pinchándoles con el dedo mientras canturreaban "Look you, look you" con acento sospechosamente galés. Desde entonces, el verbo "poke", fuera del código máquina del añorado ZX80 y las primeras versiones de BASIC, se me asocia mentalmente con cierta deformidad física y tendencias celtas. No sé si esto me servirá de excusa.)


En todo caso, donde el perfil psicológico del creador de Facebook (desde hace poco tiempo entiendo que se trata de un tal Mark Suckerverg) se vuelve un punto más siniestro es en el tema del archiconocido botón de Like. Al principio puede parecer un detalle inofensivo, pero cuando un sistema informático se vuelve (contra todo pronóstico) tan popular como ha sido el caso de Facebook, los detalles adquieren cierto interés. Me refiero a esto:

0 users liked this.

(de la portada del sitio web del Servicio de Rentas Internas, circa 2011)

Fíjense bien en el tiempo verbal utilizado. Si admitimos que un determinado número de visitantes (cero en el caso del SRI ecuatoriano, tropecientos millones en el caso del video de Gangnam Style)  habrán querido registrar públicamente su aprobación de un determinado contenido, sostengo que lo normal hubiera sido reflejar tal hecho usando un tiempo presente, no por nada sino porque "like" es tradicionalmente un state verb, semánticamente desvinculado de las nociones de tiempo y lugar concretos. Este tiempo pasado admite, por lo tanto y según mi modo de ver, dos interpretaciones alternativas o complementarias, a cuál más inquietante. Primero, podría sugerir que el contenido en cuestión le gustó al usuario de un modo fugaz, inscrito en la propia naturaleza del contenido o de la experiencia en cuestión, como si de una simple caricia se tratara. Lo que se revela y se hace público en tal caso no es un gusto, propiamente dicho, es decir una preferencia estable, sino una momentánea susceptibilidad. De igual modo, se invita a considerar el contenido que se publica en la red como simple fuente de experiencias fugaces e intrascendentes. No tienes la opción de declarar que tal o cual contenido (foto, mensaje, canción, documento) se adhiere a un sistema de preferencias estable y coherente que es el tuyo. Simplemente, que en el momento de verlo, de escucharlo, "te gustó". Te hizo cosquillas. Ya está. Tus gustos, tus adhesiones, tus delirios, tus debilidades, no merecen mayor consideración. En segundo lugar, y sobre todo en vistas del maltrato al verbo "like" y sus derivados que se ha perpetrado con la creciente popularidad de Facebook, el "like" zuckerbergiano comienza a revestirse de una denotación nueva y específica como verbo performativo (? - performative verb). Es decir, el significado del verbo no remite a ningún hecho externo, sino que se consume en el propio acto de usar el verbo. De la misma manera que para prometer algo basta con decir "yo prometo", para likear algo bastaría con pulsar el fatal botoncito. Puede que el retrato de Rafael Correa vestido de novio y convenientemente bordeado con pan de oro esperando el virginal y tembloroso sí de parte de la novia electoral, te haya inspirado ganas de vomitar; pero si por descuido pulsaste ese botoncito, lo siento amigo, te ha gustado y bien gustado.

De todo lo cual, se puede deducir que Facebook es una red hecha por y para gente superficial y poco exigente, con severos problemas de déficit de atención y un fuerte rasgo exhibicionista. Pero no quería quedarme en esta constatación, sino ir un poco más allá. Quiero hablar del tema planteado recientemente por el mismo Suckaberg, que no es otro que el de la integridad, aunque esta palabra en boca del mencionado Suckerverga bien podría sustituirse, según creo, por el necesario neologismo "extegridad". Y ahora veremos por qué.

He aquí la cita clave:

“You have one identity,” he emphasized three times in a single interview with David Kirkpatrick in his book, “The Facebook Effect.” “The days of you having a different image for your work friends or co-workers and for the other people you know are probably coming to an end pretty quickly.” He adds: “Having two identities for yourself is an example of a lack of integrity.”

Bueno. Habrá quedado patente que no puedo likear esto. Para conclusiones e interpretaciones evidentes, remito a la página enlazada, que contiene un artículo bastante centrado y sensato al respecto, con las protocolarias referencias a Jung y al simpático de Erving Goffman. Claro: el Chupeverg nos está diciendo que el manejo sofisticado de multiples identidades no entra en la lista de prioridades de su empresa, con lo cual él siente la necesidad de decirle al consumidor qué es lo que le tendría que gustar moralmente y lo que no, siempre de acuerdo con el balance de su cuenta bancaria, lo cual remite a su vez a esa pérdida de inocencia primordial de todo consumidor que en algún momento se haya percatado de que los productos de algunas empresas no reflejan sus preferencias, sino que las intentan crear o manipular por razones de conveniencia. Entonces: ¿un empresario que dice que un producto que él no fabrica no tiene por qué atraerte? Normal, bastante normal. Pero ¿un empresario que dice que un producto que él no fabrica no es apto sino para gente sin integridad? Eso llama más la atención, y más tratándose de una red internacional que coopera visiblemente tanto con los gobiernos nacionales de toda calibre como con la NSA gringa. De bruces, nos encontramos salidos del ropero, tiritando en ese siniestro submundo de oscuros y ostentosos moralismos, poblado de fabulosas bestias, que sirve de fondo a una Ley de Comunicación ecuatoriana, o a un Filtro Antiporno británico. Resumiendo: según el Chupa de marras (e, insisto, de vergas, de suculentas y pingües vergas gubernamentales), aunque ahora puedes actualmente disponer de dos identidades, o media docena de ellas, esa posibilidad va a desaparecer, y bien que desaparezca, pues eso de tener dos identidades es propio solo de gente de la peor calaña, sin integridad. NSA dixit.

¿De veras?

Pensemos un momento en qué significa tu identidad en términos cibernéticos. Puede referirse a dos cosas bien distintas. Por un lado, puede referirse a cualquier contenido o transacción susceptible de ser relacionado con una determinada persona jurídica: números IP, códigos identificadores de máquinas particulares, datos personales reales (nombre, apellido, lugar de residencia, teléfono, etcetera): es decir, todas esas cosas que la tradición cibernética nos aconseja ocultar, por razones obvias, salvo cuando existe una garantía de privacidad. Digo "por razones obvias": en Internet, si alguien se interesa por este tipo de datos se puede estar razonablemente seguro de estar ante oscuros y turbios intereses, trátese del Estado, trátese de algún otro tipo de organización criminal, trátese de algún resentido motivado por la venganza (modalidad dox u otra), trátese de alguna que otra gold digger de las que frecuentan los lugares de alterne al uso, con designios sobre tu cuenta bancaria. Fuera de esto, las compras con tarjeta de crédito y para de contar. A este respecto, conviene señalar que las fotos, tradicionalmente opacas ante cualquier intento de cerca informático, ahora también son rastreables y pueden servir de referencia física, con lo cual su libre publicación encierra mayor peligro que antes: cosa que tal vez a mí me preocuparía más si no tuviera cara de peix passat y de ahí una comprensible alergia a las cámaras.

Por el otro lado, identidad puede referirse a aquello que en lenguaje vulgar llamamos persona, es decir, un conjunto de rasgos (físicos, de expresión o estilo, ideológicos supongo, de carácter obviamente) susceptibles de convertirse en interlocutor y así de sortear aquella prueba Turing instintiva y antecesora de amistades y enamoramientos. Y la persona real, a diferencia de la jurídica/policíaca, nadie pretende ni quiere captarla por completo ni se cree con derecho a entrar en todos sus foros y de pronunciar todos sus nombres, a menos que tenga patología socialistöide, que se crea omnicomprensivo, que se crea un poco diosecillo, que se crea el flautista de Hamlet (que, ojo, no es el de Hamelin, aunque para el caso...).

Pues aclarado esto, yo digo una cosa bien sencilla: pónselo difícil a tus enemigos y fácil a tus (futuros) amigos y amantes.

A los que quisieran dar con tu dirección para patearte la puerta a medianoche (enemigos), no les sigas el juego. Nada de nombres de verdad, nada de fotos (a menos que seas chica lol), nada de pistas. En cambio, a los que quieran quererte, dales asidero. Ten una personalidad. No lo dejes todo para la alcoba: así lo hice yo, y mírame. Puedes arañarte una alcoba virtual, si deseas. Si no lo haces, podrías olvidar tus secretos antes de poder contarlos. Y esto sería un absurdo, puesto que las curvas de tu cuerpo son esculpidos por tus secretos.

Si sigues este consejo, tarde o temprano se te multiplicarán las identidades. ¿Por qué? Pues por una razón muy sencilla, que es la misma que en su día provocó que al elefante, el del cuento, le diagnosticaron esquizofrenia galopante: la gente es ciega. Claro que una diosa griega entraría, idealmente, en escena en el última capítulo, cual Poirot, y en base a todos tus retazos esparcidos por la Web te señalaría como culpable de todo todito, basándose tanto en idiolecta y demás pistas forenses como en su propio hondo conocimiento de psicología, para a continuación lanzarse sobre ti en un arranque de furibunda pasión. Pero sucede que ya no hay diosas griegas (hoy, lo más griego que se puede es multiplicar hijos invisibles y cobrar más de 2.700 euros mensuales por ello): lo que hay es gente con mucho prejuicio y poco seso, que hasta cuando intentas ser lo más recto, ñoño y nónimo posible se queja de tu falta de consistencia y de tu exceso de ironía. Hoy en día, no se puede ser ni mínimamente humano sin que se te acuse de ser Legión y de provocar antisolidarios dolores de cabeza. En otras palabras: cuando dicen integridad quieren decir extegridad, es decir algo que ellos puedan apreciar como integridad sin abandonar ni un solo prejuicio, algo así como un currículum de zombie empresarial, o una ficha de la CIA que tú mismo les hayas preparado para facilitarles el trabajo. Eso es lo que piden. ¿Se lo vas a dar?

Quisieras tener integridad, no, de verdad. Vaya. No encontrarás persona más íntegra que el imbécil del pueblo. Él sí no tiene secretos ni sorpresas: no tiene cómo. Desempaquétate mejor (unpack thyself). Si falta o sobra una pieza, si las instrucciones no son claras, si tu mente parece una infernal creación de IKEA, eso ya se verá. Pero lo primero es desempaquetarse. Separar las piezas en diferentes lugares. Luego verás cómo unirlas. Mi teoría es que la Web nos ayuda con la tarea. Por lo menos, a mí me lo ha hecho, hasta la fecha. Te deseo la misma suerte. Ánimo, anónimo.

Tuesday, October 22, 2013

¿Cuánto tiempo más?


Ser viejo también es esto: añorar la soledad no para masturbarse sino para llorar. Secreciones alternativas.



Igualmente riegan las flores de la arrogante juventud.

Ozymandias cobra vida y se ensaña con las rocas del desierto, inútilmente, provocando risas televisadas. "Aquí una vez hubo agua. Sin ella, nada de lo nuestro se entiende. Peor nuestras inscripciones."



Hoy llega a la clase un joven con cabeza ensangrentada y varios puntos: un robo en la Kennedy, a las 6 de la tarde.

Más adelante una chica se apoya en el marco de la puerta, en diagonal, marcando bezier, para solicitar los dos puntos que le faltan para aprobar. Los códigos de la decencia, perdidos en alguna biblioteca, bajo dos pulgadas de polvo, responsabilizan a quien crea recuerdos (peor sueños) con intención y sin la necesaria alevosía. Cuéntale eso a cualquiera hoy, verás adónde te lleva.




¿Que cómo estoy? Pues plural, chico, plural. Soy por lo menos yo y mi sexo, me doy cada vez más cuenta de ello (y a veces, yo... simplemente me duermo). Tal vez mi error fue prescindir (preso de corrección política, vete a saber) siempre de género. Prueba arrastrando sexo por la vida sin tener género, verás adónde eso te lleva.

Últimamente mi fantasía más insistente es estar en un asilo de ancianos. Me veo realizado en tal sitio. Imagina: tener tiempo, acabársete las responsabilidades, vivir en una silla de ruedas (¿hay algo más sexy que una silla de ruedas?), ver colibríes detrás de la cortina. De joven pensaba que eso era el castigo, la cárcel a la que te condenaba la vejez culposa. Ahora me doy cuenta de que se trata de un paraíso como cualquiera, absurdo como cualquiera, imposible como cualquiera. ¿Cuándo voy a tener tiempo para estar en un asilo de ancianos? ¿Cuándo me dejarán? ¿Quién me lo pagará? Ay, cuántas pendejadas crecen en tu psique como hongos abonados por el mito del estado de bienestar, de los derechos sin culpa ni consecuencia.

Dios salve a mi hijo, y a su generación, de tener "derechos".

Me veo últimamente muy prescindible a la hora de fumar entre clases, y de comer ese horripilante pastel de carne.

El pobre crece sin saber que está hecho de madera, precisamente, de pianos, que las acciaccatura de su infancia en realidad las introdujó un río de un país nubloso que él nunca verá.

Sunday, October 20, 2013

Cómo ser pobre con $6.000 al mes


Apenas hay espectáculo en el mundo más divertido y tierno que ver a un político que intenta dárselas de “hombre del pueblo”. Ahí aparece, en su tarima, rodeado de los micrófonos de sus medios estatales, y en círculos concéntricos, sus guardaespaldas, sus GEO, sus policías, sus ejércitos, todos erizando los sacrosantos fusiles que legitiman el robo y el parasitismo que constituyen su razón de ser, y dice, con cara de no haber redactado un Código:

-          Yo soy uno como ustedes.

No me digan que no es tierno. Ahora, hay casos que, dentro de lo exagerado, rozan la obscenidad, y entre ellos colocaría al de la Sra. Gabriela Ricademeirda, Presidenta de la Asamblea, la que citando a una canción prescindible de un grupo prescindible, y recordando acaso a tan ilustre antecesora como puede ser la dicharachera de la María Antonieta, tuvo a bien recomendar dieta de pan para los pobres, y a los ricos,

-         Qu’ils mangent de la merde.

Como era de esperar, la frase no tuvo la fortuna que ella le había previsto. Como consecuencia más inmediata, dio lugar a cierta confusión entre los cocineros que proveen el menú diario de los señores asambleístas, hasta tal punto que el día siguiente, y echando mano tal vez de alguna vieja receta del emperador Caligula, ya aparecía en la carta del día del comedero de tan ilustre edificio delicias como éstas:

Hors d’oeuvres:

Ors d’ures

Horse d’ung

Entrées:

Cacapés de Caviar

Sopa del Día (y de la Diarrea)

A suivre :

Pot-au-feu de la merde aux petits légumes

Merde au poivre vert

Estiércol aux fines herbes

Desserts:

Cheesecaca

Crap Suzette

Y no creo que se les pueda culpar a los cocineros mencionados haber pensado que, si una persona que gana en exceso de $6.000 mensuales dice que a los ricos hay que ponerlos a dieta de heces, tal persona forzosamente se incluya dentro de tan sabia recomendación, y si la tal persona ostenta el título de Presidenta de Lo Que Sea, que la tal coprofagia confesa se hace extensible a todos y va a misa. Con lo que no contaban era ese fenómeno que podemos llamar corrupción cognitiva, esa peculiar tendencia a creer que “los ricos”, por mucho que uno “tiene”, siempre son los demás, nunca uno mismo, al igual que los “privilegiados”, los “egoístas” y demás fauna de discursos demagogos. En el caso que nos ocupa, sinceramente no creo que la Ricademeirda haya urdido su discurso con fines deliberadamente engañosas, como dando a entender que ella no tiene ni para el autobús a casa, pues es demasiado fácil dar con el Google y descubrir lo que gana un asambleísta raso (más hermetismo veo sobre los posibles alicientes económicos para Presidentas De); más bien creo que la respetable señora, que al parecer no es que le sobren conocimientos ratificados en forma de títulos (le sugiero uno, apto para tebeo asambleístoïde: Bachilleres Of The Universe!) simplemente y quizás fruto de caballeresca cortesía de parte de sus colegas, no ha escuchado la noticia de que al convertirse en asambleísta uno tiene que aceptar ¡oh gran sacrificio! cargar in saeculi saeculona con la condición pública de rico/a, además de la de privilegiado/a, y un montón de cosas más que puede que saquen a relucir en canciones de tus antiguos grupos preferidos de tu época de Reina de Belleza estilo “Quiero Cambiar el Mundo, la Verdadera Belleza está en el Interior, pero Gracias por la Corona”, traidoramente y con condenable alevosía. Por eso necesitamos Leyes de Comunicación, Nuevos Códigos Pendejos y demás, pues. Para que a nadie se le ocurra llamar al pan, pan, y al rico, rico. Como dicen todos acerca de la tal Presidenta, con cara de mimar a un encantador bebé, y yo que me uno también encantado a la tal orgia de sentimentalismo populistoïde, faltaría más: ya aprenderá.

Sí lo creo. Ya aprenderá a no llamar la atención sobre ese pingüe salario que percibe exclusivamente por el laborioso trabajo de creerse superior a los demás, aunque estos demás produzcan riqueza y ella nomás la comparta y reparta: aprenderá a ser otra más de la especie politiquera, experta en arreglar vidas y salarios ajenos mientras alrededor de los suyos, vida y salario, se extiende el círculo de fusiles con bayoneta y alrededor de éste, el miasma de propaganda secomotizada que permite que las tales bayonetas reluzcan siempre limpias y reflejen el sol.  Propaganda que dora con broche de oro el cilíndrico excremento en que se convierte el verbo “tener” tras pasar por un sistema digestivo accionado por la envidia y la superficialidad; y que, inclusive, se recrea en el uso del sustantivo “pueblo”, ese ninguno al cual no hay que ningunear, esa especie de fraternidad mística a la que la Sra Ricademeirda siempre pertenecerá, eso sí por derecho propio, por muchos abortos que prohíba, por muchas poblaciones que oprima, por muchas leyes injustas que deje pasar, por muchos “principios” que traicione, por muchos bolsillos que vacíe y por muchas palabras propias que, a petición del paladar, desdiga.

Sunday, August 11, 2013

OK, let's see if we can't get this shit back on the road

Eliminé este blog un tiempo. Borré mi cuenta de Twitter. Perdí todos mis contactos y lectores. Fue intencional. Fue necesario. Trabajo en el sector público (y ahora en el privado también, en son de pluriempleo), y había concurso público para volver a postularme para el puesto, y no estamos en uno de esos paises míticos donde las opiniones del trabajador público no cuentan para determinar su idoneidad para el puesto. Aparte, estaba en una de mis fases negras. (Nor are we out of it.)

No tengo nada que contar. No he seguido apenas las noticias nacionales. El otro día escuché por la radio a un tal Correa. Era la voz de un extraño, de un irrelevante. Parece que por fin ha descubierto su verdadero talento, como imitador: lo hace bastante bien. Si quieres saber lo que pienso: el día que Nebot le dio la espalda (medio descamisada) a la participación ciudadana firmó la caducidad de su otrora prometedor "modelo de desarrollo". ¿Quieres ser un fósil viviente, Sr Nebot? Adelante, o mejor dicho, bienvenido al club. En todo caso, se trata de una simple opinion. Me estoy hartando un poco de mis opiniones. Este blog, que nació con la promesa de evitarlas a toda costa, ya contiene demasiadas y un poco más.

Me he entretenido enviando artículos ridículos a Gkillcity, en esos domingos cuando la vaguería ha podido más que la responsabilidad laboral. Ellos han publicado ¿dos? ¿tres? de ellos, perdiendo todo mi respeto (no mi agradecimiento) con tal alarde de cojudez. Más adelante los subo acá para que veas lo impublicables que fueron. (Afortunadamente, parece que nadie los leyó.) Y eso que si consulto mi pasado en este blog, veo que alguna vez sí sabía escribir. ¿Qué pasó con eso? Bueno, niños, aprendan: el don de escribir es como cualquier cosa, se puede perder (y espero que recuperar). Se puede perder con bastante facilidad si visitas los tétricos lugares emocionales que yo he frecuentado últimamente. Me costará volver a pensar. Ojalá me dé tiempo para ello.

Mientras tanto, les hago regalo de un nuevo descubrimiento. Por fin: una canción absolutamente perfecta, inmejorable, hasta la última nota, hasta la última palabra de la letra, hasta el último redoble. Además, una que pinta con precision ese accidentado paisaje emocional en el que recién estuve errando, y que ustedes también alguna vez conocieron, o conocen. Disfruten.