Wednesday, October 23, 2013

Thank you, Zuckers

Hace muchos años (lo cual, en mi sistema de cómputo alzheimerizado, significa "más de dos semanas, por lo menos", o sea, se trata de una fecha remotísima en la historia del universo) una amiga canadiense me contó que tenía un perfil en "Facebook". Hice una búsqueda y di con la guarida de ese tal "Facebook". Recuerdo haber pensado entonces que con un nombre tan ridículo, un diseño tan cutre y unas prestaciones tan mediocres, ese sitio Web era predestinado a gozar de una breve vida útil de fulgurante irrelevancia. Seguramente, el tal "Facebook" no albergaba los datos de más de un puñado de despistados, sobrados de tiempo y con cero conocimientos informáticos. Típico de mi amiga, pensé, buscar una red de amistades tan minoritaria y patética, habiendo muchas opciones más mainstream de hacer vida social cibernética. Sin embargo, me apunté en el acto, simplemente para hacerle compañía y porque pensé "bueno, si cambio de parecer luego me doy de baja en un tris y asunto resuelto".

Qué días inocentes eran ésos. Cuánto los añoro.

Desde entonces, si en algún momento se me hubiese ocurrido especular sobre el perfil psicológico del creador de esa red social, con toda seguridad habría dicho que se trataba de un perturbado mental, eso sí, de pronóstico inofensivo. El trastorno mental quedaba patente en el hecho de que aquel espacio donde el usuario podia publicar mensajes sin destinatario era denominado "Wall". No sé si esta terminología seguirá siendo usada o si Facebook ya se habrá hecho compatible con la cordura lexica, pero sostengo que es imposible ver eso y no pensar en un niño de meses, posiblemente, o de pocos años, que escribe o garabatea en las paredes de su casa en lugar de usar para tales arranques de creatividad un medio tan adulto como el papel, y que quien sigue escribiendo en la pared habiendo ya alcanzado la mayoría de edad probablemente tendrá una familiaridad más que pasajera con el paisaje interior de algún centro de rehabilitación psicológica, aunque sea en horario exclusivamente matutino. Algo más desconcertante era aquel "feature", que el diseñador presentaba con aparente orgullo y sin ninguna explicación, consistente en poder "poke" (hurgar o pinchar con el dedo) a cualquier usuario en cualquier momento, lo que invita a especular sobre una patología sexual bastante exótica, que de hecho figura entre las pocas parafilias o perversiones que yo personalmente no soy consciente de compartir.  En los escasísimos casos en que la comunicación a través de una red social me puede haber llegado a entusiasmar hasta tal punto que haya deseado "hacerle algo" a mi interlocutor, algo físico, propasando aquellos límites impuestos por la cortesía y el decoro y dando vía libre al cariño o al deseo o a la mala hostia, el verbo "poke" dista mucho de figurar entre la lista de las 100 acciones más anheladas (salvo en una de sus aceptaciones coloquiales y poco frecuentes). Pero tal vez en esto el raro soy yo. No puedo descartar completamente esa posibilidad.

(En relación a esto, puede que mi rechazo irracional hacia esa idea de darle fuertes pinchazos con un dedo índice a las costillas de otro ser humano haya nacido de un trauma infantil, concretamente de haber tenido como primero libro de lectura en la escuela una antología de cuentos folclóricos, "Careful Hans and Other Stories", donde relataba sobre una raza de duendes llamados Hobyahs, que se dedicaban a cazar señoras ancianas y decrépitas, meterlas en sacos de lienzo, y luego divertirse pinchándoles con el dedo mientras canturreaban "Look you, look you" con acento sospechosamente galés. Desde entonces, el verbo "poke", fuera del código máquina del añorado ZX80 y las primeras versiones de BASIC, se me asocia mentalmente con cierta deformidad física y tendencias celtas. No sé si esto me servirá de excusa.)


En todo caso, donde el perfil psicológico del creador de Facebook (desde hace poco tiempo entiendo que se trata de un tal Mark Suckerverg) se vuelve un punto más siniestro es en el tema del archiconocido botón de Like. Al principio puede parecer un detalle inofensivo, pero cuando un sistema informático se vuelve (contra todo pronóstico) tan popular como ha sido el caso de Facebook, los detalles adquieren cierto interés. Me refiero a esto:

0 users liked this.

(de la portada del sitio web del Servicio de Rentas Internas, circa 2011)

Fíjense bien en el tiempo verbal utilizado. Si admitimos que un determinado número de visitantes (cero en el caso del SRI ecuatoriano, tropecientos millones en el caso del video de Gangnam Style)  habrán querido registrar públicamente su aprobación de un determinado contenido, sostengo que lo normal hubiera sido reflejar tal hecho usando un tiempo presente, no por nada sino porque "like" es tradicionalmente un state verb, semánticamente desvinculado de las nociones de tiempo y lugar concretos. Este tiempo pasado admite, por lo tanto y según mi modo de ver, dos interpretaciones alternativas o complementarias, a cuál más inquietante. Primero, podría sugerir que el contenido en cuestión le gustó al usuario de un modo fugaz, inscrito en la propia naturaleza del contenido o de la experiencia en cuestión, como si de una simple caricia se tratara. Lo que se revela y se hace público en tal caso no es un gusto, propiamente dicho, es decir una preferencia estable, sino una momentánea susceptibilidad. De igual modo, se invita a considerar el contenido que se publica en la red como simple fuente de experiencias fugaces e intrascendentes. No tienes la opción de declarar que tal o cual contenido (foto, mensaje, canción, documento) se adhiere a un sistema de preferencias estable y coherente que es el tuyo. Simplemente, que en el momento de verlo, de escucharlo, "te gustó". Te hizo cosquillas. Ya está. Tus gustos, tus adhesiones, tus delirios, tus debilidades, no merecen mayor consideración. En segundo lugar, y sobre todo en vistas del maltrato al verbo "like" y sus derivados que se ha perpetrado con la creciente popularidad de Facebook, el "like" zuckerbergiano comienza a revestirse de una denotación nueva y específica como verbo performativo (? - performative verb). Es decir, el significado del verbo no remite a ningún hecho externo, sino que se consume en el propio acto de usar el verbo. De la misma manera que para prometer algo basta con decir "yo prometo", para likear algo bastaría con pulsar el fatal botoncito. Puede que el retrato de Rafael Correa vestido de novio y convenientemente bordeado con pan de oro esperando el virginal y tembloroso sí de parte de la novia electoral, te haya inspirado ganas de vomitar; pero si por descuido pulsaste ese botoncito, lo siento amigo, te ha gustado y bien gustado.

De todo lo cual, se puede deducir que Facebook es una red hecha por y para gente superficial y poco exigente, con severos problemas de déficit de atención y un fuerte rasgo exhibicionista. Pero no quería quedarme en esta constatación, sino ir un poco más allá. Quiero hablar del tema planteado recientemente por el mismo Suckaberg, que no es otro que el de la integridad, aunque esta palabra en boca del mencionado Suckerverga bien podría sustituirse, según creo, por el necesario neologismo "extegridad". Y ahora veremos por qué.

He aquí la cita clave:

“You have one identity,” he emphasized three times in a single interview with David Kirkpatrick in his book, “The Facebook Effect.” “The days of you having a different image for your work friends or co-workers and for the other people you know are probably coming to an end pretty quickly.” He adds: “Having two identities for yourself is an example of a lack of integrity.”

Bueno. Habrá quedado patente que no puedo likear esto. Para conclusiones e interpretaciones evidentes, remito a la página enlazada, que contiene un artículo bastante centrado y sensato al respecto, con las protocolarias referencias a Jung y al simpático de Erving Goffman. Claro: el Chupeverg nos está diciendo que el manejo sofisticado de multiples identidades no entra en la lista de prioridades de su empresa, con lo cual él siente la necesidad de decirle al consumidor qué es lo que le tendría que gustar moralmente y lo que no, siempre de acuerdo con el balance de su cuenta bancaria, lo cual remite a su vez a esa pérdida de inocencia primordial de todo consumidor que en algún momento se haya percatado de que los productos de algunas empresas no reflejan sus preferencias, sino que las intentan crear o manipular por razones de conveniencia. Entonces: ¿un empresario que dice que un producto que él no fabrica no tiene por qué atraerte? Normal, bastante normal. Pero ¿un empresario que dice que un producto que él no fabrica no es apto sino para gente sin integridad? Eso llama más la atención, y más tratándose de una red internacional que coopera visiblemente tanto con los gobiernos nacionales de toda calibre como con la NSA gringa. De bruces, nos encontramos salidos del ropero, tiritando en ese siniestro submundo de oscuros y ostentosos moralismos, poblado de fabulosas bestias, que sirve de fondo a una Ley de Comunicación ecuatoriana, o a un Filtro Antiporno británico. Resumiendo: según el Chupa de marras (e, insisto, de vergas, de suculentas y pingües vergas gubernamentales), aunque ahora puedes actualmente disponer de dos identidades, o media docena de ellas, esa posibilidad va a desaparecer, y bien que desaparezca, pues eso de tener dos identidades es propio solo de gente de la peor calaña, sin integridad. NSA dixit.

¿De veras?

Pensemos un momento en qué significa tu identidad en términos cibernéticos. Puede referirse a dos cosas bien distintas. Por un lado, puede referirse a cualquier contenido o transacción susceptible de ser relacionado con una determinada persona jurídica: números IP, códigos identificadores de máquinas particulares, datos personales reales (nombre, apellido, lugar de residencia, teléfono, etcetera): es decir, todas esas cosas que la tradición cibernética nos aconseja ocultar, por razones obvias, salvo cuando existe una garantía de privacidad. Digo "por razones obvias": en Internet, si alguien se interesa por este tipo de datos se puede estar razonablemente seguro de estar ante oscuros y turbios intereses, trátese del Estado, trátese de algún otro tipo de organización criminal, trátese de algún resentido motivado por la venganza (modalidad dox u otra), trátese de alguna que otra gold digger de las que frecuentan los lugares de alterne al uso, con designios sobre tu cuenta bancaria. Fuera de esto, las compras con tarjeta de crédito y para de contar. A este respecto, conviene señalar que las fotos, tradicionalmente opacas ante cualquier intento de cerca informático, ahora también son rastreables y pueden servir de referencia física, con lo cual su libre publicación encierra mayor peligro que antes: cosa que tal vez a mí me preocuparía más si no tuviera cara de peix passat y de ahí una comprensible alergia a las cámaras.

Por el otro lado, identidad puede referirse a aquello que en lenguaje vulgar llamamos persona, es decir, un conjunto de rasgos (físicos, de expresión o estilo, ideológicos supongo, de carácter obviamente) susceptibles de convertirse en interlocutor y así de sortear aquella prueba Turing instintiva y antecesora de amistades y enamoramientos. Y la persona real, a diferencia de la jurídica/policíaca, nadie pretende ni quiere captarla por completo ni se cree con derecho a entrar en todos sus foros y de pronunciar todos sus nombres, a menos que tenga patología socialistöide, que se crea omnicomprensivo, que se crea un poco diosecillo, que se crea el flautista de Hamlet (que, ojo, no es el de Hamelin, aunque para el caso...).

Pues aclarado esto, yo digo una cosa bien sencilla: pónselo difícil a tus enemigos y fácil a tus (futuros) amigos y amantes.

A los que quisieran dar con tu dirección para patearte la puerta a medianoche (enemigos), no les sigas el juego. Nada de nombres de verdad, nada de fotos (a menos que seas chica lol), nada de pistas. En cambio, a los que quieran quererte, dales asidero. Ten una personalidad. No lo dejes todo para la alcoba: así lo hice yo, y mírame. Puedes arañarte una alcoba virtual, si deseas. Si no lo haces, podrías olvidar tus secretos antes de poder contarlos. Y esto sería un absurdo, puesto que las curvas de tu cuerpo son esculpidos por tus secretos.

Si sigues este consejo, tarde o temprano se te multiplicarán las identidades. ¿Por qué? Pues por una razón muy sencilla, que es la misma que en su día provocó que al elefante, el del cuento, le diagnosticaron esquizofrenia galopante: la gente es ciega. Claro que una diosa griega entraría, idealmente, en escena en el última capítulo, cual Poirot, y en base a todos tus retazos esparcidos por la Web te señalaría como culpable de todo todito, basándose tanto en idiolecta y demás pistas forenses como en su propio hondo conocimiento de psicología, para a continuación lanzarse sobre ti en un arranque de furibunda pasión. Pero sucede que ya no hay diosas griegas (hoy, lo más griego que se puede es multiplicar hijos invisibles y cobrar más de 2.700 euros mensuales por ello): lo que hay es gente con mucho prejuicio y poco seso, que hasta cuando intentas ser lo más recto, ñoño y nónimo posible se queja de tu falta de consistencia y de tu exceso de ironía. Hoy en día, no se puede ser ni mínimamente humano sin que se te acuse de ser Legión y de provocar antisolidarios dolores de cabeza. En otras palabras: cuando dicen integridad quieren decir extegridad, es decir algo que ellos puedan apreciar como integridad sin abandonar ni un solo prejuicio, algo así como un currículum de zombie empresarial, o una ficha de la CIA que tú mismo les hayas preparado para facilitarles el trabajo. Eso es lo que piden. ¿Se lo vas a dar?

Quisieras tener integridad, no, de verdad. Vaya. No encontrarás persona más íntegra que el imbécil del pueblo. Él sí no tiene secretos ni sorpresas: no tiene cómo. Desempaquétate mejor (unpack thyself). Si falta o sobra una pieza, si las instrucciones no son claras, si tu mente parece una infernal creación de IKEA, eso ya se verá. Pero lo primero es desempaquetarse. Separar las piezas en diferentes lugares. Luego verás cómo unirlas. Mi teoría es que la Web nos ayuda con la tarea. Por lo menos, a mí me lo ha hecho, hasta la fecha. Te deseo la misma suerte. Ánimo, anónimo.

Tuesday, October 22, 2013

¿Cuánto tiempo más?


Ser viejo también es esto: añorar la soledad no para masturbarse sino para llorar. Secreciones alternativas.



Igualmente riegan las flores de la arrogante juventud.

Ozymandias cobra vida y se ensaña con las rocas del desierto, inútilmente, provocando risas televisadas. "Aquí una vez hubo agua. Sin ella, nada de lo nuestro se entiende. Peor nuestras inscripciones."



Hoy llega a la clase un joven con cabeza ensangrentada y varios puntos: un robo en la Kennedy, a las 6 de la tarde.

Más adelante una chica se apoya en el marco de la puerta, en diagonal, marcando bezier, para solicitar los dos puntos que le faltan para aprobar. Los códigos de la decencia, perdidos en alguna biblioteca, bajo dos pulgadas de polvo, responsabilizan a quien crea recuerdos (peor sueños) con intención y sin la necesaria alevosía. Cuéntale eso a cualquiera hoy, verás adónde te lleva.




¿Que cómo estoy? Pues plural, chico, plural. Soy por lo menos yo y mi sexo, me doy cada vez más cuenta de ello (y a veces, yo... simplemente me duermo). Tal vez mi error fue prescindir (preso de corrección política, vete a saber) siempre de género. Prueba arrastrando sexo por la vida sin tener género, verás adónde eso te lleva.

Últimamente mi fantasía más insistente es estar en un asilo de ancianos. Me veo realizado en tal sitio. Imagina: tener tiempo, acabársete las responsabilidades, vivir en una silla de ruedas (¿hay algo más sexy que una silla de ruedas?), ver colibríes detrás de la cortina. De joven pensaba que eso era el castigo, la cárcel a la que te condenaba la vejez culposa. Ahora me doy cuenta de que se trata de un paraíso como cualquiera, absurdo como cualquiera, imposible como cualquiera. ¿Cuándo voy a tener tiempo para estar en un asilo de ancianos? ¿Cuándo me dejarán? ¿Quién me lo pagará? Ay, cuántas pendejadas crecen en tu psique como hongos abonados por el mito del estado de bienestar, de los derechos sin culpa ni consecuencia.

Dios salve a mi hijo, y a su generación, de tener "derechos".

Me veo últimamente muy prescindible a la hora de fumar entre clases, y de comer ese horripilante pastel de carne.

El pobre crece sin saber que está hecho de madera, precisamente, de pianos, que las acciaccatura de su infancia en realidad las introdujó un río de un país nubloso que él nunca verá.

Sunday, October 20, 2013

Cómo ser pobre con $6.000 al mes


Apenas hay espectáculo en el mundo más divertido y tierno que ver a un político que intenta dárselas de “hombre del pueblo”. Ahí aparece, en su tarima, rodeado de los micrófonos de sus medios estatales, y en círculos concéntricos, sus guardaespaldas, sus GEO, sus policías, sus ejércitos, todos erizando los sacrosantos fusiles que legitiman el robo y el parasitismo que constituyen su razón de ser, y dice, con cara de no haber redactado un Código:

-          Yo soy uno como ustedes.

No me digan que no es tierno. Ahora, hay casos que, dentro de lo exagerado, rozan la obscenidad, y entre ellos colocaría al de la Sra. Gabriela Ricademeirda, Presidenta de la Asamblea, la que citando a una canción prescindible de un grupo prescindible, y recordando acaso a tan ilustre antecesora como puede ser la dicharachera de la María Antonieta, tuvo a bien recomendar dieta de pan para los pobres, y a los ricos,

-         Qu’ils mangent de la merde.

Como era de esperar, la frase no tuvo la fortuna que ella le había previsto. Como consecuencia más inmediata, dio lugar a cierta confusión entre los cocineros que proveen el menú diario de los señores asambleístas, hasta tal punto que el día siguiente, y echando mano tal vez de alguna vieja receta del emperador Caligula, ya aparecía en la carta del día del comedero de tan ilustre edificio delicias como éstas:

Hors d’oeuvres:

Ors d’ures

Horse d’ung

Entrées:

Cacapés de Caviar

Sopa del Día (y de la Diarrea)

A suivre :

Pot-au-feu de la merde aux petits légumes

Merde au poivre vert

Estiércol aux fines herbes

Desserts:

Cheesecaca

Crap Suzette

Y no creo que se les pueda culpar a los cocineros mencionados haber pensado que, si una persona que gana en exceso de $6.000 mensuales dice que a los ricos hay que ponerlos a dieta de heces, tal persona forzosamente se incluya dentro de tan sabia recomendación, y si la tal persona ostenta el título de Presidenta de Lo Que Sea, que la tal coprofagia confesa se hace extensible a todos y va a misa. Con lo que no contaban era ese fenómeno que podemos llamar corrupción cognitiva, esa peculiar tendencia a creer que “los ricos”, por mucho que uno “tiene”, siempre son los demás, nunca uno mismo, al igual que los “privilegiados”, los “egoístas” y demás fauna de discursos demagogos. En el caso que nos ocupa, sinceramente no creo que la Ricademeirda haya urdido su discurso con fines deliberadamente engañosas, como dando a entender que ella no tiene ni para el autobús a casa, pues es demasiado fácil dar con el Google y descubrir lo que gana un asambleísta raso (más hermetismo veo sobre los posibles alicientes económicos para Presidentas De); más bien creo que la respetable señora, que al parecer no es que le sobren conocimientos ratificados en forma de títulos (le sugiero uno, apto para tebeo asambleístoïde: Bachilleres Of The Universe!) simplemente y quizás fruto de caballeresca cortesía de parte de sus colegas, no ha escuchado la noticia de que al convertirse en asambleísta uno tiene que aceptar ¡oh gran sacrificio! cargar in saeculi saeculona con la condición pública de rico/a, además de la de privilegiado/a, y un montón de cosas más que puede que saquen a relucir en canciones de tus antiguos grupos preferidos de tu época de Reina de Belleza estilo “Quiero Cambiar el Mundo, la Verdadera Belleza está en el Interior, pero Gracias por la Corona”, traidoramente y con condenable alevosía. Por eso necesitamos Leyes de Comunicación, Nuevos Códigos Pendejos y demás, pues. Para que a nadie se le ocurra llamar al pan, pan, y al rico, rico. Como dicen todos acerca de la tal Presidenta, con cara de mimar a un encantador bebé, y yo que me uno también encantado a la tal orgia de sentimentalismo populistoïde, faltaría más: ya aprenderá.

Sí lo creo. Ya aprenderá a no llamar la atención sobre ese pingüe salario que percibe exclusivamente por el laborioso trabajo de creerse superior a los demás, aunque estos demás produzcan riqueza y ella nomás la comparta y reparta: aprenderá a ser otra más de la especie politiquera, experta en arreglar vidas y salarios ajenos mientras alrededor de los suyos, vida y salario, se extiende el círculo de fusiles con bayoneta y alrededor de éste, el miasma de propaganda secomotizada que permite que las tales bayonetas reluzcan siempre limpias y reflejen el sol.  Propaganda que dora con broche de oro el cilíndrico excremento en que se convierte el verbo “tener” tras pasar por un sistema digestivo accionado por la envidia y la superficialidad; y que, inclusive, se recrea en el uso del sustantivo “pueblo”, ese ninguno al cual no hay que ningunear, esa especie de fraternidad mística a la que la Sra Ricademeirda siempre pertenecerá, eso sí por derecho propio, por muchos abortos que prohíba, por muchas poblaciones que oprima, por muchas leyes injustas que deje pasar, por muchos “principios” que traicione, por muchos bolsillos que vacíe y por muchas palabras propias que, a petición del paladar, desdiga.