Saturday, November 30, 2013

Male Privilege

El feminismo (ya que preguntas) es una religion como cualquiera, del que para liberarse basta el simple escepticismo racional. Naturalmente, eso les huele a ajo y habrá aspavientos, amenazas y berrinches. Pero es así. Simplemente pon tus dedos en forma de cruz ante la amenazante sombra y repite: no creo en el patriarcado, no creo en la cultura de violación, no creo en el femicidio (sí en el asesinato), no creo en el privilegio masculino, no creo en las utopias estatistas. No comulgo con ruedas de molino, gracias. Ni siquiera con las de Moulinex.

Pero a veces (para reirte, para sorprenderte, para aprender sobre la triste condición humana) conviene echar un vistazo a todo aquello que, como buen Mormón o buen Musulmán o buena Feminista, según el caso, te quieren meter como dogma con categoría de fides ecclesiastica. Bajo la rúbrica de privilegio masculino, por ejemplo, yo siempre suponía que se escondía un simple cuco metafísico, tipo Satanás, pues si las feministas están de acuerdo en una cosa es sobre aquello de que el privilegio no es susceptible de análisis racional: es una cualidad del sujeto que permanece invisible al propio sujeto por mucho empeño que pone en descubrirla: algo como la halitosis, o los cachos, que si lo tienes, te tienen que informar de ello. De esta manera hasta la más modesta feminista se vuelve sacerdotisa con licencia para practicar confesiones y exorcismos. Y tal vez precisamente con ese fin, para poder conceder la absolución caso de hallarse dentro de un determinado sujeto masculino un arrepentimiento genuino, resulta que han desarrollado una declaración de culpabilidad apta para los efectos, una especie de Confiteor:

This list is based on Peggy McIntosh’s article on white privilege. These dynamics are but a few examples of the privilege which male people have.
On a daily basis as a male person…
1. My odds of being hired for a job,

Ya ven. Por si acaso ninguno de estos ejemplos te convence, "oh, pero tenemos muchos más", y de todas maneras, privilegio se escribe en singular: no se trata de "privilegios" específicos, susceptibles tal vez de sopesar y corregir de modo puntual, sino de simples manifestaciones de una verdad inmutable que hasta que termine el mundo justificará odios, suspicacias, desencuentros, rencores, menosprecios, rivalidades y discriminaciones ("acciones afirmativas", sorry). Puede que no te reconozcas en ninguno de los supuestos enumerados, pero de todas maneras eres privilegiado, lo siento, eso está fuera de toda discusión. Nosotras sí te vemos los cachos. Lo único raro es que no escuchas los golpes cuando pasas por aquella puerta.

De todos modos, me parece interesante indagar en esta lista de manifestaciones de privilegio masculino, por lo que nos revela sobre la mentalidad básicamente paranoica de la feminista de tropa. Así, en el apartado 1, ya nos están informando de que a diferencia de una persona feminina, que probablemente tendrá que buscar empleo, como mucho, un par de veces al año, y como poco, una media docena de veces en su vida, la persona masculina, el muy cabrón, está siendo tomado en cuenta para un posible trabajo "on a daily basis", es decir, aunque él no haya llenado ningún formulario ni enviado ningún curriculum últimamente, está en esa base de datos del Patriarcado, que le revisa los datos a diario, y le informará puntualmente cuando salga ese chollo de trabajo para el cual el tener pene es si no requisito indispensable, por lo menos valor altamente apreciado. Claro que todo esto tiene que funcionar un poco en la sombra y a puerta cerrada, pues prácticamente todos los paises desarrollados tienen leyes que sancionan la discriminación laboral por razón de género. Y así, nos hallamos en ese mundo de conspiración tan amado por las feministas, en que más allá de las leyes y de las sanciones, más allá de la conveniencia de contratar a la persona más adecuada para el empleo, y a pesar del efecto destructivo que tiene el ejercicio del prejuicio sobre la competitividad empresarial, está el gran Complot, están las reuniones secretas, están los illuminati, están los hombres que en sus despachos llenos de humo de cigarro se confabulan para asegurar el predominio del cromosoma Y dentro del mundo laboral, aun a riesgo de arruinar sus propios negocios.

 Esta vision paranoica/conspiracionista se desarrolla algo más en los puntos 7 y ocho, a saber:

7. My elected representatives are mostly people of my own sex. The more prestigious and powerful the elected position, the more this is true.
8. When I ask to see “the person in charge,” odds are I will face a person of my own sex. The higher-up in the organization the person is, the surer I can be.

Resulta algo misterioso cómo un electorado mayoritariamente femenino haya dispuesto libremente, mediante el voto, la perpetuación de un "privilegio" (predominio de representantes masculinos) que, supuestamente, excluye y perjudica a ese mismo electorado. ¿Será, acaso, porque una persona que no está presa de paranoia reconoce que el sexo del "representante elegido" es perfectamente irrelevante, tan irrelevante como el color de sus ojos o su grupo sanguíneo? Y si es así, difícilmente se puede conjugar en "privilegio" el posible hecho de que la mayoría de mis "representantes" tengan el mismo grupo O+ que yo tengo. Lo mismo sucede con "la persona a cargo", aunque no la haya votado: si tengo que quejarme con el director del hotel donde me hospedo, tan sólo una feminista puede imaginar que el dato de que éste sea hombre asegurará que mi queja sea bien recibida ("Ah, I see you have a penis, like me. So, what can I help you with? A full refund? Of course, sir, your wish is my command").

Tal vez éste sea el lugar para mencionar, sólo mencionar, que si bien soy en realidad un extraterrestre, proveniente del lejano planeta Bakel (no, no voy a proporcionarles ningún dato sobre esa sustancia que anula todos mis poderes, sería demasiado peligroso), donde no existen realmente "hombres", sino una aproximación muy tímida y parcial al género, el hecho es que en este planeta, por razones de supervivencia (y de rutina) acostumbro pasar por hombre, sin demasiada dificultad (salvo en close-up), y aun así, no consigo encontrar en toda esta larga lista ni un solo punto acorde con mi propia experiencia de hombre putativo. En el tema mencionado, el del trabajo y de los "cargos", toda la vida he trabajado con jefas, salvo en esos 5 años cuando era programador, y ni una sola vez me he encontrado suspirando "ojalá tuviera jefe masculino: ¡qué fáciles serían entonces las cosas!" Simplemente, en un lugar de trabajo serio (lo que excluye, supongo, agencias gubernamentales y otros esperpentos por el estilo) la naturaleza del trabajo, de las responsabilidades, los criterios de empeño y éxito, vienen dictados por las necesidades de la dura competitividad: no hay lugar para algo tan infantil como las simpatías o adhesiones por razón de sexo. Supongo que es por eso que el feminismo, como ideología o religion, florece en la academia y entre las chattering classes; métete en el mundo empresarial y rápidamente verás lo absurdo de tu enfoque, en un mundo despiadado y básicamente asexuado donde lo único que cuenta es el bottom line.

En fin. Sigamos con las demás paranoias, esto es divertido.

2. If I fail in my job or career, I can feel sure this won’t be seen as a black mark against my entire sex’s capabilities.
(...)
11. If I’m careless with my financial affairs it won’t be attributed to my sex.
12. If I’m careless with my driving it won’t be attributed to my sex.
Es difícil saber dónde empezar con esto. Al parecer, a la feminista le importa, y mucho, la imagen pública de "su sexo", tanto, que aun cuando fracasa "en su trabajo o profesión", y tiene que cargar con las terribles consecuencias que esto acarrea, y aun cuando acaba de sufrir un aparatoso accidente de carro, permanece atenta y lacrimosamente sensible a aquella vocecita de aquel baboso imbécil que desde la muchedumbre de la vereda sentencia: "¿Qué quieres? Es mujer al fin." Y la naturaleza de la paranoia se revela, primero, en que toma este comentario descerebrado por vox populi. y segundo, en que se imagina en su inocencia que la persona masculina, el muy privilegiado, nunca tiene que escuchar vocecita igual o parecida. "Bueno, ha quemado su camisa con la plancha, qué quieres, es hombre al fin", "Bueno, ha hecho caer media pared al intentar colocar un cuadro, qué quieres, es hombre al fin", "Bueno, no ha entendido el desenlace de la película, qué quieres, es hombre al fin", "Bueno, no sabe hablar por teléfono y saltear los garbanzos al mismo tiempo, sin que la mitad de éstos queden en el suelo, qué quieres, es hombre al fin", etcetera, la feminista se supone que se tapa los oídos por no escuchar nada de esto, y Dios nos libre de imaginar que alguna vez ella misma se dedique a sembrar comentarios por el estilo, pues eso no sería nada correcto, eso de emitir generalizaciones por razón de sexo, por supuesto que no.

Pero lo que me interesa sobre todo en esto es la construcción de esta atronadora vox populi que en el imaginario feminista tiene tanto poder e infunde esa extraña mezcla de reverencia y furia, propio, dirían los malhablados, de todo un animus jungiano: ese ser abstracto hecho de creencias, actitudes, prejuicios, comentarios, rumores, chismes, todos ellos generales, populares, poco menos que ubicuos si nos atenemos a la literatura de rigor. En este tema, tal vez por deformación profesional mi enfoque ha de ser forzosamente lingüístico. Hace tiempo creí identificar un giro gramatical que me place denominar "la pasiva feminista": en ingles consiste en el empleo de la voz pasiva con un conjunto ampliado de reporting verbs (say, think, believe, expect, see, etc), como en la frase citada "this won't be seen as a black mark..." sin atribución de agente gramatical (es decir, no nos enteramos por quién o quiénes eso "será visto como punto negativo"). Pues bien, el giro en cuestión ha sido desde siempre un recurso de periodistas por evitar revelar sus fuentes de información (o de chismes), equivalente al "se dice", "se cree", "se rumorea", etcetera. Lo novedoso con el feminismo es que la misma estructura gramatical ahora se usa para referirse a creencias supuestamente importantes "en la sociedad", usualmente dañinas, discriminatorias, insultantes: el uso de la voz pasiva permite insinuar que dichas creencias son generales, pero en caso de necesidad, bastaría con una sola cita de un autor insignificante para demostrar que, efectivamente, la tal barbaridad "se dice" o "se cree" (en alguna parte), o "es visto como..." (por alguien, por quien sea). De tal forma que, por razones propagandísticas, en la literatura feminista continuamente se pavonea lo más absurdo, lo más aberrante, lo más indecente que cerebro humano puede concebir, vestido de creencia o prejuicio general, y para muestra de ello, la cita de más arriba.

De ello creo que se puede deducir, si bien de forma algo temeraria, lo siguiente. La feminista es una persona que tiene tan poca fe en sus cualidades como individuo, que se ve inducida a "identificarse" con su sexo, de una manera exagerada e infantil, creyendo que de tal forma podrá conseguir respeto, consideración, deferencia, admiración. Pero para ello, necesita que se elimine, de ese misterioso y temido psique colectivo donde habita el prejuicio social, cualquier mancha sobre la honra y la pureza de la mujer. Ella necesita que la mujer, así en abstracto, sea "vista" como un ser prácticamente divino, libre de cualquier imperfección moral, omnicompetente, infalible en sus juicios, motivada siempre por nobleza y nunca por egoismo... y sobre todo, y esto es un punto importante, siempre, donde sea que exista un conflicto, víctima. De poder conseguir que "la gente" crea eso (y naturalmente, su privilegio femenino le impide apreciar hasta qué punto el objetivo ya está conseguido en muchas latitudes), ella cosechará todos los beneficios en su vida diaria: sonrisas, trabajos, ascensos, últimas palabras, primer lugar en el bote de rescate, alfombras rojas por doquier. Ahora, no estoy diciendo que un prejuicio social arraigado, con consecuencias negativas, no debe de importarle: simplemente, que un ser adulto no "se identifica" con un sexo en su interior, si bien otras personas pueden identificarle así, de modo que en esa carrera de ratas en que todos estamos condenados a participar tendrá un punto muy importante a su favor, verbigracia, la confianza en sí misma basada en sus propias virtudes y no en la pertenencia a una categoría cualquiera, con el consiguiente vaivén de emociones basadas en prejuicios y comentarios babosos al respecto. Y hay que reconocer que los prejuicios babosos son importantes sólo en esa zona restringida del infierno que se llama babósfera. De momento, digo, hasta que Suckerberg tome alguna determinación al respecto.

(Ay, esa vox populi, ese prejuicio social, qué duro es tener que enfrentarse a él cuando va contra ti, y qué dulce y satisfactorio resulta cuando obra a tu favor, y puedes apelar a prejuicios y estereotipos y vaciedades para aplastar a tu adversario, tipo "si no estás de acuerdo conmigo eres sexista, misógino, violador al menos en potencia, además de tener el pene pequeño y pasar el día masturbándote en el sótano de tu mamá." Noticia: la babósfera, ella, no practica exclusiones de género.)

Continuemos.

13. Even if I sleep with a lot of women, there is no chance that I will be seriously labeled a  “slut,” nor is there any male counterpart to “slut-bashing.”


Ajá: el famoso double standard (además de otra voz pasiva feminista). Bueno, las mujeres tienen en su poder remediar esto en un tris: simplemente aumenten su disponibilidad sexual al mismo nivel que el de los hombres, y asunto resuelto. Quiero decir que si yo durmiera con a lot of women, no es que yo no dejara de ser un slut en toda la regla, simplemente sucede que hay palabras más aptas para referirse a tal hazaña, que vienen antes a la mente, entre ellas:  asombroso, increíble, inexplicable, siniestro, perturbador, etcetera, todo ello derivado el hecho notorio y observable de que un hombre, o hasta un bakeliano, promedio, para dormir hasta con una solita mujer tiene que invertir incontables horas de esfuerzo, y muchos dólares, y ejercer su ingenio hasta que el humo le salga de las orejas, y someterse a todo tipo de pruebas a cuál más humillante, mientras que para la mujer, tal como una vez comentó una amiga canadiense que tengo, la cosa es tan fácil como abrir la puerta de la casa, asomar la cara a la calle y gritar: "¿sexo, alguien?" Por tanto, en el hombre tener mucho sexo requiere de muchísimo talento y muchísima técnica, lo cual naturalmente llama la atención, mientras que en la mujer solo requiere desabrocharse un par de botones y ya. Es decir, double standard sí habrá, pero la causa de ello no es el prejuicio o privilegio masculino (tener que suplicar por migajas de sexo, vaya privilegio) sino en el hecho de que por alguna razón el elenco complete del último Miss Universe no está haciendo fila delante de la puerta de mi casa en este momento. Y conste que no me gustan tanto las flacuchitas.

Si fuera mujer, llevaría la denominación slut como medalla de honor. Pero veo que otras ya tuvieron la misma idea. Bien por ellas. A propósito, en mi escuela primaria enseñaban que slut era la desinencia femenina de sloven y significaba una mujer vaga y dejada. Me place todavía interpretarlo así, tiene más gracia, sobre todo cuando estás viendo porno, lugar donde la slut no es precisamente shamed, sino celebrated.

3. I am far less likely to face sexual harassment at work than my female co-workers are.
Esta afirmación, como todas las demás no se cumple en mi propia experiencia, donde yo sí he experimentado acoso sexual (si bien en un pasado remote: a los viejos moribundos no se les acosa, punto a favor de ser viejo moribundo, supongo) y en cambio no me consta que ninguna colega femenina mía haya pasado por lo mismo. Excepto, tal vez, si se incluye en la categoría de "acoso" cosas como miradas intencionadas, comentarios picantes, calendarios de chicas en la pared, en fin, todos esos fenómenos que requieren de una enorme sensibilidad para interpretar como otra cosa que disfunciones conductuales menores y fácilmente llevables fruto del cruel enjaulamiento laboral. Para mí la línea se situa en la inviolabilidad del cuerpo, en el toqueteo. Al otro lado de eso se sitúa la libertad individual, que creo demasiado importante para cuestionar aunque sus practicantes sean babosos imbéciles. Tal vez en esto soy duro de mollera: convénceme de ello.

4. If I do the same task as a woman, and if the measurement is at all subjective, chances are people will think I did a better job.

Así que sorprende más que un hombre haga las cosas bien hechas. Ya lo decía Margaret Thatcher: "if you want anything done, ask a woman". ¿Y eso de pertenecer al sexo incompetente (vox populi dixit), es privilegio?

5. If I choose not to have children, my masculinity will not be called into question.

But it will be if I choose to wear a skirt, to hold hands with another man (except in Italy and the Maghreb), to dislike soccer (except in Canada), to watch a chick flick, to stay at home while the wife goes out to work, etc etc. La lista de motivos por cuestionar la masculinidad de un sujeto es, como cualquiera sabe, prácticamente inacabable: el autor de este documento nos haría creer que todos esos prejuicios se traducen en tantos "privilegios femeninos" (solo que, afortunadamente, el privilegio femenino es una contradicción en sí). Ojalá la cosa ésa de la masculinidad se redujera a tener hijos o no. De todas maneras, creo que eso de cuestionar la feminidad de las mujeres sin hijos es algo decimonónico. Estamos realmente desesperadas si echamos mano de argumentos así: y solo vamos por la 5.

6. If I have children and a career, no one will think I’m selfish for not staying at home.

De hecho, nadie cree eso de las mujeres, que yo sepa, siquiera en Ecuador: a estas alturas, todo el mundo entiende que trabajar es mejor que vivir bajo un puente. Y estamos siempre con lo mismo: necesito, aparentemente, que nadie crea que soy "egoista", porque, que alguien, quien sea, piense algo malo de mí, ay, me muero del disgusto. ¡Sucios hombres, a quienes nunca nadie los tiene por egoistas, hagan lo que hagan!

9. As a child, chances are I was encouraged to be more active and outgoing than my sisters.
10. As a child, chances are I got more teacher attention than girls who raised their hands just as often.


Tal vez sea por eso que las niñas tienen más éxito y mejores notas que los niños en todos los niveles de la enseñanza primaria, secundaria y universitaria, en casi todas las asignaturas. De mi propia niñez lo que más recuerdo es que tanto progenitores como profesores se pasaron el tiempo pegándome, con variedad de instrumentos, mientras que entre mis 3 hermanas, ninguna recibió ni un solo castigo corporal en toda su infancia. Tal vez eso se considera como forma de "encouragement". No sé si se puede contar, sin embargo, como privilegio. Quién sabe.

 14. I do not have to worry about the message my wardrobe sends about my sexual availability or my gender conformity.
15. My clothing is typically less expensive and better-constructed than women’s clothing for the same social status. While I have fewer options, my clothes will probably fit better than a woman’s without tailoring.
16. The grooming regimen expected of me is relatively cheap and consumes little time.


14: mentira. De joven, continuamente me preocupaba que mi ropa enviaba un mensaje de "no disponibilidad sexual", por lo arrugado y llena de agujeros, entre otros detalles. Además, yo toda la vida he deseado con secreta pasión poder vestir una falda (ver post anterior al respecto). Ahora, por la edad y el embonpoint resultante de mi estilo de vida, la tal posibilidad se ha apartado definitivamente de mi existencia. ¿Por qué no lo hice de más joven, cuando todavía tenía cintura para ello? ¿Los hombres (y bakelianos) somos más cobardes que las mujeres? ¿O no será que las consecuencias de los fallos indumentarios son mucho más severas para el hombre (ostracismo, despido, etcetera)?

15. De nuevo con la conspiración. Los fabricantes de ropa se esmeran en crear prendas para hombres que se ajustan perfectamente al cuerpo, mientras que para las mujeres, deliberadamente crean ropa fea y mal ajustada, para fregar. No importa lo que ven tus ojos: no importa que a diario ves mujeres que llevan prendas que se ajustan tan estrictamente al cuerpo que parecen una segunda piel. Esa ropa no se vende así: las pobres han invertido incontables horas de "tailoring" para conseguir ese fit tan perfecto. Te lo dice nada menos que Peggy McIntosh (o su oráculo). En serio, esto ya es scraping the barrel.

16. De nuevo, estamos con lo expected. ¿Quién o quiénes "espera" que la autora del documento se gaste un dineral en maquillajes, cremas, acondicionadores de pelo con avena, cerveza y peanut butter como ingredientes estrella? Estoy más o menos seguro que ningún hombre, ya que (lo digo de confianza, no lo esparrames) en esas conversaciones de altas horas de la madrugada entre botellas de cerveza, absolutamente todos los hombres (y algún bakeliano) coincidimos en que el mundo sería mucho más feliz sin maquillajes ni potingues. Tambien sería más feliz si no nos tuviéramos que afeitar, y coger el carro con media docena de trocitos de papel higiénico pegados al cuello y al mentón, pero eso es, quizás, otra historia. (¿O no? El hombre que no se masacra es un neckbeard, la mujer que no se maquilla es simplemente una mujer sana y limpia.)

17. If I’m not conventionally attractive, the disadvantages are relatively small and easy to ignore.

La prueba final, definitiva, de que la autora de este documento en su vida ha hablado con ningún hombre. Al leer esto, no sé si reir o llorar. Esto también:

27. In general, I am under much less pressure to be thin than my female counterparts are. If I am fat, I probably suffer fewer social and economic consequences for being fat than fat women do.

Me pregunto si un infarto miocardiaco es una "consecuencia social o económica". Miren las estadísticas. El corazón del hombre gordo aguanta bastante menos que el de la mujer idem. Pero ¿qué importan unas cuantas muertes entre amigas? La cuestión es que el gordo es un maldito privilegiado. Basta con saber eso, y para lo demás, hablen con mi sombrero de hojalata. La verdad, empiezo a perder la paciencia con esto. Así que saltemos unos cuantos puntos (pregúntenme si quieren) y detengámonos en esto:

26. Magazines, billboards, television, movies, pornography, and virtually all of
media are filled with images of scantily-clad women intended to appeal to me
sexually. Such images of men exist, but are rarer.

Empiezo a creer que mi vocación perdida habrá sido la de defensor de la pornografía contra los embistes de las feministas y demás puritanas. ¿Qué podemos alegar contra tanta estupidez como se demuestra aquí? Soy "privilegiado" porque se me tortura constantemente (y con mi propio y entusiasta beneplácito, porque soy cojudo) con imágenes de diosas inalcanzables? ¿Eso es privilegio? Tal vez lo sería si el mercado femenino para imágenes de scantily-clad men (o hamsters, o lo que fuera) fuera un mercado desabastecido, digamos, si fuera sujeto a los caprichos de un Nicolás Maduro, pero resulta no ser ése el caso. Con bombos y platillos se han lanzado revistas para mujeres en la línea de Playgirl, para verlas fracasar y languidecer en los estantes de los quioscos. ¿Por qué? Porque la mujer, si quiere un scantily-clad man, simplemente agarra el teléfono y en cinco minutos tiene uno en su  dormitorio, uno de carne y hueso y absolutamente gratis (en el peor de los casos), así que para qué iba a comprar revistas? Y en todo caso, lo visual es tan, tan superficial comparado con el poder de la palabra (Arlequin/Mills and Boon) y ésa, que no falte nunca, como el mismo documento bajo análisis demuestra.

Hay una alternativa a todo esto. (Y al progresismo, y todas las demás estupideces pretendidamente morales que han caido alguna vez bajo la lupa de este blog).

Se llama decencia.

Yo no creo en el sexismo (porque tampoco creo en la igualdad: querer igualarse a alguien es en mi universo el colmo del patetismo; antes, mil veces, libertad), y creo que la misoginia es un fenómeno muy raro, casi exclusivamente literario (si quiero misoginia, voy a Strindberg o a Schopenhauer, ambos menos asquerosos y algo más decidores que sus contrapartes vlogueros en YouTube). Sí creo que no todos actuamos con decencia todo el tiempo, ni saben algunas personas lo que aquella palabra significa, en parte debido a ideologías que para con el feminismo tienen una relación de Gran Hermano, que en su día decidieron que no convenía que la gente fuera demasiado decente todo el tiempo, por aquello del huevo y la tortilla, y por ello reemplazaron la decencia por la lucha de clases, que permite hacer caso omiso de la humanidad de media humanidad. Ahora, voy a aventurar una teoría: fuera de este sucio y envenenado submundo lleno de odios y suspicacias ficticias en el que tenemos que pasar valioso tiempo a veces, donde las feministas son las que se han desnudado en la página bajo discusión, seres tristes, envidiosas, paranoicas, mezquinas, puritanas, obsesionadas con las pequeñeces de su aburrida existencia primermundial, rebeccawatsonianas en fin, hay otro tipo de feminista, a la que me place construir aquí un monumento, al estilo del Unknown Soldier:

Tomb of the Unknown Feminist

Ella se preocupa, o se preocupaba, por cosas reales. Actúa o actuaba contra la mutilación genital (sin importarle el sexo del mutilado), contra el matrimonio forzado, contra el totalitarismo wahabita, y en general, islamista, contra los intentos de reprogramación de orientación sexual, contra el tráfico de personas, contra la esterilización forzada, contra las pruebas de virginidad como requisito migratorio, y combina todo esto (milagrosamente, no sé cómo lo hace) con una mentalidad abierta, capaz de razonar y reconocer la verdadera naturaleza del enemigo. Lástima que nunca la conocí: pudiéramos haber sido amigos, y me hubiera enseñado algo. Yo a ella, probablemente nada: soy demasiado enfermo y egoista, y soy el primero en reconocerlo. Es mi triste privilegio.

Sunday, November 24, 2013

Sabiduría

Sabido: el que sabe que otros no saben.
Sabio: el que sabe que no sabe.

Me pregunto a veces qué pensará el televangelista provincial cuando recibe en su mail: antes, yo era un pecador, vivía feliz con mis seis gatos y mis tres mujeres y mis botellas de vino recio y adoraba a los desniveles en los tejados de las casas. Ahora he visto la luz. Ahora me he vuelto a nacer en Cristo. Ahora vivo solo y limpio, en el temor del infierno, y siento un ilimitado desprecio hacia los demás, los condenados y pecadores, que tengo entendido que se llama amor. No puedo agradecerle lo suficiento. Dios le bendiga. Reciba un cheque por $27. Le mandaré más cuando consiga vender mi bicicleta.

¿Qué pensará? (1) Otro día de duro trabajo premiado. Esto da resultado. Mejor que vender enciclopedias de todos modos. (2) Juas juas, pobre hijo de perra, otro cojudo que se ha tragado el cuento de la salvación. De veras, la gente es simple. (3) ¿Seré desalmado? Odio este trabajo. Pero no hay otra. A ver, dónde dejé la botella...

No lo sé. Creo que hay de los tres tipos. Los insensibles, los sádicos y los compungidos y pusilánimes. Yo soy de los terceros. Por lo menos eso creo, porque muchas veces afirmo lo que no sé, o por lo menos defiendo fronteras que no veo. No sé por qué lo hago. Tal vez por cansancio. En la eterna huida ante la duda, hay que plantarse en alguna parte: si no, te devora. Es demasiado esperar 50 años para saber quién carajo eres. Obviamente, busco fronteras inofensivas, y me fijo (aunque no parezca) en quiénes caen a ambos lados.

Lo que sí sé es que el día que alguien me diga: pensaba de otro modo, pero me convenciste, me sentiré una mierda. Una mierda halagada y agradecida, pero mierda. Que el otro me crea al 100% lo que yo, al escribirlo, sólo le pude conceder un 89% de probabilidad - suficiente, habitualmente, para dogmatizar dejando de matizar - me haría sentir un vulgar prestidigitador. Ahora sí, creo que esa duda, esa incertidumbre es cosa de cultivarse. El buen profesor la cultiva en sus alumnos (yo no soy buen profesor... aunque enseñar idiomas tampoco te da mucha cancha. Son de las pocas cosas cuya gramática no elude nuestra comprensión. A cualquiera unos años de inglés le vuelve rotundo y pagado de sí. Todo es tan endiabladamente sencillo y explicable). Entre otras cosas, el saber que no sabes te proporciona aquello que Ernest Hemingway llamaba el requisito más importante de cualquier escritor: el detector de excremento taurino.  Observándote a ti mismo, sobretodo en tus insolentes mocedades, fácilmente te aprendes todos los trucos, todos los tics y los reflejos del que empapela con falsa seguridad las húmedas manchas de sus múltiples ignorancias. Reconoces la falsa racionalización de un prejuicio, la estadística espontánea, el tecnicismo consultado o la anécdota despistadora con la misma facilidad que el músico reconoce un acorde de séptimo disminuido. Sólo que a veces haces caso omiso de tu propio instinto, y pierdes el tiempo discutiendo con evidentes fantoches, por si acaso.

Si nos limitáramos a hablar con quienes nuestro instinto infalible hubiera identificado como fértiles dialogantes, ¡cuán poco hablaríamos!

Aut tace aut loquere meliora silentio, dicen. Hay veces que todo lo todavía alcanzable por tu abaleado cerebro te parece niñería, y el único consuelo es que otros parecen padecer de las mismas limitaciones que tú. (Reconocerse deficiente es cada vez más costoso en estos tiempos de economía.)

El silencio espera cerca, como un amigo demasiado gigante que tal vez al querer abrazarte, te aniquila.

Tuesday, November 19, 2013

"Not blithering, the mountain roe..."

El asilo de ancianos es el sueño erótico de este vetusto. Insisto.

La silla de ruedas es la silla del capitán minutos antes de ser proyectados a través de las galaxias y de los tiempos (toutes les étoiles tombent): por eso te agarras tanto a los brazos, todo miedo y expectativa.

La enfermera, portavoz del clima, relojera de orgasmos, embajadora de talco, desparasita tus defectos personales en una habitación contigua.

Hoy, a las 9 en punto, toca ser victoriano. Empieza a llover, y Londres se llena de putas.

Tú siempre pensabas que hacíamos el amor con música de fondo; ahora empiezas a entender (¡por fin!) que la música hacía el amor consigo mismo a través de nosotros, cómplices fugaces, y que la mascara de juventud y belleza que llevabas puesta era sólo bandera blanca, "no me mates antes de que te dé este mensaje..." Por dentro siempre éramos estos ancianos tontos, imposibilitados, ahora sin mascaras y sin técnicas, desnudos por esta sola y única vez. "Este mensaje..." y ponías el disco, con la cara repentinamente perdida en una sombra.

La música empezó a sonar. (Ésta, por ejemplo, 13:15.)

Y pensabas: ¿cómo es posible que una mujer, entre todos los unicornios, entienda esto? Y observabas esa cara desoladoramente hermosa en busca de señales de química cerebral.

Ahora pocas esperanzas quedan (ella dejó atrás una prometedora carrera de ser otra cosa para convertirse en foto) pero aun así, sigues buscando.


Tuesday, November 12, 2013

Todos tuvimos un diente

Este disco me ratifica lo que siempre pensé: los jóvenes, si se lo permiten, lo saben todo, y el gran misterio es cómo consiguen después olvidarlo. Yo una vez sabía todo, excepto tal vez eso de alegrarte el ánimo, cosa que nunca conseguí hacer, pero estos sí te lo harán. (Creo que se llama talento.)



Cerebricidio

Es mi modesta propuesta para el nuevo Código Pendejo, al cual por lo visto todo el mundo quisiera aportar su granito de arena, sugiriendo nuevos delitos por los que se podría encarcelar a muchísima más gente, o la misma gente pero por más tiempo, en fin, cuando se trata de hacer minga de tipificación ahí es donde aflora lo más noble y generoso del ser humano. Allá va uno pidiendo que se tipifique el delito de tener carro del año sin pedirle permiso al barrio, otro, que se multe a quien por vocación de albañil o simplemente por exuberancia carnal se le sale un poquito de nalga encima del pantalón (perdón, eso fue en la Florida, donde según parece ya no se debe florecer demasiado), otro, que a los estafadores, ya tipificados como delincuentes, se les agregue la pena de tener que sumergirse el cuerpo en aceite hirviendo mientras escuchen un discurso de Ricardo Patiño con fondo de Justin Bieber... y la lista sigue y sigue, crece y crece, pues ¿quién no quisiera que el Estado tipifique como delito el no ser exactamente como uno mismo es? Así se crea sociedad, sí, señor.

Apartado especial merecen los icidios, moda que arrancó con la tontería del femicidio, nuevo delito que consiste en "matar a una mujer por ser mujer", ignorando el dato de que casi siempre que se mata a alguien es por ser lo que es, y muy pocas veces por ser lo que no es, y que en fin, el motivo al cadaver bien poco le importa, y la falta de él, bien poco le consuela. Quienes predijimos que pronto se solicitaría inclusion del tuerticidio, del vecinicidio, del hediondicidio, del bienvestidicidio, del estupidicidio, del asambleísticidio, etcetera, no íbamos muy errados, pues al parecer ya se ha hecho petición formal para que se considere como delito el glbticidio (en serio), delito que consiste en matar a alguien que a la vez sea homosexual, lesbiano, bisexual, transexual e intersexual, presumiblemente por considerar que tal alarde de características deja muy en evidencia a quienes apenas nos quedan ánimos para tener una sexualidad de las más grises, tristes y monótonas que existen. Pero lo curioso de esta nueva petición es que con ella se está cometiendo, con aparente alevosía, el delito de silabicidio, que consiste en crear palabrejas imposibles de pronunciar sin que acudan prestos algunos oyentes dispuestos a practicar la maniobra Heimlich al afectado. En serio, intenta decir "glbticidio" en un restaurante y sabras en un segundo cuántos allá hicieron curso de primeros auxilios.

Por todo lo cual, pues lo dicho: a quien ataque alevosamente a un cerebro humano, sea con ridículas exigencias de nuevos delitos, sea con impresentables defensas de los ya existentes ("crear pánico financiero", "ofrecer servicio Internet sin grabar a los usuarios como si fueran ladrones", etcetera, en fin, vengan totalitarismos, que ya soy viejo y con un pie en el otro barrio), pena maxima: que tengan que asistir en persona, con escolta armada, a todas y cada una de las sabatinas de Correa, hasta que éste muera por vejez y deje el puestito libre, o caiga un asteroide, lo que primero suceda.

Sunday, November 10, 2013

Se busca: genio disléxico

Es dura a veces la vocación de misántropo: siempre enfrentado al riesgo de que por alguna razón, por cualquier tontería, alguien te va a caer bien. Ante lo cual, a veces hay que incurrir en flagrante contradicción para que la mala leche siga llegando (como en Inglaterra en la época prethatcheriana) a todos toditos sin distinguir razas, ni credos, ni "orientaciones", ni talla de zapatos. Yo, por ejemplo, soy pedante por naturaleza, así que siempre me fue fácil odiar a los pedantes. La simple introspección me asegura que el pedante es en realidad un ser infeliz, con baja "autoestima" (reservo un desprecio especial por la gente que habla de "autoestima", pero hace mucho me olvidé de la demostración de que la tal cosa no existe, así que finjamos que sí, que hay gente con "autoestima" y sin ella): tan patético es, que se pondrá a criticar tu gramática, tu ortografía, tu imperfecto dominio de la frase hecha, y todo porque en el fondo sabe que su apego a estos nimios detalles es su única manera de distinguirse. El pedante dice: no tengo ideas, no tengo nada que dar al mundo, soy un ser miserable, irrelevante, pero por lo menos sé lo que significa "bizarro", y sé cuándo "aun" se escribe con tilde y cuándo no... así que, por increíble que parezca, no soy el ser más aborrecible del universe, y mi meta sera encontrar a esos desgraciados que no saben esas reglas, dondequiera que se escondan, y señalarlos con el dedo, para sentirme yo por lo menos mejor que ellos. (Algo similar sucede en el campo moral: quien hace grandes aspavientos acerca de la maldad de los violadores, de las madres abandonabebés, como que quiere ganarse puntos en una carrera moral que ya sabe perdida, cuestión en todo caso de no llegar el ultimo).

Una vez fui a comer con la Núria en un restaurante al fresco, creo que en Sitges. Viendo la carta, mi naturaleza de pedante me obligó a hacer un comentario idiota: "Elado sin h, empezamos bien". La Núria arrancó la carta de mi mano. Buscó la palabra con ojos golosos. Evidentemente, encontrar un Elado era para ella mejor que comerse un helado. Insistió en llamar al camarero para hacerle participe de su descubrimiento. Le largó un sermon sobre "la imagen" que da el error ortográfico en una carta de restaurante. "Yo no la escribí" repuso el camarero, con cara de fachada de hospital en día lluvioso, y se fue. Sentí lástima por la Núria: se había quedado sin humillar a otro ser humano ese día. La verdad, enterarme de que la Núria sabía que helado iba con h fue un descubrimiento para mí: en ese año y media que salí con ella, nunca la vi leer nada más que las etiquetas de precio en las tiendas de ropa. Pero su padre coleccionaba Sorollas, así que ella había ido a esa escuela especial en que las niñas bien aprenden lo justo para no desentonar. Me imagino que la clase sobre la h en helado habría durado una hora bien larga. Hasta la experiencia de verme desnudo no la borró de su mente.

Me pregunto si en algún país del mundo, en alguna época histórica, habrá existido un código de comportamiento decoroso según el cual llamarle la atención a un camarero sobre algo que él no escribió es peor pecado social que olvidarse la primera letra de una palabra. Voy buscando ese país, pero sin encontrarlo.

Repito: soy pedante, así que sé lo que alberga el pedante en su interior. Pero para ser buen misántropo, tengo que sentir la misma mala leche hacia el infractor, hacia el alevoso asesino de aches. Para mí eso me resulta más difícil. Pero algo de eso me nace cuando repaso la lista de los nombres de mis alumnos en mis clases. Ya saben: esas "Esthefannies", esos "Geancarlos", esos "Edinson", esas "Cinthya", esos "Cristhian", esos ubicuos "Jhon" o "Jhonny". Hasta cuando encuentras un John bien escrito, o un Stalin sin e y sin h, es difícil no caer en la herejía de una baja autoestima colectiva, una autoinfligida limpieza étnica, un querer renegarse de las propias raíces, como única explicación del por qué hay padres que prefieren ponerle a sus hijos John antes de Juan, o un nombre de tirano asesino de entre doce y veinte millones de seres humanos antes de uno de algún santo medio olvidado y asesino, como mucho, de un puñado de hediondos saracenos o amariconados albigenses. ¿Por qué, sobre todo, ponerle a tu hijo un nombre que, según las reglas de fonética de tu propio idioma, nadie va a saber pronunciar correctamente? Y quedas pensando que quizás para esos padres tener un hijo es algo así como tener un carro: mejor no tenga nombre que huela a fabricación o ensamblado nacional, eso sólo trae problemas. Los mejores carros tienen nombre italiano, alemán o japonés: los mejores bebés, nombre norteamericano (hasta la fecha, aunque esos Jhonatán tienen destino de hiel y de amargo llanto, viendo en qué está quedando el Imperio últimamente). Parece que nadie piensa, ni por un momento, en hacerle un verdadero bien, un bonito regalo, al hijo de sus entrañas concediéndole un nombre que todo el mundo sabrá pronunciar bien y que no pregone el analfabetismo paterno a los cuatro vientos.

Por lo menos, como contrapartida, está la magnífica facilidad con que el latinoamericano pone apodos. Me enamoré diez veces más de mi mujer al saber que tiene un hermano allá en Naranjal al que todo el mundo, desde la familia hasta el alcalde, conoce como Culito. También sentí una ternura especial al escucharla nombrar con cierta frecuencia a un tal Nego-Nego, oriundo de Durán y conocido suyo, al que le auspicio una prometedora vocación de filósofo de la escuela cartesiana. Aunque por otro lado, nadie ha sabido igualar, en mi experiencia, a ese antiguo conocido mío en Inglaterra, en mi época de músico callejero, conocido universalmente por Dross. Dross es, en sí, una magnífica palabra, evocadora como pocas, y tenerla como legítimo apodo debe ser fuente de permanente orgullo. Por desgracia, nunca me enteré de qué hazañas hay que realizar en la vida para quedarte como Dross. El misterio ése nunca se resolvió,

En fin. La cuestión es que, aunque no consigas sentir ninguna repugnancia especial hacia los gráficamente pecaminosos (entre los cuales supongo que me debo incluir al tener una configuración de blog que insiste en que lo que escribo es inglés y debe corregirse como tal), lo que sí decepciona de ellos es que no te dan asas para reivindicarlos como seres originales y creativos. Vete a YouTube, al apartado de los videos de opiniones fáciles, y ponte a leer los comentarios. Hay una relación directa, geométrica, entre el recuento de gazapos y el cómputo de clichés. Cuanto más errores de ortografía, menos originalidad en el pensamiento. Deprimente pero cierto. Y eso no cambiará hasta que algún ser excepcional, algún escritor de verdadera altura, adopte, reivindique y defienda la mala ortografía, creando moda. Razones no le faltarán: la mala ortografía obliga a leer con más cuidado, abre la puerta a polisemias y confusiones a veces hermosas, marca la individualidad, y sobre todo, frustra a pedantes y a Grandes Hermanos automatizados. Y tiene pedigrí. Shakespeare escribía su propio nombre de cinco maneras distintas. La ortografía es conformismo de borrego sin imaginación y sin futuro. Otra afirmación que sería verdadera en ese imaginario y añorado país que uno nunca consigue del todo encontrar.

Tuesday, November 5, 2013

La sopa

La película Random Harvest, apoteosis de cierto sentimentalismo de lágrima fácil, también es una magnífica película aunque sea por el título, y por aquella pegadiza niebla que representa tan bien como puede aquella extraña enfermedad que, según el novelista, le puede pasar a una memoria en sí excelente (quiero decir que pasada la enfermedad, funciona a la perfección, recordando lo que hay que recordar, no como las memorias reales. The Cartoon Laws of Physics, recuerden). Lo absurdo del argumento no consigue estropearnos esa niebla, que es lo que queda de la película cuando vuelves a la vida. Y te encuentras, como yo ahora, usando la misma niebla para representarte otra cosa: no la pérdida temporal de fichas mentales de datos herméticamente ordenadas, cosa que al fin y al cabo solo sucede en las películas, sino esa sopa, esa pea-souper moral en la que intentas no vivir aunque, por momentos, te rodea.

Y tal vez esos olvidos de los que nunca, nunca te recuperas, que como todo olvido real, nunca son completos y sin su correspondiente cicatriz y misterioso y relamido hueco.

Otra película, The Fisher King, te enseña algo, solamente algo, de lo que piensa un mendigo en una estación de trenes.

"Para no tener que mirarme, es por lo que me pagan." (Como profesor, lo ratifico.)

"Un día piensas: podría coger esas tijeras y clavármelas en el brazo de mi jefe."

El hombre tiene cara de no haber clavado nada en el brazo de nadie.

No hay misterio. Yo soy grandemente creación póstuma de un autor inglés, TH White, que con su Once And Future King me formó en virtud y vicios más o menos a los 10 años. Tras leerlo 30 veces, perdí el libro, así que muy resumiendo: el caballero que se pasa la vida rescatando doncellas, el Lancelot ése, es lógicamente en su interior un hombre cruel, un sádico. "Como todos los crueles, es el más inofensivo, el más suave, el más cortés". (Diría: gentle, pero en castellano la gentillesse nunca se inventó.) Vamos: lo leí con 10 años y a mí me pareció evidente. Pero a los devotos de la extegridad (q.v.) no les parece. Necesitan una cosa u otra. O un inofensivo, o un cruel. No puedes ser ambas cosas a la vez. Descartado. Y si guardas una (cualquiera) de esas facetas para tus adentros, horror de horrores: hipócrita, porque nosotros, o sea la Sociedad, la Cosa Pública, la bienpensanterie, la Twittosphere, en fin, tenemos derecho a eso que nos ocultas, necesitamos saber la verdad.

¿Cuál verdad prefieres? Su Majestad escoja.

No les gusta escuchar eso. Diosecillos en su interior, no quieren ni escoger ni cojear. Quieren toda la tienda.

"Ajá. En el interior él es así. Eso es lo que cuenta, lo que define. Lo de fuera es solo comedia."

¿En serio? ¿Ahora resulta que te importa lo interior? Pues prueba alguna vez de tener uno.

Resulté ser yo ese sádico que se cuida muy mucho de serlo, porque lo es. Tampoco hay misterio: uno crece sabiéndose mendigo, por accidentes que no vienen al caso, y los mendigos tenemos esas cosas, esas fantasias un punto tremendistas. La esperpéntica idea que tiene un mendigo de lo que fuera no ser mendigo ¿te escandaliza? Me parece muy bien. Pero entonces deja de solidarizarte con lo que en el fondo no te gusta, con lo que es ajeno a ti y a tu mundo. Los pobres no somos buena gente. No somos ese "pueblo". Ubícate: el pueblo es un puñado de actores profesionales, eso es todo. Lo demás, ese gran himno patriotiquero hecho de votos imantados y Colgate, es una idea tuya que tuviste antes de desayunar.

(¿Lo de mendigo te parece exagerado? Será porque eres mujer, y de las suertudas. El día que ellas entienden, simplemente entienden, lo que somos todos de mendigos, en este denostado interior, el feminismo se disuelve. Fundar un movimiento social sobre un malentendido: vaya tiempo de sobra que algunas personas tienen. Pero la cosa sigue teniendo cierta gracia. Por muy católico que me criaron, a estas alturas no creo que nadie, por muchos pecados que haya cometido, esté condenado a pasar la eternidad en un ascensor con Rebecca Watson.)

La gente se revela bastante en sus castigos y en sus violencias. Un obseso sexual va por tus testículos. Un narcisista va por tu imagen, por tu honra, por tu credibilidad, que él procesa como amenaza a la suya. Luego escudriña ese paisaje devastado, yermo de bondades, de talentos, de buena onda, de dignidad, y dice: nosotros no somos violentos. Nosotros no desaparecemos a nadie.

Un principio: no hacer el mal. En tu caso, no tocar a nadie. Guarda las composturas, haz el buen papel, y si tienes que ser tú, sélo a solas. No hagas daño, y pásate la vida riéndote tristemente de quienes piensan que no podrías, que no sabrías. Empieza siendo un principio según el cual vives, y termina siendo tú, o no, según para quién y según cómo quieren verlo. En tu mente, por lo menos, funciona. El mandamiento, el imperativo categórico, parece claro.

Luego sobreviene, otra vez, la niebla.