Saturday, December 27, 2014

Teología + ciencia: se recomienda Digeril

"La ciencia defiende cada vez más la existencia de Dios": título impagable de un artículo de ecuavisa.com. Apena ver cómo este canal se rebaja a este tipo de periodismo.

"La ciencia" no defiende tal cosa, ni mucho, ni poco, ni "cada vez más", ni "cada vez menos". Veamos por qué no puede hacerlo:

(1) No existe una definición estable de "Dios". Para las religiones monoteístas, como el cristianismo, el Islam y el Judaísmo, Dios es el Ser Supremo, y es singular por definición. No puede haber multiplicidad de "Dioses", pues al existir otros seres de equivalente rango (en cuestión de "poder", "inteligencia" o elige tú la variable), ninguno de esos seres sería verdaderamente "supremo". En cambio, otras religiones sí postulan un panteón plural, pues para ellas la supremacía por encima de los demás seres no forma parte de la definición de un Dios. Es suficiente que el dios propuesto combine ciertas características humanas con otras sobrehumanas, en un cóctel cuyos ingredientes dependen de la religión en cuestión. "Dios" es un término semánticamente inexacto, culturalmente relativo, y por ende, científicamente problemático. Es imposible "defender la existencia de" algo que carezca de una definición consensuada.

(2) A más de ser impreciso, el término "Dios" es engañoso en el contexto que nos ocupa. Lo es porque la mayoría de lectores en un medio ecuatoriano como ecuavisa.com, por su propio contexto cultural, estarán acostumbrados a identificar "Dios" con ese ser proteico de la Biblia cristiana, que empieza siendo Yahbooh, el viejo malhumorado, rencoroso y un poco sádico, luego pasa una temporada corta como Yeshsiree, el hippie barbudo, cuentista y buena onda, luego se transforma en Logos, el sueño húmedo del bachiller en filosofía griego del siglo I, para terminar siendo Jebús 2.0, el joven y exitoso emprendedor de Revelaciones, fundador de una ciudad-república con muy estrícta política inmigratoria (modelo de rol para Nigel Farage, según rumores). En cambio, lo que la ciencia defiende "cada vez más", según el artículo, es algo muy diferente: una "inteligencia" que a la vez fuera "creador" y que de algún modo ignoto "dispuso" esa confluencia de circunstancias que dio lugar a la aparición de la vida sobre la Tierra. Es importante constatar que, aunque fuera verdad que "la ciencia" apoyara la existencia de esta "inteligencia creadora", nadie nos dice que este ser en algo se asemejara al Dios de la Biblia o de cualquier iglesia, religión o secta. De hecho, existen multiplicidad de motivos por considerar que la "inteligencia" es un atributo que brilla por su ausencia en la teología cristiana... pero eso es cuestión aparte.

(3) Examinemos más de cerca el argumento que se nos propone (debo mencionar que no tengo subscripción al Wall Street Journal, así que tengo que limitarme a la versión que nos brinda Ecuavisa):

A. El surgimiento de la vida en nuestro planeta depende de que el valor de una serie de variables ("más de 200", según el artículo) esté dentro de un determinado rango.
B. La probabilidad de que, en algún lugar de nuestro universo, estos valores hayan coincidido en un solo planeta de manera aleatoria, es muy pequeña.
C. En cambio, si existiera una "inteligencia creadora" capaz de influir en estos variables, la probabilidad de que ellos asuman los valores necesarios para la creación de la vida aumenta significativamente.
D. Entonces, las probabilidades están a favor de la intervención de una inteligencia creadora en el origen de la vida en nuestro universo.

Debo mencionar que la primera vez que leí el artículo, me llevé la impresión de que este argumento había sido formulado por algún científico. Cuando me lo examiné de cerca, me pareció tan flojo que hasta me sorprendí de que un científico serio pudiera proponerlo. Tuve que volver a leer el artículo original para darme cuenta de mi error: quien aventura esta tesis no es ningún científico, sino un tal Eric Metaxas, simple escritorcillo, sobre cuya biografía de Bonhoeffer el Tío Wiki nos informa:

Bonhoeffer scholars have criticized Metaxas's book as unhistorical, theologically weak, and philosophically naive.

Estas dos últimas palabras creo que resumen el argumento presentado. Veamos rápidamente:

A. Obvio.

B. Sí, pero "muy pequeña" no nos dice apenas nada. El cómputo de probabilidades en un caso así es horrendamente complicado, pues para cada "parámetro", necesitaríamos saber, primero, la probabilidad general de que asuma un valor apropiado, segundo, de qué manera los valores de otras variables relacionadas pueden influir, positiva o negativamente, sobre esa probabilidad general (se supone que estos parámetros no son todos independientes el uno del otro). Que yo sepa, ningún estudioso hasta la fecha nos ha dado un valor numérico siquiera aproximado para el cómputo en cuestión. Lo cual no es sorprendente, ya que todavía hay mucho por descubrir sobre las condiciones necesarias para la aparición de la vida.

De modo parentético, diré que no me extrañaría si la "probabilidad" que el autor original maneja se refiere a un planeta cualquiera, y no al universo entero de planetas. Hay algo de diferencia entre las dos cosas. Consulte a Sagan.

C. Absolutamente inadmisible, por dos razones principales. Primero, porque estamos intentando comparar una probabilidad "muy pequeña" pero numéricamente imprecisa con una probabilidad totalmente desconocida (eso me recuerda un poco The Famous Blue Stone of Galveston). Caso de existir una "inteligencia creadora" tal como se postula, nadie sabe cuál es la probabilidad de que la vida surja a base de una voluntariosa intervención suya. Es perfectamente posible que a una "inteligencia creadora" eso de fomentar la aparición de la vida en la Tierra le parezca una pésima idea. Es posible incluso imaginar que la vida apareció en la Tierra a pesar de los mejores intentos de suprimirla, por parte de esa Inteligencia Superior. De hecho, si yo fuera esa inteligencia creadora, me lo pensaría mucho... y si fuera capaz de prever adónde llevaría el experimento, digamos, hasta las puertas de Auschwitz, capaz decidiría que no valía la pena y que la Tierra quedaba mejor sin vida. De modo que, si queremos postular una intervención exterior que "ayudara" a que la vida apareciera, tal vez tenga más sentido hablar de una Estupidez Creadora. O de un Sadismo Superior, o algo así.

Puede no parecerlo, pero aquí hay una cuestión seria. Estamos diciendo que la poca probabilidad de la aparición de la vida apela a una explicación basada en la intervención de una fuerza exterior, actualmente desconocida para la ciencia. Puede que sí. Pero suponer que esa fuerza exterior tenga algo que ver con alguna "inteligencia" es una insensatez... y aquí llegamos a la segunda razón que mencioné. Puede que no seamos muy inteligentes, como especie o como blogueros (tú eliges), puede que haya muchas cosas que no sepamos sobre la inteligencia (Turing Test, anyone?) pero de momento todas las evidencias apuntan a que la inteligencia necesita, para existir, un sustrato físico, y más concretamente, la existencia de un ser vivo. La limitada inteligencia de una computadora necesita de un hardware sofisticado creado por seres vivos. La de los seres humanos, de un cerebro, es decir un órgano físico de un ser vivo. De modo que cualquier "inteligencia", al parecer, requiere para existir el previo desarrollo de la vida. Por eso, decir que la vida apareció por primera vez como consecuencia de una vida que ya existía es un sinsentido. Sería como decir que la República fue creada por decisión del entonces Presidente de la República, o que la Constitución se escribió porque su existencia fue requerida por la Constitución.

"No, pero yo me refiero a una Inteligencia de otro tipo, no material..." Ya. Y ¿hace un momento hablabas de "probabilidades"? ¿Cuál es la probabilidad científica de que exista una inteligencia que no tenga sustrato material, es decir, que exista en la ausencia de todos los "parámetros" mencionados? Según nuestra actual comprensión de lo que significa inteligencia, absolutamente nula. Suck on that.

En resumen, se intenta explicar la existencia de un hecho poco probable apelando a la supuesta existencia de un ser todavía menos probable. Ockham no está contento.

D. Volvamos al principio. La probabilidad de que exista vida en la tierra es "muy pequeña"... en nuestro universo. Pongámosle una cifra arbitraria: 1 en 6, digamos. Esto significa que si nuestro universo es el resultado de una lanzada de dado, se requerirían 5 lanzadas más para que la probabilidad de sacar este 6 se acerque a un valor razonable, es decir, para que exista un universo con vida. Ahora bien: ¿cuántos universos existen? Nadie lo sabe. Algunos dicen que muchos, o una infinidad de ellos. La verdad, la cuestión me deja indiferente, siempre que no me pidan pagar impuestos en todos esos universos alternativos en los que supuestamente habré tenido más suerte en el tema financiero (SRI favor desatender).

En fin, en esta cuestión como en tantas otras, mi limitada inteligencia me aconseja quedarme con lo que haya sido la última opinión expresada por Stephen Hawking, por si las moscas.





Nota: he editado la versión original de este post, eliminando un calificativo referente al periodismo de ecuavisa.com, por considerarlo injusto. Pero me ratifico en que el artículo no da la talla. El título podrían haberlo puesto entre comillas, por referirse a una simple opinión y no a un hecho verificado. Un título más apropiado, según mi modo de ver:

Articulista que no es científico sostiene que la Ciencia defiende cada vez más, &c

Lo que nos hace esperar ansioso la aparición de títulos como

Un completo ignorante en medicina cree que el consumo de encebollado previene contra el cáncer.

¿Esto es periodismo?


N.N.B. Después de escribir este post me topé por serendipity con esto. El autor me da mil vueltas en cuanto a claridad y elegancia en su argumentación, así que no puedo menos que recomendarlo (y el sitio en general, para todo aquel que se defina como "teista en fase de recuperación": encontrará ahí almas gemelas, sin duda.)

Thursday, December 25, 2014

Gracias, Orlando

Su artículo navideño me iluminó tanto como la lectura de un soneto de Nerval iluminaría a quien busca una buena receta para el relleno de pavo. Ya sé, la culpa es mía: es absurdo esperar que un artículo con el título festivo de "¿Cuánto de popular hay en las demandas de los movimientos indígenas?" pudiera dar alguna pista sobre cuáles son esas demandas. Pero por lo menos quisiera aprovechar la ocasión para señalar mi incipiente curiosidad por saber qué demandas tienen, en la actualidad, los movimientos indígenas del Ecuador: si algún lector, indígena o no, quisiera ilustrarme algo al respecto, ahí está la caja de comentarios.

Claro que como seguidor superficial de las páginas de las noticias, estoy consciente de que hay un edificio en Quito que la CONAIE ocupa desde hace 25 años y que el gobierno ahora, de manera sorpresiva, quiere destinar a otros usos. A mí me parece que ubicar la sede de tu organización en un edificio que, a más de no ser tuyo, pertenece al enemigo, es ser cojudos en grado culposo, pero igual hay algún aspecto de la cuestión que me elude, y a más a más, confesaré que mis conocimientos sobre la figura legal del comodato brillan por su inexistencia. (Como dato aparte, mencionaré que el régimen de vivienda que mejor he conocido a lo largo de mi vida ha sido, precisamente, el incomodato.)

Cambiando de tema un poco, me parece que idéntico grado de cojudez demuestra esa organización que, desde un apartamento alquilado o cómodamente cedido, se pone a denunciar a su propio terrateniente, y esa mujer que, tras cerciorarse de que el hombre desconocido que tiene al lado en el tren subterráneo es un simio antisocial, que además va armado (una taza de chocolate caliente), le interpela sobre sus malas costumbres. Creo que hasta ahí podemos estar todos de acuerdo: como reza el refrán, discretion is the better part of valour. Pero la anécdota enlazada, a la que pienso volver, me pone sobre la pista de un tema de fondo que quisiera explorar también un poco, mayormente para enterarme yo mismo de lo que pienso al respecto. Así que (esto amenaza con ser largo):

Hace muchos, muchos años, hablamos tal vez del año 1986 o por ahí, yo iba viajando en un tren nocturno desde Madrid a Irún-Hendaye, con vistas a continuar luego el viaje a París y más allá. El tren iba lleno, y me resigné enseguida a hacer el viaje de pie, o acurrucado en una esquina de uno de los pasillos, como muchos viajeros más (la inmensa mayoría jóvenes estudiantes) ya estaban haciendo. No recuerdo cómo fue, entablé conversación con una chica de mi misma edad, una inglesa creo que fue, o tal vez estadounidense, no recuerdo bien, aparentemente de clase media y estudios superiores y de trato muy agradable. Como ella expresaba cierta frustración por el hecho de tener que viajar de noche sin asiento, decidí por mi cuenta ayudarla a resolver el problema. Empecé a mirar dentro de las cabinas de segunda clase. Al final hallé una que tenía una plaza vacía. Las otras cinco plazas, de un total de seis (tres y tres, enfrentadas) iban ocupadas por hombres jóvenes que por su aspecto pensé que probablemente eran magrebíes. Sin pensármelo más, fui a buscar a la chica.

- Mira, he encontrado una plaza vacía en una cabina, si quieres sentarte.

- Ah, maravilloso. ¿También para ti?

- No, sólo hay una.

La chica dudó un instante, como procesando si tal alarde de "caballerosidad" merecía una reprenda por sexismo o no. Al final su cara llegó a la conclusión de que lo que había allí no era rancia caballerosidad sexista, sino simple cojudez de tonto pueblerino, y sonrió. - Gracias.

La acompañé por el pasillo, mentalmente prendiendo en la solapa de mi descosido saco una medalla de los Boy Scouts por la Buena Acción del Día. Cuando llegamos a la cabina, abrí la puerta deslizante, dije "allí está, plaza vacía", ella echó un vistazo dentro, dio media vuelta, y me miró con cara de ilimitado desprecio. "Qué eres, algún tipo de pervertido," me espetó, y se alejó rápidamente por el pasillo.

Me quedé anonadado. Al final, decidí que la inexplicable rareza de esa chica no era cortapiés para yo aprovecharme de ese asiento libre. Coloqué mi maleta en el estante superior y me senté. Al cabo de un minuto, uno de los supuestos magrebíes que iba ahí, con cara de muy pocos amigos, se inclinó hacia mí con un gesto amenazador. Echo un rápido vistazo hacia sus compañeros, y luego dijo: "¿Qué querías hacer, metiendo aquí a esa mujer?" Me rasqué la cabeza. "Ofrecerle un asiento para el viaje," contesté, intentando devolverle la mueca de pocos amigos lo mejor que pude, para no desentonar. El otro dudó, luego hizo un gesto como señalando la enajenación mental de su interlocutor, y se repantigó de nuevo en su asiento, hablando con sus compañeros en árabe. No dije más en lo que quedó del viaje.

Me parece que esta historia demuestra una de dos cosas. Descartemos primero la conjetura de la chica: sí, efectivamente, da la casualidad de que soy algún tipo de pervertido, pero no ese tipo. Dedicarme a buscar un asiento para alguien en un tren atestado no entre en la lista de mis 20 fantasías sexuales favoritas. Entonces, la conclusión a sacar podría ser que esa chica era simplemente una estúpida. No por el evidente hecho de que no quería compartir cabina en horario nocturno con esos cinco hombres, lo cual encuentro perfectamente comprensible (ahí llegaremos) sino por proyectar sobre mí la parte culposa de sus propios temores y prejuicios. Podría haber dicho simplemente, con una sonrisa apaciguadora: Gracias, pero creo que me quedaré acá fuera. ¿Por qué no te sientas tú allí? y asunto concluido.

Entre las posibles razones por que no lo hizo: si después de mirar la gente que viaja en una cabina, luego rechazas entrar a acompañarles, tal rechazo podría interpretarse como una muestra de prejuicio. Obviamente, una chica de clase media y estudios superiores no va a decir: ¿Estás loco? ¿Meterme en una cabina con cinco marroquíes? No va a decir eso, porque suena terriblemente racista. Pero en este caso, nada le hubiera impedido decir: "No, gracias, prefiero no compartir cabina con cinco hombres", acompañándolo con uno de esos eye-rollings, de indulgente resignación ante la estupidez ajena, que toda anglosajona tiene en su arsenal (muchas incluso no tienen nada más que eso). Si bien el racismo está mal visto, la misandria (una forma de sexismo) es otra historia. Es hasta políticamente correcta. Es y era. Por eso digo: para mí, la chica queda como una estúpida. Tenía salidas perfectamente urbanas ante la situación. No era necesario acusar a nadie de ser pervertido.

Pero hay otra interpretación supongo que igualmente válida: que el estúpido fui yo. Fui estúpido por no haber aprendido cierta norma social, que de haberla tenido bien digerida, me hubiera impedido hacer así el ridículo, invitando a una chica que ningún mal me había hecho a exponerse a una situación, para ella, embarazosa y desagradable. Lo único que puedo decir al respecto es que sigo sin conocer la norma social en cuestión (si alguien quiere explicármelo, ahí está la caja de comentarios). Ella quería un asiento. Yo encontré un asiento y de bondad se lo ofrecí. Punto. Es cierto que cuando vi aquel departamento por primera vez, me pasó por la mente algo así como "estos tipos, por su aspecto, dan un poco de miedo". Es también cierto que cuando yo finalmente ocupé ese asiento, no iba cómodo: me negué a dormir porque se me ocurrió que ellos podrían robarme, que me despertaría sin mi equipaje. Pero no soy tan, cómo lo digo, tan primitivo como para pensar que mis prejuicios y miedos necesariamente serán compartidos por el resto de las personas. Porque de eso se trata, precisamente: de prejuicios.

Pre-juicios: juicios preliminares que haces antes de poder disponer de mayor información. Todos los manejamos cotidianamente. Si voy caminando de noche por una calle casi desierta, y en dirección contraria viene una chica bajita, con tacones y falda corta, no me sentiré en peligro, o digamos que mi peligrómetro registrará un valor mínimo de 0.7 sobre una escala de diez. El de la chica, previsiblemente algo así como un 6.7: quien viene hacia mí es hombre, es alto y algo corpulento... pero por su manera de vestir y sus facciones y sobre todo su edad, parece un hombre inofensivo, un viejo ratón de biblioteca o algo así... aunque los hombres de esa edad nunca se sabe, bastantes viejos verdes hay, y es horrorosamente feo... ¿dónde está el Mace por si acaso?...  Si quien viene hacia mí, o hacia ella, es un grupo de tres hombres jóvenes, vestidos con wifebeaters, y uno de ellos lleva un bate de beisbol, y otro demuestra un leve grado de embriaguez por su forma de caminar, creo que el peligrómetro tanto mío como de ella registrará un valor más alto, algo así como un 7.8 (yo) o un 8.8 (ella). Y si a más de los datos mencionados, da la casualidad de que los tres hombres son inmigrantes, aparentemente de uno de esos países que tienen en común una mayoritaria adhesión al Islam, esa religión impresentable que desprecia a las mujeres, es posible que en algunas personas (yo mismo, si soy esa chica) el peligrómetro suba un poquito más, hacia 8.9 o hasta 9.1, dependiendo de cuáles han sido mis últimas lecturas de prensa sensacionalista o datos estadísticos de crímenes violentos. Si soy la chica, agarro el Mace firmemente con la mano derecha, mi desarmador favorito en la otra y, por precaución, cruzo la calle. Son simples estrategias de supervivencia.

Si el prejuicio no admite rectificación ante la abrumadora evidencia, merece otro nombre: posjuicio tal vez. Cuídate de ellos: dan cáncer.

En el caso mencionado, entonces, la chica vio un departamento con cinco hombres que por su aspecto parecían peligrosos. Sí, eran sus prejuicios los que la llevaron a esa conclusión (siempre suponiendo que si los cinco hombres hubieran sido blancos, de clase media y avanzada edad, y que discutían sobre teología cristiana mientras alguno de ellos ajustaba su cuello de pastor o sacerdote, ella hubiera aceptado el asiento sin mayores dificultades). Sobre ese tipo de prejuicios hay mucho que decir: de entrada, creo que hay algunos que son bien fundamentados, y otros que no tanto. Dejo esta observación de lado para no perder el hilo. También creo que hay situaciones en que los prejuicios nos pueden ayudar, y otras en que sólo nos estorban. De nuevo, dejo esto de lado. Lo que quiero recalcar es lo siguiente: que crecí y me formé en una cultura en que, consensualmente, podrías tener los prejuicios que quisieras, con una sola condición: la de no expresarlos.

Interesante pregunta: si realmente crees que los hombres marroquíes son, en general y con insignificantes excepciones, violadores en potencia, ¿qué hay de malo en decir lo que piensas? Pues hay dos motivos que te lo podrían desaconsejar: (1) quedas como racista, y te expones a crítica por el mismo hecho; (2) puedes ofender la sensibilidad de las personas objeto de tu prejuicio, en este caso, de todos los miembros del conjunto hombres-marroquíes-no-potenciales-violadores. Creo que ambas razones pesan, en la cabeza de mucha gente, aunque tal vez más pesa la primera; en todo caso, son argumentos de un valor algo relativo. Primero, porque en general hay situaciones, nadie lo duda, en que es mejor definirte y exponerte a críticas, justificadas o no, que callarte sólo para quedar bien. Segundo, porque ofenderse o no ofenderse es cosa de cada uno. Si alguien cree firmemente que yo soy un pederasta, porque todos los europeos viejos lo son, puedo o no "ofenderme" por ello, pero de todos modos, prefiero que me lo diga en lugar de sólo pensarlo: así, no tendré que ocuparme en adivinar la razón de su evidente animadversión, y tal vez, dialogando, podré convencerle de que se ha equivocado. Pero por otro lado, no siempre es fácil ver qué beneficio trae la simple expresión de un prejuicio. La mayoría de las ofensas son gratuitas, innecesarias y feas. Por lo que tener como principio general "no expresarás tus prejuicios" puede ser considerado como un elemento cultural civilizador. De todas maneras, y repito, es un principio que me ha acompañado por toda la vida.

Así que, en la anécdota referida, si invité a la chica a ocupar un lugar que a mí mismo me parecía un poco peligroso, fue porque el no hacerlo hubiera sido, de modo indirecto, la "expresión" o exteriorización de un "prejuicio", algo que mi ética personal me impedía de hacer. De todas maneras, si realmente había allí un peligro para esa chica, la responsabilidad de evaluarlo y de actuar en consecuencia era suya, no mía. Y ese tema de la responsabilidad también hay que tenerlo en cuenta.

Es posible que alguno que lea eso piense "qué hipócrita es esa cultura que dice que es la suya". Tiene toda la razón. La hipocresía forma la base del modo de convivencia británico. Es indiscutible. La idea de que uno siempre, como norma general, debe decir lo que piensa, allá es de un exotismo sobrecogedor. Es prácticamente imposible convencer a un británico sereno para que diga, sin más, lo que piensa. Por eso alguno de nosotros tenemos blogs: para decir todo aquello que en la vida real, sería imposible siquiera esbozar. Tal hipocresía, dicho sea de paso, quizá contribuya a esa reputación, justificada creo yo, de que los británicos somos los peores amantes del mundo. En ningún otro país, con la posible salvedad de Japón, encontrarás hombres y mujeres para quienes el escarceo amoroso se parece tanto a un complicado juego de ajedrez.  Y ello porque las "normas sociales" que deben regir ese tipo de encuentro son de naturaleza muy esquivos, sobre todo cuando conscientemente intentas dar con ellos y codificarlos para no apartarte de ellos ni un ápice. Si quieres que un británico se enamore de ti, por el resto de su vida, sólo tienes que conseguir que, durante algunos segundos aunque sea, pierda el control y se deje ir. Pero ojo, no lo vas a tener fácil. Planifícalo bien, y ensaya bien tus técnicas. Y ten preparado el discurso pos-coito, eso de "no te arrepientes, no pasó nada, tranquilízate, no hiciste nada malo". Yo, en tu lugar, me olvidaría el asunto y me pondría a seducir a un ucraniano instead. Mucho más fácil y divertido.

Pero qué te voy a contar a ti, que ya viste Un Pez Llamado Wanda.

En fin. Volviendo a la anécdota enlazada anteriormente, de la bloguera que defiende a una mujer víctima de comentarios racistas de parte de un babeante imbécil en un tren subterráneo, tanto la reacción de la víctima inicial como de la bloguera me dejaron pensando.

Obviously the carriage thinned out, due to us being in embarrassed England, apart from one amazing woman who stood protectively next to me like a long-lost aunt. (...) But I wasn’t bothered about the lack of back-up. I expect nothing less in this country. We don’t “do” conflict.

Cierto. Habría sido muy sorprendente si, en la Inglaterra del año 2014, el resto de pasajeros hubieran tomado parte en el asunto, por ejemplo, exigiendo al simio que se calle y que muestre algo de respeto. Pero da la casualidad de que soy un viejo que hasta soy capaz de recordar cómo funcionaba este tipo de cosas antes, allá en los años 60. Y estoy dispuesto a decir que, si bien los ingleses siempre han sido reacios a entrar en situaciones de conflicto, y a interpelar a personas extrañas sobre asuntos "que no les conciernen", en ese remoto pasado un patán de esa especie habría tenido, al final, que ceder ante la presión social de la mayoría de pasajeros, aunque dicha presión se habría expresado de un modo muy sutil y parco en palabras. Y ello es así porque la presión "social" sólo necesita, para ejercitarse, que exista una sociedad: en este contexto, una comunidad que, más o menos conscientemente, comparta ciertos valores y, si se quiere, también ciertos prejuicios. Por ejemplo, que comparta la idea de que está mal que un hombre increpe a una mujer en un lugar público usando gestos amenazantes y lenguaje de la alcantarilla. Idea que, eso sí, se basa en un "estereotipo sexista", y que, por lo mismo, sería imposible de expresar en los mismos términos hoy en día.

Si había otros hombres en ese tren, lo más probable es que habrán pensado: si intervengo, me dirán sexista, por aparentemente creer que las mujeres necesitan de mi protección. Mejor me callo, entonces, y miro por otro lado. Que se defiendan ellas mismas. Ya son grandecitas.

En fin. Lo que está claro es que en el Reino hUnDido ya no hay una sociedad. Algunos culparán a los sindicatos, otros a la Maggie, otros al Zeitgeist, otros considerarán que no hay culpa sino motivo de júbilo, en fin, el tema escapa largamente del alcance de este post (y de este cerebro) pero hay que constatar lo evidente: lo que hay en ese país ya no es una sociedad sino, acaso, una multitud de microsociedades fraccionadas, en guerra encubierta entre sí. Para decir eso me baso, en parte, en el hecho documentado de que a bastantes personas de ese país les seduce la idea de irse a Siria con la esperanza de poder cortarles la cabeza a otros paisanos suyos ahí. Cuando una parte de la población quiere cortarles la cabeza a otra parte de la población creo que no se puede hablar de una sociedad. Y esta situación no puede, a pesar de las nostalgias conservadoras y de la retórica de ciertos partidos, remediarse. Cuando una sociedad desaparece, desaparece para siempre. Para bien o para mal, ya no hay vuelta atrás.

Y me viene todo eso a la mente en parte porque hoy día, vivo en un país en que todavía existe una sociedad, que la clase política está haciendo todo lo posible por destruir, dizque "para construir otra sociedad más justa, más esto, más lo otro". ¿Cuándo se darán cuenta que para los políticos, destruir una sociedad es tarea fácil, hasta rutinaria, pero crear una nueva, netamente imposible? ¿Cuándo?

En el R.hU llevan décadas intentándolo. Los eslóganes se suceden con electorera puntualidad. Para John Major, allá en los 90, era la Classless Society (algo menos británico que eso, imposible de concebir, pero se admira la valentía del intento). Luego vino el Third Way de Blair, seguido por Cool Britannia. Luego el Big Society del actual inquilino de Downing Street, cuyo nombre en este momento no recuerdo. Eslóganes, nada más. El cadáver no se mueve ni cuando se dan esos rayos.

Lo que había antes era una sociedad con muchos problemas (el class system, entre ellos) y muchos defectos. No era perfecto, pero tampoco era un infierno sobre la tierra estilo Corea del Norte. Tenía también sus cosas buenas: entre ellas, que una mujer podría viajar tranquilamente en tren sin miedo. Era una sociedad. Ahora, repito, no vale la pena ni intentar resucitar eso, pese a las cómicas nostalgias de los UKIPpers. Se fue.

¿Qué haces, entonces, cuando ya no compartes con quienes te rodean nada, ningún valor, ninguna esperanza, ningún rasgo cultural? Pues adaptarte a la vida posmoderna, a otra manera de vivir, a otro saber estar. Intentar una convivencia pacífica a base de unos sencillos principios básicos, acaso a base del Principio de No Agresión y punto.

Pero ¿aun puedes hablar con otros viajeros en un tren, increparles sobre su comportamiento?

La chica del blog, aparentemente, piensa que sí. Yo hubiera pensado lo contrario. Ella habla y actúa como si todavía viviera en una sociedad. O bien es tonta, o bien valiente, o bien metiche. No sé qué pensar de ella, en realidad. Es rara.

No dejo de preguntarme qué pasa con esta sociedad en que ahora vivo y paso desapercibido. Está asediado desde tantos ángulos. Me apena ver que uno de los rasgos más valiosos (para mí) de la sociedad ecuatoriana, la llamativa capacidad de su gente para llamar las cosas por su nombre y decir frontalmente lo que piensa, está siendo agredido ahora mismo desde la Corrección Política, desde el Feminismo Bobo Norteamericano, desde el discurso populista de importación Made In China y desde una legalidad secuestrada (caso Monge), y que se intenta y se valora que el ecuatoriano haga el esfuerzo por parecerse a un hipócrita anglosajón. Lo único que les puedo decir: I have seen the future and it swears and throws chocolate on your shoes.

Volviendo a Orlando: sí, seguramente tienes razón y los afroecuatorianos, los montubios, los indígenas y quién sabe si también los gringos empleados de la CIA todos quepamos en una sola casa, la de Los Pueblos, y así se evita tanta duplicación de trabajo de espionaje y demás gastos. Y el nuevo Comodato, de un año renovable por buena conducta, por si acaso.

Tuesday, December 23, 2014

Un blog sin comentarios...

Tan triste y huérfano como un árbol de Navidad sin grillos.

Meta: acumular por lo menos 5 comentarios antes de que llegue el año nuevo. Si no se cumple, este blog desaparece ya para siempre.

He dicho.

Nota (1/01/2015) Fue por los pelos y sólo contando un par de comentarios míos (¿es trampa?) pero lo conseguí. Así que de momento queda.

Monday, December 22, 2014

Caridad vs. Redistribución

En La Máquina del Tiempo, de HG Wells. el protagonista, a quien llamaremos Candelarius (ya que Wells no se molesta en darle un nombre) visita un remoto futuro donde la humanidad ha tomado dos líneas de evolución distintas. Por un lado están los Eloi, una raza de seres hermosos e indolentes, sin apenas rasgos sexuales diferenciadores, y con un vocabulario muy limitado, que visten bien, no trabajan, y pasan su tiempo jugando como niños, bañándose, o sin hacer nada. Por otro lado están los Morlock, que viven en un mundo subterráneo donde fabrican ropa, ríen siniestramente, y practican una gastronomía todavía más cuestionable, si cabe, que la adoptada y recomendada por la honorable presidente de la Asamblea de Ecuador.

El bueno de Candelarius, al ser introducido dentro de la tribu de los Eloi, intenta, como científico e investigador de pro, mantener la mente abierta, y trata de apreciar las cualidades de estos seres requeteevolucionados, a pesar de que su carácter infantil y falta de curiosidad le irritan. Un día, al pasear cerca de un río que bien pudiera ser el Támesis en alguna versión futura, se da cuenta de que la corriente está arrastrando a una hembra de la tribu, que al parecer sufre de calambre y no sabe nadar bien. Lo que más le impresiona es que nadie más, entre todos esos seres exquisitos, pacíficos y risueños que juegan o reposan allí cerca, se preocupa por la suerte de esa desdichada. Los gritos de terror de la víctima que se ahoga caen en oídos sordos (que seguramente tampoco nunca escucharon el poema de Stevie Smith). Al final le toca al propio Candelarius lanzarse al río y rescatarla, ya que nadie más se dispone a levantar ni un dedo en tal empeño.

Sería difícil encontrar una mejor realización literaria de esa sociedad "pos-neoliberal" adonde nos quiere conducir, con sus acostumbradas prisas, nuestro articulista preferido del Telégrafo. Según este gran pensador,

El neoliberalismo (...) se ha encubierto de diversas narrativas, discursos y prácticas que invocan a que la moral individual tenga como principios el dar caridad, dar dádivas desde las élites a los sectores empobrecidos, precisamente, por esas élites. La moral neoliberal busca despertar en el individuo falsos valores de solidaridad: teletones, entrega de juguetes, hasta la propia lógica de la repartición de utilidades.

De lo que concluye, tajantemente:

No podemos dejarnos nuevamente engañar con prédicas y acciones de caridad privada.

¿Te quedó claro?

No debemos aceptar beneficencia de nadie.

Bueno, bueno, Werner, no te enfades. Seré sincero: confieso que yo iba a regalar en estas Navidades algunos juguetes viejos de mi hijo a unos primos suyos que apenas no tienen con qué jugar, pero me has iluminado, me has tocado en lo más hondo: no debo hacerlo, pues regalar cosas, así, directamente, de persona a persona, es de sucios neoliberales. Lo correcto, claro, es no hacer nada por el prójimo, ya que quien debe hacerlo todo es el Estado, mediante el mecanismo de redistribución. Hasta "la lógica" del tradicional intercambio de regalos en el Día de Navidad, cuando te lo piensas, es puro neoliberalismo, e inaceptable en una sociedad revolucionaria. Así que me toca esperar, nomás, la llamada a la puerta del Ministerio de Repartición de Juguetes, para que un sonriente agente armado con AK-47 obtenga acceso a los juguetes de mi hijo, y que sea él, no yo, y peor el niño, quien decida cuáles juguetes le sobran al niño, cuáles toca redistribuir a los niños del campo, y cuáles, por su excelente condición, merecen decorar la habitación de los hijos de algún alto funcionario del gobierno del Caudillo a quien todo se lo debemos, hasta la vida misma.

Y si esto parece exagerado, invito a contemplar el mensaje del póster del MIES que reproduzco a continuación:



De nuevo pregunto: ¿les quedó claro? Si no, aquí el Presi:

El Primer Mandatario agregó que no solo basta querer ayudar, sino saber cómo hacerlo, en alusión a que no hay que dar dinero en las calles y recomendó, como mejor opción, dirigirse a un Punto Da Dignidad para depositar en esos sitios las donaciones provenientes de la solidaridad de la ciudadanía.

A lo que el incauto ciudadano puede responder: ¿qué diferencia hay? ¿Qué importa si doy mi dinero a una persona que me parece necesitada de él, o si lo entrego a un Punto Da Dignidad para que se encarguen ellos de lo mismo? La respuesta a semejante ingenuidad, y muy rápidamente:

(1) Si das tu dinero "en la calle", no hay posibilidad de que una parte de ese dinero, parte importante al parecer, se destine a las personas más merecedoras de esos fondos, que son los ministros y funcionarios y agentes del gobierno, sean aquéllos cuya creatividad da lugar a campañas como la mencionada, sean los encargados de "desaparecer" a la mendicidad mediante amenazas y acciones policiales diversas, sean los apologistas de la revolución que escriben para los medios "públicos" y que también, ya sabes, tienen sus necesidades;

(2) El hecho de dar dinero "en la calle" supone que el ciudadano donante ejerza su propio criterio sobre quién es o no es merecedor de tal ayuda. Eso, para el estatista, es de una presunción intolerable. Tales decisiones le corresponden a las agencias gubernamentales. Que una persona se atreva a identificar en otra persona, sin mediación del Estado, una necesidad o un sufrimiento merecedor de atención y ayuda, es simplemente una afrenta.

(3) Si das tu dinero "en la calle" a otra persona, capaz estableces una relación personal, tal vez fugaz (aunque no necesariamente) con esa persona. Puede que con el tiempo, saludándole cada día, hasta entablas una amistad con esa persona. De nuevo, ¡intolerable! La beneficencia debe ser fría e impersonal y administrada por terceros. Debe ser claro en todo momento quiénes son los dadivosos y generosos (la élite gobernante) y quiénes los necesitados y agradecidos (el Pueblo votante). Cualquier acción independiente, fuera del control gubernamental, amenaza la pureza de tal esquema.

(4) Y lo peor de todo: quien da dinero "en la calle" puede que sienta algún tipo de satisfacción, por el hecho de haber ayudado a otro miembro de su especie; puede incluso que desarrolle un mayor grado de empatía y comprensión hacia sus semejantes; hasta puede que, con el tiempo, su generosidad redunde en pro de su reputación personal. De nuevo, ¡intolerable! En una sociedad revolucionaria, los únicos autorizados para ejercer la generosidad son los miembros de la vanguardia revolucionaria, de la élite gobernante. Al ciudadano de a pie no le corresponde ser dadivoso: le corresponde nomás ser espectador pasivo de la apropiación de sus bienes por los agentes de la Casta Superior, que en su infinita sabiduría sabrán mejor que nadie adónde destinar estos "recursos".

Con lo que empezamos a entenderlo por fin: donde dice "Da Dignidad", se ha de entender "Deshazte de tu Dignidad". Porque un ser humano a quien le está vedado ayudar a otros seres humanos por cuenta propia, poco le termina quedando de tan preciado bien.

Asimismo, apreciamos en sus justas dimensiones y colores la fantasía subyacente a la pornografía neofascista que arriba reproduzco: queremos, dice el póster, una sociedad de Eloi, donde nadie ayuda a nadie, sea por indiferencia, sea por miedo, porque si realmente fuera importante que la chica que se ahoga viviera, ya se encargarían de ello nuestros amos y señores, los Morlocks. Así que no temas, y sobre todo, no seas Buen Samaritano, no seas neoliberal. La próxima vez que ves a algún infeliz aparentemente víctima de un robo, y que agoniza al lado de la calle, pasa de lado y no te detengas: así, no ayudarás a que la desventura se multiplique, por lo menos dentro de tu propia burbuja de supremo sacerdote de la verdad revelada, y eso es lo que cuenta, al fin, ¿verdad que sí?


(arreglado)

Sunday, December 21, 2014

Partial Toilet Rapture (1.0)


Algún día esto será un excelente videojuego. Sólo estoy empezando.


Anotaciones sobre Lamarckismo

En el anterior post señalé, sin más, que el autor de un artículo del Universo aparecía preso de cierto error intelectual o científico que habitualmente se denomina lamarckismo, o en sus manifestaciones más chabacanas y propagandísticas, lysenkoísmo. Ya que uno encuentra el mismo error en muchos textos digamos que seudocientíficos, tal vez vale la pena utilizar los propios términos del artículo citado para explicar en qué consiste el error.

Empecemos con los perros. Según Illingworth,

Muchas razas nuevas han sido “creadas” por el hombre con fines específicos y a través de cruces especiales; es curioso ver cómo en apenas un par de siglos, estas terminan codificando en su biología el comportamiento inducido.

Apenas cabe una definición más clara de lo que significa lamarckismo: "codificando en su biología el comportamiento inducido", como si hubiera una línea de comunicación privilegiada entre cerebro y testículos u ovarios, para que aquél comunicara a éstos los resultados de sus diversos aprendizajes, a fin de que la próxima generación naciera con estas lecciones ya medio aprendidas. La idea en sí es seductora: si yo aprendo ruso, mi hijo nacerá, tal vez no con un libro de Maxim Gorki en la mano, pero por lo menos silbando los primeros compases de la sinfonía no. 4 de Chaikovski. Desafortunadamente en la vida real las cosas no funcionan así, pese a que lo anterior posiblemente resume lo que muchas personas entienden por "evolución".

Una vez tuve una gata que, cuando yo lanzaba lejos su juguete favorito, un ratón de peluche, no solamente lo perseguía sino que lo traía a mis pies y lo depositaba allí, una y otra vez, con el evidente mensaje "vuelve a lanzarlo, este juego me divierte". Puesto que los gatos, por lo general, suelen traer cosas que no nos sirven de mucho (ratones muertos, gorriones medio vivos, objetos asquerosos de incierto origen, etcétera) no creo que el tal comportamiento haya sido resultado de ningún esfuerzo ni aleccionamiento humano. Más previsiblemente, de cierto carácter juguetón y cierta rudimentaria inteligencia ("hay que traerlo a los pies del humano cojudo, si no, el juego acaba"). Eso sí, si el tal comportamiento hubiera sido extremadamente valioso, yo podría haber intentado hacerlo prevalecer en otra generación de gatitos, buscando para mi Colette un gato igualmente juguetón y buscando buenos hogares para cada uno de sus críos. Es decir, habría premiado una mutación positiva facilitando la reproducción de los genes implicados. Eso es lo que evidentemente se hizo con los perros, y no se necesita más historia. Es así como funciona la evolución, en sus dos vertientes:

(1) Se producen mutaciones genéticas aleatorias. La naturaleza, "red in tooth and claw", premia las que confieren alguna ventaja, reproductiva o de supervivencia, y castiga las desventajosas con una muerte prematura, sin descendencia. (Selección natural)

(2) Se producen mutaciones genéticas aleatorias. Las personas, "green in boots and snot", premian las que le resultan útiles, facilitando su reproducción (con o sin cruces experimentales), y castigan las que no le sirven de nada, cocinándolos lentamente sobre una hoguera improvisada. (Selección artificial)

Y eso es todo. Con lo cual se deduce, entre otras cosas, que:

(1) Por mucho que los judíos, a través de generaciones, hubieran cultivado su inteligencia a la par de su "intermitente fe", esa intelectualidad cultivada no habría tenido efecto alguno sobre el legado genético. En otras palabras: las creencias religiosas, la "fe", son características adquiridas (aunque hoy día se debate que una predisposición general hacia los comportamientos religiosos podría ser una herencia genética). Y las características adquiridas en modo alguno pueden heredarse.

(2) Los que dicen que dentro de algunas generaciones los seres humanos tendremos menos dedos en el pie, simplemente porque alguno de esos dedos (el que dijo wee wee wee, en especial) no sirve para nada, no entienden gran cosa de la evolución. Para que desaparezca ese dedito, tendría que conferir una ventaja reproductiva el no tenerlo. Dudo mucho de que tal sea el caso.

(3) Eso que se encuentra en las novelas (se me ocurre Call of the Wild, de Jack London), la "memoria colectiva/racial/tribal/etc", la capacidad de "recordar" o de soñar con las experiencias de tus antepasados, los "recuerdos heredados", todo eso es sencillamente bollox. Pero muy socorrido para casos de writer's block.

(4) Quienes esperan que con un régimen de Buen Vivir y una Cultura Tributaria cambiará la naturaleza humana, y nos volveremos en unas pocas generaciones tributarios de nacimiento, llenos de un ardiente deseo de ayudar a financiar la nueva mansión de la Presidenta de la Asamblea (aquella de la nueva gastronomía "especial para ricos"), que sigan soñando. Y no digo más.


¡Vuelve, Emilio, por favor, todo está perdonado!

La verdad, nunca me gustó mucho ese título que ostentaba el bueno de Emilio, "Editor de Opinión". Las opiniones no se pueden editar. Cambiar, sí, pero ¿editar? "Disculpe el atrevimiento, señora, tiene ahí una opinión un poquito chueca, permítame un momento editarla..." - Naah. Los artículos de opinión, en cambio, sí. Se pueden editar de cualquier de las siguientes tres maneras: (1) mejorándolos en el plano puramente formal, sin alterar el contenido, por ejemplo, corrijiendo erorres de hortografía; (2) haciendo pequeños ajustes en el contenido, negando el visado a metáforas demasiado sauditas, suprimiendo referencias a "dictadores" y otras cosas que podrían derivar en millonarios juicios, etcétera (eso, para los especialistas, se llama "censura previa"), y (3) negándole espacio en el diario a artículos que son una pérdida de tiempo de principio a fin. Ojalá hubiera habido un Emilio en El Universo para este último y santo propósito cuando les llegó el artículo de JJ Illingworth de hoy día. Veamos:

Creer en Dios aumenta el IQ

Podría ser. A pesar de no creer en Dios yo mismo, cuando leí este sorprendente título, enseguida pensé: sí, no me extrañaría tanto si la cosa fuera así. Al fin y al cabo, la creencia religiosa ya tiene varias ventajas bien documentadas: suele dar acceso a redes sociales de amistad y apoyo (la falta de creencia sólo te da acceso a Rebecca Watson y a PZ Myers: la vida es cruel); suele servir de consuelo ante hechos desgarradores de la vida; y el estilo de vida puritana que muchas veces va asociado a tal creencia aleja un tantico el peligro de morir por sobredosis de cocaína o intoxicación etílica o en una escaramuza con la policía local tras un intento de violación o secuestro. Así que antes de seguir leyendo el artículo, me puse a imaginar cómo sería este ignoto proceso según el cual creer en una tontería te hacía menos tonto. Se me ocurrió que podría ser análogo al de una vacuna. Introduces en el cerebro unas cuantas gotas de estupidez. El sistema de defensa mental enseguida se activa, y empieza a producir "anticuerpos": observaciones empíricas, razonamientos, etcétera, para combatir el absurdo foráneo. Al final, sin poder aniquilarlo del todo, lo consigue aislar. La creencia queda ahí, pero envuelta en una densa bolita de grasa protectora. No influye para nada en el resto de tus procesos mentales (la incapacidad de aislarla de tal manera es lo que daría lugar al fenómeno del "fanatismo"). A partir de ahí, el cerebro se vería beneficiado por esas defensas activadas, mejoradas. Cualquier nueva tontería tendrá más difícil acceso en tu cerebro. Ya estás preparado para ellas. Sí, sí, podría ser.

El inverso de esta afirmación podría no ser verdad, aun cuando los hombres más inteligentes del milenio, Newton y Einstein, eran creyentes.

Tal como está planteada la afirmación, el autor tiene razón. Si antes creía en Dios, y dejo de creer en él, o en ella, no necesariamente voy a perder puntos de inteligencia, según el hipotético proceso ya descrito. Lo que pierdo, simplemente, es esa bolita de grasa y su irrelevante núcleo. Hasta ahí bien. Ahora, el autor lo estropea un poco haciendo referencia a "los hombres más inteligentes del milenio", conjunto que supuestamente incluiría a Newton y a Einstein. Eso no se puede afirmar, a menos que durante los últimos mil años se hubieran aplicado pruebas de IQ rutinariamente a todos los hombres en el mundo (¿y por qué solamente hombres?). Lo cual es difícil ya que el concepto de mediciones objetivas de la inteligencia fue desarrollado en la segunda mitad del s. XIX, y formalizado en el XX. Valdría la pena también recordar que Newton creía en la Piedra Filosofal, que transformaría todo metal en oro, en el Elixir de la Vida, que te concede inmortalidad, y otras diversas barbaridades. En todo eso fue hombre de su tiempo; en las creencias religiosas, pues también. Hay que tener presente, asimismo, que hasta el s. XIX, en gran parte del mundo incluyendo la mayoría de países europeos, negar públicamente las doctrinas de la religión oficial del territorio era un camino seguro al ostracismo o incluso al cadalso o a la hoguera. Recordemos nomás a Giordano Bruno. ¿Cuántos de los "hombres más inteligentes del milenio" aplicaron su inteligencia a la cuestión de la supervivencia personal decidiendo que lo más sensato era guardar para sí sus dudas sobre la existencia de Dios? Nunca lo sabremos.

La afirmación del titular es verificable estadísticamente en términos de promedios de poblaciones y el mecanismo de aumento del IQ es a través del comportamiento histórico que termina codificando el ADN, a través de las generaciones.

Galimatías. Vamos a ver cómo se podría verificar "la afirmación del titular" de un modo rigorosamente científico. Se necesitaría para ello una población de seres humanos estadísticamente válida, lo cual significa entre otras cosas, que mostrara la mayor diversidad posible en cuanto a todas aquellas variables que podrían influir sobre la inteligencia. A continuación, se efectuarían mediciones de inteligencia (concretamente, de IQ, y ya sé que hoy en día se cuestiona la validez de esas mediciones, pero dejemos eso como tema aparte) a lo largo de sus vidas. Al mismo tiempo de realizar las mediciones de inteligencia, se interrogaría a los sujetos sobre sus creencias religiosas. En el supuesto de que la adquisición, durante la vida del sujeto, de creencias religiosas fuera acompañado por un aumento de puntaje de IQ respecto a la medición anterior, se examinarían y se descartarían sistemáticamente otras explicaciones posibles, demostrando que la única variable significativa que demostrara correlación con el aumento de IQ sería la adquisición de creencias religiosas. En tal caso, y a pesar de que correlación =/= causación, la conjetura por lo menos ganaría fuerza y persuasividad.

Ahora veamos cómo pretende demostrarlo el Ser Illingworth, y perdonen que no me entretengo con irrelevantes historias sobre perros de raza.

Hace 3,5 milenios Abraham creyó en Dios, lo dejó todo por él y se convirtió en padre biológico de los judíos, “el pueblo elegido”. Luego de 35 siglos de ser formados por Dios, los judíos han llegado a ser, en términos proporcionales al tamaño de su población, los de mayor cantidad de premios Nobel, patentes e inventos del mundo, son segundos en libros leídos y primeros en cantidad de computadoras per cápita; se trata de cuatro medidas altamente correlacionadas con el IQ. Ahora los judíos son reconocidos como de inteligencia superior en promedio, claro está. Qué hubo de diferente entre este pueblo y el resto de la humanidad, sino vivir su intermitente fe.

La última frase, sobre todo, es la que deja al lector sin aliento. A ver. ¿Qué hubo de diferente...? Si el autor quiere, la respuesta está sobre su mesita de noche, en un gran tomo de tapas negras y hojas finas que se llama La Biblia. Le recomiendo la lectura, sobre todo, de los primeros cinco libros, el llamado Pentateuco. Allí descubrirá que al judío creyente se le exige algo más que sólo "ser creyente". Se le exige que no coma determinadas carnes (algunas de ellas, en una época y un entorno deficiente en medidas de higiene, probablemente riesgosas para la salud, y por ende, para el IQ). Se le exige el estudio, la memorización y la recitación ritual de extensos pasajes de lectura, escritos en un idioma huérfano en vocales escritas y por ende, de comprensión algo dificultosa; en muchos casos, la tal exigencia se traduce en una exigencia de bilingüismo desde edades tempranas. Se le exige el estricto cumplimiento de un sinnúmero de ritos y normas sociales, tendientes a producir una sociedad estable, jerarquizada y de gran cohesión interna. Esta sociedad o comunidad o cultura, como quieres llamarla, si no a través de los "35 siglos" mencionados por el autor, por lo menos durante gran parte de estos últimos dos milenios, ha tenido que convivir con otras sociedades y culturas habitualmente hostiles en mayor o menor medida, que han practicado hacia la comunidad judía diversas formas de discriminación y exclusión, culminando en pogroms y otras barbaridades, todo lo cual ha tendido a reforzar y a reafirmar una "identidad judía" diferenciada, en tándem con el carácter patriarcal de dicha comunidad, con lo cual quiero decir simplemente que en determinados momentos históricos, la figura paterna o materna, con sus habituales exigencias de autosuperación, habrá jugado un rol más decisivo para el joven de familia judía que para el grueso de sus congéneres.

Podría seguir, pero creo que con lo dicho basta. "Claro está" que la existencia de una cultura judía significa que hay muchas, muchísimas razones que podrían explicar el notable éxito de las personas de confesión judía en el campo intelectual, y ninguna de ellas depende exclusiva e inevitablemente del hecho de ser "creyente" o no. (Incluso puede que la práctica de circuncisión tenga algo que ver: a mayor dificultad para masturbarse, mayor apego a los libros como pasatiempo solitario alternativo... quién sabe.) Dicho sea de paso, creo que el tal éxito soporta iluminadoras comparaciones con el relativo fracaso de las sociedades fundadas sobre otras religiones, en especial la cristiana y la islámica, religiones que en determinadas épocas, en lugar de fomentar el desarrollo intelectual, han hecho lo imposible para sofocarlo. Pero eso es otra cuestión a la que volveremos después.

Hay otro problema con el párrafo citado que creo que es importante recalcar. Aparentemente, el autor está mezclando irresponsablemente tres poblaciones estadísticas diferentes. Por un lado, está la "raza judía", concepto de por sí problemático, ya que hoy en día no se acepta la división racial de la humanidad, pero digamos que esta población consistiría en todos aquellos supuestos "descendientes de Abraham" (y no me pregunten si el tal personaje realmente existió, pero evidentemente el autor cree que sí) que se hubieran beneficiado de esa crianza específica, genética y análoga al de un perro de pura raza, que hubiera dado lugar a esa herencia genética de superior inteligencia. Evidentemente, para ser miembro de dicha "raza" no hace falta ser "creyente" en nada, ya que las creencias demostrablemente no forman parte del legado genético. Por otro lado, está la población formada por todas aquellas personas que se reconocen o son reconocidas como judías, sea tal reconocimiento una confesión religiosa propiamente dicha o no. Si bien tendemos a pensar que las dos poblaciones son equivalentes o idénticas, no es así en realidad. Existen conversos judíos; existen también personas de origen judío (digamos, "genéticamente") que rechazan frontalmente tanto la religión como las tradiciones judías (tal fue el caso de Karl Marx). Y por último, está la población del país de Israel, que algunos ignorantes suponen consiste exclusivamente en personas de religión y cultura judías. Para efectos de aclaración y desasnamiento cito directamente del tío Wiki:

The religious affiliation of the Israeli population as of 2011 was 75.4% Jewish, 16.9% Muslim, 2.1% Christian, and 1.7% Druze, with the remaining 4.0% not classified by religion, and a small Baha'i community

En fin. ¿Existen datos estadísticos sobre "libros leídos y ... cantidad de computadoras per cápita" para la población mundial de los "judíos genéticos"? Lo dudo mucho. ¿Para quienes se autoidentifican como "judíos", tal vez? También lo dudo (podría haberse llevado un estudio de estas características en EEUU, pongamos por caso, pero a nivel internacional, no creo). Estoy por afirmar que donde el autor saca estos datos es de estadísticas sobre Israel, bajo la suposición tan ingenua como racista de que "lo que va para Israel, va para los judíos". Entonces, suponiendo que sea cierto que en Israel, país mayoritariamente judío, se lee más libros y se compra más computadoras, se afirma que eso dice algo sobre el "IQ" privilegiado de los habitantes de dicho país. Puede ser que diga algo... tal vez sobre la capacidad adquisitiva del habitante medio. Pero si de IQ se trata, y si aceptamos la dudosa equivalencia Israel=judíos, ¿por qué no mirar directamente los resultados de las pruebas de IQ llevadas a cabo en el país, y así ir directamente al meollo del asunto? Pues si lo hacemos, resulta que el país que tiene más altas calificaciones en IQ no es Israel, sino Singapur... seguido por Corea del Sur, Japón, Italia e Islandia, en ese orden. Israel aparece, después de un montón de empates, en el puesto 12 en un rango total de 43. (Ecuador ocupa la posición honrosa de 19.) Ejem. Algo va mal aquí.

Pero lo que va mucho peor en este artículo son dos cosas. Primero, su manifiesto lamarckismo o Lysenkoísmo. Y segundo, esa bofetada a la inteligencia que representa afirmar que, primero, el "ser creyentes" aumentó la inteligencia hereditaria de los judíos, a continuación, que el "ser creyentes" misteriosamente no tuvo el mismo efecto para los cristianos, musulmanes, budistas, hindúes, etcétera (conclusión que se colige de las comparaciones sostenidas con eso "resto de la humanidad" que, en aplastante mayoría, pertenece a alguna de las citadas religiones), y tercero, que en todo caso, ese tipo de inteligencia que se traduce en Premios Nobel, en saber usar una computadora, en leer libros, en patentar nuevas invenciones, etcétera, es muy secundaria al lado de

la de nuestro corazón que nos permite ver al mundo con otros ojos y, si no comprender, al menos intuir y avizorar toda esa luz que existe en la vida y en el mundo a nuestro alrededor.

De hecho, si leo bien el artículo, al parecer el Dios en que hay que creer es uno que, primero, se reveló al pueblo de Israel, segundo, dotó a ese pueblo de una inteligencia superior, a través de un proceso de herencia de características adquiridas desconocido para la ciencia evolutiva, y finalmente, se burló de ese pueblo revelando, en la persona de Jesús, que eso de la inteligencia era un simple arenque rojo, y que todo ese tiempo, lo que más contaba para él no era la inteligencia sino la credulidad.

Ya sabíamos que Dios era cruel, pero... ¿tanto?

Aj, me canso de esto. Que el lector, si quiere, se deleite con el resto de los despropósitos contenidos en el citado artículo. Les dejo con el siguiente aviso: estamos ya a un paso de la Navidad, y sabido es que, al igual que cuando te aproximas a un Agujero Negro, tu cuerpo comienza a estirarse por el aumento de la gravedad, de la misma manera cuando nos acercamos a la Navidad, tanto el contenido de los artículos de opinión como, posiblemente, la de nuestra propia inteligencia, empieza a deformarse y a convertirse en sonrisa boba, perogrullada, infantilismo e imbecilidad. Que todos sobrevivamos hasta la Epifanía el asalto anual de la estupidez consensual. (O)


Friday, December 19, 2014

Sin vos, sin Dios y sin guineo

Por si lo perdieron la última vez (y no me voy a poner a buscar el post) he aquí un resumen breve del Reality Principle freudiano:

El mono está subido entre las ramas del Árbol A, a una distancia considerable del suelo. Entre las ramas del Árbol B, al lado, divisa un guineo (sí, ya sé, ya sé. Licencia poética). El guineo está tan cerca, que si extiende el brazo, casi lo puede tocar. Casi. Casi... Pero no. Entonces, poco a poco, el mono se da cuenta de que tiene una elección. Por un lado, puede seguir extendiendo el brazo, esforzándose por llegar al dichoso guineo, arriesgando su vida en el intento, incapaz de alejarse de tan apetitoso premio (así obedeciendo al Principio de Placer). Por el otro, puede bajar del Árbol A y ponerse a trepar el Árbol B, para conseguir el premio. Para hacer esto, tendrá que alejarse de la fruta, hacer bastante esfuerzo físico, y dejar pasar los minutos, y siempre con la posibilidad de que otro mono llegue y coja la fruta antes de que él haya conseguido subir ese segundo árbol. Si a pesar de tantos inconvenientes, se decide por esta segunda opción, podemos decir que tiene bien interiorizado el Reality Principle, aquél que dice que la realidad a veces nos obliga a esperar, a esforzarnos, a aplazar la realización de nuestros anhelos, y a tomar la ruta más larga (pero segura) para llegar a nuestro destino. También, consensualmente, diremos que está mostrando Inteligencia. "Buen mono," susurra en coro La Sociedad, propinándole una palmadita en la cabeza. "Tú sí sabes." Asumo que usted, querido lector, es ese segundo mono. Usted sí es Inteligente. Usted paga sus impuestos, se lava los dientes después de cada comida, chequea constantemente el agua en su carro, va a misa los domingos (por si la Apuesta Pascaliana), toma su Hígado de Bacalao con Malta, tiene actualizado el visado para EEUU (por si los chavismos) y todo lo demás. ¿Ven? Tengo un alto concepto de mis lectores, a pesar de que son mis lectores. Pero ¿para qué les voy a mentir? yo no soy ese segundo mono. No tengo Siete Hábitos. Tampoco soy el primero, aunque a veces creo que me parezco más a él que a otra cosa. Si soy algo, soy el Mono Tres, aquel que puede que Freud no conocía, o sí lo conocía lo tuvo bien calladito. Déjenme contarles sobre el Tercer Mono.

Han pasado semanas... meses... tal vez años. El guineo, que algún día se mostraba fresco y lozano, ahora tiene un aspecto arrugadito, ennegrecido y encogido. Y sin embargo, el mono se mantiene ahí arriba, en su rama, inmóvil, con actitud abstraída, casi mística. Te acercas y le increpas: - Hola, mono. Qué tal, ¿sigues intentando llegar a ese guineo - ? Y él te contesta: - Claro que no. Desde el primer día, era obvio que no lo iba a alcanzar. Y no soy tan tonto como para esforzarme indignamente en alcanzar algo que, realmente, no merezco, ni tengo la suerte ni la habilidad para adueñarme de él. No. Pero nada me impide soñar con ese guineo. Y con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que los guineos soñados son mejores que los reales. Los guineos reales, físicos, envejecen, se llenan de gusanos, se ponen agrios, y en su mejor momento siempre tienen algún que otro defecto. Los imaginarios, en cambio, se mantienen eternamente frescos y de sabor exquisito. Además, si en la realidad hay escasez de frutas, y tenemos que pelearnos por las pocas que hay, en la imaginación siempre hay tantas como quieres. Olvídate (en la medida de lo posible) de los guineos reales, concéntrate en los imaginarios, y verás que te has vuelto una persona pacífica, inofensiva, en paz con el mundo. Lo único que tendrás que defender es tu derecho a soñar. Nada más que eso - .

Te quedas pensando, y luego le dices: - Me han dicho que defiendes algo más que eso, mono. Según he escuchado, vas predicando que todo mono tiene derecho a quedarse con los guineos que haya conseguido cosechar, a pesar de que la Redistribución de Guineos por los Monos Gobernantes en aras de la Justicia Social es un principio casi universalmente aceptado hoy en día. Lo que nunca entendí es por qué defiendes que otros tengan todos los guineos que quieran, cuando tú mismo no has conseguido hacerte con ninguno, y dices que no te interesan siquiera los guineos reales, y te veo comiendo insectos viles para sostener tu miserable vida. Explícame eso.

 Y el mono te dice: - Bueno, en una cosa tienes razón, que si redistribuyen o no los guineos, a mí me debería de tener sin cuidado, pues pase lo que pase, con mi singular desadaptación para el mundo moderno seguiría sin que me toque uno solo, porque me olvidaría de llenar el formulario a tiempo, o cualquier cosa así, en realidad, yo para la burocracia soy negado. Sabes, hay tiempos en que seguir soñando te deja cansado para todo lo demás, para cuestiones prácticas. En fin. En el fondo lo que me importan no son esas cuestiones, sino la simple supervivencia de mi especie, la de los soñadores. Porque sé que los Redistribuidores de Guineos, si hay una cosa que no soportan son los Guineos Imaginarios, porque por su naturaleza son imposibles de redistribuir. Entonces, lo primero que hacen siempre es prohibir que hables de ellos sin los permisos y las licencias que ellos únicamente pueden conceder, y en ésas estamos, por lo que veo. Y lo peor de todo, es ver en la cara de esos monos redistribuidores el odio que les afea y les convulsiona, ese odio tan peculiar hacia todo aquel que, en su estimación, haya conseguido hacerse con más guineos que ellos mismos, como si eso fuera la cosa más importante del mundo. Mi tristeza, entonces, se dirige más contra el odio, ese odio, que otra cosa. A mí me parece que si tan sólo aceptáramos como hecho demostrado la existencia de los Guineos Imaginarios, bien pocas razones nos quedarían para odiarnos los unos a los otros. Una sociedad en que se cultivara la imaginación, y por tanto, la empatía: ahí, y en ningún otro lugar quisiera vivir. Lo demás son simples detalles.

- Entiendo -, le dices, - pero casi me hace reír escucharte hablar de sociedades y demás. Tú nunca supiste vivir en sociedad. Siempre has estado solo. Es más: eres tan inmaduro que crees que las cosas se consiguen sólo estirando el brazo, y no llegando a acuerdos y compromisos sensatos y parciales, de acuerdo con la realidad, y dejando funcionar el tiempo y la dialéctica hegeliana. Al fin y al cabo, donde otros se mueven y se pelean por conseguir sus sueños, en toda tu vida no te has movido de esa rama. Eres un idealista iluso y perezoso. También eres feo como un pecado.

- Cierto - , te contesta el mono. - Me encanta cuando hablas sucio. ¿Tienes algún plan para esta noche?

- Sí. Tengo.

- Me lo figuraba - , dice el mono tres, y vuelve a contemplar al guineo podrido en el árbol de en frente, al otro lado del insondable océano.



Wednesday, December 17, 2014

Banderas

Un tuit capaz de cercenarle el brillante futuro a una mujer política de alto vuelo en Inglaterra:


Como es natural, el día siguiente de publicar este tuit, que el propio Primer Ministro calificó de "horrendo", ella ofreció su dimisión. Y el editor político de la BBC, un tal Nick Robinson, agrega que se trata de "la más extraordinaria herida autoinfligida que he visto en un partido de oposición en muchos, muchos años".

Claro, ustedes querrán saber qué es eso tan terrible que dice el tuit. Pues se lo traduzco. Dice: "Imagen desde #Rochester". Siendo Rochester el nombre de una ciudad donde en aquel entonces había unas elecciones parciales. Eso es lo que dice.

¿Y entonces?

¿Qué hay tan terrible en publicar una foto de una casa y decir en qué ciudad se encuentra la casa?

Contexto, ñoras, ñores.

La bandera es la inglesa. Como Inglaterra no es propiamente un país, habitualmente este símbolo se usa solamente en los partidos de fútbol internacionales, donde según una mustia convención que nunca entendí, el país del Reino hUnDido se divide milagrosamente en cuatro, deviniendo Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte, aunque el la práctica Gales es una irrelevancia en soccer (el algún remoto pasado no lo fue en rugby, pero eso es otro cuento). Según trascendió más tarde, el habitante de la casa tiene esa bandera ahí desde hace ese siglo y medio que han transcurrido desde la última Copa Mundial, mayormente por vaguería. Además, algunos medios han sugerido que el color blanco de la camioneta puede tener valor simbólico, aunque yo personalmente no lo veo. En fin, quedémonos con la bandera.

El sous-texte del tuit, entonces, tal como lo interpretó toda la indignosfera del país al instante - interpretación que (y esto me parece interesante) nunca fue desmentida por la autora, ni siquiera matizada que digamos - llega a ser algo así como:

Miren ustedes qué tipo de gente miserable tenemos que convencer a votar por nosotros en esta horrible ciudad, que hasta cuelgan banderas de Inglaterra desde sus ventanas. ¡Qué asco!

O sea, que la señora política laborista piensa que una persona que cuelga una bandera de su propio país (o parte de él) desde su ventana es (para prestarle una locución a mi esposa) "de lo último".

¿Y entonces?

Pues ahí está la cuestión. Si eres político allá, no te está permitido expresar opiniones negativas acerca de los votantes, o de cualquier votante en especial, pues se supone que a menos que infrinja la ley (cosa que es muy difícil de evitar si vives en ese país y no eres una esponja o un poste de alumbrado público, pero en fin) el votante siempre será a los ojos de ellos, de los políticos, un excelente y admirable espécimen, un dechado de virtudes y la viva encarnación del arquetipo profundo del law abiding citizen. Doctrina que, evidentemente, garantiza al 100% que todo político allí será, necesariamente, un hipócrita consumado... a menos que creas que sea humanamente posible ir por el mundo sin que nadie te caiga mal por su asquerosa cara, su estúpida voz chillón o su costumbre de apretar el tubo de pasta dentífrica por el extremo equivocado.

¿Que por qué lo menciono? Supongo que simplemente para ilustrar las curiosas diferencias que pueden darse entre diferentes países y culturas. Allá, en Inglaterra, al votante le gusta que le adulen, que le hagan la pelota de la manera más desvergonzada y asquerosa. Acá, en cambio, al votante le encanta que le insulten, que le digan "idiotas como tú", que le tilden de inepto e incapaz, que le quiten cosas (como el trago los domingos) "por su propio bien", o sea, diáfanamente porque es un babeante imbécil con una edad mental que no llega a dos dígitos. Mientras más le insultas al votante ecuatoriano, más te vota. Y dicen luego que los ingleses son masoquistas.

Por otro lado, en este país ponerse a vender banderas (como lo hace algún almacén allá por la Alborada) se ve como una muestra admirable de patriotismo. Allá, en cambio, un lugar que vendiera públicamente banderas del país (sean de Inglaterra o del R.hU.) sería inmediatamente objeto de un seguimiento encubierto por parte de la policía, por presunta vinculación con peligrosos grupos de ultraderecha. Diff´rent strokes.

Lo menciono también porque el vecino de enfrente ha colgado, hoy mismo, una bandera de Barcelona desde su ventana.

No sé qué pensar, realmente. Por un lado, estoy con la Emily Thornberry: solamente una persona algo perturbada, algo rara y siniestra, colgaría una bandera en la fachada de su casa. Desde que veo esa bandera de Barcelona ahí, voy a andar con más cuidado cuando veo ese vecino. Tal vez sea un coleccionista de órganos humanos. Tal vez sea zoófilo. Tal vez sea empleado de la SECOM. Nunca se sabe. A partir de ahora, un trato correcto pero distante creo que es el indicado. Pero por otro lado, veo algo admirable en ello también. Una persona que hace muestra pública de su apoyo a un equipo que puede perder (en el presente caso, no sé con qué grado de probabilidad, pero en el caso de Inglaterra en las últimas Mundiales, perder era una absoluta certeza) es una persona que, a pesar de todo, tiene cierta valentía. Mi posición personal (no me gusta el fútbol, me importa un comino quién gana) es mucho más cómoda. Ese tipo de fidelidad, a pesar de todo, inspira admiración. Ojalá hubiera manera de emplearla en algún objeto más digno.

Monday, December 15, 2014

Simón dice...

“God's will usually seemed to coincide with her father's, and against this partnership there was no hope of appeal.”  
      Anya Seton, Dragonwyck


Repite esto. ¡Cállese! O'Grady te manda repetir esto. Ahora sí...

Kingsley Amis se acuerda de la versión católica con O'Grady: yo me quedo con "Simon says", y así también el Tío Wiki. Como bien sabía Amis, este aparentemente inocente "language game" forma la base de toda cadena de mando, y por tanto, de aquella institución originaria (en la actualidad) de todas las cadenas de mando, el Estado. Yo te puedo dar órdenes y tú las tienes que cumplir. ¿Que soy debilucho y enclenque y no te doy nada de miedo y no te da la realísima gana? Cuidado. Mis órdenes son avaladas por la autoridad de mi superior, el teniente O'Grady. Es con él con quien tendrás que vértelas en caso de desacato. Aja: "O'Grady and whose army?" Pues ahora que lo dices, sepas que el Jefe Mayor de todas las fuerzas armadas del país, de las cuales el teniente O'Grady es destacado y galardonado miembro, es nada menos que el Presidente Răzvan. Supongo que no pondrás en entredicho tan majestuosa autoridad. Pero si te empeñas, en el juicio que sigue, antesala de la cárcel y peor, no faltará quien recuerde que el Poder Constitucional investido en el Presidente Răzvan y simbolizado por estos imponentes banderas y estos sagrados símbolos (la Santa Batidora de Huevos del General Tortillo, una joya), es conquista y legado nada menos que del propio Simón. A lo que prosigue Amis:

The harm lies not in that, but in that this
Progression's first and last terms are "I say
O'Grady says", not just "O'Grady says".


(Las comillas son añadidura mía, en aras de claridad.) Aquí es donde se cae la máscara, a la cual se refiere la Sra Mancero en su sorprendente artículo. Para efectos hegemónicos, no importa si la Máxima Autoridad se llama O'Grady, o Simón, o Dios, o Alá, o El Pueblo Soberano. No importa porque este personaje nunca habla en nombre propio, sino siempre "a través de" quien o quiénes realmente detentan el poder. Nunca tendrás que obedecer las órdenes de Simón en persona (como si se pudiera "personar", algo tan inefable como un Pueblo Soberano, o un Destino Histórico), sino aquello que yo digo son órdenes de Simón. En 1984, Winston pregunta a O'Brien si el Gran Hermano realmente existe. Por supuesto, dice O'Brien. "Pero ¿existe como tú, como yo?" La respuesta escalofriante de O'Brien: "Tú no existes". Y esto también es consecuencia lógica del juego. Yo tengo la misteriosa, sagrada y soberana atribución de representar e interpretar la Voluntad de Simón. Tú no. Tú no puedes decirme a mí lo que Simón quiere de mí (como por ejemplo que deje de dar la lata con el dichoso Simón ése). La cadena no va en esa dirección. A ver, a ver... ¿cuántas elecciones has ganado, eh? Entonces cállate. Perdón: Simón dice cállate. El Pueblo dice cállate. ¿Cachas? Cuando de tomar decisiones sobre tu vida se trata, tú no existes. Simón en cambio sí. No lo has visto, más que en un póster tal vez, pero él está en un plano de existencia del cual tú te encuentras excluido. Así son las cosas.

Simón, entonces, es la "ilusión legitimadora" a la que se refiere Mancero citando a Philip Abrams. Ese ser que hace de puente entre mi deseo de esclavizarte y aquel aliado que creo identificar dentro de tu propio cerebro y que podré instrumentalizar a tal efecto, ese deseo tuyo de hacer lo correcto, de gozar de aceptación y estatus social, de no desentonar, de pertenecer a la Gran Mayoría Moral. Para instrumentalizarlo, lo único que necesito es una Autoridad que te convenza, que legitime, que afiance el control remoto. Aquí Rafael Correa, en una reciente entrevista:

"De allí que instó a plantearse ¿quién manda en una sociedad, si el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"

Tengo a los torquemadillas a mis espaldas, respirando por mi nuca, así que prefiero no entrar en detalles sobre el padecimiento psíquico evidenciado por quien es capaz de plantearse una pregunta semejante. En una sociedad, Sr. Correa, en una de verdad, nadie "manda": eso entra en la propia definición de sociedad. Mira, te lo pongo fácil:

Sociedad: Agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida. (DRAE, énfasis mío)

 Claro que este ideal de sociedad basada en la mutua cooperación se encuentra muy parcialmente realizado por dondequiera que mires, precisamente porque la enfermedad del poder, el deseo de "mandar", se encuentra tan extendida: muchas veces, la realización práctica de "sociedad" consiste en susurrar, entre risas sofocadas, a espaldas del Jefe. Pero insisto: en cualquier lugar, si a la pregunta "¿quién manda aquí?" recibes una respuesta al instante y sin titubear, lo que tienes delante no es una sociedad sino una jerarquía, palabra que proviene del griego y evoca el poder de lo hieros, de lo sagrado, siempre mediado e interpretado por los jerofantes o sumos sacerdotes, en su particular jerigonza o impenetrable galimatías, el mismo que, según ellos, justifica su privilegiado estatus y todos los sacrificios que hacemos para que coman rico. Ahora, repitamos la pregunta, que no tiene desperdicio:

"¿quién manda en una sociedad, (...) el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"

Correa sabe perfectamente que "el capital" nunca ha mandado en ninguna parte, ni puede mandar, pues mandar es atributo de personas... pero suena bien, no digas que no. Y estoy de acuerdo en que, dondequiera que encuentras a algunas personas, eso sí, personas, dando órdenes, "mandando", vale inmensamente la pena preguntar quiénes son y con qué derecho "mandan". Y si son personas honestas, desenvainarán la espada, sacarán el puño, o maniobrarán sus tanques de guerra sobre tu césped, y dirán con una gran sonrisa socarrona, "con este derecho". Porque el poder, en el fondo, es eso: la capacidad física, logística y balística de aplastar al adversario las veces que sean necesario. Nada más y nada menos.

Pero resulta que nadie dice esto. Siempre hay un Simón, un Simón sospechosamente ausente, de cuya excelsa voluntad nuestros parásitos no son más que humildes y abnegados instrumentos. Antiguamente se hacía llamar Dios (según autoridades tan diversas como Anya Seton y Bob Dylan); ahora con más frecuencia ellos se conectan con ese traidor dentro de tu cerebro llamándolo "el Pueblo" o, helo aquí, "las Grandes Mayorías". Lo dicho: psicológicamente es la mar de eficaz. Si no aceptas el veredicto de "las grandes mayorías", siempre según lo revelado por nuestros queridos jerofantes, pues lo siento, te acabas de excluir de "la sociedad" (el resto de gente que sí lo acepta), y además, te muestras como un ser egoísta, perverso, inmoral. Tú eres una sola chica, y ellos son nueve caballeros violadores: ¿quién eres tú para objetar su mayoritaria y sagrada voluntad? Por algo se ha dicho: la democracia es dos lobos y un cordero votando sobre qué cenar esta noche. Con la particularidad de que el lobo humano no dice "me place comerte", sino "Simón dice que te tengo que comer". "Lo siento, la decisión de la mayoría es que debes ser comido. Yo no quisiera, pero...". La apoteosis de la cobardía, en suma. Así somos.

Si una cosa hay claro en todo esto, es que ninguna mayoría es grande. Las mayorías pueden ser muchas cosas, pero grandes nunca. Y como siempre digo, cualquier duda, diríjase a Milgram Experiment. Las mayorías son precisamente eso. Así de siniestras y así de patéticas y deleznables.

Entonces, ¿qué? Se ensalza la minoría, la élite pues? No, y presta atención: la élite y la "gran mayoría" se necesitan mutuamente, son dos caras de una misma moneda, y perdonen el cliché, por mucho que se predique lo contrario. No hace falta más que mirar el Ecuador actual: nadie duda seriamente de que ahora hay "una élite" ocupando el poder político. Asimismo, parece claro que una de las armas con las que esa élite mantiene su hegemonía es precisamente esa retórica tan infantil como deshonesta según la cual todo se hace en función del Pueblo, de esas silenciosas "mayorías", que supuestamente "mandan" y cuya voluntad, de alguna misteriosa manera, siempre coincide con la de su Presidente electo, y sus odios y prejuicios, ídem.

¿Cuál es la alternativa? Pues lo dicho: una sociedad, un espacio de cooperación, en que se dificultaría la acumulación de poder, en la que se practicara la honestidad intentado llamar las cosas por su nombre, si es que nombre tienen, y donde reinara un salubre recelo a las abstracciones inhumanas, sean ellas "Pueblos", "Mayorías" o cualquier otra deidad que se oculta y se escuda tras una conveniente ausencia, cuando no se encuentra justificando matanzas y torturas emprendidas por El Poder en defensa propia. Imagine there's no Simon: tú decides por ti, y yo por mí, hasta el límite de lo posible, y ambos nos responsabilizamos de las consecuencias de nuestro actuar. Mientras alguien o algo "manda", no estamos ahí todavía. That's what O'Grady says.

Si llamé sorprendente al artículo de Mancero, no es que yo presuma de conocer sus antecedentes, su carrera y sus ideas. Simplemente me sorprende que en un medio como El Telégrafo se permita cuestionar el carácter sagrado del Estado, de que todos viven y comen por esos lares, o que se vislumbre públicamente su íntima relación con los crímenes de lesa humanidad en este país y en otros. Tal vez el Sr Pérez estaba ocupado ese día, y lo dejó pasar por equivocación. No creo que veamos nada más por el mismo estilo en mucho tiempo. De todas maneras: un pequeño bravo creo que sí merece.

Mucho más en la línea habitual del medio es el artículo del desdichado de Werner, muestra impagable de racismo, mezquindad y enorme deshonestidad (como si "los alemanes" pretendieran otra cosa que lo que pretende cualquier turista visitante al país, que es poder entrar y salir sin obstáculos y ver lo que desea ver y sacar sus propias conclusiones y fotografías y opiniones al respecto, cosa a lo que cierta Declaración Universal les otorga legítimo derecho, creo recordar). Dos cosas a tomar en cuenta: primero, que el racismo institucional y la xenofobia ya parecen moneda corriente de la nueva versión del correísmo (los comentarios de Correa acerca de la Tabacchi, espeluznantes), y segundo, que se pone cada vez más de moda esa retórica deshonesta según la cual tus decisiones adolecen de "moralismo", mientras las mías son meramente "técnicas". El abuso de esta palabra, "técnico" lo encuentro en la entrevista a Correa, en el artículo citado de Werner, y en otro de la misma página: tal parece, todos se han puesto de acuerdo en que si yo me quejo de tus atropellos a mis derechos, estoy aplicando un "moralismo" típico del más rancio "conservadurismo", mientras si tú denuncias mi supuesto "egoísmo", falta de "solidaridad", etcétera, éstas son simples apreciaciones "técnicas".

Se me fue el tiempo, pero... When the fuck will these people grow up?

Sunday, December 14, 2014

Quiénes me leen

Hoy es domingo, día en que la gente lee, si es que lee algún día. Son las 7:45 de la tarde. El número de páginas vistas en el blog el día de hoy está en 17, según informa blogger.com. Tal vez llegue a 20 antes de que me acueste. Esto es lo que hay.

Bueno, no siempre. Hay días (escasos) en que llega a 50. Otros días queda en 5 ó 10. ¿Que no debería quejarme? ¿Que un público de entre 5 y 50 personas (siempre suponiendo que esos visitantes no "repiten", pues la cuenta es de páginas visitadas: podría, en teoría, ser una sola persona excesivamente masoquista) no está nada mal, para un viejo baboso de inspiraciones ridículas, de estilo plomizo y frecuentes errores de concordancia? Estuviera de acuerdo si no fuera por los siguientes dos datos, también extrapolables a partir del excelente servicio de rastreo de blogger.com, a saber:

(1) Casi la mitad de mis lectores viven en Uxrania.
(2) La otra mitad de mis lectores consiste mayormente en empleados de la SEXOM.

Debería aclarar que no tengo nada contra los uxranianos. Me parece gente excelente, la sal de la tierra, y si tengo que enfrentarme algún día a un Trial By Combat, escogeré preferentemente a un xosaco para defenderme. Pero como sea que este blog no los menciona para nada, ni a ellos ni a su país, que no conozco en absoluto (ni como para saber dónde se ubica Crimea River), ni está escrito en uxraniano, tengo la viva sospecha de que esos visitantes llegan acá por equivocación, tal vez manejando una cadena de búsqueda en Google como Baxxlexhip Poxexkin, o algo así. Y en cuanto a los empleados de la SEXOM, pues tampoco tengo nada contra ellos, realmente. Hay peores maneras de ganarse un sueldo que eso de buscar Enemigos de la Patria e indagar en sus circunstancias personales para posibles futuros juicios, procesos de expatriación, o lo que sea. No soy tan ingenuo como para creer que ellos, los humildes - ¿cómo los llamaré? - cibertorquemadillos, comparten la furia justiciera de sus jefes. Simplemente cumplen órdenes, y puedo simpatizar con ellos en tanto su trabajo debe ser extremadamente aburrido, algo parecido al del profesor universitario que se ve obligado a pasar horas investigando posibles plagios en trabajos entregados mediante Google. Si los conociera, les invitaría a una cerveza. Se lo merecen, los pobres.

Pero empleados de la SEXOM son, y lo sé porque el desglose de las páginas visitadas siempre gira en torno a un puñado de viejos posts que, sin ser ni los más interesantes ni los mejor escritos ni los más divertidos ni los más originales, sí comparten una de dos características: o bien "hablan mal" del Prexidente (donde "hablar mal" significa aproximadamente: no deshacerse en elogios sobre su excelente gestión, su incomparable liderazgo, etc.) o de algún dignatario de Alianxa Paíx, o bien proporcionan posibles datos sobre la identidad del que suscribe. Con lo que se colige fácilmente, creo que sin caer en paranoias, que en algún lugar reposa un archivo con una serie de citas "incriminadoras", cuidadosamente seleccionadas y descontextualizadas, junto con anotaciones sobre la identidad, lugar de trabajo y otras precisiones que en algún momento servirán para justificar esa patada en la puerta a medianoche que ya va haciéndose familiar en la cotidianidad ecuatoriana. ¿Que por qué todavía no llega ese día o esa noche? Porque, supongo, se espera esa perla de remate, algo así como la Frase Tonta de Emilio Palacio, ese olor a sangre que promete presa fácil y cárcel seguro dentro de la legalidad vigente. Se espera que yo escriba algo así como "El Prexidente es el hijo secreto de Xinochet y Hillary Clixton" para poder actuar. Algo así, sin equis y sin comillas. Entonces, ¡zas! el lobo.

Qué puedo decir. Pero ¿no se dan cuenta de lo ridículo que se ven? Y no solamente porque preocuparse de las expresiones de una viejo inmigrante intermitentemente coherente que no reúne más audiencia que dos ex novias españolas, un antiguo compañero de piso escocés y una horda de cosacos despistados les ubica mejor en un sketch satírico que en cualquier tarea de gobierno, así sea de gobierno criptofascista. Y en segundo lugar, porque aquí no hay nada siquiera jugoso. Por si acaso, todo lo que precede y todo lo que sigue en este blog se cobija bajo el siguiente disclaimer:

(1) No soy periodista. Por tanto, no tengo fuentes de información privilegiadas. Todas las opiniones sobre política y personajes públicos vertidas en este blog se basan en las mismas fuentes de información públicas a las que tiene acceso cualquier ecuatoriano lector de periódicos.
(2) No pretendo influenciar a nadie: al contrario, me entristecería mucho enterarme de que alguien estuviera tomando mis opiniones por suyas, en lugar de llegar a sus propias conclusiones por sus propios medios y raciocinios.
(3) No tengo mucha plata. Me temo que aunque me vacíe las cuentas bancarias, difícilmente llega el Prexidente a comprarse un pase de un día en algún parque de Disneylandia, mucho menos un apartamento en Bélgica o lo que fuera el último capricho suyo. Hay presas mucho más apetecibles desde ese punto de vista.

En fin. La cuestión es que quienes me leen no son, de momento, y con alguna salvedad honorable (ca me suffit) quienes quiero que me lean (ca ne me suffit pas). Y ¿quiénes son esos lectores tan especiales como elusivos? Pues gente así como sigue:

- Que comenten los posts.
- Que me expliquen claramente y sin ambages (y preferiblemente sin aspavientos) en qué estoy equivocado. Saben, estoy harto de estar equivocado sin saber por qué. Nadie me lo dice. Tal vez tienen miedo de que me ponga a ulular y a lanzar excremento. De veras, no soy así.
- Que me envíen botellas de whisxy (una vez tuve uno de ésos, pero desapareció).
- Que tengan mentes como alcantarillas.
- Que tengan sentido de humor.
- Algo de cleavage sería un plus. Me refiero a cleavage virtual, no estoy pidiendo adjuntos. Ése que se nota en el empleo de adjetivos y adverbios. Ya saben.
- Que también tengan algo que decir.

Puedo esperar. Pero no eternamente. Estoy entre seguir con esto y dedicarme al punto de cruz. Ya veremos.

Middlesbrough (3) West Bromwich Albion (0)

En un post anterior osé referirme en tono despectivo a la serie de HBO Game of Thrones sin haber visto de esa serie más de un fragmento de unos tres minutos de duración. Luego me sobrevino el arrepentimiento y la curiosidad. Realmente uno no debe hablar de cosas que no conoce. Así que me propuse la tarea de verla, hasta donde quedó (se amenaza una quinta temporada). Hecho.

Hay un video en YouTube de una entrevista con los creadores de la Vida de Brian (dos de ellos, si bien recuerdo) a quienes el programa enfrenta en torneo a un obispo y un muggeridge (especie de malvado duendecillo que antes florecía en Inglaterra, en los Viejos Tiempos). Los Python no se ven muy en forma ese día: mejor dicho, se les ve muy jóvenes y muy bocazas (si no tuviste una juventud de bocazas, reza tres avesistemas y lo olvidaremos).  El obispo, afortunadamente, no tiene apenas nada coherente que decir, aparte de un curioso argumento que de memoria resumo así:

- Si un adolescente, digamos un niño de catorce años, que no supiera nada de la fe cristiana, viera su película, se llevaría una versión muy distorsionada de la vida y de las enseñanzas de Jesucristo.

Ahí es donde uno se frustra, pues los Python según recuerdo se limitan a cuestionar la posibilidad de que un niño inglés de 14 años haya podido evitar todo tipo de roce con el cristianismo. La respuesta correcta, evidentemente, era la siguiente:

- Si un adolescente, digamos un niño de catorce años, que no supiera nada de la fe cristiana, viera esta película, no se llevaría ninguna versión de la vida y de las enseñanzas de Jesucristo, pues la película no trata sobre ese personaje.

Bueno, es una de tantas réplicas posibles. También serviría tal vez preguntar dónde el santo obispo había visto una parodia que no "distorsionara" (ya que tanto el obispo como el muggeridge insistían en que se trataba de eso, de una parodia, y está claro que no se equivocan del todo en eso). En fin. Me viene esto a la memoria simplemente porque cuando veo películas, series de televisión y otros productos que manejan un universo alternativo que se regodea tanto en Lo Medieval, en lo Mazmorras y Dragones, últimamente se me viene a la mente una pregunta similar:

- Si un adolescente, digamos un ecuatoriano medio de unos 42 años, o un neoyorquino ídem, que no supiera nada de la historia medieval, viera esta serie, se llevaría una versión muy distorsionada de la historia occidental y de la sociedad de otras épocas.

Y claro, casi al instante se me ocurre la respuesta:

- Pero si se trata del género fantasía, estúpido cabeza de chorlito. Las fantasías no tienen ninguna obligación de mostrar ninguna realidad histórica.

Y al igual que en el otro caso, luego me quedo pensando. La réplica, por contundente, no deja de ser simplista. Si la Vida de Brian no mostraba la vida del bueno de Yeshua, sí lo parodiaba (o mejor dicho, parodiaba algunas representaciones conocidas de la misma). Si Juego de Tronos no nos muestra ni pretende mostrarnos la Europa Medieval, sí descansa en algunos estereotipos que asociamos con ese pedazo indigesto de la Historia. En ambos casos, el espectador polimorfamente ignorante puede terminar con la cabeza llena de ridículos cuentos que más adelante podría confundir con La Historia. O que podría preferir antes que La Historia.

No voy a largarles el típico discurso denunciatorio contra los estereotipos de Merrie England: si quieren, pueden leerlo enterito en Lucky Jim. La cuestión es que los ingleses tienen su versión propia del mito de Cockaigne, de la Edad de Oro, vaya si la tenemos, que hasta fue capaz de seducir y de aturdir a un pensador tan escrupuloso como Orwell. Y lo más frustrante del mito es que, si le sacas sus Robin Hood, sus Reyes Arturo y demás impurezas legendarias, es muy difícil señalar en dónde está equivocado. Alguna vez, antes de la Política Agrícola Común, sí hubo carne con sabor. Doy fe. Alguna vez, antes del puritanismo socialista actual, sí había pubs llenos de humo, y con cervezas que valían la caminata. Hasta me atrevería a jurar haber visto alguna vez una buxom serving wench, por alguna parte, no me pregunten dónde. Nunca escuché allá ningún ruiseñor, siquiera en la infancia antes de Rachel Carson, pero confío en los poetas decimonónicos, en que sí existían esos aves legendarios en algún tiempo pretérito. En fin. Empiezo a creer que el problema de este mito, y tal vez con todo mito parecido, con toda Arcadia perdida, no estriba en lo que te cuenta, sino en lo que te calla.

Y tal vez lo mismo cabe decirse de las anti-utopías: de las largas noches neoliberales y todo el intríngulis. Nadie duda, a estas alturas, de que en los años ochenta y noventa en Ecuador toda la vida de la gente se desarrollaba en monocromo y con fondo de Karl Orff. Pero aun así, sospecho que en alguna parte, alguien (de nuevo, no me pregunten cómo) conseguía, de forma discreta, pasárselo bien, aun sin necesidad de pertenecer a la oligarquía, al gremio de las orgías en Carondelet. La vida monocromática sí admite ricos matices. Pregunten a los directores del cine negro de los años 40. Y es que este país siempre me parecía puro cine negro.

Adonde voy con esto... a varios sitios. Por un lado, a una necesaria admisión: mi mente está infecta, de modo irreversible, de esa tendencia a regodearse en un pasado ahistórico, mítico, idealizado, novelesco: un pasado que se presta a confundir con un presente oculto (fuera del enfoque de la cámara) o un futuro reivindicable. Intento curarme en salud contra las consecuencias de este modo de pensar, y así, puedo caer fácilmente en la exageración opuesta, en el dogma neorooseveltiano de que "nunca lo hemos tenido tan bien como ahora (y tampoco lo tendremos jamás mejor, obviamente)". En otras palabras: si no soy conservador es porque tengo demasiados instintos de conservador. Y no estoy (todavía) para convertirme en un ser bidimensional, en Mr & Mrs Cardboard Cut-out.

Segundo: respecto a la serie mencionada, pues qué les puedo decir. Mucho dinero gastado, paisajes soberbios, buenos actores (me enterneció ver a la Diana Rigg envuelta en toallas), y un guión eficaz con algún que otro destello de brillantez. Además, gran cantidad de tetas desnudas, cuellos cortados brotando sangre y diversas amputaciones, if you like that sort of thing. Así que, si voy a ser crítico (la idea original), voy a tener que esforzarme un poquito. Probemos con esto:

En música, se puede prescindir de tonalidad y tus receptores más íntimos ni se inmutan; en ficción, no se puede prescindir de anclaje histórico. Necesitamos saber (o poder adivinar) en qué mundo se desarrolla la historia, y a cuántas leguas o cuántos siglos ese mundo se encuentra respecto al nuestro.

O sea que mi problema con esa serie, si insisto en tener uno, es con todo el género fantasía (estrictamente high fantasy), en tanto te responde a las preguntas dónde y cuándo con una sonrisa socarrona y nada más. La trama de Game of Thrones sabemos que tiene lugar en un continente llamado Westeros: pero ¿en qué planeta? (En uno muy raro, para que los veranos duren lustros y los inviernos también, y sólo cuando quieren.) Si en el nuestro, ¿en qué remota época? Cuando leí El Señor de los Anillos, de adolescente, me hice un poco la idea de que lo que leía era la reconstrucción de un remoto pasado de la tierra, basada en una serie de enigmas linguïsticos y diversas leyendas de origen desconocido: eso era nuestro pasado colectivo auténtico, que algunos seres malignos o eventos cataclísmicos habrían escondido y disfrazado ante los historiadores, para que la historia se repitiera malvada y eternamente (la obra fue escrita en parte durante la segunda Guerra Mundial). El mundo de Tolkien es leyenda y prehistoria, y aun así, me causó algunos dolores de cabeza debido a mi afán de verisimilitud y de precisiones. El mundo de George RR Martin (RR para que no sea el quinto Beatle, supongo) es una especie de Europa medieval à la carte, con recuerdos amorosos de las Guerras de las Rosas ("Stark" y "Lannister"), con elementos legendarios (dragones, gigantes, brujas) de guarnición, y anacronismos a todo dar (pensaba que con Primeval había visto mi último mamut, ay, ingenuo de mí). ¿Qué hay de malo en todo esto? Tal vez nada. Quizás soy esa retaguardia reaccionaria que fustigó a Debussy por abandonar las "leyes" de la armonía y por no "resolver" sus disonancias. Siempre busqué la manera perfecta de ser irrelevante.

Y la analogía se sostiene en tanto la música atonal también parece "demasiado fácil" (hasta que lo intentes)

No sé. La historia entretiene, pero creo que entretendría más si pudiéramos echar mano de nuestros conocimientos históricos para descartar toda una serie de dei ex machina posibles y discutiblemente tramposos. Es "demasiado fácil" ganar batallas con dragones, o amenizar una trama potencialmente aburridísima con zombis que salen de la nieve y pelean con espadas. Es demasiado fácil matar a un personaje que ya estorba, introduciendo en su carpa de guerra a una especie de asesino hecho de humo, con un puñal ídem, cortesía de una malvada bruja estilo Rebecca Watson. Y cuando digo demasiado fácil, el enfoque es el de un viejo prejuicio, que el arte se hace a partir de una cuidadosa y sabia elección de condicionantes previos, muchos de ellos empaquetados dentro del género. El género te resuelve muchas preguntas posibles antes de empezar. Por ejemplo, si vas a componer una canción, inscribirse en el género rock de antemano te permite olvidarse de posibles acordes complejos pertenecientes al género jazz. Tus armonías tienen que ser sencillas, punto... y si no es prog, pues tus ritmos también. Haz lo que puedas dentro de estos límites. En poesía, el visitante a esta página habrá visto que yo prefiero las formas y la prosodia tradicionales. No es por desdeñar lo moderno, sino por conocer mis propias limitaciones. Cuanta más libertad métrica tengo, más posibilidades se ofrecen... para equivocarme, para meter la pata, para que el verso se desinfle y quede arrastrándose penosamente por el suelo. Soy viejo para reinventarme cualquier rueda. Admiro los pioneros y los experimentadores, pero no tengo ya pulmones para eso. Rimar es mucho más fácil que no rimar, a fin de cuentas. (Rimar imaginativa y relajadamente, estilo Larkin, ya es otro cuento.)

Cuando Tolkien y CS Lewis sellaron el pacto de borrachos, que consistía en escribir sendas obras de "fantasía", con toda razón aquél arremetió contra éste, apuntándose un tanto al señalar la frivolidad o irresponsabilidad de yuxtaponer faunos y centauros con Santa Claus (y peor, con Jesucristo disfrazado de león). Y es que tener algo de conocimientos (historia, literatura, filología) te hace doler más el roce entre categorías mentales. Por eso sospecho, sólo sospecho, que la popularidad del género high fantasy exhibe correlación con el fenómeno del dumbing down occidental. Mientras menos sabemos, más baja el listón de la suspensión de la incredulidad. Y no es que Martin esté tan, tan lleno de esos roces: pero su popularidad es garantía de que habrá avalancha de imitadores con mucho menos sentido estético y de propiedad narrativa (por no hablar de conocimiento de las propiedades del Greek Fire) que él. Y por supuesto, a muchos eso de escribir novelas de 600 páginas les parecerá demasiado trabajo comparado con la opción del videojuego. Así que nos estamos adentrando en un siglo XXI donde el entretenimiento cada vez más requerirá un rutinario castillo, una rutinaria espada, una rutinaria mazmorra (con o sin músicos hawaianos), un rutinario dragón, unos rutinarios elvos, una rutinaria damisela (con pechos pretensados y reforzados), una rutinaria bruja, un rutinario grimorio. Tolkien, Lovecraft, Martin, John Norman (inventor del aburrido y tétrico mundo Gorblimey), Moorcock (you fervently moan) y por supuesto Rowling, son y serán nuestros proveedores de Amadís y Palmerín, hasta que vuelva de la guerra en Oriente un nuevo Cervantes para salvarnos de todo eso, cumpliendo con la antigua profecía (and in the latter days there will be an explosión of bad fiction, and mothers will put their children to bed before the 9.00 watershed, and there will be much weeping and wanking, and there will be a minor character with the name Shagga, &c).

Martin dice (más o menos): las libertades del high fantasy sólo tienen una justificación posible: la verisimilitud psicológica. Puedes tener todos los duendes y gigantes que quieres, a condición de retratar fielmente la humanidad. Sus seguidores dicen: ¡mira! ¡los personajes buenos y malos eluden ser buenos y malos, respectivamente, exhibiendo comportamientos contradictorios! Y hasta cierto punto estoy de acuerdo. GoT refresca las partes donde el moralismo facilón hollywoodiense no llega, y halaga nuestra intuición de que ser bueno a la usanza californiana es, será y siempre fue la mejor manera de terminar degollado por un cacareante imbécil subhumano con cámara de video Sony. Pero repito: el ser humano es primariamente eso, una eterna lucha con los condicionantes que te rodean: tecnología, política, sociedad, bacteria, clima, medios de comunicación, sexo, cansancio, anécdota, insectos, deportes, minería, actividad volcánica, revistas dominicales, canciones populares, erupciones cutáneas. Se admira la dedicación con que Martin ha inventado una realidad alternativa, donde todos estos variables toman valores aleatorios pero internamente consistentes... pero yo, por lo menos, no puedo concebir un yo sin mis circunstancias, y mi intuición me sigue diciendo que hasta que las circunstancias no sean reconocibles en algún nivel, no se podrá hablar de un autor para adultos. (Sobre ese prejuicio tonto de que todo lo que tenga sexo, sangre y malas palabras es "para adultos", mejor no hablar. Casi siempre me resulta lo contrario.) Martin me parece un autor con suficiente talento para que escribir para adultos no le sea difícil... pero falta que lo desee, y como dije en otro lugar acerca de Rowling, los adultos son tan escasos en el mundo contemporáneo que escribir para ellos se nos antoja un suicidio comercial. Mientras, la falta de condicionantes da lugar a un constante viraje al lado masturbatorio de la imaginación. Que el siglo XXI sea ya, por antonomasia, el Siglo del Pajero, me parece de sobras evidente. Pero no hay que abusar, tampoco, eh.