Friday, February 28, 2014

Por fin llueve (la cita escurridiza)


Tengo cita con la lluvia. De aquí una hora salgo al patio. Espero para entonces no amaine, como tantas lluvias de estas pasadas semanas. Tiene que durar, fortalecerse, tronar, ocupar toda la noche. Quiero volver a descubrir la distancia, la lejanía, lo subjetivamente infinito, esa dimensión que sólo el sonido de la lluvia puede revelarte. Lo necesito tanto.

Mientras, voy a volver sobre algunos pasos anteriores. Voy a repetirme. Lo hago a menudo en este blog; a veces, me acuso de reciclador. No importa. He notado muchas veces a lo largo de los años que todo el que tiene algo que decir, lo dice más de una vez: tanto es así (y sobre todo ahora, en este mundo tan sordo) que quien no recalca como que se pierde en el ruido circundante, y algunos genios a veces se confunden peligrosamente con aquellos locos de una única idée fixe. En el concierto mismo de la lluvia hay muchas repeticiones, así no llegue a basso ostinato.

La cita, entonces, que seguramente habrá salido antes en estas páginas, aunque no recuerdo dónde:

“Il n’y a qu’une chose qui mérite le mépris: c’est le mépris.”

Lo he probado en Google en diferentes versiones (“La seule chose qui mérite…”) y diferentes idiomas. En castellano:

Lo único que merece desprecio es el desprecio.”

Google no suelta prenda, y yo tengo una pésima memoria. Creo que la cogí de Maeterlinck, pero también sospecho que Maeterlinck a su vez puede haberla prestado de Marco Aurelio. (Resisto aquí el impulso de hablar de esas librerías inglesas de segunda mano – léase décima mano – como el Penn Bookshop, esos antros polvorientos llenos de sabiduría añeja y de potboilers de hace un siglo, de dónde la edición de los Pensamientosde Marco Aurelio, con anotaciones en lápiz, de puño desconocido, todavía visibles, que hace años guardaba: no quiero llenarme de nostalgia y de tristeza. Bueno, sólo un poco, lo preciso.) La cuestión es que lo leí en algún momento durante la infancia, y fue el flechazo: ya tenía mi cita preferida oficial para el resto de la vida. A más de buena, la frase me parecía una obviedad: pero de ésas que hay que recordar de vez en cuando.

Con los años, descubrí que no era así. Existen quienes no están de acuerdo en que lo único que merece desprecio es el desprecio. Sin embargo, no suelen fundamentar su postura. Me dicen cosas como: y los violadores, ¿qué?

Me entristece tener que enterarme, de ese modo, de que hay gente que piensa que la violación no es un acto de desprecio. ¿Qué demonios es violar, robar, matar, entonces, si no es despreciar a otro ser humano?

- Ah - , me contestan, visiblemente aliviados. – Así que no quieres decir que esté mal despreciar a determinadas personas. Mientras lo haces por una buena razón. Mientras ellos se lo merecen.

No, no quiero decir eso. Presten atención. Probemos de otra manera:

No sacas nada bueno, ni demuestras ser buena persona, despreciando a quien sea, por la razón que sea.

Más contundente, quizás:

Cuando desprecias al violador, te colocas en el mismo nivel que ese violador. No digo el mismo nivel moral, pero sí psicológico. Por dentro, y obviando sutilezas – por dentro, digo, en la parte que más importa porque precede a los meros actos morales visibles - eres igual que él.

De donde nace el corolario (y aquí es donde más reciclo): no hay nada malo en ser obstinadamente humano. Puede que a veces humanismo y cojudez se parecen, pero son de distinta familia.

Debo añadir, para quién esté pensando probarlo en casa: es un credo doloroso, que te va a meter en muchos problemas. Mejor lo practiques, como yo, solamente a medias. O, como Gandhi y Mandela, sólo cuando alguien importante está mirando.

¿Doloroso? Tanto, que a veces uno desearía poder consolarse con el pensamiento de que los manifestantes en Venezuela sí son fascistas(es decir, son de lo más despreciable que ser humano puede concebir: fascista quiere decir eso, ¿sabías?), a pesar de las apariencias, y a pesar de que la única evidencia hasta la fecha aducida al respecto es la palabra de un señor muy respetable que conversa con gente difunta en forma de pajarito.

Pensar eso me daría Licencia para Despreciar, lo cual me convierte en un tipo cero-cero, algo especial. (El desprecio nace del complejo de inferioridad, eso es básico.) También me concedería vida social instantánea: ¡ven, únete a la Gran Familia de la gente no fascista!

Pero no puedo.

¿Por qué no?

Valores. Tu cita estrella revela tus valores (aunque de una manera que te sorprendería, quizás). Lo dicho (aquí, passim): el más cortés, en su interior, suele ser el tipo más cruel. Sólo el picor insistente de esa crueldad secreta puede redondear y endurecer esa piedra demasiado exquisita que todo el mundo ve. A mí me enseñaron, porque soy ese tipo de hijueputa que lo necesita: no desprecies, no violes. Tus pretendidas virtudes son sólo cálculos y perezas, la disponibilidad ajena es sólo figura óptica. Desengáñate.

(Ah, y no nos “enseñan” valores. Acaso sólo ese metavalor que se resume en “contradigate”. A partir de ahí, si no nos joden, escogemos cada uno, a cierta edad, los valores que necesitamos: los que contrastan con esa cosa inconfesable que sabemos que somos en el interior. Pienso en mis valores, y me enfrento al reflejo de mi intimidad: quien pretende, entonces, “enseñar valores” a los niños se revela abusador de niños, pues pretende introducir parte de él en lo más recóndito e íntimo que el otro tiene. Es algo asqueroso, pero, como tantas cosas asquerosas, es también consenso y realidad social. Vengan solidaridades, vengan desprendimientos. Me encanta el que el inglés no tiene un verbo solidarizarse, al igual que me perturba que el castellano no tiene nada para smug.)

Contradigate. Un inglés es un volcán. Afortunadamente, la mayoría, en la práctica, somos extintos.

 


Boue to a Goose


 With salt in the offing, the sluggish river declines
to rush: her flanks flag, dawdle, take in the sights.
Sea-lettuce scales the brackish backwash, slights
canoeists, drifts in egret-priested lines.
Death commingles here with life, and dines
in wayside kitchens; where the fly alights,
cross-hairs twitch silver; sudden appetites
explode even the mayfly's mild designs.
  The deep ahead now scarcely pulls this blood,
which curls and clings to talismanic signs,
backwater reconstructions of remembered mud:
here, when a certain tidal swell reminds
of old affairs mistaken at the flood,
the subtle serpent drools her anodynes.

Monday, February 17, 2014

Vampiros

Los columnistas del Telégrafo son como los Reyes Magos: si bien todos están ahí para postrarse y adorar al Redentor, algunos lo hacen con ogro, otros con incienso, y otritos con algo que, por el olor, parece mirra en estado puro. Bueno. Me había jurado no meterme más con el Padre Pierrot, y con todo ese montón de mirra que habitualmente coloca en sus artículos. Pero no quería dejar pasar la ocasión para, una solita vez, ponerme de acuerdo con él. Y es que si en una cosa sintonizamos completamente, es que la temporada de elecciones hace pensar en los muertos.

Para él, "los muertos" son todos aquéllos que no comulgan con su ideología política: y si a ese requisito se agrega ese terrible extra ecclesiam nulla salus que como sacerdote católico tiene la obligación de sostener como dogma, tenemos a un sujeto que debe de ver muertos por todas partes, como un milagroso superviviente en un relato de holocausto nuclear. Claro: si no te condenas por infiel o por hereje, aún se extenderá sobre ti la sombra de la muerte por ser de derechas, por ser "rico", o bien, si eres pobre, por tener "corazón de rico" (el ojo de Pierrot lo ve todo).  Además (y aquí los conocimientos bíblicos de Pierrot sobrepasan largamente los míos), a las prohibiciones tradicionales más conocidas, las de no redondearse la barba, no llevar ropa de dos tejidos diferentes, no ser homosexual, no ofrecer a Dios como sacrificio pollos KFC, no acudir al Templo sin el número correcto de testículos, etcétera, se añade (aunque no cita verso, pero supongo que la saca de Deuteronomio) la de no ver telenovelas, o por lo menos no "consolarse" viéndolas (ojo con esa mano, señora), y más sorprendente aun, no tomar cerveza en las esquinas. Textual: "Mueren los pobres que se consuelan mirando las telenovelas, las chismoserías morbosas o tomando cerveza en las esquinas."  ¿En las esquinas? Eso merece un párrafo aparte.

Ustedes no sé. Hay lugares que no (gran parte de Guayaquil, para empezar, supongo que la "regenerada") pero en Durán, por lo menos, es frecuente: andas por la parte céntrica y en algún lado, por ejemplo más o menos frente al Tía o La Dolorosa, ves a algunas personas, hombres raquíticos o mujeres elefantisíacas, tomando cerveza. Más todavía si bajas al Malecón, pasando al lado de Servipagos y las friterías, para doblar la esquina donde el Produbanco y seguir. Bueno. A lo que iba: ustedes no sé, pero cada vez que yo veo a alguien que toma cerveza en la calle, o en alguno de esos "salones", siento como una mezcla de nostalgia, de sana envidia y de honda alegría. ¿Por qué? Porque tomar cerveza es una actividad placentera (eso es científicamente demostrable) y mi propia relación con el placer es una relación dolorosamente pretérita. Es decir: antes, hace muchos años, conocía algunos placeres. Ahora, con esta difícil vida que tengo, ya no. Teniendo familia, la cerveza está entre las muchas cosas que no puedo costearme. Entonces, sólo me queda la opción de gozar de ella vicariamente: de alegrarme de que algunos en este país, no me pregunten cómo, a pesar de lo nublado de reglamentos y Leyes de Comunicación que luce el cielo, todavía se las arreglan para tomar, inocentemente, cerveza. Además, prefiero creer que tienen todo el día para hacerlo. Y que, mientras beben, sostienen conversaciones amenas a la vez que profundas, tal vez sobre el último teorema de Fermat o la conjetura de Goldbach, o sobre el papel que jugó el krausismo en el quehacer literario de Clarín, o sobre las habilidades rítmicas y musicales de las cacatúas, o sobre la evolución estilística de Shostakovitch, o sobre la belleza de los parques austríacos, o sobre los vaivenes del mercado internacional de zinc, o sobre el probable desenlace de la telenovela La Pecaminosita Modosita. En fin, que aparte de disfrutar, también aprenden algo, o (como se suele decir) "se autosuperan" de algún modo, pues me consta que el placer y el aprendizaje no están para nada reñidos entre si.

Ahora, no puedo decir que toda la ira y el desprecio y la carga mortífera del anatema de Pierrot recaen sobre todas esas personas: pues me consta también que no todo el que toma cerveza, lo hace en una esquina: y la relación moral entre tomar cerveza en una esquina y hacerlo en otro lugar, aunque sospecho que sería como de pecado mortal a venial, me faltaría para comprobarlo algo que no tengo, que es el manual de Don Heriberto Jone tan frecuentemente citado en la novela de Greene. Pero creo que por lo menos ustedes estarán de acuerdo conmigo en que ese mundo que Pierrot y sólo Pierrot ve, ese mundo habitado por muertos cerveceros, muertos telenoveleros, muertos anticorreístas, etcétera, en fin, muertos por todos lados, es un mundo un tanto... no sé cómo decirlo... muerto. Y ahí está el problema, que creo que detecté hace mucho tiempo, con eso de ir juzgando a la gente - un problema que, en un arranque poco habitual de lucidez, el mismo Jesucristo también supo identificar un tiempito antes que yo - : que cuando vas por el mundo juzgando y condenando a tus semejantes a diestro y siniestro, al final te encontrarás viviendo en un mundo horrible, feo, embadurnado de mirra por doquier. Si para ti el peor defecto imaginable en una persona es no ser exactamente como tú eres, entonces te condenas a ti mismo, de antemano, a no sentir admiración ni amor por nadie, al menos no sin un leve pero insistente apres-gout de matizada decepción.

Y si no quedara la cosa suficientemente claro, he aquí la lista de las y los admiradas y admirados de Pierrot:

Felicitaciones a las y los que se reúnen para entender mejor lo que está pasando. Felicitaciones a las y los que integran organizaciones, movimientos y partidos para conocer y transformar desde dentro la realidad política. Felicitaciones a las y los que no se desaniman de luchar tenazmente día a día para que algunos más despierten, se levanten y caminen a fin de ser los artesanos del país que necesitamos. Felicitaciones a las y los que no se dejan corromper por el poder, la ambición y el dinero. Felicitaciones por las y los que creen que los cambios vienen desde abajo y se solidarizan con las y los que comienzan a vivir un futuro distinto.

Es decir, para que Pierrot te apruebe, tienes que ser algo a la vez mítico, fíctico (vide supra) y hecho de cartón piedra: tienes que ser un actor malo en una cadena de la SECOM. Porque si de esta lista sustraes a todas y todos las y los que alguna vez, secretamente, han sentido una extraña ráfaga de solidaridad y comprensión hacia una solitaria cerveza en una esquina, eso es lo que te queda. "Artesanos del país que necesitamos", y lo dice tan tranquilo y convencido, después de, párrafos atrás, hablar de "ideologías alejadas de la realidad". En fin. Estamos en tiempo de elecciones, y eso es lo que hay: es esa moda que vuelve y vuelve, el patrioterismo de corto alcance, la explosión de "obras" hechas o por hacer, que se vuelven motivo de autofelicitación de parte de quienes nada suyo arriesgaron en "hacerlas"; la pasarela de bellezas mediáticas que de repente han descubierto que "luchan" a diario por alguna cosa que suena bien en un póster o un mitin; en resumen, el eternamente renovado vótame de los parásitos y vampiros de siempre, o los wannabe parásitos del eternamente postergado futuro.

Porque, como ya dije, yo también pienso, estos días, en los muertos. Mejor dicho, en aquéllos que se resisten a ocupar su lugar de muertos: en los zombis, en los vampiros.

Si alguien se te acerca y dice "dame tu sangre, lo necesito (para hacer obras, claro, o para que la Revolución avance)", creo que puedes pensar en un vampiro sin pecar por lo prejuicioso. Es que él mismo te lo está diciendo.

Y me tienta añadir que realmente, esa sangre tuya no hace falta que se la dés, ni a él ni a ninguno de la misma especie... si no fuera porque eso suena terriblemente como apoyo a la agitación social.




Tuesday, February 11, 2014

El por qué de Londres

Me desperté en una preciosa tina de baño victoriana, dentro de una pequeña habitación desordenada y sucia, de paredes húmedas. Una rápida ojeada me confirmó que el baño estaba lleno de ácido sulfúrico, y que mis piernas, brazos, nalgas y gran parte de mi espalda ya prácticamente se habían disuelto. Solamente la barriga, producto de innumerables almuerzos ecuatorianos, aún flotaba, como una isla tropical de ensueño, encima de tanta líquida devastación. A su alrededor. algunos islotes de extremidades diversas, el inminente peligro de inundación. En ese momento, se me antojó interesante y curioso el hecho de que, si coges la piel, la sangre, las vísceras, los huesos de una persona, y los mezclas todos juntos mediante descomposición ácida, el resultado es una especie de lodo de color roble, tonalidad que nada tiene que ver con la de la piel, y eso a pesar de la gran importancia que algunos despistados le conceden a semejantes externalidades físicas. Apercibí detrás de mi cabeza un soplo de aire, como si alguien acabara de abrir una ventana. Se me acercó un hombre de mediana edad y baja estatura, con cabeza pequeña, boca de querubín, cabello de roedor, y aire de pedante contrariado.

- Weo que Ud. ya se dezpertó.

- Efectivamente, - le contesté con algo de dificultad (el ácido ya había destruido gran parte de mis pulmones). - ¿Dónde estoy?

- En Londrez, obwiamente - dijo el querubín con mueca sarcástica. - ¿Dónde más creez que la gente muere lentischmente en bañoz llenoz de ácido zulfúrischen?

- No sé. En México tal vez - le dije, solamente para llevarle la contraria. No sabría decir por qué, pero ese hombre me caía algo antipático.

- México, México, - gruñó el hombre. - Otra dezepzión. - Y se puso a hojear un tomo viejo, encuadernado en cuero agrietado, alguna obra de la autoría de Immanuel Kant. Dos o tres gotas de lluvia cayeron sobre el cristal sucio y empañado. Una ráfaga de viento hizo vibrar el carcomido marco de la ventana.

- Perdón, ¿quién es usted? - le pregunté, en una voz que apenas era más que un penoso susurro.

El hombre alzó la cabeza. - Ich heisse Karl. Soy azezino en serie. ¿Y usted?

- Endivio. Víctima en serie.

- ¿Wíctima en serie? Fortuito entoncez nuestro encuentro. - El hombre se rió: una risa corta, brusca, algo siniestra. - Cuénteme: ¿quién más le ha azezinado?

- No recuerdo, - le contesté algo apenado. - Cuando uno muere, se olvida de muchas cosas. Y he muerto tantas veces que tengo la memoria hecha pedazos. Pero ¿por qué me quiere matar usted?

- Porque el otro día le vi en Tescos con una vunda de... de legumbres leguminozischen. Fue en aquel inztante que empecé a idear la forma de su muerte.

Intenté hacer memoria. - ¿Lentejas? - titubeé.

El hombre se levantó de un salto. Su rostro se había deformado bajo el peso de una furia incontenible. - No wolwerá a pronunziar esa palabra delante de mí! De lo contrario... de lo contrario....

- De lo contrario, usted se encargará de que yo esté fuera de mí, sin dejar de ser yo - le contesté, en tono relajado y apaciguador. - Entiendo. - Estaba ya casi seguro de haber adivinado con quién hablaba.

- Exactamente, - dijo el querubín, algo más tranquilo. Después de un minuto de silencio, y con voz entrecortada, prosiguió, mientras caminaba de un lado a otro de la pequeña habitación. - Si no fuera por esa maldita... lenteja, como usted dize, yo fuera ahora el vilósofo más importante del mundo hispanoparlante, a pesar de mis defizientes conoschimientos del idioma. ¿Cómo pudieron hacerme eso? ¿Cómo?

- Y ¿qué es precisamente lo que le hicieron? - Al decir eso, vi que mis genitales, con un pequeño "glup", acababan de desaparecer para siempre bajo la superficie del ácido. Sentí una leve sensación de desazón.

- Usted lo zabe perfectamente - contestó Karl, acercándose a mis espaldas para agarrarme por la oreja y acercar mi cabeza al burbujeante ácido. - Usted se las da de traductor. ¿Qué significa Die Linse? ¿Eh? ¿Qué significa?

- Pues significa, si me permite, lenteja. O bien, lente.

- "O bien, lente". Ahora llegamoz a alguna parte. - Soltó mi oreja, o lo que quedaba de ella. - Y ahora, dígame usted, ¿qué es más probable, que un filósofo brillante, graduado de la Universidad de Jena y alumno del mismo Hegel, compare el fenómeno de la inmanencia diwina en el hombre y la naturaleza con una lente óptica, capaz de recibir, y de cierto modo contener, la luz proweniente de diferentez objetos, o con una lenteja?

- Más bien lo primero - , le dije, en tono conciliador, sin sentirme demasiado seguro de que ésa era la respuesta correcta.

- Entonces, ¿ahora entiende?

Asentí con la cabeza, o lo que quedaba de ella. Para aplacarle, dije: - Es cierto que los traductores, a veces...

No pude terminar la frase: el ácido ya estaba entrando en mi boca, y sentí disolverse mi lengua, en una especie de perturbación frenética y fruncida.

Sobrevino el silencio... es un decir. La lluvia, que hasta ahora se había expresado con gotas grandes y esporádicas, empezó a golpear la ventana con más insistencia. Los dos nos quedamos escuchando el viento y la lluvia de Londres, ambos presos de una especie de éxtasis místico, que era la lluvia sin dejar de ser otra cosa, una especie de disolución o desolación de las entrañas, un saberse rodeado de árboles grises, de museos victorianos, de tiendas de libros de segunda mano, un sobrevuelo mental por esos distritos postales fugazmente soleados que eran, según Larkin, cuadros de trigo densamente atestados; sobre todo, el saberse rodeado de casas como la que nosotros habitábamos, donde sólo había polvo, viento, historia y rarezas, donde morían las viejas profesoras de ballet al compás de un preludio de Chopin, donde uno podía reinventarse, ser cualquier cosa, hasta asesino en serie si quisiera, pero no por querer serlo sino por haberse olvidado a sí mismo, por haberse disuelto por así decirlo en la inmensidad e intensidad de todo lo que aún rodeaba y merodeaba y quedaba, en largos paseos bajo la lluvia, por olfatear y sentir.

Recomendación para Bonil



Un curso aquí podría solucionarle todos sus problemas. Me parece.

Sunday, February 9, 2014

Los poderes fícticos

Referente a lo de Bonil: esperaba algo de los columnistas de opinión de El Telégrafo para justificar lo injustificable. Al final llegó: no recuerdo qué día esta semana, voy corto de tiempo para ponerme a buscar, pero cumplió con mi predicción. Es decir, yo esperaba de ellos alguna referencia a los famosos "poderes fácticos", y ahí llegó, fresco y puntual como la primera cagada del día de tu perro labrador. Ya se imaginan el argumento. "Sí... claro que los caricaturistas deben meterse con el Poder.. pero ¡con el de verdad!, no con este gobierno que en realidad no es ningún poder, sino más bien un contrapoder (no recuerdo si el columnista usó esta palabra, me suena que no, pero será porque no se le ocurrió en ese momento), pues el poder de verdad, mejor dicho los poderes, son..." Bueno, ya les dije que no tengo tiempo, así que llene usted mismo la lista, pero que no falten los sospechosos habituales: bancos, banqueros, CIA, OTAN, ONGs, empresaurios, multinacionales, fabricantes de armamentos, "medios mercantiles" y sus editores, dueños de casino, toreros, médicos, profesores, mineros, sindicatos, partidocracia, Martha Roldós, la Yoni, los Taromenane, la iglesia, los iluminati, los sefuelaluzi, los desconectalaneveri, los judíos, los masones, los reptiles, los hombres, y por supuesto, los mismos caricaturistas. ¡Sí! ahora que lo pienso, si el caricaturista quiere arremeter contra alguien poderoso, debe hacerlo contra sí mismo, pues tanto poder tiene, que con solamente un garabato rápido e insustancial, puede deslegitimar todas las autoridades del país, e inaugurar una terrible agitación social que llevaría ineluctablemente a un golpe de estado. Eso sí es poder, y lo demás, cuento.

El lector habitual de este blog ya sabe lo que pienso acerca de este argumento. Retorno a él simplemente porque se me acaba de ocurrir un nombre perfecto para tal falacia: llamémosla, pues, la falacia de "los poderes fícticos". Ya sé que "fíctico" no es una palabra, pero ¿qué mejor que una palabra que no existe para referirse a una cosa que no existe? Además, se parece lo suficiente a "ficticios" para que se entienda que por ahí va la cosa: si bien el Papa, las ONGs, los editores de diarios provincianos y los fabricantes de bebidas gaseosas son entes reales, al atribuirles algún poder sobre nosotros estamos entrando en un subgénero de ficción bastante paranoico además de trillado y de muy limitados recursos. Peor: estamos malgastando energía. Y eso es exactamente lo que quieren los poderosos de verdad: que perdamos el tiempo y las fuerzas midiéndonos en lid desigual contra molinos de viento disfrazados de gigantes, situados unos centímetros por encima de nuestra cabeza. Y no es que esa gente fíctica no tenga poder: claro que sí lo tiene, pero no en tu barrio. La directora de la empresa fabricante de gaseosa tendrá sometido seguramente a su marido, que en vistas de las largas noches de espera "estoy en reunión", hasta habrá aprendido a elaborar gnocchi caseros y dar de comer él solito a la boa constrictora. Pero si ella quiere extender ese poder y que tú y yo entremos en su círculo, no tiene más remedio: tiene que vendernos su refresco. Patético, ¿no? Y es que la mayoría de esos "poderes fácticos" son así: personas, organizaciones, empresas, que simplemente para que les tengamos en cuenta, tienen que vendernos algo. Y si tu "poder" depende de lo bien que sabes vender tu producto, sea éste un cepillo de dientes, un periódico o un lugar en el paraíso, es que poder no tienes ninguno. Ni fáctico, ni de ninguna otra clase.

El único poder que debe importarnos, y que se debe dignar con ese nombre, es el poder coercitivo, el que habitualmente (aunque no en Somalia) maneja el Estado. Cualquier otra cosa sería irresponsabilidad: sería pretender culpar al otro (al que te vendió ese diario cuyo dibujante "te ofendió", por ejemplo) de lo que tú mismo decidiste hacer (o leer). Decir que un diario es "poderoso" porque tiene gran número de lectores, a quienes "influye", o que una iglesia lo es por razones parecidas, es una triste confesión: primero, de envidia, y segundo, de una psicopatología, no menos dañina por ser tan extendida, que se revela en el afán de instrumentalizar a las personas (sí: me simpatiza mucho más ese querer influir dalecarnegiesco, ese "quiéreme alguien", que el querer influir en los demás "para poder...". Los puntos suspensivos, si no te resultan siniestros es que nunca te detuvo la Met). ¿Lo quieres de otra manera? Pues espera esa patada en la puerta a medianoche (yo antes usaba eso como metáfora en este blog, pero como siempre, piensa mal y acertarás, ahí está lo de Villavicencio) y luego podrás llevar a cabo el experimento tú mismo. Por un lado están los gorilas uniformados con sus rifles y sus pistolas, exigiendo a gritos que les entregues todos tus gigas de pornografía y denuncias de corrupción. Por el otro lado, tú con tu diario (el Poder de la Prensa). Enróllate el diario y apunta. "Cuidado, señores. Este diario está cargado (de mentiras). Suelten las armas y manos arriba." Pruébalo y luego me contarás.

Saturday, February 8, 2014

El Caricaturista


"Stop them damned pictures!" (William M. Tweed)
 

Sería sin duda prematuro augurar para el Presidente Correa el mismo trágico destino final que el protagonista de la novela Retrato de Dorian Gray; sin embargo, uno no puede evitar de recordar en estos días aquella genial fábula sobre un hombre cuyo arrebatador aspecto le asegura un amplio crédito público (salvo en sus víctimas) pero cuya serenidad dentro del cinismo se ve amenazada por un retrato, eso sí, cuidadosamente escondido, que con el correr del tiempo adquiere paulatinamente todos esos rasgos delatores que su fresco y juvenil rostro se resiste a reflejar. Si bien en el mundo de la fábula el mecanismo de tan diabólico trueque es necesariamente un misterio, en el de la política sabemos que cualquiera puede gozar de la misma inagotable lozanía, el mismo aire de eterna y fresca inocencia delante del gran público, si tiene en su haber algo así como una Secretaría Nacional de Comunicación con millonario presupuesto; y en cuanto a ese maldito retrato, con su repugnante mueca de sorna, de altivo desprecio, de irreflexiva egolatría, esas facciones corroídas por el poder, el capricho y el narcisismo, esa horripilante y traicionera imagen que se rehúsa a colaborar con la mentira “oficial”: pues bien, ante la duda de que tan singular objeto adorne la pared de algún oculto pasillo de palacio, la tradición manda que la realización y la actualización, a través de los años, de ese tipo de retrato quede a cargo de un gremio muy particular, el de los caricaturistas políticos, del cual Xavier Bonilla, por sus (indudables) pecados, es exponente preclaro en este país.

El caricaturista tiene como principal deber (aquí me perdonarán el tono didáctico: frente a las simplezas blandidas por la Supercom, no es para menos) opinar. Lo suyo no es informar “a la ciudadanía” sobre “los hechos”: para eso queda el resto del periódico, qué digo, para eso quedan las cadenas de la SECOM: y por eso mismo, tendríamos que dudar del equilibrio mental de quien se proponga la quijotesca tarea de embeber noticias frescas, veraces, verificadas y el resto de la letanía, a través de un simple dibujo de pocos trazos presentado en una sección que se titula, habitualmente en letras grandes, “OPINIÓN”. Claro que si nos ponemos jesuitas en el asunto, opinar es una manera de informar … sobre lo que uno mismo piensa, o en el mejor de los casos, sobre su personal visión de lo que sucede. ¿Que esta visión del dibujante se yergue sobre datos de dudosa fiabilidad, prejuicios, múltiples ignorancias? Puede que sí, a veces. Puede que siempre. Pero sigue siendo su visión, y eso es por lo que le vienen a buscar día tras día, porque esa visión para ese público tiene un valor muy aparte de los hechos anecdotarios que le sirven de enfoque casual. Quien tiene sed de hechos y de cifras se va a otro sitio, a otra sección (Actualidad, Política, Internacional, Deporte) y si tiene algo de seriedad, lo hace repetida y recursivamente, en diversas fuentes. Quien quiere saber cómo Bonil ve las cosas, se va directo a Bonil. Por tanto (y de nuevo me disculpo por la obviedad, pero aparentemente hay que decirlo), acusar a un caricaturista (o llegados a eso, un columnista de opinión cualquiera) de “desinformar” es como acusar a un novelista de “mentir”. La acusación en sí revela una paupérrima cultura, una ignorancia de las reglas básicas del juego, una deficitaria absorción de las normas civilizadas y de las convenciones y tradiciones del género, que sorprendería incluso si no viniera de una institución adornada con el (en sí, absurdo, y en este caso, socarrón) nombre de “Superintendencia de Comunicación”. Pero revela algo más que eso.

Si el caricaturista mediocre se felicita porque su arte por lo menos permite “reconocer” a los personajes, y el de cierto talento se vanagloria de plasmar la esencia, la singularidad, el rasgo decidor de una cara (y nada más que eso) mediante la estudiada exageración y la economía de trazos, para el ambicioso todavía existe un desafío mayor: dar con esa espléndida y contundente metáfora visual que resume un hecho noticioso o un fenómeno o define un personaje público de una vez para siempre, que va más allá de la cara y desnuda el alma, o que (al igual que hace el novelista) permite llegar a través de la ficción a una verdad más profunda. Se trata de imágenes que quedan grabadas en la memoria colectiva: el Gargantua de Daumier, que le valió meses de cárcel: el John Major de Steve Bell con su calzoncillo, gris como el propio personaje, llevado pantalón afuera al estilo Superman; El “hombre bota” de Roberto Weil, metáfora insuperable del chavismo; y por estos lares, una lengua enorme, con cierto elemental poder de locomoción serpentina, que sostiene una pequeña corona en son de majestad y en ángulo a la vez displicente y coqueto. Lo que tienen en común todas estas imágenes, aparte de hacernos reír, es un detalle importante: representan el poder. Proponen que nos burlemos, hasta el último momento, con gesto desafiante, de la nube que se cierne sobre nosotros, indefensos ciudadanos lectores de periódicos, de esa bota que quiere aplastarnos por (desde luego) nuestro propio bien. Tal ha sido siempre, si no el deber, la tendencia natural de todo caricaturista digno del nombre. Bonil se ha demostrado capaz de reírse de casi cualquier cosa, pero el tema del poder, de su sempiterno abuso, y de sus absurdos excusas y pretextos, ejercerá siempre sobre él una fatal atracción, así sea únicamente porque el humor – el suyo, especialmente - se nutre precisamente de lo absurdo, y el poder, sobre todo el que no conoce de límites, es fuente primaria de absurdos de toda clase.

La caricatura – genial, hay que decirlo – del 28 de diciembre pasado, para cualquiera que no sea o bien ciego o bien Superintendente de Comunicación, da plena muestra de ello. No pretende informarnos (y por tanto, no puede desinformarnos) sobre el contenido preciso de aquellos dispositivos sustraídos de la casa del Sr Villavicencio en una siniestra operación relámpago propia de las dictaduras de otros tiempos. Si fuera tan importante el dato de que lo sustraído eran “denuncias de corrupción” y no, pongamos por caso, “pornografía” y otras “cosas impresionantes” igualmente susceptibles a usarse en contra del desdichado sujeto, el dibujante hubiera buscado otro modo de contar la historia, pues lo esencial de una caricatura nunca vas a encontrarlo en los textos, sino en los trazos, y éstos no dicen nada acerca del contenido de aquel material tan escrupulosamente confiscado. Lo que sí dice mucho es la expresión facial de los encargados de cumplir con el acometido de la Fiscalía: esas sonrisas de triunfante cinismo, de jolgorio despiadado y desalmado, que resumen tan bien la actitud de los poderosos que se saben – aun, a estas alturas, casi sin creérselo – omnipotentes e impunes, en situación de forjarse ellos mismos sus propias leyes, desapariciones, y justificaciones para todo lo que hacen. De modo que, aunque fuera cierto que el caricaturista tiene por obligación legal “informar”, pues en el caso en cuestión lo hace de manera incuestionable y contundente: nos revela, como le toca muchas veces al caricaturista hacerlo, el pensamiento oportunista y amoral que subyace a la palabra hipócrita, oficial, de rigor, y lo hace del modo más puro y económico posible, a través de unas cuantos rostros dibujados.

Es comprensible que todo esto, tanta información no solicitada, moleste, escuece, en ciertos ámbitos. El Superintendente de Comunicación, Carlos Ochoa, antes de dar con el genial pretexto de la “desinformación” o “descomillización”, se expresó con bastante mayor candidez al señalar que, para él, la gráfica “deslegitima […] la acción de [la] autoridad” y “apoya la agitación social”. Lo que sorprende en estas declaraciones es tan sólo la candidez de quien admite, tácitamente por decirlo así, que la mitología oficialista, de una “revolución ciudadana” fruto de una larga tradición de “agitación social”, de desafío a las “autoridades” en pro de los desposeídos y excluidos, es sólo eso, papel de envoltura, y que la realidad del asunto es ésta: aquí está la bota, se llama Autoridad, o séase Nosotros, y aquí estás tú, te llamas Insecto, y lo demás, romanticismos. Así que deje de deslegitimar y de agitar, o verás lo que te pasa. Y si tal grado de candidez sorprende, es porque uno habría pensado, a estas alturas, que un Régimen con tantas y tan sonadas victorias electorales en su haber, y con una oposición política de vacaciones permanentes, podría de vez en cuando aflojarse el corsé y permitirse aunque sea un poquito, nada más que eso, de buena onda, tolerancia, espíritu conciliador, hasta inteligencia. (No digo autocrítica: no pidamos peros al Olmedo.) Pero vemos que no es así: hasta ahora ha funcionado el maniqueísmo, pues maniqueísmo ha de ser siempre, desde el oficialismo, de cara larga y falda al tobillo, hasta la ducha final. Si dibuja para El Universo, es el demonio, y punto. No importa que en secreto, en los semáforos de Avenida América, nos hace reír a todos: lo importante es que cuando viene el Jefe, ¡chus!, cara seria, otra cosa fuera suicidio. Y así nos va.

Sobre el deus ex machina de la supuesta “toma de posición institucional” de El Universo en torno a la inocencia o culpabilidad de los involucrados en un proceso legal en curso, poco se puede decir. Es una excusa excelente para sacarle plata al Diario. Es, además, un argumento la mar de convincente, salvo por dos cosas, detalles en fin: primero, el dibujo de Bonil no dice nada sobre la inocencia o culpabilidad de Villavicencio en el juicio que le afectaba (o en todo caso, dice bastante menos que la caricatura de Der Stur… digo, del Telégrafo del 4 de enero), proceso que versaba, recordémoslo, sobre un tema de presunto hackeo de correos; y segundo, que difícilmente puede considerarse una “toma de posición institucional” la publicación en una sección de Opinión, regida por un disclaimer explícito. Aparentemente, si digo que no necesariamente estoy de acuerdo con alguien que cita a un implicado en un proceso legal que dice que se le llevaron algo de su casa, es como si dijera que esa persona es inocente. Vaya. Con argumentos así, ahora sólo falta que aseveren que el dibujo en cuestión compromete la salud física de la abuela de Karl Marx. Y de paso: consíganme rápido, alguien, una denuncia de corrupción, de quién sea, de dónde sea, pues si algún día me acusan de algo, pago para que algún policía se me lleve esa denuncia y asunto arreglado, ¡soy inocente! Así es en el mundo fantástico, Carrolliano, de las Superintendencias de Comunicación. Dios les bendiga y a sus pequeñas medias de algodón.

Si este asunto tiene su lado serio, ya veremos, pero me da la sensación de que sí. Como otros han observado, se trata de un test case de la Ley de Comunicación: y por lo que veo, no deja dudas sobre el afán de llevar esa absurda epistemología de verificación y contraste oficial al terreno de los tribunales e instancias punitivas diversas. Me refiero a la noción, implícita en el texto de la sanción, de que verificar equivale a obtener respuestas oficiales, con sello de ministerio. De las pruebas presentadas por Bonil, el problema es que “…no contienen pronunciamiento alguno de la Fiscalía o de la Policía…”. Si alguien es víctima de un robo, y quiero saber qué es lo que se sustrajo, puedo creerme a esa víctima o al ladrón, según mi propio análisis sobre la credibilidad de ambos implicados: pero si cualquiera de ellos representa al Estado, olvídense de lo que le enseñaron en el colegio sobre pensamiento crítico y todo el intríngulis: verificar correspondería con obtener su respuesta, y buenas noches. Será porque, como sabemos, los políticos siempre dicen la verdad. Tomen nota quienes mueren por saber si existe realmente el Boson de Higgs, o si la leche de soja previene contra la lujuria, o si el autor del Cantar de Mío Cid vivía en la Alcarria. Sugiero que prueben primero con el MIES: esa gente tiene un poco más de tiempo libre.

En fin. Ante el triste espectáculo de un Superintendente de Comunicación que piensa que las comillas sirven para citas resumidas (¿qué haremos con las literales?) fuera del excéntrico style indirect libre de Austen y Fielding, que hay una importante diferencia entre no citar la fuente y hacerlo de manera “tácita”, que la tipografía utilizada por Bonil para señalar procedencia periodística carece de función aclaratoria, o que se puede “forjar una realidad falsa” (no así una falsedad falsa, se supone) uno hace dos cosas: se pone a reír a carcajadas, o se refugia en la bebida.

Y ahí llegamos a constatar un hecho curioso, que supongo que desde los albores de la profesión habrá alegrado el alma de todo caricaturista político: que los personajes políticos no pueden dejar de ser ellos mismos, no pueden dejar de autoparodiarse, no pueden dejar de darle la razón al caricaturista en cuanto se ponen a pelear con él. De la misma manera que un Jaime Nebot, al ser criticado y burlado por llevar una supuesta política de garrote, responde con garrote: de la misma manera que un Correa, al ser acusado de insultador, responde con insultos: de esa misma manera responde una Institución del Estado, “deslegitimada” por la vil insinuación de que tales Instituciones se subordinan a los caprichosos intereses del poder: su única respuesta consiste en llevar a cabo una sanción dictada por los caprichosos intereses del poder. ¿Cómo funciona eso? ¿Qué misterioso fenómeno es el que a cada persona que se mete en el mundo de la política se le extirpa precautelarmente el sentido del humor, el sentido del ridículo? No lo sé, pero para el caricaturista eso debe ser maná del cielo. Sin esos personajes, su trabajo sería bastante más difícil, sin duda alguna.

Pero a mí que no me pidan caricaturas. Puede que los políticos te lo pongan fácil, puede que la vegetación de lo absurdo dé ricas flores e hilarantes frutas, pero la savia que la nutre creo que tiene que brotar de una visión cultivada en el interior del artista, una visión de otra vida posible, acaso de otra sociedad posible: esta visión es la que últimamente, no diré que me está faltando, pero en vistas de tanto “respétame, no porque lo haya merecido, sino porque quiero sentir primero lo que sería merecérmelo” (por lo de "deslegitimar... a las autoridades": ¿cuándo se ganaron las de aquí alguna legitimidad?), pues casi casi. Esa visión, constrúyela de recuerdos, si tienes edad y experiencia para ello, o si no, de lecturas, de viajes, en último término de sueños erigidos sobre postulados racionales, humanos, civilizados y decentes. La cuestión es que sepas reconocer cuándo, en tu entorno, en la portada de tu diario, las cosas que se presentan como hechos normales, acciones necesarias, opiniones consensuales, leyes justas y razonables, sacrificios inevitables, no son nada de esto.

Y si puedes recordarle todo esto a un lector con un simple dibujo, tal vez debes ser caricaturista, tú también. Es un don que no veo muy ampliamente repartido en el mundo.