Sunday, March 30, 2014

Venezuela: you're both right, children!

Cuenta la historia que un monje budista, de ésos que andan descalzos por el mundo diciendo pendejadas, iba por un camino solitario un día, cuando en ésas se le presenta una mujer, que le pregunta muy respetuosa ella: maestro, ¿cómo puedo conseguir la fortaleza espiritual?

El maestro le mira con ojos de gran sabiduría, y responde: ¡ambos tienen razón, niños! Puedes comerlo, ¡y también puedes limpiar el piso con él!

Ahí termina la historia en su versión oficial. Hay una especie de coda o posdata de dudosa procedencia, que alarga así la historia:

Unos dos minutos después, el monje seguía su camino, cuando en ésas se le aparece la misma mujer, que al parecer viene corriendo atrás de la bicicleta del maestro. Cuando consigue atraparlo, la mujer, jadeando y sudando, le dice: maestro, lo siento, no entendí su última respuesta, eso de que puedo limpiar el piso con no sé qué. ¿Puede explicarme lo que significa?

El maestro le mira con ojos de inmensa compasión y ternura, y responde: La coherencia está sobrevalorada.

Bueno.

No sé si entiendo la segunda respuesta del maestro, ni que me vaya a servir para algo. Pero la primera me viene a cuenta siempre que se trata de las protestas en Venezuela. Resumiendo, hay dos versiones, quiero decir, dos maneras autorizadas de procesar lo que sucede ahora en ese país:

1. (Versión Weisbrot/El Telégrafo/Canal Sur, digamos) Desde 1999 hasta el presente se ha reducido significativamente la pobreza y el analfabetismo en Venezuela. Las Misiones han conseguido dar cobertura sanitaria básica a miles de personas que antes no tenían acceso a cuidado sanitario alguno. El índice Gini, esplendoroso. Las protestas involucran mayormente a gente de clase media, media-alta, alta. En los barrios pobres no hay barricadas. La mayoría de venezolanos votaron por Maduro, quieren mantener vivo el legado de Chávez. La oposición, por mucho ruido que hagan, no tienen cómo ganar limpiamente unas elecciones nacionales, y lo saben. Hay algún que otro GNB muerto, al parecer, a manos de "opositores": no toda la violencia viene de las fuerzas del orden. Los opositores quieren derribar un gobierno electo por votación mayoritaria, o sea, "democráticamente". La CIA hace lo que puede para atizar las llamas del descontento.

2. (Versión CIA/medios corrugtos/poderes fícticos/los de siempre) Los indicadores económicos están caídos del escritorio. Inflación rampante. Escasez de alimentos básicos, de jabón, de papel higiénico (¿qué pasó con ese plan de enviar ejemplares sobrantes del Telégrafo a ese maltrecho país?). Récord de homicidios. El presidente, Nicolás Maduro, padece a todas luces una extraña sicosis con preocupantes alucinaciones visuales y auditivas. En Venezuela no hay libertad de prensa, ni libertad de expresión: se encarcela rutinariamente a opositores pacíficos bajo pretextos infantiles, se cierran medios. Se "gobierna" a decretazo limpio, se expropia, se persigue desde la tambaleante institucionalidad oscuras venganzas y vendettas por parte de la nueva élite del país, la llamada boliburguesía. No hay indicio alguno de involucramiento de "extrema derecha" en protestas. Al carecer de Estado de Derecho y libertad de prensa, las elecciones no son libres. Muchas cosas benignas han empezado con griterío callejero y cacerolazos.

Bueno. Puestas así las cosas, mi única y dudosa contribución a este debate, si así se puede llamar (en serio: ahora lo in es debatir con los audífonos puestos, escuchando el 1812 Overture o a Deep Purple, sin enterarse de nada de lo que dice el adversario) es la misma del monje ése: puedes comerlo y ¡también limpiar el piso con él! O sea que porque un conjunto de datos te parece persuasivo, no tienes por qué rechazar el otro conjunto, a menos que haya alguna discrepancia entre los dos, cosa que en el citado caso no aplica. Yo no puedo asegurar que todo el contenido de las exposiciones 1 y 2 sea verdad, solamente que se trata de informaciones que gozan de una amplia aceptación periodística y parecen creíbles, y no exhiben discrepancia alguna. Por tanto, yo no tengo mayores dificultades en aceptar que Maduro goza de una lealtad mayoritaria entre la población venezolana, sin que por ello mismo me sienta obligado a rechazar con un ¡vade retro, Satanás! toda información tendiente a insinuar que el señor en cuestión es un patético lacayo del chavismo, de nula solvencia intelectual ni ética, un mirmidón catapultado por caprichos del destino a un inmerecido y peligroso protagonismo. (Tampoco rechazo como chisme insustancial el dato, al parecer certero y contrastado, de que el tipo está como una chota, hasta tal punto que cree que los seres humanos muertos pueden materializarse, con las facultades intelectuales y comunicativas intactas, en forma de pajarracos: cosa que dicha por Bush, le hubiera valido una película entera a Michael Moore.) En cuanto a las elecciones en aquel país, las posibilidades de un fraude son las mismas que para cualquier otro país del subcontinente, me imagino, y ahí me quedo: no me causa ninguna dificultad ni me resulta embarazoso admitir que, con o sin fraude, probablemente una mayoría votó y seguirá votando por el chavismo, sin que por ello me siente obligado a "apoyarle" a esa tendencia por esa razón.

En fin: como decían los periodistas de antaño, los datos son sagrados, las interpretaciones son a tres ó cuatro el centavo.

Y ahí viene mi impaciencia (ver post anterior) con los ideólogos. Con esta palabra me refiero a ese tipo de persona que, cuando escucha que se acaba de defenestrar a un alcalde, y con el pensamiento equivocado de que será alguno de Venezuela, pone el grito en el cielo: ¡si el alcalde ése fue electo democráticamente! ¡Cómo se atreven...! Luego resulta que es uno de Colombia, y ex terrorista por más señas, y de repente todo está bien. (La anécdota está sacada de una de mis clases: evidentemente, funciona igual al revés.) O bien: un hombre que antes de ser presidente, le parece requetebién que se salga a la calle para derrocar un gobierno, pero que ahora, al tener gobierno propio, se le antoja toda protesta callejera obra del diablo (o de la CIA, que es lo mismo); ahora, de repente resulta que desestabilizar gobiernos es pasatiempo de traidores, rufianes, fascistas, y lo peor de lo peor, "gente de fuera". Lo que sucede en estos casos es que, para la persona en cuestión, lo sagrado es la interpretación, la opinión, la ideología; y los datos, bueno, los que no me agradan tienen que ser falsos, inventados, no contrastados, propaganda del enemigo. Que la realidad no venga a estorbar la perfecta simetría de mis opiniones: la coherencia, tampoco. A la información enemiga pongámosle fantasiosos peros: pero ¡la inflación y la escasez es obra de la CIA, de la oligarquía, del capital internacional! Lo que también le sucede, y creo que aquí llegamos a una identificación virológica profunda de las ideologías: esa persona, pobrecillo, cree en las mayorías, cree en "el pueblo", esa problemática entidad cruelmente diseccionada por, entre otros, Margaret Canovan. Inspira compasión el lama sabachthani de ese "sufridor" que contempla, impotente, cómo esa vox populi se obstina en no darle la razón en todo, en birlarle esa victoria aplastante, ese despiadado triunfo sobre los enemigos, con que sueña todas las noches. Según latitud y época, "sufridores" hay de todos los colores: el mito del "pueblo" que "se pronuncia" a través de "las urnas" parece que seduce por igual a ambos lados de la carretera.

Mujer, no conseguirás nunca esa fortaleza espiritual creyendo que la mayoría vale más que tú misma. Y que esa mayoría de mayorías, "el pueblo" es la voz de Dios.  ¿Quieres un poco de realidad? Allá va:

Un colectivo (conjunto de personas) no puede pensar, ni sentir, ni opinar, ni favorecer, ni aborrecer, ni creer, ni "pronunciarse" en ningún sentido. Todos esos actos pertenecen a los individuos, que se suponen seres conscientes, pero cuya conciencia se diluye y de disuelve, al parecer, en contacto con esa misma colectividad, en sus habituales manifestaciones, como gota de sangre en las turbias aguas del diluvio. Esa licencia lingüística que nos permite referirnos a los colectivos como si tuvieran pensamiento propio nace de nuestra propia deformación psíquica congénita, la superstición tribal que en alguna época, selva o estepa remota desarrollamos como fuerza socializadora, la misma que nos hace ver en una cara anciana la "sabiduría" de un "pueblo" y no la demencia senil de un individuo admirable y decentemente sobrellevada; la misma que embebe sus primeras nociones de "la sociedad" a través de los reproches y castigos de mamá. El populismo intenta instrumentalizar al servicio de una casta de exitosos parásitos las culpas atávicas, los miedos, el deseo de "pertenecer" para así redimirnos de la culpa primordial ("egoísmo", v.gr.), mediante sofisticadas estrategias de mercadotecnia, donde poco importa si el Pueblo ideal tenga trenzas rubias, esvásticas, hoz y martillo, media luna o boina roja, con tal de que sea, a diferencia de tú y yo, inocente.

En realidad, para inocentes siempre hacen falta, a fin de cuentas, actores.

Mujer, te ves muy linda, pero para inocente, nunca darás la talla. Ese guión no es para ti.

La inteligencia, para el político, es ese duende en la máquina que lo estropea todo. A cualquier lado del espectro político, el votante ideal se concibe de esta manera:


En serio: puedes leerte las columnas de opinión del Telégrafo durante todo un mes sin encontrar en ellas referencia alguna a una humanidad que en algo sustancial se distingue de una rata: para lo único que sirves es para votar (apoyar la barrita), "disputar el poder" (pelearte con las demás ratas por ese trocito de queso), "depositar tu confianza" (meterte en la trampa), y discriminar a duras penas entre cuento que se come y cuento que ya no. El Buen Vivir se concibe como nirvana de lobotomizados, como pasto donde Schafer können sicher weiden. Todo lo que te distingue como humano, para ellos es problemático: le colocan encima, provisionalmente, la etiqueta de "cultura", le dedican tolerancia y un ministerio (para el político de hoy, todo problema se resuelve con un ministerio) y adoptan el voto piadoso de intentar entender eso de "la cultura" cuando haya tiempo: en todo caso, por si las moscas, mejor que inventemos nuestra propia "cultura", a la que pongámosle nombre, algo así como cultura tributaria, o sea, de esclavitud, y con suerte, con los años llegará a arrasar tanto como Mozart o Justin Bieber.

El miedo ése, tan pintoresco y tan extraño, a la desestabilización, esa paranoia con la que chocó Bonil y tantos otros, viene de un temor atávico y religioso a la multitud desenfrenada, desliderada, esa horda dotada de un inmenso poder destructivo: el demócrata si a algo le tiene miedo es a la demos.

¿Por qué será?

Lo dije aquí hace tiempo, pero para los recién llegados: googleen nomás Milgram Experiment. ¿Ya? Pues ahí lo tienes: las personas son, en su mayoría, decentes: al torturarle a otro ser humano se les sudan las manos, se ríen (no malinterpretes: es la misma risa histérica que en A Hanging, la mismita), tosen, tiemblan, hasta lloran. Lo que no es decente es la reacción química entre ese 65% y la autoridad, quien, lejos de ser "un dictador", es simplemente un tipo con bata blanca, incipiente calvicie, y lentes que se le caen por la punta de la nariz. No, no lleva gafas ni atuendo militar atiborrado de falsas medallas: eso era antes. Hemos evolucionado. Autoridad ahora se llama liderazgo: si se te sale la vena poética, también puedes llamarle dote de mando, visión, pastorazgo de pueblos, carisma, corazón ardiente por La Patria. La cuestión es ésta: ahora sabemos, con una certeza científica, que siempre, en todo lugar y en todo país y en toda comunidad, entre un 61 y un 66% de personas estarían dispuestas a torturarte, enviarte a La Peni o a las cámaras de gas, en fin, lo que diga La Autoridad, que seguramente con esa voz arrulladora que le caracteriza lo justificará diciendo que eres judío, o hereje, o pelucón, o apátrida, o pitiyanqui, pero no importa: la cuestión es que él representa La Sociedad, el Pueblo, esa cosa mística que impide que nos devoremos y nos matemos en los semáforos. ¿Lo quieres más crudo? La mayoría te mataría sin razón alguna, ni buena ni mala, si alguien "respetable", un político pongamos por caso, se lo pidiera y le dedicara, acaso, una cadena del gobierno. Sólo hace falta que diga que es por la Patria, que es para que el experimento se concluya exitosamente, que es para el Bien Común, o que así son las reglas, yo no las inventé, antes era peor. Lo único que el sujeto, tu futuro torturador, necesitaría ver y comprobar, tal vez, es esa mariconada de banda o faja que reza "Mi Poder en la Constitución" (probablemente le bastará con las primeras dos palabras). Eso es todo. I rest my case.

Y ¿cuál es mi caso? Pues simplemente, que el día en que yo me despierte y vea que mi punto de vista es mayoritario, y que ahora hay un gobierno, aquí o en Venezuela o en cualquier parte, que me representa, me moriré de la tristeza y de la vergüenza. Significará que, a fin de cuentas, estoy con ese 61-66%, o buena parte de ellos. Y no quiero estar ahí, con los torturadores de manos limpias. No quiero "vencer", ni que venzan "los míos". No quiero estar ahí.

Por eso es porque quiero, no que el pueblo venezolano siga votando por Maduro, sino que siga votando, genéricamente, por imbéciles: de no hacerlo, tendría que repensar más de la mitad de este post, y tal vez incluso cambiar de color de medias y quitarme la mugre de las uñas. No entiendo a los que creen que la política es como un partido de fútbol y que ganar unas elecciones es como que tu equipo vence por goleada. (Correa: "volveremos a ganarles cinco a cero".) Insisto: toda mayoría electoral se compone, por lo menos en parte y esa parte siempre es decisiva (you do the math), de torturadores sumisos en estado larval. Toda. Es más: la pregunta clave de toda elección viene a ser: ¿nos concedes licencia para hacer esas cosas desagradables a las que tú, por tu cuenta, nunca te atreverías? Si eres así de cobarde y de poca cosa, ¡vota por nosotros!

Así que, mujer, por mí puedes decir en voz alta lo que siempre has pensado: el pueblo es un soberano imbécil, y quienes van detrás de él, exigiéndole respuestas y coherencia y entregándole poderes, tres cuartos de lo mismo. Lo que se necesita, acá y en Venezuela y un peu partout, no es oposición política, sino oposición a la política: decencia le decían en mis míticas juventudes, personalidad, individualidad, inteligencia, cultura. Se necesita gente que no quiere formar parte de nada. Quien no quiere formar parte de nada difícilmente decapitaría a un motociclista con un alambre. Tampoco intentaría encarcelar a un sujeto por decir la verdad. Puede que seamos un poco fascistas y que nos caigamos del peso de los fajos de billetes que nos entrega la CIA, pero no llegamos a tanto. Vamos, creo que no.

"Pero alguien tiene que gobernar, y siendo así, es mejor que ese alguien sea...". Falso. Si tuviste una niñez horripilante, una familia disfuncional, una mamá tirana, lo siento por ti. Pero hay otras maneras de relacionarse y de tomar decisiones. Para la mayoría de tus decisiones, y todas las importantes, ni hace falta que nadie más se entere. Y si a estas alturas, todavía, alguien te tiene que gobernar a ti, pues creo que te equivocaste de material de lectura, que esto de acá es para adultos. Te sugiero Mein Kampf: linda cosa, en serio, los gobernantes o con vocación de serlo. Ya lo verás.

(Ah: y el índice Gini no luce en ningún lugar tan redondo y esplendoroso como en el cementerio. Ahí sí, no hay desigualdades que valgan.)

Les dejo con una de esas mujeres que, como la Sara Palin (soy un pervertido, en serio) me hace soñar con que estoy atado a la cama, desnudo, y ella me echa encima, con risas burlonas y vestida con ligueros y sombrero de pirata, el contenido de varias latas de Ambrosia Rice Pudding.

Tuesday, March 25, 2014

El Pendejómetro

Como se suele decir, son cosas que nadie podría inventarse. Hay un programa de tele del género Reality en Ecuador, de nombre Soy el Mejor, concurso de destrezas físicas y artísticas abierto a hombres y mujeres, que tiene un segmento con nombre propio, El Nalgómetro, donde se trata de medir la rapidez y destreza con que las concursantes femeninas mueven las caderas, con acompañamiento musical, aprovechando esos músculos cuya atrofia en mi propio caso y cuerpo he lamentado en alguna ocasión. Como el nombre indica, se intenta que tal destreza pélvica sea medible y cuantificable, a fin de asignar puntos y premiar a ganadoras, y con ese propósito se cuentan (supuestamente) las oscilaciones de la zona sacro-ilíaca de la concursante durante la prueba, mediante un pequeño dispositivo electrónico pegado en la parte superior del trasero del sujeto.

Si todo eso ya de por sí es surreal (para ser más precisos, parece sacado de un episodio perdido de los Monty Python), atentos: el espacio acaba de ser condenado por otro de esos incalificables órganos de censura gubernamentales (CORNICOM) como discriminatorio contra las mujeres. Y si este último dato todavía no te hacer desternillarte de la risa, te espera todavía lo mejor: me refiero a la propia resolución del susodicho COMICON, documento que si no viniera con la firma del Presidente de dicho Consejo de Regulación uno juraría que fuera el producto de una mente satírica finamente perversa. Recomiendo su lectura: creo que no me he reído tanto desde que terminé la lectura del Conjuro de los Necios, de Toole. De hecho, no creo que la comparación sea tan descabellada: el documento en cuestión tiene toda la pinta de haber sido escrito con puño iracundo sobre papel de notas Big Chief, y si el autor no menciona entre los defectos del programa en cuestión su "falta de teología y geometría", habrá sido por descuido.

Supongo que tarde o temprano la cosa terminará en sanción, no lo sé. Lo interesante del asunto para mí, sin embargo, no es eso, sino la comprobación de que, siguiendo esa tendencia según la cual las modas llegan a este país con hasta medio siglo de retraso, los organismos del gobierno se han abrazado al feminismo norteamericano de los años setenta, con notable despliegue de entusiasmo. No falta ningún elemento del cóctel: la mentalidad moralista y puritana, la obsesión con el "discrimen" y el "sexismo" y con las manifestaciones públicas de sexualidad (que por su naturaleza han de ser siempre discriminatorias y sexistas), la utilización de una jerga autorreferencial, la invención de estadísticas falsas e historias espurias, las tácticas de acoso verbal, la instrumentalización de la maquinaria estatal... todo al servicio, no "de las mujeres" (que demostrablemente no necesitan nada de esto), sino de una pequeña casta de personas amargadas y oficiosas que derivan, al parecer, de la escenificación de la indignación su única satisfacción en la vida.

Bueno, pues apuntémonos a ese juego. ¿Qué es lo primero que llama la atención sobre el espacio "El Nalgómetro", según lo antes resumido? Obvio: el hecho de que el programa que lo incluye, "Soy el Mejor", es un concurso abierto a hombres y mujeres (dejo a mis lectores feministas, si las hubiera, lamentar el uso excluyente del artículo definido masculino en el título del programa: por lo menos nos asegura de que no se trata de un concurso sólo para mujeres) y que sin embargo, en el propio espacio "El Nalgómetro", al parecer, sólo participan mujeres. Por lo menos, eso creo... pero no estoy seguro al cien por cien: sólo puedo decir que si participan hombres, no hay constancia en YouTube, y tampoco se menciona en el documento del COMEMELON. Ahora bien: si mi intención fuera denunciar el espacio como "sexista" o "discriminatorio", este dato sería lo primero que recalcaría... mejor dicho, lo único. Además, me parece absolutamente concluyente: si en un concurso abierto a ambos sexos hay una parte donde sólo participa un sexo, y el otro no, pues eso es discriminatorio, no hay cómo perderse. Pero ¿discriminatorio contra quién o quiénes? Es aquí donde arranca mi hilaridad con las conclusiones del COJUDON, pues de nuevo, la respuesta es (o a mí me parece) evidente: el segmento en cuestión discrimina contra los hombres. No contra todos, pero sí contra aquellos que aparecen como concursantes en el programa. Ponte en su lugar. Te vas a un estudio de TV (el CORLEONE cree importante informarnos de que ahí "predominan los colores con tonos pasteles" - gracias, Patricio), y apareces en el escenario, realizando no sé qué tipo de proezas físicas ante los aplausos del público, en competencia con otros concursantes de ambos sexos. De repente te dicen: "ahora viene una parte divertidísima que se llama El Nalgómetro. Lo siento, pero estás excluído por razones de sexo". ¿Qué vas a decir? Lógico. Pero ¿qué es esto? Excluido ¿por qué? Eh, mira, yo también tengo nalgas, ves. Qué, ¿mis nalgas no son lo suficientemente interesantes para ustedes? Well, fuck you. I'm going home.

Ahora bien, con esto no quiero decir que la tal discriminación evidente y anti masculino sea arbitrario, ni injustificable, ni caprichoso. Puedo equivocarme, pero supongo que se basa en uno de los siguientes supuestos, o ambos:

(1) Un hombre no suele tener tan desarrollados los músculos tensor fasciae latae y psoas sacroilíacus, o la coordinación entro ambos, de modo que probablemente dará un espectáculo penoso al intentar realizar los movimientos requeridos con la velocidad requerida.
(2) Al público al cual va destinado el programa no le interesa tanto ver culos masculinos, tengan o no tengan oscilaciones en alta velocidad.

Con el segundo supuesto no sé si estoy de acuerdo. A mí me parece altamente probable que el programa "Soy el Mejor", y el espacio en cuestión, tendrán una audiencia mayoritariamente femenina y mayoritariamente heterosexual: me baso en esto a las pocas estadísticas disponibles que parecen indicar que el género Reality TV tiene más seguidoras que seguidores, y también en la naturaleza del espacio en cuestión, que parece diseñado para el consumo femenino (un hombre que quiere ver traseros femeninos no va a perder su tiempo viendo la tele, existiendo el Internet; en cambio, un concurso de nalgas tiene todos los números para interesar a un público femenino, por razones en que no voy a indagar ahora para no perder el hilo). A más de esto, me parece que existe entre la población femenina heterosexual cierta predilección por los traseros masculinos... aunque aquí me baso exclusivamente en datos anecdóticos. En fin. La cosa es discutible. En cuanto al primer supuesto, bueno, tampoco sé realmente si el hombre ecuatoriano medio sería capaz de realizar esas proezas pélvicas (el Presley y sus imitadores estilo Gangnam suelen ser mucho más lentos), pero en todo caso se supone que los productores del programa habrán hecho sus castings y sus experimentos.

Pero existe otro lado de la cuestión. El título del programa, "Soy el Mejor" hace pensar en esos rituales en que participamos muchas especies de mamíferos, en la fase previa al apareamiento, donde se trata de impresionar a una eventual pareja demostrando superioridad sobre los rivales. Este tipo de ritual suele ser común entre los machos, que muchas veces se pelean y hasta se lesionan para demostrar quién es "el Mejor", léase, el más merecedor de privilegios sexuales. En las sociedades humanas, se reproduce este ritual bajo infinidad de disfraces, pero siempre entendiéndose que quien demuestra ser "el Mejor" será premiado con el acceso sexual preferente a la pareja escogida. Viendo las cosas desde esta óptica, es decir si suponemos que los productores del programa, conscientemente o no, apelan a tales atavismos, se entiende mejor que cualquier tipo de prueba que tenga algo que ver con la atracción sexual se realice en competencia con personas del mismo sexo. De modo que "El Nalgómetro" se podría interpretar no como una simple prueba de agilidad y flexibilidad físicas, sino como un concurso de atracción sexual entre mujeres, algo un poco como los concursos de belleza tan populares en estas latitudes, pero sin las alambicadas y remilgadas pretensiones estéticas que éstos suelen exhibir. Tal interpretación me parece bastante persuasiva, sobre todo porque bastaría de por sí para explicar por qué los concursantes masculinos no toman parte en esa prueba.

Es más: la sentencia del COPROFAGON parece validar esta interpretación, sobre todo cuando cita a bell hooks a tenor de que el espectáculo sirve para "entretener a los invitados con la imagen desnuda de la otredad". Traducción: si una mujer menea el culo, es para que lo vea un hombre. Y si se contabilizan los meneos, es para ver quién lo hace mejor.

Y aquí creo que llegamos al meollo del asunto. Vivimos en una sociedad en que tanto hombres como mujeres competimos entre miembros de nuestro propio sexo para conseguir pareja en un despiadado mercado sexual. Pero aparte de que las armas con las que peleamos no son las mismas, el elemento de competencia es muy dispar, y también, su visibilidad. De acuerdo con las nociones tradicionales con las que nos educan, es perfectamente normal que los hombres compitan entre ellos por los favores de una mujer, que se peleen, que se esfuercen en demostrar su valía en cualquier campo, profesional, atlético u otro, aplastando y pisoteando a sus rivales, a fin de mejorar sus perspectivas sexuales: "es su naturaleza". Mientras tanto, en las mujeres cualquier manifestación de competitividad sexual se ve "ridícula". Es simplemente infra dignitatem. El papel del macho es liarse a golpes (de cuerno, de astas, de garras, de sillas, de citas de Gramsci, Adorno o Chomsky, de lo que venga más a mano) con el rival, mientras el barman sigue, imperturbable, puliendo los vasos. El papel de la hembra es quedarse viendo el espectáculo, inmóvil, esperando ver quién sale triunfante, para premiarle al ganador con sus favores. (Haz la prueba en Twitter. En una conversación donde hay dos hombres y una mujer, los hombres siempre terminarán discutiendo. ¿Dos mujeres y un hombre? Las dos demostrarán entre ellas una perfecta armonía. La consigna parece ser: si entre nosotras hay competencia, no hay que dejarlo notar.) Y si algo de este ritual de competencia masculina atávica queda en nuestra sociedad, el espacio "El Nalgómetro", tal como lo he descrito, lejos de reforzar estereotipos sexistas, rompe con dicho esquema al mostrar ante el público algo muy pocas veces visto: una competencia sexual entre mujeres - en lugar de lo corriente, que sería lo mismo entre hombres.

Resumiendo entonces: lo que hacen las modelos en "El Nalgómetro", mutatis mutandis, es lo que hacen los hombres todo el tiempo: intentar impresionar al sexo opuesto por encima de los rivales en concurso público. Y si esto es cierto, entonces a cualquier feminista, en teoría, le debería encantar la existencia de espacios así, pues contribuyen a mostrar lo parecidos que somos hombres y mujeres, más allá de los mustios estereotipos, en eso de la competencia sexual, y más si (como sospecho) en el mismo programa existe un espacio "masculino" donde los hombres intentarían impresionar a las mujeres de modo parecido, aprovechándose de otros atributos tales como: circunferencia de bíceps, fuerza física, capacidad para destapar varias botellas de Gatorade en un segundo, o lo que sea. En tal caso, a falta de estricta igualdad por lo menos habría simetría.

He dicho "en teoría". Desde luego, en realidad ninguna feminista nunca te va a bendecir "El Nalgómetro", y eso es así porque el feminismo es, también, victima del invicto estereotipo. Quiero decir que vivimos en una sociedad de doble estándar donde (salvo en algunas películas para aficionados de alta especialización) las mujeres no compiten abiertamente por los favores de un hombre, dando vueltas en el polvo, estirándose del pelo, arrancándose blusas y sostenes, sino que se sitúan en una esfera de pretendida superioridad o de mayor dignidad, dando a entender que a ellas les preocupan temas mucho más puros y espirituales y que la consecución de pareja sexual está muy baja en su lista de prioridades, y que por consecuencia si quieres algo con alguna de ellas tienes que hacer malabares en bicicleta y bailar claqué: es decir, la estrategia femenina es de encarecer el producto dándole una apariencia de mayor escasez y de privilegiado acceso. Esta noción de que el hombre quiere sexo, pero ya, y la mujer, pseh, tal vez, convénceme... puede o no tener substrato biológico (yo creo que sí) pero en todo caso constituye uno de esas asimetrías contra las que, si el feminismo tuviera algo que ver con la igualdad lucharía, pero como nada que ver tiene, no lucha. Más feminista que el COCOLON es la Carrie. Siempre lo he dicho y lo seguiré diciendo.

Thursday, March 20, 2014

Joyas en la basura

Estoy harto de referenciarlo: Robin Williams, la tapa de botella de champán, ya saben.

Qué quieren que diga: soy producto de los setenta. La generación que fue colilla infumable del baby boom. Haber nacido tan sólo diez años antes, para tener una adolescencia al son de los Beatles, los Stones, y Bacharach. En lugar de lo cual, esto:



Salió cuando yo tenía 12 años. A esa edad ya era un viejo pervertido (apenas había dejado los pañales, ya estaba viendo a la Rigg en los Avengers) pero aunque las dos daban peligrosas patadas, esto para mí era nuevo. Sabía que la música era horrible, pero ¿y qué? Ella era adorable. (En realidad, pasaron años antes que me molesté en escuchar la letra para descubrir que a diferencia de lo que había supuesto, sí significaba algo. Aunque sigo sin entender lo del "teenage tiramisú".) Me complace decirles que ella ha envejecido con excepcional gracia. La cara (con esos deliciosos mofletes) no miente, ella siempre fue una dama y yo sigo dispuesto a matar dragones, bueno, cucarachas pongamos, en su honor. Pero sigamos con la basura: es un tema en que me siento a gusto. Cuestión, ya digo, de generación.



¿Vieron algo más patético? Connolly siempre fue, pero al final incluso se le ve, un vikingo. Sólo que ahora es un vikingo con 13 paros cardíacos a cuestas, condenado a tocar en el Butlins de Bognor Regis, digamos un poco más downmarket que algún salón entre las friterías de Durán. Y aun así, y con una gastritis que ni Mozart consigue curarle, saca fuerzas de flaqueza y adelante. No sé si esa especie de valentía ha muerto. No parece casar mucho con este siglo (él morirá en el 2011). Mucho más actual luce el compositor, Chinnichap, que fue más astuto que los músicos e invirtió en una buena dentadura, tipo americano. Sigamos con la basura:



El glam (Bolan, Bowie, Alice Cooper, éstos, Glitter, Slade supongo, tal vez Wizzard y Mud) fue un fenómeno tal vez irrepetible. Una pena, se me ocurre, para las chicas. En aquel entonces, podías tener como ídolo, no a un pequeño y saborío narcisista títere de los asesores de imagen, sino a un grandísimo tipo loco a quien no le importaba ponerse el doble de maquillaje que tú y llevar el amaneramiento a un reductio ad absurdum que, a fin de cuentas, demuestra hombría a prueba de cañón (cualquier chica adolescente sabe, por instinto, que hay que tener huevos para aparentar tan garbosamente no tenerlos: cosa que el típico coetáneo macho secular, que con su kipper tie cree romper suficientes moldes por hoy, nunca consigue entender).

Luego vino esto:




El glam por fin se volvió inteligente, y con eso, se autoinmoló, y fue el turno del punk.

Tuesday, March 18, 2014

¡Que viene la derecha!

Tranquilos: no quisiera para nada interrumpir su orgía de complaciente autofelicitación. Me imagino que debe ser la mar de agradable sentirse miembro de una casta superior, en este caso "la Izquierda", superior no tanto en riquezas (aunque déjales ir) como en virtud moral, en bondad y solidaridad y tierna simpatía hacia el prójimo. Todas aquellas cosas que le faltan a "la Derecha", que como sabemos consiste mayormente en gente egoista, malévola, corrupta y amoral. Esto, sin hablar de la inteligencia, atributo que se encuentra muy extendida entre personas de izquierdas (hasta el punto que son capaces incluso de entender una columna de Orlando Pérez), mientras que el derechista, casi por definición, es un cretino. Repito: no quisiera para nada cuestionar tales verdades evidentes. ¿Quién iba a querer orinar sobre unas papas fritas tan suculentas? Lo mío no es irrumpir en las fiestas, peor aguarlas. No. Lo que yo hago en las fiestas, desde una edad muy temprana, es simplemente evitarlas: y cuando no puedo hacer eso, refugiarme en el vomitorium.

Cuando digo vomitorium, no es en el sentido prístino románico de un lugar que vomita gente; sino en el moderno, es decir, un lugar donde la gente vomita. En la típica fiesta casera, puede ser el cuarto de baño con su gran teléfono blanco dotado de conexión permanente con el bueno de Hughie; en fiestas más grandes, ésas a las que un servidor puede ser invitado por error o inercia de sistema, se trataría más bien de un pasillo estrecho, algo tenebroso, con gran presencia entomológica, alguna telaraña, y una luz tenue que desborda por una ventanita alta, la de la cocina tal vez. Allí hay ronroneo de máquinas de aire acondicionado, o bien (según latitud) simple lluvia; en todo caso, hay algún ruido nocturno propio del lugar que, mezclado con las ráfagas de barullo lejano que provienen del interior del edificio, predispone a la higiene gástrica, o sea al acto emético, llevado a cabo de una manera paciente y reflexiva. Pues bien: mi prioridad inicial al llegar a cualquier fiesta es encontrar ese lugar, el refugio de afuera, adonde uno se dirige cuando quiere fumar, vomitar sobre las flores, respirar aire fresco, o simplemente cuando se ha hartado de tanta gente, de tanto maquillaje y maquillarse.

Es con el tiempo que uno se da cuenta de que, hasta en el vomitorium, uno nunca está completamente a solas.

Ahí está, por ejemplo, en las sombras, J. Alfred Prufrock, aunque nunca me atreví a abordarle: con el tiempo uno aprende a reconocerle por su peinado, y por las bastas de su pantalón. Eliot no lo dice, pero el tipo fuma como chimenea. De hecho, casi todos lo hacemos allá afuera. Y es que eso de tornarse siervo de Philip Morris, eso de irse matando poco a poco, no es muy de izquierdas, por lo menos hoy en día. Allá dentro sería muy mal visto. Lo que sí es es de gente gente. En serio: del edificio en llamas donde no conozco a nadie, yo siempre salvaría al fumador (el que probablemente sin querer originó el incendio) sobre la base de que, estadísticamente, es mucho más alta la probabilidad de que sea buena gente. (Y si le parece irónico eso de salvar al que quiere morir, rumien esto: es casi una certeza que el día que finalmente aíslen y neutralicen el gen de la vejez y creen el primer ser humano inmortal, será el mismo día que el mundo se volverá tan espeluznantemente horrible que nadie en su sano juicio querrá vivir más allá de los cincuenta.) En fin: este artículo es para ellos: para mis compañeros de vomitorio. Para aquéllos que, sin encontrar razones por ser de los malos, ya se hartaron de ser de los buenos. Para los cansados de tanto odio y de tanto maniqueísmo. Para los que descubrieron que hay modo de dejar de ser títere sin desplomarse.

Lo que quiero decirles a estos compañeros es muy simple (y además, ya lo saben, así que habrá que meterle palabrería al asunto para que parezca menos obvio y redundante que lo que realmente es). Se puede, sí y sí, o mejor dicho, quizás y sí, ser de centro y sin ideología. ¿Por qué no? Empezando por la ideología: supongo que a estas alturas, cualquier ser humano medianamente culto sabe que la ideología (cualquier ideología) tiene la misma relación con las ideas que la astrología con los astros. Se selecciona unos cuantos (ideas o astros) sin ton ni son, basándose tal vez en un libro, o en la figura de unos peces que uno pretende vislumbrar allá, o en la simple falta de perspectiva: a continuación, se crea un "sistema", la mar de dodecafónico, que se pretende completo (abarca todo el año, todos los nacimientos, todos los seres humanos aunque vivan en un país cuyo capital no conoces), y finalmente, empiezas a ganarte la plata prediciendo el futuro y prejuzgando al prójimo, que siempre será menos que tú porque él sólo entiende la parte que le toca, mientras tú, con tu ideología, lo abarcas todo todito. Y lo último que tiene en común la astrología y la ideología: el cielo se ríe de ti. Tanto, que hay noches que ni levantarías la mirada.

Quiero decir que estrellas e ideas, siempre hay demasiadas como para destilar de ellas cualquier "sistema". Si no lo ves, es posible que sufras de intoxicación por ingesta de plomo. Enciérrate en el baño y revisa tus coliflores.

A veces, como profesor, me enerva y me desespera el tener alumnos que son (pretenden ser) del siglo veintiuno, sin haber pasado por el veinte. En otras partes de este blog dejé constancia de mi desazón ante el hecho palpable de que en este país, aún se puede ser "patriota" sin desentonar, incluso "patriota y de izquierdas", cosa que a mí me suena como "misógino feminista", es decir, que suena a boutade aunque cuando te lo piensas, ya no. Pues bien: al parecer, y siempre según el oráculo de Pérez, que como todo oráculo se expresa con toda la claridad de unas instrucciones para kit de mueblería IKEA traducidas del japonés por un disléxico con Tourette's, en este país también y aun a estas alturas se puede tener una ideología. Mejor aun: se debe. Si no tienes ideología es como si llevaras el cierre bajo, o como si fueras ateo, o cualquier monstruosidad por el estilo.

Es como si no acabáramos de pasar por el siglo veinte, el de los campos de exterminio levantados en altares a la ideología. Es como si aquí, los libros de historia se publicaran en blanco. Es como una pesadilla.

¿No sabrán estos alumnos, no sabrá ese tal Orlando Pérez, que acabamos de sobrevivir, milagrosamente se puede decir, a un siglo que fue el de las ideologías, las cuales entre ellas (socialismo, nacionalsocialismo, nacionalismo a secas, vide patriotismo) se encargaron de exterminar a más seres humanos en apenas 80 años que las religiones judeocristianas habían conseguido hacer en los precedentes 800? Pedirle una ideología a los invitados a tu fiesta es como decirles: trae tu machete. Lo que es yo, prefiero una botella. También puede ser arma, pero sólo para los carentes de imaginación. Tiene más usos.

Insisto: desde el Owenismo o Fourierismo hasta el presente, nunca se les ha demostrado más utilidad a las ideologías que la de crearse enemigos a quienes decapitar, invadir, robar, violar, incinerar. Si has encontrado por algún lugar una ideología que sirva para algo más que eso, cuéntamelo. En serio, me fascinaría saber de ella.

Hasta de las religiones se les puede sacar, y perdonar, algún himno medianamente bueno, algún cuadro del viejo Theotokopoulos, alguna misa en si menor de ya sabes quién. De las ideologías no se les conoce otro producto cultural que no sea el manual de odio, ése sí, imprescindible. Y todos esos manuales dicen exactamente lo mismo: la humanidad se divide entre Nosotros y Ellos. Y la humanidad de Ellos es, además, teoría no demostrada. Como hace mucho observó Voltaire: una religión en un país es tiranía, dos es baño de sangre, treinta es paz y armonía social. Las ideologías son inventos del dios muerte para perpetuar el baño de sangre, mediante el viejo recurso maniqueo. ¿A ti te parece que hay diversas clases sociales, otras tantas económicas, gran diversidad de religiones, de etnias, de lenguas, de puntos de vista, de modos de engullir cerveza o de lucir falda? Mentira. Sólo hay dos. Lo que hay es nosotros, versus el resto. Desde que se te ocurre eso, tienes dos opciones: o bien te haces tratar de un buen psicólogo, o bien te resignas a cargar, algunos por el resto de su vida, con una ideología, o sea, con una paranoia clínicamente tratable hecha inquebrantable sistema.

Objetarán: ideología es sólo coherencia. ¿Ensalzas incoherencia y contradicción? No. Ensalzo la madurez, también conocida como duda redentora. Verás: los viejos no servimos para mucho (eso de la "sabiduría" de los ancianos es cuento chino) pero sí, por lo menos, tenemos esto: al llegar a cierta edad, uno se levanta de la cama un día y, golpeándose la frente con la palma de la mano, dice: "¡claro! se puede ser a la vez perfectamente coherente y perfectamente equivocado". Cuando te das cuenta de eso, cambia tu percepción de los seres humanos. Donde antes la incoherencia te irritaba, ahora te inspira ternura o, llanamente, admiración, pues por fin te has dado cuenta de que el que lucha contra su propia coherencia, la que le atraviesa el corazón como estaca, lo hace porque el mismo le está llevando por el camino de la muerte. Hitchens decía que si era fácil que un hombre bueno haga cosas buenas y el malo, malas, para conseguir que un hombre bueno haga cosas malas necesitas algo extra: necesitas religión (otra suerte de coherencia). Religión o ideología, en fin. Cada uno tenemos nuestra coherencia propia, nuestro arreglo de ideas favorecidas que hemos dispuesto en nuestra cabeza como mueblería hogareña, nos acostumbramos a convivir con ellas, nos consuelan. Pero pensar que todo el mundo debe seguir tus propios criterios estéticos, fuera locura. Puedes tener la ideología que quieras, pero ¿imponérmela? ya no. Y el problema de las ideologías es que todas toditas vienen con esa clausula: esta ideología caduca en 15 días a menos que hayas conseguido imponérsela a otro ser humano mediante la persuasión o la fuerza. Las ideologías piden sangre, es su naturaleza. ¿Se puede vivir sin ellas? Afortunadamente, sí.

Te explico cómo. Si eres fumador y algo de decencia tienes, te habrás molestado en hacer la siguiente pesquisa en Google: ¿cuál es la distancia mínima que tienes que guardar para con otras personas en un espacio abierto para que tus partículas de humo se pierdan en la atmósfera circundante antes de llegar a ellas? Y a partir de ahí, guardas esa distancia (8m). Lo mismo aplica. Si te aflige cierta terrible coherencia, el mismo que te pide crear campos de exterminio para aquellas personas que no llevan tu misma camiseta, o por lo menos, levantar alrededor de ellos barreras de reglamentos, de leyes punitivas, de ladrones a sueldo con hombreras numeradas dispuestas a expropiar cuando el payaso de la boina roja te lo dice, simplemente buscas la distancia mínima que debes de guardar para que ese miasma que tú respiras a cada minuto no llegue a la nariz de tus semejantes, y mucho menos, a los estatutos. Guardando las formas, disfrazándote de persona decente, es como si lo fueras. Claro que tiene que haber una cultura que te lo aconseje.

Que haya personas sin decencia, carentes de ese instinto redentor que dice: lo que hay dentro de esa persona es insondable, tanto como lo que hay dentro de mí, no tengo derecho... pues sí, psicópatas. Pero no son tan numerosas. El resto, cuestión de dejarles cumplir ciertos años, los que hagan falta. La longevidad milita a favor de la sociedad.

Para psicópatas un botón. Aquí va Hegel (de quien nadie diría que no fue coherente):

Debe entenderse que todo el valor que posee el ser humano - toda realidad espiritual - posee solamente a través del Estado. ... Es su único modo de alcanzar la plena conciencia, su único modo de participar en la moralidad... Lo Universal solamente se encuentra en el Estado, en sus leyes, en sus arreglos universales y racionales. El Estado es la expresión de la Idea Divina en la tierra.

(La Filosofía de la Historia, 1831)

Y acá, un columnista cualquiera de El Telégrafo:

Ahora se tiene el poder del Estado, siendo gobierno, y a merced de las elecciones, pero el poder toma otros modos de ser y estar. No basta tener el poder del Estado sea central o de los territorios con los GAD. Se requiere otros niveles del poder social y comunal para llegar a disputar el poder de las estructuras y del propio sistema. A este nivel se llega con una poderosa organización popular. Así en las elecciones no se juega todo el capital político sino una parte sin llegar a poner en riesgo todo el modelo de una democracia participativa que debe llegar a ser radical. Sin ideología, sin militancia es muy difícil alcanzar un voto ideológico. Lo que se requiere es acelerar el paso hacia el poder popular sin quedar estancados en el poder del Estado.

Me vence el sueño, pero cuento siete "poderes", más una "poderosa": hasta en un escritor mediocre, tamaño basso ostinato garantiza patología galopante, incontrolada. ¿Piensas que lo que anhela este escritor es tener poder sobre, no sé, el tránsito en Quito, los cacas de perros en las urbanizaciones, los deshechos vertidos en el Estero Salado? A mí me parece que no. Esta copiosa y amarillenta baba que le surca el mentón viene inspirada por la idea de tener poder sobre ti. (Sobre mí, no tanto: los viejos moribundos propensos a la tos y a la bursitis no solemos inspirar grandes fantasías sexuales.) Antaño, le hubiera llamado la atención ese poder del Estado que ahora le parece llanamente insuficiente: ya se graduó, se inició, falta droga más fuerte. El problema de una democracia erigida sobre restos y recuerdos de un mítico Estado de Derecho es que a las personas, aun humillándoles, les deja con algo de dignidad residual. El ideólogo quiere verte en el potro, aullando, o en la alcantarilla, sangrando. Supongo que todos ustedes saben lo que significa "organización popular". Hablemos en cristiano: machetes, bates de beisbol, después algún que otro Parabellum, después algunos Kalashnikov. La sonrisa triunfadora del tipo ése, el de la mente preclara, que dirige las patadas desde la puerta. El modelo cubano o norcoreano, vaya. Eso que para nuestro querido Presidente es "otra forma de democracia".

Y  como no puede ser menos, como quien enseña orgullosamente la herida supurante que le distingue como individuo: "tengo una ideología". Y como toda ideología, quiere contagiarse. Quiere un "voto ideológico": el mismo que le acaban de birlar en las últimas elecciones, las del tránsito y de la caca de perro.

¿Aprenderemos a tiempo a desconfiar de estas personas, de estos ideólogos?

Tal vez sí, pero no estoy seguro de que lo consigamos diciendo que somos "del centro". El problema es que la misma expresión pertenece a una ideología: la del espectro político, que como todo espectro, se resiste a pasar a mejor vida. Ya sobran las demostraciones de que categorizar a las personas como "de derecha", "de izquierda" fuera esperpento aunque fuéramos chimpancés y no humanos. El problema es que con esto, todavía puedes armar brillantes fiestas. La creme de la creme. El Quito selecto: chusma no, por favor. Otro problema, que yo percaté jugando al rugby en el colegio: si estás en el centro, efectivamente duplicas las posibilidades de que la pelota llegue hacia ti, y con ella, la horda, las patadas, los benditos mamporros. Estar en el centro es como confesarse masoquista. Te van a agredir por las dos bandas. ¿Eso quieres? Yo, personalmente, paso.

Queda otra opción: la de salir al pasillo y vomitar.

Y lo único que te sorprenderá allá fuera es constatar cuántos somos, y que a diferencia de lo que dicen a nuestras espaldas, ninguno llevamos insignia nazi. El hastío, el asco ante el discurso irresponsable no lleva color, ni logotipo, ni siglas. Tal vez tiene edad. Voto a favor de la vejez. A mí me ha solucionado ya muchos quebraderos de cabeza.

Hagámonos viejos.