Saturday, April 26, 2014

Santos huevos

Hasta esta mañana (gracias, El Universo) no era consciente de que alguien se hubiera opuesto a la canonización del cantante canadiense Justin Bieber. Todavía no tengo muy claro cuáles son los argumentos de los insatisfechos. Al fin y al cabo, el milagro protocolario ya se produjo (la asunción y arrebatamiento del sujeto tras un roce con la justicia de la Florida).  Parece que la controversia tiene algo que ver con la teología de la liberación, pero a quienes se les ocurre poner a una tendencia eclesiástica un nombre que es un claro contradictio in terminis no creo que merezcan que se les tome en serio, y yo por mi parte no lo hago, más que señalar que la liberación de Justin en el citado caso tuvo menos que ver con la teología que con la suma de $2.500. En fin, como ex católico, poscatólico o católico en remisión, llámese como quieras, creo que tengo tanto derecho a opinar en el asunto como todos aquéllos que cuando toca, opinan libremente sobre la idoneidad de los candidatos a presidente yanqui, pese a no ser ciudadanos de dicho país. Y mi veredicto es que sí, efectivamente, el cantante tiene todos los méritos para ser llevado a los altares como San Justin de Ontario.

En eso me baso, más que nada, en el siguiente relato,  que me llamó la atención enseguida como digno tema para un cuadro de, pongamos por caso, Albrecht Dürer, Marc Chagall, o incluso Henri Matisse. Se trata de que en cierto día de enero del año 2014, pasaban las siguientes cosas:

En Afganistán y en Pakistán, en Siria y en el Líbano, explotaban varias bombas. En Indonesia, un volcán. En Israel, algún autobús. En Ecuador, con frecuencia semanal, el humor del Presidente. Imaginemos pues el fondo del cuadro, que representa el contexto temporal y mundial, como algo oscuro y obsceno: un horizonte de infierno digno del Bosco, una silueta llena de violencia, de locos sanguinarios puñal el mano, de delirantes megalómanos con micrófono. Cadáveres por doquier, avalanchas, relámpagos. Y en medio de esta escena, una especie de charco de luz, una Arcadia mágicamente protegida, como en una de esas bolas de cristal con nieve, y dentro de él, dos casas típicas de algún barrio californiano. En una de esas casas vive un viejo arisco. En la otra, el cantante imberbe de marras. Pues bien: para completar el cuadro, imaginen al cantante en la calle, frente a la casa del vecino, tirándole huevos.

No sé qué más decir, he hecho lo que he podido para resaltar el aspecto pintoresco de esto. Si no lo aprecian ustedes, no es para que se apunten a psicoanálisis. En todo caso, tampoco estoy diciendo que la noticia (Bieber agrede a la casa de su vecino con huevos) es para ocupar las portadas: evidentemente, no lo es, y sí lo hará, en algún medio farandulero tipo Daily Mail. La cuestión es que hay imágenes literalmente pintorescas, o sea, que piden a gritos ser pintadas, y yo siempre he pensado que esas imágenes, que parecen revestirse de un oscuro simbolismo, merecen atención. En el caso que nos ocupa, es obvio que tirar huevos contra cualquier casa, y más la de algún vecino, es clara señal de enajenación mental, pero creo que hay más que eso: al fin y al cabo, si uno quiere lucir desequilibrio psíquico, lo más práctico es seguir la corriente establecida y declarar ser reencarnación de Napoleón, o Theodor Roosevelt, o Simón Bolívar; también existe la posibilidad de pasearse por Figueres con una tortilla en la cabeza, o coleccionar paraguas o inodoros, o bañarse en sangre de vírgenes, o invadir Iraq, o intentar prohibir que miembros de distinto sexo intercambien palabras en ascensores, o dirigir un suicidio masivo en Guyana, o lanzar bombas atómicas sobre ciudades japonesas.

El camino de Justin, en cambio, ha sido un camino nuevo y apartado de las grandes masas: cabe decir, un camino revolucionario.

Según wiki, Bieber es un cristiano, y no uno cualquiera sino de los que cada día conversan con Jesús. Se supone, entonces, que la idea de embadurnar la casa del vecino con huevos rotos la habría consultado primero con el Hijo de Dios, quien le hubiera otorgado su entusiasmado beneplácito. La Casa de los Huevos Rotos se nos aparece entonces como Señal, como ruta espiritual para entender los misterios designios del Todopoderoso en la tierra (aunque el propio residente de la casa en cuestión no lo haya visto así: pensará diferente cuando su casa sea declarada lugar de peregrinación para católicos de todo el mundo). ¿Cuál es ese mensaje que Dios, mediante las acciones de su siervo San Justin, mediante la potente imagen de una casa californiana cubierta con cáscaras de huevo de gallina, nos quiere comunicar?

Ni puta idea.

Lo único que se me ha quedado claro es que aquí hay un fuerte olor de santidad. Recordemos que la definición tradicional de un santo es: una persona rara (sobre todas las cosas, rara), que hace cosas raras amén de profundamente antisociales, v.gr. masacrar albigenses, y cuya vida contiene alguna lección para el resto de la humanidad. Convengamos en que Bieber se ha ganado, con esta acción, un puesto entre los seres más raros que habitan actualmente las páginas noticiosas; la lección, ya les digo, parece oscura, pero creo que para entenderla hay que tener en cuenta ese trasfondo de crueldad, locura y obscenidad a escala mundial. En un mundo tan violento y tan deprimente como el actual - nos parece estar diciendo - puedes hacer dos cosas: o bien reaccionar ante tanta maldad, y luchar contra tanta injusticia y opresión, o bien pasar la noche tirando huevos contra la casa del vecino. Ninguno de los dos caminos es mejor o peor que el otro; ambos conducen a Dios; el segundo, sin embargo, llamémoslo el Camino del Solipsismo (the Way of the Total Fucking Asshole), por menos transitado, se nos antoja, de algún modo, más espiritual, más puro, más celestial, y sobre todo, más surrealista. André Breton se hubiera quedado encantado. Mi voto para que el tipo sea elegido, también, el santo patrón de los avicultores.

Wednesday, April 23, 2014

Humanidades

Siempre me ha inspirado curiosidad el siguiente hecho, fácilmente comprobable: cuando alguien pronuncia la palabra "educación", suceden instantáneamente dos cosas. Primero, todos los oyentes esbozan una sonrisa beata, al estilo de esa escena de Airplane! donde la niña enferma es consolada con una canción folclórica interpretada por una azafata. Segundo, la persona que pronuncia la tal palabra se vuelve, fugazmente, tonta. En serio, haz la prueba. Mirando esta pantalla, pronuncia en voz baja, sosegada, la palabra "educación", y notarás que tu coeficiente intelectual acaba de bajar como veinte puntos. No te preocupes, volverá a su estado normal dentro de unos minutos. Mi pregunta es, obviamente: ¿por qué sucede esto?

Para entender mejor el fenómeno, prueba con otras palabras. Si dices "tostadora", "capibara" o "ventrílocuo", a tu inteligencia no le pasa nada. Si dices "gobierno", experimenta una especie de momentánea interferencia sísmica, pero casi inmediatamente se restablece, por obra y gracia de tus prejuicios políticos que (sean cuales sean) acuden en tropel para socorrerla. En cambio, si dices "amor", tu intelecto pierde gran parte de su agudeza, y el efecto parece que se extiende en el tiempo de manera desconcertante. Evidentemente, educación y amor tienen algo en común.

Mi conjetura, porque no es más que eso: perdemos agudeza intelectual en la medida que nos vemos forzados a utilizar palabras de significado poco preciso. Cuanto más difuminado es el significado de una palabra, mayor es la sensación de desamparo intelectual creada al pronunciarla.

Ignoro si la palabra educación tiene traducción en lojban. Espero que no, por el bien de la humanidad lojbanoparlante futura. (En cuanto a amor, como siempre digo a mis alumnos: lean a Fromm, luego decidan.)

¿El significado de educación es poco preciso? Pues tal vez no en algunos contextos o en algunas épocas pasadas. Pero piensen en esto: la educación es, hoy por hoy, una imposición, un proceso, un estado y un logro; es, según consenso, aquello que "se necesita" para transformar niños en adultos, burros en Einsteins, criminales en ciudadanos ejemplares. Y de paso (en castellano) es algo cuya carencia se manifiesta en eructos inoportunos, en comentarios morbosos, o en dedos medios dudosamente orientados en presencia del Presidente.  Asimismo, educación es algo que se hace en casa, o en el colegio, o en la biblioteca, o (en opinión de algunos) en la cama; es un proceso que se sitúa en la infancia y la adolescencia, pero también debe extenderse a lo largo de la vida. Según Mark Twain, es algo que interrumpimos cada vez que vamos a la escuela. Y llegando a lo más tópico: es aquello que, masajeado y estimulado con fondos estatales, transformará la matriz productiva de este país, haciendo de una república bananera una nación escandinava en tiempo récord.

Quienes somos responsables de esta extraordinaria taumaturgia nos llamamos educadores. Hola. Puede sorprenderte el dato de que, como la mayoría de los obradores de milagros, no tenemos (si somos sinceros) apenas idea de lo que hacemos, ni de cómo lo hemos de hacer, ni si saldrá bien la próxima vez.

Y ello es así en parte porque el proceso (si lo quieres ver en estos términos) educativo es, por lo menos en alguna de sus definiciones, algo que trasciende la voluntad del sujeto. Quiero decir que normalmente, las transformaciones que nos proponemos obedecen a una finalidad clara, fija, libremente asumida como prioritaria y merecedora de sacrificios. Decido perder peso porque quiero resultarle atractivo a la chica del KFC, o bien porque el médico me dice que cargando este peso encima será sólo cuestión de tiempo antes de que una de mis dos hernias discales haga sprnmtlxhhh y me encuentra en silla de ruedas. Si es así, llegará el momento en que, perdido el peso necesario, podré comprobar si el esfuerzo ha servido para la consecución de mi objetivo. Tengo menos peso, pero soy la misma persona, con los mismos deseos y temores. La meta en sí no habrá cambiado, o por lo menos no tiene por qué hacerlo (aunque tal vez la chica del KFC desaparezca sin aviso). La educación, en cambio, es diferente. Cuando una persona es educada, termina con una visión del mundo muy cambiada. Puede que ya no quiera las mismas cosas. Y su visión de todo el proceso podría ser muy diferente al terminar que al comenzar.

Imagina que un día descubro que la chica del KFC es lesbiana. Me lo pienso unos minutos. Claro: ahora lo que más cuenta no es perder peso, sino perder atributos masculinos (los cuales en sí, dicho sea de paso, no es que representen tremendo peso). Bueno, tengo algunos ahorros, y nunca me gustó demasiado (salvo durante los meses marzo-junio del año 2001) ser hombre. Me cambio el sexo y ya. Dicho y hecho. Me divorcio y me transformo en mujer, con ayuda del Johns Hopkins (gracias, Hannibal) y luego, ¿qué? De repente me doy cuenta de que ahora a quien quiero resultarle atractiva es al chico-KFC, no a la chica. Glups. Have a nice day.

(Creo que acabo de escribir, sin quererlo, el planteamiento de una horrible comedia de Hollywood de próxima aparición. Lo siento, no fue mi intención.)

La educación es así. En su acepción más acaparadora, es una transformación total de la persona (y puede que de la sociedad) que escapa a cualquier finalidad utilitaria que le podríamos asignar, porque entre las cosas que transforma figura esa parte de ti que decide metas y prioridades (una persona educada quiere otras cosas). En este sentido creo que es equiparable a ese proceso que antaño llamaban maduración. Ese proceso que, en otras sociedades, mediaba entre niño y adulto y era marcado con el correspondiente rito de pasaje. (En nuestra sociedad, por supuesto, no es aconsejable madurar. Puede resultarte muy frustrante si insistes en hacerlo. Mejor sigas aplazando el destete toda la vida: bienvenidos al Sumak Kawsay.) Y si es así, pues aplica lo que siempre he dicho al respecto: que con apego a cualquier ética mínimamente kantiana, lo que nos corresponde es fomentar y facilitar el proceso, pero nunca, nunca instrumentalizarlo.

En serio. Aunque sepas perfectamente que el sujeto terminará deseando otras cosas, tal vez (con suerte) las mismas que tú, no está bien "educarle para...", por encima de los deseos del propio sujeto. Intentarlo es sólo demostrar mentalidad de manipulador psicótico. Además, fracasarás. O peor todavía, lograrás tu meta, y he aquí ese monstruo de Frankenstein, el Joven Ejemplar (q.v.). Un joven que reafirma todos tus prejuicios y cumple con todos tus deseos. Vaya pesadilla.

Hay un debate en torno al papel de las humanidades en la enseñanza universitaria. Me interesa, pues mi carrera fue de idiomas modernos, propiamente filología, porque soy docente universitario, y porque no tengo respuestas para todo.

Por un lado, Martha Nussbaum. Por otro, el PIB, medio plazo. "Que el mercado se encargue..." es una simpleza, o mejor dicho, una utopía: desde que el Estado se mete en el campus, y bien metido está, hasta el escroto, el mercado laboral no determina la oferta de las universidades (hay más ladrones, ergo se necesitan más abogados, OK, abramos más cursos de Derecho), de modo unilateral; lo que hay es una dinámica bilateral entre oferta de graduados y demanda laboral, pues ésta incluye un sector público capaz de absorber mediante políticas de estado una aparente sobreproducción de determinados profesionales. Con independencia del mercado laboral actual, se lee la relativa abundancia o escasez de determinadas carreras como una señal, casi un guiño, de parte del gobierno respecto a prioridades futuras. De los técnicos altamente especializados que producirá Yachay, ninguno (salvo los petroquímicos) encontraría empleo en el Ecuador actual; nadie duda de que van a ser muy solicitados dentro de cuatro años. Nos lo han prometido. Llamar a tal relación incestuosa entre cátedra y empleador una distorsión en el mercado laboral sería pecar de timidez. Es la negación de un mercado laboral "libre".

En estas circunstancias, sería una locura por parte de las universidades "privadas" (¿privadas de qué? mejor no preguntes) ofrecer más cursos de humanidades, a pesar de que la oferta ya es nugatoria, cuando desde las fauces del sector público brama un ensordecedor "no os quiero". Y si no hay demanda de humanistas, tal vez sea por todas las razones de enumera Nussbaum: porque sabemos pensar críticamente, porque se nos educa para cuestionar toda autoridad, porque tenemos demasiado olfato para ciertos tipos de bullshit. Puede ser todo eso. O puede ser (también se me había ocurrido) porque no servimos apenas para nada, salvo para perpetuar nuestra propia especie exótica dando clases de, uh, humanidades. También podría ser por eso, lo admito.

Por otro lado, queda un poco chungo cuando (como actualmente ocurre) salen de las universidades ecuatorianas excelentes y prometedores petroquímicos que escriben "echar" con h inicial, piensan que Romeo y Julieta es "una novela de Shakespeare", consideran que Paulo Coelho es un excelente escritor, ubican Ottawa en el centro de África, y creen en Dios sí y en el punto y seguido enfáticamente no.

Creo que los seres humanos valemos más que eso.

Cuando trabajaba de profesor de secundaria en Los Ornitorrincos del Saber, recuerdo haber estudiado con algo de desazón el temario de Literatura de cuarto año, el mismo año que estaba a punto de terminar: era dolorosamente evidente que una persona inteligente, optimista, motivada y capaz de algo de concentración habría podido aprender todo eso en un fin de semana.

Peor aun: nunca he podido convencerme de que todo lo que aprendí en la universidad, bien pudiera haberlo aprendido en un solo año, aun en el supuesto de tener que trabajar, durante ese año, como ingeniero mecánico en una fábrica de ventiladores. (Ignoro si lo mismo se puede decir de las carreras STEM: siquiera en Ecuador, sospecho que no.)

Peor aun: creo que hay algo ("algo", no me pregunten qué) en las carreras de letras que fomenta la ignorancia, mejor dicho, la desidia intelectual, todo lo contrario de "las letras" en sí. Y no me refiero solamente a las vacas sagradas del aula norteamericano como marxismo y deconstruccionismo. Uno termina el estudio (superficial) de la literatura mitad convencido de que todo lo que le queda por leer será, de alguna manera, una glosa decepcionante sobre lo ya leído: de que ya no quedan más sorpresas. De que el canon es de todos y todas, y de que quien no toma jerez por la tarde en un elegante rectorado nunca entenderá el Quijote como ha de entenderse.

Creo que las humanidades valen más que eso.

Y no me apunto a la simpleza de las "combinaciones transversales" como solución, porque he visto cómo se maneja esto: simplemente, el redactor del syllabus escribe al lado de cierto contenido la letra j), que supuestamente significa que mediante este contenido se "imparte valores", se "fomenta espíritu crítico", o lo que sea, se mete en un sobre y se envía a la autoridad veedora que queda encantada de la vida, con sonrisa de estar escuchando guitarra de azafata, y el profesor sigue haciendo lo mismo de siempre de la misma forma de siempre.

No sé cuál es la solución, pero me huele que las carreras de humanidades sólo obstaculizan el estudio y el conocimiento de las humanidades, al mismo tiempo que sigo sin explicarme por qué chucha se dejó de enseñar retórica, un saber que engloba todo lo esencial de la comunicación y cuya carestía da lugar a revoluciones ciudadanas y demás sinsabores.

Hay cosas que, tal vez, sólo hace falta que dejen de enseñarse como "carreras", o sea, saberes especializados e irrelevantes, para que el grueso de los seres humanos, alertados del hecho de que nadie "se está encargando" de le supervivencia de tales conocimientos, empecemos a, finalmente, tomarlas un poquito más en serio.


*******************

P.D. Ha sido al volver a leer a Nussbaum que me he dado cuenta de que, si ella tiene mínimamente razón sobre eso de la cosificación y sus múltiples avatares, queda insoslayable la conclusión de que el ser más cosificado del mundo no es la mujer, sino el votante ecuatoriano. Para reírse con ganas.

Saturday, April 19, 2014

Niebla (e.m.b.)

No he leído de García Márquez ni la mitad de lo que debería. A juzgar por los patéticos relatos con que adornan las necrológicas (un ojo morado en los tiempos del Vargas Llosa; un feo desplante por parte de Octavio Paz) ha sido un hombre more sinned against than sinning. A modo de aclaración: yo no exijo de los escritores, ni creo que se les pueda razonablemente exigir, que lleven sus colores políticos en mástil, eso es aberración de nuestra cultura rock-star: ¿a quién demonios le ha de importar lo que puede pensar o dejar de pensar un novelista colombiano sobre el castrismo? (Si el mismo novelista voluntariamente decide tratar el tema, se le exige, eso sí, creo que razonablemente, la misma inteligencia con la que trata otros temas.) Las apresuradas biografías (cualquiera diría que no se veía venir este deceso) pintan un hombre benigno, inteligente, modesto, en relativa paz consigo mismo. Impresiona de cierto modo. (Espero con esto no atraer sobre mi caja de comentarios un enjambre de iracundos ideólogos Anon. ansiosos por informarme de tal o cual barbaridad que haya dicho en no sé qué ocasión sobre no sé qué tema político incandescente. Como si importara, chucha. Cut us some slack. Quiero decir, a los viejos, a los que alguna vez hayamos tenido la pretensión de comprenderlo todo todito y hayamos vivido para ver lo tontos que fuimos, y aun para sonreírnos tristemente por ello.) Así que, si quieres criticarlo, demuéstrame, primero, que has leído su obra (lo demás es paja, chismes), y segundo, que tú también has vivido. Lo que no podrás demostrarme es que has llegado a esto. Vamos, me sorprendería mucho.

Esta niebla.

Tu mundo es de colores primarios. Hay vida y hay muerte. En medio, tragedia (o estadística, los números lo dirán). Las hormonas, como una corriente escondida, te llevan río abajo adonde dice Manrique. Hasta tu ideología habla el lenguaje de las hormonas, de las flores (si supieras cuánto, te encerrarías en un monasterio de pura vergüenza). No puedes imaginarte otra cosa. Incluso te suicidarías sin haber imaginado otra cosa.

Bueno, pero inténtalo.

Río abajo, tarde o temprano, te vas a encontrar con esta niebla. Somos muchos los que deambulamos perdidos dentro de ella. Llenamos los asilos de ancianos, pero no solamente ellos. De cierta forma, los aún activos llevamos el asilo a espaldas por doquier, como caracoles.  Andamos arriba y abajo. Sabemos que la muerte está cerca, pero no sabemos en qué dirección.

¿Se encuentra en el mañana? ¿O en el ayer? ¿O en el ahora, detrás de aquella esquina?

¿Por qué ya no me acuerdo de los nombres de mis alumnos? ¿Por qué mi memoria se parece cada vez más a la incierta luz de una única vela, que intenta sin éxito emboscar los confines de mi habitación?

Se supone que esta habitación tiene paredes... Alguna vez tenía, chucha.

¿Dónde termino yo y empiezan los demás? No podré encontrarme con ellos por la vía izquierda-femenina, la de los sentimientos sublimes/borrachos? ¿Tendrá que ser siempre por aquella otra, la de la depurada banalidad?

(No me irritan como antes los que intentan vencer su soledad y llegar a ti mediante un playlist (aquí he hecho lo mismo, sobre todo cuando emb.). Por lo menos son honestos al querer regalarte un puro sentimiento. Culpa suya no es que las canciones por lo general no son correlativo objetivo de nada, a menos que iguales a sus propulsores copa por copa, cigarrillo por cigarrillo, desencuentro sexual por desencuentro sexual, recuerdo por yermo recuerdo, y ni entonces. Prueba de ello es que algunos al escuchar el Bolero de Ravel piensan en patinaje sobre hielo, y otros, en la hora de salida del Abdón Calderón.)

Sí: tus hormonas no te lo dejan ver ahora, pero estás solo. Ni las canciones te unirán con nadie. Estás sola. Espera la niebla, y no verás.

Soy, como siempre he sido, mayormente hambre de mujer, disfrazado como es natural de otra cosa, de paraguas, de cualquier cosa en fin, un ser pequeño y sencillo. Es cuando esa hambre ya no tiene sentido posible que empieza la niebla.

Como han demostrado ser tan infieles los recuerdos, tal vez resultará que mienten donde más cuenta. Tal vez en tu estela has dejado a un montón de mujeres llenas de cariño y de agradecimiento, y no de hiel y amargura y facturas de teléfono. Sueñas últimamente con esa posibilidad. Con restablecer contacto con alguien que te recuerde sin vomitar cerezas.

"Primero vinieron por las tremendas potras carajos..."

La Supercom interroga a la modelo del Extra Claudia Hurtado (artist's impression)


Y no dije nada, porque no era una tremenda potra carajo.

Bromas aparte, y seas quien seas, también vendrán, ametralladora o constitución en mano, algún día por ti. ¿Quieres evitarlo? Hay dos maneras:

(1) Hazte una lobotomía frontal, afíliate a Alianza País, llena tu armario de camisetas verdes, acude a todas las sabatinas de Rafael, y evita destacar en la vida en ningún sentido. Haz de la oscura y silenciosa mediocridad tu consigna. Cada mañana, antes de desayunar, repite diez veces "Cuba es una democracia". Cuando esta frase ya te salga con naturalidad, puedes probar con algo más ambicioso, por ejemplo, "El Presidente no ordenó el rescate armado el día 30 de septiembre de 2010. Nadie lo ordenó, simplemente sucedió". Quien cumpla a cabalidad con todos estos requisitos, puede que sea salvo. Por si acaso, no guardes porno en tu computadora.

(2) Protesta. Aunque Mi Recinto te parezca (como a mí) un montículo de estiércol, protesta.

(En realidad, las protestas con toda probabilidad no sirven de nada. Pero es que no se me ocurre otra cosa mejor.)

Mencioné Mi Recinto. Me parece el ejemplo perfecto de un programa de televisión que no tiene absolutamente nada que lo recomiende, ningún punto siquiera ínfimo a su favor: no tiene gracia, los "actores" no saben actuar, no conoce ni de auténtico costumbrismo ni de verisimilitud. Su pretendido "humor" descansa sobre un puñado de estereotipos burdos, ridículos y cansados. La fórmula, discutiblemente, cuando se ideó daba para una corta y mediocre serie, de seis u ocho capítulos. Ahora, la falta de recursos (en actores y guionistas) para evitar la descerebrada repetición ad infinitum de lo mismo y lo mismo inspira simplemente pena y vergüenza ajena, a veces nausea. Obviamente, si el canal que emite ese programa anunciara que lo iba a retirar, yo lo celebraría con todo el resto de gente que conozco. Pero si el gobierno, a través de alguno de sus brazos censores, dice (y con esta reciente epidemia de inquisidores y censores aficionados que padecemos, la cosa parece probable) que va a obligar al canal de retirarlo, pues no y mil veces no.

Toca dejar las cosas muy claras. Ninguna persona mínimamente cuerda saldría a la calle en defensa de un montón de basura como ése. Pero muchos saldríamos en defensa de otra cosa, de un principio: la libertad de los dueños de un canal televisivo para emitir lo que les dé la gana, en el horario que les dé la gana, aunque sea basura (sí, y aunque "ofenda" a todas las minorías y mayorías imaginables). ¿Por qué? Porque desde el momento en que se acepta, tácitamente, que esa libertad solamente se puede ejercer dentro de los parámetros arbitrarios que establece el gobierno, ya no hay tal libertad, y habremos regalado al verdugo la cuerda con que nos ahorcará, algún día, también a nosotros, a todos los que tengamos algo que decir aunque sean pequeñas incoherencias y tonterías. Por eso conviene ser, por una sola vez, tajante: importa un comino si un contenido es "discriminatorio" o no, si "produce estigmas (sic) a la mujer", si "ofende" a algún grupo o algún sector. No importa si ofende a todo el mundo. El dueño del medio en cuestión tiene todo el derecho a publicar ese contenido (y, junto con ese derecho, el de quejarse amargamente por el consecuente abandono de sus audiencias o de sus lectores, y de que tales amargas quejas sean contestadas con el consabido raspberry). Y tiene ese derecho absoluto por una razón bien sencilla: porque contrariamente a lo que nos quieren hacer creer, la simple expresión de una opinión, o emisión de un contenido cualquiera, no limita los derechos de nadie más, ni hace daño a ningún tercero (a menos que consideres que "ofenderse" constituye una especie de daño: en tal caso, tu lugar es en los patios de recreo del prequinder).

Todo lo cual me parece obvio. Me disculpo por la obviedad. Pero es que en el mundo, y desgraciadamente también en este país, hay gente como Orlando Pérez, para quien el derecho irrestricto a la libertad de expresión, lejos de ser algo obvio, es algo absolutamente aberrante:

Tras la ‘sentencia’ de la Supercom al diario Extra han surgido expresiones de todo tipo. Las más aberrantes: “la modelo Hurtado tiene derecho de posar como le dé la gana”; “la libertad de expresión no tiene límites, más si es de asuntos estéticos”; y “las mujeres no podemos poner por delante nuestras histerias para juzgar a otra mujer por mostrar su cuerpo (¿hermoso?)”.

Sí: "aberrante" le parece la simple idea de que una mujer tenga derecho a hacer lo que quiere con su cuerpo (y aunque ese "lo que quiere" no vaya más allá de unos simples "poses"). De lo que se deduce que para el Sr Pérez, el cuerpo de una mujer no es de ella sino -¿de quién si no? - del Estado, como absolutamente todo lo demás: lo cual, en la práctica, significa que es propiedad de la casta parasitaria de los gobernantes. En otros tiempos eso se llamaba droit du seigneur. Ahora no sé qué nombre le darán. Y hay más:

La sola existencia (y por supuesto defensa) de programas como ‘La pareja feliz’ o secciones como ‘Lunes sexy’ ya es una bofetada (o un golpe en la jeta, como se dice popularmente) a esa idea de construir otras sociedades y medios, sin moralismo alguno.

Resumiendo: el Sr Francisco Sierra, el nuevo director de Ciespal, ha tenido una bonita idea (ésa de que el "profesional de información" puede ser un "tejedor de redes y comunidades..."). El Sr Orlando Pérez interpreta eso como " forjar y construir otras comunidades y esferas de relacionamiento", oé. Todo muy bonito, desde luego. Pero cuando en la práctica resulta que entre esas "comunidades" que a algún "profesional de la comunicación" se le ocurre "tejer" o "construir", figura la comunidad de los admiradores de la tremenda potra carajo, o la comunidad de los babeantes imbéciles seguidores de Mi Recinto, de repente la idea no suena tan bonito. Y antes de hacer algo tan adulto como reconocer que la realidad a veces no es tan gloriosa como la fantasía, o que a veces un bonito sueño puede naufragarse en las rocas de las incomprensibles predilecciones ajenas... el Sr Pérez decanta por el infantilismo, por el "cómo te atreves...", y le sale en plena frente el pulso frenético de la vena totalitaria, ese impulso que nos capacita para ver hasta en el inocente vuelo de un ave una bofetada en la cara a nuestras pretensiones de ser los amos de la creación.

Porque lejos de él sea admitir que esas maravillosas "comunidades" nuevas tendrían que competir con las existentes en buena lid por las preferencias de las audiencias. Las preferencias de las audiencias para él no importan. El pueblo es demasiado tonto para saber lo que le conviene. Por eso, el Estado tiene que decidir por ellos. Tiene que barrer a las tremendas potras para darle chance a los tremendos borregos. No hay más.

Luego viene esto:

Si hay algo que no tiene prestigio, autoridad y credibilidad en el mundo es la prensa sensacionalista...

Si por muchos años los editores y hasta directores de prensa escrita y de los noticieros de televisión cuestionaron a Extra por no hacer periodismo y ser un negocio de réditos jugosos, no se entiende cómo ahora lo defienden por una supuesta censura “desde el Gobierno”. ...

Nunca hasta ahora se me ocurrió que para un ser sin principios sería tan difícil entender lo que significa la misma palabra principio. Y conste que todavía llevo cilicio y ceniza por haber atribuido erróneamente, algún día, la cita a Voltaire. No importa, aquí va, de nuevo y actualizado: Me parece una basura tu periódico, pero defenderé a muerte tu derecho a publicarlo, en el formato y con el contenido que te dé la gana. ¿Tan difícil es entender esto?

¿Por qué existen, en realidad, programas como Mi Recinto? ¿Por qué la televisión ecuatoriana es incapaz de emitir siquiera un solo programa, de producción nacional, medianamente entretenido, ni mucho menos inteligente? Puede ser por tres razones, o una combinación de las tres:

1. No hay talento para algo mejor.
2. No hay público para algo mejor.
3. En realidad los programas son buenísimos, lo que pasa es que soy un jodido snob de la peor calaña.

Ahora explícame en cuál de estas posibles causas se pretende incidir con la política actual de censura, de sanciones y de moralismos decimonónicos de parte de la Supercom. Realmente, me gustaría saberlo.

Se me objetará: ¡falacía informal de la cuesta resbaladiza! ¡Elis, Elis, Putxinelis!

Ya, pero algunas cuestas, y sirva Niemoller como testigo, si son resbaladizas. Es de personas prácticas medir el gradiente y observar el hielo, sobre todo si conduces un San Remo con llantas calvas. Intento ser práctico, nomás. Ya sabemos que en ningún país del mundo hay absoluta libertad de expresión. Lo que pasa es que, allá en mis mocedades, si una canción la rechazaba la BBC por obscena, siempre había Radio Caroline. En aquel entonces, los gobernantes (algunos) no iban demasiado lejos con eso de la censura porque pensaban que no tenían tantísimo poder. Ahora es otra cosa. En el R.hU. actual, hasta con algo tan sagrado y vetusto como la pornografía en línea se atreven.  La megalomanía de los gobernantes actuales, a nivel mundial, no conoce límites. Y el dumbing-down occidental (fruto de políticas de gobierno, evidentemente) también actúa a su favor. Antes había algo así como una clase media ilustrada: reducida numéricamente, pero ilustrada... casi casi organizada. Ahora eso ya no existe como clase. Los individuos ilustrados, en el mundo actual, pasan cerca el uno del otro como naves en la niebla, sin reconocerse. No tienen cómo.

¿La niebla? Esa bruma densa de oficiosa palabrería que nos envuelve la cabeza, formada por pequeñas y suntuosas idioteces tales como: derecho a la información, derecho a no sentirse ofendido, estigma a la mujer, derechos sociales, derecho a ver los programas que yo quiero y que nadie pueda ver los que yo no quiero, y me canso de seguir. Toda esa basura con que nos sirven nuestro bol diario de gruel noticioso. Esos cucos con que nos espantaron por la noche desde que éramos niños.

Es solamente cuestión, ya digo, de bajarte del carro un momento y mirar el suelo. Es sólo cuestión de deshacerse de prejuicios y de preguntarse: ¿realmente esto va contra el discrimen, contra la ofensa, contra el insulto, por la dignidad, por la paz, por la verdadera libertad? ¿Nada que ver con una clase de seres privilegiados que quieren perpetuar su privilegio impidiendo que los votantes piensen por ellos mismos, y que empiezan censurando lo más facilito para luego ir a por presas más grandes, con la meta de, al final, instaurar el Nuevo Jerusalén en forma de norcorea latinizada, presa para mil años de ese rêve de paresse grossière que acá se conoce como Sumak Kawsay?

Creo que acá en estas latitudes, por lo menos, la pregunta se contesta sola.




Saturday, April 12, 2014

Captain Scarlet and the Mysterons

Entre los dos, Mónica Ojeda Franco por un lado y Pablo Lucio Paredes por el otro, consiguieron alegrarme el sábado. Por lo visto, no soy el único harto de los ayatolás, término con que Paredes denomina a los censores y superintendentes morales al estilo de Carlos Ochoa, que intentan interponer su oficioso y bigotudo (en el sentido inglés) dedo reprobatorio entre nuestros ojos y nuestro material de lectura preferido, como tampoco soy el único que encuentra patéticas las razones con las que justifican barbaridades como la reciente sanción al diario Extra. Mi sentido enhorabuena a los autores de los dos artículos. Si tuviera que poner reparos, en el artículo de Paredes extraño la - para mí evidente, cuasi obligatoria - referencia al famoso juicio en 1960 de R v Penguin Books Ltd, por la supuesta obscenidad de la novela Lady Chatterley's Lover, en donde el fiscal, Mervyn Griffith-Jones, se autocaricaturizó para toda la eternidad con la memorable y frecuentemente citada frase:

"¿Es éste un libro que ustedes quisieran que leyera su esposa o sus sirvientes?"

frase de que parece calcada la cita del propio Ochoa referenciada en el texto de Paredes:

"Pregunta suelta, permitirían aquellos y aquellas q critican la resolución sobre Extra q sus hijas, hermanas, esposas posen así en el diario?"

Desde luego, si el bueno de Mervyn con aquella frase se aseguró la inmortalidad en la cultura popular como símbolo de cierta rancia y anacrónica aristocracia conservadora (en la empobrecida Inglaterra de 1960 me imagino que apenas quedaría un millar de casas con "sirvientes"), con más razón deberíamos reservarle en el mismo santoral de hilarante mojigatería un nicho para Ochoa, que a juzgar por esta joya de frase me parece que debe de pasar demasiado tiempo viendo (perdón, "vigilando") telenovelas mexicanas, de ésas donde no debe faltar un rico terrateniente con escopetas en las paredes, un manípulo de criadas uniformadas y una heroína masoquista, que con el pretexto de encontrar al sobrino político de la prima de la cuñada de su hija raptada se adentra en un pasado decimonónico milagrosamente conservado donde los maridos aún se adjudican el derecho de "permitir" o "prohibir" determinadas acciones a sus almidonadas esposas, todas ellas convenientemente estrujadas en corsés de hueso de ballena y con los ojos llenos de glicerina. Y es por eso mismo, por lo acartonado y vetusto y desprovisto de pestañeo, amén de otras consideraciones personales que no vienen al caso, que me place otorgarle desde ahora al Sr Ochoa el honorable sobrenombre de Captain Scarlet, en referencia a la mítica serie británica de mis mocedades, donde los personajes tampoco pestañeaban, aunque no necesariamente por no perderse ninguna de las curvas de la última tremenda potra camino a la guillotina. Queda por ver, en esta trepidante historia del bien y del mal, quiénes serán esos Mysterons por los que tanta falta hace que el Capitán Ochoa empuñe su arma láser y salga en nuestra defensa, viendo (a fin de condenar) lo que el resto de nosotros no deberíamos ver, y siempre protegido por ese retrometabolismo especial que permite que su pureza moral se recomponga después de cada asalto de cada potra. ¿Quiénes son esos enemigos? Y ¿cuál es ese temible peligro que representan? Ese tema sí que me tiene intrigado.

Según Mónica Ojeda Franco, después de descartar a la modelo, Claudia Hurtado, como potencial víctima - pues ella se declara muy satisfecha de salir en la portada del Extra - y a los lectores también - ya que al parecer el señor Ochoa no ha podido encontrar ni uno, fuera de la propia asambleísta  quien puso la denuncia, que se declare irreversiblemente corrompido por la tremenda potredad, potricia o potrazgo de la Claudia - sólo nos quedaría como potencial víctima a La Mujer, ente cuya existencia ya muchas veces ha sido puesta en tela de juicio en estas páginas, y a que la Ojeda Franco califica severa y tajantemente como "quimera". No sé si me satisface la metáfora: más bien le propondría "vaca sagrada", pues las quimeras ni siquiera entorpecen el tránsito, ni mucho menos se les ocurre inspirar vedas. (Y ya que estamos con los reparos: creo que si no vuelvo a ver la palabra falogocéntrico mientras viva, será demasiado pronto. Si para la escritora el "feminismo antipornográfico" ha sido "absolutamente deslegitimado en todas las esferas serias de estudios de género" - ojalá fuera cierto esto - ¿cuánto más deslegitimado quedará hoy por hoy ese indigerible farsante de Derrida? Seis madrenuestras y un avemario y lo olvidaremos.) Aclaremos entonces: en todo el país, al parecer, la única persona ofendida por la dichosa portada ha sido la propia Soledad Buendía... pero como queda un poco lorenzo eso de exigir disculpas por una portada que ni te menciona, ha tenido que echar mano de la Sagrada Identidad Metafísica de Toda Mujer a la Hora de Ofenderse, viejo y trillado recurso feminista que ojalá pronto pase al mismo desabrido baúl de los recuerdos que el Malleus Maleficarum y los Protocolos de Sion.

En fin, mi intención era argumentar contra el fallo de la Superintendencia, pero como no se basa en ninguna lógica, y parece obedecer únicamente al deseo de la Buendía de empeorarnos los lunes, y al medievalismo estrafalario del Capitán, que vive feliz en un universo alternativo donde a las hermanas y/o esposas se les "permite" cosas, y que para mayor esnobismo (de nuevo, según Paredes) encuentra ofensiva la desnudez carnosa de las clases populares, y "artística" la esquelética de las clases altas (Soho)... bueno, es que no te da asidero por ninguna parte. Así que, cambiando de tema, y aprovechando mis rápidas investigaciones en Wiki sobre el tema del pestañeo, ¿sabías que las mujeres que toman anticonceptivos orales pestañean con una frecuencia 32% mayor que las demás? Así que atentos, chicos: para saber si tu última cita a ciegas se está cuidando, simplemente mira tu reloj de reojo, y cuenta los pestañeos durante un minuto: 14, se está cuidando, 10, no lo está haciendo. En ambos casos, a menos que seas Julian Assange, y por si ella esté estrenando nuevos lentes de contacto, busca una farmacia. De nada. Estoy aquí para servirles.



Sunday, April 6, 2014

De nuevo, Supercom

Nunca me ha caído especialmente bien ese Pinoargote. Ahora creo que sé por qué:

"La libertad de expresión tiene su máxima expresión, valga la redundancia... pero hay un ambiente o un sistema de restricción a esa libertad. Por ejemplo, ya no se le puede decir a los gays maricas, a los afros no se les puede decir negros, a los ladrones no se les puede decir ladrones...".

No sé si habrá alguien entre mis lectores dispuesto a defender estas palabras, así, huérfanos de contexto como están y todo. Puedo equivocarme, pero a mí me parece que retratan a un locutor pomposo, incoherente e ignorante por partes iguales. Aun así y con todo, el tipo me resulta algo más simpático que nuestros nuevos Torquemadas de la Asamblea y de la Supercom, que hace poco se interesaron en la mencionada cita; y mi intención aquí es explicarles por qué. Al hacerlo, tendré que confiar en que por lo menos en este pequeño rincón del Internet, que si alguien lo visita es generalmente por equivocación, todavía "se puede decir" más o menos cualquier cosa, pues un bloguero a que apenas nadie lee (y a quien apenas nadie se acuerda de engrosarle la cuenta bancaria: poderes fícticos, CIA, oligarquía, tomen nota) hasta a nuestros más fanáticos censores les debe de resultar presa poco apetitosa.

En primer lugar, aclaremos una cosa. No es mi intención defender a Pinoargote, ni presentar argumentos a favor o en contra de cualquier interpretación de sus palabras, benévola o malévola, que el lector quisiera achacarles. El lector habitual de este blog, si tal existiera, ya sabrá de sobras que aunque Pinoargote hubiera declarado que los judíos eran una raza inferior, a la que habría que exterminar, o que los bebés irlandeses podrían servir como apetitosa vianda dentro de la dieta anglosajona, mi oposición a cualquier intento de censura de sus palabras sería exactamente la misma; y no solamente porque esta última opinión, bajo la pluma de Swift, ha logrado convertirse en lectura obligatoria de cualquier curso de iniciación en el género ensayístico. Mis razones por oponerme a la censura son dos, a saber:

(1) La existencia de cualquier tipo de censura es contraria al derecho a la libertad de expresión;
(2) La censura no sirve para nada bueno.

El primer enunciado me parece una obviedad, hasta una redundancia si se define "expresión", creo que sin mucha violencia, como cualquier acto emprendido en absoluta libertad que por su propia naturaleza no contribuya a coartar la libertad ajena. Claro que el hecho de que mi expresión no te reste un ápice de tu propia libertad no significa que no te vaya a ofender igualmente. Hay gente que realmente resulta especialista en eso de darse por aludida: mi propia experiencia me ha convencido de que no existe en el mundo expresión alguna, ni verbal, ni pictórica, ni artística, ni de ninguna clase, que no pueda ser usado por alguien en alguna circunstancia como pretexto para ofenderse. De modo que si la libertad de expresión tuviera que ejercerse bajo la directriz de "no ofenderás a nadie", muy poco nos quedaría de qué hablar, y olvídate de eludir la insulsez de la conversación con algún extracto de Tannhäuser o Parsifal. Me parece que ante la perspectiva de una "sociedad" compuesta por infantes petulantes, llorones y litigiosos consagrados en cuerpo y alma a la glorificación de la diosa Rabieta, mejor queda la sensatez y la tolerancia, cualidad que la mayoría de los adultos (pero no los asambleístas, ni tampoco algunos locutores televisivos) desarrollan con mayor o menor garbo y gracia antes de cumplir los 30 años.

Y a propósito de esto, una simple ilustración: la honorable asambleísta que impulsó la demanda contra Pinoargote, Alexandra Ocles, se expresa textualmente en estos términos:

denigró al pueblo afroecuatoriano y a las personas con diversa orientación sexual”. (cursiva mía)

Que conste que no soy acólito de la denominada falacia etimológica (la misma que emplean algunos  incautos para argumentar contra el matrimonio gay, alegando que "matrimonio" viene de "madre", y que, por lo tanto...) Pero ya hace mucho que en inglés nadie que se precie de políticamente correcto usa el término equivalente "denigrate", pues de todos es sabido que su derivación etimológica remite a una supuesta equivalencia entre lo negro y lo oprobioso (sí: de-nigr-are, "ennegrecer completamente"->"insultar, criticar, ningunear"). De modo que si yo fuera ese tipo de persona pedante y repulsiva, podría hasta acusarle a la asambleísta Ocles por lo menos cierta falta de sensibilidad en el uso de las palabras. Cosa que no hago, porque para mí como para toda persona sensata, lo que cuentan son las intenciones. (Y ya tengo más de 30 años.)

En fin, podría alargar esta parte de mi argumento (que la censura es atentatoria contra la libertad), pero me resulta innecesario, pues los mismos autores de la Ley de Comunicación parecen reconocer implícitamente este punto, al insistir repetidamente que lo que se nos viene encima no es "censura previa" sino "responsabilidad ulterior". Lo cual, aunque aceptemos a regañadientes que "censura previa" no es un oxímoron (se entiende que previa a la difusión del contenido, no a su producción), sigue siendo una perfecta irrelevancia, pues la censura posterior (verdadero significado de "responsabilidad ulterior") dista de la previa solamente en el sentido de que es más eficaz, ya que permite aplicar mayores sanciones al tratarse de atentados supuestamente consumados contra la moral pública, etcétera, y no solamente "intentos de". Ante lo cual, insisto: hay que llamar las cosas por su verdadero nombre. El gobierno de Correa es un gobierno que pretende regular y controlar la comunicación a través de sanciones "posteriores", determinadas por un caprichoso y sibilino ente gubernamental ante el cual no existe recurso de apelación, por lo tanto, un ente dictatorial: se trata, entonces, de un gobierno que censura, como el de Cuba o el de la dictadura franquista en España aunque los métodos hayan evolucionado y tecnificado. Ya hemos visto en el caso de Bonil que dicha censura obedece, como suele ser el caso, exclusivamente al interés del propio gobierno, sea cual sea el pretexto de su actuación, de modo que alguna persona de fuera que no supiera nada de la trayectoria ni de Pinoargote ni de Ecuavisa, podría deducir sin dificultad que se trata de un comunicador y un canal no afines al régimen... y tendrían razón. Y esto es lo que más preocupa de la censura en Ecuador: su evidente intencionalidad, al margen del discurso justificatorio, de crear una sociedad dominada por el miedo, la sumisión y el ubicuo discurso oficial.

En cuanto a que la censura, según mi argumento, "no sirve para nada bueno", pues veamos en el caso presente lo que se propone conseguir con la demanda y la resolución de la Supercom. Admitamos que Pinoargote dijo, en la ocasión citada, una tremenda barbaridad, al utilizar el recurso de paralelismo para equiparar implícitamente (como correctamente señala el texto de la Supercom) etnia u orientación sexual con criminalidad ("gays... afros... ladrones"). Es de suponer que más de un televidente, entre los que se autoidentifican como gay o afro, se habrá ofendido, y muchos más habrán llegado, sin ofenderse, a la conclusión de que el tal Pinoargote es un estúpido ignorante. Pues bien. Recomendaría en este punto un pequeño receso, suficiente para poder volver a ver y a admirar esa maravillosa película Doce Hombres Sin Piedad, ahora y por un período limitado asequible en YouTube, para recordar lo eficaz que resulta en estos casos el sencillo recurso del giro del cuerpo en 180 grados... sólo eso. El hombre que en la película insiste en que "esa gente" es mentirosa "de nacimiento", y que basa su condena en estas "razones", se desmorona al darse cuenta de que su discurso provoca solamente rechazo silencioso, repugnancia, y el consabido viaje a Coventry. Hay razones que hasta frente a tal suerte de rechazo se mantienen firmes, pero para ello tienen que ser eso, razones. El prejuicio personal nace siempre del prejuicio social: por tanto, no tiene fuerzas para resistirse a la condena social. De modo que lo adecuado en este caso sería una manifestación de rechazo (en forma de cartas de queja, críticas por parte de los entrevistados, renuncias a ser entrevistado, etcétera), la cual tarde o temprano derivaría en una aclaración por parte del propio Pinoargote, que si en verdad dio en la ocasión citada un simple tropiezo verbal, no tendría seguramente inconveniente en disculparse por ello, al tiempo que aprovecharía para aclarar su verdadero mensaje... y si por el contrario resultara que cree que marica es sinónimo de gay, y que ser gay tiene alguna semejanza con ser ladrón, pues también al confesarnos sus ideas al respecto nos haría un inmenso favor, lo mismo que a los directivos de Ecuavisa, que difícilmente hubieran imaginado tener entre su establo a semejante joya.

¿Ven? Si a la persona que sale con un exabrupto se le da, en libertad, la oportunidad de aclarar o rectificar (y quién entre nosotros no ha necesitado eso alguna vez) se trata entonces de una solución ganar-ganar: el que rectifica gana, o recupera, o acrecienta, la simpatía de su público, el cual a su vez se encuentra relevado de la obligación de sentir decepción y desprecio... o si realmente tales respuestas resultan fundadas, pues conviene que ese fundamento sea también claro y sólido. En resumen: sin la distorsión de la censura, a la larga todos sabemos y nos enteramos y entendemos qué piensa el otro, para bien o para mal, situación que a mí me parece idónea. En cambio, una disculpa "obligada" no satisface a nadie, ni trae ninguna consecuencia buena. Los que sintieron rechazo ante las palabras de Pinoargote, lo seguirán sintiendo al percatarse de que la disculpa no ha sido sincera; si realmente hubo malentendido eso nunca podrá aclararse al planearse permanentemente sobre el discurso empequeñecido, permitido, la sombra del buitre; quienquiera tenga ánimo y malicia para ello podrá incluso desde entonces considerar al mencionado locutor un mártir de la causa de la libertad de expresión, y usar tal martirio para prestarle una espuria solemnidad a la expresión más chabacana de la confusión, del prejuicio y de la ignorancia. Bonachón e ingenuo que soy, estoy dispuesto a suponer que la asambleísta Ocles realmente cree que las denuncias a organismos "oficiales" sirven para vencer el prejuicio y fomentar la tolerancia: estoy aquí para informarle de que tienen, por lo general, precisamente el efecto contrario. Y se lo digo en este plan amistoso solamente porque parece tener menos de 30 años, a más de una sonrisa angelical.

En fin. El texto de la resolución de la Supercom lo pueden leer aquí, y tengo que reconocer que si en vez de soltarnos un chorro de burocrateces altisonantes, se hubiera limitado a señalar que quien pronunció las citadas palabras se retrata como un ignorante (pues se puede ser afro sin ser negro, y viceversa, amén de que marica se dice propiamente de alguien que, sin que importe para nada su orientación sexual o falta de, integra una Superintendencia de Comunicación, y que va por la vida juzgando y sancionando las palabras de otros, sin tener la valentía de enfrentarse en debate abierto con ellos), podría estar de acuerdo con su(s) autor(es). Desgraciadamente, y a pesar de recordarle al eventual lector un dato tan valioso (y frecuentemente recordado en estas páginas) como irrelevante para la resolución de la denuncia, v.gr. que el concepto de diversas "razas" es científicamente inaplicable al ser humano, por constituir éste una sola y única raza, el texto de la Supercom se disuelve pronto en baba, esa baba que a toda "autoridad" se le chorrea tan copiosamente cuando se presenta la oportunidad de emitir una sanción, de reprender y castigar a los humildes mortales desde la cima de su parnasiana rectitud. Y si sigues el chorro de baba hasta el final, te encontrarás con esto:

... se impone ... que... el director del medio... difunda... una disculpa pública al pueblo afroecuatoriano y a la colectividad de diversa orientación sexual, por los comentarios discriminatorios por razones de etnia y orientación sexual....

Por la parte que me toca (pues al existir diversas orientaciones sexuales, todos, absolutamente todos somos de "diversa orientación sexual", lo mismo que todos somos de "diverso grupo sanguíneo" y "diverso color de pelo": diversos respecto a los demás, por supuesto; y aunque no me permiten ser ecuatoriano, ni me lo permitirán nunca, por lo menos la parte afro no me falta, pues de nuevo, e insisto, es imposible ser humano sin ser afrodescendiente) diré entonces: gracias, pero no gracias. Lo que exijo no es una disculpa de parte de Pinoargote, que por lo menos no tiene la pretensión de regular la comunicación de nadie, sino de ustedes, por ser algo peor que un prejuicioso o un ignorante: por ser pequeños, miserables y cobardes tiranos con delirio de grandeza, trastorno narcisista galopante e ínfulas de dictadores, que creen saber mejor que yo lo que me conviene ver y escuchar y lo que no. De tales maderas siempre se han creado los Comités de Censura a lo largo y ancho del mundo. El día en que nos liberemos de ustedes, la fiesta será memorable.


¿Quién lo hubiera pensudo?

Así que Dubya nos salió pintor. Who'd a thunk it?


Siempre lo he dicho. A los políticos lo que les hace falta es solamente algo de coaching, para descubrir ese verdadero talento que llevan escondido, para que no sigan adelante con esa idea de "soy un inútil, un desgraciado, un tonto, un cero a la izquierda, no sirvo para nada, sólo me queda la política". Si solamente se tomaran la molestia de descubrir sus verdaderos talentos, y dedicarse exclusivamente a ellos, el mundo fuera seguramente un lugar mucho más tranquilo, y ellos, además, mucho más felices.

Ya comenté en su lugar que, a título de ejemplo, Rafael Correa tendría en mi opinión el éxito asegurado como stand-up comedian, con mención en divertidas imitaciones de, verbigracia, Nebot: quien, a su vez, hubiera podido perfectamente encarnar al Increíble Hulk en alguna barata adaptación fílmica del mítico cómic de Marvel, si solamente consiguiera vencer su animadversión hacia el color verde. En otra vida, sin duda mejor, Guillermo Lasso habría sido criador de pollos y otros aves de corral, siendo especialmente importantes para él los días de Navidad y Acción de Gracias. A Michelle Bachelet la veo como maestra de escuela, sin perjuicio de otros talentos igualmente respetables que pudiera ocultar; la Kirchner, obviamente, actriz de telenovela mexicana, nació para ese papel de mala malísima. Putin, tal vez dentista, o bien, detective privado; Obama, predicador estilo fuego y azufre o bien vendedor de aspiradoras de puerta en puerta. El único que me lo pone difícil es Maduro. Al final, para él sólo se me ocurren las opciones de operativo de limpieza en algún aseo público, o tal vez, mecánico de taller de coches, de ésos que cuando vas a buscar tu carro lo encuentras con alguna llanta prematuramente calva, sin filtro de aire y con el radiador perforado en tres lugares.

En fin. Que todo ser humano oculte algún talento lo tengo como artículo de fe; que ese talento en el caso de Dubya no sea precisamente para el arte pictórico es desde ahora dato empíricamente demostrable. O tal vez no. Quizás el error de Dubya, el que está impidiendo su evolución creativa, ha sido la decisión de limitarse a retratar a personas tan vacías de contenido como él mismo: "líderes mundiales" según piadoso eufemismo. ¿Qué tal si se propusiera retratar a algunas de esas personas que, a diferencia de él, sí tenían un proyecto de vida, ambiciones, aspiraciones, amores, gozos y sombras vitales, hasta que una criminal invasión y una guerra sin sentido interrumpiera todo eso y los convirtiera en escombros de carne podrida? Proyecto que perfectamente pudiera realizarse dado que el Sr Dubya, según confesión periodística, se inspira únicamente en fotografías. Aquí encontraría unas cuantas.

Wednesday, April 2, 2014

Pierrotada de la semana

Ya sé, lo mío con El Telégrafo es patológico. Me he propuesto una cura, algo así como una temporada en esa clínica Betty Ford para adictos a diarios oficialistas que tiene que existir por alguna parte: pero antes, no puedo dejar esto de lado.

Antes de presentarles las elucubraciones de nuestro autor de la semana, Alfredo Vera, quisiera hacerle un par de preguntas al amable lector.

1. Si se inaugura una universidad, y luego resulta que el gobierno que dispuso la tal obra no era de izquierdas, ¿los graduados salen más doctos o más tontos? O bien: si se construye una carretera, y luego resulta de el gobierno es de derechas, ¿qué pasará si se rebasa en una curva? O bien: si me mata un guardia nacional, y luego resulta que el tal guardia llevaba boina roja, ¿cuántos meses en el purgatorio me serán perdonados?

2. ¿De qué manera podremos saber si a un columnista de un diario le tiene enfermo el odio hacia un determinado grupo de personas?

Guarden ustedes las respuestas en un sobre al lado de la salsa de ají "Indio Bravo". Bien, prosigamos.

Cuando llegué a este país hace diez años, alguien me regaló un ejemplar de un diario que se llamaba El Universo. Después de hojear las primeras cuatro páginas, se me ocurrió preguntar a mi compañera de entonces, con tono levemente suspicaz: dime, este diario ¿es de derechas o de izquierdas? Su respuesta fue: no sé. Pero fue un no sé pronunciado en cierto tono, entre dubitativo y disculpatorio, que más tarde aprendí a distinguir con facilidad: un no sé que implica "no entiendo siquiera los términos de la pregunta".

Se me quedó la lección. En el imaginario popular, la política en este país no era esa lucha de titanes, unos con levita, sombrero de copa y habano, otros con gorra de obrero de fábrica, pantalón harapiento y una teta al aire, a la que la cultura europea me tenían acostumbrado. En el R.hU., por ejemplo, es imposible hojear un diario durante más de dos minutos sin que su ubicación en el famoso espectro político resulte obvia hasta para el más distraído. (Algunos dirán: por eso, entre otras cosas, es la crisis de lectores de la prensa tradicional europea.) Acá, en cambio - me dije - en los diarios pueden codearse Krugman y Gabriela Calderón; los partidos, asimismo, no son de derecha o de izquierda: son de tal o cual "dueño del país", o aspirante a serlo. Un dueño del país que, por supuesto, podría dividir su tiempo entre coqueteos con el State Department y agradables charlas con Fidel: estaría en su derecho, faltaba más. Aquí el espectro político era otra cosa: una especie de cacofonía de populismos rivales, todos "de los pobres", por supuesto, y bien surtidos de camisetas cazavotos.

Fast forward. Ayer, en una clase universitaria, descubrí casualmente que tras ocho años de correísmo, más de la mitad de los estudiantes no tenían la más remota idea de lo que significaba "derecha" o "izquierda" en política. Hasta un alumno se aventuró a declarar que "la izquierda" se componía de gente "que no quiere que las cosas cambien". Hice lo que pude en aquel momento: la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional, Cazalés y Mirabeau, etcétera; "el Espectro Político", cortesía de Wikipedia, con algunas alternativas propuestas: el tiempo no me daba para entrar en Karl Marx, en el estalinismo, en el bipartidismo anglosajón ni en la Religious Right estadounidense. Pero no es sólo falta de tiempo: el profesor no puede evitar de notar las expresiones de indiferencia tras esa fachada de cortesía. No hemos venido para aprender sobre política, mister: saber de derechas y de izquierdas no nos va a dar puntos en ningún examen, ni nos va a conseguir pasantías, entrevistas ni empleos. Bien, pensé: tal vez con todo tienen algo de razón. Por lo menos así tendrán que ir siempre con el ojo puesto en el dato revelador, en la promesa electoral específica, y no van a caer en la trituradora simplificadora de las ideologías. ("Votemos a éstos, que son por la familia... ea, ¿qué son estos Boncentration Bamps?")

Hace un año, en El Telégrafo empezaron a multiplicarse los artículos sobre populismo, que obedecían a una agenda bastante transparente: dotar la palabra populista de connotaciones positivas, frente a las críticas sectarias, que decían que una férrea oposición al aborto y al matrimonio homosexual, o una estrategia de cínica Realpolitik frente al tema Yasuni, mal casaban con los principios tradicionales de la izquierda, y constituían una capitulación al prejuicio popular. Lo nuestro, decían, no es la izquierda tradicional, es una nueva izquierda autóctona que, si le quieres poner una etiqueta, neopopulista no nos desagrada en absoluto. Últimamente, sin embargo, los artículos sobre ese nuevo populismo "diferente" han desaparecido, y de nuevo, estamos con una pasarela inacabable de coqueterías, estilo Lunes Sexy, en torno al mismo concepto de izquierda.

Resumiendo: Alianza País es, ¡claro que sí!, de izquierda. (¡Tremenda Barba Carajo!) Pero no nos sentimos en deuda ni con Marx (salvo por el peinado), ni con las corrientes de izquierda de otros países: ni siquiera estamos dispuestos a mandarle a casa de la verga al capitalismo.... todavía. Somos de izquierda porque queremos serlo, punto. O en formulación de Alfredo Vera:

cada cual tiene derecho a conceptuarse como izquierdista, si esa es su voluntad.

No podría estar más de acuerdo. Lo mismo que cada cual, si quiere, tiene derecho a imaginarse Emperador del difunto Imperio Austrohúngaro, si quiere: ¿por qué no? (Ojo: yo llegué primero.) Pero resulta que hay una excepción. Todo el mundo tendrá derecho a llamarse de izquierda, si quiere, excepto si su nombre es Álvaro Noboa. Ése no podrá nunca, jamás, ser de izquierdas, porque:

La diferencia externa entre derecha e izquierda tiene lo que hoy se llama ‘líneas rojas’ que no pueden ser pisadas por uno u otro y esas líneas son, para identificar a la derecha: racismo, discrimen, fanatismo, prepotencia, individualismo, capitalismo, voracidad, menosprecio, odio; a diferencia de la izquierda que promueve: solidaridad, justicia, integración, patriotismo, equidad, elementos  que tienen matices e intensidad, herencia de las revoluciones bolchevique, cubana, china, vietnamita, y las luchas contra las dictaduras y por la independencia.

Como fenómeno social, la derecha ha producido imperialismo, fascismo, nazismo, franquismo, pinochetismo,  invasiones,  dictaduras, campos de concentración; y, en contraste, la izquierda ha propiciado cambios sociales, nacionalismos, revoluciones sociales, rescate de las soberanías.

Fue al leer estos párrafos que, cuando pude sobreponerme de las inevitables carcajadas, me di cuenta que aquí teníamos una auténtica joya. Seguramente no se da cuenta, pero con esa letanía de cualidades, es imposible ver en Alianza País otra cosa que una manifestación de la derecha más pura que se pueda concebir. A saber:

racismo. Dejando de lado el artículo del Telégrafo, diario oficialista, referenciado aquí, el más abiertamente racista que he visto en la prensa de este país en 10 años... sólo recordemos que las leyes de este país explícitamente prohíben que un extranjero como yo sea dueño de un negocio (aun en el supuesto de que tuviera capital para ello): estipulación que parece calcada de la Alemania de los años treinta. Gracias, AP, de parte de un humilde extranjero que por serlo, siempre será menos que ustedes.
discrimen. ¿Para cuándo el matrimonio gay? Miren, hasta en el R.hU., país retrógrado y conservador donde los haya, y con un gobierno conservador, ahora se puede casar Elton J. ¿Entonces?
fanatismo. El Telégrafo, passim.
prepotencia. Un nombre: Rafael Correa. ¿Alguien lo duda?
capitalismo. Que yo sepa, Ecuador sigue siendo un país con economía capitalista. Cuando a alguien se le ocurra una idea mejor, avísenme.
voracidad. ¿La de un señor que va por la vida exigiendo millonarias indemnizaciones a quienquiera ose criticarle?
menosprecio, odio. De nuevo, el nombre de Rafael Correa es el primero que viene a la mente, como asociación de ideas, con estas palabras. En 53 años de vida en varios países creo que nunca he visto a un señor que menosprecie y que odie a tantas personas por tantas y tan variopintas razones. Pero hagamos aquí un pequeño inciso: ¿tiene a mano el sobrecito ése al lado de la salsa de ají "Indio Bravo"? Abra, por favor, y léame su respuesta a la pregunta 2. Muy bien. Según usted, para saber si a un columnista de un diario le tiene enfermo el odio hacia un determinado grupo de personas, hay que ver lo que dice sobre esas personas, ¿eso era? Pues imaginemos, por ejemplo, que las acuse de ser racistas, discriminatorias, fanáticos, prepotentes, voraces, y propensos a fomentar o a apoyar sanguinarias dictaduras. ¿No les parece que en tal caso, podremos razonablemente concluir que a nuestro columnista le tiene consumido el odio? ¿Será que el mismo Alfredo Vera es un representante de la derecha quintacolumnista?

No, no quiero dar a entender en serio que AP sea una agrupación de derecha. Pero si no lo es, no será por las razones infantiles que enumera Alfredo Vera. Lo que sí demuestran estos párrafos es el por qué de tanta coquetería, de tanto nerviosismo, de tanta vana elucubración oficialista en torno al concepto ése de "izquierda". Es sencillamente por el deseo natural (supongo) en todo ser humano de ser, o por lo menos aparentar ser, buena gente. Y es que resulta que a través de los múltiples filtros osmóticos del dumbing-down cultural, a las personas como Alfredo Vera se les ha colado una visión del espectro político de chiste o de tebeo, según el cual el izquierdista es el bueno de la película, es el superhéroe de bandera en pecho, y el derechista es ese villano gordo, repulsivo, de facciones crueles y bigote encerado, que acaricia a su gato persa mientras conspira para esclavizar a la humanidad y convertir a todos los días en lunes.

Y no le da pausa siquiera el pensar que la persona que más seres humanos ha asesinado y torturado en toda la historia de la humanidad (por no hablar de invasiones y gulags) no solamente fue hombre de izquierdas, sino que durante muchas décadas fue el primer referente internacional, el modelo, vaya, de lo que significaba ser "de izquierdas". Será porque los gatos persa no le decían nada, a menos que se los sirvieran en fricasé.

De veras, creo que a Vera le hace falta alguna lección de historia. O si no, que me explique como ese tal Carlos Marx a quien menciona en su segundo párrafo consiguió que su pensamiento haya sido referente de izquierda "desde 1800", cuando el tipejo en cuestión nació en el 1818. Linda hazaña, de verdad, eso de "ser referente" hasta 18 años antes de nacer. Pero bastante más curioso es el hecho de que se acuerda de las dictaduras de Hitler, de Franco y de Pinochet, pero se olvida de las de Mao, de Stalin, de Pol Pot, de Fidel Castro, de Kim Il-Sung, de Muammar Gaddafi, y ese largo etcétera que constituye el currículum de infamias de "la izquierda" a escala internacional. Y si yo sí las menciono, no es en son de contraataque, de tu quoque, pues al no identificarme con ninguna "derecha", no entra en mi agenda exculpar a ningún criminal contra la humanidad, como lo fueron todos los mencionados de lado y lado, y muchos que no se mencionaron: Somoza, Videla, Batiste...: es porque, aunque Vera no lo sepa, hay una solución a esto. No es necesario que la humanidad siga agarrándose de alguno de los dos extremos del dichoso espectro, odiando a la mitad menos uno de la humanidad por ser del otro extremo, e instaurando dictaduras de uno u otro signo para vengarse de ellos.

Y esa solución, en mi humilde opinión, estriba en ese único pecado que, en la lista del Sr. Vera, no pude achacar a la tendencia que él defiende y representa: el individualismo. Por supuesto que ni Correa, ni Alianza País, ni él mismo, nada tienen que ver con el individualismo. En lugar de reconocer igualitariamente el valor de cada persona como individuo (el verdadero significado de individualismo: ojo, nada tiene que ver con el egoísmo, de hecho, es su antónimo), lo que se reconoce es el valor de un solo hombre (el Presidente) que en su propia y majestuosa persona reúne y resume un colectivo, la Nación o Patria o Pueblo, digno de toda alabanza, de toda lealtad, de todo sacrificio y de toda ligera modificación en la Constitución, por parte de esas insignificantes hormigas que supuestamente constituyen la tal mística entidad de marras. Este fenómeno se llama culto a la personalidad, y ha sido, afortunadamente, objeto de detenidos estudios dentro de la ciencia política, suficiente para que reconozcamos sus síntomas más evidentes. Aun así, confieso que me cogió por sorpresa enterarme de que a partir de determinado momento se prohibía la utilización de ninguna imagen de Su Majestad que no fuera previamente aprobada por la burocracia estatal, y convenientemente bordeada con "pan de oro o similar" (I'm not making this up), evitando asimismo "reflejos" y "contaminaciones visuales"... vamos, un tratamiento que ni para el Redentor de la Humanidad, ése que nos ofrece desde su inofensivo pecho frutilla de a dos dólares en los autobuses de la Reina del Camino al Cementerio, se suele estipular.

En fin. Creo que hasta el Sr Vera convendrá en que difícilmente se puede conjugar el individualismo con el racismo, el menosprecio, el fascismo o el nazismo (dos corrientes políticas que, dicho sea de paso, nacieron de la izquierda y para muchos estudiosos nunca migraron de ella: no por nada el partido del Canciller Hitler se llamaba "nacionalsocialista", y Mussolini declaraba que "era socialista para siempre y de allí nunca se movería"). Y ello es así porque, por definición, el individualista valora a todo individuo como un fin en sí y no como un medio: por tanto, nada, ningún "bien común", Patria ni destino místico del Pueblo justifica para él la menor ofensa a la inviolabilidad y la integridad de un ser humano.

Es decir (y volviendo a la pregunta 1, al lado del Indio Bravo), al parecer nos podemos olvidar del espectro político derecha/izquierda, sin que nos salgan graduados tontos y carreteras resbalosas, pues en la práctica, tanto los unos como los otros, derechosos e izquierdosos, son idénticamente hijos de la grandísima, cuando se les da cuerda, y auténticos angelitos cuando no; en cambio, lo que no nos conviene olvidar nunca es ese otro espectro, el que separa por un lado las personas respetuosas de los derechos ajenos, y por el otro, las que iluminadas por su gran Visión, su Ideología, su Volk, su Reich, su Führer, su Carlos Marx, su Patria Altiva, o lo que sea, se sienten con derecho de orinar sobre ti y toda tu estirpe, por el Bien Común, claro está. En ese extremo encontrarás a todos los que de su izquierdismo o derechismo hacen una cuestión de honor. Dios nos libre de sentir algún día su frío aliento en nuestra nuca, o su amenazadora patada en nuestra puerta a medianoche.