Friday, December 25, 2015

El choque

Siempre me han impresionado esas personas que tienen portafolio. Y creo que no soy el único. A los profesores hace tiempo que las "autoridades" a todos nos exigen tener un portafolio, que en realidad no es más que una carpeta pesada llena de grillos aplastados, manchas de café, caricaturas maliciosas del rector e información aleatoria que a nadie le importa y que jamás será examinada, salvo que alguien quiera separarnos de nuestro puesto con urgencia y alevosía (tercer estante, segundo fichero desde la izquierda). A los estudiantes, donde antes les exigíamos deberes, ahora más se estila exigirles también portafolios, que significa lo mismo pero suena más, no sé, más portafolioso*, aparte de echarle una ayudita a la industria de las carpetas amarillas. Para mí que forma parte de una tendencia cultural más amplia, que apunta a amalgamar contenedor y contenido, face y book. "No juzgues el libro por la cubierta", decían antaño: ahora la cubierta es el libro, y la acción de abrirlo, síntoma de holgazanería, pedantería, suspicacia, complejo persecutorio, literalismo, algo malsano en todo caso. Guíese por las apariencias nomás. Son lo único en este mundo que nunca te decepcionarán.

RECETA NAVIDEÑA DE RELLENO DE CEBOLLA Y TOCINO

Ingredientes

2 cebollas, finamente picadas
100gr de tocino
unas hojas de salvia
un huevo batido
pan rallado
sal y pimienta

Preparación

Se apartan las cebollas, el tocino, y el resto de ingredientes para hacer una sopa. A continuación, se hace una búsqueda en Wikipedia sobre cualquier tema, se inserta el contenido en Google Traductor, cuidándose de no incluir las tres primeras palabras de la primera frase, se traduce al rumano, luego al árabe y finalmente al inglés, y se copia el resultado en un documento nuevo de Word. Luego se hace una búsqueda en Google Images con la cadena "kitsch visual apto para PowerPoint" y se pega la primera imagen al principio del documento. Se centra todo el texto y se le pone un título con un color de letra psicótico. Finalmente, se vierte todo en una carpeta amarilla, el sagrado "portafolio". Listo para servir.

Bueno, me he apartado un poco del tema. A lo que iba: siempre he admirado a las personas que tienen un portfolio, pero de verdad, esa gente que entiende del mercado de valores de la Bolsa, más allá de haber descubierto que una inversión pretérita temeraria valió bolsa. Yo no me puedo preciar de tanto. No tengo portafolio de inversiones en cosas como Rio Tinto Zinc o General Motors (como si tuviera con qué invertir. Eso sí, cuando los grillos aplastados lleguen a ser moneda de cambio corriente, seré millonario). Ayer, sin embargo, descubrí que tengo un portafolio emocional. Al parecer, sin sospecharlo siquiera, había invertido simpatías y confianza, hasta niveles insospechados, en personas cuyos nombres no salían siquiera en la cubierta del dichoso documento. Ahí ponía, simple y tranquilizadora, "estás bien". Al parecer, ese estar bien iba condicionado, en una letra pequeña casi indescifrable, por el bienestar y la honradez de otras personas lejanas y en apariencia irrelevantes. Cuando esas personas de repente se salen de sus papeles, ahí se produce el choque.

De manera perversa, sin duda, apruebo estos terremotos emocionales, este encontrarte de repente sin tierra bajo los pies, estas traiciones del hipotálamo. No solamente porque te achican y te ponen en tu lugar, te recuerdan tus vínculos con la comunidad. No solamente porque te proporcionan un pretexto para algo de spring cleaning afectivo. También porque te recuerdan quién fue siempre tu mejor y más fiel amigo.

Sobre ese amigo, poco les tengo que contar, apenas si tengo noticias de él últimamente, pero hace días que me irrita lo que encuentro escrito e insinuado a su respecto en los medios públicos. Está bien decirles a la gente que no conduzca borracha, siquiera bebida. Yo mismo se lo digo a mis estudiantes. Pero ya está bien de ponerle cachos a Baco. Empiezo a pensar que a lo que me enfrento en estos días es al puritanismo originario americano en estado puro, a ese no gozarás perentorio que sigue jodiendo a todo un subcontinente. ¿Acaso no se dan cuenta esos puritanos, esos antidomingueros, que el alcohol ha hecho más por la civilización que la gasolina, que la taxonomía de Bloom, que el prestobarba descartable, que la institución del matrimonio, que las obras completas de Hegel y Kant? ¿No se dan cuenta que apenas hay obra artística valedera en la historia universal que no fuera concebida bajo su influencia, inspiración y dirección, ni amistad duradera que no haya sido sellada bajo su sonrisa etílica e indulgente? ¿No se dan cuenta que, a menos que seas un poco extraterrestre (TS Eliot), es prácticamente imposible llegar al nirvana de la integración psíquica sin pasar por la depresión deliberada del sistema nervioso central? ¿No saben nada de eso?

En tal caso, vengan renos. Que no haya nieve acá es un detalle. Es sólo nieve física la que falta para que los jeremías del imperialismo cultural anden jeremiando por doquier (sin olvidar a los sanjorges del viernes negro, los anticonsumistas "consúmame otra vez" y demás fauna tolkienesca): mirando con los ojos del corazón, nos encontramos tiritando bajo un manto blanco de frialdad que se extiende hasta ese lejano horizonte que con las lágrimas se confunde fácilmente.


* "Fancy an eclair, Helen?" he murmured, with a portfolious grin.
... Nah.

Sunday, December 13, 2015

¡Los Cosacos!



¿Por qué se hacen enmiendas constitucionales que permitan utilizar a las Fuerzas Armadas en la "seguridad interna" del país? pregunta, entre otros, Sebastián Vallejo. Eisenstein lo tenía claro, en este película que celebra este 24 de diciembre sus 90 años de exposición. En realidad es simple lógica elemental. ¿Qué tienen los soldados, en la actualidad, que no tienen (o no siempre tienen) los policías? O al revés: ¿qué supo encontrar Arroyo del Río en los Carabineros de Guayaquil que no supo encontrar en el Ejército de ese 28 de mayo de 1944? ¿Qué es lo que un Nebot cultiva en sus robaburros, que sabe que no va a encontrar en cualquier cuerpo uniformado donde se insista en estándares mínimos de inteligencia? Pues eso: frialdad, disciplina, una disposición que no les hará dudar, llegado el caso, en disparar sobre una muchedumbre desarmada, con niños incluidos, en defensa del poder, de la autoridad, de los privilegios de los "gobernantes" y de la continuidad de sus salarios. Lo que encontró Lucio Gutiérrez en las FFAA de ese día, unas horas antes de su famosa salida en helicóptero. Sálvenme. Disparen a discreción. Lo único sagrado aquí son mi pellejo y mis billetes.

Las enmiendas constitucionales representan, vistas desde cierto ángulo, ese punto de inflexión por el que pasa todo gobierno populista-autoritario, cuando las realidades económicas empiezan a hacer tambalear ese mecanismo fluido de compra de votos con políticas clientelares y anestesia ideológica administrada por propaganda estatal. Aunque la falta de una oposición unida capaz de sortear los crecientes obstáculos impuestos por el régimen para llegar con su mensaje al votante parece descartar cualquier pérdida del correismo en las urnas en el corto plazo, el tono de las enmiendas deja claro que se está produciendo una especie de atrincheramiento mental en las filas gobiernistas, en que hasta un articulista del Telégrafo se atreve a preguntar si no serán los mismos ciudadanos los que se perfilan como "el Enemigo". O tal vez la relación Gobierno-Pueblo se ilustra mejor con la metáfora de un domador de león en un circo. Mientras la bestia esté bien alimentada, la experiencia demuestra que hacerle saltar por aros de fuego, hacerle sentarse en cuclillas y suplicar como perro, aun en detrimento de su propia dignidad de animal noble y salvaje, será tarea fácil, todo está en el "entrenamiento", en los descubrimientos de Pavlov. Ahora bien, cuando empieza a rumorearse que escasea el suministro de carne crudo, cuando algunos días ha sido necesario darle carne rancio y huesos, el domador inteligente y previsor se toma la precaución de llevar, desde ese entonces, un arma de fuego en el bolsillo, y llegará el día en que antes de meter la cabeza en las fauces del animal, primero y como prudencia natural considerará necesario sacarle los dientes.

¿Sacarle los dientes?

Vallejo no lo considera digno de comentario, pero esa enmienda que insiste en agregar una frase sobre "la comunicación como un servicio público" al principio del articulo relevante (aquello de los medios públicos, privados y comunitarios ya estaba incluido en el texto vigente, por ello, es arenque rojo) y antes de entrar en lo que la Constitución define como "el sistema de comunicación social" (my italics) tan sólo puede obedecer a un deseo de restringir lo que entendemos por "comunicación" (así, tout court, ni siquiera social) a una atribución estatal, a algo que ellos nos "dan", y nosotros agredecemos debidamente. La comunicación, para este gobierno, ya no es ese beso ni esa caricia inocentes, ya no es ese milagro que nos permite superar ese terrible aislamiento consustancial con la condición humana, no es compartir humanidad compartiendo soledades, no es rescatar del vertedero de las palabras esas frases que brillan y hacen saltar una chispa en nuestro espíritu, no es demostrar en el día a día que gasten los millones que quieran Google y Amazon y Zuckerberg y Gates, la prueba de Turing no podrá con nosotros, no es vivir y conocer la libertad mediante el brazo robótico de la sintaxis, cuando el resto de nuestros sentidos se apagan con la edad y la enfermedad: nada de esto. La comunicación, para esos desalmados, es una atribución exclusiva de los gobernantes, pues ellos al fin y al cabo son los únicos que "saben": al resto nos toca escuchar, y agradecer el "servicio" que nos hacen, "informando al ciudadano", "socializado" sus sagrados pronunciamientos. Un "servicio público". Y lo dicen sin el mínimo rubor.

Algunos comentaristas del régimen (ese entrañable ex docente avinagrado, en especial) todavía se deleitan con el cliché ése que ya citamos de memoria: ¡claro que aquí hay libertad de expresión, si cada día ellos, los opositores, publican lo que les da la gana! Lo único que nos comunica esta afirmación es que los del régimen, los ex docentes en especial, tienen unos impresionantes poderes telepáticos, pues sin esos poderes, ¿cómo podrían constatar esa identidad que afirman existe entre lo que dio la gana y lo que salió publicado? Por mi lado, puedo afirmar que el día en que deje de vivir en un régimen autoritario, se producirá la explosión, la mini revolución cultural maoísta de las mil flores, saldrán a relucir en este blog todos esos centenares de artículos que actualmente descansan "en borrador", esperando el día en que no podrán ser utilizados para demostrar en cadena pública la pasmosa degeneración moral de los no correistas. Y es por ello que digo y le exhorto y le conmino al lector: ¡no votes por nadie que apoye esa infame Ley de Comunicación que ha amordazado a todo un país!

Por lo menos, en mi persona lo tengo claro. Si se presenta como candidato en las próximas elecciones el arcángel Gabriel, y dice que se queda con la existente Ley de Comunicación, no le voto. Si se presenta el mismo Demonio, o el mismo Lenin Moreno (casi lo mismo) y asegura que, de obtener mayoría de votos, le envía a esa Ley al tacho de la basura y garantiza como derecho inalienable la comunicación en todas sus formas (sin "discursos de odio", ni consideraciones de "moral pública", "seguridad nacional" ni "protección a la infancia" ni "responsabilidades ulteriores" que valgan), obtendrá mi voto. Así de sencillo. Todo lo demás es negociable: el sueño de algún día, mediante el mensaje en la botella, encontrarme con otro ser humano, eso ya no.

Sobre Vallejo me permito conservar ciertas esperanzas. No está listo aun, pero si se sigue permitiendo cuestionar al régimen tal como hace, puede que llegue el día en que pase con nosotros al Lado Oscuro, ése en que ya no es denunciable que los ciudadanos desestabilicen al gobierno, sino al revés, que lo denunciable es que el gobierno desestabilice a los ciudadanos. Ojalá viva para verlo.

Friday, December 11, 2015

Tirelessly TOSsing (I, with bare feet, a child)

Lo bueno de este blog es que aquí encuentras cualquier cosa, como en el vertedero municipal de un distrito pelucón, desde estrujadas citas de Walt Whitman hasta comentarios intrascendentes en torno a series de televisión de hace medio siglo. Hoy toca esto último, sin más motivo que un momento de procrastineo hace algunas semanas, que fue cuando no se me ocurrió mejor pretexto para dejar de lado las malditas traducciones que el de bajarme las tres temporadas de la serie original enterita de Star Trek, de una, para volver a gozarme como en la infancia de las andanzas de Kock y Spirk y Secof y Chulu y compañía, esta vez ¡en color! (los más peques entre mis lectores se estremecerán al enterarse de que allá en los tempranos setenta los no tan pelucones todavía teníamos televisores en blanco y negro). Completado el experimento, he aquí los resultados. Primero, como ven, sobreviví.

Segundo, no me convertí en trekkie, siquiera en TOSser. Debo explicar (ya que al parecer Star Trek nunca llegó a aterrizar en Latinoamérica: aquí parece que nadie conoce la serie) que alrededor de las diversas series de la franquicia se ha creado una especie de religión o culto obsesivo, sobre todo entre norteamericanos, o por lo menos es lo que cuentan las malas lenguas, aunque en lo personal me faltó por conocer a un auténtico trekkie en mis 54 años de vida. Los TOSsers, con perdón de británicos, serían aquellos muchos que con la segunda serie rapidito nos desengañamos al enterarnos de que la nueva tripulación del Enterprise contaba con un Klingon, lo cual llegaría un poco a ser como encontrar a un correísta entre los 7 enanos en un remake de Blancanieves (¿"Enmiendoso"?), una puñalada en la espalda, vaya, con lo que nos quedamos con The Original Series, y hay que señalar que esta interpretación de las siglas TOS (en lugar de, pongamos, "Terms Of Service") sería un shibboleth infalible para desenmascarar al auténtico trekkie, al igual que su forma de pronunciar la palabra unionized es lo que separa a los quibios de los sociales allá en los países anglosajones. En fin. Si tengo que ser algo, seré TOSser, aunque sea porque la segunda serie con el calvito ése me cogió ya demasiado maduro, y si es cierto lo que dicen de que desaparecieron esas gloriosas minifalditas, pues peor todavía.

Tercero, la sorpresa para mí fue descubrir que la serie, al cabo de casi medio siglo todavía se deja ver. Yo lo atribuyo a ese elenco original de personajes inolvidables, cuasi míticos, encarnados por actores que sin llegar a ser brillantes (los guiones no daban mucha cancha para ello) y con todos sus tics (Holness fue despiadado con el delivery de Shatner) fueron tan eficaces que solitos aseguraron las jubilaciones de los empleados de CBS y Paramount. Y es que, cuando tienes unos personajes sólidos, unidimensionales y químicamente inertes pero con un fondo de simpatía cuidadosamente atesorado y puesta a prueba semana tras semana, el público te permitirá casi todo, y cuando digo casi todo, no me refiero únicamente a esos argumentos casi siempre ingenuos y predecibles (pena que en aquellos tiempos no se estilaban los story arcs de múltiples episodios), sino también a todos aquellos tropes famosos que han engendrado más parodias que cualquier otra serie de que tengo noticia:

1) Los redshirts, "guardias de seguridad" notoriamente incapaces de asegurar su propia supervivencia una vez llamados a justificar su salario (nada que ver con sus actuales homólogos bolivarianos, de gatillo mucho más fácil);

2) "He's dead, Jim", con todas sus variantes;

3) Trekspeak: esa gozosa jerigonza seudocientífica, esa inexplicable debilidad por la cuatrisílaba affirmative donde la economía pulmonar insiste en yes, y un sinfín de ejemplos más;

4) La Ley de Roddenberry: todas las especies avanzadas en el universo terminan adoptando no solamente la forma humanoide (con variaciones triviales) sino también el inglés americano de la segunda mitad del siglo XX como idioma propio a más de lingua franca, lo que da como resultado que disfrazarse de miembro de una de estas civilizaciones resultará sumamente fácil;

5) Pese a los avances en ciencia, en tecnología, en organización social, en medicina y en conocimientos diversos, la humanidad del siglo XXIII decidirá que los roles de género más apropiados para hombres y mujeres serán los imperantes en las oficinas de las grandes empresas norteamericanas de los años 1950;

6) Todos los planetas de nuestra galaxia que albergan vida inteligente tendrán la misma gravedad y la misma atmósfera que la Tierra. Además, entre los millones o billones de habitantes inteligentes de cualquiera de esos planetas habrá menos diversidad, siquiera indumentaria, que entre los de un barrio londinense: el universo entero lleva uniforme y le encanta la uniformidad. La riqueza paisajística de cualquier planeta podrá ser adecuadamente representada por aquellos accidentes terrenales de papier-maché que caben en un estudio de veinte por veinte metros y en un presupuesto decididamente tacaño.

7) Ese mal chiste y esa risa tonta al final de cada capítulo, se supone que después de terminar el conteo de los redshirts muertos;

8) Asegurar una gravedad artificial en una nave espacial será cosa fácil, pero cualquier choque exterior tendrá el efecto de lanzar a los miembros de la tripulación en una dirección y luego en otra, evento que será aprovechado por algunos miembros para ensayar sus dotes de payaso. Se nota a la legua que esas filmar esas escenas fue la mar de divertido.

En fin, si alguien no aprovechó el pujante mercado navideño de los años setenta para sacar un libro con el título Los Absurdos de Star Trek, se perdió una gran oportunidad. Claro que, con motivo del 50 aniversario el año que viene, se llenarán las revistas dominicales con artículos con el título alternativo, también merecido, Los Aciertos de Star Trek, donde nos explicarán solemnemente que sin esa serie igual habrá demorado un poco más el invento del celular, y quién sabe cuántos hallazgos de medicina no invasiva, y aparte de todo eso, destacarán lícitamente la contribución del californiano Roddenberry al détente intercultural e interétnico de su país. Nunca sabremos hasta qué punto ayudó en ese sentido, pero me inclino a pensar que mucho.

Lo que nadie pone en duda es la fuerza cultural de esa serie, su capacidad para moldear esa visión del "futuro" que de modo tal vez inconsciente puede haber influido en las decisiones dé políticos (se incluye a Ronald Reagan en la categoría de tales) a más de en la imaginación de otros muchos. Para el futuro colectivo de la humanidad, Star Trek postula una especie de gobierno mundial (es más, cuasi galáctico), una "Federación" de incierta estructura política pero fuertemente jerarquizada estructura militar, liberal y tolerante con la diversidad y respetuoso de las culturas "no contactadas". ¿Un gobierno mundial liberal? Algunos diríamos: otro imposible, para lanzar sobre el montículo de imposibles en que ya se basa ese programa (viajar a varias veces la velocidad de la luz, v.gr.); otros discreparán. No nos metamos en eso. Lo que sí quiero destacar es esa sensación, que recuerdo perfectamente a pesar de haber visto la serie original con 9 años o algo así, de que al margen de esa historia futura imaginaria que el programa nos proporciona a cuentagotas en diferentes episodios, lo evidente es que la Guerra Fría de aquellos años 60, en los que la serie arranca, habría tenido un claro ganador. El único personaje ruso de la serie, Chekov, es un payasito; hay un escocés, un japonés, un inglés y un irlandés, todos ellos estereotipados esperpentos; los personajes "normales", y sobre todo los buenos, toditos hablan con acento californiano o, como mucho, canadiense. Star Trek es un instrumento de propaganda yanqui (sería ingenuo pedirle ser otra cosa), de los más insidiosos y eficaces, útil para clases de historia de la Guerra Fría, y eso, sin proponerse siquiera esa meta.

Y es también la prueba de que el público moderno nunca realmente perdió su afición por la Morality Play medieval. Creo que quien se ponga a criticar los argumentos de los diferentes episodios, señalando su despiadada sencillez, su falta de realismo, su carácter predecible y moralizante, comete un error de categoría al esperar de esas historias algo que la serie no está diseñada para dar. Para mí fue interesante enterarme, Tío Wiki mediante, que Roddenberry de jovenzuelo cosechó no sé que galardón emitido por una asociación de predicadores bautistas por unos cuentos que habría escrito "que ayudan a fortalecer la moral cristiana" (algo por el estilo: me puede la pereza), a pesar de que ya se definía como ateo o por lo menos persona no religiosa. Los argumentos de Star Trek cobran sentido si los tomas como sermones laicos, y desde luego no hay de qué extrañarse si recuerdas que EEUU siempre fue y sigue siendo gran fábrica de predicadores, con la industria cinematográfica hollywoodiense como púlpito predilecto. Algunos de esos predicadores (los peores, y los más inofensivos) se definen como cristianos o como religiosos, pero quien más, quien menos, cuando se le pone un micrófono en la mano o se le da uno de esos inefables atrios tan queridos por los políticos de esos lares, siente la tentación de predicar, por lo que si quieres ver una peli que no te sermonee, tienes que cruzar o el Atlántico o el Pacífico, no hay más.

Es más: creo que se podría armar una tesis doctoral sobre esa sospechosa cercanía que los autores de ciencia ficción han mantenido, en general, con el moralismo y con el sermón: como si una mise en scene futurista fuera la coartada perfecta para un predicador que quiere viajar de incognito por las letras. Conjetura que escapa largamente de nuestros propósitos en un simple post deambulador como éste.

Así que póngalos a prueba, a esos mustios "episodios", y redescubrirás el goce muy especial, muy medieval y totalmente inocente de seguir las peripecias de Everyman en su lucha contra una serie de demonios y de tentaciones que poco han variado en los últimos 600 años, si bien reciben otros nombres. A destacar, aquella historia en que dos hombres de pigmentación tan llamativa como aparentemente idéntica - blancos por un lado y negros por el otro - se persiguen por el universo en una desenfrenada cruzada de odio personal, un odio que les consume a ambos, hasta que algún incauto pregunta a uno de ellos: perdón, pero ¿en qué se supone que ustedes dos se diferencian? Y la respuesta impaciente: ¿No has visto? ¿Tan ciego eres? ¿Él tiene el lado izquierdo de color negro, mientras yo, el lado derecho. ¡Ésa es la diferencia!

Faltaría en mi deber si dejara de señalar la fuente de la cita del título. De nuevo Delius, con texto del siempre irritante Walt Whitman, pero Delius lo lee y lo interpreta a su manera. Para nostálgicos y desocupados.


Patrioterismo, de nuevo

A veces uno se pregunta si los artículos de opinión del T. (where else) son escritos por un bot, una máquina como las que en el 1984 de Orwell escribían las canciones populares y las novelas. (Dix points a Orwell por percatarse de que de la escritura de cierto tipo de novelas bien puede encargarse un algoritmo, caso de necesidad.) Son tan predecibles, tan siempre iguales, tan pavlovianos, que tal explicación se insinúa irresistiblemente. Sobre Venezuela en los últimos días aprendimos que el electorado (no el "pueblo", por supuesto, pues éste "no come cuento", sino solamente el electorado) fue "confundido"  por, ya sabes, los villanos de siempre, que van desde "el imperio"  y la "derecha reaccionaria", con su séquito de "grandes empresarios", hasta los "grandes medios", "multinacionales", "bancos privados", y otra gente "pagada por la CIA". También aprendimos que la escasez de alimentos en Venezuela no tiene nada que ver con el gobierno de ese país ni con las políticas que sigue, sino con los malvados empresarios que "acaparan" egoístamente los productos en lugar de venderlos, en contra de sus propios intereses y con el único fin de desestabilizar dicho gobierno, y que la muerte violenta de un dirigente opositor y el encarcelamiento de Leopoldo López no son hechos reales, sino simplemente parte de una "campaña de desinformación", la misma que deshonestamente susurra que un país en el que ser opositor al gobierno te puede llevar a la cárcel o a la muerte por tiroteo es cualquier cosa menos una democracia, y puede hasta ser considerado una suerte de dictadura. Lo que está claro es que esos articulistas no solamente desconocen la realidad (en la que no hay villanos ni chivos expiatorios que valgan), sino que tienen miedo de enfrentarse a ella: y el hecho de que no haya nadie en los medios oficiales que se atreva siquiera a señalar con un tembloroso dedo algo tan evidente como que Maduro es un grotesco bufón descerebrado al lado de quien hasta Evo parecería un intelectual de categoría, que la boliburguesía venezolana es la institucionalización de la corrupción misma, que Caracas es un ratero de criminales o que la escasez en los supermercados es consecuencia natural e insoslayable de una política de expropiaciones, probablemente significa que ellos creen que entre el chavismo y el correísmo hay tanta semejanza que no se puede tocar el uno sin sentirse aludido el otro. Estamos jodidos, en tal caso. Pero no quería hablar de eso.

Lo que me llamó la atención en el artículo de Vicuña fue la reaparición, después de un corto receso en la retórica oficialista, del término "vendepatria". Hace años escribí mucho sobre eso, así que resumamos, en las palabras de un gran escritor inglés, EM Forster:

"Si tuviera que escoger entre traicionar a mi amigo y traicionar a mi patria, espero que tendría la valentía de traicionar a mi patria."

Claro. Una patria no es más que un conjunto de líneas que una vez fueron trazadas en un mapa, sin consultar contigo, más una serie de ridículos símbolos y patéticas consignas místicas evocadas al servicio de políticos oportunistas: por tanto, ponerse a "vender" algo tan inútil y tan falseado te coloca en compañía de los limoneros profesionales de la Feria de Carros de Durán, pero apenas nada peor que eso. Reconozcámoslo de una vez: ninguna patria merece sacrificios, ni reverencia, ni siquiera consideración, ni tienes ningún "deber" hacia ella. De hecho, hace falta ser un tipo muy especial de pobre bastardo sin imaginación ni pasiones en la vida para que el patriotismo, con sus intentos morbosos de acercarse, cual viejo verde borracho, a la religión para robarle algo de hondura sentimental, te merezca más que sorna. No hay y nunca hubo credo más vil que "mi país, tenga o no razón", ni ser más patético que el que cante el himno de su país con la mano en el pecho, intentando sentir algo por una hueca abstracción que por él nunca podrá sentir nada, salvo, coyunturalmente, cierto deseo de enviarle a una trinchera para que pereciese dolorosa e inútilmente en la defensa de lo no existente. En resumen, los "vendepatrias" propiamente dicho serían los políticos que nos quieren vender la idea de una patria, digamos, altiva y soberana, o sea, una bonita galimatías, con lo cual, el término en sí difícilmente cabe en un contexto como el citado, pero pedirle a un bot que hable con propiedad sería pedirle peros al Olmedo.

Dicho eso, hoy en día las evocaciones de la Patria lucen más absurdas que nunca, pues aunque la noticia tarda en llegar hasta acá, la época de las naciones-estado "con cultura incluida" ya pasó: lo que a su vez significa que ni siquiera tenemos licencia para asociar esa palabra con algo tan entrañable y tan anacrónico como un modo de vivir. Este pensamiento se me sugirió con fuerza estos días, en que el Parlamento británico cometió la estupidez de votar a favor de meterse en el conflicto sirio (que estoy seguro que se escapa largamente de la comprensión de la mayoría de los diputados votantes), bombardeando blancos supuestamente del Estado Islámico, y al diablo los daños colaterales, como siempre. No sé en qué siglo viven esas cabezas que evidentemente piensan que el Reino hUnDido aun puede permitirse el lujo de meterse en guerras ajenas, pero lo que se me ocurrió pensar sobre todo era esto: aquellos pilotos que sobrevuelan esos territorios, y más adelante los que serán derribados y en algún caso torturados, ¿qué estarán defendiendo, o mejor dicho, qué pensarán ellos que están defendiendo? Por lo menos hace setenta años uno podría agarrar un fusil, o un bombardero, con Mrs Miniver todavía fresca en la memoria, y salir a defender al lechero, a la iglesia del pueblo, a los carros Bentley, a los sombreros ridículos o a la tolerancia y la decencia. Nada de eso pervive en la Inglaterra de hoy. Lo que sí hay, como en todo país moderno, es un smorgasbord de culturas y tradiciones diversas, y son las mismas culturas, comidas picantes, hijabs e iracundas intolerancias que encontrarás en Londres, en Malmö, en Paris o en Hamburgo, y próximamente serán las mismas que en San Francisco, en Buenos Aires, en Sydney o en Kuala Lumpur. Este proceso de progresivo mestizaje y homogeneización de las culturas mundiales (y no solamente de culturas: los científicos dicen que dentro de un siglo todos seremos trigueños o café con leche) no sé si será bueno o malo: la historia con su arrollador motor económico, como siempre, no pide nuestra opinión al respecto, se limita a seguir haciendo: máxime, nos invita a darle un nombre a lo que está haciendo, y al parecer la gente ya se ha quedado con eso de la globalización.

Repito: no sé si la globalización será algo bueno o malo, pero por lo menos tiene esto de positivo, que aniquila ese alarmante supuesto con que antaño la gente iban a las guerras, verbigracia, que "los otros" eran "diferentes". O lo haría, si por lo menos le prestáramos un poco más de atención y nos deshiciéramos de nuestras nostalgias y de nuestros prejuicios.



Tuesday, December 8, 2015

Venezuela

Looks like Grabber didn't win the mrs joyful prize for rafia work this time.

Sunday, November 29, 2015

Darwinismo social, mi pie

Docentes, estudiantes, ciudadanos y ciudadanas que firmamos este manifiesto declaramos nuestro compromiso y voluntad de contribuir a la democratización del acceso a las universidades ecuatorianas. En un país aquejado por inaceptables desigualdades sociales, étnicas, regionales y de género, la amplia participación en la universidad ecuatoriana de personas provenientes de grupos históricamente marginados es una contribución necesaria para la construcción de una sociedad más justa, con buena convivencia cívica y más cohesionada. Contribuye también a construir universidades críticas y comprometidas con la eliminación de las inequidades.

Así arranca el manifiesto al que se refiere Iván Sandoval en su artículo de hoy. Vaya por delante que apruebo y comparto la creencia de que algo tan importante como el proceso de selección de estudiantes en las universidades públicas debe ser sujeto a debate: para algo esas universidades se denominan "públicas". A lo mejor en una sociedad ideal no existirían las universidades públicas, pero si las tenemos, deben de cumplir ante la sociedad con unos criterios (de justicia, de transparencia) que a las privadas no les serían exigibles, aunque tal vez en el mejor de los casos sí les resultaran aleccionadores y hasta imitables a discreción.

Hasta ahí bien. Con lo demás, no conforme, aunque debo aclarar que mi desacuerdo no se basa en aquellos documentos (Constitución, Ley de Educación Superior, o los propios estatutos de las universidades en cuestión) donde seguramente los autores de este párrafo y del manifiesto encontrarán piadosas declaraciones de principios que les apoyaran y acolitaran - sino en mi propia concepción, indudablemente minoritaria pero asentada por lo menos sobre la base de mi experiencia como docente, de lo que debería ser la única función valedera de una universidad tanto pública como privada: la de proporcionar a sus estudiantes una educación de calidad que les capacite para ejercer en el futuro un rol profesional autónomo, creativo y productivo en un mundo lleno de incertidumbre.

Desde esta perspectiva, se puede compartir algunas de las dudas puntuales de los autores del manifiesto, por ejemplo, respecto a la fiabilidad del examen de ingreso estandarizado como indicador de futuro éxito académico, y hasta me parece digna de tomarse en consideración su propuesta de profundizar en el modelo del "foundation year", sistema que en algo podría remediar el déficit de habilidades y destrezas básicas (lectura, escritura, cálculo) que los estudiantes arrastran a partir de una educación secundaria notoriamente disfuncional a nivel nacional. En fin, no es que falten en este manifiesto críticas bien fundadas ni propuestas interesantes. Lo que me provoca rechazo frontal es la visión que al parecer comparten los autores, de un sistema universitario que funcione como agente de transformación o ingeniería social, donde la participación de estudiantes de "grupos históricamente marginados" sirva para construir "una sociedad más justa, con buena convivencia cívica y más cohesionada".

Me parece que todos estaríamos de acuerdo en suponer que en una sociedad verdaderamente "justa", tanto en la universidad pública como en la privada como en otros ámbitos sociales y laborales no habría grupos étnicos vistosamente "marginados", es decir, estaría desterrada, no por decreto sino por simple evolución social, cualquier discriminación a base de prejuicios y estereotipos. Los autores del manifiesto dicen claramente que no basta, para estos fines, que el acceso a la universidad se decida según una prueba de aptitud socialmente imparcial ("colorblind"), porque la propia "aptitud" se comprueba, al parecer, usando criterios que favorecen los grupos sociales de mayores recursos (mejores colegios, capacidad económica para pagar cursos de "cramming", etcétera) y por tanto, que favorecen al status quo. Bien puede ser cierto. Pero ante este panorama, creo que no debemos botar al bebé con el agua de la bañera: lo correcto sería dirigir las críticas y las propuestas hacia aquellas instituciones que por lo visto están fallando en su pretensión de ofrecer en la educación primaria y secundaria calidad e igualdad de oportunidades, no esperar que las notorias y profundas deficiencias del sistema escolar se solucionen en el último momento obrando improbables milagros en la educación terciaria, y peor, diluyendo o rebajando los criterios de selección según aptitud más elementales.

Claro que no se trata de una disyuntiva exclusiva: en teoría se podría buscar hacer ambas cosas a la vez, reformar la enseñanza tanto secundaria como terciaria, y así lo ha entendido el actual gobierno. Pero aun así, creo que la universidad pública estaría fallando en su responsabilidad hacia el estudiante si permitiera que tales consideraciones de ingeniería social interfiriesen en lo realmente importante, que es la calidad de la educación recibida, o en la transparencia, objetividad e imparcialidad del método de selección empleado (lo cual también incide, indirectamente, en dicha calidad). Los autores del manifiesto en algunos momentos se acercan peligrosamente a la filosofía de acción afirmativa en boga en algunos estados de EEUU y detalladamente refutada por, entre otros, Thomas Sowell. No se combate la discriminación con discriminación, por las mismas razones que declarar la guerra es una pésima manera de evitar la guerra. Por tanto, en el manifiesto sencillamente sobran todas esas referencias a "grupos marginados", que si bien tienen cabida en un estudio sociológico, no deben incidir para nada en un proceso de selección universitario, y por tanto, no tienen relevancia alguna.

Acabo de usar, con cierta ligereza tal vez, el término "evolución social". Debo especificar que no se trata de ningún guiño hacia teorías social-darwinistas ampliamente desacreditadas, como sin duda me acusaría Iván Sandoval. (El propio Dawkins, paladín del darwinismo donde los haya, ha rechazado en numerosas ocasiones la insinuación de que ser darwinista implica ser también social-darwinista, insistiendo en que la selección natural en biología es un simple hecho científico, no un principio ético que nos pueda guiar en las decisiones políticas. Estoy absolutamente de acuerdo.) Encuentro algo de histerismo en la imputación que ofrece Sandoval, ausente del documento original, según la cual el gobierno con la ENES estaría aplicando un "instrumento de darwinismo social". Tal como yo lo entiendo, el ENES estaría diseñado con el fin de seleccionar los estudiantes técnicamente más aptos para seguir una carrera universitaria, no los "más fuertes" según los términos de no sé qué delirio neofascista. Otra cuestión es si consigue o no el objetivo descrito, o si lo hace de la mejor manera: aquí sí caben algunas de las críticas del manifiesto. ¿Sería "social-darwinista" también la empresa que selecciona al candidato para un empleo según criterios transparentes (aunque posiblemente equivocados) de idoneidad para el puesto, por encima de, por ejemplo, su pertenencia a "grupos marginados"?

Un poco de realismo tal vez hace falta. Las sociedades, pace los autores del manifiesto, no se "construyen" (si se intenta, se termina en lágrimas): con la necesaria libertad se desarrollan, evolucionan en uno u otro sentido, y no necesariamente en la dirección que quisiéramos, y desde luego con muy poca ayuda por parte de una institución tan secularmente conservadora como la universidad publica o privada. El mecanismo de desarrollo en ningún caso va a ser el mismo que en el darwinismo, es decir, la mutación genética aleatoria, pero tampoco se asienta sobre las decisiones de una élite ilustrada de gobernantes y/o firmantes de manifiestos llenos de idealismo y felizmente ignorantes de ciertas realidades económicas. La mayor transformación social de nuestra época no fue gestado por político alguno, sino que vino de la mano de Bill Gates y Tim Berners-Lee: por tanto, si en la universidad pública ecuatoriana se dieran las condiciones para que un Gates ecuatoriano terminara la carrera, o un Berners-Lee se quede en el país, no se me antojaría para nada un mal comienzo para una nueva época. El debate no ha hecho más que arrancar.

Tuesday, November 24, 2015

Civilizarnos o morir

Lo de Paris. Por ahí alguien anda diciendo que no es el islam, que es el islamismo, el fanatismo, etcétera. Que ser musulmán no equivale a ser terrorista siquiera en potencia. Que Averroes, el álgebra, Andrómeda. Bueno. Como en todo, hay que matizar. Qué tal esto: "ser católico no equivale a ser misógino siquiera en potencia". Bien cierto es, salvo ese escurridizo "en potencia". Tanto el cristianismo como el islam cargan con la maldición de tener como textos sagrados unos libros de espeluznante barbarie, donde queda plasmado un odio hacia la humanidad (y en especial, la feminidad) producto de mentes enfermas, además de una serie de preceptos cuyo cabal cumplimiento convertiría a cualquiera en criminal en una sociedad moderna, y probablemente a alguno le mereciera el epíteto de terrorista. El devoto cristiano a más del judío ídem, por ejemplo, estaría obligado, por amor a Jehová o al literalismo o ambas cosas, a matar a su propia hija con sus propias manos si algún día ésta llegara a casa desde su clase de yoga anunciando que más le convence ahorita Krishna que el viejo barbudo (el ejemplo es tomado de Sam Harris). El devoto musulmán debe creer que la guerra santa es cosa buena, que el apóstata debe morir y que golpear a la esposa es derecho y deber del marido piadoso ante casos flagrantes de desacato: Alá ha hablado. Pero todos sabemos que el poder de cumplir a rajatabla con los preceptos de estas siniestras doctrinas es un don especial concedido sólo al "puro de espíritu", quiero decir al sociópata suicida a quien no le importa pasar décadas en la cárcel o morir ante la ametralladora del ejército enemigo. Para el resto, queda la opción cómoda de la ceguera selectiva, del esfuerzo diariamente renovado por convertir a esos textos sagrados en algo que nunca fueron y nunca podrán ser, unos textos civilizados a la usanza actual o que tengan la apariencia superficial de tal. El experto cherrypicker, por tanto, tiene bien resaltado en marcador amarillo o naranja al versículo huérfano, triste y solitario ése que habla del "amor", del perdón y de la comprensión (ya sabes, en nuestra traducción dice estiércol de burro pero la palabra original en griego Koiné significa eso, comprensión, tolerancia, buena onda y guitarras eléctricas. Y perdonadles a los traductores, que no saben lo que hacen).

Así que ahí está la disyuntiva para el devoto de cualquier religión Del Libro: o te vuelves cobarde e hipócrita, y te niegas a llevar tu religión hasta las últimas consecuencias, o bien te vuelves fundamentalista, coherente y consecuente con tus creencias, y renuncias a llevar tu humanidad siquiera hasta las primeras.

Claro que la mayoría en cualquier religión, por suerte nuestra, escoge la primera opción. Eso no se discute, es un hecho estadística y sociológicamente comprobable (hasta esa infame encuesta de The Sun dejó en minoría a los yihadistas simpatizantes británicos). La discusión, entonces, según mi limitada visión, es si el humanista debe acolitar en la mentira al religioso, supuestamente en aras de la paz y de la armonía social, diciéndole que tranquilo, que todos sabemos lo errados que son los fundamentalistas y lo pacífico y respetable y maravilloso en realidad que es su sistema de creencias, que si no lo compartimos es porque ya sabes, la diversidad y todo eso. O bien si debemos ponernos un tantico groseros y decir lo que vemos en su religión, un cadáver pútrido en medio de una sala de velorio, esperando para contaminar a más de los presentes con el bacilo de odio e intolerancia que se reproduce en su tenebroso interior. Para mí lo segundo: estoy con Sam Harris en esto. Hay que decir siempre lo que uno ve, y oféndase quien quisiere.

Recordando siempre que lo que uno ve nunca va a ser todo lo que hay.

Para mí el hecho de que los terroristas se llaman musulmanes y no cristianos es simple accidente de la historia. Fácil es imaginar que Jesús se haya llamado Muhammad, y que el sermón del monte hubiera contenido un apartado sobre la valiosa costumbre de agacharse en el suelo, y que unos seiscientos años más tarde haya nacido un tal Ýeshua, que hubiera tenido la mala suerte de morir crucificado a manos de imperialistas romanos nostálgicos, y que un tal "cristianismo" producto de este tardío profeta y mayoritario en los países más pobres haya sido el pretexto para atarse bombas a la cintura o para derribar edificios pertenecientes a ese Decadente Imperio del todavía triunfante y sofisticado Islam. Cambiando nombres y personajes y detalles de creencias no se cambia apenas nada.

El quid está en dejar atrás a los dioses. Dicho de otro modo: en volvernos adultos.

En la mente del infante humano, y siempre según el Object Relations Theory, el yo es el Gran Sobreentendido, y el Otro es una teta, que luego se convierte en dos personas de distinto sexo pero idéntica omnipotencia, que luego se convierte en un colectivo, el primero de que recordamos haber tenido noticia, ése de "los grandes", que arrastra todavía algo de esa gloria primordial de saberlo todo, especialmente en cuestiones del Bien y del Mal. En cierto momento "los grandes" se demuestran falibles, y es el turno de Dios, o de los dioses, según cultura, ente de atribuciones y encargos inciertos, pero que de cierto modo afianza y preserva  ese enlace mental que tenemos con la tribu, ese hábito de supeditarnos a la misma, como buena especie gregaria que somos, a través de una jerarquía de autoridades que, en su mayoría, se instancian en colectivos abstractos (Dios - gobierno - sociedad - clase o sector) pero que entre ellos, con ese poder mágico tribal que encarna el colectivo en el que uno deposita su creencia, induce obediencia y docilidad y algo de temor religioso: ellos, ese avatar del Otro que tengo actualmente como juez interior, son Legión y sin embargo de misteriosa manera son unívocos y hasta telepáticos. Y recordando esto, enseguida vemos que dejar de creer en Dios no es en sí ninguna solución: es un simple acto de feng shui mental, es arrastrar muebles mentales de un lado a otro y dejar en el ático a los más carcomidos. La mueblería en sí no se ha renovado. Quienquiera siga creyendo en "la Sociedad", en "el Pueblo", en "la Mujer", en "la Gente de Bien" como entes dotados de atributos humanos como preferencias, deseos y autoridad moral, es tan víctima del Pensamiento Mágico Infantil como el teísta cuyos prejuicios y reflejos reproduce con admirable exactitud (Atheism Plus, anyone?); y es posible que a la larga, el instinto le lleve a buscar a ese Texto Sagrado que le permita volverse tan terrorista como ellos. Un buen ejemplo de lo mismo tenemos en ese desdichado de Werner, que sigue con su fantasía de un "pueblo" dotado de personalidad propia, que si tan solo le adivinas el "pensamiento" confiere "poderrr", así, con tres erres y algo de baba, al humilde articulista del T. (where else), que tenga la sensatez de ponerse a buen recaudo físico mientras los espléndidamente fornidos representantes de ese "Pueblo" se ponen a "disputar" (palabra preferida de Werther: significa "sacarle la puta") al necesariamente satanizado "adversario", siguiendo las directrices de ese mismo líder que blande un ejemplar de Das Kapital o del Manifiesto Comunista en su sedosa mano. Para un pensamiento así, tribal es poco. Creo que podemos aspirar a algo mejor que eso: todavía no somos Venezuela ni tenemos por qué venezolarnos.

Así que el descerebrado terrorista musulmán es un buen espejo donde mirarnos, si bien no promete superficie plana, mesura, equilibrio. Con su absurda creencia en el carácter unívoco del "decadente occidente", con su convicción de que todos nosotros llevamos biquini a todas horas sólo para restregárselo en la cara, de que nuestra simple existencia es una especie de insulto personal hacia él, refleja, si somos sinceros, de manera algo deforme nuestros propios prejuicios, nuestras simplificaciones, y sobre todo, nuestra costumbre de dotar de inmenso poder psíquico a simples representaciones mentales de colectivos abstractos.

Ante lo cual, pues esto: las opciones son civilizarnos o morir. Porque tarde o temprano, probablemente temprano, lo que se detonará en Paris serán armas nucleares de fabricación casera y muy, muy sucia.

Claro que puedo equivocarme, pero creo que hace tiempo ya dejamos de aspirar a ser adultos, a pensar y a sentir como adultos.

Mucho más fácil creer, en política por ejemplo, que "la mayoría" no es un simple recordset devuelto por un determinado query, sino que es algo estable, un atributo conferido por la pertenencia a una clase, la cual otorga autoridad moral y capacidad de complacencia sin fin: que es un atributo del ser humano ser "de la mayoría" y no una simple circunstancia estadística, tan vulnerable como las fronteras limítrofes de ese pueblo de la película de James Stewart.

Hasta el punto que suena algo displicente decir: al demonio la mayoría, al demonio la sociedad, yo soy el mejor juez de mis actos, y la mejor audiencia para mis pensamientos. Pruébalo. Son sílabas venerables, pero hoy día hasta difíciles de pronunciar, y de extraño y astringente sabor.

Y sin embargo, son las grabadas en ese gran portal que lleva al conocimiento de sí, de ahí, a la realización como individuo, y de ahí, a la mera posibilidad de que exista algo así como "una sociedad" que sea más que colmena, hormiguera u onírica facebocracia poblada de fantasmas hechos de recuerdos infantiles y huérfanos instintos tribales.

Sunday, November 8, 2015

Return to Gender, Address Unknown

No sé por qué será, pero cada vez que escucho la palabra género, imagino un mercado callejero con un puesto que vende tela, donde una señora bajita y gruesa, cuyo cabello algo grasoso se sostiene en un precario moño improvisado mediante el uso ingenioso de un lápiz, sopesa en una mano unas yardas de seda con estampado floral, mientras le clava al tendero la consabida pregunta: ¿Cuánto cuesta?

Ya. Me harté. Acabo de hacer la correspondiente pesquisa en el DRAE (¿Para cuándo María Moliner en línea?) y hallo que, efectivamente, la voz género puede referirse a "Tela o tejido", entre otras varias acepciones, entre ellas,

3 m. Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico.

Bueno, convengamos en que la redacción deja bastante que desear, pero en fin, los lexicógrafos  tienen tanto derecho a levantarse con chuchaqui y meter la pata de vez en cuando como el resto de los mortales. La cuestión es que si le echas un poco de buena voluntad al asunto, la definición propuesta no es tan, tan difícil de entender: nos están diciendo que si al sexo le restas la parte biológica (wobbly bits, dangly bits, cromosomas, todo ese lío) lo que te queda es género, o sea, la parte sociocultural.

Ahora, una definición cualquiera de la correspondiente palabra en inglés:

Gender: The state of being male or female (typically used with reference to social and cultural differences rather than biological ones)

Prácticamente lo mismo, ¿verdad? Por lo que difícilmente uno le consiente, de entrada, a José Mario Ruiz Navas el capricho de escribir a cada rato "Gender" como si la traducción inglesa tuviera una carga propia, unas connotaciones ocultas y siniestras que su equivalente en español no tiene. Peor todavía, el de ponerle mayúscula y quitarle artículos definidos e indefinidos a la dichosa palabra, con la aparente intención de convertirlo en nombre propio, tal vez el de algún demonio de las huestes de Satanás:

Gender distingue entre el sexo y género.

Oooh. ¡Qué malo es ese tal Gender, y cuán necesitado de ser arrastrado en cadenas, cual Giordano Bruno moderno, delante de una Conferencia Episcopal, para que responda por sus crímenes de pensamiento! Pero, insisto, tan sólo hace falta darse cuenta de dos cosas, primero, que gender es la traducción inglesa de género, ni más ni menos, un simple sustantivo abstracto sin cornamenta ni pezuñas, y segundo, que hasta el lexicógrafo más etílico es capaz de darse cuenta de que género y sexo no son sinónimos, y de hecho, nunca lo fueron, para que la frase citada arriba equivalga a decir, pongamos:

Donkey distingue entre burro y predicador.

Lo que me da ganas de invitarle a una cerveza a ese tal Donkey, que evidentemente posee una finura de percepción que a muchos humildes blogueros por momentos se nos vuelve escasa.

En fin. Lo que creo intuir en el artículo de Ruiz Navas es esa actitud pomposa, paternalista y colérica de quien se crió en una sociedad donde la accidentada formación provinciana de un clérigo de la Iglesia siempre lucía en favorable contraste con la ignorancia de las masas (con tal de evitar discusiones con el médico del pueblo), y que ahora no acepta que la educación secundaria universal, la marcha de la ciencia y la evolución de la sociedad le hayan arrebatado su toga de reverendo erudito polifacético, ahora reemplazado (al parecer) por una gorra de saltimbanqui o de bufón. Papel que desempeña con notable garbo, al señalar que, por ejemplo, el reemplazo de la palabra "sexo" por "género" en la cédula de identidad ecuatoriana "llevaría a destruir la sociedad ecuatoriana". En serio, eso dice. Y lo curioso del caso es que, si el tal Gender está equivocado, como nos da a entender, al "distinguir entre sexo y género", la única conclusión lícita es que lo correcto sería no distinguir, y tenerlos por perfectos sinónimos, y si esto es lo que recomienda Ruiz Navas, no se alcanza a ver de qué manera se puede destruir toda una sociedad de 15 millones reemplazando una palabra por su sinónimo exacto en un documento que apenas nadie se da la molestia de leer.

Me voy a permitir ponerme en plan profeta. Cierro los ojos, extiendo los brazos en actitud mística, levanto la barbilla, y pido inspiración del Espíritu Santo para poder ver el futuro de este país, de esta amenazada sociedad. Sí... las brumas se apartan... algo se vislumbra. Veo gente llorando... rabia y desesperación... crujir de dientes... gente suicidándose... llanto y amargura por doquier. Un terrible gemido colectivo se alza hacia el cielo, los jinetes del Apocalipsis se avecinan por el horizonte a paso agigantado. ¿Qué habrá pasado? Veo que, efectivamente, en la cédula del más cercano pone "GENERÖ" donde antes ponía "SEXO". ¿Será ésta la razón de tan generalizada hecatombe? ¿O habrá ganado Correa otra vez? Con mi tercer ojo me acerco a alguien a preguntarle qué ha ocurrido. Su respuesta lacrimosa y sepulcral:

- Han quitado Ecuador Tiene Talento.

Ah... De modo que esto era. Tranquilos, entonces. El bienestar de la sociedad ecuatoriana descansa en bases algo más sólidas que una palabra en un documento oficial. De hecho, eso yo ya lo sospechaba, puesto que tengo la suerte de haber vivido los primeros años de mi vida en un país donde no solamente no constaba SEXO en la cédula, ni tampoco GENERO siquiera, sino que no había cédula de identidad de ningún tipo: nada como esta experiencia para darse cuenta de lo innecesario del documento en cuestión. Lo que nos lleva, fortuitamente, a mi propia opinión sobre la cuestión que le ocupa a Ruiz Navas, que expondré con la misma brevedad que ustedes han llegado a esperar de mí.

Ponerse a discutir si en la cédula debe poner SEXO o GENERO, mientras el gobierno sigue imponiendo la cedulación obligatoria, es como ponerse a discutir, delante del escuadrón de fusilamiento, si el uniforme de tus verdugos debe ser color azul oscuro o caqui. A cualquiera le debe de resultar obvio que la pretensión de imponer el uso de un documento de identificación "oficial" es un reflejo autoritario, de añejo sabor fascista, por parte de un Estado sobredimensionado y arrogante. Pero si la hora de agitar por la supresión del documento aun no ha llegado, mientras tanto, en algo progresaríamos si pudiéramos por lo menos reconocer que tanto tu SEXO como tu GÉNERO no le importan legítimamente a nadie, salvedad hecha del médico (en el primer rubro), quien siempre tendrá la opción de preguntártelo,  caso de necesidad, o de alzarte el taparrabos si llegas al hospital inconsciente y atravesado por un colmillo de elefante de ésos que si eres Tarzán, te lo sacan por un lado, y si eres Jane, por otro. De modo que, si nuestro prelado anda yermo de consignas, le sugiero que en vez de cargar contra el relativamente inocente género, se una a los que exigimos la inclusión de la siguiente opción declarativa:

GÉNERO: MIND YER OWN FRICKEN BUSINESS.

Dadas las demostradas habilidades lingüísticas del Sr Ruiz Navas, tal vez se sume a nuestra causa traduciendo esto a un castellano más o menos depurado y de sabor auténticamente ecuatoriano. A mí se me hace grande la tarea.

Ahora bien, debo reconocer que cuando empezó a extenderse el uso de "gender", allá por los años 70 y 80, fui de los descontentos, no precisamente por las pintorescas razones esgrimidas por Ruiz Navas, sino simplemente porque dudaba mucho de si la popularización de un concepto tan cargado de subjetividad y displicencia iba a contribuir a fomentar el pensamiento crítico y racional. Creo que el tiempo me ha dado la razón: si bien todos ahora entendemos (no sé si todavía habrá quien lo discuta) que como sociedad esperamos más cosas de un hombre que las que la simple biología nos aconseja esperar, ídem de una mujer, ergo que sí existen los famosos "gender roles", la mala noticia es que con estos escasos conocimientos se ha levantado una casta de sacerdotisas de la Verdad Revelada, que andan fregando con el "sexismo" como si se tratara de un pecado o una ofensa y no de una actitud natural en una especie como la nuestra, de escasa sabiduría y largo verano reproductivo: como si el mero hecho de que un fenómeno se revelara como "sociocultural" y no "biológico" constituyera una invitación a volverse intolerantes contra el tal fenómeno, creyéndose ajenos o superiores a la sociedad y a la cultura. Si bien tal quijotesco empeño de acabar con cualquier atisbo de "diferencia sociocultural" entre hombres y mujeres, o sea, acabar con el género para quedarse sólo con el sexo, impresiona y seduce por su ambición (en mi juventud fui devoto de ese movimiento durante un tiempo), en la práctica el feminismo decepciona rápidamente cuando uno se percata de que persigue cualquier cosa menos el destierro definitivo de la discriminación, de la cual vive y come. Sólo así se entiende que mientras despotrican contra el género, quieren perpetuarlo haciéndolo constar en la cédula. Y sólo así se entiende que una conocida parlamentaria inglesa, Jess Phillips, hace escasos días pudo levantarse en la Cámara de los Comunes para rechazar una petición que pretendía equilibrar el debate facilitando por un solo día la discusión de "problemas específicamente de hombres" (altos niveles de suicidio, legalidad de la mutilación genital, entre otros), no para argumentar contra ellos, sino para reírse abiertamente de la simple sugerencia de que un miembro cualquiera del género odiado pudiera tener problemas.

(Sí, "odiado". Vayan a ver el video y me darán la razón.)

A eso hemos llegado, y con ello, inevitablemente uno vuelve a preguntarse, con la señora compradora de tela antes mentada, cuánto cuesta y cuánto nos ha de costar todavía la broma ésa de mezclar y confundir biología, psicología y sociología en una única sopa de sabor amarga, moralista e intolerante. Claro que nada de esto puede objetar el Sr Ruiz Navas, en su faceta de representante de una Iglesia que a lo largo de los siglos ha luchado por quedarse con la patente de corso de la amargura, del moralismo y de la intolerancia. Se diría incluso que ser prelado católico es un poco como ser feminista, pero con faldas. Unos y otros se merecen, realmente.

Así que olvídense de encontrar en el artículo del columnista ningún llamado a la calma ni a la reflexión (no tienes que pensar, él lo hace por ti), tampoco ninguna referencia a esa sociedad perfectamente ambicionable, en que cada uno sería lo sexista o lo poco sexista que quisiera una vez haya interiorizado las reglas elementales de la cortesía, y cargara con su propio concepto de lo que es un hombre y una mujer, y las posibles diferencias entre ambos, y su propia pertenencia a tales esquemas, basado en la dialéctica fructífera entre cultura colectiva, pensamiento individual, personalidad y experiencia, sin tener que sortear las iras y la mala entraña de los iluminados de un bando o de otro, religiosos y feministas, ya que para aquel entonces todo el mundo (es un decir) habría aprendido a comportarse de una manera civilizada, valorando en cada persona el núcleo de su identidad como ser humano, mucho (muchísimo) más allá de cualquier identificación superficial con configuraciones cromosómicas o vagos recuerdos de películas.

Lo que sí encontramos en el artículo es una extraordinaria confesión, hecho no sé si bajo influencia del Espíritu Santo o de los pozos de una botella de Southern Comfort:

El mundo, a pesar de la fe cristiana, ha borrado a medias la inferioridad social de la mujer. (sob)

(énfasis mío) No esperaba encontrar, por parte de un representante de la Iglesia, un reconocimiento tan explícito de que "la fe cristiana" ha estado luchando con uñas y dientes para conservar esa supuesta "inferioridad social de la mujer": ellos más bien suelen escudarse tras un discurso "espiritual" y una sonriente cara de yo no fui (lo "social", eso son cosas del Demonio, no nuestras). Se agradece, naturalmente, tal sinceridad, aunque no nos dice nada que no sabíamos. Sorprende algo más ese párrafo en que se nos presenta al "hombre" "señoreando" a la "creación", que suponemos que en su mente tiene un buen par de tetas, porque de otra manera el párrafo entero se constituiría en una incoherencia dentro del esquema argumentativo: así que señores, a señorear, y señoras, a ser señoreadas, porque las fantasías masturbatorias de los célibes son órdenes para nos. Y si el uso del término "hombre" le envuelve a dicho párrafo en un manto de plausible deniability (hasta una costilla puede ambicionar ser "hombre", si quiere), no así con el siguiente:

5) Consecuencias de Gender: a) El subjetivismo caprichoso (yo quiero ser mujer; quiero ser varón) radicaliza el egoísmo. b) “La” familia perdería identidad en “las” familias. c) La “parentalidad “ suplantaría paternidad y maternidad. d) Los hijos se engendrarían, no por unión de los dos sexos, sino artificialmente. e) La cédula de identidad no garantizaría la identidad de las personas, quitándoles estabilidad y claridad. ¡Los conflictos judiciales!

Creo que todo esto se puede resumir en: ¡Que viene el Cuco! O en términos más astringentes: nuestro columnista, que al igual que algunito del Telégrafo pertenece a la clase de los "publiquémosle su retahíla de bobadas, no queremos problemas con la Iglesia", aparenta padecer de una psicosis galopante, donde yo mismo en mi faceta de terapeuta aficionado no puedo más que recomendarle que se piense bien eso del "egoísmo radical". Ser egoísta, Sr. Ruiz Navas, es ponerles obstáculos a otros para que realicen sus sueños (de tener una familia no tradicional, de tener un hijo así sea por métodos no ortodoxos, de tener una "identidad" con la que se siente a gusto, etcétera), y la manera más ruin y vil de ejercer ese tipo de egoísmo es acusar a otros de ser egoístas por el simple hecho de tener dichos sueños y ponerlos en práctica sin hacer daño a nadie, por el simple hecho de contradecir con su existencia tu visión monocromática del mundo, por el simple hecho de no ajustarse a tus anquilosadas categorías mentales.

Piénsatelo.

Ah, y abre el periódico de vez en cuando. Hablar de una Europa "carente de niños europeos" queda un poco... digamos, desfasado, ya que ahora el Viejo Continente se está debatiendo la cuestión de qué hacer con tantos niños, o futuros engendradores de niños, como últimamente están llamando a sus puertas. Problemas puede tener y graves, pero la falta de niños, en mi faceta de profeta, vislumbro que no entrará en ellos en un futuro próximo.

Como en todo, puedo equivocarme.

Thursday, October 1, 2015

No caigamos tan bajos

Esta mañana en mi correo: una invitación a "firmar" (electrónicamente) una petición que cuando la miré tenía casi 10.000 firmas. Me apena decir que casi estuve por firmarla: tengo a veces esos arranques impulsivos. Pero me lo pensé mejor. Siguen mis razones.

Lo que se pedía era, primero, que la SUPERCOM o la CORDICOM o alguna de esas instancias burocráticas de censura "se interese" por el caso de una joven que fue, supuestamente, "discriminada" por su postura atea en un programa de tele ("Ecuador Tiene Talento"). También se pedía que alguien de Ecuavisa, o los propios miembros del "jurado" del programa en cuestión, se disculparan con la muchacha. Se diría que las dos exigencias iban por separado, pero si me pongo a pensar, a mí me parece que aunque 10.000 (ó 10 millones) de firmantes "exigieran" por medio de una página web que me vista de Doris Day y cante Che Sera Sera en medio del Malecón, si no me da la gana no lo hago: por tanto, es de suponer que los autores de la petición confiaban en los medios persuasivos de la SUPERCOM, más que la acumulación de votos, para conseguir la extracción de la tal disculpa. Y claro, como ya viene siendo de rigor en estos casos, citaban la Constitución, y no contentos con eso, la Ley de Comunicación, a tenor de que en este maravilloso "país laico" que habitamos, no está permitida la "discriminación" por razones de sexo, género, raza, credo, etcétera. Y ya les digo: no vi el programa en cuestión, pero leyendo las barbaridades que esos "miembros del jurado" le soltaron a la pobre muchacha ("pues deberías de creer en Dios, para ver si te obra el milagrito", etcétera) encuentro comprensible, por decir lo menos, que la gente quiera "hacer algo". Pero también pienso que esto no es la manera.

No tengo nada bueno que decir de la Constitución. Si me diera el arranque lírico podría decir varias cosas malas de ella, pero me parece una pérdida de tiempo: a fin de cuentas, nadie la acata, nadie la tiene en cuenta: en su corto tiempo de vida se ha convertido en una vistosa irrelevancia. La Ley de Comunicación es otra cosa: es una vergüenza nacional. Bueno, tiene sus usos. Cuando a veces uno va en el carro camino al trabajo, y entre sacarse los mocos de la nariz y cantar Mary Immaculate, Star of the Morning con voz de gorila, se le ocurre pensar por enésima vez: "¿y si las mentes lúcidas tuvieran razón?" (a sabiendas de que mi propia mente no anda nada lúcida últimamente), encuentro perfecto que exista esa réplica tan corta como contundente, que consiste en recordar que las mentes lúcidas fueron las que idearon la mencionada ley, que como sabemos, es la que impone la censura, el miedo y la arbitrariedad burocrática como estilo de vida a lo largo y ancho del país. Y es que su existencia, realmente, simplifica muchas cosas: como nos resulta metafísicamente imposible que quien apoye una ley de esas características sea otra cosa que un pendejo, nos proporciona un detector de ruindad casi infalible, y ahorra muchas discusiones infructuosas. Es lo que tiene de bueno. Pero de malo tiene, entre esa letanía de barbaridades que se han ido analizando en este blog a lo largo de los años, pues esto mismo: que su existencia de por sí fomenta la intolerancia. Porque si se tiene que dar algún calificativo a la mencionada petición, ésta sería la palabra: intolerante. Intolerante al cuadrado. Y voy a decirles por que.

Voy a un programa de tele y me preguntan si creo en Dios. Evidentemente, en honor a la verdad tendré que decir que no. Si el programa es de debate, diré más. Pero si es Ecuador Tiene Talento, me ahorro los comentarios, las precisiones, los argumentos, a sabiendas de que no serán bienvenidos. Es un programa popular, hecho para gente que quiere ver lágrimas, que quiere ver a otros haciendo el ridículo, en fin, algo que les sirva de consuelo ante la nulidad de la vida propia. Es un circo, no un lugar apto para discutir creencias. No sé quiénes formarán parte de ese famoso "jurado", pero tengo la plena seguridad de que serán unas absolutas nulidades intelectuales, unas cabezas huecas, tal vez amenizadas en algún caso con cabellos tinturados, trajes de James Bond y bustos neumáticos. Es lo que suele darse en esos casos, de acuerdo con un formato internacional de probada eficacia (también existe Britain's Got Talent, y no me extrañaría si Cittá del Vaticano Ha Talento, también). De acuerdo que hasta una cabeza hueca puede aprender a tratar a los demás con cortesía, es cierto. Pero francamente, no me parece tan sorprendente que esas "personas del jurado" nos hayan salido groseras, arrogantes y repulsivas... que nos hayan salido, en una palabra, tercermundistas. ¿Qué otra cosa iban a ser, en un programa tercermundista elaborado con vistas a un público ídem?

Quedémonos, entonces, con la lección de dignidad que tengo entendido es la que dio la muchacha en cuestión, y con la observación, muchas veces repetida aquí, que los arrogantes y dictadorcillos, si se les da cuerda, siempre terminan revelándose. "Pues deberías de creer en Dios, niña" es una muestra de estupidez e intolerancia: no lo repliquemos con más intolerancia, con amenazas, con CORDICOMes, con ese "deberías de cuidar tus palabras, y que tu discurso sea sí, sí, y no, no, que toda otra cosa viene del complot de desestabilización mediática de la CIA". Echar mano de una Ley de Comunicación para hacer frente a una simple grosería es como contestar a un pedo con una ametralladora. No procede. Si no estás de acuerdo con que exista esa Ley (y repito, nadie que conozca su contenido y que tenga una pizca de humanidad podría estarlo), pues no la dignifiques echando mano de ella cuando crees que a ti te podría servir de arma. Si es mala, es mala para todo. Es una cuestión de principios. (Siendo en este caso el principio en cuestión, ése de que ningún gobierno, ni disfrazada de "consejo de regulación", tiene derecho a censurar cualquier acto de comunicación, por desagradable o "discriminatorio" que sea. Sin ese principio, mejor nos vamos aprendiendo el pasito de ganso y el saludo ése de qué tan largo me ves de brazo.)

Y la verdad, no creo que esa concursante merezca nuestra lástima por el duro golpe de tener que enfrentarse delante de una cámara con una creyente en absurdos cuentos de hadas, que al parecer anda tan insegura respecto a la propia "creencia" que se pone hecha la fiera en cuanto se tope con alguien que no la comparte. Seguro que si esa muchacha es atea y no le importa que se sepa, en un país como éste la misma experiencia se le repetirá, si no todos los días, semana sí y semana también. Ella tiene el consuelo, que no es poca cosa, de no tener que atormentar su cerebro inútilmente y a diario con bobadas teológicas. Con eso ya es ganadora en lo importante. Ande yo caliente, y que los arrogantes, los envidiosos y estúpidos digan lo que quieran. A mí me funciona, y espero que a ella también.

Friday, September 18, 2015

But Sam, you haven't got a poisoned thumb

Nick Manure was just an ordinary, average, run of the mill Latin American thug, right up until that fateful day when, on a money-finding mission to China, he was bitten by a radioactive trump. Now, by day he continues pretending to be left wing, in a 'thinking dead people turn into talking birds' sort of way, but by night, he be Supertrump! (and now you put your head in your hands, oh no), accorded by a densely mustachioed Destiny the following alarming superpowers:

discriminating against next door's nationality
chucking people out of your country for no reason
putting opposition leaders in prison for no reason
stirring it up, generally
being absolutely useless at running the country
looking like someone who managed to lose a game of tic-tac-toe against George W. Bush

The only superpower that the Trump didn't pass on through his saliva was making money. In this, Manure appears to differ from his predecessor, who made lots of it (and kept most of it for himself and divers scions). Which brings us by a commodius vicus of recirculation back to:

Esto.

Gloria, Gloria, Gloria. ¿Cuándo aprenderás? Puedes ser todo lo diputada por el partido gobernante que quieras, hasta todo lo argentina que quieras, pero eso no te da derecho (salvo en una auténtica dictadura, por ahí puede transitar la cosa) a meterte en la vida privada, las costumbres, los pensamientos y las tonterías de la gente... aunque se trate de verdaderas tonterías, como en este caso. Estoy de acuerdo contigo hasta ahí: vivimos en una sociedad altamente feminizada, en el sentido que se basa en el conformismo, en la imitación, en la interiorización de patrones de conducta, en la falta de individualidad, en la tiranía del chisme, de "lo social". Hasta ahí bien. El auge de "la princesita" (o de la pony-princesita, ver último post) es síntoma de ello, síntoma deprimente y nauseabundo como pocos, también de acuerdo. Que de un día para otro desaparezcan de la faz de la tierra todos los concursos y reinados de "belleza" (característica que en esos eventos suele ser espectacularmente ausente, ahora que pienso) y que el término "princesa" quede como piropo de doble filo, como manillar de yegua inglesa y poca cosa más, y las niñas se dediquen a soñar con cosas más prácticas, como ser primeras ministras británicas, o pilotas de aviones comerciales, o putas, sería una buenísima noticia, pues tampoco hay duda. Hasta ahí estamos completamente de acuerdo. Pero prohibir que se organicen esos eventos... ¿? ¿Prohibir? ¿Una ley? Las palabras me abandonan ante lo arrogante, lo presuntuoso, lo repelente, lo dictatorial, lo antisocial de la medida en cuestión. Gloria. Escúchame. Corres gran peligro de perder tu alma y quedar como una Nick Manure de segunda, como alguien que mete en la cárcel a todo aquel que no respire y tose y estornuda y pedorrea a su imperial gusto: como, en definitiva, una suegra. ¿No se te ha ocurrido que si quieres que la gente (categoría en la que, según autoridades, se incluyen a las mujeres) piense por sí misma, descubra su verdadero camino en la vida, y deje de llenar salas de hospital con sus cuerpos arruinados por dietas truchas, la peor manera de conseguirlo es ir prohibiendo cosas, por muy malas que sean esas cosas? ¿No has pensado que el primer paso hacia la realización personal de una mujer (también de un hombre) es darse cuenta de que nadie tiene derecho a prohibirle nada?

No, por lo visto no has pensado nada de esto.

Bueno, ahí tengo que dejarlo: en una hora empieza la clase, y ese deadline de la medianoche todavía luce amenazante: hasta las 11.55 estaré terminando de calificar esos putos exámenes. Tienes suerte es todo lo que puedo decir. Pobres argentinos. Buaj.


Tres tipos de mujer-caballo

En algún post reciente dejé caer mi convicción de que dejar caer bombas atómicas sobre ciudades japonesas es, en general, una mala idea. Iría más lejos: creo que no es bueno dejar caer bombas atómicas en ningún lado. Las bombas atómicas hacen daño. Incluso diría (contra Rebecca Watson) que lanzar una bomba atómica hace más daño que invitar a alguien a tomar "café" mientras estés en un ascensor. Son mis creencias. Y no son de ahora. Cuando tenía veinte años (es una aproximación. Podría haber tenido veinte lustros, o veinte meses, o veinte cervezas. Mi memoria ya no es lo que era) fui miembro, al igual que el actual "líder" del partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, de la Campaña por el Desarme Nuclear (CND, por las siglas de las siglas), y en tal capacidad fui detenido con un centenar de coidearios mientras hacíamos protesta pacífica fuera de la base americana de Daws Hill. Nos enjuiciaron por "obstrucción de la Carretera de la Reina", y fue cuando me enteré que esa carretera había sido de la Reina, nada menos. cosa que de haberlo sabido seguramente no la habría pisado, por respeto. En fin. Nos escapamos con el pago de una multa simbólica, creo que fue de diez libras, pero lo que más recuerdo de ese evento fue el agasajo que nos dieron los Quakers, después de salir del juzgado: les aseguro que no hay nada en la vida tan dulce como ser agasajado por unas cuáqueras: son sencillamente la mejor gente que hay, soy grandiosos. Incluso desde ese día me dedico a zampar sus copos de avena, en señal de agradecimiento. Más no se puede decir.

Y ya que nombré a Jeremy Corbyn, muy rápidamente: o bien me falla la percepción de la realidad, o bien ese tipo tiene tantas posibilidades de ser elegido Primer Ministro de Gran Bretaña como yo de hacerme con el título de Miss Burkina Faso. Cosa que uno tiene ganas, inicialmente, de celebrar: significa que el Partido Laborista ha vuelto a ser inelegible, como en los años 80, dejando libre el camino para que dentro del Partido Conservador surja otra líder radical tipo Margaret Thatcher (p.b.u.h.) para desfazer entuertos (el Reino hUnDido está lleno de entuertos, actualmente) y acometer grandes empresas. Pero un segundo de reflexión te quita la sonrisa. No es bueno, sinceramente, que el Partido del Poder no tenga una Oposición creible, amenazante, bien engrasada, y eso sigue siendo cierto aunque esa oposición no te guste: forma parte del ecosistema de la democracia. Mira este país. La completa ausencia de una oposición política ha convertido a los gobernantes en lagartos dignos de un cuento de Icke. Ya ni siquiera hablan, sólo sisean. Se necesitan dos ideas enfrentadas para hacer una democracia, no un rebuzno por un lado y una risa siniestra por el otro. Son, también, mis creencias. Si no te gustan tengo otras.

¿Por qué hablaba de bombas atómicas? Ah, sí. Iba a decir que si a veces tambalea mi convicción de que no hay que lanzar bombas atómicas, es al visionar (maravilloso verbo, "visionar". Significa ver) una serie que sale tanto en la tele como en YT, llamada "My Little Pony". Si a veces entretengo fantasías de soltar un Little Boy sobre algo, es cuando me imagino que en este momento sobrevuelo los creadores de dicha serie animada, y al diablo los daños colaterales. Si existe una demostración más fehaciente de que las leyes antipornografía como las que ahora hay en el R.hU. no sirven para nada, está en el hecho comprobado de que dichas leyes todavía permiten que tiernas e impresionables mentes estén expuestas a esa serie, donde unos incalificables seres medio pony, medio niña repelente, se dedican a chismear con vocecitas repulsivas y a lucir horribles combinaciones de colores y nombres eméticos. Mi hijo, durante un breve período, fue adicto a esa serie: para que desistiera tuve que demostrarle que Rainbow Dash contra Godzilla, siquiera contra un parasaurólophus medio avispado, no era una oposición creíble: era una batalla tan indigna y predecible como, digamos, Jeremy Corbyn contra el sentido común. Afortunadamente, me hizo caso. Dejó los ponies por los dinosaurios, y sin arrepentimiento alguno. Lo que me lleva a preguntar: ¿qué les pasa a las niñas?

Si necesitas una demostración de que el determinismo biológico, en cuestiones de género, es ineludible, pues ten en cuenta el siguiente hecho: nunca en toda la historia de la humanidad un niño ha pedido a sus padres comprarle un caballo. Peor, un "pony". (¿Qué es, exactamente, un "pony", cuando no está siendo veinticinco libras esterlinas? Nunca lo tuve claro. ¿Es un caballo enano? ¿Un caballo underachiever? Respuestas abajo, por favor) Cuando uno es niño, y hasta donde alcanzo a ver esto funciona con independencia de cualquier "acondicionamiento cultural", le interesan los dinosaurios, o sus dignos sucesores, las aves (fue mi propio caso), y hasta si se tiene una pizca de imaginación se imagina volando, cazando gorriones, posándose en lo alto de un árbol, y en palabras de Ted Hughes, "tearing off heads". En cambio, una niña, a diferencia de un niño, tiene cierta posibilidad de salirte caballosa. I rest my case... O tal vez no.

Alguna vez me preguntaron: ¿qué significa horsey cuando se aplica a una mujer (un hombre "horsey" no tendría sentido. Sexismo del idioma, dirán.) ¿Hay que entender que la mujer parece caballo, o que le gustan los caballos? Buena pregunta. Muy buena. Y de complicada resolución, ya que la experiencia demuestra que las dos cualidades, la de parecer caballo y tener debilidad por los caballos, se suelen mezclar en una composición sutil y variable. Miren a la Princesa Anne, por ejemplo, la hija de nuestra querida monarca May Hessbinder-Neigh. Es de consenso universal que tiene cara de yegua; no es menos cierto que siempre le han gustado los caballos, hasta el punto de casarse con uno. Sería interesante comprobar si el notable parecido físico entre ella y un caballo se dio por un proceso paulatino, algo parecido a aquél que hace que la gente poco a poco se va pareciendo a sus perros mascotas, o si ella fue así de nacimiento (debería saberlo, pero no me acuerdo). Sin embargo, la mujer horsey no tiene necesariamente que parecerse a una yegua, o no tan vistosamente. El diccionario urbano, con su habitual crudeza, la describe así: "muslos muy gruesos, caderas y culo anchos". O sea, darwinianamente favorecida para montar a caballo, y no al estilo side-saddle. Para complicar más el asunto, también hay un tipo de mujer que, sin parecerse excesivamente a un caballo, te da ganas de montar sobre ella, de cabalgarla. Normalmente es su cabello el que te sugiere tan pecaminosos pensamientos: lo tiene largo, liso, brilloso, rubio, como crin de caballo: te imaginas agarrando ese maravilloso cabello con fuerza y gritando "¡arre, arre! giddy-up" y dándole movimiento. Lo curioso es que la mujer que más te hace pensar eso suele ser como ida, soñadora, plácida y ultra femenina, de nulas amistades masculinas, diríase nada que ver con el animal grande y pesado, pero en tu mente se te confunden los conceptos, y cuando la ves, el caballo se feminiza y se convierte en ella. Y para más inri, ella te sale devota de My Little Pony, puedes apostar sobre ello.

No sé. En este país parece no haber mujeres horsey, tienes que ir a Gran Bretaña a por ellas; pero creo que dentro de toda niña hay algo de eso, algo de soñar con tener un pequeño campo, con un pony dentro, de cabalgar sobre él cada día, de no tener que pensar en "chicos" (especie inferior que ni galopa, ni a menos que sean de Partido Conservador, siquiera relincha), de dejar ondear al viento su larguísimo crin, y de absorber a través de un superior acolchado los choques de la tierra. De buen seguro volveré más tarde sobre este tema: ahora toca calificar exámenes, que el plazo de pasar las notas al sistema vence en poquísimas horas.

(A Flambard is not a rubbish poet. Recomendable la serie, por la música entre múltiples razones: sólo quiero que imagines mi cara de lírica decepción cuando, al volver a verla, me doy cuenta de que, otra vez, algo que recordaba como "para adultos" en realidad era para niños. Pasé mi vida, diríase, pensando que lo que era para niños era para adultos: ojo con eso, niños. Cadena de búsqueda: LM Peyton.)


A Mare

Princess Anne
 
" 'Tis Pity She's A Horse "
 


Monday, September 7, 2015

Gracias, Carol

Dicen que un hombre que no se ríe en varios días está cercano a la muerte. No recuerdo haberme reído, con ganas, desde que un amigo me envió el enlace en YT de Kung Fury, hace cosa de algunas semanas. Así que debo agradecerle sinceramente a Carol Murillo mi primer belly-laugh en mucho tiempo, y quién sabe si el haberme salvado la vida de tal entrañable manera.

Google me informa que no existe equivalente en castellano de la palabra bathos (cuyo significado en inglés debemos a Pope), así que me permito un ejemplo en forma de cita directa:

Todo proceso político, más aún en un país como el nuestro, lleno de episodios que dan cuenta de las difíciles formas de luchar contra la colonización y la opresión material y simbólica de las clases poderosas -a lo largo de su corta historia-, debe asumir que el actual momento no responde solo al despliegue de un fenómeno político llamado Rafael Correa (y todo lo que eso ha implicado durante más de ocho años), sino que este proceso, precisamente, tiene fases que es indispensable observar y catalogar para tener una idea macro y, también fragmentada, sobre la visión que la propia población ha trazado para explicarse por qué este modelo sigue siendo una alternativa válida. O quizás no.

¿Lo ven? El párrafo entero consta de una frase larguísima, tortuosa, de accidentada puntuación, dudoso paralelismo y precaria interpretación, pero que por lo rimbombante de las abstracciones manejadas parece estar diciendo algo muy pero que muy importante, algo que aunque no seamos procesos políticos "debemos asumir"... y a continuación, otra frase de tres palabras: "O quizás no", la cual tiene el efecto de borrar de un plumazo todas las pretensiones de su predecesora. ¿Aun no? Simplifiquemos:

Todo proceso político... debe asumir, no solamente X, sino, decididamente, Z. ¡Sí! (da un puñetazo en la mesa) ... O, ahora que lo pienso, tal vez no.

Fue en esta segunda frase que se me explotaron los pulmones. Quizás el efecto humorístico, en mi caso, se intensifica por el hecho de haberme imaginado a la autora en un podio, micrófono en mano, arengando al público de alguna sabatina bajo la mirada complaciente del mencionado Fenómeno Político, o bien por el hecho de que, habitualmente, le suelo dar el beneficio de la duda a todo escritor que logra la difícil hazaña de no comunicarme nada: mi reacción típica es pensar con cierta tristeza, "bueno, será porque soy viejo, las neuronas no son lo que eran, soy demasiado bruto, me falta intelectualidad, me falta cultura" hasta que tengo suficientes evidencias de que el culpable de la falta de comunicación no soy yo, sino el escritor que no sabe expresarse con claridad, aun suponiendo que eso es lo que realmente pretende. En el caso de Carol, tengo mis dudas: hay momentos en el artículo que estoy casi casi por convencerme de que nadie puede escribir de una manera tan barroca, tan opaca y tan sibilina si no es queriendo:

La ostensible modificación de esos valores por otros (...), evidencian (sic) que esta (sic) es otra fase del proceso, y que ante semejante variación de las aspiraciones ciudadanas -legítimas, por lo demás- es ineludible examinar, en dos renglones, tanto las individualidades no comprometidas con la consolidación de los cambios y la titánica tarea política que eso conlleva, cuanto las premisas que este otro momento exige de quienes, con mayor peso, dirigen la continuidad y la afirmación de las transformaciones logradas hasta hoy.

Lo juro, si me lo hubiera dicho en hebreo me decía lo mismo.

Hace algunas semanas, en una carta a gkillcity con motivo de la defenestración de Mónica Mancero como columnista habitual y token female (Dios me libre de pensar tal cosa, peor en referencia a la Murillo) en ese elenco de opinadores tan mayoritariamente hediondos a tabaco de pipa, el editor del Telégrafo dejó caer su particular animadversión a los adjetivos. La Carol, se supone, como toda niña buena abanderada del colegio, administra sus adjetivos desde entonces con obediencia y cuentagotas: pero parece que sus lecturas del medio en cuestión le han convencido de que si uno quiere sobrevivir en ese entorno tan enrarecido de la p. de (O) del T., el quid está en encadenar sustantivos abstractos bajo las sencillas directrices de esos tan socorridos "hay que", "es preciso", "no debemos olvidar que", etcétera, que todos aprendimos en el colegio, porque como es sabido, la meta de una buena educación secundaria es convertir al adolescente en un repelente pedante con cara de po a tiempo parcial. (Don't get me started. Teachers who force their pupils into class debates on any motion containing the word 'should' should be tossed summarily into the Grand Union Canal, without any socks on. Or perhaps not.) De modo que, ya ves, la Carol se ha puesto la meta de ser la perfecta bot de la abstracción grandilocuente. Lo cual está muy bien: admiro su determinación de no dejar que el lector adivine su significado en ningún momento (no sé por qué, pero me acaba de ocurrir la imagen de una striptease artist que en lugar de quitarse la ropa, se la pone, seductoramente y en múltiples y juguetonas capas. reservando para el gran final el caerse al piso y enrollarse ahí en diversas fundas voluminosas de plástico negro, tipo bolsas de basura industriales. Perdón). Pero, y esto es la parte que me da algo de vergüenza, lo siento, no puedo evitarlo: ¿no podría por lo menos adherirse a unas elementales normas de gramática, de sintaxis, de puntuación? ¿Sería mucho pedir? Ya sé que todo eso pasó de moda, pero uno tiene la deformación profesional de estar enseñando esas cosas, para ganarse el pan, y por eso, las comas mal, colocadas duelen realmente duelen. O quizás no.

Y ya que estamos con las deformaciones profesionales...

Si las palabras te importan, habrás pensado lo mismo que yo, en forma rápida y silogística:

A: Todo aquel que usa la palabra "insolente" es un autoritario con alma de dictador.
B: Alexis Mera, refiriéndose al arzobispo Arrechi*, usó la palabra "insolente".
C: Luego, Alexis Mera es un autoritario con alma de dictador.

*Grafia recomendada por conocidas autoridades protoconstitucionales: no es nada mío.

Y si vienes a decirme que Mera le tomó la palabra a Jaime Roldós, pues bien, repito el silogismo cambiando el nombre. La cuestión es que la premisa (A) me parece a mí tan firme como aquel que dice que quien usa la palabra "pecado", mientras no se le perturbe la cara de po, es demostrablemente un creyente en Dios. Ya sé que en ambos casos caben interpretaciones humorísticas, irónicas, como escapatoria en según qué caso: pero Mera no estaba bromeando. Ya sé que la falacia etimológica nos susurra que "insolente" es apenas otra cosa que "insólito", de acuerdo a sus raíces primitivas: pero Alexis Mera no es etimólogo. Y si lo digo, es simplemente porque la cosa me hizo pensar: nos revelamos, nos desnudamos, en nuestro idiolecto, tal vez mucho más de lo que nos damos cuenta. No esperaba escuchar esta palabra fuera de algún episodio de Colditz (de paso, recomendado y casi completito en YT, si buscas, títulos de episodios en mano).

Personalmente, con quien sea capaz de usar seriamente la palabra "insolente" para describir a otro, a quien sea y por el motivo que sea, no comparto ni una botella de Pilsener: a ser posible y en ausencia de tráfico, ni la misma vereda.

Después de todo, uno tiene sus estándares.

Monday, August 31, 2015

Mi nuevo amor

Pensaba que era imposible que alguien de mi edad pudiera enamorarse todavía. Pero he aquí la sorpresa: me he vuelto a enamorar, hace unos días, pero de verdad de verdad.

El objeto de ese nuevo amor se llama Godzilla. Se trata de un monstruo creado en los años cincuenta por un estudio japonés, llamado Toho. Y lo sorpresivo del caso es que desde joven conocía a ese monstruo, por lo menos lo escuché nombrar muchas veces, y de seguro vi alguna imagen suya, sin fijarme demasiado, pues tenía la mente en otras cosas, o tal vez sería suficiente decir que entonces tenía mente. En todo caso, es como aquellas historias que uno a veces lee o escucha, de personas que crecen o trabajan muchos años al lado de alguien, sin que se le cruce la idea de enamorarse, y de pronto, zas, de la nada aparece Cupido, en el momento menos esperado.

No creo que Godzilla nunca llegue a fijarse en mí. Es igual. No me importa excesivamente, pues estoy acostumbrado a amar sin ser correspondido. De hecho, lo encuentro preferible: el amor no correspondido es como más limpio, más puro, menos viscoso y grumoso. Por ese lado, estoy absolutamente tranquilo. Tú también lo estarías, en mi situación.

Claro que a veces me duele esa neblina de indefinición que parece rodear la cuestión delicada del sexo de mi amada. Según tengo entendido, en las películas originales no se identifica el género de Gojira en ningún momento, pues a los japoneses no les importa ese tipo de cuestiones: ha sido en las traducciones y doblajes al inglés que empezó a extenderse el rumor malévolo de que el gigante atómico era macho. A mí me parece claro, clarísimo, que es hembra, y no solamente porque en una de las películas pone un huevo, sino por otras cosas más difíciles de explicar: tendencias de comportamiento, sobre todo, esa extraña mezcla de violencia y placidez y sonriente confianza en el poder de su aliento. En fin. Como siempre digo, el sexo biológico es una solemne irrelevancia en cuestiones de amor, y el género socialmente impuesto o asumido por la otra persona apenas menos irrelevante que aquél: todo está en ese matrix geométrico, ese filtro a través del cual le miras, esa manera en que tu mente privilegia algunas características de la persona y obvia otras, así acercándola instintivamente a tu ideal, que inevitablemente sí tiene género, pero alejado de cualquier estereotipo social. Basta con que la otra persona (¿hace falta que sea siempre una persona?) te permita identificarle con el género apetecido (G.A.), tal como ante tu mente se representa, y andando. Por lo menos, así parece funcionar en este caso.

Más de una vez mi esposa me ha interrogado: ¿qué es lo que tiene ella que no tengo yo? Sería fácil contestarle: espinas dorsales, dientes afilados, aliento atómico, etcétera. No lo digo, por educación. No todo el mundo es capaz de tener un aliento atómico incluso queriendo (aunque comer mucho Vindaloo puede que ayude). En realidad son cuestiones secundarias. En los hombres el amor muchas veces brota de un instinto de protección, o de algo muy vecino a ese instinto, neurológicamente hablando: una empatía, un poder identificarse secretamente con la otra, desde el otro lado del abismo. Yo le miro a Godzilla y siento hacia ella una ternura inenarrable. Ella está sola en el mundo, como yo. Es demasiado grande, como yo. Es asombrosamente torpe, como yo. Destruye edificios sin querer, con la cola, como yo. A los odontólogos les inspira oscuros arranques autolesivos, como yo. Tiene la costumbre de aparecer siempre en el lugar equivocado, otra vez como yo. Le persigue por doquier una columna de tanques de guerra, como a mí. ¡Tenemos tanto en común!

Y no solamente eso.

La música que constituye el Leitmotiv de todas las películas (genuinas) del personaje arranca con un borbotón cromático en trompetas (mi-sol#-re-re#-la-la#-do#-do-si, si, la#, la, fa-fa#-sol-sol#, bis, con variante), de timbre amenazante y sin compás discernible, antes de transformarse en una marcha rítmica con cuerdas que juega con acordes mayores (Fa, Sol, finalmente Mi), ya no amenazante sino marcial, atravesada con una irregularidad de compás que sugiere foraneidad, ruptura con la tradición y con lo conocido. Mi reencuentro con Godzilla data de ese momento cuando mi hijo, adicto a todo tipo de video en YT sobre dinosaurios, empezó a hacer brotar de los parlantes de su computadora esa música. Me interesé: me precio de no dejar escapar una brizna de melodía, por insustancial que parezca, si demuestra originalidad. Además, me sonaba familiar. Poco a poco fui descubriendo que esa música era la tarjeta de presentación de un fenómeno cultural que nos comunica (pero mal, muy mal, como en una migraña telefónica) con una cultura remota, la del Japón de los años cincuenta, el Japón pos Hiroshima y Nagasaki.

En un artículo de opinión hace poco (no recuerdo si en el U. o el T.) alguien sugirió que hasta hoy día muchos japoneses sufren de una especie de síndrome de Estocolmo respecto al bombardeo de esas dos ciudades, "justificándolo" con argumentos sobre la necesidad de acabar con esa sangrante e inútil guerra. No sé: me resulta inconcebible que hasta hoy día haya quienes quieren justificar lo que a todas luces fue un acto de inconmensurable barbarismo, irresponsabilidad y estupidez de parte del entonces presidente Truman, y peor, que entre éstos exista algún japonés. En fin, eso no me consta. Lo que parece fuera de duda es que Gojira fue concebida como metáfora sobre el poder destructivo de la bomba nuclear. Y lo interesante del caso, para mí, es que en todas esas películas el monstruo no se enfrenta, salvo simbólicamente y de manera sumaria y superficial, con enemigos humanos. Lo suyo es pelear con una polilla gigantesca, con un dragón de tres cabezas, con un vertedero de basura surgido del fondo del mar y dotado de un elemental poder de locomoción además de ojos verticales. Sus enemistades puntuales pueden colocarle, coyunturalmente, en el campo de los humanos o en el lado anti humano: a ella bien poco le importa. Lo que nos lleva a algo que llamaré teología de escala. Si bien en una película de Hollywood cualquier monstruo, para merecerse el nombre, tiene que medirse contra el adversario humano, en la película de keiji los seres humanos son, por lo general, impotentes espectadores de una batalla que pueden haber provocado pero que se le ha escapado de las manos. ¿Será ése el sentimiento del ciudadano japonés de a pie en los años cincuenta? Nos metimos en algo que ahora nos sobrepasa en escala, tenemos un enemigo para quien no somos más que mosquitos, y para quien podemos ser enemigo o no, quién sabe: lo único cierto es que ese enemigo destruye ciudades, tiene la piel horneada y agrietada, y sigue tal vez su propio capricho, tal vez una terrible moralidad inconcebible.

Será otra historia y otro articulo, pero encuentro refrescante seguirle la fortuna a un monstruo que no es ni héroe ni villano. Para mí, eso constituye el primer paso para que yo le tome en serio. Lo demás, obra de Cupido.