Thursday, April 30, 2015

Mi pie derecho: una radiografía en tres bostezos

Esta mañana me tocó ir al seguro de Durán a una hora ungodliosa para hacerme una radiografía. Esperar mucho tiempo en un pasillo sin nicotina suele tener el efecto, en mí, de obligarme a divagar mentalmente. Presento, sin más, las divagaciones acaecidas en el horario de 8 a 9. Más, no creo que el lector soporte.

Juanito Podrido

Si viviste los años 70, y peor, en el Reino hUnDido. sabrás a quién me refiero. Si no:



(Ésta creo que fue la entrevista que le valió a Grundy, entonces un big name en la tele, un fulminante "you're sacked". No se supo más de él en lo posterior. Todo por ese "bueno, impresiónanos con tus malas palabras". Eso, antes del watershed, no se podía decir en ese entonces. Ay, nostalgia.) El tiempo es cruel. La necesidad mediática de crear "tesoros nacionales", unida con los efectos predecibles del envejecimiento, han hecho de Lyden una celebridad-wannabe que, una y otra vez, decepciona por su inquebrantable mediocridad, su falta de ingenio y de cultura y de vocabulario y de originalidad intelectual. Él quiso ser todo menos aburrido, pero el ser aburrido por lo visto es algo que se lleva en el alma. Para mí es una especie de Kim Kardashian en masculino. Ella consiguió la fama mediante el truco de tener un kulo cuya extensión se mide en hectáreas y se triangula mediante equipos especializados de las Fuerzas Terrestres: él, mediante el truco igualmente facilón de decir "fuck" en la tele cada vez que pudo. Sáquenlos de ese territorio, y son seres de cartón.

Bien. Pero el tipo me vino a la mente por medio de un complicado proceso mental de múltiples asociaciones que intentaré reconstruir, pues tiene ramificaciones que harán las delicias del Club Cosaco de Filosofía Patafísica de la SECOM. Empecemos con la siguiente letra del propio Lyden, una de sus más conseguidas, y vayamos hacia atrás:

A bed in the corner
The suffering suffragette
Such an obvious trap
Imagine that
A Butterball turkey
Spread her body
Naked and silly
A bulbous heap
Batting her eyelids
The lights go down
Erupting in fat
The blackwall tunnel
An elephant's grave
A second-hand mattress
Come and play total commitment
Premenstrual tension

Alright, I finished


Bien. Confieso que esta letra me gustó al escucharla, y me sigue gustando. (Creo que Lyden debe de haber recibido alguna ayudita: no se le conoce en la vida real tanto talento poético como aquí se muestra. Otro ghostwriter, probably.) Y si esto me vino a la mente esta mañana, en ese pasillo, es porque antes estaba pensando en una ex novia: la primera que tuve, en realidad, a la edad de 19 años, de quien habré hablado en otros ocasiones. Pues bien, en una de sus cartas, que yo recibía allá en Segovia y leía sentando delante de alguna mesa del Bar Alhambra, con un sol y sombra y un paquete de Ducados a mano, a las 11.30 de la noche, ella se quejaba inocentemente de que si la "misoginia" era algo bien visto, o por lo menos, interesante, la "andróginia" no lo era tanto, vaya injusticia. Al leer la carta, demoré unos segundos en descifrar su significado: por androginia léase misandria, y eso que ella era estudiante de Teología y se supone asistía a clases de New Testament Greek cada semana, pero bueno, así era ella de malapropista a veces. Por supuesto que hoy en día nadie cometería este equivoco: "misandria" ya consta en el vocabulario pasivo de todo YouTuber. Ahora, la cuestión interesante para mí es: ¿qué significan realmente estas palabras, misoginia y misandria? Y ¿las usamos correctamente?

La misoginia

Tengo un punto de vista al respecto que intentaré defender como puedo, pero a mi manera, apelando más a la sagacidad del lector que a los estudios double-blind. Y es el siguiente:

1. Sería un ejercicio eminentemente salubre para cada uno de nosotros intentar distinguir, más que lo hacemos habitualmente, entre odio, alergia, rechazo, indiferencia, y tal vez algunos sustantivos más que ahora no me vienen a la mente. ¡Ampliemos nuestro vocabulario! Y lo digo porque creo que a ciertos ideólogos (sí, yo pronuncio ideólogo con la misma sorna con que el propio Lyden antaño decía bibliotecario) les interesa mucho, muchísimo, que la palabra odio forme parte de nuestro vocabulario activo cotidiano, posición que creo que no le corresponde, y que englobe mucho más de lo que tradicionalmente ha hecho. Volveré sobre este punto después de vomitar un par de acápites más.

2. Sí, Yvonne tenía razón: la misoginia es interesante. O lo era, antes de que las feministas cambiaran su significado para englobar a, presumiblemente, gran parte de la humanidad. Y creo que era interesante por una sencilla razón: su rareza. Piénsalo un poco. ¿Qué tan fácil resulta odiar a todas las mujeres? ¿Has hecho la prueba alguna vez, siquiera durante 5 minutos? Si tienes el corazón débil, problemas de circulación o alergia a la penicilina, sinceramente no te lo recomiendo. Es dificilísimo, y además, te deja cansado y con dolores que ni el ibuprofeno. Para empezar, tendrías que odiar a tu propia mamá. Jodido (a menos que te llames North West o alguna gilipollez parecida: el tal caso, sorrida). A continuación, tendrías que buscar motivos para odiar a la mitad de la humanidad, que si nos limitamos a la población actual mundial daría una cifra de aproximadamente 3,6 billones (3.600.000.000) de personas vivas. ¿Ya te sientes cansado? Sigamos. Si eres mujer, tendrías que odiarte a ti misma, actitud que basándome en algunas experiencias pasadas no recomiendo (es malo para la salud). Si eres hombre heterosexual, tendrías que odiar a todas tus parejas sexuales, pasadas, presentes y futuras. Si eres hombre homosexual, tendrías que odiar a un grupo de personas que para ti son irrelevantes en términos sexuales y probablemente, ningún daño te han hecho. Y para rematar: en ambos casos, tendrías que odiar a esa mitad de la humanidad que, por amplio consenso, posee el patente de la belleza corporal, adornando las portadas de todas las revistas, y además, por un consenso no tan amplio pero aun contundente en el dominio del estereotipo o arquetipo social, reúne todas las virtudes que nos han enseñado a apreciar, entre ellas, la de la no violencia.

Ahora bien: si odiar a las mujeres resulta ser una actitud exótica en parte por lo que contradice al estereotipo cultural según el cual "mujer" se define prácticamente como "esa clase de persona a la que sólo un desequilibrado pudiera odiar", lo mismo presumiblemente pasaría con los hombres, aunque tal vez en menor grado. ¿Qué persona en sus cabales odiaría a esa otra mitad de la humanidad? Pero es en este punto que se me revela, con mayor nitidez, la importancia de definir términos. Digamos, entonces, que el odio, tal como yo lo entiendo, es un deseo de lastimar o de vengarse, dirigido hacia otra persona o un conjunto de personas, y que nace de un supuesto agravio. Odias a quien te haya hecho daño, o te haya quitado algo que por derecho te pertenecía. Lo que nos lleva a la conclusión de que el odio a gran escala es algo que se ha puesto de moda hace relativamente poco, en el s.XX, cuando por primera vez en la historia llegó a la mayoría de edad una generación de humanos que creían que tenían derecho a algo más que la enfermedad y la miseria. En el campo de lo político, evidentemente, su exponente más dramático sería ese odio que los nazis consiguieron sembrar entre los pueblos alemán y austríaco hacia "los judíos", ese conjunto de seres protervos que supuestamente habría quitado, mediante una gran conspiración internacional, a los sufridos teutones el pan de la mesa y el valor del marco de las tablas de cambio. Y de ahí no creo que haga falta un paso de gigante para llegar al mundo ideológico del feminismo, esa doctrina según el cual los derechos de las mujeres, a lo largo de la historia, han sido vulnerados por otra gran conspiración, esta vez la de "los hombres", lo que convierte a éstos últimos en dignos y legítimos objetos de odio por parte de quienquiera tenga temperamento para ello.

Insisto: son tendencias históricamente recientes. Por ello, repito, Yvonne tenía toda la razón. Para ser misógino o misándrico, históricamente, antes de la primera declaración de los DDHH, hacían falta muchas ganas y mucho tiempo libre. Por ello, para un estudioso la misoginia sonará principalmente a excentricidad literaria, asociada con nombres tales como Strindberg o Schopenhauer. Y sí, resulta a veces "interesante".

Claro que aquí me pongo en trayectoria de colisión con cualquier lector de A Room of One's Own, de Woolf, pues que ella al tema de la misoginia literaria le saca el jugo de modo que uno termina el libro pensando que la historia de la literatura occidental es mayormente un case study de rechazo exacerbado a la feminidad: algunas de sus citas volvieron a aparecer, puntualmente, en un artículo de Bernard Fougeres sobre el machismo en El Universo hace poco. Lo que no remarcan, curiosamente, estos comentaristas es que gran parte de esta supuesta misoginia literaria deriva de fuentes, digamos, autoritarias - vaya, de clérigos y teólogos de la Iglesia Cristiana y similar chusma, todos con una evidente y diáfana agenda política, que es la de asociar el deseo sexual con sentimientos de culpabilidad, para así afianzar su control ideológico y emocional sobre hombres y mujeres y por ende su poder temporal. Se nota a cada paso en estas citas un mal disimulado enojo (genuino o fáctico, poco importa) hacia esos hombres brutos que, a pesar de todo y contra todos sus atronadores e impotentes pronunciamientos, insisten en su abrumadora mayoría en encontrar apetitosas y codiciables a las excrecencias mamarias, y/o a sus portadoras.

Pero: ¿puede ser "interesante" un brote de odio? No, no estoy diciendo eso. Estoy diciendo que todos estos autores, observando la debida corrección lingüística, no "odiaban" a las mujeres (a menos que creyeran, como algunos llegaron a expresar, que era "por culpa de La Mujer" que ellos no vivían en un paraíso de mansos leones y suculentas frutas, o sea, exceptuando a los Looney Tunes). Su actitud no era propiamente de odio sino de rechazo. ¿Hacia qué cosa? Pues depende. Algunos supuestos misóginos pueden resultar simples gays, con o sin closet, hartos de disimular o de suscribir rutinariamente sentimientos y deseos populares que no compartían. Otros, viejos y decrépitos amargados que no comen ni una rosca (me identifico). En otros casos, lo rechazado podría resultar ser alguna que otra manifestación de los benditos roles de género. P.ej. "las mujeres son horriblemente chismosas". A lo que la feminista de hoy probablemente responderá: (1) ¿Has visto los últimos estudios? Los hombres, celular en mano, lo son más; y (2) Si le niegas a alguien el derecho a trabajar, ¿cómo quieres que pase el tiempo sino hablando? (Sobre esta penosa guerra de los sexos que afea el discurso feminista, recuérdame que vuelva más adelante.) Sigamos. El supuesto misógino del pasado podría rechazar cualquiera de estas cosas, o como Lyden en la letra citada, podría rechazar, poniéndole un mínimo de ganas y esfuerzo, hasta el cuerpo de la mujer ("naked and silly, a bulbous heap") o bien, esa maraña de horribles y tramposas convenciones sociales y odiosos compromisos que rigen las relaciones entre sexos ("such an obvious trap... come and play total commitment"). Si existe tal cosa como una feminista reflexiva (lo dudo, aunque we'll always have Christina Hoff Sommers) tendría que ocurrírsele que si un hombre rechaza, si no la existencia, por lo menos los efectos de los roles de género, está en lo cierto desde el punto de vista de su ideología, aunque tal rechazo sea expresado de un modo desagradable, lo mismo que si rechaza el matrimonio (que para el feminismo, recordémoslo, es un simple "instrumento de dominación", y no en el sentido que tú o yo supondríamos, sino al revés), y por ello, se merecería un premio y no esas durísimas palabras de rechazo que suele recibir. Por otro lado, si no siempre te agrada la corporalidad de algún que otro miembro del sexo opuesto, no creo que sea para tanto. Yo mismo me he topado con coños de un sabor desconcertantemente mexicano. Nacerte el deseo de tomar una Coronita con limón después no creo que te hace misógino. En fin.

Juanito Semilla de Manzana

¿Mi punto? Pongámosle música: This is the Dawning of the Age of Entitlement, the Age of Entitlemennnt. ¡Entiiiitlement! Ya viste que para odiar a alguien, lo que se dice odio, es necesario creer que ese alguien ha vulnerado algún derecho tuyo. Lo digo por experiencia. Cuando robaron en mi casa hace algunos años y se llevaron mi guitarra, aquí consta: odié pública y gárrulamente a esos ladrones durante un buen tiempo, por lo menos varios días, tal vez semanas, porque en mi inocencia pensaba que la guitarra era mía, y no un bien público. Poco a poco, como suele pasar, el odio se cicatrizó. Ya no ocupas el tiempo imaginando con mórbida fruición alguna desgracia acaecida a ese desalmado ladrón de instrumentos musicales, o atribuyéndole imaginarias maldades. Te das cuenta de que para ti es más importante la tranquilidad, y eso es algo que si te roban, es porque te la has dejado robar. Fin del odio y de tot plegat. Pero el recuerdo te queda. Odiar es como desear carnalmente: no solamente porque en cierta medida te obliga a caricaturizar al otro en tu mente, sino porque puede resultar estimulante en pequeñas dosis, pero seguir en lo mismo a lo largo, sin llegar nunca a la catarsis, te cansa y te amarga y te estropea. Vaya a ver una buena película: el odio te dura media hora, y luego, zas, el malo se cae del tejado, revólver en mano, y all's right with the world. Mejor eso, creo, catarsis instantánea y barata. Por eso, entre otras posibles razones, nunca me ha gustado mucho el odio. Ya bastante he tenido, a lo largo de la vida, con desear infructuosamente a todas horas a mujeres absurdamente fuera de mis posibilidades, como para querer llenarme la cabeza aun más con innecesarias animadversiones. Y encuentro que para no odiar a nadie hay una solución muy sencilla: es no creerte con derecho a nada. Si no tienes derechos, nadie te los puede vulnerar. Realmente es muy sencillo.

El problema es que si no crees en tus derechos, estás nadando a contracorriente de la Era Moderna. Por no hablar de la Constitución.

A veces parece que me he pasado la vida escuchando, con gran alarde de "I see" y "of course", las historias trágicas de otras personas que sí se creían con derecho a algo. Mi fuerte, entonces, sería simpatizar con esas personas y ofrecerles un hombro y un pañuelo. Pero no me pidan que enumere esos derechos suyos: no puedo, porque en lo personal hace mucho que renuncié a cualquier derecho que pudiera corresponderme, por lo que digo, porque me asusta verme en la supuesta obligación futura de odiar a alguien, y entonces, me resulta extraño e incomprensible ese mundo, el del entitlement. Y es por eso que a veces como que me desconcierta y me sume en zozobra ver cómo otras personas más constitucionalistas van creando alegremente derechos a diestro y siniestro: derecho al trabajo, a la salud, a la educación, a la comunicación verificada y oportuna, etcétera, y lanzando esos derechos por encima del hombro como Johnny Appleseed. A veces (no siempre) reconocen que para cada derecho existe una responsabilidad: algo es algo. Lo que parece no ocurrírseles es que para cada derecho hay un conjunto de personas nuevas (hola) que te lo pueden vulnerar o quitar, conjunto que acabas de crear de la nada, y por tanto, para cada derecho hay x mil o x millones de personas nuevas listas para ser odiadas.

Es decir: enseña a la gente a llenarse la boca de derechos, y estas enseñando a estas mismas personas a odiar. No a rechazar, a tener gustos diferentes, bizarras e interesantes, no a sentir alergia o indiferencia o a fruncir la nariz. A creerse víctimas de todo y de todos. A odiar.

El odio, en Ecuador, tiene un excelente futuro bajo el presente gobierno. Sigue con tus sabatinas y luego me contarás.

La guerra de los sexos

Para las feministas, ya se sabe, es misógino automáticamente todo aquel que no concuerda con ellas en todo, o que no se pasa los domingos por la mañana chequeando su privilegio. De lo que uno saca en claro que odio ya no significa un deseo de lastimar: significa simplemente rechazar, expresar desacuerdo, o incluso, aferrarse al pasotismo (acá: quemimportismo) frente a alguna que otra relevancia estridente. El odio, así, se vuelve cotidiano, y el lenguaje, más débil. Y creo que todo forma parte de una estrategia. No una consciente o deliberada, sino algo que se nos ha evolucionado mientras estábamos haciendo otros planes, y en que hemos caído en parte por culpa de nuestra atracción hacia las Grandes Palabras Antes del Watershed.

Ya no tenemos manera de referirnos con claridad a aquel sentimiento, aquella actitud, de creerse, muchas veces equivocadamente, víctima de una horrible conspiración, o de querer hacerle daño a quienes te han robado tu merecido premio. Hemos bendecido e instalado la paranoia en el centro de nuestra cultura. Si un odio recibe el beneplácito oficial, el del poder, se vuelve en la práctica invisible, es una actitud "natural" de "reclamo" o "reivindicación" hacia las múltiples injusticias de que nos hemos descubierto víctimas, siempre con ayuda oficial. Sin ese beneplácito oficial, cualquier desacuerdo, cualquier disensión se torna en rimbombante discurso de odio y se encuentra objeto de prohibición. La Verdad Única está servida.

Trae un marciano acá a la tierra (no, Carlos Marx Carrasco no. Algún otro) y pídele identificar a dos grupos de seres humanos que nunca, bajo ningún concepto, podrán odiarse mutuamente. Se lo pensará un buen rato, acariciándose la antena dubitativamente, y luego, se le iluminará el rostro y el ojo. - ¡Ya lo tengo - ! te dice entusiasmado. - ¡Hombres y mujeres! Claro: se necesitan y por lo general se atraen mutuamente.

Menuda inocencia, ¿verdad? Será que en su planeta peces y bicicletas se llevan de maravilla. Pero en serio: conseguir que exista tal grado de rencor como hoy existe entre mujeres y hombres (cadenas de búsqueda: MRA, MGTOW) ha sido tal vez la segunda hazaña más notable del feminismo, siendo la primera, el haber convencido a buena parte de la población que su movimiento tiene algo de progresista, o que su objetivo tiene algo que ver con una mayor igualdad. En realidad, y lo vemos cada día, la feminista de tropa se encuentra habitualmente defendiendo a su sexo, o sea hipostasiándolo, tornándolo en inamovible estereotipo y camisa de fuerza: no debes decir nada malo de "las mujeres", aunque se trate de un comentario intrascendente, jocoso, o bien nacido de una inaguantable dispepsia: se vuelve furiosa, te explica por qué el estereotipo de "nagging wife", por ejemplo, en realidad se debe a la posición de inmerecida sujeción de esa misma esposa, que de por sí, y obviando a todos esos roles de género inventados por los hombres e impuestos sobre ella, es un ser inocente, inmaculada, y sobre todo, víctima. Es curioso y llamativo observar que los más rancios estereotipos sobre "La Mujer", ésos que tienen que ver con su fragilidad, su debilidad, su absoluta falta de malicia o de potencial violento, su naturaleza etérea y virtuosa, su estatus de eterna víctima desamparada y desprovista de recursos propios, son los más encarnizadamente defendidos por esas supuestas progresistas, al tiempo que les encanta englobar a "los hombres" bajo la rúbrica de, por ejemplo, "violadores en potencia". Se diría que la feminista es, por tanto, la mayor defensora de un pasado ideológico que para gran parte del mundo se ha vuelto anacrónico tiempo atrás. El feminismo actual es, en gran parte, la lucha por la conservación del privilegio femenino, que en sí, en gran parte consiste en que se piense bien de ellas (donde por "bien", léase "de modo paternalista"). ¿Igualdad? Cuénteselo a las y los marines.

Y si no, que me expliquen cómo una conocida feminista en Twitter es capaz de decir que tal o cual mujer boba y frívola la hace "avergonzarse de su sexo"... como si el sexo fuera un equipo del cual uno tiene que ponerse diariamente la camiseta antes de salir al campo.

Yo, por mi parte, me niego a avergonzarme de mi color de ojos, y conste que lo comparto con Hitler, nada menos.

(Y ya que estamos: si a esa persona le puedo perdonar su feminismo, es porque en Twitter precisamente, me he dado cuenta de un hecho extraño y notable: ella es una especie de imán para pendejos. Lo tengo comprobadísimo. No entiendo el fenómeno, no lo he analizado, pero es así: pendejo que abre cuenta, pendejo que tarde o temprano se lía con ella en alguna discusión absurda e infructuosa, llena de equívocos y pomposidades y errores de ortografía. Supongo que en tal compañía, así sea virtual, al final cualquiera se vuelve un poco... raro. En fin, qué se le va a hacer. Life's rich tapestry and all that.)

3. Ya no me acuerdo.


Tuesday, April 28, 2015

Libre albedrío vs el tiempo

Tengo precisamente media hora antes de salir. A ver si puedo, en ese tiempo, convencerte de que tiene sentido hablar de libertad sin conjurar supuestas espiritualidades ni otras sustancias ectoplásmicas o flogistónicas por el estilo.

Estás conduciendo y el semáforo se pone en rojo. Detienes la marcha del carro. ¿Lo hiciste "en libertad", "libremente"? Algunos dirían que no: su definición de libertad excluye al acato a las leyes: si hay vigilantes que te multarán por no hacer cierta cosa, hacerla para evitar la multa no es indicio de libertad, sino de coerción. Otros, en cambio, dirán que sí: decidieron "libremente" pararse en el semáforo, "motivados" eso sí, por el deseo de evitar de pagar una multa (o de chocar con otro carro). Para ellos, la prueba de que la tal decisión es "libre" estriba en que no siempre se deciden por lo mismo: a veces sí se saltan el semáforo. Menciono el ejemplo para demostrar dos cosas. Primero, que la definición y el alcance de la palabra libertad no son siempre cuestiones simples. Segundo, que sin la posibilidad de decidir entre al menos dos alternativas, no tiene sentido hablar de libertad. La libertad se manifiesta en las decisiones, no en un hipotético y metafísico "ser o estar libre".

Cuando se habla de tomar decisiones se postula, necesariamente, una subjetividad que decide, una caja negra, un agente. Sabemos, gracias a los psicólogos y los neurólogos, que la tal caja negra en realidad contiene circuitos y maquinaria de enorme complejidad. No sabemos exactamente cómo funciona. No podemos predecir, por tanto, con gran nivel de certeza, sus decisiones.

Ahora, imagina que fuera posible predecir con absoluta certeza todas las decisiones que tomara esa caja negra. O si quieres, imagina que tú tienes posado en tu hombro a un malévolo demonio. Este demonio, dotado de un perfecto conocimiento de ti y de tu entorno, te va diciendo en cada momento lo que vas a hacer, lo que vas a decidir. ¿Qué sensación de libertad te quedaría? Imaginalo. Me levanto y el demonio dice: vas a hacerte un café, siempre lo haces. Cojo el carro y el demonio dice: vas a hurgar en tu nariz y depositar los mocos sobrantes cuidadosamente dentro del cenicero del carro, pegados a la superficie interior: siempre lo haces. Luego, vas a quedarte en la esquina esperando que pasen los camiones. Vas a silbar mientras tanto los primeros compases del Golliwogg's Cakewalk, de Debussy. Al final, la única manera que te quedaría de sentirte libre sería intentar hacer lo contrario de lo que dice el demonio, para frustrarlo: pero no puedes, porque él te conoce a la perfección y hasta tus intentos de frustrarle los predice de antemano. Es físicamente imposible para ti hacer algo que él no te haya dicho con anterioridad. ¿Podrás seguir llamándote "libre" en tal caso, condenado como eres a hacer todo lo que él te diga? Creo que no.

Hay dos cuestiones interesantes aquí. Primero, que parece una paradoja lo descrito aquí, una predicción que vierte sobre tu libre decisión y que no puedes falsear decidiendo lo contrario. Es hasta difícil imaginarlo. En segundo lugar, vemos que lo que se opone a la libertad en este caso no es la coerción en su sentido más burdo: es el perfecto conocimiento, el saber todas las causas que pueden incidir en un determinado efecto. A eso se opone el dualista postulando una "sustancia" especial que tiene el atributo especial de producir decisiones impredecibles, lo que en este contexto ha de significar aleatorias: algo así como esos generadores de números aleatorios que hay en muchos juegos de computadora. A mí me parece infantil y contraproducente esta estrategia. Nuestras decisiones no son aleatorias, ni parecen siquiera tener "elementos aleatorios", por lo menos para quien esté habituado a la introspección. Más sensato, creo, es postular que el conocimiento perfecto no solamente es algo que se nos escapa y que siempre se nos escapará, sino que, tal vez, es una imposibilidad lógica. Si el universo tiene un tamaño x, para conocer la posición y la velocidad de cada una de sus partículas necesitaría un cerebro de tamaño x * y, donde y sea un número mayor que 1, entonces ya estamos jodidos, pues ese cerebro no cabe en el universo donde está condenado a residir. Si existe Dios y él sí "lo sabe todo", bien por Él, pero no veo cómo, ni veo la necesidad de postular su existencia, ni veo en qué eso nos ayuda a ser libres. Más bien lo contrario, como argumenté en otro lugar. Un Dios omnisciente sería, en la práctica, lo mismo que ese demonio: la negación viva y manifiesta de cualquier pretensión de libertad que pudiéramos tener.

En breve: libertad es a fin de cuentas un término epistemológico. Significa la imposibilidad (teórica o práctica, tú decides) de saber qué decisión va a tomar un ser dotado de la suficiente complejidad como para cumplir con la definición de "agente". Y su relevancia constante se garantiza por el hecho de que existen personas que quieren volvernos predecibles a todos... para fines que, eso sí, no requieren de mucha sapiencia ni de mucha física cuántica para conocer a la perfección. Y ahí se me acaba el tiempo. El lector dirá si algo de esto tiene sentido o no.

Dios es Pinochetista

Un repaso rápido (eso espero) de las secciones de (O) de hoy. Se acerca el primer día de clase, y con él, el deseo de postear solamente enlaces a canciones en YT con los que, intermitente y fugazmente, consigo burlar mis angustias. O sea, me quedan pocos días para ponerme filosófico. Se agradece, por tanto, todo artículo de opinión con el que puedo disentir y así convencerme de que mi pensamiento entero no consiste en obviedades y perogrulladas, cosa que a veces sospecho, sobre todo últimamente.

Con relación al articulo de la doctora Mancero, sólo decir que me duele leer algo así de parte suya:

La lengua es una construcción colectiva y cultural, y está sujeta a cambios e innovaciones, pero también expresa en sí misma los odios sociales y las discriminaciones que persisten en los grupos humanos.

Como lingüista, no puedo dejar pasar esto. La lengua no "expresa" nada: nunca lo ha hecho y nunca podrá hacerlo. La lengua es un medio a través del cual las personas expresan cosas, o por lo menos lo intentan (como anotaba Orwell, prueba de describir con precisión y fuerza evocadora la cara de un amigo y te darás cuenta de la dificultad que tal empresa puede encerrar). Cualquier lengua moderna, el inglés por ejemplo, el español, sirve tanto para "expresar" odios sociales y discriminaciones como para rechazarlos, se supone que con la misma facilidad: todo depende de lo que uno escoge hacer con ella. Culpar al idioma de los prejuicios propios que desfiguran sus pronunciamientos hace tiempo que se convirtió en moda en muchas partes del mundo, pero no deja de ser una solemne ridiculez.

¿Ejemplos? En EEUU, hay gente, según el autor Robert Hughes (The Culture of Complaint) que rechazan la palabra niggardly (meqzuino, aproximadamente) alegando una supuesta relación con nigger que nació en su propia malsana imaginación, o que "prefieren evitar" la inocente picnic por causa de una leyenda urbana espeluznante, de nuevo fundamentada en la proyección de una obsesión racista no declarada, y sin sustento histórico alguno. Hay feministas anglosajonas que aún rechazan el término rule of thumb porque nadie se ha tomado la molestia de desasnarlas respecto a una supuesta "regla" de ese nombre, legitimadora de violencia doméstica, que en realidad nunca existió. No sé que nombre dar a una persona tan imbécil que va por el mundo blandiendo etimologías falsas para desacreditar a otros, sobre todo en la era de Google. Pero en el mismo caso, exactamente, están los que aducen, como hace la doctora Mancero, que sin un "código especial para visibilizar a las mujeres como el signo de arroba @", estaríamos expresando, pues eso, "odios sociales y discriminaciones", los cuales acechan, camuflados, en el propio idioma, o que la palabra "los" que el lector atento encontrará tres líneas más arriba, refiriéndose indistintamente a hombres y mujeres, "invisibiliza a las mujeres".

Y lo irónico del caso es que suelen ser las mismas personas que alegan eso, las que en otro momento arremeten contra quienes, en su opinión, "confunden" sexo y género. La realidad del caso es que en el campo de la lingüística por lo menos, estas dos palabras siempre han tenido significados distintos y cuidadosamente diferenciados: el género de un sustantivo no tiene necesariamente nada que ver con el sexo, y tanto es así, que en los idiomas romances y germánicos, entre otros, las cosas pueden tener género donde ni un loco les asignaría un sexo (la mesa, el charco), y por otra parte, los seres vivos que sí tienen sexo muchas veces son evocados con palabras que tienen un género gramatical no acorde con ese sexo (tanto Mädchen en alemán como virgo en latín son palabras que se refieren a personas de sexo femenino, pero que gramaticalmente son neutras: y mejor no hablemos del coño y de la polla tan mentados en el español ibérico). De modo que sólo un completo ignorante podría argumentar que el uso preferencial del género masculino en la gramática de ciertos idiomas para englobar a seres de distinto género establece o refleja una preferencia por el sexo masculino en algún otro ámbito. Simplemente, no tiene nada que ver una cosa con la otra. Es una falacia como un coliseo, y si la RAE la rechaza, uno no puede menos que aplaudir tamaña defensa del humilde y barriobajero sentido común en contra de las y los profesionales de la queja y de la fáctica indignación.

Pasemos al Universo. Hace mucho que admiro al articulista Alfonso Reece por la sagacidad y contundencia de las opiniones que expresa, y por tanto, antes de entrar a discutir sus enunciados en el artículo de hoy, diré que aunque no estoy de acuerdo con lo que dice, se agradece el esfuerzo poco corriente de destapar los supuestos filosóficos que subyacen en sus artículos, recordando lo dicho por Eleanor Roosevelt: las grandes mentes hablan de ideas, las mediocres de eventos, y las pequeñas, de personas. Dicho esto, no pudiera estar más en desacuerdo con las ideas expresadas en el artículo, sobre todo ésta:

Me parece evidente e indudable la existencia del espíritu como sustancia distinta y trascendente a la materia.

Creo que es arriesgado calificar como "indudable" algo de que muchas personas han dudado, y más cuando hablamos de sustancias que por su naturaleza no admiten de comprobación empírica de ningún tipo. Para Reece la prueba de que existe dicha sustancia es simple y práctica: sin ella, no tiene cómo explicar el libre albedrío. Para mí, la prueba de que no existe es igualmente simple y práctica, y consiste en un gran mazo de madera pesada, tipo los que manejan los exiliados dioses escandinavos, con que al partidario del "espíritu como sustancia" se le propina, con fuerza moderada, un mamporro en la cabeza por sorpresa mientras mira por otro lado. Cuando el partidario del "espíritu como sustancia" se despierta, minutos después, se le interroga respecto a las actividades y a las propiedades manifiestas de esa sustancia durante los últimos cinco minutos. Si el partidario del "espíritu como sustancia" tiene un mínimo de honradez, tendrá que reconocer que todos esos indicios habituales de la presencia y de la existencia de tal sustancia brillaron por su ausencia o inaccesibilidad durante el tiempo que duró el estupor fruto del golpe, por lo menos, frente a su propia subjetividad que hasta ese momento era puente de acceso privilegiado hacia la tal sustancia... así demostrando que el espíritu en tanto objeto de experiencia subjetiva es totalmente dependiente del sustrato material que posibilita la tal experiencia. Si este experimento les parece demasiado violento, de acuerdo, pero hay otras variantes. En mi propio caso, dejé de creer en el espíritu como sustancia en el transcurso de mi primera borrachera, a los 15 ó 16 años creo que fue, cuando durante un buen tiempo, tal vez unas cuantas horas, mientras yo yacía en la alfombra de mi dormitorio, incapaz de levantarme ni apenas de moverme, se escenificó en mi cuerpo y en mi mente la absoluta dependencia que ésta mostraba respecto a aquél, de modo que un ligero cambio en la homeóstasis de mi sangre y de mis hormonas cerebrales, no solamente me imposibilitaban el movimiento físico, sino que reducían todo el campo de acción y de exploración de mi cerebro al núcleo oscuro de la angustiada lucha por la supervivencia y el impotente rechazo al dolor que se había apoderado de mí.

Son cosas que supongo que uno debería haber vivido.

Todo y así, a mí me parece que palabras como espíritu cumplen una función útil dentro de ciertos discursos, con tal de que tengamos clara la naturaleza emergente y contingente de dichos entes o metafóricas sustancias. Si no...

El espíritu debe provenir de una fuente trascendente a las cosas, tal como lo es el propio espíritu con respecto a la materialidad humana, al cuerpo. ¿Dios? ¿Si no, qué?

Si no tenemos claras ciertas cosas, caemos en la trampa de "Dios, si no, qué".

Es llamativo que aun en el s. XXI y en plena decadencia hacia la irrelevancia y el anacronismo, la religión cristiana todavía consigue arrastrar con el meme de que si no eres religioso, eres inmoral, y también de que si no eres dualista, eres determinista (a más de frívolo, egoísta y codicioso, entre otras cosas). Respecto al primer enunciado, tiene cierta discutible justificación pragmática (una religión como el cristianismo tiene el poder de persuadir a muchas personas de actuar con mayor finura ética de lo que harían sin él: si, es posible), pero a fin de cuentas, no tiene mucha racionalidad. Se dice que "sin Dios, ¿en qué basamos nuestra moralidad?" Lo lógico sería preguntar "¿y con Dios?" La simple existencia de un supuesto Ser Superior no nos obliga, filosóficamente, a aceptar cualquier sistema de moralidad de su (supuesta) autoría: en la práctica los cristianos sí aceptan la moralidad de la Biblia, pero mayormente por miedo, con lo que la "verdadera" moralidad que el cristianismo apoya no es más que el precepto "cuídate tus espaldas", lo cual se demuestra en el hecho de que para ser tomado en serio, el cristianismo se ha visto obligado a nivel mundial a crear toda una terrorífica teleología hecha de lagos de fuego, de torturas eternas y atroces sufrimientos para los infieles. La moralidad de Dios es abiertamente pinochetista: "obedece si quieres evitar problemas, ya sabes cómo terminan los que me caen mal". A eso se reduce la "moralidad" cristiana, que debe contar entre las más mezquinas, ruines e inhumanas jamás inventadas.

Por otro lado, un materialista filosófico no tiene por qué ser "materialista" en el sentido popular (o sea, apegado a las posesiones o a las experiencias puramente sensoriales): esto es un simple equívoco lingüístico.

En cuanto a la libertad que supuestamente nace del "espíritu como sustancia" y cuya existencia (que no pongo en duda) estaría reñida con un universo no dualista... bueno, hace tiempo escribí un artículo sobre el tema para gkillcity, que no recuerdo si copié acá o no: en todo caso, a estas horas no sería sensato abordarlo, así que lo dejo para otra ocasión, remarcando solamente que existe en la filosofía una escuela llamada compatibilismo, que considera que el libre albedrío no está en absoluto reñido con lo que sabemos de las leyes que rigen el universo material, y que en todo caso el tema tiene matices y bemoles filosóficos que difícilmente caben en artículos de opinión o posts como éste, pero en todo caso, no reconocer siquiera la existencia de estas escuelas y de estas opiniones da un poco la sensación de un penoso provincialismo intelectual. A este paso nos tocará ser krausistas... Dios nos libre.

Saturday, April 25, 2015

Esferas y Esloras

Hace poco quedamos en que iba a hablar de esferas. No cumplo desde entonces, pero una rápida búsqueda y resulta que ya abordé el tema allá en el 2011, en uno de mis mejores posts. Eso es lo bueno de tener Alzheimers: escribes sobre algo y luego te olvidas, lo que te da chance para escribir de nuevo sobre lo mismo, en una especie de commodius vicus of recirculation, o de eterno Groundhog Day de triste y decadente senilidad.

The Convent of the Scared Heart and the Most Holy Linguistic Register

Estaría muy tentado de escribir una extensa y sesuda crítica literaria de la novela Dollhouse, de la autoría de Khloé Kardashian, de sus encantadoras hermanas y de la ghostwriter de rigor. No solamente porque me parece revolucionaria en el mejor sentido de la palabra ese tipo de colaboración literaria, que me recuerda la de La Celestina, entre Rojas y ese autor desconocido altamente simpático y de dudoso género que en otro lugar he alabado. No solamente porque la crítica literaria se supone que es "lo mío", biográficamente, me refiero a mi título en filología y toda la vaina, todavía sin usar o por lo menos sin justificar. No solamente porque mi último intento de crítica literaria fue un sonado fracaso (olvidé mencionar que el poema que comentaba era prácticamente un calco de Kubla Khan, de Coleridge, de donde toma prestados todos sus mejores efectos). Sino, sobre todo, porque me precio de tener sentido de humor, y me muero por comparar, con cara de póquer y de pocos amigos, los devaneos emocionales de las Karkrashian con los de Madame Bovary, su argumento con el de la Ilíada, su vocabulario con el de Rabelais, y la biografía de su(s) autora(s) con la de Cervantes (a fin de cuentas, para atiborrar una novela light con referencias a la vaginoplastia algo más que un brazo una debe que haber perdido). Lo único que me disuade de embarcarme en tal proyecto es que para escribir sobre esa novela, tendría que ponerme pinza en la nariz y leerla primero. Así que mejor nos ahorramos la broma y nos centramos en ese aspecto de la novela que, según consenso de sus sufridos lectores y de la crítica, constituye su única baza: la creatividad léxica. Sí. Resulta que las Karkrashian han sabido dotar al diccionario de una nueva palabra, de cosecha propia. Esta palabra es slore, y resulta ser un portmanteau-word que combina slut y whore. Las reseñas de la novela son claras y tajantes al respecto. El argumento, ya que preguntas, se centra en la biografía de tres chicas de acomodada familia, entre ellas una de la especie celebutante (sí, también existe) o socialite, es decir, alguien que consigue ser famosa sin haber dado muestra de ningún talento o cualidad en especial que no sea la de escoger las fiestas más sonadas, de embadurnarse la cara con al menos 1.25cm de pintura grasosa, o hacer constante alarde de una incipiente esteatopigia. En fin. Entre las hermanas de la novela, que por supuesto son creaciones ficticias sin ninguna base en ninguna realidad conocida ni fotografiada, hay mucha conversación, que se transcribe con incansable devoción y longueur, y en esa conversación, muchas veces es cuestión de reconocer de algún modo la existencia, en el mundo de hoy, de otras féminas que no tienen por nombre Karkrashian Romero Ramero (sí, en serio: "Ramero", o "Romero", según en qué página estás). Pues bien: para las tres hermanas de la novela, prácticamente toda mujer que no sea de su propia familia, según las reseñas, es eso, una slore. Es esto a lo que quería llegar.

En otro post, hace poco, estuvimos comentando y tal vez, minimizando (ya no me acuerdo) esa extraña y de sobras antipática tendencia que algunas personas tienen de interesarse por la vida sexual de otras personas, generalmente de sexo femenino, y de ofrecer juicios de valor moralistas al respecto. Por mucho que quisiéramos que ese tipo de moralista de sillón no exista, hay que reconocer que en este país por lo menos sí existe, todavía, y que su caballo de batalla es la palabra puta. Pues bien, yo escribí en ese entonces que, en inglés, su equivalente más cercano (en cuanto a denotación), whore, había quedado prácticamente en desuso, constituyéndose en arcaísmo propio de obras de teatro de la Restauración, junto con un montón de palabras de similar registro, que ahora suenan a chiste, como strumpet o trollop o la maravillosa y enternecedora frase "no better than she should be", que me muero por usar desde hace treinta años sin todavía haber encontrado la ocasión. (La propia Karkrashian, por ejemplo: ¿es o no es mejor que lo que debería ser? Insondable misterio para mí.) Pues bien, tengo que revisar dicha afirmación, a la luz de no sé cuántos videos de YT que he visto últimamente, donde los comentaristas (scroll down) parece que en muchos casos no tienen nada mejor que hacer que expresar su desacuerdo con las opiniones de tal o cual periodista o celebridad especulando sobre sus costumbres sexuales. Allí, en ese ambiente, se usa whore de un modo rutinario. Obviamente, quien lo usa, o bien es estadounidense, o bien hablante no nativo del idioma. En resumen: yo me ratifico en cuanto al inglés británico, donde si llegas a pronunciar whore en cualquier contexto, o incluso escribirlo, insisto, se reirán de ti, pero no tenía en cuenta el inglés de ese otro país, que no he llegado a pisar más que en un trasbordo de 6 horas en el aeropuerto de Miami, país famoso por ese toque de incombustible puritanismo que heredó de los desembarcantes originarios en Plymouth Rock.

Los americanos, con su inenarrable puritanismo, sí dicen whore. O tal vez no. Tal vez tan sólo lo escriben, y eso, tan sólo cuando están comentando videos de YT. Es aquí adónde quería llegar.

Todos sabemos que puedes buscar la persona (hombre o mujer) más exquisita, más cortés, más tranquila y equilibrada y risueña, colocar a esa persona delante del volante de un automóvil y observar su atropellada transformación en simio acomplejado, grosero, iracundo, oportunista y amoral. Es un fenómeno de observación diaria que ya no sorprende a nadie (y de paso, no hay lugar mejor para observarlo que en los alrededores de la ciudad de Guayaquil). De igual modo, tengo la sensación de que entrar en YT es como estallar su avión en una isla desierta, como en la novela de William Golding, y encontrarse de repente en un lugar inhóspito, sin normas, sin cultura, sin modales, lugar que incita al salvajismo y a la adoración de La Bestia. Yo muchas veces me he rascado la cabeza públicamente frente a esa inexplicable obsesión del feminismo con la "misoginia", como si ésa fuera algo más que un oscuro fenómeno literario: pues bien, si no he conocido en la vida a ningún misógino, resulta que en la sección de comentarios de YT esa especie pulula como en ningún otro lugar: y la cuestión que me interesa es ¿por qué?

Y es aquí donde la palabra "esfera" cobra relevancia. Debo señalar, primero, que se la debo a mi autor preferido, Nathaniel Hawthorne, que la usa con cierta insistencia y con el mismo significado que yo le doy. Una esfera es un entorno o espacio, bien físico, o bien social, o incluso en el mundo del Internet virtual, que actúa de cierto modo sobre la psique de quien entra en él, de alguna manera que el propio sujeto ignora. Cada persona lleva alrededor de ella, como una especie de burbuja invisible, su propia esfera, es decir, su limitada capacidad para influir en el estado de ánimo o en las opiniones de otros, y su visión del mundo que también, a su vez, es capaz de dejarse influir al entrar en contacto con otra esfera. Mi esfera, que es azul, cuando entra en contacto físico con la tuya, que es rosada, produce una fugaz mezcla de colores, de la que ambos nos damos cuenta de soslayo, bien para celebrarlo, bien para rechazarlo: aquí está la esencia creativa de la relación humana. Bien. Hay esferas individuales y también colectivas, como lugares de trabajo, que cada uno tendrá su "cultura", su compleja mezcla de colores dominantes y recesivos, su ethos, o como esos "espacios" en Internet que todos conocemos, o como esa carretera guayaquileña que incita a la mayoría de pecados capitales, principalmente la ira. Son esferas colectivas. Bien. Lo que me preocupa es observar cómo en algunos casos, la esfera individual de una persona, ya notablemente débil y semitransparente, parece que se disuelve por completo cuando esa persona entra en otra esfera más grande y más colectiva. La mayoría de esos "comentarios" en YT que me llaman la atención parecen, salvo nimios detalles de ortografía, haber sido escritos por el mismo bot, por el mismo escuálido algoritmo odiador de mujeres (o hombres en algunos casos), de negros (o blancos en algunos casos), de judíos, de infieles y librepensadores y de leyes de la física. Encima del portal de entrada de YT veo escrita la misma leyenda que en la sección de Opinión del Telégrafo y tantos otros lugares, que reza:

BIENVENIDOS. POR MOTIVOS DE SEGURIDAD, FAVOR DEJEN SU PERSONALIDAD EN EL VESTIDOR AL ENTRAR. PUEDEN RECUPERARLA A LA SALIDA.

En los lugares de trabajo, por supuesto, esto es normal y natural: la definición de "trabajo" en la práctica es eso: una actividad que por consideraciones prácticas requiere la supresión temporal de la individualidad pensante y sintiente. Pero si tenemos que prescindir de ser nosotros mismos durante ocho horas diarias, razón de más (uno diría) por querer recuperar la esfera propia en las horas de ocio. En lugar de lo cual, parece que lo que se busca en muchos casos es una esfera que nos englobe y nos anestesie y nos desactive: un lugar donde ser como los demás sea requisito único y sine qua non. Todas esas esferas manejan su propio vocabulario excluyente, su léxico de bestiario medieval: si no eres como nosotros, eres neoliberal, eres de derecha, eres misógino, eres, a falta de otra cosa, slore.

No sé si para un hispanoparlante resultará evidente la fealdad de esta palabra, con independencia de su significado. Tal consonant cluster como sl- tiene tendencia, en inglés, a evocar la baba, la grasa, lo desconcertantemente húmedo y viscoso y pegajoso y resbaladizo: a esa tendencia se escapan sleep y slut, tal vez slum, pero caen dentro slime, slouch, slurp, slough, slush, slip, slither, slide y un sinfín de vocablos más. Slore, para mí, evoca el ronquido (snore) de una persona con severo exceso de mocosidad producto de una gripe otoñal. Podrá sugerir otras cosas, según tu humor del día: a nadie se le ocurriría, sin no se lo dijeras, que se refiere a una persona, peor a una mujer, y peor a una de ésas a las que agradecemos hondamente un interés activo en el goce amatorio heterosexual. Quiero decir que la morfología y el sonido de la palabra están peleados con su significado: es una palabra que no podrá prosperar (afortunadamente) pero más que eso, es una que sugiere cierta desesperación de parte de quien la haya inventado que ya sabemos que fue una del clan Karkrashian. Será porque slut y whore son palabras demasiado parejas en su denotación para que se pueda crear, con su combinación, un nuevo significado distinto y útil. Es como si combináramos nativo con indígena para crear "natígena". ¿De qué serviría tal aborto lingüístico? De modo que, sin leerla, ya sabemos que la novela de las Karkrashian nos habla de un clan de mujercitas tan cortas de luces que se imaginan que enlodar a otras es un modo de enaltecerse a ellas mismas, y por tanto, hasta son capaces de inventarse palabras innecesarias para emputar más y mejor a otros miembros de su mismo sexo. Se espera, en la secuela. algún que otro crisis nervioso y trastorno conductual: la cosa creo que no es para menos ni da para más.

Pero, insisto, llamar a alguien whore o slore es algo que resulta mucho más fácil y práctico en un entorno virtual que en la vida real. De modo que estamos tal vez ante la eclosión de una nueva especie humana, Homo fragmentatum, el hombre fragmentado, que al igual que el típico conductor guayaquileño, es una cosa cuando tiene ambos pies en la tierra, y otra muy distinta cuando sus pies acarician el embrague y el acelerador. Este hombre puede ser misógino a tiempo parcial, y siempre delante de ciertas pantallas, socialista también a tiempo parcial: cuando le das cuerda es un sabelotodo, pero en ciertos ámbitos su saber se desinfla y queda en humilde actitud de aprendiz. Es ese encantador hijo y amigo modelo que cuando no te está invitando a una cerveza está estrellando aviones llenos de pasajeros contra los Alpes. Es una persona que no tiene consistencia o integridad, que se deja transformar por el entorno, por la esfera social en la que se encuentra, porque no tiene esfera propia o si la tiene no es consciente de ello.

Un inciso. Nadie me lo ha dicho todavía, pero la cosa está por caerse, vamos, es inevitable que del puñado de personas que me leen aquí o en Twitter a alguien se le ocurrirá reprenderme por el uso cada vez más frecuente que le doy a la palabra fascista (y tal vez no faltará un X. Flores evocándonos a este respecto la sombra de Hannah Arendt). Guilty as charged. Bueno, ya he comentado la cuestión en otro lugar, pero resumiendo: la palabra, en mi opinión, es demasiado buena (en el sentido de cargada de connotaciones venenosas) como para dejarla enterrarse bajo un montículo de pedantería. Fascista, fascista, si te pones el sombrero de pedante no lo es nadie hoy en día, ni siquiera los del Falange o del Front National francés, por lo menos de acuerdo a sus manifiestos públicos. Pero dentro del vetusto y carcomido carapacio, por debajo de la podredumbre de la historia, de las insignias y las teorías raciales que hoy son distante recuerdo, late un corazón colectivista que pertenece a la categoría undead. Si no te gusta la palabra fascista, sustituye colectivista y no me quejaré. El colectivismo es la mayor amenaza a la continuidad de la especie humana, y es el mayor enemigo de todo aquel que en el presente, a pesar de todo, insista en tener esfera propia, y que suscriba sin ambages las palabras de Unamuno:

Cada hombre vale más que la humanidad entera.

Otro pensamiento aleatorio al respecto: ¿será verdad que lo que estamos viviendo hoy es el ocaso de la religión, de esa necesaria mentira que a pesar de su evidente y llamativo rostro sicótico, cumple con la función de proveer a cada persona, a la hora de rezar y de confesar, un sentido de su propia individualidad, que le proporciona principios morales que no se reescriben en función de la compañía - así impidiendo que se degenere en sueño húmedo skinneriano, en rata conductista, en simple y predecible engranaje estímulo-respuesta completamente a la merced de los ingenieros sociales? ¿Es necesario cargar con una mentira para funcionar adecuadamente como ser humano? Si lo pregunto es porque no lo sé. Si usted sí sabe la respuesta, explíquemelo en la caja de comentarios, que para eso está.

Wednesday, April 22, 2015

Irving Berlin, el bohemio

Al zar Nicolás II (ese primo de un igualmente bobo rey inglés, ese absolutista nato a quien los bolcheviques asesinaron en 1918, junto con sus hijas y su cocinero y, eh, unos cuantos millones más) le debemos el hecho de que Irving Berlin transformó en el siglo XX la escena musical americana, y no la rusa. Nacido en Siberia, el compositor de Dios Bendiga a América pudiera haber sido, con la misma asombrosa facilidad, el de Dios bendiga a Rusia, si no fuera por el hecho de que al zar no le caían bien los judíos, si bien lo solía decir por la boca pequeña, y por tanto, Berlin (junto a la familia Gershwin, y la de Louis B. Mayer y los Warner Bros, entre otras) tuvieron que salir pitando del país para escaparse de los pogroms (1893). Él tenía entonces cinco años. Lo que le esperaba una vez llegado a New York no fue nada demasiado espectacular. Su padre siempre había sido cantor (tonadillero religioso judío): Irving (entonces todavía Israel) y sus hermanas salían cada mañana de casa (un apartamento alquilado en uno de los barrios más pobres del Lower East Side) con el imperativo categórico de ganar algunos centavitos como sea - él, vendiendo diarios en la calle - , centavitos que al llegar a casa, depositaban como ofrendas en el delantal de mamá. Por casualidad, Irving poco a poco descubrió que pese a sus nulas habilidades instrumentales, tenía cierto talento, seguramente heredado, para cantar, que en la bulliciosa y hedionda Gran Manzana de aquel entonces podía eventualmente convertirse en centavos: todo era cuestión de cantar la canción más popular, más accesible, acaso cambiando un poco la letra para apuntalarle la gracia, al lado del oído más adecuado, con lo que el joven Irving aprendió rapidito a distinguir por el vestuario a quiénes les sobraban los añorados centavitos, y por el corte del bigote, a quién le sobraba el buen humor necesario para soltarlos. Demoraría algo en conseguir su primer empleo de song-plugger (entonces tenía 18 años), lo que le daba la excusa necesaria para quedarse por la noche en el local donde trabajaba luchando con los misterios del teclado del piano. Durante toda su larguísima vida (murió en el 89), nunca aprendió a tocar más que en clave de Do: de grande, hizo construir pianos especiales que usaban artilugios pintorescos para cambiar de clave sin abandonar salvo esporádicamente las teclas blancas. Digamos, entonces, que el mayor compositor americano del s. XX, el que discutiblemente hizo más para el género naciente del jazz que cualquier otro compositor, nunca llegó a ser virtuoso de ningún instrumento; ni a intérprete mediocre llegaba.

Todo lo cual invita a reflexionar. Un Irving Berlin hoy en día no se ganaría la vida de niño cantando: los tiempos han cambiado, y nadie paga por escuchar música, peor por escuchar una temblorosa voz de imberbe entonando uno de los Veinte Principales y poniéndole gracias a la letra. ¿O sí? Una vez, en Playas, solté si bien recuerdo 50 centavos por una versión de una canción latina desconocida por mí, cantada por dos niños esperanzados en un arenoso espacio de parqueo improvisado: lo que premié realmente era la feliz ocurrencia de acompañar la canción rascando una concha arrugada con un peine o una piedra o algo así. En fin. Los tiempos de Berlin Junior eran tiempos en que todavía no había apenas forma de escuchar música grabada con algo de calidad: entonces los compositores vendían manuscritos de sus obras, y empleaban a pianistas y cantantes para hacer el marketing necesario: oir cantar algo en la calle o en unos grandes almacenes, entonces, podía ser todo un evento, una epifanía si se quiere.

Pero algo me susurra que la cuestión no es ésa. La historia de los EEUU del s. XX está llena de ejemplos de grandes personajes que empezaron su carrera artística o comercial en las circunstancias más pobres y escuálidas, para luego triunfar y convertirse en household names. Se afianza en ese siglo el mito del sueño americano y más precisamente del working class boy made good, que en determinado momento se cebaría en el R.hU. en la historia de los Beatles. Pero fuera de EEUU, no se repite el patrón con demasiada frecuencia. En Europa y especialmente en el R.hU., solemos culpar al class system por la aparente existencia de un techo de cristal que impide el triunfo del niño de origen humilde pero con grandes sueños. Algo de eso hay, evidentemente (los británicos, especialmente, cierta resistencia pusieron antes de rendirse y reconocer que un acento de Liverpool podría ser, también, cool, y dieron su permiso para que existiera durante los sesenta una escuela de Liverpool Poets, QEPD). Pero lo que creo que más falta es ese empuje que lleva al niño desfavorecido a identificar su única habilidad, creer en él, construir un sueño en su alrededor, y centrarse en desarrollarla al máximo, sacrificando todo, no por la fama o el dinero, sino por la excelencia Y creo que sé por qué.

Hoy en día, un Irving Berlin en eclosión está derrotado por predestinación. Para empezar, la música popular y el talento están en guerra desde hace un cuarto de siglo: nadie quiere escuchar canciones con melodía original, peor con letras memorables. Pero aunque no fuera así, existe la creencia generalizada - está en el aire, es parte del Zeitgeist - de que en la música, popular o no, todo se ha hecho y todo se ha dicho y todo se ha probado, y lo único que queda es el sampling, y echarle a lo vetusto un toque superficialmente estrafalario y posmoderno. Y aparte: ¿a quién se le ocurre soñar con ser compositor de canciones sin saber siquiera tocar bien un instrumento? Hay demasiados peros. A este respecto es aleccionadora la respuesta del joven Irving: "mi sueño es ser un mesero que canta". Sí. En aquel entonces aún era permitido soñar con ser algo ridículo, mientras fuera un tipo de ridiculez en que aun se podría discernir el arte y la excelencia. Ya está. Berlin no quería ser el más grande compositor americano del siglo, eso le pasó por accidente, o mejor dicho, por la simbiosis que se estableció entre su natural talento y su devoción al trabajo y a la perfección.

En resumen, resulta algo infantil, incluso diría patético, soñar con ser algo en el mundo de la música popular de hoy, me refiero a algo más que un peinado, un kilo de maquillaje, un estilo, un fenómeno de marketing. Pero mi punto es que con todo es así. No entraré en detalle, porque llueve, pero digamos que cualquier cosa a la que una persona mínimamente sana podría aspirar en la vida con fe y entusiasmo se encuentra hoy en día rodeado de una estaca de peros. Pero no tienes el talento, no tienes los conocimientos ni los estudios, no tienes especialización, no tienes los contactos, no tienes el dinero, bueno, tienes todo eso pero resulta que lo que quieres hacer ya se hizo, lo tuyo no es original, ya está hecho y hasta patentado, bueno, sí es original pero por eso mismo, no tiene gancho, la gente no quiere eso que tú les ofreces. Y mientras te dicen todo eso, desde las estanterías gritan en incesante cacofonía: ¡Persigue tus sueños! ¡Cree en ti mismo! ¡Realiza tus metas! ¡Conviértete en Líder! Cosa que yo personalmente sólo consigo entender desde la perspectiva de que los sueños aquéllos que te invitan a perseguir, son los socialmente aprobados, aptos únicamente para subnormales. Si eres niña, sueña con ser "princesa" (léase: Kardashian) y te sonreirán encantados. Sueña con clasificar todas las especies existentes de caracol que hay en Amazonia: ya no tanto. Sobre todo si tienes 40 años y en tu vida estudiaste ciencias de la vida. "Eres demasiado vieja".

"Eres demasiado viejo". Ya llegamos al quid. Todavía no.

¿Estoy intentando justificar mi propio derrotismo, pesimismo, mediocridad, proyectándolos erróneamente sobre mi entorno? En parte, sí, seguramente. Pero si no fuera para nada cierto lo que digo, explíquenme cómo es que hay llamativas y contadísimas excepciones.

En los años 80, yo me acuerdo en primera persona, era todavía posible ser programador y al mismo tiempo socialmente impresentable. Es decir: los programas de informática eran escritos en gran parte por solitarios ermitaños. Todavía persiste algo de esa fama, pero es un anacronismo: para ser programador, perdón, ingeniero de software, desarrollador, hoy, necesitas habilidades sociales, por el hecho de que nada ahora se hace solo, en un dormitorio mugriento, sino en un despacho lleno de gente que intercambian todo el tiempo impenetrables chistes y se ponen mutuamente al día sobre la trama del último éxito de TV por cable. Puedes ser nerd, pero no oler a papas podridas. Lo siento. En fin. La cuestión es que en aquellos lejanos 80 y 90, el entusiasmo, la sensación de que en el mundo del software uno podría ser pionero, y con modestas habilidades de autodidacta conseguir cosas grandes, era palpable. Bliss was it in that dawn... Lo que (sobre todo para quien conoce la trama de la vieja serie Flambards) irresistiblemente recuerda ese otro amanecer, lleno de entusiasmo, de riesgo, de dedicados amateurs, que fue los albores del s.XX con los inventos del carro y más adelante con los primeros aviones. Cualquier joven hombre o mujer con modestas nociones de ingeniería entonces formaba parte de una nueva élite llamada a cambiar el mundo, mecanizándolo. Así que lo que realmente estoy lamentando aquí, supongo, es la extinción del amateur, de esa persona a quien el talento y el entusiasmo suple el déficit de educación, de formación, de profesionalismo. El deceso del entusiasmo y del honesto talento, si quieres un soundbyte.

Hay algo más. Creo (y creo estar de acuerdo con Roger Waters, entre otros, en esto) que lo que de jóvenes mata nuestro entusiasmo, nuestra confianza y nuestros sueños, es el Estado a través del inicuo sistema educativo que nos han hecho creer existe desde siempre, y no es cierto. Si tengo que escoger, nunca estaré del lado de los que a las deficiencias educativas proponen echarles: más dinero, más profesionalismo, más títulos, más burocracia, y rematan con "ah, y que los profesores sean buena gente". No. No soy revolucionario, pero en la enseñanza no se puede ser otra cosa: todo huele demasiado a podrido. Echemos abajo toda la estructura que nos ha hecho así, tan derrotistas, tan conformistas, tan pagadores de impuestos, tan buenos ciudadanos. Tenemos que sacar el Estado de la ecuación, sea cual sea su solución verdadera. Nada de programas ni de materias ni de metodologías impuestas, nada de universidades "categoría B" (un invento fascista si alguna vez lo hubiera), nada de "leyes de educación". En su lugar: pues lo dicho: ante todo, cultivar el honesto entusiasmo, el deseo de hacer cosas, y de hacerlas mejor. Identificar, previamente, las mil y una maneras en que los que dicen compartir este ideal lo traicionan constantemente. Pero no quería hablar de eso.

Resumiendo: ¿me quejo porque a los talentosos la vida no se les sirve en bandeja, porque a veces la gente pone peros, porque a veces la excelencia es una lucha solitaria e incomprendida? ¿Propongo una solución legislada a mi propia mediocridad? No y no. Hablo de algo más intangible, de unas posibilidades, de unas circunstancias, de una cultura, de un estar abiertos a la innovación y al talento y al outsider. Las que sin lugar a duda posible, hicieron que un Irving Berlin podría llegar a existir en los EEUU de principios del s.XX, y no en el Ecuador de principios del XXI. No pretendo entender esa cultura, peor instaurarla donde sea, ni tampoco quitarle mérito a quien esa cultura la lleva en los genes, sin necesidad de reflejos exteriores. Pero creo que vale la pena examinarla y no está mal tampoco tenerle algo de respeto.

They can play a bugle call like you've never heard before,
So naturAL that you wanna go to war:
It's just the bestest band what am,
Oh honey lamb...

La música de Berlin puede ser buena o no tanto, lo dejo con los musicólogos. Él puede sobrepasar en talento a Gershwin, a Kern, a Cole Porter, a Hammerstein/Rodgers, a Bacharach/David, o no llegarles a los tobillos, lo dejo con los compiladores de listas y tablas de liga. En Gershwin y Porter hay sofisticaciones a las que él no aspira. Él los vence en ciertos terrenos, y para mí, una de ellas es el encanto. Sí. Soy capaz de apercibir encanto en una melodía o en una letra. Lo siento, pero sí.

Es una cualidad que no se puede enseñar ni aprender, porque brota de la personalidad. Hay gente que pudiera escribir "It's just the bestest band what am", y quedaría como una patada en el escroto. Berlin puede porque ese registro, el de un optimista algo cínico, satírico en medida dosificada pero en el fondo bonachón, es el suyo, se mueve cómodamente en él donde otros se sofocarían con el intento. El lado menos atractivo de Berlin, el que le hace escribir canciones patrioteros donde a veces es cuestión de comprar bonos del Estado o de pagar impuestos "patrióticamente" no ofende porque él es de una sola pieza: su patriotismo es sincero y sin segundas, es del tipo que sólo se encuentra entre inmigrantes ilusos, agradecidos, algo simplones pero de buena corazón. Le salva la inteligencia y el arte de sus letras, y sobre todo, su gran humor.

Let us hide behind a pair of fancy glasses
And make faces when a member of the clases passes;
Let's go smelling where they're dwelling,
Sniffing everything the way they do...

Si eres letrista y no venderías tu alma por haber escrito esto (me refiero a la canción entera), es que no la tienes. Si eres compositor y no harías lo mismo por haber escrito Puttin' on the Ritz, pues ídem. (Y si de tener alma se trata, quien sea capaz de escribir Blue Skies para el nacimiento de su hijo no tiene nada que probar al respecto.)

Lo que me deja un poco intrigado es el tratamiento que pudo dar este compositor que vivió los alocados 20 y el Wall Street Crash al tema, muchas veces referido en sus canciones, de las "clases altas", identificables más que nada por ese indumentario que al niño Berlin ya le hacía husmear centavitos: Top Hat, White Tie and Tails. La canción Puttin' On the Ritz, al parecer, empezó como sátira bienintencionada de los habitantes de Harlem y sus zoot suits; cuando llegó a cantarla Astair, ya se había cambiado la letra, de "where Harlem sits" a "where fashion sits": ahora los satirizados eran los blancos con pretensiones de, digamos, hidalguía:

Come, let's MIX where RockeFELLers walk WITH STICKS and umberELLas in their MITTS,
Puttin' on the Ritz!
Dressed up like a million-dollar trouper,
Trying hard to look like Gary Cooper -
Super duper!

Si en esta canción los "ricos por fuera" son, ya digo, objeto de mofa, pero sin pizca de acidez ni de amargura, los "ricos de verdad" aparecen en "Slummin' on Park Avenue", de nuevo objetos de una mirada crítica, algo burlona, pero en el fondo sonriente y absolutamente sin malicia. Es lícito especular que para Berlin, las diferencias de clase eran fenómeno natural, y no (como para los revolucionarios de entonces y de ahora) un problema en espera de solución. Pero, para desesperación de los mismos revolucionarios, la mirada de la canción siempre era una mirada externa, se diría, pretendidamente neutral, lo que para mí atrae en séquito el adjetivo "bohemio". La voz no era de nadie que se hubiera autodiagnosticado membresía de las categorías excluyentes "ricos" ni "pobres". Era, si se quiere, la voz de Middle America, que Berlin llegó a identificar explícitamente en muchas ocasiones como su público natural. Y ese "Middle America" no aspiraba a entrar en la categoría de "ricos", especie a fin de cuentas a la par exótica y ligeramente ridícula: el quid era tener las circunstancias adecuadas para no tener que obsesionarse ni con tu clase social, ni con el dinero, habiendo cosas más dignas de la atención de un ser humano adulto. Entre estas cosas, el amor romántico:

And tears will fall as you recall
The moon in all its splendour...

OK, esto no es John Keats. Pero ese "tears will fall", que como todo en Irving Berlin cae con una naturalidad y una inevitabilidad síntomas de un gran arte, a la vez que encaja en el esquema de rimas más pulcro y estricto que se puede pedir (Berlin nunca era amigo de las medias rimas), y con todo esto, se te pega como lapa a la memoria, tal vez por ese toque misterioso que proporciona la mención de unas lágrimas aparentemente sin dueño. Para mí, el éxito de Irving Berlin se debe más que nada a la perfección de sus letras, que en toda su extensa obra tiene esta cualidad especial, que cualquier persona las puede canturrear, incluso hoy en día, sin sentirse en lo más mínimo ni avergonzado ni cohibido. En ellas se encuentra un lenguaje sencillo pero no infantil, unas emociones expresadas honestamente, sin aspavientos ni pretensiones de ningún tipo, y en sus ritmos y sus rimas y su apego a la melodía hay un arte sutil y discreto, jamás superado por compositor alguno, que a sus canciones les hace brillar como piedras preciosas.

Pero realmente, no quería hablar de nada de esto.

Me despierto por la noche con una extraña mezcla de angustia y euforia. En la vida anterior a la vejez, uno se acostumbra a "enamorarse" cada diez años o así, con la regularidad de los movimientos de vientre de un relojero suizo. Ya hace mucho, muchas décadas y siglos, que soy "demasiado viejo" para ciertas cosas, entre ellas la emoción de sentirse objeto de una mirada especulativa de parte de una Miembro del Sexo Apetecido (MSA). Eso hace siglos se desterró de mi vida consciente... salvo de los sueños, donde por lo general, uno no tiene edad definida, como en el paraíso cristiano. Ahí, esa emoción reaparece, junto con La Chica, como para recordarte que lo que estás viviendo ahora es una especie de muerte disfrazada, eufemística, y que sin embargo tienes algo de ser humano, un sistema operativo preinstalado diríamos, o un BIOS, en fin, algo que se resiste a asumir la categoría o la identidad de "viejo", o cualquier otra identidad llegados a eso, y que se rebela por la noche cuando estás en tu más vulnerable. Creo que tengo cita con alguna novela de Roth, ustedes ya me dirán con cuál de ellas.

Saturday, April 18, 2015

El túnel

The Great Escape, con un inolvidable Steve McQueen burlando a sus persecutores nazis en moto. La serie Colditz. Ahí se me para la memoria, pero no sin antes susurrarme que pasé gran parte de mi infancia viendo películas en que se trataba de escaparse de algún Stalag. Pido clemencia y comprensión de parte del lector.

El actual Escape Plan: mi esposa se va a Londres a finales de este año. Yo le sigo un año después, caso de encontrarme, sorpresivamente, todavía vivo, y sin haberme casado mientras tanto con el esqueleto de un diplodocus, en alguna de esas catastróficas borracheras a las que los Rodríguez les son propensas. Aún no se sabe si la construcción de un túnel será parte necesaria del proyecto. Por si acaso, estoy coleccionando artículos del Telégrafo. La idea es quitarles la grasa de encima, con espátula, y utilizarla para crear velas improvisadas que me alumbren el camino hacia la salida.

No, en serio. Si ustedes ya digirieron el desayuno y no padecen diabetes, echen una mirada a esto. ¿Alguna vez vieron tanta grasosa adulación, tanta almibarada untuosidad? La cosa llega al punto que me encuentro obligado a desempolvar el manual de mediación cultural, y postular una diferencia fundamental entre el concepto de dignidad que se maneja en el mundo anglosajón y lo que con la misma palabra, y con inexplicable complacencia, se expresa acá. A título de analogía: ya vimos en otro post que entre "mentira" y "lie" hay un gran trecho, a pesar de los diccionarios, pues mientras el "liar" dice cosas que él mismo sabe son inciertas, el "mentiroso" es, en la mayoría de los casos, un simple equivocado. He comprobado una y otra vez y más allá de cualquier malentendido posible, que efectivamente, en Latinoamérica es "mentira" cualquier afirmación que se pueda demostrar como incierta, aunque haya sido hecha con absoluta y demostrable buena fe: y sinceramente, creo que este hecho lingüístico debe ser ampliamente difundido y comentado, pues su debida comprensión subsanaría muchos conflictos: el que te llama "mentiroso" no está poniendo en duda tu honradez ni tu sinceridad, sino simplemente la verdad de lo que afirmas o la fiabilidad de tus fuentes.

Pues del mismo modo, empiezo a pensar que acá, dignidad significa algo completamente diferente de dignity: hasta diría que es, en la práctica, su antónimo.

Veamos. Cuando se dio ese cruce de palabras entre Correa y Obama, entre mis conocidos fue universal la percepción de que Obama "le puso a Correa en su lugar" con ese comentario sarcástico al estilo de "no tengo el talento de usted, señor, como para saber distinguir entre la buena y la mala prensa". A mí me parece una respuesta adecuada, no brillante, pero adecuada, "digna" diríamos, y eso que sabemos que Correa es incapaz de detectar cualquier ironía, y a pesar de que Obama me merece el calificativo del segundo peor presidente que ha padecido EEUU en algo más de cien años, pero eso ya es otra historia. La cuestión es que busco en vano entre todos los pronunciamientos recientes de Correa algo "memorable" o "contundente", en palabras de la autora Melania Mora Witt, como para justificar un artículo tan desvergonzadamente lamebotas. Y es que no hay nada a que agarrarse; pero aunque lo hubiera, la pregunta tendría que ser: ¿qué hace una articulista de un diario elogiando a un presidente del gobierno? ¿No se da cuenta de que a los poderosos (y creo que por consenso general, Correa merece tal calificativo) una persona digna nunca, nunca, bajo ningún concepto los elogia, y si lo hace, pierde gran parte de su dignidad? (Y peor siendo mujer. Llámenme anticuado si quieres, y sexista, que soy ambas cosas sin lugar a dudas, pero no puedo evitarlo: a mí me choca tremendamente que una mujer le dirija palabras de elogio a un hombre, cuando el papel tradicional de la mujer es vituperar y condenar y menospreciar sin ambajes a todo representante del sexo masculino, "poderoso" o no. Si la adulación en los hombres es feo, en las mujeres resulta sencillamente nauseabundo) Ya en otro lugar vimos como acá, "dignidad" es algo que se puede dar o repartir (hasta hubo una campaña del gobierno con ese nombre, "campaña Da Dignidad", ¡en serio!), y si comparo el uso de esta palabra en todas las fuentes locales a las que tengo acceso, se ve que aquí, "dignidad" llega a significar algo así como "humilde sumisión a los poderosos, o vistosa dependencia a los mismos". Si el gobierno quiere enseñarnos dignidad, saca en cadena a un montón de pobres de sonrisa desdentada que alaban a los ladrones que les quitó su dinero y destinaron una parte del mismo a la construcción de carreteras que muchos entre ellos no tendrán nunca ocasión de usar. Eso es dignidad acá. Ya caí en cuenta.

En otras partes del mundo, y lo digo simplemente para apuntalar el contraste, significa prácticamente lo contrario. Una persona digna depende de sus propios esfuerzos, no de dádivas. A una persona digna nunca se le ocurriría dirigir aceitosas palabras de adulación a un "poderoso". No solamente porque no tiene necesidad de ello, sino porque su escala de valores se lo impide. Así de simple.

A quien tenga el proyecto de venir a vivir en Latinoamérica, habiendo residido previamente en Europa, digamos, o en Norteamérica, le prometo que esto va a ser el mayor "culture shock" que experimentarán aquí: comprobar la ubicuidad de la adulación, del servilismo, de la lambonería. Cosa que, por mucho que uno intenta adaptarse, te deja con una sensación de nausea residual que te acompaña por doquier. La verdad, es algo muy difícil de soportar, y más a largo plazo.

Si viene como profesor, no faltará aquella alumna que se le acerca al final de la clase para rogarle, con ese insoportable tono entre plañidero y obsecuente, que le "ayude" con "algunos puntitos", porque éste es su último año, porque su mamá está en coma, etcétera. "No sea malito". Luego, en el diario, verá al Maduro pidiendo a Obama que "no sea malito" y descongele los millones de dólares mal habidos que algunos funcionarios bolivarianos, con previsión de la eventual ira del pueblo, habían depositado en bancos estadounidenses.  Tal vez apartado especial se merecería esta extraña y novelesca relación entre algunos países de la región y EEUU, en donde aquéllos se resisten, a pesar del siglo en que hemos entrado, a dejar en paz esa supuesta relación "tutelar" (en palabras de la misma articulista), que mantienen viva precisamente a base de denuncias carentes de fundamento en la realidad.

Alguien les debe de explicar a esos políticos que la soberanía es algo que no se pide, peor a gritos: se conquista viviéndola.

Y ahí llegamos a mi experiencia de ayer: un día de inducción o de integración (¡intégrame otra vez!), en fin, una de esas pérdidas de tiempo a que te someten en determinados trabajos. La cosa empezó tan mal como de costumbre:

"Como profesores, nuestra labor consiste en preparar a los estudiantes para servir al país".

No prometo que sea cita textual, salvo las tres últimas palabras, que me causaron instantáneamente una profunda angustia. No creo que sea para menos: tampoco creo ser el único profesor que considere que su labor consiste precisamente en preparar a los estudiantes para no servir al país, y de hecho, para no servir a nada ni a nadie que no sean ellos mismos, porque en eso consiste la gloria del ser humano, que es (o es capaz de verse como) un fin en sí mismo, no un medio para ser explotado por otros. ¿"Servir"? Aunque le des el significado blando de "ser útil" y no necesariamente de "sacrificarse", a mí me parece que un profesor que prepare a su alumno para "ser útil" está traicionando a su profesión y a su vocación, pues tal papel no se diferencia en nada de lo que hace todo el mundo, todo el tiempo, sin necesidad de títulos ni de experiencia, es decir, aprovecharse de las personas en beneficio propio, o en beneficio "del colectivo", poco importa. Del profesor, en cambio, se le espera algo diferente: la capacitación necesaria para que el estudiante aprenda a servirse de su entorno en pos de sus propias metas, que pueden ser todo lo altruistas que se desee, pero que en ningún caso el profesor está llamado a definir ni a dictar, so pena de quedar como violador ideológico, que es el peor tipo de violador que hay.

De modo que me sentí chocado y perturbado en lo más profundo al escuchar que mi misión como docente era, aparentemente, moldear a seres humanos para que "sirvan", y no solamente eso, sino para que "sirvan" a un ente tan irrelevante, trivial y ridículo como "un país", que a fin de cuentas no es más que un conjunto de líneas imaginarias dibujadas sobre un mapa y regularmente invocado por inescrupulosos políticos en provecho propio. Levanté la cabeza y miré en mi alrededor. Todos los presentes, embelesados, algunos con leves asentamientos de cabeza. Fue cuando se me ocurrió la metáfora del túnel.

Como profesor en una institución pública, estoy condenado a cumplir con el papel, mientras que en secreto y a tres metros bajo tierra, socavo como puedo y a cucharaditas de arena esta tiranía en que nos han colocado. Como muchos de mis compañeros supongo.

Buscando una liberación tanto ajena como propia. Una liberación que en el mejor de los casos será parcial y momentánea. Tan fugaz que muchos dispositivos no lo podrán registrar.

Así que "servir al país", eh. Dicha obscenidad se completó esta mañana con el artículo de JM Ruiz Navas en El Universo, donde insiste en que el candidato ecuatoriano para presidir la Corte Interamericana de Derechos Humanos hubiera dicho lo siguiente:

Ya no se debe hablar de derechos individuales, sino de derechos colectivos.

No estoy acostumbrado a fiarme de la palabra de un prelado de la Iglesia, así que busqué una referencia en Google, y me topé con esto. Al parecer, es cierto. Ecuador está postulando a la Corte de Derechos Humanos a un candidato abierta y desvergonzadamente fascista. Un poco como si un grupo de católicos postularan a un ateo para Papa, se diría: supongo que tal obscenidad no puede prosperar, pero sin embargo, es elocuente sobre la dirección que tomamos. Apenas falta que Correa celebre abiertamente la "vuelta" de una sangrienta dictadura "al redil de la Patria Grande". Ya vemos en qué dirección el viento sopla. Por eso mis exacerbadas ganas de, simplemente, salir de aquí. Toda vejez, por enferma que sea, se merece, creo, algo de tranquilidad.



Sunday, April 12, 2015

Somewhere between Washington and Baltimore



El piano hace cosas raras (escucha 3:42: parallel fifths meseemeth). Un acorde del subdominante menor, fuera del registro habitual, sorprende. Las caras de los cantantes infunden una nota de alegría, diría incluso, de gozo y jolgorio. La letra, una hermosa incitación al sexo oral. Dudo mucho de que el Islam permitiría estas aberraciones, siquiera en el más controvertido sufismo. (Y sigo sin localizar ese "Lift Up Your Heads" que buscaba. Hay la versión de Handel, pero no es ésa. Es una en escala de menor melódico con toque modal en que "Who is the King of Glory?" lo preguntan los bajos, y la respuesta viene con los altos, sopranos o tutti, ya no me acuerdo. No lo escucho desde que tenía diez años. YouTube no ayuda mucho.)

El compositor Delius, que por uno de esos consensos universales que excluyen al objeto del consenso fue no sólo místico, panteísta, sino quintessentially English, una vez confesó que lo que cambió su concepción de la armonía (sus primeras obras son pastiches plomizos e infumables) fue escuchar esos espirituales que por aquel entonces todavía se cantaban en las plantaciones de la Florida. El legado de Delius se encuentra sobre todo en los Westerns (todo compositor de música de película ha robado algo de él, unos más que otros) pero para mi oído sigue siendo eso, quintessentially English, en el sentido de quedarse con lo que el resto del mundo ya le parece inservible desde hace medio siglo. Me solidarizo.

Hace unas semanas una de esas tontas del bote que escribe para El Telégrafo sostenía que el Islam es objeto de una terrible "discriminación", sobre todo en Europa. Los terroristas, los que ponen bombas, no son musulmanes, decía, son "islamistas": hay una gran diferencia. El Islam, como su nombre indica, es una "religión de paz".

Tal grado de imbecilidad sólo es explicable a raíz de una ideología. Lo dicho: una ideología es la racionalización de una enfermedad (o por lo menos anquilosamiento) mental, siempre, siempre. Y luego viene Orlando Pérez (editorial de hoy) pidiendo más ideología. More cock, more cock, Michael Moorcock! he fervently moans. De veras, el mundo está loco.

Si fuera bloguero político, me ocuparía la atención esa "Cumbre de los Pueblos" (ja) en que Correa, Maduro y Obama se pusieron a imitar a la Kardashian con variable grado de éxito. Entre las perlas: "La mala prensa es la que tumbó a Allende" (Correa). Bzz. A Allende le tumbó un golpe militar, no ninguna prensa buena o mala. Un golpe que fue en gran parte ayudado por el pésimo manejo político y económico del propio Allende, pero eso es otra historia. Y otra de la misma fuente (parafraseo): "La misma falsa disyuntiva de siempre, 'prefiero tener dos brazos a no tener ninguna'. La cuestión que debería ocuparnos es: ¿por qué no podemos tener todos cien brazos?"

Lo que es vivir en el pasado. Con la llegada del Internet, ya no tiene estrictamente sentido quejarse de "la prensa": prensa somos todos. Ya no hay "formadores de opinión" (aspirantes a tal, centenares, desgraciadamente): cada uno forma la suya propia con lo que tiene a mano. El problema, si alguno hubo, ya desapareció, salvo en la mente de quienes quieren mantenerlo vivo para explotarlo, en el sentido de utilizarlo como pretexto para la censura y la dictadura. "La libertad es que todos sean libres para hacer lo que yo quiero que hagan". Seguramente el mismo pensamiento se le ocurrió alguna vez a un gorgonopsio, o a un trilobita. Nada nuevo bajo el sol.

Muy pronto vendrá un joven con cara de pizza a llamar a tu puerta con un cuestionario. Estamos realizando una encuesta a nivel internacional para saber si ya es hora de reemplazar la humanidad con algo mejor. Ya tenemos no solamente inteligencia artificial, sino también sentimiento artificial. Ambas cosas funcionan mejor que sus equivalentes analógicos. Un robot no solamente juega mejor que tú al ajedrez, sino también es capaz de llorar más que tú al contemplar una telenovela mexicana o coreana. Se reproducen que da gusto, y son relativamente limpios. Sus cacas huelen a palosanto, se conforman con el salario mínimo, y nunca fingen sus orgasmos. En vistas de todo esto, ¿la humanidad todavía sirve para algo?

Yo ya tengo sobradamente identificados a quienes no tienen respuesta alguna a esta pregunta. No son los del video.


Thursday, April 2, 2015

De un "no soy un mesías" a "Eloi, Eloi, dame sabatina"

No sé si mi esposa todavía lo guarda como reliquia religiosa. Se trata de un CD que los partidarios de un nuevo candidato a la presidencia del gobierno, Rafael Correa, iban distribuyendo a los votantes, allá por el 2006, como parte de una campaña cuya misteriosa financiación sabemos que no tuvo nada que ver con las FARC colombianas. En él hay una grabación de la voz del futuro Presidente, donde dice textualmente "no soy un mesías", frase que en su momento (a pesar de que estaba convencidísimo de que ganaría la Cabeza Cono de Helado, inocente de mí) me llamó la atención. ¿Qué tipo de persona se presenta en unas elecciones diciendo "no soy un mesías"? O por analogía: ¿qué tipo de persona se presentaría al puesto de profesor de gimnasia en un colegio femenino con las palabras "no soy un viejo verde"? Respuesta en ambos casos: una persona no apta para el cargo, bajo el argumento de que de la abundancia del corazón habla la boca. En unas elecciones como ésas, donde el elenco de candidatos, si bien recuerdo, recordaba un episodio cualquiera de Los Munsters, de buen seguro que a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido ponerse a buscar un mesías en entorno tan hostil: pero el tal Rafael Correa, ya antes de su primera victoria, evidentemente se había planteado la pregunta a sí mismo: ¿soy el ungido, el elegido por Dios, el Salvador de la Patria, el representante de la Divinidad sobre la tierra? Que su respuesta en ese momento haya sido negativa dice mucho a favor de la relativa cordura del entonces joven candidato. Pero la semilla de la megalomanía, de la enfermedad psíquica, por lo visto, ya estaba sembrada.

Hoy mismo sale en El Telégrafo un artículo del Rafael Correa actual, aquel que ya hace mucho tiempo llegó a la conclusión (acolitado por su particular séquito de lamebotas y enseñahigos) de que efectivamente, sí era el mesías. La tal conclusión aquí viene implícita en el hecho de que los "grandes acontecimientos narrados en los evangelios canónicos" se interpretan en registro contemporáneo: más allá de las "cuestiones de fe" que al parecer no vienen demasiado al caso (si a ti te nace depositar tu "fe" en un hippie de hace dos mil años en lugar de en un brillante economista jefe de Estado de la actualidad, es tu problema), lo que le pasó a "Jesús" merece recordarse en tanto que prefigura, en clave de profecía digamos, lo que le pasa a un actual Presidente de la República del Ecuador. Así, el inocente, el impoluto, el Cordero de Dios se encuentra actualmente rodeado de "poderes fácticos", "conocedores de la Ley" (por ejemplo, aquellos que van recordado a cada paso que la actual "Ley" no permite la reelección indefinida), escribas, fariseos, mujeres "leales pero impotentes" (léase: incapaces de promover la abstención sexual sin que todo el mundo se burle de ellas), traidores, cobardes, y "masas manipulables". Ciertamente, difícil tarea es ser un semidiós sobre la Tierra, rodeado de tanta chusma, de tanta mediocridad. Por lo que el mensaje implícito del artículo viene a ser: examinemos nuestra conciencia, compañeros. ¿Hemos sido todo lo leales que deberíamos al Hijo de Dios? ¿No habremos pecado en algún momento, burlándonos de él por ejemplo, o negando sus Obras y Carreteras?

O peor todavía: ¿no le habremos hecho caso alguna vez a "la opinión pública"?

Era, tal vez, inevitable que a quien en su momento se le escapara de la boca aquel "Yo soy La Verdad" terminara creyendo que "opinión" es una dolencia que afecta a los demás. Sabemos que vivimos en un "Estado de Opinión" según feliz término de Su Majestad, es decir, un país donde la gente todavía persiste en tener opiniones y expresarlas pública e impúdicamente; sin duda algún lector se preguntará cuál alternativa se nos ofrece. Pues bien: puedes optar entre tener opiniones, es decir, estar equivocado, o aceptar la Verdad revelada, es decir, asentir ante todo lo que te dice Su Majestad. Y por si quedara alguna duda sobre eso, nótese bien que en el artículo la "Opinión Pública" interviene "de un domingo a viernes", en el sentido de convencer a las "masas manipulables" para que crucifiquen a quien insiste, hasta el final, en autoproclamarse rey. Aquella anterior devoción al mismo "rey" que se manifestara en "batidas de palmas" en su triunfal entrada a Jerusalén, eso no fue opinión, o por lo menos no fue "opinión pública", del mismo modo que aquella humilde Sierva de Dios que ose acercarse a Correa en alguna Sabatina para pedirle que cure a su hijo ("Mujer, has creído en mí, tuyo será el Reino de las Cocinas de Inducción") está gozosamente exenta de "opinión" alguna, pues se limita a reconocer lo evidente, lo que está fuera de toda duda razonable, que es la divina infalibilidad y la vocación de Salvador del Presidente de la República.

Y es así, tal como reconoció Bonil hace un par de días, como la misma persona que en la práctica hace y deshace toda la "opinión pública" del país es capaz de eludir cualquier responsabilidad sobre la misma. Repito: Verdades son lo que dice él, Opiniones lo que dicen los demás. Tú eliges.

Lo dicho entonces: lo que tenemos es un estudio inusualmente bien documentado del descenso de un individuo al infierno de la locura, a través de un trastorno narcisista galopante habilitado y reforzado por las circunstancias del poder político.

Todo un "cautionary tale", para quien quiera verlo.

Muchas veces lo he dicho: un estado sano, una república realmente civilizada, se conocerá entre otras por esta seña: que entre gente culta, hasta saberse el nombre del actual "presidente de gobierno" sería considerado una vulgaridad, señal de frívolas inquietudes. La política, esa ciénaga de mundanas ambiciones y vistosos trastornos psíquicos, sería el lugar de los infelices, que afortunadamente carecerían de poder alguno para influir en la vida de quienes sí tienen algo fructífero a qué dedicarse. En tal caso, la enfermedad mental del Jefe de Estado sería simple anécdota para mentes ociosas. En lugar de lo cual, hemos hecho de tal guisa que, como dice Auden, "cuando él lloró, niños pequeños morían en las calles."