Wednesday, July 29, 2015

Una mala noticia

Estuve leyendo la Biblia hace poco, cuando me topé con el siguiente versículo (Lucho, 13:24), que quisiera compartir con ustedes.

"Y entonces Jesús se puso de nuevo el bigote postizo, se limpió las manos con un trozo de tela, aplastó un grillo con el pie derecho y dijo: hermanos, aquel que se pase el tiempo escribiendo idioteces sin número y publicándolos en un blog que apenas nadie lee, cuando debería estar poniéndose al día con todos esos trabajos que tiene, aquel no entrará en el Reino de Dios. O por lo menos lo veo muy difícil. Sobre todo en vistas de que no parece dispuesto a hacer el menor esfuerzo para ahorrarles tiempo a sus lectores expresándose con brevedad y pulcritud. A una persona así, el Padre misericordioso le hará crecer unos terribles juanetes, que harán que cuando camine, parezca un payaso con estreñimiento. ¡Ja ja ja!"

Es palabra del Señor, amen.

No sé ustedes, pero ese Jesús empieza a caerme chancho.

Sunday, July 26, 2015

Entrevista con un vampiro

Había decidido no hablar más de política, pero la tentación esta mañana ha sido demasiado grande. Y es que, como si de un pequeño acto de caridad se tratara, veo que hoy el columnista Emir Sader, en el T. (where else) ha decidido dedicar algunas palabras a una herejía que, por su irrelevancia en el plano electoral y el número reducido, ínfimo, de sus seguidores, apenas recibe atención en los medios. Tal herejía resulta ser la mía, y se resume en la frase "El Estado no es tu Amigo". Naturalmente, tal hombre decente y bien educado como Emir Sader no puede sentir más que desprecio y repugnancia hacia alguien que en toda seriedad sostenga tal doctrina, que el Estado no es nuestro Amigo: para él, es como si a un cristiano le dijeras que Dios no es merecedor de nuestra adoración, dando a entender que tal vez Satanás lo sea más. (Por "Satanás", léase "El Mercado". Ya llegaremos.) Por tanto, teniendo en cuenta esa natural repugnancia que siente, es digno de alabanza y agradecimiento que el Sr Sader sacrifique su tiempo para discurrir sobre una cuestión que, insisto, no tiene por qué preocuparle, ni a él ni a sus coidearios, puesto que en la actual escena electoral ecuatoriana no hay nadie que sea tan bruto como para cuestionar el papel benévolo del Estado: el debate que hay (si es que hay uno) se reduce a cuestiones teológicas secundarias, como vimos el otro día en la mesa redonda de la ESPOL, donde los Srs Dahik y Spurrier sostuvieron que el número de ángeles que pueden bailar sobre la punta de un alfiler será siempre sujeto a ciertas limitaciones de índole práctica y económica, mientras los Srs Falconi y (no me acuerdo del otro) sostuvieron lo contrario. Así que, de nuevo, vaya por delante mi agradecimiento y hondo respeto al Sr Sader por dedicarle tanta atención a la mencionada herejía, o si quieres llamarlo así, trastorno ideológico. Ahora, y en aras de dialogo, voy a exponer mi punto de vista sobre lo mismo.

Hace un momento tuve que poner título a esta entrada. Al principio iba a ponerle "Entrevista con un Tiranosaurio", en alusión a la naturaleza consensualmente jurásica de mi herejía, a si irrelevancia y falta de conexión con el mundo moderno, y a su capacidad para producir terror y espanto entre la población cada vez que traspasa esas barreras electrificadas que lo mantienen a raya. Luego se me ocurrió lo del vampiro, y me di cuenta enseguida que eso era yo: un vampiro. Algo que se resiste a morir (si lees atentamente este blog, más de una vez he hecho predicciones incumplidas al respecto: nadie es más sorprendido que yo ante el detalle de que todavía, con tanta enfermedad a cuestas y de tumbo en tumbo, sobrevivo. Sólo puedo decirles: paciencia.) Además, si lees a Bram Stoker o repasas a Ford Coppola sabrás que los vampiros somos seres que, mentalmente, vivimos en otra época, donde a veces son amores pretéritos lo que nos despierta por la noche, o a veces la mala conciencia producto de las atrocidades que cometimos en la juventud. Tenemos afinidad con las ratas, con los lobos y los murciélagos. Vivimos en las sombras, y dormimos en ataúdes. Sí, todo esto me describe. Así que, a la fuerza, la primera parte de mi exposición, antes de llegar al plano estricto de las ideas, tendré que dedicarla a una especie de Apologia Pro Vita Sua, Voy a intentar convencerles de que, a pesar de todo, soy humano. O algo decentemente parecido, a fin de cuentas.

"He wasn't born a neoliberal, Clarice. He was made one through years of systematic Guardian-reading."

Nací en 1961, en lo que es ahora el Reino hUnDido, en una familia perteneciente a esa "lower middle class" para la cual la adquisición de una refrigeradora ¡eléctrica!, y más adelante la del televisor a color (¡ä color!) definían el anhelado "progreso social". De niño, los domingos, entre excursiones solitarias y gamberradas, veía películas en esa tele blanca y negra (y nunca mejor dicho): en ellas siempre era cuestión de unos malos (pérfidos soldados de la Alemania nazi, o bien "indios" con arcos, flechas y alaridos) a quienes se enfrentaban representantes de la "civilización", que al final siempre ganaba, en parte porque tenía mejores aviones y David Niven. Y a esa edad, uno se lo cree todo. Pero crecí, y tuve algunos buenos profesores, y no demoré en descubrir que esta civilización nuestra, tan, tan civilizada tampoco había sido. En la película Mrs Miniver, que define la tal supuesta civilización mejor que ninguna otra, hay una escena en que la Sra titular enfrenta, en su cocina y en pleno pueblo inglés y en pleno 1940, a un soldado alemán que se ha dado a la fuga tras estrellarse su avión. Se escucha el ruido de alguien que se acerca a la puerta. "Tranquilo," dice Mrs Miniver al hombre que blande la pistola con evidente nerviosismo, "es solamente el milkman". La mirada de incomprensión del alemán lo dice todo. Si allá triunfó Hitler y en cambio acá tenemos a Churchill y no a Oswald Mosley, es porque en Alemania nunca hubo el Milchmann, ese hombre que trae la leche cada mañana y la deja afuera de la puerta antes de (si se da la oportunidad) repartir algo de su otra leche entre tanta ama de casa desesperada, y solamente los sábados llama para pedirte la cancelación de la cuenta. Sin ese vertebrador de la sociedad y enriquecedor del gene pool, un pueblo está condenado a la barbarie. La civilización depende de la forma de repartir la leche. Lección que por lo visto, bien aprendida la tuvieron los arquitectos del Estado de Bienestar de la posguerra, pues casi lo primero que hicieron fue decretar que, en esa población debilitada por el racionamiento, los niños británicos deberían recibir su botella de leche diaria en la escuela, sin costo y a cuenta del Estado. Tales botellas, todavía recuerdo, eran de vidrio, con la tapa plateada. El contenido a veces tenía un olor que inducía al vómito, pues esa leche podía ser fresca como podía ser caduca: en todo caso, si la maestra no se encontraba delante, uno vaciaba la botella por el desagüe del patio de recreo, y la devolvía vacía con una sonrisa encantadora, relamiéndose como buen niño. La broma duró hasta que la Thatcher se hizo Ministra de Educación: algunos todavía la recuerdan como "la que les robó la leche a los niños". O bien, a susurros, "a los desagües". Eso en función de la edad.

En fin, quiero decir que en aquellos tiempos y en aquel Europa de los sesenta y setenta, el paisaje era, obviamente, bien distinto del actual de aquí y ahora. Cuando uno ya tiene edad para reconocer una película de propaganda como lo que es, y se pone a indagar en las realidades detrás de los mitos hollywoodienses, sí, es escalofriante lo que uno aprende, tanto que uno tiene ganas de hacerse revolucionario, por lo menos así fue mi caso. Contra la barbarie del nazismo, los propagandistas de mi infancia, los dueños de esos medios, oponían una triunfante "democracia occidental" que tan democrático era, al parecer, que había lanzado dos bombas atómicas sobre ciudades japonesas, había transformado Dresden en una hoguera, y en esa época estaba en una carrera armamentística suicida como parte de esa guerra fría que dominaba el paisaje y a los adolescentes de aquellos tiempos nos inducía a refugiarnos en nuestros dormitorios con botellas de ginebra y música de los Grateful Dead. A título personal, cuando llegué a mi edad de ser estudiante universitario mal rasurado, grasiento y atiborrado de "consignas", me decanté por cierto socialismo revolucionario que pretendía arreglar el mundo devolviendo el poder al "pueblo", sí, ése mismo, y mis bestias negras y mis enemigos fueron los mismos que el Sr Sader enumera: el Mercado, las empresas multinacionales, los desalmados capitalistas. A ese proceso contribuyó el que, para mí por lo menos, abrazarse a esas consignas era la única manera de conseguir acostarse con una chica (or nearest available equivalent), y ya iba siendo hora.

Lo que pasa es que sigues pensando, y pensando. Esas grandes pesadillas que marcaron la historia mundial en el s.XX donde yo nací, el nazismo, el estalinismo, el maoísmo, el Khmer Rouge, el pinochetismo y tantas otras que Marx no vivió para conocer, ¿cómo originaron? ¿Cómo pudieron haberse evitado? Qué nos pasa a los seres humanos, que periódicamente nos ponemos a matar, a bombardear, a torturar, a incinerar a nuestros semejantes en una escala que sólo depende de la tecnología disponible? Y la respuesta inevitable es la que da el mismo Sader: "Es el Estado". Es el Poder. Es un sistema, un conjunto de instituciones y unas reglas de juego, que pone a disposición de una pequeña élite (que puede o no haber sido previamente bendecida por una mayoría electoral cualificada) un ejército disciplinado, un cuerpo de policía, un acceso privilegiado a los medios de propaganda, y una capacidad ilimitada (salvo posibles restricciones constitucionales) de reescribir las reglas a su antojo, de tiranizar al individuo y utilizar el miedo y la histeria colectiva en beneficio propio. Y no hay que ser extremadamente perspicaz para darse cuenta de que quienes tienen las riendas de ese Estado, en toda latitud y en toda época, se preocupan de una sola cosa: de su permanencia en El Poder, fin que justifica todos los medios imaginables o aun sin imaginar. Y en ésas, según este modesto vampiro, todavía estamos, nor are we out of it.

Lo que quiero decir con esto, realmente, es que para alguien de mi edad, nacido en la Europa de la posguerra, la palabra Estado puede evocar, sí, un ente benévolo que construye carreteras y Escuelas del Milenio y distribuye leche a los niños (siempre en función de la ventaja electoral que de ello se deriva): pero también, a menos que uno sea tonto o iluso, a un Leviatán que les sirve a los Poderosos para organizar campos de exterminio, paredones de fusilamiento, cárceles para "presos políticos", bombardeos a gran escala como los acaecidos tanto en Dresden como más adelante, en Baghdad, guerras inútiles, crímenes sin nombre. Incluso ese Estado Asistencial tan admirado y recomendado como el sueco estaba practicando, hasta bien entrados los años setenta, esterilización forzada contra la población gitana; hasta ese Estado tan benévolo que es el cubano, allá en mi juventud, encarcelaba a hombres por el crimen de ser homosexuales. Ni hablar de ese Reino hUnDido donde tuve el mal gusto de nacer: colonialismo, atrocidades contra la población hindú, los primeros campos de concentración (sí, bien antes de los nazis, en la Guerra de los Boers) por no hablar de ese servilismo que mostró el gobierno de Bliar para con los yanquis cuando practicaron esa invasión estúpida y criminal contra Irak, con el saldo de medio millón de muertos (se dice pronto, y se olvida pronto). Lo que demuestra varias cosas: que un inglés sólo puede ser patriota si al mismo tiempo padece Alzheimers o es un soberano hijo de puta (de ahí mi cinismo con todo el tema del patriotismo, cf. este blog, passim); que "por la parte que me toca" (es decir, agarrando la cuestión por el pasaporte) tengo bastante razón para comparar "mi" pasado colectivo con el de Vlad el Empalador (a este respecto, confieso que los ecuatorianos han sido bien comprensivos con esa vergüenza nacional mía: tal vez alguno se acuerda del Albion Regiment, qué sé yo); y sobre todo, que la noción del Estado no es que nos llegue impoluta, virginal y oliendo a flores del prado. Es decir: el Estado Nacional como ente abstracto tiene muchos cargos a los que responder, y lo que me llama la atención algo en el artículo de Sader es que no responde a ninguno de ellos, ni los tiene seriamente en cuenta.

No le culpo por ello. Mi punto es que acá las cosas se ven diferentes, por la historia local y regional, que no incluye el haber tenido que enfrentarse al nazismo y por tanto que permite a uno darse el lujo de hablar del Estado sin explicar claramente cómo podemos tener un Estado acaparador, omnipresente y todopoderoso, sin despertarnos algún día con el olor de las chimeneas de los campos de exterminio a pocos kilómetros de nuestra casa. O por lo menos, es lo que parece. Claro que uno que viene de fuera de la región se sorprende un poquito de esa fe universal, invencible, que todo latinoamericano que se precie tiene, en el mítico Estado Democrático que aparece más como proyecto futuro que como realidad vivida. Uno hubiera pensado que con tantas dictaduras recientes, tantos muertos y desaparecidos y torturas, el latinoamericano promedio ya estaría bien harto de los Estados Fuertes, y dispuesto a probar otra cosa, pero no. Acá en Ecuador, por ejemplo, el diálogo va más o menos así:

A: ¿no eres partidario del Poder Ilimitado Estatal? Entonces eres neoliberal: pues permite decirte que eso del neoliberalismo ya lo vivimos en las últimas décadas del siglo pasado, tanto como para saber qué nos va a traer eso.

B: Y según esa dolorosa experiencia, qué es lo que trae ese infame neoliberalismo? Cuénteme, estoy deseoso de aprender.

A: Escuadrones de la muerte. La desaparición de los Hermanos Restrepo. Encarcelamiento y tortura de opositores políticos, p.ej.. de supuestos partidarios de AVC. Burda propaganda en la tele a todas horas a favor del iluminado de turno, o de sus panas del alma, los Hermanos Isaías. Una deuda nacional exorbitante, que obliga a recurrir al FMI y a seguir sus "recetas" a cambio de indignantes rescates financieros. Corrupción a gran escala, en la Policía, en el Ejército, en la Comisión de Tránsito. Sinvergüenzas "congresistas" que se farrean la plata del pueblo en orgías en hoteles de Perú. Y peor que todo eso: un feriado bancario que dejó en la penuria, sin ahorros, a una generación de ecuatorianos. ¿Quieres más?

B: Perdón, parece que me he perdido algo. ¿Puedes decirme cuál de esas infamias (porque nadie duda que lo son) fue perpetrada por algún ente que no haya sido el mismo Estado, ni que actuaba en representación de él o bajo su protección? Lo que dices me hace pensar que, realmente, estamos del mismo lado...

A: ¿Del mismo lado que usted? ¡Jamás! Eres un escuálido, un banquero, un majadero, un mentiroso, un gordo horroroso, un mentecato, un pelucón, un muerto de hambre, un apátrida, un idiota, tu madre se acuesta con cabras y tu primo segundo huele a orín de tortuga. Vete de aquí ahora mismo o serás protagonista de la próxima cadena de la SECOM.

En vistas de lo cual, mi interés es en averiguar qué es lo que aquí se entiende por Estado, que tanta y tan fuertes adhesiones produce, cuando por lo visto la experiencia que cada uno tiene, en su vida personal, del Estado suele ser bastante negativa: incertidumbre, atropellos, censura, absurdas interferencias, burocracia innecesaria, corrupción, cinismo, prepotencia. La verdad, sigo sin entenderlo o creo entenderlo parcialmente y puedo equivocarme. A mí me parece que se mantiene a flote el ideal del Estado Grande en parte con la evocación de ridículos "cucos" (la palabra "neoliberalismo" es uno de ellos: en realidad apenas nadie se identifica con este descriptor casi vacío de contenido) y recuerdos de eventos pasados evocados con una interpretación superficial y sesgada. Es decir: según la prédica oficial: si el Estado es malo, las alternativas son mucho peores. Obviamente, ayuda mucho en tal empeño si puedes conseguir, no solamente que la población reniegue de esas "alternativas" (reales o ficticias), sino que llegue a odiar a sus supuestos representantes... y eso es lo que vemos cada día, en El Telégrafo y por supuesto cada sábado en la tele, un esfuerzo sorprendente, constantemente renovado, por sembrar el odio, hasta el punto de que si algún día leo en El Telégrafo una columna de opinión que no intente hacerme despreciar u odiar a alguna persona o algún sector de personas, probablemente me moriré del susto. Me lleva a creer que hay personas, tal vez muchas personas, para quienes el odio es su entorno natural, viven y nadan como peces dentro de él, y los que estamos fuera de ese acuario apenas si nos ven, porque las paredes del acuario sirven como espejo, ocultando lo de fuera y haciendo que lo de adentro se multiplique ad infinitum. Repito: son conjeturas.

El miedo (a las desconocidas "alternativas") es una cosa, el odio (a los "banqueros" y "pelucones") es otra: luego también está la ilusión. El sueño de una sociedad "ordenada", simétrica, estable, pacífica, feliz, no sé si es tan viejo como la humanidad pero lo encontramos en Platón, así que su historial sí tiene, y desde luego es ese sueño lo que llevó, en el s. XX, a los paroxismos nacionalsocialistas y estalinistas, que ambos prometían una sociedad sin injusticias, sin atropellos, con magníficas carreteras y refinerías, y castigos ejemplares para los Enemigos de la Sociedad, fueran ellos banqueros, apátridas vendidos a poderes de ultramar, revisionistas o cripto-trosquistas. De hecho, si a un manifiesto del partido nazi de los años 30 le eliminas la palabra "judíos" y "alemán" a referencias como "se requiere mano fuerte contra esa conspiración internacional de los banqueros judíos que injustamente nos ha subyugado al orgulloso y patriota pueblo alemán", tienes un calco de un manifiesto cualquiera de los de AP: no soy el único en remarcar ese parecido. No estoy diciendo que los correistas sean nazis, pero que beben en la misma fuente es indudable: y esa fuente es el populismo, es el poder obtenido mediante la promesa de una sociedad justa y ordenada a cambio de depositar tu fe en el Hombre Fuerte de turno, concediéndole poderes ilimitados, y si esos poderes luego los usa para mal, "no fue culpa mía, yo no sabía...".

Y eso le gusta a la gente y atrae votos, porque no hay persona sobre la tierra que no quisiera en algún aspecto en su vida poder gozar de mayor estabilidad: en el trabajo, en la salud, en el futuro económico, en los precios, en las relaciones personales: de hecho, requiere de mucha madurez para poder declararse "feliz" sin tener ninguna garantía de permanencia y estabilidad en alguno de estos rubros: a mí me costó más de media vida llegar a ello. Intuitivamente, nos parece obvio que para que haya garantías de seguridad y de permanencia en nuestra vida, hay que sacrificarse, del mismo modo que para el Hombre Primitivo (ver post anterior) era obvio que para garantizar las lluvias y la fertilidad, era necesario sacrificar a algún niño o a alguna joven virgen a esos poderosos dioses que controlaban los elementos. Así, siguiendo al bueno de Hobbes, sacrificamos una parte de nuestra libertad y autonomía como seres humanos a cambio de que nos garanticen paz social, empleo, escuela para los niños, cuidados médicos., protección contra los terroristas, subsidio al precio del gas doméstico, etcétera. Y lo hacemos más convencidos porque nos prometen "justicia" en la distribución de esos bienes y recursos, porque nos exime de la necesidad de tomar decisiones difíciles sobre determinados temas, y porque esa sociedad utópica de mañana que nos prometen, de verdad parece la mar de bonita.

Todo esto lo comprendo. Además, como buen inglés que soy, me encanta sacrificarme. Pero hay una cosa que no puedo hacer, no sé si como buen inglés o mal ecuatoriano, y es sacrificar a otros "por su propio bien". Si me ofrecen un trabajo a cambio de censurarme, tal vez lo acepte: al fin y al cabo, el único perjudicado soy yo, y apenas nadie me lee ni cuando más inspirado me siento: poca cosa se pierde el mundo en fin. Pero si me piden el voto para un partido que promueve la censura para otros, ya no. No me creo cosa tan especial como para decidir sobre la vida de los demás, para imponer a otras personas un "sacrificio" que sólo les compete a ellos si lo aceptan o no. Y el voto me parece una manera peculiarmente cobarde de imponer su voluntad sobre otros. De nuevo: "yo no fui, fueron todos en conjunto, la mayoría, esa cosa sagrada, quienes decidieron joderte la vida". Lo que me lleva al siguiente punto:

Si se puede demostrar que en tal o cual ámbito se torna imprescindible una decisión política que, una vez tomada, comprometerá a todos, entonces me parece que la democracia plebiscitaria es la mejor manera de tomarla, y obviamente, la voluntad que debe de prevalecer en tal caso es la de la mayoría, no la de cualquier minoría. Eso es impepinable. Pero vemos a diario ejemplos de decisiones que fueron tomadas "en representación del pueblo", donde lo único que justifica la tal decisión es el hecho de que fue tomada por representantes elegidos, eso sí, por mayoría cualificada, a tal efecto. Y lo que me preocupa no es tanto el hecho de que ni el pueblo en conjunto, ni esa fugaz mayoría electoral, fue consultada en ningún momento sobre esa decisión concreta, ni razonablemente pudo haberla previsto (por ejemplo, lo del impuesto sobre la herencia, o los proyectados cambios en la Constitución en torno a la reelección indefinida): lo que más me preocupa es que nadie, al parecer, cuestiona la necesidad de decidir sobre tales cuestiones, o sea, la necesidad de tener una ley, un reglamento, una política, que comprometa a todo el mundo, cuando existe la alternativa de que cada persona decida por separado, como individuo, en la parte que le toca, favoreciendo por omisión o por defecto al existente status quo. Vivimos en un mundo donde a los políticos todo, absolutamente todo, les parece candidato para mayor regulación: tanto, que ni me sorprendió en lo mínimo enterarme de que en las discusiones de la Asamblea Constituyente hubo quienes quisieron inculcar un supuesto "derecho al goce sexual". Quiero decir que a mi modo de ver, si no se pone límites a lo que pueden decidir los políticos, eso sí "democráticamente", "en representación de la mayoría", tarde o temprano llegaremos a una sociedad orwelliana, donde el papel del individuo será simplemente seguir instrucciones a cada instante de su vida - hasta en la cama -, so pena de recibir la consabida patada en la puerta a medianoche, y desaparecer con resguardo uniformado en las fauces del Ministerio del Amor. Y permíteme decir que creo sinceramente que esa sociedad, la del colectivismo a ultranza, una sociedad de hormigas donde todos viven y trabajan para el "Bien Común" y no tengan ni vida propia ni pensamientos propios ni felicidad propia, es algo que algunas personas, algunos teóricos tanto del "Socialismo del s.XXI" como de esos variantes del progresismo y de la Justicia Social que hay en otros países, realmente quieren. Nos estamos acercando a eso, a nivel mundial, la mayoría como sonámbulos pero algunos con los ojos bien abiertos.

Sí. No sé si Sr Sader será uno de ellos - no tengo suficientes datos para formarme una opinión al respecto -  pero hay personas que, aparentemente motivadas por un odio o envidia generalizada hacia las personas de una individualidad más desarrollada, de mayor talento e inteligencia - se vengan de esa injusticia genética ideando un mundo futuro donde el talento y la inteligencia serán castigados, si no de otra forma, con la frustración permanente, con la censura, con la impotencia y si puede ser, también con el rechazo social. "Hoy eres admirado, mañana serás despreciado y evitado", parece ser el lema que les permite sonreír por encima de sus cornflakes matutinales. Tal mentalidad enfermiza, tan enfermiza que uno se resiste a creer en su existencia, se me reveló primero (y meridianamente) a través del feminismo radical occidental, donde en lugar de esa igualdad que casi todo el mundo añora, se persigue en todo momento la cuasi criminalización del sexo masculino (cadena de búsqueda: "manspreading"), aparentemente motivado por la creencia paranoica de que ser hombre en la sociedad occidental aun representa o conlleva algún tipo de "privilegio". Por lo que digo: no subestimemos nunca, nunca, el poder político del odio.

Pero sé que hasta aquí el Sr Sader no será capaz de seguirme, así que de nuevo, repito: son conjeturas. Lo único que pretendo es entender qué hay detrás de una ideología que a mí me parece bastante bizarra. Sólo busco comprender.

Volviendo a mis propias creencias como vampiro o como Tiranosaurio (usted elige): no es que yo sea uno de esos iluminados que dicen haber encontrado en los escritos de gente como Rothbard, Hayek, von Mises o peor todavía, Ayn Rand, una fórmula para la sociedad perfecta, que tan sólo requiere que mi partido o tendencia llegue al poder para implementar el Gran Plan. No tengo un Gran Plan, ni tengo demasiado respeto para quienes creen que un Gran Plan sea necesario. Mis nociones sobre el tipo de sociedad en que me gustaría vivir... bueno, digamos que no son muy prácticos, sobre todo en este país, y a medida que me vuelvo viejo, decrépito y chocho parecen nutrirse cada vez más de cierta ficción burguesa (novelas y películas) donde el Estado brilla por su ausencia en el terreno práctico, y reina mayoritariamente entre la gente la cortesía, la decencia, la ternura, la amistad y el buen humor, cualidades inculcadas a través de la familia y reforzadas con el buen vino o la buena cerveza, junto con cierto apego a la tradición (de nuevo, me remito a Mrs Miniver) y a la figura del milkman, ya ausente de Inglaterra desde hace un cuarto de siglo o más (cuando él salió por la puerta grande, llegó Ofcom por la de atrás). Claro que todo esto es puro sentimentalismo anacrónico de viejo baboso y cripto Tory, de acuerdo. Pero más sentimental (en el sentido que reñido con la razón y la experiencia) me parece el supuesto de que, si renunciamos a nuestras tradiciones (como, por ejemplo, la de la herencia), si renunciamos a nuestras libertades, si renunciamos a decidir individualmente sobre temas de trascendencia en nuestra propia vida, si renunciamos a nuestra moralidad y ética a favor de la ética minimalista de "la mayoría electoral siempre y en todo tiene razón, y Correa es su Profeta", si renunciamos a hablar claro "para no ofender", si renunciamos en suma a la dignidad, el resultado será una sociedad feliz, llena de sonrisas y solidaridad y buena onda. Y lo digo porque ya llevamos, según latitud, algo más de medio siglo en esta broma de darle poderes ilimitados al Estado, y a medida que la libertad individual va desapareciendo, también, según observo, desaparecen las cualidades personales que yo valoro, y con ellas, las posibilidades de ser feliz, tanto individual como socialmente. Ya he hablado bastante de esto en otros lugares. En esa Inglaterra de mi infancia, por ejemplo, si una persona hubiera sido agredida en la calle y llevara la mandíbula rota, habría recibido socorro de parte de unos desconocidos preocupados y con un mínimo sentido de responsabilidad individual. En la Inglaterra de hoy, ese espantoso Nanny State, si andas por la calle con la mandíbula rota, es señal para que vengan unos jóvenes y te roben la mochila: y los testigos del evento, por su parte, pondrán el ojo en el cielo y se quejarán de que "el gobierno" no ha sabido proteger al desvalido.

O sea, la cuestión de hacia dónde vamos como sociedad en algunos casos se puede resolver empíricamente. En Ecuador, está claro, ni nadie lo disputa, que vamos por el camino venezolano. Si los resultados, actualmente a la vista en ese país, son de tu agrado o no, cada uno es libre de decidir sobre la cuestión. Que no digan después que no fueron avisados.

Volviendo al tema de la democracia y la tiranía de las mayorías, valga la aclaración: soy demócrata, en el sentido de creer que vale la pena tener elecciones cada cuatro años o así, aunque reconozco que mi adhesión a este sistema se debe en parte a pereza intelectual y tal vez falta de imaginación. No tengo nada en contra de las elecciones (aunque me parece que $6.000 es demasiado para un asambleísta: yo la pagaría $600, mucha gente vive con menos y produce más). Pero también soy constitucionalista, en el sentido de creer que por encima de esa "voluntad mayoritaria" expresada en las urnas deben estar las normas de convivencia de una sociedad, que en EEUU se especifican en un documento escrito, una Constitución intocable, y en el R.hU. en un conjunto de tradiciones también consideradas, hasta hace relativamente poco, como intocables. ¿Por qué "por encima"? Pues porque, muy sencillamente, el voto de un miembro del electorado sólo se puede interpretar correctamente dentro de un contexto, que es el que provee el estatus quo actual. Si alguien viene y promete una sociedad completamente nueva, que no tenga nada que ver con lo que hasta ahora han vivido los votantes, probablemente es un charlatán, pero en todo caso, su propuesta merecería un escrutinio mucho mayor que lo que la mayoría tendrán tiempo y facultades intelectuales suficientes para darle. En la práctica, todo político, por "revolucionario" que pretenda ser, se enfrenta a un electorado que, salvo determinados temas y quejas, quiere que todo siga igual... o aunque no lo quiera, lo supone. Si en realidad todo va a cambiar (hasta la misma Constitución) y no se lo dices clara y detallada y repetidamente al electorado y con tiempo, poco queda de tus pretensiones "democráticas". Ahora bien, valga aclarar que la palabra "intocable" no me gusta mucho. En el contexto británico, soy de los que celebrarán con fiestas y jolgorio cuando por fin se mande al exilio a esa infumable monarquía parasitaria que el inglés de la calle todavía soporta con un estoicismo digno de mejores causas. Lo que estoy diciendo no es que todo deba seguir igual, sino que todo es sujeto a revisión, todo puede cambiarse o mejorarse... pero no todo a la vez, porque entonces no hubiera manera de interpretar la voluntad ésa,  "popular", "mayoritaria", que siempre se expresa en un idioma que toma sus acepciones del pasado, de lo conocido y familiar. Si me cambias el significado de una palabra, puedo adaptarme: de cinco, con dificultad; si me reescribes todo el diccionario, estoy perdido, no hablo ese idioma. El lector juzgará si algo de esto tiene relevancia en la situación política actual.

Entre esas "normas de convivencia", hay dos en especial que la experiencia ha demostrado como imprescindibles. Una, el "rule of law" o Estado de Derecho, o sea, la garantía de que la Ley se interpretará y se aplicará a todos por igual, sin privilegios ni distinción de personas ni favoritismo ni venganzas políticas. Otra, la presunción de inocencia en el campo jurídico. Obviamente, ninguna de esas dos normas se aplica en el Ecuador actual. Con lo cual, toda pretensión hasta la fecha de tener un "Estado Democrático" no es más que farsa, y lo de la "Revolución Ciudadana", broma de mal gusto. Más que revolución, lo que hemos visto acá no es más que un asalto al poder de parte de una nueva generación de intelectualoides algo más displicentes, rencorosos y maleducados que los anteriores.

Por lo que repito: el problema es El Poder. Y no es que exista una fórmula mágica para deshacernos de ese problema: estoy convencido de que tal fórmula no existe. Pero sí existe una actitud positiva, una respuesta si se quiere "fabiana" al peligro que representan los caprichos y las locuras de los poderosos. Consiste en defender, con uñas y dientes, lo poco que nos queda de individualidad, de autonomía, de relativa libertad, en no conceder ni un milímetro más a esos megalómanos, esos enfermos mentales partidarios de la "ingeniería social" y de las utopías ya extensamente desacreditadas. Al mismo tiempo, demostrar en la práctica y en la cotidianeidad que nosotros como individuos podemos dirigir con éxito nuestros destinos, practicando libre y voluntariamente las virtudes solidarias, sin la "ayuda" de ese Estado que, en su arrogancia, pretende que sin su permanente intervención seremos bestias feroces que nos autodestruiremos. Consiste en dejar que sean los policías, los verdaderos "violentos", los que tiran las piedras. De esta manera, previsiblemente y con el pasar del tiempo (mucho tiempo) conseguiremos que el Estado se achique, por los esfuerzos de una nueva generación de personas honestas, capaces y comprometidas con el logro y el éxito individual, se vuelva algo más humilde y menos prepotente, y nos deje espacio para vivir dignamente como individuos y como parte de una sociedad cuyas reglas hayan sido creadas por consenso y no impuestas desde "arriba".

Estoy cansado. Queda por mencionar, obligatoriamente, ese "Mercado" que constituye el mayor "cuco" en el artículo de Sader. Me permito una cita directa:

En su lugar se promovía la centralidad del mercado y de las empresas, identificados como eficientes, dinámicos, baratos. Cuanto menos Estado, mejor (para ellos). Estado mínimo significa mercado máximo. Menos regulación, menos derechos, menos protección, menos políticas de inclusión social.

Exacto. Aunque la cuestión de si, por ejemplo, la educación o el transporte o la salud se proveen de forma más eficiente y barata a través del Estado o a través de empresas del sector privado es una cuestión puramente empírica, donde yo por lo menos estoy abierto a persuasión en uno u otro sentido, estadísticas en mano, queda la cuestión de cómo queremos enfocar temas como la protección del individuo (en diversos sentidos, pero pongamos, contra la estafa y la violencia), o qué haremos en contra de diversos tipos de discrimen social. Los Estados modernos más exitosos parecen tener cada uno su leyenda, esa historia sorprendente que "demuestra" que a pesar de todo, para algo bueno sirven. En el R.hU., ese "Estado" tan injustamente denostado nos defendió contra los nazis. En EEUU, abolió la esclavitud. En España, se puso firme contra Tejero y Milans del Bosch. Etcétera. No se me escapa que en cada caso, se trata de un Estado que nos soluciona un problema creado o incubado por un Estado (el mismo, o algún otro). Dejemos eso aparte. Pongamos que según cierta moralidad, el bienestar y la protección de "todos" es asunto y responsabilidad de "todos", y el Estado - ese Estado benévolo y no el que mejor conocemos - no es más que el ejecutor de esa sagrada voluntad de ese "todos", o sea, "del pueblo", por lo que, si te opones a ese Estado, estás expresando tu irresponsabilidad, tu desprecio y tu indiferencia al bienestar o al malestar ajenos: prácticamente te estás desvinculando de la raza humana. Lo cual me parece a mí pura demagogia, pero me siento caritativo, por ello lo de "cierta moralidad". Debe ser evidente que no la comparto, no porque me es indiferente el sufrimiento ajeno, sino por todo lo contrario: porque a mí personalmente, el Estado me ha infligido daños y sufrimientos innumerables, porque he visto lo mismo en la vida de otras personas, y por tanto, tengo tendencia a equiparar la intervención del Estado con el dolor, no con la cesación del mismo.

Tomemos por ejemplo el tema de la "inclusión social": no sé bien bien qué entiende Sader por el término, pero puedo decir que de las diversas formas que he visto de "exclusión social" desde que estoy aquí, ninguna ha sido atacada por el Estado o por el gobierno de Correa o sus instancias representativas, y muchas de ellas son creación de ese Estado, por ejemplo, la negativa a permitir el llamado matrimonio igualitario, que es una decisión que le corresponde exclusivamente al Estado y a sus instancias gubernamentales, sin excusas posibles. En otro lugar dije que las iglesias como la Católica tienen tendencia a apropiarse de un descubrimiento o avance moral con tan sólo un siglo o dos de retraso respecto al pueblo llano, por lo que previsiblemente tendremos obispas mujeres antes de terminar el siglo XXI o por lo menos en el XXII; de los gobiernos se puede decir lo mismo, sólo que esos dos siglos se reducen a cuatro años, el tiempo que se tarda en descubrir que tal o cual "exclusión" importa tanto a la gente que es traducible en votos: no es menos verdad que todo lo que hace el Estado al respecto viene tarde, es insuficiente y viene envenenado por cálculos electorales. Por lo que, bien sea verdad que los "derechos" en última instancia sólo los puede garantizar el Estado; esos mismos "derechos" nacen primero en la imaginación de los individuos libres, y para hacer que el Estado los reconozca, siquiera, a veces hay que cortar cabezas.

Con lo cual, de nuevo, no estoy diciendo que el Estado no tenga ningún papel: mi problema es con esa gente autoritaria, arrogante y prepotente que cree que el Estado debe conducir al Pueblo por el sendero de la justicia, y no al revés, bottom up. Si el Estado realmente respondiera a las inquietudes de la gente en cuestión de derechos, de protección, de no discriminación, etcétera, me merecería una puntuación más favorable: pero por lo general, no lo hace, o lo hace mal. Son cosas que uno tiene que haber vivido. Si se quiere, recuerden las manifestaciones multitudinarias alrededor del mundo, y sobre todo en España (donde yo vivía entonces) contra la invasión de Irak: ni así se pudo llevar a la cordura a esos corruptos gobernantes, a ese Estado demoníaco que hacía llover las bombas sobre Baghdad.

¿Eso significa que creo que el Mercado es la solución a todo? Sader dice:

Algunos de los que han hecho la crítica de una llamada ‘estadolatría’ de la izquierda en el período histórico anterior, han buscado refugio en la ‘sociedad civil’, que mal pudo enmascarar al mercado, en la versión dominante del  neoliberalismo. Las ONG y algunos intelectuales se han mezclado con el neoliberalismo, por el rechazo común al mercado. Sin considerar el punto de vista sobre el poder del Estado, esas fuerzas han desaparecido de la escena política.

Francamente, no entiendo eso. Yo sí creo en la "sociedad civil": no la equiparo con "el Mercado", pero tampoco "rechazo" este último, lo cual sería absurdo. El mercado es el conjunto de las transacciones de intercambio de bienes y servicios emprendidas en libertad. Si tengo algo que vender o si hay algo que quiero comprar, recurro al Mercado, porque me considero libre para hacerlo. Si el Estado me dice que no soy libre para hacerlo, y que si intento comprar o vender lo que sea terminaré en la cárcel, pues no lo haré. Pero esa interferencia no veo en qué puede beneficiarme o beneficiar a la sociedad, salvo posibles casos muy restringidos y particulares que tendrían que sujetarse a debate. Por lo general, aunque con imperfecciones y aunque no consigo ver ninguna Mano Invisible, el Mercado funciona más o menos, trae satisfacción, alimenta a la gente, nos permite escribir interminables artículos que nadie leerá, etcétera. Es como el motor de combustión interna: tal vez no sea la octava maravilla, a veces nos da frustraciones, pero nos sirve. Abrir el capote y caprichosamente arrancar la batería y reemplazarla por un oso de peluche, permíteme creer que no le va a servir a nadie de mucho: y a eso, más o menos, se reduce todo intento de "mejorar el Mercado" desde el Estado de que yo tengo constancia: si sabes más que yo al respecto, explícamelo en la caja de comentarios.

Porque la esfera del neoliberalismo no es una esfera privada, sino la esfera mercantil, donde todo se vende, todo se compra, todo es mercancía.

Otro indicio más de que el neoliberalismo ése es cuco, es cuento: si Sader puede citar a un solo autor que exprese, sin ironías, la idea de que "todo es mercancía", que lo haga, pero ya sabemos que no puede. Nadie cree eso ni lo ha creído nunca. Lo más parecido a tal barbaridad es esa actitud estatista que predica que cualquier cosa, cualquier atropello, se puede justificar si viene avalada por una mayoría electoral: creencia expuesta implícitamente por Correa y alguno de sus secuaces en hartas ocasiones. El estatismo sí que nos convierte a todos en peones, en "mercancía" electoral, puesto que nada de lo que nos importa como individuales es sagrado, todo se vuelve sujeto al vaivén populista, a una posible expropiación por motivos de cálculo electoral (o por otros motivos más sombríos) y así, para participar en la carrera de ratas no nos queda más que actuar como ratas y pensar como ellas, recordando lo dicho en esa película, Men in Black: "los individuos suelen ser bastante listos, puedes hablar con ellos: los grupos ya no, son imbéciles".

Lo cual (actuar como rata) debería de resultarme fácil, en mi vocación de vampiro. Si me cuesta como aparentemente es el caso, ten por seguro que pronto llega el día en que, extenuado, dejo que me atraviesen el corazón con la estaca. Mientras tanto, no se desprendan del ajo.


Thursday, July 23, 2015

Reescribir la historia (2)

Soy de bechamel, principalmente. Si eres paciente y caritativo y te pones a hurgar a punta de tenedor, igual encuentras alguna molécula de queso y algún granito de pimienta, pero básicamente soy bechamel. Mis ingredientes son baratos, su mezcla, apresurada, el resultado, insulso. Con esto quiero expresar que soy mediocre, y que lo sé. El saberlo me salva de la ridiculez que asola a algunos que, siendo mediocres, se creen otra cosa: autoridades, luminarias, expertos, grandes pensadores, faros para la humanidad. Hace tiempo quise expresarlo de otra manera, describiéndome a mi mismo y a este producto que tiene en su pantalla con el adjetivo middlebrow: mi sorpresa fue que cada vez que escribí la palabra, se deformó entre dedos y teclado, saliendo transformada en, pongamos, algún vocablo alemán inexistente. Conste que hice varios intentos. Por lo visto, hay palabras que tus dedos se resisten a escribir. Para poder escribirlo ahora, he tenido que levantarme de la cama después de un mal sueño y engañar al cuerpo, desmelatoninizado y con los ritmos circadianos en franco desarreglo. Estoy todavía parcialmente sonámbulo. Será interesante ver qué tipo de post me sale en estas condiciones.

Les prometí comentar esto. Para los despistados y a modo de resumen, la Secretaría de Buen Vivir ha decidido que para justificar esos pingües salarios que perciben, nada mejor que enviar artículos ocasionales al Telégrafo, de discreto autobombo, artículos que dejen patente, en un país como éste, la necesidad de una Secretaría de Buen Vivir, otramente conocida como Ministerio de la Felicidad. No sé cómo han conseguido que el Telégrafo les ponga a esos productos el descriptor de (I)nformación: sospecho que emborrachando a Orlando Pérez y tal vez metiéndole un Mickey Finn, pero puedo equivocarme. A lo mejor esa gente se presta y todo. Misterios del periodismo "público".

El artículo, aparte de pertenecer a ese género de periodismo barato, deshonesto y resueltamente mittelbräu que hasta un mediocre como yo puede desarmar sin esfuerzo, me pareció interesante en tanto se nutre, eso sí de modo parcial y cabe decir furtivo, de uno de esos mitos bobos pero atractivos y persistentes que nos sirven a veces para simplificar y así organizar nuestra percepción del mundo y de la historia, mitos que, cada uno a su manera, transforman a las personas en personajes bidimensionales, de tebeo, en pasmados actores de un drama maniqueo. Me refiero en este caso al mito del Happy (o NobleSavage, sambenito que hace mucho le colgaron a Rousseau, no muy justamente valga aclarar. En su versión actual más o menos va así:

En el Principio estaban los Pueblos Tradicionales. La humanidad, en este edénico estado precapitalista, vivía en paz consigo mismo y con la Naturaleza. Los individuos eran felices, en parte por sus vínculos solidarios con la comunidad tribal, en parte por la ausencia de esa fiebre de codicia, del consumo, que enfrenta hoy a los hombres contra los hombres. No había problemas ecológicos o medioambientales, porque a la naturaleza, a los animales y a las plantas y al aire y al agua se los respetaba: incluso, dentro de cada elemento de la naturaleza se apercibían divinidades.

Luego apareció el malo, el villano de la película, el Hombre Blanco Europeo, con su devastador insatisfacción, su fiebre de oro y de conquistas, su crueldad, y su tendencia a instrumentalizarlo todo, hasta la naturaleza, que así quedó transformado en simple proveedora de recursos para la incipiente industria capitalista. Las comunidades que no fueron aniquiladas por él sufrieron la alienación que el Hombre Blanco trajo consigo, al someterlas, si no a la esclavitud, a las labores indignas, al duro trabajo en tristes fábricas o minas. Hasta la tradicional solidaridad hacia la comunidad tribal fue reemplazada por el egoísmo rampante de la guerra hobbesiana de todos contra todos. Ahora estamos cosechando lo que sembramos: comunidades fracturadas, discrimen, desastres ecológicos, concentración de riquezas.

Al final aparecen los salvadores, los héroes, los llamados a desfazer todos esos entuertos. De momento, sabemos que uno de ellos se llama Freddy Ehlers. Trompetas y aplausos.

Como en todo mito poderoso, hay grumos hasta sabrositos de verdad en todo este bechamel, por supuesto, pero no deja de ser una visión infantil de la historia. El primitivismo, la exaltación de una imaginaria utopía pre tecnológica, ha sido desde siempre un vicio burgués, cuando no aristocrático. Hace pensar, inevitablemente, en esos reyes y cortesanos del siglo XVIII que se divertían vistiéndose de "sencillos pastores" y dirigiéndose floreados sonetos de amor, aparentemente convencidos de que la vida de un pastor de ovejas se consume en divagar por los verdes prados ideando elocuentes alabanzas de los bellos ojos de la anhelada Amaryllis. Si a ellos se les preguntara quién se preocupaba más por "la felicidad", sin duda hubieran saltado a la misma conclusión que nuestros eminentemente aburguesados Secretarios de Buen Vivir: que los antiguos y primitivos sabían bastante más de felicidad que nosotros, pues a lo único que se dedicaban era eso, merodear por los campos y escribir poemas.

Contra tales idealizaciones del pasado existen varios antídotos. Uno que me ha servido a mí, personalmente (sobre todo en mi fase Bailando con Lobos): indagar en los restos arqueológicos de un lugar llamado Crow Creek, en South Dakota: ahí encontramos que a ese Nativo Americano Precolombino (1325) noble y pacífico no le importaba demasiado irrumpir en una aldea de otra tribu, aprovechándose de cierta debilidad fruto de la desnutrición crónica, desmembrar, incinerar y matar a hombres, mujeres y niños y escalpelarlos (hasta a los niños) sin piedad. Esos huesos encontrados nos pintan de manera bastante elocuente cómo era esa vida primitiva llena de felicidad y "armonía con la naturaleza". Enfermedades crónicas, puntas de flechas de enemigos enterrados en los huesos de piernas y brazos, ya de por vida, hambre y desnutrición, elevadísima mortandad infantil y materna, y para colmo, la perspectiva de agonizar lentamente bajo la mirada triunfante de un guerrero enemigo, delante de los cadáveres frescos de tu esposa e hijos. Más cerca de casa: el imperio Inca, subyugado por los españoles (o tal vez mejor dicho, por sus enfermedades) era un encantador lugar donde cualquier día podías ver seres humanos, hasta niños de 6 años, ceremoniosamente estrangulados en lo alto de una montaña como sacrificio al dios Inti. Sobre el grado de "felicidad" de que gozaban esos seres, no nos ha llegado testimonio alguno.

Y en cuanto a esa supuesta "armonía con la Naturaleza", es evidente que las sociedades primitivas se ven obligadas a negociar con el ecosistema circundante un modus vivendi más o menos estable a medio plazo, so pena de perecer y así no llegar a nuestra atención siquiera (y ¿a cuántas les habría pasado precisamente eso?) y que sus limitaciones tecnológicas les impiden infligir determinados tipos de daños al medio ambiente, pero no seamos giles confundiendo limitaciones e impotencia con responsabilidad y sabiduría. Dale a un Pueblo Primitivo una Isla de Pascua, por ejemplo, y en poco tiempo llevarán a la extinción a numerosas especies, entre ellas la palma más grande del mundo (en cambio, te fabricarán unos preciosos moai). El patrón se repite alrededor del mundo: sobreexplotación de recursos, bosques talados, suelos agotados. El hombre primitivo es oportunista, y según en qué latitudes, nómada: no le importa cagar en su propio patio trasero, si mañana ese patio ya será de otro. Es cuando la opción de marcharse ya no se presenta que descubre la rotación de sembríos y otros trucos para no quedarse en la inanición.

Adonde voy con esto es a constatar que si es la ecología lo que nos preocupa, la buena noticia es que no tenemos gran cosa que aprender de los "saberes ancestrales", y en cambio mucho que aprender de nuestros propios congéneres y, por supuesto, de la ciencia. Me consta que bajo el capitalismo occidental del s.XXI, hasta la persona más despreocupada es, por educación e instinto y costumbre y reflejo cotidiano, más ecológicamente consciente que cualquiera de sus antepasados, aunque su conciencia no siempre abarque las consecuencias indirectas e invisibles de su relativamente opulento consumo. Lo que no debe hacer nunca, en mi bechamelizada opinión, es confiar en el Estado supuestamente sabio y benévolo para cuidar ese medio ambiente que tanto le importa. Los estados no tienen en este tema un currículum digamos que brillante, las economías socialistas de Europa oriental en especial (antes de la reunificación alemana la biosfera del DDR presentaba un aspecto realmente dantesca, sobre todo en lo referente a contaminación del aire). La firma del socialismo "planificador" también aparece debajo del desastre de Chernobyl y otros menos reportados, siendo el problema de fondo, al parecer, la falta de compromiso y de amor y dedicación producto de una sociedad donde no existe propiedad privada de tierras y recursos. "Que se queme todo, a mí qué, pues que nada es mío, ni de mis hijos podrá ser". Contra semejante "egoísmo" los teóricos del Buen Vivir no han sabido hasta la fecha ofrecer más que sermones piadosos, pero eso es tema aparte. Ya llegamos.

Ya sé, ya sé. Mucho hombre de paja aquí: después de todo, no es que la Secretaría de Buen Vivir nos esté recomendando crear kibbutzim y abrazar árboles (todavía). El mito ya comentado lo detecto tan sólo como supuesto trasfondo conceptual de las extraordinarias afirmaciones del artículo, entre las cuales:

En el tiempo de Aristóteles, la felicidad era un tema fundamental en la vida cotidiana. (...)
Pero pasaron los siglos y la humanidad se orientó hacia la razón instrumental.

...cada vez se tornó más necesario pensar en el bienestar del ser humano a costa de su entorno natural, separándonos de nuestra condición original que nos ata a la naturaleza como a las plantas o a los animales.

...Occidente y su avasallador avance sobre los territorios americanos, africanos o asiáticos estaban aniquilando la importancia de las cosas sencillas, entre ellas, la trascendencia de la felicidad.

Entre el período de revoluciones del siglo XIX hasta que el siglo XX, las discusiones y las preocupaciones por obtener la felicidad fueron reemplazadas por algo que empezó a ser más importante: el progreso, el desarrollo, la civilización, la modernidad.

Ya se hacen una idea. Para el autor del texto, una vez que te pones a razonar, de una manera "instrumental" (o sea, buscando la mejor manera de utilizar los recursos en beneficio propio o ajeno), de alguna manera misteriosa te estás separando de "nuestra condición original", que aparentemente consiste en, ya digo, deambular por verdes y floreados prados y pastos tocando la flauta y componiendo sonetos a los ojos de Amaryllis. Cuéntaselo a nuestros antepasados, aquellos Homo erectus que empleaban la "razón instrumental" para transformar una piedra de sílex en una hacha para matar animales que si no los matabas, con probabilidad te mataban a ti (gracias a Stanley Kubrick, el parecido entre estas prácticas y la creación de naves espaciales ya nos parece cosa obvia). En breve: el texto descansa sobre una dicotomía imposible de sostener, entre un idealizado hombre primitivo a quien la "razón instrumental" milagrosamente no tiene por qué importarle, y un satanizado hombre capitalista que a fin de procurar "bienestar" y "desarrollo" se olvida de ser feliz. Hasta se da a entender que la felicidad en sí, como tema de conversación, llegó, con "el paso de los siglos", a ser dominio exclusivo de unos cuantos filósofos nostálgicos y despistados. (De buen seguro el autor no ha leído a Jane Austen.)

Lo que nos lleva al "hombre moderno", para quien "El ser humano ... es feliz mientras más tiene".

Intento adivinar qué es lo que le pasa al autor de estas sonseras. Por lo visto, intenta demostrar su conocimiento del tema que le toca de cerca, el de "la felicidad", salpicando el texto de referencias a filósofos y alguna que otra fecha; pero la impresión general es que se trata de un cuasi analfabeto, para quien el dominio de un tema filosófico se reduce a una lista de referencias apresuradamente googleadas, mezclada con toques de ese seudo marxismo de tebeo tan apreciado entre los editorialistas del medio en cuestión. (Digo "seudo": el propio Marx tenía durísimas palabras en contra de los primitivistas bobos de su tiempo. Yo no le mezclo con esto para nada.) Por sobre todas las cosas, el Secretario de Buen Vivir necesita que creamos en el mito ése de que, si él tiene sobre su escritorio un BlackBerry o un Samsung Galaxy, es porque lo necesita, cosas del trabajo, ya sabes, pero si otro lo tiene es porque es un iluso, un cretino, un "hombre moderno" que por no haber leído El Telégrafo con suficiente constancia ha caído en el error de creer que semejantes artilugios le van a hacer "feliz".

Es decir, puede que tú no lo creas, puede que tú sólo compras tales artículos de consumo porque, de acuerdo con tu estilo de vida, "los necesitas", o bien, "te sirven para algo"... pero ten por seguro que el que tienes al lado los compra por eso, porque cree que "es feliz mientras más tiene". Y sabemos eso porque la gente sigue comprando y consumiendo, cada vez más, en vicioso espiral; también lo sabemos porque lo dice el Papa, y lo repite todo sacerdote que se precie cada domingo desde el púlpito.

¿Se te ha ocurrido alguna vez - casi me da vergüenza decirlo - preguntar a la gente si realmente cree eso?

Yo, personalmente, no conozco a nadie que alguna vez haya opinado que "soy feliz mientras más tengo". Más: los estudios tampoco apoyan ese mito del hombre moderno resueltamente materialista (al parecer, la gente valora más el consumo de "experiencias"). Y ese mítico capitalista/banquero rapaz, desquiciado, enfermo de codicia, es un evidente stock character de cierta ficción barata y tremendista. El mundo en el que vivimos no es tan sencillo. Es cierto que consumimos más que en cualquier otra época. El capitalismo, tan denostado, nos lo permite, haciéndonos cada vez más prósperos (a algunitos, pero a cada vez más de esos algunitos) en cuestión de ingresos discrecionarios. Es también cierto que a veces compramos cosas que no nos sirven de mucho (conocí una vez a un tipo que se fue a Barcelona y volvió con siete despertadores de aluminio con baño de oro. Siete.) Pero en cuanto a que creemos que esas compras nos van a hacer, netamente, "felices": ni tanto ni tan calvo. Te sorprenderás, pero tus semejantes no son tan idiotas como crees.

La felicidad, todos lo sabemos, es un tema complicado. Para Maeterlinck fue un pájaro azul: aquí consta que para mí fue, durante un tiempo, un mosquero bermellón, un pájaro rojo. El símbolo del pájaro se vuelve irresistible: te acercas, se aleja. Te acercas, se aleja. Lo contemplas, no lo tienes. Si realmente crees que se encarna en esa última cosa que tienes que tener (zapatos, cartera, celular, guitarra, nebulizador...) los estudios más fehacientes te dan entre tres y cinco meses de relativa satisfacción antes de que esa nueva posesión simplemente se vuelva parte irrelevante de tu mueblería habitual, y otra vez a la busca y captura de la cosa elusiva. Relativa en todo caso, muy relativa. Puede que leas en algún momento a Maslow (OK, "leer" es un decir), y así, te des cuenta de que los más avispados ya dejaron de comprar cosas innecesarias como locos y se dedicaron en su lugar a cultivar la amistad, el amor, el servicio a la comunidad, la exploración del mundo, la trascendencia, o sea, a escalar el famoso pirámide. Tarea nada sencilla, pero si lo emprendes, no es que de repente te encuentres solo, sino rodeado de afanados "hombres y mujeres modernos", de los tan injustamente denostados por nuestro Secretario de Buen Vivir, ese Poseedor de la Verdad Ultima y Sin Nada de Bechamel. Todos a nuestra manera estamos en ese camino: siempre, a través de la historia, lo hemos estado, y no es culpa de Jane Austen ni de Shakespeare ni de Stendhal ni de DH Lawrence ni de Auden ni de Saul Bellow que se olvidaron de incluir en su voluminosa contribución a la búsqueda de la felicidad alguna de las palabras claves que un ignorante burócrata puede captar y procesar. La conversación de las personas libres sobre el tema seguirá como siempre ha seguido tanto si la entiendes como si no, señor Ministro. Tenlo por seguro.

Y parecería que no lo entienden, que realmente no saben de qué va la película, pues he aquí que se ha abierto una conversación oficialista, o sea, de "gobernantes" o aspirantes a, sobre la medición de la felicidad. Y con todos los reparos que admite Falconi, respecto a la subjetividad de la definición y lo cuestionable de los criterios a usar, sabemos que este chou arrasará (con las obligadas referencias a Bhutan) porque ¡imagina que nuestro país salga al principio de la Lista de los Más Felices: qué felicidad! Es decir, al igual que en este país hay gente incapaz de comunicar eficazmente pero que tiene la pretensión de "regular" la comunicación, así tenemos gente que cree que la felicidad es algo así como unas olimpiadas en que, si regalamos suficientes sonrisas, tenemos la posibilidad de salir con medalla de oro o por lo menos una de plata respetable, y bajo esa perspectiva de codicioso primate, pretende medir algo que ni sospechan en qué puede consistir. Como dice Hannibal Lecter en aquella película: hurgan torpemente en tu cabeza como un universitario primerizo se forcejea con una faja-sostén. Triste pero cierto. A este paso, no me extraño si luego pretenden también un Impuesto a la Felicidad Sobrante. Ojo.

Y como últimamente todo lo que escribo lo hago pensando en mi hijo, que algún día leerá todo esto, o hasta donde consiga antes de caer muerto de sueño y aburrimiento, ¿dónde estoy con ese aprendizaje de la felicidad: sí, yo? He aquí, brevemente, mis lecciones:

"A Robin Redbreast in a Cage/Puts all Heaven in a Rage." La felicidad no se puede tener. Inténtalo, intenta cazarla y enjaularla, y ya verás. No. La felicidad es como las mujeres: se contempla nomás. Desde lejos o desde más cerca, pero se contempla. Intentar otra cosa con ella, con ellas, es simple insensatez y, de paso, es perder el tiempo. Lo que me lleva a:

El triste Mercado de las Relaciones. Una vez - hace un siglo al parecer - fui joven, y quise relacionarme: con mujeres si realmente quieres saberlo. (Nunca fui gran devoto de la acumulación de posesiones, pero de las Material Girls, sí, materialista siempre fui.) Y como tengo esta naturaleza o esta tendencia, salté etapas. Siempre lo hago. Empiezo los cursos de guitarra por el último capítulo, y las comidas por el postre. (Bueno, figurativamente en este último caso. Ya me cachas.) Así, me presenté al Mercado de las Relaciones, a ese desfile de esclavos en busca de amas, con todo el cargo de bechamel en la cara y ni una puta hoja de perejil. Ya te imaginas. No me pudo haber ido peor. Y la culpa, quiero reconocerlo públicamente, no fue "del mercado", que no es más que fenómeno humano, condenado a funcionar con seres humanos, ni tampoco de ninguna de ellas, de esas mujeres, sino mía, por no haberme dado cuenta de esa simple realidad, que en las relaciones sólo vas a sacar lo que eres capaz de meter, que nadie es "tu otra mitad", que nadie va a suplir tus faltas ni regalarte felicidad pour tes beaux yeux. La felicidad la tienes que traer tú y ponerla sobre la mesa, cara arriba. Y si llegué a esta edad que ahora tengo con tanto bechamel y tan poco queso, es porque cometí el error básico de usar la búsqueda de la felicidad como pretexto para dejar de lado el esfuerzo de convertirme en un ser merecedor de felicidad. Si las mujeres odian y se desdicen del "necesitado", no es por egoísmo, es porque así son las cosas. Hice ademán de no ser de ésos, de los "necesitados", pues en algunas cosas uno aprende a ser buen actor, pero en realidad lo era. Que el destino benévolo te niegue lo que "necesitas" y te regale, con toda abundancia, lo que tan sólo quieres.

Porque de eso también se trata: de "necesitar" menos. (Allá arriba, en lo alto del pirámide, hay gente que dice que no necesita nada: hasta ahí no llego yo, por mis pecados.)

Hay algo en tu cabeza que sueles ignorar o tratar con desdén, algo que se regocija y se siente feliz con la vista de un simple pájaro de colores, con una flor repentina, con una sonrisa sin segundas. Aprende a escuchar esa voz menospreciada, y a la larga, te llevará por senderos que ni imaginabas existían.

Monday, July 20, 2015

King Kong vs Godzilla

...La Batalla de los Periodismos Chungos. (Perdón: "Truchos". El españolismo sigue gustándome más.) Me explico:

King Kong sería El Universo. Es más simpático. Tiene una cara de gorila, o sea de primate, parece casi humano. A veces recoge a alguna diminuta doncella rubia, pero no la maltrata. Godzilla, El Telégrafo. Más reptiloide, más despiadado, más radioactivo. Pero ambos monstruos en fin. Y sus armas:

La semana pasada, creo que fue, empecé a notar, en más de un artículo del Universo acerca de esas manifestaciones y esas protestas, un curioso giro: cuando era cuestión de informar sobre lo dicho por Correa o algún representante del gobierno, la cita iba entre comillas; cuando era Nebot el que hablaba, las comillas desaparecían. Si tengo tiempo (no sé cuando: estoy sobrecargado de trabajo y deadlines ahora) buscaré un ejemplo, pero la cosa va aproximadamente así:

"Nebot es un maricón", dijo el Presidente.

El maricón es el propio Presidente, expresó ayer el alcalde de Guayaquil.

Nah, mejor busco un ejemplo, pues la cosa era realmente penosa, más de lo que he conseguido reflejar aquí: se notaba a la legua el deseo de inducir adhesión a las opiniones de Nebot haciéndolos parecer, momentáneamente, como constataciones de hechos reales, antes de llegar al obligatorio y cumplidor reporting verb. Uno se pregunta a quiénes quieren engañar los editores de El Universo con estas niñerías. ¿De veras toman a sus lectores por imbéciles? Si necesitan un editor que dé la talla, hasta yo puedo sugerirles algunos nombres.

Por el lado del T., hace tiempo que quiero adentrarme en un bosque, quitarme toda la ropa, abrazar a algún árbol, y luego dedicarme a dar vueltas como derviche aullando a pleno pulmón, unos auténticos primal screams, del dolor cerebral que causa ver en el órgano del gobierno, tan piadoso, tan sermoneador y organizador de eventos sobre el "buen periodismo", barbaridades como ésta. Ya está bien, Sr Pérez, de vendernos gato por liebre, de meter artículos de opinión entre los de noticias en la portada digital, con títulos que inducen a la creencia errónea de que hay pretensión de objetividad y rigor periodístico en ellos. Por lo menos cuando se llega al final se tapa las vergüenzas con esa (O) decente y de noblesse oblige. Pero esta vez, ni eso. Usted me explicará cómo la frase siguiente puede categorizarse, como sus editores lo categorizan, como (I)nformación:

Pero, el individuo moderno no recuerda aún que primero y más importante siempre  ha sido ser feliz para producir mejor.

¿De veras que ustedes pretenden informarme con esta patética monserga?

Tienen suerte de que voy inundado de trabajo y no puedo extenderme. Sobre el contenido del artículo en cuestión, el post aparecerá esta semana. Por ahora, todavía tengo demasiadas ranas por diseccionar.

Sunday, July 19, 2015

¡Tumbemos a Correa!

Le debo a ese lector que hace poco se quejó, con gran alarde de simpatía y cortesía eso sí, de sus papas orinadas, explicarme un poco mejor.

Yo vivo una vida gris, exteriormente aburrida, dedicada casi por entero al trabajo, a la alarmante descomposición corporal y a contestar las preguntas de mi hijo sobre el régimen alimenticio de diversos dinosaurios terópodos. No asisto a "marchas" ni a manifestaciones, ni para enterarme del color de camisa de los manifestantes: si El Telégrafo me dice que han sido negras, pues negras serán. Hay manifestaciones que me parecen francamente inútiles, y otras que tal vez no: cumplen a lo mejor una discreta función psicológica. A veces es útil (para algunos) saber que no estás solo en eso de rebelarte interiormente ante las arbitrariedades de la tiranía del poder. Eso sí, si alguien me dice que tengo el "deber ciudadano" de asistir a tal o cual manifestación, tengo un dedo medio todavía en excelentes condiciones listo para la eventualidad. Ahora, si se tiene en cuenta este dato, que no me lanzo a la calle con palos de madera y cocteles molotov, y también el otro dato de que (salvo el Curious Incident of the Shannon Rohan in the Night Time) mi público apenas suele sobrepasar los mismos 5 lectores fieles (más los habituales de la SECOM y ahora de la SENAIN: holis) de siempre, está claro que no voy a ser yo quien desestabilice al gobierno de este país, ni solo ni en diabólica conjura, ni directa ni indirectamente.

Bien.

¿Qué pienso de los que sí tienen esa ambición, la de "tumbar a Correa"? Bueno, en primer lugar, el día en que éste se vaya, del modo que sea, yo al igual que ese 43% de la población del país que ya está hasta las narices lo festejaré, del mismo modo que festejaría, con independencia de motivos, la desaparición de un vecino que durante años se hubiera dedicado a quitarme el sueño con música salsa a todas horas, a botar basura delante de mi casa, a manchar la ropa recién lavada y colgada con su denso humo de barbacoa, a parquear su enorme 4x4 en mi espacio, a escandalizar al barrio con sus reyertas domésticas, etcétera. Y en tal caso, se supone que la alegría durará lo que puede demorar el descubrimiento de que esa casa del vecino ahora tiene nuevos ocupantes, a quienes les encanta la música salsa, los carros 4x4, las barbacoas, las golpizas domésticas, etcétera, pero ya de modo patológico y llevado al cuadrado.

Lo que quiero decir con esto es que el problema no es Correa: el problema es el Poder en sí, es "el sistema" (esperen: paciencia). Yo todavía no he visto en el país a un candidato presidencial que no presente todos los signos de querer convertirse en otro Correa. Tomemos el caso de Lasso, por ejemplo. Ayer mismo me irrumpió en YouTube con un video de propaganda bastante más conseguido que el anterior ya comentado, en donde hasta decía lo mismo que estoy diciendo aquí, pero con el detalle de que, en lugar de colocar su mensaje en un blog al cual sólo acceden los que realmente quieren, lo hace en un video que te interrumpe la música que estás escuchando, sin previo aviso, en el momento culminante: quien hace eso de buen seguro que no le importará hacer lo mismo en los medios, ya conseguido "el Poder", con sus interminables sabatinas y cadenas de obligada transmisión, así meando en las papas fritas de todo aquel que tenga la pretensión de ver algún programa monográfico sobre la vida de las termitas sin interrupciones ni sobresaltos. Y en el caso de Nebot, excusado decir que su actuación al frente del Municipio de Guayaquil lo revela elocuentemente como un dictadorcillo más, pero de los menos "regenerados", de los más bigotudos (si no, que me expliquen para qué necesita esa especie de guardia pretoriana que anda por Guayaquil agrediendo a todo dios a toletazo limpio). El país, uno diría, está tristemente lleno de dictadores wannabe, y de cojudos que les acoliten, concediéndoles la facultad de decidir por nosotros.

El país, y a marchas aceleradas, el mundo.

Y ello es así porque "nosotros" (el "pueblo", esa mayoría sudorosa) nos hemos dejado llevar desde hace siglo y medio por los cantos de sirena de innumerables "gobiernos" que han prometido solucionar todos nuestros problemas a cambio de relevarnos de la onerosa libertad y de las concomitantes responsabilidades. De modo que hasta el obsceno espectáculo de un "gobierno" que pretende hacerse cargo de la educación de la población y del cuidado de su salud no nos escandaliza, no nos subleva. Nos parece normal, y no una siniestra aberración, el que exista, por ejemplo, un Ministerio de Educación. "Otros países lo tienen, después de todo, debe ser bueno". Algo parecido dirían los lemmings, al borde del acantilado.

Claro que en Ecuador las cosas ya salen de quicio. El deseo, casi diría la esperanza religiosa, de encontrar a un Mesías, a un Salvador de la Patria, a un Hombre Fuerte que todo lo ponga En Su Lugar (y de paso que sea Internacionalmente Renombrado), acá es palpable. Por eso digo que el problema no es Correa: él es síntoma nomás. Y por eso creo que seguirá habiendo Correas y más Correas, eso sí con distintas matices ideológicas, todos distribuyendo "bonos" y subsidiando gas doméstico y farreándose la plata del petróleo y emitiendo sermones cada sábado y anunciando a diestra y siniestra que tal o cual construcción ha sido "obra de..." hasta que, por algún milagro, la gente cambie de parecer, y empiece a importarle su libertad, su privacidad, su creatividad, su dignidad, su capacidad para cambiar el mundo ellos mismos, trayendo progreso y felicidad, en ausencia de una tiranía que todas esas competencias las arrogue para sí misma. Porque de eso se trata, principalmente, estar en el Poder: se trata de asegurarse de que la gente no se dé cuenta de su propio potencial como individuos en libre y voluntaria asociación.

¿Cómo se produciría tamaño milagro? Ni puta idea. Lo que sí creo es que la solución no estriba en llevar al poder a una hipotética persona que no quiera para sí el poder, a un Mesías extraterrestre que se sacrifique para el bien de la Humanidad. Esas personas creo firmemente que no existen. Si alguien se postula para Presidente, es porque quiere para sí ese avión particular, es porque quiere decretar los días feriados, es porque quiere deleitarse de los trapos sucios de todo dios a través de un Servicio de Inteligencia, es porque quiere que su nombre aparezca debajo de ese "obra de...", es porque quiere salir en la tele todos los sábados, es porque quiere decidir qué ideologías caducas van a aprender los niños en la escuela bajo el rubro de verdades reveladas. Los que no queremos nada de eso, simplemente nos apartamos de la política y nos dedicamos a otra cosa.

Dicho en breve: el cambio no vendrá de arriba, ni en mil años. Lo que debe preocuparnos no es quién será el próximo presidente, sino cómo hacemos para protegernos contra ese tirano que, ineluctablemente, llevará dentro. Cómo protegernos contra la corrupción, la arbitrariedad, la concentración de poderes y el Estado de Propaganda.

Cuando las encuestas sigan diciendo lo que dicen, "tumbar a Correa" por la vía del golpismo y colocar en su lugar a algún siniestro militar con gafas oscuras, ávido de leyes marciales y de ejecuciones, sería el colmo de la estupidez. "Tumbarlo" por la vía de las urnas, cuando llegue el momento, eso ya sería mejor, pero permíteme dudar si por ese medio se va a solucionar uno solo de "los problemas del país", mientras la gente siga creyendo que el nuevo ocupante de Carondelet es el indicado para solucionarlos, que él es en su propia y majestuosa persona La Solución, y que está bien que él y sus seguidores se ocupen de mi salud, de la educación de mis hijos, de mi salario mínimo, de lo que debo ver y no ver en la tele, etcétera.

Nosotros tenemos que ser la solución, y la manera: viviendo, en la medida de lo posible, como si no hubiera tiranía, como si la responsabilidad de nuestro bienestar fuera realmente nuestra, como si el vecino ése ruidoso no existiera, y así, demostrando que los gobiernos, los ministerios, los secomes y senaines, realmente no son necesarios ni sirven para nada. Ya sé que no suena muy inspirador. Por eso tengo el firme propósito de no hablar tanto de política en el futuro. Te deprimo a ti y me deprimo a mí mismo. Mejor hablemos de otra cosa, qué te parece.


Friday, July 17, 2015

Homo invertebratus

Siempre soy el último en enterarme de las cosas. Ayer, por ejemplo, finalmente por capricho accedí a la página de Wikileaks donde están expuestos los famosos mails de Hacking Team, y mediante una simple búsqueda (SENAIN) me enteré muy rápidamente de lo siguiente:

El servicio de Inteligencia de Ecuador, SENAIN, ha tenido un contrato con Hacking Team desde hace algún tiempo (en los mails hasta habla de que SENAIN les pagó tres años de servicio por adelantado) a través de un intermediario, Robotec, para el uso del producto de espionaje Remote Control System (RCS en los mails); ha mandado a algunas personas a diferentes países a realizar entrenamiento en el uso del mismo, de las cuales solamente una (un tal Luis Solis) sigue trabajando para la entidad; ha realizado por lo menos una reunión con HT en donde representantes de SENAIN se han quejado de que no han podido, mediante el producto, "infectar" ciertos sistemas con Windows 8 o Samsung Galaxy 4; y han expresado interés en asistir en un curso organizado por HT sobre el tema de "social engineering". Ahí dejé de leer y me fui a Twitter para compartir lo que vi, y fue cuando me enteré de que todo esto ya se sabe hace algún tiempo. "Cuéntame algo nuevo, bro", fue la respuesta general. Y a sus ovejas.

Bueno. Digo que soy el último en enterarme. Más exacto sería decir el penúltimo. Según lo que leo en el diario, el último sería el propio Presidente, el virginal Rafael Correa, que hasta ayer mismo sostenía que, textualmente, "Los correos no dicen nada. La Secretaría Nacional de Inteligencia no ha contratado con Hacking Team." Será que los de SENAIN no le cuentan lo que hacen: impensable que el Presidente de la Nación estuviera mintiendo. Bueno, ese tema lo dejo por poco interesante. Hay gente capaz de escandalizarse ante una mentira de un político: no soy uno de ellos. Pero es tal vez interesante constatar que aquí como en otros casos (algunos señalados en este blog) parece existir un supuesto entre la cúpula del poder, de que estamos en un país donde la gente no lee más allá de los titulares de las noticias, y nunca consulta las fuentes de cualquier información (ni siquiera los periodistas lo hacen), de modo que aunque exista un documento online, de acceso público, que desmiente lo que dicen, no importa, pues apenas nadie se molestará a enterarse por ese medio. La cuestión, entonces, es ponerse firme en la mentira, y si alguien ose contradecir al oráculo, los jueces sumisos al régimen harán el resto.

Y sí, el sistema más o menos funciona. De modo que ni siquiera este nuevo escándalo tiene por qué quitarle un segundo de beauty sleep al Presidente o a quien sea. Peores escándalos ha habido, y ¿quién se acuerda de ellos ahora, aparte de un puñado de tuiteros fácilmente contenible? En este gobierno, hasta los condones son de Teflón.

Pero queda la pregunta: ¿y por qué se habría de molestar la gente en todo caso? De nuevo según Correa, todo se hace "con estricto apego a la Ley", lo que en la práctica significa, de nuevo según el mismo oráculo, que en las instalaciones de la SENAIN hay un empleado de la Fiscalía permanentemente estacionado, los 24 horas del día (debe de llevar impresionantes ojeras el tipo) que tiene la curiosa encomienda de poner sello y visto bueno de la Fiscalía a todas las barbaridades que la SENAIN quiere cometer, justificando y legalizándolos de antemano. Y ya hemos visto que en un país como Ecuador, cuando existe voluntad de legalizar o de justificar algo, la creatividad y la capacidad exegética de jueces y fiscales no tiene límite. A fin de cuentas, el comodín "Seguridad Nacional" cubre una multitud de pecados. Prácticamente todos, creo recordar.

Pero el hecho de que nada de esto tendrá consecuencias políticas, ni tal vez siquiera dé cabida a acusaciones fundadas de ilegalidad, no nos exime de pensar en lo que significa. Dada la naturaleza del programa RCS, y los interesantes comentarios contenidos en los correos, está claro que los Servicios de Inteligencia del país tienen la pretensión de espiar a los ciudadanos, especialmente los que están públicamente contrarios al régimen, con diversos fines, entre ellos, el de garantizar favorables resultados electorales para los ocupantes del poder político. Sobre el significado de "ingeniería social", su conjetura vale igual que la mía, pero sea lo que sea, está claro que nos estamos escapando largamente de los confines de las prácticas democráticas entendidas como tradicionales. En la "democracia" tradicional, se suponía que los ciudadanos tenían que escoger libremente entre diferentes alternativas de gobierno, presentadas en igualdad de condiciones. En la nueva versión, las "alternativas" no válidas, como en Venezuela María Corina Machado, se "suprimen", se "desactivan", se "desaconsejan", se emite propaganda contra ellas con dinero de los contribuyentes (sabías que SENAIN redistribuyó medio millón de dólares de nuestros ingresos hacia esta broma del RCS?), se las deslegitima, se las mete entre rejas si hace falta, se allana sus viviendas y se roba sus computadoras, se las espía, en fin, todo vale, porque si no se hace todo esto, se puede "desestabilizar" el gobierno, lo que equivale a una crisis de "seguridad nacional" ante lo cual, todo se justifica.

En otros tiempos eso se llamaba, aproximadamente, dictadura.

En una verdadera democracia, en cambio, los gobiernos no se pueden "desestabilizar" (porque ninguno tiene la pretensión de ser "estable", más allá de un discreto pragmatismo), y no existiría la SENAIN. No tiene, simplemente, razón de ser en tiempos de paz. Sebastián Vallejo dice que "entiende" la "necesidad" de interceptar comunicaciones y hacerlo de manera secreta. Difícilmente va a ser "necesario" para conservar una democracia hacer cosas que, cuando se inventó la democracia, ni siquiera eran soñables. ¿Cómo se justifica que, como describen detalladamente los mails de HT, un "operador" del gobierno utilice estratagemas imaginativas para hacerse físicamente con el celular de un ciudadano opositor, o con su computadora, a fin de "infectar" dicho artilugio con un programa que permita espiarlo en lo sucesivo? (Se agradece la sinceridad de HT al usar este término. Por "infectar", seguramente una firma inglesa hubiera dicho "habilitar" o algún eufemismo por el estilo).

Y sin embargo, hay quienes dicen que mientras yo no tenga nada que esconder... A este respecto, nada mejor que volver a ver la entrevista que John Oliver le hizo a Snowden: en ella, supo demostrar con alarde de evidencias anecdóticas que lo único que le preocupaba al público estadounidense respecto al espionaje gubernamental era la posibilidad de que alguien en la NSA accediera a ver una foto de un pene que no fuera el propio (del empleado de la NSA) o de la propia pareja. Es decir, y siento ser el que te traiga la noticia, vivimos (o ellos viven) en una sociedad donde para la mayoría, lo más secreto e íntimo que tienen es una insignificante parte anatómica que comparten con el 50% de la humanidad. O dicho de otra manera, su privacidad les vale verga.

Aun así. Por lo menos en EEUU y algún país europeo el espionaje gubernamental cae bajo el rubro de lucha antiterrorista, y apenas se conocen casos de que se haya usado para deslegitimar cualquier oposición política. Acá, en cambio, no se trata de otra cosa. Como para el actual gobierno toda oposición es, ipso facto, ilegítima, "terrorista", "desestabilizadora", ya ni siquiera existe un esquema conceptual que permitiría discriminar entre el espionaje de un operativo de las FARC y el llevado a cabo contra un ambientalista defensor del parque Yasuní: para el correísmo, son una misma cosa y se merecen los mismos métodos. Es decir que si en otros lugares las invasiones a tu privacidad se justifican por cuestiones de "seguridad" (la tuya, la integridad física de tu cuerpo frente a un ejército de gente deseosa de desmembrártelo), acá el único justificante es la "seguridad del Estado", es decir, la comodidad de los miembros del gobierno, el futuro de sus lujosas hipotecas, la "estabilidad" de su permanencia en sus cargos y sinecuras. Lo que recuerda a Benjamin Franklin: "quienes estén dispuestos a sacrificar su libertad por su seguridad, no merecen la una ni la otra". Sin embargo, una cosa es aceptar que te pinchen el teléfono por si eres terrorista: otra cosa, que lo hagan por si acaso digas algo en contra del Presidente. Si eso también aceptamos sin decir nada, estamos en el límite de la invertebración.

Y eso es la verdadera mala noticia en todo esto. El otro día estaba repasando esa impresionante escena del principio de la película Saving Private Ryan. Esos soldados, sospecho que casi ninguno hubiera aceptado libremente, sin presiones, meterse en un infierno así sabiendo lo que le esperaba, pero aun así, es impresionante recordar aquellos enormes sacrificios, ese discreto heroísmo al servicio de la causa de una libertad que, también sospecho, algo tenía que ver en aquellas mentes con la posibilidad de vivir con intimidad y con secretos y sin temer la ira de los poderosos.

Pasar de esas alturas de firmeza y valentía a la actitud supina de una población que no importa que le sermoneen, que le mientan, que le espíen y que le manipulen, con tal de que no haya "violencia" y no le toquen el bono, es algo que desorienta, que induce vértigo. Y ver que ese gobierno siga hablando de "democracia", no sé con qué sangre en la cara, todavía más.

Somos Homo invertebratus. Yo, por mi parte, le doy la bienvenida a nuestros nuevos amos las hormigas.

Monday, July 13, 2015

En el tercer día, reseteó

Creo que la vida no me va a conceder tiempo para crear ese videojuego a que antes me he referido, el del Partial Toilet Rapture, en que el jugador toma el rol de una persona sentada en el wáter, el cual luego es arrancado del suelo y levantado violentamente por encima de los edificios de la ciudad, donde se descubre que forma parte de un acontecimiento general, donde todos los wáteres que son "salvos" (junto con sus ocupantes, en caso de que hubiere) suben al cielo para evitar la conflagración final, en que los wáteres malos son castigados, el truco siendo que su camino hacia el paraíso (de servicios higiénicos, se entiende) es interrumpido por motivos poco claros, dejando a los desdichados ocupantes de los retretes de marras suspendidos entre cielo y tierra, donde descubren que pueden pilotar el receptáculo de excrementos a través del aire como si de una helicóptero se tratase, usando para tal propósito el dispensador de papel higiénico, y así, pueden establecer relaciones con otros pilotos en similares circunstancias, relaciones de amor apasionado o de empedernido combate según el caso. En fin, creo que no voy a poder cumplir con mi ambición de crear de esta fantasía un juego de multimillonarias ganancias, aunque me ratifico en la creencia de que la fantasía en sí es atractiva y apasionante: ¿quién alguna vez no se ha sentado en el wáter y soñado que éste era una especie de aeronave, cuyo principal motor de propulsión era el metano y otros derivados combustibles productos de la accidentada digestión de peligrosas comidas tropicales, con capacidad para alejarle a uno de su triste y lóbrego lugar de trabajo e introducirle en medio de trepidantes aventuras aéreas?

Todo lo cual me viene a la memoria al escuchar el canal de radio cristiano sintonizado en la cocina, donde me parece oír "Jesucristo murió y reseteó", donde el parlante habría querido decir resucitó, pero prefiero la nueva versión, decididamente. Al fin y al cabo, convengamos en que el tal Jesucristo es un personaje de ficción (o mejor dicho, de "leyenda", en la línea del Rey Arturo o de Robin Hood, donde nadie descarta que pudo haber existido un personaje de ese nombre, pero que difícilmente hubiera realizado la milésima parte de las hazañas que le atribuyeron, en su momento, algunas mentes febriles, imaginativas y moralistas) y como todos esos personajes, de vez en cuando conviene ser reinterpretado según el Zeitgeist, que ya está bien con el Jesús de Renan o con el Superstar de los setenta, hace falta una puesta al día, y ¿qué mejor que introducirlo al mundo de los videojuegos, donde eso de tener varias "vidas" por fin cobra sentido? Se me ocurre: Jesus vs Spinosaurus, donde a la fuerza bruta y los colmillos afilados y devastadores se enfrenta una impresionante gama de poderes, entre ellos: tornar agua en vino, caminar sobre agua, multiplicar panes y peces, resucitar muertos, pegar orejas, etcétera, y sería cuestión de usar la inteligencia para ver cómo sacar provecho de tales habilidades, por ejemplo, intentando emborrachar al adversario convirtiendo en vino todo el agua circundante. Creo que la cosa tiene posibilidades comerciales: no puede sino agradar a la comunidad cristiana, sobre todo en vistas de que al tradicional "First Person Shooter", donde es largamente cuestión de ir matando a todo Dios, enfrenta el Three Persons In One Redeemer, donde por el contrario el quid está en ser Dios, resucitar a los muertos y alistarlos para el combate final. Además, para complacer a la Sarkeesian (without which nothing is possible) se podría introducir como avatar alternativo a la Virgen María, ya reinterpretada al gusto del s.XXI, es decir una Virgen experta en artes marciales, capaz de aniquilar a un pequeño ejército a ráfagas de ametralladora, y que se nos presenta con actitud cínica y con un vocabulario gloriosamente soez.

Yo sí me lo compraría.

Sunday, July 12, 2015

Hacia una mayor comprensión de la crisis griega



Ya sé, es vieja. Pero creo que esta obra maestra todavía no ha sido cabalmente entendida en toda su profundidad. No solamente satiriza a los gobiernos y sus absurdos "ministerios" (hinc illae lacrymae): también, con La Marche Futile, o en palabras de Jatapathique, "le marche commun", lo que antaño era el Mercado Común y ahora resulta ser un absurdo proyecto imperialista de una Europa integrada, se demuestra como lo que realmente es: un siniestro complot para imponer a todo el mundo el bigote compartido al estilo galo más rancio y hediondo a cebolla. Enjoy, if you haven't already done so.

La dictadura del amor

Imagina, con Lennon, un país donde no hubiera pobreza, donde no hubiera enfermedad, donde no hubiera religión, donde todo el mundo viviera hasta los 90 años, donde no hubiera desempleo y todo el mundo trabajara en un campo por el que sintiera afinidad y vocación. ¿Cierto que quisieras vivir en ese país? Yo también, cualquiera querría... ah, pero te dicen, hay un solo inconveniente: es que se trata de una dictadura.

Al parecer, todavía, con este último dato, habría candidatos para emigrar allá. No soy uno de ellos. Prefiero pobreza, enfermedad, desempleo, muerte prematura y dolorosa, hasta música "cristiana", antes de apoyar una dictadura. Digo "prefiero": prefiero para mí. Mis preferencias no abarcan a otras personas. Cuando tienes una familia, y las consabidas responsabilidades, tus preferencias personales ya no cuentan apenas, salvo en los dilemas éticos primordiales.

Ah, dicen, pero tu deber es apoyar activamente esa dictadura por el bien de los demás, por el bien común: otra cosa fuera egoísmo. Puede que a ti no te importa tu salud, pero te tiene que importar la salud de los demás, por solidaridad. Y si esa dictadura la precautela, y además construye magníficas carreteras y refinerías, tus escrúpulos personales ya no vienen a cuenta.

Es cuando cierras los ojos y te imaginas un mundo absurdo, kafkiano, en que todo el mundo sufre y se sacrifica por "los demás": un mundo lleno de sacrificios inútiles, porque nadie se atreve a decir "lo que has desvivido para darme, no me sirve de nada, no lo quiero". Un río como el de Poe en ese mítico Zaire, un río de terrible silencio que lleva los cadáveres de los santos, candentes, al inmenso mar de la eterna futilidad. El sacrificio universal, la eternización de la espera de una sonrisa de auténtico gozo, una sonrisa femenina, que nunca viene, porque ahora, por decreto, todo es compromiso.

Porque el rechazo a la dictadura, tan tajante, tan innegociable, no se debe confundir con el rechazo a que te priven de la posibilidad de escoger, cada 4 años, entre 4 almibarados imbéciles con peinados ligeramente distintos e idéntica cara de yo no fui. El voto es lo de menos. Ya estamos en el s.XXI: los políticos ya no "piden" tu voto, eso es historia antigua, ahora lo fabrican nomás, con las consabidas técnicas del marketing. Ya ni es un voto. Es una molécula de una sustancia gelatinosa, viscosa, indivisible. La cuestión no es ésa. La cuestión es vivir una vida plena: lo único que una dictadura siquiera teórica no puede prometer a sus devotos.

¿Una vida plena para quién? preguntan con sorna. Ya veo, para unos cuantos "ricos". No. Empiezo a creer que nunca en la vida he conocido a un "rico". Empiezo a creer que fabricaron el mito ése de "los ricos" después de encontrar al esqueleto de un Protoceratops en una zona aurífera, al igual que pasó con el Griffin y no sé cuántas más bestias fabulosas. Esperen llegar a mi edad, y lo entenderán mejor. Pasa con tu egoísmo lo mismo que con tu pene: lo llevas por rutina nomás, pero hace mucho ya no influye en tus propósitos ni en tus planes ni en tu filosofía. Es sólo una cosa de adorno. Llegas a una edad en que todo dilema se resuelve siempre, rutinariamente, a favor de "la humanidad", de esa cosa que compartimos, de esa chispa. Si hay ricos, la mayoría serán tan viejos que lo mismo aplicará en su caso. Entre un rico y una verga enhiesta mucho trecho, muchas puertas cerradas siempre ha de haber.

Así que ellos piden que sacrifiques esa chispa, esa alegría, esa tranquilidad, esa verga, esa espina dorsal, ese cerrar la puerta y saber con razonable seguridad que no vendrán matones uniformados por la madrugada para abatirla a patadas y robar tu porno, esa posibilidad de comunicar con otros en libertad, esa posibilidad de vivir sin miedo (salvo para con las cosas que dan miedo, por ejemplo, los dentistas), ese saber distinguir y dirimir a conveniencia entre tus egoísmos y tus diversos altruismos, y de reconocer en la cara guapa de ella una sonrisa de gozo y distinguirla de otra de cumplimiento, porque gozar egoístamente ya no infringe la ley, y así, de poder vivir para hacerla gozar, para verla sonreir de esa manera. Te piden que sacrifiques todo eso en el altar del "bien común".... pero ¿si el bien común resulta ser eso, eso que acabo de decir, la libertad de todos para descubrirse ellos mismos? ¿Hay otro bien común posible?

Claro, dicen ellos. El bien común material. Lo único que cuenta es lo material. Pero ojo con ser materialista. Eso no está bien.

Empieza a salir humo.

Sí - prosiguen. - Exigimos que ustedes no sean egoístas, sino que sean altruistas, y la mejor manera de ser altruista es apoyar un sistema en que nadie puede ser altruista, porque nadie puede saber lo que realmente quieren los demás, ni puede dárselo, ni debe insultarles creyendo que pueden querer algo para ellos mismos, egoistamente.

Más humo.

De Diego de San Pedro tuvimos la Cárcel del Amor: ahora de un autor más contemporáneo viene la "Dictadura del Amor", y no faltará en un futuro próximo quien pruebe suerte con el Butt-Plug del Amor y no sé cuántas permutaciones más con el mismo sustantivo, todas igualmente defendibles y decorosos si admites que Amor es una palabra con una historia bien promiscua y prácticamente sin sentido hoy en día: prueba de ello es la facilidad con que la llevan al infinito sin siquiera hacer una pausa para tomar aire. Pero quedarán los pedantes que dirán que "dictadura del amor" suena como verga con miel: si te gusta ese tipo de cosa, bien, pero no deja de ser una vulgar conflación de categorías. En fin: todo lo que sea "del amor" me da ganas de hurgarme la nariz.

Hablando de la vejez...

Acabo de caer ante un rutinario clickbait de ésos que pone Yahoo en su página principal. Era sobre una historia increíblemente insípida de una tal, pongámosle Ana, que tuvo (en su desesperación por encontrar marido) una cita con un tal Pongámosle Pedro. Después de la cita, Pongámosle le dirige a Ana una misiva por correo o SMS o Facebook o lo que fuese, a tenor de que "me gustaste, eres muy divertida, guapa, etcétera, pero no eres mi tipo físicamente, pues a mí me van las delgadas". Para el autor/la autora (quién sabe) del artículo el mensaje no estuvo bien. Intenta llevar a la poco imaginativa respuesta de Ana a la categoría de genialidad, en aras de clickbait ("A mí no me importa ser gorda, si sirve para alejar a cerdos como tú", algo por esa línea, lo típico). Introduce el asombroso argumento de que la respuesta de Pongámosle estuvo mal "porque hirió a Ana en lo más íntimo y profundo que toda mujer tiene, esa autoestima basada en su peso".  ("Toda mujer", textual.)  De modo que por un segundo quedas pensando: ¿y cuál sería la respuesta correcta para un Pongámosle? ¿Simplemente evitarla a Miss Demasiado Gruesa, no decirle nada? ¿Mentir y decir que acaba de recordar que tiene esposa y 12 hijos en Addis Ababa? ¿Decir que lo que no le gustó del aspecto de ella fue la relativa longitud de sus dedos meñique respecto a los otros? ¿O bien se supone que cualquier "gracias pero no" te convierte en un cerdo? Probablemente lo último: otra vez, debes sacrificarte, seguir saliendo con quien no te gustó hasta que ella sea quien te envíe a freír espárragos, es lo único lícito. Lo que me recuerda que entre las pocas lecciones que puedo darle a mi hijo ante lo confuso y contradictorio de las relaciones sexuales es ésta: nunca, pero nunca, hagas nada a, o con, o para una mujer "por amor". Si no sabes dar a tu cobardía, tu deseo de "quedar bien", tu repugnancia ante las lágrimas, tu conformismo, tu cansancio, tu traicionera ternura, tu curiosidad por saber "el desenlace", tu intermitente lujuria o lo que fuese un nombre más preciso, ese algo sin nombre no merece que lo tengas ni lo uses como motivo. Olvídate del amor: es el Ratoncito Pérez de los medio adultos. Hazme caso, o no, a tu propio riesgo. He dicho.

(Pero ¿sabes lo que más tristeza te da en la vejez? Es recordar que una vez, todas esas gilitudes, ese mercado de "relaciones" de desesperados huérfanos crustáceos, te importó. Tanto tiempo perdido tomando en serio lo que no se puede tomar en serio, despreciando a los excelentes anisópteros.)