Friday, September 18, 2015

But Sam, you haven't got a poisoned thumb

Nick Manure was just an ordinary, average, run of the mill Latin American thug, right up until that fateful day when, on a money-finding mission to China, he was bitten by a radioactive trump. Now, by day he continues pretending to be left wing, in a 'thinking dead people turn into talking birds' sort of way, but by night, he be Supertrump! (and now you put your head in your hands, oh no), accorded by a densely mustachioed Destiny the following alarming superpowers:

discriminating against next door's nationality
chucking people out of your country for no reason
putting opposition leaders in prison for no reason
stirring it up, generally
being absolutely useless at running the country
looking like someone who managed to lose a game of tic-tac-toe against George W. Bush

The only superpower that the Trump didn't pass on through his saliva was making money. In this, Manure appears to differ from his predecessor, who made lots of it (and kept most of it for himself and divers scions). Which brings us by a commodius vicus of recirculation back to:

Esto.

Gloria, Gloria, Gloria. ¿Cuándo aprenderás? Puedes ser todo lo diputada por el partido gobernante que quieras, hasta todo lo argentina que quieras, pero eso no te da derecho (salvo en una auténtica dictadura, por ahí puede transitar la cosa) a meterte en la vida privada, las costumbres, los pensamientos y las tonterías de la gente... aunque se trate de verdaderas tonterías, como en este caso. Estoy de acuerdo contigo hasta ahí: vivimos en una sociedad altamente feminizada, en el sentido que se basa en el conformismo, en la imitación, en la interiorización de patrones de conducta, en la falta de individualidad, en la tiranía del chisme, de "lo social". Hasta ahí bien. El auge de "la princesita" (o de la pony-princesita, ver último post) es síntoma de ello, síntoma deprimente y nauseabundo como pocos, también de acuerdo. Que de un día para otro desaparezcan de la faz de la tierra todos los concursos y reinados de "belleza" (característica que en esos eventos suele ser espectacularmente ausente, ahora que pienso) y que el término "princesa" quede como piropo de doble filo, como manillar de yegua inglesa y poca cosa más, y las niñas se dediquen a soñar con cosas más prácticas, como ser primeras ministras británicas, o pilotas de aviones comerciales, o putas, sería una buenísima noticia, pues tampoco hay duda. Hasta ahí estamos completamente de acuerdo. Pero prohibir que se organicen esos eventos... ¿? ¿Prohibir? ¿Una ley? Las palabras me abandonan ante lo arrogante, lo presuntuoso, lo repelente, lo dictatorial, lo antisocial de la medida en cuestión. Gloria. Escúchame. Corres gran peligro de perder tu alma y quedar como una Nick Manure de segunda, como alguien que mete en la cárcel a todo aquel que no respire y tose y estornuda y pedorrea a su imperial gusto: como, en definitiva, una suegra. ¿No se te ha ocurrido que si quieres que la gente (categoría en la que, según autoridades, se incluyen a las mujeres) piense por sí misma, descubra su verdadero camino en la vida, y deje de llenar salas de hospital con sus cuerpos arruinados por dietas truchas, la peor manera de conseguirlo es ir prohibiendo cosas, por muy malas que sean esas cosas? ¿No has pensado que el primer paso hacia la realización personal de una mujer (también de un hombre) es darse cuenta de que nadie tiene derecho a prohibirle nada?

No, por lo visto no has pensado nada de esto.

Bueno, ahí tengo que dejarlo: en una hora empieza la clase, y ese deadline de la medianoche todavía luce amenazante: hasta las 11.55 estaré terminando de calificar esos putos exámenes. Tienes suerte es todo lo que puedo decir. Pobres argentinos. Buaj.


Tres tipos de mujer-caballo

En algún post reciente dejé caer mi convicción de que dejar caer bombas atómicas sobre ciudades japonesas es, en general, una mala idea. Iría más lejos: creo que no es bueno dejar caer bombas atómicas en ningún lado. Las bombas atómicas hacen daño. Incluso diría (contra Rebecca Watson) que lanzar una bomba atómica hace más daño que invitar a alguien a tomar "café" mientras estés en un ascensor. Son mis creencias. Y no son de ahora. Cuando tenía veinte años (es una aproximación. Podría haber tenido veinte lustros, o veinte meses, o veinte cervezas. Mi memoria ya no es lo que era) fui miembro, al igual que el actual "líder" del partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, de la Campaña por el Desarme Nuclear (CND, por las siglas de las siglas), y en tal capacidad fui detenido con un centenar de coidearios mientras hacíamos protesta pacífica fuera de la base americana de Daws Hill. Nos enjuiciaron por "obstrucción de la Carretera de la Reina", y fue cuando me enteré que esa carretera había sido de la Reina, nada menos. cosa que de haberlo sabido seguramente no la habría pisado, por respeto. En fin. Nos escapamos con el pago de una multa simbólica, creo que fue de diez libras, pero lo que más recuerdo de ese evento fue el agasajo que nos dieron los Quakers, después de salir del juzgado: les aseguro que no hay nada en la vida tan dulce como ser agasajado por unas cuáqueras: son sencillamente la mejor gente que hay, soy grandiosos. Incluso desde ese día me dedico a zampar sus copos de avena, en señal de agradecimiento. Más no se puede decir.

Y ya que nombré a Jeremy Corbyn, muy rápidamente: o bien me falla la percepción de la realidad, o bien ese tipo tiene tantas posibilidades de ser elegido Primer Ministro de Gran Bretaña como yo de hacerme con el título de Miss Burkina Faso. Cosa que uno tiene ganas, inicialmente, de celebrar: significa que el Partido Laborista ha vuelto a ser inelegible, como en los años 80, dejando libre el camino para que dentro del Partido Conservador surja otra líder radical tipo Margaret Thatcher (p.b.u.h.) para desfazer entuertos (el Reino hUnDido está lleno de entuertos, actualmente) y acometer grandes empresas. Pero un segundo de reflexión te quita la sonrisa. No es bueno, sinceramente, que el Partido del Poder no tenga una Oposición creible, amenazante, bien engrasada, y eso sigue siendo cierto aunque esa oposición no te guste: forma parte del ecosistema de la democracia. Mira este país. La completa ausencia de una oposición política ha convertido a los gobernantes en lagartos dignos de un cuento de Icke. Ya ni siquiera hablan, sólo sisean. Se necesitan dos ideas enfrentadas para hacer una democracia, no un rebuzno por un lado y una risa siniestra por el otro. Son, también, mis creencias. Si no te gustan tengo otras.

¿Por qué hablaba de bombas atómicas? Ah, sí. Iba a decir que si a veces tambalea mi convicción de que no hay que lanzar bombas atómicas, es al visionar (maravilloso verbo, "visionar". Significa ver) una serie que sale tanto en la tele como en YT, llamada "My Little Pony". Si a veces entretengo fantasías de soltar un Little Boy sobre algo, es cuando me imagino que en este momento sobrevuelo los creadores de dicha serie animada, y al diablo los daños colaterales. Si existe una demostración más fehaciente de que las leyes antipornografía como las que ahora hay en el R.hU. no sirven para nada, está en el hecho comprobado de que dichas leyes todavía permiten que tiernas e impresionables mentes estén expuestas a esa serie, donde unos incalificables seres medio pony, medio niña repelente, se dedican a chismear con vocecitas repulsivas y a lucir horribles combinaciones de colores y nombres eméticos. Mi hijo, durante un breve período, fue adicto a esa serie: para que desistiera tuve que demostrarle que Rainbow Dash contra Godzilla, siquiera contra un parasaurólophus medio avispado, no era una oposición creíble: era una batalla tan indigna y predecible como, digamos, Jeremy Corbyn contra el sentido común. Afortunadamente, me hizo caso. Dejó los ponies por los dinosaurios, y sin arrepentimiento alguno. Lo que me lleva a preguntar: ¿qué les pasa a las niñas?

Si necesitas una demostración de que el determinismo biológico, en cuestiones de género, es ineludible, pues ten en cuenta el siguiente hecho: nunca en toda la historia de la humanidad un niño ha pedido a sus padres comprarle un caballo. Peor, un "pony". (¿Qué es, exactamente, un "pony", cuando no está siendo veinticinco libras esterlinas? Nunca lo tuve claro. ¿Es un caballo enano? ¿Un caballo underachiever? Respuestas abajo, por favor) Cuando uno es niño, y hasta donde alcanzo a ver esto funciona con independencia de cualquier "acondicionamiento cultural", le interesan los dinosaurios, o sus dignos sucesores, las aves (fue mi propio caso), y hasta si se tiene una pizca de imaginación se imagina volando, cazando gorriones, posándose en lo alto de un árbol, y en palabras de Ted Hughes, "tearing off heads". En cambio, una niña, a diferencia de un niño, tiene cierta posibilidad de salirte caballosa. I rest my case... O tal vez no.

Alguna vez me preguntaron: ¿qué significa horsey cuando se aplica a una mujer (un hombre "horsey" no tendría sentido. Sexismo del idioma, dirán.) ¿Hay que entender que la mujer parece caballo, o que le gustan los caballos? Buena pregunta. Muy buena. Y de complicada resolución, ya que la experiencia demuestra que las dos cualidades, la de parecer caballo y tener debilidad por los caballos, se suelen mezclar en una composición sutil y variable. Miren a la Princesa Anne, por ejemplo, la hija de nuestra querida monarca May Hessbinder-Neigh. Es de consenso universal que tiene cara de yegua; no es menos cierto que siempre le han gustado los caballos, hasta el punto de casarse con uno. Sería interesante comprobar si el notable parecido físico entre ella y un caballo se dio por un proceso paulatino, algo parecido a aquél que hace que la gente poco a poco se va pareciendo a sus perros mascotas, o si ella fue así de nacimiento (debería saberlo, pero no me acuerdo). Sin embargo, la mujer horsey no tiene necesariamente que parecerse a una yegua, o no tan vistosamente. El diccionario urbano, con su habitual crudeza, la describe así: "muslos muy gruesos, caderas y culo anchos". O sea, darwinianamente favorecida para montar a caballo, y no al estilo side-saddle. Para complicar más el asunto, también hay un tipo de mujer que, sin parecerse excesivamente a un caballo, te da ganas de montar sobre ella, de cabalgarla. Normalmente es su cabello el que te sugiere tan pecaminosos pensamientos: lo tiene largo, liso, brilloso, rubio, como crin de caballo: te imaginas agarrando ese maravilloso cabello con fuerza y gritando "¡arre, arre! giddy-up" y dándole movimiento. Lo curioso es que la mujer que más te hace pensar eso suele ser como ida, soñadora, plácida y ultra femenina, de nulas amistades masculinas, diríase nada que ver con el animal grande y pesado, pero en tu mente se te confunden los conceptos, y cuando la ves, el caballo se feminiza y se convierte en ella. Y para más inri, ella te sale devota de My Little Pony, puedes apostar sobre ello.

No sé. En este país parece no haber mujeres horsey, tienes que ir a Gran Bretaña a por ellas; pero creo que dentro de toda niña hay algo de eso, algo de soñar con tener un pequeño campo, con un pony dentro, de cabalgar sobre él cada día, de no tener que pensar en "chicos" (especie inferior que ni galopa, ni a menos que sean de Partido Conservador, siquiera relincha), de dejar ondear al viento su larguísimo crin, y de absorber a través de un superior acolchado los choques de la tierra. De buen seguro volveré más tarde sobre este tema: ahora toca calificar exámenes, que el plazo de pasar las notas al sistema vence en poquísimas horas.

(A Flambard is not a rubbish poet. Recomendable la serie, por la música entre múltiples razones: sólo quiero que imagines mi cara de lírica decepción cuando, al volver a verla, me doy cuenta de que, otra vez, algo que recordaba como "para adultos" en realidad era para niños. Pasé mi vida, diríase, pensando que lo que era para niños era para adultos: ojo con eso, niños. Cadena de búsqueda: LM Peyton.)


A Mare

Princess Anne
 
" 'Tis Pity She's A Horse "
 


Monday, September 7, 2015

Gracias, Carol

Dicen que un hombre que no se ríe en varios días está cercano a la muerte. No recuerdo haberme reído, con ganas, desde que un amigo me envió el enlace en YT de Kung Fury, hace cosa de algunas semanas. Así que debo agradecerle sinceramente a Carol Murillo mi primer belly-laugh en mucho tiempo, y quién sabe si el haberme salvado la vida de tal entrañable manera.

Google me informa que no existe equivalente en castellano de la palabra bathos (cuyo significado en inglés debemos a Pope), así que me permito un ejemplo en forma de cita directa:

Todo proceso político, más aún en un país como el nuestro, lleno de episodios que dan cuenta de las difíciles formas de luchar contra la colonización y la opresión material y simbólica de las clases poderosas -a lo largo de su corta historia-, debe asumir que el actual momento no responde solo al despliegue de un fenómeno político llamado Rafael Correa (y todo lo que eso ha implicado durante más de ocho años), sino que este proceso, precisamente, tiene fases que es indispensable observar y catalogar para tener una idea macro y, también fragmentada, sobre la visión que la propia población ha trazado para explicarse por qué este modelo sigue siendo una alternativa válida. O quizás no.

¿Lo ven? El párrafo entero consta de una frase larguísima, tortuosa, de accidentada puntuación, dudoso paralelismo y precaria interpretación, pero que por lo rimbombante de las abstracciones manejadas parece estar diciendo algo muy pero que muy importante, algo que aunque no seamos procesos políticos "debemos asumir"... y a continuación, otra frase de tres palabras: "O quizás no", la cual tiene el efecto de borrar de un plumazo todas las pretensiones de su predecesora. ¿Aun no? Simplifiquemos:

Todo proceso político... debe asumir, no solamente X, sino, decididamente, Z. ¡Sí! (da un puñetazo en la mesa) ... O, ahora que lo pienso, tal vez no.

Fue en esta segunda frase que se me explotaron los pulmones. Quizás el efecto humorístico, en mi caso, se intensifica por el hecho de haberme imaginado a la autora en un podio, micrófono en mano, arengando al público de alguna sabatina bajo la mirada complaciente del mencionado Fenómeno Político, o bien por el hecho de que, habitualmente, le suelo dar el beneficio de la duda a todo escritor que logra la difícil hazaña de no comunicarme nada: mi reacción típica es pensar con cierta tristeza, "bueno, será porque soy viejo, las neuronas no son lo que eran, soy demasiado bruto, me falta intelectualidad, me falta cultura" hasta que tengo suficientes evidencias de que el culpable de la falta de comunicación no soy yo, sino el escritor que no sabe expresarse con claridad, aun suponiendo que eso es lo que realmente pretende. En el caso de Carol, tengo mis dudas: hay momentos en el artículo que estoy casi casi por convencerme de que nadie puede escribir de una manera tan barroca, tan opaca y tan sibilina si no es queriendo:

La ostensible modificación de esos valores por otros (...), evidencian (sic) que esta (sic) es otra fase del proceso, y que ante semejante variación de las aspiraciones ciudadanas -legítimas, por lo demás- es ineludible examinar, en dos renglones, tanto las individualidades no comprometidas con la consolidación de los cambios y la titánica tarea política que eso conlleva, cuanto las premisas que este otro momento exige de quienes, con mayor peso, dirigen la continuidad y la afirmación de las transformaciones logradas hasta hoy.

Lo juro, si me lo hubiera dicho en hebreo me decía lo mismo.

Hace algunas semanas, en una carta a gkillcity con motivo de la defenestración de Mónica Mancero como columnista habitual y token female (Dios me libre de pensar tal cosa, peor en referencia a la Murillo) en ese elenco de opinadores tan mayoritariamente hediondos a tabaco de pipa, el editor del Telégrafo dejó caer su particular animadversión a los adjetivos. La Carol, se supone, como toda niña buena abanderada del colegio, administra sus adjetivos desde entonces con obediencia y cuentagotas: pero parece que sus lecturas del medio en cuestión le han convencido de que si uno quiere sobrevivir en ese entorno tan enrarecido de la p. de (O) del T., el quid está en encadenar sustantivos abstractos bajo las sencillas directrices de esos tan socorridos "hay que", "es preciso", "no debemos olvidar que", etcétera, que todos aprendimos en el colegio, porque como es sabido, la meta de una buena educación secundaria es convertir al adolescente en un repelente pedante con cara de po a tiempo parcial. (Don't get me started. Teachers who force their pupils into class debates on any motion containing the word 'should' should be tossed summarily into the Grand Union Canal, without any socks on. Or perhaps not.) De modo que, ya ves, la Carol se ha puesto la meta de ser la perfecta bot de la abstracción grandilocuente. Lo cual está muy bien: admiro su determinación de no dejar que el lector adivine su significado en ningún momento (no sé por qué, pero me acaba de ocurrir la imagen de una striptease artist que en lugar de quitarse la ropa, se la pone, seductoramente y en múltiples y juguetonas capas. reservando para el gran final el caerse al piso y enrollarse ahí en diversas fundas voluminosas de plástico negro, tipo bolsas de basura industriales. Perdón). Pero, y esto es la parte que me da algo de vergüenza, lo siento, no puedo evitarlo: ¿no podría por lo menos adherirse a unas elementales normas de gramática, de sintaxis, de puntuación? ¿Sería mucho pedir? Ya sé que todo eso pasó de moda, pero uno tiene la deformación profesional de estar enseñando esas cosas, para ganarse el pan, y por eso, las comas mal, colocadas duelen realmente duelen. O quizás no.

Y ya que estamos con las deformaciones profesionales...

Si las palabras te importan, habrás pensado lo mismo que yo, en forma rápida y silogística:

A: Todo aquel que usa la palabra "insolente" es un autoritario con alma de dictador.
B: Alexis Mera, refiriéndose al arzobispo Arrechi*, usó la palabra "insolente".
C: Luego, Alexis Mera es un autoritario con alma de dictador.

*Grafia recomendada por conocidas autoridades protoconstitucionales: no es nada mío.

Y si vienes a decirme que Mera le tomó la palabra a Jaime Roldós, pues bien, repito el silogismo cambiando el nombre. La cuestión es que la premisa (A) me parece a mí tan firme como aquel que dice que quien usa la palabra "pecado", mientras no se le perturbe la cara de po, es demostrablemente un creyente en Dios. Ya sé que en ambos casos caben interpretaciones humorísticas, irónicas, como escapatoria en según qué caso: pero Mera no estaba bromeando. Ya sé que la falacia etimológica nos susurra que "insolente" es apenas otra cosa que "insólito", de acuerdo a sus raíces primitivas: pero Alexis Mera no es etimólogo. Y si lo digo, es simplemente porque la cosa me hizo pensar: nos revelamos, nos desnudamos, en nuestro idiolecto, tal vez mucho más de lo que nos damos cuenta. No esperaba escuchar esta palabra fuera de algún episodio de Colditz (de paso, recomendado y casi completito en YT, si buscas, títulos de episodios en mano).

Personalmente, con quien sea capaz de usar seriamente la palabra "insolente" para describir a otro, a quien sea y por el motivo que sea, no comparto ni una botella de Pilsener: a ser posible y en ausencia de tráfico, ni la misma vereda.

Después de todo, uno tiene sus estándares.