Thursday, October 1, 2015

No caigamos tan bajos

Esta mañana en mi correo: una invitación a "firmar" (electrónicamente) una petición que cuando la miré tenía casi 10.000 firmas. Me apena decir que casi estuve por firmarla: tengo a veces esos arranques impulsivos. Pero me lo pensé mejor. Siguen mis razones.

Lo que se pedía era, primero, que la SUPERCOM o la CORDICOM o alguna de esas instancias burocráticas de censura "se interese" por el caso de una joven que fue, supuestamente, "discriminada" por su postura atea en un programa de tele ("Ecuador Tiene Talento"). También se pedía que alguien de Ecuavisa, o los propios miembros del "jurado" del programa en cuestión, se disculparan con la muchacha. Se diría que las dos exigencias iban por separado, pero si me pongo a pensar, a mí me parece que aunque 10.000 (ó 10 millones) de firmantes "exigieran" por medio de una página web que me vista de Doris Day y cante Che Sera Sera en medio del Malecón, si no me da la gana no lo hago: por tanto, es de suponer que los autores de la petición confiaban en los medios persuasivos de la SUPERCOM, más que la acumulación de votos, para conseguir la extracción de la tal disculpa. Y claro, como ya viene siendo de rigor en estos casos, citaban la Constitución, y no contentos con eso, la Ley de Comunicación, a tenor de que en este maravilloso "país laico" que habitamos, no está permitida la "discriminación" por razones de sexo, género, raza, credo, etcétera. Y ya les digo: no vi el programa en cuestión, pero leyendo las barbaridades que esos "miembros del jurado" le soltaron a la pobre muchacha ("pues deberías de creer en Dios, para ver si te obra el milagrito", etcétera) encuentro comprensible, por decir lo menos, que la gente quiera "hacer algo". Pero también pienso que esto no es la manera.

No tengo nada bueno que decir de la Constitución. Si me diera el arranque lírico podría decir varias cosas malas de ella, pero me parece una pérdida de tiempo: a fin de cuentas, nadie la acata, nadie la tiene en cuenta: en su corto tiempo de vida se ha convertido en una vistosa irrelevancia. La Ley de Comunicación es otra cosa: es una vergüenza nacional. Bueno, tiene sus usos. Cuando a veces uno va en el carro camino al trabajo, y entre sacarse los mocos de la nariz y cantar Mary Immaculate, Star of the Morning con voz de gorila, se le ocurre pensar por enésima vez: "¿y si las mentes lúcidas tuvieran razón?" (a sabiendas de que mi propia mente no anda nada lúcida últimamente), encuentro perfecto que exista esa réplica tan corta como contundente, que consiste en recordar que las mentes lúcidas fueron las que idearon la mencionada ley, que como sabemos, es la que impone la censura, el miedo y la arbitrariedad burocrática como estilo de vida a lo largo y ancho del país. Y es que su existencia, realmente, simplifica muchas cosas: como nos resulta metafísicamente imposible que quien apoye una ley de esas características sea otra cosa que un pendejo, nos proporciona un detector de ruindad casi infalible, y ahorra muchas discusiones infructuosas. Es lo que tiene de bueno. Pero de malo tiene, entre esa letanía de barbaridades que se han ido analizando en este blog a lo largo de los años, pues esto mismo: que su existencia de por sí fomenta la intolerancia. Porque si se tiene que dar algún calificativo a la mencionada petición, ésta sería la palabra: intolerante. Intolerante al cuadrado. Y voy a decirles por que.

Voy a un programa de tele y me preguntan si creo en Dios. Evidentemente, en honor a la verdad tendré que decir que no. Si el programa es de debate, diré más. Pero si es Ecuador Tiene Talento, me ahorro los comentarios, las precisiones, los argumentos, a sabiendas de que no serán bienvenidos. Es un programa popular, hecho para gente que quiere ver lágrimas, que quiere ver a otros haciendo el ridículo, en fin, algo que les sirva de consuelo ante la nulidad de la vida propia. Es un circo, no un lugar apto para discutir creencias. No sé quiénes formarán parte de ese famoso "jurado", pero tengo la plena seguridad de que serán unas absolutas nulidades intelectuales, unas cabezas huecas, tal vez amenizadas en algún caso con cabellos tinturados, trajes de James Bond y bustos neumáticos. Es lo que suele darse en esos casos, de acuerdo con un formato internacional de probada eficacia (también existe Britain's Got Talent, y no me extrañaría si Cittá del Vaticano Ha Talento, también). De acuerdo que hasta una cabeza hueca puede aprender a tratar a los demás con cortesía, es cierto. Pero francamente, no me parece tan sorprendente que esas "personas del jurado" nos hayan salido groseras, arrogantes y repulsivas... que nos hayan salido, en una palabra, tercermundistas. ¿Qué otra cosa iban a ser, en un programa tercermundista elaborado con vistas a un público ídem?

Quedémonos, entonces, con la lección de dignidad que tengo entendido es la que dio la muchacha en cuestión, y con la observación, muchas veces repetida aquí, que los arrogantes y dictadorcillos, si se les da cuerda, siempre terminan revelándose. "Pues deberías de creer en Dios, niña" es una muestra de estupidez e intolerancia: no lo repliquemos con más intolerancia, con amenazas, con CORDICOMes, con ese "deberías de cuidar tus palabras, y que tu discurso sea sí, sí, y no, no, que toda otra cosa viene del complot de desestabilización mediática de la CIA". Echar mano de una Ley de Comunicación para hacer frente a una simple grosería es como contestar a un pedo con una ametralladora. No procede. Si no estás de acuerdo con que exista esa Ley (y repito, nadie que conozca su contenido y que tenga una pizca de humanidad podría estarlo), pues no la dignifiques echando mano de ella cuando crees que a ti te podría servir de arma. Si es mala, es mala para todo. Es una cuestión de principios. (Siendo en este caso el principio en cuestión, ése de que ningún gobierno, ni disfrazada de "consejo de regulación", tiene derecho a censurar cualquier acto de comunicación, por desagradable o "discriminatorio" que sea. Sin ese principio, mejor nos vamos aprendiendo el pasito de ganso y el saludo ése de qué tan largo me ves de brazo.)

Y la verdad, no creo que esa concursante merezca nuestra lástima por el duro golpe de tener que enfrentarse delante de una cámara con una creyente en absurdos cuentos de hadas, que al parecer anda tan insegura respecto a la propia "creencia" que se pone hecha la fiera en cuanto se tope con alguien que no la comparte. Seguro que si esa muchacha es atea y no le importa que se sepa, en un país como éste la misma experiencia se le repetirá, si no todos los días, semana sí y semana también. Ella tiene el consuelo, que no es poca cosa, de no tener que atormentar su cerebro inútilmente y a diario con bobadas teológicas. Con eso ya es ganadora en lo importante. Ande yo caliente, y que los arrogantes, los envidiosos y estúpidos digan lo que quieran. A mí me funciona, y espero que a ella también.