Sunday, November 29, 2015

Darwinismo social, mi pie

Docentes, estudiantes, ciudadanos y ciudadanas que firmamos este manifiesto declaramos nuestro compromiso y voluntad de contribuir a la democratización del acceso a las universidades ecuatorianas. En un país aquejado por inaceptables desigualdades sociales, étnicas, regionales y de género, la amplia participación en la universidad ecuatoriana de personas provenientes de grupos históricamente marginados es una contribución necesaria para la construcción de una sociedad más justa, con buena convivencia cívica y más cohesionada. Contribuye también a construir universidades críticas y comprometidas con la eliminación de las inequidades.

Así arranca el manifiesto al que se refiere Iván Sandoval en su artículo de hoy. Vaya por delante que apruebo y comparto la creencia de que algo tan importante como el proceso de selección de estudiantes en las universidades públicas debe ser sujeto a debate: para algo esas universidades se denominan "públicas". A lo mejor en una sociedad ideal no existirían las universidades públicas, pero si las tenemos, deben de cumplir ante la sociedad con unos criterios (de justicia, de transparencia) que a las privadas no les serían exigibles, aunque tal vez en el mejor de los casos sí les resultaran aleccionadores y hasta imitables a discreción.

Hasta ahí bien. Con lo demás, no conforme, aunque debo aclarar que mi desacuerdo no se basa en aquellos documentos (Constitución, Ley de Educación Superior, o los propios estatutos de las universidades en cuestión) donde seguramente los autores de este párrafo y del manifiesto encontrarán piadosas declaraciones de principios que les apoyaran y acolitaran - sino en mi propia concepción, indudablemente minoritaria pero asentada por lo menos sobre la base de mi experiencia como docente, de lo que debería ser la única función valedera de una universidad tanto pública como privada: la de proporcionar a sus estudiantes una educación de calidad que les capacite para ejercer en el futuro un rol profesional autónomo, creativo y productivo en un mundo lleno de incertidumbre.

Desde esta perspectiva, se puede compartir algunas de las dudas puntuales de los autores del manifiesto, por ejemplo, respecto a la fiabilidad del examen de ingreso estandarizado como indicador de futuro éxito académico, y hasta me parece digna de tomarse en consideración su propuesta de profundizar en el modelo del "foundation year", sistema que en algo podría remediar el déficit de habilidades y destrezas básicas (lectura, escritura, cálculo) que los estudiantes arrastran a partir de una educación secundaria notoriamente disfuncional a nivel nacional. En fin, no es que falten en este manifiesto críticas bien fundadas ni propuestas interesantes. Lo que me provoca rechazo frontal es la visión que al parecer comparten los autores, de un sistema universitario que funcione como agente de transformación o ingeniería social, donde la participación de estudiantes de "grupos históricamente marginados" sirva para construir "una sociedad más justa, con buena convivencia cívica y más cohesionada".

Me parece que todos estaríamos de acuerdo en suponer que en una sociedad verdaderamente "justa", tanto en la universidad pública como en la privada como en otros ámbitos sociales y laborales no habría grupos étnicos vistosamente "marginados", es decir, estaría desterrada, no por decreto sino por simple evolución social, cualquier discriminación a base de prejuicios y estereotipos. Los autores del manifiesto dicen claramente que no basta, para estos fines, que el acceso a la universidad se decida según una prueba de aptitud socialmente imparcial ("colorblind"), porque la propia "aptitud" se comprueba, al parecer, usando criterios que favorecen los grupos sociales de mayores recursos (mejores colegios, capacidad económica para pagar cursos de "cramming", etcétera) y por tanto, que favorecen al status quo. Bien puede ser cierto. Pero ante este panorama, creo que no debemos botar al bebé con el agua de la bañera: lo correcto sería dirigir las críticas y las propuestas hacia aquellas instituciones que por lo visto están fallando en su pretensión de ofrecer en la educación primaria y secundaria calidad e igualdad de oportunidades, no esperar que las notorias y profundas deficiencias del sistema escolar se solucionen en el último momento obrando improbables milagros en la educación terciaria, y peor, diluyendo o rebajando los criterios de selección según aptitud más elementales.

Claro que no se trata de una disyuntiva exclusiva: en teoría se podría buscar hacer ambas cosas a la vez, reformar la enseñanza tanto secundaria como terciaria, y así lo ha entendido el actual gobierno. Pero aun así, creo que la universidad pública estaría fallando en su responsabilidad hacia el estudiante si permitiera que tales consideraciones de ingeniería social interfiriesen en lo realmente importante, que es la calidad de la educación recibida, o en la transparencia, objetividad e imparcialidad del método de selección empleado (lo cual también incide, indirectamente, en dicha calidad). Los autores del manifiesto en algunos momentos se acercan peligrosamente a la filosofía de acción afirmativa en boga en algunos estados de EEUU y detalladamente refutada por, entre otros, Thomas Sowell. No se combate la discriminación con discriminación, por las mismas razones que declarar la guerra es una pésima manera de evitar la guerra. Por tanto, en el manifiesto sencillamente sobran todas esas referencias a "grupos marginados", que si bien tienen cabida en un estudio sociológico, no deben incidir para nada en un proceso de selección universitario, y por tanto, no tienen relevancia alguna.

Acabo de usar, con cierta ligereza tal vez, el término "evolución social". Debo especificar que no se trata de ningún guiño hacia teorías social-darwinistas ampliamente desacreditadas, como sin duda me acusaría Iván Sandoval. (El propio Dawkins, paladín del darwinismo donde los haya, ha rechazado en numerosas ocasiones la insinuación de que ser darwinista implica ser también social-darwinista, insistiendo en que la selección natural en biología es un simple hecho científico, no un principio ético que nos pueda guiar en las decisiones políticas. Estoy absolutamente de acuerdo.) Encuentro algo de histerismo en la imputación que ofrece Sandoval, ausente del documento original, según la cual el gobierno con la ENES estaría aplicando un "instrumento de darwinismo social". Tal como yo lo entiendo, el ENES estaría diseñado con el fin de seleccionar los estudiantes técnicamente más aptos para seguir una carrera universitaria, no los "más fuertes" según los términos de no sé qué delirio neofascista. Otra cuestión es si consigue o no el objetivo descrito, o si lo hace de la mejor manera: aquí sí caben algunas de las críticas del manifiesto. ¿Sería "social-darwinista" también la empresa que selecciona al candidato para un empleo según criterios transparentes (aunque posiblemente equivocados) de idoneidad para el puesto, por encima de, por ejemplo, su pertenencia a "grupos marginados"?

Un poco de realismo tal vez hace falta. Las sociedades, pace los autores del manifiesto, no se "construyen" (si se intenta, se termina en lágrimas): con la necesaria libertad se desarrollan, evolucionan en uno u otro sentido, y no necesariamente en la dirección que quisiéramos, y desde luego con muy poca ayuda por parte de una institución tan secularmente conservadora como la universidad publica o privada. El mecanismo de desarrollo en ningún caso va a ser el mismo que en el darwinismo, es decir, la mutación genética aleatoria, pero tampoco se asienta sobre las decisiones de una élite ilustrada de gobernantes y/o firmantes de manifiestos llenos de idealismo y felizmente ignorantes de ciertas realidades económicas. La mayor transformación social de nuestra época no fue gestado por político alguno, sino que vino de la mano de Bill Gates y Tim Berners-Lee: por tanto, si en la universidad pública ecuatoriana se dieran las condiciones para que un Gates ecuatoriano terminara la carrera, o un Berners-Lee se quede en el país, no se me antojaría para nada un mal comienzo para una nueva época. El debate no ha hecho más que arrancar.

Tuesday, November 24, 2015

Civilizarnos o morir

Lo de Paris. Por ahí alguien anda diciendo que no es el islam, que es el islamismo, el fanatismo, etcétera. Que ser musulmán no equivale a ser terrorista siquiera en potencia. Que Averroes, el álgebra, Andrómeda. Bueno. Como en todo, hay que matizar. Qué tal esto: "ser católico no equivale a ser misógino siquiera en potencia". Bien cierto es, salvo ese escurridizo "en potencia". Tanto el cristianismo como el islam cargan con la maldición de tener como textos sagrados unos libros de espeluznante barbarie, donde queda plasmado un odio hacia la humanidad (y en especial, la feminidad) producto de mentes enfermas, además de una serie de preceptos cuyo cabal cumplimiento convertiría a cualquiera en criminal en una sociedad moderna, y probablemente a alguno le mereciera el epíteto de terrorista. El devoto cristiano a más del judío ídem, por ejemplo, estaría obligado, por amor a Jehová o al literalismo o ambas cosas, a matar a su propia hija con sus propias manos si algún día ésta llegara a casa desde su clase de yoga anunciando que más le convence ahorita Krishna que el viejo barbudo (el ejemplo es tomado de Sam Harris). El devoto musulmán debe creer que la guerra santa es cosa buena, que el apóstata debe morir y que golpear a la esposa es derecho y deber del marido piadoso ante casos flagrantes de desacato: Alá ha hablado. Pero todos sabemos que el poder de cumplir a rajatabla con los preceptos de estas siniestras doctrinas es un don especial concedido sólo al "puro de espíritu", quiero decir al sociópata suicida a quien no le importa pasar décadas en la cárcel o morir ante la ametralladora del ejército enemigo. Para el resto, queda la opción cómoda de la ceguera selectiva, del esfuerzo diariamente renovado por convertir a esos textos sagrados en algo que nunca fueron y nunca podrán ser, unos textos civilizados a la usanza actual o que tengan la apariencia superficial de tal. El experto cherrypicker, por tanto, tiene bien resaltado en marcador amarillo o naranja al versículo huérfano, triste y solitario ése que habla del "amor", del perdón y de la comprensión (ya sabes, en nuestra traducción dice estiércol de burro pero la palabra original en griego Koiné significa eso, comprensión, tolerancia, buena onda y guitarras eléctricas. Y perdonadles a los traductores, que no saben lo que hacen).

Así que ahí está la disyuntiva para el devoto de cualquier religión Del Libro: o te vuelves cobarde e hipócrita, y te niegas a llevar tu religión hasta las últimas consecuencias, o bien te vuelves fundamentalista, coherente y consecuente con tus creencias, y renuncias a llevar tu humanidad siquiera hasta las primeras.

Claro que la mayoría en cualquier religión, por suerte nuestra, escoge la primera opción. Eso no se discute, es un hecho estadística y sociológicamente comprobable (hasta esa infame encuesta de The Sun dejó en minoría a los yihadistas simpatizantes británicos). La discusión, entonces, según mi limitada visión, es si el humanista debe acolitar en la mentira al religioso, supuestamente en aras de la paz y de la armonía social, diciéndole que tranquilo, que todos sabemos lo errados que son los fundamentalistas y lo pacífico y respetable y maravilloso en realidad que es su sistema de creencias, que si no lo compartimos es porque ya sabes, la diversidad y todo eso. O bien si debemos ponernos un tantico groseros y decir lo que vemos en su religión, un cadáver pútrido en medio de una sala de velorio, esperando para contaminar a más de los presentes con el bacilo de odio e intolerancia que se reproduce en su tenebroso interior. Para mí lo segundo: estoy con Sam Harris en esto. Hay que decir siempre lo que uno ve, y oféndase quien quisiere.

Recordando siempre que lo que uno ve nunca va a ser todo lo que hay.

Para mí el hecho de que los terroristas se llaman musulmanes y no cristianos es simple accidente de la historia. Fácil es imaginar que Jesús se haya llamado Muhammad, y que el sermón del monte hubiera contenido un apartado sobre la valiosa costumbre de agacharse en el suelo, y que unos seiscientos años más tarde haya nacido un tal Ýeshua, que hubiera tenido la mala suerte de morir crucificado a manos de imperialistas romanos nostálgicos, y que un tal "cristianismo" producto de este tardío profeta y mayoritario en los países más pobres haya sido el pretexto para atarse bombas a la cintura o para derribar edificios pertenecientes a ese Decadente Imperio del todavía triunfante y sofisticado Islam. Cambiando nombres y personajes y detalles de creencias no se cambia apenas nada.

El quid está en dejar atrás a los dioses. Dicho de otro modo: en volvernos adultos.

En la mente del infante humano, y siempre según el Object Relations Theory, el yo es el Gran Sobreentendido, y el Otro es una teta, que luego se convierte en dos personas de distinto sexo pero idéntica omnipotencia, que luego se convierte en un colectivo, el primero de que recordamos haber tenido noticia, ése de "los grandes", que arrastra todavía algo de esa gloria primordial de saberlo todo, especialmente en cuestiones del Bien y del Mal. En cierto momento "los grandes" se demuestran falibles, y es el turno de Dios, o de los dioses, según cultura, ente de atribuciones y encargos inciertos, pero que de cierto modo afianza y preserva  ese enlace mental que tenemos con la tribu, ese hábito de supeditarnos a la misma, como buena especie gregaria que somos, a través de una jerarquía de autoridades que, en su mayoría, se instancian en colectivos abstractos (Dios - gobierno - sociedad - clase o sector) pero que entre ellos, con ese poder mágico tribal que encarna el colectivo en el que uno deposita su creencia, induce obediencia y docilidad y algo de temor religioso: ellos, ese avatar del Otro que tengo actualmente como juez interior, son Legión y sin embargo de misteriosa manera son unívocos y hasta telepáticos. Y recordando esto, enseguida vemos que dejar de creer en Dios no es en sí ninguna solución: es un simple acto de feng shui mental, es arrastrar muebles mentales de un lado a otro y dejar en el ático a los más carcomidos. La mueblería en sí no se ha renovado. Quienquiera siga creyendo en "la Sociedad", en "el Pueblo", en "la Mujer", en "la Gente de Bien" como entes dotados de atributos humanos como preferencias, deseos y autoridad moral, es tan víctima del Pensamiento Mágico Infantil como el teísta cuyos prejuicios y reflejos reproduce con admirable exactitud (Atheism Plus, anyone?); y es posible que a la larga, el instinto le lleve a buscar a ese Texto Sagrado que le permita volverse tan terrorista como ellos. Un buen ejemplo de lo mismo tenemos en ese desdichado de Werner, que sigue con su fantasía de un "pueblo" dotado de personalidad propia, que si tan solo le adivinas el "pensamiento" confiere "poderrr", así, con tres erres y algo de baba, al humilde articulista del T. (where else), que tenga la sensatez de ponerse a buen recaudo físico mientras los espléndidamente fornidos representantes de ese "Pueblo" se ponen a "disputar" (palabra preferida de Werther: significa "sacarle la puta") al necesariamente satanizado "adversario", siguiendo las directrices de ese mismo líder que blande un ejemplar de Das Kapital o del Manifiesto Comunista en su sedosa mano. Para un pensamiento así, tribal es poco. Creo que podemos aspirar a algo mejor que eso: todavía no somos Venezuela ni tenemos por qué venezolarnos.

Así que el descerebrado terrorista musulmán es un buen espejo donde mirarnos, si bien no promete superficie plana, mesura, equilibrio. Con su absurda creencia en el carácter unívoco del "decadente occidente", con su convicción de que todos nosotros llevamos biquini a todas horas sólo para restregárselo en la cara, de que nuestra simple existencia es una especie de insulto personal hacia él, refleja, si somos sinceros, de manera algo deforme nuestros propios prejuicios, nuestras simplificaciones, y sobre todo, nuestra costumbre de dotar de inmenso poder psíquico a simples representaciones mentales de colectivos abstractos.

Ante lo cual, pues esto: las opciones son civilizarnos o morir. Porque tarde o temprano, probablemente temprano, lo que se detonará en Paris serán armas nucleares de fabricación casera y muy, muy sucia.

Claro que puedo equivocarme, pero creo que hace tiempo ya dejamos de aspirar a ser adultos, a pensar y a sentir como adultos.

Mucho más fácil creer, en política por ejemplo, que "la mayoría" no es un simple recordset devuelto por un determinado query, sino que es algo estable, un atributo conferido por la pertenencia a una clase, la cual otorga autoridad moral y capacidad de complacencia sin fin: que es un atributo del ser humano ser "de la mayoría" y no una simple circunstancia estadística, tan vulnerable como las fronteras limítrofes de ese pueblo de la película de James Stewart.

Hasta el punto que suena algo displicente decir: al demonio la mayoría, al demonio la sociedad, yo soy el mejor juez de mis actos, y la mejor audiencia para mis pensamientos. Pruébalo. Son sílabas venerables, pero hoy día hasta difíciles de pronunciar, y de extraño y astringente sabor.

Y sin embargo, son las grabadas en ese gran portal que lleva al conocimiento de sí, de ahí, a la realización como individuo, y de ahí, a la mera posibilidad de que exista algo así como "una sociedad" que sea más que colmena, hormiguera u onírica facebocracia poblada de fantasmas hechos de recuerdos infantiles y huérfanos instintos tribales.

Sunday, November 8, 2015

Return to Gender, Address Unknown

No sé por qué será, pero cada vez que escucho la palabra género, imagino un mercado callejero con un puesto que vende tela, donde una señora bajita y gruesa, cuyo cabello algo grasoso se sostiene en un precario moño improvisado mediante el uso ingenioso de un lápiz, sopesa en una mano unas yardas de seda con estampado floral, mientras le clava al tendero la consabida pregunta: ¿Cuánto cuesta?

Ya. Me harté. Acabo de hacer la correspondiente pesquisa en el DRAE (¿Para cuándo María Moliner en línea?) y hallo que, efectivamente, la voz género puede referirse a "Tela o tejido", entre otras varias acepciones, entre ellas,

3 m. Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico.

Bueno, convengamos en que la redacción deja bastante que desear, pero en fin, los lexicógrafos  tienen tanto derecho a levantarse con chuchaqui y meter la pata de vez en cuando como el resto de los mortales. La cuestión es que si le echas un poco de buena voluntad al asunto, la definición propuesta no es tan, tan difícil de entender: nos están diciendo que si al sexo le restas la parte biológica (wobbly bits, dangly bits, cromosomas, todo ese lío) lo que te queda es género, o sea, la parte sociocultural.

Ahora, una definición cualquiera de la correspondiente palabra en inglés:

Gender: The state of being male or female (typically used with reference to social and cultural differences rather than biological ones)

Prácticamente lo mismo, ¿verdad? Por lo que difícilmente uno le consiente, de entrada, a José Mario Ruiz Navas el capricho de escribir a cada rato "Gender" como si la traducción inglesa tuviera una carga propia, unas connotaciones ocultas y siniestras que su equivalente en español no tiene. Peor todavía, el de ponerle mayúscula y quitarle artículos definidos e indefinidos a la dichosa palabra, con la aparente intención de convertirlo en nombre propio, tal vez el de algún demonio de las huestes de Satanás:

Gender distingue entre el sexo y género.

Oooh. ¡Qué malo es ese tal Gender, y cuán necesitado de ser arrastrado en cadenas, cual Giordano Bruno moderno, delante de una Conferencia Episcopal, para que responda por sus crímenes de pensamiento! Pero, insisto, tan sólo hace falta darse cuenta de dos cosas, primero, que gender es la traducción inglesa de género, ni más ni menos, un simple sustantivo abstracto sin cornamenta ni pezuñas, y segundo, que hasta el lexicógrafo más etílico es capaz de darse cuenta de que género y sexo no son sinónimos, y de hecho, nunca lo fueron, para que la frase citada arriba equivalga a decir, pongamos:

Donkey distingue entre burro y predicador.

Lo que me da ganas de invitarle a una cerveza a ese tal Donkey, que evidentemente posee una finura de percepción que a muchos humildes blogueros por momentos se nos vuelve escasa.

En fin. Lo que creo intuir en el artículo de Ruiz Navas es esa actitud pomposa, paternalista y colérica de quien se crió en una sociedad donde la accidentada formación provinciana de un clérigo de la Iglesia siempre lucía en favorable contraste con la ignorancia de las masas (con tal de evitar discusiones con el médico del pueblo), y que ahora no acepta que la educación secundaria universal, la marcha de la ciencia y la evolución de la sociedad le hayan arrebatado su toga de reverendo erudito polifacético, ahora reemplazado (al parecer) por una gorra de saltimbanqui o de bufón. Papel que desempeña con notable garbo, al señalar que, por ejemplo, el reemplazo de la palabra "sexo" por "género" en la cédula de identidad ecuatoriana "llevaría a destruir la sociedad ecuatoriana". En serio, eso dice. Y lo curioso del caso es que, si el tal Gender está equivocado, como nos da a entender, al "distinguir entre sexo y género", la única conclusión lícita es que lo correcto sería no distinguir, y tenerlos por perfectos sinónimos, y si esto es lo que recomienda Ruiz Navas, no se alcanza a ver de qué manera se puede destruir toda una sociedad de 15 millones reemplazando una palabra por su sinónimo exacto en un documento que apenas nadie se da la molestia de leer.

Me voy a permitir ponerme en plan profeta. Cierro los ojos, extiendo los brazos en actitud mística, levanto la barbilla, y pido inspiración del Espíritu Santo para poder ver el futuro de este país, de esta amenazada sociedad. Sí... las brumas se apartan... algo se vislumbra. Veo gente llorando... rabia y desesperación... crujir de dientes... gente suicidándose... llanto y amargura por doquier. Un terrible gemido colectivo se alza hacia el cielo, los jinetes del Apocalipsis se avecinan por el horizonte a paso agigantado. ¿Qué habrá pasado? Veo que, efectivamente, en la cédula del más cercano pone "GENERÖ" donde antes ponía "SEXO". ¿Será ésta la razón de tan generalizada hecatombe? ¿O habrá ganado Correa otra vez? Con mi tercer ojo me acerco a alguien a preguntarle qué ha ocurrido. Su respuesta lacrimosa y sepulcral:

- Han quitado Ecuador Tiene Talento.

Ah... De modo que esto era. Tranquilos, entonces. El bienestar de la sociedad ecuatoriana descansa en bases algo más sólidas que una palabra en un documento oficial. De hecho, eso yo ya lo sospechaba, puesto que tengo la suerte de haber vivido los primeros años de mi vida en un país donde no solamente no constaba SEXO en la cédula, ni tampoco GENERO siquiera, sino que no había cédula de identidad de ningún tipo: nada como esta experiencia para darse cuenta de lo innecesario del documento en cuestión. Lo que nos lleva, fortuitamente, a mi propia opinión sobre la cuestión que le ocupa a Ruiz Navas, que expondré con la misma brevedad que ustedes han llegado a esperar de mí.

Ponerse a discutir si en la cédula debe poner SEXO o GENERO, mientras el gobierno sigue imponiendo la cedulación obligatoria, es como ponerse a discutir, delante del escuadrón de fusilamiento, si el uniforme de tus verdugos debe ser color azul oscuro o caqui. A cualquiera le debe de resultar obvio que la pretensión de imponer el uso de un documento de identificación "oficial" es un reflejo autoritario, de añejo sabor fascista, por parte de un Estado sobredimensionado y arrogante. Pero si la hora de agitar por la supresión del documento aun no ha llegado, mientras tanto, en algo progresaríamos si pudiéramos por lo menos reconocer que tanto tu SEXO como tu GÉNERO no le importan legítimamente a nadie, salvedad hecha del médico (en el primer rubro), quien siempre tendrá la opción de preguntártelo,  caso de necesidad, o de alzarte el taparrabos si llegas al hospital inconsciente y atravesado por un colmillo de elefante de ésos que si eres Tarzán, te lo sacan por un lado, y si eres Jane, por otro. De modo que, si nuestro prelado anda yermo de consignas, le sugiero que en vez de cargar contra el relativamente inocente género, se una a los que exigimos la inclusión de la siguiente opción declarativa:

GÉNERO: MIND YER OWN FRICKEN BUSINESS.

Dadas las demostradas habilidades lingüísticas del Sr Ruiz Navas, tal vez se sume a nuestra causa traduciendo esto a un castellano más o menos depurado y de sabor auténticamente ecuatoriano. A mí se me hace grande la tarea.

Ahora bien, debo reconocer que cuando empezó a extenderse el uso de "gender", allá por los años 70 y 80, fui de los descontentos, no precisamente por las pintorescas razones esgrimidas por Ruiz Navas, sino simplemente porque dudaba mucho de si la popularización de un concepto tan cargado de subjetividad y displicencia iba a contribuir a fomentar el pensamiento crítico y racional. Creo que el tiempo me ha dado la razón: si bien todos ahora entendemos (no sé si todavía habrá quien lo discuta) que como sociedad esperamos más cosas de un hombre que las que la simple biología nos aconseja esperar, ídem de una mujer, ergo que sí existen los famosos "gender roles", la mala noticia es que con estos escasos conocimientos se ha levantado una casta de sacerdotisas de la Verdad Revelada, que andan fregando con el "sexismo" como si se tratara de un pecado o una ofensa y no de una actitud natural en una especie como la nuestra, de escasa sabiduría y largo verano reproductivo: como si el mero hecho de que un fenómeno se revelara como "sociocultural" y no "biológico" constituyera una invitación a volverse intolerantes contra el tal fenómeno, creyéndose ajenos o superiores a la sociedad y a la cultura. Si bien tal quijotesco empeño de acabar con cualquier atisbo de "diferencia sociocultural" entre hombres y mujeres, o sea, acabar con el género para quedarse sólo con el sexo, impresiona y seduce por su ambición (en mi juventud fui devoto de ese movimiento durante un tiempo), en la práctica el feminismo decepciona rápidamente cuando uno se percata de que persigue cualquier cosa menos el destierro definitivo de la discriminación, de la cual vive y come. Sólo así se entiende que mientras despotrican contra el género, quieren perpetuarlo haciéndolo constar en la cédula. Y sólo así se entiende que una conocida parlamentaria inglesa, Jess Phillips, hace escasos días pudo levantarse en la Cámara de los Comunes para rechazar una petición que pretendía equilibrar el debate facilitando por un solo día la discusión de "problemas específicamente de hombres" (altos niveles de suicidio, legalidad de la mutilación genital, entre otros), no para argumentar contra ellos, sino para reírse abiertamente de la simple sugerencia de que un miembro cualquiera del género odiado pudiera tener problemas.

(Sí, "odiado". Vayan a ver el video y me darán la razón.)

A eso hemos llegado, y con ello, inevitablemente uno vuelve a preguntarse, con la señora compradora de tela antes mentada, cuánto cuesta y cuánto nos ha de costar todavía la broma ésa de mezclar y confundir biología, psicología y sociología en una única sopa de sabor amarga, moralista e intolerante. Claro que nada de esto puede objetar el Sr Ruiz Navas, en su faceta de representante de una Iglesia que a lo largo de los siglos ha luchado por quedarse con la patente de corso de la amargura, del moralismo y de la intolerancia. Se diría incluso que ser prelado católico es un poco como ser feminista, pero con faldas. Unos y otros se merecen, realmente.

Así que olvídense de encontrar en el artículo del columnista ningún llamado a la calma ni a la reflexión (no tienes que pensar, él lo hace por ti), tampoco ninguna referencia a esa sociedad perfectamente ambicionable, en que cada uno sería lo sexista o lo poco sexista que quisiera una vez haya interiorizado las reglas elementales de la cortesía, y cargara con su propio concepto de lo que es un hombre y una mujer, y las posibles diferencias entre ambos, y su propia pertenencia a tales esquemas, basado en la dialéctica fructífera entre cultura colectiva, pensamiento individual, personalidad y experiencia, sin tener que sortear las iras y la mala entraña de los iluminados de un bando o de otro, religiosos y feministas, ya que para aquel entonces todo el mundo (es un decir) habría aprendido a comportarse de una manera civilizada, valorando en cada persona el núcleo de su identidad como ser humano, mucho (muchísimo) más allá de cualquier identificación superficial con configuraciones cromosómicas o vagos recuerdos de películas.

Lo que sí encontramos en el artículo es una extraordinaria confesión, hecho no sé si bajo influencia del Espíritu Santo o de los pozos de una botella de Southern Comfort:

El mundo, a pesar de la fe cristiana, ha borrado a medias la inferioridad social de la mujer. (sob)

(énfasis mío) No esperaba encontrar, por parte de un representante de la Iglesia, un reconocimiento tan explícito de que "la fe cristiana" ha estado luchando con uñas y dientes para conservar esa supuesta "inferioridad social de la mujer": ellos más bien suelen escudarse tras un discurso "espiritual" y una sonriente cara de yo no fui (lo "social", eso son cosas del Demonio, no nuestras). Se agradece, naturalmente, tal sinceridad, aunque no nos dice nada que no sabíamos. Sorprende algo más ese párrafo en que se nos presenta al "hombre" "señoreando" a la "creación", que suponemos que en su mente tiene un buen par de tetas, porque de otra manera el párrafo entero se constituiría en una incoherencia dentro del esquema argumentativo: así que señores, a señorear, y señoras, a ser señoreadas, porque las fantasías masturbatorias de los célibes son órdenes para nos. Y si el uso del término "hombre" le envuelve a dicho párrafo en un manto de plausible deniability (hasta una costilla puede ambicionar ser "hombre", si quiere), no así con el siguiente:

5) Consecuencias de Gender: a) El subjetivismo caprichoso (yo quiero ser mujer; quiero ser varón) radicaliza el egoísmo. b) “La” familia perdería identidad en “las” familias. c) La “parentalidad “ suplantaría paternidad y maternidad. d) Los hijos se engendrarían, no por unión de los dos sexos, sino artificialmente. e) La cédula de identidad no garantizaría la identidad de las personas, quitándoles estabilidad y claridad. ¡Los conflictos judiciales!

Creo que todo esto se puede resumir en: ¡Que viene el Cuco! O en términos más astringentes: nuestro columnista, que al igual que algunito del Telégrafo pertenece a la clase de los "publiquémosle su retahíla de bobadas, no queremos problemas con la Iglesia", aparenta padecer de una psicosis galopante, donde yo mismo en mi faceta de terapeuta aficionado no puedo más que recomendarle que se piense bien eso del "egoísmo radical". Ser egoísta, Sr. Ruiz Navas, es ponerles obstáculos a otros para que realicen sus sueños (de tener una familia no tradicional, de tener un hijo así sea por métodos no ortodoxos, de tener una "identidad" con la que se siente a gusto, etcétera), y la manera más ruin y vil de ejercer ese tipo de egoísmo es acusar a otros de ser egoístas por el simple hecho de tener dichos sueños y ponerlos en práctica sin hacer daño a nadie, por el simple hecho de contradecir con su existencia tu visión monocromática del mundo, por el simple hecho de no ajustarse a tus anquilosadas categorías mentales.

Piénsatelo.

Ah, y abre el periódico de vez en cuando. Hablar de una Europa "carente de niños europeos" queda un poco... digamos, desfasado, ya que ahora el Viejo Continente se está debatiendo la cuestión de qué hacer con tantos niños, o futuros engendradores de niños, como últimamente están llamando a sus puertas. Problemas puede tener y graves, pero la falta de niños, en mi faceta de profeta, vislumbro que no entrará en ellos en un futuro próximo.

Como en todo, puedo equivocarme.