Friday, December 25, 2015

El choque

Siempre me han impresionado esas personas que tienen portafolio. Y creo que no soy el único. A los profesores hace tiempo que las "autoridades" a todos nos exigen tener un portafolio, que en realidad no es más que una carpeta pesada llena de grillos aplastados, manchas de café, caricaturas maliciosas del rector e información aleatoria que a nadie le importa y que jamás será examinada, salvo que alguien quiera separarnos de nuestro puesto con urgencia y alevosía (tercer estante, segundo fichero desde la izquierda). A los estudiantes, donde antes les exigíamos deberes, ahora más se estila exigirles también portafolios, que significa lo mismo pero suena más, no sé, más portafolioso*, aparte de echarle una ayudita a la industria de las carpetas amarillas. Para mí que forma parte de una tendencia cultural más amplia, que apunta a amalgamar contenedor y contenido, face y book. "No juzgues el libro por la cubierta", decían antaño: ahora la cubierta es el libro, y la acción de abrirlo, síntoma de holgazanería, pedantería, suspicacia, complejo persecutorio, literalismo, algo malsano en todo caso. Guíese por las apariencias nomás. Son lo único en este mundo que nunca te decepcionarán.

RECETA NAVIDEÑA DE RELLENO DE CEBOLLA Y TOCINO

Ingredientes

2 cebollas, finamente picadas
100gr de tocino
unas hojas de salvia
un huevo batido
pan rallado
sal y pimienta

Preparación

Se apartan las cebollas, el tocino, y el resto de ingredientes para hacer una sopa. A continuación, se hace una búsqueda en Wikipedia sobre cualquier tema, se inserta el contenido en Google Traductor, cuidándose de no incluir las tres primeras palabras de la primera frase, se traduce al rumano, luego al árabe y finalmente al inglés, y se copia el resultado en un documento nuevo de Word. Luego se hace una búsqueda en Google Images con la cadena "kitsch visual apto para PowerPoint" y se pega la primera imagen al principio del documento. Se centra todo el texto y se le pone un título con un color de letra psicótico. Finalmente, se vierte todo en una carpeta amarilla, el sagrado "portafolio". Listo para servir.

Bueno, me he apartado un poco del tema. A lo que iba: siempre he admirado a las personas que tienen un portfolio, pero de verdad, esa gente que entiende del mercado de valores de la Bolsa, más allá de haber descubierto que una inversión pretérita temeraria valió bolsa. Yo no me puedo preciar de tanto. No tengo portafolio de inversiones en cosas como Rio Tinto Zinc o General Motors (como si tuviera con qué invertir. Eso sí, cuando los grillos aplastados lleguen a ser moneda de cambio corriente, seré millonario). Ayer, sin embargo, descubrí que tengo un portafolio emocional. Al parecer, sin sospecharlo siquiera, había invertido simpatías y confianza, hasta niveles insospechados, en personas cuyos nombres no salían siquiera en la cubierta del dichoso documento. Ahí ponía, simple y tranquilizadora, "estás bien". Al parecer, ese estar bien iba condicionado, en una letra pequeña casi indescifrable, por el bienestar y la honradez de otras personas lejanas y en apariencia irrelevantes. Cuando esas personas de repente se salen de sus papeles, ahí se produce el choque.

De manera perversa, sin duda, apruebo estos terremotos emocionales, este encontrarte de repente sin tierra bajo los pies, estas traiciones del hipotálamo. No solamente porque te achican y te ponen en tu lugar, te recuerdan tus vínculos con la comunidad. No solamente porque te proporcionan un pretexto para algo de spring cleaning afectivo. También porque te recuerdan quién fue siempre tu mejor y más fiel amigo.

Sobre ese amigo, poco les tengo que contar, apenas si tengo noticias de él últimamente, pero hace días que me irrita lo que encuentro escrito e insinuado a su respecto en los medios públicos. Está bien decirles a la gente que no conduzca borracha, siquiera bebida. Yo mismo se lo digo a mis estudiantes. Pero ya está bien de ponerle cachos a Baco. Empiezo a pensar que a lo que me enfrento en estos días es al puritanismo originario americano en estado puro, a ese no gozarás perentorio que sigue jodiendo a todo un subcontinente. ¿Acaso no se dan cuenta esos puritanos, esos antidomingueros, que el alcohol ha hecho más por la civilización que la gasolina, que la taxonomía de Bloom, que el prestobarba descartable, que la institución del matrimonio, que las obras completas de Hegel y Kant? ¿No se dan cuenta que apenas hay obra artística valedera en la historia universal que no fuera concebida bajo su influencia, inspiración y dirección, ni amistad duradera que no haya sido sellada bajo su sonrisa etílica e indulgente? ¿No se dan cuenta que, a menos que seas un poco extraterrestre (TS Eliot), es prácticamente imposible llegar al nirvana de la integración psíquica sin pasar por la depresión deliberada del sistema nervioso central? ¿No saben nada de eso?

En tal caso, vengan renos. Que no haya nieve acá es un detalle. Es sólo nieve física la que falta para que los jeremías del imperialismo cultural anden jeremiando por doquier (sin olvidar a los sanjorges del viernes negro, los anticonsumistas "consúmame otra vez" y demás fauna tolkienesca): mirando con los ojos del corazón, nos encontramos tiritando bajo un manto blanco de frialdad que se extiende hasta ese lejano horizonte que con las lágrimas se confunde fácilmente.


* "Fancy an eclair, Helen?" he murmured, with a portfolious grin.
... Nah.

Sunday, December 13, 2015

¡Los Cosacos!



¿Por qué se hacen enmiendas constitucionales que permitan utilizar a las Fuerzas Armadas en la "seguridad interna" del país? pregunta, entre otros, Sebastián Vallejo. Eisenstein lo tenía claro, en este película que celebra este 24 de diciembre sus 90 años de exposición. En realidad es simple lógica elemental. ¿Qué tienen los soldados, en la actualidad, que no tienen (o no siempre tienen) los policías? O al revés: ¿qué supo encontrar Arroyo del Río en los Carabineros de Guayaquil que no supo encontrar en el Ejército de ese 28 de mayo de 1944? ¿Qué es lo que un Nebot cultiva en sus robaburros, que sabe que no va a encontrar en cualquier cuerpo uniformado donde se insista en estándares mínimos de inteligencia? Pues eso: frialdad, disciplina, una disposición que no les hará dudar, llegado el caso, en disparar sobre una muchedumbre desarmada, con niños incluidos, en defensa del poder, de la autoridad, de los privilegios de los "gobernantes" y de la continuidad de sus salarios. Lo que encontró Lucio Gutiérrez en las FFAA de ese día, unas horas antes de su famosa salida en helicóptero. Sálvenme. Disparen a discreción. Lo único sagrado aquí son mi pellejo y mis billetes.

Las enmiendas constitucionales representan, vistas desde cierto ángulo, ese punto de inflexión por el que pasa todo gobierno populista-autoritario, cuando las realidades económicas empiezan a hacer tambalear ese mecanismo fluido de compra de votos con políticas clientelares y anestesia ideológica administrada por propaganda estatal. Aunque la falta de una oposición unida capaz de sortear los crecientes obstáculos impuestos por el régimen para llegar con su mensaje al votante parece descartar cualquier pérdida del correismo en las urnas en el corto plazo, el tono de las enmiendas deja claro que se está produciendo una especie de atrincheramiento mental en las filas gobiernistas, en que hasta un articulista del Telégrafo se atreve a preguntar si no serán los mismos ciudadanos los que se perfilan como "el Enemigo". O tal vez la relación Gobierno-Pueblo se ilustra mejor con la metáfora de un domador de león en un circo. Mientras la bestia esté bien alimentada, la experiencia demuestra que hacerle saltar por aros de fuego, hacerle sentarse en cuclillas y suplicar como perro, aun en detrimento de su propia dignidad de animal noble y salvaje, será tarea fácil, todo está en el "entrenamiento", en los descubrimientos de Pavlov. Ahora bien, cuando empieza a rumorearse que escasea el suministro de carne crudo, cuando algunos días ha sido necesario darle carne rancio y huesos, el domador inteligente y previsor se toma la precaución de llevar, desde ese entonces, un arma de fuego en el bolsillo, y llegará el día en que antes de meter la cabeza en las fauces del animal, primero y como prudencia natural considerará necesario sacarle los dientes.

¿Sacarle los dientes?

Vallejo no lo considera digno de comentario, pero esa enmienda que insiste en agregar una frase sobre "la comunicación como un servicio público" al principio del articulo relevante (aquello de los medios públicos, privados y comunitarios ya estaba incluido en el texto vigente, por ello, es arenque rojo) y antes de entrar en lo que la Constitución define como "el sistema de comunicación social" (my italics) tan sólo puede obedecer a un deseo de restringir lo que entendemos por "comunicación" (así, tout court, ni siquiera social) a una atribución estatal, a algo que ellos nos "dan", y nosotros agredecemos debidamente. La comunicación, para este gobierno, ya no es ese beso ni esa caricia inocentes, ya no es ese milagro que nos permite superar ese terrible aislamiento consustancial con la condición humana, no es compartir humanidad compartiendo soledades, no es rescatar del vertedero de las palabras esas frases que brillan y hacen saltar una chispa en nuestro espíritu, no es demostrar en el día a día que gasten los millones que quieran Google y Amazon y Zuckerberg y Gates, la prueba de Turing no podrá con nosotros, no es vivir y conocer la libertad mediante el brazo robótico de la sintaxis, cuando el resto de nuestros sentidos se apagan con la edad y la enfermedad: nada de esto. La comunicación, para esos desalmados, es una atribución exclusiva de los gobernantes, pues ellos al fin y al cabo son los únicos que "saben": al resto nos toca escuchar, y agradecer el "servicio" que nos hacen, "informando al ciudadano", "socializado" sus sagrados pronunciamientos. Un "servicio público". Y lo dicen sin el mínimo rubor.

Algunos comentaristas del régimen (ese entrañable ex docente avinagrado, en especial) todavía se deleitan con el cliché ése que ya citamos de memoria: ¡claro que aquí hay libertad de expresión, si cada día ellos, los opositores, publican lo que les da la gana! Lo único que nos comunica esta afirmación es que los del régimen, los ex docentes en especial, tienen unos impresionantes poderes telepáticos, pues sin esos poderes, ¿cómo podrían constatar esa identidad que afirman existe entre lo que dio la gana y lo que salió publicado? Por mi lado, puedo afirmar que el día en que deje de vivir en un régimen autoritario, se producirá la explosión, la mini revolución cultural maoísta de las mil flores, saldrán a relucir en este blog todos esos centenares de artículos que actualmente descansan "en borrador", esperando el día en que no podrán ser utilizados para demostrar en cadena pública la pasmosa degeneración moral de los no correistas. Y es por ello que digo y le exhorto y le conmino al lector: ¡no votes por nadie que apoye esa infame Ley de Comunicación que ha amordazado a todo un país!

Por lo menos, en mi persona lo tengo claro. Si se presenta como candidato en las próximas elecciones el arcángel Gabriel, y dice que se queda con la existente Ley de Comunicación, no le voto. Si se presenta el mismo Demonio, o el mismo Lenin Moreno (casi lo mismo) y asegura que, de obtener mayoría de votos, le envía a esa Ley al tacho de la basura y garantiza como derecho inalienable la comunicación en todas sus formas (sin "discursos de odio", ni consideraciones de "moral pública", "seguridad nacional" ni "protección a la infancia" ni "responsabilidades ulteriores" que valgan), obtendrá mi voto. Así de sencillo. Todo lo demás es negociable: el sueño de algún día, mediante el mensaje en la botella, encontrarme con otro ser humano, eso ya no.

Sobre Vallejo me permito conservar ciertas esperanzas. No está listo aun, pero si se sigue permitiendo cuestionar al régimen tal como hace, puede que llegue el día en que pase con nosotros al Lado Oscuro, ése en que ya no es denunciable que los ciudadanos desestabilicen al gobierno, sino al revés, que lo denunciable es que el gobierno desestabilice a los ciudadanos. Ojalá viva para verlo.

Friday, December 11, 2015

Tirelessly TOSsing (I, with bare feet, a child)

Lo bueno de este blog es que aquí encuentras cualquier cosa, como en el vertedero municipal de un distrito pelucón, desde estrujadas citas de Walt Whitman hasta comentarios intrascendentes en torno a series de televisión de hace medio siglo. Hoy toca esto último, sin más motivo que un momento de procrastineo hace algunas semanas, que fue cuando no se me ocurrió mejor pretexto para dejar de lado las malditas traducciones que el de bajarme las tres temporadas de la serie original enterita de Star Trek, de una, para volver a gozarme como en la infancia de las andanzas de Kock y Spirk y Secof y Chulu y compañía, esta vez ¡en color! (los más peques entre mis lectores se estremecerán al enterarse de que allá en los tempranos setenta los no tan pelucones todavía teníamos televisores en blanco y negro). Completado el experimento, he aquí los resultados. Primero, como ven, sobreviví.

Segundo, no me convertí en trekkie, siquiera en TOSser. Debo explicar (ya que al parecer Star Trek nunca llegó a aterrizar en Latinoamérica: aquí parece que nadie conoce la serie) que alrededor de las diversas series de la franquicia se ha creado una especie de religión o culto obsesivo, sobre todo entre norteamericanos, o por lo menos es lo que cuentan las malas lenguas, aunque en lo personal me faltó por conocer a un auténtico trekkie en mis 54 años de vida. Los TOSsers, con perdón de británicos, serían aquellos muchos que con la segunda serie rapidito nos desengañamos al enterarnos de que la nueva tripulación del Enterprise contaba con un Klingon, lo cual llegaría un poco a ser como encontrar a un correísta entre los 7 enanos en un remake de Blancanieves (¿"Enmiendoso"?), una puñalada en la espalda, vaya, con lo que nos quedamos con The Original Series, y hay que señalar que esta interpretación de las siglas TOS (en lugar de, pongamos, "Terms Of Service") sería un shibboleth infalible para desenmascarar al auténtico trekkie, al igual que su forma de pronunciar la palabra unionized es lo que separa a los quibios de los sociales allá en los países anglosajones. En fin. Si tengo que ser algo, seré TOSser, aunque sea porque la segunda serie con el calvito ése me cogió ya demasiado maduro, y si es cierto lo que dicen de que desaparecieron esas gloriosas minifalditas, pues peor todavía.

Tercero, la sorpresa para mí fue descubrir que la serie, al cabo de casi medio siglo todavía se deja ver. Yo lo atribuyo a ese elenco original de personajes inolvidables, cuasi míticos, encarnados por actores que sin llegar a ser brillantes (los guiones no daban mucha cancha para ello) y con todos sus tics (Holness fue despiadado con el delivery de Shatner) fueron tan eficaces que solitos aseguraron las jubilaciones de los empleados de CBS y Paramount. Y es que, cuando tienes unos personajes sólidos, unidimensionales y químicamente inertes pero con un fondo de simpatía cuidadosamente atesorado y puesta a prueba semana tras semana, el público te permitirá casi todo, y cuando digo casi todo, no me refiero únicamente a esos argumentos casi siempre ingenuos y predecibles (pena que en aquellos tiempos no se estilaban los story arcs de múltiples episodios), sino también a todos aquellos tropes famosos que han engendrado más parodias que cualquier otra serie de que tengo noticia:

1) Los redshirts, "guardias de seguridad" notoriamente incapaces de asegurar su propia supervivencia una vez llamados a justificar su salario (nada que ver con sus actuales homólogos bolivarianos, de gatillo mucho más fácil);

2) "He's dead, Jim", con todas sus variantes;

3) Trekspeak: esa gozosa jerigonza seudocientífica, esa inexplicable debilidad por la cuatrisílaba affirmative donde la economía pulmonar insiste en yes, y un sinfín de ejemplos más;

4) La Ley de Roddenberry: todas las especies avanzadas en el universo terminan adoptando no solamente la forma humanoide (con variaciones triviales) sino también el inglés americano de la segunda mitad del siglo XX como idioma propio a más de lingua franca, lo que da como resultado que disfrazarse de miembro de una de estas civilizaciones resultará sumamente fácil;

5) Pese a los avances en ciencia, en tecnología, en organización social, en medicina y en conocimientos diversos, la humanidad del siglo XXIII decidirá que los roles de género más apropiados para hombres y mujeres serán los imperantes en las oficinas de las grandes empresas norteamericanas de los años 1950;

6) Todos los planetas de nuestra galaxia que albergan vida inteligente tendrán la misma gravedad y la misma atmósfera que la Tierra. Además, entre los millones o billones de habitantes inteligentes de cualquiera de esos planetas habrá menos diversidad, siquiera indumentaria, que entre los de un barrio londinense: el universo entero lleva uniforme y le encanta la uniformidad. La riqueza paisajística de cualquier planeta podrá ser adecuadamente representada por aquellos accidentes terrenales de papier-maché que caben en un estudio de veinte por veinte metros y en un presupuesto decididamente tacaño.

7) Ese mal chiste y esa risa tonta al final de cada capítulo, se supone que después de terminar el conteo de los redshirts muertos;

8) Asegurar una gravedad artificial en una nave espacial será cosa fácil, pero cualquier choque exterior tendrá el efecto de lanzar a los miembros de la tripulación en una dirección y luego en otra, evento que será aprovechado por algunos miembros para ensayar sus dotes de payaso. Se nota a la legua que esas filmar esas escenas fue la mar de divertido.

En fin, si alguien no aprovechó el pujante mercado navideño de los años setenta para sacar un libro con el título Los Absurdos de Star Trek, se perdió una gran oportunidad. Claro que, con motivo del 50 aniversario el año que viene, se llenarán las revistas dominicales con artículos con el título alternativo, también merecido, Los Aciertos de Star Trek, donde nos explicarán solemnemente que sin esa serie igual habrá demorado un poco más el invento del celular, y quién sabe cuántos hallazgos de medicina no invasiva, y aparte de todo eso, destacarán lícitamente la contribución del californiano Roddenberry al détente intercultural e interétnico de su país. Nunca sabremos hasta qué punto ayudó en ese sentido, pero me inclino a pensar que mucho.

Lo que nadie pone en duda es la fuerza cultural de esa serie, su capacidad para moldear esa visión del "futuro" que de modo tal vez inconsciente puede haber influido en las decisiones dé políticos (se incluye a Ronald Reagan en la categoría de tales) a más de en la imaginación de otros muchos. Para el futuro colectivo de la humanidad, Star Trek postula una especie de gobierno mundial (es más, cuasi galáctico), una "Federación" de incierta estructura política pero fuertemente jerarquizada estructura militar, liberal y tolerante con la diversidad y respetuoso de las culturas "no contactadas". ¿Un gobierno mundial liberal? Algunos diríamos: otro imposible, para lanzar sobre el montículo de imposibles en que ya se basa ese programa (viajar a varias veces la velocidad de la luz, v.gr.); otros discreparán. No nos metamos en eso. Lo que sí quiero destacar es esa sensación, que recuerdo perfectamente a pesar de haber visto la serie original con 9 años o algo así, de que al margen de esa historia futura imaginaria que el programa nos proporciona a cuentagotas en diferentes episodios, lo evidente es que la Guerra Fría de aquellos años 60, en los que la serie arranca, habría tenido un claro ganador. El único personaje ruso de la serie, Chekov, es un payasito; hay un escocés, un japonés, un inglés y un irlandés, todos ellos estereotipados esperpentos; los personajes "normales", y sobre todo los buenos, toditos hablan con acento californiano o, como mucho, canadiense. Star Trek es un instrumento de propaganda yanqui (sería ingenuo pedirle ser otra cosa), de los más insidiosos y eficaces, útil para clases de historia de la Guerra Fría, y eso, sin proponerse siquiera esa meta.

Y es también la prueba de que el público moderno nunca realmente perdió su afición por la Morality Play medieval. Creo que quien se ponga a criticar los argumentos de los diferentes episodios, señalando su despiadada sencillez, su falta de realismo, su carácter predecible y moralizante, comete un error de categoría al esperar de esas historias algo que la serie no está diseñada para dar. Para mí fue interesante enterarme, Tío Wiki mediante, que Roddenberry de jovenzuelo cosechó no sé que galardón emitido por una asociación de predicadores bautistas por unos cuentos que habría escrito "que ayudan a fortalecer la moral cristiana" (algo por el estilo: me puede la pereza), a pesar de que ya se definía como ateo o por lo menos persona no religiosa. Los argumentos de Star Trek cobran sentido si los tomas como sermones laicos, y desde luego no hay de qué extrañarse si recuerdas que EEUU siempre fue y sigue siendo gran fábrica de predicadores, con la industria cinematográfica hollywoodiense como púlpito predilecto. Algunos de esos predicadores (los peores, y los más inofensivos) se definen como cristianos o como religiosos, pero quien más, quien menos, cuando se le pone un micrófono en la mano o se le da uno de esos inefables atrios tan queridos por los políticos de esos lares, siente la tentación de predicar, por lo que si quieres ver una peli que no te sermonee, tienes que cruzar o el Atlántico o el Pacífico, no hay más.

Es más: creo que se podría armar una tesis doctoral sobre esa sospechosa cercanía que los autores de ciencia ficción han mantenido, en general, con el moralismo y con el sermón: como si una mise en scene futurista fuera la coartada perfecta para un predicador que quiere viajar de incognito por las letras. Conjetura que escapa largamente de nuestros propósitos en un simple post deambulador como éste.

Así que póngalos a prueba, a esos mustios "episodios", y redescubrirás el goce muy especial, muy medieval y totalmente inocente de seguir las peripecias de Everyman en su lucha contra una serie de demonios y de tentaciones que poco han variado en los últimos 600 años, si bien reciben otros nombres. A destacar, aquella historia en que dos hombres de pigmentación tan llamativa como aparentemente idéntica - blancos por un lado y negros por el otro - se persiguen por el universo en una desenfrenada cruzada de odio personal, un odio que les consume a ambos, hasta que algún incauto pregunta a uno de ellos: perdón, pero ¿en qué se supone que ustedes dos se diferencian? Y la respuesta impaciente: ¿No has visto? ¿Tan ciego eres? ¿Él tiene el lado izquierdo de color negro, mientras yo, el lado derecho. ¡Ésa es la diferencia!

Faltaría en mi deber si dejara de señalar la fuente de la cita del título. De nuevo Delius, con texto del siempre irritante Walt Whitman, pero Delius lo lee y lo interpreta a su manera. Para nostálgicos y desocupados.


Patrioterismo, de nuevo

A veces uno se pregunta si los artículos de opinión del T. (where else) son escritos por un bot, una máquina como las que en el 1984 de Orwell escribían las canciones populares y las novelas. (Dix points a Orwell por percatarse de que de la escritura de cierto tipo de novelas bien puede encargarse un algoritmo, caso de necesidad.) Son tan predecibles, tan siempre iguales, tan pavlovianos, que tal explicación se insinúa irresistiblemente. Sobre Venezuela en los últimos días aprendimos que el electorado (no el "pueblo", por supuesto, pues éste "no come cuento", sino solamente el electorado) fue "confundido"  por, ya sabes, los villanos de siempre, que van desde "el imperio"  y la "derecha reaccionaria", con su séquito de "grandes empresarios", hasta los "grandes medios", "multinacionales", "bancos privados", y otra gente "pagada por la CIA". También aprendimos que la escasez de alimentos en Venezuela no tiene nada que ver con el gobierno de ese país ni con las políticas que sigue, sino con los malvados empresarios que "acaparan" egoístamente los productos en lugar de venderlos, en contra de sus propios intereses y con el único fin de desestabilizar dicho gobierno, y que la muerte violenta de un dirigente opositor y el encarcelamiento de Leopoldo López no son hechos reales, sino simplemente parte de una "campaña de desinformación", la misma que deshonestamente susurra que un país en el que ser opositor al gobierno te puede llevar a la cárcel o a la muerte por tiroteo es cualquier cosa menos una democracia, y puede hasta ser considerado una suerte de dictadura. Lo que está claro es que esos articulistas no solamente desconocen la realidad (en la que no hay villanos ni chivos expiatorios que valgan), sino que tienen miedo de enfrentarse a ella: y el hecho de que no haya nadie en los medios oficiales que se atreva siquiera a señalar con un tembloroso dedo algo tan evidente como que Maduro es un grotesco bufón descerebrado al lado de quien hasta Evo parecería un intelectual de categoría, que la boliburguesía venezolana es la institucionalización de la corrupción misma, que Caracas es un ratero de criminales o que la escasez en los supermercados es consecuencia natural e insoslayable de una política de expropiaciones, probablemente significa que ellos creen que entre el chavismo y el correísmo hay tanta semejanza que no se puede tocar el uno sin sentirse aludido el otro. Estamos jodidos, en tal caso. Pero no quería hablar de eso.

Lo que me llamó la atención en el artículo de Vicuña fue la reaparición, después de un corto receso en la retórica oficialista, del término "vendepatria". Hace años escribí mucho sobre eso, así que resumamos, en las palabras de un gran escritor inglés, EM Forster:

"Si tuviera que escoger entre traicionar a mi amigo y traicionar a mi patria, espero que tendría la valentía de traicionar a mi patria."

Claro. Una patria no es más que un conjunto de líneas que una vez fueron trazadas en un mapa, sin consultar contigo, más una serie de ridículos símbolos y patéticas consignas místicas evocadas al servicio de políticos oportunistas: por tanto, ponerse a "vender" algo tan inútil y tan falseado te coloca en compañía de los limoneros profesionales de la Feria de Carros de Durán, pero apenas nada peor que eso. Reconozcámoslo de una vez: ninguna patria merece sacrificios, ni reverencia, ni siquiera consideración, ni tienes ningún "deber" hacia ella. De hecho, hace falta ser un tipo muy especial de pobre bastardo sin imaginación ni pasiones en la vida para que el patriotismo, con sus intentos morbosos de acercarse, cual viejo verde borracho, a la religión para robarle algo de hondura sentimental, te merezca más que sorna. No hay y nunca hubo credo más vil que "mi país, tenga o no razón", ni ser más patético que el que cante el himno de su país con la mano en el pecho, intentando sentir algo por una hueca abstracción que por él nunca podrá sentir nada, salvo, coyunturalmente, cierto deseo de enviarle a una trinchera para que pereciese dolorosa e inútilmente en la defensa de lo no existente. En resumen, los "vendepatrias" propiamente dicho serían los políticos que nos quieren vender la idea de una patria, digamos, altiva y soberana, o sea, una bonita galimatías, con lo cual, el término en sí difícilmente cabe en un contexto como el citado, pero pedirle a un bot que hable con propiedad sería pedirle peros al Olmedo.

Dicho eso, hoy en día las evocaciones de la Patria lucen más absurdas que nunca, pues aunque la noticia tarda en llegar hasta acá, la época de las naciones-estado "con cultura incluida" ya pasó: lo que a su vez significa que ni siquiera tenemos licencia para asociar esa palabra con algo tan entrañable y tan anacrónico como un modo de vivir. Este pensamiento se me sugirió con fuerza estos días, en que el Parlamento británico cometió la estupidez de votar a favor de meterse en el conflicto sirio (que estoy seguro que se escapa largamente de la comprensión de la mayoría de los diputados votantes), bombardeando blancos supuestamente del Estado Islámico, y al diablo los daños colaterales, como siempre. No sé en qué siglo viven esas cabezas que evidentemente piensan que el Reino hUnDido aun puede permitirse el lujo de meterse en guerras ajenas, pero lo que se me ocurrió pensar sobre todo era esto: aquellos pilotos que sobrevuelan esos territorios, y más adelante los que serán derribados y en algún caso torturados, ¿qué estarán defendiendo, o mejor dicho, qué pensarán ellos que están defendiendo? Por lo menos hace setenta años uno podría agarrar un fusil, o un bombardero, con Mrs Miniver todavía fresca en la memoria, y salir a defender al lechero, a la iglesia del pueblo, a los carros Bentley, a los sombreros ridículos o a la tolerancia y la decencia. Nada de eso pervive en la Inglaterra de hoy. Lo que sí hay, como en todo país moderno, es un smorgasbord de culturas y tradiciones diversas, y son las mismas culturas, comidas picantes, hijabs e iracundas intolerancias que encontrarás en Londres, en Malmö, en Paris o en Hamburgo, y próximamente serán las mismas que en San Francisco, en Buenos Aires, en Sydney o en Kuala Lumpur. Este proceso de progresivo mestizaje y homogeneización de las culturas mundiales (y no solamente de culturas: los científicos dicen que dentro de un siglo todos seremos trigueños o café con leche) no sé si será bueno o malo: la historia con su arrollador motor económico, como siempre, no pide nuestra opinión al respecto, se limita a seguir haciendo: máxime, nos invita a darle un nombre a lo que está haciendo, y al parecer la gente ya se ha quedado con eso de la globalización.

Repito: no sé si la globalización será algo bueno o malo, pero por lo menos tiene esto de positivo, que aniquila ese alarmante supuesto con que antaño la gente iban a las guerras, verbigracia, que "los otros" eran "diferentes". O lo haría, si por lo menos le prestáramos un poco más de atención y nos deshiciéramos de nuestras nostalgias y de nuestros prejuicios.



Tuesday, December 8, 2015

Venezuela

Looks like Grabber didn't win the mrs joyful prize for rafia work this time.