Saturday, January 23, 2016

The Essence of Being (1)

"I need those stridulation tables complete and on my desk by three o'clock." My boss was already on her way out of the office, when she seemed struck by an afterthought. "Oh, and by the way," she added, poking her spherically encased head back through the door, "I am who Am. The Alpha and the Omega. I'm the Essence of Being. Just so you know."

At least, that's what I thought she said. Sometimes her voice came out a bit muffled, ever since she had started wearing a deep-sea diving suit at work in response to the putrefaction of many of her employees' teeth. As her leaden boots clumped away down the corridor, I reflected on the possible meaning of this last remark, and on the autocratic and dictatorial tendencies of the new Polish government. Somewhere in an adjoining room, the lifeless body of an overworked telephone engineer thudded from a ladder to the floor.

Meanwhile, in a cottage by a nearby woodland glade, a skinny girl with perfunctory breasts and a pale blue dress was chopping a sheep's liver on a small wooden chopping board, which slipped and slid across the wet table amid glistening sprigs of thyme and rosemary. The orchestra hidden in the pantry swirled to a sensuous crescendo as she burst into song:

What am I, Chopped Liver, what am I?
Should I deck my ears with lapis lazuli?
Would it hinder me to tell beaus
Of my cinder-tarnished elbows
Or the pale striated mottling on my thigh?

What am I, Chopped Liver, what am I?
Does my menstrual fluid contain some sort of dye?
Does my fashion sense betoken
A compassion scarce awoken
By the grunts of sweatshop workers in Mumbai?

At this point, the chopped liver opened a mouth more notional than physical and contributed in a quavering tenor:

(Si no quieres que esto continúe, deposita $100.000 en billetes de cien sin marcar en una maleta de color café claro en el tacho de basura frente al cine INEM el martes a las 16.00 en punto.)




De l'Argent



El sonido sucio del Hammond de los tempranos 70 me electrifica el páncreas. Aparte, "levanta la cabeza". Sí, es a ti. Es prácticamente lo único que se puede decir en imperativo sin necesarias aclaraciones y arrepentimientos posteriores.

(Salvo en Durán, por razones antes comentadas.)

Sunday, January 17, 2016

JF

No lo vas a recordar: me he encargado de ello, refiriéndome al asunto en un idioma extranjero y en un medio microscópico como éste, para que nunca te topes con él. Por ese lado puedes estar tranquila.

Yo sí recuerdo, a pesar de lo ridículo que eso suena. Recuerdo un pasillo frío en una clínica, donde a ambos nos mandaron, yo para ser privado de mi dignidad durante unos cinco minutos (que luego me volverían a visitar para volverse eternos), tú por razones ignotas y supongo que triviales, ya que ibas vestida y yo no. Recuerdo lo incómodo que me sentí con esa bata. Creo que no intercambiamos ni una palabra, a pesar de estar sentados frente a frente esperando a que nos llamaran. Eras la niña que recién (creo) se había incorporado a la escuela, y apenas nada más que eso. Eras alta, flaca, con el pelo rizado y bastante corto, de un castaño claro. Bueno, tal vez: lo borroso de todos esos recuerdos les resta bastante fiabilidad, pero me aferro a que eras flaca, y a que eras reservada, como abstraída, prácticamente todo el tiempo, ese tiempo breve en que te conocí, sin tratarte. Es decir, eras como yo, pero en versión niña, es decir, mucho más adulta. Asocio tu nombre con eso, con una distancia, con una madurez que intimidaba, y que sugería cierto ambiguo desdén, cierta aspereza. Uno se imaginaba que hablando contigo, recibiría una respuesta cortés pero cortante. Así que uno no habló. Cobardía, de acuerdo.

¿O tal vez sí? ¿Alguna vez, algún día, me habrías dedicado una palabra amable, de paso, una pequeña broma, lo cual hubiera servido para alegrarme el día, para vestir de guirnaldas mi infancia y para asegurar en mi memoria el recuerdo sorprendente de tu nombre? No lo puedo descartar, tampoco afirmar. Esos recuerdos ahora son apenas rocas entre una hierba espesa, rampante, que pudieran sugerir un edificio arruinado pero difícilmente su tamaño y funcionalidad. Lo único que puedo afirmar es que en esa edad, de niño, yo era propenso a eso, a la extasía, al embelesamiento de saberme objeto de una mirada femenina siquiera distraída y momentánea, cosa que sucedió en muy pocas ocasiones, las cuales la memoria se ha encargado, compasiva, de ocultarme en lo sucesivo. La propensión aquélla nunca me abandonó, de hecho: simplemente con el tiempo buscó refugio en la imaginación y en los sueños, pues en la vida real y la edad adulta esas cosas simplemente no pasan. Las mujeres hablan, interactúan, claro que sí, pero con tu sombra o proyección o cartera o panel de control, no contigo. Pasada la niñez, es prácticamente imposible que acierten sobre tu verdadera identidad y ubicación detrás de esa necesaria sombra. Hoy en día ni a los barquitos se juega.

Esta mañana, en una aula vacía, navego a la página de The Guardian y allí te encuentro de nuevo. Y sé que eres tú porque ¿a quién más se le ocurriría haber vivido en Buckinghamshire, ese condado oculto, y haber ido a St Bernards, el colegio femenino católico de mayor prestigio de la zona? Y la fotografía (excelente, dicho sea de paso) sella el recuerdo. Tiene razón la entrevistadora: con el pelo canoso, aún pareces niña. Me siento igual de cohibido viéndote ahora que en ese entonces. Hay algo de perturbador en esa sonrisa suavemente irónica. Pero venciendo los escrúpulos, sigo leyendo, porque quiero convencerme de una cosa: que desde esa momentánea y casual cercanía en un pasillo hace cuarenta y cuatro años, hemos terminado en dos lados opuestos, no solamente del mundo, sino de la rueda ésa de la Fortuna: tú serías la encarnación viva del éxito en la vida, yo del fracaso. Ambos bien merecidos, por supuesto.

Sobre este último punto, el artículo de hoy y el otro anterior enlazado me dejan un poco perplejo e irritado. Quiero creer, necesito creer, que todo en tu vida ha sido lujo, diversión y hedonismo; me encuentro, sin embargo, con que en alguna ocasión estuviste en Beverly Hills, lugar que tengo entendido figura entre los más aburridos, desolados y deprimentes de la Tierra, especie de hall of mirrors, purgatorio de vanidosos y meca de etiquetados degollados. Necesito, para mis propósitos, creer que tus novelas son obras maestras de literatura; me encuentro con que tú misma les cuelgas, displicente, el sambenito de chick lit. Como si alguien con esa sonrisa pudiera escribir chick lit: ¡reclasifícate, por el amor de Dios! Luego acude, presto y oficioso, el dato del marido famoso y buen dato, y los 20 idiomas en que has sido traducida, y me siento más tranquilo: sí, lo tuyo ha sido el éxito fulminante, el trabajo duro y disciplinado plenamente compensado; no sólo eso, sino que al parecer has sabido conservar la cordura, cosa difícil (según las estadísticas) para alguien que haya estado así sea de paso en Beverly Hills: prueba de ello, ese discurso autocrítico, esa suave ironía. Si en algo me equivoco no importa: esto es paja mental nomás. Sigamos.

Donde nació este post fue ahí cuando dices: pasé mi infancia buscando lugares para estar sola. Me sentaba encima del tanque de agua en la buhardilla, o en la casita del perro. Fui una niña bastante extraña. Me sentaba en una habitación y no hablaba.

Fue donde se me ocurrió la extraña imagen mental de una nube extraterrestre o en todo caso johnwyndhamesca, que habría sobrevolado el condado de Buckinghamshire allá en los tempranos años 60, convirtiendo a todo infante que encontraba a su paso en un ser introvertido, soñador, ido, incómodo en la presencia de otras personas, con una mente que sobrevolaba paisajes y buscaba la lluvia, el viento y la groenlandia. De acuerdo, es una idea tonta, pero expresa el leve asombro que sentí al enterarme de la posible existencia, en ese entonces, de una versión femenina de mi propio aislamiento, de mi propia atracción a esos lugares al mismo tiempo encerrados y abiertos a la redentora lluvia. En mi casa no había perro, por ende ni casita de perro: lo mío era construir kennels improvisadas al fondo del jardín, con cajas de cartón, trozos de leña y lo que venía a mano, y ponerme a esperar la lluvia, ese susurro que activaba el canal de comunicación entre vejiga y garganta, convirtiéndome en un ser íntegro. La mitología de mi infancia complementaba ese libido lluvioso: Janssen, Robert Murphy, TH White, el Niño de Madera, la nieve era dimensión aparte, todo era nórdico, aislado y frío, con cadencias de Sibelius. (Pero la frialdad de ese pasillo era otra, era algo desconocido por mí, algo insospechado.)

Tú te vengaste de esa hipócrita sociedad inglesa de los 80 y 90 buscándole en el bolsillo del pantalón el vergonzoso desglose de las compras de American Express. Yo simplemente la abandoné en pos de otras lluvias, que nunca encontré, bien que digan que ahora viene el Niño. Ambos desde entonces hemos sabido guardar, celosamente, esos espacios de soledad, para no volvernos locos. Tú mantienes la cordura y la sensatez a flote en un Sargasso Sea de certezas naufragadas, mediante la inquietud literaria consentida; yo, rodeado de crudas penurias, poco a poco me hundo, me vuelvo paranoico: el cadáver de lo que una vez fuera mi cerebro, presa fácil para teorías de conspiración, para infantilismos de todo tipo, una senilidad discreta, amenizada por trabajo y familia, a la espera del coup de grace de un sistema circulatorio ya quejumbroso. No se puede ser más fracasado ni más irrelevante.

Esto es todo lo que tengo. Un proyecto final, apresurado, de disponer estos yermos recuerdos de tal guisa que formarán una especie de crazy paving hasta la puerta del jardín, antes de que una desfile de botas los hunda definitivamente en el lodo.

De donde vine, de donde vinimos.

Wednesday, January 13, 2016

Mi marxismo

Un gentil lector me dejó hace algunas semanas el comentario (con mueca incluida): "esto es lo más marxista que he leìdo en este blog". Me lo merezco: reificar la historia, concederle hasta letra mayúscula, es o debe ser cosa de chiquillos. La Historia no existe, no más que La Mujer o El Chocolate: de acuerdo. Por fortuna, hay historias, damas y chocolates. (Sí, todavía hay.) También hay personajes deprimentes y despistados como yo,  hecho por el cual en este momento me siento dispuesto a pedir disculpas públicamente, por la parte que me toca. Por si a alguno le sirviera de consuelo, me da la sensación de que a este representante del lumpenprostatariado le queda poca esperanza de vida: no me sorprendería mucho si mañana o pasado o la semana que viene me diera ese infarto fulminante que hace tiempo me acecha (me desarreglaría algunos planes, eso sí: morir es de lo más fregado, mayormente para la familia que sobrevive al occiso); durar hasta cinco años más, en cambio, con estos pulmones se me antojaría un milagro. Por todo eso, por mi estado de salud y todo lo que implica, me sentiría con ánimos de explayarme, si no fuera porque se me acaba de fallecer el laptop y me veo reducido a echar mano del PC familiar, una pieza de museo que ya me está causando lumbalgia en grado aún soportable. Si tuviera más tiempo y comodidad, les describiría esta extraña penumbra metabólica y mental por la que pasa el afectado de pulmones y falto de oxígeno: el estado permanente de sueño y cansancio y leve desorientación; las alucinaciones momentáneas, el empezar a ver extrañas sombras de animales en la zona limítrofe de la visión periférica; el permanente concurso de méritos de los diferentes dolores de articulaciones; el aspecto Teatro del Absurdo que reviste la vida diaria familiar (puro Ionesco); la sensación de que el "yo laboral" es otra persona, desde hace años ajeno a mis preocupaciones y desgracias y casi casi un desconocido (por no decir un impostor); y sobre todo, esos preciados momentos de disgregación mìstica a la vista de los ceibos detrás del edificio entre clase y clase. Hablaría de todo eso, pero me temo que mis circunstancias actuales no dan tanto de sí. Me limitaré, entonces, el tema de mi marxismo. Para no quedar en deuda, y porque es fàcil. Cinco minutos y ya.

El hilo conductor entre las dos cosas, enfermedad y marxismo, debe ser obvio. Pero por si acaso, y porque hace meses que no lo repito, y merece repetirse, para evitar cualquier malentendido: aunque fuera yo marxista (creo que no lo soy, pero el lector astuto verá), no tiene ninguna importancia, por el simple hecho de que ninguna de mis opiniones o mis posturas la tiene, y eso, porque son las opiniones y las posturas de alguien que se reconoce endeble en lo intelectual, mayormente cuando se trata de temas que caen fuera de sus limitadas especializaciones (pongamos: gramática y sicología, ambas pardas), y mayormente ahora, en medio de la enfermedad y de la degeneración física (y hasta cierto punto mental, creo). Nunca pretendí sentar cátedra en cuestiones de polìtica o de economía, lo cual se me antojaría absurdo, existiendo infinidad de blogueros con alta especializaciòn y merecido reconocimiento en dichas materias. Por tanto, cada vez que he tocado semejantes temas ha sido con el ánimo de provocar cuestionamiento y escepticismo racional, de buscar posibles flaquezas en las posturas ajenas, de fomentar el pensamiento crítico, y poca cosa más, de acuerdo con mi vocaciòn de profesor. Lo dicho: el día que alguien me dijera "me he convertido a su punto de vista" me morirìa del disgusto. No quiero eso: quiero que la gente piense por sí misma, y siempre escribo con la pálida esperanza de que alguien algún día encuentre en medio de mis palabras Ese Error, que una vez comunicado y explicado y justificado me permitiría cambiar mi punto de vista, desdecirme, rectificar, lo cual significa progresar, lo cual significa estar vivo a pesar de todo. No aspiro a Tener Razón. Aspiro a no repetir errores, y a conocerme lo suficiente para no dignar mis sesgos emocionales con racionalizaciones espúreas. Lo que pasa es que para que te corrijan, necesitas primero que te escuchen. Siempre fue un poco la flaqueza de este blog. Tal vez tendría que haberlo adornado con más biquinis y lentejuelas y astas de ciervo y caldos de bola. Quién sabe.

 Soy marxista, creo, en el mismo sentido en que soy católico y en que soy freudiano y en que soy inglés: por deformación vivencial, por contagio, por debilidad a veces emocional. Quieras o no, hay ideologías que una vez entres en contacto con ellos, muchas veces en la juventud, se te quedan en la sangre como el Herpes simplex: tan sólo falta que estés bajo de defensas o que haga mucho sol y afloran de repente, afeándote el labio y espantando al personal. Por el lado intelectual, por ejemplo, hace décadas que el Labour Theory of Value me parece tan infantil y supersticioso como ciertas creencias religiosas, y se supone que sin ese pilar, por ende sin el surplus value, todo el edificio del materialismo dialéctico se derrumba estrepitosamente, mayormente si no te convencen los romanticismos hegelianos. Pero aun después de tal derrumbe, parece como si algo se quedara todavía... a diferencia del freudianismo, por ejemplo, que sin la libido sexual (ausente en mi caso) se queda mudo. El marxismo, a fin de cuentas, tiene la virtud, que no es poca tratàndose de una teorìa decimonónica, de imponer esquemas resueltamente materialistas sobre la historia. Me acuerdo aun de ese embelesamiento que sentí de adolescente cuando leí en Marx que la historia de la humanidad se entendía mejor si uno se fijaba en el modo y las relaciones de producciòn que predominaban en cada época, lo cual permitía distinguir entre etapas como: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo. La teoría es atractiva porque simplifica y esquematiza; no debe sorprender a nadie que un viejo emfisémico caería fácilmente en cualquier aberraciòn intelectual que le diera el pretexto necesario para andar con muy pocas ideas en la cabeza, eso sì, ideas luminosas si pudiera ser... y ahí es donde el marxismo siempre me decepcionó, al igual que el catolicismo, el feminismo, y todos los demás ismos que en diferentes épocas me he sentido llevado a degustar, con ansiedad de preta. El problema es que todos son condenadamente feos, una vez se desvisten de su correspondiente y floripondiosa utopía. Sin el cielo, sin la ansiada e imposible igualdad de género, sin el gran porvenir socialista, ¿qué queda? Odio, mucho odio, y poco más que odio. ¿Odio, a mi edad? Creo que no. Ese sentimiento, al igual que el "tengo razón, y los demás están equivocados" es para los jóvenes, definitivamente. Ponerme a odiar a los banqueros y a la FMI y a Donald Trump a mi edad sería el colmo del ridículo, como ponerme pantalón lycra y cadenas de oro. Ni cuerpo tengo para ello. Uno tiene que saberse su lugar.

Y seamos honestos: la utopía marxista, a diferencia de algunas otras, ha sido comprensivamente desacreditada por la experiencia pràctica, una y otra vez, en los más diversos países, hasta la saciedad y casi hasta el genocidio en algunos casos. A cualquier joven con debilidades marxistas y hábitos de lectura le recomendaría una buena dosis de Soviet Agrarian Policy y de Khmer Rouge: pero sucede que poca gente lee aquí y ahora, así que mejor me callo y dejo funcionar el tiempo.

En fin, aparte de la esquematización de la historia (perdón, Historia) europea, discutiblemente útil, el marxismo me parece que poco me ha aportado, pero hay que reconocer que cuando los jesuitas te llegaron a una edad tan temprana como sucedió en mi caso, la distorsión permanente del pensamiento puede ser inmensa a la par que invisible para el sujeto: es por eso que tengo la permanente sospecha de estar, como lo fueron todos esos grandes pensadores decimonónicos, Equivocado En Prácticamente Todo. Avísenme si es así: háganme el favor, no sean malitos. Después de todo, hay cosas que Marx escribió donde sinceramente no encuentro el fallo, esto por ejemplo:

"The bourgeoisie, during its rule of scarce one hundred years, has created more massive and more colossal productive forces than have all preceding generations together. Subjection of Nature’s forces to man, machinery, application of chemistry to industry and agriculture, steam-navigation, railways, electric telegraphs, clearing of whole continents for cultivation, canalisation of rivers, whole populations conjured out of the ground — what earlier century had even a presentiment that such productive forces slumbered in the lap of social labour?”"

(Copy-paste de acá: léanse la cita entera. Por lo menos para hacerse una idea de lo poco marxista que fue el mismo Karlie, como él mismo señaló alguna vez).

Si no fuera por toda ese hegelianismo indigesto, por esa rigidez teutónica, por el hecho ya comentado de haber construido todo el castillo de naipes encima de una tonta equivocación, y si no fuera porque en su nombre y el de sus doctrinas se han segado decenas de millones de vidas, que se siguen contando, me parece que el Karl hubiera sido mejor compañero de copas que la cuasi totalidad de sus seguidores. De acuerdo, eso no es mucho decir. Sucede que ando con mucha nostalgia de copas últimamente.

A fin de cuentas, hay un algo todavía peligrosamente Wrong But Wromantic en el idilio de una vida de miseria y áspera creatividad, de bibliotecas y estadísticas truchas, de esconderse tras una barba inmensa y llena de una fértil ecosistema, de no pagar sus deudas, de hacerse amigo de un cojudo alemán dueño de fábrica que siempre te saca de apuros, de escribir manifiestos y organizar congresos internacionales y bramar contra anarquistas rusos, de ser persona non grata en tres países, y de ser dueño y señor indiscutible del cementerio de Highgate, adonde peregrinajes. Nada de eso soy yo, pero no puedo menos que verle el atractivo, y cometer a veces los correspondientes lapsus calami. Y eso es todo. Creo.

Monday, January 4, 2016

Reflexiones en torno a una cara de cojudo



Se conoce como impostor syndrome la creencia de que los éxitos que uno haya granjeado en la vida - por modestos que éstos sean, y aunque se limiten a no ser despedido de su puesto de trabajo - se deben no a cualidades personales como talento, conocimiento, competencia o destrezas, sino a algún error de parte de alguien, o a la suerte, o a un engaño, intencionado o no. Si crees que tu supervivencia en tu trabajo depende de que tus superiores no lleguen a "darse cuenta" de la "verdad" sobre ti, probablemente sufres de este síndrome. Y esto, sin perjuicio de que la tal creencia sea fundada o no: quiero decir que habrá gente que arrastre el sentimiento de ser impostores porque, realmente, lo son (a menos que creas que todo el mundo tiene el puesto y el reconocimiento que le corresponden por mérito propio: superstición que en mi caso tuve que abandonar finalmente cuando me topé con el espectáculo algo surrealista y decididamente lewiscarrolleano de una Betty Carrillo presidiendo nada menos que una Comisión de Comunicación).

En mi propio caso, por ejemplo, muchas veces he sospechado que, más que mis cualidades interiores, lo que mayormente me ha servido en la vida es el haber nacido con cara de intelectualöide cojudo y vistosamente desamparado. Recuerdo en especial ese examen viva voce con que las autoridades de la universidad quisieron dirimir la espinosa cuestión de si mi título merecía una segunda clase o una primera clase. No recuerdo lo que dije en ese examen: seguramente fue una sarta de tonterías, pero creo que nada más ver esta cara, los honorables doctores de la comisión decidieron que un tipo así no iba a sobrevivir en el mundo real, y que la simple humanidad exigía facilitarle el acceso a la vida enclaustrada de la academia dándole el beneficio de la duda y despejándole el camino hacia el doctorado (camino que al final no tomé). Desde entonces, creo haber gozado de muchos beneficios de la duda semejantes, todos ellos por obra y gracia de esta cara de peix passat que tengo. En cuanto al aspecto de cojudez que la misma cara aparentemente luce, éste queda demostrado por el hecho de que, dondequiera que vaya, me sigue, como gaviotas tras un barco de pesca, un inmenso revoloteo de vendedores de religiones y sectas truchas, Parques de la Paz, inversiones en Forex, dietas milagrosas y Timeshare Apartments in Beirut. En mi juventud hasta me persiguieron algunas feministas, y eso a pesar de que intenté esconder la traicionera cara de cojudo tras una pobladísima barba. Creo que con esto está dicho todo.

Fueron los franceses los primeros, creo, en darse cuenta de que hay un tipo de persona a quien le llueven prebendas y privilegios pour ses beaux yeux, mientras que los españoles ahondaron en la teoría aseverando que algunos consiguen ventajas en la vida por el morro. Bueno: estoy aquí para decirles que el morro que uno luce frente al mundo es muy, muy importante. Asimismo, que la repartición de morro en esta especie nuestra no parece seguir ningún criterio de igualdad, equidad o elemental justicia. Estoy pensando en esa compañera de trabajo mía que el otro día comentó, ante la envidia generalizada, que tiene una cara de ésas especiales que ahuyentan a los guardias de lugares de parqueo. Ella puede parquear en posición de entrada y no de salida, puede parquear mal, puede pasar por cualquier puesto de vigilancia sin tener los documentos o el pase de rigor, y los oficiosos guardias nada más verle la cara se baten en atropellada retirada, como si bastara una única mirada suya para comunicarles el mensaje "soy para los guardias de parqueo lo que Hannibal Lecter para las enfermeras. Make my day, suckers."

Lo interesante para mí fue descubrir, el otro día, que a alguien se la ha ocurrido darle un nombre al síndrome antónimo al mencionado. Se trata de una dolencia archiconocida y muy común en nuestros días: el efecto Dunning-Kruger, el cual consiste en una confianza exagerada e infundada en la propia competencia, fruto de una ignorancia generalizada respecto a la naturaleza y los prerrequisitos de la competencia en cuestión. Se me ocurre, más como correlativo objetivo que como instancia lícita de lo mismo, la actuación de tres alumnas mías en un espectáculo prenavideño, donde subieron a un escenario a cantar Noche de Paz: ellas todas exhibieron una excelente capacidad de mímica, reproduciendo la melisma, el vibrato, ese estrangulamiento de glotis embargada por una emoción fáctica, típicos de cierto canto popular contemporáneo: lo único que les faltó fue acertar en el tono. Al parecer, las tres compartían una sordera tonal absoluta, dando como resultado un trio de aullidos en claves solipsistamente alejadas entre sí, algo como esos conciertos que se dan en altas horas de la noche cuando alguna gata local está en celo (o, to stretch a point, algo así como esto).

En este caso, encuentro más que comprensible que esas chicas desconociesen sus propias limitaciones musicales, dado que la sordera tonal al parecer es como los cachos, la halitosis y el privilegio masculino: algo que no sabrás que tienes a menos que algún alma piadosa haga caso omiso de los tabúes de rigor y te informe directamente de ello (aunque si puedes ver toda una edición de Ecuador Tiene Talento sin esbozar una sola mueca, la amusia está posiblemente indicada). Bastante menos simpatía tengo, empero, hacia aquellas personas que, basándose en cosas tan superficiales como género o color de piel, otorgan alegremente a otros una fáctica identidad que supuestamente acarrea ineluctablemente privilegios u opresiones, y a partir de ahí, estatus moral o falta de él.

¿Qué tiene que ver el efecto Dunning-Kruger con esa "política de identidades" que hoy arrasa en la babósfera? Muy sencillo: su motor es una mezcla de ignorancia y arrogancia. Los adalides de la política de identidades se auto adjudican la competencia de dirimir identidades, privilegios, opresiones y merecimientos basándose en esos paupérrimos datos que pueden arrojar la simple vista (o, en casos extremos, el nombre) de una persona desconocida cualquiera. Y si en verdad esas personas ignoran la complejidad y la envergadura de esa maraña de atributos que conforman la identidad de un sujeto (entre ellos, el susodicho morro), el comentarista perplejo empieza a sospechar que ellos mismos, los identity police (también conocidos como SJWs) desconocen esa realidad en primera persona: es decir, ellos mismos "se definen" (o "se dejan definir") en términos de género, etnia, "orientación", y pertenencia a diversos colectivos supuestamente "oprimidos". Lo cual, de ser cierto, es una tragedia: o lo sería, si la mayoría de ellos no fueran jóvenes, con el privilegio que otorga el tiempo para madurar, descubrirse a uno mismo, desarrollar sus cualidades individuales y dejar las cosas en su lugar.

Pero voy a insistir aquí en que hay algo detrás de todo esto. Y lo voy a hacer desde mi propia perspectiva de alguien que nació dentro de una sociedad y a continuación la abandonó, cuando dicha sociedad empezó a hundirse en las aguas gélidas de la atlántica soledad (por culpa de la Thatcher o de sus predecesores socialdemócratas, usted elige). Esa perspectiva me permite no ser tan duro en mis calificativos hacia los SJWs, que al fin y al cabo, buscan lo mismo que todos buscamos a nuestras diversas maneras: burlar esa aterradora soledad producto de la condición humana, insertándonos (mentalmente, por lo menos) en una comunidad, en un espacio compartido: reflejo psicológico que se vuelve compulsivo y hasta espástico cuando la persona mira hacia fuera y no encuentra una sociedad que le otorgue membresía fácilmente condicionada y que le dé la bienvenida bajo la faz sonriente del lechero del pueblo. Sí. Esto viene de parte de alguien que desde la infancia ha frecuentado, nolens volens, esa zona fronteriza entre bosque y páramo, con ese chiaroscuro que produce el concierto de discretas, ocasionales y superficiales interacciones humanas proyectadas sobre un fondo de soledad producto de múltiples aislamientos. De modo que, bueno, si a lo que usted aspira es "a ser aceptada" o bien "a que ella te abra las piernas" (lo que a fin de cuentas es lo mismo), ten por seguro que en tu sudorosa mano está el Zeitgeist de nuestro siglo.

Lo dicho: estamos presenciando, a nivel mundial, el Milchmanndämmerung, el ocaso de las sociedades unidas en torno a una nacionalidad y una cultura. Ya no significa apenas nada ser inglés (peor, "británico"), tampoco ser ecuatoriano: en ambos casos, es tener un lugar de nacimiento y un pasaporte, a lo mejor algunos pintorescos vicios, donde antes, en el recuerdo de algunas personas todavía vivas, significaba bastante más que esto. Los políticos bien que lo saben: de ahí sus frenéticos esfuerzos por dar con ese eslogan rooseveltiano que resulte capaz de resucitar y dotar de contenido el hueco nacionalismo (el "Classless Society" de John Major, el "Cool Britannia" de Blair, el "Buen Vivir" de Correa, verbigracia). No pueden y no podrán. Una comunidad, por definición, incluye y también excluye: sin exclusiones la inclusión no significa nada (no me refiero a exclusiones arbitrarias: me refiero a que si decido crear un Club de Coleccionistas de Sellos, el propio nombre excluye a los no coleccionistas). Un país pretendidamente democrático ya no puede (desde la Declaración de Derechos Humanos, por lo menos) darse el lujo de excluir a nadie, con las salvedades burocráticas al uso; por tanto, un gobierno no puede y no debe aspirar a crear comunidad. (Hasta el concepto de Buen Vivir es una bofetada en la cara a todos los que siempre hemos aspirado a Vivir tan Mal como humanamente podemos; y es sólo un ejemplo.) Por tanto, donde el patriotismo o el nacionalismo ya no pueden satisfacer el deseo humano de pertenecer, de formar parte de un grupo que incluye a unos y excluye a otros, y donde la religión también flaquea en el mismo intento, por tener que arrastrar el hándicap de basarse casi completamente en mentiras infantiles, ahí llegan los vendedores de Identidades, que te invitarán a celebrar y a reivindicar tu pertenencia a una comunidad de gente cuya afinidad contigo se reduce a algún atributo tan superficial como ajeno a tu propia voluntad y decisión.

¿Qué tiene esto que ver con el Impostor Syndrome o con el efecto Dunning-Kruger? Ahí está. Del mismo modo que una economía capitalista dispone de un mecanismo, llamado precio, que nos informa (cuando se le permite hacer su trabajo) sobre el valor de las cosas, en una sociedad donde exista la libertad de contratación y de asociación (y, por tanto, de exclusión) unida con una muy deseable falta de prejuicios irracionales, un mecanismo similar te informará de modo fehaciente sobre el valor de tu aporte potencial en cualquier contexto, sea laboral, social o de cualquier otra índole: la aceptación. Si escribo una novela y ninguna editorial la acepta, es altamente probable que mi magnum opus sea una caca. Si solicito un empleo como ginecólogo y, tras las averiguaciones pertinentes, no soy aceptado, es probable que sea un charlatán. Si quiero unirme a un grupo de poetas y mis producciones no provocan más que burla e hilaridad entre sus miembros, es probable que no seré el próximo WH Auden. Etcétera. A veces el peer review falla (ningún grupo es perfecto, en parte precisamente por ser grupo, con el correspondiente peligro permanente del groupthink) pero forma parte necesaria de nuestro ecosistema social y laboral. Al fin y al cabo, hasta para ser contestatario tiene que haber algo que contestar.

Es por ello mismo que hay que oponerse, por ejemplo, a la escisión del elemento competitivo de los estudios secundarios, o a cualquier intento de diluir los criterios académicos que rigen la entrada en las universidades, en aras de una supuesta y mal enfocada justicia social. Una comunidad que incluya y excluya según criterios de excelencia académica sirve para algo, y los títulos que emite representan algo: cuando la inclusión se hace con base a programas de ingeniería social, ya no. Pero la enfermedad ya está muy extendida, de ahí que la gente, cada vez más, en un mundo que por consenso rechaza la exclusión, se encuentra incapaz de determinar cuáles son sus auténticas aptitudes, errando ora por el lado de la sobreestimación del talento propio, ora por el lado inverso, según nivel de inteligencia (a decir de Shakespeare, entre otros). Si durante toda tu vida te has acostumbrado a recibir el aplauso "de compromiso" (yo también les aplaudí a esas chicas: soy humano), puede que no conozcas más aplausos que ése, y es un aplauso... a menos que hayas leído a Pope, y sepas que te acaban de aniquilar con "faint praise". La apoteosis del culto a la hueca autoestima, en nuestros días, lleva al paroxismo de llamar "microagresiones" a las simples críticas, "odiadores" y "sufridores" a los inconformes, y "cosificación" al cosí fan tutti. Pero peor que todo esto, devalúa, agrede o infiltra a cualquier comunidad necesariamente excluyente, a menos que ésta sepa defenderse con el argumento de ser una comunidad, precisamente, de excluidos ("marginados", "oprimidos", etcétera), en cuyo caso cualquier berrinche, cualquier ofensa contra humanidad, cortesía o decoro está permitida de antemano.

Insisto: hay algo detrás de esto, y ese algo, yo por lo menos no alcanzo a describirlo en términos socioeconómicos, pues lo único que veo yo aquí es psicología, mucha psicología, y no precisamente de la más hermética. Lo dicho: somos seres sociales que huimos de la soledad, y ante la globalización de la indiferencia, la manifiesta incapacidad de las instituciones tradicionales de proporcionar una identidad, y la fragmentación social del ciberespacio, nos refugiamos en identidades prets à porter, lo cual está muy bien, pero sólo hasta determinada edad, pues así, con esa mentalidad no pasamos de adolescentes. Se supone que lo que sobreviene entonces, como parte de la maduración, es una etapa de diferenciación, de individuación, la solitaria noche del escudero, y es ahí donde le vemos las garras al colectivismo establecido, que hará lo posible por mantenernos dentro de esa babósfera de etiquetas, victimismos y ad hominems, utilizando para ello todas las armas a su alcance... hasta que te dés cuenta de que tu morro siempre importó mucho más que tu clase, tu raza o tu género, y así, con ese pensamiento ceden los fantasmas. Tu morro and tu morro and tu morro. No es lo más profundo que tienes, pero explica de por sí el por qué toda teoría interseccional está destinada a quebrarse en las rocas al llegar a tus pies. El mundo real es bien otra cosa.

No reneguemos del crisol de la soledad. Es sólo cuando todos se ríen de tus poemas que descubres si los escribiste por el placer de escribir, en cuyo caso persistirás y terminarás riéndote de ellos, o bien por cosechar aceptación social y ganarte la admisión a una comunidad. En este último caso, no seguirás en el empeño, y así, tus inmisericordes críticos le habrán hecho un favor al mundo y otro, a ti. Se llama "medirse".


One horse to another: "Why the long face?"

Friday, January 1, 2016