Sunday, November 20, 2016

Anda, niña, no seas primitiva



Si expulsas todo el aire de tu boca, y luego con la boca cerrada haces retroceder tu lengua, tus mejillas serán chupadas hacia dentro, creando sendas concavidades exteriores. Si ya no tienes muelas, las concavidades así creadas lucirán mucho más dramáticas. Tales ejercicios de autozigoplastia burlesca constituyen, para los viejos (más de 50 años) una entrañable diversión, ocupando el mismo lugar para ellos que el sexo para la gente más joven. ¿No me crees? Espera tener cincuenta y cinco años y verás. Si no hubiera trabajo que hacer, uno pasaría gustoso todo el día improvisando muecas espantosas. Con o sin dentaduras fácticas hechas de austeros segmentos de piel de naranja adornados con esfero.

Pero sucede en este caso un fenómeno interesante: la profundidad de las mencionadas concavidades resulta estar sujeta a un límite infranqueable. Cuando las mejillas se tocan dentro de tu boca, ninguna de las dos puede distorsionarse más, porque se lo impide la presencia de la mejilla opuesta. Eso sí, resulta posible aflojar la jeta izquierda para darle más cancha a la derecha, y viceversa. Pero sólo hasta determinado punto. (Pruébalo.) En cambio, si tomamos como referencia una distorsión de signo contrario, es decir, si inflamos las mejillas inyectando aire dentro de la caverna bucal, parece que el grado de distorsión resultante no tiene límites más allá de lo que impone la relativa elasticidad de tu cara, variable que (como lo probó en su día el trompetista Louis Armstrong) permite modificaciones paulatinas a base de entrenamiento y sacrificio. No existe ninguna ley de la física que impida que, con el necesario esfuerzo y una considerable inversión de tiempo y dedicación, consigas inflar tus mejillas hasta conseguir que la anchura de tu cara iguala la de tus hombros. Existen especies de ranas que consiguieron esta hazaña en una etapa de su evolución algo remota. Puede hacerse.

En realidad, no quería hablar de eso.