Saturday, December 17, 2016

¿Es posible tener un sistema judicial no sexista?

La verdad, a veces lo veo jodido. Me gustaría pensar que fuera posible. Pero luego suceden casos como éste.

Una joven estudiante de Comunicación Social le acusa al poderoso Director de un diario oficialista de haber usado violencia contra ella a fin de echarla del departamento donde él vive. No he visto el (supuesto) video. No soy tan morboso como para perder tiempo buscándolo, y menos mientras luce la etiqueta de "supuesto". Pero basándome en lo publicado en el Universo, me imagino la escena algo así:

- Te vas ahora mismo.
- ¿Adónde, si nadie viene a buscarme?
- No importa, te vas.
- No me voy.
(forcejeo)
- Bueno, quédate. Eres una persona desagradable y molestosa. Me largo a mi habitación.

Puede que haya habido algo más de lirismo. Mi invento de "persona desagradable y molestosa" no convence mucho, de acuerdo. Es posible que el poderoso Director haya utilizado hasta expresiones hirientes que claramente identifican el género de la persona objeto de su oprobio (en la versión de ella, hay algo de "prostituta"). Para mí esto es nimiedad: son palabras nomás. Volveré sobre esta cuestión si hay tiempo, aunque creo que lo he tratado en otras ocasiones, lo suficiente para que el lector sepa que soy de la generación aquélla en que todavía se repetía, desde la más tierna niñez: sticks and stones may break my bones... Volvamos a los hechos. Ella tiene moratones en brazos y piernas. Lo de las piernas, ella misma dice: "producto del empujón, hizo que me golpeara en la rodilla izquierda". Lo de los brazos, pues más o menos te haces un idea. O por lo menos yo me lo hago: se trata de un forcejeo entre alguien que quiere quedarse físicamente en un apartamento, y otra persona que insiste en que se largue. Y en casos así, perdónenme, la pregunta que me parece más relevante es: ¿de quién mismo es el apartamento?

Si el apartamento es mío y me quieren echar, pues chucha, me voy pitando a la policía. No hay cómo perderse.

Si el apartamento es de otra persona y me dicen que me vaya, pues tengo que irme. Normas de convivencia social, y además es la ley. No tengo derecho a quedarme en una residencia privada que es de otro si no me invitan, peor si me ordenan largarme. Hasta lo he vivido, aquello. Una vez, con veintiún años a cuestas si bien recuerdo, fui a ver a mi primera novia, Yvonne, en su casa familiar en Londres. Ella estaba enferma y había pedido que me quedara, siendo que su papá borracho no había aparecido en varias semanas y había una habitación de invitados. (El sexo entre enamorados no existía en aquella época. Cosas de otros tiempos, ustedes los jóvenes no entenderán.)  Bien. Llegué y se produjo una fuerte discusión motivada por el hecho de que había traído flores, sí, pero no bombones, como se supone que es de rigor cuando una mujer está enferma: en mi defensa, como estudiante yo estaba prácticamente chiro. (Debo precisar que la enfermedad en cuestión era gripe. Eso de decir "enferma" por tener la regla es un ecuatorianismo, por no decir un tercermundismo. Prosigamos.) La cuestión es que cuando por fin estuvo claro que ella ya no quería que me quedara la noche, ya no había autobuses a mi casa. Por lo tanto, tuve que pasar la noche en la calle, en plena zona residencial. Como era una noche de invierno de ésas tan frías que se producen allá, a unos cuantos grados bajo cero, lo único que se me ocurrió fue meterme en una cabina de teléfono público a medio kilómetro de su casa y acurrucarme en el suelo, intentando tapar el curioso hueco redondo que había en la pared del cubículo cerca del suelo con basura encontrada en las cercanías del lugar. Obviamente no dormí, o apenitas, y no fue la mejor noche de mi vida, pero sobreviví. La primera de tantas noches bajo las estrellas que posteriormente viví por diversos motivos.

Me imagino qué hubiera pasado si me hubiera negado a largarme de su casa. Ella, mi ex, llamaba rapidito a la policía, y me detienen o simplemente (para qué más) me agarran del brazo y me arrastran fuera, dejándome algunos moratones, posiblemente, en el proceso. Ahora ya lárguese, imbécil, si no quiere que lo detengamos.

Y así tiene que ser. Es lo correcto y lo justo.

Acerquémonos a la cuestión por otro lado. Un vistazo por este blog revelará que el poderoso Director del medio en cuestión no es mi personaje favorito. Es más: si digo la verdad, la idea de que le despidan de su puesto me produce una honda sensación de Schadenfreude. No puedo tener en muy alta estima la honradez, la altura ética ni la sinceridad de una persona que trabaje tan abiertamente ni con tanto éxito por un régimen autoritario como el que tenemos. Si tengo que creer algo malo de alguien, prefiero que sea de una persona como él. Y sin embargo, con todas estas razones por entretenerme con la peor versión de los hechos, no puedo ver en él, en este caso, más que una víctima de un sistema injusto.

Estaba perfectamente en su derecho de pedirle a ella que se largara de su apartamento. Y ante la negativa de ella, la hipocresía y el sexismo de la sociedad garantizaban, de antemano, que una llamada a la policía para que resolvieran el asunto sólo hubiera creado más problemas, tanto para él como posiblemente para ella. Lo que él hizo fue simplemente intentar sacarla físicamente de su domicilio, y estaba en su derecho de hacerlo. No me consta que haya usado un nivel de violencia que no fuera justificado por las circunstancias: es posible, pero no me consta. Evidencia de ello, el hecho de que haya desistido, finalmente, del intento, y de que ella prefirió quedarse allí.

Lo que se le ha venido encima, ahora, es la hipocresía de una sociedad (y especialmente, de unas organizaciones feministas) que por un lado, predican la igualdad y se declaran en contra del sexismo, y por otro lado, manejan esquemas profundamente sexistas, según los cuales si un hombre se introduce en el domicilio de una mujer o insiste en quedarse allí sin el consentimiento de ella, eso es acoso (y aunque no cruce el umbral de su puerta, es stalking) lo cual justifica de antemano la violencia persuasiva, sea directamente de parte de ella o, más usualmente, indirectamente por parte de las fuerzas del orden, mientras que si lo hace una mujer, no hay tal acoso, y no se justifica ninguna violencia, siquiera esa mínima que se hace necesario para conseguir que la acosadora quede fuera y no dentro del recinto privado. Es decir, lo que veo aquí es un doble rasero que mientras siga existiendo, imposibilita la acción correcta de la justicia.

Si el poderoso Director sale indemne de todo esto, se hablará, y seguramente con razón, de un sistema judicial corrupto, al servicio de los poderosos. Pero si dentro de este sistema judicial se le juzga como agresor, tampoco nos sentiremos satisfechos de que haya habido justicia, porque habremos asistido nomás a la fiesta del doble rasero en todo su esplendor.

Mi intención con esto no es la de justificar la violencia, ni contra mujeres, ni contra hombres, ni contra iguanas marinas. Pero si la violencia nunca es justificable, siquiera en defensa propia o en defensa de un derecho como el de la inviolabilidad de un domicilio, que ese principio se haga extensible a ambos géneros por igual. Si, por lo contrario, creemos que sí a veces se justifica la violencia en defensa propia, y el uso de la fuerza moderada en defensa de ciertos derechos, pues también, que ese principio se aplique sin distinción de género, y que las fuerzas del orden estén obligadas a hacerlo cumplir de manera equitativa. De tal modo que si llamo a la policía y digo "hay una persona en mi casa que no quiere irse", vendrán y la sacarán en quince minutos, empleando por ello la mínima fuerza que resulte necesaria, sin importarles que esa persona sea hombre o mujer, ni que sea la una de la madrugada, y sin publicidad ni consecuencias posteriores de ningún tipo. Eso es lo que el poderoso Director sabía que no iba a pasar ese día.

Y por si no quedara suficientemente claro: no tengo pizca de simpatía por la joven estudiante en cuestión. Se me fue en el momento de leer aquello de "violencia psicológica". Cómo decirlo. Si alguien, no importa de qué género, me dice imbécil, hijo de perra o lo que mejor se le ocurra y luego me rompe la nariz, la correspondiente denuncia a las autoridades hablará de una rotura de nariz, porque eso duele, pero no hablará de una acusación de ser imbécil, que no duele o si lo hace, será porque tengo el ego un poco frágil, lo cual en todo caso sería problema mío y de nadie más. Dicho de otro modo: si lo de la "violencia de género" es un barbarismo (los géneros no perpetran violencia, las personas sí), eso de "violencia psicológica" es asimismo una simplonería, siempre que a la supuesta víctima le queda la opción práctica y física de alejarse de quien dice esas cosas desagradables, o de no tenerlas en cuenta: y uno puede estar más o menos seguro de que quien apela a tan ridículo concepto no sabe lo que es violencia de verdad. Pero aparte de eso, no puedo sentir simpatía por ninguna persona que, estando en el apartamento de otro, se niega a largarse cuando se le dice que lo haga. Ahí lo jodio.

Mi predicción: ella se convertirá en héroe en los medios sociales, a partir de lo cual, su carrera como Comunicadora Social irá viento en popa, siempre por cuenta de las mismas feministas que, a la vista está, son actualmente las personas más impertérritamente sexistas que es posible encontrar en cualquier sociedad al oeste de Tripoli, y las más enemigas de esa verdadera igualdad que los demás seguimos anhelando.

Sunday, December 4, 2016

Sueños

De una profesora de literatura en el cursillo de hoy: "si no hay palabras, es que no existe".

Discrepo. Si no hay palabras, probablemente sí existe. Un ejemplo utilizado anteriormente y prestado de Orwell: la cara de tu amigo o amiga. No tengo palabras para describir adecuadamente esa cara, siquiera de un modo que te permitiera adivinar de cuál amiga se trata, en el supuesto que las conozcas a todas. Es más, creo que un intento serio de describir una cara utilizaría más números que palabras, pues para dar una mínima idea de las proporciones y los contornos de esa cara, tendría que usar coordenadas cartesianas en tres dimensiones, como en los programas de modelado en 3D. Para que saliera algo reconocible (y reconocer la cara es sólo un primer paso: faltaría extenderme sobre sus expresiones más características, entre otras cosas) tendría que construir un mesh. Y para los colores, la textura, pues de nuevo, números, pues "más o menos trigueño" no es un color RGB que yo sepa. Y lo peor de todo: tú tendrías que saber procesar todos esos números y sacar de ellos una imagen. Definitivamente, hablar de cosas inexistentes resulta mucho más sencillo.

Voy a insistir un poco más sobre eso, porque constituye tal vez la prueba de que soy alienígena y merezco ser quemado en una hoguera, o disecado en un laboratorio ultra secreto en New Mexico. En otra ocasión comenté la extrañez que me suscitó la pregunta "en qué idioma sueñas". Fue la primera indicación que tuve de que otras personas sueñan en algún idioma. En mis sueños, si sale alguna palabra reconocible, es casi siempre un grito, un ladrido, algo amenazante, que tiene por efecto despertarme. Es un elemento foráneo, un intruso. No me imagino cómo sería un sueño con narración y diálogo, tipo novela. Me resulta una idea peregrina. Las personas hablan, pero el suyo es un idioma universal, pre-babeliano, con un léxico fluido que no deja huellas en la memoria. Faltaría más.

Tampoco pienso en palabras, salvo cuando estoy imaginando una posible situación social para la cual debo tener un discurso preparado. Me resulta mucho más cómodo pensar en imágenes y en músicas. Cuando escribo en inglés, tengo la música del párrafo más o menos compuesta antes de empezar a preocuparme por las palabras. (En el idioma español no soy capaz de discernir música: eso, o lo tienes de la infancia o no lo tienes. Por lo mismo es por lo que un poeta sólo puede serlo en su lengua materna).

Volviendo a los sueños: vivo entre ellos últimamente, como en una especie de purgatorio en que (por tus pecados) te llevan a un bar con un camarero perezoso. Pides el primer Chinchón, y el tipo empieza a moverse hacia la barra a una velocidad de aproximadamente 1 centímetro por año. Así, tienes el tiempo necesario para darte cuenta de que el alcohol, el famoso Al Cojol, el terror de Chicago, no es todo lo villano que lo pintan. Quiero decir que incluso antes de tomar ese primer trago, ya te están saliendo las lágrimas. El trago no tiene la culpa. Es efecto, no causa. La culpa la tiene la Magdalena, como ya indiqué en otra entrada. Resiste tu impulso de correr hacia la botella, y descubrirás tu magdalena interior. Vale la pena.

En fin. Si no hay palabras para esa cosa, será porque nadie te la ha vendido, y entonces si la tienes es porque es tuya, siempre fue tuya, ergo existe, por lo menos existe para ti, que es lo que cuenta a fin de cuentas. En cambio, todo lo que se vende necesita encarnarse en lenguaje, si no, pocos compradores va a encontrar, y ya sabemos que cualquier cosa que se vende tiene un riesgo medianamente alto de resultar inexistente, sobre todo si quien te lo vende lleva terno y Biblia. I rest my case.

Volviendo a los sueños. Estoy en el carro a mediodía, la cabeza echada hacia atrás, durmiendo hasta la hora de salida de la escuela, y escucho esto, a un paso de la ventana de pasajero:

 - ¿Comiste el cocolón - ?

- Así es - .

Hay una manera despierta de procesar esto, y una manera dormida de procesarlo (posiblemente) pero también hay la manera medio dormida, en que se escucha:

 - ¿Comió el cocodrilo - ?

- A C.S. - .

Siguen varios intentos infructíferos y profundamente rucos de adivinar lo que sería un C.S. Al final uno se queda con "Catholic Saint". Hay un cocodrilo en Durán que se dedica a devorar a ese exceso de santos católicos que allí se produce, provocando diversos intercambios multilingües. Nada de eso me parece extraño, mientras sigo con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Es cuando llega la una y media, hora de salida, que empiezas a pensar que un tipo que piensa estas cosas no debería estar detrás de un volante. Tal vez no debería estar en ninguna parte. En ésas estoy.

La degeneración pulmonar conduce a estas cosas: a vivir medio dormido y dormir medio despierto. Si tienes ambición de destacar en algún ámbito (y ¿quién no quisiera destacar en algún ámbito?) no te lo recomiendo.

Volviendo a los sueños.

Empiezo a creer que "res pública" y "cosa nostra" son, han llegado a ser, básicamente sinónimos. Lo público, supuestamente, es nuestro: por eso lo digo. Pero todo lo que es nuestro, o sea de todos, corre el riesgo permanente y medianamente alto de acabar no siendo de nadie, si consientes en etiquetar de nadie a los trajeados portadores de cajas de violoncelo, a los cobradores del frac, a los indignados de Mossack Fonseca. Y entonces quiero dejar constancia aquí, antes de que lleguen más cocodrilos, de que no apruebo esa mierda de filosofía en que todo tiene que ser bien privado, o bien inexistente, más o menos por lo mismo que ya dije. Es reduccionismo puro, además que no soy amigo de privar a nadie.

Lo que pasa es que hoy día, la retórica antiprivada aparenta ser propiedad exclusiva de quienes resultan los más diestros privadores de la historia, los privadores de sueños, y sabes a quiénes me refiero. Por eso digo: el estado nacional se podría ver como un intento clara y vistosamente fallido de dotar de consistencia el sueño de lo público, de que haya cosas y espacios que sean verdaderamente "de todos". Y creo que ese fracaso, o sea, el aspecto mafioso que inevitablemente viste ese estado en el s.XXI, se debe en parte a que ese estado nacional es una entelequia basada en un anacronismo: sí, una vez posiblemente hubo alguna sociedad fuera de la cual sólo quedaban wide boys y destripadores; pero esa sociedad ya pasó a la historia, ya no podrá ser resucitada, se necesita es otra cosa. Queda abierta la posibilidad de soñar con personas responsables, como individuos, con cooperación, con voluntariado, con entusiasmo, con inclusiones.

Para ese sueño no hay todavía palabras, más allá de estas tontas y bárbaras. Pero existe. Con o sin estado, lo público existe.

Sí, dije en otra parte que me parecía muy bien que el 90%, etcétera. No me malinterpreten. Me estaba refiriendo a esa falacia de la cantidad fija de bienes, según la cual el mundo tiene una sola pizza, de extraordinaria duración, que se divide en x trozos, de los cuales, x-n (a very small number) terminan en Panamá, porque hay gente muy mala. Y sin embargo, como dice Hamlet, there are more pizzas in heaven and earth, Horatio, etcétera.  Si no hay, entonces hagamos más. Esto funciona con todo, creo, menos con algo muy importante, y que me deprime, que es la tierra (hence, Georgians y otros ciempiés). Los japoneses han conseguido multiplicar el área de una isla construyendo una treintena de islas encima: de acuerdo. Algunas se caen, pero bueno. Fuera de eso, empero, la tierra tiene una superficie sólida limitada, y no creo que si la propietaria de casi toda fuera la Reina de Inglaterra, habría paz en el mundo. Dudo mucho de eso. Si La Perimetral pasara por la propiedad de dieciséis reyezuelos avaros, nunca llego a clase. Hay eso también. Por eso, estoy a favor de que haya algo público, por lo menos alguna carretera y algún bosque.

Si no... The Machine Stops.

Volviendo a los sueños: