Friday, April 28, 2017

El adjetivizador



Es cierto, se me da por escuchar a un personaje público con ínfulas de intelectual, y soy capaz de seguir la pista de migas de pan un buen rato por los vericuetos de YT, sobre todo, hasta aburrirme o desengañarme. Tal me sucedió con el Scruton ése. Me sigue cayendo bien. Me gusta su manera entrecortada de hablar, su acento resueltamente sub-RP (insiste en no ser del todo posh, para entendernos: de memoria, puede que esa resonancia sea del Oxfordshire rural, o del West Country, o hasta un alambicado Cockney, no recuerdo bien), su disposición a musitar la pregunta sin decir nada (es decir, se piensa las cosas), y hasta su modo de parecerse a Johnny Lydon (eso de no tener cejas, v.gr.). Bien por todo eso. También siento una especie de servil agradecimiento por el hecho de poder escuchar la palabra "belleza" de boca de alguien que no sea periodista. Cuando ¡un filósofo! dice beauty, como que se te derrite algo adentro. En algún lugar entre Kant y Kardashian, el concepto se ha convertido en tabú, salvo en su acepción seudoerótica. Se necesita es huevos para hablar de lo bello actualmente. (Sobre todo después de confesar ser cazador ocasional de zorros.)

Pero no es menos cierto que el tipo es un adjetivizador empedernido. No hablo de análisis lingüístico, aunque tal vez un poco también, habría que ver. Me refiero a que hay quien busca aislar fenómenos y cosas reales y probar de relacionarlos de modo estable (sustantivizadores), guardando en ello una cautelosa distancia para con los meros significantes, y hay quien se deja arrastrar por cualidades y efectos y connotaciones y subjetividades (adjetivizadores). Uno de los cambios notables en la universidad de este último cuarto de siglo es la purga cuasi estalinista de los adjetivizadores que se ha llevado a cabo a nivel casi mundial, y su posterior exilio al desierto, lo cual es una pena, porque discutir con ellos resulta tan fácil a la vez que tan deliciosamente inútil. Y entre todos esos adjetivos a veces se hallan auténticas perlas. Nunca se sabe con ellos.

Otro tal, ese propio Eagleton de quien hablé enantes. Para alguien así, lo insoportable de Dawkins no es aquello que afirma sino la cuestionable credibilidad (ethos) de quien lo afirma: la pasmosa ingenuidad de su fe en "la Ciencia", su falta de perspectiva histórica, su absurdo optimismo, el reduccionismo extremo con que engloba toda subjetividad religiosa bajo la rúbrica de "consuelo infantil", esa manera de hablar desecada y pedante, esa forma de reducir toda la experiencia sensual y estética de la humanidad a"una puesta de sol, una sinfonía de Mozart (sic)" antes de conceder a todo ello su soberbio nihil obstat. Ese smugness. Lo que Eagleton parece ignorar es que se puede ser smug y a la vez tener razón, quizás no en todo pero sí en lo principal. Se puede ser miserable bastardo y no obstante acertar: esto no es culpa ni defecto de Dawkins, es defecto en todo caso del universo en que nos situamos. Yo que él, lo devolvería a la tienda, ese universo, si tan de quicio le saca.

En el fondo, se trata de ese querer encontrarse con un héroe, con un gurú que no defraude. Pasas tiempo en YT y empiezas a notar el vaivén de esa eterna búsqueda, el oleaje de seekers of the truth que se arrastra allá y acullá, siempre tras la última revelación. Ahora, por ejemplo, entre cierto sector de pretendidos librepensadores está de moda ese tal Jordan B. Peterson, psicólogo canadiense de voz ranina y tendencia conservadora, que se alzó a la fama por su resistencia absolutamente sensata a cierto autoritarismo políticamente correcto rampante en ese país. La presteza con que el tipo aceptó el rol impuesto de gurú polivalente en campos que no son de su especialidad (sociología, política, crítica literaria) debe de haber hecho sonar alguna campana de alarma, tratándose de un académico, pero hasta ahora ha podido más esa nostalgia pública de certezas ocultas, las cuales él dispensa a granel (enseñame esa universidad, ¡quiero trabajar ahí!), y algunos hasta le perdonan aún el exabrupto ése de llamar "pathetic weasels" a cuantos hayan asumido conscientemente la soltería permanente como proyecto de vida. Mi predicción: los eternos acólitos le irán dando más y más cancha, hasta que llegue un Henry Williamson Moment (me refiero a esa matanza de gallinas llevada a cabo por el demente fascista Stephen Taylor en la novela de Frederic Raphael). Ya veremos.

Yo no soy pensador. Quisiera serlo, y tengo la inquietud permanente de pensarme las cosas, pero mi estado de salud impide que llegue hasta donde tendría que llegar para dejar atrás al pueblo de las ideas recibidas y adentrarme en el wilderness de lo aún no descubierto. Me falta tiempo, energía, olfato de sabueso, sobre todo oxígeno. Me ahogo, ahora, a marchas forzadas, y mi cuerpo se está convirtiendo en un vertedero de grasas inservibles, listo para el infarto final. Mientras, los adjetivizadores me caen bien, porque yo también tengo cierto instinto y nostalgia de tal, y mi carrera de polemista en Internet arrancó entre adjetivos, algunos hasta ingeniosos, pero llega el momento que te decantas, y yo lo he hecho por los sustantivos, por lo falsificable, es decir por lo medianamente sólido y depurado. Tendencia que sería más prometedor si tuviera tiempo, presa definida, y por lo menos algunas nociones de estadística elemental.

Con lo que me queda sólo observar (y si hay tiempo, glosar) esa brecha, a mi ver innecesaria y contraproducente, entre los productores de ideas (adjetivizadores en muchos casos) y los encargados de someterlas a prueba (sea empírica, lógica, lo que haga falta). Los operacionalizadores, en suma (Pteh, Pteh, Pteh). Eso, y también esa otra brecha que existe entre el discurso público y el léxico depurado, fuente de tanta polémica innecesaria, de tanta discusión infructuosa, de tanta ideología ectoplásmica. Si de algo todavía soy capaz de derivar placer, es de detectar polisemia donde otros sólo ven semia. Es decir, lo mio será un lento e inglorioso Haarspalterdämmerung, Está escrito.


Thursday, April 27, 2017

Pasión

Lo que nunca fui: apasionado. Nadie, ni mi mejor amigo ni mi peor enemigo, me acusaría de ser apasionado. Uno tiene que reconocer sus límites.

O tal vez no. Tal vez mi error últimamente ha sido ése. Reconocer mis límites. Tal vez fue cuando los reconocí, creyéndolo deber insoslayable, que empecé a morir. Este pantanal de muerte adagio ma non troppo en que ahora me ahogo poco a poco, silenciosamente. Quizás sea deber de toda res probar a diario el cerco eléctrico, en lugar de interiorizarlo y darse por cercado.

Fue ella (ella, ya sabes) quien me los impuso. Me dijo, hace 16 años: "Yo soy apasionada... tú eres cariñoso." Me dio tal estocada tan cariñosamente como pudo. Quise contradecirle, quise animarla a romper el embrujo. Si no lo hice, habrá sido por la misma razón que me impidió desvelar ante ella mi secreta pasión: hay leyes. Mejor dicho: hay decoro. El embrujo fue demasiado fuerte, y ella no tuvo fe. No besó rana. No liberó a la bestia.

Nadie lo ha hecho, ni lo hará. Triste consuelo: moriré sin haber transgredido. *

Para los ingleses, el decoro, es decir la ley no escrita oculta tras el inquebrantable tabú, el malvado titiritero de nuestros gestos, la almidonada estética del comportamiento, lo es todo. Por lo mismo es porque el inglés se emborracha y se vuelve neandertal tras el partido: su cultura no permite ningún desahogo siquiera simbólico ni ritual estando sereno. El inglés, verbigracia, no baila, ni se le permite ser sincero cuando abre la boca. Tiene que situarse, entonces, por fuera del savoir-faire y de todas las leyes para tener la sensación fugaz de dejar de ser títere. Para él, entonces, la única manera de dejar de hacer el ridículo es haciendo el ridículo.

La ley. Ella, naturalmente, hace mueca de desaprobación cuando escucha eso. Cree, como toda mujer (casi; este casi es acto de fe), que el hombre que vale puede y debe vencerle a esta ley en singular combate, cogerla por el cuello cual serpiente y arrojarla lejos, creando así el deseable espacio de intimidad. Lo que no quiere saber ni quiere ver es su propio papel en esto: dicha ley es creación de ella, de sus miedos, y ella por eso mismo es la llamada a romper el encanto proporcionando la contraseña, el código de desactivación. Al no querer saber nada de eso, muere de frío alzada en su pedestal de pasividad: la mujer moderna.

No, en serio: la sociedad es un invento femenino. Yo, para sobrevivir, por los pasillos del boulot todavía (¡a mi edad!) silbo suavemente algún tema de la suite de Robinson Crusoe. No quiero problemas, pero la sociedad no es para mi. Con Crusoe es cuando descubrí mi género, y esa tranquila desesperación diariamente renovada por encontrar una huella en la playa que resulte no ser mía.

Entra la señora Pallaksch, stage left, llevando la bandeja del té. A la izquierda de esa puerta que se cierra sola, en el reloj de caja se divisa el señor Pallaksch versión enano, cuyas piernas marcan la hora y cuyo tronco los minutos. Son las seis y diez, La ventana entreabierta deja pasar un viento cargado de bacilos: los diversos señores Pallaksch, de diversos tamaños y telas, ondean suavemente. Ella se sienta y se sirve el té, que fluye humeante de la boca de ese señor Pallaksch que decora la bandeja, envuelto en un tea-cosy tricotada por ella misma. La silla donde se siente es otro señor Pallaksch. Por si acaso, la escena se llama Codependencia. Las voces son pequeñas y se pierden en esa distancia entre escenario y butacas.



* Salvo que la muerte sea en sí una transgresión, cosa que en primera persona asumo como cierta. Tengo el deber moral de no morir todavía; cuestiones familiares.

A la carte

"Can I help you?"
"Yes, I'd like one religion, please."
"Certainly. Monotheistic, polytheistic or atheistic?"
"Erm... I dunno. Atheistic I suppose. I wouldn't like to to spoil my Big Bang."
"One atheistic religion. Sense of community with that?"
"Community?"
"Belonging."
"Ooh, yes. Lots of belonging. I like belonging."
"Morality?"
"I beg your pardon."
"How deontological would you like your religion? Rare, medium or sharia?"
"Oh, rare please. I already have my own morality."
"So that's one atheistic religion, with belonging, rare... Side order?"
"What have you got?"
"Ritual, dogma, oppressive sense of guilt, self-righteousness, patriarchy, steeple hats, mystical visions, Sistine chapel. slaughter of innocents.... no, slaughter of innocents is off the menu today. Fresh out of innocents until next week."
"Oh, I think I'll have some oppressive sense of guilt. I always fancied myself as a Graham Greene character."
"Can I tempt you with some ritual?" (lowers voice) "...Incense?" (looks round conspiratorially) "Organ music?"
"Well, I shouldn't really, doctor's order you know, but you talked me into it.  After all, you only live once."
"You're sure about that?"
"What?"
"You don't want an afterlife?"
"Hell, no. One life's enough for me. More would be greedy."
"Fine. One religion, no afterlife, no gods, lots of belonging, rare... Would you like an extra helping of incense, only 79 cents more?"
"Go on then."
"Cash or credit card?"

 ... If only it were that easy.

Sunday, April 23, 2017

Twitter doesn't like me.

Creé una nueva cuenta. A los 5 minutos, fue bloqueada.

Creé otra nueva cuenta, con otro correo. A los 5 minutos, fue bloqueada.

Creo que a alguien por ahí le caigo mal.

No me quejaría, si tan sólo me hubieran dado tiempo para enviar por lo menos un tweet, y así merecer condena.

Last Chance Gulch

En mi faceta de siervo de la LOES, tengo el deber, muy de vez en cuando, de solicitar respuestas a la pregunta "cómo se diferencian los hechos de las opiniones". Mi propia manera de responder, me doy cuenta, ha cambiado bastante desde mi juventud. En aquel entonces, habitaba un jardín lleno de opiniones. Sobre un cielo indiscutiblemente azul se desfilaba el interminable cumulonimbus de opinión, traido por el viento del oeste; allá, en los árboles, las opiniones cantaban alegremente; más abajo, en el fondo del jardín, en un rincón rocoso se divisaba el murmullo opinionoso de un babbling brook; y alrededor, a cada lado las variopintas opiniones florecían entre las mariposas y el sopor del zumbido de algunos insectos. Así era entonces: yo me acuerdo. Ahora, en cambio, me encuentro aprisionado en el lóbrego manicomio de los hechos. Ahora sólo queda planificar la excursión nocturna, la liberación secreta, intermitente, para lo cual hay que tener bien marcada la ruta de salida.

Empecemos distinguiendo entre la persona y sus palabras y otras expresiones. Mi manera de perder siempre en ajedrez dice algo sobre mí. Algo. Habla, con cierta elocuencia, de mi pereza mental, mi falta de espíritu competitivo o combativo. Susurra algo confuso sobre el anquilosamiento del aparato calculador y postergador de mi cerebro, mi estratega interior. Todo eso es cierto, y además, te permite formular ciertas predicciones sobre mi comportamiento en otros ámbitos. Viendo con qué ingenua ceguera expongo mi reina al peligro, sacarás la conclusión (acertada) de que mis opiniones sobre la geopolítica del Medio Oriente probablemente valdrán verga. Pero, insisto, ese juego fallido, esa pérdida ignominiosa, no soy yo. Quiero decir que en el hipotético caso de que yo hiciera el esfuerzo para aprender a jugar decentemente, si estudiara y practicara, si lo tomara en serio, entonces, y sólo entonces, mi juego revelaría plenamente mi personalidad. Tendría entonces (aunque siguiera perdiendo) un estilo. De cómo sería ese estilo, si les soy franco no tengo ni idea. (Me imagino que bastante neurótico.)

Dicho de otra manera: la mediocridad es genérica, es uniforme. La excelencia individualiza. Como lingüista, lo observo a diario en el discurso público de las redes. El comentarista mediocre es un simple imitador. Ha aprendido algo de retórica mediante la observación, y no es capaz sino de reproducir los trillados efectos y los manidos insultos que a él, en algún momento, le impresionaron y le dejaron tal vez con los deditos quemados. Su discurso es papilla de quejumbre al servicio de un ego lisiado. Es nomás plagio inconsciente. Nos permite saber sólo dos cosas de él: su identidad - en ese yermo sentido taxonómico que hoy se estila, o sea, su abarrotada trinchera sociopolítica - y su desprecio por el arte de expresarse. Sobre su persona, su individualidad, no sabemos nada. Quizás él tampoco.

Será perogrullada, pero voy a decirlo: tu personalidad, término en que quiero englobar tu visión del mundo, no te viene dada, formada, hecha. Es un rompecabezas que tendrás que solucionar para saber cuáles piezas te faltan y cuáles te sobran. Pueden ser varias rompecabezas mezcladas, y sólo cerca del final tendrás hecho lo suficiente para decidir cuál imagen es la que predomina, y cuáles son las intrusas e incompletas. Deseo para ti lo que ya no puedo para mí, que esa imagen tuya se perfile en todo su esplendor antes de que mueras. El individuo, inicialmente, es más potencialidad que otra cosa. Esa potencialidad te viene inscrita en tus genes y en los accidentes de tu experiencia, que espero sea caótica, es decir, rica. Las combinaciones y permutaciones, las soluciones posibles e imposibles, son tan legión que tan sólo un loco se propusiera dirigir teleológicamente el proceso. Por eso, damn braces, bless relaxes. Y al carajo con la misión institucional y con la LOES; pues hay - tengo fe - en alguna parte un carajo especial para ellas.

Entonces, quedemos en que no eres, ni en el mejor de los casos, la gramática de tus oraciones. Lo que pasa es que esa gramática es lo único que tenemos para comunicarnos, para compartir, para construir consensos y movimientos y proyectos, acaso para salvar la humanidad. Por todo lo cual, tiene su importancia relativa. Será por eso que la escojo como profesión.

Hablaba en otro post del radical, de ese mamarracho sin nombre que alguna vez, fugaz y parcialmente, he llegado a ser. Me doy cuenta de que el radicalismo, otramente fundamentalismo, tiene raiz psíquica y ramas lingüísticas. (Esto último, discutible,) La raíz psíquica se fundamenta en una identificación prematura del yo con algo indigno de un yo, es decir con una postura, una trinchera, una visión compartida, lo cual siempre quiere decir simplificada y distorsionada. Cubista si quieres. De que vales más que eso, no tengo duda, pero si tú si lo dudas, serás radical, defenderás a ultranza, a uñas y dientes, un credo que implícitamente niega una parte importante de ti, de tu experiencia. En aras de pertenecer, negarás tu derecho a discrepar de ti mismo. (Ese derecho que en nuestro Occidente, se relega a la intimidad. ¿A ti nunca te ha pasado eso de soñar intimidades públicas, fluidos, senos al descubierto en el comedor de un hotel?)

Como especie tribal, como comunidad, necesitamos la gramática. Como individuo (en construcción, pero individuo) necesitas la paragramática. Ya sabes. La gramática impone esquemas. Divide la experiencia en sujetos y predicados. Distingue géneros y números. Adjetiviza y desadjetiviza en función de preceptos, en último término, constitucionales. Y (volviendo a la pregunta) distingue ferozmente entre hechos y opiniones. La opinión, hoy día, ese triste linsey-woolsey que se teje con warp de observaciones pretendidamente inocentes y weft de valores, o sea, de ética o de estética (lo Bueno, lo Malo y lo Feo, únicas modalidades de discurso no sujetas a falsificación empírica). Algunos pretenden que tu opinión expresa sea el Last Chance Gulch de tu individualidad. Lo dicen con sonrisa siniestra, relamiéndose. Saben que ese reducto está destinado a empequeñecerse hasta, quizás, desvanecer (de momento, le conceden una página, una nomás, y con tal de que haga sonar su triste campana de preaviso, cual leproso: ¡unobjective! ¡unobjective!). Más adelante: te comen.

La paragramática se vuelve posible desde el momento en que te das cuenta de la diferencia entre ese universo de discurso accesible mediante el signo, en el que cabe - de momento y con las censuras y restricciones de rigor - opinar, y ese otro a que tan sólo puedes acceder mediante el símbolo. No, no estoy vendiendo metafísica aquí, tranquilízate. Estoy diciendo simplemente que parte de tu experiencia, gran parte, es irreductible al discurso (siquiera opinionoso), por lo menos al discurso verbal. Hay cosas en tu experiencia, tanto sensual como intelectual como emocional, que puedes intentar expresar (nada te lo impide), pero probablemente con sensación de fracaso, y con la total seguridad de que nadie lo entenderá. Te lo dice un experto en eso de no encontrar ni las palabras adecuadas (tal vez sea síntoma de mi cercanía al espectro autista, largamente sospechada) ni el acorde preciso. Hay experiencias, precisemos, con sujeto pero sin predicado, o viceversa: hay centenares de emociones importantes que el diccionario ignora y que reducirían al balbuceo al más insigne poeta. Hay visiones inefables. Hay momentos que se niegan a circunscribirse temporalmente. Hay fenómenos climáticos interiores. Hay erecciones líricas. Y entre las propias fronteras de tu subjetividad. hay diastola a más de sistola.

Aquello que llamo paragramática, entonces, sería la gramática de la telepatía, si tal fenómeno existiera. Sería el protocolo preferido de transmisión, no de datos, sino directamente de experiencias, con todo incluido: emociones, recuerdos, supuestos, vivencias. Sería, también, el jardín de esa libertad primordial que antecede a la imposición de esquemas temporales y sociales. Como sabemos que la telepatía es imposible (y si fuera posible sería indeseable), el papel que le queda a la paragramática es el de servir de medio para el auto conocimiento, el atesoramiento de la cordura, para reivindicar y defender tu castillo interior, y para ayudar a comprender el mundo en otros términos que los maniqueos prescritos por nuestros amos y señores.

Acabo de ver, casi seguido, un debate del ya mencionado Scruton, filósofo con mención en estética, con un tal Eagleton, y luego un discurso de éste, a quien sólo conocí en Oxford por su reputación de voraz seductor de tiernas undergraduettes (merecida o no, no llego a tanto, pudieran haber sido sólo fantasías húmedas incubadas bajo una corta dinastía de falditas sub fusc) y de frecuentador empedernido de cierto Irish Pub (se me fue el nombre), a más de la leve excentricidad intelectual (en aquel entonces) que ostentaba, que consistía en ser marxista en una universidad todavía mayormente humanista. El tal Eagleton, en el discurso más que el debate, me dejó una impresión desagradable, una sensación de asco y suciedad y veneno, pues su sermón sobre la religión no es apenas más que una denigración larga, mezquina y bastante incoherente de los ateos Dawkins y Hitchens - a quienes él se permite poner el apodo colectivo de Ditchkins - salpicada de patéticos intentos de arrancar risas con malos chistes de dinosaurio aúlico (nunca he visto tantas jocisidades seguidas recibidas con tan absoluto silencio). Hay varios puntos, del debate y del discurso, que anoté mentalmente (me olvidaré de casi todos, seguramente) para tratar posteriormente: quedemos de momento con su tesis de que el cristianismo se merece mejores oponentes que los mencionados Hitchens y Dawkins, cuyo mayor error, aparentemente, consiste en equiparar la existencia de (un) Dios con la de un Bigfoot o un Yeti.

Digamos primero que depende de qué cristianismo hablas. El mismo Eagleton admite, sin titubear, que el Christian Right estadounidense tiene los Dawkins que se merece. Creo que exagera (espero que sí) pero Chomsky gusta de recordarnos siempre que en la administración republicana actual (y alguna anterior) hay nombres de peso que creen que viene la parousia, en cuestión de meses o de pocos años, por lo que hacer planes de futuro es insensato, así que carpe diem o carpe pecuniam. Ése cristianismo, desde luego, no es el de Terry. ¿Cuál es el suyo, entonces? Pocas pistas tengo (no he leido sus libros, ni voy a hacerlo) pero algunita: es católico (fuente: ficha biográfica), es utópico (fuente: el debate), admira a San Pablo (fuente: el discurso), es capaz de utilizar las palabras "God" y "love" en la misma oración (fuente: Wikipedia), y cree (fuente: Wikipedia) que hay una manera no sólo de practicar la religión, sino de entenderla, que está muy alejada de cualquier fundamentalismo y es la de la gran mayoría. Tambien cree (fuente: el debate) que la religión ofrece un modo de pertenecer que otras (digamos) ideologías rivales, entre ellas la de "la cultura", han fracasado al querer suplantar.

Frente a esta última afirmación mi respuesta sería un sí, tal vez, pero con diversas precisiones que no caben en este artículo (será otro día). Frente a la penúltima, pues también, qué quieres que diga. Una crítica a mi ver legítima que se le puede hacer a Dawkins, por ejemplo, es la de que aparenta suponer en la mente del creyente mayor coherencia que la que realmente cabe en una subjetividad no académica. El simple hecho de repetir el Credo en la iglesia cada domingo no permite suponer una adhesión intelectual a cada artículo. El católico puede creer en Dios siempre, o puede creer temporalmente, lo que dura la misa, sin que esa creencia perdure hasta la ronda de cervezas. Y aunque diga creer, puede que para él creer signifique aceptar a Jesús como su personal soporte verbal para maldiciones e imprecaciones diversas (en Escocia, un amigo mío me avisó hace muchos años., "Christ is an adverb of degree"), o bien como un elemento gramatical sin contenido, como ese "to" que nos viene pegado a los infinitivos, es decir como simple elemento de discurso, un significante desprovisto de significado. Algunos llamarán Dios a alguna parte de su cerebro, o al síndrome premenstrual de su pareja, o a ciertos fenómenos climáticos, o a la sincronicidad, o a algún producto del ensueño de dificultosa clasificación, o a un necesario interlocutor imaginario que posibilite una conciencia crítica y moral. Dawkins, tal parece, proyecta sobre otros su propia esquema de dualismo cartesiano en que hay un mundo material, por un lado, y por el otro, una vistosa ausencia. Cabe decir que no todo el mundo maneja el mismo esquema, por lo que es arriesgado suponer en la mente de otro idéntica mapa con presencia en lugar de ausencia. Puede haber eso como puede haber otras muchas topografías.

Imprecisión que con mi invento de la paragramática se dilucidaría maravillosamente, pero, ay. Etapa beta.

Lo de San Pablo: bien. El tópico más escuchado es que se trata de un misógino, lo que (en el empobrecido discurso políticamente correcto) significa que todo lo que fue y escribió carece de valor. Bien por Eagleton por rescatar lo que tiene el tal Pablo (o Seudopablo) de sorprendente, de perspicaz y de magníficamente humano. No sé si Pablo fue misógino, puede que sí, pero yo lo tomo como simple masturbador verbal acomplejado, como a veces yo. Pasa que hay gente que no sabe leer mucho entre líneas.

Pero lo que más le veo a nuestro Eagleton es un contrarian, es decir un necesitado de llevar la contraria siempre, y por tanto preso de la moda intelectual, contra la que ineluctablemente se alzará de manera predecible. Un poco al estilo del Yiannopoulos (otro cuya pretendida fe religiosa tiene todas las señas de haberse urdido para épater le bourgeois.) Ser marxista y católico a la vez queda la mar de chic o de hipster.  Cuando se le interroga, sin embargo, sobre sus creencias exactas, se refugia en "ésa no es la pregunta", o en que el catolicismo es "una cultura", o en que "doctores ha la iglesia" (en serio, eso dice). Es por esta falta pasmosa de argumentos que mi atribución de motivo no creo que sea simple Bulverismo. No quiero desacreditar nada de lo que dice. Simplemente pasa que no dice nada, hecho que talvez merece explicación.

Pero a mí me parece que hay lugar para una religión (un cristianismo, inclusive) que reniegue de caducas esquemas cartesianos, y de cualquier metafísica que vaya más allá de la que he intentado esbozar aquí, es decir, que se base en una defensa (necesaria, en mi opinión) de la interioridad inefable, de lo que voy a llamar la conciencia preverbal y pre-esquemática, y en la irreductibilidad de lo humano.

PD Siguiéndole la pista en YT, me topo con que, en una entrevista, el tal Eagleton defiende su postura anti-Yeti aseverando que: "Hay que distinguir entre la gramática de la oración 'creo en el Yeti' y la de 'creo en Dios'. En el segundo caso, el verbo "creo" es performative." Por fin. Entiendo lo que quiere decir, pero se equivoca, por una simple razón: el verbo en su uso performative (I promise, I hereby pronounce you, I sentence you, I swear by almighty God) es por su naturaleza infalsificable, puesto que el simple acto de usarlo garantiza su veracidad; su único significado estriba en el acto discursivo de pronunciarlo. En cambio, es posible decir falsamente "creo en ... (la divinidad que sea)", puesto que la historia está repleta de ejemplos de falsos conversos. Insistir en que ese "creo en" sea performative equivale a decir que no se puede mentir sobre el propio credo, cosa demostrablemente incierta. Ahí lo jodió, pues.

Friday, April 21, 2017

Superchería

En el colegio me hicieron leer los cuentos escogidos de Leopoldo Alas "Clarín", donde el más largo tenía este nombre, de etimología en aquel entonces misteriosa. La colección entera me embelesó, y ese cuento en especial. Para entendernos: el hogar espiritual de Clarín a mi ver siempre fue esa Asturias lluviosa, ese Oviedo/Vetusta conservador, provinciano y soñador que supe vislumbrar más luego también en la ciudad de Segovia, donde residí un año. Yo, de adolescente, vivía en una Inglaterra también lluviosa, conservadora, provinciana y soñadora: tenía, entonces, referencias suficientes para compartir estados de ánimo, desesperaciones, dudas, escrúpulos, lujurias con aquel autor. Del argumento del cuento no me acuerdo con detalle: un tipo se enamora de una diosa, de ésas dulces y discretas, una diosa clariniana, para luego enterarse de que ella participa en un engaño urdido por un marido inescrupuloso, con fines de supervivencia económica y para darle de comer a un hijo. Lo importante, para mí: ese momento álgido de desengaño por parte de un protagonista joven, inmaduro y heroicamente ingenuo, con quien supe identificarme fácilmente. Y es que - se me ocurre - el desengaño, la honda decepción, figura como eje o clímax del argumento de gran número de mis historias favoritas: pienso por ejemplo en Young Goodman Brown. De adolescente ya me estaba preparando, espiritualmente, para una vida cargada de decepciones. (Crecí con Thatcher.) Pero no quería hablar de eso.

Acabo de ver un interesante video donde el intermitentemente brillante filósofo Roger Scruton explica lo que considera la diferencia entre "lying" y "faking". Me pareció interesante el tema, y hasta desarrollable. Mi problema: no encuentro términos en castellano adecuados (ver mis múltiples posts sobre el tema de la mentira, y el problema de traducir "lie" por "mentir": es obvio que no hay equivalencia cultural en eso), así que me quedaré con "mentira" versus "superchería". Pensé también en "falsificación" para el segundo término, pero superchería me parece una palabra más entrañable, por los motivos expuestos.

Así que, resumiendo, lo que dice Scruton es que si quieres engañar a otro, le sirves una mentira. Si quieres que el conjunto de los engañados se expanda un poco para incluirte a ti también bajo su paraguas, entonces falsificas la realidad, urdes una superchería. El mentiroso engaña, pero le importa no creerse su propio cuento, porque de aquella oculta diferencia entre la verdad y su versión mentirosa saca algún beneficio secreto. El falsificador engaña, y... con suerte, tal vez con tiempo de por medio, llega a creerse su propia versión falsa: en todo caso, aunque no lo consiga, quisiera creérsela.

Un ejemplo se me ocurre. ¿Por qué los orgasmos se fingen, pero no se miente sobre ellos? (Por lo menos en inglés. Y sí, boba: los hombres también fingimos. Sospecho que más que ustedes, hoy en día.) Porque si dices "ella mintió sobre su orgasmo", estás dando a entender que derivó algún secreto beneficio del hecho de no tener ese orgasmo en aquel momento: tal vez lo guardó subrepticiamente debajo de la almohada para disfrutarlo más tarde a solas, egoístamente. Lo cual, si no es imposible, es raro. Cuando la gente finge (fake), está diciendo "yo quisiera que las cosas fueran así. De modo que voy a pretender que son así." Eso es lo que Scruton (y ahora yo) entendemos por superchería, por faking.

Tengo que insistir en una cosa: somos seres contradictorios (a menos que seas una chica descomplicada, o sea, unicelular, una ameba con patas). Eso se demuestra sobre todo en nuestra capacidad para creer algo y no creerlo simultáneamente. Pienso en el headbanger que toca air guitar: él no espera realmente que pensemos que esa guitarra invisible sea de verdad, o que él sea virtuoso de verdad. y tampoco se lo cree el... salvo en ese momento. A medias si quieres, pero se lo cree lo suficiente para que la actividad a todas luces ridícula de fingir tocar una guitarra que no existe le resulte placentera. Lo mismo cuando leemos una novela: la disbelief se suspende sólo parcialmente, si quieres, pero lo suficiente. No es imprescindible, para ejercer nuestra imaginación, que nos creamos siquiera una poco nuestros cuentos, pero la posibilidad de intentarlo siempre nos está abierta, y muchas veces resulta tentadora.

En otro post reciente dije que si mentir se define como decir algo sabiendo plenamente que no es verdad, es algo que sólo hacemos de vez en cuando y con cara de gil. En cambio, si es decir algo pensando que si bien no se ajusta a la verdad, la verdad (si insistimos un poco con el calzador, o con las cuerdas del encorsetado si eres Scarlett O'Hara) puede adaptarse para acomodar nuestra fabulación, entonces es algo que hacemos continuamente. Me complugo saber que Scruton está de acuerdo conmigo en eso. La mayoría no somos (tan) mentirosos, pero somos fakers. Es decir, organizamos nuestra experiencia, de por sí caótica, en narratives (esa palabra tan de moda), en confabulaciones en algunos casos, o por lo menos en simplificaciones que si le hacemos caso a esa pequeña voz interior, no convencen plenamente.

Un ejemplo: si fuera del gobierno, si fuera telegrafista, supongo que me importaría convencerme de que toda la oposición política en este país consiste, bien en izquierdistas cojudos presos de una ortodoxia caduca, bien en derechosos que, fíjense bien, han de ser necesariamente ricos, corruptos, egoístas, mentirosos, y financiados por la CIA. Tiene que ser así, porque la simple idea de que pueda existir una oposición, derechosa o no, honrada, escrupulosa, altruista, reflexiva y chira, sin financiación secreta, conlleva demasiados dolores de cabeza. Ahora bien, estoy dispuesto a considerar la posibilidad de que todas esas bestias mencionadas existan en el panorama político del país (me imagino que habrá algún banquero rico, mentiroso y corrupto, si te pones a buscar) si bien lo de la CIA, sólo puede decir que si están involucrados esos gringos, son tan espectacularmente incompetentes (a los hechos me remito) que su oculta presencia sería un dato irrelevante. Lo que no estoy dispuesto a consentir es el cuento de que toda la oposición sea así. No considero que eso sea una mentira, técnicamente hablando, sino simplemente un cuento, una simplificación de la realidad con fines principalmente propagandísticos, pero que seguramente resulta fácil de creer a menos que seas de esa misma oposición. Es decir, no dudo de la sinceridad de quien dice creer eso. Puede ser perfectamente sincero. Lo que no es, es muy perspicaz.

Thursday, April 13, 2017

(Cuidado con los radicalismos)

¿Cómo se reconoce a un radical? Dos métodos que se me ocurren:

(1) Explícale un dilema ético. No importa cuál. Unos de los consagrados. Si su primera palabra después de escuchar tu exposición es "Fácil...", es un radical. Da lo mismo que haya escogido salvar al gordinflón sacrificando a las 5 reinitas de belleza, o al revés (todo dilema se reduce a eso: circunstancias y números pueden variar), es decir su solución particular es lo de menos: la cuestión es que para él, la elección de lo éticamente correcto es eso, fácil. Sacrificar a un ser humano o a varios, mientras tengas la justificación bajo el codo en texto de 8,5 puntos y encuadernado de cuero viejo, es fácil. Ya está.

(2) "Para hacer una tortilla hay que romper huevos". Uno habría pensado que un siglo XX, cualquier siglo XX, bastaba por sí solo para exiliar ese refrán a la zona de las ironías conscientes, pero no. No apunté el dato (tal vez en este blog, si buscas) pero juro que un columnista del Telégrafo (where else) lo usó absolutamente sin ironías una vez. Anduve con náuseas durante el resto de ese día.

Abundemos un poco en esto último. Creo que vale la pena.

Eres médico en un hospital. Se admite a un paciente que tiene dentro de su tórax un terrible parásito, con forma de pulpo, cuyos tentáculos están dispuestos alrededor del corazón del afectado.El médico radical, compañero tuyo, dice: hay que matar a ese parásito. Asientes con la cabeza. A continuación, él agrega: lástima que va a morir también el paciente, pero hay que hacerlo. Vaya, dices para tus adentros: vaya con el compañero radical. Menos mal que existe el juramento hipocrático.

En el caso expuesto, es evidente (salvo al enajenado de remate) que matar al parásito no tiene sentido si muere también el paciente a quien se pretende salvar. Menos evidente es que se pueda hacer algo. El parásito sabía lo que hacía, rodeando al corazón de su huésped, para que cualquier agresión contra él pusiera en peligro la vida de su víctima. La táctica del escudo humano, en suma, ampliamente ensayada en varios conflictos bélicos de reciente recuerdo. Pero no pensaba precisamente en eso cuando se me ocurrió la analogía: pensaba más bien en el Estado, ese enemigo primordial y secular de la humanidad, ese parásito por antonomasia. Sus innumerables tentáculos ("Estado de Bienestar", bonos, ejércitos, "sistemas de salud", v.gr.) pretenden lo mismo que ese monstruo estilo Alien: suplantar las vías normales de suministro y de riego, volverse indispensables, enlazarse con el complicado tejido de la sociedad, para que de su salud dependa la de su víctima. Y en gran medida lo ha conseguido. De modo que difícilmente atentarás, de modo frontal, contra el Estado sin poner en peligro el bienestar (como mínimo) de un gran número de dependientes suyos. Y eso, el no radical no lo puede hacer:

Cuestión de principios.

Se confunde hoy en día demasiado fácilmente el principio con el eslógan o el dogma. La misma palabra, bien pensado, te saca de la duda: un principio ético te proporciona el comienzo o la base de la respuesta, no la respuesta en sí. Una base sobre la que aun tienes que levantar algo. Quien carece de principios no tiene bases sobre las que actuar: será, por tanto, populista o algo igualmente deleznable. El principio en este caso es: salvar al paciente. El parásito lo mantiene en vida por el momento, pero sin parásitos respiramos todos mucho mejor y por más tiempo. Salvar al paciente, entonces, matando (a ser posible) el parásito. ¿Cómo lo hacemos? En este caso, despacio y con mucha mano izquierda. Tal vez no surta efecto, pero intentemos que la bestia muera, poco a poco, de inanición. A ser posible sin darse cuenta (esa rana en el agua que grado a grado sube de temperatura). Negándole el alimento y privilegiando las vías alternativas de riego y de suministro. Es lento, es fabiano, es frustrante, pero no veo otra. No hay otra, a menos que seas radical, dispuesto a romper huevos.

La excusa sempiterna del radical: sí, rompo huevos (mato a personas, robo su propiedad, siembro odio) pero para salvar a otros, a muchos más, a muchísimos más. Habitamos aun un mundo monocromático: el futuro que nosotros construimos es en Tecnicolor. Llegará el momento en que todo habrá valido la pena. El futuro perfecto.

A lo que uno contesta: léete la historia del siglo XX, la historia de los futuros perfectos. Siguiente.

El radical: eres individualista, eres neoliberal, eres incapaz de apreciar la conciencia de clase, de subordinar tus intereses a los del colectivo.

A lo que uno contesta: a mucha honra. No, nunca subordinaré mis intereses a los del colectivo. A los de otro ser humano, las veces que quieres, pero al colectivo, nunca. ¿Por qué?

Los colectivos se construyen no a base de sumar, sino de restar ("subordinar"). Por eso mismo. El humano colectivizado es también el humano simplificado, el primate-esperpento. Como humanos compartimos cosas gloriosas y grandiosas, pero los mecanismos existentes que permiten crear colectivos descansan sobre la base de esa poquita cosa que resulta propensa a levantar pasiones, lealtades, enemistades, obediencias. Es decir, el colectivo se define en base a lo más primitivo que tenemos. Los colectivos, a fin de cuentas, son creación del odio y del prejuicio y del atavismo, del querer sumergirse en esa embriaguez que resulta de disolver la responsabilidad individual en el océano de la supuesta mente colectiva, al cual uno atribuye erróneamente agencia moral. Algunos han estudiado esa mente colectiva. Sus características:

No puede crear (ningún colectivo en la historia de la humanidad ha dado luz a una idea nueva).

No puede sentir amistad, ni compasión, ni pena. (Ningún colectivo en la historia de la humanidad ha llorado más que lágrimas de cocodrilo.)

No puede razonar. (Enseñame el colectivo que piensa.)

Sí puede enojarse, odiar, agredir, matar, destruir. Prácticamente es lo único que sabe hacer. Aparte, claro, de obedecer. La defensa de Nuremberg, a eso me refiero. La razón de ser del colectivo ("clase", "sector", "interés", "tendencia política") es que sigue órdenes.

Estas características no son necesariamente las del colectivo pequeño, pues la estadística a ese nivel es volátil. En tanto uno va sumando decenas, luegos miles y millones, la proporción se estabiliza alrededor de ese número, esa proprción áurea que propuso y supo demostrar Milgram. Pasada cierta cantidad crítica, en todo colectivo humano habrá un sesenta y pico por ciento que mantendrá funcionando las cámaras de gas, los campamentos de la muerte, mientras haya una "autoridad" que lo ordena. Por eso, los colectivos hay que desarmarlos, no fortalecerlos. Es urgente no prestarles ninguna atención en sus reclamos. El único colectivo válido es el que nos engloba a todos: la humanidad. Y la única autoridad válida es tu conciencia y la mía.

Atarse al colectivo: pregunte cómo le fue a Sinbad con el Viejo del Mar.

El radical: eres conservador, eres reaccionario, eres neoliberal, eres defensor del status quo.

A lo que uno contesta: el status quo, otramente denominado la realidad, no necesita defensa. Lo que sí necesita defensa es la imaginación, ese otro mundo paralelo a la realidad, y eso, porque ustedes los radicales creen que la única visión válida es la suya, la cual quieren imponernos a nosotros utilizando a la realidad como intermediario. Una persona sana reconoce que, aparte de su visión de un mundo ideal (sociedad sin clases, verbigracia, proliferación de ejecutivas, mucha energia limpia, sabatinas los 24 horas del día, playas bolivianas, "igualdad", lo que flote tu barco) hay otros siete billones y medio de personas en el mundo, con sendas visiones, igualmente válidas y dignas de tomar en cuenta, pues en eso de la imaginación, no hay títulos de cuarto nivel que valgan, ni élite, ni "intelectuales" (por cierto, los "intelectuales" casi siempre se distinguen por carecer de imaginación, en grado patológico en algunos casos), por lo que queda descartada (cuestión de ética elemental) la vía de la imposición y sólo queda la del diálogo y del cambio evolucionario, si es que realmente quieres que eclosione en el mundo real tu visión personal (yo no: prefiero que mis fantasías queden en fantasías: es mucho más cómodo).

Para el radical, el status quo es un cuarto lleno de trastos inservibles. El mundo nace nuevo cada día, sin historia y sin esperanzas. Para el resto, robarle a alguien su expectativa de futuro (y la propiedad privada es eso, una expectativa de futuro) es... bueno, quedemos en acto de violencia. Cambiar las reglas bajo las que alguien vive y construye futuro y sueños es cometer un acto de violencia hacia esa persona. Difícil de justificar, a menos que sea para terminar con una violencia mayor, o porque existe un consenso (no "una mayoría"). Por eso el status quo (prefiero el término "realidad") tiene importancia. Sin él, no sería siquiera posible actuar éticamente.

No tengo más tiempo. Cuidado con ellos.

Tuesday, April 11, 2017

Shall I compare thee to a Sour Grape?

Acabas de perder un juego de póquer. Tus ahorros, todos para el sonriente ganador, con su odiosa cara burlona. Sospechas que ha habido trampa, pero no tienes pruebas. El otro es demasiado astuto. ¿Qué haces?

Las reglas dicen que en casos así, hay que saber perder con dignidad. Puede que él haya hecho trampa. Puede que no. Cree lo que quieres. Sin esas pruebas tuyas, que no tienes, da exactamente lo mismo. Déjalo ir. El juego es así.

¿Cómo es eso de perder con dignidad? Mejor dicho, ¿cómo se hace?

Bueno, da la casualidad que en eso de perder, estás leyendo a un experto.  Pon atención. 

El quid está en decir "esas uvas de todas maneras eran agrias". Simplemente eso. Decirlo las veces que sean necesarias. Y creerlo.

- Pero - espeta el candidato jugador. - Pero lo que estaba en juego era nada menos que el poderrr. ¿Quién va a decir que el poderrr, el mismo poderrr, era un premio sin importancia, una bagatelle, un déjalo ir? ¿Quién sería capaz de creerse semejante cosa? El poderrr, por definición, es lo que todo el mundo desearía para sí. Ni modo de decir que eso pueda resultar agrio.

Revisa tus definiciones. (También revisa la cara del ganador. Nótese bien lo drenada de simpatía que sorprendentemente luce. Presta atención a esa metamórfosis. Hasta Correa demoró algunas semanas, si bien recuerdo, en sucumbir ante las evidencias de su propia majestad. Moreno, ni días. Ya va con esa hambre. "Respétame, soy presidente, soy jefe de jefes, soy lo máx, flexionen sendas rodillas izquierdas, inclinen la cabeza." ¿Vieron?)

Definición correcta: Poderrr, sustantivo masculino. Capacidad, sustentada con apoyo de leyes y constituciones, para ser un hijo de puta sin sufrir las consecuencias. Ansias de poderrr: primera etapa de la enajenación mental. 

¿Ves? Ni siquiera resulta difícil abjurar del poderrr, si pones empeño en ello. Claro que luego tendrás que revisar tu visión del mundo un poco. Hacer algunos cambios en tus supuestos ideológicos. Total, te tomará un par de días hasta que puedas salir a la calle con un Weltanschauung más o menos estable, sin hacer ruidos extraños. (Cuidado con los radicalismos.)

Si quieres una analogía (en algún remoto pasado me piropeaban mis analogías, por eso) pues piensa en todas aquellas mujeres que no cortejaste, por saberte de rango inferior y sin posibilidades por ese lado. ¿Recuerdas el mecanismo? Primero buscas la manera de compararla con un summer's day una uva agria. A veces funciona ("total, era una cabeza hueca"), a veces ni modo. Demasiado evidente que se trataba de una diosa, con una cabeza absolutamente llena de dioserías y desprovista de oquedades. Entonces, plan B: si no puedes convencerte de que ella no vale la pena, enfocas tus energías en probar que ello no vale la pena. ¿Ello? Pues eso, chico, el cortejo y todo ese rollo. 

- Pero - se lamenta el candidato desdichado príncipe de Aquitaine á la tour abolie. - ¡Pero no puedo siquiera concebir la vida sin el sexo amor! 

Entonces tendrás que ampliar la red un poco, y abjurar de la vida misma. El conjunto de cosas que no valen la pena simplemente se expande un poco más, engloba más cosas. Tampoco es tan, tan difícil.

A los que llegaron a este punto, y luego desaparecieron, un afectuoso saludo (con leves matices sarcásticas). 

A quien sigue en la brecha (mon semblable, mon frére), pues acá estamos. Rodeados (y a nuestra edad) de uvas agrias por todos lados. Esto es la vejez, talvez no de todos pero sí de los perdedores, que somos mayoría: la vejez es esto, habitar un mundo donde queda ya muy poco significado, porque casi todo lo que ves ya fue convertido hace décadas en otra de esas uvas agrias, de esas cosas que no valen la pena. 

Lo curioso del asunto es que con todo esto, tienes la sensación de ver mejor que los demás. Sí. En serio. Otro será prisionero de las vanas ilusiones del deseo. Tú, en cambio, ves las cosas como lo que son: simples cadenas de causa y efecto que remiten a una explosión sin sentido en un universo sin alma y sin futuro.

Y te pones a escribir un libro. "The World as Won't and No Idea". Toma.

¿Lo positivo? Allá íbamos. Primero: el perdedor tiene (si lo quiere, muchos no quieren) ese don, esa posibilidad de ejercer la empatía. El perdedor puede ponerse en la cabeza del ganador, ver como él. sentir como él. Puede perdonarle al ganador su ganancia. Puede adoptar ese punto vista más grande e incluyente, ese sub specie aeternitatis. En cambio, el ganador no puede perdonarle al perdedor, porque no lo conoce, ni puede conocerle, siquiera en su atrofiada imaginación. Hasta que pierda, claro, que es cuando uno generalmente se despierta.

Segundo: si llegaste a expandir ese conjunto de las uvas agrias hasta darle con él la vuelta al mundo, y aun vives, es porque hay algo en ti que se resiste a no valer la pena. Hablemos claro: es porque, de joven presumiblemente, cultivaste tu imaginación. Esa fortaleza interior es la que te salvó. Y te seguirá salvando.

Hay todo un submundo (en YT, especialmente) de crítica, febril y fermentada, hacia esa extraña modalidad de "educación moderna" (es un decir) que en ciertos países supuestamente avanzados está creando una generación de adultos-infantes, intolerantes y susceptibles, generadores de safe spaces y trigger warnings, destructores de plataformas, puritanos apres la lettre. Los medios, por supuesto, ni por enterados. ¿Tiene importancia? 

Creo que sí. Lo que ha cambiado en la educación es una sola variable: la imaginación. Se trata de algo que antes se consideraba importante, y ahora no. ¿Para qué imaginación, si tenemos a la Disney, si tenemos GoT, si tenemos Goat Simulator? Profesionalmente me doy cuenta de ello. No hay que dejarle al estudiante imaginar nada, bajo ningún concepto. La LOES, sin ir más lejos: un himno a la utopía de la no imaginación. Lo mismo se diría del culto radical de rechazo a la "mentira" (invento ecuatoriano, por supuesto, pero ahora extendido mundialmente bajo el lema de Fake News). Se equipara la imaginación con la mentira y listos: una generación de zombis pasmados, consumidores del cuáquer diario gubernamental. Estamos en ello.

Si para ti "las reglas" prohiben todo y te dejan sin cancha, levántate de la mesa, discúlpate, busca el aire de afuera, lo que hace rodar el tumbleweed y te trae un lejano e intrigante olor a sal y ozono.

Friday, March 31, 2017

Complejidad, Neotenia y Sacralizacion

Ja. Mastodonte de título para intelectuales, ¿verdad? No, aquí no hay ningún intelectual, sólo soy yo, el pendejo de siempre. Tranquilos. Y un sentido tant pis para los que vinieron queriendo intelectualizarse. Oye, allá en el otro canal, si se dan prisa, hay una sueca a punto de quitarse el sostén. Digo nomás.

Complejidad. Yo aun me acuerdo de ese veranillo de San Martín de mis mocedades en que a veces se me daba por mirar anuncios "de corazón" en el Internet. Una palabra recordé esta mañana: "descomplicada". "Soy una chica descomplicada", algunas decían (podría haber también "descomplicados" confesos, no sabría decirlo). Levanten la mano quienes sienten una especie de oscuro rechazo ante tal palabra, al punto de perder todas las ganas de ver la foto. Bien: ya lo pensaba. Asi que tendré que explicarme.

A veces siento algún fugaz deseo de ser una persona descomplicada. Veo que el mundo, sobre todo la sociedad, está hecho por y para los descomplicados. Ser descomplicado te permite, entre otras cosas, tomar decisiones con tino y rapidez. Te permite evaluar los motivos ajenos, asintiendo ante las evidencias, creando un adecuado y servicial Photofit del otro, sin tener esa desesperante sensación de que "tiene que haber algo más", porque lo que se ve es demasiado simple. Podría extenderme sobre las supuestas bondades de la descomplicación, pero ¿para qué? No me voy a convencer a mí mismo ni a ese hipotético lector capaz de seguirme hasta aquí. Es inútil. El deseo de ser descomplicado me dura lo mismo que el de ser lobotomizado. Y se apaga por la misma razón.

De hecho, ahora que pienso, para mí "descomplicada" y "lobotomizada" son sinónimos exactos en todo menos aquello del registro. ¿Tú saldrías con una chica lobotomizada? ¿La llevarías a la cama? Claro que no: va contra tus principios. Sería tanto (y tan poco) como hacerse un julianassange. Veo que ahora nos estamos entendiendo.

La complicación psíquica (que algunos insistirán es eufemismo nomás, por "trastorno" o algo colindante con trastorno, ahí no me meto, los autodiagnósticos en todo caso valen verga) es una carga, es una maldición, es un bloody nuisance, pero sólo en el mismo sentido en que ser humano es todo eso y más. Es desagradable estar encadenado en una roca y que las águilas te coman eternamente el hígado. Pruébenlo y me darán la razón. Pero es lo que toca: y ante la perspectiva de perder ese torcedura necesaria, ese pecado capital que te define, ese Brighton Rock del alma, te rebelas. Si el cielo cristiano, o el buen vivir correista si prefieres, es una inmensa nube poblada por Stepford Wives y Stepford Husbands, abriendo y cerrando anaqueles de cocina como quien dice "loas y alabanzas al Altísimo, y al Vicealtísimo cincuenta por ciento de lo mismo" para siempre jamás, prefieres estar con el Satanás ése al igual que Milton y Blake, y ¿quién te puede culpar de ello?

Lo que me hace pensar (puedo estar inmensamente equivocado, como en todo) que por alguna ley de la naturaleza, tal vez sea de la química, la complejidad lucha por conservarse. No necesita razones por hacerlo. A veces tiene razones de mucho peso por no hacerlo, pero no puede menos.

Hace décadas que Dawkins demostró que la última y exclusiva finalidad de todo ser humano, al igual que toda criatura viviente, es reproducir el material genético del cual somos simples portadores. Algunos aún no se dan por aludidos. Es lógico. Digo "finalidad" y enseguida me caen encima los religiosos, los profesionales en eso de dirimir teleologías amén de teologías, para "informarme" (es un decir) que vivir para reproducirse es inhumano... y no puedo sino darles la razón. Tan cierto es que nuestro cerebro evolucionó para satisfacer la mencionada Primera Directiva, como que dicho cerebro, por naturaleza propia, es incapaz de someterse a esa misma directiva, sino que insiste en crear otras metas que nada tienen que ver con ella. La rebelión, entonces, está inscrita en nuestro propio ser. No se puede ser humano (humano deslobotomizado, vale precisar) sin ser rebelde.

Si no eres descomplicada, se te nota en la mirada. No hace falta que digas nada.

Neotenia. Se lo debo a la Straughan, que me ilustró en ese tema, insospechado por mí hasta que vi el video. La hipótesis (desde mi punto de vista) no tiene que ver tanto con el detalle del proceso evolucionario, sino con la presunta herencia psicológica que cargamos, respecto a eso de la diferencia sexual. La teoría (tal como lo entiendo) propone lo siguiente:

El animal (mamífero, por lo menos) por instinto ve al crío (recién nacido o por lo menos en etapa juvenil) como un ser indefenso al que hay que alimentar y proteger. (Lo ve "cute".) En cambio, al adulto (por defecto, y a menos que se identifique como miembro de la tribu) lo ve como peligro, como competidor o rival.

Una especie con una gestación tan larga, un parto tan peligroso y una infancia tan prolongada como la nuestra requiere, para sobrevivir, de que tanto la madre como los críos gocen de cierto grado de protección y de cooperación de parte de la tribu o de la pareja, o ambos. Por tanto, el proceso evolutivo seleccionó a las mutaciones donde la hembra exhibiera cierto grado de neotenia, es decir, se pareciera lo suficiente a un crío, aun siendo adulta, para suscitar en otros (de ambos sexos) ese instinto de protección que le facilitara la supervivencia y la exitosa reproducción, sin mermar demasiado sus propias capacidades de autodefensa y autoayuda.

Bajo esta óptica, muchas (no todas evidentemente) de aquellas características que distinguen a la mujer del hombre son también características de la etapa juvenil del mamífero. Ausencia de vello corporal, estatura levemente reducida, estructura ósea facial menos desarrollada, y el resto del largo etcétera lo encuentras en Straughan. Y aquí viene lo importante:

Una actitud sexista, por común acuerdo, es la que desestima en una mujer, supuestamente por razón de género, su "agency", el término preferido por Straughan, es decir, su capacidad para actuar libremente, para decidir, para responsabilizarse como individuo, al tiempo que gustosamente otorga al hombre dicha facultad. La otra cara de la moneda: tal modo de infantilizar a la mujer también le proporciona (siempre lo ha hecho) diversas ventajas (privilegios, si quieres) en el sentido de que goza de protección y apoyo material de parte de otros, y de "la sociedad", mientras al hombre se le considera tan responsable de su propia suerte que donde fracasa, pierde, sufre, es aplastado, a nadie se le ocurre culpar de ello a "la sociedad": la culpa de todo la tiene él mismo. Dos cosas dice Straughan: primero, que tal actitud discriminatoria no es el invento de ningún oscuro "patriarcado", sino que la llevamos inscrita en nuestra herencia genética. Segundo, si nuestra misión como humanos es rebelarnos contra la genética, no lo vamos a hacer infantilizando aún más a la mujer, tal como lo hace el feminismo moderno estilo Emma Watson (HeForShe, el colmo de la infantilización, quién duda de ello), sino devolviendo a las personas su autonomía y su responsabilidad individual. En última instancia, desarmando pieza por pieza la maquinaria infantilizadora del Estado. Que toda persona, hombre o mujer, sea vista como único culpable de su propia suerte, buena o mala. De modo que los cucos quedan fuera.

A lo que yo sólo añadiría: y seamos comprensivos con las expresiones de nuestra herencia humana, al tiempo que educando a las personas para que reconozcan tal herencia, sean capaces de superarla, y no condenadas a repetir patrones seculares sin saber lo que hacen. Hay que aprender mejor qué significa ser humano, no tener al todavía sin eclosionar Human v. 2.0 (¡mejorado!) como punto de partida, como suelen hacer algunos ideólogos marxistizantes.

Hay más, pero me obligan a ir a una fiesta. Será otro día.

Saturday, March 25, 2017

Pateemos al Cánon

Ayer asistí a la ceremonia de bachillerización de mi hijastra. (Me urge decir, en algún lugar: la malvada hijastra, pero la realidad no da para tanto. Aún.) La semana que viene habrá fiesta y baile en conmemoración de lo mismo. Pasé esa aburridísima mañana de ayer en un irrelevante colegio pensando: esto es muy latino. Y luego corrigiéndome: no, los gringos del norte también hacen lo mismo. Ellos también celebran con fiesta y baile y hasta ceremonia la salida de la cárcel, con tal de que la cárcel en cuestión tenga el nombre eufemístico de High School. A modo de comparación nomás, para el lector no familiarizado con la cultura británica: el último día de clase me despedí de los compañeros usando un tono microscópicamente más exaltado que de costumbre; días, semanas más tarde (no recuerdo) uno tenía el deber de asistir al mismo centro penitenciario para los exámenes ("A Levels") de su particular especialidad, que en mi caso reunieron a pocos congéneres (los nostálgicos, los de Letras). Uno sale al final del examen, se congrega brevemente con dos o tres compañeros para intercambiar pareceres ("Complicada la pregunta 2, ¿verdad?") y luego cada uno se va para su casa en sendos autobuses rojos. ¿Fiesta? ¿Bromeas, verdad? Creo, no estoy seguro, que en algún momento habré mirado hacia atrás, hacia ese templo del acné, del tabú freudiano, de la soledad y del chuchaqui colonial, como la mujer de Lot, afortunadamente sin correr la misma suerte. De lo que estoy segurísimo es de que esa mirada, de haber existido, fue exenta de nostalgia y de cualquier tipo de humedad cineástica.

Y eso no ha cambiado. Es hasta curioso. Puedo sentirme nostálgico por casi todo, hasta por las peores épocas de mi vida, pero si me dan a vivir mi vida otra vez, a condición de tener que asistir a ese mismo colegio, a esa misma lóbrega cárcel de juventudes perdidas, pues no, gracias, me quedo como estoy, al borde de la muerte y del olvido. Gracias pero no.

Si hay que odiar algo en la vida, ineluctablemente, pues me quedo con ese colegio, con ese Royal Grammar School. Me sirve.

Antaño me hubiera sido relativamente fácil (talvez) incluir en ese "mi colegio" ciertos directivos del mismo centro, personajes salidos de algún esbozo dickensiano, caricaturas andantes, con esas largas capas negras ondeando al viento como córvidos de humo y papel, con esa afán insaciable de frustrar sueños y torcer personalidades. Ahora ya no alcanzo. Creo grandemente que las personas son producto de su entorno ("grandemente" aquí significa "no totalmente, pero más que tú") y por tanto, el hecho de trabajar diariamente a unos mil metros por debajo de la superficie de la normalidad, en una mina de acné, lleno de distorsionados garabatos de entrepiernas femeninas realizados con esfero sobre madera vieja barnizada, a mí me parece que justifica que uno sea un poco infernal y un poco reptiliano. Perdonar puede ser vicio de gente vaga, pero soy gente vaga, qué pasa.

Pero no quería hablar de eso.

Bueno, sí quería, pero a modo de lead-in, y el problema de mis lead-ins suele ser que mi mala memoria los convierte siempre en lead-nowheres. Es decir, en mi artículo ideal, que nunca escribí, empezaría hablando de una cosa para terminar hablando de otra, y la relación entre esas dos cosas sería fuente tanto de iluminación como de Jewish Aunts (q.v.) por parte del lector, y la profundidad de mi pensamiento sería medible por la distancia entre ambas. Lo que sucede siempre es que empiezo con una idea clara de la relación (alambicada y fugaz) entre los conceptos, pero cuando llega el momento de la transición, ya me olvidé. Debería haberlo apuntado en alguna parte, pero ¿qué escritor digno del nombre apunta cosas en alguna parte?

También me pierdo al salir de los edificios. Entro orientado y salgo desorientado. Soy ese viejo ridículo.

No viene al caso, pero lo que ya fue seña identificadora, en mi caso, se agrava con la enfermedad. Estoy en tal fase de degeneración pulmonar que el esfuerzo de buscar mentalmente un sinónimo me resta tanto oxígeno del cuerpo que siento hormigueo en dedos y piernas. Es en serio. No doy mucho más de mí.

Y eso nos lleva (ahora sí, nos lleva) al artículo de Smart Junior, Concretamente, a esto:

Yeats diría que “ningún hombre puede crear como lo hicieron Shakespeare, Homero o Sófocles, si no cree con toda su sangre y su coraje que el alma humana es inmortal”.

Cuando Yeats dijo eso, probablemente se encontraba delante de una de esas ceremonias de bachillerización (me solidarizo), uno de esos arrefices de ojos vidriosos y disimulados bostezos. Es un pensamiento para bachilleres, decididamente, perfecto para discursos. No significa realmente gran cosa: es una de esas mentiras piadosas con que los mayores les robamos a los jóvenes algo de su juventud. Sabemos ya, con absoluta certeza (o.n.o.), que la raza humana (por ende, su "alma") no pervivirá siempre en el tiempo, que detrás de nosotros viene ese barco, ese gran silencio. Aunque consigamos bachillerizarnos de este dilapidado planeta y graduarnos a Proxima Centauri, o algún otro sistema solar cercano, lo cual veo poco probable, igual viene la Galaxia de Andromeda, cual Testigo de Jehová barrial, a terminar con nuestra recién ganada tranquilidad, y la posibilidad de salvarnos de eso la cierran para siempre jamás las mismas ecuaciones de la física, que imponen límites sensatos a la velocidad de los cuerpos supra-atómicos, a menos que seas Trekkie irredento. Que todo se acaba, tarde o temprano, es tal vez la afirmación más segura y concluyente que nuestra mente sea capaz de formular. (La mía, por lo menos. Caveat emptor.)

Lo que Yeats sí diría, y de hecho dijo a través de su obra completa, es que si uno no se rebela ante eso, ante ese todo se acaba, entonces difícilmente entra en la categoría de humano. Que algunos se rebelen intelectualmente, creando paraísos y místicas eternidades de joropos celestiales, que se sostienen mejor sobre el papel o el lienzo que en la mente, no es de extrañar: pero ése no es ni de lejos la única forma de rebelión posible, Algunos habitan una isla de Innisfree que en la imaginación nunca fue colonizada por Burger King. Otros se rebelan ante la necesaria limitación de un yo empobrecido y desamparado, alquilando un Hyundai Terracan y embistiendo contra transeúntes, al grito de "prohibido a otros gozar de la felicidad que a mí me fue negada" (eso en árabe se dice Allahu Akbar). Y otro, tal fuera mi caso, se limita a construir en una playa desierta el mejor castillo de arena que puede, a edificar torres, a poner banderas, aun cuando la marea ya le circunda y la ridiculez le socava, Es decir, cumple con su propia naturaleza y su destino genético a pesar de los pesares, a pesar de de senectud y de la SENESCYT y de todo mismo. Es lo que toca.

Lo que pasa es que la palabra rebelión a algunos les suena a generación hippie, y a otros, netamente a pérdida. Siempre me ha resultado llamativo ese miedo a perder que ostenta la generación actual. la de los Smart Juniors con su Smart Juniosity. Este blog no es otra cosa que una apologia pro vita sua de un perdedor, que se reconoce como tal y pretende hasta cierto punto destilar la experiencia de todo perdedor que aun no ha encontrado dialecto. Me siento cómodo con esta etiqueta, tanto, que hasta cierto alivio me da el saber que también están perdidas de antemano (desde esta trinchera, y de acuerdo con los sondeos) las elecciones que se aproximan. El de los ganadores siempre ha sido para mí un país extranjero. No conozco sus costumbres ni sabría cómo actuar ahí.

Para Smart, que da señales de habitar ese mundo de ganadores, el arte necesita justificarse, pues en ese mundo compite con la ingeniería y los negocios por la atención tanto del consumidor como del productor, no digamos del inversor. No me queda claro por qué recurre a Flannery O'Connor para dar esa respuesta que igual hubiera encontrado en Theophile Gautier o debajo del simpático león de la MGM, pero en fin: da esa respuesta, que es la más cómoda (el arte por el arte, es un fin en sí mismo) sólo para contradecirse en seguida, pues según él, el arte encuentra su justificación en la medida que "revive la realidad", o cierta realidad por lo menos, aquélla que se nos recomienda por lo que tiene "de misterio, de belleza, de regalo". Séase, justificación hedónica. Será señal de los tiempos que por lo menos esa justificación me resulta más simpática que la que se da allá en el otro canal, donde el arte no es nada si no es panegírico del gobierno de la Revolución (McMeaty! McThick!) con fines sociales y progresificantes, pero insisto; entras en ese juego, el de la justificación, y ya pierdes de antemano. En lugar de ello (ya se me fue el tiempo, así que muy resumidamente): se reconoce al artista precisamente por esta seña: hace arte porque es su naturaleza, igual que lo es de la abeja hacer miel. No puede menos, por difícil y jodido que le resulta. Y si hace arte, de seguro que apenas escarbando en la superficie de su curriculum te encontrarás con algún tipo, alguna modalidad de perdedor. Los ganadores no crean; pueden (a veces) "innovar", pero no crean. El mundo del arte es un oscuro submundo de perdedores, algunos grotescos (Wagner, Pound), otros no tanto (Bukowski, Goya). Siempre lo fue y siempre lo será. En lugar de justificarse, lo suyo es pelear cada palmo de tierra por el siempre cuestionado derecho a existir, con las armas que se encuentren más a mano y robándole horas a la noche y años de cotización al seguro social.

Lo del título. En cierto momento, que fue por lo visto antes de mi nacimiento, porque crecí bajo su sombra, el Arte (así, con letra mayúscula: ojo con las mayúsculas) fue apropiado por el temible gremio de la Crítica, esa gentuza desalmada con mentalidad bursátil, que insistió en crear con él (sin crear nada, claro está) lo que hoy se conoce como el Cánon, es decir, esa triste tabla de liga y cotización, o si prefieres, la letanía de los santos de una inapelable ortodoxia, que si dudas de su existencia se revela nada menos que en el propio artículo de Smart, o por lo menos, en la reacción de muchos de sus (sin duda) centenares o miles de lectores. Me refiero a esos lectores que sin haberse jamás estremecido con un cuadro de Van Gogh (tal es mi caso: nunca le encontré el qué, tal vez porque su trastorno visual y el mío están a extremos opuestos del espectro, qué sé yo) asienten fácilmente ante ese "Qué grande", no por capacidad de reconocer esa grandeza, tampoco porque Smart lo dice, sino porque "se dice".  Y lo mismo con Shakespeare, Homero o el Sófocles ése de los Tésticles. El Cánon es lo que permite que presos de sordera tonal acierten con el programa del concierto, los anósmicos con el perfume, etcétera, todo ello en aras de volver respetable, "cotizable" a ese Arte que a los perdedores se les roba a fin de venderla a ocho dólares la jarra a una clientela ociosa y presa de un lánguido hastío necesitado de "entretenimiento".

Y si no recargo y redisparo, es porque ya no hace falta: afortunadamente, de la tarea de desmantelar al Cánon ya se encargó una fuerza mucho más poderosa que la que pueden encerrar estas razones: el Internet. Sin él, tal vez la Crítica nos siguiera vendiendo exitosamente la ficción de que aun vivimos en un mundo pequeño, con un miserable centenar o millar de escritores "que valen la pena", casi todos ellos blancos, barbudos y muertos: ese mundo tan bien descrito por los novelistas decimonónicos, en donde resulta que, en el último capítulo, todo el mundo es el progenitor o el hijo perdido de todo el mundo, donde una mujer que ha "perdido su reputación" (juas juas) tiene que migrar a Francia para no ser reconocida en la calle, en lugar de migrar desde Sauces II a Vergeles que es lo que hoy tocaría. Siempre me maravillo de eso, de que la gente no se da cuenta de esa explosión demográfica que significa que, de todos los seres humanos que jamás hayan existido sobre la Tierra, 1 de cada 20 está viviendo ahorita: lo que a su vez proporciona la cuasi total seguridad de que tenemos a unos cuantos Shakespeares, Homeros o Sófocles delante de nosotros en la cola de Mi Comisariato cada vez que vamos de compras, para empezar, y que si bien pocos van a tener página de Facebook, en algún lugar de la red de redes los vas a encontrar si sabes dónde buscar y bajo qué señas. Te daré una; ninguno estará en el Cánon, y probablemente ninguno quiere estar ahí, porque saben que el Cánon está destinado a perecer antes que ellos mismos, por obsoleto y por inútil e incasable con la nueva cultura de la no escasez que trae, sorpresivamente, el temido debacle malthusiano.

Lo cual, y no me cansaré de decirlo, te obliga a dejar de lado la pereza y la conveniencia de fiarse de "los expertos", y dedicarte a tener una idea. Tú, Tú mismo. Una idea. ¿Qué hay de gracioso en eso?

Finalmente: me resultó tierno el orgullo con el que Smart, Jr, nos regala su mejor descripción cuentística:

En el cuento, el protagonista ve un cintillo que le evoca un momento: “Cintillo morado. Y latió su corazón con brío. Unos cabellos castaños rizados que olían a lila y jugaban con el viento, como una balletista delicada y coqueta. Su nariz, pequeña y redonda, acantilado infranqueable, donde inexorablemente depositaba sus labios. Y sus ojos: inefables. Dos copas de vino; vino joven, aunque complejo: amargo y serio al inicio, dulce y suave al final. Así era Fiorella”.

Sobra decir que el exótico personaje que este párrafo me induce a imaginar (ojos beodos, de finas venas bermejas, nariz rocosa y accidentada, labio superior cubierto de un sedimento o depósito verdoso de incierta composición) no es, con toda probabilidad, la que imaginó el escritor. Eso no importa: como dije en otro lugar y como apunta Orwell, la ficción es probablemente el medio menos idóneo que existe para describir caras de personas (ponte a imaginar lo que sería si la Policía empleara a novelistas para sus carteles de los más buscados), o por lo menos cede consensualmente ante una buena fotografía, Lo más preocupante es que el autor fracasa en el intento de hacerme partícipe de una "realidad" (como él mismo dice y pretende) más misteriosa, bella y gozosa que la realidad de mi sin duda excesivo literalismo y apego a cierto insalubre cubismo fisonómico. Conmigo fracasa: con otro lector seguramente acierta. No se puede construir jerarquías sobre eso. Dos mundos, un millón de mundos, todos con derecho a existir y ninguno con derecho de legislar sobre cualquier otro: con eso me conformo. Nos veremos tras la próxima pérdida.


Tuesday, February 21, 2017

Pero...

Ajj.

Tuve que cumplir cincuenta y pico años para darme cuenta, repentinamente, de algo tan obvio como que la gente, por lo general, cree acerca de ti lo que tú decides contarles, en toda su esplendorosa literalidad. No sé por qué se me ha escapado hasta hace poco ese detalle psicológico, de tan extrema importancia en todo lo que atañe al éxito social.

Bueno, sí sé, o por lo menos sospecho: han sido las novelas. Si hay una cosa en que toda la ficción canónica concuerda, es que las personas nunca dicen la verdad. Ni siquiera cuando se proponen hacerlo, les sale redondo. Eso es lo que pasa en las novelas. Gran parte del goce de la narración occidental consiste en contrastar, como lector, lo que el personaje (o en su caso, el narrador) balbucea con lo que sabemos que es cierto por otros medios. Y si uno ha tenido la mala suerte de empezar su carrera de lector, en la temprana adolescencia, con la novela decimonónica, con los Dickens y Balzac y Stendhal y George Eliot, entonces corre el gran riesgo de que le suceda lo que a mí, que empezará, ya en la juventud, a ver a la gente en su alrededor a través de unas lentes novelescas. Dará por supuesto que detrás de toda pequeña afirmación que sale de boca ajena hay una gran verdad escondida (tal vez disimulada) por lo menos en un 90%. Dará igualmente por supuesto que en todo lo que ellos cuentan de sí hay algo de circunstancia literal, algo de intencionalidad y de cálculo, y un mucho de confesión sentimental involuntaria. Le parecerá obvio que hasta una frase tan sencilla como "Tengo sueño" o "no sé nada" pide a gritos ser interpretada, tanto como si fuera la Biblia y uno teólogo. Puede ser verdad o no, pero lo importante no es eso, sino el por qué lo dijo, y qué mensaje secreto encierra. También le parecerá obvio que una persona no es algo que se puede plasmar, digamos, en unos escuetos versos (al poeta, notoriamente, las personalidades, menos la propia, se la sudan) sino que es algo tan complejo que siquiera a través de 600 páginas difícilmente dejará entrever su alma a menos que el autor sea un genio. Así, de forma muy incompleta, resumo para ustedes lo que bien pudiera llamarse, aplicada a la psique humana, una deformación literaria.

Si la señal de una cultura empapada de ficción es eso, es la creencia generalizada y compartida de que la cautelosa interpretación es el denso y vidrioso medio por el cual pueden acercarse (mas nunca tocarse) las subjetividades, entonces la señal opuesta, la de la cultura desnovelizada, sería lo que yo encuentro aquí, en Ecuador, desde hace 12 años (y contando) y no deja de asombrarme, esa ¿supersticiosa? creencia en la verdad efable, única y creadora de consensos bendecidos. Dicho de otro modo: esa idea extraordinaria, revolucionaria para mí, de que quien no dice la verdad está mintiendo. Y no digo esto con ánimo de provocar, sino porque realmente me chocó profundamente a los pocos días de aterrizar en este país, hasta el punto de que recuerdo haber tenido la misma conversación una media docena de veces (para mí eso es mucho) con diferentes personas, sobre el significado local del verbo mentir. Para mí, la mentira siempre ha sido una categoría legal, jurídica si se quiere, y a más de eso (reconozcámoslo) el rutinario defecto que todas las mujeres achacan, desde siempre, a todos los hombres, con esa complacencia que permite el saberse mentirosas en un nivel muy superior en cuanto a lo indetectable. En fin, es un término digamos que técnico, y aplicarlo a la vida cotidiana, en la que incluyo los exabruptos de los políticos, demuestra para mí una penosa rigidez de pensamiento, por decir lo menos. Sin embargo, para intentar darme a entender sobre el tema (cosa que hasta la fecha no he conseguido) lo suelo simplificar así: ¿es cierto que el castellano ecuatoriano no distingue entre decir una mentira sabiendo que es mentira (lo que para mí suena a redundancia, y también un poco a avaro tonto a la par de astuto en una novela de Balzac) y decir algo que no es completamente cierto pensando que sí lo es, o por lo menos que lo es suficientemente, que es lo que nos sucede a todo el mundo durante prácticamente toda nuestra existencia, salvo casos aislados y jurídicamente tentadores?

Y es que mentir, en el sentido que yo lo entiendo, es algo que sólo hacen los tontos, los niños, los maridos infieles y los que tienen horario laboral fijo y jefe incomprensivo. Fuera de eso, la cosa se llama exagerar, equivocarse, olvidar, o en la mayoría de los casos, y aquí entrarían los políticos, dejarse llevar por la emoción. Mentir es una palabra muy fea para describir a algo que todos hacemos prácticamente cada vez que se nos ocurre abrir la boca.

Esa promesa de Lasso, por ejemplo, de "generar" un millón de empleos en tan sólo 4 años: si soy economista y consigo demostrar que tal cosa no se va a cumplir, tal vez por ser netamente imposible, ¿habré demostrado con eso que Lasso miente? A mí me parece que no, pues lo más probable es que el tipo medio se lo cree: por lo menos, se lo cree lo suficiente para poder dormir tranquilo. Es posible que pertenezca a esa raza de personas que creen que en el futuro, por llamarse futuro, absolutamente todo es posible, por lo que las categorías promesa y mentira se repelen mútuamente: a la hora de prometer cosas, toda promesa es válida mientras haya buena intención detrás. Quien dice un millón de empleos muy bien pudiera también prometer un millón de escuelas o de medallas olímpicas, así puestas las cosas: si no se cumple siempre estaremos a tiempo para buscar un culpable.

Vistas así las cosas, el problema no es que Lasso (o cualquier otro político, el de tu elección) mienta. Exigir que digan la verdad, sobre todo la verdad de cosas que ignoran, incluyendo en esa categoría el futuro en su plenitud, me parece algo infantil. El problema está en otro nivel. En parte, el problema está en el simple hecho de que un candidato a Presidente se considere obligado a prometer cosas. Ahí, en esa misma palabra "prometer", se concentra la debilidad, la inicuidad del sistema, a más de una gran dosis de ridiculez (¿por qué demonios tendríamos que hacerles caso a promesas hechas por desconocidos, sin mecanismo jurídico alguno que permita resarcimiento ante un eventual incumplimiento? ¿Así de tontos lucimos el pueblo?). Cómo lo explico... es como si, como profesor, me sintiera obligado a "prometer" a mis estudiantes una determinada calificación al final de curso. Si te prometo que sacarás un 8, sin tener en cuenta ninguna variable externa, estoy diciendo que tu calificación depende de mí, de mi omnipotencia y generosidad, y no de ti, de tu esfuerzo: es lo que ningún profesor nunca te dirá. Lo que sí pudiera prometer, en conciencia y en teoría, es que me esforzaré en facilitar tu aprendizaje todo lo que puedo; pero en la práctica, ningún profesor te dirá eso, tampoco, porque es algo que se sobreentiende. Entonces, siguiendo con la analogía, me apasionarán las elecciones cuando llegue ese día en que, primero, al político se le suponga laboriosidad, buena voluntad, conciencia y escrúpulos, sin que diga nada al respecto: y en segundo lugar, cuando en lugar de prometer, se le ocurra explicar tranquila y razonadamente sus supuestos ideológicos, su modo de proceder y de resolver problemas, y aquellas pocas cosas cuyo cabal cumplimiento se puede razonablemente prever sin apelar a demasiadas variables externas.

Como, por ejemplo, la voluntad de derogar esa nefasta Ley de Comunicación instaurada por el correismo.

Es por eso, y solamente eso, que voté y votaré por Lasso: porque si bien mi situación económica depende exclusivamente de mí, el no tener que esperar patadas uniformadas en la puerta a medianoche depende, por ahora, de quien salga triunfante en estas elecciones.

Es decir: ante el autoritarismo crudo y veleidades fachas, hasta el tonto del pueblo luce respetable.

Por lo demás, no tengo grandes esperanzas. Sale Moreno, y me consuelo fácilmente pensando que tal vez hacía falta llegar donde Venezuela para que esta generación salga lo suficientemente escaldada como para no soportar más experimentos del mismo tipo. Tal vez haya que sufrir más para vencer el bacilo. El tiempo lo dirá. Sufrir siempre ha sido lo mío, en cierta medida. (Crecí con Thatcher.)

Volviendo entonces al tema: ¿por qué digo que la gente cree, salvo casos aislados, lo que cuentas sobre ti?

Lo digo porque toda la vida he jugado (equivocadamente, ahora me doy cuenta) con lo que algunos han dado en llamar reverse psychology, o en otra de sus vertientes falsa modestia. Este último término ha de interpretarse a la luz de lo anterior, es decir, no creo que pueda decirse de una persona que se autobasuree, ni que miente ni que dice la verdad, pues la categoría verdad luce irrelevante en estas cuestiones. Si por ejemplo me disculpo por una imaginaria falta, esperando que el otro me responda "no, usted no ha hecho nada malo, he sido yo" (y creyendo que tal protesta estaría plenamente justificada si lo dijera) el problema no está en que mis palabras no concuerdan con mi pensamiento, sino en que, sin darme cuenta, estoy animando al otro a considerarme culpable. Es decir, estoy sobrevalorando enormemente su objetividad, su capacidad para interpretar novelísticamente mis palabras, contrastándolas con una supuesta realidad asequible por otros medios. Si eres tan tonto como yo, aprende de una vez, te lo digo desde la rezagada y parcial sabiduría que concede a ratos la extrema decrepitud: no esperes que los demás saquen virtudes de tus modestias: si te disculpas, supondrán que es con motivo. A los ojos de la mayoría, toda modestia es una modestia merecida. Recuérdalo siempre.