Tuesday, February 21, 2017

Pero...

Ajj.

Tuve que cumplir cincuenta y pico años para darme cuenta, repentinamente, de algo tan obvio como que la gente, por lo general, cree acerca de ti lo que tú decides contarles, en toda su esplendorosa literalidad. No sé por qué se me ha escapado hasta hace poco ese detalle psicológico, de tan extrema importancia en todo lo que atañe al éxito social.

Bueno, sí sé, o por lo menos sospecho: han sido las novelas. Si hay una cosa en que toda la ficción canónica concuerda, es que las personas nunca dicen la verdad. Ni siquiera cuando se proponen hacerlo, les sale redondo. Eso es lo que pasa en las novelas. Gran parte del goce de la narración occidental consiste en contrastar, como lector, lo que el personaje (o en su caso, el narrador) balbucea con lo que sabemos que es cierto por otros medios. Y si uno ha tenido la mala suerte de empezar su carrera de lector, en la temprana adolescencia, con la novela decimonónica, con los Dickens y Balzac y Stendhal y George Eliot, entonces corre el gran riesgo de que le suceda lo que a mí, que empezará, ya en la juventud, a ver a la gente en su alrededor a través de unas lentes novelescas. Dará por supuesto que detrás de toda pequeña afirmación que sale de boca ajena hay una gran verdad escondida (tal vez disimulada) por lo menos en un 90%. Dará igualmente por supuesto que en todo lo que ellos cuentan de sí hay algo de circunstancia literal, algo de intencionalidad y de cálculo, y un mucho de confesión sentimental involuntaria. Le parecerá obvio que hasta una frase tan sencilla como "Tengo sueño" o "no sé nada" pide a gritos ser interpretada, tanto como si fuera la Biblia y uno teólogo. Puede ser verdad o no, pero lo importante no es eso, sino el por qué lo dijo, y qué mensaje secreto encierra. También le parecerá obvio que una persona no es algo que se puede plasmar, digamos, en unos escuetos versos (al poeta, notoriamente, las personalidades, menos la propia, se la sudan) sino que es algo tan complejo que siquiera a través de 600 páginas difícilmente dejará entrever su alma a menos que el autor sea un genio. Así, de forma muy incompleta, resumo para ustedes lo que bien pudiera llamarse, aplicada a la psique humana, una deformación literaria.

Si la señal de una cultura empapada de ficción es eso, es la creencia generalizada y compartida de que la cautelosa interpretación es el denso y vidrioso medio por el cual pueden acercarse (mas nunca tocarse) las subjetividades, entonces la señal opuesta, la de la cultura desnovelizada, sería lo que yo encuentro aquí, en Ecuador, desde hace 12 años (y contando) y no deja de asombrarme, esa ¿supersticiosa? creencia en la verdad efable, única y creadora de consensos bendecidos. Dicho de otro modo: esa idea extraordinaria, revolucionaria para mí, de que quien no dice la verdad está mintiendo. Y no digo esto con ánimo de provocar, sino porque realmente me chocó profundamente a los pocos días de aterrizar en este país, hasta el punto de que recuerdo haber tenido la misma conversación una media docena de veces (para mí eso es mucho) con diferentes personas, sobre el significado local del verbo mentir. Para mí, la mentira siempre ha sido una categoría legal, jurídica si se quiere, y a más de eso (reconozcámoslo) el rutinario defecto que todas las mujeres achacan, desde siempre, a todos los hombres, con esa complacencia que permite el saberse mentirosas en un nivel muy superior en cuanto a lo indetectable. En fin, es un término digamos que técnico, y aplicarlo a la vida cotidiana, en la que incluyo los exabruptos de los políticos, demuestra para mí una penosa rigidez de pensamiento, por decir lo menos. Sin embargo, para intentar darme a entender sobre el tema (cosa que hasta la fecha no he conseguido) lo suelo simplificar así: ¿es cierto que el castellano ecuatoriano no distingue entre decir una mentira sabiendo que es mentira (lo que para mí suena a redundancia, y también un poco a avaro tonto a la par de astuto en una novela de Balzac) y decir algo que no es completamente cierto pensando que sí lo es, o por lo menos que lo es suficientemente, que es lo que nos sucede a todo el mundo durante prácticamente toda nuestra existencia, salvo casos aislados y jurídicamente tentadores?

Y es que mentir, en el sentido que yo lo entiendo, es algo que sólo hacen los tontos, los niños, los maridos infieles y los que tienen horario laboral fijo y jefe incomprensivo. Fuera de eso, la cosa se llama exagerar, equivocarse, olvidar, o en la mayoría de los casos, y aquí entrarían los políticos, dejarse llevar por la emoción. Mentir es una palabra muy fea para describir a algo que todos hacemos prácticamente cada vez que se nos ocurre abrir la boca.

Esa promesa de Lasso, por ejemplo, de "generar" un millón de empleos en tan sólo 4 años: si soy economista y consigo demostrar que tal cosa no se va a cumplir, tal vez por ser netamente imposible, ¿habré demostrado con eso que Lasso miente? A mí me parece que no, pues lo más probable es que el tipo medio se lo cree: por lo menos, se lo cree lo suficiente para poder dormir tranquilo. Es posible que pertenezca a esa raza de personas que creen que en el futuro, por llamarse futuro, absolutamente todo es posible, por lo que las categorías promesa y mentira se repelen mútuamente: a la hora de prometer cosas, toda promesa es válida mientras haya buena intención detrás. Quien dice un millón de empleos muy bien pudiera también prometer un millón de escuelas o de medallas olímpicas, así puestas las cosas: si no se cumple siempre estaremos a tiempo para buscar un culpable.

Vistas así las cosas, el problema no es que Lasso (o cualquier otro político, el de tu elección) mienta. Exigir que digan la verdad, sobre todo la verdad de cosas que ignoran, incluyendo en esa categoría el futuro en su plenitud, me parece algo infantil. El problema está en otro nivel. En parte, el problema está en el simple hecho de que un candidato a Presidente se considere obligado a prometer cosas. Ahí, en esa misma palabra "prometer", se concentra la debilidad, la inicuidad del sistema, a más de una gran dosis de ridiculez (¿por qué demonios tendríamos que hacerles caso a promesas hechas por desconocidos, sin mecanismo jurídico alguno que permita resarcimiento ante un eventual incumplimiento? ¿Así de tontos lucimos el pueblo?). Cómo lo explico... es como si, como profesor, me sintiera obligado a "prometer" a mis estudiantes una determinada calificación al final de curso. Si te prometo que sacarás un 8, sin tener en cuenta ninguna variable externa, estoy diciendo que tu calificación depende de mí, de mi omnipotencia y generosidad, y no de ti, de tu esfuerzo: es lo que ningún profesor nunca te dirá. Lo que sí pudiera prometer, en conciencia y en teoría, es que me esforzaré en facilitar tu aprendizaje todo lo que puedo; pero en la práctica, ningún profesor te dirá eso, tampoco, porque es algo que se sobreentiende. Entonces, siguiendo con la analogía, me apasionarán las elecciones cuando llegue ese día en que, primero, al político se le suponga laboriosidad, buena voluntad, conciencia y escrúpulos, sin que diga nada al respecto: y en segundo lugar, cuando en lugar de prometer, se le ocurra explicar tranquila y razonadamente sus supuestos ideológicos, su modo de proceder y de resolver problemas, y aquellas pocas cosas cuyo cabal cumplimiento se puede razonablemente prever sin apelar a demasiadas variables externas.

Como, por ejemplo, la voluntad de derogar esa nefasta Ley de Comunicación instaurada por el correismo.

Es por eso, y solamente eso, que voté y votaré por Lasso: porque si bien mi situación económica depende exclusivamente de mí, el no tener que esperar patadas uniformadas en la puerta a medianoche depende, por ahora, de quien salga triunfante en estas elecciones.

Es decir: ante el autoritarismo crudo y veleidades fachas, hasta el tonto del pueblo luce respetable.

Por lo demás, no tengo grandes esperanzas. Sale Moreno, y me consuelo fácilmente pensando que tal vez hacía falta llegar donde Venezuela para que esta generación salga lo suficientemente escaldada como para no soportar más experimentos del mismo tipo. Tal vez haya que sufrir más para vencer el bacilo. El tiempo lo dirá. Sufrir siempre ha sido lo mío, en cierta medida. (Crecí con Thatcher.)

Volviendo entonces al tema: ¿por qué digo que la gente cree, salvo casos aislados, lo que cuentas sobre ti?

Lo digo porque toda la vida he jugado (equivocadamente, ahora me doy cuenta) con lo que algunos han dado en llamar reverse psychology, o en otra de sus vertientes falsa modestia. Este último término ha de interpretarse a la luz de lo anterior, es decir, no creo que pueda decirse de una persona que se autobasuree, ni que miente ni que dice la verdad, pues la categoría verdad luce irrelevante en estas cuestiones. Si por ejemplo me disculpo por una imaginaria falta, esperando que el otro me responda "no, usted no ha hecho nada malo, he sido yo" (y creyendo que tal protesta estaría plenamente justificada si lo dijera) el problema no está en que mis palabras no concuerdan con mi pensamiento, sino en que, sin darme cuenta, estoy animando al otro a considerarme culpable. Es decir, estoy sobrevalorando enormemente su objetividad, su capacidad para interpretar novelísticamente mis palabras, contrastándolas con una supuesta realidad asequible por otros medios. Si eres tan tonto como yo, aprende de una vez, te lo digo desde la rezagada y parcial sabiduría que concede a ratos la extrema decrepitud: no esperes que los demás saquen virtudes de tus modestias: si te disculpas, supondrán que es con motivo. A los ojos de la mayoría, toda modestia es una modestia merecida. Recuérdalo siempre.