Friday, March 31, 2017

Complejidad, Neotenia y Sacralizacion

Ja. Mastodonte de título para intelectuales, ¿verdad? No, aquí no hay ningún intelectual, sólo soy yo, el pendejo de siempre. Tranquilos. Y un sentido tant pis para los que vinieron queriendo intelectualizarse. Oye, allá en el otro canal, si se dan prisa, hay una sueca a punto de quitarse el sostén. Digo nomás.

Complejidad. Yo aun me acuerdo de ese veranillo de San Martín de mis mocedades en que a veces se me daba por mirar anuncios "de corazón" en el Internet. Una palabra recordé esta mañana: "descomplicada". "Soy una chica descomplicada", algunas decían (podría haber también "descomplicados" confesos, no sabría decirlo). Levanten la mano quienes sienten una especie de oscuro rechazo ante tal palabra, al punto de perder todas las ganas de ver la foto. Bien: ya lo pensaba. Asi que tendré que explicarme.

A veces siento algún fugaz deseo de ser una persona descomplicada. Veo que el mundo, sobre todo la sociedad, está hecho por y para los descomplicados. Ser descomplicado te permite, entre otras cosas, tomar decisiones con tino y rapidez. Te permite evaluar los motivos ajenos, asintiendo ante las evidencias, creando un adecuado y servicial Photofit del otro, sin tener esa desesperante sensación de que "tiene que haber algo más", porque lo que se ve es demasiado simple. Podría extenderme sobre las supuestas bondades de la descomplicación, pero ¿para qué? No me voy a convencer a mí mismo ni a ese hipotético lector capaz de seguirme hasta aquí. Es inútil. El deseo de ser descomplicado me dura lo mismo que el de ser lobotomizado. Y se apaga por la misma razón.

De hecho, ahora que pienso, para mí "descomplicada" y "lobotomizada" son sinónimos exactos en todo menos aquello del registro. ¿Tú saldrías con una chica lobotomizada? ¿La llevarías a la cama? Claro que no: va contra tus principios. Sería tanto (y tan poco) como hacerse un julianassange. Veo que ahora nos estamos entendiendo.

La complicación psíquica (que algunos insistirán es eufemismo nomás, por "trastorno" o algo colindante con trastorno, ahí no me meto, los autodiagnósticos en todo caso valen verga) es una carga, es una maldición, es un bloody nuisance, pero sólo en el mismo sentido en que ser humano es todo eso y más. Es desagradable estar encadenado en una roca y que las águilas te coman eternamente el hígado. Pruébenlo y me darán la razón. Pero es lo que toca: y ante la perspectiva de perder ese torcedura necesaria, ese pecado capital que te define, ese Brighton Rock del alma, te rebelas. Si el cielo cristiano, o el buen vivir correista si prefieres, es una inmensa nube poblada por Stepford Wives y Stepford Husbands, abriendo y cerrando anaqueles de cocina como quien dice "loas y alabanzas al Altísimo, y al Vicealtísimo cincuenta por ciento de lo mismo" para siempre jamás, prefieres estar con el Satanás ése al igual que Milton y Blake, y ¿quién te puede culpar de ello?

Lo que me hace pensar (puedo estar inmensamente equivocado, como en todo) que por alguna ley de la naturaleza, tal vez sea de la química, la complejidad lucha por conservarse. No necesita razones por hacerlo. A veces tiene razones de mucho peso por no hacerlo, pero no puede menos.

Hace décadas que Dawkins demostró que la última y exclusiva finalidad de todo ser humano, al igual que toda criatura viviente, es reproducir el material genético del cual somos simples portadores. Algunos aún no se dan por aludidos. Es lógico. Digo "finalidad" y enseguida me caen encima los religiosos, los profesionales en eso de dirimir teleologías amén de teologías, para "informarme" (es un decir) que vivir para reproducirse es inhumano... y no puedo sino darles la razón. Tan cierto es que nuestro cerebro evolucionó para satisfacer la mencionada Primera Directiva, como que dicho cerebro, por naturaleza propia, es incapaz de someterse a esa misma directiva, sino que insiste en crear otras metas que nada tienen que ver con ella. La rebelión, entonces, está inscrita en nuestro propio ser. No se puede ser humano (humano deslobotomizado, vale precisar) sin ser rebelde.

Si no eres descomplicada, se te nota en la mirada. No hace falta que digas nada.

Neotenia. Se lo debo a la Straughan, que me ilustró en ese tema, insospechado por mí hasta que vi el video. La hipótesis (desde mi punto de vista) no tiene que ver tanto con el detalle del proceso evolucionario, sino con la presunta herencia psicológica que cargamos, respecto a eso de la diferencia sexual. La teoría (tal como lo entiendo) propone lo siguiente:

El animal (mamífero, por lo menos) por instinto ve al crío (recién nacido o por lo menos en etapa juvenil) como un ser indefenso al que hay que alimentar y proteger. (Lo ve "cute".) En cambio, al adulto (por defecto, y a menos que se identifique como miembro de la tribu) lo ve como peligro, como competidor o rival.

Una especie con una gestación tan larga, un parto tan peligroso y una infancia tan prolongada como la nuestra requiere, para sobrevivir, de que tanto la madre como los críos gocen de cierto grado de protección y de cooperación de parte de la tribu o de la pareja, o ambos. Por tanto, el proceso evolutivo seleccionó a las mutaciones donde la hembra exhibiera cierto grado de neotenia, es decir, se pareciera lo suficiente a un crío, aun siendo adulta, para suscitar en otros (de ambos sexos) ese instinto de protección que le facilitara la supervivencia y la exitosa reproducción, sin mermar demasiado sus propias capacidades de autodefensa y autoayuda.

Bajo esta óptica, muchas (no todas evidentemente) de aquellas características que distinguen a la mujer del hombre son también características de la etapa juvenil del mamífero. Ausencia de vello corporal, estatura levemente reducida, estructura ósea facial menos desarrollada, y el resto del largo etcétera lo encuentras en Straughan. Y aquí viene lo importante:

Una actitud sexista, por común acuerdo, es la que desestima en una mujer, supuestamente por razón de género, su "agency", el término preferido por Straughan, es decir, su capacidad para actuar libremente, para decidir, para responsabilizarse como individuo, al tiempo que gustosamente otorga al hombre dicha facultad. La otra cara de la moneda: tal modo de infantilizar a la mujer también le proporciona (siempre lo ha hecho) diversas ventajas (privilegios, si quieres) en el sentido de que goza de protección y apoyo material de parte de otros, y de "la sociedad", mientras al hombre se le considera tan responsable de su propia suerte que donde fracasa, pierde, sufre, es aplastado, a nadie se le ocurre culpar de ello a "la sociedad": la culpa de todo la tiene él mismo. Dos cosas dice Straughan: primero, que tal actitud discriminatoria no es el invento de ningún oscuro "patriarcado", sino que la llevamos inscrita en nuestra herencia genética. Segundo, si nuestra misión como humanos es rebelarnos contra la genética, no lo vamos a hacer infantilizando aún más a la mujer, tal como lo hace el feminismo moderno estilo Emma Watson (HeForShe, el colmo de la infantilización, quién duda de ello), sino devolviendo a las personas su autonomía y su responsabilidad individual. En última instancia, desarmando pieza por pieza la maquinaria infantilizadora del Estado. Que toda persona, hombre o mujer, sea vista como único culpable de su propia suerte, buena o mala. De modo que los cucos quedan fuera.

A lo que yo sólo añadiría: y seamos comprensivos con las expresiones de nuestra herencia humana, al tiempo que educando a las personas para que reconozcan tal herencia, sean capaces de superarla, y no condenadas a repetir patrones seculares sin saber lo que hacen. Hay que aprender mejor qué significa ser humano, no tener al todavía sin eclosionar Human v. 2.0 (¡mejorado!) como punto de partida, como suelen hacer algunos ideólogos marxistizantes.

Hay más, pero me obligan a ir a una fiesta. Será otro día.

Saturday, March 25, 2017

Pateemos al Cánon

Ayer asistí a la ceremonia de bachillerización de mi hijastra. (Me urge decir, en algún lugar: la malvada hijastra, pero la realidad no da para tanto. Aún.) La semana que viene habrá fiesta y baile en conmemoración de lo mismo. Pasé esa aburridísima mañana de ayer en un irrelevante colegio pensando: esto es muy latino. Y luego corrigiéndome: no, los gringos del norte también hacen lo mismo. Ellos también celebran con fiesta y baile y hasta ceremonia la salida de la cárcel, con tal de que la cárcel en cuestión tenga el nombre eufemístico de High School. A modo de comparación nomás, para el lector no familiarizado con la cultura británica: el último día de clase me despedí de los compañeros usando un tono microscópicamente más exaltado que de costumbre; días, semanas más tarde (no recuerdo) uno tenía el deber de asistir al mismo centro penitenciario para los exámenes ("A Levels") de su particular especialidad, que en mi caso reunieron a pocos congéneres (los nostálgicos, los de Letras). Uno sale al final del examen, se congrega brevemente con dos o tres compañeros para intercambiar pareceres ("Complicada la pregunta 2, ¿verdad?") y luego cada uno se va para su casa en sendos autobuses rojos. ¿Fiesta? ¿Bromeas, verdad? Creo, no estoy seguro, que en algún momento habré mirado hacia atrás, hacia ese templo del acné, del tabú freudiano, de la soledad y del chuchaqui colonial, como la mujer de Lot, afortunadamente sin correr la misma suerte. De lo que estoy segurísimo es de que esa mirada, de haber existido, fue exenta de nostalgia y de cualquier tipo de humedad cineástica.

Y eso no ha cambiado. Es hasta curioso. Puedo sentirme nostálgico por casi todo, hasta por las peores épocas de mi vida, pero si me dan a vivir mi vida otra vez, a condición de tener que asistir a ese mismo colegio, a esa misma lóbrega cárcel de juventudes perdidas, pues no, gracias, me quedo como estoy, al borde de la muerte y del olvido. Gracias pero no.

Si hay que odiar algo en la vida, ineluctablemente, pues me quedo con ese colegio, con ese Royal Grammar School. Me sirve.

Antaño me hubiera sido relativamente fácil (talvez) incluir en ese "mi colegio" ciertos directivos del mismo centro, personajes salidos de algún esbozo dickensiano, caricaturas andantes, con esas largas capas negras ondeando al viento como córvidos de humo y papel, con esa afán insaciable de frustrar sueños y torcer personalidades. Ahora ya no alcanzo. Creo grandemente que las personas son producto de su entorno ("grandemente" aquí significa "no totalmente, pero más que tú") y por tanto, el hecho de trabajar diariamente a unos mil metros por debajo de la superficie de la normalidad, en una mina de acné, lleno de distorsionados garabatos de entrepiernas femeninas realizados con esfero sobre madera vieja barnizada, a mí me parece que justifica que uno sea un poco infernal y un poco reptiliano. Perdonar puede ser vicio de gente vaga, pero soy gente vaga, qué pasa.

Pero no quería hablar de eso.

Bueno, sí quería, pero a modo de lead-in, y el problema de mis lead-ins suele ser que mi mala memoria los convierte siempre en lead-nowheres. Es decir, en mi artículo ideal, que nunca escribí, empezaría hablando de una cosa para terminar hablando de otra, y la relación entre esas dos cosas sería fuente tanto de iluminación como de Jewish Aunts (q.v.) por parte del lector, y la profundidad de mi pensamiento sería medible por la distancia entre ambas. Lo que sucede siempre es que empiezo con una idea clara de la relación (alambicada y fugaz) entre los conceptos, pero cuando llega el momento de la transición, ya me olvidé. Debería haberlo apuntado en alguna parte, pero ¿qué escritor digno del nombre apunta cosas en alguna parte?

También me pierdo al salir de los edificios. Entro orientado y salgo desorientado. Soy ese viejo ridículo.

No viene al caso, pero lo que ya fue seña identificadora, en mi caso, se agrava con la enfermedad. Estoy en tal fase de degeneración pulmonar que el esfuerzo de buscar mentalmente un sinónimo me resta tanto oxígeno del cuerpo que siento hormigueo en dedos y piernas. Es en serio. No doy mucho más de mí.

Y eso nos lleva (ahora sí, nos lleva) al artículo de Smart Junior, Concretamente, a esto:

Yeats diría que “ningún hombre puede crear como lo hicieron Shakespeare, Homero o Sófocles, si no cree con toda su sangre y su coraje que el alma humana es inmortal”.

Cuando Yeats dijo eso, probablemente se encontraba delante de una de esas ceremonias de bachillerización (me solidarizo), uno de esos arrefices de ojos vidriosos y disimulados bostezos. Es un pensamiento para bachilleres, decididamente, perfecto para discursos. No significa realmente gran cosa: es una de esas mentiras piadosas con que los mayores les robamos a los jóvenes algo de su juventud. Sabemos ya, con absoluta certeza (o.n.o.), que la raza humana (por ende, su "alma") no pervivirá siempre en el tiempo, que detrás de nosotros viene ese barco, ese gran silencio. Aunque consigamos bachillerizarnos de este dilapidado planeta y graduarnos a Proxima Centauri, o algún otro sistema solar cercano, lo cual veo poco probable, igual viene la Galaxia de Andromeda, cual Testigo de Jehová barrial, a terminar con nuestra recién ganada tranquilidad, y la posibilidad de salvarnos de eso la cierran para siempre jamás las mismas ecuaciones de la física, que imponen límites sensatos a la velocidad de los cuerpos supra-atómicos, a menos que seas Trekkie irredento. Que todo se acaba, tarde o temprano, es tal vez la afirmación más segura y concluyente que nuestra mente sea capaz de formular. (La mía, por lo menos. Caveat emptor.)

Lo que Yeats sí diría, y de hecho dijo a través de su obra completa, es que si uno no se rebela ante eso, ante ese todo se acaba, entonces difícilmente entra en la categoría de humano. Que algunos se rebelen intelectualmente, creando paraísos y místicas eternidades de joropos celestiales, que se sostienen mejor sobre el papel o el lienzo que en la mente, no es de extrañar: pero ése no es ni de lejos la única forma de rebelión posible, Algunos habitan una isla de Innisfree que en la imaginación nunca fue colonizada por Burger King. Otros se rebelan ante la necesaria limitación de un yo empobrecido y desamparado, alquilando un Hyundai Terracan y embistiendo contra transeúntes, al grito de "prohibido a otros gozar de la felicidad que a mí me fue negada" (eso en árabe se dice Allahu Akbar). Y otro, tal fuera mi caso, se limita a construir en una playa desierta el mejor castillo de arena que puede, a edificar torres, a poner banderas, aun cuando la marea ya le circunda y la ridiculez le socava, Es decir, cumple con su propia naturaleza y su destino genético a pesar de los pesares, a pesar de de senectud y de la SENESCYT y de todo mismo. Es lo que toca.

Lo que pasa es que la palabra rebelión a algunos les suena a generación hippie, y a otros, netamente a pérdida. Siempre me ha resultado llamativo ese miedo a perder que ostenta la generación actual. la de los Smart Juniors con su Smart Juniosity. Este blog no es otra cosa que una apologia pro vita sua de un perdedor, que se reconoce como tal y pretende hasta cierto punto destilar la experiencia de todo perdedor que aun no ha encontrado dialecto. Me siento cómodo con esta etiqueta, tanto, que hasta cierto alivio me da el saber que también están perdidas de antemano (desde esta trinchera, y de acuerdo con los sondeos) las elecciones que se aproximan. El de los ganadores siempre ha sido para mí un país extranjero. No conozco sus costumbres ni sabría cómo actuar ahí.

Para Smart, que da señales de habitar ese mundo de ganadores, el arte necesita justificarse, pues en ese mundo compite con la ingeniería y los negocios por la atención tanto del consumidor como del productor, no digamos del inversor. No me queda claro por qué recurre a Flannery O'Connor para dar esa respuesta que igual hubiera encontrado en Theophile Gautier o debajo del simpático león de la MGM, pero en fin: da esa respuesta, que es la más cómoda (el arte por el arte, es un fin en sí mismo) sólo para contradecirse en seguida, pues según él, el arte encuentra su justificación en la medida que "revive la realidad", o cierta realidad por lo menos, aquélla que se nos recomienda por lo que tiene "de misterio, de belleza, de regalo". Séase, justificación hedónica. Será señal de los tiempos que por lo menos esa justificación me resulta más simpática que la que se da allá en el otro canal, donde el arte no es nada si no es panegírico del gobierno de la Revolución (McMeaty! McThick!) con fines sociales y progresificantes, pero insisto; entras en ese juego, el de la justificación, y ya pierdes de antemano. En lugar de ello (ya se me fue el tiempo, así que muy resumidamente): se reconoce al artista precisamente por esta seña: hace arte porque es su naturaleza, igual que lo es de la abeja hacer miel. No puede menos, por difícil y jodido que le resulta. Y si hace arte, de seguro que apenas escarbando en la superficie de su curriculum te encontrarás con algún tipo, alguna modalidad de perdedor. Los ganadores no crean; pueden (a veces) "innovar", pero no crean. El mundo del arte es un oscuro submundo de perdedores, algunos grotescos (Wagner, Pound), otros no tanto (Bukowski, Goya). Siempre lo fue y siempre lo será. En lugar de justificarse, lo suyo es pelear cada palmo de tierra por el siempre cuestionado derecho a existir, con las armas que se encuentren más a mano y robándole horas a la noche y años de cotización al seguro social.

Lo del título. En cierto momento, que fue por lo visto antes de mi nacimiento, porque crecí bajo su sombra, el Arte (así, con letra mayúscula: ojo con las mayúsculas) fue apropiado por el temible gremio de la Crítica, esa gentuza desalmada con mentalidad bursátil, que insistió en crear con él (sin crear nada, claro está) lo que hoy se conoce como el Cánon, es decir, esa triste tabla de liga y cotización, o si prefieres, la letanía de los santos de una inapelable ortodoxia, que si dudas de su existencia se revela nada menos que en el propio artículo de Smart, o por lo menos, en la reacción de muchos de sus (sin duda) centenares o miles de lectores. Me refiero a esos lectores que sin haberse jamás estremecido con un cuadro de Van Gogh (tal es mi caso: nunca le encontré el qué, tal vez porque su trastorno visual y el mío están a extremos opuestos del espectro, qué sé yo) asienten fácilmente ante ese "Qué grande", no por capacidad de reconocer esa grandeza, tampoco porque Smart lo dice, sino porque "se dice".  Y lo mismo con Shakespeare, Homero o el Sófocles ése de los Tésticles. El Cánon es lo que permite que presos de sordera tonal acierten con el programa del concierto, los anósmicos con el perfume, etcétera, todo ello en aras de volver respetable, "cotizable" a ese Arte que a los perdedores se les roba a fin de venderla a ocho dólares la jarra a una clientela ociosa y presa de un lánguido hastío necesitado de "entretenimiento".

Y si no recargo y redisparo, es porque ya no hace falta: afortunadamente, de la tarea de desmantelar al Cánon ya se encargó una fuerza mucho más poderosa que la que pueden encerrar estas razones: el Internet. Sin él, tal vez la Crítica nos siguiera vendiendo exitosamente la ficción de que aun vivimos en un mundo pequeño, con un miserable centenar o millar de escritores "que valen la pena", casi todos ellos blancos, barbudos y muertos: ese mundo tan bien descrito por los novelistas decimonónicos, en donde resulta que, en el último capítulo, todo el mundo es el progenitor o el hijo perdido de todo el mundo, donde una mujer que ha "perdido su reputación" (juas juas) tiene que migrar a Francia para no ser reconocida en la calle, en lugar de migrar desde Sauces II a Vergeles que es lo que hoy tocaría. Siempre me maravillo de eso, de que la gente no se da cuenta de esa explosión demográfica que significa que, de todos los seres humanos que jamás hayan existido sobre la Tierra, 1 de cada 20 está viviendo ahorita: lo que a su vez proporciona la cuasi total seguridad de que tenemos a unos cuantos Shakespeares, Homeros o Sófocles delante de nosotros en la cola de Mi Comisariato cada vez que vamos de compras, para empezar, y que si bien pocos van a tener página de Facebook, en algún lugar de la red de redes los vas a encontrar si sabes dónde buscar y bajo qué señas. Te daré una; ninguno estará en el Cánon, y probablemente ninguno quiere estar ahí, porque saben que el Cánon está destinado a perecer antes que ellos mismos, por obsoleto y por inútil e incasable con la nueva cultura de la no escasez que trae, sorpresivamente, el temido debacle malthusiano.

Lo cual, y no me cansaré de decirlo, te obliga a dejar de lado la pereza y la conveniencia de fiarse de "los expertos", y dedicarte a tener una idea. Tú, Tú mismo. Una idea. ¿Qué hay de gracioso en eso?

Finalmente: me resultó tierno el orgullo con el que Smart, Jr, nos regala su mejor descripción cuentística:

En el cuento, el protagonista ve un cintillo que le evoca un momento: “Cintillo morado. Y latió su corazón con brío. Unos cabellos castaños rizados que olían a lila y jugaban con el viento, como una balletista delicada y coqueta. Su nariz, pequeña y redonda, acantilado infranqueable, donde inexorablemente depositaba sus labios. Y sus ojos: inefables. Dos copas de vino; vino joven, aunque complejo: amargo y serio al inicio, dulce y suave al final. Así era Fiorella”.

Sobra decir que el exótico personaje que este párrafo me induce a imaginar (ojos beodos, de finas venas bermejas, nariz rocosa y accidentada, labio superior cubierto de un sedimento o depósito verdoso de incierta composición) no es, con toda probabilidad, la que imaginó el escritor. Eso no importa: como dije en otro lugar y como apunta Orwell, la ficción es probablemente el medio menos idóneo que existe para describir caras de personas (ponte a imaginar lo que sería si la Policía empleara a novelistas para sus carteles de los más buscados), o por lo menos cede consensualmente ante una buena fotografía, Lo más preocupante es que el autor fracasa en el intento de hacerme partícipe de una "realidad" (como él mismo dice y pretende) más misteriosa, bella y gozosa que la realidad de mi sin duda excesivo literalismo y apego a cierto insalubre cubismo fisonómico. Conmigo fracasa: con otro lector seguramente acierta. No se puede construir jerarquías sobre eso. Dos mundos, un millón de mundos, todos con derecho a existir y ninguno con derecho de legislar sobre cualquier otro: con eso me conformo. Nos veremos tras la próxima pérdida.