Sunday, April 23, 2017

Last Chance Gulch

En mi faceta de siervo de la LOES, tengo el deber, muy de vez en cuando, de solicitar respuestas a la pregunta "cómo se diferencian los hechos de las opiniones". Mi propia manera de responder, me doy cuenta, ha cambiado bastante desde mi juventud. En aquel entonces, habitaba un jardín lleno de opiniones. Sobre un cielo indiscutiblemente azul se desfilaba el interminable cumulonimbus de opinión, traido por el viento del oeste; allá, en los árboles, las opiniones cantaban alegremente; más abajo, en el fondo del jardín, en un rincón rocoso se divisaba el murmullo opinionoso de un babbling brook; y alrededor, a cada lado las variopintas opiniones florecían entre las mariposas y el sopor del zumbido de algunos insectos. Así era entonces: yo me acuerdo. Ahora, en cambio, me encuentro aprisionado en el lóbrego manicomio de los hechos. Ahora sólo queda planificar la excursión nocturna, la liberación secreta, intermitente, para lo cual hay que tener bien marcada la ruta de salida.

Empecemos distinguiendo entre la persona y sus palabras y otras expresiones. Mi manera de perder siempre en ajedrez dice algo sobre mí. Algo. Habla, con cierta elocuencia, de mi pereza mental, mi falta de espíritu competitivo o combativo. Susurra algo confuso sobre el anquilosamiento del aparato calculador y postergador de mi cerebro, mi estratega interior. Todo eso es cierto, y además, te permite formular ciertas predicciones sobre mi comportamiento en otros ámbitos. Viendo con qué ingenua ceguera expongo mi reina al peligro, sacarás la conclusión (acertada) de que mis opiniones sobre la geopolítica del Medio Oriente probablemente valdrán verga. Pero, insisto, ese juego fallido, esa pérdida ignominiosa, no soy yo. Quiero decir que en el hipotético caso de que yo hiciera el esfuerzo para aprender a jugar decentemente, si estudiara y practicara, si lo tomara en serio, entonces, y sólo entonces, mi juego revelaría plenamente mi personalidad. Tendría entonces (aunque siguiera perdiendo) un estilo. De cómo sería ese estilo, si les soy franco no tengo ni idea. (Me imagino que bastante neurótico.)

Dicho de otra manera: la mediocridad es genérica, es uniforme. La excelencia individualiza. Como lingüista, lo observo a diario en el discurso público de las redes. El comentarista mediocre es un simple imitador. Ha aprendido algo de retórica mediante la observación, y no es capaz sino de reproducir los trillados efectos y los manidos insultos que a él, en algún momento, le impresionaron y le dejaron tal vez con los deditos quemados. Su discurso es papilla de quejumbre al servicio de un ego lisiado. Es nomás plagio inconsciente. Nos permite saber sólo dos cosas de él: su identidad - en ese yermo sentido taxonómico que hoy se estila, o sea, su abarrotada trinchera sociopolítica - y su desprecio por el arte de expresarse. Sobre su persona, su individualidad, no sabemos nada. Quizás él tampoco.

Será perogrullada, pero voy a decirlo: tu personalidad, término en que quiero englobar tu visión del mundo, no te viene dada, formada, hecha. Es un rompecabezas que tendrás que solucionar para saber cuáles piezas te faltan y cuáles te sobran. Pueden ser varias rompecabezas mezcladas, y sólo cerca del final tendrás hecho lo suficiente para decidir cuál imagen es la que predomina, y cuáles son las intrusas e incompletas. Deseo para ti lo que ya no puedo para mí, que esa imagen tuya se perfile en todo su esplendor antes de que mueras. El individuo, inicialmente, es más potencialidad que otra cosa. Esa potencialidad te viene inscrita en tus genes y en los accidentes de tu experiencia, que espero sea caótica, es decir, rica. Las combinaciones y permutaciones, las soluciones posibles e imposibles, son tan legión que tan sólo un loco se propusiera dirigir teleológicamente el proceso. Por eso, damn braces, bless relaxes. Y al carajo con la misión institucional y con la LOES; pues hay - tengo fe - en alguna parte un carajo especial para ellas.

Entonces, quedemos en que no eres, ni en el mejor de los casos, la gramática de tus oraciones. Lo que pasa es que esa gramática es lo único que tenemos para comunicarnos, para compartir, para construir consensos y movimientos y proyectos, acaso para salvar la humanidad. Por todo lo cual, tiene su importancia relativa. Será por eso que la escojo como profesión.

Hablaba en otro post del radical, de ese mamarracho sin nombre que alguna vez, fugaz y parcialmente, he llegado a ser. Me doy cuenta de que el radicalismo, otramente fundamentalismo, tiene raiz psíquica y ramas lingüísticas. (Esto último, discutible,) La raíz psíquica se fundamenta en una identificación prematura del yo con algo indigno de un yo, es decir con una postura, una trinchera, una visión compartida, lo cual siempre quiere decir simplificada y distorsionada. Cubista si quieres. De que vales más que eso, no tengo duda, pero si tú si lo dudas, serás radical, defenderás a ultranza, a uñas y dientes, un credo que implícitamente niega una parte importante de ti, de tu experiencia. En aras de pertenecer, negarás tu derecho a discrepar de ti mismo. (Ese derecho que en nuestro Occidente, se relega a la intimidad. ¿A ti nunca te ha pasado eso de soñar intimidades públicas, fluidos, senos al descubierto en el comedor de un hotel?)

Como especie tribal, como comunidad, necesitamos la gramática. Como individuo (en construcción, pero individuo) necesitas la paragramática. Ya sabes. La gramática impone esquemas. Divide la experiencia en sujetos y predicados. Distingue géneros y números. Adjetiviza y desadjetiviza en función de preceptos, en último término, constitucionales. Y (volviendo a la pregunta) distingue ferozmente entre hechos y opiniones. La opinión, hoy día, ese triste linsey-woolsey que se teje con warp de observaciones pretendidamente inocentes y weft de valores, o sea, de ética o de estética (lo Bueno, lo Malo y lo Feo, únicas modalidades de discurso no sujetas a falsificación empírica). Algunos pretenden que tu opinión expresa sea el Last Chance Gulch de tu individualidad. Lo dicen con sonrisa siniestra, relamiéndose. Saben que ese reducto está destinado a empequeñecerse hasta, quizás, desvanecer (de momento, le conceden una página, una nomás, y con tal de que haga sonar su triste campana de preaviso, cual leproso: ¡unobjective! ¡unobjective!). Más adelante: te comen.

La paragramática se vuelve posible desde el momento en que te das cuenta de la diferencia entre ese universo de discurso accesible mediante el signo, en el que cabe - de momento y con las censuras y restricciones de rigor - opinar, y ese otro a que tan sólo puedes acceder mediante el símbolo. No, no estoy vendiendo metafísica aquí, tranquilízate. Estoy diciendo simplemente que parte de tu experiencia, gran parte, es irreductible al discurso (siquiera opinionoso), por lo menos al discurso verbal. Hay cosas en tu experiencia, tanto sensual como intelectual como emocional, que puedes intentar expresar (nada te lo impide), pero probablemente con sensación de fracaso, y con la total seguridad de que nadie lo entenderá. Te lo dice un experto en eso de no encontrar ni las palabras adecuadas (tal vez sea síntoma de mi cercanía al espectro autista, largamente sospechada) ni el acorde preciso. Hay experiencias, precisemos, con sujeto pero sin predicado, o viceversa: hay centenares de emociones importantes que el diccionario ignora y que reducirían al balbuceo al más insigne poeta. Hay visiones inefables. Hay momentos que se niegan a circunscribirse temporalmente. Hay fenómenos climáticos interiores. Hay erecciones líricas. Y entre las propias fronteras de tu subjetividad. hay diastola a más de sistola.

Aquello que llamo paragramática, entonces, sería la gramática de la telepatía, si tal fenómeno existiera. Sería el protocolo preferido de transmisión, no de datos, sino directamente de experiencias, con todo incluido: emociones, recuerdos, supuestos, vivencias. Sería, también, el jardín de esa libertad primordial que antecede a la imposición de esquemas temporales y sociales. Como sabemos que la telepatía es imposible (y si fuera posible sería indeseable), el papel que le queda a la paragramática es el de servir de medio para el auto conocimiento, el atesoramiento de la cordura, para reivindicar y defender tu castillo interior, y para ayudar a comprender el mundo en otros términos que los maniqueos prescritos por nuestros amos y señores.

Acabo de ver, casi seguido, un debate del ya mencionado Scruton, filósofo con mención en estética, con un tal Eagleton, y luego un discurso de éste, a quien sólo conocí en Oxford por su reputación de voraz seductor de tiernas undergraduettes (merecida o no, no llego a tanto, pudieran haber sido sólo fantasías húmedas incubadas bajo una corta dinastía de falditas sub fusc) y de frecuentador empedernido de cierto Irish Pub (se me fue el nombre), a más de la leve excentricidad intelectual (en aquel entonces) que ostentaba, que consistía en ser marxista en una universidad todavía mayormente humanista. El tal Eagleton, en el discurso más que el debate, me dejó una impresión desagradable, una sensación de asco y suciedad y veneno, pues su sermón sobre la religión no es apenas más que una denigración larga, mezquina y bastante incoherente de los ateos Dawkins y Hitchens - a quienes él se permite poner el apodo colectivo de Ditchkins - salpicada de patéticos intentos de arrancar risas con malos chistes de dinosaurio aúlico (nunca he visto tantas jocisidades seguidas recibidas con tan absoluto silencio). Hay varios puntos, del debate y del discurso, que anoté mentalmente (me olvidaré de casi todos, seguramente) para tratar posteriormente: quedemos de momento con su tesis de que el cristianismo se merece mejores oponentes que los mencionados Hitchens y Dawkins, cuyo mayor error, aparentemente, consiste en equiparar la existencia de (un) Dios con la de un Bigfoot o un Yeti.

Digamos primero que depende de qué cristianismo hablas. El mismo Eagleton admite, sin titubear, que el Christian Right estadounidense tiene los Dawkins que se merece. Creo que exagera (espero que sí) pero Chomsky gusta de recordarnos siempre que en la administración republicana actual (y alguna anterior) hay nombres de peso que creen que viene la parousia, en cuestión de meses o de pocos años, por lo que hacer planes de futuro es insensato, así que carpe diem o carpe pecuniam. Ése cristianismo, desde luego, no es el de Terry. ¿Cuál es el suyo, entonces? Pocas pistas tengo (no he leido sus libros, ni voy a hacerlo) pero algunita: es católico (fuente: ficha biográfica), es utópico (fuente: el debate), admira a San Pablo (fuente: el discurso), es capaz de utilizar las palabras "God" y "love" en la misma oración (fuente: Wikipedia), y cree (fuente: Wikipedia) que hay una manera no sólo de practicar la religión, sino de entenderla, que está muy alejada de cualquier fundamentalismo y es la de la gran mayoría. Tambien cree (fuente: el debate) que la religión ofrece un modo de pertenecer que otras (digamos) ideologías rivales, entre ellas la de "la cultura", han fracasado al querer suplantar.

Frente a esta última afirmación mi respuesta sería un sí, tal vez, pero con diversas precisiones que no caben en este artículo (será otro día). Frente a la penúltima, pues también, qué quieres que diga. Una crítica a mi ver legítima que se le puede hacer a Dawkins, por ejemplo, es la de que aparenta suponer en la mente del creyente mayor coherencia que la que realmente cabe en una subjetividad no académica. El simple hecho de repetir el Credo en la iglesia cada domingo no permite suponer una adhesión intelectual a cada artículo. El católico puede creer en Dios siempre, o puede creer temporalmente, lo que dura la misa, sin que esa creencia perdure hasta la ronda de cervezas. Y aunque diga creer, puede que para él creer signifique aceptar a Jesús como su personal soporte verbal para maldiciones e imprecaciones diversas (en Escocia, un amigo mío me avisó hace muchos años., "Christ is an adverb of degree"), o bien como un elemento gramatical sin contenido, como ese "to" que nos viene pegado a los infinitivos, es decir como simple elemento de discurso, un significante desprovisto de significado. Algunos llamarán Dios a alguna parte de su cerebro, o al síndrome premenstrual de su pareja, o a ciertos fenómenos climáticos, o a la sincronicidad, o a algún producto del ensueño de dificultosa clasificación, o a un necesario interlocutor imaginario que posibilite una conciencia crítica y moral. Dawkins, tal parece, proyecta sobre otros su propia esquema de dualismo cartesiano en que hay un mundo material, por un lado, y por el otro, una vistosa ausencia. Cabe decir que no todo el mundo maneja el mismo esquema, por lo que es arriesgado suponer en la mente de otro idéntica mapa con presencia en lugar de ausencia. Puede haber eso como puede haber otras muchas topografías.

Imprecisión que con mi invento de la paragramática se dilucidaría maravillosamente, pero, ay. Etapa beta.

Lo de San Pablo: bien. El tópico más escuchado es que se trata de un misógino, lo que (en el empobrecido discurso políticamente correcto) significa que todo lo que fue y escribió carece de valor. Bien por Eagleton por rescatar lo que tiene el tal Pablo (o Seudopablo) de sorprendente, de perspicaz y de magníficamente humano. No sé si Pablo fue misógino, puede que sí, pero yo lo tomo como simple masturbador verbal acomplejado, como a veces yo. Pasa que hay gente que no sabe leer mucho entre líneas.

Pero lo que más le veo a nuestro Eagleton es un contrarian, es decir un necesitado de llevar la contraria siempre, y por tanto preso de la moda intelectual, contra la que ineluctablemente se alzará de manera predecible. Un poco al estilo del Yiannopoulos (otro cuya pretendida fe religiosa tiene todas las señas de haberse urdido para épater le bourgeois.) Ser marxista y católico a la vez queda la mar de chic o de hipster.  Cuando se le interroga, sin embargo, sobre sus creencias exactas, se refugia en "ésa no es la pregunta", o en que el catolicismo es "una cultura", o en que "doctores ha la iglesia" (en serio, eso dice). Es por esta falta pasmosa de argumentos que mi atribución de motivo no creo que sea simple Bulverismo. No quiero desacreditar nada de lo que dice. Simplemente pasa que no dice nada, hecho que talvez merece explicación.

Pero a mí me parece que hay lugar para una religión (un cristianismo, inclusive) que reniegue de caducas esquemas cartesianos, y de cualquier metafísica que vaya más allá de la que he intentado esbozar aquí, es decir, que se base en una defensa (necesaria, en mi opinión) de la interioridad inefable, de lo que voy a llamar la conciencia preverbal y pre-esquemática, y en la irreductibilidad de lo humano.

PD Siguiéndole la pista en YT, me topo con que, en una entrevista, el tal Eagleton defiende su postura anti-Yeti aseverando que: "Hay que distinguir entre la gramática de la oración 'creo en el Yeti' y la de 'creo en Dios'. En el segundo caso, el verbo "creo" es performative." Por fin. Entiendo lo que quiere decir, pero se equivoca, por una simple razón: el verbo en su uso performative (I promise, I hereby pronounce you, I sentence you, I swear by almighty God) es por su naturaleza infalsificable, puesto que el simple acto de usarlo garantiza su veracidad; su único significado estriba en el acto discursivo de pronunciarlo. En cambio, es posible decir falsamente "creo en ... (la divinidad que sea)", puesto que la historia está repleta de ejemplos de falsos conversos. Insistir en que ese "creo en" sea performative equivale a decir que no se puede mentir sobre el propio credo, cosa demostrablemente incierta. Ahí lo jodió, pues.

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