Thursday, April 27, 2017

Pasión

Lo que nunca fui: apasionado. Nadie, ni mi mejor amigo ni mi peor enemigo, me acusaría de ser apasionado. Uno tiene que reconocer sus límites.

O tal vez no. Tal vez mi error últimamente ha sido ése. Reconocer mis límites. Tal vez fue cuando los reconocí, creyéndolo deber insoslayable, que empecé a morir. Este pantanal de muerte adagio ma non troppo en que ahora me ahogo poco a poco, silenciosamente. Quizás sea deber de toda res probar a diario el cerco eléctrico, en lugar de interiorizarlo y darse por cercado.

Fue ella (ella, ya sabes) quien me los impuso. Me dijo, hace 16 años: "Yo soy apasionada... tú eres cariñoso." Me dio tal estocada tan cariñosamente como pudo. Quise contradecirle, quise animarla a romper el embrujo. Si no lo hice, habrá sido por la misma razón que me impidió desvelar ante ella mi secreta pasión: hay leyes. Mejor dicho: hay decoro. El embrujo fue demasiado fuerte, y ella no tuvo fe. No besó rana. No liberó a la bestia.

Nadie lo ha hecho, ni lo hará. Triste consuelo: moriré sin haber transgredido. *

Para los ingleses, el decoro, es decir la ley no escrita oculta tras el inquebrantable tabú, el malvado titiritero de nuestros gestos, la almidonada estética del comportamiento, lo es todo. Por lo mismo es porque el inglés se emborracha y se vuelve neandertal tras el partido: su cultura no permite ningún desahogo siquiera simbólico ni ritual estando sereno. El inglés, verbigracia, no baila, ni se le permite ser sincero cuando abre la boca. Tiene que situarse, entonces, por fuera del savoir-faire y de todas las leyes para tener la sensación fugaz de dejar de ser títere. Para él, entonces, la única manera de dejar de hacer el ridículo es haciendo el ridículo.

La ley. Ella, naturalmente, hace mueca de desaprobación cuando escucha eso. Cree, como toda mujer (casi; este casi es acto de fe), que el hombre que vale puede y debe vencerle a esta ley en singular combate, cogerla por el cuello cual serpiente y arrojarla lejos, creando así el deseable espacio de intimidad. Lo que no quiere saber ni quiere ver es su propio papel en esto: dicha ley es creación de ella, de sus miedos, y ella por eso mismo es la llamada a romper el encanto proporcionando la contraseña, el código de desactivación. Al no querer saber nada de eso, muere de frío alzada en su pedestal de pasividad: la mujer moderna.

No, en serio: la sociedad es un invento femenino. Yo, para sobrevivir, por los pasillos del boulot todavía (¡a mi edad!) silbo suavemente algún tema de la suite de Robinson Crusoe. No quiero problemas, pero la sociedad no es para mi. Con Crusoe es cuando descubrí mi género, y esa tranquila desesperación diariamente renovada por encontrar una huella en la playa que resulte no ser mía.

Entra la señora Pallaksch, stage left, llevando la bandeja del té. A la izquierda de esa puerta que se cierra sola, en el reloj de caja se divisa el señor Pallaksch versión enano, cuyas piernas marcan la hora y cuyo tronco los minutos. Son las seis y diez, La ventana entreabierta deja pasar un viento cargado de bacilos: los diversos señores Pallaksch, de diversos tamaños y telas, ondean suavemente. Ella se sienta y se sirve el té, que fluye humeante de la boca de ese señor Pallaksch que decora la bandeja, envuelto en un tea-cosy tricotada por ella misma. La silla donde se siente es otro señor Pallaksch. Por si acaso, la escena se llama Codependencia. Las voces son pequeñas y se pierden en esa distancia entre escenario y butacas.



* Salvo que la muerte sea en sí una transgresión, cosa que en primera persona asumo como cierta. Tengo el deber moral de no morir todavía; cuestiones familiares.

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