Saturday, July 29, 2017

Diosito versus 19 páginas

El otro día, un vecino cristiano me hizo obsequio de un libro (librito, aclaremos) de su autoría. Le contesté mediante carta. Contenido sigue. (Por si acaso el hipotético lector se ha topado con argumentos similares)

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Estimado Camilo:

Quisiera de nuevo agradecerle el regalo del libro de su autoría, el cual he leído con interés. Puedo equivocarme, pero tengo la sensación de que parte de su intención fue entablar un diálogo con sus lectores sobre los temas que abarca. Con este mismo espíritu de diálogo y amistad me permito ofrecerle a continuación mi propio punto de vista sobre las cuestiones que trata. Lo que presento no es más que el punto de vista personal, forjado a través de muchos años de reflexión, de una persona que pese a haber dedicado tiempo y esfuerzo a indagar en estas cuestiones, no se considera para nada poseedor de la verdad última y final, y por lo tanto siempre está dispuesto a dialogar y a escuchar ideas nuevas, y a aceptar críticas fundadas en todo momento sobre aquello que se expone a continuación.

En primer lugar, quisiera referirme de paso a la dedicatoria del libro, que menciona a aquellas personas “que en los centros de estudio han experimentado ofensas y burlas por sus creencias.” No sé a qué personas se refiere, pero comparto – con matices – su rechazo a la burla y la ofensa, siempre que estén dirigidas a personas y no a ideas. Para un humanista, ninguna persona merece escarnio ni rechazo, pero hay actos y también ideas que sí lo merecen. De hecho, si me pongo a repasar mentalmente mi propia evolución a lo largo de la vida, en lo que a ideas, ideologías y creencias se refiere, llego enseguida a la conclusión de que sin una dosis saludable de crítica, burla, sátira, mofa o como quiera llamarlo, de parte de los demás, difícilmente hubiera podido evolucionar hacia mi actual postura. Sin el estímulo de la crítica, uno a veces no tiene incentivo para cuestionar sus propias creencias, requisito indispensable para avanzar en entendimiento. Dirá que hay un mundo de diferencia entre la crítica constructiva y la burla inmisericorde. Tal vez sí: pero hay personas, entre las que por infortunio me encuentro, para quienes un golpe a la autoestima a través de un comentario hiriente resulta mucho más fructífero, a lo largo, que una decena de razones expuestas con exquisita cortesía. Cuestión de flaqueza humana, diría yo. Pero aun agradeciéndoles, retroactivamente, a aquellas personas que burlándose de mí consiguieron que cuestionara mis principios - para afianzarme en ellas o modificarlas según el caso - , no es ése mi propio estilo. Hay que tener cierto talento y gracia para la burla, y yo carezco de esos dones.

Relativo a la introducción del ensayo, comentaré solamente una cosa. Arranca con dos preguntas: ¿Por qué estamos aquí? Y ¿Para qué vivimos? A continuación, habla de “este tema”, dando a entender, quizás, que las dos preguntas son una sola, o que la respuesta a ambas va a ser básicamente la misma. Por ello, me permito precisar que para mí son dos preguntas completamente diferentes y, cabe decir, inconexas entre sí. Una cosa es el por qué, o sea, la explicación causal de nuestra existencia como especie o como individuos en la Tierra: otro tema muy diferente es el para qué, o sea, el fin o los fines que nuestra existencia cumple, o puede o debe cumplir. Para mí, la respuesta a la primera pregunta ha de buscarse en el campo de la biología evolucionaria, mientras para la segunda, es más apropiada la filosofía. Es algo en que pienso profundizar un poco más adelante.

Tres pilares de análisis

Pasemos ahora a los tres pilares de análisis propuestos. Resumiendo: la argumentación racional, el rechazo a la contradicción, y la aceptación de “la verdad” como categoría. Así resumidos, estos “pilares” no parecen temas de controversia, pero encuentro que en la justificación que proporciona para cada uno, se introducen conceptos y afirmaciones cuestionables, así que conviene examinar este apartado un poco más de cerca.

Por ejemplo, pregunta si existe o no “lo absoluto”. Lo dice de la manera más directa y natural, como si la pregunta en sí fuese clara, cuando para mí dista mucho de serlo. No sé realmente qué quiere decir “lo absoluto”, a menos que se contextualice más la pregunta, y por tanto la respuesta más honesta que le puedo hacer a esa pregunta es “no sé, si no me lo explica mejor”. Ahora bien, unas líneas más abajo le encuentro hablando de afirmaciones absolutas, que desde una perspectiva lingüística vendrían a ser afirmaciones categóricas, y es obvio que ese tipo de afirmación sí existe, y se encuentra frecuentemente enmarcado en el discurso cotidiano, con independencia de su veracidad. Conviene, entonces, señalar que si bien la afirmación “todos los Presidentes de Ecuador han sido reptiles” es una afirmación categórica o si se quiere absoluta, esa categorización lingüística no nos obliga a aceptar como verdadera la tal afirmación truculenta, y mucho menos nos obliga a trasladar esa dudosa categoría de “lo absoluto” a otros ámbitos filosóficos, afirmando (por ejemplo) que la existencia de “lo absoluto” en el campo del discurso conlleva la existencia de “lo absoluto” en el campo filosófico o teológico o físico o cualquier otra de su elección. Eso aún queda por ver.

Sobre el rechazo a la contradicción, estoy de acuerdo donde dice que dos afirmaciones que se contradicen mutuamente no pueden ser simultáneamente ciertas, por lo menos en el campo de la lógica formal. Por ejemplo, no puede ser cierto que una manifestación de protesta en Alemania se haya desarrollado “sin violencia” y que a la vez la misma manifestación se haya desarrollado “con violencia”. Las dos afirmaciones se excluyen mutuamente. Sin embargo, no comparto enteramente su rechazo a esas personas que dicen “yo tengo mi verdad y tú tienes tu verdad”. Es posible que, como señala, la tal afirmación nace a veces de “una mente orgullosa que no desea ser contradecida”, pero creo que no siempre es así. Es posible que esa misma afirmación sea expresión, no de orgullo, sino de una actitud pacífica, de un deseo de no alterar ni ofender a una persona que se haya manifestado como sensible a la crítica. Es una manera de decir “tranquilo, no vale la pena discutir si te vas a poner así”. Y en parte eso de “mi verdad” puede ser una expresión legítima y certera, si por “mi verdad” se entiende “mi baúl de recuerdos, de experiencias vividas, que conforman aquella base de datos interior sobre el cual construyo un modelo provisional y parcial de la realidad”.

Por otra parte, y esto para mí es importante, creo firmemente que gran parte de las controversias que se generan en campos como la política, la religión, la ética y otros derivan de una actitud excesivamente contestataria, que busca discrepancias antes de reconocer similitudes y la posibilidad de llegar a un acuerdo o entendimiento. Muchas veces esa actitud contestataria, según la cual se debate no para entender o aprender sino para vencer y humillar el otro, se ceba en contradicciones que son más aparentes que reales. Contra tal manera de cerrar prematuramente el diálogo apelando a una supuesta incompatibilidad de “verdades” opuestas entre sí, se alza el principio de buena fe, comúnmente recordado en las ciencias sociales, según el cual en caso de duda o falta de definición de conceptos, se debe siempre preferir la interpretación de las palabras del otro que resulte más caritativa, más acorde con lo que uno mismo piensa o con lo que nos resulte sensato. Decir esto no es decir que pueden coexistir pacíficamente dos verdades que se contradicen entre sí, sino que puede haber dos verdades que son contradictorias en apariencia pero que resulten no serlo cuando se han aclarado convenientemente los términos, o cuando se han resuelto todas las confusiones y malentendidos que a menudo resultan del esfuerzo de expresar ideas complejas y difíciles. Y es notorio que los malentendidos no suelen resolverse cuando se adopta una actitud prematuramente púgil.

Sobre “la verdad”, comparto solamente en parte y hasta cierto límite sus palabras respecto a ese término. Coincido en que la búsqueda de la verdad es una actividad noble y encomiable. Discrepo sin embargo sobre que esa verdad “se revela” con la facilidad que nos sugiere, a quien la busca. A mí me resulta fácil creer que una persona puede pasar toda una larga vida buscando la verdad sobre una cuestión, con la mayor sinceridad y honradez y valentía, sin encontrarla: ejemplos sobran en la historia de la ciencia, aunque suelen relegarse a pequeñas notas de pie de página. Y también insisto en que no tiene sentido hablar de “la verdad”, sin más, porque cualquier verdad tiene que ser necesariamente la verdad sobre algo: si no, estamos hablando de una abstracción sin valor alguno. La búsqueda de la verdad es siempre la búsqueda de respuestas certeras a determinadas preguntas: y como cada respuesta puede traer consigo más preguntas, es dudoso que esa búsqueda pueda alguna vez tener un final definitivo. A “la verdad” nunca se llega definitivamente, aunque sí puede acercarse uno.

Antes de seguir, conviene aclarar que mis propias “pilares de análisis” se basan en lo que hoy se conoce como pensamiento crítico, que se fundamenta en el escepticismo. Ser escéptico, conviene recordarlo, no es negarse a creer cualquier cosa, sino partir de la base de que ninguna afirmación merece tomarse en serio a menos que se sustente con argumentos lógicos partiendo de premisas consensuadas, o con evidencias comprobables o reproducibles mediante una metodología consensuada, según el caso. Supongo que usted convendrá en esto: si yo afirmo que hay un mono en el Parque Histórico que es la reencarnación de Simón Bolívar, usted me preguntará (educadamente o no, según su estado de humor) en qué me baso para aventurar semejante hipótesis: por lo menos, no lo aceptará como verdadero solamente porque yo lo diga. Si lo que acabo de decir es cierto, usted mismo es escéptico, por lo menos hasta ese punto.

Pero el pensamiento crítico añade al escepticismo elemental otro elemento más difícil, o que requiere mayor disciplina, y a ese otro elemento consiste en la persistencia de la duda, que tiene para mí dos aspectos. Primero, que uno debe admitir que hay preguntas que por el momento no tienen respuestas, o tal vez sí las tienen pero son respuestas que uno todavía no conoce, por lo que conviene saber reconocer su propia ignorancia cuando sea necesario, lo que se contrasta con la actitud de aquellas personas que, antes de tener que reconocer su ignorancia en cualquier tema, se aferran a un “sistema” (ideología o religión) que promete proporcionarles respuestas instantáneas para todo, asentadas quizás en la autoridad de un libro sagrado. En segundo lugar: muchas de las respuestas que sí tenemos, posiblemente todas ellas, son respuestas provisionales, en el sentido que se basan en simples probabilidades o en evidencias y argumentos que no son concluyentes, de modo que todo lo que uno afirma como verdadero o mejor dicho “altamente probable” puede resultar falso en el momento que se presente alguna evidencia que lo contradice. De nuevo, eso se contrasta con la actitud de aquel que afirma disponer de certezas absolutas. Si digo que hay cosas que sé con absoluta certeza, estoy diciendo que no puedo siquiera imaginarme la posibilidad de un descubrimiento posterior que haría tambalear esa certeza, y si digo esto usted podrá legítimamente sacar la conclusión de que no vale la pena discutir conmigo, pues he preferido aferrarme a ese dogmatismo terco que no quiere escuchar argumentos.

Conviene aclarar que aquí estoy hablando de una actitud emocional más que de una postura epistemológica. Pienso, sobre todo, en cierto período de mi adolescencia en que llegué a interesarme en la filosofía: recuerdo todavía aquel sentimiento de angustia ante lo desconocido o mejor dicho, lo indefinido, que me indujo a pasar una eternidad de horas leyendo y rumiando sobre cuestiones trascendentales, siempre con la esperanza de dar con alguna certeza absoluta, o dos ó tres de ellas, con las que luego sabría, a través de la argumentación silogística, construir “un sistema” que me permitiera enfrentarme a la vida con la absoluta seguridad de tener siempre la razón en todo. Pienso en esa época, ahora, con algo de tristeza y algo de asombro ante la absurda arrogancia que tal empeño demuestra por parte mía, como si de la mente febril de un adolescente con acné pudieran surgir las respuestas que durante milenios han eludido a los filósofos más brillantes. Si la búsqueda de la verdad es una actividad noble, como usted insiste, no es menos cierto que la intolerancia ante la duda, o la exigencia de certezas últimas, blindadas contra cualquier tipo de duda, no tiene nada de noble y en cambio sí mucho de inmadurez. No hay nada más espantoso ni más dañino en el mundo que una persona que niegue la posibilidad de que esté equivocada.

Es por ello que aunque carezca de definición y claridad, su insistencia en hablar de “lo absoluto”, me provoca rechazo, porque me da la sensación de que lo que usted realmente persigue es una certeza emocional, la sensación de haber descubierto una “verdad” que no requiere medirse contra ninguna evidencia, por quedar suficientemente comprobada o revelada, cuando según mi modo de ver, ese tipo de certeza en el mundo que habitamos no existe o no debe de existir.

 

Origen del Universo

En el apartado “Origen del Universo”, se trae a colación el argumento, frecuentemente escuchado en boca de predicadores de diversa índole, según el cual el universo tuvo que tener un Creador porque “de la nada, nada procede”. Para mí, este argumento resulta claramente falaz, por la sencilla razón de que si se postula que cualquier cosa que existe deba de tener, necesariamente, un creador, entonces lo mismo, por elemental coherencia, debe de aplicarse a ese creador, es decir la propia ley invocada insiste en buscar para ese creador otro creador anterior, y así sucesivamente. Si se afirma que ese creador “no fue creado por nadie, ni por sí mismo”, entonces está admitiendo que la regla aquélla de “todo necesita un creador” no aplica en este caso, por lo que deja de tener fuerza vinculante ni persuasiva, sobre todo porque no existe argumento lógico que justifique aplicar la salvedad en este caso y negar su aplicabilidad en cualquier otro caso. (Aquello de que el Creador es “absoluto” y lo demás “relativo”, lo justificaría, a lo mejor, si tan sólo aquello de “absoluto” y “relativo” tuviera un significado claro en este contexto, que para mí no lo tiene, y si usted nos proporcionaras las necesarias pruebas, que tampoco lo hace). El argumento brindado hace mucho que los filósofos lo rechazan por su incoherencia lógica, y pocos ahora, fuera del púlpito, se atreven a usarlo.

Para mí resulta mucho más intuitivo situar el origen del universo en esa singularidad que postulan los físicos teóricos, que en la existencia de un ente que, contra todo pronóstico y en contradicción con todo lo que sabemos de la evolución de la materia, resulta ser poseedor de rasgos humanos aun cuando todavía no había células vivas: tan humanos que incluso se le atribuye capacidad para tomar “decisiones” (“decidió crear el universo”).

Según la visión alternativa que propongo, en consonancia con lo poco que sé sobre las teorías más aceptadas hoy en día por los expertos en la materia, no hubo propiamente dicho un  “inicio” del universo, en el sentido “antes no hubo nada y después, de repente, hubo algo”. Y ello es así porque la misma palabra “antes” sólo tiene sentido usarla en un universo que ya posee la dimensión del tiempo, y desde Einstein sabemos que el tiempo es simplemente otra dimensión más de ese universo físico que arrancó, según dicen, con el Big Bang o Gran Explosión. Es precisamente esta consideración la que me obliga a rechazar como incoherente su afirmación “antes de la creación del universo (…) no existía el tiempo”: donde no existe el tiempo, no tiene sentido usar la palabra “antes”: la misma afirmación se autocontradice. Entonces, ¿cómo hemos de entender aquello del “inicio” del Universo? Usemos como metáfora aclaratoria la Tierra: sabemos que nuestro planeta es, aproximadamente, una esfera, y que tiene polo norte y polo sur. Ello significa que si decido viajar en línea recta hacia el polo norte, algún día llegaré (el viaje no será eterno): sin embargo, si insisto continuar mi viaje, sin desviarme de mi camino trazado y sin lanzarme al espacio, en lugar de llegar a una zona desconocida de la Tierra “todavía más al norte que el polo norte” (la cual no existe, ni puede existir), lo que haré será simplemente alejarme cada vez más de ese polo, esta vez por el hemisferio opuesto. Siguiendo esta analogía, si consiguiera viajar atrás en el tiempo hasta llegar al Big Bang, no podría contemplar “desde fuera” la aparición de esa Singularidad, ni contemplar esa “nada” que la precedía: siguiendo resueltamente mi camino “hacia atrás”, me encontraría, simplemente, viajando otra vez hacia adelante en el tiempo. Lo que equivale a decir que el tiempo no es eterno, como el área de superficie de la Tierra tampoco lo es, pero sí es posible, en teoría, darle vueltas y más vueltas eternamente, porque al ser de forma circular no tiene ningún borde exterior que lo separe de un supuesto más allá que en realidad no existe. No sé si consigo explicarme bien. Resumiendo: para mí el decir “antes del inicio del universo” es tanto como decir “un poco más al norte que el polo norte”. Es decir, estamos invocando a un lugar en el espacio o el tiempo que por lógica elemental no puede existir, para situar en él un ente imaginario y contradictorio en su esencia.

Siguiendo con mi lectura, encuentro más adelante palabras duras para con aquellos científicos que, supuestamente, insisten en que el universo “fue creado de la nada”. Creo que aquí cae en el error lógico del petitio principii, pues un científico, o cualquier otro, si no acepta su hipótesis de un Creador, difícilmente va a usar el término crear, sobre todo viendo que no es necesario postular ningún acto de creación, ni (como hemos visto) ningún “más al norte que el polo norte”. Usted supone que el universo fue “creado”, yo no: y como hemos visto, el postulado de la curvatura no implica que haya existido “eternamente”, sino que no tiene sentido buscarle un “más allá” a aquello que aparentemente no lo tiene. El universo se supone completo en sí mismo de acuerdo con su propia definición y etimología. ¿Qué puede haber de más sencillo e intelectualmente satisfactorio?

Dicho de otro modo: la hipótesis de un creador no soluciona nada, no nos da respuesta a ninguna de nuestras preguntas existenciales. Podemos preguntar “de dónde viene el universo”, pero si nos dicen “del Creador”, hasta a un niño se le ocurre la pregunta inevitable “entonces, ¿de dónde viene el Creador?” (a mi propio hijo en una ocasión se le ocurrió espontáneamente esa misma pregunta). En realidad, no hemos solucionado el problema de la existencia: sólo hemos introducido un término adicional, innecesario y especulativo. Es como si a un matemático le preguntas qué valor tiene la letra y en determinada ecuación, a fin de poder solucionarla, y te contesta que y = x + z. Seguimos sin saber el valor real de ninguna de estas variables, por ende, sin solucionar la ecuación. Seguimos donde estábamos, sólo con más letras. (Este mismo reproche lo utiliza usted mismo, más adelante, cuando habla de teorías extraterrestres.)

Hablemos, sin embargo, un poco más de ese supuesto acto de creación. En primer lugar, usted admite que para el ser humano, “crear” significa normalmente construir con materiales preexistentes, pues no podemos hacer que las cosas aparezcan de la nada por arte de magia. Un poeta “crea” un poema, pero lo que hace realmente es tan sólo transferir algunas partículas de grafito del lápiz al papel, o si prefieres, transferir algunas palabras del diccionario al documento de Word. Grafito, papel, palabras, letras, todo ya existe: el poeta toma lo que ya existe y lo dispone de acuerdo con sus intenciones. Como mucho, podemos provocar transformaciones de energía, de potencial a térmica, verbigracia, pero siempre partiendo de materiales y fuentes de energía que ya existen.  En realidad no “creamos” nada, si crear significa, por ejemplo, conseguir que donde antes había un espacio en la mesa ahora hay una pizza, mediante pura fuerza de voluntad o de deseo. Y lo interesante para mí es que, si bien la mayoría de teólogos no tienen reparo en decir que lo que nosotros no podemos hacer Dios sí lo hace, usted parece dudar de eso, o sea, parece que le produce cierto remilgo la idea de un Creador que construye con materiales que no existen previamente.

Contra esa concepción, propone la alternativa de que Dios “pudo haber hablado, pudo haber dado la respectiva instrucción”, como el ser humano que da “una orden para que algo se haga”. Es decir, Dios mandó a pedir un universo como quien manda a pedir una pizza, tras comprobar que no tiene los ingredientes para hacerlo él mismo en casa. El problema con eso es que en el mundo humano, si yo doy la orden alguien ajeno a mí la tiene que cumplir. La pizza igualmente tiene que prepararse en algún lado. Alguien tiene que tener los ingredientes. Con lo que seguimos con el problema de que, en su concepción, “el creador”, o algún otro, realizó la hazaña de hacer que algo existiera donde antes no había nada, o si prefieres, de construir algo con materiales que no existían, cosa que en otro lado rechaza como posibilidad.

Volvamos a un tema que ya fue tratado implícitamente, el de la “aparición espontánea”. Hemos dicho que no es cierto que el universo, o esa singularidad de energía en que buscamos su origen, “apareció” en algún momento, porque ello implicaría un “antes”, un tiempo previo a esa “aparición”, la existencia previa de “momentos”, cosa que la ciencia niega al postular que la dimensión del tiempo no es ajeno al universo físico, sino que forma parte de él. Lo que me llama la atención, sin embargo, es que al tratar esa posibilidad apela a una supuesta “fe”, lo que define como “la confianza que se deposita sobre algo cuando a nosotros no nos consta”. Y lo más curioso es que se muestra crítico respecto a esa “fe” cuando lo percibe en el pensamiento ajeno, pero no cuando forma parte del propio.

Mi propia postura ya la indiqué arriba, pero no está de más recordarlo. Estoy en contra de la “fe” siempre cuando se erige en certeza absoluta, es decir cuando el portador de esa fe, subjetivamente, considera que tiene la suficiente certeza como para dejar de seguir investigando, dejar de seguir pensando, dejar de seguir escuchando o formando interrogantes sobre la realidad. Estoy en contra de cualquier “fe”, sea religiosa, científica o de otra índole, cuando nos cierra ante la posibilidad de que estemos equivocados o que tengamos algo más que aprender. Y esa oposición mía se basa, primero, en la observación empírica de que todos los que han dado muestras de esa certeza absoluta han resultado, tarde o temprano, estar terriblemente equivocados, y segundo, que ese tipo de certeza dogmática es el que siempre ha servido a la humanidad para emprender guerras, conversiones forzosas, torturas, masacres y barbaridades de toda índole.

Y es por ello mismo que prefiero el método científico, que insiste en que todo aquello que creemos esté permanentemente sujeto a verificación o a falsificación empírica. Es lo que no entiende el vendedor de productos milagrosos en el autobús cuando nos espeta su “¡científicamente probado, señores!” El término “científicamente probado” es una contradicción en sí, pues la ciencia insiste en que nada se “prueba” en el sentido de convertirse en certeza absoluta: todo lo que afirmamos tenemos que aceptar que puede ser falsificado más adelante, y por ello nunca hay que dejar de seguir poniendo a prueba nuestras creencias, sea mediante experimentos, sea mediante la argumentación racional.

Por ello, me resisto a hablar de “fe” cuando se trata de simples conjeturas o de hipótesis que tienen su origen en la investigación, y son presentadas por personas pertenecientes al gremio científico y por tanto (se supone) dispuestas a rendirse ante las evidencias en todo momento. Por otra parte, creo que hay que guardarse contra el error de pensar que si a alguien se le ocurre una idea que va contra mis creencias, debe ser porque a esa persona le interesa atacar dichas creencias. Nada más lejos de la verdad. La teoría del Big Bang no deriva del deseo de contradecir a los creyentes en el libro de Génesis, sino de la investigación en campos como los rayos cósmicos, la radiación de fondo o la traslación del espectro de luz en los objetos estelares distantes que indica una expansión continua.

Ahora, hablemos brevemente del argumento de la supuesta “belleza”, “orden” y “perfección” de la creación, cosa que en su opinión induce a postular un creador “inteligente”. Esto me parece a mí un despropósito mucho mayor que el que atribuye a los físicos que critica, pues debe ser evidente que todos esos conceptos “belleza”, “orden” etcétera son meras apreciaciones subjetivas que, además, encierran una comparación implícita. El lado subjetivo de tales apreciaciones se manifiesta en la imposibilidad de “demostrar” la belleza de algo (o de alguien) ante quien se niega a verla. Si quieres considerar el universo, o la vida, como algo hermoso, me parece muy bien, pero hay quienes prefieren pensar que el universo es feo y deprimente, y que la vida es un error, y no existe argumento lógico que demuestre su equivocación. Por mi lado, creo que no tiene sentido hablar de lo bello si no existe también lo feo, ni tiene significado el orden si no existe también el desorden. En otras palabras, sólo quien ha visto muchos cuartos desordenados sabe reconocer y apreciar un cuarto ordenado. Entonces surge la pregunta: si dices que el universo entero es hermoso, ¿con qué lo estás comparando? Y  ahí está el problema: sólo tenemos un universo, no tenemos otros con los que compararlo, por lo que decir que el universo es hermoso queda tan vacío de significado como decir lo opuesto.

Hablemos un poco más de ese “creador” que usted describe, para sorpresa mía, como un ser dotado de “poder, imaginación, inteligencia”, como “alguien” que además de todo lo mencionado puede “decidir” y que tiene “sentimientos”. Lo primero que cabe observar es que todos esos atributos son humanos, aunque no específicamente humanos (un perro puede tener sentimientos, talvez). Cuanto más se insiste en el “poder”, en la “decisión” y en esos “sentimientos”, no obstante, más parece que estamos hablando de una persona y no, pongamos por caso, un escarabajo o un árbol, ni tampoco de una supercomputadora, de una singularidad de energía,... o de un ente metafísico. La reflexión que eso me provoca, si he de ser sincero, es que el cristiano, aun cuando su intención es alabar y magnificar a su Dios, inconscientemente lo empequeñece, lo reduce y lo ridiculiza. Si realmente existiera un creador del universo, dudo mucho de que tuviera “sentimientos”, pues no tendría por qué tenerlos: los sentimientos son producto de una evolución biológica, y ese creador no es fruto de ninguna evolución, según usted gentilmente nos informa. ¿De qué le sirve a Dios tener sentimientos, si no hay (o antes de la Creación, no había) nada externo a Él que pudiera provocar una reacción sentimental? De la misma manera, no entiendo cómo ese creador pudiera “decidir” algo (por ejemplo, “decidir crear el Universo”), pues el acto de decidir es algo que provoca las circunstancias ajenas a uno mismo, y en el caso del creador no había en el momento de la creación nada ajeno a Él. Y así sucesivamente. Mi punto es que en caso de existir un creador, o por lo menos un creador eterno, omnipotente y omnisciente, no tiene sentido atribuirle características que sólo pueden entenderse como producto de la evolución de un ser biológico, gregario y tribal, que evolucionó dentro de un entorno que no controla. Estoy seguro que usted no caerá en la ridiculez de afirmar que Dios es un señor viejo, algo calvo, con barba blanca y ceño adusto, que está sentado en un trono físico encima de las nubes, tal como algunos pintores antiguos lo representan. Sin embargo, atribuirle al creador características como voluntad, sentimientos, imaginación o toma de decisiones le lleva peligrosamente cerca de ese tipo de primitivo antropomorfismo.

De hecho, ese rechazo que experimento frente un excesivo antropomorfismo teológico parece que lo comparto con varios autores del Nuevo Testamento, e incluso con su protagonista, que no dudó en reemplazar al Yahweh caprichoso, cruel y legalista del Torah con un nuevo Dios más accesible y misericordioso, no tan aficionado a los masacres y los golpes de efecto. Por ese mismo camino, pero mucho más lejos, transitan el Juan del evangelio, que identificó a Dios con el logos, o sea, con la razón discursiva (y valga el simplismo), y ese otro Juan de la epístola, que lo identificó con el ágape o amor. Que el producto, tras esas diversas campañas de marketing proselitista, siga siendo el mismo, tal como afirma el cristiano devoto, es algo que no me pondré a discutir: serán tantas maneras de hablar de un mismo personaje, talvez: mi punto es que se trata de un ser demasiado humano, cuya descripción habla con demasiada elocuencia de nuestra propia arrogancia y de nuestros propios defectos como especie. Hemos cargado al supuesto creador del universo atributos indignos de un creador: inclusive, de atributos (como una pasmosa crueldad, un espíritu vengativo, una necesidad infantil y narcisista de escuchar alabanzas y loas, unos prejucios morales cuasi medievales, entre otros) que gran número de simples seres humanos han sabido superar y rechazar como indignos de ellos mismos, sin siquiera llegar a santos y menos todavía a dioses.

 

¿Hay necesidad de un Creador?

Pasaré tan rápidamente como puedo por esta sección, pues en parte los argumentos que nos propone son los mismos que ya hemos comentado: sin embargo, merece citarse lo siguiente, que usted mismo destaca en cursiva:

(...) no puedo encontrar un argumento para afirmar la no existencia del Creador, ni creo que alguien pueda.

No sé si con lo dicho basta para que usted intuya cuál va a ser mi respuesta a esto, pero por si acaso: lo que dice aquí cae dentro de una falacia lógica informal que se conoce como argumentum ad ignorantiam. Es decir, tiene toda la razón al afirmar que no existe un argumento simple y demoledor que demuestre más allá de toda duda la inexistencia del Creador (difícilmente va a haber cuando las definiciones de ese mismo Creador son tan diversas entre sí). Pero donde no tiene razón es al dar a entender, como aparentemente lo hace, que esa carencia es en sí una buena razón por creer en Él. Imaginemos que algún conocido suyo, tal vez un vecino, le propone que juntos él y usted excaven un hoyo de siete metros de profundidad en el patio de su casa (la de usted), alegando que ahí se encuentra enterrado un tesoro, y cuando usted le pregunta en qué se basa para creer eso, le contesta: “bueno, no puedo encontrar un argumento para afirmar la no existencia de ese tesoro, ni creo que alguien pueda”. ¿A usted le satisface eso? ¿Traería el día siguente la máquina excavadora? Me imagino que no, por la sencilla razón de que el peso de la prueba le corresponde a quien afirma algo, no a quien se permite dudar de ello.

Del argumentum ad ignorantiam luego pasa enseguida al argumentum ad hominem, es decir la falacia de creer que poniendo en tela de juicio la sinceridad o el temple moral de sus adversarios – en este caso, los ateos – también está destruyendo sus argumentos. En este apartado, me llama la atención bastante la siguiente afirmación: “otro grupo están conscientes de la existencia del Creador pero están en contra de Él”. Como estamos hablando de ateos, es decir, de personas que dicen no creer en Dios, deduzco de sus palabras que usted se adjudica la facultad de leerles el pensamiento, puesto que afirma que aun negando la existencia de ese Dios, secretamente “están conscientes” de ella. Sobra decir que un argumento construido sobre la base de un supuesto don de telepatía deja algo que desear, ya de entrada. Por mi parte, no tengo interés ni en afirmar ni en negar la posible existencia de tales personas, pues ello me parece tan irrelevante para el caso como esa sospecha, digamos, “paralela” que en alguna ocasión se ha introducido en mi mente, que me susurra la posibilidad de que algunos pastores cristianos “secretamente” no creen en Dios: sospecha provocada por su manifiesto afán de enriquecerse a costa de la credulidad ajena, actitud que desde mi posición conservadora y un tantico ingenua me parece poco evangélica además de poco previsora, dado el castigo divino que se espera para tales comportamientos. En fin.

Lo que sí le puedo decir es que ateos hay muchos (aunque vivimos ambos en un país donde confesarse ateo sigue siendo una postura arriesgada, y es visto como una excentricidad si no algo mucho peor), así que no sería de extrañar que entre sus rangos haya algún fanático, lo mismo que se encuentra también en cualquier religión teísta. Sin embargo, visto que usted aparentemente se extraña de que algunos ateos (no todos, ni siquiera la mayoría) gastan “toda su energía” en “luchar contra alguien que dicen no existe”, permítame sugerirle que, al igual que el cristiano evangelizador y proselitista que considera que cualquier converso a su religión es un alma salvado de las garras del Demonio, puede haber ateos que consideran que ganar adeptos para su particular forma de pensar significa realizar una obra benéfica en pro de la humanidad. Y ello es así porque, primero, es notorio que las religiones teístas son los causantes de infinidad de guerras, matanzas, torturas y otras atrocidades a lo largo de la historia, sin exceptuar nuestros días, y segundo, muchos ateos, con o sin razón, piensan que la creencia en Dios es un obstáculo para la felicidad del individuo. En esta última categoría me sitúo yo, basándome en mi propia historia como ex creyente católico, pues de mi época de creyente guardo todavía el vivo recuerdo de esa angustia permanente y acaparadora que me provocaba el saberme prisionero en un universo absurdo, gobernado por un ente cruel y malvado, tan malvado que creó deliberadamente una raza de criaturas que Él mismo sabía (no por nada se es omnisciente) que iban a “pecar” (es decir, comer alguna manzana sujeta a prohibición, vaya maldad) y por tanto merecer el castigo eterno, que los mejores teólogos cristianos pintan como una tortura física sin fin, al lado de la cual hasta las cárceles de Pinochet quedarían en moneda pequeña.

Lo peor, según recuerdo, de ese Dios cruel y caprichoso que es el de los cristianos, por lo menos de los más ortodoxos, es que el compromiso que exige a sus devotos no abarca solamente las formas externas, sino también lo interno, de modo que uno puede pecar contra él solamente dando expresión a sus instintos y sentimientos más humanos, por ejemplo, cuestionando la bondad de un individuo que tortura eternamente a incontables millones de sus criaturas, con el único pretexto de que dos de los remotos antepasados de éstas comieron algo que no debían. Es decir, Dios nos da a cada uno una personalidad, unas facultades racionales, un anhelo de libertad, una capacidad para compadecernos de nuestros semejantes, para a continuación prohibirnos hacer uso de todo eso, y exigir que nos transformemos en clones, en entes serviles y miserables, en robots. Mayor crueldad que ése no puedo siquiera concebir. Como dijo una vez el teólogo Tertuliano: “en el paraíso, una madre gozará y dará gracias a Dios al contemplar a su hijo pecador retorciéndose en las llamas del infierno”. Tal parece, ni siquiera conservar instintos de madre le es permitido al ser humano bajo el yugo del tirano Jehová.

Claro que usted me dirá que me equivoco en considerar cruel a su Dios, y me hablará de su justicia y su bondad y su capacidad para perdonar, siguiendo el guión habitual. Pero creo que si algún día usted leyera en un diario sobre un padre humano que a algunos de sus propios hijos los tuviera encerrado en un sótano, a la merced de las ratas y sufriendo castigos y privaciones terribles, durante años, y al ser descubierto explicara que “no podía” perdonarles a éstos porque a más de haberle desobedecido de pequeños, no habían satisfecho su vanidad de padre dirigiéndole las palabras de disculpa que él consideraba necesarias, creo que en lo que menos pensaría sería en la “justicia” y “bondad” de ese monstruo, y celebraría, como yo, su pronto ingreso a la institución penitenciaria.

Con estas palabras, conviene aclarar, me estoy refiriendo a la teleología cristiana, a la idea ortodoxa, tanto entre católicos como entre evangélicos, de que cuando el mundo se haya acabado y el Juicio Final se haya celebrado, quedará una eternidad de excelsa felicidad para algunos, y de sufrimiento y tortura sin fin para otros, en proporción aun sin determinar, todo ello basado, reconozcámoslo, en unos versos bíblicos de inusitada claridad. No me estoy refiriendo, entonces, a la “maldad” que conocemos en esta vida, la que usted menciona, directamente atribuible a los actos de otros seres humanos - o a la pérfida naturaleza - y sólo indirectamente al Creador de todos ellos. Esta es otra cuestión aparte, y como ateo sería absurdo si yo reprochara a un Dios, inexistente para mí, la autoría de todos los sufrimientos que padecemos en esta vida sobre la tierra. El problema de cómo o por qué ese Dios “permite” tanto sufrimiento (esa especialidad de los teólogos conocida como teodicea) es algo que pienso dejar de lado, pues a mí me basta con saber que el Dios que se me propone como Creador del universo es un ser tan maléfico que no solamente le niega al infiel esa eternidad de gozo que a los fieles les hace merecedores su condición de tal, sino que ni siquiera le permite a aquél la opción misericordiosa de dar fin a su miserable existencia mediante la aniquilación última y final de su conciencia. Y digo que me basta, no porque quiero apuntarme un tanto dialéctico o polémico, sino porque la existencia de un Creador así, a la vez tan claramente humano en sus instintos como inhumano en su inabarcable crueldad, es lo que me sirvió principalmente para darme cuenta del absurdo y deleznable de la religión que entonces profesaba: sobre todo al leer que a ese Creador monstruoso alguno de sus seguidores había bautizado con el nombre de ágape, amor, en un ejercicio de sarcasmo inconsciente que deja boquiabierto a cualquiera que sea capaz de pensar con claridad.

Ahora, usted puede tal vez imaginarse que “en secreto” reconozco, o por lo menos sospecho, la existencia de ese ser cuya manifiesta “crueldad” denuncio: en tal caso se equivocaría, pero le puedo decir que aunque sí creyera en su existencia, mi actitud de rechazo instintivo sería la misma, aunque la prudencia o el miedo tal vez me recomendara mantenerla callada y, en la medida de lo posible, enterrada en el subconsciente. Aun así, lo que no podría hacer, por mucho que quisiera, es disfrutar sin remordimientos de esa alegría despreocupada - ese gozo sonriente de reconocerme “salvo”, que los predicadores nos exhortan a sentir y expresar - a sabiendas de que uno solo, aunque fuese, de mis semejantes no iba a tener la misma suerte que yo.

De hecho, cuando veo a un predicador cualquiera incitando a su congregación a loar y alabar a ese Dios creador del “infierno para los demás”, a regocijarse y a sonreir y a dar gracias por ser ellos mismos “salvos”, sólo se me ocurre preguntar, con tristeza, qué tipo de psicópata sería capaz de suponer que las demás personas fuéramos tan egoistas como para poder sentirnos felices y risueños sabiendo que otras personas quedarán excluidos de nuestro paraíso privado y exclusivo. Excluídos, además, no por ser ellos asesinos ni terroristas ni violadores ni nada por el estilo, sino por el simple hecho de que su dignidad de seres humanos les impide doblar la rodilla ante un tirano.

En fin. Pasemos ahora al argumento que usted nos propone sobre “la maldad”. Aunque no comparto enteramente su opinión al aseverar que la maldad es “relativa” (según el contexto, lo interpreto como “subjetiva”), podemos convenir en que el término requiere ciertas precisiones: la “maldad” de un terremoto que deja docenas o centenares de muertos es una cosa, la maldad humana que aniquila a millones es bien otra. A este respecto, nos entretiene con una analogía extensa, según la cual la bondad de Dios sería algo así como una corriente eléctrica, y la maldad (si le entiendo bien) algo así como un interruptor de corriente, que deja la habitación a oscuras. Todo esto está muy bien, pero a fin de cuentas, según mi lectura usted no está diciendo nada diferente a lo que dicen la mayoría de teólogos cristianos, es decir, que la maldad humana es consecuencia del libre albedrío, la facultad de decidir libremente, que el Creador nos hubiera otorgado para que, según su versión, fuéramos realmente “inteligentes” y no simples autómatas.

Respecto a esto, mi respuesta es sencilla. Si el Creador es, como sus partidarios insisten, omnisciente, es decir si sabe todo lo que va a pasar, entonces por lógica tenemos que aceptar que cuando decidió crear nuestra especie, ya sabía que iba a producirse esa “desconexión”. Y si lo sabía, y aun siguió en su empeño de crear el ser humano, entonces tiene la plena responsabilidad de todo lo que pasó en consecuencia. Si Él mismo era libre, pudo haber interrumpido en cualquier momento ese proceso de creación, en vistas de lo que iba a suceder, y no quiso. Piénselo. Si yo vendo un programa informático, digamos, a un hospital, a sabiendas de que algún día no va a funcionar bien y va a haber pérdida de vidas por culpa de ello, difícilmente me van a aceptar como defensa legítima ese grito de  “yo no fui, fue el programa mismo: miren, ¡es un programa inteligente!” Se puede cuestionar, desde un ángulo filosófico, si el programa era realmente “libre” cuando dejó de funcionar correctamente, si yo lo programé: pero lo único que el jurado va a querer saber es si, en el momento de venderlo, yo sabía o no sabía lo que iba a pasar. Esa es la cuestión, y no otra. Y el Dios que usted postula sí sabía lo que hacía.

 

Aparición del Humano

Tiene razón: las teorías sobre extraterrestres terminan siendo aburridas. Así me siento yo, además, discurriendo sobre un ser (su “creador”) que, al igual que ese supuesto extraterrestre que vino a la tierra para dejar ahí su descendencia, me parece muy poco probable y, más que nada, redundante. Así que intentaré ser conciso al dirigirme sólo contra aquellos puntos en que no estamos de acuerdo.

 Usted dice, aparentemente de paso y sin concederle mayor importancia al tema, que el ser humano “no necesita el cerebro para pensar”. Le invito a demostrarlo, y aceptaré como prueba cualquier caso donde un ser humano a quien se le haya extirpado previamente el cerebro (iba a decir “un ser humano sin cerebro”, pero no quiero que me venga hablando de Donald Trump) manifieste la capacidad de pensar, sea hablando o escribiendo o haciendo señas con las manos o de cualquier otra forma. Claro que no puede. Entonces me atrevo a preguntar de dónde saca esa conclusión peregrina, aparentemente desprovista de evidencias. Por mi parte, recuerdo todavía que en mi más tierna juventud aún me resultaba seductora la idea de un alma o espíritu, algo que formaba la base de mi conciencia y que era inmaterial, de modo que esa conciencia, o lo que fuese, pudiera persistir incluso en ausencia de un cuerpo o de un cerebro físico. Si no creo ahora en ese tipo de dualismo cartesiano, me apena reconocerlo, no es por haber resuelto la cuestión de modo brillante y original en el plano filosófico, sino simplemente por haberme hecho viejo. Me explico:

El dualismo, o la creencia en un “mundo espiritual”, según yo, es señal de que uno es joven, bien alimentado, duerme las horas necesarias y toma sus vitaminas. Es síntoma de un cuerpo sano y de una mente sana. Cuando nuestro cerebro funciona como es debido, cuando no le aqueja ninguna dolencia, cuando las neuronas nos obedecen y los neurotransmisores regulan convenientemente nuestras respuestas, es fácil dar por sentado que nuestro pensamiento no depende de ese sustrato físico y biológico que, al parecer, se limita a seguir fielmente sus órdenes. Sin embargo, a medida que uno envejece y se enferma – en mi caso, cuando uno padece una enfermedad crónica que le dificulta la respiración y le interrumpe el sueño – entonces poco a poco se da cuenta de que, en realidad, tanto su pensamiento como su estado emocional dependen ineluctablemente de su estado físico. No le invito a hacer la prueba, pero puedo aseverar desde la experiencia propia que cuando uno no ha dormido lo suficiente, el pensamiento se vuelve impredecible, aleatorio y onírico. De igual modo, en la vejez se nota más la enorme diferencia entre el estado de alerta y el nerviosismo que se inmiscuye en la vida diaria y constituye nuestro “estado por defecto” como hombres, y ese otro estado, relajado y plácido y a veces triste, en que se consigue entrar únicamente mediante la vía del clímax sexual, que convendrá en que es un fenómeno puramente corporal y dolorosamente fugaz. Si fuese verdad que “se puede pensar hasta sin cerebro”, no sabría cómo justificar ni explicar ese modo insistente en que nuestro cuerpo toma las riendas de nuestra conciencia, de manera ruda, insistente, exasperante según el caso. Cuando mi cuerpo decide dormir, mi mente se apaga. Cuando mi cuerpo se fatiga, mi mente se confunde. Cuando mi cabeza recibe un choque fuerte, mi pensamiento se interrumpe. Cuando mi cuerpo se estimula con café, mi mente realiza proezas. ¿Quién depende de quién allí?

Pero dejemos esto de lado. Lo que me sorprende no es que rechace la hipótesis de panspermia, que actualmente carece de evidencia, sino que rechaza la de la evolución de las especies, para la cual hay una abundancia de evidencia, yo diría que tan persuasiva que negarlo es como negar la teoría heliocéntrica, según la cual la Tierra gira alrededor del sol, y no al revés (teoría que en su día fue considerado como herejía por la Iglesia cristiana, recordémoslo). Si por lo menos esto último a usted le consta como algo evidente, vale la pena recordarle que tanto la teoría de la evolución como la teoría heliocéntrica se conocen como teorías, es decir que son simples modelos de la realidad, que si nos aferramos al método científico antes referido quedan permanentemente sujetas a refutación, es decir no son certezas “absolutas” (ese tipo de certeza que, según mi modo de ver, no necesitamos). No son certezas absolutas demostrables más allá de toda duda posible (nada lo es), pero su aceptación provisional se basa en que son acordes con nuestra experiencia, que toda la evidencia científica de que disponemos apunta a su veracidad, y (esto es un punto importante) son “falsificables” en el sentido de que uno puede fácilmente idear un posible futuro descubrimiento que nos obligaría a rechazarlas y buscar teorías alternativas. Pero además de todo esto, lo que tiene de bueno las teorías científicas es que nos permiten realizar predicciones y desarrollar soluciones a problemas. Soluciones que, si nos ponemos en plan creacionista, seríamos incapaces de crear, siquiera de imaginar.

Con un ejemplo basta: el virus del SIDA. Este virus tiene la peculiaridad de que se reproduce a una velocidad pasmosa (un sólo virus puede producir billones de copias de sí mismo en un solo día), por lo que esa evolución por selección natural darwiniana que en otros especies puede tomar millones de años, en el caso de ese virus ocurre delante de nuestros ojos, en tiempo real (sí, la evolución en este caso se puede observar en un laboratorio). Y resulta que ahí está el reto para los que quieren desarrollar una cura: ante cada nuevo medicamento que en pruebas de laboratorio se demuestra eficaz contra el virus, se produce posteriormente una mutación genética que demuestra resistencia contra ese medicamento, y la selección natural se encarga de que esa mutación predomina, y vuelto a empezar. El investigador en ese campo, cuando le dices que la evolución darwiniana no existe, probablemente te miraría con ojos tristes y te contestaria: ojalá fuese cierto. Todo este proceso no es otro, en el fondo, que el proceso de selección natural que se supone dio origen a la especie humana: en ambos casos hay un proceso de mutación genética, y un entorno que favorece algunas mutaciones mientras condena a otras a la extinción.

Sin embargo, no pienso extenderme más en esto, puesto que si con tanta abundancia de todo tipo de evidencia alrededor suyo, usted se resiste a aceptar la teoría como altamente probable, no voy a convencerle en unas pocas líneas. Sin embargo, le diré que los argumentos respectivos de creacionistas y evolucionistas y sus respectivas evidencias o pretendidas refutaciones están en el dominio público a través del Internet, y la honradez intelectual obliga a uno a familiarizarse con los argumentos de ambos lados antes de emitir algún juicio al respecto. En su caso, no tengo la impresión de que usted haya realizado muchas pesquisas en este campo, si en un lugar reprocha a los evolucionistas el no poder enseñarnos un elefante “saliendo” de una mosca en tiempo real, cosa que la teoría de la evolución explícitamente rechaza como posibilidad (el elefante no es descendiente de la mosca, aunque tienen un antepasado común y comparten, sorprendentemente, bastante materia genética).  Por lo demás, cuando dice que la teoría de la evolución “no puede explicar el origen de la vida sobre la tierra”, pues bien, eso es como decirle a un cristiano, en tono de reproche, que el evangelio de Lucas no puede explicarme como arreglar el motor de mi carro. Usted dirá que la intención de San Lucas no era de proporcionarnos un manual de mecánica automovilística: pues bien, la intención de la teoría darwinista no era de explicar el origen de la vida, sino explicar un mecanismo según el cual una especie de ser vivo aparentemente más complejo puede derivarse de otro aparentemente más simple. Es cierto que no nos dice en qué tiempo y lugar y circunstancias se formó la primera molécula de ADN, requisito indispensable para la vida: lo que sí nos dice es que partiendo de una base sencilla de microorganismos, y en presencia de ciertos factores externos, y en un tiempo considerable, la vida humana puede desarrollarse. (En cuanto al debatido origen de la molécula de ADN, basta con reconocer que ya se ha conseguido sintetizar ADN artificial en un laboratorio, y es más, con esa ADN se ha podido sintetizar organismos vivos artificiales, tipo bacteria o levadura. No se requiere de ninguna metafísica para ello, sólo ciertos elementos químicos y mucha paciencia.)

Lo que llama la atención, partiendo de esta teoría, es que las circunstancias que favorecen ese desarrollo no parecen darse con demasiada frecuencia en nuestro universo, es decir, que no vivimos en un universo que parezca diseñado para fomentar y proteger y acolitar la supervivencia de los seres vivos de ninguna especie. La mayoría de planetas no pueden albergar vida inteligente, por su temperatura, por su composición química y por la radiación mortífera que les llega del espacio exterior. Hasta nuestro planeta, que parece oasis en un desierto inmenso, está condenado a perecer en un futuro no tan lejano, si no por otro motivo, por el cataclismo que se dará cuando la galaxia de Andrómeda, que actualmente se nos acerca a una velocidad pasmosa, choca con nuestra galaxia, la Vía Láctea. Conviene recordar que entre la primera aparición de vida en la Tierra y la destrucción final de la misma, habrá pasado un tiempo que a nosotros nos pareciera inmenso, pero en la historia del Universo no deja de ser apenas un guiño de ojo, un instante insignificante. Cuando uno se da debida cuenta de todo esto, más le extraña esa arrogancia y egocentrismo de los teólogos que imaginan que el Creador debe ser como nosotros, una especie destructiva y caótica entre millones de especies en un planeta insignificante destinado a desaparecer mucho antes de que el Universo grande haya llegado siquiera a su máximo esplendor y plenitud.

Cambiando un poco de tema, mención especial se merece su comentario sobre las “razas” que reproduzco a continuación:

“Pero no implica que una determinada raza sea más humana que otra, aceptar la creencia de la evolución es rayar en la discriminación. La evolución empuja a eso, al hacer niveles de clasificaciones del humano.”

Esto es netamente falso. En primer lugar, la mayoría de biólogos evolucionarios hoy en día no reconocen distintas “razas” del ser humano: el propio término “raza” se considera inaplicable a nuestra especie, pues lo que se observa como diferencias son simples rasgos fenotípicos, y ya en el año 1951 un consenso de científicos auspiciados por la ONU recomendaba abandonar el término “raza” a favor de “etnia”. Dejando eso de lado, ha sido la investigación genética, impulsada por las “creencias” evolucionarias, la que ha conseguido determinar que la variación genética entre individuos de la especie humana, de la “raza” o etnia que sea, es extremadamente pequeña si se compara con las enormes diferencias que el ojo nos parece revelar (estadísticamente, es probable que usted comparta el 99.5% de su secuencia de ADN con cualquier otro ser humano que encuentre, con independencia de su sexo, color de piel u otras características superficiales). Más allá de eso, el campo de la psicología evolucionaria, si bien tiene todavía gran dosis de especulación, partiendo de los descubrimientos darwinistas nos proporciona pistas y guías para entender mejor esa tendencia humana a dividirse en tribus, en grupos y naciones y hasta civilizaciones enfrentados entre sí, a veces basándose en pretextos y clasificaciones “raciales”: y considero que si queremos superar nuestra historia fratricida como especie, y nuestra tendencia a juzgar (léase: clasificar) al prójimo, es necesario indagar en el origen de esta tendencia para comprenderlo mejor, de la misma manera que si queremos defendernos contra una enfermedad, es necesario primero estudiarlo en sus diversas mutaciones y manifestaciones.

De modo que, si bien celebro que el cristiano corriente de hoy en día predique que todos somos hijos de Dios, de igual dignidad y valor ante Él, no puedo dejar de recordar que tal doctrina paulina, históricamente, no ha impedido que algunos humanos creyentes y devotos hayan esclavizado a otros, o hayan practicado todo tipo de discriminación, muchas veces acolitados por sus propios pastores y predicadores. Es sabido que la Biblia, y en especial el Nuevo Testamento, condona la esclavitud (ver por ejemplo Efesios 6:5-8), y que el cristianismo a lo largo de su historia ha distinguido entre fieles e infieles a efectos de discriminar contra estos últimas, por ejemplo, torturándolos y matándolos. Si usted considera que el pretexto de la clasificación racial, o cualquier otro, no justifica el maltrato y la inhumanidad, que igualmente serían pecado, es un buen comienzo, pero si realmente desea luchar contra ese maltrato y esa inhumanidad, necesita algo más que buenas intenciones y palabras piadosas: necesita entender el por qué de estos fenómenos, lo que a su vez requiere un nivel de introspección que la fe cristiana no permite, y también una objetividad científica y apertura ante las evidencias que usted mismo demuestra en sus escritos no son compatibles con esa fe. Uno tiene que entender que la realidad, incluida la realidad de la naturaleza humana, no obedece a nuestros deseos piadosos. Si no hay objetividad y capacidad para reconocer nuestras propias flaquezas, no hay progreso.

Volvamos al tema del espíritu, que usted da en llamar “energía”. Después de pasar por un ejercicio de retórica geométrica en que no pienso detenerme, afirma que el ser humano “es energía” y que la energía “no desaparece”. Con ello, aparentemente, quiere sostener la creencia de que puede existir algo de vida humana, en forma de conciencia o pensamiento o algo por el estilo, después de la muerte. Parece olvidar que la energía, sin desaparecer, puede transformarse: por ejemplo, de potencial en hidroeléctrica y de ésta en kinética. Es evidente que la conciencia humana y el pensamiento se sostienen sobre la base de una serie de reacciones químicas y eléctricas en nuestro cerebro, y que cuando el cerebro deja de recibir energía en forma de sangre y oxígeno, no pueden seguirse produciendo estas reacciones. No es que la energía haya “desaparecido”, sino simplemente han dejado de producirse aquellas transformaciones que para nosotros como seres conscientes son necesarias.

A continuación habla de “purificación”, como requisito indispensable para conocer de más cerca al Creador. Pues bien: recordando las palabras de Tertuliano anteriormente citadas, debe ser claro que como ser humano no me interesa “purificarme” en ese sentido, si tal “purificación” significa aniquilar en mí mismo todos esos instintos, deseos y anhelos que me caracterizan como ser humano, al igual que esa madre que para poder acceder al paraíso tiene que aniquilar su instinto de tal, y aprender a “disfrutar” de la contemplación de la tortura eterna de su propio hijo. Lo interesante es que como “solución” a este rechazo que cualquier ser decente siente ante la vileza de tal propuesta, nos propone una sola cosa: el temor, o en lenguaje más coloquial, el miedo. Al parecer, si lo interpreto bien, su mensaje se resume en que debemos acercarnos a Dios por simple miedo a lo que nos puede suceder si no lo hacemos, y obedecerlo por simple miedo a las consecuencias de no hacerlo. Si cumplimos con esto, con el tiempo nos adaptaremos a ese tipo de existencia servil, y aprenderemos a “amarlo”.

Es llamativo que en una nota a pie de página insiste en el que ateo “no entiende” el amor como virtud. Yo diría lo contrario: quien piense que el ser humano únicamente es capaz de actuar por miedo egoista, por el deseo de salvar el propio pellejo, y que su única vocación consiste en la obediencia ciega inculcada a través de la amenaza (y usted mismo admite que esto es la base de la virtud cristiana), poco sabe de lo que significa amor, pues esta palabra, si bien resulta semánticamente difusa, en la mayoría de sus acepciones descansa sobre el supuesto de que somos (en nuestros mejores momentos) seres empáticos, capaces de compadecernos con el sufrimiento ajeno y hasta de sacrificarnos por el otro. Además, en otros apartados usted mismo habla de lo noble que le resulta la búsqueda desinteresada de la verdad, la cual, a mi modo de ver, tiene gran semejanza con la empatía en el sentido que, en ambos casos, la persona se esfuerza en superarse, en hacerse más grande, en asimilar la realidad circundante, sea la realidad de los sentimientos de otras personas o la de los fenómenos más misteriosos de la naturaleza. En esto consiste, para mí, lo verdaderamente humano: y sus palabras lo único que hacen es fortalecer en mí el sentimiento de rechazo ante una religión que explícitamente nos prohibe ahondar en lo humano, para convertirnos en perros falderos y serviles discípulos de un déspota, por fortuna, imaginario.

 

Un último comentario

“La maldad está en nosotros mismos.” Celebro encontrar, por fin, una afirmación con la que puedo estar completamente de acuerdo. A partir de esta constatación, empero, partimos en direcciones opuestas. Para usted, la solución a esa maldad es la obediencia ciega a un ser superior que se nos antoja perfecto, es decir, desprovisto de maldad. Según esta óptica, la libertad humana no es más que un obstáculo, una tentación que nos lleva por el camino de una rebeldía inapropiada. La bondad ya está definida y resumida en una sola persona, y sólo nos corresponde seguir a esa persona, deshaciéndonos de todas nuestras particularidades personales, de nuestro carácter, de nuestra curiosidad intelectual, de nuestros anhelos y deseos, hasta de aquellos hondos principios morales que se erigen en nuestra conciencia y resultan no estar acordes con lo revelado en el Libro Sagrado.

Mi posición es algo más compleja. Antes dije que el por qué de nuestra existencia es algo que tenemos que buscar en la biología evolucionaria, y que el para qué quedaba por ver. Precisemos: lo que nos enseña la evolución y más propiamente la genética, es que nosotros, las criaturas vivas, somos simples máquinas al servicio del gen egoista, ese ente primitivo que tiene un solo y único fin que es reproducirse. Somos, ante todo, máquinas reproductoras. Hasta el instinto de supervivencia es algo que favorece la selección natural únicamente porque un individuo que sobrevive más tiempo es capaz de dejar atrás más copias de su materia genética. Y nuestros instintos tribales se desarrollaron en la medida en que la vida tribal nos facilita también la supervivencia y, por tanto, la reproducción. La maldad humana aparece cuando ese instinto tribal se cruza con la capacidad de utilizar herramientas e instrumentos que aumentan peligrosamente nuestras capacidades para avasallar, esclavizar, matar y destruir.

Obviamente, saber todo eso no nos sirve directamente para proponernos metas en la vida. El ser inteligente es precisamente aquel que tiene la capacidad de crearse sus propios fines, en rebeldía contra esa naturaleza que ha heredado, que quiere que se dedique únicamente a comer, procrear y pelear contra rivales peligrosos. Podemos decidir hacer más y ser más que lo que actualmente somos. Podemos aspirar a esa transformación a la que usted hace referencia, proponiéndonos metas más nobles. Pero para eso hay que hacer uso de la razón y de la libertad, y buscar cada uno su propio camino, intentando ser todo lo que puede ser, de acuerdo con sus metas y convicciones y sus propias características personales, siguiendo la luz de su conciencia. Lo que demuestra en su libro, creo que contra sus propias intenciones, es que las creencias religiosas no son más que un estorbo para la razón, un veneno para la inteligencia y un réquiem para la libertad. Aceptando esa creencias, de ningún modo llegaré a ser más de lo que soy, y con casi total seguridad seré menos, puesto que desde ese momento el pensar con independencia y claridad se convertirá para mí en el peor pecado, y la repetición solemne de frases hechas y versículos aprendidos, en la mayor virtud. Quiero pensar que hay más posibilidades en la vida, hasta para un enfermo en el otoño de su vida, que ésas.

 

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